Original El Manto de Zarkon – Capítulo 19. Las cosas no son exactamente como creen

25 de marzo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 19. Las cosas no son exactamente como creen

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 19
Las cosas no son exactamente como creen

La multitud afuera se había hecho menos, pero aún había la suficiente como para que los dos acusados recibieran su respectiva dosis de abucheos e insultos mientras los guardias los sacaban de la sala y los llevaban de regreso a la jaula del carruaje. Ninguno de los dos alzó su mirada durante ese corto camino, posiblemente para no tener que darles el placer a ninguno. Los guardias los subieron a la jaula con algunos innecesarios empujones, y cerraron su puerta con candado. Se pararon un poco alejados de la carreta resguardando que nadie se acercara, a pesar de que las emociones de la gente parecían ya haberse calmado lo suficiente.

Ivannia contempló por un rato a la multitud, como si esperara ver entre ellos a alguna cara conocida… y quizás era así. Después de todo, no sabía con seguridad cuales de sus antiguos compañeros habían logrado salir con vida de aquel bosque, incluido el propio Hagak. No le parecería raro ver alguno de ellos entre la muchedumbre, sólo para ver qué tanto decían o hacían, o quizás sólo para que su sola presencia fuera suficiente amenaza; o, ¿quién sabe?, tal vez en un (muy) remoto caso, para indicarles que se estaba ejecutando en ese mismo momento un plan para rescatarlos. Pero no había ningún rostro conocido a la vista. Todas se veían como personas decentes, limpias y trabajadoras; los únicos sucios malvivientes ahí eran ellos dos.

Fuera como fuera, se volvió más clara que nunca la verdad: estaban solos en eso.

—Tenemos que hablar sobre lo que diremos cuando entremos de nuevo —murmuró la mujer rubia, rompiendo el silencio.

—¿Y tú crees que es de eso de lo que quiero hablar? —le respondió Benny cortante.

Ivannia bufó con fastidio, y se giró hacia él.

—¿Te molesta más mi verdadero sexo que el pensar en cómo salir vivos de esto?

—No es molestia, es más… confusión —murmuró Benny—. ¿Cómo pudiste ocultarlo todo este tiempo? ¿Cómo ibas al baño?

—Con mucho cuidado —le respondió algo agresiva—, mirando siempre a mi alrededor, saltando al más mínimo ruido y con mi mano bien pegada a mi cuchillo.

—¿Y por qué lo hacías? ¿Por qué esconderte así?

La mujer rubia soltó una nada discreta risa irónica.

—¿Hablas enserio? ¿Qué crees que hubiera ocurrido conmigo si tú y ese grupo de bastardos a los que llamas compañeros se hubieran enterado de que era mujer? Quizás me tendrían hasta el día de hoy desnuda y atada a un palo, esperando a ver a quién de ustedes le entraban de pronto ganas de cogerme por la fuerza; o yo quizás me hubiera ya resistido tanto que habrían preferido cortarme el cuello y dejarlo por la paz. Sí, qué malo de mi parte seguir fingiendo en cuanto me di cuenta de que creían que era un chico, ¿no? —Soltó con marcado sarcasmo—. Perdón por aferrarme desesperadamente a esa mentira para prevenir eso. Pero si supieras lo agradable que fue estar con miedo constante día y noche, a veces ni siquiera logrando conciliar el sueño.

—Yo no hubiera permitido que te hicieran eso —masculló Benny con seriedad.

—Por favor, si ambos sabemos que debajo de esa cara de buena gente, eres igual de podrido que todos ellos.

—Oye —exclamó Benny con fuerza, encarándola de frente. Su expresión se había tornado severa, como la de un padre que reprende a su hijo—. Tú no sabes nada sobre mí, ¿oíste? ¿Cuánto estuviste con nosotros?, ni siquiera un año, y estuviste muy metido… o metida, o lo que sea, debajo de tu roca todo ese tiempo. Así que te lo informo por si te interesa: yo nunca, en toda mi vida, lo he hecho con una mujer que no lo quisiera, o a la que le haya al menos pagado previamente. Y considero que siempre lo he hecho con el suficiente respeto y cuidado. Y no, no hubiera dejado que te hicieran eso delante de mí.

