Original El Manto de Zarkon – Capítulo 23. Se lo merece

22 de abril del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 23. Se lo merece

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 23
Se lo merece

Isabelleta y Mina llegaron sanas y salvas a la mansión del regente, aunque esto no duró así para la menor de las princesas una vez que estuvieron ante su madre. Isabelleta I y los sirvientes ya se encontraban en aquel momento buscándola por toda la casa, cuando ambas niñas se presentaron en la puerta principal acompañadas de su escolta. Su madre se hallaba confundida, y en un inicio no comprendió qué había ocurrido, y les exigió una explicación a los soldados. Estos no tardaron en exponer lo poco que sabían, y que podía resumirse en un hecho importante: la princesa Mina se había escapada a la sala de justicia. Y eso fue lo único que la Vons Kalisma tuvo que entender para que su ira se volviera palpable.

La mayor de las hermanas recibió la indicación de retirarse y dejar a Mina sola con su madre. Isabelleta tuvo que acatar dicha orden en contra de sus propios deseos, pues se daba una idea muy clara de qué pasaría con su hermana en cuanto se fuera. Aún no se alejaba demasiado de la puerta cuando los gritos furiosos de su madre se escucharon por el pasillo, haciendo que incluso ella se estremeciera de miedo.

Mina estuvo encerrada con su madre por casi una hora. Luego de ese tiempo, hizo llamar a su dama de compañía, la baronesa Lukrecya Yandul. Las noticias del escape y del regaño a la pequeña princesa ya eran del conocimiento de los miembros de la comitiva presentes en la casa en aquel momento. Lukrecya pensó que la emperatriz segunda la requería para que se llevara a Mina a su cuarto y se encargara de cuidarla y vigilarla, e incluso quizás tratar sus heridas; la tendencia de la princesa Rimentos a castigar a sus hijas de forma física, era conocida por casi toda la corte de Marik, aunque sólo se comentara a voces. Sin embargo, para sorpresa de la joven noble, cuando llegó a la sala de estar no vio rastro alguno de Mina. Sólo estaba la princesa Isabelleta I, sentada en su silla, con sus ojos azules encendidos como llamas, fijos en su figura flacucha e insignificante de pie en la puerta.

Lukrecya entendió, para su pesar, para qué había sido llamada en presencia de su nueva emperatriz segunda.

—¡¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta de que se fue?! —Soltó Isabelleta con gran fuerza una vez que la puerta del cuarto fue cerrada, poniéndose de pie—. Estuvo afuera más de una hora, sin que nadie supiera dónde estaba; ¿y tú tan calmada y despreocupada? Eres su dama de compañía, ¡tu deber es cuidar de ella, jovencita!

Lukrecya agachó su cabeza con sumisión, o prácticamente terror, siendo incapaz de ver directamente a la princesa.

—Pero, alteza… —susurró despacio, dificultándosele poder hablar—. La princesa estaba con usted, bordando. Yo pensé que seguía con usted…

—¿Te atreves acaso a insinuar que esto fue mi culpa? —espetó Isabelleta, interrumpiendo su explicación.

«¡Por supuesto que fue su culpa!», pensó la joven baronesa con tanta intensidad que por un momento temió más bien haberlo gritado. Por suerte aquellas palabras se quedaron sólo en su cabeza.

—No, claro que no, alteza —respondió Lukrecya, teniendo aún su cabeza agachada—. Pero usted más que nadie sabe lo impredecible y escurridiza que la princesa Mina puede ser…

—No tienes que recordarme que no es la primera vez que dejas que se escape de esta forma —volvió a interrumpir Isabelleta, añadiéndolo al regaño. Los dedos de Lukrecya se apretaron contra la tela azul de su vestido, como señal de la frustración que sentía pero era incapaz de expresar abiertamente.

Isabelleta avanzó hacia la baronesa, caminando a su alrededor mientras la observaba de forma crítica.

—Estamos a nada de subirnos a ese barco, y de arribar a Volkinia Astonia —comenzó a decirle—. Ahora más que nunca estas conductas no pueden seguir. Si no eres capaz de seguirle el ritmo a Mina, será mejor que ahora mismo te des media vuelta y vuelvas a Marik, que te aseguro que entre la aristocracia de Zarkon encontraré a otra jovencita más que dispuesta a tomar tu lugar.

