Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 67. La quinta tragedia

6 de junio del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 67. La quinta tragedia

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 67.
La quinta tragedia

La repentina muerte de la Tía Marion hizo que Ann y Richard tuvieran que retrasar un par de días más la mudanza a su casa en Twin Lakes, para así poder atender los asuntos del funeral y la herencia. Marion no había llegado a vivir lo suficiente para cumplir la amenaza de cambiar su testamento, por lo que aún todo le sería pasado a Richard. Éste se sentía hasta cierto punto sucio de recibir esas acciones y propiedades luego de cómo había terminado su última discusión. Pensó seriamente en hacer justo lo que ella había dicho que haría la última vez que la vio: dar todo a los pobres. Fue la insistencia de prácticamente todos sus conocidos, principalmente la de Ann, lo que lo convenció al final de no hacerlo.

—Ella no quería darle su dinero los pobres, sino a Mark, ¿recuerdas? —le había dicho Ann una noche mientras reposaban en su cama—. Ella misma lo dijo. Si no quieres ese dinero para ti, entonces sólo guárdaselo a tu hijo. Y que él haga lo que prefiera con él cuando sea mayor.

Aquello para Richard tuvo bastante sentido, así que decidió hacerlo de esa forma.

Arreglado aquel asunto, la pareja continuó con sus planes originales. Pasar el invierno en Twin Lakes era una tradición que habían llevado a cabo desde hace siete años, por el tiempo en que Damien comenzó a vivir con ellos. Richard había adquirido aquella hermosa casa sobre el Lago Mary por un precio bastante razonable. Era de buen tamaño y acogedora. Durante el resto del año la rentaban o prestaban a sus amigos, en especial en el verano. Pero llegado el invierno, cerraban la mansión en Chicago, mandaban a todos los sirvientes a casa con sus sueldos pagados, y se movían para allá desde una semana antes de Navidad, hasta después de Año Nuevo.

Sin embargo, desde que los niños entraron a la Academia y pasaban la mayor parte del tiempo allá, Richard y Ann habían comenzado a irse ellos solos desde un poco después Acción de Gracias. No pasaban todo el tiempo en Wisconsin, y de vez en cuando se iban algunos días al extranjero, pero al volver lo hacían justo a la casa del lago. Aquellas eran las pequeñas vacaciones que Richard esperaba con más ansias cada año, especialmente cuando los chicos al fin eran libres y se les podían unir y pasar esas dos semanas como familia.

Ese año, sin embargo, ese lapso entre el Día de Acción de Gracias y el inicio de las vacaciones de invierno, fue manchado por una serie de desgracias para la familia Thorn, de las cuales la muerte de la tía Marion había sido sólo la primera.

La segunda pasó un poco desapercibida por los Thorn, al menos de forma personal. Joan Hart, una reportera que había estado cubriendo las excavaciones en el Medio Oriente financiadas por Thorn Industries para su Museo, había muerto atropellada por camión en la autopista. Había sido un accidente terrible, y lo fue aún más porque había ocurrido el mismo día que se presentó ante Richard cuestionándole sobre lo que había ocurrido con su hermano en Londres años antes. Aquello provocó que fuera sacada a la fuerza por seguridad. Un par de días después se enterarían de su tráfico desenlace. Richard se sintió por un momento satisfecho por ello, pues la manera en la que había abordado lo de Robert y Damien realmente lo había hecho enojar, pero se arrepintió casi de inmediato de haber tenido tales pensamientos.

La tercera fue un extraño accidente en la planta química de Thorn Industries, del cual aún se seguían investigando sus causas. Al parecer hubo una fuga en el contenedor que almacenaba un químico mortal, y afectó a doce trabajadores de la planta; cinco habían sido ya dados de alta, cuatro seguían hospitalizados, y tres habían fallecidos. Uno de estos tres había muerto en el acto, y había sido el más expuesto al químico. Dicha persona era el Dr. David Pasarian, científico jefe y encargado de su proyecto de cultivos orgánicos. Un verdadero genio en su campo, que había muerto de una forma terrible y dolorosa. La planta tendría que detener sus operaciones hasta que se hicieran las averiguaciones y arreglos pertinentes, y eso podría tomar hasta después de Año Nuevo. Sería un golpe significativo a las finanzas e imagen de la empresa, por no mencionar a las personas y familias involucradas. Pero hallarían la forma de sobrellevarlo, siempre lo hacían. Thorn Industries era una empresa fuerte, y había sobrevivido a escándalos peores (por ejemplo, lo ocurrido con Robert).

La cuarta tragedia fue bastante dolorosa para Richard a modo personal, incluso más que la muerte de Marion. Bill Atherton, quien había trabajado como Gerente General de Thorn Industries incluso desde la época en la que el padre de Richard encabezaba la empresa, se había aparentemente suicidado menos de una semana después de la muerte de Pasarian. Su esposa lo había encontrado encerrado en su cochera con su vehículo encendido. Se había envenenado a sí mismo con los gases del motor. No hubo ninguna nota, ni nada que explicara por qué lo había hecho. Había tenido algunos problemas con su esposa, y las presiones del trabajo ya habían comenzado a sobrepasarlo debido a su edad, y había considerado el retiro. Y encima de todo, el incidente de Pasarian ciertamente le había traído mucha más presión. Pero, ¿suicidarse por ello? Para Richard aquello no tenía sentido.