Ivannia lo miró de reojo con expresión neutral, casi fría. Aun así, sus palabras le habían llegado lo suficiente para que las sintiera sinceras. Era difícil ya en ese momento y lugar saber si acaso hubiera cumplir tal promesa o no, pero al menos Ivannia pensó que él estaba convencido de que sí.

—Pues entonces Hagak te hubiera partido por la mitad ahí mismo —masculló Ivannia, virándose hacia un costado—. Y lo hubiera hecho de todas formas…

—Sí, es probable —respondió Benny como un suspiro, y él mismo se volteó hacia el lado contrario.

El silencio los envolvió por unos segundos, aunque no era absoluto. El sonido de la calle y de las personas que los rodeaban seguía muy presente. Las puertas de la corte se abrieron justo en ese momento y vieron salir dando azotes a uno de los soldados plateados, en específico a aquel que les había gritado mientras los sacaban. Aquel soldado se les quedó viendo desde las escaleras por largo tiempo, con tanta intensidad que Ivannia supuso que estaba imaginando las diferentes formas en las que le gustaría matarlos. Temió por un momento que lo fuera a intentar ahí mismo, pero al final bajó rápidamente las escaleras y se alejó abriéndose paso a empujones entre las personas.

—Pero nada de eso importa ya —señaló Ivannia con dureza—. Ni Hagak, ni Iván, ni ningún otro están en esta jaula o en juicio. Tenemos que pensar en nosotros y en cómo poder salvar nuestros cuellos.

—¿Eres tan ingenua que en verdad le crees a ese plateado gorila? —Masculló Benny con sorna—. No hay forma de que nos perdonen la vida. Da igual que no puedan probar si matamos o no a uno de los soldados, el sólo intento de secuestro y el haber estado ahí presentes es suficiente. ¿No viste además como están los otros soldados de encendidos con esto? El príncipe no se arriesgará a un motín, o cómo sea que se le llame en estos casos, por salvarle el pellejo a un par de ladrones que intentaron secuestrar a su esposa y a sus hijas.

—Lo hará si le damos lo que quiere —apuntó Ivannia firmemente—. Si les decimos todo lo que sabemos, por más pequeño que sea, incluidos los puntos de reunión y las bases por el bosque, quizás lo reconsideren y nos den una condena mucho más ligera. Tú mismo lo dijiste, no pueden probar que hayamos matado a alguno de los soldados, eso tiene que significar algo.

—No significa nada, absolutamente nada —le respondió Benny, clavándole sus ojos fijamente—. Ellos son realeza y nobleza, y nosotros despreciables y sucios asaltantes y asesinos, no más. Este juicio es sólo un mal circo para distraer y entretener a esta gentuza. Les podrías dar hasta la cabeza de Hagak en un plato, y aun así tú serías la siguiente en encontrarte con el hacha del verdugo. Porque no importamos, no somos nada para ellos, y hasta piensan que el mundo sería mucho mejor sin nosotros en él. Y si de todas formas voy a morir, no lo haré traicionando a “esos bastardos a los que llamo compañeros”, sólo por la vaga esperanza de ganarme unos minutos más de aire.

—¡Eres un idiota! —le gritó Ivannia alto, sin importarle que los otros los escucharan—. ¿Te dejarás morir sólo por no traicionar a esos imbéciles? Hagak te hubiera entregado a ti a la primera oportunidad y sin siquiera titubear. ¡Tú no le debes nada ni a él ni a nadie!

—No se trata de deber o no —respondió despacio como un lejano murmullo, volteándose de nuevo a un lado para no mirarla—. Tú no lo entenderías… Realmente ni siquiera sé porque sigo hablando contigo; ni siquiera la conozco, señorita… Iván, Ivannia… vaya imaginación.

Los puños de la mujer rubia se apretaron fuertemente hasta casi lastimarse, y su rostro enrojeció por el enojo acumulado como lava subiendo. No podía creer lo terco y cabeza dura que era, y en especial inspirado por una absurda lealtad y honor por un puñado de porquerías que no lo merecían.

