Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 27. La Voluntad de Hyouei Nishida

29 de febrero del 2020


Rurouni Kenshin
El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 27
La Voluntad de Hyouei Nishida

Kyoto, Japón
26 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

El repentino eclipse sorprendió a Sanosuke cuando éste se encontraba caminando solo a las afueras de la ciudad. Había salido del Aoiya sin un rumbo fijo, más allá de sólo intentar despejar un poco su mente. Estar de regreso en Kyoto, y especialmente tan pronto, tampoco era muy agradable para él. Habían ocurrido muchas cosas desagradables por esos rumbos, por no mencionar algunas pérdidas tanto de amigos como enemigos. Pero lo que más le molestaba en ese momento era la plática absurda que acababan de tener.

¿Alguien que utilizaba el mismo estilo de pelea que Kenshin? Y, además, ¿podría ser más veloz y fuerte que él? Absurdo, sencillamente absurdo. Los demás podían creer algo como eso porque no estuvieron ese día en la base de Makoto Shishio. No vieron como Kenshin tuvo dos intensos y casi letales encuentros, saliendo victorioso de cada uno, sólo para después hacerle frente al propio Shishio. No presenciaron cómo se levantó de los muertos con aún más fuerzas que antes, cómo blandió su espada ante ese enemigo que parecía invencible, y como lo derrotó con esa extraordinaria y casi irreal técnica. Si hubieran estado ahí, si hubieran sido testigos de esas asombrosas hazañas, no pondrían siquiera dichas ideas sobre la mesa. Y eso no era sólo por su estilo de pelea, de eso estaba seguro; era algo dentro de el propio Kenshin, algo que lo hacía sencillamente un ser único.

«Dioses, Budas, nada de eso me importa», pensaba el peleador unos segundos antes de que el cielo se oscureciera. «Y mucho menos ese supuesto Hijo de Dios. Yo sólo creo en Kenshin…»

Si lo que buscaba era despejar su mente y olvidarse de todo ese asunto por unos momentos, el día convirtiéndose en oscuridad definitivamente hizo un buen trabajo en ello. El momento duró sólo unos minutos, en los cuales el antiguo peleador callejero permaneció en su sitio, mirando estupefacto al cielo. Una vez que el sol volvió, Sano pareció reaccionar también. Sentía como si hubiera caído en alguna clase de trance, y hubiera estado ahí parado por largos minutos. Con su antebrazo se talló sus ojos, como intentando despertar de un pesado sueño.

—¿Y qué se supone que fue eso? —Se cuestionó a sí mismo en voz baja—. ¿Cómo es que el sol se ocultó así?

—¡Fue un milagro! —Escuchó de pronto que una vocecilla pronunciaba a sus espaldas. Sanosuke se giró sobre su hombro, y miró más atrás por el camino a una mujer y dos niños que avanzaban en su dirección. Quien hablaba era la niña, un poco más alta que el otro chico y con rostro entusiasmado y contento—. ¡Shougo-sama lo cumplió!, ¡realizó el milagro que prometió!

—No digas eso, te van a oír —susurró despacio la mujer, inclinándose hacia ella con postura protectora. En aquel momento parecieron percatarse de su presencia, y aquello puso aún más nerviosa a la mujer. Sin embargo, igualmente le sonrió como si nada pasara, mientras con sus manos acercaba a los dos niños hacia ella—. Buenas tardes…

Luego de pronunciar ese escueto saludo, y sin esperar alguna respuesta, comenzó a avanzar apresurada. Sanosuke se hizo a un lado y los tres pasaron rápidamente delante de él sin siquiera mirarlo. Él, por otro lado, los siguió discretamente con la mirada mientras se alejaban.

«¿Un milagro?», pensó un tanto curioso. «¿Y quién demonios es Shougo?»

¿Estaban hablando del eclipse? ¿Acaso estaban insinuando que alguien había hecho que eso ocurriera? Eso era absurdo, nadie podría hacer algo como. Sólo un Dios… o algo así…

La mirada del peleador se agudizó al igual que todos sus sentidos. Podría no ser nada, pero le pareció que aquello podría ser una pequeña pista del individuo que había atacado a Misao… El supuesto Hijo de Dios. Podría volver al Aoiya y avisarle a Kaoru y los otros, pero en realidad no tenía mucho más que una simple conversación a medias que no decía nada por sí solo. Pero quizás si investigaba un poco más podría llegar a algo. Y, ¿quién sabe?, desenmascarar a ese falso Hijo de Dios.

Manteniendo su distancia, Sanosuke comenzó a andar en la misma dirección en la que aquella mujer y los niños iban. Tuvo que usar todas las habilidades callejeras que había adquirido con el tiempo para esconderse y pasar desapercibido, pero no era fácil considerando que esas no eran las calles de Tokio sino un camino rular en el que sólo tenía árboles y algunas rocas para ocultarse. Y además la mujer claramente estaba paranoica y frecuentemente volteaba hacia atrás para ver que no la siguieran; eso dejaba bastante en evidencia que estaba ocultando algo.

Su persecución lo alejó cada vez más de la ciudad, pasando por los campos y casas de las personas que vivían a las afueras, y luego hacia un camino que subía por una montaña y al costado de un pequeño río. En un momento en el último tramo los perdió de vista, por lo que tuvo que acelerar para poder alcanzarlos, a riesgo de ser visto. Por suerte no fue descubierto, pero por mala suerte esto fue porque ya no los vio. El camino terminaba justo en una cascada que caía desde lo alto con fuerza, y no había rastro alguno ni de la mujer ni de los dos niños. Para una persona común ese hubiera sido el final del camino, pero no para un antiguo pandillero como él, además de miembro de un grupo paramilitar como la tropa Sekijo. Él sabía muy bien qué lugares como ese eran buenos escondites.

Se acercó cauteloso hacia la cascada con su espalda pegada al muro de piedra. No se sorprendió demasiado cuando divisó que justo detrás del muro de agua había una cueva oculta; las personas que seguía debían haberse metido ahí. Sin titubear se metió también, andando muy despacio y con cuidado, alumbrado en un inicio por la luz que lograba entrar por el agujero, pero luego ya no dispuso de ésta y anduvo un tramo casi a oscuras. Sin embargo, eso no duró mucho pues un poco más adelante divisó un halo de luz que alumbraba un área más extensa de la cueva, y que parecía surgir del techo; posiblemente de algún agujero en la parte más alta. Casi al mismo tiempo que divisó aquella luz y comenzó a usarla como guía, comenzó a escuchar también varias voces, resonando en unísono con el eco.

—…danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en tentación, y líbranos de todo mal. Amen.

Sanosuke comenzó a avanzar con mucha más cautela y con el cuerpo agachado. No entendió en un inicio lo que decían, pero conforme se acercaba le parecía que se trataba de algún tipo de plegaria. Al final pudo divisar a un grupo numeroso de personas (quizás cincuenta, sesenta, o incluso más), reunidos justo delante de donde caía aquel rayo de luz del techo, hincados unos a lado de otros. Sano permaneció alejado, oculto detrás de algunas estalagmitas para poder ver y escuchar. Repitieron la misma plegaria (o a Sanosuke le pareció al menos que era la misma) unas dos veces más, y luego callaron. Y entonces, una sola voz, la de una mujer, se hizo notar con fuerza en toda la cueva, tomándolo un poco desprevenido.

—Dios, bendice a todos mis hermanos que comparten mi fe.

—Te lo pedimos, Señor —respondieron todos los demás al mismo tiempo.

—Brinda felicidad a aquellos que son de corazón puro, porque a ellos se les abrirán las puertas del cielo.

—Te lo pedimos, Señor.

—Brinda felicidad a aquellos que son pobres de corazón, porque no son conscientes del pecado que recae en ellos.

—Te lo pedimos, Señor.

—Brinda felicidad a los que son de corazón justo, porque ellos pelearán y defenderán tu nombre.

—Te lo pedimos, Señor.

