Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 73. Oscuro y maligno

18 de julio del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 73. Oscuro y maligno

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 73.
Oscuro y maligno

Damien Thorn se había acostumbrado rápidamente a siempre tener el control de cualquier situación, y especialmente a no ser tomado por sorpresa por nadie. La única que lo había logrado en los últimos tiempos era la escurridiza de Abra Stone, y de cierta forma no podía descartar que su situación actual no fuera culpa de ella, aunque fuera indirectamente. Su mente quizás se encontraba mucho más dispersa por lo ocurrido el día anterior de lo que creía, imposibilitándole prever que las tres personas que esperaba fueran a llegar justo ese día, y que se meterían en su pent-house bajo sus narices; aunque no literalmente, pues en realidad él ni siquiera se encontraba ahí cuando pasó, pero eso no lo hacía menos chocante.

Estando ahí de pie en la sala, con las tres niñas delante de él, se cuestionaba a sí mismo cómo era que aquello había ocurrido. Pero al final de cuentas no importaba; ya había pasado, y lo que debía hacer ahora era encargarse de la situación cómo siempre.

Respiró lentamente por la nariz, intentando recuperar su perpetuo temple calmado. Sonrió confiado, y se paró derecho, tomando una postura mucho más segura y menos atónita.

—Vaya, qué inesperada sorpresa —musitó el muchacho con elocuencia—. No las esperaba justo hoy…

Hizo el intentó de avanzar hacia ellas, pero en ese mismo instante Esther estiró por completo su brazo con el arma en su dirección, y escuchó el click del seguro retirándose.

—No te muevas de ahí, chico —le amenazó la mujer de Estonia con firmeza, y Damien decidió hacerle caso. Samara a su lado, pareció alarmarse un poco por esto, mientras que Lily aún no parecía dispuesta a intervenir, pero se vio más interesada en ver lo que ocurría.

Al parecer hasta hace poco las tres habían traído pelucas puestas, pues una negra, otra castaña y una rubia yacía en el suelo entre las demás cosas. Esther traía su cabello suelto sobre sus hombros, con un vestido color lila, un tanto anticuado, y botas altas. Lily usaba su camello recogido en una cola, tenis y jeans, además de un suéter rojo y una chamarra de mezclilla. Samara, por su parte, tenía su largo cabello suelto, como bien le gustaba, y traía una blusa rosada, una chaqueta marrón, y una falda blanca. Esther había cuidado bien que pudieran cambiar seguido de apariencia y así pasar desapercibidas. Astuta; se veía que sabía bien lo que hacía.

—Por favor, Leena —masculló Damien con tono burlón—. ¿Es necesaria esta hostilidad luego de este tiempo?

La mirada de Esther se tornó agresiva, y sus dedos se tensaron aún más contra el mango de su arma. Evidentemente no había superado el mal humor que le había causado su última conversación por teléfono. Aquello de hecho le trajo a Damien un recuerdo de su primer encuentro, en aquel feo y pequeño departamento en el que ella vivía. Era interesante ver que las cosas habían avanzado mucho desde aquello, pero al mismo tiempo no tanto.

Antes de que Damien pudiera decir algo más para intentar calmar las cosas, los tres guardaespaldas que lo acompañaban no tardaron en aparecer, tomando posiciones; dos detrás de él y uno más justo delante, protegiéndolo con su cuerpo.

—¡No se muevan! —Gritó el hombre de hasta adelante—. ¡Suelten sus armas y tírense al piso!, ¡ahora!

Los tres guardias tenían sus pistolas afuera y apuntaban cada uno a una de las niñas. Éstas, sin embargo, no parecieron del todo preocupadas, salvo Samara aunque no más de lo que ya estaba anteriormente. Por su lado, Esther mantuvo su brazo firme en su posición, con su arma apuntando al frente sin titubear.

—Aguarden, aguarden —intervino Damien, abriéndose paso para colocarse delante—. Todo esto es sólo un malentendido. Las señoritas son mis invitadas.

—Damien, mataron a dos de nuestros hombres —escuchó que comentaba Verónica, escondida detrás de todos los guardaespaldas.

—Nosotras no fuimos —comentó Lily de pronto con absoluta apatía, encogiéndose de hombros—. Se lo hicieron ellos mismos. Se estaban poniendo pesados, así que les di un empujón para que se calmaran. Pero lo llevaron demasiado lejos; no es nuestra culpa.

Terminó su comentario introduciendo una papa frita en su boca y comenzando a masticarla, como si lo que hubiera dicho fuera de lo más normal. Los tres guardias se miraron entre ellos, incrédulos.

—De seguro lo consideraron necesario —secundó Damien—. Yo lo entiendo, descuiden.

—Damien… —Profirió Verónica, sorprendida por tales palabras.

—Tú cállate —le reprendió Damien con molestia, volteando hacia atrás sobre su hombro—. Cuando quiera tu opinión te la pediré. Por lo pronto, no estás ayudando con tu histeria.

Verónica agachó su mirada, apenada pero también molesta. La escena tan horrible del pasillo la había hecho olvidar un poco su discusión, pero parecía estar comenzando a recordarla.

Damien se olvidó de ella por el momento y se viró de nuevo hacia las chicas. El arma de Esther seguía alzada, aunque de nuevo su ángulo de tiro se encontraba justo en dirección a la frente del joven Thorn.

—Por favor, Leena —musitó Damien, casi riendo—. Baja eso que estás poniendo nerviosos a los chicos.

Esther guardó silencio unos momentos, mientras sus ojos verdosos recorrían lentamente a los tres guardias, que igual que ella no habían retrocedido ni un paso en su clara intención de disparar a la menor provocación.

