Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 70. Lote Diez

27 de junio del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 70. Lote Diez

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 70.
Lote Diez

En cuanto Cody volvió a Seattle, lo primero que hizo fue descansar; esta vez de verdad. Su agotamiento no se debía sólo a la horrible noche que pasó por el medicamento, aunque mucho tuvo que ver. El motivo principal fue lo extenuante que había resultado todo lo acontecido aquel día Eola. Volver a su rutina normal luego de aquello le parecía falso e inapropiado, especialmente cuando no tenía aún ninguna noticia del estado de Eleven o del paradero de Samara Morgan. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Matilda, Cole y él habían llegado al consenso de hacerse a un lado y no complicar las cosas, y de momento parecía haber sido la mejor decisión. No eran súper héroes, como bien Matilda lo había dicho. Era sólo un profesor de biología y un novio apenas decente, y sólo le quedaba enfocarse en cumplir ambos papeles mientras aún podía.

El primero fue complicado, pero manejable. El lunes se presentó ante los niños y puso todo de sí para fingir que no pasaba nada. Y aparentemente lo logró, o al menos ninguno de sus estudiantes o compañeros hizo comentario alguno respecto a su apatía más notoria de lo usual.

Lo segundo resultó ser más difícil de cumplir.

No tenía idea de qué pasaría entre Lisa y él tras su última conversación. Fue evidente que ella no había tomado de buena manera la revelación de sus poderes, acompañada además de esa pequeña demostración. ¿Le preocupaba qué podría hacer con esa información? No exactamente, o al menos no se había permitido meditar seriamente en ello. Confiaba en ella, y quería creer que a pesar de la opinión que pudiera tener de él en esos momentos, mantendría el secreto hasta que hablaran de nuevo. Y de momento eso era lo único que quería: hablar con ella, intentar arreglar las cosas, o al menos aclararlas. Sin embargo, durante casi todo el lunes y martes intentó ponerse en contacto con ella, mandándole mensaje y llamándole por teléfono, hasta estar a punto de conscientemente caer en el acoso. Pero en ninguno de sus intentos recibió respuesta.

Muy mala señal.

Pensó que quizás sólo se estaba vengando por ese tiempo de la semana pasada tas el tiroteo en Portland, en el cual él también había ignorado sus mensajes. Pero mientras más lo pensaba, menos le convencía; Lisa era mucho más madura que eso. Pero las alternativas no eran más tranquilizadoras.

El miércoles en la mañana tomó la decisión de que, terminando sus clases, iría a su departamento y se plantaría en su puerta hasta que accediera a hablar con él… o ella llamara a la policía. Esperaba que las cosas no llegaran tan lejos. Pero como fuera, si acaso aquello era el final, era mejor saberlo de una vez.

Mientras tanto, hasta que el momento de la confrontación llegara, debía enfocarse en su trabajo. No había tenido mucha cabeza para preparar su clase esos días, pero por suerte tenía una presentación del año anterior sobre el tema que le tocaba revisar en su primera hora. Así que llevó su laptop, la conectó al proyector del salón, apagó las luces, e hizo que las diapositivas se mostraran en la pantalla blanca que se corría hacia abajo delante de los pizarrones. Ayudaba un poco que el tema en cuestión fuera uno de sus favoritos: las cadenas alimenticias.

La primera mitad de su catedra corrió de forma normal y tranquila. Los niños ponían atención y tomaban sus apuntes en silencio, mientras él permanecía de pie a lado de la imagen proyectada en la pared, dando su explicación.

—…la naturaleza es muy sabia, como bien se los había dicho antes —pronunciaba con claridad, mirando hacia el resto del salón. En su mano sujetaba el control para ir cambiando de diapositiva con mayor facilidad—. Y las cadenas alimenticias son el ejemplo claro del perfecto equilibrio que ésta maneja. Todo animal en este mundo se alimenta justo de lo que necesita, y sirve a su vez de alimento para otro miembro más de la misa cadena. Incluso los depredadores, que creeríamos se encuentran en la cima de la cadena, al final de sus vidas sus cuerpos serán alimento para los insectos, los animales carroñeros, o incluso la propia tierra. Y con su muerte, crean nueva vida. Por eso lo llaman el ciclo de la vida…

—Como en El Rey León —comentó un chico al fondo del salón con tono jocoso, y algunos de sus compañeros le respondieron con pequeñas risillas. En otras circunstancias Cody también hubiera reído, pero no esa vez.

—Justamente, como en El Rey León —señaló Cody de manera rápida antes de proseguir—. Pero este equilibro es también muy frágil. Se le llama cadena por un motivo. Si un sólo eslabón de dicha cadena desaparece, pones en un grave peligro tanto a los que están después de él, como los que están antes.

—¿Incluso aquellos a los que se come? —Cuestionó curiosa una jovencita en la primera fila.

—Por supuesto. Los depredadores no son asesinos malvados ni nada parecido. Incluso ellos cumplen un papel en este frágil equilibrio, como moderadores de las especies. Sin ellos, las poblaciones de los animales de los cuales se alimentan se multiplicarían sin control. Y una mayor cantidad de estos, viene de la mano con un incremento en la necesidad de alimento, y por lo tanto de una disminución sustancial del siguiente eslabón. Y si escasea éste, el entorno ya no sería capaz de sostener tal cantidad de población, y estos morirían; hasta que se alcance un nuevo punto de equilibrio o…

Calló de pronto, permaneciendo un tanto pensativo. Miró lentamente hacia la dispositiva que tenía proyectada, donde se veía la cadena de ejemplo del león, la gacela y la hierba. El león se encontraba tachado con una gran equis roja, y había cinco cabezas de gacelas amontonadas en un punto, y la hierba escaseando.

—O la especie simplemente desaparezca —concluyó Cody tras un rato, con una sensación bastante pesada en su voz.

Cuando se volteó de nuevo hacia la clase, pudo ver la mano alzada de alguien en la tercera fila. Cody la señaló sin fijarse realmente en quién era, indicándole de esta forma que podía hablar con confianza. Sin embargo, no esperaba el tipo de pregunta que surgió de los labios de aquel muchacho.

—¿Eso es lo que pasa con los humanos? —Musitó la voz del chico, lleno de deseos de saber y sin malicia alguna en sus palabras—. No tenemos un depredador que nos coma, así que nos reproducimos sin control y consumimos todo el alimento, hasta que todos nos muramos. ¿No?

Se escucharon un par de risas de fondo que parecían intentar restarle importancia a tal cuestionamiento. Cody miró con más cuidado e intentó identificar entre las sombras del salón a quien había hecho la pregunta. Era un niño pelirrojo con rizos; el buen Oscar Hanson, si no se equivocaba. No solía participar mucho, y que lo hiciera de esa forma le parecía inusual.

—Te estás adelantando un poco, Oscar —respondió Cody con una sonrisa despreocupada—. Eso será parte de nuestra siguiente lección. Pero sí, es cierto. El ser humano no sólo ha venido a crear un problema en su entorno por su crecimiento desmedido, sino que ha afectado con sus acciones a otras cadenas al ser la causa directa o indirecta de la desaparición de muchas especies. ¿Sería la solución para este problema meter un nuevo depredador a la ecuación? —Dejó que la pregunta se quedara en el aire, como si esperara que alguien la respondiera. Pero luego de unos segundos él prosiguió por su cuenta—. Algunos dirían que los virus y las enfermedades modernas, incluso el cáncer, podrían tomar ese papel como moderadores de nuestra especie…

Su vista se fijó unos segundos en el rincón al fondo del salón, ahí donde la luz del proyector no alcanzaba a tocar nada, y todo lo que sus ojos lograban captar era una gran mancha negra embarrada a la pared, que mientras la veía más deforme y extraña le parecía, como un enorme insectos aguardando el momento perfecto para extender sus alas y volar directo a su cara.

