Original El Club de las Ánimas – Capítulo 02. Déjame darte una mano

22 de julio del 2020
El Club de las Ánimas Por Eliacim Dávila Capítulo 02 Déjame darte una mano —¿Tus hijos? —Musitó despacio Eulalia, un poco sorprendida—. Las leyendas que he oído sobre La Llorona dicen que sus hijos murieron ahogados. ¿Es así? —El espectro de negro asintió sin mirarla—. ¿También son no-vivos? —Eso creo —respondió La Llorona despacio, limpiándose unas pequeñas lágrimas de su ojo derecho—. Sólo sé que tengo que encontrarlos; esa es mi penitencia. Y he pasado mucho, mucho tiempo buscándolos por cada río, arrollo y lago con el que me he cruzado. Pero sigo sin encontrarlos… Hubo un silencio, en el cuál la atención del espectro se fijó en el humo blanco de su taza, que giraba como queriendo tomar una forma definida sin lograrlo. —Pero sé que están ahí afuera, en algún lado —susurró La Llorona, con más pesar que optimismo en su tono—. Y cuando los encuentre, los tres podremos al fin descansar en paz. —Entiendo —asintió la enfermera—. Debe ser una búsqueda muy solitaria y agotadora. —Sí, lo es… De nuevo silencio, y cada una se enfocó en sus propios pensamientos, y en su propio humo. Luego de unos segundos, La Llorona dejó escapar un pesado suspiro, y lentamente colocó su taza de nuevo sobre la mesa delante de ella. —Pero, está bien —señaló con voz apagada y se puso de pie—. Es lo que debo de hacer, y creo que es hora de que vuelva a ello. Gracias por la taza… Le sacó la vuelta a la mesa de centro y se encaminó hacia la puerta, cabizbaja y soltando los primeros sollozos que amenazaban con convertirse en otro de esos agudos y penetrantes llantos. —¡Espera! —Exclamó Eulalia con fuerza y se levantó apurada de su asiento—. No te vayas todavía, por favor. ¿Por qué no me dejas ayudarte con tu búsqueda? La Llorona se detuvo a medio camino de la puerta, alzó su mirada sorprendida y lentamente se giró a ver de nuevo a la muchacha de blanco. —¿Qué dices? Eulalia le volvió a sonreír de la misma forma afable y cálida que uno esperaría fuera imposible para cualquier otro no-vivo. —Soy La Planchada, ayudar a las personas vivas y no-vivas con sus males y dolores, es justo a lo que me dedico. Y es obvio que la búsqueda de tus hijos te causa mucho sufrimiento, ¿verdad? —Yo… —balbuceó La Llorona—, esto es algo que preferiría hacer sola… —Si llevas tanto tiempo buscándolos tú sola sin obtener resultados, quizás sea momento de cambiar de estrategia. —Aquella afirmación tomó un poco por sorpresa al espectro de negro—. Déjame darte una mano, ¿sí? Sin embargo, a pesar de su optimismo inicial, una vez que lo pensó con más cuidado Eulalia se encontró con algunos problemas en su propuesta. —Aunque la verdad no sabría por dónde empezar a buscar —dijo en voz baja, mientras se acercaba la taza entre sus manos al rostro para aspirar despacio de ella—. Sólo conozco a unos cuantos niños no-vivos, pero ninguno de épocas tan antiguas como tú… Eulalia se sobresaltó preocupada al repasar en su cabeza las implicaciones de su comentario. —¡No es que te esté diciendo vieja! —Espetó apenada, y La Llorona la miró un tanto confundida por su reacción—. ¡Te ves muy bien para ser un espíritu de…! ¿300 años o algo así? —La confusión en el rostro del espectro de negro se hizo aún más grave—. No… no me hagas caso; no sé qué estoy diciendo… La enfermera rio entre dientes, notándosele bastante cohibida y avergonzada, pese a que su oyente no había captado del todo el significado de sus palabras. —Preséntale a Roja —se escuchó de pronto como una tercera voz pronunciaba, tomando totalmente por sorpresa a La Llorona, que saltó asustada hacia un lado y fijó su atención en la dirección de la cual esa voz había venido; la misma en la que se encontraba aquella mujer de cara de caballo, sentada aún en el sillón aspirando lentamente de su taza por sus prominentes fosas nasales. —¿Acaso ella habló...? —Susurró La Llorona sorprendida, pero Eulalia pareció no escuchar su pregunta. —¡Esa es una gran idea! —Exclamó la enfermera con entusiasmo, y se giró también en dirección a Sigua, pero regresando casi de inmediato a su invitada—. Roja conoce a muchísimos no-vivos. Si alguien puede averiguar el paradero de tus hijos, es ella. —¿De verdad? —Soltó La Llorona totalmente atónita—. ¿Y quién es esa persona? —Te la presentaré —explicó Eulalia, y la tomó rápidamente de su