Original El Manto de Zarkon – Capítulo 25. La sentencia

7 de mayo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 24. Es su decisión, alteza

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 25
La sentencia

Las deliberaciones no duraron mucho más después de ello; una vez tomada la decisión, no había más que se ocupara discutir. Cuando todo estuvo listo, hicieron pasar de nuevo a los acusados, que de nuevo se pararon delante del podio. Se le unieron también algunos curiosos que habían permanecido afuera en espera de que se dictara la sentencia, incluyendo al grupo de soldados que había estado presente todo ese día, a excepción de aquellos que acompañaron a las princesas. Algunos tomaron asiento de nuevo en las gradas, mientras otros prefirieron permanecer de pie. Incluso las puertas fueron dejadas abiertas, para que los de afuera también pudieran escucharlo.

Maximus declaró a los dos acusados culpables de casi todos los cargos, más el de conspiración para cometer asesinato. No hubo sorpresa en ello, ni siquiera de parte de los prisioneros. La reacción más notoria fue un par de exclamaciones de gozo por parte de algunos de los soldados, mismas que no subieron más sólo porque el juez los calló con el golpe de su martillo. Cuando llegaron al punto de la sentencia, sin embargo, fue cuándo la mayoría de los rostros presentes se quedaron congelados en una expresión de perplejidad, incluso compartida por el propio Rubelker.

El discurso que Maximus soltó fue fluido y claro, pese a que quizás lo estaba improvisando un poco conforme la marcha. Recalcó rotundamente que el daño cometido había sido directamente hacia emperador segundo de Volkinia Astonia y sus hombres, señaló también la dura pena de perder a cinco buenos soldados destinados a la protección del nuevo mandatario, y dio mayor peso del merecido a la historia y las declaraciones de la señorita Ivannia, pese a que tanto él como el regente Edik las habían desestimado durante su charla. Todo se trataba de las apariencias, después de todo, y Maximus parecía ser bueno en manejar estas; más de lo que se esperaría de un juez de justicia.

Todo aquel largo preámbulo fue como un juego previo, una preparación para que todos dirigieran su atención a lo verdaderamente importante del asunto. Explicó cómo en vista de que los acusados habían participado de cierta forma en la muerte prematura de cinco soldados, lo justo desde la perspectiva del emperador segundo (y se las arregló para que quedara muy claro que había sido decisión suya), era que sirvieran a partir de ese momento en sus fuerzas por el resto de sus vidas, despojados de todo y no siendo merecedores a ningún tipo de gloria y laurel, realizando entre ambos las labores que aquellos cinco debían desempeñar y muchas más. Muchas palabras adornadas y elocuentes para “jugar con las apariencias y la semántica”, como bien había dicho, pero que al final se resumían en que ninguno sería ejecutado, y en su lugar servirían de manera forzada en las fuerzas militares de Volkinia Astonia.

Los nobles y pobladores presentes parecieron tener sus reservas ante una condena tan inusual. Sin embargo, como también Maximus había señalado, era justamente esa rareza y desconocimiento lo que no les permitía interpretarla por completo, y preferían confiar en el juicio del juez, y sobre todo en el del príncipe Rimentos. Por ello, tras unos segundos de silencio reflexivo, el primero de ellos se animó a aplaudir, festejando el resultado de tan atrayente juicio. Pero fue obvio que no todos los presentes compartían tal entusiasmo.

Los soldados estallaron a mitad de los aplausos en reclamos y gritos de enojo. Les había resultado difícil poder digerir todo aquello en un inicio, pero cuando lo hicieron sólo pudieron sentirse ofendidos, y muy, muy molestos. Casi parecía como si estuviera dispuestos a linchar a los dos acusados entre todos, y ahorcarlos ellos mismos en la plaza de ser necesario. Sólo la mano dura de su capitán, con la ayuda del resto de los guardias de la corte, lograron amedrentar sus intenciones.

Por su parte, Rubelker, Benny e Ivannia compartían el mismo sentimiento, o al menos muy similar. Tras esa petición prácticamente fallida, una parte de Rubelker se había convencido de que el príncipe terminaría haciendo caso omiso de ella, y por buenas razones. Pero ahora, no sólo no lo había hecho, sino que incluso… ¿había decidido que ambos se unieran a su ejército? No entendía por qué había hecho tal cosa; estaba verdaderamente complacido, pero no lo entendía. Y esa sensación de confusión era la misma que compartían los dos acusados, pero quizás triplicada. Aquello era un escenario que ninguno de los dos había contemplado siquiera, pues ni siquiera sabían que podía ser posible, y aún no estaban convencidos del todo de que realmente fuera cierto. ¿Era acaso todo una cruel broma? Era ridículo pensar en ello, pero ciertamente la alternativa sonaba igual de ridícula para ese caso.

—Los acusados seguirán en las celdas de la guardia local —indicó como instrucción final Maximus, alzando su voz por encima de los gritos de los soldados—, hasta que el príncipe Frederick y sus hombres deseen disponer de ellos. Mientras tanto, doy por terminado este juicio. Gracias a los Auxiliares y a los testigos por su servicio brindado. Retírense

Concluyó con un sonoro golpe de su martillo, y como las veces anteriores se apresuró hacia los despachos de la parte trasera antes de recibir cualquier otro reclamo o cuestionamiento. Lo diferente fue que ahora dos guardias de la corte lo escoltaron, por si acaso los humos se salían de control.

—¡Esto es un insulto! —Gritaban los soldados, mientras otros cuatro guardias de atuendo marrón se las arreglaban para sacar a los acusados por la puerta, abriéndose paso entre la multitud.

—¡Esos dos mataron a nuestros compañeros!

—¡¿Cómo creen que podrán pelear a nuestro lado?!

—¡Te mataré en cuanto me des la espala! —Le gritó molesto un soldado a Benny, y en esta ocasión el hombre pelirrojo pareció no tan dispuesto a responder con algún astuto comentario.

Los guardias lograron sacarlos en una pieza y subirlos de regreso a la jaula en la parte trasera de la carreta. Emprendieron el regreso a la base de la guardia local lo más rápido que aquellas reducidas calles les permitían, dejando detrás el foco de descontento.

—Todos, ya basta —espetó Armientos con severidad—. Ésta no es la forma de comportarse para un guardia real. Mantengan la disciplina.

—¿Cómo nos pide eso, capitán? —Respondió molesto uno de los soldados—. No sólo les perdonan la vida, ¿sino además esperan que sean parte de nosotros?

—Ellos no serán como ustedes, nunca —declaró con firmeza el capitán, mirando a cada uno fijamente—. Ustedes son nobles y orgullosos soldados imperiales que le sirven a su país, a su emperador, y a Dios. Esos dos son meros delincuentes. Ustedes están aquí por elección y para servir, y se les recompensa como tal. Ellos estarán a la fuerza, sin nada a cambio, y su trato será totalmente distinto. En lo que a mí respecta, pueden considerarlos como sus gatos si así lo quieren… pero sin pasarse.

Los soldados se miraron entre ellos en silencio. Aquella idea parecía tranquilizarlos un poco, pero se les veía aún bastante inconformes. Tal y como el príncipe había predicho, aquello podía estar sembrando una peligrosa semilla en los corazones de cada uno, que podía traerles muchos problemas si la dejaban germinar.

—De todas formas —prosiguió Armientos—, hablaré con su alteza para que quedé claro los términos de esta sentencia, así como nuestro disgusto por ésta. Pero confíen en mí, esos dos recibirán su castigo de una u otra forma. De esos nos encargaremos.

Algunos soldados asintieron, quizás un poco más conformes al sentir el apoyo de su oficial directo. Rubelker no estaba seguro de qué tanto de lo que decía era para calmarlos, y qué tanto lo decía enserio.

—Ahora, vayan todos de regreso a la base local —les indició el capitán con serenidad—. Intenten tranquilizarse, y no cometan ninguna locura. Se los advierto: si alguien le toca, aunque sea un pelo a esos dos esta noche, tendrá una invitación de primera fila para presenciar un juicio más, desde el círculo de los acusados. ¿Quedó claro? —Nadie le respondió, pero tomó su silencio como una afirmación—. Bien, retírense.

Uno a uno, fueron obedeciendo, saliendo casi en fila por la puerta principal.

—Esto es absurdo —masculló uno a otro de sus compañeros—. Cuando Fiodor se entere, no sé qué hará…

Aquella era una preocupación que Rubelker también tenía. Cuando el resto de los soldados se enteraran de lo ocurrido, y los ánimos calentados reunidos, y especialmente si aquel sargento iba a la cabeza… las cosas podrían salirse de control muy fácil.

Cuando la mayoría se fue, Rubelker se viró hacia el capitán. No estaba seguro de qué le diría, pero igualmente no fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. El oficial lo miraba fijamente con una dureza tal que él no recordaba haberle visto nunca en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. ¿Era enojo lo que sentía? O, ¿estaba igualmente ofendido como los otros? ¿Sentía desagrado hacia él por ocasionar todo ello? ¿Decepción, quizás? Lo que fuera, a Rubelker no le resultaba indiferente.

—Tú vete también con ellos a la base —le ordenó el capitán secamente—. Esta noche no te quiero cerca de la casa del regente, ni del príncipe, ni de su familia.

—¿Pero sí me quiere cerca de ellos? —susurró el soldado, mirando sobre su hombro a los hombres de uniforme plateado que ya estaban congregados en la calle.

—Estoy seguro de que te las arreglarás de alguna forma —le indicó con cierto desdén—. Te lo dije, Rubelker. Ahora tendrás que afrontar las consecuencias.

Sin más, el capitán se viró en dirección al príncipe Frederick, y se dirigió con paso firme hacia él. Rubelker no insistió más ni hizo intento alguno de detenerlo. No suspiró ni se lamentó. Aceptó la situación tal y como era, y se dispuso a obedecer.

— — — —

—Mi carruaje nos espera —le indicó el regente Edik al príncipe Frederick, mientras ambos se dirigían también a la salida; Frederick sólo asintió en silencio y lo siguió.

La guardia local era la que se encargaba de escoltarlos en esa ocasión, pues evidentemente los soldados que acompañaban al Rimentos habían sido despachados todos por su capitán. El día había sido agotador, y lo único que Frederick deseaba era llegar y descansar. Aunque una parte de él se resistía un poco a la idea de volver a la casa del regente tan pronto, pues sabía que ahí le esperaba una incómoda, y quizás más estresante, conversación.

Vio por el rabillo de su ojo izquierdo que el capitán Armientos se le aproximaba, y aquello le provocó un ligero malestar en su estómago.

—Alteza —masculló Armientos con cautela.

—Ahora no —respondió Frederick toscamente, previendo de qué quería hablar el capitán de su guardia—. Ha sido un día muy largo, y lo que más deseo es llegar con mi familia.

Dando por terminada la conversación con ese sólo comentario, el príncipe comenzó a andar de nuevo hacia la salida junto con el regente y su guardia. Armientos, sin embargo, no parecía compartir la idea de que eso era todo.

—Debo insistir —murmuró despacio el militar, permitiéndose caminar también a su lado—. Esta decisión que se tomó sobre los acusados causará mucho descontento entre los hombres.

—Lo noté, no soy ciego —respondió Frederick defensivo.

—Considero que se me debió consultar antes de tomar esta medida, para realizar acciones preventivas…

—Se le consultó, capitán —le respondió el príncipe con reproche. Se detuvo entonces justo en el arco de la puerta y se giró de llenó hacia él, encarándolo—. Si mal no recuerdo, usted estaba ahí parado, mientras su soldado estrella me hostigaba con su petición. ¿No es así?

Armientos se sintió moderadamente agredido por tal comentario, pero logró contenerse antes de decir o hacer algo indebido. Sólo le sostuvo la mirada, intentando no parecer demasiado desafiante.

—Con todo respeto, alteza, pero no recuerdo haber alentado en lo más mínimo la conducta del soldado Rubelker, y le dejé muy claro a él que no lo apoyaba. Y si fue debido a dicha petición que decidió hacer esto, me veo en el atrevimiento de señalar que nada le obligaba a usted a hacerlo; estaba en su derecho de hacer caso omiso de las palabras de Rubelker, pero decidió hacerlo por su propia voluntad… ¿o me equivoco? Después de todo, no creo que haya forma de que un simple soldado pueda imponer su voluntad sobre un Rimentos, si éste no lo desea.

Se dio cuenta, quizás a la mitad de su alegato, que en efecto había tomado un tono desafiante, aunque no hubiera querido, y el coraje se volvió palpable en los ojos esmeraldas del príncipe. El regente, por su lado, miraba a ambos confundido, sin entender el significado de su conversación. Armientos dio un paso hacia atrás, e inclinó su cuerpo al frente en una sobria reverencia.

—Me disculpo por mi atrevimiento —murmuró solemne el militar—. Sólo me preocupa que su majestad no haya considerado todas las implicaciones que conllevará esta decisión.

—Preocúpese menos por lo que pude o no considerar, y mejor ocúpese de sus hombres —señaló Frederick cortante—. Como capitán, es su responsabilidad mantenerlos a raya, y no permitir que este asunto llegue a mayores… implicaciones —soltó aquella última palabra como marcado desdén—. ¿Quedó claro?

—Sí, alteza —respondió el capitán con seriedad; quizás, demasiada seriedad—. Yo me encargaré de hablar con los hombres.

Frederick sólo asintió, y de inmediato salió por la puerta y bajó apresurado los escalones delante de la corte. El regente Edik se apresuró a alcanzarlo, al igual que los guardias. Armientos lo observó desde el alto marco de las puertas.

Estaba preocupado, de verdad. Por el príncipe, por Rubelker, por sus hombres, e incluso por aquellos dos pobres y estúpidos asaltantes que terminaron en medio de todo ese desastre. Y, claro, un poco por sí mismo. Las cosas se pondrían particularmente difíciles para todos de ahí en adelante.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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