Bill había sido un gran amigo de Richard, e incluso un mentor. Su inexplicable pérdida simplemente lo devastó, y eso fue bastante evidente en su forma de actuar. Se volvió mucho más reservado y arisco. Intentó volver a la oficina para encargarse de los asuntos de Bill, pero su cabeza sencillamente no daba para eso y tuvo un par de altercados violentos con personas debido a su mal humor. Al final tuvo que nombrar a un nuevo Gerente General y retirarse de regreso a sus vacaciones, ahora más forzadas que antes para intentar despejar su mente. El nuevo Gerente era Paul Buher, un joven muy inteligente y ambicioso, que esperaba pudiera encargarse de resolver ambos escándalos de la manera más efectiva posible. “Yo me encargo de todo, Richard,” le había dicho Paul con una de sus radiantes sonrisas.

Richard había considerado que Ann y él volvieran a su casa en Chicago para estar cerca por si algo se ocupaba. Pero, además de todo, ya no se sentía con ánimos de estar en Twin Lakes, y fingir que todo estaba bien luego de lo que había pasado con Atherton, Pasarian, Marion y el resto de los trabajadores afectados. No se sentía correcto celebrar las fiestas en esas circunstancias. Pero, de nuevo, Ann se encargó de convencerlo de que se calmara. Los niños estaban a unos días de llegar y esperaban con ansías reunirse con ellos ahí en el lago. La casa ya estaba decorada con luces, y habían colocado un hermoso árbol en la sala. Además, estar lejos de Chicago era justo lo que Richard necesitaba para despejarse y volver a la normalidad. Y una vez más, todo aquello le sonó con bastante sentido a Richard. Intentaría sobreponerse por su familia. Lo intentaría, pero no lo lograría del todo…

Richard no podía sacarse de la cabeza que de alguna forma todo eso tenía que estar relacionado, aunque no podía ver claramente cómo. Y, en secreto, la propia Ann también se lo preguntaba. Ella sabía muy bien lo que le había pasado a Marion, pero desconocía lo que respectaba a los demás hechos. No se había comunicado con Lyons desde que tuvo que reportarle lo de Marion, y él no se había comunicado en lo absoluto con ella. Desconocía si acaso todo aquello había sido de alguna forma obra de la Hermandad, o… quizás de otro tipo de fuerzas. Aún recordaba a aquel cuervo que se había parado en la ventana la noche que mató a Marion, y lo nerviosa que la había puesto. ¿Qué hacía ahí y qué significaba?, no tenía idea. Pero sentía que era una especie de augurio de algo más allá de su comprensión.

Así que por separado, y movidos por fines un tanto diferentes, tanto Ann como Richard decidieron fingir que, en efecto, nada había pasado, y llevar las cosas en paz. En aquel momento, sin embargo, ninguno de los dos sabía que la quinta tragedia, y quizás la peor de todas, estaba de hecho bastante cerca.

Damien y Mark terminaron sus últimos exámenes el 19 de diciembre, por lo que para el jueves 20 ya estaban libres. Ese mismo día Ann y Richard fueron a recogerlos a la Academia, y fueron juntos a la casa del lago. La presencia de los jóvenes pareció en efecto animar a Richard. Volvió a sonreír y reír con ellos, y hasta había propuesto que vieran una película todos juntos esa noche. Fue una larga discusión para poder elegirla, pero el consenso final se fue por Rise of the Guardians, una película animada que había salido un mes antes pero que ya estaba disponible en Pago por Evento. Mark, a sus trece, comenzaba a entrar a esa etapa en la que ya se consideraba demasiado grande para ese tipo de películas; Damien, a sus doce, aún le encantaban y le seguirían encantando (incluso más) en años posteriores.

Con la película elegida y pagada, los cuatro se colocaron en los sillones de la sala frente a la enorme pantalla plana con su home theater, alumbrados únicamente por las luces parpadeantes del Árbol de Navidad y con dos tazones de palomitas. Vieron la película tranquilamente, solamente compartiendo de vez en cuando algunas risas o comentarios. Ann se acurrucó contra Richard a partir de la mitad, apoyando su cabeza en su hombro. Las palomitas se habían acabado desde antes de eso.

Cuando la película concluyó, incluyendo unas graciosas escenas adicionales que acompañaban a los créditos, ya era un poco más de las diez de la noche.

—¿Y bien? —Preguntó Richard, seguido de un pequeño bostezo—. ¿Qué les pareció?

—Está bien, supongo —respondió Damien, encogiéndose de hombros—. Pero no es How to Train Your Dragon.

—Mira nada más —exclamó Mark con falso enojo—. Tú eras quién más quería verla, pero siempre tienes que estar buscándole cualquier “pero” a todo, ¿verdad? —Se quejó y entonces arrojó un cojín a la cara a su primo, que lo desvió con sus manos entre risas.

—Perdón por ser un poco exigente.

Los cuatro rieron casi al mismo tiempo, incluso Richard. La tormenta pareció por un momento realmente haber pasado.

—Pues a mí me gustó —opinó Ann, estirando un poco sus brazos para desentumir sus extremidades—.  Muy apropiada para ambientarnos en la época, ¿no creen? ¿Vemos otra?

—Por mí está bien —secundó Richard—. Pero primero comamos algo que no sean palomitas, ¿les parece?

Todos parecieron estar de acuerdo, pues en realidad no habían cenado por estar viendo la película.

—Prepararé unos emparedados, ¿les parece? —Propuso Ann, parándose del sillón—. Me ayudas, ¿Damien?

—Seguro —respondió el joven de cabellos negros, levantándose también.