—Ellos primero —señaló Esther, apuntando con su cabeza a los tres hombres. Sin decir nada, se volvió claro que ninguno estaba dispuesto a hacer tal cosa por su propia voluntad. Pero quizás sí por la de su amo.

—Ya oyeron a la señorita Klammer —apuntó Damien, colocándose justo entre ambos grupos, dándole la espalda a Esther y encarando a sus propios hombres—. Bajen sus armas, ahora…

Su voz se tornó profunda y grave, y sus intensos ojos los miraron con amenaza latente en ellos. Sería claro para cualquiera que aquello no era, ni por asomo, una petición sino una orden absoluta. Los guardias vacilaron, pero uno a uno comenzaron a hacerlo, y retrocedieron dos pasos.

Cumplida su parte, Damien se giró de nuevo hacia las inesperadas invitadas, esperando que la mujer mayor hiciera lo mismo. Por un instante no hubo cambio, y Esther continuó apuntándole al rostro. Por la mente de algunos, incluso del propio Damien, corrió la posibilidad de que en realidad no tenía pensado bajarla. Al final, para fortuna de todos, una sonrisa de satisfacción se asomó en los labios de la mujer, y entonces bajó el arma, colocándola sobre la mesa de centro delante de ella.

—Te presento a las chicas, mocoso —enunció Esther, recargándose cómodamente contra el sillón—. La encantadora Samara, y la señorita sonrisas, Lilith. Chicas, nuestro anfitrión, el señor Thorn, quien financió esta pequeña aventura que hemos tenido juntas.

Los ojos de las tres se posaron completamente en él, incluso los de la distraída Lily. Samara no dijo nada, y sólo asintió, quizás queriendo decir “mucho gusto” con ese simple ademán. Lily, por su parte, fue bastante más directa. 

—¿Tú eres quién me estaba buscando? —Inquirió la joven de Portland, mirándolo de arriba abajo con escepticismo—. Te imaginaba más impresionante.

Y de nuevo, introdujo una papa a su boca y la masticó tranquilamente.

—No me juzgues tan pronto —le respondió Damien, fingiendo sentirse ofendido—. Por mi parte, estoy encantado de conocerlas al fin, pues las estaba esperando con muchas ansias. Lamento recibirlas en estos trapos, pero como dije no las esperaba hoy y tenía otro compromiso. —Su vista se desvió un poco hacia las papas y el helado regado por la mesa y el suelo—. Pero veo que se pusieron cómodas en mi ausencia.

—Sentimos el desorden —se apresuró a comentar Samara, sinceramente apenada.

—Yo no —añadió Lily con la misma indiferencia de antes.

—Descuiden, están en su casa —comentó Damien, sonriente—. De hecho, ¿por qué no vamos a la cocina y vemos si les podemos ofrecer algo más decente de comer? ¿Me acompañan las tres? Sirve que hablamos con más calma y empezamos a conocernos un poco.

Lily suspiró con algo de fastidio, pero se paró de la silla con completa normalidad. Esther por su parte pareció dudar un poco, y notó que Samara la veía, quizás esperando escuchar su opinión al respecto.

—A esto vinimos, querida —le susurró Esther juguetona, y entonces se paró también—. Andando entonces.

Samara también se levantó de su asiento rápidamente y siguió a sus dos acompañantes con su cabeza agachada.

—Perfecto, por aquí —les indicó Damien para guiarlas a la cocina. Antes de irse, sin embargo, se detuvo unos momentos—. Ah, Verónica, encárgate de limpiar eso, ¿quieres? —le ordenó a la joven italiana, señalando todo lo que estaba tirado en la sala—. Y también eso —añadió, señalando ahora a los dos cuerpos en el corredor.

—¡¿Yo?! —Espetó Verónica, casi horrorizada por la petición—. Pero, ¿qué se supone que…?

—Usa tu imaginación, si es que tienes —le respondió el joven desdeñosamente, y entonces siguió su camino hacia la cocina sin prestarle más atención a cualquier otra queja que quisiera agregar.

— — — —

La cocina del departamento era amplia, con acabados de madera clásicos de color negro. En el centro tenía una larga isla de granito, con tres bancos en uno de sus lados para ser usada como desayunador.

—Tomen asiento, por favor —les pidió su anfitrión a las chicas, señalando con su mano hacia los bancos a un lado de la isla. Las tres se aproximaron y arrastraron los bancos hacia atrás para poder sentarse cómodamente en ellos—. Una pregunta indiscreta, Leena. ¿Cómo dieron con este lugar exactamente?

—No fue difícil; deberías cuidar más lo que compartes en tus redes sociales, Damien —respondió la mujer extranjera con una sonrisa burlona, aunque ésta rápidamente desapareció, volviendo a la agresiva que tenía atrás en la sala—. Y creo haberte dicho que me llamaras Esther, estúpido mocoso.

—Cierto, creo que lo olvidé —comentó el Thorn, riendo un poco. Comenzó a entonces a hacer una inspección por los gabinetes y estantes de la cocina, así como del contenido del refrigerador de dos puertas, para determinar qué tenían disponible para comer. Evidentemente no era mucho—. Creo que sólo puedo ofrecerles unos emparedados, pero veamos la forma de hacerlos especiales, ¿sí?

—Lo que sea estará bien —le respondió Samara con gentileza, provocando que tanto Esther como Lily la voltearan a ver al mismo tiempo, un tanto confundidas por esa actitud.