De nuevo hubo silencio. En ese momento, Sanosuke notó como una figura justo hasta el frente de todos se puso de pie, justo debajo de la luz que caía, alumbrándola y haciéndola brillar como si de algún monumento o joya se tratase. No la vio con claridad, pero le pareció que era una mujer, usando un vestido muy colorido.

«¿Y ella quién es?», se preguntó curioso.

Se preguntó si era ella la que hablaba hace un momento, pero lo tuvo claro una vez que volvió a escuchar su suave, pero a la vez dura voz.

—Hermanos míos, nunca olviden que Dios siempre está con ustedes —pronunciaba con armonía, extendiendo sus brazos hacia el público delante de ella. Un hombre se le aproximó de pronto por un lado sujetando en sus manos un tazón con agua. La mujer introdujo sus dedos en dicho tazón, y entonces la extendió al frente. Las gotas de agua saltaron de su mano, brillando como diamantes con la luz que la bañaba—. Yo los bendigo a todos, y les prometo, con Dios como como mi testigo, que los tiempos de ocultarse y temer han terminado. La nueva Tierra Santa de Dios se encuentra cerca, y sus puertas se abrirán para todos ustedes. ¡No tengan más miedo! Crean en mí, crean en nuestro señor Shougo, y esa Tierra Prometida que será suya.

Se escucharon varias expresiones de admiración entre las personas, y murmullos de excitación. Sanosuke sólo logró captar algunas palabras, pero principalmente escuchó como algunos repetían “Santa Madre”, y un nombre que no comprendió bien; ¿Santa… Magdalena? Daba igual; lo que estaba claro es que era algún tipo de líder para esos individuos, y que muy seguramente no le estaban rezando a ningún buda o deidad de por ahí. No era para nada un experto en el tema, pero si tuviera que adivinarlo diría que todos individuos… debían ser cristianos.

Mucha coincidencia. Y lo que más importante del asunto era quien era se tal Shougo que tanto mencionaban.

— — — —

Antes de retirarse, muchas de las personas, pasaron con Magdalia para pronunciarle algunas palabras, tomarle la mano, o incluso besársela. La joven simplemente les sonreía, asentía, y les bendecía con sus propias palabras y caricias. Se mantuvo con esa misma postura y emoción, hasta que la última de ellas se fue. Una vez que eso ocurrió, dejó exteriorizar su agotamiento, en la forma de un largo y profundo suspiro.

—¿Se encuentra bien, Santa Magdalia? —Le cuestionó Shouzo con preocupación, siendo ya el único que quedaba ahí con ella.

—Sí, no te preocupes —le explicó con calma—. Sólo estoy un poco cansada. Vayamos un minuto atrás, por favor.

Shouzo encaminó a la joven Amakusa hacia un cuarto ocultó en la parte trasera de la cueva, que era más bien como una pequeña biblioteca en dónde a los niños locales solía instruírseles el catecismo. Le pidió a su acompañante de favor que la dejara sola, y así lo hizo, cerrando la puerta detrás de ella. Había algunas mesas y sillas, y Magdalia se tomó el atrevimiento de sentarse unos momentos a descansar. Cerró los ojos y comenzó a respirar lentamente, intentado recuperar el aliento.

Llevaban ya unas semanas en Kyoto, y desde entonces se había sentido más débil que de costumbre… No, en realidad desde antes ya lo había estado sintiendo. No lo había expresado abiertamente a su hermano, o a Shouzo, o a Kaioh, pero de febrero a la fecha había ido sintiendo que sus fuerzas cada vez eran menos, y tenía que esforzarse cada vez más incluso para dar esas misas. Ellos se daban cuenta sin duda, pero esperaba de alguna forma no demostrar tan abiertamente lo verdadera gravedad de su estado.

«Creo que el momento ya está cerca», pensaba seguido, y en aquel momento igualmente lo hizo. Había dicho con bastante seguridad que estaba preparada para morir y que no era algo a lo que le tuviera algún temor. Sin embargo, al tener el momento ya tan cercano, no podía evitar sentir un poco de remordimiento y, ¿por qué no?, incluso miedo. E igualmente se preguntaba si acaso ello hubiera ocurrido de no haber pasado lo del febrero anterior.

Le costó tiempo admitirlo, pero algo había cambiado en ella tras esa última visita a Shanghái. Antes de aquel momento, tenía toda su atención y energía puesta en sólo fin, y estaba feliz de morir si lograba alcanzarlo. Pero, ahora en más de una ocasión, había llegado a replantearse dicha postura. Y había llegado a preguntarse si acaso podría haber “algo más”. Esos pensamientos la tenían demasiado confundida, y odiaba sentirse así. Y odiaba al responsable de haberle causado todo eso… Pero, al mismo tiempo, le era imposible realmente “odiarlo”.

Inconscientemente acercó sus dedos a sus labios, rozándolos apenas un poco con sus yemas, pareciéndole por unos momentos poder sentir el mismo cosquilleó en ellos que había sentido en aquella ocasión, pero sabiendo que eran una simple ilusión. Pensar en ello la ruborizaba y molestaba, pero también le causaba una pequeña y agradable calidez en su pecho.

«¿Qué estarás haciendo en estos momentos?», se preguntó casi sin proponérselo. «¿Seguirás en Shanghái?, ¿habrás ya obtenido eso que buscabas?» Apoyó sus brazos sobre la mesa delante de ella, y recostó unos momentos su rostro sobre ellos. Le pareció que, si acaso se descuidaba un poco, podría quedarse dormida ahí mismo. «Me pregunto si podré verte una última vez… antes de que tenga que partir al fin con mi Señor…»

No estuvo segura de cuánto tiempo estuvo así, pero fue el suficiente para que Shouzo considerara que era prudente entrar, aunque tuviera que importunarla.

—¿Santa Magdalia? —Pronunció dudoso abriendo sólo un poco la puerta. Magdalia alzó su rostro soñoliento y se sentó derecha en la silla—. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le traiga su medicina?

—No, descuida —respondió la joven con bastante seguridad, y en ese momento se puso de pie con naturalidad, como si nada hubiera ocurrido—. Regresemos de una vez, que mi hermano ya debe de haber vuelto.

Shouzo sólo asintió, y ambos se dirigieron a la salida de aquel escondite.

A Magdalia y Shouzo les tocó presenciar el eclipse desde el interior de la cueva, donde los presentes y ellos pudieron ver como la luz del sol que entraba por el techo fue poco a poco disminuida, hasta que los rodeó una densa y profunda oscuridad. Pero ninguno tuvo miedo. Rezaron juntos, pidieron por Shougo y agradecieron su “milagro”.

«Milagro», pensó Sayo mientras salían de detrás de la cascada y comenzaban a bajar por el camino sobre la pendiente del río. Muchos habían acudido justo después, atraídos por el hecho de que Shougo había cumplido sus palabras: había hecho que el día muriera, y cubierto todo con oscuridad. Un verdadero milagro a simple vista… sólo que no lo era en realidad, y eso Magdalia lo sabía muy bien. Aquello había sido sólo un fenómeno natural que su hermano había sabido aprovechar bien. Él nunca habló de engañar a las personas con ello, y ella tampoco lo mencionó. Él decía que era la voluntad de Dios que aquello ocurriera justo en ese día, en ese lugar, y dejara todo listo para que él llevara a cabo su labor. Así que, de cierta forma, sí se podía considerar un milagro… o una tremenda coincidencia.

“Tú debes de ser la persona que mejor lo conoce en este mundo, ¿no es así?”, le había mencionado Enishi aquella noche antes de que tuviera aquel duelo con su hermano. “El resto de la gente puede creerle su discurso sin problema. Pero tú eres diferente a cualquier otra persona; eres su hermana, después de todo. ¿Tú realmente crees todo ese circo del Hijo de Dios y que posee tal poder con el que me amenazas? ¿O tal vez estás tan acostumbrada a que la gente se trague esas palabras tan fácil que ya las dices sin siquiera pensarlo?”