Mark encendió las luces poco después, y Richard se disponía a salir a la terraza y encender uno de sus puros. Sin embargo, antes de abrir la puerta de cristal, escuchó el sonido de un vehículo acercándose por el camino de tierra frontal hasta la entrada, y aquello lo detuvo. De hecho, todos los demás se habían detenido también, mirando en dirección a la puerta de entrada con cierta cautela en sus miradas.

No esperaban a nadie, y era de hecho ya bastante tarde.

«Dios mío, ¿ahora qué?» fue el pensamiento que le cruzó a Richard por la cabeza. Habían recibido tantas malas noticias últimamente, que no sabía si podría resistir una más si es que en efecto se trataba de eso.

Damien, que era el más cercano a la puerta en su camino a la cocina, se aproximó a la ventana y se asomó hacia afuera. Reconoció el vehículo rojo estacionándose delante de la casa, alumbrado con las luces externas. Su conjetura inicial fue confirmada al ver al hombre que se bajaba del lado del conductor.

—Creo que es el Dr. Warren —informó el chico, girándose en dirección a su tío. Éste suspiró pesadamente, pasando una mano por su cara.

Charles Warren era el curador encargado del Museo Nacional Thorn en Chicago, fundado por sus abuelos y financiado directamente por Thorn Industries. Warren era un buen amigo, invitado habitual de su casa, por lo que su presencia no sería en realidad tan rara. Sin embargo, que llegara sin avisar y a esa hora… no era buena señal.

—Si hubiera pasado algo en el museo, de seguro te hubiera hablado por teléfono para avisarte —mencionó Ann, intentando tranquilizarlo.

—No creo que haya hecho el viaje hasta aquí a mitad de la noche sólo para saludar, ¿o sí? —Espetó Richard algo áspero, dándose cuenta de inmediato lo fácil que había permitido que el buen humor se esfumara—. Lo siento… Por favor, háganlo pasar a mi estudio. Ahí lo atenderé.

Comenzó entonces a caminar en dirección a dónde se encontraba la habitación que habían acondicionado como estudio para que Richard pudiera trabajar cuando se ocupara. Quería tomarse unos segundo antes de verlo para intentar calmarse, y quizás beber algo.

—Richard, es nuestra primera noche familiar en un mes —señaló Ann intentando sonar calmada.

—Lo sé, lo sé —profirió Richard un tanto fastidiado, deteniéndose unos segundos para mirarla—. Descuida, lo atenderé rápido. ¿De acuerdo?

Sin esperar respuesta, siguió su camino y se perdió de sus vistas por el pasillo.

El aire se volvió algo tenso de golpe. Ann resopló despacio, volteando a otro lado. El timbre sonó en ese mismo momento, y la mujer sintió un deseo ferviente de sacar a ese sujeto a patadas de su propiedad.

—Yo le abriré —se ofreció Damien rápidamente, y Ann decidió que sería mejor así. Sin decir nada, se dirigió a la cocina para empezar los emparedados mientras los chicos lo atendían.

Damien abrió la puerta con una amigable sonrisa. Del otro lado se encontraba Charles Warren, un hombre de cabello rubio oscuro y rostro cuadrado, bien parecido, con un grueso abrigo café para protegerse del frío. En cuanto vio al chico que le había abierto, el rostro del hombre pareció ponerse tenso.

—Hola, Damien… —saludó el recién llegado, algo nervioso—. No pensé encontrarlos aquí. Creí que llegarían hasta el fin de semana…

—Hola, Dr. Warren —saludó ahora Damien, con tono afable. Mark se le había aproximado por detrás—. Terminamos antes nuestros exámenes, así que nos largamos temprano de ese lugar.  Supongo que viene a ver a mi tío, ¿no?

—Sí… —Asintió Charles, despacio—. ¿Se encuentra aquí?

—Lo espera en su estudio —se adelantó a responder Mark—. Déjeme lo guio hacia allá.

—Gracias, Mark —contestó Charles apresurado, y entró rápidamente a la cabaña, sacándole la vuelta a Damien. Éste lo siguió con su mirada un tanto perplejo.

—Por aquí, sígame —le indicó el joven rubio y comenzó a caminar por el pasillo, seguido de cerca por el curador. Damien los siguió mirando unos segundos, y luego cerró la puerta

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Cuando Damien ingresó a la cocina, Ann se encontraba repartiendo las rebanadas de jamón entre los diferentes pares de panes que había distribuido para los emparedados. Al notar su presencia, la mujer se viró a verlo sobre su hombro derecho y le sonrió complacida.

—Creí que te habías olvidado de mí —comentó burlona, pero Damien no le respondió. De hecho su expresión se veía un tanto ausente—. ¿Todo está bien?

—No lo sé —Le respondió el joven, estando ya de pie a su lado. Su mirada estaba fija en la ventana delante de él, que sólo daba a la oscuridad de la noche—. El Dr. Warren parecía un poco extraño.

—¿Cómo extraño?

—Lo sentí asustado.

Aquello confundió Ann, e hizo que captara por completo su atención.

—¿Acaso te dijo algo?

—No, no fue algo que haya dicho o hecho. Sólo… —Damien vaciló un poco antes de poder hablar—. Lo sentí… asustado de mí.

—¿De ti? —Ann rio, despreocupada—. Qué tontería. ¿Por qué estaría asustado de ti?

Damien negó con su cabeza, sin apartar su mirada de la noche.

