Original El Manto de Zarkon – Capítulo 16. La verdad de su corazón y razón

5 de marzo del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 16. La verdad de su corazón y razón

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 16
La verdad de su corazón y razón

La joven princesa no fue la única es reaccionar de esta forma. La conmoción se fue extendiendo entre todas personas en las gradas, manifestándose en forma de miradas incrédulas y murmullos discretos. Incluso los tres que ocupaban el lugar del juez y los auxiliares, miraron algo perdidos a la joven mujer, dudosos de quizás haber interpretado mal sus palabras. Frederick desde su asiento, se giró hacia donde aguardaban su hija y sus soldados. Casi todos en ese sitio, incluido Armientos, parecían igualmente sorprendidos, a excepción de Rubelker. Éste, más que sorprendido, parecía conforme. Sin embargo, nadie en esa sala estaba más atónito, confundido y había sido más tomado por sorpresa de los pies, como el coacusado.

—¿Qué…? —fue lo único que Benny Sluk pudo pronunciar, mientras miraba de arriba abajo a la mujer a su lado, que pasó casi de pronto de ser un conocido compañero, a una completa desconocida. Y es que no había sido sólo el nombre que había dado, sino la voz que lo había pronunciado. Ya no la estaba fingiendo; no había sonado grave y carrasposa, sino suave, incluso delicada, nada correspondiente con su apariencia—. Oye, ¿acaso es una broma?

Ivannia lo miró de reojo con seriedad unos momentos, pero casi de inmediato se viró de nuevo hacia el juez; esa sola mirada le indicaba que su respuesta era “no”.

—¡Por favor!, ¡no puede ser! —exclamó Benny, alzando de más la voz.

Maximus comenzó a golpear repetidamente con su martillo, no sólo para que Benny guardara silencio sino para que todos los demás dejaron su alboroto.

—Silencio, silencio de una buena vez —pronunció con fuerza, pero sin perder la compostura.

Todos se calmaron poco a poco, y de nuevo el silencio casi sepulcral se apoderó de la sala.

Observando con más detenimiento a la acusada, más de uno pudo reparar que debajo de esos cabellos desalineados, rostro sucio y ropas viejas, en efecto se podía apreciar las facciones finas y la figura de una mujer; ocultos, pero ahí estaban. Benny era quizás el único que seguía escéptico ante la idea.

—¿Cuál es su apellido… señorita? —cuestionó Maximus, incapaz de ocultar del todo su vacilación.

Ivannia dudó unos instantes; había decidido ser honesta, pero no podía (o debía) serlo por completo. Finalmente respondió:

—No tengo apellido, excelencia.

A Rubelker dicha declaración le tomó por sorpresa. Se preguntó si acaso mentía como él lo había hecho cuando el príncipe le hizo la misma pregunta. Pero, aunque fuera así, en su caso particular posiblemente no despertaría demasiados cuestionamientos. Era raro que un soldado de la Guardia Imperial no contará con un nombre familiar, pero una ladrona de caminos que vivía obviamente en una situación mucho más precaria, podría ser más entendible.

—Muy bien —concluyó Maximus, satisfecho con las respuestas—. El proceso se llevará de la siguiente manera. Escucharemos la declaración de dos testigos que describirían los crímenes que se les imputan. Terminadas sus declaraciones, tomaremos un descanso de una hora, y después ustedes tendrán la oportunidad cada uno de declarar a su favor y decir cualquier cosa que crean que pudiera probar su inocencia o disminuir su castigo. Luego de oír lo que tengan que decir, tomaremos otro descanso de media hora, y después los auxiliares y yo nos retiraremos a deliberar. Salvo que ocurra algo que obligue a extender el proceso, se espera poder terminar con esto hoy mismo. ¿Tienen alguna duda?

—Por decirlo menos —respondió Benny casi de mala gana, mientras continuaba mirando pasmado a la mujer a su lado, hasta el punto de empezar a ser incómodo—. ¿Cómo que eres una mujer? ¿Estás seguro de eso?

—¡Orden! —Espetó el juez fuertemente, chocando de nuevo su martillo—. ¿Tienen alguna duda sobre el proceso que acabo de describir?