El joven tomó entonces los diferentes ingredientes y los fue colocando sobre la isla: la barra de pan, jamón, queso amarillo, tomates, lechuga, mayonesa, mostaza, pepinillos y cátsup. Colocó también tres platos. Mientras hacía esta recolección, les iba hablando de manera casual y calmada, como si estuviera dándoles alguna clase de escuela.

—Déjenme presentarme cómo se debe, ¿les parece? Mi nombre es Damien Thorn, de los mismos Thorns de Thorn Industries. De seguro habrán visto algunos de nuestros productos en más de una ocasión.

Alzó en ese momento la barra de pan blanco para mostrarles la parte trasera del empaque, en donde entre todos sus datos se podía ver el distintivo logo del globo terráqueo, con THORN en letras grandes delante de él, y debajo de éste la leyenda: Thorn Industries Est. 1889. Samara y Lily se estiraron hacia adelante para verlo mejor. Esther, por su lado, ya sabía de antemano lo asquerosamente rico e influyente que era la familia de ese chico, así que no necesitaba más confirmación al respecto.

—Somos pilares de la industria alimenticia, tecnológica y, recientemente, armamentista —añadió Damien, tomando de nuevo el pan y sacando seis rebanadas de la bolsa.

—¿Y tú eres el dueño de todo eso? —Cuestionó Lily, sorprendida.

—Algo así. Tengo la mayoría de las acciones de la empresa en mi poder, de una u otra manera. Pero no podré hacer uso de ellas hasta que cumpla la mayoría de edad. Mientras tanto, hay otras personas que se encargan de administrarlo todo por mí.

Comenzó sosegadamente a untar mayonesa a la mitad de las rebanadas, para luego hacer lo mismo con la mostaza en las otras tres.

—Como Leena, alias Esther, de seguro ya les contó, hace unas semanas la busqué y la contraté para que las buscara y las trajera hasta acá. Para así poder conocerlas en persona.

—¿Y eso incluía dispararme, golpearme, y tenerme amarrada a una cama por días? —Masculló Lily mordaz, mirando al chico con intensidad.

—No explícitamente —bromeó el muchacho mientras continuaba con su preparación—. Pero me gusta darles libertad creativa a las personas que trabajan para mí.

Aquella broma no le pareció graciosa a la niña castaña, que hizo el ademán de querer ponerse de pie, y sólo ella sabía con exactitud qué pensaba hacer después de eso. Esther se apresuró a tomarla del hombro para detenerla, y ambas se miraron mutuamente. La mirada de la mujer de Estonia, y un poco los pensamientos que rondaban en la superficie de su mente, le indicaron a Lily el mensaje de: «Si quieres tus respuestas, al menos aguarda un poco más antes de explotar», idea que a ella no le apetecía, pero que igualmente aceptó, por lo que se volvió a sentar como antes en su silla.

Damien cerró los frascos de mayonesa y mostaza y pasó entonces a colocar en cada par de panes una rebanada de jamón, y sobre ésta una más de queso amarillo. Lo siguiente fue una capa de lechuga, previamente lavada en cada uno. Para los tomates, también previamente lavados, tomó un cuchillo para cortar tres rebanadas, una para cada emparedado.

—¿Cómo es que supiste de nosotras? —Preguntó Samara abruptamente, bastante interesada.

—¿Y para qué nos quieres exactamente? —Añadió Lily, algo agresiva—. Eso me importa más.

—Son buenas preguntas, pero la respuesta es tanto larga —indicó Damien, señalándolas con el cuchillo que estaba usando.

Una vez que cortó el tomate y lo colocó, tomó tres pepinillos para cada uno, un poco de cátsup, y entonces por última la rebanada final de pan, justo encima de todo. Esa era la forma en la que Ann solía prepararlos cuando iban a la cabaña en Twin Lakes. No los hacía así por nostalgia o algo parecido, sino más bien por mera costumbre; o al menos así lo creía él. Normalmente iban acompañados de papas, pero por lo que vio en la sala era poco probable que quedará alguna o que sus invitadas tuvieran ánimos de más.

—Díganme algo, señoritas —murmuró centrando la atención en las tres, estado él de pie en el lado contrario de la isla—.  ¿Ustedes creen en la maldad? —Soltó la pregunta al aire, dejando un tanto confundidas a las tres. Luego de unos momentos de silencio, rio como si acabara de contar una graciosa broma que sólo él entendió—. Qué tonta pregunta, ¿a quiénes les estoy preguntando esto? Si ustedes saben de sobra que existe gente malvada, ¿no es así? Algunos lo son porque nacieron para serlo

Tomó en ese momento uno de los platos con emparedado y lo colocó delante de Lily.

—Otros lo son porque piensan que el mundo se los debe de sobra.

Hizo entonces lo mismo con otro de los platos, colocándolo ahora enfrente de Esther.

—Mientras que para otros, pareciera que más bien el mundo no les diera otra alternativa…

Y por último, colocó el tercero enfrente de Samara, mirándola con gentileza al hacerlo. La muchacha de Moesko intentó ocultarse detrás de su cabello, apenada.

—Y luego existe el otro tipo de maldad —continuó Damien, apoyando sus manos sobre la superficie de granito—. Aquella que describen en los cuentos, que te acecha desde debajo de la cama, se mete en tus sueños y los convierte en pesadillas. La que te destruye y devora por dentro. Aquella que no se hace o decide serlo… simplemente lo es…

La atención de las tres se centró al unísono en el muchacho. Incluso Lily, que sin dudarlo mucho había comenzado a comer su emparedado, parecía sumida en sus palabras, y en la forma en las que la pronunciaba.