—No lo sé, pero eso fue lo que sentí cuando lo vi. Eso me ha estado pasando mucho últimamente.

—¿Qué cosa?

Damien se sobresaltó un poco al oír su pregunta, como si él mismo no hubiera sido consciente de lo que había dicho. De nuevo vaciló un poco, y luego todo su semblante cambio. Sonrió tranquilo, y se mostró totalmente relajado, como si lo de hace un momento no hubiera ocurrido en lo absoluto.

—Nada, olvídalo —le respondió indiferente—. ¿En qué te ayudo, tía?

Ann lo miró en silencio unos momentos. Todo eso en verdad la había preocupado, pero no podía permitirse demostrarlo demasiado, así que intentó igualmente tomar una postura relajada.

—Lava los tomates y la lechuga por mí, por favor —le respondió señalando hacia la tarja en donde había colocado las verduras. Damien se aproximó gustoso y comenzó a hacer lo que le pidieron.

Ambos continuaron cada uno con su labor en silencio por un rato más, hasta que Ann murmuró de pronto:

—Sabes que si algo te molesta, lo que sea, puedes decírmelo. ¿Verdad?

—Claro que sí —respondió Damien sin pensarlo mucho ni dejar de lavar las verduras, por lo que Ann no sintió que fuera muy sincero con su respuesta. Pero ella sí lo era con su ofrecimiento; muy sincera, pues en realidad le importaba el chico. Y no sólo por su deber secreto, casi sagrado, sino por mucho más que eso.

Poco antes de que terminaran los cuatro emparedados, escucharon como la puerta de la entrada se abría y se cerraba fuertemente de nuevo. Ninguno dijo nada, pero supusieron que el Dr. Warren se había retirado, aunque les pareció que había sido bastante más pronto de lo esperado.

Los dos salieron de la cocina, cada uno cargando dos platos con un emparedado y papas fritas a un lado. Cuando entraron a la sala, divisaron como Richard se dirigía apresurado hacia las escaleras de la planta alta.

—Richard —le llamó Ann alzando la voz, haciendo que el hombre se detuviera al pie de las escaleras. Ann notó en ese momento que Richard sujetaba en su mano derecha un sobre blanco, pero no le dio importancia en ese momento—. ¿Y Charles?

—Ya se fue —respondió secamente y siguió su camino.

—¿A dónde vas? ¿Y la película?

—Véanla sin mí si gustan.

—Tu emparedado…

—No tengo hambre —respondió por último cuando ya iba cerca de los últimos escalones. Lo escucharon andar por el piso de arriba y entrar a la habitación principal.

—¿Qué le pasa? —cuestionó Damien, algo molesto—. Si él fue quien dijo que quería comer algo.

Ann no tenía una respuesta para ello. Supuso que había ocurrido otra cosa, y eso ya había sido la gota que derramó el vaso para él. Igual fuera lo que fuera, de seguro se lo diría esa noche cuando estuviera más calmado. Ahora lo que le importaba era Damien.

—No es nada —respondió Ann con normalidad—. De seguro lo que le vino a decir Charles lo alteró un poco. Debió haber ocurrido algo grave en el museo. ¿Quieres que nosotros veamos la otra película?

—No veo por qué no —respondió Damien, encogiéndose de hombros.

—Perfecto. Veamos si Mark está de ánimos, ¿sí?

Pero Mark no estaba de ánimos. Se excusó diciendo que estaba cansado y subió también a su habitación; él si se llevó su emparedado, sin embargo.

Ann y Damien tuvieron que ver la segunda película solos, mientras comían. Por petición del chico, ésta sería How to Train your Dragon, que tan claramente había expresado que le gustaba. Para Ann, la noche resultó mucho mejor de esa forma.

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Cuando subieron a dormirse, alrededor de la media noche, Ann encontró a Richard ya acostado y vestido con su pijama. Supuso que estaba dormido. Esperaba poder cuestionarle sobre lo ocurrido, y quizás que tuvieran un poco de sexo para ver si eso le calmaba el mal humor. No lamentó mucho en realidad el que no pudiera hacer ninguna de las dos cosas, y prefirió ella también acostarse a su lado sin hacer ruido. Mañana se enteraría de todo.

A mitad de la madrugada, Ann se despertó abruptamente. Sumergida aún en el sueño, le pareció ver a Richard de pie en la puerta. Pero no estaba saliendo; de hecho, parecía que fuera entrando.

—¿Richard? —Susurró Ann confundida, seguida poco después por un largo bostezo—. ¿Dónde estabas?

—Sólo… me encargaba de un asunto —le respondió Richard escuetamente, mientras se retiraba su bata roja para el frío.

Ann volteó fugazmente al reloj digital sobre su buró. Eran las 4:12.

—¿Tan tarde? ¿Qué pasó?

—Vuelve a dormir, Ann —le indicó Richard, sentándose de su lado de la cama y volviéndose a recostar—. Mañana hablaremos de eso.

Ante de que pudiera preguntarle otra cosa, el hombre se recostó sobre su costado derecho, dándole la espalda. Ann lo miró en la oscuridad, confundida.

—Está bien…

Ann volvió a acostarse, pero se pegó por detrás a su esposo, rodeándolo con sus brazos. Richard no la rechazó, pero tampoco sintió que estuviera del todo feliz con su cercanía. De hecho, Ann lo sintió bastante frío; literal y metafóricamente.