—No, excelencia —se apresuró a responder Ivannia, antes de que los humores se calentaran de más.

—Muy bien —volvió a pronunciar Maximus, bastante más calmado—. Que pase por favor la primera testigo, su alteza imperial la princesa Isabelleta Rimentos II.

Al escuchar el llamado, la princesa de hermosos caireles rubios y ojos azules se paró de su asiento con su espalda recta y rostro alzado. Dos de los soldados en las gradas, previamente asignados, se pararon junto con ella y se pararon a sus lados para escoltarla, aunque sólo fuera hasta el asiento de los testigos. Isabelleta caminó digna y firme hacia dicho asiento, con sus manos entrelazadas reposando sobre su vientre. Las miradas de todos los presentes la acompañaron en su travesía. Se veía tan radiante y madura; era difícil para algunos creer que tuviera sólo nueve años.

En su recorrido por aquella circunferencia hasta su destino, pasaría muy cerca del escondite de Mina, por lo que ésta rápidamente se agachó más detrás de las gradas para que su hermana no la viera. Al parecer no lo hizo, pues siguió de largo.

Isabelleta se colocó detrás de la pequeña barda de madera, delante de la silla pero sin sentarse aún en ella. Se paró aún más firme que antes, y alzó su mano derecha hasta colocarla en el centro de su pecho. Al parecer había repasado el procedimiento el día anterior, y aquello complació al juez Maximus. Los dos guardias que la acompañaban se quedaron de pie, cada uno a su lado en posición de descanso.

—Su alteza —comenzó a pronunciar Maximus—, ¿jura usted en el nombre de Dios que nos observa, que el testimonio que está por dar a esta corte viene acompañado únicamente de la verdad de su corazón y razón?

—Lo juro por Yhvalus, a quien le sirvo fielmente, excelencia —pronunció Isabelleta con una armoniosa voz que resonó suavemente en la sala como una melodía.

—Que éste guíe acertadamente sus palabras, alteza. Tome asiento.

Isabelleta obedeció, sentándose en la pequeña silla y acomodándose la abultada falda de su vestido. Desde su perspectiva veía las espaldas y las nucas de los dos acusados en el centro, aunque era más prominente la figura de juez adelante.

—Princesa Isabelleta —prosiguió Maximus—, entiendo que su hermana menor y usted se encontraban presentes durante el ataque de hace dos días, por el cual se le acusa a los dos prisioneros.

—Sí, excelencia.

—¿Podría describirnos desde el inicio los hechos que ocurrieron en aquel momento?

—Lo intentaré —respondió Isabelleta con seguridad—. Nos dirigíamos para acá, a Vistak. Comenzamos nuestro viaje temprano y la intención, según nos dijeron nuestros padres, era viajar durante toda la tarde sin detenernos para llegar lo antes posible antes del anochecer y no tener que acampar. Sin embargo, tuvimos que detenernos de todas formas a media tarde.

—¿Cuál fue el motivo de esa parada imprevista?

—La princesa Mina, mi hermana menor, estaba muy inquieta. Llevábamos ya varias horas en el carruaje, y no es alguien que soporte mucho tiempo el estar quieta, y además encerrada. Le gusta más estar al aire libre y correr… más o menos como un perrito.

Aquello provocó algunas pequeñas risas entre los presentes, aunque a la aludida princesa Mina aquello no le pareció nada divertido. A su padre tampoco se lo pareció divertido, y la miró con la suficiente desaprobación para que Isabelleta se sintiera un poco avergonzada. En esa ocasión Maximus no hizo sonar su martillo, y sólo le indicó con un movimiento de su mano que prosiguiera con su narración.

—Mi padre, el emperador segundo Frederick, pensó que sería buena idea detenernos un momento a estirar las piernas. Mi madre, la emperatriz segunda Isabelleta I, no estaba contenta con la idea pues estaba segura que ese retraso nos obligaría tener que acampar. Y también creo que le molestó un comentario que hizo mi padre sobre el aire, pero no entendí bien porqué.

—Eso no es relevante —intervino de pronto Fredirick por mero reflejo, aunque luego se arrepintió de hacerlo.

