Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 52. Una leal sierva

2 de febrero del 2020

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 52. Una leal sierva

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 52.
Una leal sierva

La noche anterior, el avión de Ann Thorn aterrizó en el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan, en Washington D. C., justo al mismo tiempo que en Eola se desataba todo aquel caos de la mano de Leena Klammer y Lily Sullivan. ¿El motivo oficial de su viaje?, negocios, por supuesto; no sabía con exactitud cuáles, pero dejó gente en Chicago que se encargaría de afinar esos detalles y tapar los hoyos. ¿El motivo real del viaje?, el único de importancia real en esos momentos: Damien y su nueva renuencia, por no llamarla rebeldía.

A la mañana siguiente de su llegada, irremediablemente se enteraría de lo ocurrido en Oregón, y aquella noticia no haría más que provocarle un dolor más de cabeza, como si le encajaran un clavo oxidado en el centro de la frente. Para esos momentos todo el país buscaba a esa tal Leena y a las dos niñas que, supuestamente, llevaba con ella contra su voluntad. Y lo peor era que Ann sabía perfectamente hacia dónde se dirigían, y que potencialmente podrían arrastrar toda esa atención indeseada hacia Damien, y por consiguiente hacia todos ellos. ¿Y todo ese riesgo para qué?, ¿por un mero capricho? ¿Cómo era posible que su querido sobrino no se diera cuenta de que se estaba metiendo en algo tan peligroso y estúpido? Le preocupaba, y a la vez decepcionaba, su actitud.

Pero no podía estresarse por cada nueva noticia que le llegara al respecto. Estaba ahí justamente para intentar encontrar una forma de arreglar todo ese horrible desastre, después de todo; aunque los medios le resultaran molestos.

Muy temprano esa mañana, un elegante BMV gris oscuro la recogió en las puertas de su hotel y la llevó directo al lugar pactado de su reunión. Le acompañaban en el vehículo el chofer y dos hombres de seguridad; no de su seguridad, sino de la persona con la que se iba a reunir. Había hecho ese viaje totalmente sola, sin guardaespaldas ni asistentes. Se suponía que todos eran aliados, Discípulos de la Guardia, parte de la misma Hermandad. Aún así, Ann se sorprendió a sí misma sintiéndose hasta cierto punto indefensa y expuesta, rodeada de personas en las que no confiaba del todo.

Grandiosa Hermandad la que tenían.

El vehículo se estacionó justo delante de la Iglesia Católica de San Patricio, y uno de los hombres que la acompañaban le abrió la puerta. Ann bajó del vehículo, no sin antes agradecer las atenciones. Los dos hombres de seguridad la acompañaron hacia el interior de la iglesia, mientras el chofer daba la vuelta. A pesar de todo, Ann caminaba con un porte firme y seguro, sin perder ni un momento el balance sobre sus tacones, y luciendo un hermoso vestido y abrigo negro, bastante recatados y acordes con el sitio al que se dirigía. Pero eso sí: sus labios estaban pintados de ese rojo intenso que tanto la caracterizaba, casi combinando con las puertas de aquel recinto.

Una vez dentro de la capilla, sus dos acompañantes se quedaron en la entrada, mientras ella avanzó hacia la cuarta fila, sentándose en una de la bancas de madera de la derecha. Enderezó su espalda, colocó su cartera sobre sus piernas y aguardó. El sitio se encontraba totalmente solo, y en un silencio demasiado profundo, incluso para ser una iglesia. De hecho, para ser una iglesia católica, le pareció que el lugar era algo pequeño, y su altar un tanto modesto, pero supuso que cumplía su cometido; cualquiera que ese fuera. Años atrás, se hubiera reído de la ironía de hacer una reunión como esa justo en un sitio así; ahora el hecho le resultaba un tanto indiferente.

Como esperaba, la persona que iría a ver la hizo a esperar más de la cuenta, quizás en un burdo intento de hacerse el interesante o demostrar cierta superioridad sobre ella. Pero al final apareció, ingresando por las mismas puertas que ella. Avanzó con su paso firme por el pasillo al centro de las bancas, y siguió de largo tras pasar a lado de su fila. Se paró frente al altar e hizo con su mano la señal de la persignación. Ann se preguntó a quién intentaba impresionar con eso, si eran los únicos ahí. O, ¿era acaso algún tipo de burla hacia el Nazareno que los veía desde aquella cruz de piedra en el altar?; quizás.

Una vez que terminó, se giró de regreso sin voltear a verla, pero ella sí lo vio a él. Cada vez que se reunía con John Lyons, éste le parecía más viejo. Su cabello, o lo que quedaba de él, era totalmente blanco y corto, como la barba de candado perfectamente arreglada que adornaba su rostro pálido y anciano. Era un hombre de complexión gruesa y fuerte a pesar de su edad, y lo demostraba en su paso firme y seguro. Vestía un muy elegante traje color azul, con camisa blanca y corbata roja; un porte bastante republicano.

Aunque tenía la apariencia de poder ser el abuelito bonachón y anticuado de cualquiera (o quizás vendedor de pollos fritos), ese hombre era uno de los Apóstoles de más alto rango y poder dentro de la Hermandad, además del superior directo e Ann; uno de los últimos miembros con vida de la antigua Aquelarre que los había precedido hace ya bastantes años. Era alguien que imponía respeto y miedo entre los demás Discípulos de la Guardia… pero no tanto en Ann. Pocas personas o cosas la intimidaban, y John Lyons no era una de ellas. Aun así, respetaba las jerarquías, así como el poder y la experiencia que el viejo asesor político y corredor de bolsas ostentaba; no hubiera tenido que recurrir a él si no fuera así.

