Original El Manto de Zarkon – Capítulo 15. Ración de astucia

26 de febrero del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 15. Ración de astucia

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 15
Ración de astucia

La princesa Mina podía parecer algo distraída, incluso “tonta” como preferirían llamarla algunos. Pero, en realidad, la pequeña tenía sus raciones de astucia, sólo que no era del tipo que sus padres pudieran apreciar.

Desde que tenía cinco años, Mina había sido sorprendida en más de una ocasión no sólo escapando de sus aposentos o del salón de lectura en el que tenía su lección, sino incluso saliéndose sin permiso a los jardines del Palacio de Marik, e incluso una vez se saltó la barda de alguna forma que aún no se explicaban y había estado paseando sola por unos minutos por las calles, antes de que un par de guardias la reconocieran. Los espacios cerrados solían agobiarla rápidamente, y frecuentemente necesitaba sencillamente salir, respirar un poco de aire y ver qué había al otro lado del muro. Teniendo ello como inspiración, se las arreglaba para encontrar cualquier vía de escape como una ventana, una puerta trasera, un túnel o pasadizo poco usado. Siempre había algo. Y aunque nunca había estado en la residencia de regente de Vistak antes, sabía que en esa casa también debía haberlo.

Le enojó bastante que después de todo Isabelleta y su padre se hubieran ido sin ella, y que su madre quisiera ponerla a bordar para entretenerla. Bordar era de las cosas más aburridas que la podían poner a hacer, además de que siempre terminaba con sus dedos picados y sangrándole. Después de la debida cantidad de quejas y gimoteos, su madre optó por dejarla ir, indicándole que se fuera a la habitación que estaban ocupando esos días, y jugara con sus muñecas en silencio. Mina se retiró callada, pero no a cumplir esa instrucción.

Desde su primer día en Vistak, la princesa de siete años había estado paseando por los pasillos sin llamar mucho la atención, con el único fin de observar detenidamente el movimiento de los sirvientes. Lukrecya, su dama de compañía, la había estado siguiendo en silencio la mayoría de ese tiempo, pero ésta nunca se dio cuenta de lo que estaba haciendo en realidad. La mayoría de las veces la joven baronesa optaba por ignorarla cuanto podía, y Mina hacía lo mismo como parte de su acuerdo no explícito.

Los sirvientes se movían de un lado a otro cargando sabanas, toallas o almohadas limpias; llevándoles la comida a los señores, limpiando las ventanas y las alfombras, lustrando los zapatos del señor, lavando sus prendas en el patio… Nunca se detenían, e iban a cada rincón de la casa sin descanso y sin pensar mucho en los pasos que daban. Era igual en el palacio; había aprendido que, si alguien sabía moverse con libertad por esos sitios, esos eran los sirvientes.

Observándolos, Mina logró percatarse de en dónde estaba la cocina, de a qué horas ésta se encontraba más concurrida, y que la puerta de servidumbre siempre estaba abierta durante el día. Sólo tuvo dos días de referencia, pero también se dio una idea de a qué horas qué pasillos se encontrarían más solos. Con eso en mente, trazó una ruta en su cabeza que la llevaría desde la sala de estar en la que se encontraba su madre, hasta la cocina y posteriormente a la puerta. Lukrecya y su hermana de seguro la aguardaban el cuarto, pero se quedarían esperando pues ella tenía otros planes para ese día.

Fue rápida, escurridiza y precisa. Llegó a la cocina sin mayores problemas, y tuvo su puerta de salida a la vista. Sin embargo, antes de salir se detuvo unos momentos para revisar sus ropas. Demasiado blancas, limpias y elegantes, sin mencionar el broche de zafiros que usaba en el cabello. Había aprendido de aquella vez que saltó la barda (en realidad había pasado por debajo de ella) a cuidar más su apariencia si no quería que la sorprendieran tan rápido. Pero, dadas las circunstancias, tendría que improvisar.