—Alteza, por favor —murmuró Maximus, cauteloso—. No debemos interrumpir la declaración de la testigo.

—Lo siento —se disculpó el príncipe rápidamente—. No volverá a pasar. Continúa, Isabelleta.

—Sí, papá —asintió la niña—. Mi madre nos llevó a caminar para que también Mina pudiera despejarse. Le pidió al capitán Armientos que nos asignara una escolta para que nos acompañara en nuestro paseo, y nos asignó seis soldados. Los cinco que fallecieron intentando protegernos, y el señor Rubelker.

—El soldado Ruebelker que también nos acompaña como testigo esta mañana, ¿correcto? —Inquirió Maximus, apuntando con su martillo en dirección al soldado de barba oscura.

—Sí, excelencia, él mismo —respondió Isabelleta.

Aquello provocó que Ivannia inevitablemente desviara su mirada hacia donde el juez apuntaba, y viera de nuevo a aquel hombre sentado en la primera fila… y éste la miró a ella. Curiosamente ahora los dos sabían los nombres del otro, aunque ninguno se lo había dicho al otro directamente.

—Al principio todo estaba tranquilo —continuó la princesa—. Mina corría por ahí y se veía más calmada. Yo revisaba la corteza de los árboles, los musgos y las flores para ver si podía recolectar algo para mi cuaderno de muestras. También me puse atenta por si veía algún insecto interesante. Mi antigua institutriz, la señora Galbert, me contó que de niña tenía el pasatiempo de recolectar y coleccionar insectos, sobre todo mariposas. Estoy considerando quizás empezar a hacerlo también cuando esté en Volkinia Astonia, aunque a mi madre de seguro le molestaría. Pero igual aprovechaba en cada parada que hacíamos para ver si veía alguno, pero no tuve suerte. Quizás el frío los ahuyento y tenga que esperar hasta la primavera.

»Pero estoy divagando, lo siento. Como dije, todo estaba tranquilo. Llegamos a un pequeño claro, y Mina se alejó un poco, y yo fui detrás de ella. Se escucharon de pronto varios ruidos estridentes a lo lejos, como explosiones creo. No sé qué pasó exactamente después de eso, pero escuché un grito, creo que del señor Rubelker, y me giré hacia atrás. El señor Rubelker había tumbado a mi madre al suelo y la cubría con su cuerpo. Y… —La voz de la princesa se apagó al momento de llegar a esa parte. Agachó un poco su mirada, como si le avergonzara que la vieran, y respiró despacio—. Vi a uno de los soldados de la escolta con una flecha en su cuello. Cayó al suelo… creo que tosió algo de sangre, y ahí se quedó.

La descripción conmocionó a varios de los presentes, aunque más que el acto que mencionaba, les espantaba más la idea de que una niña tan pequeña como ella lo hubiera presenciado. El más afectado de ellos era su propio padre.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Maximus, intentando no sonar demasiado agresivo.

—El soldado Rubelker se paró y corrió hacia los árboles. Dos soldados tomaron a mi madre y la levantaron, y otros dos se dirigieron hacia Mina y yo para tomarnos, supongo. Pero de entre los árboles surgieron más asaltantes; eran muchísimos, y atacaron a los dos soldados al mismo tiempo. Ellos lucharon valientemente, pero… —paró un poco, y alzó una mano cubriendo su boca, mientras respiraba lentamente de nuevo—. Lo siento… Lograron derrotar a algunos, pero los asaltantes los mataron. No sé con seguridad qué ocurrió en ese momento, porque tomé a Mina y la abracé para que no viera todo eso.

Pero Mina sí lo había visto, claramente. Ella había visto como apuñalaban a los soldados, y le encajaban un hacha en la cabeza a uno como si fuera un tronco. La imagen de ambos la acompañaba cada noche, y escuchar la descripción de su hermana no hacía más que avivar aún más ese recuerdo.

—Uno de esos hombres me tomó y apartó de Mina —prosiguió Isabelleta—, me sujetó fuertemente y me tapó la boca para que no gritara. Los demás, creo que se fueron tras mi madre pues sólo se quedaron unos pocos ahí. Otro de ellos se aproximó para tomar a Mina, pero el soldado Rubelker volvió en ese momento y se encargó de ellos.