Lyons se sentó en la fila delante de ella, virándose hacia el altar y dándole por completo la espalda. Ann bufó al ver esto, aunque más mentalmente que otra cosa. ¿Enserio eso era necesario?, ¿o su vejo superior solamente había visto demasiadas películas viejas de espías?

—Espero que esto sea importante —murmuró Lyons con voz grave y solemne—. Tengo demasiados asuntos que atender como para perder el tiempo en tonterías.

Ann soltó una nada discreta risilla irónica.

—Los políticos de esta ciudad podrán lamerse las bolas a sí mismos por un par de horas sin ti, Lyons —le respondió la mujer de negro, sarcástica. Aquel comentario pareció que el hombre de barba olvidara su acto de James Bond, pues inconscientemente se giró hacia ella por encima de su hombro. Su mirada radiaba bastante molestia, aunque la mujer sabía que no era sólo por su chascarrillo.

—Todos hacemos nuestra parte en esto, Ann —le respondió Lyons con seriedad—. Y por lo que he escuchado, tú no has cumplido del todo bien la tuya últimamente. —La mirada de Ann se endureció al escuchar ello, que sonaba claramente como un reclamo—. ¿A eso viniste? ¿Quieres que te encontremos un remplazo? Porque encantado busco a alguien que sí pueda con la labor que te encomendamos.

—Yo he cumplido lealmente mi deber con la Hermandad —respondió Ann, defensiva—. He sacrificado mucho por esta causa, y tú los sabes.

—Has ganado mucho también. Quizás más de lo que merecías.

—Si a eso le llamas ganancia. Vine buscando tu ayuda y consejo, pero tienes una gran facilidad para hacer que me arrepienta de siquiera esperarlo de ti —señaló la mujer con un nada sutil enojo—. La situación es seria, y no me avergüenza admitir que no sé qué hacer. Damien está fuera de control. Desde que conoció a esa chica en New Hampshire, sencillamente ya no confía en mí, ni en ti, ni en ninguno de nosotros. Piensa que le hemos estado mintiendo y manipulando todo este tiempo.

—Es sólo una estúpida rabieta de adolescente —musitó Lyons, agitando una mano con desinterés en el aire—, derivada sin lugar a duda de tus mimos constantes.

—¿Mimos? ¿Acaso me estás diciendo que lo consiento?

—Tú, y todos a su alrededor. —Lyons se volteó mejor en su banca, hasta poder verla casi de frente. Sus ojos, pequeños pero penetrantes, la observaron fijamente como un padre regañando a su hija—. Lo tratan con sumisión y miedo, agachando la cabeza ante él y haciendo todo lo que diga y mande. No es raro que las cosas llegaran a este punto.

—¿Y qué esperabas? —Respondió Ann, alzando quizás de más la voz considerando el sitio en el que estaban—. ¿Acaso olvidas quién es?

—Tú eres quien lo ha olvidado, Ann. Nosotros no servimos a Damien Thorn, sino a una fuerza y propósito mucho más grande que él, o que cualquiera. Tu deber era educarlo y encaminarlo para cumplir el papel por el que vino a este mundo. Pero has permitido que olvide su deber, y haga su voluntad a diestra y siniestra, como si fuera el mismísimo Dios.

—¿Con qué derecho me acusas de eso? ¿Que nosotros lo tratamos con sumisión y agachamos la cabeza? ¿Cuándo fue la última vez que lo viste siquiera? Le tienes tanto miedo como nosotros, o incluso más, porque sabes que no le agradas ni un poco…

Oyeron en ese momento el sonido de las puertas de la iglesia abrirse, por lo que ambos guardaron silencio. Una mujer con un hábito de monja totalmente negro, pasó entre los dos hombres de seguridad en la entrada y siguió de largo su camino por el pasillo central de la iglesia. No podían como tal prohibirle la entrada a alguien (eso hubiera sido demasiado sospechoso). Cuando la mujer pasó a su lado, Lyons se enderezó un poco en su asiento y Ann alzó su mirada hacia el frente. La monja avanzó hacia el altar, en donde se persignó, y entonces bajó con cuidado hasta colocarse de rodillas en el suelo y juntar sus manos al frente en oración.

Ann y Lyons permanecieron callados unos segundos, antes de que éste último decidiera ponerse de pie. Ann pensó por un momento que quizás se iría, dejando su conversación sin terminar; era bastante capaz de hacerlo. Sin embargo, lo que hizo fue pasarse a su fila, y ahora sí sentarse a su lado. Posiblemente ahora que tenían compañía, debían estar más cerca para poder hablar más despacio. Aquella interrupción les ayudó además a calmar un poco sus ánimos, que evidentemente se estaban ya calentando.

—¿Cuál es el motivo real de esta rebeldía repentina? —cuestionó Lyons con tono más neutro.

—Ya te lo dije, fue esa chica que conoció hace meses —respondió Ann, despacio.

—¿Ya la identificaste?

—No, pero tampoco me he enfocado mucho en eso. Su identidad es insignificante comparada con lo que le mostró. Al enterarse de que hay otros con habilidades especiales rondando por ahí, ahora siente que en realidad lo que hace no es tan único, y que todo lo que le hemos dicho hasta ahora sobre su naturaleza es una mentira. Y no se sacará esa idea de la cabeza hasta que él mismo decida si es verdad o no. Por eso está buscando entre esos fenómenos a aquellos que pudieran ser como él.

—Entonces déjalo que haga su investigación —expresó Lyons, encogiéndose de hombros—. El chico no es ningún idiota; con el tiempo se dará cuenta de la gran diferencia que existe entre ellos y él.

