Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 57. Ya estás en casa

2 de abril del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 57. Ya estás en casa

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 57.
Ya estás en casa

El viaje de Matilda en tren resultó ser incluso más tranquilo de lo que esperaba, pues gran parte de él se la pasó dormida (cortesía de los varios medicamentos que debía tomar para su herida). Descansar le sentaría bien, aunque tuviera que ser en uno de esos asientos de clase turística.

El hombro ya no le molestaba tanto, aunque si lo presionaba un poco igual le recorría una horrible sensación de dolor que la hacía encogerse en sí misma.

«Entonces no te lo presiones», se dijo a sí misma como se lo diría a cualquier paciente, aunque su área de trabajo estuviera algo alejada de las heridas de bala.

Cuando faltaban alrededor de dos horas para llegar a Los Ángeles, Matilda hizo al fin esa llamada que estaba tanto postergando. Buscó en sus llamadas recientes el nombre de su madre adoptiva, le marcó, y entonces tuvo que pasar por la penosa situación de explicarle que no sólo estaba rumbo a Arcadia, o que ya estaba a unas cuentas horas de distancia… sino que además iba para allá con una herida de bala en el hombro.

—¡¿Qué?! —Gritó tan fuerte y azorada la voz de Jennifer Honey en el teléfono, que Matilda temió que la hubieran escuchado en todo el vagón. De fondo pudo oír que algo se caía y se rompía (un plato o una taza quizás).

La psiquiatra intentó mantenerse calmada y explicar la situación de la forma más clara y tranquila posible, pero ciertamente no había nada claro o tranquilo en todo ese asunto, así que nada de lo que dijo pudo de alguna forma calmar a su madre (e incluso quizás la puso aún peor). Lo único que logró sosegar un poco las aguas tan turbias fue enfatizar repetidas veces que estaba bien, que iba en camino para allá, y que se quedaría ahí en su casa por un tiempo para reposar. Jennifer, por supuesto, no opuso resistencia alguna a ello; quizás se hubiera molestado el triple si le hubiera dicho algo diferente.

La profesora de primaria insistió en ir a recogerla a la estación, pero se escuchaba tan alterada que Matilda la convenció por todos los medios de que no lo hiciera.

—Quédate en casa, siéntate, e intenta calmarte —le susurró despacio en el teléfono, con la voz suave que solía usar con sus pacientes—. Respira, e intenta recuperarte, ¿quieres? Estos exabruptos no son buenos para tu salud.

—¡¿Exabruptos?! ¡¿Y cómo esperabas que reaccione…?! —Jennifer se obligó a sí misma a callar, y su hija pudo oír al otro lado de la línea como comenzó a respirar lentamente.

Matilda contaba con que su madre adoptiva la escuchara y le hiciera caso; casi siempre lo hacía. Y en esa ocasión ciertamente era imposible que negara lo sobresaltada que se encontraba, por lo que poco a poco la fue convenciendo de que aguardara, y que llegaría en un par de horas más por su cuenta. Jennifer no estuvo contenta, pero difícilmente podría estarlo dada las circunstancias.

Llegó a la estación de Los Ángeles sin mayor contratiempo y encargó un taxi para que la llevara a la residencia de su madre en Arcadia. Matilda casi se volvió a dormir a mitad del camino, pero luchó para evitarlo. Cuarenta minutos después, el taxi se encontraba ingresando por el camino envuelto en frondosos árboles que llevaba a la residencia Honey. Justo cuando el vehículo amarillo dio una vuelta para colocarse delante de las escaleras de la casa, Matilda vio como de las puertas abiertas de la casa salía casi disparada la figura delgada de Jennifer Honey, corriendo hacia su puerta en la parte trasera del taxi

—¡Matilda! —Exclamó con tanta fuerza que incluso asustó al conductor. Detrás de ella, con paso notoriamente más tranquilo, venía también Maxima, ataviada en unos cómodos jeans azules y una camisa holgada color rojo.

 La joven castaña suspiró, intentando recobrar todas las energías posibles. Abrió la puerta, y notó como su madre se detenía a menos un metro, vacilante entre seguir avanzando o no. Por suerte la psiquiatra logró bajarse por sí sola sin problema, pues quizás de haber batallado aunque fuera un poco su madre hubiera terminado queriendo cargarla en sus brazos, aunque eso ya fuera físicamente imposible.

