Original El Manto de Zarkon – Capítulo 27. Mi prioridad siempre seremos nosotros

20 de mayo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 27. Mi prioridad siempre seremos nosotros

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 27
Mi prioridad siempre seremos nosotros

Frederick y su anfitrión arribaron a la casa de este último cuando el sol ya se había metido por completo. Las lámparas de gas y los candelabros de la casa ya estaban encendidos, y la servidumbre los recibieron en la puerta para ayudarlos a retirarse sus sacos y el sombrero del regente. La noche había comenzado a refrescar. El regente Edik invitó al príncipe a acompañarlo a él y a su esposa en la cena, pero el Rimentos declinó cortésmente, justificando que debía hablar de inmediato con su esposa y ponerla al día con lo sucedido. El regente entendió y no insistió más de lo debido, y le indicó que le subirían la cena a su cuarto en una hora más.

Luego de unas últimas cortesías para despedirse, Frederick le preguntó a una de las sirvientas sobre el paradero de su esposa. Le indicaron que la emperatriz segunda se encontraba en la misma sala de estar del lado este, por lo que se dirigió hacia allá solo.

No sentía placer alguno al pensar en la conversación que estaba a punto de tener, especialmente con lo ya estresado y agotado que se sentía. Pero no era propio de un Rimentos huir de su obligación, y para bien o para mal informarle a Isabelleta sobre el resultado del juicio era su obligación. Después de todo, ella había sido una de las más afectadas del hecho en cuestión.

Halló a su esposa sentada en uno de los sillones individuales, rodeada de decenas de velas colocadas en los diferentes muebles de la sala para que pudiera alumbrarla lo mejor posible. Tenía también las cortinas abiertas para que pudiera entrar algo de luz de luna, aunque en realidad no era mucha. Se encontraba concentrada en su bordado, esa tarea que le había resultado siempre tan relajante, hasta donde él sabía. De seguro había pedido todas esas velas para poder ver lo mejor posible lo que hacía y no cometer ningún error, o desangrarse los dedos. En cuanto abrió la puerta, la elegante mujer rubia alzó su rostro delgado hacia él, al principio un poco aturdida por ser tan de pronto sacada de su concentración, pero luego algo aliviada, aunque expectante, de ver al fin a su esposo luego de aquel largo día.

—Llegaste —señaló Isabelleta con calma, colocando su bordado hacia un lado y poniéndose de pie—. Bienvenido. ¿Cómo estás?

Frederick notó alegría, y también apuro en su bienvenida. Supuso entonces que aún no estaba del todo informada sobre lo ocurrido, de otra forma dudaba que lo recibiría de esa forma. Terminó entonces de entrar al cuarto y cerró la puerta detrás de sí.

—Algo cansado —le indicó con sobriedad—. ¿Dónde están las niñas?

—Isabelleta está en la biblioteca, continuando con sus deberes —indicó la princesa—, y Mina está castigada —declaró con dureza, notándosele aún bastante enojo en su tono—. La reprendí duramente, y la encerré en su cuarto toda la tarde. Debe estar como loca; ya sabes que no le gusta estar entre cuatro paredes mucho tiempo. Pero espero que al menos se sienta arrepentida de haber hecho una estupidez tan grande como esa… Dios, ¿cómo no me di cuenta? —Había bastante auto recriminación en su voz, y también algo de culpa, aunque no era la primera vez que Mina hacía algo como eso.

—¿Le pegaste? —cuestionó Frederick.

—No más de lo necesario —respondió Isabelleta defensiva—. Sólo unos cuantos azotes.

Frederick asintió, aunque se preguntó qué tantos eran para ella “unos cuantos” azotes. Había accedido hace tiempo a no cuestionarle u oponerse a los castigos que decidiera imponerles a sus hijas, y apoyarla en la medida de lo posible. Pero el método de crianza Vons Kalisma, tan duro y físico, a veces le resultaba un tanto incómodo. Esperaba que no hubiera sido en exceso dura con Mina, y que ésta lo resintiera. Pero tenía otros temas que tratar esa noche, y colocar aquel otro sobre la mesa en esos momentos sólo complicaría más las cosas.

Se dirigió en silencio hacia el mueble en donde se guardaba el licor. Ya había bebido un vaso allá en la corte, pero sentía que ocuparía otro. Isabelleta se tomó mientras tanto la libertad de volver a sentarse.

