Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 71. Andy

4 de julio del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 71. Andy

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 71.
Andy

A las 9:15 de la mañana, el corte comercial terminó y comenzó a sonar de fondo el tema principal de Good Morning with Claudia Bertalli. El público presente en el estudio aplaudía al unísono con fuerza, como si fuera una fuerte granizada; incluso se oían algunos gritos de emoción entre ellos. Claudia Bertalli se encontraba en el centro de su set, sonriendo hacia las personas con sus hermosos dientes blancos. Detrás de ella se encontraban dos sillas de terciopelo azul, y detrás de éstas una vista simulada de la ciudad de New York, alumbrada por los rayos del sol matutino.

Claudia Bertalli, una mujer rubia de piel bronceada y ojos verdes, ceñida en un vestido casual verde aqua, se veía entusiasmada, o quizás incluso algo cohibida, por la ferviente emoción del público. Aguardó unos momentos hasta que la música estuvo a punto de terminar, y entonces extendió sus manos hacia el frente para indicarle a la gente que ya podían (y debían) dejar de aplaudir. Paulatinamente así lo hicieron, aunque algunos ocuparon más tiempo que otros.

—Y estamos de vuelta, damas y caballeros —proclamó la presentadora mirando directo a la Cámara 2 una vez que reinó el silencio, con esa alegría tan contagiosa que la cateterizaba—. ¿Cómo se encuentran en casa?, porque aquí los ánimos están que arden por nuestro siguiente invitado —Hizo una mueca graciosa de sorpresa, o incluso de miedo, lo que provocó algunas risas en el estudio—. Espero que ya se hayan terminado su café y estén lo suficientemente despiertos para esto.  Con más de treinta años de carrera, veinte discos, y siete películas galardonadas, una de ellas a estrenarse este fin de semana en cines… Reciban con un caluroso aplauso al único, ¡Andy Woodhouse!

El estudio estalló en aplausos y gritos de júbilo que retumbaron las paredes. Pancartas con mensajes como “Nosotros Amamos Andy” o “Todos Somos Hijos de la Luz” ondearon sobre las cabezas de las personas. La puerta simulada colocada a un lado del set se abrió automáticamente, revelando del otro lado a la persona que todos esperaban. Al verlo, los gritos y los aplausos aumentaron el doble.  De fondo comenzó a sonar una versión instrumental de La Balada de las Estrellas, una de las canciones más emblemáticas del invitado, pero apenas y era apreciable por el escándalo. Claudia incluso se tapó los oídos e hizo una mueca de espanto a la cámara, como broma.

Cuando la puerta se abrió, aquel hombre de cabello y barba anaranjada comenzó a caminar hacia el centro del set, mirando hacia el público mientras besaba sus dos manos y lanzaba imaginariamente sus besos hacia todos ellos. Sus intensos y profundos ojos color avellana se posaron en cada uno de los presentes, o al menos así lo sintieron ellos. Su cabello largo y lacio caía libremente sobre sus hombros. Su barba estaba completamente cerrada, bien recortada y cuidada. Usaba una camisa azul oscuro de tela brillante, abierta de los primer tres botones que dejaba a la vista su pecho blanco con algo de vello, anaranjado también, y varios collares de cuentas que colgaban de su cuello.

Se aproximó jovial hacia Claudia, y ambos se dieron un caluroso abrazo, en el cuál la presentadora se encargó de quizás exagerar un poco su emoción. El abrazo fue acompañado de un sutil beso del invitado en la mejilla de Claudia. Luego de que se separaron, se giró de nuevo hacia el público para saludarlos, y entonar con su suave voz la letra de La Balada de las Estrellas justo en dónde iba en ese momento. El público y la propia Claudia no tardaron en unírsele por unos segundos, hasta que la estrofa terminara y la música callara. Una última ronda de aplausos se hizo presente, y ambos entonces pasaron a sentarse en los sillones azules.

—Ojala me recibieran a mí así todos los días —comentó Claudia como reclamo, y más risas le acompañaron del público, y también de su invitado que no tardó en ponerse cómodo y cruzar sus piernas enfundadas en unos pantalones negros ajustados—. Andy, no sé cómo expresarte lo feliz que estoy de verte de nuevo. Hace mucho que no venías por aquí, canalla.

—Más bien hace mucho que tú no me invitabas —le respondió Andy, apuntándole juguetonamente con su dedo.

El estudio ahora sí estaba en silencio, pues todos, público y staff, estaban atentos a cada una de las palabras del invitado. Y no era para menos. Andy Woodhouse era una de las estrellas de la música más grandes de los últimos treinta años, y en la última década había incursionando también al cine, hasta incluso haber ganado recientemente un Oscar a Mejor Actor. Famoso también por sus muchas acciones caritativas alrededor del mundo, y por sus filosofías de vida que habían servido de inspiraciones para miles de personas. Siempre con su cabello largo y su barba que asemejaban, según algunos, la apariencia más popularizada de Jesús. Incluso le habían propuesto interpretarlo hace un par de años atrás, pero lo rechazó.

—Oh, tú no necesitas invitación, y lo sabes —respondió la conductora a su último comentario, dándole una palmada en su rodilla—. Pero es que además has estado en extremo ocupado, ¿no?

—Supongo que sí —añadió Andy, asintiendo—. Acabamos de volver de una gira por Asia, y mi reloj interno aún no se acostumbra al cambio de horario.

—Y en lugar de estar descansando te tenemos aquí; vaya montón de explotadores que somos. Pero enserio, Andy, no sé cómo lo haces. Tantos años de carrera, y sigues tan vigente. ¿A qué crees que se deba?

—Supongo que el mal gusto nunca pasa de moda —soltó Andy de forma burlona, y el estudio se llenó de risas otra vez—. Ya enserio, siempre he creído que cuando haces algo que en verdad amas y de lo que te sientes orgulloso, la gente lo percibe y lo recibe con alegría. La música es eso para mí. Y espero seguir haciéndolo por muchos años más. Bueno, mientras el público lo quiera, y al Universo le parezca.

—Siempre has sido un hombre muy espiritual, ¿verdad, Andy?

El hombre de barba sonrió, mostrando parte de su brillante dentadura, y asintió con su cabeza.

—Me agrada pensar que tengo una relación sana y estable con las fuerzas que le dan forma a nuestro mundo. Ya sea Dios, Buda, el Monstruo Gigante de Espagueti… o algo más. Llevo mi vida encaminada a estar en paz con todo y con todos.

—En esta época predominantemente atea y agnóstica, se ha vuelto un tanto inusual que los famosos expresen ese tipo de ideas tan públicamente, ¿no?

