Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 63. Una pequeña bendición

12 de mayo del 2020


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 63.
Una pequeña bendición

El viaje rápido que Ann le había comentado a Verónica en su última llamada, comenzó prácticamente al instante de haberle colgado. Su avión aterrizó pasado el mediodía, hora de Zúrich. Había sido un vuelo bastante incómodo para ella. Y no sólo por las insufribles ocho horas que tomó desde New York, sino porque hacía tiempo que no viajaba en clase turística, con personas tan… comunes; en su mayoría gente enojada y escandalosa, sobre todo niños. Ni siquiera la habían dejado dormir más de un par de horas.

«¿En qué momento te volviste tan quisquillosa, querida Ann?» se decía a sí misma estando sentada en el pequeño asiento F de la fila 15. «Es sorprendente lo rápido que alguien se acostumbraba a la buena vida».

Porque efectivamente, no siempre había sido la directora millonaria que era ahora; por supuesto que no. Sus orígenes eran mucho más bajos de lo que la mayoría creía. Si la prensa especializada supiera de dónde venía realmente, ciertamente eso sería todo un espectáculo. Aunque ella sabía que primero la matarían o la harían desaparecer, antes de dejar que esa verdad saliera a la luz.

Dejando eso de lado y con respecto al viaje en cuestión, dada la situación era mejor hacerlo de esa forma. No podía hacer uso de ninguno de los medios usuales de Ann Thorn para ese viaje. Eso incluía su tarjeta corporativa y personal, sus millas de viajero frecuente, sus boletos de cortesía, sus puntos de Club Premier, o cualquier otra cosa remotamente similar a eso. Todo tendría que ser pagado de sus fondos secretos, de esos que estaba segura todo miembro de alto rango de la Hermandad tenía para diferentes fines, pero nadie aceptaría abiertamente.

Para todos en Thorn Industries, y a quien le pudiera importar dentro de la Hermandad, ella se había subido a un avión a Londres para atender negocios en la sede central de Thorn en Inglaterra. Se las había arreglado para ocultar bien su rastro y que todo se viera legítimo; incluso su nombre venía incluido entre los pasajeros de ese otro vuelo, y estaba registrado que en efecto había subido a él. Igual ya tenía también comprado su boleto para dentro de seis horas de Zúrich a Londres, y así poder hacer acto de presencia allá antes de que a alguien se le ocurriera hacer averiguaciones de más. Es por ello que su tiempo en Zúrich era limitado, y tenía que moverse rápidamente. Igual el asunto que la había llevado ahí era bastante puntual, y no deseaba dedicarle ni un segundo más del necesario.

Contrató un servicio de trasporte privado en el aeropuerto para que la llevara a su destino, la esperara afuera con todo y su maleta, y la llevara de regreso al aeropuerto en cuanto terminara. Quizás a lo mucho se tomaría unos minutos para comer algo, pero poco más. Una vez en el vehículo, más allá de dar esas instrucciones, no pronunció palabra alguna, ni siquiera como respuesta al par de intentos de su chofer temporal por sacarle un  poco de plática. Llegaron después de treinta minutos al lugar deseado: un alto y hermoso edificio del Banco Cantonal de Zúrich, con grandes ventanales que reflejaban el cielo azul y despejado de esos momentos.

—Estaciónese y espéreme; no tardo —le indicó Ann al chofer, resumiendo de esa forma tan tajante las instrucciones de antes. El hombre al volante sólo le respondió con un gesto de afirmación con su mano, y entonces la mujer se bajó apresurada del vehículo, solamente con un maleta de mano amplia que colgaba de su hombro con una correa.

Hasta ese punto lo importante era parecer una turista cualquiera en un viaje exprés, sin nada que la hiciera resaltar más de lo debido. Pero de las puertas de cristal de ese edificio en adelante, tendría que tomar otra actitud; una más jovial para empezar, aunque fuera un poco. Por suerte tenía facilidad para pasar de un estado de ánimo a otro conforme le fuera necesario. Así que mientras caminaba hacia las puertas, con su atuendo ejecutivo gris oscuro y tacones negros, se arregló un poco su cabello con los dedos, dándole un estilo natural pero elegante, y dibujó en sus labios esa sonrisa que la hacía salir seguido en las listas de las ejecutivas más poderosas y hermosas de los Estados Unidos, y que esperaba nadie en Zúrich reconociera. Por si acaso, se había dejado puestos unos lentes con tinte oscuros para disimular aunque fuera un poco su apariencia.

Al entrar, se anunció en atención al cliente como Martina Ricci. Los boletos de avión, la reservación del transporte, la cita en el banco y la cuenta que tenía abierta ahí, todo ello estaba a ese nombre. Era una identidad falsa que había usado ya hace mucho, y de la que sólo Lyons y ella tenían conocimiento, pero dudaba de que el primero siquiera la recordara. En el banco ya la esperaba un ejecutivo de nombre Ronnie Shrift, por lo que no tardó mucho en ser atendida.