mano—. Vamos. —¿Qué?, ¿ahora mismo? —Si nos apuramos podremos llegar antes del amanecer. ¿Vienes, Sigua? —Ambas miraron hacia la mujer con cara de caballo, pero ésta sólo negó lentamente con su cabeza, rechazando su ofrecimiento—. Está bien, volveremos rápido. Dicho eso, y antes de darle a La Llorona oportunidad para expresar alguna queja, ambas mujeres salieron del departamento, y poco después del edificio. Si se tuviera que medir en términos de vivos, la distancia física entre el departamento de Eulalia y el lugar al que se dirigían, sería de unos 250 kilómetros; poco más, poco menos. A un vivo le tomaría quizás unas cuatro horas en automóvil llegar hasta allá, o en un buen día sin mucho tráfico quizás un poco más de tres. Para los no-vivos, las distancias no son percibidas de la misma forma. De hecho, éstas se vuelven bastante diferentes entre uno otro. Para algunos, esos 250 kilómetros sería tanto como caminar a la esquina de su casa, mientras que para otras sería algo tan lejano como intentar caminar hasta la luna. Los fantasmas viajeros son aquellos con mayor facilidad de movimiento, pues suelen andar libremente entre diferentes locaciones que ciertas características específicas. La Planchada es una viajera que suele aparecerse en diferentes hospitales, en los que se encarga de hacer su ronda. Uno de esos hospitales en los que estaba afiliada, por así decirlo, se encontraba no muy lejos de aquel sitio al que quería ir. Así que una vez que dieron un paso afuera del viejo y corroído edificio de departamentos, no se encontraron más en aquella oscura calle. Ahora estaban ante las puertas de un pequeño y modesto hospital a, por supuesto, unos 250 kilómetros; poco más, poco menos. El lugar estaba muy tranquilo, y la mayoría de las luces estaban apagadas; las horas de visita habían acabado hace rato ya. El cambio destanteó un poco a La Llorona al principio. Sin embargo, debido a su propia experiencia, comprendió rápidamente lo que había ocurrido. Es por todos bien sabidos que La Llorona se aparece en las fuentes de agua, pues de hecho le resulta sencillo moverse entre los flujos de ésta. —¿Te mueves entre hospitales? —Preguntó la mujer de negro, impresionada. Eulalia asintió. —Me toca venir aquí la semana que viene. Por lo pronto, sígueme. Ambas anduvieron por las calles desoladas, arrastrando con ellas una sensación fría y un aire pesado que de seguro afectaría a cualquier vivo cercano. A medio camino, La Llorona comenzó a sollozar y a lagrimear. —¿Estás bien? —Cuestionó Eulalia, preocupada. —Perdón, es la costumbre —se disculpó La Llorona, al no lograr olvidarse por completo de su hábito de soltar alaridos y llantos al caminar en calles oscuras como esa. Pero igual se contuvo. No tardaron mucho en llegar a su destino, un edificio amplio y blanco con bellos jardines al frente, rodeado con una reja que ambas lograron atravesar al igual que la neblina. El sitio estaba alumbrado con faroles de luz anaranjada, y se mantenía igual de silencioso que la calle. —Esto parece una escuela —señaló La Llorona mientras avanzaban del portón principal hacia el edificio. —Para los vivos ahora lo es —asintió Eulalia—. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que éste fue un muy elegante y hermoso hotel. Ambas se pararon justo enfrente de las altas puertas de madera con el arco circular. Eulalia colocó sus manos lentamente sobre las manijas de éstas, y cerró unos momentos sus ojos. —En vida nunca lo conocí como era antes —susurró despacio—. Pero como bien has de saber, en todas partes y a cada momento, existen dos mundos convergiendo en el mismo plano: el de los vivos y el de los no-vivos. Y nosotros —empujó en ese momento sus manos hacia el frente, y las dos puertas de madera se abrieron y una intensa luz anaranjada surgió de adentro—, podemos entrar en uno y en otro. La luz la cegó por unos instantes, pero cuando logró enfocar su vista mejor, La Llorona divisó algo muy distintito a la impresión que la fachada algo más sencilla y austera de ese edificio pudiera parecer. Aquello era el lobby de, como Eulalia había descrito, un elegante y hermoso hotel. Había unos sillones de espera a un lado, columnas blancas y luces dorados que flotaban sobre sus cabezas como luciérnagas. Al fondo estaba la recepción, y varias personas no-vivas de elegantes trajes y vestidos andando de un lado a otro y conversando, como