Lo primero fue deshacerse del broche y dejarlo oculto en uno de los cajones de la cocina. Luego, tomó una vieja manta que estaba tirada en un rincón, y se la colocó encima a modo de caperuza; la manta soltó algo de polvo que la hizo toser, pero se contuvo para no hacer mucho ruido. Una vez afuera, tomaría algo de lodo del patio y se ensuciaría un poco su vestido para que se viera mucho menos blanco; su madre se pondría histérica cuando la viera, pero de momento no se preocupaba por eso. Haría lo mismo con su cara. Tomó además una canasta de mimbre y echó en ella algunos tomates y cebollas que encontró a la mano, esperando parecer una simple niña que estaba de compras por el mercado.

Dio la vuelta a la propiedad hasta encontrar el área de las caballerizas, donde casi siempre los portones estaban abiertos, aunque también estaba lleno de guardias. En aquel momento había menos, pues muchos habían ido al juicio y otros más seguían en los cuarteles. Mina respiró hondo y caminó casualmente hacia el portón, cubierta con la manta y con su rostro agachado. Esa sería la prueba definitiva de su disfraz; si lograba pasar desapercibida como la hija de alguna sirvienta delante de aquellos hombres, entonces le iría bien. El grupo parecía muy concentrado charlando, tanto que no repararon en ella. O, si lo hicieron, no le dieron demasiada importancia.

—Los juicios suelen durar muchos días, ¿o no? —preguntó uno.

—Éste no, está claro que son culpables —respondió otro—. Quizás hasta los ejecuten mañana y podremos seguir nuestro viaje.

—No me molestaría quedarme en tierra un poco más —añadió otro—. Un mes entero en barco…

—No seas cobarde, eso no es nada. Hace unos años me tocó estar en la guardia que acompañó al emperador de visita en Kalisma. ¿Sabes cuánto se hace desde Siniy hasta Vankary? Paramos en algunos puertos durante camino, pero rayos… casi me salían aletas. Cuatro semanas se irán rápido en comparación.

Mina pasó caminando tranquilamente delante de ellos y siguió de largo. Una persona que salía llamaba mucho menos la atención que alguien que entraba; por algún motivo estaba dentro en primer lugar, ¿no? Y cuando menos lo pensó, ya se encontraba en la calle.

—¿Alguien sabe cómo son las mujeres Astonianas? —oyó que cuestionaba otro más de los guardias con bastante interés.

—Como las mujeres en todas partes, idiota —le respondieron con tono burlón—. Si sabes cómo es una mujer, ¿no?

—No, pero me refiero a cómo serán de…

El ruido del tumulto de afuera apaciguó el resto de su conversación.

— — — —

Ya estaba afuera, pero obviamente no tenía idea de en dónde se estaba llevando a cabo ese juicio. Una parte de ella creía que quizás la corte estaría justo cruzando la calle una vez saliendo de la casa, pero rápidamente se dio cuenta de que no era así. Caminó por la avenida principal, abriéndose paso entre la gente lo mejor que podía sin soltar su disfraz. Miraba detenidamente cada edificio con el que se cruzaba, pero ninguno parecía una sala de justicia; de paso, se dio cuenta de que tampoco sabía exactamente cómo era una sala de justicia.

Quizás lo más sencillo hubiera sido preguntarle a alguien; de seguro cualquiera ahí lo sabría. Sin embargo, cada vez que miraba a una persona a la que podía hacerle la pregunta y daba un paso hacia ella… se detenía unos momentos, le invadía una fuerte ansiedad que se manifestaba como un vacío incómodo en el estómago, y prefería seguir de largo.

Hablar con las personas siempre le había resultado difícil. Le invadía el miedo y se le paralizaban las piernas y la lengua por la sola idea de que le dijeran que estaba equivocada, o que se burlaran de ella, o la regañarán. Era ilógico, claro; esas personas ni siquiera la conocían para que le hicieran algo de eso, y era una princesa Rimentos. Pero era algo involuntario. Se había acostumbrado más a que las personas le preguntarán qué se le ofrecía, y entonces le era más fácil responder. Pero si nadie lo hacía, ella prefería quedarse en silencio, o hacer algo como pucheros, golpear algo, o gritar; eso solía hacer que sus padres o los sirvientes la voltearan a ver y le hablaran. Pero por ello, de seguro todos pensaban que era una niña berrinchuda y mimada.

Pero ahí afuera nadie le cuestionaba qué quería o si ocupaba algo; sólo era una más, y pasaban de largo a su lado. Ahí afuera, si hacía un berrinche, gritaba o rompía algo, al final podrían meterla a la cárcel, o llamar de más la atención que era justo lo que no quería.

Tal vez en verdad no había pensado bien las cosas; quizás aquello fue en verdad sólo una rabieta que llegó demasiado lejos.

¿Por qué quería tanto ver a sus asaltantes, realmente? No había un motivo fijo o claro que pudiera poner con palabras (casi todos sus pensamientos eran difíciles de poner en palabras en realidad). Era más una sensación, una necesidad. Quizás si veía a dos de ellos ahí, encadenados y recibiendo su castigo, dejaría de tenerles miedo… y dejaría de tener pesadillas.

No había dormido bien esos días. Se había despertado dos o tres veces por noche, agitada y a veces sollozando, pero lo suficientemente en silencio para no alertar a Isabelleta. Y al recordar dichas pesadillas, comenzó a reparar más en las decenas de rostros extraños que la rodeaban en ese preciso momento… Todas personas altas desde su perspectiva, y que poco a poco comenzaban a parecerse más y más aquellos hombres del bosque, en especial a aquel de barba que aproximó sus grandes manos hacia ella para tomarla. El olor metálico de la sangre también se volvía presente, la sensación fría, la falta de aire; todo volvía…

Tuvo que detenerse y apoyarse contra una pared para evitar caer. Respiraba agitadamente como si hubiera corrido, pero no era así. Las manos le temblaban, por lo que apretó fuertemente sus puños para intentar calmarse. No estaba indefensa en el bosque, estaba en una ciudad civilizada. No estaba rodeada de asaltantes sino pobladores comunes, buenas personas leales a su padre y a su tío abuelo, y temerosas de Dios, o al menos así los describiría Isabelleta. Pero, ¿realmente lo eran? ¿Qué los hacía diferentes a esos hombres? ¿Qué impediría que alguna de esas personas la raptara en ese mismo momento? Ni siquiera tenía a algún soldado que la protegiera ahora.

Y mientras más lo pensaba, más estúpida le pareció la idea de escaparse; ella se sentía estúpida.

De hecho, ¿sabía siquiera como volver?

Miró hacia atrás, y en realidad no reconoció nada. ¿Venía de esa dirección?

«¡Dios!, ¿qué hice?, ¿qué hice?», se repetía en su mente. Terminó sentándose en el suelo, abrazada de sí misma, y mirando a toda la gente que pasaba delante de ella. ¿Qué debía hacer? ¿Pedir ayuda? Ni siquiera era capaz de hacer que su boca les preguntara en dónde estaba la corte, ¿cómo podría pedirle ayuda a alguno de ellos? ¿Y si se lo pedía a la persona equivocada y se la llevaba con él?

Pequeños rastros de lágrimas comenzaron a asomarse en sus ojos azules, aunque ella peleó para detenerlas antes de que salieran.

—¡Largo de aquí! —Escuchó como gritaba estridentemente una voz a su lado. Se sobresaltó y miró a un hombre regordete con mandil blanco y manchado, gritándole desde la puerta de la tienda enfrente de la cual se había sentado—. ¡Vete a pedir dinero a otro lado! ¡Largo o llamo a los guardias!

—Ah… ah… —balbuceó la pequeña con su voz temblorosa—. La… sala de justicia…

—¡Que te vayas dije! —Gritó con más fuerza, y notó como su rostro se ponía colorado.

Mina no lo pensó, sólo reaccionó ante ese grito y rápidamente se puso de pie, tomó su canasta prestada y salió corriendo por la calle a toda prisa. ¿Por qué corría?, no tenía rumbo ni sitio a dónde ir. Quería a su madre, quería que su madre apareciera, la tomara en brazos y la llevara de regreso…

De pronto, notó algo de bullicio entre la gente. Varios comenzaron a lanzar extraños gritos y abucheos, y por un instante pensó que se lo estaban gritando a ella, sin ningún motivo. Se detuvo a contemplar con más calma qué ocurría. Se hallaba a mitad de la calle, y percibió como todos a su alrededor se hacían poco a poco a un lado para abrir paso. Instintivamente la princesa hizo lo mismo, y notó entonces lo que se acercaba por la calle. Parecía una carreta jalada por dos caballos, y dos guardias de atuendos marrones iban en los asientos de los conductores. Sin embargo, en la parte trasera de ésta iba lo que parecía ser una jaula cuadrada de barrotes, y en su interior iban dos personas.

La gente los abucheaba, les gritaban obscenidades (muchas que Mina no había oído jamás), y les tiraban cosas cuando pasaban. Entre las palabras que la princesa sí entendía podía percibir “asesinos”, “ladrones”, “ratas”, “vergüenza”, “castigo”, y “muerte”.

La carreta no iba muy rápido, por lo que Mina pudo apreciar un poco a los dos en la jaula cuando pasaron delante de ella. Los reconoció: eran los dos prisioneros que habían amarrado a un árbol, y que viajaron con ellos jalados por un caballo; eran a los que iban a juzgar. A penas iban camino a la corte, lo que significaba que si los seguía podría llegar a dónde quería.

Comenzó a correr a toda prisa, incluso dejando atrás la canasta y las verduras para poder moverse con mayor libertad. Si había otra cosa para lo que era buena además de escaparse, era para correr y moverse con velocidad. Jugar carreras era una de las pocas cosas en las que siempre derrotaba a Isabelleta y a las otras niñas de la corte del emperador con las que solían jugar. Teniendo ya un objetivo claro, dejó de sentir miedo y se abrió pasó con mayor seguridad entre el bosque de personas, procurando no perder nunca la carreta de vista. El corazón le latía con fuerza y se comenzaba a sentir cansada, pero no se detuvo ni siquiera a tomar aire.

Notó entonces como a lo lejos los caballos de la carreta se detenían respondiendo a un jalón de las riendas, y la carreta se paraba justo delante de un curioso edificio en forma se cilindro color azul. ¿Sería ahí?

Una vez que la carreta se detuvo, ella también lo hizo. Se apoyó en sus rodillas y agachó su cabeza, intentando recobrar el aliento. Creía que el pecho le explotaría, pero poco a poco comenzaba a tranquilizarse. Cuando miró de nuevo, notó que había comenzado a ser rodeada por la gente de nuevo; muchos se reunían alrededor de la carreta, continuando con los abucheos de hace un rato. A ella eso no le importó, y mientras todos estaban concentrados en ello se dirigió a las dos grandes puertas del edificio azul, similares a las de una iglesia. Subió los tres escalones que dividían la calle de las puertas, y se paró firme delante de ellas. Se encontraban cerradas, y cuando hizo el intentó de empujarlas con sus pequeñas manos, éstas no se movieron ni un poco.

 —¡Mierda! —soltó en voz baja, recordando aquella maldición que otra niña, hija de una las sirvientas del palacio, le había enseñado hace tiempo, aunque aún no sabía con exactitud qué significaba o cuándo usarla. Lo que sí sabía era que nunca debía decirla en frente de sus padres.

Se sentó desanimada en los escalones, apoyando su rostro en sus manos. Al menos ya se encontraba en el sitio; su padre e Isabelleta debían estar adentro, y los guardias que conducían la carreta estaban ahí cuidándola. Estaría segura mientras se quedara ahí, o así lo creía.

Sólo hasta ese momento, hasta que ya no tuvo otra cosa que hacer más que esperar, reparó realmente en la carreta, en su jaula, y en las dos personas ahí adentro. Los había visto atados en el suelo cuando se reunieron con sus padres en el bosque luego del ataque, y los había visto a la mañana siguiente siendo amarrados a los caballos cuando iban partiendo. Pero en realidad no los había examinado detenidamente, ni siquiera apreciado cómo eran sus rostros. Y eso era a lo que iba, ¿o no?

Se movió entre la muchedumbre reunida alrededor de la jaula, aprovechando su tamaño para acercarse lo más posible al frente. Los dos guardias cuidaban de que nadie se acercara de más, por lo que tuvo que quedarse a unos metros de distancia. Pero desde ahí los pudo ver más o menos con claridad:  al hombre fornido pelirrojo, y al otro rubio y delgado. Los dos estaban sentados sobre lo que parecía ser paja, y estaban encadenados de sus manos. No sabía qué esperaba ver exactamente, pero… por algún motivo no le produjeron ninguna reacción tangible. No se veían como los monstruos de sus pesadillas, sino como personas totalmente normales. No le daban miedo o le provocaban enojo; de hecho, incluso le daban un poco lástima, por estar ahí encerrados en un lugar tan pequeño, sentados sobre esa paja que de seguro debía ser muy incómoda, escuchando como la multitud les gritaba e insultaba.