—Hola… —saludó Matilda de forma dudosa, sonriéndole. Jennifer la miró desde su posición, cubriéndose su boca con una mano. Su atención estaba fija de seguro en el cabestrillo de su brazo. Esperaba que una vez que la viera se daría cuenta de que todo estaba de hecho bien, pero parecía no haber tenido el efecto deseado.

—Mírate, por Dios —exclamó Jennifer, casi con lágrimas, y se le aproximó con cuidado, pasando sus manos por su cabello, sus mejillas y sus hombros, apenas tocándola como si temiera hacerle daño con su sola cercanía. Maxima, mientras tanto, fue con el conductor a la parte trasera del vehículo para bajar el equipaje.

Los años apenas y habían pasado por Jennifer Honey. Los signos más marcados de su verdadera edad eran algunas apenas notables arrugas que se le habían formado a los lados de los ojos y alrededor de la boca, y las ya difíciles de ignorar canas que adornaban algunas secciones de su cabellera castaña. Por lo demás, desde la perspectiva de Matilda, seguía siendo la misma hermosa mujer delgada e inteligente que conoció por primera vez cuando tenía seis años y medio, en aquella colorida aula de primaria.

—¿Cómo estás? —Preguntó Jennifer llena de preocupación y miedo—. ¿Te duele algo?

—No, no en estos momentos.

—¿Ya te tomaste tus medicinas?

—Sí, mamá. Recuerda que también soy doctora.

—¿Y qué te sucedió en la mano? —Exclamó Jennifer de pronto, alzando un poco más la voz.

Matida al inicio pareció un poco perdida sobre el repentino cuestionamiento, pero casi de inmediato cayó en cuenta de qué hablaba. Un vistazo rápido de su mano vendada le ayudó también a recordar la herida que Samara (o quizás la “Otra Samara”) le había hecho hace unos noches atrás, y que aún no se le cerraba del todo.

—Ah, esto fue otra cosa… —explicó Matilda, intentando restarle por completo importancia—. Ya casi se me cura, de hecho.

—Matilda, por Dios —musitó Jennifer, y entones no se contuvo las ganas de rodearla y abrazarla, aunque fuera levemente—. Mi niña…

—Estoy bien, enserio —repitió Matilda, que aunque el abrazo no era para nada estrujante, igualmente en su contexto la hacían sentir un poco de sofoco.

«Y de la mordida de perro en el tobillo o de la casi estrangulación invisible, mejor ni te cuento», pensó Matilda con cierta ironía.

Maxima despidió al conductor del taxi, y éste se alejó por el mismo camino por el que había entrado. Luego, cargando las maletas, se acercó a las dos mujeres Honey con una sonrisa calmada. Su expresión en general, sin embargo, mostraba que no precisamente se sentía así, pero quizás creía que alguien debía de mostrar calma en esa situación.

—Tranquila, Jenny —le susurró Maxima a la profesora, pasando su mano por su espalda de arriba abajo—. Las vas a lastimar más. —La advertencia había sido un poco en broma, pero igual Jennifer lo tomó muy enserio y rápidamente se apartó de su hija, dando un paso hacia atrás—. Hola Matilda —saludó entonces a la recién llegada, sonriéndole también.

—Hola Max —le saludó Matilda a su vez con moderada efusividad—. ¿Cómo estás?

Maxima se encogió de hombros.

—A mí no me han disparado últimamente, así que…

—Max, por favor —soltó Jennifer, mirándola un poco molesta. Max se volvió a encoger de hombros y alzó sus brazos en señal de rendición.

Maxima Bonilla, o sólo Max para sus conocidos, era una mujer latina alta en sus cuarentas. Era de piel morena, cabello negro rizado largo por debajo de sus hombros, y complexión atlética y fuerte. Trabajaba como arquitecta en su propia firma en Los Ángeles, y había sido la pareja sentimental de Jennifer desde hace ya casi ocho años. Matilda y ella no tenían una relación del todo cercana, pues gran parte del tiempo en el que su madre y ella habían estado juntas hasta ese momento, Matilda había estado estudiando su doctorado, viajando por asuntos de la Fundación, o viviendo en Boston. Aun así, a la psiquiatra le agradaba, y suponía que el sentimiento era mutuo. Era una persona agradable y optimista que radiaba muy buena vibra en cada una de sus palabras y acciones, y le gustaba que Jennifer tuviera a alguien así que le hiciera compañía y la cuidara. Además de que era evidente lo feliz y tranquila que su madre se sentía a su lado; y mientras ambas se hicieran felices mutuamente, Matilda era igualmente feliz. Aun así, para la resplandeciente, Jennifer Honey era y siempre sería su única madre, aun teniendo en cuenta en dicha afirmación a Zinnia Wormwood, donde quiera que se encontrara.