—O incluso —comenzó a murmurar despacio sin percatarse del todo que lo estaba haciendo—, podría haber… otros seres… que se alimenten de nosotros sin que siquiera lo sepamos. Aguardando el momento de poder saltarnos encima como un león a una gacela…

Cody se percató en ese momento que su mano derecha había comenzado a temblar un poco, y gotas de sudor se habían materializado en su frente, provocándole una sensación fría que incluso podía ser un poco agradable. Apretó fuertemente su puño intentando tranquilizarse. No podía ver los rostros de los niños en la oscuridad, pero presentía que sus palabras habían alterado a más de uno. Recuperó lo mejor posible la compostura, sonriendo aunque quizás ellos no lo pudieran ver haciéndolo.

—Pero, si me lo preguntan, los propios humanos hacemos muy bien esa tarea entre nosotros mismos…

Un agudo sonido resonó en la quietud del salón, interrumpiendo sus palabras; esto fue algo que maldijo, pero al mismo tiempo agradeció. Sin embargo, cuando su cabeza se enfrío lo suficiente, pudo reconocer que aquel sonido había sido el de un celular anunciando de un mensaje nuevo. Y no había sido cualquier celular, sino el que reposaba justo sobre su propio escritorio.

—No se permiten celulares en clase, profesor —señaló la voz de un niño entre la multitud, quizás el mismo que había mencionado El Rey León. Igual que la vez anterior, los niños lo secundaron con sus risas.

—Lo siento, creí haberlo puesto en silencio —se disculpó Cody mientras se aproximaba al escritorio, e intentaba disimular lo más posible su apuro. Sabía que era poco probable que fuera un mensaje de quién esperaba, y más probablemente podría ser de cualquier otra persona, incluso Matilda, Cole, o alguien más de la Fundación con alguna actualización sobre Eleven. Pero aunque fuera ese caso, igualmente debía echarle un ojo lo antes posible.

Cundo tomó el teléfono y vio la pantalla, su respiración se cortó al ver en las notificaciones el nombre de Lisa. Por un segundo se olvidó por completo de en dónde estaba, y abrió el mensaje ahí mismo en el salón y lo leyó. Y, de hecho, tuvo que leerlo dos veces antes de poder comprenderlo por completo.

No era una respuesta directa a ninguna de las decenas de mensajes que él le había enviado antes. Era sólo un mensaje largo que decía:

Hoy comencé mi nuevo proyecto. Será fuera de la ciudad, por lo que estaré ausente e incomunicada por un tiempo. No sé qué tanto. Por favor no me busques, será mejor así.

Cuando vuelva a Seattle yo te busco para que podamos hablar. Cuídate.

—¿Qué? —Soltó de pronto en voz alta, una vez más sin cuidar en dónde se encontraba—. Lo siento, tengo que hacer una llamada urgente. Por favor, sigan leyendo el capítulo. Enseguida vuelvo…

Y sin apartar la vista del teléfono, o incluso encender la luz para que en efecto los estudiantes pudieran leer como les había pedido, se dirigió a la puerta y salió apresurado al pasillo.

En unos cuantos segundos, Cody pasó de sentir emoción y alivio por al fin recibir una respuesta, a confusión absoluta por el contenido de dicha respuesta, y culminando en un creciente enojo. Días sin hablar, sin atender sus llamadas, ¿y lo único que le enviaba era eso? Recordaba que la última vez que hablaron comentó que quizás le asignarían un nuevo proyecto, pero no dijo que sería tan pronto y mucho menos que involucraría que se fuera de la ciudad y estuviera incomunicada por… ¿cuánto era exactamente “un tiempo”?

El mensaje lo había enviado (o al menos a él le había llegado) hace poco más de minuto, así que aún debía de tener el teléfono en sus manos. Sin dudarlo marcó su número, pegó el teléfono a su oído y esperó. La llamada estuvo sonando, y sonando… pero no hubo respuesta y saltó el buzón de voz.

—Maldita sea —musitó despacio, y volvió a marcar de inmediato. Al segundo intento, ahora la llamada había saltado directamente al buzón voz, sin siquiera sonar—. ¡Maldita sea!

Había alzado la voz de más. No creía que alguien le hubiera oído, pero igual respiró lentamente antes de que hiciera o dijera alguna otra locura.

¿Qué rayos significaba ese trato ahora?, ¿qué acaso tenían trece años? ¿Se escudaría en su supuesto nuevo proyecto para no darle la cara?, ¿enserio quería que las cosas fueran de esa forma?

Sus dedos se habían apretado fuertemente contra su teléfono, dejando en evidencia la gran frustración que le invadía. Al percatarse de esto, intentó relajarse. No era habitual en él perder la compostura de esa forma. Quizás estaba mucho más afectado por todo ocurrido en Oregón de lo que creía… Pero no había forma de que dejara las cosas de esa forma. Una parte de él sabía que no era correcto, pero otra más fuerte le gritaba al oído: “¡al carajo!”

Volvió al salón con el mismo apuro con el que había salido, y en esa ocasión si se tomó un segundo para encender las luces.

—Chicos, tendrán que disculparme —les informó apresurado mientras se dirigía a su escritorio para recoger el resto de sus cosas— Me surgió una situación personal, y tendré que retirarme. Voy a pedir que venga algún profesor a cuidarlos por el resto de la hora. Nos vemos el viernes; no hay tarea.

Ni siquiera se tomó un momento para ver las expresiones confundidas, o incluso preocupadas de los niños. Sólo desconectó su laptop, la guardó en su mochila junto con todas sus demás cosas, y se la colocó al hombro. Y sin decir nada adicional a lo que ya había dicho, salió de nuevo del salón. Y tras una parada rápida a dirección para dar aviso, salió también de la escuela.

— — — —

Más temprano ese día, en algún punto entre los bosques de Maine, el Dr. Russel Shepherd comenzaba su día como de costumbre. Despertó a las siete de la mañana en su cuarto en el nivel -10 de la Instalación 24G1 del DIC, conocida coloquialmente como El Nido. Los niveles del -10 al -13 de la base construida en el interior de una alta montaña, estaban destinados para los cuartos del personal científico de planta. Una vez que salías del ascensor, era como haber entrado al pasillo de un elegante hotel, o de un costoso edificio de departamentos. Claro, las habitaciones eran pequeñas, apenas lo necesario, aunque la del Dr. Shepherd era de las más amplias.

Luego de despertarse, tomar una ducha, vestirse y comer su desayuno en el Comedor del Nivel -9, el resto de su día solía repartirse entre los diferentes proyectos que estaban a su cargo directo. Russel era el Jefe de Investigación del nuevo DIC. En concreto, él mismo supervisaba cualquier proyecto que tuviera relación con los UP’s o Usuarios Psíquicos, un término acuñado desde antes de que él llegara a ese sitio y que él consideraba un poco inexacto para categorizar la gran cantidad de personas con habilidades diferentes que habían ido encontrando a lo largo de los años.

