Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 55. Un Iluminado de Dios

19 de marzo del 2020


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 55.
Un Iluminado de Dios

Matilda pasaría al menos un día entero en su tren antes de llegar a Los Ángeles. Dicho tiempo le serviría para descansar su herida, y también su mente. Leena Klammer, dada su situación como fugitiva buscada por la policía de al menos tres estados, no podría tomar ningún medio de transporte público en el que pudieran ser reconocidas ella o sus “rehenes”. Tendría que irse con mucho cuidado lejos de las carreteras principales; le tomaría quizás dos días más arribar. Cole, por otro lado, no tenía impedimento alguno para tomar un avión y adelantársele a ambas, pero tenía que ser rápido.

Luego de vestirse, y antes de pedir un taxi que lo llevara lo más rápido posible a Portland (más específicamente al Aeropuerto Internacional), Cole hizo una llamada rápida a una persona. Había estado postergando un poco el tener que hacerla, pero previendo lo que vendría de ahí en adelante pensó que sería bueno hacerla de una vez.

El padre Michael, párroco de la Iglesia de San Agustín en Filadelfia, había sido un buen amigo de Cole desde su niñez, aunque su relación se volvió mucho más cercana desde que comenzó a trabajar en la policía, y posteriormente tras la muerte de su madre. Era un hombre muy inteligente, y sobre todo a Cole le impresionaba como lograba equilibrar muy bien su lado teológico con su lado más objetivo y escéptico. Y, además, siempre había visto con buenos ojos lo que Cole podía hacer, e incluso había pedido su ayuda en más de una ocasión antes que a otros religiosos. Sus puntos de vista como sacerdote en ese tipo de temas espirituales siempre le habían sido útiles, así como sus consejos y observaciones más relacionados con sus experiencias y vivencias personales. Después de todo, si más sabía el diablo por viejo que por diablo, ¿no aplicaría lo mismo para los sacerdotes?

Intentando ser lo más conciso posible, le contó al padre Michael sobre el caso de Samara Morgan, sobre todo las cosas inusuales que habían ocurrido en torno a ella, y lo que había visto en ese fugaz encuentro con el espíritu que la acosaba. Y, más importante, le contó sobre sus sospechas y teorías que no había compartido siquiera con Matilda.

El padre Michael lo escuchó pacientemente, y aunque fue evidente su preocupación, logró mantener el temple digno de alguien en su posición. Una vez que tuvo toda la información a la mano, y tras unos instantes de cavilación, el religioso le indicó:

—Si vas a ir a los Ángeles, conozco a alguien que se encuentra allá en estos momentos. Es un colega al que debes conocer y contarle todo esto.

—¿Otro sacerdote? —cuestionó Cole, algo inseguro—. No lo sé, padre… sabe que mi relación con la iglesia en general es un poco complicada. No todos son de mente tan abierta como usted.

—Te aseguro que esta persona y sus ayudantes lo son. Si en efecto te estás enfrentando a algo como lo que crees, te servirá su ayuda y consejo.

Cole reflexionó un poco, un tanto confundido por tal afirmación.

—¿Quiénes son estas personas de las que habla, exactamente?

—Ellos mismos te lo dirán —respondió el sacerdote, y luego guardó un silencio corto, pero dubitativo—. Con el tiempo…

El padre Micahel prometió que se comunicaría con esos colegas suyos y les diría que lo recibieran. Le pasó la dirección a la que debía acudir, que al parecer se trataba de una iglesia (lo cual no le sorprendió mucho). Por respeto a su viejo amigo y consejero, haría esa visita intentando que no le tomara demasiado tiempo. Sin embargo, no esperaba realmente obtener mucho de ella. En efecto había fuerzas involucradas en todo eso que algunos podían llamar “demoníacas.” Pero, fuera del padre Michael, dudaba que algún otro religioso pudiera tener una visión de todo eso que le fuera a ser útil.

Una vez terminada su charla, entonces sí pidió aquel taxi, y una hora y media más tarde se encontraba ya en las puertas del Aeropuerto Internacional de Portland. Buscó el vuelo más próximo a Los Ángeles, y logró ocupar el último asiento del que salía justo en una hora. El vuelo estuvo bastante tranquilo; Cole incluso aprovechó las dos horas y media para tomar una pequeña siesta en lapsos cortos, intentando recobrar algo de energías de tan ajetreada mañana. A las dos y cuarto de la tarde, el avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, y un aún adormilado Cole Sear bajó de éste casi tambaleándose.

Mientras aguardaba delante de la banda del equipaje, cayó en cuenta hasta entonces de en dónde estaba, y de cómo en sólo un par de horas había cambiado de escenario sin siquiera pensárselo mucho.

Ahora estaba en California, lo más al Oeste y al sur que había estado en toda su vida; prácticamente al otro extremo del país. No conocía a nadie ahí (salvo a Matilda, que aún no debía de haber arribado pero igual daba lo mismo pues no pensaba involucrarla mientras le fuera posible), no conocía la ciudad, no tenía reservación de hotel, y ni siquiera tenía un punto de partida para comenzar a investigar o algún contacto en la policía local que le pudiera ayudar. Había reaccionado prácticamente por impulso, y ahora ahí estaba; totalmente solo, en una ciudad desconocida, con sólo la dirección de una iglesia como guía.

Siendo honesto consigo mismo, esa no había sido de sus ideas más inteligentes. Pero, en su defensa, su instinto solía serle de más ayuda que su inteligencia; esperaba que esa vez no fuera la excepción.

Soltó un profundo bostezo cuando la banda comenzó a andar, y pasó su mano por su nuca intentando aliviar un poco el dolor que siempre le daba cuando estaba sobrecargado. Era claro que el estrés emocional y físico le estaba pasando factura, y esos cortos momentos de sueño en el avión no habían sido de tanta ayuda como esperaba. El día anterior había comenzado muy temprano. Fue de Salem a Silverdale y de regreso. Luego vino todo el desastre ocurrido en el hospital, y posteriormente la pésima noche, rematando con todo aquel viaje de improvisto sin siquiera un instante para realmente descansar. Pero tenía que forzarse a seguir adelante, al menos un poco más. Leena Klammer, y quien quiera que estuviera detrás de ella, estaban muy cerca, y no podía estar desprevenido.

En cuanto recogió su equipaje y salió de la sala de arribos, se encaminó hacia el módulo de taxis para solicitar uno a la dirección que le había pasado el padre Michael. Mientras debatía si sería mejor quizás alquilar un vehículo y ahorrarse los taxis, alguien lo interceptó.