—Ven, quiero que subas a tu habitación a descansar —indicó Jennifer con apuro, guiándola con mucha delicadeza hacia el interior de la casa. Matilda sólo pudo seguirle sin protestar—. No puedo creer que te hayas venido desde Oregón tú sola. ¿Y si se te complicaba algo en el camino? Bien dicen que los doctores son los peores pacientes. Debiste haberte quedado allá y yo me hubiera subido al primer avión para ir a cuidarte.

—No te hubiera causado ese inconveniente —señaló Matilda, estando ya de pie en el pórtico—. Además, en verdad estoy bien. Esto no es nada; no es la primera vez que me disparan.

Jennifer se detuvo en seco justo en el marco de la puerta al escucharla decir eso, y se viró por completo hacia ella, encarándola con una expresión de completo asombro y, por supuesto, terror.

—¡¿Qué?! —Exclamó con fuerza, colocando una mano sobre su pecho.

Matilda sonrió cohibida.

—Es un chiste…

Un aire bastante incómodo las envolvió en esos momentos.

—Hey, respira, cariño —intervino Maxima de nuevo, colocando las maletas en el suelo para poder rodear el delgado cuerpo de Jennifer con un brazo—. ¿Por qué no te preparas un té mientras yo ayudo a Matilda a instalarse?

—Sí, necesito un té —musitó la profesora, casi como una plegaria. Dio un paso hacia el interior de la casa, pero casi de inmediato se volteó de nuevo y se aproximó hacia su hija—. ¿Quieres uno, pequeña?

—Un té con miel estaría bien —asintió Matilda, más calmada.

—Muy bien. Te prepararé también algo de comer —extendió en ese momento sus manos, recorriendo de nuevo el cabello y rostro de la joven mujer—, debes tener mucha hambre. Estás tan delgada.

—Gracias…

—No te esfuerces de más. Acuéstate, y descansa; hablo enserio. ¿A qué horas te tocan tus próximas pastillas?

—Jenny —musitó Max casi como un regaño.

Jennifer entonces hizo de nuevo el intento de entrar a la casa, pero se devolvió una vez más en el último instante para darle un abrazo más a Matilda, un poco más efusivo que el anterior pero aún lo suficientemente cuidadoso para no lastimarla.

—Estoy tan contenta de que estés bien —le susurró despacio contra el costado de su cabeza—. No sé qué haría si algo te pasara, mi amor.

—Gracias, mamá —musitó Matilda con un sentimiento similar, permitiéndose corresponderle el abrazo de alguna forma con su brazo sano.

Jennifer se quedó así por unos segundos, casi como si temiera soltarla, pero al final tuvo que hacerlo. Ahora sí entró sin más espera al interior de la casa y se dirigió apresurada a la cocina. Maxima fue la siguiente en entrar, cargando de nuevo las maletas.

—No me dejará levantarme de la cama en todos estos días, ¿cierto? —suspiró Matilda un tanto resignada, entrando detrás de Maxima.

—Complácela un poco —le respondió la mujer latina—. Se puso muy mal cuando le dijiste lo del disparo.

—Lo siento —masculló la psiquiatra con pesar sobre ella—. Lo que menos quería era preocuparla.

—No te disculpes. No creo que alguien se ponga delante de un arma para que le disparen apropósito, y ella lo sabe.

Matilda estuvo de acuerdo con ese punto. En efecto no se había puesto apropósito en esas situaciones, pero quizás de alguna forma tampoco había hecho mucho para evitarlas. Sabiendo lo que ocurriría, ¿hubiera reaccionado de la misma forma?

