Original El Manto de Zarkon – Capítulo 12. Completamente segura

5 de febrero del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 12. Completamente segura

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 12
Completamente segura

A la mañana siguiente, recogieron el campamento lo más temprano y rápido posible. Se encaminaron presurosos hacia Vistak antes de las ocho, y llegaron a su destino justo al mediodía sin hacer ninguna parada. Ivannia y Benny tuvieron un viaje más incómodo que los demás, pues les tocó andar a pie, atados a la silla del caballo de uno los soldados, y obligados a mantener la marcha de la caravana sí o sí. Más de una vez el cansancio o un calambre los hizo caer al suelo, pero siempre estaba alguno de los soldados listo para obligarlos a pararse de inmediato, aunque tuviera que hacerlo a punta de patadas. Rubelker iba en su caballo más adelante en la formación, pero se percató más de una vez de esto. Aun así, no intervino en su favor. De momento eran prisioneros acusados de un grave delito, y ese era el trato mínimo que se esperaba que les dieran. Por suerte, ambos parecían ser lo suficientemente fuertes y resistentes para aguantar.

Vistak no era de los puertos más grandes e importantes de Volkina, pero en lo que respectaba al norte era el principal punto de partida para moverse por el Mar Ártico del Este. La ciudad era relativamente pequeña, pero acogedora. En aquella zona el otoño era incluso más frío, y la nieve ya parecía más propia de las primeras nevadas del invierno. Su barco, un enorme buque acorazado nuevo con letras doradas en un costado que deletreaban en Volkines “Cáliz de Rosa”, los aguardaba paciente en el muelle listo para zarpar en cuanto se le indicara. Sin embargo, debido a los últimos acontecimientos, su partida tendría que retrasarse un poco más.

Los cuerpos de los cinco soldados muertos fueron llevados a la iglesia del pueblo, en donde los sacerdotes y sacerdotisas se encargarían de darles el tratamiento adecuado. Pasarían la noche a su cuidado y siendo velados por sus rezos. Al día siguiente serían cremados en una ceremonia en el patio de la iglesia, en presencia de todos sus compañeros, y sus huesos serían colocados en cofres mortuorios para ser enviados a sus familiares. Aquellos que no tuvieran algún familiar al que se lo pudieran enviar, descansarían en las catacumbas de la iglesia.

Frederick e Isabelleta fueron recibidos en la residencia del regente local, Aren Edik, un hombre regordete y bajo de actitud risueña y amable, que con gusto hospedaría a la Familia Imperial en el tiempo que se quedaran en su pueblo. La mitad de la guardia personal del emperador y emperatriz segunda se quedaría ahí mismo resguardando la mansión, mientras que la otra tuvo que hallar espacio en el cuartel de la Guardia Civil local. Benny e Ivannia fueron hospedados con gusto en el mismo cuartel, aunque sus habitaciones eran dos celdas subterráneas del calabozo, las más pequeñas e incómodas que encontraron. Su cuidado tuvo que quedar a cargo de la Guardia local hasta que se llevara a cabo su juicio, pues era claro que los hombres del príncipe Frederick no eran del todo parciales y temían que alguno pudiera sobrepasarse; el sargento Fiodor Nilsen había dado muestra de lo viable que podía ser que eso ocurriese.

El regente Edik dijo que se encargaría de agilizar todo el proceso y convencer al juez para llevar a cabo el juicio lo antes posible. Sin embargo, no prometió a ciencia a cierta cuando pudiera ser.

—¿Y por qué tenemos que quedarnos aquí hasta que eso ocurra? —cuestionó Isabelleta madre con cierta contrariedad, una vez que Frederick le compartió las circunstancias.