Damien sonrió complacido al ver que había captado su interés.

—Yo soy como ustedes, señoritas —prosiguió—, en más de un sentido. De entrada, puedo hacer cosas inusuales, como influir en la mente y corazones de la gente, entre varias cosas más. Y, de hecho, por mucho tiempo creí que era el único que podía hacer estas cosas, pues toda mi vida he estado rodeado de personas que me han repetido sin cesar que soy alguien especial, alguien único, alguien con un claro y glorioso destino. Sin embargo, recientemente conocí la existencia de personas como ustedes, con habilidades únicas, casi mágicas como las mías. Personas con…

La expresión que deseaba usar en ese momento se le escapó de la mente, y no fue capaz de completar su frase rápidamente.

—Personas con el Resplandor —comentó Samara de pronto. Y aunque no era precisamente en lo que Damien estaba pensando, sí fue bastante revelador escucharlo.

—Conoces ese término —señaló el muchacho, un tanto sorprendido al ver que alguien aparte de Abra lo usaba.

—Así es como Matilda y sus amigos lo llaman —aclaró Samara, y casi de inmediato un rastro de melancolía la subyugó al recordar a Matilda.

—Sí, también lo he oído —comentó Damien, intentando recuperar su centro—. El caso es que saber al respecto, me ha hecho tener ciertas dudas sobre el rumbo que ha tomado mi vida hasta ahora, y lo que debería hacer de aquí en adelante. Es por eso que he estado buscando y, se podría decir, estudiando a estos individuos “especiales”, intentando encontrarle algún sentido a quién soy, o qué soy realmente. Y aunque me he cruzado con algunos sujetos interesantes en esta búsqueda, ninguno se ha acercado a lo que realmente buscó: una conexión o semejanza conmigo. —Su sonrisa se amplió de una forma casi mordaz—. Hasta que me encontré con ustedes tres…

—¿Tres? —Masculló Esther de pronto, algo confundida.

—Sí, tú también, Esther. ¿Enserio creíste que te pedí a ti ir por ellas sólo por mero capricho? Tú también eres parte de esto. ¿O ya olvidaste lo que prometí que te daría si cumplías este trabajo?

Esther permaneció seria, sin decir nada más. Sin embargo, para el ojo perspicaz sería evidente el hecho de que aquello la había tomado desprevenida.

—¿Qué crees que tenemos de semejante a ti exactamente? —Inquirió Lily, bastante más incrédula que la mujer sentada a su lado.

Damien volvió a reír, en esos momentos casi estridentemente. Alzó entonces su mano derecha y la colocó plácidamente sobre su propio pecho, presionándolo con algo de fuerza.

—¿Qué no lo ves, Lily?, ¿no lo sientes? Esto que tenemos dentro de nosotros, esto que nos da estas habilidades… no es algo que deba ser llamado con un nombre tan luminoso como Resplandor, ¿o sí? No, nada de eso. Para nosotros cuatro, esto que tenemos en común no es algo brillante o bueno, sino algo oscuro y maligno. Un resplandor envuelto en tinieblas, se podría decir… Yo sí lo siento. Lo sentí en cuanto supe de ustedes, y lo siento aún más teniéndolas ahora justo delante de mí.

—Pues yo no siento nada —respondió Lily rápidamente, aunque inconscientemente tuvo que desviar su mirada, quizás rehuyendo la del muchacho.

—Eres dura, ¿verdad? —musitó Damien, divertido.

—¿Entonces qué? —Intervino en ese momento Esther, justo después de darle la primera mordida a su emparedado—. ¿Eres un niño rico que se cree malvado y buscas amiguitos igual de malos que tú para hacer travesuras juntos? ¿De eso se trata todo esto? 

—Es más complicado que eso, Esther. Mucho más complicado… ¿Recuerdan que les conté que siempre he tenido personas a mi alrededor diciéndome que tengo un destino que cumplir? Dicho destino es, ni más ni menos, el de gobernar, destruir y reconstruir el mundo. Hacer que la humanidad se postre ante mí, traer el Fin de los Tiempos, y alzar a mis seguidores a lo más alto. Sin presiones, ¿no?

Las tres niñas se sobresaltaron; más que sorprendidas, confundidas.

—¿De qué demonios estás hablando? —soltó Esther, algo asertiva.

Damien sonrió ampliamente en una mueca torcida bastante incómoda de ver. Posó sus ojos lentamente en cada una, y por separado sintieron un fuerte escalofrío recorrerles el cuerpo.

—Luego, vi salir del mar a una Bestia con diez cuernos y siete cabezas —comenzó a pronunciar con fervor el joven Thorn como si fuera una poesía—. En cada cuerno tenía una corona y en cada cabeza tenía escrito un nombre que insultaba a Dios. La bestia era como un leopardo con patas de oso y boca de león. El Dragón le dio a la Bestia su poder, su trono y gran autoridad. Una de las cabezas de la Bestia parecía que había recibido una herida mortal; pero fue curada, lo que tenía al mundo entero asombrado, y seguía a la bestia. —Extendió en ese momento sus brazos hacia los lados en un apose de poderío—. Adoraron al dragón por haberle dado su poder a la bestia y también adoraban a la bestia y decían: «¿Quién es tan poderoso como la bestia, como para poder pelear contra ella?» 

—El Libro del Apocalipsis —musitó Esther, apenas siendo capaz de pronunciar palabra. Sus ojos pelones miraban atentamente al chico delante de ella, pasmada ante la idea que le había recorrido la cabeza—. ¿Estás tratando de decir lo que creo que estás diciendo?