—¿Y cuánto tomará eso? —Replicó Ann—. Y, ¿qué tantas locuras hará en el proceso?, especialmente contra nosotros. Sabes bien que este plan tiene sus pasos bien establecidos, y su renuencia a obedecer lo pone todo en peligro. Hay tres niñas que está obsesionado por conocer, y que cree que pudieran ser la respuesta que busca. Y las tres están haciendo demasiado ruido, y llamando una atención que ninguno desea.

—Lo sé, ya vi las noticias. De momento no hay nada que nos relacione, ni a ningún otro miembro de la Hermandad.

—Por ahora. Damien las está esperando en Los Ángeles, y se rehúsa a volver a Chicago hasta que las vea. No sé qué pasará cuando al fin las conozca; no sé si eso hará que desista al fin de su cruzada, o se aferre aún más a ésta y cometa más imprudencias. Una de ellas ni siquiera es una niña, sino una mujer adulta, y por lo que investigué bastante manipuladora.

—Si te estresan tanto esas tres niñas, sólo mátalas.

Ann soltó una pequeña risa sarcástica, casi de manera involuntaria, al oír tal propuesta.

—Así de fácil, ¿no? ¿En quién crees que sospechará primero si algo les pasa? Son como sus juguetes nuevos. Hacer algo como eso de forma descuidada, sería nuestra sentencia de muerte.

Ambos permanecieron en silencio, quizás digiriendo por separado todo lo que habían hablado. Un par de minutos después, la monja volvió a persignarse, se puso de pie, y caminó hacia un costado, introduciéndose en una de las puertas laterales. Cuando despareció de sus vistas, Lyons se puso de pie y se acomodó su traje y abrigo lo mejor posible.

—Bien —murmuró—, si no te satisface mi ayuda y consejo, entonces consultaré este tema con Adrian.

Los ojos de Ann se abrieron por completo, llenos de asombro al oír tal sugerencia, o… más bien era casi como una advertencia.

—No creo que sea necesario molestarlo con esto… —respondió la mujer de negro, intentando sonar tranquila.

—Creí que habías dicho que era un asunto serio —exclamó Lyons con ironía—. Si alguien sabe cómo poner a Damien en línea, es él. Además, aprovecharé la visita para que discutamos tu posición, querida Ann.

—¿Mi posición? —Soltó la Thorn, a la defensiva, poniéndose también de pie. Lyons la volteó a ver con un porte tan alzado y prepotente, que le resultó casi ofensivo.

—Podamos resolver o no esto, es evidente que el muchacho ya no confiará en ti de la misma forma de aquí en adelante. Debemos prevenirlo y replantear el plan, si así lo requiere. Tú lo entiendes.

Ann enmudeció. Por supuesto que lo entendía, y demasiado bien. Entendía que la broma del inicio sobre buscarle un remplazo, no era para una broma en realidad.

—No puedes alejarme de Damien —declaró Ann, fervientemente—. Soy prácticamente su madre. Adrian no lo permitirá.

Un pequeño sonido gutural, similar a una risa ahogada, se hizo notar desde la garganta del hombre de barba blanca.

—No te sientas tan confiada, que ninguno de nosotros es indispensable en esto. Recuerda que Baylock estuvo en tu lugar primero… y mira cómo terminó.

La mención tan irrespetuosa, casi impertinente, de su antigua mentora hizo que Ann se enfureciera incluso más.

—¿Me estás amenazando? —Inquirió con dureza. Lyons sólo la observó en silencio unos segundos, y luego se giró hacia la salida, comenzando a andar hacia ésta.

—Esta charla se terminó —indicó mientras se alejaba—. Te mantendré informada de la decisión de Adrian. Mientras tanto, no le quites los ojos de encima al muchacho. Sé una leal sierva, y cumple con tu deber hasta el último momento.

Lyons pasó entre los dos guardias, y salió por las puertas de la iglesia, dejando detrás de una Ann aturdida, molesta, y aún más preocupada que antes. Ir a hablar con ese anciano había resultado ser un terrible error.

Los dos hombres parecían preparados para irse, pero Ann no se dirigió a la salida de inmediato. Se sentó de nuevo en la banca para pensar unos segundos lo que haría a continuación. “Sé una leal sierva, y cumple con tu deber hasta el último momento,” le había dicho ese desgraciado. Era una leal sierva, lo había sido toda su vida. ¿Y de qué le había servido?, ¿a dónde la había llevado?

No tenía otra opción: necesitaba tomar algunas medidas de seguridad, y rápido.

— — — —

Una vez que Ann salió de la iglesia, el mismo BMV la esperaba al frente. El chofer se encontraba fuera, apoyado contra el cofre mientras leía el periódico. Al ver que ella y los dos hombres de seguridad se aproximaban, dobló el diario y se dispuso a abrir la puerta trasera para que Ann subiera. En un momento, la mujer estuvo totalmente rodeada por los tres, y eso la intranquilizó. Sabía que, al menos de momento, no tenía por qué temer. Lyons no se atrevería a hacer algo contra ella antes de consultarlo con Adrian, y aunque lo hiciera confiaba en que éste intercedería por ella, al menos por los viejos tiempos. Pero todo eso su intuición parecía no entenderlo del todo.

—Necesito hacer una llamada privada —les indicó a los tres hombres, estando justo delante de la puerta abierta—. ¿Pueden dejarme sola unos momentos? —Los tres se miraron entre ellos en silencio, pero con duda tangible en sus miradas—. ¿Por favor? —Añadió Ann, esbozando una amplia y hermosa sonrisa en sus labios rojos, más amenazante que amistosa.