Los cuatro miembros de la Familia Imperial estaban reunidos en una sala de estar del ala norte el a residencia el regente; pequeña, peto bastante privada. Desde la ventana se podía apreciar el puerto, y más allá las frías aguas del Mar Ártico del Este, aunque en esos momentos había un poco de neblina a la distancia. Habían colocado un pequeño escritorio justo delante de esa ventana para que Isabelleta hija y Mina pudieran hacer sus estudios de la tarde, alumbradas por la luz que entraba por ella. Isabelleta repasaba un pasaje sobre las conquistas de los Territorios Imperiales hace trescientos años, y traspasaba a su cuaderno de apuntes lo más importante o preguntas que deseaba clarificar después. Mina, por su parte, se suponía que estaba repasando su vocabulario y haciendo algunas planas de las diferentes palabras nuevas. Sin embargo, cada diez minutos aproximadamente, se distraía haciendo algún dibujo en el borde de la hoja, como flores, árboles, patos… o una espada cubierta de sangre y goteando. Más de una vez su hermana mayor le reprendió con la mirada o con un pequeño golpe de su codo al notar lo que hacía, y la pequeña volvía a su labor, pero no tardaba mucho en retornar a los dibujos.

La emperatriz segunda había usado la tarde para trabajar un poco en un nuevo bordado, más que nada como un intento de distracción; un intento que no estaba dando buenos frutos. Eran alrededor de las cinco cuando Frederick entró a la sala, se sentó en la silla a lado de su esposa, y comenzó a contarle los planes. La idea de su estancia prolongada ahí no era mucho del agrado de Isabelleta. No era tampoco que se sintiera muy emocionada por emprender ese viaje de cuatro semanas por el frío mar, pero se sentía realmente incómoda de seguir por esos lares. Podrían ser tonterías, pero sentía que estaban expuestos a cualquier otro ataque, y a bordo de aquel imponente buque estarían más protegidos; o al menos así lo sentía.

—Los hombres merecen quedarse a despedir a sus camaradas —explicó Frederick—. Y nosotros por respeto debemos estar presentes también. Esos cinco murieron intentando protegerte, no lo olvides.

Isabelleta difícilmente podía olvidarlo, y de cierta forma se sentía mal y culpable por sus muertes. Pero, inevitablemente había una parte de ella que de vez en cuando le susurraba que aquello era su deber, y que de paso no la habían protegido del todo bien si se ponía estricta. Intentaba rápidamente deshacerse de ese pensamiento, sintiéndose algo avergonzada por él, pero no lo suficiente para pedirle perdón a Dios por eso.

—Además —prosiguió Frederick—, debemos quedarnos a esperar el juicio. Quiero asegurarme que se hagan las cosas debidamente, y es probable que el juez ocupe que tú o las niñas testifiquen.

—¿Por qué? —masculló Isabelleta, perpleja—. ¿Es necesario que revivamos esta horrible experiencia? Todos sabemos que son culpables, este juicio es una pérdida de tiempo. Y no expondremos a las niñas a esto.

—Yo estoy bien con testificar, mamá —señaló Isabelleta II, girándose en su silla hacia ellos—. Si es para ayudar a aplicar la ley del emperador, es mi deber participar.

—Sigue con tu lectura, y no te metas en conversaciones de adultos —le reprendió con voz calmada su madre, y la niña se volvió de nuevo hacia su libro—. Si quieren el testimonio de alguien, creo que bastará con el de ese soldado que peleó con ellos, ¿o no?

—Rubelker, Isabelleta —murmuró Frederick—. Su nombre es Rubelker.

—Lamento si no me puedo aprender el nombre de todos los soldados del Imperio —susurró molesta, dirigiendo sus ojos hacia el bordado.

Frederick suspiró pesadamente, y pasó su mano por sus labios y mentón, tallándolos un poco. Al parecer su buena voluntad de la noche anterior se había esfumado con los efectos del té de hierba roja.

—Tenemos que quedarnos hasta el final, ¿de acuerdo? —Marcó secamente el emperador segundo—. Si hubo algo más detrás de este ataque, es importante que lo sepamos, e informar a mi tío de ello. Y saber también si debemos tener más cuidado en nuestro camino a Volkina Astonia.

—¿Si hubo algo más detrás? —masculló Isabelleta, confundida por tales palabras. Dejó de lado por completo el bordado, y miró alarmada a su esposo—. ¿Qué quieres decir con eso? ¿De qué “algo” estás hablando?