En aquel momento no dio una respuesta concisa a tal cuestionamiento. En parte porque no tenía por qué complacer a su captor con ella, y en parte porque en realidad no la tenía. La verdad era que nunca se había permitido cuestionarse abiertamente qué pensaba ella de todo ese asunto. Desde que tenía memoria, su padre, su madre y su tío hablaban de ello como un hecho, y ella así lo creyó también. El propósito final era la justicia para Shimabara, la creación de la Tierra Sagrada de Dios. Creería lo que tuviera que creer para lograrlo, aunque necesitara forzarse a hacerlo.

Sin embargo, al igual que le ocurría con el tema de su próxima muerte, ese asunto del Hijo de Dios, o la idea de su hermano de convertirse él mismo en Dios… comenzaba a sentirse un tanto incómoda con todo eso, y a replantearse si acaso no estaban cometiendo algún tipo de herejía haciendo todas esas cosas. Las personas incluso comenzaban a llamarla a ella como la Santa Madre, y a hablarle y adorarle como tal. En el pasado a aquello no le ponía demasiada atención, y al igual que lo otro también lo veía como un medio para influir en las personas, ayudarlas y darles esperanzas en su causa. Pero ahora, en más de una ocasión se decía a sí misma que posiblemente estaba cometiendo un pecado muy grave, tanto divino como terrenal.

Ella no era ninguna divinidad, sino una simple humana. Una débil, débil humana, tanto física como espiritualmente. ¿Realmente tenía lo que se necesitaba para ser un modelo a seguir para esas personas con toda la confusión y miedos que la impregnaban en esos momentos? Odiaba sentirse así, aunque también era una sensación novedosa, como si por primera vez viera desde otra perspectiva muchas cosas que había dado por sentadas desde pequeña.

¿Esto también era a causa de lo que había pasado en febrero? ¿Cómo aquello había tenido tanta influencia en ella?, no se lo explicaba. ¿Habría también tenido un efecto similar en Enishi?

Sus pensamientos tuvieron que ser puestos de lado, pues al avanzar se dio cuenta de que alguien les obstruía el camino. Más adelante a unos metros, divisaron a cuatro hombres con el uniforme oscuro de la policía local, y con sables sujetos a sus cinturas. Los cuatro los miraban, quizás incluso los estaban esperando, y no parecían hacerlo con buenas intenciones. Sus miradas eran astutas, y dos de ellos sonreían de una forma un tanto amenazante. Percibió que Shouzo a sus espaldas se ponía tenso y en alerta, y todo eso combinado podría ser potencialmente peligroso. Debía despejar su mente de todos esos asuntos del pasado y el futuro, y enfocarse de momento sólo en el presente. Se paró derecha, agudizó su mirada y su postura, y comenzó a andar de nuevo con paso decidido.

—Andando, Shouzo; no te detengas —le indicó a su acompañante con serenidad, y el joven la siguió sin chistar. Los dos caminaron hacia el encuentro de los cuatro hombres, que no se movieron de su lugar, aunque se les aproximaran. Magdalia se detuvo a un par de metros del más próximo a ellos, que le sacaba dos cabezas de altura—. Con su permiso, quisiéramos pasar.

—No suena como una petición muy amigable, ¿no creen, muchachos? —Comentó uno de aquello policías con tono burlón, girándose hacia sus demás compañeros.

—Más bien nosotros deberíamos de preguntarles qué hacen por estos rumbos tan apartados —señaló otro de ellos con una actitud similar, o incluso peor.

—Se ve muy sospechoso, si me lo preguntan —añadió otro más de la misma manera—. Acaba de ocurrir un horrible asesinato en la ciudad, ¿saben? Uno de nuestros capitanes, ejecutado de una forma cobarde durante el eclipse. No sabrán algo de eso, ¿o sí?

Magdalia sintió a Shouzo aún más tenso por sus comentarios impertinentes, pero se las arreglaba para permanecer tranquilo. Ella también lo estaba, inmutable y firme ante ese tipo de individuos como le habían enseñado a ser.

—Me temo que no —respondió Magdalia con serenidad—. Nosotros estuvimos desde la mañana en la montaña, y no hemos recibido ninguna noticia al respecto. Lamentamos no poder ayudarles. Con su permiso…

Intentó en se momento seguir avanzando entre ellos, pero de inmediato los policías le cerraron el paso.

—¿Tienen alguna otra pregunta? —exclamó la joven, echándola una mirada dura a cada uno de los policías—. Pues hasta donde sé, éste es un camino público. Creo que mi amigo y yo deberíamos poder transitar sin problema por aquí. ¿O acaso me equivoco?

—Qué extranjera tan impertinente… —exclamó el cuarto de ellos.

—No soy extranjera. Soy japonesa, tanto como todos ustedes.

—¿Enserio? —Inquirió el mismo policía con escepticismo—. No hablas como japonesa, y definitivamente no te ves cómo una.

—Especialmente con ese feo medallón que te cuelga aquí —musitó uno más, y de pronto Magdalia notó como se le aproximaba, por un lado, y tuvo el atrevimiento de acercar una de sus manos enguantadas y tomar su medallón con perlas purpura que caía sobre su pecho, alzándolo para que todos los demás lo vieran—. Le rezas al Dios de los extranjeros, ¿no es cierto, muchacha?

Magdalia permaneció inmutable, aunque ciertamente esa osadía y falta de respeto la había hecho enojar, y mucho. La única seña visible de aquel sentimiento fueron sus puños, que se apretaron fuerte, aunque disimuladamente. El enojo de su acompañante, por otro lado, era mucho menos discreto.

—Shouzo, tranquilo —le susurró despacio, mirándolo sobre su hombro. Shouzo obedecía, aunque le resultara difícil.

—¿No es este símbolo muy similar al que estaba en la espalda de aquel muerto en el río? —Comentó el mismo policía que sostenía su medallón, jalándolo al frente para que los demás lo viera, lastimándola un poco—. Aún más sospechoso, ¿no creen?

—Ustedes cristianos, son todos igual de rastrases, así como tontos —exclamó el primero de los policías, casi como si escupiera esas palabras con asco—. Deberíamos llevarnos a ambos para interrogarlos—. Se aproximó entonces hacia Magdalia y abruptamente la tomó fuertemente de su brazo y la jaló. El hombre que tenía el medallón terminó jalándolo tras ese movimiento, y la línea de perlas purpuras terminó rompiéndose y el medallón quedándose en su mano.

Eso ya había sido demasiado para la corta paciencia de Shouzo.

—¡No te atrevas a ponerle una mano encima! —Gritó el muchacho chino, y rápidamente tuvo la iniciativa se lanzarse hacia ellos.

—¡Shouzo!, ¡no! —Exclamó Sayo con preocupación. Sin embargo, antes de que Shouzo o alguno de esos hombres pudiera hacer el siguiente movimiento, alguien más intervino. 

Una sombra de gran tamaño se elevó sobre sus cabezas y cayó con su puño justo contra la cara de aquel que sujetaba a la joven. El policía fue empujado hacia atrás, cayendo contra uno de sus compañeros. El otro más cercano, aquel que había arrancado el medallón, miró confundido al tercer hombre que había aparecido prácticamente de la nada entre ellos, y recibió también una patada en su estómago, empujándolo junto con el otro.

Todo pasó demasiado rápido, en un simple abrir y cerrar de ojos. Magdalia, por su parte, cando fue soltada por aquel hombre casi cayó al suelo, pero Shouzo se apresuró a impedirlo con sus brazos. Cuando logró recuperarse, la castaña alzó su rostro al frente, encontrándose con la amplia espalda de un hombre, cubierta con un saco blanco y un kanji en negro que al inicio no identificó, pero que luego le pareció que era “Aku”; malvado. Aquel hombre era alto, de cabellos café oscuro puntiagudos, y una larga cinta roja que rodeaba su cabeza y caía sobre su espalda. Magdalia se sintió muy confundida; ¿de dónde había salido ese hombre tan grande sin que siquiera lo hubieran visto acercarse? Pero aquella confusión se disipó un poco al darse cuenta de algo más importante: en su mano derecha, aquel sujeto tenía su medallón. Al parecer se lo había arrebatado a aquel policía antes o después de golpearlo.

—Los supuestos hombres de ley, aprovechándose de una mujer indefensa —escuchó como pronunciaba aquel individuo que seguía dándole la espalda, con un voz autoritaria y firme—. ¿No les da vergüenza?

—¿Tú quién…? —intentó cuestionarle Magdalia, pero él dio un paso más hacia los policías.

—Se ve que están buscando meterse con alguien de su tamaño. Anda, ¿por qué no lo hacen conmigo?

—¿Y tú por qué te metes? —le preguntó molesto uno de aquellos hombres. Los cuatro ya se habían puesto de nuevo de pie y adoptado una postura defensiva—. ¿Eres también uno de esos cristianos?

—¿Cristiano?, no en realidad —respondió astuto el extraño—. ¡Solamente detesto a los perros cobardes del gobierno como ustedes…!

Y sin más, se lanzó hacia el frente sin miedo.

—¡Espera…! —le gritó Magdalia casi como una súplica, pero él siguió adelante sin detenerse ni por un segundo.

Los policías igual se lanzaron a su encuentro, incluso con sus sables de fuera. Sin embargo, Sanosuke no se intimidó ante ellos; se había enfrentado con demasiados enemigos mucho más temibles como para acobardarse ante cuatro policías que se creían con el derecho de hacer lo que se les plazca.

El primero de ellos alzó su brazo con su sable y lo dejó caer hacia él. Sano lo tomó firmemente de su muñeca y lo jaló, pasándolo por encima de su cabeza para darle un giro completo, y azotándolo con fuerza de espaldas contra el suelo. Otro más se le acercó por detrás al mismo tiempo, y el peleador se agachó para esquivar su ataque, y luego le plantó su codo directo en la boca de su estómago, rematando con un cabezazo en la barbilla. El policía se tambaleó mareado hacia atrás, cayendo de espaldas al suelo. Los otros dos titubearon un poco al ver a sus dos compañeros caídos tan pronto, pero no se contuvieron. Los dos se lanzaron al mismo tiempo, y atacaron, pero Sanosuke los esquivó con gran facilidad.

Sanosuke se sentía algo maravillado por lo mucho que había progresado en tan poco tiempo. Ese tipo de basuras nunca habían sido un verdadero reto para él. Sin embargo, luego de sus enfrentamientos anteriores con Saito, Anji, o el propio Makoto Shishio, ahora esos burdos ataques y movimientos torpes simplemente le parecían absurdos, incluso con su puño fracturado. Los golpes y las heridas de los últimos meses habían surtido resultados en él.

Luego de esquivar un ataque de su sable, Sanosuke dio un giro completo, dándole una patada en el costado de la cabeza y azotándolo contra el muro de piedra a un lado. El otro vaciló retrocediendo un paso, pero Sansouke aprovechó esto para lanzarle un golpe con su mano sana, con un gancho de abajo hacia arriba, golpeándolo directo en el mentón tan fuerte que prácticamente lo separó del suelo, cayendo hacia atrás justo encima del segundo de aquellos que había caído.

Y los cuatro se quedaron en el suelo, inmóviles y adoloridos.

—¿Eso fue todo? —musitó Sanosuke algo sarcástico—. Vaya decepción. ¿Se encuentra bien, señorita…?

Se giró sonriente hacia la mujer castaña, pero apenas y había logrado voltearse un poco, cuando de pronto recibió de frente una intensa bofetada en su mejilla izquierda, tan fuerte que incluso empujó su rostro hacia un lado. Sano se quedó atónito, sin entender en un inicio qué rayos había ocurrido. Como pudo se giró de nuevo hacia adelante, encontrándose de frente con la mirada dura y furiosa en los ojos azules de aquella mujer, y su brazo extendido hacia un lado tras haber lanzado aquella bofetada.

—Qué brutalidad tan indecente e innecesaria; me indignas —exclamó la mujer con severidad.

—¿Qué?, ¿yo? —balbuceó confundido el peleador.

—Shouzo, revisa a estos hombres, por favor —le pidió Magdalia a su acompañante.

—Sí —respondió el joven de cabellos negros.

—Pero si ellos…

El joven de cabellos negros se apresuró hacia los hombres caídos, pasando delante de Sanosuke e ignorándolo. Se hincó rápidamente a lado de los policías, haciéndoles una revisión rápida.

—No se ven bien. Parece que algunos tienen huesos rotos, pero creo que podrán caminar.

—Hay que ayudarlos, no podemos dejarlos aquí a su suerte —añadió Magdalia, y rápidamente se abrió camino, prácticamente empujando a Sanosuke a un lado. Se aproximó también al más cercano de los hombres caídos, y se arrodilló a su lado—. Déjeme…

—¡No me toques, sucia cristiana! —le gritó furioso el hombre, y con un brazo la empujó fuertemente lejos de ella hacia atrás. La joven cayó sentada al piso.

—Maldito… —musitó Shouzo furioso apretando sus puños, pero Magdalia se apresuró a colocar una mano en su hombro para detenerlo.

Los policías que se encontraban en mejor condición comenzaron a ayudar a los más heridos para ponerse de pie.

—Van a ver —declaró uno de ellos con enojo—, se han metido en graves problemas todos ustedes. Levántense, iremos por refuerzos.

—Por favor, no se levanten todavía —les suplicó Magdalia, parándose con la ayuda de Shouzo—. Esto es sólo un malentendido…

Pero los policías no la escucharon, o no les importó. Los cuatro comenzaron a bajar por el camino tambaleándose a pasos cortos. La joven cristiana suspiró; se sintió aún más cansada que antes.

—Eso es ridículo —escucharon como el extraño peleador musitaba a sus espaldas con cierto fastidio—. ¿Por qué se preocupan por ese grupo de basuras? Dejen que se vayan.

El enojo volvió al rostro de Magdalia, y sobre todo a sus puños. La mujer se giró de nuevo hacia él, volviendo a clavar esos ojos encendidos en él. Sanosuke de nuevo se sintió un tanto intimidado.

—Haga el favor de guardar silencio de una buena vez —le exigió Magdalia con fiereza.

—¿Cuál es tu problema? —Respondió Sanosuke molesto—. Por si no te diste cuenta, yo fui el que te salvo…

—No necesitábamos de su intervención —le interrumpió Magdalia rápidamente—. Lo único que hizo fue empeorarlo todo. De haber querido resolver esta situación con violencia, mi amigo Shouzo hubiera podido hacerlo por su cuenta. Pero de esta forma lo único que logró fue provocar a la policía, y que nos miren ahora de peor forma que antes.

Sanosuke se quedó atónito al escuchar aquellas palabras. No había visto las cosas de esa forma, y por un momento pensó que quizás se había precipitado demasiado. Sin embargo, quizás empujado por su mero orgullo, se rehusó a aceptarlo y en su lugar tomó una postura un tanto más defensiva.

—¿Y qué pensabas hacer?, ¿rezarles hasta que te dejarán pasar? —le comentó de una forma despectiva que hizo que el rostro de la cristiana se enrojeciera un poco por el coraje.

—Qué impertinente. Se ve que no entiende nada.

—Lo único que entiendo es que intenté hacer algo bueno por ti, y lo único que recibo a cambios son regaños. Qué poco agradecida, para ser cristiana.

—Miserable… —intervino Shouzo enojado, dando un paso al frente. Una vez más Magdalia lo detuvo, alzando su brazo frente a él para detenerlo.

Magdalia respiró lentamente por su nariz y exhaló por su boca, tranquilizándose un poco. Dio un paso firme al frente, parándose derecha y volteando a ver a aquel hombre fijamente a los ojos.

—Tenga la gentileza de regresarme mi medallón, por favor —pidió con seriedad, extendiendo su mano al frente.

Sanosuke parpadeó, un tanto perdido al inicio por la petición. Se volvió entonces consciente de que aún tenía en su mano derecha el medallón con perlas púrpura que le había quitado a uno de los policías.

—¿Medallón?, ¿hablas de esto? —susurró, alzándolo para echarle un vistazo. El medallón plateado tenía un símbolo extraño en él, que parecía algún tipo de letra occidental—. Pensaba hacerlo con gusto, pero me parece que tampoco lo apreciarías. Quizás lo empeñe y así obtenga algo por las molestias.

—¡¿Cómo te atreves?! —Exclamó Shouzo, incluso más furioso que antes—. ¡Devuélvelo ahora!

Antes de que Magdalia pudiera detenerlo otra vez, Shouzo dio un largo salto en el aire, elevándose por encima de ellos, y cayendo con su pierna extendida hacia el extraño. Sanosuke retrocedió para esquivar la patada, pero en cuanto el atacante tocó el suelo le lanzó otra patada más, y luego una tercera, una detrás de otra con una velocidad inusual. Sanosuke retrocedió, esquivando los ataques y creando distancia entre ambos. Luego de su última patada, el chico se detuvo, adoptando una posición de defensa con sus brazos extendidos, por lo que Sano hizo instintivamente lo mismo.

—Vaya —exclamó Sansouke sonriente, maravillado por lo sobresaliente de esos ataques—, parecía que ella no mentía cuando dijo que podrías haberte encargado de esos sujetos tú mismo. Y aun así te quedaste muy tranquilo mientras la maltrataban. ¿Qué clase de hombre eres?

—No necesito justificarme ante un hombre como tú —le respondió Shouzo con severidad—. Dame el medallón por las buenas, es mi última advertencia.

—¿Tanto lo quieres? —Cuestionó Sanosuke, enseñando de nuevo el medallón, y mirando discretamente hacia un lado—. Ve por él.

Ante la mirada sorprendida de Shouzo y Magdalia, el extraño extendió su mano hacia un lado, lanzando el medallón hacia el precipicio debajo del cual se encontraba el río. Por un segundo el horror se apoderó de los dos, pero notaron que el medallón, en lugar de caer al agua, se había enredado en una rama que sobresalía del muro el barranco, quedando colgado.

—Pero para llegar hasta allá tendrás que pasar primero sobre mí —advirtió Sanosuke, adoptando de nuevo su postura, y lanzándose rápidamente hacia Shouzo con su puño alzado.

—Qué insensato —musitó Shouzo, quedándose quieto en su posición y a último momento moviéndose con una gran rapidez hacia un lado, esquivando el golpe ante los ojos sorprendidos de Sanosuke—. ¿Acaso buscas pelear sólo por pelear? Esa es la actitud de un salvaje.

Rápidamente el chico de cabellos oscuros jaló su pierna derecha hacia él, lanzando una tremenda patada a gran velocidad, que prácticamente Sanosuke no fue capaz de ver. Sin embargo, no ocupó ver para que su cuerpo reaccionara y rápidamente se hiciera hacia atrás y lograra esquivar su pierna que pasó de largo a unos centímetros de su abdomen. El peleador callejero sonrió confiado, pero esa satisfacción no le duró mucho. Un instante después, cuando sus pies se posaron de nuevo firmes en el suelo, comenzó a sentir un dolor fuerte en el vientre, casi como si lo hubieran cortado con una espalda. Instintivamente llevó su mano a esa área, y se sorprendió al darse cuenta de que los vendajes que lo rodeaban se habían roto, y sangraba un poco. Su piel, por su parte, se encontraba roja e irritada, como si hubiera recibido un fuerte golpe.

—¿Cómo es esto posible? —susurró para sí mismo—. Si ni siquiera me tocó…

Había esquivado el ataque, de eso estaba seguro. Pero de alguna forma igualmente había recibido daño. ¿Qué había sido eso? ¿Acaso el aire?, ¿o algún tipo de ataque de kenki como…?

«¿Cómo el que le hicieron a Misao?», pensó un tanto sorprendido. Pero si se trataba de ello, era muy diferente al que había golpeado a su amiga.

No pudo pensar mucho más en ello, pues en ese momento vio cómo su contrincante corría hacia él, haciendo lujo de nuevo de su velocidad. Sanosuke pensó que quizás se estaba confiando demasiado. Quizás en efecto ahora era más fuerte de lo que era antes, pero eso no lo hacía invencible.

«Aún hay muchos enemigos lejos de mi nivel», se dijo a sí mismo con algo de frustración.

Sanosuke se preparó para recibirlo, pero Shouzo no lo atacó directamente. En su lugar, saltó muy alto, dando una maroma sobre él para pasarlo y caer a sus espaldas. Sano se giró rápidamente esperando algún golpe por la espalda, pero se sorprendió al ver como en lugar de hace eso, el chico cristiano saltaba hacia el barranco, específicamente hacia la rama en donde había caído el medallón, quedando se pie sobre ésta. ¿Le había dado más prioridad a ir por ese objeto que enfrentarlo de frente? No sabía si eso le impresionaba u ofendía. Pero como fuera, no estaba listo para dar el asunto por terminado así como así.

—¡Oye!, ¡espera! —Gritó furioso, y de inmediato se lanzó también al mismo punto, quedando colgado de la misma rama, un momento antes de que Shouzo lograra tomar el medallón, y haciéndolo él primero—. ¡Te dije que primero tendrías que pasar sobre mí!

Magdalia se aproximó a la orilla, mirando hacia abajo con preocupación. Qué osado e imprudente era ese sujeto, aunque Shouzo tampoco se quedaba atrás.

—¿Qué clase de loco eres? —Le cuestionó Shouzo con fastidio—. Deja esto ya, que el único que desea pelear aquí eres tú.

—¡Silencio que…! —Intentó Sanosuke decir algo, pero entonces ambos percibieron como la rama comenzó a romperse.

Shouzo estaba en una mejor posición, por lo que un instante antes de que la rama se rompiera, logró impulsarse de ella con ambos pies y saltar. Extendió en el aire una cuerda de acero que traía entre sus aditamentos, y ésta se sujetó de una piedra sobresaliente cerca de la orilla, y así logró sostenerse y evitar caer. Sanosuke no tuvo tanta suerte. Al estar colgado de la rama con sus manos, no pudo hacer mucho una vez que ésta se rompió, y terminó precipitándose al río turbulento, con todo y la rama y el medallón. El hombre fue arrastrado por la corriente, y desapareció por completo de la vista de Magdalia y Shouzo.

El joven guardián, se quedó colgado un rato hasta ya no ver a su extraño atacante. Frustrado, comenzó a escalar de nuevo al camino, donde Magdalia lo aguardaba.

—Shouzo, ¿estás bien? —le cuestionó la mujer castaña, mirándolo preocupada. Pero Shouzo se encontraba bien; al menos físicamente.

—Sí —susurró el guardián, con su cabeza agachada y derrotada—. Lo lamento, Santa Magdalia. No pude recuperar su medallón.

Magdalia negó con su cabeza.

—Lo importante es que tú estás bien.

Decía eso, pero en realidad sí le importaba bastante. No podía creer que algo así hubiera pasado. Su medallón, lo último que su madre le había dado, arrancado de sus manos, y posiblemente desaparecido por siempre… ¿y para qué? ¿Cuál fue el fin de toda esa incoherente escena? Estaba tan furiosa, que por unos momentos se sorprendió deseando que el río hubiera ahogado a ese sujeto como castigo como su impertinencia, a pesar de que sabía que desear ese tipo de cosas no estaba bien. Pero, al menos de momento, eso no le importaba.

—¿Quién era ese sujeto tan desagradable? —Cuestionó Shouzo con confusión.

—No importa ya —señaló la Santa Madre, comenzando a andar por el camino—. Vamos, antes de que la policía vuelva.

Shouzo obedeció, y los dos se retiraron del sitio mucho antes de que los refuerzos con los que los habían amenazado se presentaran. De todas formas, se irían de Kyoto a más tardar el día siguiente; todo aquello ya no era de su incumbencia.

— — — —

Los deseos de Magdalia con respecto a la muerte del extraño entrometidos no fueron escuchados, algo que quizás su conciencia habría agradecido de haberse enterado en esos momentos. En su lugar, Sanosuke fue capaz de salir del río, en un punto cuando éste dejaba de bajar por la montaña y se volvió más tranquilo. Estuvo cerca de ahogarse, sin duda, pero al parecer aún no era su momento.

El peleador logró salir a la orilla, y se dejó caer de espaldas ya en tierra firme para descansar un poco de la agotadora tarea que había sido intentar mantenerse a flote. Respiraba agitadamente mirando al cielo, ahora de nuevo tan alumbrad y azul, y no completamente oscuro como había estado hace quizás una hora antes.

—Rayos, qué desastre —susurró en voz baja. Alzó en ese momento su mano derecha frente a su rostro, mirando el medallón que aún seguía aferrado a sus dedos—. Y al final me quedé con esto. Debí habérselo devuelto y ya…

Con la cabeza más fría (y luego de ese chapuzón por supuesto que se le había enfriado), se dio cuenta de que se había comportado como un inepto. ¿Por qué le había afectado tanto la bofetada y las palabras de aquella chica? No estaba seguro, pero lo habían hecho. En otras circunstancias él no se hubiera comportado de esa forma, o al menos eso quería pensar.

Al recordar la bofetada, acercó su mano izquierda al área en la que lo había golpeado. Para tener una apariencia tan delicada y frágil, en realidad tenía una mano muy fuerte.

— — — —

Y así, tan repentino como la ciudad fue agitada, se calmó de nuevo con el pasar de las horas. Poco a poco las personas volvieron a su rutina, y aunque el gran sol oscurecido sobre sus cabezas siguió siendo un tema importante entre las pláticas, así como el impactante ataque que se suscitó mientras la oscuridad los cubría, de alguna u otra forma todo volvió a la normalidad.

Al menos, por esa vez.

En cuanto volvió a la ciudad, Kenshin fue informado del ataque, aunque no se vio precisamente muy sorprendido; algo en el aire, y ese curioso fenómeno en el cielo, le habían advertido con anticipación de esos sucesos. Shougo Amakusa había logrado cumplir las condiciones de la tercera venganza, tal y como describía la profecía. De eso no había duda alguna; la gran pregunta, y la que importaba, era cómo lo había logrado con exactitud. ¿Con el Poder de Dios?, eso era lo que de seguro quería demostrar a sus seguidores y no seguidores. Matar a una velocidad inhumana sin ser tocado ni siquiera un centímetro, era suficiente para darte a conocer como un increíble e invencible espadachín. Pero, ¿oscurecer el cielo en pleno día?, eso definitivamente era algo mucho más llamativo.

¿Qué clase de individuo era realmente Shougo Amakusa?

Siguiendo el consejo de su maestro, Kenshin requirió de la ayuda de Okina y de su red de información para obtener la ubicación actual de Hyouei Nishida, el hombre que podría tener todas las respuestas entorno a este misterioso personaje. Corrió con bastante suerte, pues para antes del final del día, los Oniwabanshu de Kyoto ya le tenían lista su información. Evidentemente el señor Nishida vivía apartado de la ciudad, casi en solitario en espera de su inminente muerte. Su lugar de reposo era una vieja casa, propiedad de unos parientes ya fallecidos, ubicada sobre un viejo camino en desuso al que se accedía por una desviación, casi escondida, por la ruta que llevaba de Kyoto a Otsu.

Esa zona en especial… le traía muchos recuerdos al espadachín pelirrojo, recuerdos de hace más de diez años atrás. No era el sitio exacto, pero sí bastante aproximado. En cuánto tuvo el dato, se dispuso a emprender la marcha antes de que anocheciera. Kaoru y Yahiko estuvieron dispuestos a ir con él, pero el antiguo Destajador los convenció con una simple sonrisa de que no era necesario que lo hicieran. Si lo que su maestro le había dicho era cierto, Hyouei Nishida era un hombre muy enfermo y débil, así que mientras menos personas lo incomodaran sería mejor. Además, si quería que se sincerara con él, lo mejor era que fuera solo; así tendría mayor seguridad de que todo lo que le dijera sería escuchado sólo por sus oídos, si así lo deseaba.

La caminata a pie por aquel camino despertó aún más sus memorias. No estaban de hecho tan lejos de aquellos días de verano en los que tuvo que salir de Kyoto casi a escondidas hasta un sitio oculto, no muy lejos de ahí. Claro, en aquel entonces no iba a solo… Pero en los años siguientes, le había tocado muchas veces recorrer carreteras solitarias como esa durante largos periodos. Con el tiempo, se había adaptado más a caminar que a estar sentado y establecido en un sitio; claro, hasta que llegó al Dojo Kamiya.

La casa se volvió visible para él cuando el cielo ya se había tornado rojizo debido al atardecer. Lo primero que vio, en realidad, fue un antiguo muro de roca que rodeaba la construcción, pero que ya estaba algo deteriorado. De hecho, en la parte trasera de dicho muro había un gran agujero, quizás provocado por el choque de algún cañón, o quizás el cuerpo de alguna persona arrojado con la suficiente fuerza. Como fuera, a través de éste logró echar un vistazo al amplio, aunque notoriamente descuidado, patio de la casa, cubierto de varias piedras y maleza crecida sin control. La casa era grande, al menos más que el Dojo, pero su apariencia era incluso más descuidada que el muro o el patio. Si no supiera de antemano que ese era el sitio que buscaba, su primera impresión sería que aquel sitio se encontraba abandonado desde hace ya varios años.

Se permitió pasar a la propiedad por dicho agujero. Desde antes de cruzar el muro, sus sentidos agudizados le indicaron que no estaba solo; había al menos una persona cerca de él, y se encontraba en el interior de una pequeña casilla aledaña a la casa, que de seguro resguardaba un pequeño pozo. No sintió peligro en dicha persona; de hecho, era probable que aún no se hubiera percatado de su presencia. Se acercó un poco a dicha casilla y aguardó a que saliera para no asustarla con su presencia. No tuvo que esperar mucho, pues menos de un minuto después una joven de cabellos castaños cortos salió con paso moderado del pozo, cargando entre sus manos una cubeta de madera con agua. Se dirigía a la casa, pero en cuanto se dio cuenta de su presencia en el patio, se detuvo y lo miró fijamente, entre sorprendida y confundida.

Kenshin hizo un pequeño asentimiento respetuoso a modo de saludo y reverencia. Luego miró con más determinación a la joven.

—Busco al señor Hyouei Nishida —le informó con tono firme, pero calmado—. ¿Se encuentra él aquí?

La joven lo miró en silencio unos instantes, como si debatiera consigo misma si debía o no responder esa pregunta.

—¿Es usted el señor Himura? —soltó de pronto con voz insegura, creando una pequeña reacción de sorpresa en el pelirrojo—. Él dijo que vendría a buscarlo en cualquier momento.

Kenshin sólo asintió lentamente. Evidentemente, ese encuentro estaba ya siendo esperado.

La joven lo hizo pasar al interior de la casa, más específico a una sala de estar cerca de la puerta que daba al patio. El cuarto estaba vacío, sin ningún mueble en especial. Había una pequeña ventana de barrotes de madera por la que se filtraba la luz del exterior, lo que hacía que el cuarto en general se sintiera oscura, pero no completamente en tinieblas.

La joven, que se presentó a sí misma como Shiori, le pidió que aguardara ahí unos minutos. Kenshin tomó asiento en el suelo, colocando su espada enfundada a un lado, y aguardó.

La casa en general se sentía muy silenciosa y calmada; incluso el constante sonido de las cigarras que se encontraba muy presente afuera, ahí adentro parecía sencillamente haber desaparecido. Este silencio y quietud, en lugar de relajarlo hizo que sus sentidos se pusieran incluso más alerta de lo que ya estaba. Aun así, le sorprendió un poco darse cuenta de que no sentía la presencia de otra persona en ese sitio, más que la jovencita que lo había recibido. Si Hyouei Nishida se encontraba realmente ahí, era probable que de hecho se encontrara mucho más cerca del otro mundo de lo que él pensaba…

Y así era; lo tuvo claro desde el momento mismo en que lo vio cruzar la puerta de aquella habitación y dirigirse hacia él. La joven lo ayudaba a avanzar de forma pausada y cuidadosa. Su piel era pálida, y con la luz del atardecer había tomado un tono enfermizo. Su cuerpo era tan delgado y de apariencia frágil que parecía que se fuera a romper. Sus parpados cansados se encontraban cerrados, y la piel de su rostro en general se encontraba pegada a sus huesos. Fue una visión un tanto perturbadora… como ver un cadáver levantarse de la tumba y andar.

La joven lo guio hasta colocarlo justo delante de su visitante. El hombre se apoyó con debilidad en sus rodillas, ayudándose de sus manos para lograr sentarse debidamente. Pese a su estado, logró mantener su espalda recta y firme con la disciplina marcial que un hombre que sin lugar a duda en sus mejores años había sido un increíble espadachín. Aun así, mantuvo sus ojos cerrados y su cabeza un poco agachada; los rumores sobre la pérdida de su visión al parecer eran completamente ciertos.

Su joven cuidadora se sentó a su lado, alerta por cualquier percance que pudiera suceder. Hyouei hizo el ademán de querer hablar, pero lo primero que surgió de su boca fue un pequeño, aunque doloroso, ataque de tos que logró controlar tras unos segundos.

—Eres Kenshin Himura, ¿cierto? —murmuró al fin con una voz carrasposa y apagada.

—Sí, señor Nishida —respondió Kenshin con un tono calmado y sereno.

—He oído muchas historias sobre ti en los últimos años —prosiguió el hombre anciano—. Aunque no pueda verte con mis ojos, puedo darme cuenta de que eres un hombre aún más excepcional de lo que dichas historias afirmaban, del tipo que ya no quedan en esta Era. —Hizo una pequeña pausa para permitirse respirar profundamente, y luego proseguir con la mayor serenidad que le era posible—. Sé por qué estás aquí. Me alegra que hayas venido ahora, ya que como puedes darte cuenta no me queda mucho tiempo. Y debes saber la verdad… antes de que…

Un nuevo ataque de tos lo sacudió, un poco más intenso que el anterior. La jovencita a su lado se alarmó bastante al ver esto.

—Anciano, no se fuerce de más —le indicó, casi como una súplica.

Hyouei logró contenerse tras unos segundos, y le indicó con una mano a su cuidadora que todo estaba bien.

—Necesito hacer esto antes de partir, Shiori —le indicó—. Por favor, no intervengas.

La joven bajó su mirada, resignada pero no feliz por ese comentario.

Kenshin miró todo ello en silencio, pero cuando lo consideró apropiado quiso intervenir lo antes posible.

—El hombre que ha asesinado a tres personas en Kyoto, haciéndose llamar el Hijo de Dios; la gente lo llama Shougo Amakusa. Me han dicho además que utiliza el estilo Hiten Mitsurugi. ¿Es acaso un discípulo suyo?

Hyouei bajó su cabeza un poco más, y se mantuvo callado durante unos segundo reflexivos. Cuando al fin habló, su voz de pronto tomó de algún lado una firmeza que uno jamás hubiera esperado que pudiera provenir de un hombre con su apariencia y estado.

—Su nombre real es Shougo Muto. Y no sólo era mi discípulo, es mi sobrino, el hijo mayor de mi hermana Tsuruyo.

—¿Su sobrino? —Exclamó Kenshin, sorprendido.

Hyouei respiró profundamente e inclinó ligeramente su cuerpo al frente.

—Como bien has de saber, hace doscientos cuarenta años ocurrió una rebelión de Shimabara, liderada por Shiro Amakusa y cientos de cristianos japoneses. Lo que muchos desconocen, sin embargo, es que una vez que el gobierno apagó dicha rebelión, los seguidores sobrevivientes de Shiro Amakusa se dispersaron y ocultaron, algunos incluso fuera del Japón; y permanecieron así hasta hace cincuenta años, cuando empezaron a reunirse de nuevo, formando una comunidad independiente en Shimabara, ocultos entre las montañas. Tokisada Muto era el esposo de mi hermana, y líder de esta comunidad. Era miembro de una familia samurái que afirmaba descender directamente de Shiro Amakusa. Cuando Shougo, su primogénito, nació, Tokisada estaba convencido de que ese niño era el Hijo de Dios descrito en las profecías de Francisco de Javier, y todos los demás lo creyeron igual. Desde muy pequeño, el pobre Shougo fue convertido en un símbolo para inspirar a las personas. Era sólo un niño, con un gran peso sobre él que no era capaz de comprender. Aun así, vivió escondido y en paz en aquella aldea por mucho tiempo. Pero catorce años atrás, tras la Rebelión Cristiana sucedida en el continente y los primeros vestigios de la Revolución aquí en Japón, comenzaron a considerar la posibilidad de unir fuerzas con Satsuma y lograr de esta forma la independencia de Shimabara y crear un territorio libre para los cristianos del Japón.

Kenshin se encontraba fascinado por todo lo que escuchaba. ¿Hace catorce años?, era en el pleno apogeo del Bakumatsu, cuando Battousai el Destajador ya se estaba volviendo un nombre temido y conocido por las calles de Kyoto, y más allá. Pero nunca escuchó nada sobre todo eso, sobre un grupo de cristianos ocultos en el sur con intenciones de unirse a las fuerzas de los Realistas. El motivo de esto, sin embargo, fue bastante obvio para él, incluso ante de que el señor Nishida se lo dijera…

—Pero todo salió mal —exclamó el anciano con pesar—. El gobierno del Shogun se enteró de ello y mandó a sus hombres a acabar con toda la aldea indiscriminadamente. Mi hermana y su esposo murieron asesinados a sangre fría ese fatídico día…

Kenshin guardó silencio; no se sentía sorprendido por dicha información, pero no por ello no le afectaba en lo absoluto.

—¿Qué fue de Shougo Muto luego de ello? —preguntó con reserva.

—Yo salvé a Shougo y a su hermana Sayo —respondió Hyouei—, y los llevé conmigo al continente, donde nos refugiamos. Es ahí en donde le enseñé durante los siguientes cuatro años el Estilo Hiten Mitsurugi. Pensé que sería una herramienta con la que podría defenderse, a sí mismo, a su hermana, y a cualquier otro cristiano que fuera oprimido como lo fue mi hermana y su gente. Pero no preví el gran error que estaba cometiendo. —Pegó en ese momento sus puños huesos al suelo, y lo apretó con la poca fuerza que le quedaba. Su cuerpo tembló ligeramente, pero no por frío o por dolor, sino por rabia—. Luego de lo sucedido, Shougo estaba más que nunca obsesionado con la idea de ser el Hijo de Dios… o incluso la de ser el mismísimo Dios. Estaba convencido de que el Hiten Mitsurugu Ryu era su clave para lograrlo. Decidió que volvería a Shimabara y cumpliría el sueño de su padre de crear la Tierra Sagrada de Dios, aunque tuviera que hacerlo a la fuerza. Estas ideas fueron alimentadas aún más por ese hombre, Kaioh.

—¿Kaioh? —Inquirió Kenshin, curioso.

—No creo que ese sea su nombre real, pero así es como se hace llamar. Es un hombre inteligente y muy peligroso, que ha convencido a Shougo de todo esto que está sucediendo… Pero afirmar que Kaioh tiene la culpa de esto sería hipócrita de mi parte. El único culpable soy yo… Fui engreído, y no medí las consecuencias de mis actos. De haber sido un mejor maestro para Shougo, no sólo de la espada sino de la vida…

Un fuerte ataque de tos, mucho más intenso que los anteriores, sacudió su delgado cuerpo, y lo hizo inclinarse hacia el frente. Se intentó apoyar con una mano en el suelo, mientras se cubría la boca con la otra, para no caer.

—¡Anciano! —Exclamó Shiori, y rápidamente se le aproximó para auxiliarlo, pero no fue lo suficientemente rápida. El cuerpo Hyouei se ladeó hacia un lado, desplomándose al suelo.

—Señor Nishida —exclamó Kenshin con preocupación, aproximándosele. Shiori lo tomó con cuidado y lo ayudó a alzarse un poco mientras lo sujetaba en su regazo.

El ataque de tos se había calmado, pero se podía ver que de hecho sólo era una señal de algo mucho más grave, y Kenshin se pudo dar cuenta de inmediato; su cuerpo comenzaba a apagarse, justo en ese momento ante sus ojos. Era como si realmente hubiera esperado su llegada, como si fuera un momento que debió haberse suscitado tiempo atrás, pero había alargado lo más posible aguardando por él.

El hombre extendió su mano de dedos huesudos hacia él, tomándolo firmemente de la tela de su kimono.

—Escucha Himura… —Murmuró con debilidad, pero aún lo suficientemente audible—. Shougo ha reunido a una gran cantidad de seguidores en la misma aldea en Shimabara en que creció y fue destruida. Está formando un ejército y planea rebelarse contra el gobierno.

Kenshin se sobresaltó, sorprendido de escuchar tal revelación. Era una posibilidad que le había cruzado por la cabeza, pero ahora ésta se volvía mucho más real.

—Shougo no es una mala persona, realmente desea hacer el bien —prosiguió el hombre moribundo—. Pero sus actos son cegados por el odio y los deseos de venganza. Debes detenerlo, Himura… sólo tú puedes hacerle frente y detener sus planes… —Lo soltó, y entonces señaló tembloroso en dirección a su habitación—. Todo lo que necesitas está en mi libreta, así podrás encontrarlo. También están ahí mis últimas palabras para Shougo y Sayo… Por favor, prométeme que lo detendrás. Prométeme que no dejarás que gente inocente sufra por mis errores…

—Se lo prometo, señor Nishida —respondió Kenshin con completa seguridad y convicción.

Una pequeña sonrisa se dibujó al fin en los delgados labios de Hyouei Nishida.

—Puedo sentir la gran nobleza que hay en tu corazón, y también la gran fuerza que guarda. Eres la clase de persona a la que aspiraba ser al entrenar con el maestro Hiko. Pero lo arruiné, no estuve a la altura, como no estuve a la altura de poder enseñarle a Shougo el verdadero camino del Hiten Mitsurugi. Pero, aun así, Shougo siempre tuvo un talento innato. Siempre fue un increíble espadachín y fue esa habilidad la que logró solventar mis deficiencias como maestro… Y lograr dominar a los catorce años la técnica de sucesión que yo fui incapaz de aprender…

Kenshin se estremeció al oír eso.

—¿Se refiere…? —No terminó su pregunta, pero Hyouei supo sin dudarlo que había comprendido.

—Shougo ha logrado la maestría del Hiten Mitsurugi, aprendiendo en Amakakeru Ryu no Hirameki… Es por eso que quiere luchar y derrotarte, Himura. No podrá convertirse en el Dios que aspira ser mientras haya alguien más que ostente su mismo estilo y técnica. Está obsesionado con ello. Vino hace unos días e intenté convencerlo, pero fue inútil. Hay una cosa más…

De nuevo la tos, que hizo que se encorvara y estremeciera como un pequeño llorando por el dolor.

—Ya no siga, debe descansar ahora… —intentó decirle el pelirrojo, pero Hyouei rápidamente lo interrumpió, tomándolo de sus ropas de nuevo.

—¡No!, tienes que saberlo antes de enfrentarte a él… El Amakakeru de Shougo no es la única técnica de la que tienes que cuidarte… Todos creen que perdí la vista por mi enfermedad, pero la verdad es que fue Shougo, el día en que lo encaré y nuestros caminos se separaron… Siempre puso principal interés en el manejo del kenki como un arma. Y así fue como logró desarrollar esa técnica tan horrible…

—¿Una técnica?

—Sí, la primera agregada al Hiten Mitsurugi desde que se creó, capaz de privar a su enemigo de la luz para siempre… su nombre es… Rai… Ryu… Sen…

—Rai Ryu Sen —repitió Kenshin despacio, como si de esa forma dicho nombre se le pudiera gravar por completo en su memoria.

Los dedos de Hyouei se apretaron súbitamente con más fuerza a la tela de su kimono.

—Ten mucho cuidado… Himura… Mi espíritu te acompañará y guiará… hacia Shimabara…

Y usando su último aliento para pronunciar esas palabras, la vida terminó por escapársele por completo del cuerpo. Sus dedos se abrieron, soltándolo. Su mano se precipitó directo al tatami, y ahí se quedó. Su voz calló, y su débil respiración igual. Lo poco que quedaba de Hyouei Nishida, se esfumó por completo, huyendo por las ventanas y grietas de las paredes, hacia otro sitio.

—Anciano… —masculló con dolor la joven que lo sostenía, y se permitió entonces darle un pequeño abrazo al cuerpo delgado del hombre, sin esperar que éste se lo regresara de alguna forma. Pequeñas lagrimas se escaparon de sus ojos una a una.

Kenshin se quedó callado. Se permitió cerrar los ojos, y dar una pequeña plegaria silenciosa en respeto a un compañero espadachín caído, y estudiantes del mismo estilo de combate. En otro tiempo y lugar, quizás sus caminos se hubieran cruzado, y quizás habrían tenido que chocar sus armas en la defensa de sus propios ideales. Pero al final, ambos habrían cruzado por el mismo camino del Hiten Mitsurugi, y ambos habrían optado por tomar lo aprendido en éste como mejor lo pensaron en ese momento.

Como una persona con sus propios deseos y decisiones, lo que menos deseaba era involucrarse en otra pelea por el futuro de ese país, y en especial arrastrar a sus seres queridos a ella. Sin embargo, como alumno del Hiten Mitsurugi, como discípulo de Seijuro Hiko Trece, y por consiguiente de todos los que le precedieron, y ahora como el testigo de la última voluntad de Hyouei Nishida, no podía simplemente retroceder e ignorar todo lo que ahora sabía.

El destino estaba claro y marcado: debía ir a Shimabara.

FIN DEL CAPÍTULO 27

El camino a seguir se ha marcado. Para defender el nombre del estilo Hiten Mitsurugi y la paz del Japón, Kenshin y sus amigos viajarán hacia el sur, hacia Nagasaki para ponerse en camino a Shimabara. Pero no saben aún las personas con las que cruzarán ahí.

Capítulo 28. Encuentro en Nagasaki

Notas del Autor:

Después de un largo, laaargo tiempo, aprovecho la inspiración que me ha dado el próximo estreno de la cuarta película de Rurouni Kenshin (con la presentación de Enishi) para retomar esta historia tan olvidada y traerles un nuevo capítulo. Seguiré escribiendo algunos capítulos más (aún no sé qué tantos), así que si aún hay por aquí interesado en que esta historia continúe y llegue a su final, déjenme por favor sus comentarios y palabras de ánimo. Y es que a partir del siguiente capítulo se viene ya una parte más emocionante de este nuevo arco (por llamarlo de cierta forma). Aunque seguiremos usando como base la línea de lo ocurrido en la Saga de Shimabara del anime, comenzaremos ya a ver cambios importantes, caminos diferentes, y sobre todo muchos personajes nuevos (y no tan nuevos) que asomarán su cara. Así que si están interesados, ya saben, déjenme sus comentarios, y sobre todo sigan leyendo.

¡Nos vemos!

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El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

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