Maxima comenzó a subir las escaleras con las maletas, por lo que Matilda la siguió un poco detrás. Sólo hasta entonces la recién llegada se volvió un poco más consciente del hecho de que estaba de regreso en ese sitio, su casa… el primer lugar que realmente pudo llamar su hogar. Aunque iba ahí regularmente (tenía pensado ir dentro de unas semanas para Acción de Gracias, independientemente de si su estadía en Oregón se prolongaba más o no), hacía mucho, mucho tiempo, que no iba a esa casa así: agotada, derrotada, y con deseos de buscar un lugar seguro en el cual refugiarse. No había pasado quizás desde aquellos horribles días de preparatoria en los que era molestada, y llegaba a casa con una maleja de frustración, enojo, e incluso tristeza. La situación actual era bastante diferente, pero los sentimientos que la acompañaban no lo eran tanto.

—¿Es verdad que quien te disparó fue esa mujer de la que hablan en las noticias? —Escuchó de pronto que Maxima le preguntaba, justo cuando ya estaban en la planta alta—. ¿La que parece una niña de nueve años y que secuestró a esas niñas?

Matilda respiró hondo, mirando hacia otro lado.

—Preferiría no hablar de eso en esto momentos —respondió intentando no sonar demasiado brusca.

—Sí, lo siento. Mi curiosidad tonta.

Se dirigieron sin más al cuarto de Matilda, aquel que había ocupado desde el primer día en que se mudó ahí con la Srta. Honey, y hasta que se mudó a estudiar la carrera, y que estaba siempre a su disposición en cada una de sus visitas. Ahí se encontraban todos sus libros, juguetes y trofeos de su niñez, e incluso algunos de sus atuendos y recuerdos. El sitio no había cambiado mucho en todo ese tiempo; seguía viéndose de cierta forma como el cuarto de una niña de seis años y medio. Aun así, era de los pocos sitios en el mundo en el que se sentía completamente segura.

Maxima colocó las maletas sobre la cama y Matilda misma se sentó a la orilla de ésta, sintiéndose de golpe más cansada de lo que se esperaba.

—¿Vas a estar bien subiendo y bajando las escaleras? —le preguntó Maxima, posiblemente notando el cansancio en su rostro.

—Espero que sí. La bala entró y salió limpia, así que creo que estaré bien en una o dos semanas.

—¿Una o dos semanas?, vaya que eres una mujer ruda —comentó Maxima con su habitual optimismo—. Te admiro, enserio. Como sea, a tu madre le hará muy feliz tenerte aquí todo ese tiempo. Te recomiendo descansar un poco. Ya estás en tu casa.

—Gracias —le sonrió con gratitud mientras ella se retiraba y le daba un poco de privacidad.

Matilda pensó que en efecto le haría bien acostarse y descansar como su madre le había sugerido. Su cuerpo se lo pedía, aunque su mente estaba demasiado inquieta.

Al virar su rostro hacia un lado, su atención se fijó un poco en el suelo, en la alfombra, y ese espacio entre la cama y la pared. Recordó entonces uno de los únicos momentos en dónde ese cuarto no fue un refugio de seguridad y de paz para ella. Aquellos días en los que sus poderes se salieron por completo de control.

Se paró y se dirigió al sillón de la ventana, sentándose en éste para poder ver mejor el costado de la cama. Por un momento pudo verse a sí misma claramente sentada ahí en el suelo, escondida, con su rostro cubierto en lágrimas y miedo, mientras todas sus cosas flotaban sin control sobre su cabeza. Estaba tan asustada… Sin embargo, en ese momento, esa persona llegó para ayudarla…

“Hola, Matilda. Me llamo Jane, pero tú puedes decirme Eleven. Todos mis amigos lo hacen.”

Y también pudo verla, de cuclillas a su lado, mirándola y hablándole con toda esa suavidad y comprensión, pero a su vez con tanta seguridad y fuerza. La pequeña Matilda de trece años desconocía lo importante que aquella mujer se volvería en su vida con el pasar de los años.

Y ahora se la tenía que imaginar postrada en una cama de hospital, totalmente incapaz de despertarse.

Eleven había acudido a ella cuando más la necesitaba, y no sólo a los trece años sino en cada momento de su vida que así lo requería. Cuando ocurrió lo de Carrie, cuando aquel sujeto la atacó en Portland hace unos días y casi la mató… Y era incapaz de hacer lo mismo por ella en esos momentos. En su lugar, era casi como si hubiera huido cobardemente a esconderse ahí, a su pequeña cueva de seguridad.

“Ella querría que nos encargáramos de esto por ella. Que no dejemos que se salgan con la suya y nos venguemos por lo que nos han hecho.”