—¿Qué cosa? —le cuestionó Lily, igual de afectada que ella pero sin entender del todo por qué.

—Al parecer nuestro anfitrión cree que es La Bestia que sale del mar. En otras palabras… el puto Anticristo.

—¿Qué? —Exclamó Lily incrédula, girándose de nuevo hacia el muchacho que sólo las veía sonriente.

—¿De verdad? —Preguntó Samara en voz baja, mirando también al chico con bastante asombro inundando su rostro.

Damien se encogió de hombros con tranquilidad. Tomó entonces una rebanada de jamón del empaque, la enrolló y comenzó a comerlo.

—Eso es al menos lo que siempre me han dicho desde que tengo algún rastro de memoria —les respondió mientras comía su pequeña aperitivo—. Que me dio a luz una chacal llamada María, concebido por el propio Dragón, y con la Marca de la Bestia en mi cabeza —señaló en ese momento justo a la parte trasera de su cabeza.

—Ajá, ¿puedo verla? —Cuestionó Lily, escéptica.

—Quizás en otra ocasión —respondió Damien burlón, y comenzó entonces a tomar todo lo que había sacado para los emparedados para volverlo a poner en su lugar.

—Entonces… ¿Satanás se cogió a una chacal? —Comentó Esther con ironía—. ¿Cómo se habrá visto eso?

—Por favor, Leena; hay niñas presentes —se quejó el joven Thorn mientras continuaba con su labor—. No crean ni por un segundo que no me doy cuenta de lo ridículo que todo esto les está pareciendo, señoritas. Pero cuando eres un niño tonto que no entiende ni cómo es que llueve o cómo realmente se hacen los bebés, te tragas lo que sea. —Cerró con algo de fuerza la puerta del gabinete tras el que guardó el pan, y entonces se viró de nuevo hacia ellas—. Pero ya no soy un niño tonto, y mucho menos un adolescente tonto. Bestias, trompetas, copas… La gente sigue volteando al cielo en busca de señales del Fin del Mundo, en lugar de mirar a su alrededor y darse cuenta de que ya se está destruyendo ante ellos. Y eso aplica también a aquellos que me han criado y enseñado todo esto; un montón de viejos adoradores del Diablo, que quieren seguir al pie de la letra profecías y escritos de hace más de dos mil años, a los que les quieren dar cientos de interpretaciones dependiendo de cuál les conviene más. Pero yo me pregunto: si tenemos que acabar con este mundo —se encogió sutilmente de hombros—, ¿por qué no hacerlo a nuestro modo?

El silencio reinó en la cocina, mientras las tres invitadas digerían a su modo todo lo que acababan de escuchar. Sólo ellas mismas sabían las ideas que les recorrían sus cabezas, aunque Lily ciertamente podía percibir algo del desconcierto que inundaba a sus dos acompañantes, por encima del suyo propio.

—¿Para eso nos buscabas? —Preguntó de pronto Samara, observándolo con asombro—. ¿Quieres que te ayudemos a destruir el mundo…?

A las otras dos le parecía ridículo escuchar tal pregunta en voz alta, pero lo cierto es que a ellas también se les había ocurrido la misma conclusión.

Las tres observaron al chico en silencio, aguardando a escuchar cuál sería su respuesta. Damien pareció pensativo, como si no hubiera esperado que le preguntaran tal cosa. Se cruzó de brazos y se apoyó contra la superficie de la cocina, mirando hacia el techo.

—Tal vez sí… tal vez no. Aún no lo decido…

Aquella respuesta no ayudó casi nada en aliviar su incertidumbre.

Luego de un rato, el chico se separó de la cocina y aplaudió con fuerza, como queriendo obligarlas a despertar.

—Pero tendremos mucho tiempo para discutirlo —señaló con confianza—. Por lo pronto, haré que les preparen una habitación. Las tres tendrán que compartirla; no hay problema, ¿o sí?

—¿Esperas que nos quedemos aquí contigo? —Masculló Esther, desconfiada.

—No es que tengan muchos sitios a donde ir, ¿o sí?; en especial tú, Esther. Aquí estarán seguras, y ni la policía ni nadie más las molestarán.

Las tres niñas se miraron entre ellas, aunque ninguna dijo nada a favor o en contra de la propuesta. Ciertamente habían pasado unos días complicados viajando a escondidas, y les vendría bien descansar tranquilas en un sólo lugar. Y ese departamento en realidad no estaba para nada mal.

—¿Podemos usar la alberca? —Cuestionó de pronto Lily, indiscreta.

—Por supuesto, es toda suya —le respondió Damien, apuntando con su mano en dirección a la sala, por donde se salía a la terraza—. Pónganse cómodas mientras yo me ducho y me cambio, ¿de acuerdo? Están en su casa.

Dicho eso, le sacó la vuelta a la isla y se dirigió a la salida de la cocina, mientras las tres niñas lo miraban.

—Muchas gracias —le susurró Samara despacio, sonriéndole levemente. El chico sólo la miró y asintió agradecido, continuando justo después su camino hasta salir de la cocina.

—¿Muchas gracias? —Soltó Lily, casi molesta, una vez que Damien se fue, extendiendo su rostro hacia Samara aunque Esther estuviera entre ambas—. No seas tan arrastrada.

Samara se alarmó por ese repentino regaño.

—¿Y tú la criticas? —Intervino Esther, empujándola de su cara para que retrocediera—. ¿Podemos usar la alberca? —Repitió, usando un tono poco agraciado—. Qué fácil te compran, Lily.