—¿Detective Sear?, ¿Cole Sear? —escuchó que murmuraba una voz femenina, aunque gruesa, a su izquierda. Cole detuvo su avance y se giró hacia su dirección, notando rápidamente a una mujer de piel oscura, labios gruesos y cabello rizado sujeto en una gruesa cola tras su cabeza, que caminaba hacia él. Estaba envuelta en un grueso abrigo color negro, con sus manos ocultas en los bolsillos de éste. Sus ojos eran oscuros y muy penetrantes, y lo miraban tan intensamente como si acaso acabara de patear a su mascota o algo parecido.

Su primer pensamiento, quizás inspirado por su propio reflejo de policía y su mirada nada amistosa, fue que en alguna de esas manos ocultas en sus bolsillos, podía estar portando un revólver. Dicha intranquilidad no hizo más que acrecentarse al notar que no venía sola, y su compañía tampoco irradiaba demasiada cordialidad. Sólo unos cuatros pasos detrás de la mujer, venía un hombre de complexión gruesa, alto (bastante alto), de brazos y piernas anchos, rostro bronceado y cabeza totalmente rapada y brillante. Se paró justo detrás de la mujer con sus manos juntas al frente, y posó sus ojos, pequeños de color azul, en él mirándolo hacia abajo. Traía una camisa azul que se le ajustaba bastante al cuerpo, y unos pantalones grises casuales. Había visto a demasiados guardaespaldas de la mafia antes, y ese sujeto ciertamente le producía una vibra bastante similar.

Cole mantuvo la calma y pensó rápido. El estuche de su pistola de uso personal seguía en su maleta documentada, aún sellada, así que hacer el intento de sacarla de alguna forma sería inútil. Por otro lado, nadie que lo conociera tenía idea de que él iría a Los Ángeles (ni él mismo lo sabía hasta hace unas horas), salvo el padre Michael. Él había dicho que llamaría a ese colega suyo para que lo recibiera, así que lo más lógico era que de eso se trataba. Aunque, ciertamente, ninguno de los dos tenía la apariencia de ser religiosos.

Ante una situación tan tensa como esa, el oficial de Filadelfia hizo lo que mejor sabía hacer: sonreír, fingir tranquilidad y jovialidad, y hablar como si nada ocurriese. En otras palabras, ponerse su “máscara”, como bien la había llamado Matilda.

—Sí, soy yo —respondió con aparente tranquilidad. Señaló entonces al hombre grande y calvo—. Supongo que usted no es el padre Frederic, ¿cierto?

El hombre no respondió; sólo se le quedó mirando en silencio, y sin que ni una facción de su rostro se moviera.

—No —respondió la mujer de pronto, con su misma voz gruesa, un tanto belicosa—, pero nos envió para que lo recogiéramos. Nuestro vehículo está afuera.

Dicho eso, y sin esperar una respuesta, la mujer se dio media vuelta y se encaminó a la salida más cercana. El hombre grande, por su parte, se quedó en su lugar mirándolo.

—Estaba por alquilar un auto —comentó Cole, señalando con su pulgar hacia el módulo de renta.

—Debo insistir en que nos acompañe —declaró la mujer sin detener su paso—. Ahora mismo, por favor.

El hombre grande siguió mirándolo, como queriendo decirle con su sola presencia y mirada que, si no iba por las buenas, lo llevarían por las malas. Sí, definitivamente eso se asemejaba más a algunos de esos encuentros con líderes de mafias y pandillas que había tenido que vivir. Y en todos esos casos, había sido mejor sencillamente dejarse llevar, hasta que ya no fuera buena idea seguirlo haciendo.

Cole suspiró y algo resignado comenzó a andar detrás de la mujer arrastrando su maleta. El hombre grande lo siguió unos pasos detrás, quizás para cuidar que no intentara escapar de algún modo.

«¿En qué me metió, padre?», pensaba mientras salía del aeropuerto, y se replanteaba seriamente su amistad con el sacerdote.

— — — —

El vehículo al que lo subieron resultó ser un reluciente Honda Accord del año, de pintura plateada brillante y asientos de piel. Cole se subió en el asiento trasero junto con la mujer de piel oscura, mientras el hombre grande y calvo se colocaba tras el volante; de nuevo, cual chofer de la mafia… o de Uber. En cuanto se subieron, el auto se puso en marcha saliendo del estacionamiento del aeropuerto con apuro, abriéndose camino por las transitadas calles de Los Ángeles.

El inicio de aquel recorrido fue bastante silencioso. Ni la mujer ni el hombre grande decían nada, y sólo tenían su mirada puesta a frente, casi como si Cole ni siquiera estuviera ahí acompañándolos. Luego de incorporarse a la vía a rápida rumbo al este, el hombre grande extendió su mano hacia el estéreo del auto, y comenzó a reproducirse una balada lenta de tonada antigua; Sailing de Rod Stewart, le pareció a Cole. No era precisamente su tipo de música favorita, aunque debía reconocer que su captor no tenía mal gusto al menos.

—Bájale —musitó la mujer con severidad, y el hombre de inmediato bajó un poco el volumen. Quizás ella no tenía tan buen gusto, o más bien tenía cara de no gustarle la música en general.

—Usted no es monja, ¿o sí? —cuestionó Cole de pronto, tomando un poco por sorpresa a la mujer, que lo volteó a ver un instante con expresión inquisitiva, pero casi de inmediato se viró de regreso al frente.

—Hay muchas formas de servir a Dios en este mundo —le respondió—. Así como usted lo hace, por ejemplo.

Cole soltó una casi involuntaria risilla sarcástica.

—¿Cree que yo le sirvo a Dios? —Comentó con ironía—. Es una interesante interpretación. Yo diría que más bien le sirvo a la gente, viva o muerta, para protegerlos y cuidarlos tanto de otros humanos con menos escrupuloso y moral, como de fuerzas más complejas que no pueden combatir solos.

—¿Y qué cree que hacemos nosotros? —respondió la mujer, inmutable.

—Pues, juzgando por el lujoso vehículo en el que estamos, debo suponer que les va bien en el negocio de la fe. ¿Cuántas limosnas costó?

—Fue una donación a la iglesia, idiota —respondió molesto el hombre al volante, volteando a ver con sus ojos pequeños a Cole a través del espejo retrovisor. Éste volvió a reír.

—Sí, eso lo hace mucho mejor.

—¿No es creyente, detective? —Le preguntó la mujer directamente, al parecer mucho más tranquila que su acompañante—. No es la impresión que me dio todo lo que el padre Michael de Filadelfia nos habló de usted.