Signora Ricci, benvenuta —le saludó Ronnie Shrift con un fluido italiano, aunque con un acento difícil de ignorar. Amable de su parte el recibirla en italiano, pues por supuesto Martina Ricci era italiana. Y, técnicamente, Ann igualmente lo era, pero de aquello hacía tanto que prácticamente le parecía un sueño lejano—. La estábamos esperando. ¿Tuvo un buen viaje?

—Bastante cómodo, gracias —le respondió Ann con una fría sonrisa.

—¿Gusta que le traiga algo de beber? ¿Un café, quizás?

—Un café estaría bien. Pero quisiera primero pasar a mi caja de seguridad, sino es mucha molestia. Como les indique en mi mensaje, me urge sacar algo de ella cuanto antes, y tengo poco tiempo.

Certo, certo. Sígame entonces. Trajo su llave, ¿verdad?

—Por supuesto.

Ronnie Shrift la guio hacia su oficina, o quizás una sala para clientes internacionales muy bien arreglada y decorada para impresionar. Se sentaron cada uno a un lado de una mesa rectangular para seis, y Ronnie le pasó los papeles que tenía que firmar para poder hacer el retiro de la caja. Ann les dio una leída por encima, y los firmó a nombre de Martina Ricci en todas las partes que era necesario. Ronnie los revisó justo después para darle un visto bueno.

—Muy bien, todo se ve bien. Entonces, ¿bajamos?

—Por favor —pronunció Ann despacio, manteniendo aún esa sonrisa que cada vez le resultaba más difícil.

Ronnie y Ann bajaron por unas escaleras, custodiadas tanto al principio como al final de éstas. El segundo guardia hizo que ambos firmaran su hora de entrada, y Ann tuvo que dejar una identificación en su puesto; una licencia falsa de Roma a nombre a Martina Ricci, por supuesto. Entraron entonces al área de las cajas privadas, un gran espacio alumbrado con luz blanca, con diferentes paneles metálicos enumerados en las paredes que asemejaban a cajones o casilleros. Todos tenían dos aberturas para dos llaves; una para la llave del cliente, y otra para la llave del banco. Se ocupaban ambas para poder abrir la gruesa puerta del casillero.

Caminaron por el pasillo central del aquella área, buscando la caja que concordara con el papel que Ronnie tenía en sus manos con la información de la cuenta abierta hace unos cinco años atrás. La caja en cuestión era la 2327.

—Aquí está —señaló sonriente el ejecutivo, apuntando hacia la caja en cuestión, aproximadamente a la mitad del muro. Tomó entonces la llave del banco que traía consigo. Ann portaba la suya propia colgada de su cuello y sujeta a una cadena, algo que a Ronnie no le extrañó tanto pues algunos clientes lo hacían. Dependiendo de qué era lo que la gente guardaba en esas cajas, podía tener un gran valor monetario o sentimental.

Ronnie tomó las dos llaves e introdujo cada una en su respectiva abertura. Las giró tres veces hacia el mismo lado, y se pudo escuchar como los candados internos se movían, terminando con un sonoro click. Ronnie tomó la manija de la puerta y la abrió, revelando dentro una caja rectangular que casi ocupaba todo el espacio del interior, también marcada con el número 2327. El ejecutivo la tomó de una manija que sobresalía y la sacó de casillero; su apariencia era similar a la de un maletín metálico grueso. Pareció sorprenderse un poco al inicio por el peso (que resultó ser más de lo esperaba), pero se repuso.

—Por aquí —le indicó a su cliente, y la guio entonces a una de las salas privadas al fondo. Dicha sala era bastante sencilla, compuesta por un par de sillones y una mesa al centro.

Ronnie colocó entonces la caja metálica sobre la mesa.

—Toda suya, signora Ricci. La dejó sola para que haga el movimiento que requiere. La espero afuera si le parece bien.

Grazie —murmuró Ann sonriente, mirándolo atentamente hasta que se fue y cerró la puerta detrás de él, dejándola totalmente sola en ese espacio cuadrado. Sólo entonces su sonrisa falsa se esfumó por completo de su rostro, y logró descansar un poco.

Se viró hacia la caja en la mesa y la contempló fijamente, como si se tratara de algún ser vivo que temiera la fuera a atacar si hacía algún movimiento indebido. Se aproximó lentamente al sillón, sentándose delante de la caja, y colocando la maleta que traía consigo a un lado. Colocó sus manos sobre la superficie metálica de la caja, pero no la abrió; no aún.

Una parte de ella esperaba realmente nunca tener que volver a ese sitio, y nunca más tener que ver esa caja; o, más bien, lo que ocultaba en su interior. Deseaba que la situación no hubiera llegado a ese punto, y creía que aún podría solucionarse de alguna forma. Pero si no, esa era una de las únicas cartas que tenía a su favor, y la más fuerte de éstas. Quizás lo único que podría darle un poco de ventaja sobre aquellos que quisieran hacerle algún daño.