—Cierto, mejor le hubiera pedido una maleta llena de dinero para hacer todo lo que me diga, así como tú, ¿no?

La mirada de Esther se volvió tensa y fulminante, pero había otros sentimientos sobre sus hombros que sosegaban dicho coraje. Preocupaciones que hacían que Lily, y su irrespetuosa manera de hablar, le fueran menos importantes.

—No fue sólo por el dinero.

—¿Y por qué más entonces?

—Eso no te importa.

—Me importa si por ese motivo nos trajiste a la casa de un completo demente —exclamó Lily molesta, y casi por reflejo miró sutilmente a su alrededor para asegurarse de que realmente estaban solas—. Digo, tú no eres precisamente el mejor ejemplo de salud mental. Pero, ¿el Anticristo?, ¿enserio? ¿Qué maldita tontería es esa?

—Esto es igual de nuevo para mí que para ti. Obviamente cuando lo conocí no se presentó de esa forma. Y de todas formas, ¿por qué estás tan segura que son tonterías? ¿No eres tú acaso el demonio en el cuerpo de una niña que se alimenta de la felicidad de la gente? 

Lily se sobresaltó al oír eso, viéndose incluso preocupada. Miró de reojo a Samara, qué sólo las observaba desde su taburete en silencio. Se forzó a sí misma a recuperar la compostura, y mirar de nuevo a Esther con firmeza.

—Eso era lo que mis padres creían —declaró la niña de Portland con seriedad.

—¿Entonces no lo eres? —Le preguntó Esther justo después, a lo que Lily permaneció en silencio. Al parecer no estaba dispuesta a responderle de forma directa. En su lugar, contestó con otra pregunta:

—¿Entonces tú sí le crees? —Cuestionó Lily, acusadora—. Sé que quieres creer que Dios o “Algo Más” —pronunció marcando con sus dedos las comillas—, te sacó de ese lago congelado y te devolvió la vida por un motivo. Pero no por eso le vas a creer a cualquier perdedor con algunos trucos de magia que es el Anticristo.

—Yo no dije que le creyera —se defendió Esther tajantemente, aunque de inmediato se tranquilizó—. Pero admito que estoy intrigada, y hace mucho que un hombre no me hacía sentir intrigada. —Se inclinó un poco hacia ella en ese momento, como si fuera a susurrarle un secreto—. ¿Por qué no intentas meterte en su cabeza y vemos qué oculta ahí…?

—¡No! —Escucharon ambas como Samara pronunciaba efusivamente. Se viraron al mismo tiempo hacia ella, y notaron la mirada casi aterrorizada de la chica de Moesko—. No lo hagas, no debes…

—¿Por qué no? —Le preguntó Lily, intrigada por su reacción tan abrupta.

Samara vaciló un poco antes de responder. Se giró entonces lentamente hacia la superficie de la isla, divisando su propio reflejo en ésta, junto con el brillo de la luz sobre ellas.

—Solamente creo que sería peligroso —señaló la Samara, despacio—. Él podría hacerte daño…

Esther y Lily se miraron la una a la otra, las dos igual de aturdidas por esas palabras. Samara había permanecido casi por completo en silencio desde que llegaron a ese lugar; de hecho, casi no había pronunciado palabra desde que salieron del aquel motel a las afueras de Eugene. El que de repente les dijera algo como eso les resultaba… curioso, por lo menos.

—Tú sí le crees, ¿verdad? —Le cuestionó Esther, con tono inculpador—. Piensas que todo lo que nos dijo es cierto. ¿Por qué?, ¿sabes algo que no nos has dicho?

Samara no respondió, y agachó más su cabeza, ocultando más su rostro detrás de sus cabellos. Esther la contempló fijamente, como queriendo leerle la mente y poder descubrir cuál era el origen de esa actitud. De pronto, una posibilidad se le ocurrió, y en cuanto le dio forma una sonrisita picarona se dibujó en sus delgados labios.

—¿O acaso…? No me digas que el chico te gustó —Le preguntó de pronto juguetona, provocando que Samara alzara alarmada su rostro, y sus pálidas mejillas se enrojecieran. Esther rio divertida al ver esa reacción—. ¿La pequeña Samara ya está en esa edad? Admito que es atractivo… para ser un mocoso.

Samara siguió en silencio. Sólo miró a ambas con ojos asustados, y con su rostro aún más rojo que antes.

—¿Hablas enserio? —Exclamó Lily, hastiada—. Qué asco… Y yo que creía que eras más avispada que eso.

—Eso dices ahora —le respondió Esther antes que Samara dijera algo, si es que pensaba hacerlo—. Pero ya te llegará el momento a ti también.

—Lo dudo completamente —respondió Lily con bastante seguridad—. No existe en este mundo un hombre que pudiera llegar a ser aunque sea remotamente interesante para mí.

Esther se rio con condescendencia a la ingenuidad de la niña.

—Al inicio no te importa que los chicos sean interesantes, sólo que sean lindos. Luego lo lindo no es suficiente, y entonces ya buscas lo interesante. Después el dinero es un gran agregado. Y ya al final, sólo los quieres para una cosa, y para ello casi cualquiera te sirve.

—¿Para qué? —Preguntó Lily, curiosa.

—Ya lo sabrás, si tienes suerte.

Lily no pareció nada convencida, pero tampoco lo suficientemente interesada. Soltó un chisteó de fastidio, y entonces se bajó de su taburete. Sin decir nada, salió de la cocina, posiblemente con la intensión de volver a la sala y seguir viendo su serie.