De todos los proyectos que tenía en curso, ninguno le causaba tanto interés al buen Dr. Shepherd como Gorrión Blanco, pese a que era uno de los que estaban más estancados. Pero tenía fe en que ya no sería así. De hecho, ese mismo día llegaría un nuevo elemento externo que esperaba pudiera ayudarles a darle al fin un progreso satisfactorio. Eso sería quizás el cambio más significativo en su rutina, después del viaje de tres días que había hecho la semana pasada para entrevistar en persona a diferentes candidatos alrededor del país.

A mitad de la mañana, mientras se distraía con otras cosas en lo que le confirmaban la llegada de dicho nuevo elemento, la secretaria personal del Capitán McCarthy, Director Genral del Nido, se comunicó con él por su radio remoto, indicándole que el Capitán deseaba verlo en su oficina lo antes posible. El “lo antes posible” sonaba serio, pero a Russel no le preocupó mucho. Indicó que iría para allá de inmediato, pero de hecho se tomó un poco más del tiempo necesario para ir a la máquina expendedora del comedor y comprar una barra de arándano. Pero no lo hacía para molestar… o no conscientemente al menos.

Una vez que tuvo su bocadillo, subió por el ascensor al nivel -1, en donde se encontraba todas las oficinas administrativas y de seguridad. Kat, la secretaria de McCarthy, no se encontraba en su lugar cuando llegó. Por lo tanto, se tomó la libertad de dirigirse directo a la puerta de roble con la placa dorada empotrada en ella que mostraba el nombre Cap. Davis McCarthy, y llamó con sus nudillos con sólo la fuerza necesaria

—Adelante —pronunció una voz profunda desde el interior la oficina, y Russel le tomó la palabra.

Davis McCarthy, un hombre a la mitad de sus cuarentas de cabello y barba rojos, se encontraba sentado en su escritorio, aparentemente firmando unos papeles en el interior de un legajo. A sus espaldas las ventanas que daban al área de entrenamiento de los militares de planta se encontraban abiertas. En ese momento los jóvenes soldados de uniformes azules corrían en formación por la amplia área despejada.

—Buenos días, capitán —saludó Russel desde la entrada, dándose cuenta un poco tarde de que tenía algo de la barra que comía en su boca—. ¿Quería verme?

—Russel, siempre estás comiendo alguna golosina cuando te veo, ¿por qué? —Le cuestionó el hombre pelirrojo sin voltear a verlo directamente, sabiendo sólo por cómo había hablado que en efecto estaba comiendo algo.

—Es una barra de arándano;  se supone que es saludable —se defendió Russel, burlón. Cerró la puerta detrás de él y se aproximó hacia una de las sillas delante del escritorio y se sentó en ésta de forma relajada, cruzándose de piernas—. Lo cierto es que soy un adicto a los dulces. No al nivel de tener que ir a comedores anónimos o algo así, pero si lo suficiente para que me preocupe un poco tras mis últimos análisis de sangre. Así que estoy intentando dejarlo, en especial los chocolates. —Dio entonces una mordida más de su barra, de la cual ya quedaba menos de la mitad—. Pero estas cosas son el doble de caras y la mitad de buenas. No lo hacen fácil.

McCarthy sólo soltó un pequeño murmullo con su garganta, que apenas y mostraba interés en su explicación. Su atención seguía puesta en los papeles delante de él, que leía con mucho cuidado antes de al fin firmarlos en la parte inferior. El capitán era un hombre fornido, de rostro fuerte y mirada intensa, propio de un militar de carrera. Su personalidad seria y estricta, que rozaba casi en lo mojigato, era igualmente la estereotipada de alguien de su cargo. No llevaba mucho en el Nido ni en el DIC; quizás un poco más de año y medio, a diferencia de Russel que ya tenía unos quince años metidos en ese pequeño mundo de los UP’s.

De manera oficial, McCarthy era el encargado de la seguridad y la administración de esas instalaciones, así como de ser el contacto directo con la Directiva del DIC. Todo eso lo convertía teóricamente en su superior, al menos en el organigrama. Sin embargo, en la práctica, Russel, en su carácter de Jefe de Investigación, tenía casi completa autonomía para actuar como mejor le pareciera, dirigir a su equipo y sus proyectos, y solamente entregar sus reportes en tiempo y forma. Esa manera de trabajar siempre había funcionado, aunque había traído algunos roces con los dos antecesores del capitán McCarthy. En contraste, su relación actual con éste era bastante más calmada y cooperativa, pues cada uno parecía estar más que feliz de no tener que meterse en el terreno del otro. Aun así, esa petición de que fuera a su oficina “lo antes posible”, hizo despertar en Russel sus viejos hábitos de autodefensa para lo que pudiera venir.

Sabía que quería hablarle de Gorrión Blanco; últimamente era lo único de lo que hablaban. Ese tema, y el de la famosa Charlie McGee, eran los que más agitaban el avispero de los altos rangos, y últimamente ambos habían pasado a estar muy relacionados entre sí. Así que no tenía prisa en que le dijera qué deseaba con exactitud, por lo que se quedó sentado en su silla, comiendo su barra pacientemente en lo que terminaba lo que estaba haciendo. No fue mucho. Un par de minutos después McCarthy firmó el último de los papeles, cerró el legajo y lo colocó a un lado de su escritorio.

—Cómo sea. ¿No llegaba hoy la nueva bioquímica independiente que habías seleccionado para Gorrión Blanco?

—Oh sí, la señorita Mathews —confirmó Russel—. Recibí noticia de que la recogieron en el aeropuerto hace una hora, así que debe estar por llegar en cualquier momento.

McCarthy asintió y se hizo hacia atrás, recargándose completamente contra su silla. Parecía tenso, pero ni así Russel dejó de comer su barra de arándano hasta terminarla por completo.

—Sé que tenemos prisa —declaró el capitán—, en especial tras la última advertencia del Director Sinclair. Pero aun así tengo que preguntarlo: ¿estás seguro que será la adecuada para esto? No entrevistaste a muchos otros candidatos, y la seleccionaste después de hablar con ella sólo una vez.

—¿Qué si estoy seguro?, pues no —respondió Russel con simpleza, encogiéndose de hombros—. Ignoro si será la gran revelación milagrosa que resolverá este pequeño embrollo que tenemos en manos. Pero sí sé que es la mejor opción que podríamos haber encontrado en tan poco tiempo.

—¿Y por qué estás tan seguro?

—Bueno, su experiencia, referencias, historial familiar, y el hecho de que ya se le hubiera dado Autorización de Seguridad antes, ayudó bastante.

—Con historial familiar supongo que te refieres a su padre. Es militar, ¿no?

—Cuerpo de Marines, para ser exacto. Retirado. Sus dos hermanos mayores también están enlistados. Así que se podría decir que este tipo de ambientes no son extraños para ella. Pero además de todo eso, también influyó la sensación que me dio cuando hablé con ella. Un buen presentimiento, se podría decir. Y cómo nuestra experiencia nos ha mostrado, los presentimientos muchas veces no son sólo eso, ¿cierto?

Acompañó su comentario con un juguetón guiño de su ojo. McCarthy no parecía ni a favor ni en contra de sus comentarios. De todas formas, ¿qué podría decir a esas alturas? La decisión ya estaba tomada, y la chica venía en camino en ese mismo momento. Además, elegir a su personal a cargo era parte de la autonomía con la que Russel contaba, pese a que el capitán tenía la libertad de expresar su opinión si le apetecía.