—¿Es verdad lo que dicen las sirvientas? —Murmuró la emperatriz segunda sin muchos más rodeos—. ¿Que uno de los asaltantes era en realidad una mujer?, ¿y qué les terminaron perdonando la vida a ambos?

Así que sí sabía parte de lo ocurrido, después de todo. Los chismes sí que corrían rápido en ese pequeño puerto.

—Sí, ambas cosas son ciertas —respondió con neutralidad, sirviendo dos vasos de licor oscuro.

—No puede ser —exclamó Isabelleta entre sorprendida e insultada a la vez—. ¿Y qué es eso de que su castigo será servir en la guardia local? Eso es una tontería, ¿no es así? Un juez de un simple poblado como éste no puede tener esa clase de autoridad.

Y como en todo chisme, la información al parecer le había llegado un tanto en pedazos.

Frederick suspiró, tomó uno de sus vasos y dio un largo trago de éste. Sintió como el líquido le quemaba la garganta, causándole de hecho una sensación agradable.

—No será en la guardia local —corrigió Frederick tras terminar su último trago—. La ofensa fue hacia nosotros, y por lo tanto contra Volkinia Astonia. Su castigo será aplicado en la guardia bajo mi mando.

Los ojos de Isabelleta se abrieron con un profundo e incrédulo asombro. Frederick le daba la espalda, pero podía sentir sus ojos azules clavándose sobre su nuca, y su boca sellada incapaz de decir algo.

—Y no fue el juez el que lo decidió —añadió tras unos segundos—. Yo fui el que optó por aplicarles esa sentencia. Al parecer es parte de las facultades que tengo como emperador segundo…

—¿Es acaso una broma? —espetó Isabelleta, logrando salir abruptamente de su estupor. A Frederick, más que sorprenderle o molestarle su arranque, lo primero en lo que pensó fue que aquello era muy parecido a lo que había expresado Maximus durante las deliberaciones—. Frederick, esos dos fueron parte de un intento de secuestro hacia mí, hacia tus hijas. Y no sólo se les perdonará la vida, ¿encima se volverán parte de tu guardia? ¿Por qué?

La exigencia en su voz era palpable, así como su indignación. Frederick la esperaba, e incluso creía estar listo para recibirla, pero se sorprendió al darse cuenta de que no lo estaba tanto en realidad. Con ambos vasos en mano se giró hacia su esposa, sólo para contemplar de frente su rostro duro y furioso. Se le aproximó y le extendió uno de los vasos con licor, pero Isabelleta ni siquiera lo miró; sus ojos fulminantes y severos permanecieron fijos en él. El príncipe suspiró con pesar y se sentó en la silla a un lado de la de ella.

Podría intentar empezar contándole la historia que aquella mujer había relatado, sobre cómo terminó presa de aquellos asaltantes y tuvo que fingir ser un hombre para que no le hicieran daño, y como tuvo que hacer todo lo que le ordenaban bajo amenaza de muerte. Sin embargo, dado el carácter de su esposa y su estado de ánimo actual, dudaba mucho que creyera siquiera en eso, y si lo hacía quizás no le conmoviera lo suficiente para aceptar su decisión. Contarle sobre la absurda conversación que había tenido en aquel estudio, y la extraña exigencia de aquel soldado porque cumpliera su palabra, era una opción que tampoco le provocaba emoción, sino más bien temor. Temor sobre qué pensaría de él, y sobre cómo podría eso acrecentar aún más su enojo. Tarde o temprano tendría inevitablemente que llegar a eso, pero de momento prefería postergarlo. Por lo tanto, lo mejor que podía hacer era hablar de lo único de todo ese asunto que tenía un poco de coherencia o argumento, aunque tampoco fuera precisamente decisivo.

—Cuando se les dio oportunidad de declarar, los dos acusados revelaron que la intención inicial del ataque no era secuestrarlas —murmuró con voz apagada, mientras mecía sutilmente su vaso de un lado a otro, jugando con el movimiento del líquido en su interior—. Lo que buscaban era asesinarme, y a ustedes también si acaso se encontraban de paso cerca de mí.