Pues ella no se rendiría tan fácil como él. Después de todo lo que había hecho para sobrevivir día a día, se negaba a morir por proteger a esos sujetos que prácticamente habían sido sus captores por casi un año.

—Pues aunque tú no me apoyes, yo sí hablaré —le advirtió tajantemente—. Les diré todo, todo lo que sé. Ya sea poco o nada, al menos lo intentaré.

—Has lo que creas mejor —le respondió Benny ausente, indiferente a su declaración.

Y ambos se quedaron en silencio, sin nada más que decir. Y todo se mantuvo igual por el resto de aquella hora de descanso, salvo por un momento en el que las puertas de la corte volvieron a abrirse, y notó como cuatro guardias salían, acompañando a dos niñas que de inmediato Ivannia reconoció como las dos princesas… aunque una de ellas estaba sucia por algún motivo, y no recordaba haberla visto sentada con su hermana durante el juicio.

Los guardias plateados se encargaron de que la gente se hiciera a un lado para que pudieran pasar. La mayor, aquella que había declarado, ni siquiera los miró. Por otro lado, la menor, la de la carita sucia, sí volteó hacia la jaula, o en específico a Ivannia le pareció que la miraba a ella. No supo cómo interpretar su mirada, pero no era de miedo o de enojo… sino más bien de curiosidad. Las dos niñas y los soldados se perdieron de su vista, y sólo hasta ese momento la niña volteó de nuevo al frente.

«Extraño», pensó Ivannia, pero no le dio mayor importancia.

La hora de descanso terminó rápidamente, y tuvieron que volver pronto a la sala.

— — — —

Los dos acusados se pararon de nuevo firmemente en el centro de la sala, mientras las últimas personas fuera de sus lugares se fueron sentando. Al frente, el regente Edik, el príncipe Frederick y el juez Maximus ya estaban más que listos para proseguir. En el último segundo, el juez golpeó fuertemente el atril con su martillo para indicar el reinicio del proceso.

—Luego de escuchar a los dos testigos —dijo Maximus—, lo siguiente es darle a los dos acusados la oportunidad de dar su propio testimonio, dar su versión de los hechos, y si pueden ofrecer cualquier cosa que pudiera mitigar sus crímenes o su castigo, ésta sería su única oportunidad de hacerlo. —Maximus miró severamente a ambos, pero ninguno pareció intimidarse—. Muy bien, señor Benny Sluk, ¿hay algo que desee declarar?

—Creo que nada, excelencia —respondió el acusado rápidamente y sin pensárselo mucho, tomando por sorpresa a prácticamente todos en la sala, incluida la propia Ivannia.

—¿Está seguro? —Musitó Maximus, incapaz de ocultar su sorpresa—. Como dije, ésta será la última oportunidad que tendrán para decir algo a su favor.

—Lo escuché fuerte y claro, excelencia —asintió Benny despreocupado—. Pero no, no creo tener algo que agregar a lo ya dicho. Me parece que todo quedó bastante claro, ¿y ustedes? —Se giró entonces mirando a todos los sentados en las gradas, que sólo permanecieron en silencio—. Ellos tampoco tienen preguntas. Supongo que de mi parte es todo, muchas gracias.

Y dicho eso, se quedó ahí parado, sonriendo y con su rostro en alto, como si acabar de ganar alguna medalla como recompensa y se sintiera orgulloso por ello.

Maximus tosió un par de veces para aclarar su garganta y pasó su mano por su cabeza, rascándose un poco el cuero cabelludo con sus cortas uñas. A pesar de lo atípico de ese juicio, era evidente que no se esperaba tales respuestas. Supuso, sin embargo, que si seguía insistiendo sólo obtendría más comentarios de broma como ese, y no estaba dispuesto a dejar que todo ello se volviera un mal circo.

—¿Qué hay de usted, señorita Ivannia? —Cuestionó Maximus a continuación, virándose ahora hacia la mujer—. ¿Usted tampoco tiene nada que declarar?