Todos los caminos de su vida inevitablemente la habían llevado ahí; caminos largos y difíciles, cimentados con la sangre de extraños y conocidos. Y ahora le tocaba seguir recorriéndolos, luchar con uñas y dientes con el sólo fin de sobrevivir… como siempre lo había hecho…

* * * *

Nunca jamás volvió a sentir tanto terror como aquella vez, principalmente porque no se permitió a sí misma volver a sentir algo siquiera cercano a ello. Tenía veinticinco años, cumplidos hace sólo un par de semanas antes, cuando la amordazaron fuertemente con aquel pañuelo blanco para ahogar no sólo sus gritos, sino también sus súplicas. Un instante después de haber sido silenciada, le pusieron aquella bolsa negra sobre su cabeza que le dificultaba tanto respirar que pensó que moriría asfixiada por ella. Y le amarraron las manos tan fuerte con una soga que sentía que le había abierto la carne en el proceso. La metieron a empujones en la parte trasera de una camioneta, y luego se pusieron en marcha. Ninguno de los que iba en el vehículo pronunció palabra alguna, salvo dos ocasiones en que le gritaron que dejara de moverse y hacer ruido, siendo la segunda acompañada por el tacto de un revólver contra su cabeza.

Luego de quizás dos o tres horas de camino, el vehículo al fin se detuvo. Las puertas de la camioneta se volvieron a abrir y la sacaron a la fuerza, arrastrándola por un camino de grava, mientras ella gemía lo más que su mordaza la permitía, y forcejeaba lo más que su debilidad le permitía. La hicieron pararse sólo para bajar unos escalones. Sintió que entraban en algún túnel húmedo y frío por el que oía el eco de sus pasos resonar. Escuchó por último un pesado candado abriéndose y el rechinar de las bisagras de una puerta. Sólo entonces se dignaron a quitarle la bolsa de la cabeza. Delante de ella vio en efecto el umbral de una puerta abierta, que daba a un cuarto sumamente pequeño, cuadrado y oscuro sin ningún tipo de ventana a la vista. La puerta era de acero, gruesa y algo oxidada.

Miró alrededor rápidamente; parecía estar en los túneles de alguna de las tantas catacumbas de Florencia, pero esa en especial no le pareció conocida. De hecho, considerando todo lo que habían viajado en auto, era probable que ya no estuviera siquiera en la ciudad.

Sintió como cortaban las sogas que sujetaban sus manos por detrás de un tajo, y antes de poder virarse aunque fuera un poco, la empujaron con violencia al frente, haciéndola caer de bruces en el suelo de tierra de aquella diminuta celda. La pesada puerta de acero se cerró detrás de ella, dejándola casi en completas penumbras salvo por un pequeño rastro de luz que entraba por una rejilla superior.

Se incorporó lo más rápido posible, quitándose la mordaza de la boca. Tosió un par de veces debido a la sensación de asco, pero se acercó de inmediato a la puerta, golpeándola fuertemente con sus palmas.

—¡Esperen! —Gritó con ímpetu—. ¡¿Por qué me hacen esto?! ¡¿Qué quieren?! ¡Saquéenme de aquí! —No hubo respuesta. Sólo escuchó como los pasos de sus captores se alejaban caminando, y luego ya nada—. ¡Vuelvan!, ¡vuelvan…!

Siguió gritando y golpeando la puerta con insistencia por quizás diez minutos más, antes de rendirse. Comenzó a sollozar e intensas lágrimas le recorrieron todo el rostro. Su hermoso maquillaje, al que le había puesto tanto empeño antes de salir, ya debía de ser un completo desastre. Pero claro, eso era lo último en lo que podía pensar…

Caminó por el pequeño cuarto, tocando a tientas la pared de piedra, raspándose un poco en el proceso, y se sentó en una esquina, aferrando sus manos a su vientre de forma protectora.

No entendía de qué iba todo eso o quienes eran esas personas, pero definitivamente no sabían con quien se habían metido. Ya no era una andrajosa huérfana que mendigaba en las calles. Ahora tenía amigos, amigos muy poderosos que la querían y la protegían. No debía perder la calma. Tarde o temprano llegarían, matarían a todos esos bastardos, y la rescatarían de ese horripilante lugar.

Sus manos se aferraron aún más a su vientre.

Más bien, los rescatarían.

Pero pasaron las horas y nada cambió. El silencio y la oscuridad se volvieron su única compañía por todo ese tiempo, y la fueron adormeciendo poco a poco. A pesar del miedo que sentía, se fue permitiendo recostarse sobre ese suelo rugoso y duro. Y aunque en un inicio le resultó casi imposible, al final cayó rendida al cansancio y se durmió.

Despertó tiempo después con el cuerpo todo adolorido y magullado. La rejilla en la parte superior dejaba entrar sólo un poco de luz, pero aquello bastaba para alumbrar su celda. Igual no había mucho que ver; era un espacio vacío y sucio con paredes y suelo de piedra. Tristemente no era el peor lugar en el que había dormido en su vida, pero sí en los últimos años.

Tenía demasiada hambre y sed. Se paró como pudo haca la puerta, volviendo a golpearla con insistencia, mientras gritaba:

—¡¿Hay alguien ahí?! Por favor, quiero un poco de agua… ¡por favor!, ¿alguien me escucha?

De nuevo, sólo silencio.

Aumentó de golpe la insistencia de sus golpes, al igual que el tono de sus gritos.