Frederick vaciló, virándose hacia otro lado. Se preguntó de momento si quizás había abierto de más la boca.

—Niñas —exclamó Isabelleta alto, pero con tibieza—. Retírense unos momentos, por favor.

—Pero, ¿qué hicimos? —masculló Mina, casi ofendida por la petición.

—Obedezcan, ahora —añadió su madre, ahora con un grado más de amenaza.

Isabelleta II cerró su libro y cuaderno, se puso se pie y tomó a su hermana de la mano.

—Vamos, Mina. Iremos a buscar algún tentempié a la cocina.

Aquella propuesta pareció agradar a la menor de las princesas, que sin protestar más se paró y acompañó a su hermana a la puerta. Isabelleta permaneció en silencio hasta que las dos niñas se fueron.

—Dime la verdad, Frederick —dijo Isabelleta con voz grave—. ¿Crees que esto no fue sólo un asalto? ¿Acaso crees que alguien envió a esos hombres por nosotras?

El emperador segundo se recargó por completo contra su respaldo, y se encogió de hombros.

—Quizás no, pero Armientos tiene sus sospechas, y ciertamente creo que son válidas. No es común que un grupo se ladrones cualquiera se atreva a atacar a miembros de la Familia Imperial, al menos que tengan un fuerte motivador.

—Pero, ¿quién podría haber hecho tal cosa? ¿Tienes algún enemigo político que pudiera atreverse a tanto? ¿O algún enemigo de tu tío? ¿Otro país, quizás? ¿Spaniovenia, Francoise, o…?

Isabelleta calló de golpe al darse cuenta del siguiente país que se le había venido a la mente, y dejó que dicho nombre se quedara detrás de sus labios sin salir. Sin embargo, Frederick de todas formas lo intuyó.

—¿O Kalisma? —murmuró el príncipe en voz baja.

La princesa no respondió nada, incapaz de concebir la idea de que su propia nación natal hubiera mandado a alguien para hacerle daño. El Rey de Kalisma era su tío, después de todo; ¿qué motivo podría tener contra ella y su familia? Pero, si aquella posibilidad se le venía a la mente, era precisamente porque ella misma era una Vons Kalisma, y conocía la historia que acompañaba a su apellido, y lo manipuladores que podían ser con tal de obtener su objetivo. No habían llegado hasta donde estaban, gobernando uno de los reinos más grandes y poderosos del mundo, sino es que muchos pensaban que era de hecho el más grande y poderoso, sin pisotear a cientos de enemigos en el camino.

Sin embargo, para su fortuna, ni Frederick ni Armientos pensaban que alguien de Kalisma pudiera estar involucrado en el ataque, ni ninguna otra nación extrajera.

—No tenemos ninguna disputa o problema con Kalisma o con Francoise que pudiera provocar un acto tan poco pensado como éste. Y las cosas con Spaniovenia siguen tensas en la frontera sur, pero es sólo una disputa por el control de tierras que se resolverá dentro de poco; un acto como éste no les traería ningún beneficio. De hecho, aunque sea el sobrino del emperador, el secuestro de mi familia no sería algo que lo afectara demasiado como para obligarlo a realizar una acción drástica, o desistir de ella. Por mi parte, si hice enojar tanto a alguien como para querer hacerme daño a través de ustedes, no soy consciente de quién pudiera ser. Lo único que se me ocurre es que no se trate de nosotros, sino más bien de Volkinia Astonia.

—¿De Volkinia Astonia?, ¿por qué? —cuestionó Isabelleta, algo perdida—. ¿Alguien molesto por tu nombramiento? ¿O que no quiere que llegues a reclamar tu puesto?

—Puede ser, no lo sé. Es por eso que quiero presenciar el juicio, y ver qué tienen que decir nuestros dos prisioneros al respecto. Armientos me dijo que Rubelker habló con uno de ellos para convencerlo de hablar. Quizás lo que digan pueda darnos más claridad sobre qué está ocurriendo realmente.