Esther bufó, divertida. Una vez que Lily se fue, se viró de nuevo hacia Samara. Su rubor se había suavizado, pero la incomodidad que se reflejaba en sus ojos no se había mermado ni un poco.

—Pero no te hagas falsas esperanzas, querida —pronunció Esther—. Él tiene dieciséis o diecisiete, y tú sólo doce. Los chicos de su edad sólo piensan en tetas grandes, piernas largas, traseros firmes, y labios carnosos. —El rubor volvió a las mejillas de Samara al oír tales descripciones—. Y tú, lamentablemente, no tienes ninguna de esas cosas. Aunque en unos cuatro o cinco años más, quizás te funcione…

La expresión de Esther se volvió seria, y luego incluso algo melancólica.

—Suertuda de ti —susurró despacio mirando hacia un lado, y entonces se puso también de pie para retirarse en la misma dirección en la que se fue Lily.

Samara se quedó en su sitio, sin intención de seguir a sus dos acompañantes. En su lugar, una vez que se quedó sola, tomó el emparedado que le había hecho Damien, y comenzó a comerlo lentamente en pequeñas mordidas.

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Justo como había dicho que haría, Damien se fue directo al cuarto de baño de su habitación para darse una ducha rápida. Acababa de participar toda la mañana y gran parte de la tarde en ese tedioso torneo de tenis, y había tenido que recibir a sus visitas con esa apariencia poco pulcra y formal. Igual le parecía que había logrado darles la impresión que deseaba darles. Ahora sólo debía esperar a que digirieran todo lo que les había dicho, y sacaran sus propias conclusiones. Sabía muy bien que esa conversación sería sólo el comienzo, pero confiaba que todo se pusiera muy entretenido de ahí en adelante.

Aun así, seguía molesto por haber sido tomado por sorpresa en ese espacio que había convertido temporalmente en su hogar. No culpaba a sus tres invitadas del hecho; en realidad, el que hayan logrado hacer tal cosa hacía que se convenciera aún más de su decisión. Pero sabía justo a quién culpar, y se encargaría de hacérselo saber en cuanto lo viera.

Salió de su ducha mucho más limpio, y cómodo. Pensaba vestirse un tanto casual para la cena de esa noche. De momento sólo se había colocado su ropa interior y unos jeans azules, y estaba eligiendo el resto de su atuendo, cuando alguien llamó a la puerta, tímidamente.

—Adelante —respondió por mero reflejo, pensando que quizás era alguna de las recién llegadas. Apostaba por Esther, que seguro iba a reclamarle el resto de su pago. Sin embargo, cuando escuchó la puerta abrirse y se viró hacia dicha dirección, lo que se encontró fue el rostro sorprendido y apenado de Verónica, que parecía estar dudando entre entrar o retirarse—. Ah, eres tú —comentó Damien, apático—. Pensé que saldrías huyendo luego de ver todo eso. Pero supongo que subestimé tu sentido del deber con tu ama Ann.

Aquel comentario tan despectivo pareció ayudarle a decidirse. Sobreponiéndose al estado medio vestido del muchacho, decidió dar unos pasos más hacia el interior del cuarto, pero sin cerrar la puerta; quizás por si tenía que salir rápidamente.

—Sólo vine a decirte que ya limpié la sala —informó Verónica, procurando no mirarlo directamente, pero tampoco permitiéndose desviar su mirada del todo con sumisión—, y llamé a alguien de la Hermandad que se encargará de… la limpieza de lo otro. Pero igual, me parece que alguien tendrá que responder por lo ocurrido.

—¿Crees que esos son los primeros cadáveres en el armario de la Hermandad? —Musitó Damien, distraído—. No seas tan ingenua. Si alguien tiene algún problema, que venga y me lo diga de frente.

De su armario sacó una camisa de tela delgada que asemejaba a mezclilla, y tras inspeccionarla unos segundos decidió que sería adecuada para cenar con sus invitadas. Se la colocó, y cuando se giró de regreso hacia la puerta mientras se la abotonaba, vio a Verónica aún ahí de pie, aguardando como un leal perrito.

—¿Algo más?

Verónica respiró lentamente por su nariz, y entonces avanzó un par de pasos más hacia él.

—Quería saber, ahora que esas niñas están aquí, cuál son tus planes —indicó la joven, intentando ser lo más firme posible—. Tenía entendido que te estabas quedando en Los Ángeles sólo para reunirte con ellas. ¿Qué piensas hacer ahora que llegaron? ¿Considerarías volver de una vez a Chicago? ¿Piensas llevarlas contigo?

—¿Eres tú quien lo pregunta o es Ann? —Soltó Damien acusadoramente. Verónica, sin embargo, no respondió—. No tengo decidido todavía lo que haré, y definitivamente no sería sencillo subirlas a un avión considerando que están siendo buscadas. Así que, por lo pronto, me quedaré un poco más aquí en lo que me decido.

—Damien, no puedes seguir escondiéndose aquí —indicó Verónica sonando casi preocupada—. Tarde o temprano tendrás que volver y darles la cara a la señora Thorn y a los demás Apóstoles…

—¿Esconderme, dijiste? —Espetó fastidiado el joven Thorn, alzando un poco la voz—. ¿Eso piensas que hago aquí?

Verónica dio un paso hacia tras, acercándose un poco a la puerta, pero evitando salir corriendo. Volvió a respirar lentamente, y se paró firme, ahora sí con su rostro alzado.