Hasta que se decidiera lo contrario, Ann seguía siendo parte de la Hermandad, y una Apóstol de la Bestia de un rango bastante superior a cualquiera de esos individuos. Quizás una de las instrucciones que Lyons les había dado era no dejarla sola, pero confiaba en que no se hubiera tomado una molestia como esa sólo por ella. Al final, parecía que tenía razón, pues los hombres asintieron y se apartaron del vehículo, parándose a los pies de las escaleras de San Patricio. Ann agradeció con un ademán de su cabeza y se sentó en el vehículo cerrando la puerta.

No perdió el tiempo. Rápidamente sacó su teléfono y buscó entre sus contactos a Verónica Selvaggio. A esa hora debía de estar en clases, o quizás tendría suerte y la encontraría en un descanso entre hora y hora. La suerte, o Satanás, estaban de su lado, pues su joven becaria le respondió rápidamente.

—¿Hola? —sonó la voz de la joven universitaria al otro lado de la línea. Al fondo se oían varias voces y sonidos, así que supuso que debía estar en el patio.

—Verónica, ¿cómo estás? —saludó Ann, procurando ser jovial.

—Bien, gracias. ¿Dónde estás? Creí que volvías hoy.

—Mi regreso tendrá que atrasarse un poco. Dime, ¿sabes si Damien volvió a Chicago?

Hubo un momento de duda por parte de Verónica, antes de responderle.

—No que yo sepa. En la empresa no se ha parado, y creo que el torneo de tenis en el que iba a participar es en estos días.

Claro, el dichoso torneo de tenis que le mencionó antes de que lo dejara; una de las tantas excusas que se inventó para quedarse en Los Ángeles. Sabía muy bien que no se iría de ahí hasta que esas dos niñas se encontraran con él, pero tenía la vaga esperanza de que quizás hubiera recapacitado aunque fuera un poco.

—Verónica, necesito que me hagas un favor —indicó la CEO de Thorn Industries con seriedad—. Haré un viaje exprés fuera del país. Si alguien pregunta por mi paradero, tú sólo di que sigo aquí en Washington, ¿está bien? Ya veré como hago para cubrir mi rastro por acá.

—De acuerdo… —Respondió Verónica, algo insegura por la extraña y repentina petición—. Pero, ¿a dónde vas realmente?

—No te lo puedo decir. Descuida, volveré rápido. Mientras tanto, necesito que vayas a Los Ángeles y vigiles a Damien por mí.

—¿Qué? —Exclamó alto la joven al teléfono, sorprendida, o incluso algo asustada—. ¿Yo? ¿Por qué yo?

—Eres en la única que puedo confiar. Necesito que estés cerca de él, y me reportes todo lo que haga. Especialmente si llega a reunirse con esas niñas que está esperando.

—Pero… no puedo hacer eso…

Hubo una pausa prolongada, y entonces todo el barullo del fondo se calmó. Ann supuso que había buscado un lugar más solo y tranquilo. Y eso, posiblemente, era porque el tono de la llamada estaba por cambiar un poco.

—Mamá… —masculló Verónica al teléfono, y oírla llamarla de esa forma le provocó un pequeño apretón en el pecho a Ann, especialmente por el tono de miedo que la acompañaba—. Sabes muy bien que él me odia. Si me aparezco allá…

—No le tengas miedo, no te hará nada —declaró Ann con firmeza—. Aunque no sepa qué eres realmente de mí, sabe que te tengo aprecio. Y aún a pesar de su enojo, en el fondo sigue teniéndome el suficiente respeto y cariño como para no lastimarte.

—¿Me apostarías a mí en ello? —Soltó Verónica, inquisitiva. Ann, sin embargo, guardó silencio.

Aunque quería pensar que lo que decía era así, la verdad era que en esos momentos no le constaba nada. No entendía qué era lo que Damien podría pensar de ella en esos momentos; quizás ni el propio muchacho lo tenía claro. Ambos habían sido tan unidos desde la primera vez que se conocieron. Madre e hijo, o incluso un poco más…

“Yo siempre le he pertenecido…”

Antes creía conocerlo tan bien, pero ahora su actitud era totalmente otra, y se había vuelto impredecible. No podía asegurar su propia seguridad, mucho menos la de su hija perdida, de la que tuvo que separarse en cuanto nació para así poder cumplir con el papel que la Hermandad tenía para ella. Sólo hasta que pudo escalar lo suficiente dentro de los Discípulos de la Guardia, y convertirse en una Apóstol consagrada que demostró ciegamente su fidelidad y apego a la causa, pudo tener la libertad de buscarla y reunirse de nuevo con ella. Y ahora la estaba prácticamente arrojando a las fauces de la Bestia…

Verónica de seguro percibió sus dudas, pues tras un rato un profundo suspiro de frustración se escapó de sus labios.

—Supongo que no debo sorprenderme —musitó la joven—. Siempre lo has preferido a él. Estuviste a su lado todo este tiempo, mientras que a mí…

—Verónica, por favor —le interrumpió Ann tajantemente antes de que prosiguiera—. Sabes que te quiero, y mucho. Si no fuera así, no te hubiera buscado en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo.

Ann tomó una pausa, y cuando volvió a hablar su voz temblaba un poco. Se permitió, luego de mucho tiempo, mostrarse dudosa e indefensa ante alguien.

—Estoy desesperada, hija… —le susurró con voz suave—. Por primera vez me siento insegura y rodeada de enemigos. No puedo confiar en Lyons, y ahora ni siquiera en Damien. Sólo te tengo a ti. Por favor… te necesito como mi aliada en esto.