“¿Te darás por vencida así nomás? Dijiste repetidas veces que no abandonarías a esa niña, sin importar qué. ¿Y ahora le darás la espalda?”

Y ahora era Cole el que se le venía a la mente. ¿Dónde estaría en esos momentos? ¿Seguiría en Oregón o habría decidido volver a Filadelfia? Esperaba que fuera lo segundo.

Matilda suspiró pesadamente y se paró del sillón, dirigiéndose hacia sus maletas. Abrió la más grande, en dónde llevaba toda su ropa, con la intención de acomodarla.

Quizás si se estaba escondiendo, quizás sí se estaba rindiendo. Pero, en realidad daba lo mismo. Estaba herida física y mentalmente. No le sería de ayuda ni a Eleven, ni a Samara, ni a Cole, ni a nadie en ese estado. Lo mejor que podía hacer era descansar y… luego vería qué hacer.

—¿Tú qué haces de pie? —escuchó la voz de su madre recriminándole desde la puerta. Al alzar su mirada, vio a la vieja profesora ingresando al cuarto con una taza de humeante té sobre un pequeño platito de porcelana.

—Sólo quería guardar mi ropa… —Intentó explicar la psiquiatra.

—Nada de eso. Tú metete a la cama y yo me encargo de esto. Aquí te voy a dejar tu té.

Jennifer colocó taza en el buró a un lado de la cama y entonces guio a su hija de regreso a la cama para que se sentara. Luego pasó a abrir por completo la maleta y a sacar una a una de las prendas de su interior.

—Gracias —sonrió Matilda—. Lamento causarte estos problemas.

—Ni siquiera pienses en eso —declaró Jennifer fervientemente. Tomó entonces algunas de las blusas y se dirigió al ropero, colgándolas en algunos ganchos—. Obviamente preferiría que nadie jamás te hubiera disparado, pero me hace feliz que hayas venido aquí para que pueda cuidar de ti. Descansa ese brazo, ¿quieres? El mundo no se acabará si Matilda se toma unos días para recuperarse.

Matilda sonrió divertida, aunque por dentro se dijo a sí misma: «espero que no».

Mientras Jennifer continuaba guardando la ropa, la psiquiatra pasó a descalzarse y a estirar un poco sus dedos.

—¿Cómo sigue Jane? —Preguntó Jennifer de pronto, tomándola un poco por sorpresa—. ¿Has tenido alguna noticia?

Matilda por un momento sintió como si le hubieran leído la mente. Y, considerando el tipo de personas que conocía, aquello no era una sensación desconocida para ella. Eleven le dijo una vez que todas las madres resplandecían un poco cuando se trataba de sus hijos. Con la experiencia Matilda había aprendido, sin embargo, que no todas las madres lo hacían (de nuevo, contando en esa afirmación a la propia Zinnia Wormwood). Pero en efecto sí había algo de verdad en ese llamado “sexto sentido” del que presumían algunas.

—Todo sigue igual, hasta donde sé —explicó con desanimo.

—Se pondrá bien. Jane es muy fuerte.

—No lo sé. El coma en el que está no es uno normal. Es probable que nunca despierte. El sujeto que la atacó… es un peligro. Y ni siquiera sé en dónde está.

—No pienses en eso, por favor —soltó Jennifer casi como una súplica, acercándosele rápidamente. Se puso de cuclillas delante de ella, colocando sus manos sobre las suyas y mirándola a los ojos desde abajo—. Esta vez fue un disparo, no te puedes arriesgar a que sea algo peor.

Jennifer hacía tal advertencia desde su desconocimiento de todo lo que había ocurrido, y aun así era bastante certera. En comparación con lo que podría pasar, ese disparo era algo pasajero y fácil de remediar. Lo de Eleven era algo muy diferente.

Matilda sonrió, y su rostro radió cierta tranquilidad, quizás no del todo sincera pero sí lo suficiente.

—Descuida, no haré nada peligroso. Mis únicos planes de momento son descansar y dejar que me consientas.

—Eso quería escuchar —musitó Jennifer con mucho más ánimo, permitiéndose darle un pequeño beso en cada mano antes de pararse de nuevo—. Toma tu té y ponte cómoda. ¿Ocupas ayuda para desvestirte?

—Creo que estaré bien. Gracias.

Jennifer bajó las maletas de la cama para darle más espacio, y continuó acomodando las ropas mientras Matilda subía sus piernas a la cama y, en efecto, se ponía más cómoda.