—Por supuesto que lo soy. He visto suficientes cosas para estar muy consciente de que existen fuerzas más allá de este plano, buenas y malas, y que algunas se divierten jugando con nosotros. Lo mismo aplica con el cielo, infierno, o como se llame realmente a dónde nuestras almas van al morir.

La mujer lo miró, muy fijamente. Sus ojos oscuros eran bastante penetrantes, y radiaban una frialdad demasiado intensa que era difícil de interpretar. Cole no supo si acaso sus palabras le parecieron interesantes, o insultantes.

—Entonces su problema es más con la iglesia en sí, supongo —musitó con la misma seriedad casi dolorosa.

Cole se encogió de hombros.

—No con toda la iglesia. Como en toda organización, sé que hay personas buenas y justas que ponen a otros primero, como el padre Michael. Pero siempre hay algunos que no aplican el mismo precepto. ¿No lo cree?

—Como en toda organización —repitió la mujer, asintiendo lentamente—. ¿Eso también aplica a la suya?

—¿Al cuerpo de policía? —Cole volvió a reír—. ¿Es una pregunta de verdad?

—Me refería más a su otra organización. —La sonrisa de Cole desapareció al escuchar aquella pregunta—. ¿Cómo es que se llama? —Cole no le respondió, pero a ella no pareció importarle. De todas formas, tuvo el presentimiento de que ya lo sabía—. Como sea, no se adelante en sus juicios, detective. Puede que nosotros seamos también de los buenos y justos, ¿no lo cree?

Cole se acomodó en su asiento, recargándose contra éste, y miró por la ventanilla a su lado.

—Me parece que el padre Michael así lo cree. Supongo que eso les da al menos el privilegio de la duda.

— — — —

No hubo mucha más plática por el resto del camino. Luego de unos veinte minutos, el Honda Accord plateado se estacionó justo afuera de una iglesia de fachada grisácea, algo corroída por la humedad y la lluvia, de altas torres y escalones largos al frente. Cole supuso que aquella debía ser la iglesia del sacerdote que le habían mandado a ver. Sólo tenía una dirección y desconocía la ciudad, así que supuso que ese debía ser el sitio. Sus dos escoltas se bajaron del vehículo sin darle a Cole ninguna indicación, por lo que el policía se tomó la libertad de bajarse por su cuenta y subir detrás de ellos los largos escalones.

—Hey, mi maleta sigue en la cajuela —les mencionó en detective, mientras señalaba con su pulgar hacia el auto—. ¿La bajó o la puedo dejar ahí?

Ninguno le respondió nada, pero Cole tampoco lo esperaba.

El cielo se había turnado un poco nubloso, pero no lo suficiente para asegurar una próxima lluvia. Lo que sí era que había comenzado a hacer un poco de frío en cuanto se bajó del vehículo, y el saco de su traje parecía no ser suficiente. Esperaba que el interior de la iglesia se sintiera más cálido, pero no fue así; de hecho, el espacio interior amplio y de altos techos se sentía aún más frío, como si fuera alguna mañana de invierno y no una tarde de mediados de otoño.

El estado de la iglesia por dentro era bastante similar al de la fachada. La pintura de las paredes se veía algo descarapelada, y había algunas manchas de moho asomándose en diversos puntos del techo. Había dos filas de bancas de madera, ya algo viejas aunque al parecer esto era oculto por una capa de pintura y barniz colocada algunos meses antes. El altar de la parte frontal era sencillo, adornado únicamente por un Cristo en la Cruz de tamaño mediano cuyas facciones ya eran apenas apreciables por el paso del tiempo.

Los pasos de los tres sobre el piso de mosaico blanco resonaron fuertemente en el eco. El lugar se encontraba casi totalmente solo, a excepción de una cabeza blanquizca que se asomaba por encima del respaldo de una de las bancas del centro. Sus dos escoltas se detuvieron a mitad del camino, introduciéndose cada uno en una de las filas de las bancas, haciendo que Cole tuviera que proceder solo, que especuló que era lo que querían. Cuando se aproximó lo suficiente por el pasillo central, aquel cuarto individuo se paró de su asiento, apoyándose en un bastón metálico para caminar. Cuando aquel extraño se paró en el pasillo central, Cole notó que cojeaba marcadamente de su pierna derecha.

—Ah, detective Sear —saludó con una jovial sonrisa, aproximándosele con la mano extendida lo más pronto que su cojera le permitía—. Un placer tenerlo aquí.

Era un hombre bajito y robusto, con una frente amplia que estaba a nada de convertirse en una prominente calva, salvo por unos rezagos de cabellos blanquizcos. Tenía el rostro ovalado, casi como el de alguna extraña caricatura en forma de huevos. Usaba un traje negro y cuello romano, distinción clara de que era un clérigo. Cole tomó su mano pequeña y redonda, aunque resultó tener un apretón más firme del que aparentaba.

—Usted sí es el padre Frederic, supongo —musitó Cole, sonando quizás más como un reclamo que como una pregunta o afirmación. Aun así, el hombre no pareció tomarlo a mal, y le respondió con una amplia sonrisa de regocijo.  

—Frederic Babato, para servirle —le respondió con normalidad—. Gracias por su visita.

—Gracias por su… invitación —musitó mirando sobre su hombro a las dos personas que lo habían traído, y que en efecto no lo habían como tal “invitado” a acompañarlos.

—Pase —indicó el padre Frederic, colocando una de sus manos pequeñas sobre la espalda de Cole, haciendo que ambos avanzaran por el pasillo al ritmo de su cojera—. El padre Michael me habló muchas maravillas de usted. Dice que ha sido de gran ayuda para él en Filadelfia, con muchos casos… difíciles. ¿Cómo lo llamó? —Frederic caviló unos momentos con su mirada fija en el suelo brillante antes de proseguir—. Algo así como un iluminado de Dios, me parece.

Cole se sintió intrigado por tal afirmación. Era la primera vez que escuchaba de ello, aunque el padre Michael en efecto le había dicho algunos comentarios similares antes así que no le sorprendería que lo llamara de esa forma en específico a sus espaldas. Le había dicho hace tiempo que su don no era una maldición, sino todo lo contrario; debía ser un regalo de Dios para que lo usara para hacer su labor en el mundo. Unos cuantos años después, Eleven le diría algo parecido, aunque con menos implicaciones religiosas.

—Un tanto exagerado, me temo.

—Sí, quizás —musitó Frederic, más para sí mismo—. Pero, ¿es verdad lo que me dijo? ¿Sobre las cosas que puede hacer?

Cole se encogió de hombros.

—Depende de qué le haya dicho con exactitud…

Cuando se encontraban ya a la altura de la tercera fila, Cole se detuvo de golpe, fijando sus ojos en el altar sólo un poco más adelante. Parecía fascinado, o incluso asombrado, por un punto especifico justo al pie del gran crucifijo en la pared. Incluso su respiración parecía haberse detenido unos instantes

—¿Sucede algo, detective? —escuchó como Frederic le preguntaba con un tono calmado, pero Cole siguió mirando al frente, ignorando la pregunta. Dio entonces unos pasos más hacia adelante, avanzando por el pasillo hasta rebasar la primera fila.

—¿Por qué estamos aquí? —cuestionó de pronto con aprensión sin mirar atrás—. ¿Ésta es su parroquia?

—No exactamente —respondió Frederic, que se había quedado detrás en su sitio.

Lo había preguntado, pero en realidad él ya lo sabía. Cole no conocía la ciudad, y en efecto esos dos pudieron haberlo llevado a cualquier iglesia y él no podría haber sabido si era o no la dirección que le había dado el padre Michael. Pero supo en ese momento que lo habían llevado ahí por un motivo en especial: para que viera justo lo que estaba viendo en ese momento, en el centro del altar al pie del crucifijo, y que posiblemente sólo él podía ver. La figura de una mujer en una bata blanca y gastada, con sus pies descalzos, sentada en el piso abrazada de sus piernas y con sus largos cabellos castaños hechos una maraña sin sentido. Sollozaba despacio y se mecía un poco hacia adelante y hacia atrás.

Cole fue de nuevo consciente del frío que había sentido en cuanto llegaron a ese sitio, y se sintió como un tonto al no reconocerlo desde un inicio. Pero una vez que fue consciente de ello, pudo percatarse de la sensación pesada y agobiante que lo envolvía, inesperada tratándose de un sitio supuestamente santo.

Miró el suelo debajo de la imagen de aquella mujer, y notó una extensa mancha oscura, que bien podría haber sido sangre o cualquier otra cosa, pero que se extendía con ramificaciones venosas por todo el altar, dándole una apariencia desagradable a la vista.   

—Algo horrible pasó aquí —susurró con seriedad, dando un paso más y comenzando a subir los escalones que llevaban al altar.

—¿A qué se refiere? —preguntó Frederic, pero Cole percibió bastante falsedad en su voz. Él de seguro ya lo sabía.

Cole subió las escaleras y pisó firmemente aquel suelo ennegrecido, y sintió de pronto que su cuerpo se entumecía y se le dificultaba moverse. Una energía tan pesada y negativa había impregnado todo ese sitio. Eso no había sido hecho solamente por un espíritu humano.

—¿Cuál es tu nombre? —Soltó con algo de fuerza, resonando en el eco. La mujer siguió en su posición, sollozando y meciéndose, por lo que Cole se obligó a superar su parálisis y avanzar aún más—. ¿Qué te ocurrió? ¿Qué fue lo que pasó en este sitio?

Siguió avanzando y avanzando, cauteloso a cada paso. La mujer siguió sin cambio, pareciendo que ni siquiera se percataba de su presencia. De pronto, sus sollozos terminaron y dejó de mecerse, y Cole se detuvo a menos un metro de ella. La mujer lentamente alzó su rostro y lo miró. A diferencia de lo que podría haberse esperado, no había agresividad ni peligro en aquella cara. No había facciones demoníacas, ojos rojos ni colmillos asomándose. No era nada parecido a ello. Lo que Cole vio fue un rostro demacrado, sucio, cansado, humedecido por las lágrimas y, sobre todo, lleno de mucho, mucho miedo.

Ayúdeme, padre —susurró en español, con una voz temblorosa y débil. Cole no sabía mucho español, pero sabía el suficiente para comprenderle lo que decía, especialmente la palabra “ayúdeme”.

—No soy padre —le respondió, colocándose de cuclillas delante de ella; esperaba que pudiera entenderle—. Lo que sea que te haya estado atormentando ya no está aquí. Sólo quedan rezagos que se aferran para mantenerte, pero ya no tienen poder sobre ti.

La mujer lo observó entre pequeños gemidos dolorosos.  

Siempre fui una buena católica —respondió de pronto, de nuevo en español—. Intenté ser buena… pero el diablo aún así me alcanzó. Perdóneme padre… Ayúdeme… No quiero ir al infierno…

Cole la contempló en silencio. Aquello era más parecido a un recuerdo, una mancha del pasado impregnada en las paredes como esa sustancia negra en el suelo. Era evidente que no era consciente del tiempo que había pasado, ni de cuál era su estado actual. No quería ir al infierno, pero era probable que en realidad ya estuviera en él.

—Lo siento —susurró de manera suave y comprensiva—. Lamento mucho lo que te pasó. Estoy seguro que los sacerdotes hicieron lo que creyeron mejor para ayudarte. Pero me temo que ya no hay mucho que alguien pueda hacer por ti. Sólo tú misma puedes liberarte de esta prisión, dejando de culparte por lo ocurrido. Nada de lo que pasó fue tu culpa…

La mujer siguió observándolo, callada, sollozando. Lentamente volvió a bajar su rostro y una vez más su cabello enmarañado le cubrió el rostro. Cuando lo miró de nuevo, sus ojos habían cambiado, tornándose de un rojo y amarillo enfermizo. Soltó de golpe un agudo y penetrante grito que retumbó en los oídos del detective y lo hizo retroceder, cayendo de sentón en el suelo. La mujer se alzó abruptamente y se le lanzó encima cual tigre al acecho, con sus manos extendidas al frente como garras dirigiéndose a su cuello. Cole cerró sus ojos apretándolos fuertemente y se quedó de esa forma por unos segundos. Al abrirlos de nuevo, no le sorprendió percatarse de que su supuesta atacante ya no estaba, y la mancha negra del suelo también se había desvanecido. Todo había vuelto a la normalidad, o lo más normal que podía ser una vieja y descuidada iglesia que parece haber sido olvidada por el propio Dios. Incluso la sensación fría había disminuido.

—Impresionante —escuchó al padre Frederic pronunciar a sus espaldas. El hombre mayor seguía de pie en el mismo punto en el que se habían detenido—. Muy impresionante.

—¿Qué fue esto? —musitó Cole con enojo, parándose apuradamente—. ¿Algún tipo de prueba, acaso?

—Yo no lo llamaría de ese modo —respondió el sacerdote con una sonrisa irónica, y se sentó entonces en la banca que estaba a su derecha, soltando un suspiro de alivio, o quizás de dolor, al hacerlo—. Pero es evidente que lo que el padre Michael decía era cierto: usted es uno de esos individuos con una conexión especial con las cosas que nos rodean y no todos podemos percibir. El padre Michael lo llama iluminado, y tengo entendido que sus amigos se llaman a sí mismo con un nombre diferente, aunque parecido. ¿Sabe cómo llaman algunos en la Iglesia a las personas como usted? —Cole sólo lo miró sin responderle nada, pero de todas formas Frederic no lo esperaba pues él mismo hizo—: Errores de Dios, abominaciones, herejes, brujos; elija el que le parezca más ofensivo. ¿Quiere saber cómo los llamo yo?

—Por favor —musitó Cole, aparentemente algo hastiado.

—Simples curiosidades de la naturaleza.

Cole lo miró con el ceño fruncido, un tanto confuso de si aquello era algún tipo de insulto o no. Frederic se acomodó mejor en la banca, y con una de sus manos pequeñas comenzó a frotarse la pierna con la que cojeaba, desde su muslo hasta su rodilla.

—No sé con exactitud qué es lo que hace —continuó explicando Frederic—, o por qué lo hace, detective. Pero no es el primero que conozco que puede hacerlo, y otras cosas más. Mi fe me obliga a pensar que su don es algún regalo de Dios, y que los individuos como usted están aquí para cumplir un papel importante en su Gran Plan. Pero, mi lado un tanto más práctico, me hace pensar que sólo son el resultado de un pequeño juego del azar y de las probabilidades. Bien podría haber sido usted, su vecino, o un niño en Camboya el que naciera con sus habilidades. Pero fue usted. —Le sonrió ampliamente—. Felicidades.

—Nunca había oído a un religioso hablar de su lado “más práctico” —respondió Cole con cierto escepticismo.

—¿Ni al padre Michael?

—El padre Michael lo aplica, pero no creo que él mismo lo llame de esa forma.

Frederic rio.

—Supongo que no todos los religiosos han visto lo que yo. Hasta hace algunos años, desempeñaba una labor muy específica para el Vaticano para la cual me temo ya no tengo las suficientes fuerzas. —Tocó de nuevo su muslo, apretándolo un poco entre sus dedos—. Pero en dicha labor era importante tener mucha fe, pero también una mente objetiva para saber diferenciar entre la verdad y la mentira.

—¿Qué labor era esa?

—¿No lo adivina? Era una que me llevó a conocer a muchos como usted, en efecto. —Alzó su bastón, señalando con éste justo al altar detrás de Cole—. Y muchos como esa pobre chica con la que hablaba hace un momento.

Cole se sorprendió al escuchar tales palabras. Miró un momento sobre su hombro, como esperando volver a ver a la misma mujer, pero por suerte no fue así. Caminó entonces hacia las bancas, sentándose en la misma fila que Frederic, sentándose justo al lado de él.

—¿Es del ministerio de exorcismos? —Le cuestionó de forma solemne, cuidando más su tono.

—De cierta forma, sí; de una rama especial de éste, aunque ahora me toca cumplirlo de una manera distinta. Seguimos siendo el brazo de Dios para combatir la influencia del demonio en la Tierra. Pero, con el paso del tiempo, nuestra labor ha tenido que ir evolucionando y cambiando. Y en los últimos años hemos tenido que encargarnos de ciertas tareas que a algunos otros religiosos les parecerían más que incómodas.

—¿Qué tipo de tareas?

—Ya llegaremos a eso, quizás —musitó Frederic con cierta complicidad que Cole no comprendió—. Pero ya hablamos demasiado de mí. ¿Por qué no nos cuenta cuál es su problema? El padre Michael mencionó que tiene un caso en el que mi guía podría serle de utilidad.

—No estoy del todo seguro…

—¿Qué tiene que perder? Lo reto a decirme algo que no he escuchado antes.

Cuando el padre Michael le hablo de su colega en Los Ángeles que podría ayudarle con su problema, no consideró que fuera posible que se tratara de un exorcista. Y aunque lo hubiera pensado en su momento, tampoco habría considerado que alguien así podría tener un entendimiento completo de aquello por lo que estaba pasando. Sin embargo, tras esos pocos minutos que llevaba ahí hablando con él, comenzó a pensar que el padre Frederic se salía del estereotipo que tenía de los sacerdotes, incluso más que el padre Michael. A pesar de su rostro marcado por las arrugas y algunas manchas de la edad, sus ojos eran vivaces y profundos. Quizás ya no había mucha fuerza física en él, pero definitivamente había aún suficiente poderío en su interior.

Cole suspiró, algo resignado. Se sentó derecho en su banca, y entonces comenzó a relatarle lo mejor posible la situación.

Comenzó explicando un poco sobre a Fundación Eleven y la labor que hacía ahí, así como el concepto de “resplandor” que solían utilizar, aunque supuso que él ya sabía lo suficiente de todo ello. Luego pasó a hablar de Samara Morgan, y sobre todo del incidente de los caballos y su madre. Le habló de Matilda, y de cómo estuvo tratando a esa niña por unos días, formulando su teoría sobre cómo podrían funcionar sus habilidades tan especiales y únicas.

—Pero Eleven, la líder de la Fundación, pensó que podría tratarse de algo diferente —explicó Cole—. A lo largo de mis años, he conocido a varios niños con el resplandor acosados por espíritus y criaturas abominables que buscan atormentarlos, o alimentarse de ellos.

—Ha tenido entonces sus propios encuentros con demonios —señaló Frederic, asintiendo.

—Sí, así es, aunque no sé si precisamente su concepto de demonio encaje con las cosas que yo he visto. Sea como sea, podría decirse que me ha tocado tener que hacer mi propia versión de un exorcismo.

—De manera efectiva, según he oído. Entonces, esta niña de la que habla, ¿estaba siendo también acosada por unos de estos…? —El sacerdote pareció vacilar un poco sobre qué palabra usar con exactitud—. Si le parece bien, llamémosles demonios por ahora, para más facilidad.

—De acuerdo. Y sí, esa era mi primera impresión. Con la experiencia he aprendido a sentir y diferenciar los diferentes tipos de energías; humanas y no humanas. Y había algo en torno a esta niña que definitivamente no era humano. Sin embargo, cuando encaré a este ser por primera vez… pasó algo muy extraño. Vi a la criatura a los ojos, y no estaba seguro de lo que veía. Y las cosas que dijo, y como lo dijo… Fue como ver a uno de estos demonios, pero con el rostro, la rabia, y el anhelo de un humano. —El entrecejo de Frederic se contrajo, dibujando una expresión de desconcierto—. Era como si fuera las dos cosas al mismo tiempo. Además de que insistía fervientemente en que no era otro ser, sino que era la misma niña que estaba ante mí, y que lo que quería hacer era protegerla.

“Soy Samara Morgan… ese siempre ha sido mi único nombre.”

“Quiero protegerla… de ti… de ella… de su madre… de sus doctores… y de todo este mundo, que lo único que hará es querer destruirla, sólo porque es un poco… diferente.”

El padre Frederic lo miró atentamente por un rato, posiblemente cavilando todo lo que le acababa de decir.

—Los demonios son los maestros del engaño…

—Sí, yo mismo usé ese argumento —le interrumpió Cole un tanto exasperado—. Pero no, no era eso. Esa criatura no era un demonio, ni un humano, sino ambas cosas. No creí que eso tuviera sentido, pero entonces vi a otro ser que era casi lo mismo ese mismo día.

“Pero esa no es tu verdadera pregunta, ¿o sí? Lo que quieres preguntarme… es cómo morí… No es una gran historia. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente… bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.”

—Se hizo pasar por completo como un fantasma cualquiera, incluso se me presentó con un nombre: Gema. —En ese justo momento una muy ligera reacción de sorpresa se asomó en el rostro del sacerdote, pero Cole no pareció percatarse de ello y prosiguió—. Pero no era lo que parecía; era mucho más que eso, y me engañó totalmente, algo que nunca me había pasado, o al menos no en muchos años. Y de nuevo volví a sentir lo mismo, esa extraña dualidad. Y sentí como si se me hubiera aparecido para advertirme o amenazarme; decirme que me apartara de esto, o algo más terrible pasaría. Y no fue la única: mi madre me dijo exactamente eso, y también el Dr. Crowe…

—¿Quién? —cuestionó Frederic con interés.

—Ambos ya fallecieron, pero ambos me dijeron que debía apartarme de esto, o moriría.

Cole se inclinó hacia su oyente, aunque entre ambos estuviera el pasillo central. Su expresión parecía ansiosa, incluso atemorizada. Por primera vez en un tiempo, poco a poco estaba dejando que su “máscara” se cayera, aunque fuera un poco, y comenzar a hablar con mucha más sinceridad.

—Algo está pasando en torno a esa niña —señaló con vehemencia—, algo más grande lo que parecía. A donde quiera que va, la gente muere, aunque no lo quiera. Y alguien está moviendo cielo, mar y tierra para llegar a ella, y está regando muertos en su camino, y lastimando a personas muy importantes para mí.

Frederic guardó un silencio reflexivo por un rato. Luego lo miró de nuevo, casi con la severidad de un profesor aplicando un importante examen oral.

—¿Qué es lo que piensa que es esta niña en realidad, detective? —le cuestionó de forma directa y dura. Le fue claro que aún no le había contado todo, y en efecto era así.

Casi como un tic involuntario, el policía se volteó hacia atrás sobre su hombro, viendo que efecto todo el lugar estaba vacío, salvo por los dos que lo había llevado hasta ahí que seguían aguardando sentados algunas filas detrás. Pareció ponerse nervioso, como si temiera expresar aquella idea en voz alta, y quizás en efecto era así. No obstante, al final de cuantas era justo por eso que había ido: buscar algún tipo de guía.

Se viró e inclinó de nuevo hacia Frederic, y le susurró despacio:

—Creo que no es completamente humana; creo que es hija de una mujer y un demonio.

Frederic no reaccionó. Su rostro permaneció apacible, pero reflexivo. Cole no sabía si acaso esto se debía a que la ida en realidad no le resultaba nueva, o quizás intentaba contener el hecho de que le parecía una completa estupidez. Cole, quizás inspirado por esos ojos severos de profesor, pensó que era más probable la segunda opción.

—Sé que suena absurdo, incluso para mí lo es —exclamó Cole a la defensiva—. Pero hablé además con su madre. Está delirante y confundida, pero en algún momento afirmó que efectivamente el padre era algo no humano, algo que le susurraba desde el mar, lo que sea que eso signifique. Y cuando hablé con ella, dijo muchas cosas que aún no sé qué significan. Pero dijo algunas otras que me hicieron creer que lo que pienso es cierto…

“El Padre Burke me dijo que Él nos había elegido. Me dijo que a través de nosotros, Él le daría vida a quien vendría a transformar al mundo. Él se lo mostró todo en visiones… lo obligó a hacerlo… Yo no pude evitarlo… no pude evitarlo… Intenté detenerlo… Intenté hacerlo cuando Samara aún era un bebé, pero me detuvieron. Creí que alguien más lo había hecho, lo vi y lo sentí, pero no fue así… ella sigue aquí, y Él viene por ella…”

“Hace mucho que dejé de escuchar su voz desde el Mar. Creí que se había ido… pero ahora creo que sólo se olvidó de mí.”

Esperaba que el padre Frederic de alguna forma dijera algo que desechara tal idea, señalara algún punto o posibilidad que no hubiera visto, o al menos que le dijera lo absurda y fantasiosa que sonaba, incluso en los estándares del tipo de fuerzas de las que estaban hablando. Sin embargo, no hizo tal cosa; ni siquiera dio una opinión al respecto. En lugar de eso, pasó de largo de ese tema y fue directo a otra pregunta, aunque quizás igual de importante:

—¿Y qué hay del espíritu o demonio que la acosa? ¿Qué piensa que es entonces?

Cole se sintió un poco desconcertado al inicio, pero intentó responderle. Sin embargo, para eso no tenía como tal una respuesta o teoría del todo clara, más que una idea que aún no era capaz de aterrizar completamente.

—No lo sé… No aún. Pero, siento que, de alguna forma que aun no comprendo, no es ninguna otra entidad, sino que es ella misma. —De nuevo el entrecejo de Frederic se contrajo—. Como si hubiera dos Samaras, quizás. Su madre también mencionó algo sobre que estaba segura de que había muerto.

“No, no, no… no es posible… Ella murió, yo lo sentí… y lo vi…”

“No puede ser… Si ella está viva, entonces… ¿Qué fue lo que vi? ¿A quién vi morir en ese pozo?”

—Y el espíritu también dijo algo parecido, sobre que alguien le había hecho daño.

“¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que le harán daño si no la proteges?

Por qué es lo que hicieron conmigo…”

—¿Y si en verdad murió? —musitó Cole, casi nervioso—. ¿Y si la que su madre vio morir quizás es esa otra Samara? Por eso sería un fantasma humano, pero también algo más… —Pasó en ese momento su mano entera con frustración por su rostro y cabello—. No lo sé; hay muchas cosas que aun no entiendo de esto. Pero algo está ocurriendo, y necesito averiguar qué es.

—¿Para qué? —cuestionó el padre Frederic de pronto, confundiendo aún más al oficial de Filadelfia.

—¿Cómo que para qué?

Frederic se encogió de hombros.

—Si lo que dice es cierto, esta niña no está poseída como tal por un demonio: ella misma sería el demonio. ¿Qué piensa hacer con ella si lo que piensa resulta ser verdad? ¿Piensa matarla?

Cole se sintió perplejo ante tal pregunta, quedándose paralizado por un rato sin ser capaz siquiera de abrir la boca.

—Yo protejo la vida… —balbuceó después de un rato, sin sonar realmente muy seguro.

—Eso lo entiendo. Pero, en todos sus años como policía, ¿acaso nunca ha tenido que matar a alguno de los criminales con los que le ha tocado lidiar?

Cole no vio correlación entre ambas cosas, o quizás simplemente no quiso verla.

—¿Por qué me está diciendo estas cosas? —le respondió casi ofendido—. Usted es un hombre de Dios.

Frederic asintió, sonriendo como si acaso esa afirmación le pareciera de alguna forma graciosa.

—No se moleste conmigo, detective —contestó afable—. Sólo le hago las preguntas que quizás usted mismo no se ha hecho. Quiere como sea resolver este caso, pero creo que no se ha cuestionado bien cuál será la forma en la que lo solucionará, ¿cierto?

De nuevo, Cole no tuvo una respuesta, ni siquiera una que tardara en salir. Y el motivo de su vacilación era precisamente porque Frederic Babato tenía razón, al menos hasta cierto punto. Es por ello que no había compartido por completo sus teorías con Matilda; sobre la verdadera naturaleza de Samara y del espíritu que la acompañaba, y sobre la incómoda realidad de que quizás no había como tal forma de salvarla. Y de qué, quizás, esa “maldad” que muchos describían en ella era en efecto muy real, y que la única manera de exterminarla… era exterminando a la propia Samara.

Fue una idea que en efecto le pasó por la cabeza desde el mismo momento en que vio esos ojos nublados y muertos posándose en él, y que lo siguió acompañando hasta ese momento. Pero era una idea que él sabía muy bien que Matilda no sólo no entendería, sino que le enojaría el sólo hecho de que él pudiera considerarla. Y el que pudiera llegar a odiarlo por ello era algo con lo que podría lidiar (aunque debía aceptar con el paso del tiempo ello se volvía menos agradable en su mente), pero no con que por eso hiciera una locura sin pensarlo, e hiciera que esa amenaza sobre sus cabezas terminara irremediablemente cayéndoles encima a ambos.

—Una última pregunta —soltó de pronto Frederic, rompiendo por completo toda esa profunda meditación en la que se había sumido—. ¿Esa niña está aquí en Los Ángeles?

Cole respiró despacio, intentando calmarse y regresar sus pies al presente.

—Supe de muy buena fuente que viene para acá —le respondió con su atención un tanto retirada, omitiendo a propósito que dicha fuente era otro fantasma.

—¿Alguna idea de por qué precisamente viene a Los Ángeles?

—No con seguridad. Pero supongo que el individuo que está orquestando todo esto y mandó a que la secuestraran, debe estar aquí y quiere reunirse con ella.

—¿Individuo? —Musitó Frederic aparentemente un tanto perdido, aunque luego pareció caer en cuenta casi de inmediato—. Ah, sí. Mencionó que alguien parecía muy interesado en esa niña, ¿no? ¿Fue quién atacó a la jefa de su Fundación? —Cole asintió—. ¿Sabe algo sobre quién podría ser esa persona?

—Nada. Sólo que es muy poderoso, extremadamente. Y una descripción de una colega que logró verlo un poco mientras la atacaba.

Cole intentó recordar la forma en la que Matilda lo había descrito y transmitírsela a su, por llamarlo de alguna forma, anfitrión: “un chico, joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Era apuesto, pero abrumadoramente aterrador.”

Aquella descripción volvió a causar una ligera reacción en el rostro apacible de Frederic, y esta vez Cole sí lo notó. Sin embargo, antes de que el policía pudiera cuestionarle algo, el sacerdote habló primero.

—Entiendo —susurró despacio, y posó de nuevo sus ojos en el altar delante de ellos—. Bueno, detective Sear, analizaremos su caso.

—¿Analizarlo? —Soltó Cole, totalmente confundido—. ¿Y eso qué se supone que significa?

—Tendrá noticias mías dentro de muy poco —fue la única respuesta clara del sacerdote, y en ese mismo instante Cole notó como el hombre grande que lo había traído se paraba de su banca y caminaba hacia ellos, hasta pararse justo detrás de él—. Mientras tanto, le sugiero no causar demasiados problemas, y disfrutar su estancia en L.A.

—Oiga, un momento… —intentó decir Cole poniéndose de pie, pero la pesada mano del hombre grande se colocó sobre su hombro, apretándolo un poco.

—Carl, lleva al detective Sear a su hotel, o a dónde desee, por favor —indicó Frederic sin retirar su mirada del altar.

—Cómo diga, padre —respondió aquel hombre, que al parecer en realidad se llamaba Carl.

Cole supo que aquello no era una sugerencia, ni siquiera una cortesía: le estaba exigiendo que se retirara en ese mismo momento, aunque tuvieran que arrastrarlo a la puerta. Cole podría intentar pelear, pero ciertamente la tenía difícil contra un hombre que sin duda lo superaba ampliamente en tamaño y fuerza. Y aunque lo hiciera, la otra mujer que esperaba aún sentada bien podría estar armada, mientras que su pistola seguía en su maleta, que estaba a su vez en la cajuela del Honda de afuera.

Era una situación acalorada, con potencial para volverse aún peor aunque estuviera en una iglesia y en presencia de un padre. Y una que además no convenía tanto el riesgo dirigirla en dicha dirección. Quizás lo mejor en ese momento era no tentar a su suerte, cuando claramente estaba jugando con desventaja. Aun así, necesitaba hacer una última pregunta, aunque estaba casi seguro de que no recibiría respuesta alguna:

—¿Qué tiene pensado hacer exactamente?

Frederic no lo miró, y no le respondió de inmediato, aunque su respuesta igualmente no fue lo que esperaba.

—Hablaremos de nuevo dentro de muy poco, detective. Pero tiene mi palabra de que estamos del mismo lado en esto.

Ninguno dijo nada más, y Carl tomó dicho silencio como su señal para salir de ahí con su invitado. Jaló a Cole hacia la puerta, pero éste de inmediato cooperó sin oponer ninguna resistencia, caminando por su cuenta mientras el hombre grande lo escoltaba por detrás. Cuando pasaron a lado de la mujer de piel oscura, ésta no dijo nada y ni siquiera lo miró. Permaneció sentada en su sitio, y aparentemente ella se quedaría ahí y no le daría el placer de ser su acompañante una vez más. Para Cole era mejor así. Sólo serían Carl y él, con unos minutos de incómodo silencio.