Verónica permaneció callada por un largo rato, tanto que Ann incluso pensó que le había colgado. Sin embargo, su respiración se hizo presente, y lo hicieron después sus palabras.

—No me hará caso, y sabrá de inmediato que tú me mandaste a vigilarlo —señaló Verónica con desánimo.

—Eso es exactamente lo que necesito —aclaró Ann—. Sólo que no crea que tiene cabida libre para hacer lo que le plazca.

—No creo que mi presencia lo detenga de hacerlo de todas formas. Pero, está bien… lo haré.

—Gracias —musitó Ann con alivio—. Mantenme informada, por favor. Te quiero, mi niña.

—Y yo a ti, mamá.

Colgaron casi inmediatamente después. La CEO se quedó sentada y en silencio, contemplando la pantalla apagada del celular, preguntándose si acaso había hecho lo correcto. ¿Era realmente necesario exponer a Verónica de esa forma? Como fuera, ya estaba hecho. Debía ocuparse por ella en esos momentos, y en el viaje rápido que tendría que hacer, intentando pasar lo más desapercibida posible.

Realmente no esperaba tener que hacer ese viaje tan pronto, e incluso tenía esperanzas de nunca tener que hacerlo. Pero las circunstancias así lo requerían. Sólo esperaba que todo se mantuviera en orden en su ausencia. Esperaba que Damien, y especialmente esas tres mocosas, no hicieran alguna otra locura, donde quiera que estuviesen en esos momentos.

— — — —

A pesar de lo ajetreado que había sido su escape, y posterior llegada al motel, el resto de la noche fue relativamente tranquila para Esther, Lily y Samara. Una vez que las tres cenaron, se acostaron a dormir lo mejor que pudieron. Lily había pedido dormir sola en la cama y su petición fue cumplida, por lo que a Esther y Samara les tocó compartir.

Las tres estaban más que agotadas. Lily quiso quedarse un poco más viendo televisión, pero en realidad no duró mucho y cayó rendida a los pocos minutos. Esther durmió con su pistola bajo su almohada, algo que casi siempre la había hecho sentir más segura, pero igualmente estuvo bastante en alerta por cualquier sonido sospechoso que viniera de afuera. Samara, por su parte, pasó gran parte de la madrugada moviéndose de un lado a otro, procurando su despertar a su compañera. Dormir no era lo suyo, pero al final logró conciliar el sueño un par de horas no continúas. Extrañamente, no hubo ninguna pesadilla.

Aunque se despertó en unas pocas ocasiones, más que nada debido a su pierna, Lily fue quizás la que mejor durmió de las tres. Cuando al fin amaneció y era hora de levantarse, lo que la terminó despertando no fueron los rayos del sol, sino, curiosamente, una melodiosa voz.

Tienes que dar un poco… tomar un poco… —escuchó como alguien cantaba con bastante afinación, y muy cerca de ella. La niña de Portland se sentó en su cama, tallándose un poco sus ojos adormilados y bostezando mientras salía de su letargo—. Y deja que tu corazón se rompa un poco —continuó la voz—. Es la historia de… es la gloria del amor…

La vista de Lily se aclaró poco a poco y su mente terminó de salir de su inconsciencia. Se viró hacia un lado, en dirección a la otra cama. Esther y Samara ya estaban despiertas, y ésta última se encontraba sentada en la orilla, mientras la otra a sus espaldas al parecer pasaba un cepillo por su largo y lacio cabello negro, al tiempo que cantaba esa cursi canción. Aquello le pareció tan extraño en un inicio, que por un momento Lily pensó que seguía soñando. Esther se veía de mucho mejor humor, y Samara… bueno, ella seguía muy parecido a cómo estaba el día anterior: callada y con su rostro serio, aunque ya no tan asustado.

—Qué hermoso cabello tienes, ¿te lo han dicho? —Señaló Esther mientras continuaba con sus cepilladas. El cabello de Samara era realmente largo, y caía sobre sus hombros y espalda como una cascada de noche—. Apuesto a que no podías cepillarlo como se debe en ese horrible lugar.

—Más o menos —susurró Samara, sonriendo algo cohibida.

Lily siguió contemplando aquella escena en silencio por unos segundos más, antes de que las otras dos se percataran de que en efecto ya no estaba dormida.

—Buenos días, pequeña demonio —le saludó Esther con tono burlón—. ¿Dormiste bien? —Lily no respondió—. ¿Quieres que también te peine, querida?

—Por supuesto que no —respondió la castaña de mala gana. Esther se encogió de hombros, y continuó pasando el cepillo por la larga melena de la otra niña. Reanudó también su canción.

Tienes que reír un poco… llorar un poco… hasta que las nubes rueden un poco. Es la historia de… es la gloria del amor…

—¿Una canción vieja de tu época? —Cuestionó Lily con ironía. Esther sólo le echó una mirada rápida y le sonrió, pero más con animosidad que otra cosa.

—¿Quieres que te haga una cola o una trenza? —le preguntó Esther a Samara, colocando sus manos sobre sus hombros con un gesto amistoso que para Lily desbordaba falsedad. Samara respondió, negando lentamente con su cabeza.

—Me gusta traerlo suelto, para… —calló de golpe, dejando su frase al aire. Aun así, Esther pareció adivinarlo.

—¿Para cubrir tu cara con él? —le cuestionó con tono amable, a lo que la niña de Moesko respondió asintiendo. Siempre se había sentido más cómoda si podía, aunque fuera un poco, esconderse detrás de sus largos cabellos oscuros; como un escudo de seguridad—. Te entiendo, descuida. —Esther le dio un par de palmaditas reconfortantes en su hombro, y se paró de la cama—. Alístense; salimos en cuanto estén preparadas.