—Te subiré algo de comer en unos minutos.

—Sí, gracias.

Matilda contempló en silencio a su madre mientras se encargaba de todo por ella. Hacía mucho que nadie se encargaba de sus cosas. Normalmente no era algo que le agradara mucho pero, por esa ocasión, le tomaba un poco el gusto.

— — — —

Por su parte, Will Byers había llegado a Indiana el día anterior en la tarde, mientras Matilda continuaba aún su viaje por tren a Los Ángeles. Se puso en camino a Hawkins casi de inmediato, llegando a su pueblo natal un poco antes de que anocheciera, y dirigiéndose directo al hospital principal del pueblo. Sarah y Jim, los hijos mayores de Mike y Jane, ya se encontraban también ahí. En cuanto lo vieron, Sarah se le acercó y le dio un fuerte abrazo. Jim lo recibió de la misma forma un poco después, aunque con menos efusividad que su hermana mayor. A Sarah la había visto seguido en la Gran Manzana, pero le sorprendió lo mucho que James había crecido, y lo parecido que se estaba volviendo a Mike con los años. Sin embargo, el mayor asombro para él fue ver a Terry.

La última vez que había visto a la menor de los Wheeler en persona, ésta debía haber tenido unos diez u once años. Desde entonces ya mostraba bastantes similitudes con Eleven, pero ahora se había transformado prácticamente en un clon más joven de su vieja amiga (y prácticamente hermana adoptiva en cierto punto). Los tres estaban decaídos, pero era la joven de dieciséis la que parecía estarlo llevando aún peor. Quizás se debía a su edad, o quizás al hecho de que había estado presente en el momento del ataque. Pero Will sintió que se debía más a su sensibilidad única, misma que el diseñador gráfico y dibujante comprendía muy bien.

Max se apareció poco después e igualmente ambos se saludaron efusivamente. Mientras lo guiaba hacia donde tenían a Eleven en cuidados intensivos, su vieja amiga le explicó un poco los aspectos médicos de su padecimiento, aunque todo se resumía en que físicamente no tenía nada que la mantuviera en ese estado. Sin embargo, le contó sobre la abundante hemorragia nasal que había tenido, y aquello alertó aún más al recién llegado. Al igual que a los otros, Max le había advertido hace tiempo del riesgo que aquello podría significar. Pero, al menos de momento, era más importante hacer que despertara; de lo otro se ocuparían después.

Así como Terry, Will siempre había sido el más sensible de sus amigos, por lo que ver a Eleven en ese estado lo afectó de sobremanera. Creía que se había preparado mentalmente para ello, pero no fue así. Casi no la reconoció. Mike se presentó en la camilla unos minutos después, y ambos amigos no perdieron la oportunidad de abrazarse con fuerza el uno al otro, e incluso de llorar un poco.

—Aquí estoy, amigo —le susurraba Will mientras lo sujetaba—. Aquí estoy y no me iré a ningún lado, ¿de acuerdo?

Mike sólo asintió con su cabeza entre sollozos. Max se retiró en ese momento para darles un poco de espacio.

Pasaron ahí casi toda la noche, pero para las dos de la madrugada el cansancio del viaje tan repentino casi hacía que Will cayera dormido al suelo. Mike le ofreció que se fuera a descansar a su casa, y en un inició Will no acepó. Fue la insistencia de su amigo, de Max, de Sarah y de Jim lo que terminó por convencerlo. Estos últimos igualmente se encontraban cansados tras sus respectivos viajes, por lo que también se permitieron retirarse un rato a la casa, ducharse y dormir un rato. Terry y Mike no lo hicieron. Aunque llevaban ahí metidos desde la noche anterior, ninguno aceptó alejarse demasiado de Jane, especialmente de noche. Terry parecía la más aferrada a ello y la más difícil de convencer.

Will, Jim y Sarah volvieron al hospital temprano esa misma mañana, luego de pasar a comprar algo para desayunar. Al llegar, encontraron a Terry dormida en las sillas de la sala de espera, con la mayor parte de su cuerpo colgando de éstas. Sus dos hermanos se encargaron de despertarla con toda la delicadeza que les fue posible, pero la joven igualmente se levantó estremecida y asustada.

—¡¿Qué pasó?! —Exclamó con apuro—. ¡¿Mamá está bien?!

