Original El Manto de Zarkon – Capítulo 08. Cuatro guardias en la puerta

8 de enero del 2020

El Manto de Zarkon - Capítulo 08. Cuatro guardias en la puerta

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 08
Cuatro guardias en la puerta

Un cuarto de los soldados peinó el área en busca de cualquiera de los asaltantes que pudieran seguir cerca. Lo más que encontraron fue a uno de ellos tirado a medio kilómetro, sin su brazo izquierdo (mismo que de seguro había dejado atrás en aquel horrible campo de batalla). Al parecer quiso escapar, pero la pérdida de sangre lo hizo desmayarse, y sus compañeros igual decidieron dejarlo atrás. Para cuando lo encontraron ya estaba tendido en un charco rojo de lo poco que le quedaba en el cuerpo, y su rostro estaba pálido y frío. Terminaría en la misma hoguera que el resto de sus camaradas.

Además de aquel hombre, encontraron algunos rastros de sangre y huellas, pero ambos se cortaban hasta cierto punto, como si quienes las dejaron hubieran salido volando o trepado por los árboles. Al parecer conocían muy bien cómo moverse por esos bosques. De todas formas, por las huellas no parecía que quedaran muchos de ellos, e igual algunos iban heridos. Como el capitán Armientos le había dicho a la emperatriz segunda para calmarla, era poco probable que fueran tan estúpidos para intentar volver por más.

El campamento fue levantado a un lado del camino principal, compuesto por veinte tiendas, siendo las dos más grandes y equipadas para el emperador y la emperatriz segunda, y la otra para las jóvenes princesas. Los cinco soldados caídos fueron envueltos en mantas y colocados a un lado del campamento. Varios de sus compañeros pasarían toda la noche velándolos y bebiendo en su honor. En lo que respectaba a los asaltantes muertos, todos fueron apilados lo más lejos que pudieron del campamento, rodeados de troncos y prendidos en fuego sin la menor ceremonia. Algunos pensaban que era más de lo que merecían.

Caída la noche, el lugar se encontraba rodeado de hombres patrullando con lámparas de aceite y rifles en mano. Habían colocado fogatas en puntos específicos para tener la mayor visibilidad, y algunas hogueras con calderos donde los sirvientes de la caravana se encargaban de cocinar un estofado para que todos pudieran cenar. No había canciones, juegos o risas como otras noches. Todo estaba sumido en un abrumador silencio, salvo por el crujir de los troncos de las fogatas, el aullar del frío viento a lo lejos, y algunos sollozos lejanos de tristeza.

No era la forma en la que Frederick Rimentos hubiera deseado empezar su reinado, y ni siquiera había puesto aún un pie en Volkinia Astonia. En la tarde se le había visto sereno y con bastante temple, pero la realidad era que se sentía asqueado. Por la horrible posibilidad de que toda su familia podría haber sido tan fácilmente arrancada de sus brazos, y bajo sus propias narices. Por haber perdido cinco hombres a su mando en un sólo un parpadeo. Y por el horrible escenario de cadáveres y partes del cuerpo regadas a su alrededor como si fueran las hojas caídas de los árboles. Había realizado su servicio militar (tres años completos) como cualquier otro hombre de su familia, pero nunca vio nada similar a eso, en esa época que supuestamente era pacífica y civilizada. Pero esa tarde no se había suscitado nada pacífico ni civilizado en aquel bosque. Aquello era como haberse encontrado de lleno con una jauría de bestias salvajes, usando la expresión más calmada que se le venía a la mente. Y, aun así, era consciente de que todo podría haber sido mucho, mucho peor.

El príncipe y su esposa se encontraban ya en su tienda. Frederick había pedido que los dejarán a solas y que no los molestaran, pero de todas formas tenían a cuatro soldados apostados en su entrada, y habían prometido quedarse ahí toda la noche si era necesario. El interior de la tienda era iluminado por una serie de velas. En el centro de la misma tenían una amplia cama para dos personas que habían traído por partes en las carretas. Isabelleta se encontraba sentada en ésta, ya con su bata de noche color crema y su cabello rubio totalmente suelto. Se había lavado lo mejor pudo su cara y su cuerpo, y había intentado peinarse su cabello cien veces como toda las noches, pero había desistido antes de la mitad. Sencillamente no tenía energías. Había pedido que no le trajeran de cenar; la sola idea de comer algo en esos momentos le producía nauseas. Su dama le había preparada un té de hierba roja, que se suponía le ayudaría a calmarse y dormir. Lo estaba tomando poco a poco en pequeños sorbos, y comenzaba a sentir los efectos.

Por su parte, Frederick estaba en una silla a su lado. Se había sólo retirado su saco y botas, y abierto un poco su camisa para sentirse libre. Sin embargo, seguía con su pantalón puesto y su espada unida a su cintura, como si temiera tenerla lejos. Sabía que su actitud era irracional, y sólo provocaría que su esposa se pusiera más nerviosa, pero aun así lo hacía. Él tampoco tenía apetito.

—Dios, fue tan horrible —murmuró Isabelleta despacio; era como la sexta vez que lo decía. Acercó la taza a sus labios y dio otro sorbo más del té. Empezaba a sentirse algo adormilada—. Aún no puedo creer que esto nos ocurriera a nosotros. Eran… animales, Frederick. No actuaban ni hablaban como personas. Eran monstruos… Creí que nos matarían, o… —sus palabras se cortaron por el asco que le producía la sola posibilidad.

—Ya no pienses más en eso —le respondió Frederick, pasando su mano por sus hombros como pequeñas caricias. Sabía bien que era mucho más fácil decirlo que hacerlo—. Ya están a salvo, y nadie más las tocará. Tendrá que matarme primero.

—No digas eso ni de broma —le reprendió Isabelleta, mirándolo con reproche—. Dios… —bebió de nuevo de su taza—. Estoy preocupada por las niñas. Son tan pequeñas, y acaban de vivir un evento tan horrible. ¿Cómo podrán superarlo? Ni siquiera sé si yo podré hacerlo.

—Isabelleta es una niña fuerte, y tiene su fe para resguardarse y buscar aún más fuerzas.

—¿Y Mina? —inquirió la emperatriz segunda con ansiedad, pero Frederick no fue capaz de fraguar una respuesta inmediata—. Ya es de por sí tan retraída. No sé cómo esto la va a afectar.

—Mina estará bien, todos estaremos bien —musitó Frederick con una seguridad casi autoritaria, y tomó entonces firmemente una de las manos de su esposa—. Somos Rimentos. Nuestra sangre es fuerte, y se fortalece aún más con la adversidad.

—Suertudos ustedes tres —masculló irónica Isabelleta, pero aquello alivió un poco a Frederick. Por un segundo sonó bastante similar a la Isabelleta de siempre, y entonces supo que estaría bien. Después de todo no era una Rimentos de nacimiento, pero sí una Vons Kalisma.

Frederick contempló en silencio como su esposa seguía con su té. Un comentario, un tanto esporádico, se le escapó de pronto como un intento de cortar el silencio.

—Quiero recompensar de alguna forma al soldado Rubelker. Pero este tipo de actos son totalmente nuevos para mí. No sé si una condecoración o un título sean poco o mucho, dado lo ocurrido. Quizás sean algo bastante impersonal, considerando el bien tan personal que hizo por nosotros. Tal vez lo estoy pensando demasiado, pero será importante ganarme la lealtad de mis soldados de ahora en adelante. No podemos saber qué nos espera en Volkinia Astonia, y siempre será bueno tener a hombres leales y hábiles a nuestro lado, en especial hombres como él.

—¿De quién me estás hablando? —susurró Isabelleta, algo distraída.

—Del soldado que las salvó. Su nombre es Ruebelker… Creo que fue el que te causó incomodidad cuando salimos del palacio.

Isabelleta no pareció reaccionar del todo a su comentario, casi como si no lo hubiera escuchado. Dio un sorbo más de su taza, mientras miraba los pliegues de la sabana que cubría sus piernas.

—Supongo que me porté algo grosera, ¿o no? —Musitó de pronto, aunque no sonaba como si el comentario fuera precisamente para Frederick—. Armientos me dijo que era su mejor soldado, y me doy cuenta de que no mentía. Nunca había visto a alguien pelear así. Era como una tormenta, como una fuerza imparable de la naturaleza a la que no puedes siquiera tocar. No sabría ni cómo explicarlo claramente. Era tranquilizador verlo pelear por mí y acabar con esos hombres que me querían hacer daño. Pero, al mismo tiempo… me sentí aterrada. No tiene sentido, ¿o sí?

—Viviste una experiencia horrible, por supuesto que tiene sentido. No sé si fue la voluntad de Dios o la suerte, pero estoy agradecido de que este hombre hubiera estado ahí para protegerlas. Somos afortunados de tener a alguien así en nuestra guardia.

Isaballeta guardó silencio, y siguió contemplando aquel punto no específico entre sus sabanas. Dio un sorbo más de su té color rojizo.

—¿Y por qué está en nuestra guardia? —soltó de pronto, tomando un poco desprevenido a su esposo.

—¿A qué te refieres?

—Digo… si es un guerrero tan excepcional, ¿por qué fue asignado a acompañarnos a Volkinia Astonia como nuestro guardia? No es que nuestra seguridad sea una tarea poco importante, pero… ¿no hay otra labor en la que le pudiera ser de más utilidad al emperador? Además, es tan diferente a los otros soldados. ¿De dónde salió? ¿Es realmente Volkines? Porque no lo parece…

Frederick la observó con reflexión. Sus comentarios le parecían algo fuera del lugar, aunque… sus preguntas también tenían algo de lógica.

—Lo siento, sólo estoy divagando —comentó la emperatriz segunda tras un rato, y le extendió entonces su platito y su taza. Aún quedaba un poco de té, pero ya no le apetecía—. Creo que el té ya me hizo efecto. Debería descansar.

—Estoy de acuerdo —respondió Frederick, tomando la taza para colocarla en el suelo. Luego se paró de su silla y se permitió arropar a su esposa, quien ya había hundido el costado de su cabeza en su almohada.

—¿No vienes a mi lado? —cuestionó Isabelleta, teniendo ya los ojos cerrados.

—En un segundo —respondió Frederick, comenzando a pasar sus dedos gentilmente por sus cabellos para intentar relajarla aún más.

La emperatriz segunda cayó dormida casi de inmediato. Entre el té y lo agotada que se sentía, no le importaba más el tener que dormir en una tienda o en esa cama portátil. Por su lado, Frederick se quedó despierto mucho más de un segundo, velando el sueño de su esposa.

— — — —

En su respectiva tienda, las dos pequeñas princesas también se preparaban para dormir. Ya habían cenado, un poco de mala gana, y vestido con sus largos camisones blancos. La tienda era similar a la de sus padres, igualmente con una cama amplia que resultaba ser más que suficiente para ambas. Antes de acostarse, se pusieron de rodillas a un lado de la cama, cerraron sus ojos y juntaron sus manos delante de ellas en posición de oración, como hacían cada noche sin falta. Las dos jóvenes baronesas que servían como sus damas de compañía, aguardaban cerca de la entrada a que terminaran y así arroparlas. Esa noche en particular, sin embargo, Isabelleta II tenía mucho por lo cual rezar, agradecer y pedir. Pero Mina era otra historia.

La menor de las princesas llevaba todos esos minutos a un lado de su hermana, pero no había sido capaz de figurar de manera exitosa una plegaria en su cabeza. En un día normal siempre le resultaba difícil, pero en esa ocasión le era simplemente imposible. No creía que hubiera algo en todo lo que había ocurrido ese día que pudiera inspirarle a hablar con Yhvalus. ¿De qué serviría que le preguntara a Él algo, si no le iba a responder de regreso?

—Isa —susurró despacio con su vocecilla chillona.

—¿Terminaste tus oraciones? —Masculló Isabelleta sin apartar su frente de sus manos ni abrir los ojos. Mina, sin embargo, ignoró tal pregunta.

—¿Qué hubiera pasado con nosotras si esos hombres nos llevaban con ellos?

—¿Qué? —exclamó Isabelleta confundida, alzando ahora su mirada hacia su hermana—. No pasó, nos salvaron.

—¿Y si no? Mataron a los otros guardias, ¿qué hubiera pasado si ese señor de barba no hubiera estado ahí como mamá quería?

—Papá y los demás guardias estaban cerca. Hubieran acudido a salvarnos cuánto antes.

—¿Y si no hubieran llegado a tiempo?

—Papá no hubiera descansado hasta encontrarnos, aunque tuviera que quemar todo el bosque.

—¿Y si nos hubiera quemado a nosotras también?

La princesa mayor suspiró resignada. Cerró unos segundos sus ojos para terminar la plegaria que había dejado sin concluir, y luego pegó su dedo anular a su frente, dibujado un círculo en el centro de ésta, para luego bajarlo en línea recta por su cara hasta la mitad de su pecho, concluyendo así su ritual. Hecho eso, se paró y se sentó en la orilla de la cama, mirando desde esa posición a su hermana con cierta compasión iluminando sus ojos.

—Escucha, lo que nos pasó fue algo horrible, pero es parte inevitable de la vida que nos tocó al nacer dentro de la Sagrada Familia Rimentos. Siempre habrá enemigos que nos quieran hacer daño, pero debemos ser más fuerte que ellos y no dejarnos quebrantar. Tenemos a Dios de nuestro lado —señaló en ese momento hacia arriba con un dedo—, y Él siempre cuida de nuestra familia, no lo olvides. Sin embargo, es totalmente normal que te sientas asustada; incluso mamá y papá se sienten así, aunque quieran ocultarlo. Si quieres llorar, puedes hacerlo. Sólo no enfrente de otras personas —miró de reojo hacia las damas, que aparentaban no estar escuchando su conversación—. Debes mantener ante todo tu porte.

—Yo no quiero llorar —respondió Mina con reproche, incluso enojo, ante la sugerencia—. No soy un bebé.

La pequeña se puso de pie refunfuñando, y se metió debajo de las sabanas. Isabelleta sólo se encogió de hombros, se paró y se encaminó hacia el otro lado de la cama.

Las dos damas se aproximaron y comenzaron a arroparlas, una de cada lado. Les arreglaron las almohadas, les colocaron las sábanas encima, seguidas de un grueso cobertor; la noche había refrescado aún más que la tarde.

Al igual que en la tienda de sus padres, cuatro guardias estarían toda la noche frente a la puerta protegiendo. Sin embargo, aquello no sería suficiente para que Mina durmiera plácidamente. Las pesadillas serían sus acompañantes constantes en las noches venideras.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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