—¡No pueden hacerme esto! ¡¿Qué quieren de mí?! No tengo dinero, soy una simple asistente. Debieron confundirse de persona. ¡Por favor!, sólo díganme qué quieren y podré ayudarlos.

Por supuesto, no era una simple asistente. Pero sin saber con seguridad de qué iba todo eso, no podía permitirse revelar más de la cuenta; al menos, no todavía. La misión, la guardia que debía ejecutar, era mucho más importante que cualquier otra cosa, más importante que su propia vida. O eso pensaba hasta hace una semana atrás, cuando se enteró de que su vida de momento no venía sola. Eso podría cambiarlo todo, pero aún no estaba dispuesta a dejarlo ocurrir del todo. Debía intentar ser una sierva fiel… hasta que ya no pudiera serlo más.

No hubo respuestas, ni visitas, ni interrogatorio, ni nada. Como si fuera la única persona viviente, y ese reducido cuarto fuera lo único que existía en el mundo. El movimiento de la luz que entraba por la rejilla le indicaba el paso del tiempo, dejándole claro que todo ese día se iba acabando poco a poco, y sus secuestradores la tenían ahí abandonada. El hambre y la sed se volvieron cada vez más intensos, y comenzó a preocuparse de las consecuencias que eso pudiera tener. Al final se sintió tan débil y aturdida que se regresó a su esquina de la noche anterior y ahí permaneció sentada, sólo mirando como la luz de la rejilla se iba desvaneciendo, hasta dejarla de nuevo en penumbras.

Comenzó a pensar que en realidad no había nadie en ese sitio. La habían tirado ahí sola para matarla de hambre y desaparecerla. Pero, ¿quién querría hacerle algo tan horrible? Conforme más estaba en ese sitio, la respuesta se volvió cada vez más evidente, aunque se rehusó a aceptarlo.

¿La Hermandad era la que le estaba haciendo eso? ¿La Hermandad que la había acogido y protegido?, ¿la misma a la que le había dedicado su vida y por la que había hecho todo lo que le ordenaban si cuestionar ni una sola vez? ¿Por qué sus hermanos le harían eso? ¿No eran su familia?, ¿no dijeron que desde ahora siempre estarían ahí para ella?, ¿no le dijeron que sólo debía ser una sierva fiel…?

¿Qué podría haber hecho para hacerlos enojar de esta forma? De nuevo, la respuesta era evidente: aquello que estaba comenzando a crecer a su vientre.

«No, no puede ser cierto» se decía a sí misma, abrazándose no sólo para protegerlo sino también para mitigar el hambre que la invadía. «Él no permitiría que esto me pasara… Todo lo que he hecho ha sido para complacerlo. Él me protegerá. Él matará a todos estos malditos y me sacará de aquí. Y me recompensará por haberme mantenido fuerte y fiel… Sólo debemos resistir, pequeño…»

Pasó entonces el tiempo suficiente como para ya haber estado ahí más de veinticuatro horas. Ann había caído de nuevo en el doloroso sueño, cuando el eco del candado abriéndose la despertó, seguido después por el rechinar de la puerta. Ann alzó su mirada temerosa hacia la puerta, pero al mismo tiempo contenta en el fondo de que algo al fin cambiara. La luz del pasillo alumbrado con tenues luces anaranjadas le lastimó un poco los ojos, y su visión estaba borrosa. Luego de unos segundos, logró ver claramente parada en el marco de la puerta la figura de una persona; una mujer.

Era delgada y alta, de cabello rubio rizado sujeto con una perfecta cebolla, y unos profundos y penetrantes ojos azul cielo que la miraron fijamente entre las sombras de su celda. Le sonrió con sus labios algo gruesos pintados de un rosado oscuro. Se encontraba enfundada en un impecable traje de saco negro de cuello alto y falda larga hasta los tobillos. Iba acompañada de dos hombres altos de trajes negros que aguardaban detrás de ella.

Aunque al inicio no la pudo ver bien, Ann la reconoció rápidamente, y sus ojos se alumbraron de emoción y alegría.

—Sra. Baylock… —murmuró con debilidad, e intentó incorporarse pero no le fue posible del todo. Aun así, usó todas las fuerzas que le quedaban en su cuerpo para acercarse a gatas hacia ella, aunque terminara raspándose las rodillas—. Mi señora, yo sabía que vendría por mí. Gracias, gracias…

La joven se colocó de rodillas delante de ella, tomó su mano derecha y comenzó a besársela con desesperación y agradecimiento. La mujer, sin embargo, se quedó quieta en su lugar, manteniendo su expresión apacible.

—Mírate nomás, pequeña —señaló la mujer con una voz llena de una preocupación casi maternal. Se agachó entonces delante de ella y tomó su rostro por su barbilla para mirarla. Sus ojos ya no lloraban más sólo porque posiblemente se había quedado sin agua para ello. Su maquillaje estaba en efecto arruinado y se había convertido sólo en manchas sin sentido por su cara, como una prueba de Rorschach—. Eres todo un desastre. Ya no te ves tan bonita ahora, ¿cierto? 

Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, y su alegría inicial comenzó a esfumarse.

—¿Qué…?