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El viernes 21 de diciembre del 2012, fue una fecha muy sonada durante mucho tiempo anterior a ese momento. Casi todas las personas en el planeta esperaban expectantes la llegada de dicho día, que muchos afirmaban sería el “Fin del Mundo.” Había habido otras fechas con ese mismo significado antes, pero esa había sido por algún motivo la más popular, luego del inicio del año 2000. Pero Ann estaba totalmente tranquila al respecto; estaba segura que si ese día fuera a pasar algo importante, Lyons se lo hubiera comunicado… quizás. Ella estaba convencida que ese sería un día como cualquier. Sin embargo, no fue así. Y, de cierta forma, el mundo sí acabó para algunas personas ese día.

Ann se despertó antes que Richard por nos unos minutos. Se sorprendió un poco al no ver a los chicos en su cuarto, pero no le dio mucha importancia. Como tampoco estaba la cámara de Damien, supuso que habían salido a caminar muy temprano para tomar algunas fotos del amanecer. Se disponía a bajar a preparar el desayuno, cuando divisó la presencia de Richard en el marco de su cuarto, mirándola ausente como si se tratara un muerto viviente.

—Te ves fatal —murmuró Ann intentando sonar bromista, pero Richard no se rio—. ¿Tuviste mala noche? ¿Te preparó un café?

Richard ignoró su pregunta, quizás deliberadamente. Alzó su mano derecha, mostrándole claramente el sobre blanco que sujetaba, que Ann supuso era el mismo con el que lo vio la noche anterior.

—¿Qué es eso? —Preguntó Ann, azorada.

—Es lo que Charles vino a mostrarme anoche —le respondió Richard con voz apagada—. Es una carta, escrita por un arqueólogo llamado Carl Bugenhagen hace siete años para mí, pero que hasta ahora fue encontrada.

—¿Para ti? ¿Y por qué era tan importante como para traértela con tanto apuro?

Richard enmudeció unos momentos. Pasó su lengua por sus labios resecos, y miró hacia otro lado como si se sintiera avergonzado.

—No sé ni cómo explicarlo. Tienes que leerla tú misma. Pero antes de que lo hagas, te advierto que lo que dice puede parecerte absurdo, y a mí también me lo pareció cuando Charles me lo contó. Pero en la noche no lo podía sacar de la cabeza, y me tuve que levantarme a leerla yo mismo. —Ann recordó ese inusualmente momento a mitad de la madrugada, y supuso que a eso se refería—. Y luego de hacerlo… ya no sé qué pensar. Quiero que la leas con la mente lo más abierta posible, por favor. Y ten en cuenta que fue escrita hace siete años, pero de alguna forma parece predecir justo lo que nos está pasando ahora.

La mirada de Richard era bastante intensa, como nunca Ann la había visto. Parecía estar al borde de un colapso nervioso, ese que había estado todas esas semanas amenazando con ocurrir. Le extendía en ese momento el sobre, con su mano temblorosa, y Ann se sintió un tanto intimidada. No supo, sin embargo, si esa sensación se la provocaba la carta y lo que podría contener, o la actitud tan inestable de Richard.

—Está bien, la leeré —le respondió procurando mantenerse calmada, y tomó el sobre que le ofrecía.

Ambos bajaron a la sala y se sentaron el uno frente al otro mientras Ann se tomaba su tiempo para leer la carta con todo el cuidado posible. Lo más complicado, sin embargo, fue mantener una actitud normal, calmada pero a la vez confundida mientras lo hacía, cuando en realidad… cada línea que leía la llenaba aún más de un tremendo terror que le hacía palpitar su corazón con intensidad en su pecho.

Ann no podía creer lo que estaba leyendo. No tenía idea de quién era ese tal Carl Bugenhagen, pero en esa dichosa carta estaba describiéndolo absolutamente todo sobre Damien, incluso aspectos que ella misma desconocía.

Revelaba abiertamente la identidad de Damien como el Anticristo descrito en el Libro de las Revelaciones, el Conquistador que traerá consigo el inicio del Fin de los Tiempos. Describía como el hijo biológico de Robert y Katie había sido asesinado por seguidores de la Bestia y le habían dado a un recién nacido Damien a Robert para que lo hiciera pasar como su hijo. Como desde siempre ha tenido a discípulos protegiéndolo y eliminando a todos los que son una amenaza para él, incluida la propia Katie. Mencionaba que días antes de su muerte, Robert había ido a verlo y él le había dicho todo, incluida la forma de matarlo. Explicaba que las circunstancias de su muerte, llevando a su hijo a aquella iglesia en Londres, había sido por sus indicaciones de que el ritual debía realizarse en suelo santo. Hablaba de la marca de la Bestia en la cabeza de Damien, y de cómo el que ahora viviera con ellos era de seguro todo un plan mayor para posteriormente hacerse el control de Thorn Industries y sus casi ilimitados recursos. Advertía que Damien era un peligro para Richard y su familia, y que llegado el momento comenzaría a asesinar a todos a su alrededor que considerara obstáculos en su camino. Y que Richard debía detenerlo antes de que eso ocurriese…

Ann estaba atónita. Había sido entrenada para realizar acciones rápidas si alguna situación de peligro como esa se presentaba, pero aquello superaba bastante cualquier situación anterior por la que hubiera pasado o le hubieran advertido. Era suficientemente malo que una maldita carta salida de la nada revelara los grandes secretos que habían intentado ocultar por tanto tiempo, pero lo peor era que Richard parecía estarlas creyendo, o al menos no las desechaba como disparates de inmediato.