—La gente está cansada de las religiones organizadas y los dogmas, y ese es un sentimiento que también comparto. Confío, sin embargo, en que tarde o temprano todos comprenderán a separar lo que es la iglesia como institución, del concepto que tengan de Dios. Y al hacerlo, entiendan que su relación con Él, Ella o Eso, se trata más de una interacción íntima y personal, y menos de seguir una serie de pasos y ritos, como si se tratara de magia negra.

El músico se quedó callado unos instantes mirando al suelo, y luego miró de nuevo al público, sonriéndoles como si se acabara de acordar de algún chiste e intentaba no reírse de ello.

—Pero estoy divagando, lo siento —se disculpó, aparentemente un poco avergonzado—. No me invitaste para hablar de eso.

—Oh, no te disculpes —musitó Claudia risueña, dándole otra palmada en su rodilla—. Tienes una voz tan hermosa que podría oírte por horas hablar de cualquier cosa. ¿Y ustedes? —Se viró y señaló hacia el público buscando su opinión, y estos la secundaron con aplausos y ovaciones. Andy alzó una mano hacia ellos, en gesto de gratitud—. Déjame decirte —prosiguió Claudia—, hablando de magia negra, que cada vez que te veo te ves mejor. ¿Cuántos años cumpliste el junio pasado? Si se puede saber, claro.

—No tengo problema con revelarlo —declaró Andy, encogiéndose de hombros—. Cumplí cincuentaiuno.

—Cincuentaiuno —repitió Claudia con gran asombro, y no todo en él era parte de su sobreactuada personalidad. Se giró con la boca bien abierta hacia las cámaras. El público rio, y algunos soltaron silbidos de admiración—. Y te ves increíble, como un jovencito.

—Gracias, Claudia. Tú también te ves muy bien.

—Gracias por eso —rio la presentadora, algo sarcástica—. Ya casi entras en la categoría de abuelos sexys.

—Creo que tendremos que esperar aún algunos años antes de poder considerarme abuelo. Mi hijo Sebastián tiene apenas diez años.

—Oh, claro, ese pequeñín que adoptaste —señaló la conductora, inclinándose hacia él con verdadero interés—. ¿Ya tiene diez? Increíble. ¿Y cómo le ha ido?

—Bastante bien. Es el primero de su clase, y está aprendiendo a tocar el violín.

—¿Quiere ser músico como su papá?

—Aún no lo decide. Pero tiene bastante tiempo para pensar en eso.

—Por supuesto que sí. Pero ya enserio, ¿cuál es tu secreto para verte tan bien?

—Ninguno, al menos que la meditación cuente —comentó son sorna—. Supongo que simplemente tengo buenos genes.

—Y cómo no, si tu padre fue ni más ni menos que Guy Woodhouse, toda una leyenda de Hollywood. Aunque muchos dirían que tú ya lo habías superado, incluso antes de su muerte hace…

—Hace ocho años —se apresuró a completar Andy en cuanto Claudia pareció atorarse al no tener el número claro en la cabeza—. Era una sombra bastante grande bajo la cual vivir, sin duda. Pero mucho de lo que he logrado fue gracias a él. Le debo mucho.

—¿Fue por él que decidiste aventurarte al cine?

—En parte de sí. Aunque creo que a él no le agradó mucho cuando lo hice por primera vez. Creo que sintió que me estaba metiendo en su territorio; era un hombre chapado a la antigua. Y claro, también influyó el hecho de que lo hice horrible.

—Oh, por supuesto que no —declaró Claudia casi enojada por tal comentario—. Y no digo esto por alagarte, pero la verdad es que eres tan bueno en la actuación como lo eres con la música. ¿Verdad? —Una vez más buscó el apoyo del público, y éste se lo dio sin dudarlo—. De hecho, quiero que nos cuentes un poco sobre tu película que se estrena este fin de semana. Pero antes, me gustaría hacerte una última pregunta personal.

Claudia descruzó sus piernas, se acomodó la falda de su vestido, y las volvió a cruzar, cambiando las piernas de posición. Se acomodó en su silla y se inclinó hacia Andy, mirándolo con una expresión mucho más seria que la que había tenido hasta ese momento.

—Sé que es un tema del que no te gusta hablar, pero…

—Está bien —respondió Andy rápidamente, incluso antes de que terminara de formular su pregunta—. Quieres preguntar sobre mi madre, ¿cierto?

Claudia apretó un poco sus labios, y no respondió. Debajo de la base y el maquillaje que le habían aplicado, su rostro se había ruborizado un poco ante su propio atrevimiento. Creyó por un momento que quizás lo había hecho enojar. Sin embargo, Andy se veía bastante relajado, aunque no tan juguetón y sonriente como hasta entonces.

Con voz clara y su vista puesta en algún punto lejano y solitario del set, el músico respondió lo mejor posible aquella pregunta implícita.

—El principal motivo por el que no me gusta hablar de eso en las entrevistas, es porque en realidad nunca hay nada nuevo que decir. Ya son casi cuarenta años que no puedo verla, escuchar su voz, abrazarla… Pero no pierdo la esperanza. —De nuevo sonrió, y de nuevo sus blancos dientes brillaron en las cámaras—. Sé que tarde o temprano ocurrirá el milagro.

—Esperemos que sí —concluyó Claudia, estrechándole su mano entre sus dedos en solidaridad—. Si alguien se lo merece, eres tú.

Andy le sonrió y asintió como gratitud a su comentario.

—Ahora sí, cuéntanos sobre esa película —solicitó Claudia, recuperando su contagioso buen humor de antes—. Todos sabemos que eres muy selectivo con los proyectos que aceptas. ¿Qué te atrajo de éste en especial como para incluso acceder a rasurarte tu hermosa barba? Por suerte ya te creció de nuevo.

—Ya estaba así al día siguiente de terminar filmaciones —bromeó el hombre, pasando su amplia mano por su barbilla—. Bueno, como ya sabrás, en esta película interpreto a un abogado de oficio, que conoce…

La entrevista continuó sin problemas, y el público no perdió su ánimo ni un momento. Andy accedió a cantar una canción ahí en vivo, aunque no estuviera preparado y tuviera que usar una guitarra que no era la suya. Aun así lo hizo excelente, y todos los presentes lo acompañaron. Para antes de las 10:30, Andy ya estaba fuera del estudio, de camino a su siguiente compromiso.

— — — —

La agenda de Andy para ese día terminó un poco antes de la seis de la tarde, sin ningún contratiempo. Luego de su última cita, una reunión con los productores de una nueva película en la que se había interesado, se dirigió a su lujoso departamento en Midtown Manhattan, cerca de Central Park. Su camioneta negra, conducida por su conductor y guardaespaldas Pattrick, ingresó al estacionamiento del edificio a las 6:20 aproximadamente. Él había estado callado prácticamente todo el viaje, mirando por la ventanilla, pensativo. De vez en cuando, y sin que él se diera cuenta conscientemente, su mano recorrió su estómago como intentando apaciguar un dolor. Pattrick notó este acto por su espejo retrovisor.