Esther se dirigió entonces hacia el baño, tarareando en voz alta la misma canción de antes.

Mientras estemos los dos, tenemos el mundo y todos sus encantos. Y cuando el mundo termine con nosotros, nos tendremos en brazos…

Se veía de mucho mejor humor, y eso a Lily le provocaba incluso más desconfianza que antes. La observó fijamente hasta que se perdió detrás de la puerta del baño. Luego, miró hacia Samara, quien se estaba colocando de nuevo sus sandalias nuevas.

—Si fuera tú no estaría tan confiada cerca de la anciana —le advirtió de pronto, tomando por sorpresa la niña de Moesko—. Te está manipulando, ¿no lo ves? Quiere que pienses que es tu amiga y ponerte de su lado. De esa forma, si en algún momento ocurre de nuevo algo entre ella y yo, tú salgas a defenderla. Lo sé, porque es lo que yo haría… si no estuviera tan adolorida y harta de todo esto…

Lily presionó un poco su mano contra su muslo adolorido, intentando calmar de esa forma el dolor que se había vuelto muy intenso esa mañana; quizás por todo lo que tuvo que andar en aquel hospital, o por tener que subir las estúpidas escaleras de ese motelucho. Samara la observó con preocupación; no parecía estar bien en lo absoluto.

—Pero te lo advierto —continuó Lily con voz seca—. No quieres ponerte en mi contra. No sé aún qué trucos tengas guardados, pero te aseguro que los míos son mejores.

—¿Por qué se llevan tan mal ustedes dos? —Cuestionó Samara tras haberse quedado callada unos segundos.

—¿Quién crees que me hizo esto? —Musitó Lily con molestia, sujetándose su adolorido muslo con ambas manos—. Y anoche la escuché hablando de cortarnos los cuellos en cuanto tuviera la oportunidad.

—¿Por qué haría eso?

—¿Por qué haría eso? —La niña Portland dejó salir una sonora risa sarcástica—. Porqué está loca, ¿no te has dado cuenta? Enserio tienes mucho que aprender si quieres sobrevivir en este juego en el que te has metido.

Lily tomó entonces el control de la televisión y se volvió a recostar en la cama. Apuntó a la tele con el control y ésta se encendió.

—Ella dijo que… —intentó decir Samara, pero Lily la interrumpió.

—Me importa un pepino lo que ella haya dicho.

Y sin más, se quedó acostada, cambiando entre los canales. Samara, dudosa, se puso de pie y comenzó a recoger la basura y las pocas cosas que tenían ahí. A Lily le desesperaba su actitud tan sumisa. De seguro siempre hacía todo lo que le decía. O, como acababa de matar a su mami, quería quedar bien con una nueva. Pero qué mala elección de persona había hecho si era eso.

Luego de estar parando en diferentes canales, Lily se detuvo en un noticiero, presentado por una reportera de largo cabello rubio y ojos verdes. Estaba por volver a cambiarle, cuando casualmente escuchó de lo que estaba hablando, llamando casi de inmediato su interés.

—…anoche se suscitó otro tiroteo más en un hospital de Oregón —pronunciaba la mujer de la televisión mientras miraba hacia la cámara. Samara, al oír esto, igualmente dejó lo que estaba haciendo y volteó expectante—. Esta vez en la comunidad de Eola, cerca de Salem. Las autoridades no han dado detalles, pero se estima que el incidente pudo haber dejado un saldo de al menos cinco muertos, diez heridos, y una paciente, una niña de sólo doce años, desaparecida, y presuntamente secuestrada.

“Esa soy yo,” pensó Samara. ¿Estaba secuestrada? Ciertamente era una forma de verlo. Mientras cavilaba en ello, inconscientemente se sentó en la orilla de la cama, sin quitar sus ojos y oídos de la noticia.

La presentadora continuó.

—Según declaraciones no oficiales de testigos, la responsable podría ser de nuevo la apodada por los medios como la Niña Asesina, la mujer de nacionalidad estonia identificada como Leena Klammer de cuarenta y un años.

—¿Leena? —Pronunció Samara, con cierta confusión, volteando a ver a Lily detrás de ella—. ¿Cuarenta y un años?

—Oye, anciana —pronunció Lily con fuerza para llamar la atención de la tercera en el cuarto—. Estás en las noticias.

En ese momento, Esther salió apresurada del baño con su rostro a medio maquillar (aunque en realidad se seguía viendo bien sin él, pero no podía arriesgarse a que eso cambiara de pronto), y se paró delante del televisor, a tiempo para ver como en éste se mostraba una fotografía de ella misma, sonriente delante de un pastel, usando un vestido rosa. Esther reconoció de inmediato esa foto; era e hace ocho años.

—Como se reportó anteriormente, esta mujer padece un desequilibro hormonal que provoca que su cuerpo no se desarrolle correctamente y se logré hacer pasar por una niña. Leena Klammer ganó notoriedad hace ocho años, cuando logró burlar a todo el sistema de adopción de Vermont, y se hizo pasar por una niña de nueve años, y ser adoptada por una familia. El resultado de aquel incidente fue la horrible muerte del padre, el exitoso arquitecto John Coleman. —La vieja fotografía de Esther fue remplazada por la de un hombre en sus treintas, de cabello rubio oscuro y rostro apuesto, sonriendo a la cámara—. Posteriormente se dio a Leena por desaparecida, y presuntamente muerta. Hasta hace cuatro años, cuando la madre de familia y sobreviviente de aquellos incidentes, Kate Coleman —la foto de John fue remplazada por la de una mujer de cabello castaño claro, algo quebrado, y de hermosos ojos azules. El ver esa foto pareció hacer que las piernas de Esther flaquearan, y tuviera que sentarse en la cama a lado de Samara—, fue encontrada por sus hijos en su casa, amarrada a una silla, y con al menos veinte puñaladas en el pecho. Los hechos detrás de este último asesinato nunca fueron aclarados del todo, pero su familia siempre aseguró que la culpable había sido Leena Klammer.