Bajó la carta lentamente, y volteó a ver fijamente a Richard. Debía ser muy cuidadosa con qué diría a continuación; mantener la calma para no dejar en evidencia su nerviosismo, pero aun así reaccionar lo molesta y confundida que una persona normal estaría al leer algo como eso por primera vez.

—¿Qué es esto? —Exclamó casi indignada, golpeando el papel con sus dedos—. Esto es ridículo, Richard. Nada en esta carta tiene el más mínimo sentido. ¿Anticristo?, ¿Damien suplantando al verdadero hijo de Robert y Katie?, ¿una conspiración? —Soltó una pequeña risa irónica—. Parece el guion de una película; y no una muy buena, si me lo preguntas. Es tan absurdo que ni siquiera sé si se le podría llamar difamación.

Arrojó la carta al frente de forma despectiva, y ésta se balanceó en el aire, cayendo en la mesa de centro entre los sillones. Se recargó entonces por completo contra su respaldo, se cruzó de piernas y pasó sus dedos por su sien derecha, como si comenzara a sentir el inicio de un dolor de cabeza (y bien podría ser el caso).

—No puedes realmente creer en algo de esto —indicó Ann, incrédula.

Richard estaba inclinado hacia el frente, con sus codos apoyados en sus muslos y sus ojos puestos en la alfombra de la sala. No reaccionó de forma alguna ante todos esos reclamos soltados por su esposa, como si ya los esperara de antemano.

—No dije que lo creyera —susurró muy despacio—. Sólo te estoy compartiendo lo que Charles vino a decirme anoche.

—Si no lo crees, ¿por qué te ves tan preocupado? —Cuestionó Ann, mirándolo de forma acusadora—. ¿Por qué no lo desechaste como la tontería que es desde un inicio? ¿Por qué no tiraste esta carta en cuanto te la dio en lugar de quedarte toda la noche leyéndola? —Él no respondía, sólo seguía mirando hacia la alfombra como si fuera un niño siendo regañado—. ¿Richard?

La cabeza actual de los Thorn soltó un profundo suspiro y se paró abruptamente de su sillón. Comenzó a caminar por la sala frente al ojo juzgador de Ann, pero no la volteaba a ver. Su mente de seguro era un verdadero desastre en ese momento.

—No lo sé, Ann. No lo sé —le respondió de golpe, alzando su voz con actitud defensiva—. Yo sólo… Han pasado tantas cosas raras desde la muerte de Katie y Robert. Lo del chico Powell, por ejemplo. Y ahora lo de Bill, Pasarian, esa amiga reportera de Charles…

—Todos esos fueron sólo accidentes, Richard —señaló Ann parándose también de su asiento—. Horribles y trágicos, pero accidentes aún así. No puedes creer que enserio Damien haya tenido que ver con todas esas muertes. ¿O sí?

Richard de nuevo guardó silencio, vacilante.

—La tía Marion… —susurró de pronto, como un pensamiento que se le vino espontáneamente—. Ella estaba convencida de que Damien era un peligro, y siempre tuvo muy buen instinto para los negocios y para las personas. ¿Qué tal si ella…?

—Marion era una mujer anciana, terca y prejuiciosa —exclamó Ann con fuerza, aproximándosele casi violenta. Se detuvo uno momento al darse cuenta de que quizás estaba perdiendo el control. Respiró lentamente, y entonces prosiguió con más calma—. Lamento tener que expresarme de ella de esta forma, pero es la verdad. No dejes que sus palabras te contaminen, y mucho menos esta absurda carta. Damien es tu sangre, es como tu hijo; nuestro hijo. Sólo olvida esta broma de mal gusto de una buena vez.

Lo tomó firmemente de las manos y lo miró a los ojos, suplicante. Richard también la miró, y aunque se le veía aún bastante afectado y ojeroso, pareció que de memento poco a poco las palabras que le decía comenzaban a cobrar sentido. Apretó las manos de su esposa con un poco de fuerza entre sus dedos, y entonces le sonrió.

—Está bien, así lo haré… —le respondió, no con demasiada convicción pero de momento era suficiente.

Ann también sonrió, y se apartó un poco, tomando una actitud más relajada.

—Y si fuera tú, reprendería fuertemente a Charles por venir a molestarte con esto; especialmente sabiendo lo afectado que estabas por lo de Bill. Y nunca les digamos nada de esto ni a Damien ni a Mark. ¿De acuerdo?

—Por supuesto —asintió Richard levemente. Sin embargo, Ann notó que su atención no parecía estar de hecho en su último comentario, pues miraba fijamente al frente con expresión perdida en el horizonte.

Ann miró en esa misma dirección, y notó que miraba por la gran ventana de la sala, desde la cual se podían ver los árboles y el bosque, cubiertos con una fina capa de nieve que había caído durante la noche.

—¿Qué pasa? —le preguntó confundida.

Richard se quedó en silencio un rato, y luego musitó sin apartar sus ojos de la ventana:

—¿Dónde están los chicos?

—Creo… que salieron más temprano a caminar. ¿Por qué?

—No, por nada… —respondió Richard en voz baja, pero no como una verdadera respuesta en realidad sino como un comentario al aire que no estuviera en lo absoluto relacionado.

Sin decir nada más, Richard comenzó a caminar apresuradamente hacia la puerta principal.

—¿Richard? —Exclamó Ann para llamar su atención, pero él siguió adelante en su camino. Tomó su chaqueta que colgaba del perchero y salió apresurado por la puerta, vestido únicamente con su pijama, su bata y sus pantuflas a pesar de que afuera estaba nevado—. ¡Richard! ¡¿A dónde vas?!