—¿Te duele algo, Adrian? —Le preguntó el fornido hombre de ascendencia italiana—. ¿Quieres que pasemos a alguna farmacia a comprarte algo?

—No es nada —le respondió el hombre de barba sin apartar la mirada de la ventana—. Sólo estoy algo cansado, supongo.

Aquello no era cierto. En realidad no estaba cansado, o al menos no de forma convencional. Aquel pequeño malestar en su estómago tenía otro tipo de origen. Cualquier otro mundano lo llamaría simplemente un “mal presentimiento. En su caso, sin embargo, una expresión como esa le resultaba un poco corta.

Una vez que arribaron al edificio, subió por el elevador privado hacia el piso diecisiete. El departamento abarcaba cerca de la mitad de aquel piso, con la vista hacia Central Park. Se había instalado ahí hace dieciocho años de forma casi permanente, salvo cuando estaba de gira o dando presentaciones. Había tomado aquella decisión tras un hecho importante que le ocurrió en aquel entonces, en el lejano noviembre de 1999. Unos años después también le serviría para darle más estabilidad a su hijo adoptivo, y para que pudiera ir al colegio ahí en New York sin problemas.

Al ingresas al departamento, dejó sus llaves sobre un tazón en la entrada, y pasó después a retirarse su sombrero y abrigo para colgarlos en el perchero.

—Buenas tardes, Andy —escuchó que le saludaba la voz de su ama de llaves, y niñera de su hijo, con su marcado acento ruso pero con bastante calidez.

—Buenas tardes, Gilda —le regresó Andy el saludo, sonriéndole gentilmente. La mujer mayor y robusta se le acercó para ayudarle a quitarle su abrigo, aunque él ya estaba a la mitad del trabajo. Ya más cómodo, Andy camino hacia la sala.

—Déjame decirte que te veía muy guapo en la entrevista —comentó Gilda con cierto tono burlón mientras caminaba detrás de él.

—Gracias, tú siempre tan amable.

En la sala se encontró con Sebastián, su hijo, sentado en la alfombra delante de la mesa de centro, ocupada por sus libros y cuadernos. El muchacho delgado de cabellos rubios oscuros, estaba inclinado sobre su cuaderno mientras transcribía el texto de uno de sus libros. Aún traía puesto el uniforme de su colegio, de saco azul oscuro y pantalón caqui, aunque se había retirado su corbata.

—¿Y tú me viste, Sebastián? —Le preguntó Andy con curiosidad, aproximándose a su lado.

—Estaba en la escuela —respondió el muchacho con seriedad, sin dejar de escribir.

—Bien dicho. ¿Cómo estás, eh?

—Hago tarea —señaló el chico de la misma forma que antes.

—Bueno, entonces no te interrumpo.

Andy se inclinó hacia él para acariciarle un poco su cabello y darle un beso en la cabeza. El chico siguió en lo suyo mientras lo hacía, aunque una vez que Andy se alejaba, alzó su mano para reacomodarse su cabello. Sebastián era un niño bastante inteligente, y siempre parecía estar pensando en algo. Pero era también muy serio y callado, incluso desde pequeño. Andy recordaba, con cierta nostalgia, que él era parecido a su edad.

—¿Tienes hambre?, ¿quieres que te preparé algo? —Le cuestionó Gilda, un poco preocupada.

—Más tarde —le respondió Andy algo distraído, mientras se perdía en el pasillo—. Estaré con mamá.

El departamento tenía cuatro habitaciones. La principal era ocupada por Andy, la secundaria era el cuarto de Sebastián (aunque antes de adoptarlo había sido un gimnasio improvisado), el cuarto de servicio que era ocupado por Gilda los días que se quedaba con ellos, y una cuarta habitación, la primera del pasillo, que Andy había acondicionado de manera especial desde que su primera mudanza.

El cuarto era ocupado casi por completo por la amplia camilla, y el múltiple equipo médico colocado alrededor de ésta. Tenía una ventana con una hermosa vista, perfecta para bañar todo con luz natural. Había igualmente algunas plantas decorativas y algunos cuadros en las paredes, pese a que su ocupante principal no era capaz de ver ninguna de las dos. A un lado de la camilla había una silla acolchonada, que en ese momento era ocupada por una jovencita de piel morena, con atuendo de enfermera de filipina médica verde y pantalones blancos. Usaba además sobre los hombros un suéter, posiblemente para protegerse mejor del clima que cada vez era más frío ese noviembre.

Cuando Andy entró, la joven enfermera estaba más concentrada en su celular, por lo que no se percató de su presencia en un inicio.

—Hola, Miriam —le saludó con un tono juguetón que la hizo saltar en su asiento.

—Señor Woodhouse —exclamó casi asustada, y rápidamente apagó su celular y lo colocó a un lado en la silla, para pararse rápidamente—. Lo siento, estaba…

—Hey —exclamó el dueño de la casa con un tono de regaño, alzando un dedo hacia ella—. ¿Cómo dije que me llamaras?

La enfermera vaciló un poco, como si no le hubiera entendido, pero luego pareció caer en cuenta.

—Claro, Andy —dijo rápidamente, asintiendo.

—Exacto. Todos mis amigos me llaman Andy. ¿Eres mi amiga, Miriam?

—Claro que sí —le respondió apresurada, como si fuera la pregunta final de su examen.

Miriam llevaba sólo tres semanas trabajando para él, pues su antecesora (que había estado con él los últimos seis años), se retiró para descansar y viajar con su esposo. A Andy le pesó un poco, pero le deseó suerte y la dejó ir con todo su amor. Miriam era notoriamente más joven, y aún estaba deslumbrada por la idea de tener que trabajar para un famoso de su calibre. Además de que un poco más de la mitad del tiempo que llevaba ahí, Andy había estado en su gira en Asia, así que aún no se acostumbraba a su presencia. Especialmente no se acostumbraba a ese gusto que tenía de que todas las personas a su alrededor lo llamaran Andy. Lo extraño era que una vez había escuchado a Pattrick llamarlo Adrian, aunque tenía entendido que en realidad le decían Andy por Andrew. Eso lo volvía un poco más confuso.