si fueran personas vivas. —Increíble —susurró sorprendida La Llorona. Nunca había visto algo así antes. —Éste es el Suspiro Rojo —le informó Eulalia al tiempo que comenzaban a avanzar hacia la recepción—, creado en base a la imagen del hotel original que estaba en estas tierras, aunque de seguro no es muy exacto. Es más cómo quedó grabado en la memoria de Roja, que amaba este sitio más que cualquier otra cosa; así que quizás lo recuerda un poco más hermoso, y dorado, de lo que fue. Pero es gracias a ese amor y su memoria que se mantiene así, aunque sólo los no-vivos podemos verlo y visitarlo. Aquella explicación cobró bastante sentido para La Llorona. En todos sus muchos años de no-vida, había visto lugares como ese antes, pero nunca de esa magnitud. Eulalia se paró justo enfrente de la recepción, atendida por un extraño personaje pálido y de traje anticuado color vino. El encargado volteó a verlas con una expresión apagada; su quijada parecía casi estar a punto de caerse de su cara. —Hola, buscamos a la dueña —susurró Eulalia, sonriente—. ¿Cree que pueda recibirnos? El hombre pálido parpadeó, primero un ojo y luego el otro, y entonces su huesuda mano señaló hacia un lado, hacia las puertas del Gran Salón. Desde ese sitio se escuchaban varias voces y música resonando. —Parece que tiene otra de sus fiestas —susurró Eulalia—. A Roja le gusta mucho tener fiestas con sus huéspedes distinguidos. Vamos a ver si logramos encontrarla. El espectro de negro acompañó a su guía hacia el Gran Salón, aunque se sintiera un poco (o más bien bastante) cohibida ante la idea de entrar a un sitio lleno de personas; incluso intentó cubrirse su rostro lo mejor posible con su velo negro. Si por ella fuera, habría preferido irse de ese lugar lo antes posible, y refugiarse de nuevo entre las sombras, el frío y la soledad que con el tiempo habían terminado por resultarle tan cómodos y abrigadores. Pero Eulalia había dicho que esa persona podría ayudarla a encontrar a sus hijos. Y por esa posibilidad era capaz de sobreponerse a esa ansiedad. El salón era igual de brillante y dorado como el lobby. Había mesas circulares colocadas en torno a una amplia pista de baile, y sobre una tarima un grupo de músicos (personajes igual de peculiares que aquel que atendía la recepción) tocaban instrumentos de cuerda para amenizar la velada. —Estamos de suerte, es una noche tranquila de música clásica —susurró Eulalia. Ambas se movían lo mejor posible entre la gente—. Si fuera noche de charlestón, no podríamos sacar a Roja de la pista de baile ni aunque la amarráramos. Eulalia rio en tono de broma, pero La Llorona pareció tomárselo enserio. La enfermera recorrió su vista por todo el salón en busca de la persona que buscaba. Entre tantas caras debió haber resultado un tanto complicado, pero la dueña de ese sitio siempre tenía facilidad para resaltar entre la multitud. Especialmente por su sensual y ajustado vestido rojo que, efectivamente, esa noche también usaba como todas. —¡Ahí está! —Exclamó Eulalia entusiasmada al divisarla, señalando al frente. La Llorona vio por encima del hombro de su guía en la dirección a la que apuntaba, y también la distinguió rápidamente. Alta, de busto prominente y cadera anchas, piel azulada, ojos grandes y cabello rojizo que caía sólo un poco por encima de sus hombros. Lucía un hermoso vestido largo color sangre que se ceñía a la perfección a su escultural figura. El vestido tenía además un generoso escote, que dejaba también sus hombros al descubierto y se abría del lado derecho a la altura de su muslo. Se encontraba conversando con tres hombres que le sonreían amigablemente, mientras ella sostenía entre sus dedos una larga boquilla negra con un cigarrillo, del cual surgía el mismo tipo de humo blanco de las veladoras de Eulalia. Al verla, La Llorona no pudo evitar sentirse intimidada por su apariencia tan despampanante, y que de hecho le resultaba un tanto indecente para los estándares de una mujer a la antigua como lo era. —¿Es la mujer del vestido rojo? —Preguntó La Llorona, casi suplicando que Eulalia le dijera que no. Pero fue todo lo contrario. —Ella misma —asintió—. Es la dueña de este lugar, conocida por todos como La Dama de Rojo, por ese vestido tan distintivo que siempre usa. Es una mujer hermosísima, ¿no te parece? La Llorona sólo respiró profundamente y no respondió nada. CONTINUARÁ…