—Pues esperemos que tengas razón —concluyó McCarthy, girándose hacia las ventanas a sus espaldas. Debajo, en el nivel -2, los muchachos seguían con su entrenamiento diario—. El Director Sinclair me pidió que te recordara que ésta es tu última oportunidad. Y que si esto no funciona, el recurso será aprovechado de otras formas.

—Por supuesto —respondió Russel con bastante calma. No era la primera que le lanzaban dicha amenaza, y estaba seguro de que no sería la última.

Llamaron a la puerta, y antes de que McCarthy terminara de girar su silla de regreso, ésta se abrió. El rostro de Kat, una mujer de cincuenta años de cabello rojizo con canas, se asomó hacia el interior del despacho.

—Disculpe, capitán —dijo la secretaria con precaución—. Me pidieron que le comunicara al Dr. Shepherd que el helicóptero que esperaba ya se está acercando. Parece que tiene su radio apagado.

Russel se sobresaltó un poco en su silla, y entonces tomó el pequeño radio negro sujeto a su cinturón para revisarlo.

—Vaya, qué barbaridad —musitó el hombre de cabeza rapada, sonriendo ampliamente con sus dientes blancos y brillantes—. Gracias, Kat. Iré enseguida.

La secretaria asintió y se retiró cerrando la puerta de nuevo.

—Bueno, tu presentimiento ya está aquí —señaló McCarthy, demasiado serio para considerarlo una broma—. Debes ir a recibirla.

—Por supuesto —indicó Russel, parándose de su asiento rápidamente—. Me voy entonces.

Russel se viró hacia la puerta, y apenas alcanzó a dar dos pasos en su dirección antes de escuchar la voz del capitán otra vez.

—Con Autorización de Seguridad o sin ella, procura no revelarle más de lo necesario —musitó McCarthy, casi como una peligrosa advertencia. Russel se detuvo y se giró a mirarlo, un tanto desconcertado.

—Si queremos que haga una buena labor, tenemos que darle todos los datos precisos para trabajar.

—Lo sé —susurró el hombre pelirrojo en voz baja, y entonces alzó esa mirada penetrante hacia él—. Por eso lo digo: no más de lo necesario.

Russel guardó silencio unos momentos, sosteniéndole su mirada. La suya también podía ser penetrante e intensa si lo necesitaba.

—No más de lo necesario. Entendido.

Sin más, el Jefe de Investigación dejó la habitación para cumplir su nueva labor de ese día.

— — — —

Para cuando llegó al Nivel 0, en donde se encontraba el Helipuerto en el punto más alto de la base, el helicóptero azul ya era visible a simple vista y se preparaba para bajar. Los encargados de la pista ya les estaban dando las indicaciones, y estaban listos para recibirlo. Al salir del elevador, lo primero que Russel distinguió fue la espalda ancha y la nuca descubierta del Sargento Francis Schur (Frankie para los amigos, y Russel), encargado de la seguridad del base y hombre de confianza de McCarthy. Él se encontraba de pie a un lado de la pista, con sus manos atrás de su espalda mientras miraba al helicóptero descender. Russel se le aproximó, parándose a un lado e él.

—Hey, Frankie —le saludó, animoso—. Mi soldado favorito. ¿Cómo estamos hoy?

—Bien —le respondió el hombre de uniforme azul, de forma impasible.

—Animado como siempre —ironizo Russel—. Sé que no te agrada mucho el tener civiles rondando por aquí. Pero cuando se trata de ciencia, a veces es bueno tener un par extra de ojos, con otras ideas alejadas de los cuadrados procedimientos de una institución gubernamental.

—Si usted lo dice, Doctor —le respondió Frankie con la misma falta de emoción que antes.

Russel resopló, cansado. Le agradaba Frankie, pero sacarle plática era realmente un dolor de cabeza.

El helicóptero descendió hasta posarse firmemente en la pista. El motor se fue apagando, y las hélices poco a poco se detuvieron hasta quedar inmóviles. Colocaron una escalerilla a un lado del helicóptero, y la compuerta se abrió. Uno de los ayudantes de la pista ayudó con su mano a que la pasajera se bajara. En cuanto Russel divisó a la mujer delgada de cabello negro corto y anteojos, se aproximó con paso seguro hacia ella, seguido detrás por Frankie.

—Señorita Mathews, qué placer verla de nuevo —anunció Russel con fuerza, llamando de inmediato la atención de una aún aturdida Lisa Mathews.

—Dr. Shepherd, igualmente —le respondió Lisa, extendiendo su mano para estrechar la de él. Traía unos pantalones azules y zapatos cómodos, y una chaqueta café, ropa más casual que la bata de laboratorio que tenía el día que la entrevistó. En su hombro cargaba una mochila gris para computadora.

—¿Cómo estuvo el viaje en helicóptero? —Le cuestionó Russel, mientras con una mano en su espalda le guiaba para que se alejaran del vehículo.

—Bastante bien, gracias —murmuró despacio, mientras sobre su hombro miraba hacia el paisaje visible, que parecía ser sólo bosque extendiéndose a la distancia—. ¿En verdad esto es un Centro de Investigación? Parece casi la base de algún villano de caricatura.

Russel carcajeó estridente, divertido por el comentario.

—Muy bueno, por supuesto que sí. No es una instalación militar común, eso se lo puedo asegurar. La apodamos cariñosamente El Nido.

—Oh, ¿por la altura?

—Supongo —respondió Russel encogiéndose de hombros—. No dije que fuera un apodo muy creativo.

Al mirar una vez más sobre su hombro, Russel notó como los pilotos del helicóptero bajaban del comportamiento trasero de éste tres maletas; una rosada y dos negras.

—Veo que trajo suficiente equipaje.

—Bueno —pronunció Lisa, un poco cohibida—, me dijeron que ocuparían de mis servicios por quizás dos o tres semanas, así que quise venir preparada.

—Mujer precavida, me gusta. Ustedes dos —Russel señaló entonces a otros dos soldados, con el mismo uniforme azul que Frankie—, ¿podrían llevar ese equipaje a la recamara de personal temporada 103? Mientras le damos su introducción a la señorita Mathews para que pueda ponerse a trabajar lo antes posible.

Los soldados se miraron entre ellos algo confundidos. Sus expresiones enteras gritaban: “somos soldados, no mozos.” Ambos miraron hacia Frankie buscando alguna instrucción diferente, pero éste sólo asintió con su cabeza, indicándoles que hicieran lo que les habían ordenado. Y, un poco a regañadientes, así lo hicieron.

—Por aquí, por favor —le indicó Frankie a la recién llegada justo después, y la llevó hacia una mesa colocada delante de los elevadores. Ahí, otro soldado más aguardaba. Sobre la mesa había tres cajas metálicas enumeradas, que al parecer se cerraban con llave—. Le voy a pedir que deje en estos recipientes cualquier aparato electrónico que traiga consigo. Teléfonos, tabletas, computadoras, cargadores, memorias extraíble, cigarros electrónicos, etc.

—Necesitaré al menos mi computadora para poder trabajar —indicó Lisa con preocupación.

—Se le asignará un equipo certificado para sus labores —le aclaró Frankie—. Si necesita algún archivo o programa en especial de alguno de sus equipos, se le proporcionará dado el momento. Mientras tanto, el acceso de cualquier aparato electrónico se encuentra restringido más allá de esos elevadores.