Andy (o Adrian, o Andrew) se aproximó a la camilla, contemplando a su ocupante, una mujer mayor, delgada, de cabello canoso rizado y desalineado, y rostro arrugado aunque sonrosado. Estaba recostada bocarriba, con sus ojos cerrados, el tubo de oxígeno en su nariz, el suero conectado a su brazo, el medidor de presión en el otro, y el sensor cardíaco perdiéndose en el interior de su bata blanca. Del abdomen para abajo se encontraba tapada con un cobertor. Las sabanas se veían limpias y recién cambiadas, al igual que la funda de la almohada.

—¿Y cómo está mi chica especial? —Preguntó curioso, mientras le acomodaba a la mujer en la camilla algunos de sus cabellos fuera del lugar.

—Bastante bien —respondió Miriam, aunque casi de inmediato se arrepintió de haber usado esas palabras—. Digo… si le soy sincera, no parece que llevara tanto tiempo en… —De nuevo titubeó, y el hecho de que Andy volteara a verla en ese momento no ayudó a tranquilizarla—. Es decir, está en mucho mejor estado que otros pacientes similares que he conocido. Pero cuarenta años, ¿no cree que ha sido demasiado tiempo para…?

—¿Para qué? —Cuestionó Andy, notablemente más seco con cómo había entrado. De hecho, su mirada se había tornado tosca, incluso agresiva.

Miriam se quedó con sus palabras en la garganta. Sabía muy bien lo que quería decir, que cuarenta años en coma ya había sido demasiado tiempo, y que si no había despertado hasta entonces era muy poco probable que lo hiciera. Y que, aunque lo hiciera, ¿en qué estado lo haría?, ¿y cuánto tiempo de vida le quedaría?, ¿y qué calidad de vida tendría en ese caso? Tenía pensado decir eso y más, pero no lo hizo. Por el aire tan denso que lo rodeó en esos momentos, fue evidente para ella que eso era lo que menos deseaba escuchar; en especial de su parte, casi una completa desconocida.

Así que en lugar de decirlo, sólo desvió su mirada con timidez hacia otro lado y murmuró despacio:

—No, nada. Olvídelo, por favor…

Eso sería una lección para ella, de no volver a tocar ese tema de nuevo.

—Ya puedes irte —le indicó Andy con la misma rudeza de antes. Aún faltaban dos horas para que terminara el tiempo que debía estar ahí al cuidado de la paciente, pero prefirió no contradecirlo.

En silencio, tomó su celular, lo guardó en su bolso, y tomó el resto de sus cosas, incluido un gorro de lana que había colocado sobre el buró.

—Con su permiso, nos vemos mañana —se despidió la joven con la cabeza agachada y se dirigió a la puerta. Andy la siguió en silencio con su mirada fría.

Quizás había exagerado un poco. Después de todo, no era la primera persona que, con buenas o malas intenciones, le había dicho lo mismo. Cuarenta años era realmente muchísimo tiempo para estar así. Aún cuando su mente se recuperara, el daño que todo ese tiempo le había provocado a su cuerpo de seguro sería irreversible, por más que se hubiera encargado esos años que llevaba con ella de que le aplicaran todas las terapias físicas que hubiera a su disposición.

La realidad era que atrás había quedado la graciosa y hermosa Rosemary Woodhouse (Riley tras divorciarse) que él había conocido. Ahora era una mujer de setenta y cinco años, que había pasado más de la mitad de esos años en camas parecidas a esa. Lo más sensato, siendo objetivo y frío, hubiera sido dejarla ir hace mucho tiempo; quizás incluso en cuanto dio con ella aquel otoño de hace dieciocho años. En ese momento en el que se volvió claro para él que le habían mentido descaradamente en su cara; que ella no había muerto aquel día cando tenía doce años, y que el ataúd que habían enterrado estaba vacío.

Siempre supo que esas personas que se habían encargado de su crianza y de enseñarle todas esas cosas, habían sido los culpables y le habían hecho algo deliberadamente para quitarla del camino. Y siempre los odio por eso. Pero nunca se imaginó lo realmente crueles que habían sido, dejándola en ese estado, y luego abandonándola en un hospital con un nombre falso. ¿Por qué no mejor la mataron? ¿Esperaban usarla a su beneficio después? Y lo peor era que para ese entonces, todos esos viejos brujos ya estaban muertos, y no podía desquitarse con ninguno. Bueno, salvo dos, si contaba al bueno de Guy Woodhouse, su supuesto padre (al menos públicamente), a quien se encargó de hacerle su vida bastante incómoda en los años que le quedaron de vida luego de eso; y a otro anciano desagradable, que incluso aún seguía vivo en esos días, pero que ya poco le importaba.

No podía simplemente dejarla ir, no después de haberla recuperado. Aunque fuera a despertar sólo por unos segundos y pronunciarle dos palabra, quería aguardar ese momento. Tenía fe en que eso de lo que había hablado en su entrevista, esa fuerza a la que seguía y que el daba forma al universo, pero a la que nunca se refería abiertamente por su nombre, le daría esa recompensa tarde o temprano.

Rodeó la camilla y se aproximó a la misma silla que Miriam había estado ocupando hasta entonces, y se dejó caer en ésta. Contempló desde su asiento el plácido rostro de Rosemary, como si esperara que en cualquier momento abriera los ojos por sí sola.

—¿Cómo estás, mamá? —Musitó despacio—. ¿Tú que piensas?, ¿también crees que ya ha sido demasiado tiempo? —Rosemary permaneció en silencio—. Dejarte ir sería como dejar que ellos ganaran, ¿no crees? Y yo estoy convencido de que darles ese gusto es lo último que querrías que pasara, ¿verdad? Así que sigamos firmes, ¿te parece?

Andy sonrió, complacido con el silencio como si fuera una afirmación.

—Tengo una idea para una nueva melodía. Se me vino a la mente de pronto. ¿Quieres escucharla?

El músico salió temporalmente de la habitación y se dirigió a la suya para tomar una de sus guitarras acústicas. Se sentó de nuevo en la silla, con la guitarra en su regazo, y comenzó a tocar las primeras notas de la melodía que se le había venido a la mente. La tonada era lenta, algo melancólica. No era la primera canción que componía pensando en su madre, incluso desde antes de que la encontrara. Pero aquella daba una sensación más pesada, casi como la de un Réquiem, aunque no se percató de ello hasta que la escuchó con sus propios oídos. Aun así, siguió tocando para sacarla de su sistema, y quizás encontrar la forma de convertir el sentimiento que transmitía en algo más alegre.

A la mitad de su interpretación privada, sólo para su madre, divisó a Gilda asomándose tímidamente en el marco de la puerta. Dejó de tocar un poco después, lo que provocó un respingo de preocupación en la mujer rusa.

—Lamento interrumpirte, Andy —se disculpó Gilda, apenada—. Pero el señor Lyons acaba de llegar.