Ann se apresuró para alcanzarlo, pero no lo hizo a tiempo antes de que cerrera la puerta detrás de él. Ella la abrió rápidamente después y el aire congelado del exterior le golpeó la cara. Lo vio bajar por las escaleras del porche al tiempo que se colocaba encima su chaqueta, y comenzaba a caminar hacia el bosque abrazándose.

—¡Richard! —Le gritó Ann con fuerza, pero de nuevo el hombre la ignoró y se alejó caminando—. ¡Maldita sea!

No tenía ni idea de qué era lo que le había cruzado la cabeza en esos momentos, pero Ann no creyó que fuera nada bueno. Tuvo el arranque inicial de ir tras él, pero estaba sólo vestida con su bata de noche, por lo que hubiera significado un suicidio. Cerró la puerta azotándola y subió de prisa a su cuarto para al menos ponerse unos pantalones y unas botas antes de ir en su persecución.

Consideró contactar a Lyons, pero no tenía tiempo para eso. Si acaso Richard había salido con la intención de lastimar a Damien de algún modo, ella tendría que actuar primero y dar explicaciones después.

— — — —

Richard no había salido con la intención de lastimar a Damien, o al menos no había concebido tal idea por completo aún. Solamente le había brotado la imperante necesidad de salir en ese momento y buscar a su hijo Mark. Mientras miraba por la ventana hacia los bosques, la voz de Marion resonó en su cabeza como un eco que le martillaba por detrás.

“Mark es tu hijo, y el futuro de Thorn Industries.”

“Es una sabandija rebelde, egocéntrica y una horrible influencia para Mark.”

“Ese chico será la ruina de Mark si no haces algo al respecto.”

Fue como si la propia Marion estuviera a su lado, susurrándole todo aquello al oído, suplicándole que fuera a buscar a su hijo y lo alejara de Damien de una vez por todas.

Ella se lo había advertido. ¿Y si tenía razón?, ¿y se debió haber separado a los chicos desde un inicio? Quizás todas las desgracias que ocurrieron después podrían haber sido evitadas. La parte lógica de su mente sabía que lo que pensaba no tenía sentido, pero aun así aquel pensamiento era el combustible que lo hacía andar por esos caminos helados, intentando seguir el rastro de los dos chicos.

Se abrazó a sí mismo, sintiendo un gran frío del que su chaqueta no lo podía proteger de todo, especialmente en sus pies. En otras circunstancias no hubiera salido en ese estado, pero la urgencia se lo exigió. Además, no quería que Ann lo detuviera de alguna forma, y no tenía forma de convencerla y hacerla ver las cosas a su forma.

Quizás todo eso no era más que una locura provocada por todo el estrés por el que estaba pasando. Quizás para mañana viera todo mucho más claro, y se reiría de lo idiota que se había comportado. Pero, al menos de momento, no era así.

—¡Damien!, ¡Mark! —Gritó con fuerza, sin recibir respuesta más allá del pequeño y lejano aullar del viento— ¡Mark!, ¡¿dónde estás, hijo?!

Siguió avanzando lentamente por la senda, hasta que estuvo totalmente rodeado por árboles casi por completo desprovistos de todas sus hojas. Sus pies le dolían, pero por algún motivo cada vez menos. Lanzó los mismos gritos al aire un par de veces más sin recibir ningún tipo de contestación a cambio, como si realmente fuera el único ser humano (o incluso ser vivo) en todo ese paraje. Y mientras más tiempo pasaba, más la angustia y preocupación por su hijo lo inundaban.

Mark siempre fue un gran amigo de Damien, incluso desde esa primera vez que se vieron en la boda de Ann y él, aunque de seguro ninguno de los dos recordaba aquello. Cuando Damien llegó a vivir a su casa, Mark hizo todo lo posible para hacerlo sentir bienvenido, compartiéndole sus juguetes, su habitación, y tratándolo más que un amigo como un verdadero hermano. Damien siempre fue muy callado y hasta de mal temperamento, pero con Mark siempre fue diferente.

Dios obraba de formas misteriosas, pues en medio de la tragedia que había vivido por lo ocurrido con su hermano, una pequeña bendición les había llegado. Richard estaba tan satisfecho de ver cómo ambos se llevaban, que la idea de que su hijo pudiera necesitar un hermano se le esfumó por completo de la cabeza. Ya eran una familia, más que nunca. En ese mismo momento Richard fue feliz.

Pero ahora ahí estaba, arrastrándose por la nieve, temeroso y asustado, y sobre todo confundido. ¿Así era como Robert se había sentido? ¿Había sido ese el estado ánimo anterior al momento en qué decidido llevar a Damien a aquella iglesia y apuñalarlo con aquellos cuchillos? ¿Estaba él pasando exactamente por lo mismo?

—¡¡MARK!! —Escuchó de pronto un chillido agudo y fuerte que retumbó entre los árboles, haciéndolo detenerse—. ¡¡AAAAAAAAAAH!!

La sangre se le congeló al oír tal grito, y sintió como su respiración se cortaba al grado de casi asfixiarlo.

—Mark… No… No… —Se decía a sí misma, negándose a darle una forma definida a alguno de los muchos pensamientos que le cruzaron por la cabeza en ese momento.