—¿Para convencerlos de hablar? —La mirada de Isabelleta se volvió de golpe más dura—. Y si lo hacen, ¿tú qué harás? No pensarás perdonarles la vida, ¿o sí? —Él no respondió—. Frederick, esos dos me atacaron, atacaron a tus hijas. No puedes dejar que salgan libres de esto. Ni siquiera sabes si lo que te dirán será cierto.

—Te prometo que sin importar qué digan, “libres” no será como saldrán de esto. Por lo demás, esperaré a ver qué resulta del juicio, y entonces decidiré qué hacer.

—¡Entonces sí estás considerando perdonarles la vida! —Espetó Isabelleta furiosa, parándose de un brinco de su silla—. ¡¿Tan poco te importamos que dejarás que cualquiera que se atreva a hacernos daños siga respirando como si nada?!

—¡No te atrevas a cuestionarme tal cosa! —Le respondió Frederick del mismo modo, parándose también—. Ustedes son y siempre serán lo más importante para mí. Por eso mismo, si hay alguien más que nos quiere hacer daño, es primordial descubrir quién es. Todo lo que hago es para protegerlas a ustedes. ¿No eres capaz de darte cuenta de eso?

—¡No!, ¡no me doy cuenta de eso! Tú no estuviste ahí, no viste lo que vi, ni sentiste lo que yo sentí.

—A mí también me atacaron, Isabelleta. No estaba cortando flores mientras ustedes pasaban por ese infierno; también intentaba salir vivo, e ir a buscarlas.

—¡No es lo mismo!

Isabelleta lo miró intensamente, con su mandíbula tensa y sus puños apretados. Se dio media vuelta, dándole la espalda, y se cruzó de brazos. Una parte de ella entendía lo que decía, pero otra aún más grande sólo pensaba en la horrible experiencia que había sufrido, y en lo mucho que deseaba que alguien pagara por ello, quien quiera que fuera.

Frederick respiró lentamente, intentando calmarse antes de decir algo más.

—Escucha, entiendo tu frustración y tu enojo. Y te prometo que esos dos pagarán por lo que hicieron, de alguna u otra forma. Pero si queremos volver a sentirnos a salvo, necesitamos saber en quién confiar y en quién no. Eres una mujer inteligente, sé que sabes que lo que digo es cierto. Sólo debes intentar no dejarte llevar por tus sentimientos, y pensar en el bien mayor. Sólo será un par de días más. Luego subiremos a ese barco, nos iremos a Volkinia Astonia, y dejaremos atrás toda esa horrible experiencia.

Isaballeta suspiró ligeramente, y sus hombros se relajaron como si hubiera dejado salir una gran presión de su cuerpo. Contempló de manera ausente el mar que se apreciaba desde la ventana, y la neblina que envolvía el horizonte.

—Sólo quiero hacer eso —murmuró despacio—, dejar todo esto atrás lo más pronto posible.

—Y lo haremos —susurró Frederick con suavidad, y entonces se le aproximó por detrás, rodeándola con sus brazos. Ella no lo rechazó—. Todo estará bien de ahora en adelante. En cuatro semanas estaremos en la capital de Volkinia Astonia, como emperador y emperatriz segunda. Serás amada, respetada, y temida si así lo deseas. Al fin tendrás el sitio que te mereces.

Isabelleta se hizo hacia atrás, apoyándose más contra el ancho y fuerte pecho de su esposo, y sintiendo el reconfortante calor que le proporcionaba su abrazo.

—¿Seguiremos siendo los mismos una vez que estemos ahí? —murmuró la princesa, algo soñolienta—. He oído sobre cómo el poder llega a cambiar a las personas, incluso a las más buenas. Y tú eres la persona más buena que conozco; incluso me haces ser mejor a mí.

—Siempre que tengamos nuestros ideales y a nuestra familia por delante, nada tiene que cambiar. Te lo aseguro, nuestra vida será perfecta de aquí en adelante.

Isabelleta asintió, y una pequeña sonrisa se asomó por sus labios. Le creía, realmente lo hacía. Y por primera vez desde la tarde anterior, se sintió completamente segura.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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