Los ojos de Andy se entrecerraron un poco en una expresión escéptica.

—¿Enserio? —inquirió con seriedad, como si esperara en verdad que le dijera que no. Pero, en su lugar, Gilda asintió lentamente con su cabeza.

Un profundo suspiro surgió de sus labios, y se giró entonces hacia su madre con una sonrisa burlona.

—Siempre tan pertinente nuestro amigo John, ¿eh? —Se viró de nuevo entonces hacia Gilda—. No lo hagas pasar todavía. Yo enseguida voy y lo recibo.

Gilda volvió a asentir y se retiró apresurada.

A pesar de la instrucción que había dado, Andy no parecía tener en realidad mucho apuro. Incluso se quedó un poco más para terminar la canción que estaba tocando, y no dejar a su Fan Número Uno con la intriga de cómo terminaba. Una vez que acabó, alzó su mano y bajó su cabeza, como si agradeciera unos silenciosos aplausos.

—La perfeccionaré para la siguiente vez, lo prometo —bromeó, dejando su guitarra apoyada contra el buró—. Enseguida vuelvo. Sólo iré a ver qué nueva crisis toca a nuestra puerta hoy.

Se inclinó hacia la mujer en la camilla, dándole un gentil beso en su mejilla (que se sentía sorprendentemente cálida), y salió con paso tranquilo de la habitación.

Todos conocían, o creían conocer, a Andy Woodhouse. Conocían sus canciones, sus películas, sus libros, sus filosofías y modos de vida. Creían que sabían quién era su padre, quiénes se habían encargado de su crianza, quién le había regalado su primera guitarra, e incluso quienes habían sido los grandes amores de su vida. Pero la verdad es que todos eran unos completos estúpidos que no sabían absolutamente nada sobre él.

No tenían ni idea de quién era realmente su padre, o las particularidades detrás de su concepción. No sabían qué era lo que realmente le había pasado a su madre, o que esos agradables ancianos que lo cuidaban mientras su padre se daba la buena vida en Hollywood, eran un montón de brujos bastardos. Y, lo más importante, no sabían que Andrew Woodhouse era la cabeza (o sumo sacerdote dirían algunos) de un grupo muy secreto, muy especial, y muy poderoso, que había puesto un Gran Plan en marcha desde el mismo día de su nacimiento, hace cincuenta y un años.

Avanzó por el pasillo, luego hacia el vestíbulo, parándose delante de la puerta principal. Respiró hondo, como intentando tomar fuerzas, y entonces abrió la puerta de un sólo movimiento rápido. Del otro lado, parado en el pasillo con cara deslumbrada como la de un animal indefenso, se encontró de frente con John Lyons, tan elegante y bien vestido como siempre. Notó además que debajo de su brazo derecho cargaba tres folders color azul, pero no les dio importancia de momento pues supuso se enteraría en unos minutos qué eran.

—Pero si es mi buen amigo John —comentó Andy con tono jocoso, y se hizo entonces a un lado, extendiendo su brazo para invitarlo a pasar—. Qué inesperada sorpresa. Y sabes muy bien que a nuestra edad, lo inesperado no es tan agradable.

—Lamento ser tan inoportuno, Adrian —se disculpó Lyons mientras ingresaba cauteloso al departamento—. Pero sabes que no vendría a molestarte si no fuera necesario.

“Adrian” era el nombre con el que los miembros de su Hermandad se referían a él, una costumbre que les había arraigado el líder de la antigua Aquelarre, el maldito de Roman Castevet que siempre quiso llamarlo de esa forma. Andy lo odiaba, especialmente tras lo ocurrido con su madre, pero con el tiempo había llegado a verlo como una forma de respeto, y se había acostumbrado a él.

—¿Podemos hablar? —Preguntó Lyons una vez que estuvo ya de pie a mitad del vestíbulo.

 —No sería muy Hijo de la Luz de mi parte el negarme, ¿cierto? —Respondió bromeando, y prosiguió entonces a cerrar la puerta de nuevo—. Pasemos a la sala, ¿sí?

Ambos avanzaron, y se encontraron en la sala de estar de nuevo con el pequeño Sebastián, aún enfrascado en su tarea. Sin embargo, a diferencia cómo había reaccionado cuando Andy llegó sólo, en esta ocasión el niño sí alzó su mirada a verlos, aunque más al inesperado invitado.

—¿Remodelaste de nuevo este sitio? —Preguntó Lyons curioso, mirando a su alrededor.

—Sólo reacomodé algunos muebles. Sebastián, ¿recuerdas al señor Lyons?

El niño asintió lentamente y entonces se puso de pie.

—Buenas tardes, señor Lyons —le saludó con voz calmada, casi adormilada.

—Buenas tardes, Sebastián —le respondió Lyons con una cándida sonrisa—. Te ves muy grande, chico.

Sebastián no reaccionó ante el comentario.

—Ve a tu cuarto a terminar tu tarea, ¿sí? —Le indicó Andy con gentileza—. Necesito hablar algunas cosas con el señor Lyons.

El niño no chisteó en lo absoluto, y pasó rápidamente a recoger sus cuadernos y libros. Lo metió todo a su mochila y prosiguió a retirarse. Al pasar a lado de Andy, éste lo tomó un momento para darle otro cariñoso beso en su cabeza.

—Buen niño.

Una vez que estuvieron solos, Lyons se aproximó a uno de los sillones y se permitió sentarse en uno de ellos, además de colocar los expedientes que traía consigo sobre la mesa de centro.

—¿Cómo le va? —Preguntó de pronto, destanteando un poco a Andy antes de que entendiera a qué se refería.

—¿A Sebastián? Bastante bien, dadas las circunstancias. Pero bueno, ¿qué ocurre esta vez, John? ¿Ahora quién metió la pata?

—¿Quién crees tú? —Respondió con tono irónico—. Intentaré ser lo más breve posible.

—Por favor. ¿Quieres algo de beber?

—Un whisky estaría bien.

Andy se aproximó hacia su vitrina de licores, para seleccionar de ésta una botella de Jack Daniels, y dos vasos de vidrio. Mientras hacía esto y servía los tragos, Lyons comenzó a hablar a sus espaldas.

—No conozco todos los detalles aún. Pero al parecer unos meses atrás Damien acompañó a Ann a un evento en New Hampshire. Ahí conoció a una chica, sin identificar aún, que tenía supuestamente algunas habilidades psíquicas, como leer la mente y ese tipo de cosas.

—Vaya —exclamó Andy con cierta sorpresa, aunque no demasiada—. ¿Y qué pasó?

