Original El Manto de Zarkon – Capítulo 18. Estoy muy decepcionado de ti

18 de marzo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 18. Estoy muy decepcionado de ti

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 18
Estoy muy decepcionado de ti

—¿Qué demonios está pensando ese juez? —Exclamó Fiodor con rabia, parándose de su asiento y mirando molesto como el juez se retiraba por una puerta trasera y desaparecía de sus vistas. A su vez, los dos guardias de marrón se llevaban a los dos prisioneros hacia afuera una vez más—. ¿Que si los vieron o no matar a alguno? ¿Que si los vieron o no en el grupo? ¡¿Y eso qué importa?! Pareciera que buscara una excusa para declararlos inocentes. Pero eso no pasará, ¡¿me oyen?! —Alzó de golpe la voz, señalando a ambos mientras los sacaban—. No me importa si son hombres, mujeres, o malditas ovejas en dos patas. ¡No saldrán vivos de este pueblo así tenga que encargarme personalmente de eso!

—Cuánta intensidad —exclamó Benny, volteándose hacia él con una sonrisa burlona—. ¿Por qué no vienes y me das un besito para que nos contentemos?

—¿Qué dijiste? —Masculló Fiodor, y se le vio la clara intención de bajarse de las gradas e ir tras él sin importarle el lugar o el momento. Como la otra noche, sus amigos se encargaron de detenerlo antes de que cometiera una locura.

Benny lanzó un beso burlón al aire, y un segundo después las puertas se abrieron, se escucharon de nuevo algunos gritos y abucheos, y ambos prisioneros desaparecieron detrás de las puertas de madera una vez más.

Armientos se paró y se viró hacia Fiodor, visiblemente lleno de cólera.

—Largo de aquí, ¡ahora! —Le gritó con intensidad, señalando a la puerta; Fiodor lo miró confundido—. No quiero verte ni oírte por el resto del día.

—Pero, capitán…

—Pero nada —le interrumpió tajantemente—. Tu actitud está fuera de control, y te lo advertí. ¿Crees que tus arranques ayudarán a hacerle justicia a tus compañeros caídos? Recibirás un fuerte castigo, pero por ahora no me hagas repetirlo más: lárgate en silencio.

La expresión de Fiodor se fue llenando de un poco sutil enojo, pero que de todas formas se veía que intentaba contener. Se soltó a la fuerza del agarre de sus compañeros, y se bajó de un salto de las gradas, para luego dirigirse apresurado a la puerta sin mirar atrás. En su camino, sin embargo, se cruzó con Rubelker que iba de regreso a su lugar.

—¿Y tú? —Soltó de pronto en voz baja, estando justo delante de él—. ¿Qué te proponías contando esa absurda historia? ¿Querías que el juez te creyera un loco y desechara tu testimonio acaso?

—Sólo dije la verdad —respondió Rubelker con calma.

—¡Pues hubieras mentido! ¿Es más importante el lucirte que obtener justicia para Philip y los otros?

—Sargento Nielsen —pronunció Armientos con fuerza, y como respuesta Fiodor simplemente le sacó la vuelta a Rubelker, chocando a propósito si hombro contra su brazo, pero en realidad no logrando moverlo demasiado. Fiodor salió casi azotando las puertas principales y desapareció—. Maldición, lo que menos necesito es preocuparme de sujetos como éste…

Armientos se giró entonces con firmeza al resto de sus soldados presentes.

—Quiero que todos estén calmados, ¿de acuerdo? Los dos acusados son culpables, todos lo sabemos, y lo más importante es que el emperador segundo lo sabe. Les prometo que ninguno saldrá libre de esto, y ambos recibirán el castigo justo que se merecen. Pero no pasará si crean más problemas. Si alguien no puede prometer estarse quieto y en silencio el resto del proceso, será mejor que acompañé al sargento de una vez. —Ninguno de los soldados se movió ni dijo nada—. Bien, espero que así sea.