»Tras estos incidentes, los medios han intentado contactar a la familia Coleman por una declaración. Estas son imágenes de esta mañana en Maine, tras darse a conocer los incidentes de anoche.

La imagen cambió drásticamente de escena. Se veía la puerta de una casa, y un grupo de reporteros con sus cámaras y micrófonos parados delante de ella. La puerta se abrió y dos policías uniformados salieron, indicándoles a los reporteros que retrocedieran y abrieran espacio. Detrás de ellos, salieron tres personas que se resguardaban tras los oficiales. Al frente iba una mujer mayor, de cabello rubio platinado, con lentes redondos de armazón negro, y envuelta en un abrigo azul; se veía abrumada por todo el ruido. Detrás de ella venían dos jovencitos, que la cámara de momento no enfocaba del todo bien. Esther, por mero reflejo, se inclinó al frente como si esperara poder ver mejor.

En cuanto salieron, los reporteros se alocaron e intentaron acercarse a ellos, pero los policías se las arreglaban para mantenerlos al margen.

  —Señora Coleman —se escuchó que pronunciaba uno de ellos, insistente—, ¿alguna declaración sobre los incidentes recientes que le atribuyen a la supuesta asesina de su hijo y su nuera?

La mujer intentaba ignorarlos y seguir su camino hacia la camioneta estacionada en la calle delante de la casa.

—¿Temen por su seguridad? —Cuestionó uno más, casi pegando su micrófono contra la cara de la mujer—. ¿Creen que ahora que Leena Klammer ha regresado podría venir por ustedes?

De nuevo, no les contestó nada.

—¿Tiene alguna idea de para qué secuestró a esas niñas? ¿Tienen estos actos alguna relación con lo sucedido hace ocho años?

—Por favor, dejen pasar —indicaban los oficiales—. Déjenlos en paz, por favor.

Mientras el grupo de tres avanzaba lo mejor posible, la cámara al fin enfocó a uno más de ellos: una hermosa jovencita de trece años, alta, de cabello rubio rizado y rostro redondo, que caminaba temerosa aferrada al brazo de su hermano mayor. Se veía asustada, y caminaba con la cabeza agachada sin mirar a los reporteros.

“Max…”, pensó Esther, asombrada al ver a la niña casi como si estuviera de pie delante de ella. Su respiración se cortó un poco. Se veía ya tan grande y bonita.

El grupo continuó hasta pisar ya la acera, pero los reporteros no desistieron de su intento de sacarles alguna declaración. Otro oficial se encargó de abrir la puerta trasera de la camioneta para que pudieran pasar. La mujer mayor se apresuró al interior, y sus nietos iban un poco más detrás.

 —¿Cómo supieron que Leena Klammer estaba detrás de la muerte de su madre? —Le cuestionó uno de los reporteros a los chicos, que para esos momentos les daban las espaldas—. ¿Tenían algo que los hiciera pensar que seguía con vida?

El muchacho mayor, de ya dieciocho años, se detuvo justo entre de la camioneta unos instantes y luego se giró hacia ellos por completo. Era alto, de hombros anchos, cabello café oscuro que ahora usaba corto.

“Daniel…”, pensó Esther al reconocer al muchacho, que hace ocho años casi había dado por muerto, pero que ahora ahí estaba; todo un hombre, alto, fuerte y apuesto.

—¿Quieren una declaración? —Exclamó Daniel Coleman, con voz grave y firme—. ¿Quieren escuchar lo que tengo que decir?

—Danny, no —susurró su abuela desde el interior del vehículo, pero el muchacho no la escuchó; era obvio que tenía mucho que decir. Los reporteros aceptaron su invitación, y rápidamente se colocaron delante de él, aunque los dos policías seguían sirviendo de barrera. Rodeó a su hermanita con un brazo y la pegó contra su costado; Max se aferró a él, apenas mirando a las cámaras de reojo.

Toda la atención de Esther se centró en la escena en el televisor, y por esos minutos todo lo demás despareció. Ya no estaba en esa habitación de hotel con esas dos niñas que acababa prácticamente de secuestrar. Por esos instantes, se sintió de pie delante de esos dos chicos, como si le estuvieran hablando directamente a ella.

—Hace ocho perdí a mi padre —comenzó a relatar Daniel con dureza. Los reporteros callaron, y sólo se escuchó de vez en cuando el sonido del flash de alguna cámara—. Casi pierdo mi propia vida y a mi hermana, sino fuera por la valentía de mi madre. Porque cuando todo el mundo la creyó una loca, dio un paso adelante para proteger a su familia, como la mujer aguerrida y valiente que era. Ella les dijo repetidas veces que esa psicópata seguía con vida, y nadie la escuchó. Y hace cuatro años, la perdí también a ella, y todo por su negligencia. La encontramos en la sala de nuestra casa, prácticamente desollada viva. —La voz de Daniel comenzó a quebrarse, pero más que nada por el coraje que se le estaba acumulando en la garganta. Sus ojos igualmente comenzaron a humedecerse—. ¡Y les estuvimos igualmente repitiendo una y otra vez quién había sido!, ¡y de nuevo nadie hizo nada! Ahora más personas inocente han muerto, y todo porque no han hecho su trabajo de atrapar y encerrar a esa enferma que lo único que hace es esparcir muerte y destruir familiar.