Pero habían sido parte del grupo que las atacó, que mató a esos guardias, que lastimaron a su madre y a su hermana… Eso debía de ser suficiente para los odiara, ¿o no? Si era así, por algún motivo ella no lo sentía.

De pronto, escuchó como las grandes puertas de madera a sus espaldas se abrían, llamando su atención y la de varios otros. Las personas se fueron apartando del frente del edificio para abrirles paso a los acusados, que fueron bajados de la carreta por los dos guardias que los escoltaban. Mina logró echar un vistazo al interior del edificio, y vio gradas llenas de personas. No vio a su padre o a su hermana, pero debían estar por ahí. Conforme los prisioneros se iban acercando, ya más expuestos que antes, los abucheos y agresiones de las personas se hicieron más presentes, tanto que los otros dos guardias que habían abierto la puerta tuvieron que intervenir para apartar a la gente.

Esa era su oportunidad.

Mientras los guardias estaban distraídos unos segundos, Mina se las arregló para escabullirse hacia el interior del recinto, sin llamar demasiado la atención. Se movió sigilosa por la puerta abierta, y luego se movió hacia un lado para colocarse detrás de una de las gradas. Ahí se quedó, hasta que los guardias y los prisioneros entraron, y las puertas se cerraron detrás de ellos. Un enorme silencio cubrió todo el sitio justo después, un silencio que a Mina la puso incómoda; de nuevo, como si se tratara de la iglesia. Incluso tenía ventanales arriba que parecían de iglesia.

Miró desde su escondite como los prisioneros caminaban hacia el centro del cuarto. Aquel hombre alto y de cabello rojo saludaba tranquilamente a la gente y les hablaba con bastante naturalidad.

—Hola, buenos días tengan todos. Gracias por venir, espero que disfruten del espectáculo…

No parecía preocupado. ¿No debería estarlo? Incluso cuando uno de los guardias lo calló o el juez golpeó su martillo fuertemente para silenciarlo, se le veía bastante despreocupado. Incluso le pareció que hablaba un poco chistoso.

Mina se asomó un poco más para ver el frente de la sala. Distinguió al regente que les daba hospedaje de un lado, y luego miró a su padre del otro; se veía realmente importante desde esa plataforma elevada, aunque el juez lo parecía más pues se encontraba en el centro, más elevado y tenía ese martillo como arma para calmarlos a todos.

—¿Conocen ya los acusados los cargos que se les imputan? —Cuestionó el juez con voz profunda y beligerante, a lo que el mismo hombre pelirrojo respondió con sorna igual que antes, y algunas risas resonaron en el sitio—. Dígale a la corte su nombre completo, jovencito.

—Favor que usted me hace con lo de jovencito, excelencia —respondió el acusado pelirrojo—. Soy Benny Sluk, de los Sluk de Mirah Violleta. Bueno, más bien de una aldea al sur de Mirah Violleta, pero si les digo su nombre no tendrán idea de qué les estoy hablando…

El juez dejó caer fuertemente su martillo para que callara. Mina se preguntó a sí misma en dónde estaba Mirah Violleta. Le sonaba de sus clases de geografía, aunque era de esas cosas que se le dificultaban recordar, o más bien no le importaba mucho hacerlo.

—¿Y tú, muchacho? —Preguntó poco después el juez—. ¿Cuál es tu nombre?

El chico rubio permaneció unos segundo con su cabeza agachada, respiró hondo, y entonces volteó a ver firmemente al hombre que le cuestionaba.

—Ivannia, excelencia. Mi nombre es Ivannia…

Aquello tomó totalmente desprevenida a la princesa. Desde su escondite, se sobresaltó, mirando casi atónita a aquella persona.

—¿Es una mujer? —masculló despacio para sí misma, como un pensamiento fugaz que se le escapaba sin querer.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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