La emperatriz segunda no tenía idea de lo mucho que en realidad Lukrecya deseaba hacer justo eso: dar media vuelta, regresar, y desertar de ese viaje. Se sintió más que tentada a en efecto tomar esa oportunidad que de cierta forma le estaba ofreciendo… pero no lo hizo.

—No, por favor no, alteza —murmuró la baronesa, intentando sonar lo más convencida posible. Agachó su cuerpo al frente en una moderada reverencia—. Le prometo que me esforzaré el doble para… servirle bien a la princesa Mina, y a usted.

Isabelleta se paró firme frente a ella, mirándola hacia abajo con severidad. Lukrecya no se atrevió a romper su reverencia hasta que la princesa se lo permitiera. Y, pese a todo, guardaba la pequeña esperanza de que ésta no aceptara sus disculpas y de todas formas decidiera mandarla de regreso. Ya fuera por buena o mala suerte, dependiendo de por cuál lado lo viera, Isabelleta pareció querer darle otra oportunidad. Después de todo, a pesar de lo que había dicho anteriormente, lo cierto era que sí tenía responsabilidad en lo ocurrido que era imposible de negar, por más que quisiera desquitar su enojo en esa jovencita. 

—Retírate —le indicó secamente mientras se dirigía de regreso a su silla—. Y que nadie me moleste hasta que Frederick llegue.

—Sí, alteza.

Sin alzar de más la mirada, Lukrecya retrocedió y salió del cuarto, cerrando la puerta lentamente detrás de ella. Comenzó a avanzar por el pasillo con paso apresurado, con su mirada aún fija en el suelo, pero ahora principalmente para esconder el enojo ferviente que esta comenzaba a mostrar ya con mucho menos pudor. Sus dedos seguían apretando fuertemente la falda de su vestido, tan parecido al de las sirvientas comunes de la comitiva, tanto que de un tirón podría haberlo desgarrado si no se contenía.

Sabía que en esos momentos su hermana, Tiridia, estaba en la cocina, por lo que inconscientemente se dirigió hasta aquel lugar. No porque quisiera hablar con ella a modo particular, pensando que podría consolarla o ayudarla. En realidad, sólo buscaba un lugar medianamente seguro para al fin poder estallar.

Tiridia era la única en la cocina, gracias a Yhvalus. Estaba sirviendo un poco de té en unas tazas cuando su hermana gemela entró a la cocina y se paró tensa en la puerta. La recién llegada miró alrededor para asegurarse de que en efecto estuvieran solas, y antes de que Tiridia le preguntara algo, se giró hacia la puerta de la cocina y exclamó:

—¡Bruja estúpida! Si no puede cuidar de sus propias hijas, ¡¿para qué las tiene?!

No lo dijo con mucha fuerza a riesgo de que alguien en los pasillos pudiera oírla, pero sí lo suficiente para dejar clara su frustración; incluso pateó el suelo con su botín derecho al final de sus palabras.

—¿Tan malo fue el regaño? —cuestionó Tiridia con algo más de serenidad, y pasó a terminar de servir el té.

—¡¿Y tú como sabías que me iba a regañar?! —Cuestionó Lukrecya molesta, virándose hacia su hermana. Ésta se encogió de hombros.

—Lo supuse. ¿Tú no?

Lukrecya soltó una maldición silenciosa y pateó el suelo un par de veces más con frustración.

—¡Ya estoy harta de esto! —Exclamó entre jadeos, casi llorando—. ¡Nos tratan como si fuéramos sirvientas!, ¡hasta nos hacen usar estos horribles uniformes! ¡No somos sirvientas! ¡Somos de sangre noble!, ¡somos baronesas de Volkinia!

—El barón es papá —le corrigió Tiridia—. Que nos llamen baronesas es por mera gentileza.

Lukrecya ignoró dicho comentario y se limitó a soltar algunos quejidos y llantos que ya no pudo contener. Pegó su espalda contra la pared y se deslizó por ella hasta quedar sentada en el piso.

—Ya no quiero seguir con esto —balbuceó—. Se supone que nos hicimos damas de compañía de la corte para buscar un buen esposo. ¿Qué clase de esposo vamos a conseguir en un Territorio Conquistado? Todos los nobles allá son salvajes y sucios…

—Eso no es cierto… —intentó decirle su hermana, pero de nuevo no le hizo caso.

