Original El Manto de Zarkon – Capítulo 11. La joven Ivannia

29 de enero del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 11. La joven Ivannia

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 11
La joven Ivannia

La joven Ivannia estaba teniendo una pésima noche, y en esos momentos no estaba segura si en verdad podría ser mucho peor. Había pasado cerca de un año como parte de esa banda de rufianes que atacaban los caminos y pueblos, fingiendo ser un chico de nombre Iván (maldiciendo de paso su falta de originalidad); cuidando sus espaldas incluso cuando iba al baño para evitar que alguno la descubriera; intentando hacer que su voz sonara lo más carrasposa y grave que le fuera posible, hasta el punto de que su garganta terminó por dolerle a cada momento; y apretando sus pechos con vendas debajo de su ropa para evitar que se notaran lo más posible, hasta que estos le ardían y quizás hubieran terminado deformados si lo seguía haciendo por más tiempo. Todo para evitar que alguno de esos asquerosos bastardos, que todavía se atrevían a llamarse sus “camaradas”, se atreviera a ponerle una mano encima, además de su verga; o descubriera quién era para venderla por unas cuantas monedas a las autoridades. Era un peso agotador sobre su cabeza y sus hombros, que la acababa incluso más que un combate. Llegó a pensar que sentiría cierto alivio cuando pudiera dejar de fingir, pero no fue así. Ese hombre, soldado, asesino… ese monstruo inhumano la había descubierto tan fácilmente, y ahora la estaba sujetando de esa forma tan indecente, irrespetuosa y jactanciosa.

Jaló con fuerza su cabeza hacia atrás, golpeándolo en su labio y barbilla. El soldado retrocedió, y ella pasó a morderle fuertemente las manos que la sujetaba de su pecho. Él la retiró rápidamente, y su otra mano se abrió al mismo tiempo para liberar su muñeca. Una vez que estuvo libre, Ivannia se lanzó al frente para alejarse de él, rodó por el suelo, y luego se incorporó y giró para encararlo de nuevo.

—¡¿Cómo te diste cuenta?! —Fue lo primero que salió de su boca, notándosele bastante furiosa.

—¿Eso importa? —Le respondió Rubelker indiferente. Se encontraba en aquel momento más interesado en revisar la mordida que le había dado en su mano—. Por tu reacción supongo que era un secreto. ¿Tus compañeros no lo sabían?

—¡Ninguno de esos estúpidos era mi compañero! —Le gritó llena de cólera—. ¡Prácticamente era su rehén! ¡Tuve que fingir ser hombre para que no me violaran entre todos! ¿De eso se trata este jueguito? ¿Me trajiste aquí para que te lo mamara a cambio de dejarme ir o algo así? ¡Pues ni siquiera lo pienses! ¡Primero te lo arranco con los dientes antes que permitir que me toques de nuevo!

—No se trata de nada de eso —masculló Rubelker, aparentemente molesto por la sola insinuación—. Lo creas o no, estoy aquí para ayudarte.

—¿Ayudarme? —siseó Ivannia, incrédula.

—Escúchame muy bien. Sabemos que hubo algo más detrás de todo este absurdo ataque. Alguien les pasó la información, los contrató, y les ofreció una recompensa considerable por las princesas; suficiente como para que consideraran una buena idea hacer esto. ¿O me equivoco? —La mujer no respondió nada—. Si sabes cualquier cosa que pudiera ayudarnos a llegar a la verdad, tienes que decirla. Las personas involucradas, cuál era su plan, sus bases de operación y sus puntos de reunión. Nombres, descripciones, todo lo que tengas, por más minúsculo que sea. ¿Entendiste bien? Si cooperas, podrás pedir clemencia en tu juicio, y el príncipe podría perdonarte la vida.

—¿Esperas que me lo crea? Quisimos llevarnos a su esposa e hija; ese príncipe sería un idiota si hiciera eso. Además, ¿esperas que traicione a mis camaradas por una promesa vacía como esa?

—Tú misma dijiste que esos sujetos no eran tus compañeros, y encima de todo te dejaron atrás a la primera oportunidad; no les debes nada.

—Quizás no. Pero de todas formas, un simple soldado como tú no puede garantizar nada de lo que prometes. No eres más que un hablador y un embustero.

—¡Deja de jugar o hacerte la valiente! —Exclamó Rubelker con furia, alzando la voz tanto que retumbó como un trueno, y dando un fulminante paso hacia adelante. A pesar de querer mantenerse fuerte, Ivannia no pudo evitar sentirse intimidada por aquel arrebato, hasta el punto de quedarse congelada y pegar más su brazos contra ella a modo defensivo—. Entiende la situación en la que te encuentras, mujer. Quisiste hacerles daño a miembros de la Familia Imperial, y eso se considera un acto de traición al Imperio, cuyo único castigo es la muerte. Ese juicio que quieren hacerte en Vistak es un mero requisito para cumplir los deseos de justicia del príncipe; tú ya tienes la soga en el cuello, al menos de que hagas algo para evitarlo. Y no finjas que no te importa. He chocado espadas contigo ya en dos ocasiones, y es más que obvio que no eres una persona que no le teme a la muerte, sino una que se aferra a la vida con dientes y uñas. Si quieres tener al menos una pequeña posibilidad de sobrevivir, tienes que hacer lo que te digo. Es tu única oportunidad.