Se olvidó por completo del frío o del dolor. Comenzó a correr con todas las fuerzas que tenía en el cuerpo, incluso deshaciéndose de sus pantuflas y corriendo descalzo si eso era lo que se ocupaba. Le pareció haber recorrido cientos de kilómetros, pero sólo tuvo que avanzar unos cuantos metros antes de divisar el abrigo azul oscuro de uno de los chicos a la distancia. Ambos estaban al pie de una alta colina desde la cual se podía ver el amplio lago. Richard corrió aún más rápido, esquivando todos los troncos usando toda la condición y agilidad que le quedaban encima de sus años como corredor de americano.

Realmente deseaba equivocarse, y que todos se rieran juntos frente a la chimenea de lo estúpido que había sido, mientras tomaban chocolate caliente. Incluso ya podía saborearlo. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, se sintió horrorizado ante lo que vio, y toda la imagen feliz que podría haber sido capaz de dibujar en su imaginación, fue abruptamente destruida. Damien estaba de rodillas en el suelo, y frente a él Mark, su Mark, yacía boca abajo, como su mejilla derecha aplanada contra la nieve. Sus ojos se encontraban bien abiertos, pero sin ningún tipo de brillo en ellos. Y del ojo izquierdo, al igual que su nariz, brotaba un hilo de rojizo que le manchaba su cara.

—¡Mark!, ¡no! —Gritó Richard desgarradoramente.

Rápidamente se acercó, tomó a Damien de los hombros, y sin pensarlo ni un poco lo empujó hacia un lado, lanzándolo contra el suelo. El chico cayó con su barbilla contra la tierra, aturdido y confundido. Su rostro estaba cubierto de lágrimas, pero Richard ni siquiera lo miró. En ese momento aquel chico no le importaba en lo más mínimo.

Tomó a Mark y le dio la vuelta, y se sintió asqueado al sentir su cuerpo tan pesado e inmóvil, como un inerte saco de cemento. Al voltearlo, su cabeza se ladeó sin oposición alguna hacia otro lado, como si su cuello fuera sólo goma sin la menor fuerza.

—¡Mak!, ¡mi hijo!, ¡mi hijo! —Lo abrazó fuertemente, pegándolo contra él. La cabeza y brazos del chico colgaron como enredaderas y los ojos desorbitados se fijaron en el cielo, sin mirar nada en realidad.

Richard comenzó a llorar, con bastante fuerza sobre el pecho de su hijo.

—¡¿Qué pasó?! —Exclamó furioso volteando a ver a Damien sin soltar el cuerpo de su hijo—. ¡¿Qué le hiciste?!

Damien se sobresaltó, quizás incluso asustado, al oír cómo le gritaba de esa forma.

—Nada… —Dijo apresuradamente, aunque indeciso—. Estábamos hablando… y comenzó a…

—¡Damien! —Escucharon pronunciar la voz de Ann, que se aproximaba apresurada por la misma dirección en la que había llegado Richard. Se detuvo un momento en su sitio, mirando la escena delante de ella e intentando entenderla—. Mark… Oh, Dios mío…

La mujer posó sus ojos en Damien, que de inmediato se puso de pie.

—¡Yo no lo hice…! —Exclamó rápidamente, defendiéndose—. ¡Sólo se cayó…! ¡Yo no lo hice! Mark, Mark por favor…

Se aproximó con paso lento hacia Richard y Mark, pero a medio camino Richard lo miró de nuevo con incluso más fiereza que antes.

—¡Aléjate de él! —Le gritó agitando una mano en el aire para mantenerlo lejos. Damien retrocedió asustado, cayendo de sentón al suelo de nuevo—. ¡No lo toques!, ¡no te atrevas a ponerle una mano encima de nuevo!

Damien enmudeció, respirando agitadamente y comenzando a llorar una vez más. Ann estaba azorada, y  su cabeza le daba vueltas. De nuevo, se tenía que forzar a actuar con calma, aunque esa situación resultara prácticamente imposible.

—Ve a la casa, Damien —le indicó Ann con premura, al tiempo que sacaba su teléfono celular—. Por favor, todo estará bien.

Damien la miró en silencio unos momentos como si no comprendiera en qué lenguaje le estaba hablando. Al final, sin embargo, el chico se levantó de apresuradamente, y se alejó corriendo en dirección a la casa sin mirar atrás ni una vez.

Ann quería ir tras él, hacerle compañía y reconfortarlo en ese momento que se veía le estaba afectando demasiado más de la cuenta. Pero lamentablemente tenía otro deber en ese momento. Así que en lugar de irse con Damien, se aproximó a Richard, que lloraba descorazonado aferrado a su hijo.

—Llamaré a una ambulancia —le indicó con firmeza, comenzando a marcar el 911—. Tranquilo, todo estará bien.

Le decía eso, pero por supuesto que no lo creía. Con sólo ver el rostro y la mirada inmóvil de Mark, lo supo de inmediato. Y nunca la mirada de la muerte le había resultado tan difícil de sostener.

FIN DEL CAPÍTULO 67

Notas del Autor:

Charles Warren es un personaje originario de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en la interpretación del personajes hecho en dicha película.

—Se menciona casualmente en este capítulo las películas de Rise of the Guardians y How to Train Your Dragon, ambas películas de Dreamworks estrenadas en el 2010 y 2012 respectivamente.

—Gran parte de este capítulo se encuentran basado en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia. Por ejemplo, las muertes de David Pasarian y Bill Atherton descritas en este capítulo, fueron cambiadas de orden y sus circunstancias.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

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