El Club de las Ánimas

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 02
Déjame darte una mano

—¿Tus hijos? —Musitó despacio Eulalia, un poco sorprendida—. Las leyendas que he oído sobre La Llorona dicen que sus hijos murieron ahogados. ¿Es así? —El espectro de negro asintió sin mirarla—. ¿También son no-vivos?

—Eso creo —respondió La Llorona despacio, limpiándose unas pequeñas lágrimas de su ojo derecho—. Sólo sé que tengo que encontrarlos; esa es mi penitencia. Y he pasado mucho, mucho tiempo buscándolos por cada río, arrollo y lago con el que me he cruzado. Pero sigo sin encontrarlos…

Hubo un silencio, en el cuál la atención del espectro se fijó en el humo blanco de su taza, que giraba como queriendo tomar una forma definida sin lograrlo.

—Pero sé que están ahí afuera, en algún lado —susurró La Llorona, con más pesar que optimismo en su tono—. Y cuando los encuentre, los tres podremos al fin descansar en paz.

—Entiendo —asintió la enfermera—. Debe ser una búsqueda muy solitaria y agotadora.

—Sí, lo es…

De nuevo silencio, y cada una se enfocó en sus propios pensamientos, y en su propio humo.

Luego de unos segundos, La Llorona dejó escapar un pesado suspiro, y lentamente colocó su taza de nuevo sobre la mesa delante de ella.

—Pero, está bien —señaló con voz apagada y se puso de pie—. Es lo que debo de hacer, y creo que es hora de que vuelva a ello. Gracias por la taza…

Le sacó la vuelta a la mesa de centro y se encaminó hacia la puerta, cabizbaja y soltando los primeros sollozos que amenazaban con convertirse en otro de esos agudos y penetrantes llantos.

—¡Espera! —Exclamó Eulalia con fuerza y se levantó apurada de su asiento—. No te vayas todavía, por favor. ¿Por qué no me dejas ayudarte con tu búsqueda?

La Llorona se detuvo a medio camino de la puerta, alzó su mirada sorprendida y lentamente se giró a ver de nuevo a la muchacha de blanco.

—¿Qué dices?

Eulalia le volvió a sonreír de la misma forma afable y cálida que uno esperaría fuera imposible para cualquier otro no-vivo.

—Soy La Planchada, ayudar a las personas vivas y no-vivas con sus males y dolores, es justo a lo que me dedico. Y es obvio que la búsqueda de tus hijos te causa mucho sufrimiento, ¿verdad?