—Ya ha trabajado anteriormente en proyectos gubernamentales, así que sabe cómo es esto, ¿no? —Indicó Russel, con un tono más calmado que el de su colega militar—. No se preocupe, en su cuarto tendrá también un equipo para su uso personal, con acceso a cualquier sitio aprobado, e incluso una televisión con Netflix… O, más bien, algo similar a Netflix. Pero mientras esté aquí, entenderá que su contacto con el exterior tendrá que ser limitado. Supongo que sus jefes se lo explicaron, ¿no?

—Sí, y lo entiendo —asintió Lisa—. No se preocupe.

Colocó su mochila sobre la mesa y la abrió, sacando del interior su laptop, su tableta personal, sus respectivos cargadores, y su lector de libros electrónicos. Del bolsillo de su pantalón sacó su teléfono celular y sus audífonos. Sin embargo, antes de colocar el teléfono sobre la mesa, vaciló un poco.

—¿Podría antes enviar un último mensaje? —les preguntó intentando sonar firme.

—No está permitido hacer tal cosa dentro de este perímetro —le informó Frankie con voz tosca.

—Oh, vamos, cómo si nadie más aquí lo hiciera de vez en cuando —bromeó Russel entre risas, lo que provocó que Frankie lo mirara molesto. El doctor se giró curioso hacia Lisa—. ¿Algún motivo en especial por el que debas mandar dicho mensaje?

—Es personal —le respondió Lisa, dudosa—. Todo el viaje fue tan repentino que no pude avisarle apropiadamente a… —Dudó unos momentos antes de proseguir—. A mi novio, sobre esto. Sólo no quiero que esté preocupado.

Russel asintió, al parecer convencido. Miró de nuevo a Frankie, pero evidentemente él no se encontraba nada conmovido por la explicación.

—Aún no ingresa a los elevadores, así que técnicamente aún está en el área restringida —señaló Russel, como si se tratara del argumento de un abogado.

Frankie suspiró resignado. Si se tratara de cualquier otro, se mantendría firme en su convicción sin necesidad de siquiera consultarlo con McCarthy. Pero él entendía bien que en ese sitio Russel no era cualquier persona.

—Tendré que revisar el contenido del mensaje antes de que lo envíe —indicó Frankie con seriedad.

Lisa asintió y sonrió agradecida. Tomó su teléfono y rápidamente comenzó a escribir lo que quería decir en un sólo mensaje, intentando no revelar ni decir más de la cuenta. Una vez que lo terminó de redactar, se lo pasó al soldado para que lo revisará. Frankie le echó un vistazo rápidamente.

Hoy comencé mi nuevo proyecto. Será fuera de la ciudad, por lo que estaré ausente e incomunicada por un tiempo. No sé qué tanto. Por favor no me busques, será mejor así.

Cuando vuelva a Seattle yo te busco para que podamos hablar. Cuídate.

Frankie lo leyó una segunda vez, y luego le pasó de regreso el teléfono a Lisa, asintiendo para indicarle que podía proseguir. Lisa envió el mensaje, apagó la pantalla y entonces colocó el teléfono con el resto de sus cosas.

—Gracias.

Sus dispositivos fueron guardados en las cajas bajo llave y fueron llevados por uno de los soldados hacia una puerta lateral, que de seguro daba a una bodega. Lisa firmó unos papeles para confirmar lo que estaba dejando, y a cambio le dieron tres fichas con los números de las cajas.

—Todo le será devuelto cuando deje las instalaciones al final de su trabajo —le indicó Frankie.

—Está bien.

Una vez terminado ese trámite, le pasaron un detector de metales y revisaron el resto de su equipaje. Todo ello no fue agradable, pero sí lo suficientemente respetuoso.

—Ahora, si me sigue, por favor —le pidió Russel, avanzando hacia los ascensores—. Disculpe que no la deje siquiera descansar un poco, pero estamos un tanto apresurados. Por eso ocupamos que se empape del trabajo que tendrá que hacer lo más pronto posible.

Frankie igualmente los acompañó, y similar a como lo había hecho aquella noche cuando Russel volvió de su viaje, extendió su tarjeta de acceso al lector a un lado de la puerta para llamar al elevador.

—Sus jefes ya le dieron una introducción, supongo —le susurró Russel a su invitada, mientras aguardaban la llegada del ascensor.

—Sí, aunque no me dijeron mucho —respondió Lisa—. Por lo que entiendo, hay un químico sintético que desean que revise, estudie, pruebe sus efectos en sujetos de laboratorio, y cree un derivado seguro para su uso en humanos.

—Un buen resumen —asintió Russel, conforme—. Similar al trabajo que realiza todos los días en su empresa, ¿no? Sólo que este químico es un tanto más complejo que aquellos con los que ha trabajado hasta ahora.

—Era de esperarse. ¿Qué es lo que debe hacer dicho químico?

A diferencia de su actitud hasta ese momento, Russel guardó un singular silencio, que le hizo sentir a Lisa que quizás había hecho una pregunta inapropiada.

El elevador llegó en ese mismo momento, por lo que los tres ingresaron. Las puertas se cerraron, Frankie presionó el botón -5 y comenzaron a bajar. Entonces Russel volvió a hablar.

—Ya firmó el papeleo de la confidencialidad y todo eso, ¿cierto?

—No me dejaron subirme al helicóptero sin hacerlo —aclaró Lisa.

—Por supuesto. Bueno, ¿recuerda que cuando nos conocimos usted me mencionó a la antigua agencia del DIC, y esos oscuros experimentos que supuestamente estuvieron haciendo en los 60’s y 70’s?

Lisa se sobresaltó, un poco asustada por tal cuestionamiento. Respiró lentamente intentando calmarse, antes de responderle:

—Sí, lo recuerdo.

—Mucho de lo que se dice con respecto a eso son meras exageraciones. Pero claro, eso usted ya lo sabe.

—Por supuesto —sonrió Lisa, serena.

Russel carraspeó un poco, y se acomodó sus anteojos.

—Pero lo cierto es que esos individuos sí realizaron proyectos interesantes, que quedaron en el olvido tras la disolución de la agencia en los 80’s. Recientemente, sin embargo, algunas personas… importantes, se podría decir, decidieron retomar algunos de estos. Entre ellos, uno que involucraba a una fuerte droga química conocida como el Lote Seis.

—¿Lote Seis? —Cuestionó Lisa, curiosa.

—Los detalles los verá en los expedientes que le proporcionaremos dentro de poco. Pero en términos simples, se trataba de un anestésico, además de alucinógeno, que en teoría sería capaz de realizar modificaciones físicas al cerebro de a quienes se les aplicara, sobre todo en lo respectaba a su glándula pituitaria; ese pequeño puntito tan mágico en nuestras cabezas. De hecho, el componente base de dicho químico era una versión sintética de una sustancia muy inusual y única, excretada por esta glándula y presente sólo en cierto grupo de personas.

Lisa estaba tan concentrada y sumida en lo que le estaba contando, que no se dio cuenta que habían llegado a su destino hasta que Russel y Frankie comenzaron a caminar. Ella se apresuró a alcanzarlos antes de que las puertas se cerraran y la dejaran atrás.

—Éste es el Nivel -5 —le informó Russel—, nuestro centro médico. Sígame, por favor.

Aquel era un largo pasillo blanco bien iluminado, con varias puertas enumeradas a los lados. Ciertamente parecía el pasillo de algún hospital de alta gama.

—¿A qué se refiere exactamente con cambios físicos? —Preguntó Lisa, un tanto ansiosa de seguir con la conversación.

—Bueno —prosiguió Russel, aunque al parecer no tan convencido como antes—, el Lote Seis podría, en teoría, hacer que personas tan normales como usted o yo, desarrolláramos capacidades fuera de lo común. Incuso algunas casi… sobrenaturales.