—Mamá está bien —le contestó Sarah despacio, pasando sus manos por su rostro y cabello—. Mírate nada más, hermanita. ¿Cuándo fue la última vez que te duchaste o dormiste en tu cama?

Terry se sentó derecha en su silla, estirándose un poco para aliviar el dolor de espalda que le había provocado su pésima posición.

—Necesito estar aquí —declaró con bastante fervor—. Siento que mamá necesita que esté cerca de ella.

—Llevas aquí metida más de veinticuatro horas seguidas —señaló Jim casi como un regaño, sentándose a su lado—. Necesitas dormir al menos unas horas en algo más cómodo que una de estas sillas.

—Jim y yo ya estamos aquí, y nos quedaremos todo el día —añadió Sarah, sentándose al otro lado de Terry y rodeándola con sus brazos con cariño—. También papá está aquí, ¿lo olvidas? No dejaremos a mamá sola ni un segundo, y la cuidaremos por ti.

—No, enserio necesito estar aquí —repitió Terry con insistencia, librándose de manera tosca del abrazo de su hermana mayor—. Lo presiento…

Sarah y Jim se miraron el uno a otro, no muy contentos por la terquedad de su hermanita. Miraron entonces a Will, pidiéndole con sus miradas algo de apoyo, lo cual éste entendió de inmediato. El diseñador le extendió la bolsa con los desayunos a Sarah para que la sujetara, y entonces se colocó de cuclillas delante de Terry. Ésta miraba a otro lado, como si intentara evitar su mirada.

—Entiendo cómo te sientes, Terry —murmuró Will con gentileza—. Pero, ¿crees que a tu mamá le gustaría que estuvieras aquí tanto tiempo sin comer o dormir bien? Conociéndola, estaría muy molesta con tu padre, y conmigo de paso, por permitirlo. —Terry guardó silencio—. Hagamos esto. Tea acompañaré a tu casa para que te des un baño y duermas un par de horas; prometo no dejarte dormir más que eso. Y en cuanto pase cualquier novedad, Sarah me marcará y vendremos volando para acá. ¿Bien?

La jovencita alzó su mirada un tanto vacilante hacia su tío de cariño. Sus hermanos igualmente la miraban expectantes. Posiblemente sintió un poco la presión, pues un poco después suspiró resignada, pero también muy cansada.

—Está bien… sólo un par de horas… —musitó derrotada la menor de los Wheeler.

—Perfecto —señaló Will, parándose de nuevo—. Sólo déjame le llevo su desayuno a tu papá y vuelvo. ¿De acuerdo?

Terry asintió lentamente, y entonces se permitió recostar la cabeza en el hombro de su hermana, y recibió de mejor humor su abrazo.

—Gracias, tío —le susurró Sarah con una brillante sonrisa. Will sólo sonrió y se dirigió hacia cuidados intensivos con la bolsa de los desayunos en su mano.

— — — —

Will tenía pensado extender el ofrecimiento de irse a descansar también a Mike. Sin embargo, Will lo conocía mejor que nadie (incluso un poco más que la propia Jane), y sabía muy bien que no aceptaría retirarse tan fácil. Él mismo lo haría por su cuenta cuando fuera el momento, pero Will supuso que dicho momento aún no llegaba. Quizás su padre no tenía el mismo tipo de presentimientos que Terry, pero igual tenía su manera de intuir las cosas.

Al llegar a la camilla de El, no le sorprendió ver a su viejo amigo sentado en la misma silla a un lado de su esposa en la que lo había dejado la noche anterior. Se veía ojeroso y agotado. Su barba y bigote ya le habían crecido más de lo que habituaba, y su cabello y ropas eran un desastre. Pero no cabeceaba, y su mirada seguía igual de firme y despierta como en un inicio. Aún sujetaba la mano de El entre las suyas, y admiraba su rostro dormido, esperando pacientemente a que sus ojos se abrieran en cualquier momento.

Will admiraba, e incluso envidiaba un poco, lo mucho que Mike amaba a Eleven. Lo había hecho desde que eran unos niños, y en todos esos años dicho sentimiento no parecía haberse esfumado ni un poco. Pero en una situación así, dicho sentimiento podría hacerle bastante mal.

Se le aproximó cauteloso por un lado, colocando una mano sobre su hombro. Mike no se asustó o sobresaltó; sólo lo miró sobre su hombro con expresión un tanto distraída, como si por un segundo no hubiera sido capaz de reconocerle.