—Yo… —balbuceó La Llorona—, esto es algo que preferiría hacer sola…

—Si llevas tanto tiempo buscándolos tú sola sin obtener resultados, quizás sea momento de cambiar de estrategia. —Aquella afirmación tomó un poco por sorpresa al espectro de negro—. Déjame darte una mano, ¿sí?

Sin embargo, a pesar de su optimismo inicial, una vez que lo pensó con más cuidado Eulalia se encontró con algunos problemas en su propuesta.

—Aunque la verdad no sabría por dónde empezar a buscar —dijo en voz baja, mientras se acercaba la taza entre sus manos al rostro para aspirar despacio de ella—. Sólo conozco a unos cuantos niños no-vivos, pero ninguno de épocas tan antiguas como tú…

Eulalia se sobresaltó preocupada al repasar en su cabeza las implicaciones de su comentario.

—¡No es que te esté diciendo vieja! —Espetó apenada, y La Llorona la miró un tanto confundida por su reacción—.  ¡Te ves muy bien para ser un espíritu de…! ¿300 años o algo así? —La confusión en el rostro del espectro de negro se hizo aún más grave—. No… no me hagas caso; no sé qué estoy diciendo…

La enfermera rio entre dientes, notándosele bastante cohibida y avergonzada, pese a que su oyente no había captado del todo el significado de sus palabras.

—Preséntale a Roja —se escuchó de pronto como una tercera voz pronunciaba, tomando totalmente por sorpresa a La Llorona, que saltó asustada hacia un lado y fijó su atención en la dirección de la cual esa voz había venido; la misma en la que se encontraba aquella mujer de cara de caballo, sentada aún en el sillón aspirando lentamente de su taza por sus prominentes fosas nasales.

—¿Acaso ella habló…? —Susurró La Llorona sorprendida, pero Eulalia pareció no escuchar su pregunta.

—¡Esa es una gran idea! —Exclamó la enfermera con entusiasmo, y se giró también en dirección a Sigua, pero regresando casi de inmediato a su invitada—. Roja conoce a muchísimos no-vivos. Si alguien puede averiguar el paradero de tus hijos, es ella.

El Club de las Ánimas - Capítulo 02. Déjame darte una mano - Sala de Eulalia

—¿De verdad? —Soltó La Llorona totalmente atónita—. ¿Y quién es esa persona?

—Te la presentaré —explicó Eulalia, y la tomó rápidamente de su mano—. Vamos.

—¿Qué?, ¿ahora mismo?

—Si nos apuramos podremos llegar antes del amanecer. ¿Vienes, Sigua? —Ambas miraron hacia la mujer con cara de caballo, pero ésta sólo negó lentamente con su cabeza, rechazando su ofrecimiento—. Está bien, volveremos rápido.

Dicho eso, y antes de darle a La Llorona oportunidad para expresar alguna queja, ambas mujeres salieron del departamento, y poco después del edificio.

Si se tuviera que medir en términos de vivos, la distancia física entre el departamento de Eulalia y el lugar al que se dirigían, sería de unos 250 kilómetros; poco más, poco menos. A un vivo le tomaría quizás unas cuatro horas en automóvil llegar hasta allá, o en un buen día sin mucho tráfico quizás un poco más de tres.

Para los no-vivos, las distancias no son percibidas de la misma forma. De hecho, éstas se vuelven bastante diferentes entre uno otro. Para algunos, esos 250 kilómetros sería tanto como caminar a la esquina de su casa, mientras que para otras sería algo tan lejano como intentar caminar hasta la luna.

Los fantasmas viajeros son aquellos con mayor facilidad de movimiento, pues suelen andar libremente entre diferentes locaciones que ciertas características específicas. La Planchada es una viajera que suele aparecerse en diferentes hospitales, en los que se encarga de hacer su ronda. Uno de esos hospitales en los que estaba afiliada, por así decirlo, se encontraba no muy lejos de aquel sitio al que quería ir.