Ivannia lo miró con los ojos bien abiertos, aún algo atemorizada por su imponente presencia y el retumbar de su voz. Le molestaba de sobremanera que alguien tuviera tal efecto en ella, aunque al mismo tiempo… le provocaba una inusual emoción.

—¿Y luego qué? —susurró despacio, una vez que logró sobreponerse—. ¿Pasaré el resto de mi vida en una prisión?, ¿me mandarán a trabajar a los campos con una cadena en mi tobillo? ¿Qué es lo que hacen exactamente con alguien que ha hecho lo que yo y pide “clemencia”?

Rubelker no le contestó, pues en realidad no lo sabía.

—Si no nos dices lo que sabes, te lo querrán sacar de alguna u otra forma  —concluyó Rubelker con voz pesada, y comenzó a recoger de nuevo sus armas—. Ésta es la mejor opción que tienes para no morir en deshonor y vergüenza.

—Al Vantel con el deshonor y la vergüenza —escupió Ivannia con hastío—. Tú… podrías dejarme ir… —susurró despacio, incluso algo apenada, mientras miraba sobre su hombro a los árboles detrás de ella—. Yo no maté a ninguno de tus compañeros, ni toque a las princesas. Y en realidad… no sé tanto del porqué de este ataque cómo crees… Como te dije, yo era prácticamente su rehén. Me obligaron a hacer cosas por ellos, o me matarían. ¡No merezco terminar así!

—¿No lo mereces? —Musitó Rubelker, ya teniendo sus dos armas de regreso en sus fundas y en sus manos—. ¿Realmente no has hecho nada en tu vida que te haga merecedora de la horca?

Ivannia se estremeció, y ahora le tocó a ella no responder. Pero de todas formas, su mirada perpleja lo decía todo: sus manos no estaban del todo limpias.

Rubelker suspiró, algo cansado.

—No puedo dejarte ir. Tendrás que afrontar esto, e intentar salir lo mejor librada posible. —Se agachó entonces a recoger la misma soga que le había quitado, y se le aproximó con ella.

Ivannia consideró por unos momentos la opción de intentar de nuevo el salir corriendo, pero la desechó rápidamente. Era evidente que no lograría escapar de él, y en esa ocasión podría optar por ahora sí matarla con tal de evitar que escapara, o al menos hacerle bastante daño. Resignada, alzó sus dos manos al frente, y permitió que él volviera a atarla de sus muñecas.

—¿Por qué quieres ayudarme? —Murmuró Ivannia, cabizbaja—. Si no quieres mi cuerpo a cambio, ¿qué quieres entonces?

Rubelker no le contestó hasta que terminó de inmovilizarle por completo sus muñecas.

—Eres un buen peleador —comentó de pronto, sorprendiendo a Ivannia—. Tus movimientos son erráticos y desesperados, y a veces incluso torpes; se nota que no has recibido un entrenamiento formal en el combate. Pero tienes buena agilidad, y un cuerpo flexible. Tu complexión también es adecuada; si entrenaras más tus músculos, podrías llegar a ser más fuerte y resistente que muchos hombres. Te mueves grácilmente por el campo de batalla y con bastante seguridad. Y lo más importante es que no le temes a la espada; la respetas y la haces parte de ti. En pocas palabras, tienes mucho potencial para ser un gran guerrero. Sería lamentable que dicho potencial se perdiera en la horca.

—¿Eso es todo? —Susurró Ivannia, aún sumida en la impresión y confusión que le provocaban todas esas palabras—. ¿No quieres que muera… porque te impresionó cómo peleo?

—Es una de las pocas cosas que aún logran llamar mi atención de este mundo tan gris y aburrido —le respondió Rubelker con simpleza—. Puedes conocer bastante más a una persona por cómo se desempeña en un combate, que por lo que sale de su boca. Luego de estos dos duelos, podría decirse que te conozco mejor de lo que piensas. Siéntete orgullosa; no quedan muchos guerreros como tú en esta era moderna y pacífica.

—Qué… extraño eres… —se escapó de pronto de sus labios, sin que en verdad deseara decirlo. Igualmente, él no pareció tomárselo a mal; incluso le pareció percibir un pequeño gesto similar a una sonrisa en él.