La princesa Isabelleta se había quedado en silencio, escuchando toda aquella disputa sin saber exactamente cómo reaccionar. Cuando Rubelker se aproximó lo suficiente, la pequeña se puso de pie y se paró firme delante de él, alzando su cabeza lo más posible para verlo a los ojos.

—Yo pienso que hizo un buen trabajo dando su testimonio, soldado Rubelker —le comentó con una seriedad bastante impropia de una niña de su edad—. Gracias por todo lo que ha hecho por mi familia y por mí. —culminó su comentario con una pequeña reverencia, cruzando las piernas y bajando el cuerpo con notable elegancia en sus movimientos.

Rubelker sonrió al ver este pequeño gesto.

—Usted también lo hizo muy bien, majestad —señaló, agachándose hasta colocarse a su misma altura—. Es una niña muy valiente; su padre debe estar muy orgulloso de esa valentía —se viró entonces hacia el otro lado del cuarto, en dónde Frederick y el regente Edik conversaban, un poco apartados de todos.

—Espero que haya sido suficiente —suspiró la pequeña de cabellos rubios—. Si me disculpa, iré a hablar con mi padre.

—Adelante, majestad —le respondió Rubelker con suavidad, incorporándose de nuevo—. Quizás quiera llevar a su hermana con usted de paso.

—¿Mi hermana? —masculló Isabelleta, confundida.

Rubelker se giró un poco hacia atrás, e hizo un movimiento con su cabeza señalando hacia un punto de la sala, más específico desde detrás de las gradas en dónde se asomaba una carita rodeada por una vieja manta. En cuánto notó que no sólo los ojos de Isabelleta, sino también los del capitán Armientos se posaban en ella, rápidamente intentó esconderse de nuevo.

—¿Mina? —soltó Isabelleta, incrédula. Tomó entonces la parte inferior de su vestido con ambas manos y se aproximó rápidamente hacia ese punto. Al llegar ahí, se encontró con una niña escondida tras los asientos, con su rostro y ropas sucias y una manta ocre manchada sobre su cabeza, hombros y espaldas. La niña la miró con sus ojos grandes como platos cuando se paró a su lado, y ella hizo lo mismo—. ¡Mina! —exclamó con fuerza, y su pequeño gritó resonó en el eco de la sala.

— — — —

Frederick había querido hablar a solas con Maximus una vez que empezó el descanso, pero éste sencillamente se fue apresurado antes de que cualquiera pudiera interceptarlo; una actitud que sólo hizo más que preocupar aún más al emperador segundo. El regente Edik pareció percibir dicha preocupación, pues de inmediato se le aproximó.

—No tiene de qué preocuparse, alteza —le explicó el regente, dándose la libertad de colocar una de sus manos sobre la espalda de su huésped para guiarlo hacia un extremo del cuarto y así poder hablar con un poco más de privacidad—. Todo va muy bien, se lo aseguro. Cómo le dije, Maximus es un hombre recto y cuidadoso de las leyes. Sólo se está asegurando de que no quede ningún cabo suelto o tema sin tratar, especialmente para que no le repercuta de manera negativa a usted en un futuro.

—Me gustaría estar convencido de ello —masculló Frederick áspero—. Yo fui quien les dije a los soldados de mi guardia que trajéramos a los prisioneros para acá con tal de darles un juicio justo; si fuera por ellos, los hubieran ejecutado ahí mismo en el bosque. Si por algún motivo Lord Hallen decide que no hay las suficientes pruebas o testimonios para condenarlos, perderé por completo su respeto —mientras hablaba, volteó a ver de reojo hacia los soldados, especialmente a aquel que se había parado a gritarle los acusados mientras se iban—. Como puede ver, este tema los tiene muy alterados. Sé que prometí mantener una actitud objetiva y apegada al procedimiento, pero un castigo debe ser impuesto sí o sí. Lo que menos quiero es comenzar mi labor como emperador segundo imponiendo mi voluntad, especialmente en un pueblo en el que no tengo gerencia directa.