—Al parecer su encuentro tuvo cierta influencia negativa en la conducta de Damien. En concreto, ha tomado una postura un tanto más rebelde y obstinada. Se niega a obedecer a Ann, a seguir los protocolos o los planes, y en general actualmente hace lo que le da la gana.

—¿Más que de costumbre? —Bromeó Andy, y entonces se giró hacia su invitado con los dos vasos de whisky. Se aproximó hacia John y le extendió uno de los vasos, que él aceptó gustoso. Andy, por su lado, tomó asiento en el sillón delante de él, quedando la mesa entre ambos—. Entiendo que Damien siempre ha sido un chico difícil. Pero,  ¿a qué se debe este último cambio exactamente? ¿Qué relación tiene su conducta con esta… chica que conoció?

—Bueno, yo no lo entiendo muy bien tampoco. Supongo que el conocerla, o más bien a alguien que puede hacer cosas que, a juicio suyo, son parecidas a las que él hace, lo hizo sacar la conclusión de que todo lo que le hemos dicho sobre quién es y su papel, son sólo mentiras y delirios de fanáticos religiosos. Que, en realidad, no es tan especial como todos le han dicho. —La ceja izquierda de Andy se arqueó, intrigado por esas palabras—. Ahora ya no confía en Ann, y supongo que de paso tampoco en ninguno de nosotros. Actualmente está en Los Ángeles, y se rehúsa a volver a Chicago y seguir con el resto de sus deberes.

La expresión de Andy se tornó seria, y un pequeño rastro de preocupación se dejó asomar, aunque no permitió que éste se volviera muy evidente. Tomó un sorbo de su vaso, mientras miraba pensativo a la portada de su disco titulado La Balada de las Estrellas, así como su canción principal. El poster estaba enmarcado y colgado ahí mismo en la sala. Dicha portada consistía en él dándole la espalda, mientras miraba hacían cielo estrellado.

—¿Así que toda la fe del muchacho iba ligada a los trucos que puede hacer? —musitó Andy, entre burlón y molesto—. Eso es decepcionante. Pero la verdad, no me preocuparía tanto por esto. Pese a todo, Damien sigue siendo un adolescente, y todos son bastante volubles y explosivos. Estoy seguro que esto se le pasará en cuanto se le enfríe la cabeza.

—Yo dije lo mismo —señaló Lyons con confianza—, pero Ann parece creer que es más que eso. Y siendo honesto, desde lo ocurrido hace cinco años, siempre sentí que el chico buscaba alguna excusa para rebelarse, y ésta le funcionó bien.

—¿Hace cinco años? —Cuestionó Andy, volteándolo a ver con confusión—. ¿Te refieres a lo de Mark Thorn? Creí que ya lo había superado.

—Puede que no tanto como pensábamos. Pero lo realmente preocupante del asunto no es el berrinche del muchacho, sino que parece haberse obsesionado con encontrar a otros con estas habilidades especiales, y reunirse con ellos.

—¿Para qué?

—Tampoco estoy seguro. Supongo que intenta comprobar su punto, encontrando personas que pueden hacer lo mismo que él, y estar seguro de que en efecto lo hemos estado engañando. —Lyons guardó un preocupante silencio por unos instantes, antes de concluir—. O, quizás, planea hacer algo con esas personas… Tal vez reunir aliados fuera de nosotros, para que hagan lo que desea.

Esa segunda posibilidad resultaba un tanto más preocupante, pero ni Lyons, ni Adrian, ni siquiera la propia Ann, tenían una idea clara de qué podría exactamente hacer con ese tipo de personas a su disposición, o predecir si acaso pudiera hacer algo en su contra.

—Como sea —prosiguió Lyons, desechando de momento aquel último pensamiento—, el caso es que ya tiene a dos de ellos siguiéndoles la pista a varios de estos individuos; una de ellos al parecer tiene facilidad para encontrarlos. Además, recientemente hizo contacto con esta mujer —señaló en ese momento al primero de los expedientes sobre la mesa, colocado encima de los otros dos—, que tiene una no sé qué enfermedad que la hace ver como una niña.

Curioso, Andy dejó su vaso sobre la mesa y extendió su mano para tomar el primero de esos expedientes. Al abrirlo, se encontró con una primera hoja, acompañada de la foto de una (aparente) niña de cabello negro corto, ojos verdes grisáceos y rostro con pecas. La hoja tenía varios de los datos personales de dicha persona, incluyendo su nombre real de Leena Klammer, y el alias de Esther Coleman; su edad de cuarenta y un años, originaria de Estonia, y otros datos sobre su historia que de seguro Lyons estuvo recolectando a través de la inteligencia a su disposición.

—No es lo más raro que he visto en todos estos años —comentó Andy de pronto, haciendo referencia a esa mencionada enfermedad—. ¿Y ella también tiene de esos poderes psíquicos?

—Eso no lo sé, al menos de que poder hacerse pasar por una niña, y luego por muerta, y haberse ocultado bastante bien de la policía por ocho años cuente, como tal. Parece que la buscó más por esa habilidad que tiene para escabullirse, para que buscara por él a esas otras dos niñas, y las llevara hasta él. Es por eso que no quiere moverse de los Ángeles, pues las está esperando; o eso tengo entendido.

Andy no terminó de leer el expediente Leena, pero de momento decidió dejarlo a un lado y pasar al siguiente. Su formato era bastante similar al anterior, con la foto de otra niña, de cabellos castaños y ojos azules y rostro delgado. Su nombre, Lilith Sullivan, alias simplemente Lily, de diez años, nacida en Portland, y una larga lista de extraños incidentes ocurridos a su alrededor, incluido el hecho de que sus padres quisieron cocinarla viva en su horno, su padre murió en una pelea en el asilo psiquiátrico, la trabajadora social que la cuidaba se lanzó a sí misma con todo y la niña a un río, y terminó siendo secuestrada del hospital en el que la tenían. Parecía que la tal Lily tenía algo de mala suerte.

—El problema es que esta mujer —prosiguió Lyons—, la tal Leena, y estas dos niñas, han causado un verdadero escándalo. Toda la costa oeste las está buscando, y han dejado quizás unos diez muertos en su camino a los Ángeles. Están llamando demasiado la atención; atención que potencialmente caerá en Damien, y por consiguiente en nosotros. Y todo esto sólo por un absurdo capricho.

En el expediente de Lily también venían algunas noticias impresas que hablaban sobre su secuestro, el tiroteo que había ocurrido en el hospital, y lo mucho que la noticia había llamado la atención del público y la prensa. Incluso se habían suscitado algunas manifestaciones en Portland que culpaban a Asuntos Familiares y al Departamento de Policía de lo ocurrido. Andy podía ver qué le provocaba tanta alerta a su viejo amigo, pero no la compartía.