—No puedo creer que papá haya consentido que nos fuéramos tan lejos. No quiero subirme a ese barco, no quiero ir a Volkinia Astonia. Sólo quiero irme a casa.

—¿Y a casa para qué? —Inquirió Tiridia con dureza, acercándosele y parándose justo delante de ella—. ¿Para sufrir el desprecio de papá y mamá? ¿Para qué cualquier hombre te saque la vuelta como a la peste por haber sido expulsada de la gracia de una princesa Rimentos?

—¡No me importa! —Exclamó Lukrecya alzando su rostro hacia su hermana—. ¡No me importa nada! ¡Yo me quiero ir de aquí!, ¡me quiero ir!

—¡Basta!

Tiridia se agachó hacia ella, y sin el menor miramiento le dio una fuerte bofetada que le dejó la piel enrojecida e hizo que su cuerpo se inclinara hacia un lado. Lukrecya miró confundida a su hermana con sus ojos llorosos. Ésta la observaba duramente, como si fueran madre e hija, y no hermanas idénticas.

—No lo harás, ¿me oíste? —Espetó Tiridia, casi como una amenaza—. Ambas nos quedaremos, y cumpliremos nuestro deber como hijas, y como siervas leales al Imperio. Prefiero vivir en los Territorios Conquistados y casarme con un salvaje, que vivir con la vergüenza y el desdén.

Lukrecya intentó dejar de llorar, batallando un poco para que su voz volviera a tomar fuerza.

—Para ti es fácil decirlo —susurró entre jadeos—. La princesa Isabelleta nunca te da problemas, y prácticamente se cuida sola. Ese monstruo con patas a la que yo tengo que cuidar… ¡Cada cosa que hace termina siendo mi culpa!

—Si quieres cambiamos.

—¿De verdad? —musitó Lukrecya esperanzada.

—Claro que no…

Tiridia suspiró y entonces se puso de pie, acomodándose su vestido lo mejor posible. Aunque a la vista de todos los demás ambas eran iguales, con el mismo rostro delgado y pecoso, los mismos ojos cafés y el cabello castaño rizado, en realidad entre ellas eran bastante distintas. Tiridia siempre había sido la más seria, sensata y responsable de las dos, mientras que Lukrecya siempre había sido más rebelde, orgullosa y, a opinión de algunos, quejumbrosa y chillona. Tiridia era la confiable, la que cumplía firmemente con su deber sin dudar y sin cuestionar. Desde que tenía memoria, Lukrecya siempre había tenido que depender del juicio de su hermana para saber qué hacer. Irónicamente, si lo pensaba con un poco de frialdad, no eran muy distintas a Isabelleta y Mina, siendo más que claro quién era quién.

—Deja de ser tan patética —le reprendió Tiridia como introducción a su comentario final—. Eres una Yandul, compórtate como tal. Papá depende de nosotras para alzar nuestra casa, y no podemos decepcionarlo. ¿Bien?

Sin esperar respuesta, y de todas formas tampoco la recibió, Tiridia se giró de nuevo hacia la mesa de la cocina para terminar de servir el té en las tazas, y de colocar unos panecillos con crema en un pequeño plato.

—Iré a llevarle estos aperitivos a las princesas —informó Tiridia tomando la bandeja por sus asas—. Deberías intentar consolar a la princesa Mina. La reprimenda que le dio la emperatriz segunda fue realmente dura.

—Se lo merece —respondió Lukrecya con desaire, abrazando sus piernas contra sí y apoyando su mentón sobre sus rodillas—, por hacer siempre lo que le da la gana sin pensar en los demás.

Tiridia suspiró resignada.

—Como quieras.

Lukrecya permaneció sentada en su rincón, mirando hacia la pared contraria mientras su hermana salía por la puerta con su bandeja.

— — — —

Tras esa tormentosa hora que pasó con su madre, Mina fue llevada a la habitación en la que dormía esos días, teniendo la restricción de no poder salir en todo lo que restaba de la tarde. Por el momento, para ella estaba bien así. Estaba enojada, triste, y sobre todo adolorida por los azotes; estar sola le vendría bien, aunque tuviera que ser encerrada. Desde que llegó, se tumbó en la cama con su rostro hundido en la almohada, sobre la que sollozaba e intentaba secar sus lágrimas. Duró casi media hora así sin poder calmar su llanto, hasta que poco a poco comenzó a aplacarse. Se suponía que debía usar ese tiempo para pensar en lo que hizo y arrepentirse de ello, pero dudaba hacer una u otra cosa.