—No tiene por qué preocuparse por nada de eso, se lo aseguro —profirió Edik con tono despreocupado—. Como Auxiliares, durante las liberaciones finales podremos darles nuestros puntos de vista a Maximus, y estoy convencido de que los tomará en cuenta. Aunque no podamos probar que alguno mató directamente a uno de sus guardias, sigue siendo agresión e intento de asesinato, y el resto de los cargos son lo suficientemente graves como para mandarlos a la horca. Confíe en mí, está en buenas manos, alteza —coronó su comentario con un pequeño guiño de su ojo izquierdo—. Y espero que el nuevo emperador segundo de Volkinia Astonia recuerde bien que tiene buenos amigos acá en el Territorio Principal, especialmente en este modesto, pero bien posicionado puerto.

Frederick esbozó sólo un pequeño gesto que apenas podía ser considerado una sonrisa debajo de su poblado bigote, y asintió levemente con su cabeza. No era un tonto, entendía muy bien lo que esas aparentemente inocentes palabras querían decir. ¿Ahora hasta para hacer cumplir la ley tendría que empezar a deberle favores a las personas? Tendría que cuidar muy bien lo que hacía y decía de ahora en adelante. Ya no era sólo un príncipe Rimentos más, sin un puesto o poder real; de ahora en adelante tendría una responsabilidad enorme sobre sus hombros, que debía aprender a cargar cada día, incluso ahí mismo, aunque ni siquiera haya dejado aún el Territorio Principal.

—¡Mina! —Escuchó de pronto como la voz de su hija mayo exclamaba fuertemente, alarmándolo—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡Por mi Dios!, ¡¿qué le hiciste a tu vestido?!

Frederick recorrió su vista por la sala en busca de su hija. La divisó cerca de la puerta, a un lado de las gradas de madera. Se apresuró velozmente hacia ese sitio. Algunos de los guardias se acercaron al mismo punto en respuesta al abrupto grito de la princesa. Cuando estaba a un par de metros, el príncipe vio como Isabelleta tomaba a aquella niña (que identificaría unos segundos después efectivamente como su hija menor) del brazo y la obligaba a ponerse de pie.

—¿Mina? —Exclamó el príncipe, al principio sorprendido pero casi de inmediato el enojo se hizo evidente en su rostro. Se acercó a ella y le retiró de un jalón la manta vieja con la que se envolvía—. ¿Qué significa esto…?

Se contuvo de decir más, y miró fugazmente a su alrededor. Como era de esperarse, estaban llamando bastante la atención de los que aún quedaban ahí, que fingían no mirar al tiempo que cuchicheaban entre ellos. El Frederick respiró hondo, tomó a Mina del brazo, y sin decir nada la jaló hacia una de las puertas traseras. Isabelleta lo siguió unos pasos atrás, al igual que cuatro de los guardias.

El príncipe y sus hijas salieron por aquellas puertas, entrando a un pequeño pasillo que comunicaba a cuatro puertas que servían como despachos privados. Le indicó a uno de los soldados que buscará alguno que estuviera abierto y solo, y el único que cumplía con esas características parecía ser el último de la derecha. Frederick llevó a sus dos hijas hasta ahí, le indicó a los cuatro guardias que esperaran afuera, y entonces se encerró con ambas adentro.

—¿Cómo llegaste aquí? —Inquirió irritado Frederick, encarando a su hija menor—. ¿Qué significa esa apariencia? ¿Qué estás haciendo aquí en primer lugar?

—Y-yo… —balbuceó insegura la pequeña, mirando fijamente a su padre, más que nada porque se sentía demasiado paralizada para desviar mirada a otro lado—. Te dije que quería… ver el juicio, pero me dejaste…

—¿Y viniste hasta acá tú sola? —Espetó Frederick, alzando un poco la voz—. ¿Y disfrazada así? ¿Cómo saliste?, ¿cómo…? —Se le dificultaba acomodar sus ideas. Tuvo que apartarse unos segundos, respirar y calmarse—. ¿En qué estabas pensando? ¿Y si te hubiera pasado algo?

—No me pasó nada, estoy bien —respondió Mina rápidamente, a pesar de que ella misma era muy consciente del ataque de pánico que le había dado; pero eso no iba a contarlo.