—Yo sí, excelencia —respondió apresurada, como si temiera que por tardarse más de la cuenta le fueran a quitar su oportunidad. Antes de comenzar a hablar, inconscientemente se volteó hacia aquel soldado, que ahora ya sabía que se llamaba Rubelker. Él seguía sentado en el mismo lugar, y también la miraba expectante—. Yo… quisiera apelar a la clemencia de su excelencia, y también de su alteza —añadió girándose ahora hacia el príncipe Rimentos al frente.

—¿Clemencia? —Susurró Maximus—. ¿Por qué habría de dársele clemencia? Le recuerdo que aunque sea una mujer, el crimen por el que se le acusa es bastante serio.

—Lo sé, excelencia —se explicó Ivannia—. Pero deben saber que mi situación era… difícil. Yo no era parte de esta banda por mi propia voluntad. Hace menos de un año, yo viajaba en una pequeña caravana que se dirigía al sur, y ésta fue atacada repentinamente durante la noche. Casi todos los que ahí iban fueron… horriblemente asesinados… mutilados, podría decirse mejor. Yo sobreviví porque me defendí, y porque ellos creyeron que era un chico. Al líder de la banda le parecí… divertido, supongo, y dijo que sería como la mascota de ellos y me dejó vivir, pero tuve que seguirlos bajo la amenaza de que me matarían si acaso no los obedecía. Tuve que seguir fingiendo ser un chico y hacer lo que ellos decían, porque temía por mi vida, ¡no porque quisiera hacerlo! Si hubiera podido evitarlo, nunca me hubiera involucrado en este estúpido ataque, ¡lo juro!

La voz de la mujer era firme. En ningún momento sus palabras se quebraron o vacilaron, pero sí iban acompañadas de un fuerte sentimiento que indiscutiblemente era transmitido a todos los que la oían, aunque estos no supieran como responder a éste.

—Guarde la compostura, por favor —exigió Maximus, señalándola con su martillo.

—Lo siento —susurró Ivannia, algo más calmada—. Es por eso que deseo pedirles clemencia. Estoy dispuesta a cooperar con ustedes en todo lo que necesiten para esclarecer lo ocurrido y dar con los verdaderos culpables. Sólo… pido que me tengan consideración a cambio.

—Su historia suena desgarradora, señorita —murmuró Maximus con voz templada—. Sin embargo, no creo que tenga alguna prueba que la respalde, ¿o sí? —Ivannia se sobresaltó un poco ante tal cuestionamiento—. Le sorprendería saber la cantidad de personas que vienen a esta corte y narran historias iguales o más desgarradoras que la suya, con tal de justificar sus actos. Y como todo, sin pruebas es imposible saber qué tanto de estas supuestas historias es real y qué no.

—Yo… —balbuceó Ivannia, con su lengua algo enredada como para dar una respuesta inmediata.

—Espere, excelencia —intervino Frederick de pronto—. Independientemente de si la historia narrada por la señorita es cierta o no, si tiene información adicional que agregar a los motivos de este ataque, yo estoy bastante interesado en oírlos.

—¿Será enserio necesario? —Añadió Edik casi de inmediato—. Como el otro acusado ya dijo, todo está bastante claro tras oír los otros dos testimonios. No creo que haya algo que puedan agregar para cambiar lo que ya sabemos…

—¡Se equivocan! —Exclamó Ivannia fuertemente para que la oyeran—. ¡Aún no lo saben todo! Las cosas no son exactamente como creen.

Aquella repentina declaración dejó confundidos a varios, incluso al propio juez.

—Explíquese —mandó Maximus—. ¿Qué no es como creemos?

—Nosotros… me refiero a la banda, no estaban ahí por propia iniciativa, alguien les ofreció un gran pago a cambio de realizar el ataque —la sorpresa cubrió a todos con una gran ola elevándose y luego cayendo fuertemente, llegando a impactar incluso al príncipe y al capitán Armientos.

—¿Quiere decir que alguien les pagó con anticipación para secuestrar a las princesas? —cuestionó Maximus, algo incrédulo.

—No —respondió Ivannia abruptamente—. Al principio el ataque no iba a ser con la intención de secuestrarlas. El fin original era únicamente asesinar al príncipe Frederick Rimentos.

Aquello cayó como agua fría sobre el emperador segundo, y de paso en toda su guardia presente; incluso, en Rubelker.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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