—¿A qué se refiere con que se encargó de ellos? —cuestionó algo curioso el regente Edik, ganándose una mirada de desaprobación por parte de Frederick.

—A qué… los mató a todos —respondió Isabelleta, algo dudosa—. Con sus espadas, él los… ¿tengo que describirlo? Realmente tampoco vi todo, en cuanto pude volví a acercarme a Mina para que tampoco viera aquello. Pero cuando miré, todos estaban… pues, muertos.

—No hace falta, está muy bien así, princesa —respondió Maximus rápidamente, alzando una mano tranquilizadora hacia el frente—. ¿Qué ocurrió después?

—El soldado Rubelker nos dijo que nos escondiéramos, y gritáramos si alguien más se nos acercaba, y él corrió hacia donde se habían llevado a mamá. Tomé a Mina y nos pusimos detrás de un árbol sin hacer ruido, hasta que los demás soldados llegaron y nos llevaron con nuestros padres. Y eso fue básicamente todo. Los soldados nos llevaron de regreso a nuestro carruaje y nos tuvieron ahí hasta que armaron el campamento, siempre con cuatro soldados protegiéndonos.

—Pasó por algo horrible, alteza —señaló Maximus con algo de pesar—. Lamento mucho que esto pasara.

—Descuide, es parte de ser un miembro de la Gran Familia Rimentos. Debo aprender a no tenerles miedo a mis enemigos, y esto fue una buena experiencia para ello.

Varios de los presentes asintieron con aprobación y admiración a sus palabras.

—Definitivamente es una niña muy valiente, princesa —añadió Maximus, sonriente—. Antes de que se retire, sólo deseo hacerle un par de preguntas más.

—Adelante, excelencia —respondió Isabelleta con calma.

—¿Podría decirnos si estaban los dos acusados entre el grupo de asaltantes que vio matar a los dos soldados?

Aquella pregunta pareció tomar desprevenida a la princesa. Miró fugazmente a las personas delante de ella; sólo miraba sus espaldas, pero igualmente recordaba sus rostros bien… pero no recordaba en realidad si estaban entre ese grupo en específico.

—No… lo sé… —respondió Isabelleta, insegura—. Todo fue muy caótico, y como dije abracé a Mina para que no viera, así que… en realidad no vi a los atacantes muy bien. No estaban entre el grupo que nos tomó después, aunque… eso es lógico, porque ya dije que los mataron a todos —susurró lo último despacio, avergonzada al darse cuenta de lo absurda de su propia respuesta—. Lo siento… respondiendo más claramente a su pregunta, no… no recuerdo si estaban ellos dos ahí.

—¿No recuerda haberlos visto matar a los soldados o no recuerda siquiera si estaban entre los asaltantes que vio?

—Yo… —Isabelleta titubeó—. Ambas, creo…

—Entonces, ¿recuerda al menos cuándo vio por primera vez a los dos acusados?

—Sí, cuando nos llevaron con papá y mamá, los dos estaban en el suelo y estaban siendo sometidos y amarrados por dos soldados.

—Pero, antes de ese momento, ¿no podría asegurar que los haya visto entre sus atacantes?

La mirada inquisitiva de Maximus se volvió algo penetrante e insistente, hasta el punto de comenzar a agobiar un poco a la joven princesa. Aun así, la niña no perdió en lo absoluto su porte.

—No —respondió firmemente—, no podría hacerlo… no bajo juramento ante Dios.

Aquellos cuestionamientos extrañaron demasiado a los presentes, sobre todo al grupo de soldados que se miraron entre ellos incrédulos.

Maximus se hizo hacia atrás, tallándose un poco las manos entre sí.

—Muy bien —dijo abruptamente con sosiego—. Muchas gracias por su testimonio, alteza. Ya puede retirarse.

Isabelleta se paró dudosa de su silla, y escoltada por los mismos dos soldados regresó a su asiento. ¿Había hecho algo malo? La teoría le decía que no; había respondido cada pregunta de forma directa y honesta. Pero, entonces… ¿por qué sentía como si hubiera metido terriblemente la patada?

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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