—Mamá debe estar muriéndose de la preocupación —reprendió Isabelleta, frunciendo su ceño—. ¿No pensaste en ella al hacer esto?

—Ni siquiera se dio cuenta de que no estaba —se defendió Mina asertiva.

—¿Tú cómo sabes? No sabes nada…

—Isabelleta, no te metas —intervino Frederick, señalándola duramente. La princesa mayor retrocedió un paso y guardó silencio. Los ojos verdes del emperador segundo volvieron a centrarse en la menor—. Habíamos acordado que éste no era sitio para ti, y que te quedarías con tu madre.

—Pero estuve quieta y en silencio… —intentó decir Mina, pero su padre la ignoró.

—Nos desobedeciste y te escapaste una vez más. Esto no es el palacio, ni la Zona Alta de Marik. No puedes seguir haciendo estas cosas, y menos en un lugar desconocido. ¿Acaso ya olvidaste lo que nos pasó hace sólo uno días? Esperaba más sentido común de tu parte, Mina. Es por estos actos impulsivos e irresponsables que todos creen que tú…

Cortó sus palabras, justo antes de que su enojo lo hiciera decir algo que no debía. Mina lo miró confusa.

—¿Que yo qué? —masculló la princesa con hosquedad.

Frederick se mantuvo calmado, sosteniendo la mirada de su hija.

—Estoy muy decepcionado de ti, Mina. Ordenaré que te lleven de regreso a la casa del regente. Luego tu madre y yo hablaremos seriamente contigo, y te impondremos un fuerte castigo.

Mina no respondió nada. Ahora sí fue capaz de agachar su cabeza, al tiempo que sus pequeñas manos apretaban fuertemente la tela de su vestido con frustración.

—Tú también deberías regresar, Isabelleta —señaló Frederick—. No creo que el juez necesite hablar contigo de nuevo por hoy.

—Pero yo no hice nada malo —respondió Isabelleta, casi ofendida por la sugerencia—. Me he portado bien, me senté en silencio y di mi testimonio como lo necesitaban. Quiero quedarme a ver el resto del juicio.

—No es un castigo, Isabelleta. Piensa en tu madre; como bien dijiste debe estar muy preocupada, especialmente luego de lo que pasó en el bosque. Se sentirá mucho más segura si las tiene a las dos ahí. Yo no puedo irme, tengo que seguir fungiendo como Auxiliar y cuidar que todo se haga de forma correcta. Necesito que vayas y cuides de tu madre. ¿Lo harías por mí?

Una parte de la princesa estaba convencida de que aquello sonaba más como una excusa que un motivo real, y eso no le agradaba en lo absoluto. Pero decidió no hacer un berrinche por ello y causar más problemas de los que su hermanita ya había causado. Además, ciertamente la idea de dejar a Mina a solas con su madre tampoco le agradaba mucho; de seguro se encontraba asustada y preocupada, pero cuando eso se le pasara sólo le quedaría el enojo.

—Está bien, papá —respondió luego de un rato, ofreciéndole una pequeña reverencia como respuesta y disculpa—. Puedes confiar en mí.

Se aproximó hacia él, y estiró sus brazos indicándole con sus manos que se agachara. Frederick bajó para que la pequeña pusiera rodearle el cuello con sus brazos, darle un pequeño beso en su mejilla y después darle un gentil abrazo.

—Qué Dios te dé claridad y guía para cumplir con tu deber, papá —le susurró despacio como una pequeña plegaria.

—Gracias, hija. Vayan con cuidado.

Isabelleta se apartó y pasó a tomar a Mina de su mano; ésta no quería, pero de todas formas lo hizo a regañadientes. Frederick abrió la puerta y le indicó a sus guardias que acompañaran a sus hijas de regreso a la casa del regente.

Aunque no era su plan inicial, por un lado el príncipe se sentía algo más tranquilo de que Isabelleta no estuviera presente en la siguiente parte del juicio. Les tocaba a los dos acusados dar su testimonio, y no sabía con exactitud qué cosas estaban a punto de revelar.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario