Original El Manto de Zarkon – Capítulo 17. El guerrero más extraordinario

11 de marzo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 17. El guerrero más extraordinario

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 17
El guerrero más extraordinario

—Que pase nuestro siguiente testigo, por favor —indicó Maximus en cuánto Isabelleta se sentó otra vez en las gradas—. Soldado Rubelker de la Guardia Imperial.

Rubelker se paró, y al hacerlo su apariencia y considerable tamaño dejó sorprendidos a varias de las personas del público; algunos incluso soltaron una nada sutil exclamación de sorpresa, o quizás de susto. El soldado caminó tranquilamente hacia el área de los testigos. Cuando pasó a lado de los acusados, miró de reojo hacia Ivannia y notó que ésta lo observaba con bastante neutralidad en su expresión. Siguió su camino hasta ponerse a sus espaldas y pararse en el área rodeada por esa pequeña barda de madera, apenas del tamaño adecuado para que él pudiera sentarse, aunque no del todo cómodo.

—¿Tampoco tiene apellido, señor Rubelker? —Fue lo primero que el juez la preguntó, al tiempo que repasaba la hoja en sus manos con su información.

—No —respondió Rubelker con simpleza.

—Qué inusual… pero, no importa. —Maximus dejó la hoja sobre el atril y centró su atención en el nuevo testigo—. Soldado Rubelker, ¿jura usted en el nombre de Dios que nos observa, que el testimonio que está por dar a esta corte viene acompañado únicamente de la verdad de su corazón y razón?

—Lo juro.

—¿Lo jura por qué? —Musitó Maximus, sonando como si fuera un regaño.

Rubelker soltó un pequeño quejido que esperaba no hubiera sido del todo audible. Lo que no fue tan discreto fue la manera en la que volteó a ver a otro lado, en un gesto de ligero fastidio. Al final, alzó su mano derecha y la colocó sobre su pecho, sin mirar directamente al juez.

—Lo juro por Dios a quien le sirvo fielmente —añadió con un tono de bastante indiferencia ante sus propias palabras, que ciertamente produjo algo de irritación en Maximus.

—Que éste guíe acertadamente sus palabras. Tome asiento.

Rubelker obedeció, logrando estar aún más incómodo sentado de lo que estaba parado.

—Soldado Rubelker —comenzó a pronunciar el juez—, es usted parte de la guardia personal que acompaña al emperador segundo y a su familiar durante su viaje a Volkinia Astonia, ¿correcto?

—Así es —respondió con seriedad el nuevo testigo.

—¿Podría describirnos los hechos que ocurrieron previos, durante y después del ataque que estamos revisando, y su participación en éste?

Rubelker respiró lentamente, inhalando por su nariz y exhalando por su boca. Miró fugazmente hacia Armientos, que lo miraba a su vez, y al notar sus ojos sobre él asintió lentamente, dándole un poco más de confianza con ese pequeño acto.

Comenzó entonces con su respectivo relato.

—Como la princesa comentó, el príncipe Frederick ordenó repentinamente el detenernos. La princesa Isabelleta, la madre, le pidió al capitán Armientos que asignara una escolta para ella y sus hijas, y yo estuve entre los elegidos junto con los cinco soldados que murieron —desde su asiento, la expresión de Fiodor se tornó dura, pero a la vez triste—. Caminamos un poco siguiendo a las princesas y estando pendientes a los alrededores. Todo se veía tranquilo.

—¿Cuándo se dio cuenta de que algo estaba mal? —cuestionó Maximus.

—Percibí el aroma lejano de una fogata.

—¿Perdón? —Cuestionó Maximus, algo perdido.

—El aroma de leña quemada y humo. Pero no era una fogata encendida, sino una apagada hace relativamente poco.

—¿Acaso huelen diferentes? —murmuró el regente Edik, algo escéptico, a lo que Rubelker respondió con un simple “sí”, que al noble tomó un poco por sorpresa.

—Como sea, eso sólo fue un pequeño detalle. La verdadera alarma surgió unos segundos después, cuando comenzaron a escucharse explosiones por la dirección en la que veníamos; sabría después que se trató de pequeños explosivos para provocar caos en la caravana y entre nuestros compañeros que se había quedado a cuidarla. Pero antes de que pudiéramos reaccionar a esto, el sonido de ballestas disparándose y el silbido de flechas acercándose me alertó, por lo que mi primera reacción fue lanzarme hacia la emperatriz segunda y protegerla con mi cuerpo…

—Espere un momento, por favor —intervino Maximus—. ¿Dice que no sólo olió una fogata a lo lejos, sino que además escuchó las flechas dirigirse hacia ustedes?

—Así es —respondió Rubelker a la defensiva—. ¿Algo en mis palabras le molesta?

—No, no —respondió Maximus—. Sólo tengo curiosidad… ¿es normal entre los soldados de su escuadrón tener estos sentidos tan agudos?

—Lo dudo. ¿Es eso relevante para la veracidad de mi testimonio? Sea como sea que me hubiera dado cuenta, el caso es que nos dispararon y reaccioné. Lo que dije no entra en conflicto con el testimonio de la princesa Isabelleta, y si tiene más dudas sobre esta parte puede preguntarle directamente lo sucedido a la emperatriz segunda.

—No será necesario darle más vueltas a ello —intervino Frederick rápidamente—. Será mejor proseguir, ¿no lo cree, excelencia?

Maximus observaba a Rubelker con cierta desconfianza; éste le sostuvo la mirada sin pestañar.

—Prosiga entonces, soldado —profirió Maximus luego de unos segundos.

—Cuando los disparos cesaron, volteé hacia atrás y vi que le habían dado a uno de mis compañeros en el cuello, y a otro más en el hombro. Conté las flechas y eran en total siete. Por la dirección en la que habían venido, supuse que los tiradores debían de estar en una colina elevada por el flanco izquierdo. Me aparté de la emperatriz segunda y me dirigí hacia ese sitio para encargarme de ellos, no sin antes indicarle a los otros cuatro que seguían de pie que se llevaran a las princesas de ahí. No puedo declarar sobre qué pasó en el claro durante esos momentos, pero por mi parte divisé a los tiradores en la colina y procedí a encargarme de ellos. —Miró en ese momento fijamente a al regente Edik, que se sobresaltó un poco al notar esto—. Eso significa que los maté, por si mis palabras resultan confusas.

El rostro del regente se puso algo rojo por la pena.

—¿Los mató usted solo? —Cuestionó Maximus—. ¿A los siete tiradores?

—Sí.

—Vaya… qué proeza —masculló el juez, suspicaz. Rubelker ignoró la intención de sus palabras, y pasó a continuar sin que tuvieran qué indicárselo.

—Una vez que terminé en la colina, bajé de nuevo al claro. Me encontré con un grupo de cinco de los asaltantes; habían matado a dos de mis compañeros, uno sujetaba a la princesa Isabelleta, y otro iba por la princesa Mina. Me encargué primero de este último, luego procedí con los otros y a liberar a la princesa —el rostro de Maximus, y de varios en el público, se llenaba cada vez más de confusión, sorpresa, y algo de incredulidad sobre como describía todo aquello, especialmente con tanta naturalidad—. Como la princesa Isabelleta afirmó, les pedí que se escondieran y yo procedí en ir a la búsqueda de la emperatriz segunda y el resto de los atacantes. Los encontré más adelante en el camino. Aunque no los pude contar esta vez, con seguridad me parecieron que eran quince o quizás veinte. Uno de ellos, el más grande, sujetaba a la emperatriz segunda firmemente y la aprisionaba. Noté también a los otros dos soldados restantes en el suelo, sin vida. Al darme cuenta que era el único que quedaba, procedí a lanzarme al ataque y rescatar a la princesa.

—¿Se lanzó usted sólo contra veinte enemigos? —cuestionó Maximus, ingenuo.

—Era eso o dejar que lastimaran a la emperatriz segunda o se la llevaran con ellos.

—Y supongo que nos dirá que también los mató a todos usted solo, ¿verdad? —masculló Maximus con ironía.

—No a todos, pero calculo que al menos a la mitad.

Las expresiones de incredulidad y confusión se hicieron más evidentes, acompañadas además de pequeños murmullos con la persona de a un lado. El relato de aquel soldado resultaba ciertamente extraño, y algo inverosímil para algunos, incluido el juez que precedía ese juicio. Incluso los otros soldados, y el propio príncipe Frederick, no parecían sentirse cómodos por la descripción de cómo ocurrieron los sucesos.

Maximus golpeó su martillo un par de veces, para tranquilizar el pequeño alboroto que se había formado.

—Le recuerdo, soldado Rubelker, que se encuentra bajo juramento —exclamó Maximus con dureza—, y mentir en una corte es un delito grave.

—Nada de lo que he dicho ha sido mentira —le respondió Rubelker, claramente defensivo.

—¿Entonces espera que le crea que acabó usted solo con…? ¿Cuántos llevábamos?, ¿veinte?, ¿veinticinco hombres armados?

—Yo no espero que crea absolutamente nada. Pidieron mi testimonio, y le agradecería que me dejara al menos terminarlo antes de comenzar con más cuestionamientos estúpidos.

—¿Cómo dice? —exclamó Maximus ofendido; su rostro comenzó a ponerse colorado por la rabia.

—Calmémonos todos —intervino Frederick, parándose de su silla—. Las habilidades de mi soldado no son las que están en juicio, excelencia. Si ocupa que alguien secunde la veracidad de lo que el soldado Rubelker describe, el capitán Lucas Armientos, su superior, puede declarar a su favor.

—Ciertamente, excelencia —respondió Armientos, parándose de su lugar—. Puedo dar confirmación de que, a pesar de que suene complicado de creer, el soldado Rubelker es más que capaz de realizar la proeza que describe, y más. En lo que respecta a eso, no tiene motivo para poner en entredicho sus palabras. Empeño mi palabra en ello, si es que ello vale algo para usted.

Los soldados miraron a su propio capitán suspicaces. ¿Qué aquel sujeto era capaz de eso y más? Algunas miradas desconfiadas, sobre todo por parte de Fiodor, se clavaron en el actual testigo, aunque éste las ignoró. Sin embargo, no pudo hacer lo mismo con los ojos verdes de la acusada delante de él, que lo miró con curiosidad sobre su hombro, quizás preguntándose exactamente lo mismo que los demás.

Por su parte, Maximus pareció reflexionar un poco sobre lo que el príncipe y el capitán habían expresado en favor de su soldado. Pasó sus manos por su barba un par de veces, y acto seguido dio un golpe fuera con su martillo contra el atril.

—Puede tomar asiento, capitán —expresó con profunda y casi agresiva seriedad, y Armientos así lo hizo—. Tomaré la palabra del emperador segundo y del capitán de su Guardia en consideración durante mi deliberación. Sin embargo, por haber llamado “estúpido” a un juez de justicia, lo multaré con doscientas uprias que tendrá que pagar en un máximo de tres días, o pagar con días de prisión de no realizar dicho pago.

—No lo llamé estúpido a usted —añadió Rubelker—, sólo a sus cuestionamientos.

—¿Quiere acaso que sean quinientas y dos días de prisión? —amenazó Maximus, señalándolo con su martillo. Rubelker notó como tanto el capitán como el príncipe lo miraban con aspereza, indicándole con su sola mirada que se comportara de una vez.

Rubelker suspiró con pesadez.

—No, excelencia. Me disculpo…

—Muy bien —susurró Maximus, algo más conforme—, termine su testimonio entonces.

—Noté que el hombre grande que sujetaba a la emperatriz les daba órdenes a los otros, por lo que supuse que era el líder. Uno de ellos lo llamó Hagak. Mientras peleaba con los otros, este tal Hagak intentó huir con la emperatriz segunda, por lo que me apresure a alcanzarlo antes de que se alejara. Lo derribé y la emperatriz cayó al suelo. Aquel hombre intentó atacarme con su hacha, pero logré cortar su mango, y de pasó le corté su brazo izquierdo y le dejé una muy fea herida en su cara —la descripción incomodó a más de uno en el público—. Un grupo de sus hombres se lo llevaron herido, pero otros más se quedaron atrás para detenerme. Entre ellos… —centró su mirada en las dos personas de pie justo delante de él—. Se encontraban los dos acusados.

—¿Usted sí puede dar testimonio de la participación de ellos dos en el ataque? —inquirió Maximus, curioso.

—No vi cómo murió ninguno de mis compañeros, así que no podría afirmar o negar si fue alguno de ellos dos. Lo que puedo decir es que la señorita, que… creo que dijo que su nombre era Ivannia —al pronunciar aquello, la nombrada lo volteó a ver con ligera molestia, aunque Rubelker no identificó claramente por qué. ¿Sólo por haber pronunciado su nombre?—, estaba ahí en ese momento, y me atacó. Intenté eliminarla como los otros, pero resultó mucho mejor que ellos y me resultó imposible en ese momento —en el rostro de Maximus se mostró que intentaba de alguna forma comprender el significado detrás de “resultó ser mucho mejor que ellos”—. El otro intervino un poco después, supongo yo queriendo ayudarla. Mientras ellos dos me distraían, el resto de los atacantes que aún podía caminar si alejaron corriendo y los perdí de vista. Seguí combatiendo a ambos hasta que el resto de los soldados y el emperador segundo arribaron el lugar, y sometieron a ambos en el suelo, y los ataron. Y eso es básicamente todo.

—Eso es básicamente todo —repitió Maximus con sarcasmo—. Vaya historia, soldado. Debe ser el guerrero más extraordinario de todo el Ejército Imperial, ¿no? —Rubelker no le respondió—. Entonces, de acuerdo a su testimonio, no estuvo presente en ninguna de las muertes de los cinco soldados que lo acompañaron, ¿correcto? Así que no podría asegurar si alguno de los dos acusados participó directa o indirectamente en alguno de sus asesinatos.

—Estuve presente cuando el primero fue herido en el cuello por la flecha —corrigió Rubelker—. Pero no podría señalar cuál de los siete tiradores lo mató directamente. Y sobre los otros cuatro… No, no sé quién los asesinó, o si alguno de ellos dos estuvo involucrado. Sólo puedo asegurar lo que ya dije, y es que ambos estaban con el grupo y luché con ellos hasta que llegaron los otros. Por lo demás, ignoro cuál fue su participación en el hecho antes de encontrarme con ellos.

Aquellas palabras sonaban bastante desalentadoras, e irritables para otros.

—Gracias por su testimonio, soldado Rubelker —pronunció Maximus forzadamente, como si aquel “gracias” hubiera tenido que ser empujado con fuerza para salir—. Tomaremos un descanso y reanudaremos en una hora. Llévense a los acusados.

Y acto seguido, el Juez de Justicia cerró aquella primera parte del juicio con un último golpe de su martillo, y después se apartó de su atril.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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