Original El Manto de Zarkon – Capítulo 24. Es su decisión, alteza

29 de abril del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 24. Es su decisión, alteza

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 24
Es su decisión, alteza

—¿Es acaso una broma? —Espetó Maximus con severidad, y su voz retumbó en las paredes de la sala vacía.

—Maximus, por favor —murmuró alarmado el regente Edik—. Cuida tu tono, recuerda con quién estás hablando.

El viejo juez lo recordaba claramente, pero aun así mantenía el tono e intención de su cuestionamiento.

Tres sillas se habían colocado encontradas alrededor del área central de la sala de juicio, el mismo sitio en el que los dos acusados habían permanecido de pie a lo largo del proceso. El juez y sus auxiliares ocupaban cada uno una silla, y en ese momento eran los únicos en la sala circular, lo que provocaba que cada palabra, cada paso e incluso movimiento de sus ropas fuera más notorio en el eco de esos altos techos.

Llevaban sólo unos cuantos minutos en las deliberaciones, que habían sido usados principalmente para dar un resumen general de lo que se había visto y oído durante el juicio. El principal punto de interés había sido el último tramo y las declaraciones de ambos acusados. Como fuera, los tres parecían estar de acuerdo en que ambos eran culpables de la mayoría de los cargos, a los que también se les podía ahora sumar el de conspiración para cometer el asesinato de un miembro de la Familia Imperial, uno mucho más grave que todos los otros y que llevaba la palabra “traición” a un nuevo nivel. La discusión, sin embargo, sucedió al momento de tocar el tema de la sentencia.

—Le aseguro que no es una broma —respondió Frederick lo más firme posible.

—Está sugiriendo perdonarles la vida —soltó Maximus—, por múltiples crímenes de traición, contra usted, su familia, y el noble Ejército Imperial. Se ha colgado a hombres por mucho menos. Usted debería ser el más interesado en hacer que alguien pague por tan ignominioso actuar en su contra. ¿No es por eso por lo que trajo el caso justo hasta aquí?, ¿para que se aplicara justicia cómo es debido?

Todo eso el Frederick de una hora antes lo entendía y compartía, sobre todo el que se tomó el atrevimiento de interrogar a la acusada por su cuenta. Incluso el Frederick de una media hora atrás, sentado en aquel despacho discutiendo tan absurda petición. Pero, por algún motivo que aún se le escapaba del todo, ahí se encontraba, apelando por la vida de dos delincuentes que hace unos días no hubieran tenido reparo en meterle un enjambre de balas en el cuerpo a cambio de algunas monedas. Y, ¿por qué? ¿Por una absurda deuda que él mismo se había autoimpuesto?, ¿por una promesa que en realidad no hizo?, ¿por su honor que en realidad no le exigía hacer nada más allá de lo que ya había hecho? O incluso, ¿por la iluminación de alguna fuerza superior que le susurraba al oído que aquello era lo correcto? No lo sabía, o al menos no creía saberlo. Pero ya había dado el paso al frente, y no daría marcha atrás consumido por banales dudas. No sería digno de un Rimentos.

—Estoy consciente de todo eso —expresó el príncipe—. Sin embargo, tras escuchar el testimonio de la acusada, discutirlo con el capitán de mi guardia, y de meditarlo detenidamente durante este tiempo de descanso, he decidido que más allá de castigar a estos dos individuos que fueron sólo peones en un juego que sobrepasaba sus capacidades, nuestros esfuerzos deberían encaminarse en descubrir al verdadero culpable, quien estuvo detrás de estas maquinaciones y que aún está libre representando un peligro latente para mi familia y para mí. Y en ese sentido, creo que la cooperación de estas dos personas podría ser de vital importancia para lograr ese cometido.

De todos los motivos que intentó inventar para justificarse a sí mismo el hacer esto, esa era el que le sonaba más coherente (hasta cierto punto). Era verdad que su mayor preocupación era encontrar a quién había lanzado a esos asaltantes en su contra, y aquello se encontraba muy por encima que colgar a dos simples lacayos. Sin embargo, dudaba qué tanto pudieran realmente serle de utilidad para lograrlo, pues tenía el presentimiento de que ya les habían dicho casi todo lo que sabían, que de paso tampoco era mucho. Y estaba seguro de que tanto el juez Hellen como el regente también pensaban lo mismo.

—Entiendo que la declaración de esta jovencita haya sido alarmante para usted —señaló el regente—. Pero tenga en cuenta que no sabemos siquiera si lo que dijo es cierto, pues no poseía más prueba consigo que su propia palabra; que sea dicho de paso, la palabra de una delincuente no es muy de fiar. En su desesperación, podría haberse inventado cualquier cosa… como esa ridícula historia de que fingía ser hombre y sus compañeros nunca se dieron cuenta —soltó una pequeña risilla burlona, esperando que los otros dos lo acompañaran; ninguno lo hizo. El regente carraspeó un poco aclarándose su garganta y prosiguió con algo más de serenidad—. El punto es que no podemos confiar en nada de lo que esos dos dijeron… ¿no creen?

Sacó un pañuelo de su bolsillo y lo pasó por su brillante y amplia frente, limpiándose un poco el sudor causado por los nervios. Frederick sabía que lo que más le preocupaba al regente era aquella suposición final que había soltado el tal Benny, señalándolo como parte del complot. El príncipe Rimentos no creía seriamente que el buen regente pudiera tener algo que ver; era evidente que carecía del carácter suficiente para sostener una fachada de cordialidad e interés, sin echarse solo la cuerda al cuello.

—Con respecto a lo que dijo del ataque, el capitán Armientos cree que la declaración de la mujer es verdadera —añadió Frederick—, y de paso yo también. Sospechábamos desde antes que podría haber alguien más detrás del secuestro, aunque no pensamos que la intención real fuera un magnicidio. —Sopesó unos momentos lo que había dicho, intentando decidir si “magnicidio” era una elección de palabra adecuada para su caso. Ciertamente ahora era un emperador segundo, pero también le causaba algo de incomodidad pensar en cómo nombrar su propia muerte, aunque fuera hipotética.

Prosiguió un poco después:

—Sobre la historia que contó de cómo se involucró con estos hombres, es verdad que no tenemos algo que nos indique su veracidad, especialmente si no contamos con el tiempo suficiente para investigarla, o siquiera un apellido como base. Pero es esta misma incertidumbre la que tampoco nos permite tacharla enteramente como una invención. Bajo esta situación, ¿no creen que lo más noble sería considerar si realmente la pena de muerte es lo más justo? ¿Sería tan descabellado, aunque sea poner en la mesa la petición de clemencia que tan valientemente nos dio, para tenerla en consideración?

La boca Maximus permanecía torcida en un gesto de desaprobación absoluta, mientras lo miraba con profunda dureza, como un tutor miraría a un estudiante descuidado y pedante; definitivamente no como cualquier ciudadano debería de mirar a un miembro de su Familia Imperial. Frederick no quería en lo absoluto usar la presión de su nombre como una carta en ese juego, pero la actitud alzada del juez se lo ponía a veces muy difícil.

Maximus se apoyó por completo hacia atrás y la silla rechinó un poco bajo su peso.

—Le contaré una verdad incómoda sobre la ley, la justicia y la política, alteza —comenzó a relatar el juez, con voz calmada como el que expone una catedra ante un gran público—. Tómelo como un sabio consejo, de parte de alguien que no tiene sangre real pero sí un poco más de experiencia en esto, y que quizás le sirva en cuanto tomé su nuevo puesto: todo se trata de las apariencias —remarcó profundamente esa última palabra—. El pueblo cree en sus gobernantes porque, en apariencia, son la voz de Dios, saben lo que necesitan mejor que ellos mismos, y los protegerán en caso de una adversidad mayor. Cren en sus funcionarios directos —señaló entonces con su mano a sí mismo y el regente—, porque los consideran a su vez la voz de los gobernantes, pero son más cercanos y alcanzables, y en apariencia harán las cosas justas y debidas en beneficio del pueblo, porque así se benefician a sí mismos. Creen en las leyes, porque en apariencia son justas, se aplican en igualdad, y cuando alguien hace algo bueno será recompensado acorde a ello, y cuando hace algo malo se le castigará de igual forma. Y así con el ejército, el clero, la economía, incluso la guerra… Todo se sustenta en las apariencias; no en lo que la gente cree que es, sino en lo que están seguros de que es así. Es cuando alguna de estas apariencias se rompe, cuando el pueblo se da cuenta de que eso de lo que estaban tan seguros quizá no funciona tan bien como pensaban, que inician las revueltas, los golpes de estado… y los verdaderos magnicidios.

La voz de Maximus había tomado un tono lúgubre, incluso amenazante, en esa última parte que a Frederick no le agradó en lo absoluto.

—¿Cuál es su punto? —cuestionó el príncipe con actitud defensiva.

—Mi punto es éste, alteza: supongamos por un segundo que todo lo que contó esta señorita llamada Ivannia es cierto. Su historia previa, su arrepentimiento, que fue obligada, los verdaderos motivos del ataque, todo eso. Aun así, nada de eso quita la única cosa que tenemos segura de todo este caso: ambos participaron en un ataque contra la Familia Imperial y su guardia, por los motivos que hayan sido. Buenos soldados murieron, y tres princesas Rimentos fueron puestas en peligro. Es traición, y su castigo es la muerte; punto. Es lo que el pueblo espera que le pase a cualquiera que piense siquiera en actuar en contra de sus gobernantes; lo que en apariencia debe de ocurrir. ¿Bajó qué justificación puede usted, o cualquiera, decirle a la gente que dos traidores confesos sencillamente serán perdonados?

—Yo no dije que fueran a ser perdonados…

—Da lo mismo como lo llame —interrumpió Maximus, haciendo un tosco ademán de su mano—. Prisión, azotes públicos, trabajos forzados… cualquier castigo menor a una ejecución pública para un caso tan delicado como éste, será visto de esa forma. Si quizás alguno de los dos pudiera proporcionar más información que llevara al verdadero culpable como bien dice, al menos un nombre claro y no sólo una suposición al aire, entonces podríamos guardar mejor la apariencia, contarle una mejor historia a la gente para que entiendan el proceder de esta elección, y estén tranquilos. Pero sin eso, las habladurías, las sospechas y cuchicheos no se harán esperar. Marcas un mal precedente, y nos arriesgamos a que algún valiente se diga a sí mismo: “quizás atacar a la Familia Imperial no es tan grave después de todo.”

—Eso es una exageración —lanzó Frederick—. Perdonarles la vida a dos delincuentes no hará estallar una revuelta, y menos en una nación tan sólida y leal como Volkinia.

—Tal vez no —se encogió Maximus de hombros—. Pero, ¿vale la pena arriesgarse a ello por dos individuos tan insignificantes y que le hicieron mal, alteza?

Frederick permaneció callado, incapaz de responder pues la única respuesta clara y coherente que se le venía a la mente era “no”.

Maximus se inclinó un poco hacia adelante, acercando un poco su rostro en dirección del príncipe.

—Lo crea o no, admiro su nobleza, y su deseo de hacer el bien, incluso a sus enemigos. No es una cualidad muy usual en un miembro de la realeza, de este reino o de cualquier otro. Pero hay un motivo por el que es así: si la abre la puerta a cualquier extraño necesitado, tarde o temprano se le meterán los lobos y lo comerán vivo. Así que piense muy bien qué individuos merecen su favor, y cuáles no. Porque he oído que los Territorios Conquistados son lugares mucho más peligrosos. Y como bien dijo, parece que alguien lo quiere muerto.

—Maximus, por favor —exclamó Edik, como si fuera un pequeño regaño. El juez alzó sus manos en señal de paz, y se volvió a sentar firme en su silla.

Frederick se quedó pensativo. Dejando de lado que aquel hombre, por más sabio y experimentado que se creyera, tuviera el atrevimiento de hablarle no sólo aun príncipe Rimentos sino a un emperador segundo, como si fuera un niño pequeño… debía aceptar que lo que decía tenía sentido, y encajaba a la perfección con lo que él pensaba de todo ese asunto en un inicio.

No compartía sus opiniones un tanto extremista sobre las apariencias, que de paso estaban sólo un poco por debajo de sonar a herejías e irrespetuosidades contra la corona. Sin embargo, su padre, su abuelo, sus tutores, y por su puesto su tío el emperador, todos siempre le dijeron que un Rimentos, incluso cuando fuera sólo un príncipe, debía cuidar lo que hacía y decía a cada segundo. Ellos no podían darse el lujo de deslices irresponsables, pues la más pequeña equivocación podría llevar a guerras y muertes. También quizás era algo exagerado, considerando el comportamiento que habían mostrado a lo largo de su historia algunos miembros de su familia (como su primo Erios, sin irse muy lejos), y el reino aún seguía de pie. Pero mientras más prudencia se tuviera, sería mejor.

El lado con más peso de la balanza estaba totalmente claro. Perdonarles las vidas a esos dos de seguro no iba a destruir al reino, pero podría ser una pequeña piedra en su bota que arrastraría de ahí en adelante si no tenía cuidado. La decisión era clara, bastante de hecho. Y, aun así, la idea no le agradaba en lo absoluto. Había comenzado de alguna forma a convencerse a sí mismo de que evitar su ejecución era lo correcto y justo, y lo otro sería casi un horrible asesinato. ¿Por qué?, de nuevo, no le era claro. Era quizás más cercano a un “presentimiento”, como esos que le habían indicado a Armientos que había algo más detrás de ese ataque. Pero los suyos no le decían nada tangible como eso, sino que se manifestaban más parecidos a una incómoda sensación en el estómago.

Escuchó de pronto como Maximus suspiraba profundamente, como si algo le doliera.

—Aunque claro, hay otra opción —murmuró el juez de pronto sin mirar a ninguno de los otros dos hombres presentes—. Si es tan importante para usted salvar sus vidas, hay otro castigo posible que se les pudiera aplicar. Uno prácticamente ya no usado desde hace un siglo, pero que legalmente nunca se ha retirado como una opción.

—¿Cuál? —Preguntó Frederick, más por curiosidad que por genuino interés.

—De seguro ha escuchado al respecto en sus clases de historia, alteza. Hace tiempo, cuando un noble o un miembro de la realeza cometía un crimen grave, incluyendo incluso la traición, el emperador tenía la libertad de elegir entre la ejecución inmediata del acusado, o despojarlo de su apellido, sus títulos y tierras, y condenarlo a servir de por vida en las filas del Ejército Imperial como un soldado común; sin posibilidad alguna de recuperar su antigua vida, o incluso de ascender dentro del propio ejército. Usted entenderá que para algunos de alta cuna, como usted por ejemplo, terminar así representaba un destino peor que la propia muerte.

»Está de más que yo se lo diga a usted dada su posición actual, pero tras las conquistas territoriales de hace trescientos años, y de que surgiera por primera vez esta nueva figura del “emperador segundo” para gobernar dichos territorios en nombre del emperador, parte de las facultades de éste último tuvieron que ser pasadas a sus nuevos representantes para que pudieran encargarse de ciertos asuntos de forma inmediata, sin que tuvieran que pedir la aprobación del emperador para todo. Y supongo que usted adivinará por sí solo cuál fue una de esas cualidades.

Frederick entrecerró un poco los ojos, mirando a Maximus con algo de duda.

—¿Me está diciendo que, como emperador segundo, tengo la facultad de condenar a un traidor a servir en el ejército de por vida en lugar de ejecutarlo? —murmuró despacio, repitiendo la deducción más que lógica, pero que igual necesitaba poner claramente con palabras para entenderla con claridad.

Maximus asintió.

—No hay muchos precedentes, pero si un par en los cuales un emperador segundo hizo uso de esta facultad dentro de su territorio. Sigue sin estar a la altura de una ejecución, pero por ser tan inusual para la mayoría de la gente, se presta más para jugar con las apariencias y la semántica, y hacerlo ver como si lo estuviera.

—Pero dijiste que era sólo para nobles y realeza, ¿o no? —cuestionó Edik, un tanto confundido.

—No explícitamente —señaló el juez—. Es una ley de hace más de tres siglos; no eran tan específicos en esos tiempos, y daban muchas cosas como obvias. Siendo estrictos, no hay nada en dicha ley que diga que no se le puede aplicar el mismo trato a simples plebeyos o siervos. Pues evidentemente, ¿por qué un emperador o un emperador segundo quisieran tomarse tales molestias por alguien así?

—Pero dijo que era para aplicarse en su territorio gobernado —comentó Frederick—. El ataque y el juicio no ocurrieron en Volkinia Astonia, sino aquí.

—En efecto, pero ahí es donde aplica el manejo de las apariencias y la semántica, como bien le dije. Se puede argumentar que, ya que el ataque fue directamente hacia su persona y hacia su comitiva, siendo usted ya emperador segundo nombrado por puño y letra de su tío, y los soldados muertos eran miembros de su guardia personal, la ofensa fue directamente contra el gobernante y la guardia de Volkinia Astonia, lo cual técnicamente es cierto. Y entonces puede pedir su derecho de solicitar que se aplique dicha sentencia. Aunque al final, claro, el juez pertinente, en este caso yo, tendría que aceptarlo.

Había algo sagaz en su tono de voz, que le hizo pensar a Frederick que lo que realmente quería decirle era: “si le hago este favor, luego usted tendría que hacerme uno a mí…” Alguien más que veía la oportunidad de sacar ventaja a la primera oportunidad; y eso que le había parecido alguien mucho más serio y justo que el regente Edik, pero pareciera que toda la alta y media nobleza era cortada con la misma tijera.

—Pero debe entender muy bien lo que significaría tomar ese camino —sentenció Maximus—. Ya que alegaría que la ofensa fue hacia Volkinia Astonia, implicaría que debería hacer a estos dos criminales parte de su ejército, no del emperador. Tendría que llevarlos consigo a Volkinia Astonia, y que formaran parte de los que en teoría protegerían su territorio, su familia y a usted. Como dije, podemos contar la historia y hacer que la gente común lo crea. Pero, ¿cómo cree que lo tomen sus demás soldados?, considerando que tuvieron directa o indirectamente que ver con la muerte de sus amigos. ¿Cómo lo tomarán su esposa y sus hijas que fueron las más afectadas? O, incluso usted mismo: ¿se sentirá seguro de tenerlos tan cerca? ¿Vale la pena realmente tomarse tantas molestias por… un par de simples asaltantes y asesinos en potencia?

Maximus se encogió de hombros, y sonrió burlonamente.

—Es su decisión, alteza. Usted ordena…

Frederick agachó su mirada, sintiendo aún más que antes el peso de toda la situación. Aquello que parecía ser una salida, parecía más bien ser otra serie de problemas en potencia. Y todo para cumplirle un capricho a un simple soldado…

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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