—¿Qué? —Exclamó Lisa sorprendida, deteniéndose de golpe—. ¿Está hablando de… poderes psíquicos? Cuando hablamos el otro día me dijo que usted no creía en esas cosas.

Russel se detuvo unos pasos más adelante, y se giró hacia ella, mirándola con una expresión, casi sombría.

—No recuerdo haber dicho eso, exactamente —musitó despacio, dejando a Lisa aún más impresionada que antes—. Sigamos, casi llegamos.

Reanudaron en ese momento la marcha, por lo que Lisa no tuvo más remedio que hacerlo también.

—¿Probaron ese químico en personas?

—Sí —respondió Russel escuetamente.

—¿Y… funcionó?

—¿Qué cree usted?

Lisa no respondió, y la verdad no estaba segura de querer seguir insistiendo.

Luego de avanzar un poco más, se detuvieron justo delante de una puerta con el número 5016 en ella.

—Ya llegamos —murmuró Russel con tono triunfante, y pasó él mismo a usar su propia tarjeta frente al lector electrónico para que la puerta se abriera.

Al entrar, lo primero que Lisa notó fue una moderna camilla de hospital, y una persona recostada en ella, al parecer inconsciente. Al inicio no la vio con claridad, pero tras dar dos pasos más hacia la cama, pudo divisar que se trataba de una joven rubia y delgada, plácidamente dormida; o, aparentemente dormida. Había una persona más ahí, un hombre asiático en bata blanca, sentado en una silla viendo el televisor del cuarto.

—Dr. Takashiro, buenos días —le saludó Russel.

—Buenos días, doctor —le respondió el hombre de bata blanca, sin apartar sus ojos del televisor. Al parecer veía un partido de béisbol.

—¿Viendo el Béisbol tan temprano? —musitó Russel con sarcasmo.

—Es una repetición —indicó el médico con voz ausente.

—Entonces no le importará…

Russel tomó en ese momento el control remoto, y con él apagó el televisor de un sólo botonazo. Esto pareció sorprender al médico asiático, que rápidamente se volteó y pudo notar que Russel no venía solo.

—Señorita Mathews —comenzó a presentar Russel, extendiendo su mano hacia el médico—, este amable caballero es el Dr. Joe Takashiro, nuestro neurólogo de cabecera en este proyecto, y quien ha estado supervisando durante el último año el estado de Gorrión Blanco.

El Dr. Takashiro se puso de pie, un tanto avergonzado y con la intención de presentarse y extenderle la mano a la recién llegada. Pero Russel no le dio tiempo de hacerlo, pues de inmediato guio a Lisa hacia la camilla, provocando que prácticamente ambos le dieran la espalda.

—Y ésta de acá —indicó Russel mirando a la joven rubia inconsciente—, es efectivamente nuestra querida Gorrión Blanco, quien a partir de hoy se convertirá en su nueva mejor amiga.

—¿Gorrión Blanco? —Susurró Lisa y se aproximó cautelosa a un costado de la camilla, y examinó con más cuidado a la persona en ella. Era una mujer joven, de quizás sólo un poco más de veinte años. Era delgada, de rostro afilado y pálido, con algunas marcas de acné adolescente. Su piel, y sobre todos sus labios, se veían resecos, y su cabello parecía algo descuidado y sin forma—. ¿Quién es?

—Eso no es tan importante, ¿o sí? —Respondió Russel, encogiéndose de hombros—. Bien podría ser una princesa, la hija de un importante mandatario, o una simple chica de clase baja de Maine. Para el caso da lo mismo.

«No creo que estaría en una instalación como está si fuera una simple chica normal de Maine», pensó Lisa mientras seguía observándola.

—¿Está en coma? —Preguntó la bioquímica de pronto, aunque la respuesta era de seguro bastante lógica.

—Desde hace cuatro años —Respondió Russel, asintiendo—. Dr. Takashiro, por favor. La señorita Mathews no es médico, pero es bastante inteligente.

El médico asintió y se aproximó hacia una computadora, colocada sobre un pequeño escritorio en un rincón. Luego de ingresar con su usuario, abrió un expediente y luego abrió dos imágenes que ocuparon entre ambas todo el espacio del monitor plano. Lisa se aproximó y echó un vistazo. Parecía ser la tomografía de un cerebro. A simple vista lo primero que le llamó a atención fue una mancha, más clara que el resto, que cruzaba en diagonal por el centro de la imagen. Además había al menos tres áreas del mismo tono, esparcidas en diferentes puntos. En efecto Lisa no era un médico, y menos neuróloga, pero eso no le parecía que pudiera ser algo bueno.

—En términos simples, la chica tiene graves lesiones cerebrales a causa de un trauma severo en la cabeza —explicó Takashiro, señalando al monitor—. ¿Las ve?

Lisa asintió.

—¿Qué le pasó? ¿Fue un accidente?

—Le cayó su casa encima —explicó Russel rápidamente, provocando que Lisa lo volteara a ver confundida—. Bueno, mínimo toda la planta alta —añadió Russel con tono burlón, como si aquello hiciera todo mejor.

—Además de esto, estuvo clínicamente muerta por al menos quince minutos —añadió Takashiro—, cuando el límite suele ser de diez. Se cortó la oxigenación al cerebro durante todo ese tiempo, lo que provocó que otras áreas fueran dañadas. Médicamente hablando, es más un vegetal que un ser humano. Su estado se ha mantenido exactamente igual en estos cuatro años, sin empeorar o mejorar. Incluso en los escenarios más optimistas, que rozan en lo que la medicina puede llegar a considerar milagros, no hay forma de que despierte de nuevo. Esas máquinas son las que la mantienen viva. Si fuera un paciente de cualquier hospital convencional, hace mucho que como médico hubiera sugerido terminar con esto.

—¿Y por qué no lo han hecho? —Cuestionó Lisa, desconcertada por tan horrible diagnóstico.

—Bueno —intervino Russel, retirándose sus gruesos anteojos—, en estos momentos precisos, por usted, señorita Mathews. Usted es lo único que separa a esta joven de su tan poco prometedor destino.

—¿Disculpe? —Exclamó Lisa confundida, e incluso algo asustada.

Russel avanzó hacia el mismo escritorio en el que se encontraba la computadora, y con una llave que sacó de su pantalón abrió el cajón archivero de éste.

—¿Recuerda lo que le comenté del Lote Seis? —Inquirió al tiempo que esculcaba en el interior del cajón—. ¿Y sobre cómo era capaz de realizar cambios físicos en los cerebros de las personas? Bueno…

Sacó entonces del cajón un grueso legajo negro con un broche para sostener papeles adornando su parte superior. Se viró entonces hacia Lisa y se lo extendió para que lo tomara.

—Le presento al Lote Diez, señorita Mathews.

Lisa miró perpleja el expediente, y dudando un poco lo tomó entre sus dedos. Al abrirlo, se encontró con varios papeles, decenas de ellos, que parecían ser reportes, notas, fórmulas y bitácoras de experimentos. Aunque la información general de lo que contenían no le era conocida, los formatos y varios de los términos y procedimiento descritos eran muy similares a los que usaban en su empresa. Todo aquello describía con sumo detalle la composición y los efectos de una droga, a la que en efecto se referían repetidas veces como el Lote Diez.

Mientras Lisa le echaba un vistazo rápido a todos esos papeles, Russel se apoyó contra el escritorio, casi sentándose en éste, y comenzó a explicarle la historia detrás de ellos.

—Ampliando mi respuesta a su pregunta anterior: sí, el Lote Seis fue probado en humanos, pero dicho experimento no resultó como lo esperaban. Causó algunos resultados impredecibles e inestables en los sujetos a los que se les aplicó. Ira, depresión, trastornos psicológicos graves… y la muerte. —Aquello provocó que Lisa despegara su atención de los papeles por un segundo y lo volteara a ver sobre el armazón de sus lentes—. Pero sí hubo algunos que reaccionaron de buena manera, y en los que el experimento tuvo éxito. El Dr. Wanless, quien estuvo a cargo del proyecto original, intentó perfeccionar la fórmula, pero el proyecto fue finiquitado antes de que incluso el DIC fuera disuelto. Pero como bien le dije, algunas personas importantes lo retomaron hace tiempo, atraídos por los resultados obtenidos anteriormente. Y no me refiero a las muertes, sino a los éxitos. Es por eso que en los últimos años se ha invertido mucho en perfeccionar la fórmula, y dichos esfuerzos han dado como resultado esta nueva versión: el Lote Diez.

Russel señaló al legajo en las manos de Lisa, y ésta volvió por mero reflejo sus ojos de regreso a su contenido. Volvió a hojearlo con cuidado, revisando superficialmente los datos mientras caminaba por el cuarto. Por su parte, el Jefe de Investigación prosiguió con su explicación:

—Aunque sigue siendo impredecible en la mayoría de los sujetos, o incluso mortal, se llegó a la teoría de que si se administra en algunos sujetos específicos, cuya glándula pituitaria presente esta cierta… mutación llamémosle, podría llegar a modificar sus cerebros, mejorar exponencialmente sus habilidades únicas, y regenerar incluso este tipo de lesiones. —Al hacer ese último comentario, con su pulgar señaló hacia el monitor, aún con las tomografías abiertas—. Gorrión Blanco es nuestro principal paciente y sujeto de estudio. Si el Lote Diez tiene éxito curándola, entonces los alcances de nuestro proyecto se ampliarían. Sin embargo, necesitamos asegurar lo mayor posible el resultado antes de administrárselo, pues sólo tendremos una oportunidad. Y ahí es donde entra usted, señorita Mathews.

Lisa sólo asintió, como si en realidad no lo hubiera escuchado. Pero sí lo había hecho, atentamente, incluso a pesar de que gran parte de su atención divagaba entre sus palabras y los papeles que leía. Luego de un rato, cerró cuidadosamente el legajo de nuevo, y lo sujetó pensativa contra su pecho.

—Lo que requiere es que estudie la composición y los efectos de este Lote Diez, lo haga seguro, y entonces… —Se volvió lentamente hacia la camilla, y hacia el rostro dormido de su ocupante—. ¿Usarlo en esta chica? ¿Y espera que esto sea capaz de curarle esas lesiones tan horribles en su cerebro y hacerla despertar?

—Y que no sólo despierte —señaló Russel, alzando su dedo índice—, sino que lo haga aún mejor de lo que era antes de caer en coma.

—Que sus habilidades únicas aumenten exponencialmente —susurró Lisa despacio, repitiendo la expresión que él acababa de usar hace poco—. Cuando habla de habilidades únicas… ¿Estamos hablando de…? —Se viró en ese momento hacia Russel, pero su respuesta fue sólo una sonrisa discreta poco comprometida—. ¿Entonces ella…?

Ni Russel, ni Takashiro, ni Frankie dijeron nada, pero la verdad flotaba tan clara en el aire que no fue necesario.

Si hubiera ido a ese sitio y escuchado todo aquello un día antes de su última plática con Cody, de seguro hubiera tachado todo de una absoluta locura, y posiblemente hubiera pedido (o exigido) que la dejaran salir de ese lugar cuánto antes. Pero luego de aquello que Cody le había dicho y mostrado, en realidad ya no sabía qué pensar. Sí, esa chica podría ser una princesa, la hija de un mandatorio, una chica normal de Maine… o alguien especial como aparentemente lo era su novio.

—Si todo sale bien, quizás ella misma le cuente su historia —añadió Russel con un tono bastante relajado; quizás demasiado—. Ahora, sé que es mucho por digerir, y de seguro tiene cientos de preguntas. Pero lo importante de momento es que entienda que este trabajo es muy, muy importante. Perfeccionar el Lote Diez es la última esperanza que esta joven tiene para poder despertar. Si tiene éxito, habrá salvado su vida. Y si no… bueno, no puede estar peor que como está. —De nuevo un comentario (demasiado) relajado—. Así que sin presiones. Yo sé que usted puede, tengo un fuerte presentimiento.

«Claro, sin presiones» pensó Lisa con ironía, intentando que dicho sentimiento no se reflejara vívidamente en su rostro. Sabía que el trabajo que iría a hacer ahí sería complicado, pero no pensó que sería algo que rozaría casi la ciencia ficción. Pero a pesar de lo casi fantasioso de todo eso, al final de cuentas todo se trataba de químicos, compuestos y reacciones en el organismo. Esa era su especialidad, y se enorgullecía de ser substancialmente buena en ella.

—Gracias —asintió Lisa con expresión neutral—. Pero la verdad es que sí es mucho que digerir… ¿Podría ir a mi habitación para refrescarme un poco y poder empezar a estudiar estos papeles?

—Seguro, Frankie la llevará, ¿cierto? —Indicó Russel apuntando hacia el soldado con su mano. Éste sólo asintió de forma afirmativa—. Nos vemos en… tres horas, ¿le parece?

—Sí, claro. Con su permiso.

Lisa se dirigió a la puerta, un tanto apresurada al parecer, y Frankie la acompañó en cuanto pasó a su lado para poder abrir la puerta con su llave. Ambos salieron, la puerta se cerró sola detrás de ellos, y sólo entonces Russel pudo respirar con normalidad. Se retiró de nuevo sus anteojos, y se talló sus ojos con sus dedos. Un pequeño dolor de cabeza comenzaba a asomar su fea cara.

—No le dijo todo —señaló Takashiro en ese momento, casi como un regaño—. Ni siquiera quién es realmente esta chica, o para qué tienen pensado usarla si es que logra despertar.

El médico miró entonces de reojo a la joven en la cama, como si se sintiera temeroso de verla directamente.

—Tarde o temprano se enterará, sí —respondió Russel, encogiéndose de hombros—. Pero por lo pronto, ¿para qué abrumarla con tanto? De todas formas el capitán no quiere que le diga más de lo necesario. Normalmente sus “órdenes” me dan igual, pero en este caso decidí que la prudencia sería buena idea.

—¿Y está seguro de que es la adecuada? —Cuestionó Takashiro justo después, lo que a Russel le causó una mezcla de gracia y molestia, pues era lo mismo que McCarthy le había preguntado—. Recuerde que ésta es la última oportunidad de la chica. Si no lo logra, apagaran la máquina, le extirparan su pituitaria y la usarán como base para crear el Lote Once. Y yo sé que se ha encariñado demasiado con ella en este tiempo…

—¿Encariñado? —Le interrumpió Russel, seguido de una pequeña risa divertida—. ¿Por quién me tomas, Takashiro? Sólo es un recurso valioso, que será útil a la causa ya sea de una forma o la otra. —Mientras hablaba, caminó hacia la camilla, parándose a la derecha de ésta. Miró pensativo el rostro dormido de Gorrión Blanco, incluso un poco melancólico—. Sólo preferiría que fuera la primera opción. Así que seamos positivos, ¿de acuerdo, Carrietta?