—¿Crees que tuviste suficiente con sólo un día en este hueco para ablandar esta carne? —La tomó entonces con fuerza de su brazo, presionando sus uñas contra su piel, lastimándola y haciendo que la joven soltara un alarido de dolor. Intentó por instinto alejarse de ella, pero la tenía fuertemente prensada y cualquier movimiento sólo la lastimaba más—. ¿O crees que debamos dejarte uno más? ¿Quizás hasta que sean tres? ¿Qué te parece una semana entera?, ¿será eso suficiente?

—Por favor, no —suplicó Ann entre sollozos. Al parecer sí le quedaban algunas lágrimas que derramar—. ¿Por qué me hace esto…?

Sin haber terminado por completo de hablar, Baylock la jaló hacia ella y con su otra mano le dio un fuerte golpe con el revés de  ésta contra su mejilla, haciéndola caer al suelo, y encima de todo golpeándose el labio contra la roca.

—¡¿Qué por qué te hago esto?! —Le gritó Baylock llena de cólera—. ¡¿Y todavía te atreves a preguntármelo, ramera desvergonzada?! ¡¿Todavía osas fingir inocencia ante mí?!

Ann no podía decir nada. Sólo se quedó tirada en el suelo, contraída en sí misma y llorando. Baylock se paró, agitando un poco la mano con la que la había golpeado. Lo había hecho tan fuete que incluso a ella le había dolido.

—¿Sabes qué?, tienes razón. Será mejor terminar con esto ahora mismo. Sáquenla —le indicó a los dos hombres que la acompañaban, mientras ella comenzó a andar por el pasillo

Los dos hombres entraron apresurados a la celda y tomaron a Ann por sus brazos. La alzaron de un tirón lastimándola en el proceso sin que eso al parecer les importara mucho.

—No, esperen… por favor, no… —Gimió Ann mientras la arrastraban hacia afuera de su celda. No tenía fuerzas para siquiera caminar, mucho menos forcejar contra esos sujetos que le doblaban su peso y casi su estatura.

Durante el largo camino por aquel oscuro pasillo en el que resonaron los pesados pasos de aquellos hombres, y los tacones de Baylock más delante, Ann tuvo tiempo para digerir que la posibilidad que tanto se rehusó aceptar, era en efecto la verdad. Su Hermandad, su familia… no eran tal cosa.

La llevaron por otra puerta de metal y luego la hicieron bajar por otras escaleras hacia un cuarto de forma redonda y techos un poco más altos que en el resto de lugar. Al mirar con cuidado, notó en el centro del cuarto, dibujado en el piso, un pentagrama con un círculo y signos sobre éste. Había rastros de cera derretida a su alrededor y… sangre… muchas mancha oscuras de sangre adornando varios puntos alrededor y dentro de aquel círculo. Y colgando encima de ese punto, había unas largas cadenas con dos grilletes en sus puntas.

—Atenla ahí —escuchó como ordenaba la voz de Baylock, retumbando en aquel eco similar al de una iglesia.

—No, por favor… —Intentó Ann por última vez de suplicar y aplicar algún tipo de resistencia, sin lograrlo—. Señora… No… no me haga esto…

—Cierra la boca, cerda sucia —fue la única respuesta que le ofreció aquella mujer que hasta ese momento había sido su mentora, su amiga, y prácticamente su única madre.

Los hombres colocaron los grilletes en torno a las muñecas de Ann. Luego, de un lado del cuarto, Baylock hizo girar un palanca que hizo que las cadenas se contrajeran hacia arriba, jalando el delgado cuerpo de Ann hacia arriba hasta que tuviera que pararse apenas en la punta de sus pies para no terminar colgada por completo de las muñecas y los grilletes le lastimaran aún más.

Su respiración se aceleró junto con los latidos del corazón. Los hombres se apartaron de ella y del círculo. Ella intentó ver en dónde se encontraba Baylock, pero desde su posición no la veía, como si se hubiera esfumado entre las sombras de los rincones. Luego de unos segundos de incertidumbre, la sintió de golpe aparecer detrás de ella, tomándola fuertemente de sus cabellos y jalando su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos sólo pudieran ver el techo.

—Dime, ¿crees que eres especial, Ann? —Le susurró Baylock con una tremenda frialdad, cerca de su oído—. ¿Crees que puedes hacer todo lo que se te venga en gana sin ninguna consecuencia? ¿Y encima de todo pregonarlo por ahí con orgullo? ¡¿Es nuestra misión un juego para ti?!

Baylock empujó su cabeza de nuevo al frente, haciendo que el cuerpo entero de Ann se balanceara. Se le acercó de nuevo, pero está vez sintió como tomaba la tela de su elegante vestido rojo nuevo, y lo rasgaba de un fuerte tirón. Pudo oír como la tela se separaba y luego sintió como todo su torso desnudo quedaba expuesto, y ni siquiera contaba con sus brazos para poder cubrirse.

—¡Tú no eras nada cuando te recogí de las calles! —Espetó Baylock con fuerza a sus espaldas, y un instante después escuchó como el aire era cortado con un movimiento rápido, e inmediatamente después sintió un intenso y ardiente dolor en la espalda que la hizo doblarse un poco y gritar.

Reconocía esa sensación; era la larga y dura vara de castigo, que ahora estaba dejando una vez más horribles marcas rojas en su espalda blanca. Y no fue sólo un golpe, sino dos, tres, cuatro… tantos que Ann perdió la cuenta. Baylock la golpeó una y otra vez mientras continuaba hablando.

—Nosotros te vestimos, te educamos, te preparamos para cumplir un fin mucho más allá de lo que tu minúsculo cerebro podría llegar a entender. ¿Y cómo me lo pagas? ¡Abriéndote de piernas ante cualquiera cual puta barata! —Tras esas palabras, el golpe bajó de su espalda a quedar directo en sus glúteos, y uno más contra su muslo derecho—. ¡Dime quién es el padre!

Ann sólo gimoteaba y lloraba con fuerza, incapaz de articular palabra coherente.

—¡Dije que me digas quién es el padre! —Repitió Baylock aún más frenética que antes, volviéndola a golpear dos veces más en sus muslos—. ¡¿Es que acaso no me entendiste, puta estúpida?!

—Por favor… por favor… Por Dios…

—¿Dios? —Rio Baylock cínicamente, volviéndola a jalar de su cabello—. ¿A qué Dios le estás pidiendo misericordia?, ¿eh? Satanás es el verdadero Dios, ¿lo olvidas? Y él no meterá las manos al fuego por una desvergonzada perdida como tú, ¿me oíste?

La soltó, empujándola hacia un lado con violencia; de no haber estado colgada de las muñecas de seguro hubiera caído con su cara contra la cera en el suelo. Baylock la rodeó hasta colocarse delante de ella, y azotó su vara dos veces contra su busto desnudo, dejándole largas marcas rojas en sus pechos.

—¡Dime quién es el padre o te sacaré ese engendro a golpes! —Le gritó Baylock con su cara casi pegada a la suya, y entonces se alejó y alzó su vara con la clara intención de golpearle ahora el vientre con ella

—¡No!, ¡por favor no…! —Exclamó Ann presa del pánico por tal amenaza. Y por un instante estuvo a punto de gritarle con todas sus energías lo que tanto quería saber, con tal de proteger a su hijo… Pero, para bien o para mal, no tuvo oportunidad de hacerlo.

En el eco del cuarto resonó el rechinar de las bisagras de la puerta al abrirse rápidamente, seguido por una recia voz que resonó con potencia.

—¡Suficiente, Agatha! Detente.

La vara de Baylock se quedó suspendida en el aire, dejando su amenaza sólo en eso. Desde su perspectiva Ann no logró ver qué ocurría, pero agradeció entre sollozos que aquello hubiera parado al fin, aunque fuera un instante.

Por su parte, las miradas de la torturadora y los dos hombres que la acompañaban se viraron hacia la puerta. Los tres vieron con algo de asombro bajar por las escaleras al hombre alto de cabeza casi calva, vestido con una túnica de padre católico. Miró con severidad a Baylock y se le aproximó con paso desafiante. Aun así, ella no se mutó en lo absoluto ante su presencia.

—No te metas en esto, Spiletto —exclamó la torturadora con firmeza, apuntando al recién llegado con su vara y provocando con este acto que el hombre se detuviera en seco en su lugar—. Tú no tienes jurisdicción alguna sobre cómo lidio con mis discípulos.

—¿Tampoco yo? —Se escuchó otra voz introduciéndose en escena desde la puerta del cuarto, y de nuevo llamando la atención de todos. Para su sorpresa, sobre todo para Baylock, a quien vieron bajar por las escaleras fuera John Lyons, veinte años más joven que como se vería en aquella reunión rápida en la iglesia de Washington con Ann. En aquellos momentos era un hombre de cuarenta y uno, alto y fornido, con cabellera oscura y barba de candado, aunque en ambas ya se mostraban los primeros rastros de canas. Su presencia era incluso más intimidante en aquel entonces, y en cuanto entró al cuarto todo enmudecieron por unos momentos, mientras él los contemplaba impasible con sus penetrantes ojos azules. En su brazo derecho llevaba colgando su grueso abrigo de lana, negro.

—¿Lyons? —Exclamó Baylock tras lograr salir de su impresión inicial—. ¿Qué haces en Florencia?

—Vine a encargarme de este asunto, ¿qué más? —musitó el hombre de barba con cierto desdén mientras se aproximaba a un lado de Spiletto.

Baylock bufó, incrédula, y sólo entonces bajó su vara hasta pegarla al costado de su muslo derecho. Lyons se acercó al círculo, cuidando de no pisar los rastros de cerca con sus brillantes zapatos nuevos, que aun así parecían ya haberse empolvado por estar caminando en esos túneles. Se paró justo detrás de Ann, contemplando estoico, casi indiferente, su espalda desnuda y las líneas rojas que se habían dibujado sobre su piel por los golpes.

Ella no podía voltearse a mirarlo; ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse en sus puntas y se dejaba colgar de las cadenas, sin importarle ya lo mucho que los grilletes le lastimaban. Aun así, lo había oído al entrar y había reconocido su voz. Sintió un poco de alivio al inicio, pero desconocía si acaso Spiletto y él estaban ahí para quizás cambiar esa tortura por algo peor.