—Es una situación incómoda, pero no hay que exagerar —respondió el músico con voz calmada. Cerró entonces el legajo y lo dejó sobre el primero, para tomar de regreso su vaso de whisky—. La Hermandad ha sabido ocultarse de escándalos mucho peores que estos durante décadas. Incluso en la era del internet.

—Eso no es motivo para permitir que este chico haga lo que quiera —señaló Lyons, un tanto irritado—. Creo que sería conveniente si tú…

Lyons no terminó su sugerencia, pero dejó la idea en el aire esperando que Andy la entendiera. Por suerte, pareció hacerlo.

—¿Si intervengo en esto? —Comentó, un tanto escéptico—. ¿Enserio lo crees necesario? ¿Y qué podría hacer yo de todas formas? ¿Hablar con Damien de hombre a hombre?

—Pensaba más en algo de… hermano a hermano.

Andy lo volteó a ver tajantemente, con un aire sombrío en su expresión que quizás hubiera hecho que la pobre Miriam saliera corriendo despavorida de ahí si acaso la hubiera visto de esa forma. Lyons no es que estuviera cómodo con ello, pero logró mantenerse lo suficientemente tranquilo para ser osado, y terminar de expresar la idea que tenía en la mente.

—Quizás sea momento de decirle a él, y de paso a todos los demás, quién eres realmente. Así podría olvidar esas ideas de que todo esto es mentira.

La mirada de Andy se endureció aún más que antes, hasta el punto de que incluso Lyons comenzó a sentir miedo. Sus dedos se apretaron fuertemente al vaso que sostenía en su mano, hasta ponerse blancos. La presión se volvió más y más intensa, hasta que el vaso de vidrio no la aguantó y terminó quebrándose en su palma.

Lyons se hizo hacia atrás, asustado. Pero dicha reacción no había sido precisamente por el vaso roto, sino porque por un momento, por unos segundos mientras esa rabia se apoderaba del hombre delante de él, pudo ver que sus ojos cambiaban. Como un sutil parpadeo, se convirtieron de esos serenos ojos avellana, a esos intensos ojos dorados con pupilas alargadas, como las de un letal tigre o una fiera aún peor. Hacía mucho tiempo que Lyons no veía esos ojos, pero los conocía muy bien. Era los mismos que Andy había tenido cuando nació, y prácticamente toda su infancia. Pero tan abruptamente como habían aparecido, se esfumaron, dejando de nuevo sus ojos normales (o los que casi todo el mundo consideraba sus ojos normales).

Andy pareció tranquilizarse poco a poco. Con cierta indiferencia contemplo su mano, mojada por el whisky, y por algo de su sangre pues algunos de los pedazos de vidrio se habían encajado en su piel. Con absoluta tranquilidad, comenzó a retirar los pedazos uno a uno, sin siquiera pestañar.

—¿Recuerdas cómo era la Aquelarre de Macarto? —Cuestionó de pronto, tomando desprevenido a Lyons—. ¿Llena de viejos simplones, con sus cánticos y rituales, temerosos siempre de todo? Cuando tú y yo tomamos el control, transformamos ese grupo de viejos brujos en una organización sólida y fuerte; en nuestra Hermandad. Y nos prometimos que nunca caeríamos en los mismos errores y paranoias que nuestros antecesores. Y míranos ahora, tantos años después. —Alzó su vista hacia él, sonriéndole divertido—. Tú prácticamente te has convertido en una viva imagen de Roman.

—Dios me libre —soltó Lyons casi por mero reflejo, y luego no pudo evitar reír un poco por lo irónico del comentario. Andy lo acompañó también en esas risas.

Lyons y Andy eran lo más parecido que el otro tenía a un amigo. Ambos se conocían prácticamente toda la vida de este último. Los padres de Lyons eran parte del Aquelarre de Roman Castevet, y él tenía diez años cuando Andy nació. Ahora Roman, y todos sus antiguos seguidores, estaban muertos. Lyons era una de las dos únicas personas con vida que conocían la verdad sobre Andy; sobre quién era su padre real, y porqué justamente acababa de referirse a Damien y a él como “hermanos.” Pues, en realidad sí lo eran, técnicamente.

—Ya te lo he dicho muchas veces —continuó Andy, aparentemente más tranquilo y con su mano ya sin vidrios. Y, de hecho, sus heridas ya prácticamente no eran visibles—. Todos tenemos un papel que seguir en este Gran Plan; yo tengo el mío, y Damien tiene el suyo. Si reveláramos al resto de la Hermandad mi verdadera naturaleza, eso causaría confusión, o incluso división entre nosotros. En estos momentos, lo que necesitamos es que la posición de Damien como el Salvador sea afianzada, no puesta en duda. Además de que discrepo de tu punto de vista. Si realmente el chico tiene tantas dudas sobre su papel, el que yo le hable de eso creo que empeoraría las cosas. Así que no vuelvas a mencionar el tema, ¿quieres?

—De acuerdo —respondió Lyons, agachando la cabeza.

Andy contemplaba su mano todo el tiempo mientras hablaba. Para antes de terminar de hablar, su palma se encontraba totalmente lisa, sin ninguna imperfección más allá de las habituales. Pero sí sentía dolor, como una molesta comezón.

—Aun así —musitó de pronto, bajando su mano—, si crees que podría ser útil el que hable con él, supongo que podríamos intentarlo. Hablaré con Cindy para que lo programe.

—Gracias. ¿Y qué hay de Ann?

—¿Qué hay con ella?

—Esto que está pasando revela que ya no puede controlar al muchacho, y ha fallado en sus funciones. Es mi opinión que debemos retirarla, y asignarle a otro Apóstol su protección.

—¿Y a qué te refieres exactamente con «retirarla»? —Cuestionó Andy entrecerrando un poco sus ojos. Lyons sólo se le quedó mirando, sin responderle, lo que lo dejó bastante claro—. La lealtad de Ann ha sido más que demostrada, y es totalmente digna de mi confianza. Es mi opinión —pronunció poniendo principal énfasis al repetir la misma expresión que él había usado—, que por todo lo que ha hecho por nosotros estos años, al menos se ha ganado el derecho de que le demos una oportunidad más de demostrar sus capacidades.

Lyons no pudo evitar soltar un pequeño resoplido sarcástico.

—Con todo respeto, ambos sabemos que no puedes ser del todo objetivo cuando se trata de ella —señaló Lyons, casi como un reclamo. Andy simplemente sonrió, divertido por su comentario.

—Y aun así vienes a pedir mi permiso.

—Es justo por eso que vengo a pedir tu permiso. Pero está bien. —Se inclinó el vaso que aún sujetaba en su mano, y se lo empinó para terminarse los últimos rastros de whisky que había en él—. ¿Y qué haremos con las niñas y con esa mujer?