—Acabo de convencer a tu hija menor de ir a la casa a descansar un poco —informó Will, saltándose el “buenos días” o el “¿cómo estás?”, que consideró un tanto innecesarios en esos momentos—. ¿Crees que pueda convencerte a ti de lo mismo?

Mike no respondió con palabras, pero su silencio fue suficiente. Se viró unos momentos después a su esposa, volviéndola a contemplar de la misma forma que lo hacía hasta hace unos momentos.

—He perdido la cuenta de todas las veces que pensé que la perdería definitivamente —comentó de pronto Mike al aire, como una simple reflexión personal—. Pero nunca lo había sentido tan real como ahora… no desde la primera vez que pensé que realmente había desaparecido.

Will permaneció callado. Supuso que lo único que su amigo requería era desahogarse un poco y que alguien lo escuchara.

—Antes de que esto pasara, me confesó que sentía miedo, sobre todo este asunto, y sobre este individuo. Yo la alenté, diciéndole que era Eleven; la invencible Eleven. Que quien quiera que se quisiera meter con ella, estaba en problemas. Debí haber confiado más en sus instintos.

—Ni Terry ni tú deben culparse de esto —musitó Will con franqueza—. Eleven habría hecho lo que hizo de todas formas para ayudar a sus chicos, y tú lo sabes. Y aún no la has perdido. Ella sigue ahí, yo lo sé, y lo siento. Y si no confías en mi palabra, cree en las de Terry. Ella está convencida de que algo cambiará pronto, y sus presentimientos son más certeros que los míos.

Mike sólo asintió y le sonrió levemente como señal de gratitud. A diferencia de su hija, él no parecía ser tan positivo.

Will colocó entonces la bolsa con su desayuno sobre la camilla, justo delante de él.

—Llevaré a Terry a la casa. ¿Ocupas que te traiga algo? ¿Un cambio de ropa, quizás?

—Gracias amigo. Sin ti y sin los chicos… creo que ya me hubiera vuelto loco con todo esto.

—Para eso estoy aquí —le respondió dándole un par de palmadas en su hombro—. Enseguida vuelvo.

Mike lo despidió con un ademán de su cabeza, y el ahora neoyorquino se apresuró a cumplir su promesa.

FIN DEL CAPÍTULO 57

Notas del Autor:

Jennifer Honey se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996, salvo por el tema de su preferencia sexual revelada en este capítulo (aunque ya se habían dado algunos indicios en diálogos de capítulos anteriores). Tanto en la película original, como en la novela en la que se basa, nunca se da alguna señal particular de cuál podría ser su orientación, ya que no tenía cabida en la temática de ambas obras, o tocarlo sencillamente no tenía caso. Sin embargo, algunos fans han llegado a barajear la posibilidad de que la “Señorita Miel” de la película podría ser homosexual, idea que a mí en lo particular no me parece fuera del lugar, y es algo que he querido plasmar en esta historia. Pero repito, no es una idea que se base en nada en particular de ninguna de las dos obras, sino más bien sólo una interpretación meramente personal del personaje, o un “headcanon” si lo quieren ver de esa forma.

Maxima “Max” Bonilla, quien sería en esta historia la pareja actual de Jennifer Honey, es un personaje original de mi creación que no se basa directa o indirectamente en algún otro personaje conocido de novela, película o serie.

Sarah y Jim Wheeler son ambos personajes originales de mi creación, pero se encuentran creados en base al contexto de la serie Stranger Things.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

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3 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 57. Ya estás en casa

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  2. ignacio rodriguez piceda

    Hola Will como estas pasando con la cuarentena? Muy bueno el capitulo, me gusto que exploraba la familia de Matilda. No tengo problema sobre la orientación de Jennifer en mas me hizo recordar a esa pareja del libro de King La Cupula. Sobre otra cosa me gustaría saber más cosas sobre los hijos Wheeler y que paso o porqué no mencionan a Jim Hopper?

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho. Con respecto a Hopper, la verdad es que aunque dije que no me iba a basar en Temporada 4 o las posteriores, en el caso de él estoy haciendo un poco de tiempo, para ver si puedo postergar el tener que decidir su suerte. Sé que en los adelantos se muestra que en efecto está vivo, pero… esperaré un poco más. Al menos de momento, no he ocupado introducirlo a la historia, así que no lo apresuraré de momento.

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