La puerta del cuarto se abrió de pronto, pero Mina ni siquiera reaccionó ante ello o volteó siquiera a ver de quién se trataba; realmente no le interesaba.

—¿Mamá te pegó? —Oyó como le preguntaba la inconfundible voz de su hermana mayor, pero Mina siguió sin reaccionar; por un momento pareció que estuviera dormida, pero sus apenas apreciables jadeos la delataban. La princesa rubia caminó hacia la cama—. Debiste saber que esto pasaría cuando decidiste escaparte.

Isabelleta se paró firme justo a un lado de la cama y la observó.

—¿Por qué lo hiciste?

Mina no respondió.

—¿No me vas a hablar?

Mina siguió sin responder.

Isabelleta suspiró con cansancio, y se permitió entonces subirse a la cama y sentarse a un lado de su hermanita. Colocó una mano sobre sus cabellos rojizos, y acarició su cabeza suavemente. Mina aún traía puesto el vestido blanco que había ensuciado.

—Lo creas o no, no me gusta ver que te regañen, mucho menos que te peguen. Sabes que yo conozco tan bien la mano de mamá como tú.

—No tanto —musitó Mina, siendo sus palabras casi opacadas por completo por la almohada.

—Quizás no haga tantas travesuras como tú, pero mi boca me ha metido en problemas más de una vez, y la mayoría de las veces siento que es injustificado. Pero papá y mamá no lo hacen porque les guste hacernos sentir mal, sino porque nos quieren, e intentan cuidarnos y darnos lecciones; aunque éstas no sean siempre muy claras.

Hubo silencio en ese momento, e Isabelleta pensó que en efecto se quedaría así. Era difícil para ella intentar adivinar qué era lo que le cruzaba por la cabeza en esos momentos; siempre lo había sido. Quizá Mina era en ese momento un mar de resentimientos; contra su madre, contra su padre, e incluso contra ella. Los odiaba a todos, y lo que menos quería era hablar con alguno de ellos. Su padre le había dicho que debía cuidar de ella, estar ahí por si necesitaba hablar de algo, pero era más fácil decirlo que hacerlo. Quizás lo mejor de momento era dejarla sola.

Isabelleta se disponía a bajarse de la cama y retirarse, cuando de nuevo la escueta voz de Mina se hizo presente de improvisto.

—Quería ver a los prisioneros —murmuró de pronto la pelirroja. Alzó entonces su rostro hacia su hermana, mostrando que éste se encontraba enrojecido y sus ojos irritados de tanto llorar; definitivamente no era el aspecto más propio de una princesa Rimentos—. Creí que, si los veía de cerca, les perdería el miedo.

—¿Por tus pesadillas? —inquirió Isabelleta, y Mina asintió lentamente—. ¿Y funcionó?

—Eso creo…

Sonaba insegura, pero no se podía esperar que hablara con mucha seguridad en ese estado. Isabelleta no lograba adivinar del todo la lógica que la pudo llevar a pensar que eso habría sido una buena idea, o al menos una provechosa. Pero sí lograba en parte comprender que las tres, incluida su madre, estaban pasando por un momento difícil tras lo ocurrido, y cada una intentaba lidiar con ello lo mejor posible.

La princesa rubia sonrió, y extendió su mano hacia su hermana para acomodarle sus desalineados cabellos que le cubrían el rostro.

—Espero puedas dormir mejor, entonces —le susurró con un suavidad, casi con ternura—. Intenta hacerlo ahora, ¿sí? Yo me quedaré aquí a tu lado.

Mina no respondió, ni siquiera con algún movimiento de su cabeza. Sin embargo, sin desviar su rostro de la dirección en la que se encontraba su hermana, cerró los ojos y apoyó por completo el costado de su cabeza contra la almohada. Isabelleta pasó lentamente sus dedos por sus cabellos y su mejilla, mientras susurraba lentamente una ligera y lenta tonada, esperando que eso la ayudara a descansar.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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