La dureza de la mirada de Isabelleta menguó, pero no por ello se volvió tranquilo. En realidad, pareció mucho más contrariada.

—¿Asesinarnos? —Susurró despacio la princesa, apenas separando sus labios—. Pero… ¿por qué? ¿Qué tenían esos trúhanes contra ti?

—Como lo supusimos antes, al parecer alguien los contrató —clarificó Frederick, virando su mirada sólo un poco hacia ella—. Les ofrecieron una fuerte cantidad de dinero a cambio de realizar el trabajo. Dijeron incluso que su contacto fue alguien de aquí, de Vistak, alguien con el suficiente dinero o posibilidad de obtenerlo.

Isabelleta se dejó caer de sentón en su silla, mirando distraída hacia la pared intentando digerir toda la información que, aunque en realidad no era mucho, sí era lo suficientemente impactante.

—Nos esperaban más adelante en el camino —siguió explicando Frederick—. Sabían nuestra ruta e itinerario, e incluso en cuál de los carruajes viajábamos para dispararnos. La mano de Yhvalus debió haber jugado a nuestro favor pues, aunque sea difícil de creer, esa parada improvista a causa de Mina nos terminó salvando la vida. Pero al ver la oportunidad, estos sujetos al parecer pensaron que podrían hacer aún más dinero si me exigían un rescate por ustedes. Hubieran sido capaces de hacernos todo ese daño sólo por unas cuantas uprias.

Isabelleta estaba segura de que no habrían sido sólo “unas cuantas” uprias, pero no se enfocó demasiado en aquello. Su mente seguía divagando entre la horrible idea de que por poco y hubieran terminado muertos, ahí mismo en su propio carruaje sin saber siquiera qué ocurría. Incluso tuvo por un momento el pensamiento de que quizás al menos así sus hijas y ella no hubieran tenido que sufrir aquella espantosa experiencia en el bosque, pero intentó deshacerse de ella rápidamente. Pero el segundo pensamiento que no la dejaba tranquila, era quizás la pregunta más importante de todas:

—¿Quién querría hacernos algo como eso? —Inquirió con algo de temor en sus ojos, virándose de nuevo hacia su esposo—. Dijiste que no tenías ningún enemigo o disputa que pudiera provocar este ataque, mucho menos un asesinato a sangre fría.

—Cómo te dije el otro día, es probable que se trate directamente de mi nombramiento como emperador segundo. Armientos piensa que quién esté detrás de esto, deber ser alguien que no está contento con mi nombramiento, o simplemente no desea que lleguemos vivos a Volkinia Astonia. Aunque, al menos de momento, no se me ocurre quién o porqué. Pero tendremos que investigar esto a fondo, y sobre todo tener mucho cuidado.

—¿Y crees que colocar a dos asesinos potenciales en tu guardia es “tener mucho cuidado”? —cuestionó Isabelleta con voz afilada—. He de suponer que entonces tu motivo para perdonarles la vida fue que confesaron todo esto, justo lo que dijiste que no harías…

—Yo no dije no lo haría… —espetó Frederick, intentando defenderse de algún modo, aunque Isabelleta no le presentó principal atención a su alegato.

—¿Al menos te dieron una pista que te pudiera servir para dar con el verdadero culpable? —soltó de golpe, a lo que Frederick simplemente se quedó en silencio. Los labios de la princesa se movieron, pero ningún sonido brotó de ellos. Frederick se preguntó si acaso había soltado alguna maldición; no recordaba haberla escuchado decir alguna en todo el tiempo que llevaba de conocerla—. ¿Y por qué su condena tenía que ser servir en nuestro ejército? Se supone que eso es un trabajo que debe inspirar honor y orgullo, no ser un castigo. ¿No había alguna otra prisión o lugar en todo el imperio al que los podías haber mandado?

—Maximus, el juez que presidió el juicio, pensó que era la opción que se podía manejar de la mejor forma. Cualquier otra alternativa podría haber colocado un mal precedente.

—¿Y desde cuando un simple juez, noble de mediana categoría, le dice a un Rimentos qué hacer?

—Él no me dijo qué hacer —exclamó Frederick toscamente—. Me puso las opciones sobre la mesa, y yo elegí cuál tomar.