»¿Qué si temo por mí o por mi hermana? Por supuesto que tengo miedo; no he pasado un sólo día de mi vida sin sentir miedo desde que tenía diez años. ¿Cuánta más gente tiene que morir? ¿O esperarán otros cuatro años para hacer algo? Ahora dejen de acosarnos, y mejor busquen a esa perra antes de que mate de nuevo.

Sin decir más, Daniel se giró hacia la camioneta, ayudó a su hermana a subir y él la siguió. Los reporteros intentaron acercársele para hacerle más preguntas, pero los oficiales los mantuvieron alejados. Los tres miembros restantes de la familia Coleman se acomodaron en sus asientos, la puerta de la camioneta se cerró y ésta comenzó a andar. La cámara siguió enfocando al vehículo por la calle unos segundos más, antes de que la imagen volviera al estudio con la presentadora.

—Nos informaron que la solicitud de la familia Coleman por protección policiaca ha sido al fin atendida, y serán reubicados en algún sitio sin revelar para su seguridad. Leena Klammer es buscada también por la muerte de dos oficiales de policía…

La cabeza de Esther se nubló en ese momento, y ya no escuchó nada de lo que esa mujer en la televisión decía. Sus labios se movían, pero para ella ningún sonido surgía de ellos. Su corazón comenzó latir tan fuerte que podía escucharlo retumbar en sus oídos. Su mirada estaba perdida, como si hubiera caído en un trance, y su cuerpo entero estaba totalmente inmóvil, como una apacible estatua.

Lily y Samara miraron extrañadas a la mujer, esperando que dijera o hiciera algo, pero no lo hacía; sólo permaneció ahí sentada.

—Hey, anciana —pronunció Lily con fuerza para llamar su atención, pero no hubo respuesta.

—¿Estás bien…? —exclamó Samara, algo preocupada, y entonces por mero instinto alzó una mano, querido colocarla sobre su hombro. Sin embargo, antes de que pudiera tocarla, todo cambió en un instante.

Esther se puso abruptamente de pie de la cama y se dirigió con paso apresurado a la televisión, en donde ya las noticias habían pasado a otro tema. Ante los ojos atónitos de Lily y Samara, tomó la pantalla planta de encima del mueble, y la jaló de una forma violenta al frente, tirándola con fuerza al piso y arrancando los cables que la tenían conectada a la pared. El televisor hizo un sonido de cristal roto al caer, seguido de algunos chispazos. El rostro de Esther estaba rojo y había tomado una mueca de enojo casi grotesca. Su respiración se había acelerado y sus ojos estaban casi desorbitados. Comenzó entonces a pisotear una y otra vez el televisor en el suelo, al tiempo que de su boca surgían varios quejidos rabiosos. Ambas niñas saltaron en sus asientos al ver esto, mirándola en silencio sin moverse.

Luego de una última patada que prácticamente empujó el televisor unos centímetros hacia un lado, Esther se detuvo al fin, pero no por ello se tranquilizó. Siguió respirando agitadamente, y miraba el televisor con una furia casi asesina. De pronto, alzó su rostro abruptamente hacia sus dos acompañantes. Lily permaneció tranquila en su sitio, o al menos lo intentó, pero Samara si retrocedió un poco por mero instinto.

—¡Les dije que se alistaran! —Les gritó la mujer con fuerza, sin importarle la discreción—. Nos vamos de aquí, ¡ahora! ¡Muévanse!

Acto seguido, comenzó a andar hacia el baño de nuevo, azotando la puerta con tanta fuerza detrás de ella que casi parecía que la rompería. Samara contempló asustada la puerta cerrada, casi paralizada. ¿Por qué había sido ese extraño exabrupto? ¿Quiénes eran esas personas que habían aparecido en el televisor? ¿Quién era Leena Klammer…?

—¿Sigues dudando de que esté loca? —Escuchó como Lily le cuestionaba con ironía a sus espaldas, pero ella no la voleó a ver.

¿Loca? Sí, quizás todas ellas estaban locas de cierta forma.

FIN DEL CAPÍTULO 52

Notas del Autor:

—El personaje de John Lyons que apareció en este capítulo, está basada casi por completo en el personaje del mismo nombre de la serie de televisión Damien del 2016, hecha por A&E. De éste se tomó principalmente lo que respecta a su apariencia, personalidad y el papel que desempeña dentro de la Hermandad. Sin embargo, para su historia y trasfondo me tomaré algunas libertades y se tomarán ideas de otros medios, como las demás películas de The Omen y algunas otras franquicias involucradas en esta historia. Conforme pasen los capítulos se dará más detalles sobre este personaje.

—El nombre Baylock que se menciona en este capítulo hace referencia al personaje de Mrs. Baylock de la película The Omen, tanto la de 1976 como la del 2006.

—El parentesco entre Verónica y Ann se encuentra igualmente basado en sus respectivos personajes originales de la serie de Damien, aunque se tomarán también varias libertades para llenar los huecos o explicar cuestiones que no se alcanzaron a ver en dicha serie.

—Los personajes de Bárbara, Max y Daniel que aparecen fugazmente en la televisión cerca del final del capítulo, hacen referencia a los respectivos personajes de la película Orphan del 2009, teniendo Max y Daniel para el momento presente de esta historia 13 y 18 años respectivamente.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

+ «Firestarter» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 52. Una leal sierva

  1. Pingback: Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 53. Hacia el sur – WingzemonX.net

Deja un comentario