—¿Desde cuándo la mano derecha de Adrian tiene que bajar de su pedestal para encargarse personalmente de putas embarazadas? —Cuestionó Baylock con ironía, aunque también suspicacia en su tono. Lyons se volteó ligeramente hacia ella, mirándola con apenas un ligero rastro de molestia en esos fríos ojos.

—¿Y desde cuándo tengo que darte a ti alguna explicación sobre qué hago o por qué? —Le respondió tajantemente, haciendo que la sonrisa burlona de los labios de Agatha Baylock se borrara de golpe—. Te recuerdo que tenemos mucho tiempo y esfuerzo invertido en esta chica. Hay planes que tienen que llevarse a cabo, y no puedo darme el lujo de que tú los arruines por tus inútiles impulsos.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? —Masculló la mujer rubia, avanzando hacia él. Spiletto intentó detenerla, pero ella lo empujó hacia un lado con notable facilidad, y se paró justo a un lado de Lyons, encarándolo con fiereza en su mirada—. No me trates como si fuera tu sirvienta, anciano. Yo soy una Apóstol de la Bestia, ¡y me he ganado mi corona!

—¿Y eres tan estúpida como para pensar que realmente eso nos vuelve iguales? —Farfulló Lyons con una pequeña risilla que sólo hizo enojar aún más a la mujer. Sus dedos se aferraron fuertemente a su vara de castigo, y su puño entero tembló por la fuerza que aplicaba. Lyons notó esto, y mirando de reojo hacia su mano con asombrosa tranquilidad—. Será mejor que pienses muy bien lo que tienes pensado hacer con esa cosa.

El momento se volvió bastante tenso, y realmente por un segundo, todos los que veían aquello pensaron que Baylock terminaría estampándole la vara de madera en la cara. Sin embargo, su sentido común pareció sobreponerse y entonces su mano se relajó. Respiró hondo por su nariz y se paró derecha y serena, tal pulcra como casi siempre se mostraba.

—Es una pérdida de tiempo —señaló más calmada, pero igualmente con un poco de rabia que no era capaz de esconder—. Tengo a decenas de chicas que podrían encargarse de ese trabajo dado el momento. ¡Y de seguro cualquiera de ellas sería más obediente que esta estúpida!

Baylock alzó en ese momento la vara, con la clara intención de volver a golpearla. Aunque Ann no vio esto, lo sintió, como si el dolor se materializara aún antes de recibir el golpe. Pero no hubo un golpe como tal, pues Lyons la tomó fuertemente de su muñeca para detenerla.

—Eso ya no te corresponde a ti decidirlo —Le indicó Lyons con dureza, mirándola intensamente a los ojos—. Ahora vete, antes de que pierda la poca calma que me queda.

La mujer le regresó la misma mirada con la que él la miraba. Jaló su brazo, librándose de su agarre, y tirando con enojo la vara al suelo. Sin decir nada más, caminó apresurada hacia las escaleras, pasando a un lado de Spiletto. Éste sólo se alejó, dejándole el camino totalmente libre para que pasara. Luego, el supuesto padre católico miró a Lyons, le ofreció un sutil asentimiento de su cabeza y se dispuso a seguir a la mujer hacia la puerta.

Una vez que ambos se fueron, Lyons se fijó en los dos hombres que habían asistido a Baylock. Seguían en su sitio, esperando a que se les diera alguna nueva orden. «Cómo buenos soldados» pensó el hombre de barba.

—Libérenla de esas cosas y déjenos solos —les ordenó con dureza, señalando hacia los grilletes que sujetaban a la mujer semidesnuda.

Los dos hombres se apresuraron a cumplir la encomienda, haciendo bajar la cadena hasta que el cuerpo de Ann, sin oponer resistencia, se fue recostando el suelo y quedara totalmente rendida sobre éste. Uno de ellos se aproximó y la liberó de los grilletes. Anna sintió mucho alivio en ese momento, pero no fue capaz de expresarlo de ninguna forma. Una vez que terminaron, Lyons sólo hizo un ademán con su cabeza para recordarles que se fueran, y así lo hicieron. Subieron las mismas escaleras por la que los otros dos se habían ido, cerrando la puerta detrás de sí.

Ya que estuvieron solos, el hombre de barba puso su atención en la mujer, que yacía en el piso sin moverse, como si se hubiera desmayado. Mas no era así. Ann estaba bastante despierta, pero la sola idea de tener que moverse ya le provocaba una sensación de dolor.

Lyons suspiró con cansancio, quizás incluso fastidio. Se acercó hacia ella y de manera poca cuidadosa le arrojó su abrigó encima para cubrirla.

—Levántate —le ordenó secamente.

Ann, acostumbrada a siempre obedecer hasta entonces, hizo el intento de hacerlo una vez más. Como pudo se sentó en el piso, tomando el abrigo que tenía encima y envolviéndose en él para cubrir poco su magullado y expuesto cuerpo. Alzó entonces sus ojos cristalinos hacia el hombre de pie delante de ella, que la miraba con una pose prepotente, como si viera alguna cucaracha patas arriba que le provocara asco. Ann no olvidaría esa mirada en los años posteriores.