—Yo… no quise decirlo… así… Sólo… pienso que estás enojado con la Hermandad, pero al mismo tiempo no te atreves a separarte de ella; de sus comodidades y beneficios. Además de que quizás aún no estás seguro de que en efecto lo que te han dicho hasta ahora sea mentira. Y sería posible que te estés escondiendo aquí… intentando evitar tomar una decisión definitiva al respecto. Y eso no es justo, porque… o estás con nosotros o no lo estás…

Damien se había quedado en su sitio, sólo mirándola atentamente mientras ella pronunciaba todo aquello, al parecer cada vez teniendo menos cuidado en sus palabras. Pero entonces, el chico comenzó a avanzar de la nada apresuradamente hacia ella, con sus ojos casi enrojecidos de la rabia que los cubría. Verónica se quedó petrificada al inicio, pero cuando ya lo vio inminentemente sobre ella, tuvo el reflejo de darse la vuelta y salir corriendo; ni siquiera lo pensó, pues sus piernas prácticamente se movieron solas. Pero su intención fue inútil, pues él rápidamente la tomó de un brazo con fuerza, deteniéndola, y con su otra mano cerró la puerta, azotándola y cortando así cualquier ruta de escape.

Verónica sintió entonces como la tomaba de su cabeza por detrás, y la pegaba, con cierta rudeza, contra la puerta, presionando su mejilla derecha contra la superficie lisa de está. Verónica se quedó inmóvil en su lugar, apretando sus ojos con fuerza presa del terror; incluso se le escaparon algunas lágrimas.

—¿De dónde sacaste esas agallas tan repentinas para hablarme de esa forma?, ¡¿eh?! —le susurró Damien con voz carrasposa, estando de pie justo detrás de ella mientras la seguía presionando contra la puerta—. Anticristo o no, sólo necesito desearlo para así aplastarte como el insecto que eres, ¿lo entiendes? Y si creíste por un segundo que la protección de Ann me detendría de hacerlo, entonces eres aún más ingenua, ¡y estúpida de lo que pensé!

—Yo… —intentó decir algo, pero las palabras se ahogaban en su garganta con los sollozos que la invadían.

Verónica no tuvo duda alguna de que lo decía enserio, y en verdad sintió que estaba dispuesto a cumplir su amenaza en ese mismo lugar y momento. Después de todo, para él sólo era una humana cualquiera; un alma más que podía aplastar en cuanto así le apeteciera. Y el miedo a morir le invadió de una manera tan intensa y real, como nunca había sentido antes. Y en ese momento en lo único que pensaba era en su madre, y se lamentaba no sólo nunca haberle sido de verdadera utilidad, sino haberle fallado justamente en ese momento en el que más la necesitaba.

“Estoy desesperada, hija… Por primera vez me siento insegura y rodeada de enemigos. No puedo confiar en Lyons, y ahora ni siquiera en Damien. Sólo te tengo a ti. Por favor… te necesito como mi aliada en esto.”

Sin embargo, para su fortuna y sorpresa, Damien no le hizo nada más, mucho menos aplastarla como bien había dicho que podía hacer si así lo deseaban. Repentinamente el muchacho la soltó y se alejó un paso de ella. Las piernas de Verónica flaquearon y se doblaron un poco. A pesar de estar contra la puerta, no pudo evitar caer de rodillas.

De inmediato se viró para verlo, pegando su espalda contra la puerta, y empezando a alzarse lo más rápido que sus temblorosas piernas se lo permitían. Damien ya se había alejado de ella, y ahora se había acercado a su cajonera para sacar algunos calcetines; con tanta normalidad como si lo de hace unos momentos no hubiera ocurrido en absoluto.

—Si estás tan preocupada porque volvamos a Chicago —empezó a decirle mientras revisaba el cajón—, ¿porque no buscas una manera en la que pueda sacar a una criminal rusa buscada y dos niñas secuestradas conmigo sin llamar la atención? Si encuentras la forma, nos vamos; todos nos vamos. ¿Trato?

Verónica a sus espaldas seguía siendo incapaz de responderle. Ya se encontraba de pie con su espalda contra la puerta, pero temerosa de acercar su mano aunque fuera un poco al pomo de la puerta.

—Mientras tanto, ¿por qué no ves que mis invitadas se instalen en su cuarto y estén cómodas? ¿Sí?

Agitó una mano en el aire sin mirarla, indicándole con ese pequeño acto que se retirara de una buena vez. Pero incluso con esa autorización de su parte, igual Verónica tuvo que forzarse duramente a sí misma para al fin moverse y abrir la puerta. Una vez que giró la manija y la puerta se abrió a sus espaldas, sintió al fin aunque fuera un poco de alivio.

—Con tu permiso —susurró despacio, pero el muchacho siguió sin mirarla. Lo último que vio antes de cerrar la puerta, fue como se sentaba en la cama para colocarse los calcetines negros que había elegido.

Tuvo problemas para caminar una vez que estuvo fuera, y se quedó apoyada contra la pared un rato mientras intentaba recuperarse. Su corazón le latía desesperadamente, y se le dificultaba respirar. Era increíble el efecto que ese chico tenía en las personas con su sola cercanía. Realmente era alguien… o algo… fuera de lo normal.

¿Y esas niñas que había estado buscando? ¿Mataron a dos hombres y se sentaron en la sala a ver la televisión y comer? ¿Quién hacía algo como eso? Verónica estaba aterrorizada de lo que esos cuatro tenían planeado hacer. O, quizás, lo más aterrador era que justamente no había ningún plan…

FIN DEL CAPÍTULO 73

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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Un pensamiento en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 73. Oscuro y maligno

  1. ignacio rodriguez piceda

    Espero que a Verónica no le pase el mismo destino que en la serie con las raíces…

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