Cuando Carl y Cole salieron de la iglesia, la mujer se levantó de su banca y caminó por el pasillo central, siguió de largo al padre, y se arrodilló unos segundos delante del altar, posando sus ojos en el crucifijo y persignándose lentamente. Agachó la cabeza un instante y luego se incorporó de nuevo, andando hacia la cuarta fila y sentándose justo a las espaldas de Frederic.

—¿Qué te pareció, Karina? —musitó el padre, girando un poco su cabeza sobre su hombro, pero sin voltear a verla del todo.

—No me agrada, es demasiado irrespetuoso. —respondió la mujer, aparentemente llamada Karina, con un hastío nada disimulado en su voz y que contrastaba mucho con la actitud fría que había mantenido desde que recogió a Cole en el aeropuerto.

—Yo diría que lo es lo suficiente —respondió el padre Frederic, un tanto jocoso—. ¿Y qué opinas de todo lo que dijo?

Karina bufó, hiriente.

—¿Una niña hija de un demonio? Jamás había oído nada parecido. Excepto por…

Pareció dudar de pronunciar aquella palabra directamente, especialmente en la casa de Dios. Sin embargo, Frederic no pareció tener tantos tapujos en hacerlo.

—El Anticristo… —musitó despacio y con mucha gravedad—. Y ello prueba que la idea de que un ser como ese engendre descendencia en nuestro mundo, no es algo descabellado.

—Lo es porque Él debería de ser el único caso en el que algo así ocurriera, ¿o no? —Cuestionó Karina algo defensiva—. ¿O acaso cree que esta niña podría ser a quién buscamos? —Frederic no contestó—. Se supone que debe ser un varón, y haber crecido en una alta posición y con un nombre privilegiado. Una niña de una isla desconocida de Washington no entra en la descripción. Además de que las edades no concuerdan.

—Estás en lo cierto —asintió Frederic—. Pero estás olvidando los puntos más importantes que mencionó: esta niña viene para acá a Los Ángeles, y ambos sabemos que Damien Thorn está aquí. De hecho, no se ha movido en algunas semanas si no me equivoco, aunque su tía ya se fue. Quizás esté esperando algo, ¿no te parece?

Karina respiró lentamente por su nariz, y se viró hacia otro lado. Se le notaba un tanto incómoda.

—Damien Thorn es sólo uno de los tantos sospechosos que hemos localizado —señaló un tanto vacilante.

—Uno de los más posibles, diría yo —respondió Frederic—. ¿Oíste la descripción de quién está buscando a la niña? Un chico joven, apuesto, de ojos azules y cabello negro. Dime que no pensaste en él cuando lo dijo.

—No lo haré, en efecto lo hice —aclaró Karina sin ningún pero—. Aun así, sabe mejor que yo que se necesitan bastantes más pruebas para acusar a alguien de ser el Anticristo. —Al parecer el que Frederic lo mencionara primero le había quitado algunos de sus miedos para hacerlo ella misma—. Y una historia sobre una niña, tal vez poseída, tal vez hija de un demonio, o tal vez sólo con una habilidad que es rara y confusa, y que tal vez viene para acá a verse con él, o tal vez no… no es suficiente. Y aun considerando que en efecto sea de quien ese hombre hablaba y quien mandó secuestrar a esta niña, eso tampoco lo convierte en la persona que buscamos. Bien podría sólo ser otro psíquico poderoso, como otros que hemos visto antes. Con sus intenciones ocultas, en efecto, pero no necesariamente del tipo que creemos.

Frederic asintió, dándole la razón con ese sólo ademán y su silencio. Había muchas especulaciones y teorías en la historia que aquel detective les habías dado, y que quizás podrían explicarse de formas mucho menos rebuscadas de las que estaban planteando en esos momentos. Todo eso, en efecto, podría ser sólo una serie de coincidencias. Aun así, existía un dato adicional, una coincidencia más, que sumándolas a las anteriores hacía que todo aquello le resultara mucho menos indiferente.

—¿Y qué hay del otro nombre que mencionó? —Susurró de pronto—. Dijo que el espíritu que se le apareció se presentó como “Gema”. Sí recuerdas ese nombre, ¿cierto?

Karina pareció tensarse demasiado ante ese cuestionamiento, y volvió a desviar su mirada hacia un lado, de nuevo incómoda. En efecto, ese nombre le traía recuerdos a la mente que le eran difíciles de ignorar. Pero tres coincidencias podrían seguir siendo eso: simples coincidencias.

Frederic se levantó entonces de su banca, y apoyado de su bastón comenzó a caminar hacia una puerta a un lado del altar, hacia las oficinas de la iglesia que amablemente les habían prestado.

—Entiendo tu escepticismo, hija mía —comentó el sacerdote mientras avanzaba. Karina se apresuró a seguirlo—. Es esa forma de ser tuya la que siempre me ayuda a ver las cosas desde un ángulo frío y calculado que a mí me resulta a veces imposible. Pero aun así, creo que debemos estar completamente de acuerdo con el detective Sear en una cosa: hay algo muy extraño en todo esto, que quizás vale la pena revisar con más cuidado. ¿No te parece?

Karina no respondió, pero su silencio fue suficiente afirmación.

—¿Qué hará entonces? —le preguntó la mujer mientras lo seguía de cerca.

Frederic alzó su muñeca izquierda, revisando las manecillas de su elegante reloj de muñeca.

—En Roma deben ser como las dos o tres de la mañana, ¿cierto?

—¿Va a reportar esto al Vaticano? —soltó Karina con asombro.

—Sólo será una llamada casual entre colegas. Y qué ellos decidan si quieren hacer algo o no.

Él parecía bastante seguro de su decisión, pero era claro que su acompañante tenía sus reservas.

—¿No se está metiendo en demasiados problemas para pagarle un favor a ese tal padre Michael?

Frederic soltó una risa un tanto burlona.

—Si esto nos lleva a dónde creo que nos llevará, creo que más bien yo le terminaré debiendo un favor más. Estate lista, Karina, que mi pierna me lo dice: la tormenta está muy cerca.

Ambos ingresaron al despacho de la iglesia, y unos minutos después Frederic estuvo al teléfono, en línea directa al Vaticano.

FIN DEL CAPÍTULO 55

Notas del Autor:

—El padre Michael, el padre Frederic Babato, Karina y Carl son personajes originales de mi creación que no se basan directa o indirectamente en algún otro personaje conocido de novela, película o serie.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

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