La tomó de sus sogas, y comenzó a jalarla de regreso por donde vinieron, aunque en esta ocasión no la arrastraba; ella caminaba detrás de él por su propia cuenta.

— — — —

Cuando volvieron a su árbol, ninguno dijo nada, y Benny parecía lo suficiente impresionado de ver a Iván de nuevo con vida y entero como para contenerse y tampoco soltar alguno de sus comentarios inteligentes. Rubelker la ató de nuevo justo como estaba antes de irse, y luego se alejó caminando hacia la luz, la comida y las personas. Una vez que estuvieron solos, Benny al fin le preguntó:

—¿Qué pasó? ¿Qué quería?

—Sólo hablar conmigo —respondió Ivannia algo ausente, olvidándosele por un momento de mantener la voz de Iván. Tosió un poco para disimularlo. No sabía en realidad si aún tenía sentido seguir fingiendo, pero de momento prefería no arriesgarse de más hasta que fuera necesario—. Me dijo que si le decimos quién nos contrató, y le doy información para encontrar a los otros, podríamos pedir clemencia y evitar la horca.

—¿Quiere que entreguemos a los otros? —Inquirió Benny, casi indignado—. No le habrás dicho algo, ¿o sí?

—No aún. Pero, ¿por qué no hacerlo? No es como si fueran nuestros amigos en realidad. Nos abandonaron, y te aseguro que no se arriesgarán a venir a salvarnos.

—Es un asunto de honor, muchacho.

—¡¿Cuál honor?! —Exclamó Ivannia, molesta—. ¡Son una banda de asesinos, ladrones, saqueadores y violadores! El único motivo por el que no me abrieron el estómago en cuanto me conocieron, fue porque me defendí y le clavé una piedra en el cuello a uno de ellos.

—Ah sí, el buen Tom. —Benny soltó en ese momento una inusual carcajada—. No lo vio venir el pobre idiota. De acuerdo, te doy un poco la razón. Pero de todas formas, en realidad no sabemos quién nos contrató para este trabajo. No creo que podamos decirles algo de utilidad.

—Hagak lo sabe —señaló Ivannia—. Si les decimos como dar con él…

—Si es que sigue vivo —le interrumpió abruptamente—. Y si es que aún sigue por estos lares… —Se recargó contra el árbol, y alzó su mirada hacia al cielo estrellado encima de ellos—. No lo sé, muchacho. Debo pensarlo un poco…

—¿Qué hay que pensar? O cooperamos, o nos ejecutaran en un par de días, si es que no se les acaba la paciencia y lo hacen mañana mismo.

—Entonces no lo harán esta noche. Podemos dormir y discutirlo en la mañana…

Y dicho eso, soltó un agudo bostezo, cerró sus ojos y se quedó en silencio. Ivannia lo miró con incredulidad.

—¿Dormir? ¿Cómo vamos a dormir en este…?

Sus palabras fueron cortadas al oír el primer ronquido escapándose de sus fosas. Ivannia se quedó atónita; en verdad se había dormido. Soltó una pequeña maldición silenciosa e intentó acomodarse lo mejor posible. Notó entonces que en realidad aquel soldado no la había atado del todo igual que la primera vez. De hecho, moviéndose un poco hacia un lado, logró recostar su espalda en el piso. Sus brazos seguían inmóviles y alzados, pero al menos se sentía mucho más cómoda.

¿Había sido suerte? ¿O la había atado así deliberadamente? Ivannia pensó en ello, y en todo lo que había ocurrido en aquel claro, mientras comenzaba poco a poco a conciliar el sueño. Había sido un día largo, cansado, y doloroso.

— — — —

Por su parte, a Rubelker le dolía un poco la mano que Ivannia había mordido. No parecía una herida grave, pero tendría que molestar de nuevo al doctor de la emperatriz segunda para que le aplicara algo y se la vendara por si acaso. Cuando Armientos le preguntara cómo le fue, él sólo le respondería que lo sabrían con el tiempo.

Todo lo que le había dicho a aquella mujer era sincero, incluyendo su deseo de que saliera con vida de esa penosa situación. Sin embargo, en realidad no estaba del todo seguro de qué tantas posibilidades había que el príncipe y el juez que llevara el juicio, decidieran perdonarle la vida, incluso si cooperaba y les decía todo lo que querían. Ella había dicho que sus promesas eran vacías, y quizás sí lo eran después de todo.

Aún había una opción que podía valer, pero tenía que pensar detenidamente si deseaba o no usarla para esa situación, y por una persona que apenas conocía. Aunque, ¿no le había dicho que en realidad ya la conocía más de lo que ella creía? ¿Era enserio o sólo estaba fanfarroneando? Como fuera, esos serían los pensamientos que habitarían su mente mientras conciliaba el sueño esa noche. Habría aún algo tiempo antes de tener que tomar una decisión.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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