—¿Y estás seguro de que ni él, ni nadie más, influyó de alguna forma en esta “elección”? —murmuró Isabelleta, mirando a su esposo, acusativa—. Con todo lo que me has contado, no entiendo aún por qué tomarías una decisión tan… problemática y polémica como ésta, que hará enojar a tus soldados, contrariará a tu propia familia, y que incluso tu tío verá con malos ojos. ¿Por qué arriesgarte a tanto por dos delincuentes que quisieron matarte? ¿Qué ganas tú con todo esto?

«Aparentemente, sólo la lealtad incondicional de un soldado con bastante confianza en sí mismo», pensó Frederick, recordando aquel insulso ofrecimiento que le había hecho el culpable principal de toda esa molesta situación, una deuda que él estaría más que dispuesto a cobrarle en cuanto tuviera la oportunidad, así como él lo había hecho. Pero claro, eso no se lo diría a su esposa.

—Lo hecho, hecho está —declaró el príncipe con tajante convicción—. Tomé una decisión irrefutable, y te agradecería que, como mi esposa y emperatriz segunda, no me contradigas y me apoyes en esto.

—¿Cómo me pides que te apoye en una decisión que me perturba tanto a modo personal, y encima de todo no comprendo siquiera por qué la has tomado? —le cuestionó Isabelleta asertivamente.

—¡Por qué hay alguien ahí afuera que nos quiera muertos! —Soltó el Rimentos abruptamente, parándose de su silla—. No sólo a mí, sino que está dispuesto a matar a quien esté en medio, incluso a ti y a las niñas. No es el momento para pelear o discutir, sino de estar más unidos y alerta. Y es por eso que no te lo pido o te lo ordeno, te ruego que me apoyes con esto. —Se agachó a su lado, colocando su rodilla derecha en el suelo, y tomó delicadamente sus manos mientras la miraba desde un ángulo más bajo—. Lo que más me aterra es la idea de perderlas a ustedes, o dejarlas solas con esta horrible amenaza sobre nuestras cabezas. Quiero que pase lo que pase, estés segura de que todo lo que hago ahora mismo, o haré en el futuro, será para proteger a nuestra familia; así sean cosas horribles o inexplicables, mi prioridad siempre seremos nosotros.

La emperatriz segunda permaneció impasible mientras él la tomaba de esa forma y le decía todas aquellas palabras. Presentía que una parte de aquello era un intento de evitar dar más explicaciones sobre el porqué de su decisión, pero eso no opacaba el hecho de que había sinceridad en su discurso. Su esposo las amaba, y haría todo por ellas; de eso nunca le había cabido duda.

La noble originaria de Kalisma suspiró con pesadez. Su orgullo le pedía no quitar el dedo del renglón con aquel tema, pero su deber de esposa y madre le exigían poner las cosas en una balanza. Si la amenaza sobre ellos era real, la seguridad de sus hijas y de ellos mismos era mucho más importante. Tomó las manos de Frederick entre las suyas y lo miró a los ojos con relativa mayor calma.

—Confío en ti, Frederick —le susurró despacio—, y sé que nos protegerás sin importar qué. Sólo espero que esta decisión que has tomado sea realmente en nuestro beneficio, y no venga después a perjudicarnos.

Frederick se permitió acercar las delicadas y blancas manos de su esposa hacia sus labios y besarlas. Se inclinó al frente, apoyando su cabeza contra su regazo, e Isabelleta lo rodeó con sus brazos, acariciándole lentamente su cabello. Teniéndolo así de cerca, sintió que, a pesar de su porte y su fortaleza, en realidad estaba asustado y preocupado. Isabelleta no quiso ser un factor que lo empeorará, así que no lo hostigaría más con aquel tema.

Sin embargo, los Vons Kalisma no eran la clase de personas que se quedaban callados y obedientes sin cuestionar, y mucho menos olvidaban tan fácilmente un agravio. Y para bien o para mal, perdonarles la vida a dos personas que la habían atacado, y ocultarle deliberadamente las razones reales detrás de ello, eran de cierta forma ofensas hacia ella. Quizás de momento se diría a sí misma que lo perdonaba, e incluso fuera sincera al hacerlo. Pero, aunque no fuera del todo consciente de ello, aquella extraña discusión que acababan de tener sería sin lugar a duda un pequeño resentimiento que volvería a presentarse tarde o temprano ante ellos.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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