Así que una vez que dieron un paso afuera del viejo y corroído edificio de departamentos, no se encontraron más en aquella oscura calle. Ahora estaban ante las puertas de un pequeño y modesto hospital a, por supuesto, unos 250 kilómetros; poco más, poco menos. El lugar estaba muy tranquilo, y la mayoría de las luces estaban apagadas; las horas de visita habían acabado hace rato ya.

El cambio destanteó un poco a La Llorona al principio. Sin embargo, debido a su propia experiencia, comprendió rápidamente lo que había ocurrido. Es por todos bien sabidos que La Llorona se aparece en las fuentes de agua, pues de hecho le resulta sencillo moverse entre los flujos de ésta.

—¿Te mueves entre hospitales? —Preguntó la mujer de negro, impresionada.

Eulalia asintió.

—Me toca venir aquí la semana que viene. Por lo pronto, sígueme.

Ambas anduvieron por las calles desoladas, arrastrando con ellas una sensación fría y un aire pesado que de seguro afectaría a cualquier vivo cercano. A medio camino, La Llorona comenzó a sollozar y a lagrimear.

—¿Estás bien? —Cuestionó Eulalia, preocupada.

—Perdón, es la costumbre —se disculpó La Llorona, al no lograr olvidarse por completo de su hábito de soltar alaridos y llantos al caminar en calles oscuras como esa. Pero igual se contuvo.

No tardaron mucho en llegar a su destino, un edificio amplio y blanco con bellos jardines al frente, rodeado con una reja que ambas lograron atravesar al igual que la neblina. El sitio estaba alumbrado con faroles de luz anaranjada, y se mantenía igual de silencioso que la calle.

—Esto parece una escuela —señaló La Llorona mientras avanzaban del portón principal hacia el edificio.

—Para los vivos ahora lo es —asintió Eulalia—.  Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que éste fue un muy elegante y hermoso hotel.

Ambas se pararon justo enfrente de las altas puertas de madera con el arco circular. Eulalia colocó sus manos lentamente sobre las manijas de éstas, y cerró unos momentos sus ojos.

—En vida nunca lo conocí como era antes —susurró despacio—. Pero como bien has de saber, en todas partes y a cada momento, existen dos mundos convergiendo en el mismo plano: el de los vivos y el de los no-vivos. Y nosotros —empujó en ese momento sus manos hacia el frente, y las dos puertas de madera se abrieron y una intensa luz anaranjada surgió de adentro—, podemos entrar en uno y en otro.

La luz la cegó por unos instantes, pero cuando logró enfocar su vista mejor, La Llorona divisó algo muy distintito a la impresión que la fachada algo más sencilla y austera de ese edificio pudiera parecer. Aquello era el lobby de, como Eulalia había descrito, un elegante y hermoso hotel. Había unos sillones de espera a un lado, columnas blancas y luces dorados que flotaban sobre sus cabezas como luciérnagas. Al fondo estaba la recepción, y varias personas no-vivas de elegantes trajes y vestidos andando de un lado a otro y conversando, como si fueran personas vivas.

—Increíble —susurró sorprendida La Llorona. Nunca había visto algo así antes.

—Éste es el Suspiro Rojo —le informó Eulalia al tiempo que comenzaban a avanzar hacia la recepción—, creado en base a la imagen del hotel original que estaba en estas tierras, aunque de seguro no es muy exacto. Es más cómo quedó grabado en la memoria de Roja, que amaba este sitio más que cualquier otra cosa; así que quizás lo recuerda un poco más hermoso, y dorado, de lo que fue. Pero es gracias a ese amor y su memoria que se mantiene así, aunque sólo los no-vivos podemos verlo y visitarlo.

Aquella explicación cobró bastante sentido para La Llorona. En todos sus muchos años de no-vida, había visto lugares como ese antes, pero nunca de esa magnitud.

Eulalia se paró justo enfrente de la recepción, atendida por un extraño personaje pálido y de traje anticuado color vino. El encargado volteó a verlas con una expresión apagada; su quijada parecía casi estar a punto de caerse de su cara.