Andy posó sus ojos en el tercer expediente, aquel que aún seguía en el mismo sitio en el que Lyons lo había dejado, y que se le había casi olvidado por el calor de la plática. Sin pensarlo mucho, extendió su mano y tomó dicho legajo, colocándolo sobre sus piernas.

—Si tenemos suerte, en cuanto Damien las conozca se decepcionará y él mismo se deshará de ellas —apuntó Andy mientras abría el expediente—. Si espera encontrar entre alguna de ellas a alguien como él, ambos sabemos que…

Sus palabras fueron cortadas de tajo, casi como si alguien le hubiera arrancado abruptamente la lengua a mitad de su última oración. Sus  ojos avellana se habían centrado en la primera hoja del expediente, similar a la de los otros tres: una ficha con los datos generales de la tercera niña, acompañada también de una foto. En ésta aparecía la jovencita (de doce años, de nombre Samara Morgan, nacida en Washington), de largos cabellos negros y lacios, rostro pálido y ojos oscuros y fríos, mirando a la cámara. Usaba una chamarra gris con gorro, y detrás de ella parecía haber un caballo.

Andy contempló muy fijamente aquella foto por un largo rato, tanto que le fue imposible apartar su atención de ésta y seguir leyendo el resto de los datos que ahí venían. Cuando menos lo pensó, se había perdido en aquel rostro inexpresivo, sin darse cuenta del paso del tiempo a su alrededor. Lo único que lo terminó trayendo de regreso a la realidad, fue la preocupada voz de Lyons.

—¿Adrian?, ¿ocurre algo?

El músico se estremeció un poco, y volvió a alzar su mirada hacia su viejo amigo. Aún entonces le tomó unos segundos recuperarse por completo de la indescriptible impresión que le había dado aquel encuentro de frente. Volvió a sonreír entonces, como si nada hubiera ocurrido.

—Nada, lo siento —se excusó despreocupado, cerrando el expediente y colocándolo con  los otros—. Sólo me quedé pensando un poco.

Se puso entonces de pie, arreglándose un poco su camisa. Al mover sólo un poco su pie, se encontró con los demás pedazos de vidrios del vaso roto en el suelo.

—Le pediré a Gilda que limpie esto —señaló risueño—. Ya que te tomaste la molestia de venir a New York por mí, ¿qué te parece si salimos a cenar a algún lado? ¿Te parece bien en Le Bernardin?

—¿Seguro que es buena idea que nos vean juntos en público? —inquirió Lyons, un poco inseguro, y se paró también.

—¿Por qué no? Sólo somos dos viejos amigos charlando de negocios y de cuando los tiempos eran mejores. Anda, sólo déjame llamar para hacer la reservación. Dame un minuto.

Lyons asintió, y extendió su mano como si le diera permiso. Aunque, realmente no era como si pudiera negarse a hacer justo lo que él quería. Incluso los Apóstoles debían agachar la mirada ante Adrian, y con más razón Lyons que sabía quién era en realidad.

Andy caminó tranquilamente hacia el pasillo, más concretamente hacia la habitación en la que reposaba su madre, y en donde había dejado su teléfono celular. Se aproximó al buró en donde aguardaba su iPhone, y lo tomó buscando el número de Cindy, su asistente personal. Mientras lo hacía, sus ojos contemplaron fugazmente el rostro dormido de su madre, y se obligó inconscientemente a virarse a otro lado.

Colocó el teléfono contra su oído y aguardó. Le respondieron al quinto pitido.

—Cindy, hola —comenzó a murmurar al teléfono—. Hazme un favor, consígueme un vuelo a Atenas; para mañana mismo, a primera hora si es posible. —Guardó silencio, mientras recibía la esperada queja de Cindy—. Sí, Atenas, Grecia. Vuelvo dos días después, y encárgate de que se cancelen todas mis citas y presentaciones del resto de la semana. Sé que tenemos lo de Iowa, pero tendremos que posponerlo. Es un asunto personal, y es importante. ¿Puedes decirle a Charles que se encargue de ello?

Cindy se siguió quejando un poco más, pero con menos fuerza que antes. Al final haría justo lo que le dijera, de alguna u otra forma.

—Listo, muchas gracias, linda —expresó Andy con sutileza—. Espero la confirmación del vuelo en mi correo… Ah, casi lo olvido —señaló rápidamente entes de colgar—. Consígueme una mesa para dos en Le Bernardin, por favor; para ahora mismo. Sé que lo harás posible. Hablamos después.

Y antes de que Cindy pudiera lanzarle alguna otra queja, Andy colgó y apartó el teléfono de él.

Se giró lentamente, inevitablemente fijando su atención de nuevo en el rostro de su madre. Se le quedó viendo, como si le estuviera sosteniendo la mirada. Era momentos como ese en el que realmente deseaba tenerla con él, para darle algún consejo o guía. Incluso el más sabio de los sabios, que se suponía debía ser él, necesitaba a su madre de vez en cuando.

Pero no estaba, así que le tocaba elegir a él.

Salió del cuarto e iría a esa cena con Lyons. Hablarían de cualquier cosa, menos de asuntos de la Hermandad. Y, especialmente, no le mencionaría en lo absoluto ese abrupto viaje de última hora.

FIN DEL CAPÍTULO 71

Notas del Autor:

Andrew Woodhouse, alias Adrian Castevet o simple Andy, está basado en el personaje del mismo nombre perteneciente al libro Rosemary’s Baby o El Bebé de Rosemary escrito por Ira Levin, y a la película de 1968 basada en dicha novela. También es un personaje principal en la secuela de la novela titulada Rosemary’s Son o El Hijo de Rosemary. Mucho de su apariencia, personalidad y papel se encuentra basados en cómo se le retrata y describe en Rosemary’s Son, aunque me tome la libertad de hacer varios cambios para lograr adaptarlo más a la época y a la trama actual. Algunas de las cosas que iremos revelando en los siguientes capítulos, serán agregados e interpretaciones propias.

Rosemary Woodhouse (o Riley) está basada en el personaje del mismo nombre perteneciente al libro Rosemary’s Baby o El Bebé de Rosemary escrito por Ira Levin, y a la película de 1968 basada en dicha novela, además de ser la protagonista de la novela Rosemary’s Son o El Hijo de Rosemary. Su destino cayendo en coma cuando Adrew/Adrian era joven, se basa en lo narrado en Rosemary’s Son. Sin embargo, se hicieron algunos cambios al respecto que se irán mostrando más adelante.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

+ «Rosemary’s Baby» © Ira Levin, Roman Polański, William Castle.

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