Dio un par de palmadas en la mano delgada de la joven que reposaba a su lado, aun sabiendo que ella no mostraría reacción alguna a esto.

Se dirigió él también a la puerta entonces, para seguir con el resto de sus pendientes para ese día.

— — — —

El primer sitio al que Cody se dirigió tras salir de la escuela, fue el trabajo de Lisa, donde se supondría que debería estar a esa hora. No se sorprendió mucho cuando le informaron que no estaba ahí, o incluso de que no podían darle ninguna indicación de a dónde se había ido. Le molestó, incluso más de lo que ya estaba, pero no le sorprendió.

Siguió intentando llamarla repetidas veces luego de eso, obteniendo la misma negativa que antes. Desesperado, decidió tomar otro taxi hacia su edificio de departamentos y ver si de casualidad aún seguía ahí. Sabía que era poco probable, pues su mensaje decía que saldría de la ciudad, pero de momento era la única alternativa que le quedaba. Bueno, en realidad aún le quedaba otra… pero no podía permitirse perder la cabeza en esa dirección aún.

Al llegar al edificio, se bajó apresurado del taxi junto con su mochila. Conocía la clave de acceso de la puerta del vestíbulo, por lo que pudo entrar sin problema. Lo conocían muy bien, así que tampoco nadie le cuestionó. Subió por el pequeño elevador hasta el quinto piso, y caminó hasta la mitad del pasillo hasta la puerta de Lisa. Sin espera llamó insistentemente a la puerta, quizás con bastante más fuerza de la necesaria pues el sonido retumbó en el pasillo intensamente.

—Lisa, ¿estás ahí? —Pronunció con su voz elevada, teniendo su rostro cerca de la puerta para escuchar cualquier movimiento en el interior. Pero no hubo movimiento, ni tampoco respuesta. Sólo silencio—. ¿Lisa?

Volvió a llamar con la misma fuerza que antes, obteniendo los mismos resultados.

Se sintió tan frustrado y molesto que por un momento se sintió tentado a patear la puerta, pero se contuvo. Una vez más estaba dejando que sus emociones tan alteradas lo dominaran y lo hicieran explotar sin motivo. Si alguien lo viera en esos momentos, de seguro pensaría que estaba dando un espectáculo lamentable.

Era obvio que Lisa no estaba ahí, y de seguro ya ni siquiera estaba en Seattle. Lo mejor sería irse, e intentar pensar mejor las cosas cuando su cabeza se enfriara. Ya estaba a punto de hacerlo, cuando escuchó como la puerta justo enfrente de la de Lisa se abría, dejándolo paralizado por la impresión, como criminal infraganti.

Una mujer mayor, pequeña y delgada, con cabello negro corto, se asomó hacia el pasillo cargando en sus brazos a un enorme gato esfinge con sus cueros colgando, al igual que sus patas. Cody la conocía; se habían cruzado más de una vez cuando iba ahí, y Lisa al parecer se llevaba bien con ella a pesar de la diferencia de edad.

—Hey, Cody —le saludó la mujer con una sonrisa, una vez que lo reconoció. De seguro el escándalo que había hecho la había alertado—. Hacía rato que no te veía por aquí.

—Señora Tsou, buenos días —Le respondió Cody, intentando parecer más calmado que hace unos momentos—. Busco a Lisa, ¿la ha visto hoy?

—Salió muy temprano —le respondió la mujer, mientras pasaba su mano por el arrugado lomo de su gato—, a eso de las cinco de la mañana, creo.

—¿A las cinco? —Soltó Cody, atónito.

—Sí, me buscó anoche y me dijo que saldría de la ciudad por unas semanas. Me pidió si podía recoger su correspondencia. ¿No te lo dijo acaso?

Cody se sintió algo cohibido, y desvió un poco su rostro hacia otro lado, apenado.

—Tuvimos una… —comenzó a explicarle, sin poder terminar por completo la frase.

—¿Discutieron? —Concluyó la mujer, a lo que Cody sólo asintió—. Descuida, ustedes son el uno para el otro. De seguro lo arreglarán.

—Sí, gracias —respondió Cody, sonriéndole—. Hablaré con ella cuando vuelva, supongo.

—Será lo mejor. Que tengas suerte.

Tras esa corta plática, la señora Tsou volvió a su departamento, y Cody caminó hacia el ascensor.

¿No vería a Lisa hasta que ésta volviera a Seattle? ¿Así serían las cosas? Cody no lo tenía claro todavía. Lo que sí tenía claro era que tenía sus propios medios para saber en dónde estaba, si así lo quería. Pero… ¿lo quería?, ¿quería hacer uso de ese recurso para buscar y rastrear a su novia? ¿Qué decía eso de él como novio o como persona? Realmente no tenía nada que le pudiera indicar que Lisa estaba en peligro, o que no fuera a volver. Lo más sensato sería esperar a que volviera para poder hablar, justo como le había escrito en su mensaje.

Sí, sería lo más sensato… pero en esos momentos Cody no pensaba de forma sensata. En momentos como ese normalmente recurriría a pedirle consejo a Eleven, pero ya ni siquiera podía contar con ella. Sólo podía contar consigo mismo por ahora.

Cody ingresó al ascensor, bajó al vestíbulo y salió del edificio. Tomó afuera un taxi a su casa, en donde se tomó un par de cervezas y pensó seriamente en qué debía hacer.

FIN DEL CAPÍTULO 70

Notas del Autor:

—En este capítulo se menciona al Lote Seis, concepto que pertenece originalmente a la novela de Firestarter u Ojos de Fuego de Stephen King. Así mismo el llamado Lote Diez sería un derivado de la misma sustancia, como bien se explica en este capítulo.

—En capítulos anteriores se comentó que El Nido estaba cerca de Washington. Sin embargo, por sugerencia y para mantener la tradición Stephen King de muchas de sus obras, decidí cambiar su ubicación en algún punto no definido de Maine. Porque evidentemente las peores cosas ocurren en Maine.

—El Capitán Davis McCarthy es un personaje original, sin ninguna relación con algún otro de los personajes o de las películas o series involucradas en esta historia. Ya había hecho una aparición anteriormente en el Capítulo 56 en la videollamada con Lucas Sinclair.

—El Dr. Joe Takashiro y Frankie son ambos personajes originales, sin ninguna relación con algún otro de los personajes o de las películas o series involucradas en esta historia. Ya habían hecho una corta aparición anteriormente al final del Capítulo 40.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 70. Lote Diez

  1. ignacio rodriguez piceda

    Si tomamos en cuenta a Damian, Lily, Esther, Eso, Rose, El Coco y muchos más serían los depredadores del orden natural. También podría ser los Extraterrestres o demonios.
    Sobre Nido también debe estar almacenarlos muchos proyectos del gobierno, como armas químicas y etc por ejemplo los barriles de la Trioxina 245 del El regreso de los muertos vivientes o el virus de la Locura de The Crazies…
    Saludos de Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      Sí, en la tantas películas y series involucradas en la historia hay muchas criaturas o personas que resultan depredadores naturales. Cody, sin embargo, está preocupado por aquellas sobrenaturales que acaba de enterarse de su existencia, aquellas de las que Cole le habló. En cuanto al Nido, sí hay muchas cosas guardadas ahí, pero no creo que tengamos oportunidad de verlas todas.

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