—Sabes por qué estoy aquí, ¿o no? —Le cuestionó de golpe, pero Ann no respondió nada, pese a que una parte de ella tenía una teoría—. Yo sí sé quién es el padre de ese bebé. Y, a pesar de todo, aún tienes amigos que siguen viendo tu potencial y teniendo fe en ti. Por eso estoy aquí, para encargarme de sepultar este asunto lo mejor posible.

—¿Sepultar…? —masculló Ann un tanto horrorizada.

—Quizás no fue la mejor elección de palabras —Masculló Lyons con un tono burlón. Comenzó entonces a camina hacia un lado del cuarto con sus manos en sus bolsillos, dándole la espalda—. Esto es lo que pasará. Te llevaremos a un hospital religioso en Marsala, apartado y discreto. Pertenece en realidad a nuestra organización, y lo usamos para… no precisamente este tipo casos, pero sí similares. Te registraremos con un nombre falso. Ahí pasarás tus meses de embarazo, darás a luz, y entonces daremos al bebé en adopción de forma anónima. Luego de eso, viajarás a los Estados Unidos, servirás ahora a mi cargo, y seguiremos adelante como si nada de esto hubiera pasado.

—¿Lo daremos… en adopción…? —Pronunció Ann despacio, apenas separando lo suficiente sus labios resecos—. ¿No podré ver a mi bebé…?

—No —espetó Lyons molesto, girándose hacia ella con actitud amenazante. Se le aproximó entonces con paso apresurado, agachándose delante de ella para verle directo a su cara—. ¿No has comprendido aún la situación en la que te encuentras? Esto no es una negociación, ni tampoco una sugerencia. Si tu destino dependiera de Baylock y Spiletto, te enterrarían a ti con todo y tu feto en la fosa más profunda y escondida que encontraran, y fingirían que nunca exististe. Y eso no sería diferente aunque supieran quién es el padre de ese bebé. De hecho, eso podría hacerlo mucho peor, y eres más estúpida de lo que pareces si crees lo contrario. Así que jamás pienses siquiera en revelarlo, ¿me oíste? Ésta opción que te estoy ando es la única que tienes para salir medianamente bien librada de esto y recobrar tu papel en la Hermandad. ¿Está claro?

Ann lo contempló en silencio, casi al borde del llanto de nuevo mientras le hablaba de esa forma. Agacho entonces su rostro, sin responder nada.

—¿Está claro? —Repitió Lyons entonces con más ímpetu que antes, y la mujer sólo asintió levemente. Aquello fue suficiente para que su aparente benefactor se pusiera de pie, arreglándose lo mejor posible su elegante traje—. Hay un auto esperando para llevarte a tu departamento. Báñate y arréglate lo mejor que puedas. Partimos mañana mismo.

Sin más, él mismo se dirigió a la salida, dejándola ahí en el suelo sin saber siquiera si sería capaz de ponerse de pie y caminar. Sí lo fue, aunque luego de varios minutos y dos intentos fallidos. Luego tuvo que andar tambaleándose por esos oscuros túneles, cubierta sólo por ese abrigo que (¿gentilmente?) Lyons al parecer le había regalado, y lo que quedaba de su vestido rojo. Anduvo apoyada en las paredes rugosas para no caer, y temiendo estar caminando en la dirección incorrecta. Al final tras mucho esfuerzo, logró llegar al exterior, y al auto que la aguardaba.

No se cruzó ni con Lyons, ni con Baylock, ni tampoco con Spiletto en el camino, y eso fue de momento una pequeña bendición.

FIN DEL CAPÍTULO 63

Notas del Autor:

Baylock y Spiletto son ambos personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen o La Profecía, apareciendo ambos en la primera película de 1976 y en su remake del 2006. Como había mencionado antes, por conveniencia del tiempo en el que se desarrolla la historia, se está tomando más en cuenta los acontecimientos como ocurrieron en el remake del 2006, por lo que la descripción física y personalidad descrita de ambos igualmente es más parecida a la de dicha versión. En ninguna de las dos versiones se revela de manera clara el nombre de pila de la Sra. Baylock, por lo que el nombre Agatha mencionado en el capítulo es invención de mi parte.

—Como comenté hace tiempo, el personaje de Ann es una combinación de dos personajes ya existentes: Ann Thorn de la película Damien: Omen II de 1978, y Ann Rutledge de la serie Damien del 2016. Sin embargo, los hechos narrados en este capítulo con respecto a su pasado, no se encuentra basados ni en la película ni en la serie, ya que en ambos medios nunca llegamos a saber mucho (o prácticamente nada) del pasado de ambas, por lo que en su mayoría es de mi creación y adaptado al contexto de esta historia.

—En el capítulo siguiente y posteriores, continuaremos exploraremos la historia de Ann, y se darán algunas explicaciones sobre el trasfondo de ella y de otros personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen. Es por ello que veremos a más personajes y momentos tanto de las películas como de la serie de Damien, adaptados a esta línea. Intentaré irme lo más rápido posible en algunas cosas para no dedicarle demasiados capítulos, pero intentando explicar y clarificar lo que sea necesario.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

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