—Hola, buscamos a la dueña —susurró Eulalia, sonriente—. ¿Cree que pueda recibirnos?

El hombre pálido parpadeó, primero un ojo y luego el otro, y entonces su huesuda mano señaló hacia un lado, hacia las puertas del Gran Salón. Desde ese sitio se escuchaban varias voces y música resonando.

—Parece que tiene otra de sus fiestas —susurró Eulalia—. A Roja le gusta mucho tener fiestas con sus huéspedes distinguidos. Vamos a ver si logramos encontrarla.

El espectro de negro acompañó a su guía hacia el Gran Salón, aunque se sintiera un poco (o más bien bastante) cohibida ante la idea de entrar a un sitio lleno de personas; incluso intentó cubrirse su rostro lo mejor posible con su velo negro. Si por ella fuera, habría preferido irse de ese lugar lo antes posible, y refugiarse de nuevo entre las sombras, el frío y la soledad que con el tiempo habían terminado por resultarle tan cómodos y abrigadores.

Pero Eulalia había dicho que esa persona podría ayudarla a encontrar a sus hijos. Y por esa posibilidad era capaz de sobreponerse a esa ansiedad.

El salón era igual de brillante y dorado como el lobby. Había mesas circulares colocadas en torno a una amplia pista de baile, y sobre una tarima un grupo de músicos (personajes igual de peculiares que aquel que atendía la recepción) tocaban instrumentos de cuerda para amenizar la velada.

—Estamos de suerte, es una noche tranquila de música clásica —susurró Eulalia. Ambas se movían lo mejor posible entre la gente—. Si fuera noche de charlestón, no podríamos sacar a Roja de la pista de baile ni aunque la amarráramos.

Eulalia rio en tono de broma, pero La Llorona pareció tomárselo enserio.

La enfermera recorrió su vista por todo el salón en busca de la persona que buscaba. Entre tantas caras debió haber resultado un tanto complicado, pero la dueña de ese sitio siempre tenía facilidad para resaltar entre la multitud. Especialmente por su sensual y ajustado vestido rojo que, efectivamente, esa noche también usaba como todas.

—¡Ahí está! —Exclamó Eulalia entusiasmada al divisarla, señalando al frente.

La Llorona vio por encima del hombro de su guía en la dirección a la que apuntaba, y también la distinguió rápidamente.

Alta, de busto prominente y cadera anchas, piel azulada, ojos grandes y cabello rojizo que caía sólo un poco por encima de sus hombros. Lucía un hermoso vestido largo color sangre que se ceñía a la perfección a su escultural figura. El vestido tenía además un generoso escote, que dejaba también sus hombros al descubierto y se abría del lado derecho a la altura de su muslo. Se encontraba conversando con tres hombres que le sonreían amigablemente, mientras ella sostenía entre sus dedos una larga boquilla negra con un cigarrillo, del cual surgía el mismo tipo de humo blanco de las veladoras de Eulalia.

El Club de las Ánimas - Capítulo 02. Déjame darte una mano - Fiesta de Roja

Al verla, La Llorona no pudo evitar sentirse intimidada por su apariencia tan despampanante, y que de hecho le resultaba un tanto indecente para los estándares de una mujer a la antigua como lo era.

—¿Es la mujer del vestido rojo? —Preguntó La Llorona, casi suplicando que Eulalia le dijera que no. Pero fue todo lo contrario.

—Ella misma —asintió—. Es la dueña de este lugar, conocida por todos como La Dama de Rojo, por ese vestido tan distintivo que siempre usa. Es una mujer hermosísima, ¿no te parece?

La Llorona sólo respiró profundamente y no respondió nada.

CONTINUARÁ…

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El Club de las Ánimas. Lloro es uno de los fantasmas más famosos del mundo, pero siempre se ha mantenido sola y alejada de las personas, tanto vivas como muertas. Pero eso cambia cuando conoce a Eulalia, el simpático fantasma de una enfermera que dedica su no-vida a ayudar a la gente, y que hará lo posible para que Lloro logre hacer amigos, y encuentre además un nuevo propósito en su muerte.

+ Historia y Arte © Eliacim Dávila

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