Original El Manto de Zarkon – Capítulo 07. El infierno que se desató aquí

27 de diciembre del 2019

El Manto de Zarkon - Capítulo 07. El infierno que se desató aquí

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 07
El infierno que se desató aquí

—¡Nos rendimos! —Clamó el asaltante pelirrojo en cuanto vio a los otros soldados acercarse, y de inmediato se puso de rodillas y alzó sus brazos en señal de rendición—. Nos rendimos, nos rendimos —repitió—. Estamos desarmados…

Aquello no era del todo cierto. El muchacho rubio a su lado seguía con sus dedos aferrados firmemente a su cuchillo.

—Suelta eso, idiota —le masculló enojado.

El muchacho lo miró de reojo con una expresión dura. Miró su cuchillo, y luego contempló a los quizás veinte o más soldados uniformados que comenzaban a rodearlos con sus pistolas y espadas en mano. Apretó sus dientes tan fuerte que casi se le astillaron, y entonces hizo lo que su compañero le pidió y tiró el cuchillo de forma despectiva a la nieve. Se puso también de rodillas y alzó sus brazos, aunque agachó su cabeza sin darles la satisfacción de ver su rostro derrotado.

Dos soldados se les acercaron por detrás, los tomaron firmemente del cuello y los tiraron al suelo, golpeando sus caras contra la tierra.

—¡Auh! —exclamó adolorido el pelirrojo. Su cara había quedado prácticamente contra un charco de la sangre de uno de sus compañeros, tirado a unos escasos centímetros de él—. ¡Dije que nos rendíamos!

—Cierra la puta boca, rata imbécil —le respondió el soldado que lo sujetaba con notoria rabia. Comenzaron entonces a amarrarles sus muñecas detrás de sus espaldas con sogas, mientras los presionaban contra el suelo con sus rodillas.

Un grupo comenzó a recorrer los alrededores más próximos para asegurarse de que no hubiera nadie más oculto. Dos soldados se acercaron a la emperatriz segunda, ayudándola a pararse pues ésta sentía todas las extremidades engarrotadas.

—Mis hijas… —masculló despacio en cuanto su voz logró salir—. ¿Dónde están mis hijas…?

El capitán Armientos hizo acto de presencia un poco después, abriéndose paso entre sus hombres y aproximándose hacia el último soldado que quedaba con vida de la escolta que él mismo había asignado a las princesas. Éste seguía de rodillas en el piso, intentando recuperar el aliento.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó el capitán, agachándose a un lado de él. Notó la herida de su mejilla, y no mucho después la flecha en su espalda—. Estás herido.

—No es nada —respondió el soldado con más indiferencia de lo que su situación ameritaba—. Las niñas están ocultas en un claro uno quince metros más adelante.

Armientos le indicó con un ademán de su mano a tres de sus hombres que avanzaran hacia donde les había indicado, y los tres lo hicieron de inmediato. El capitán se alzó cuando los soldados que llevaban a la emperatriz segunda se aproximaron a su lado.

—Alteza, ¿no la lastimaron?

—Estoy bien —respondió vagamente la mujer, aunque sus ojos buscaban desesperadamente a sus pequeñas entre la multitud. A quién divisó primero, sin embargo, fue a su esposo, quien se aproximó apresurado acompañado de cuatro solados que le cubrían su espalda—. ¡Frederick! Oh, Dios… Frederick…

Las fuerzas le volvieron al cuerpo repentinamente, las suficientes para poder zafarse del soporte de los dos hombres que la llevaban, correr hacia su esposo, aunque fuera dos pasos, y dejarse caer en sus brazos. El príncipe la sujetó firmemente, pero terminó teniendo que agacharse y hacer que ambos se arrodillaran en el suelo. A Isabelleta no le importó; su vestido no podía estar más arruinado de lo que ya estaba. Además, necesitaba más que nunca poder abrazarlo y hundir su rostro en su pecho. No dijo nada más, salvo repetir su nombre entre pequeños sollozos.

—Está bien, todo está bien —murmuró Frederick, intentando sonar lo más reconfortante posible, aunque su voz sonaba un tanto áspera; la cantidad de emociones que le inundaban la garganta en ese momento no lo dejaban hablar con claridad. Pasó su mano suavemente por el cabello y espalda de su esposa, y este acto, aunque pequeño, se volvió bastante significativo para ella.

Los ojos verdes de Frederick inspeccionaron los alrededores. Lo primero que notó fueron tres cuerpos tirados a su alrededor; una imagen para nada agradable. Siguió observando y se detuvo unos instantes en los dos asaltantes amarrados bocabajo en el suelo, ofreciéndoles una intensa mirada de ira, misma que el muchacho rubio se encargó de regresarle del mismo modo. Giró entonces su mirada hacia el soldado de barba oscura, aún de rodillas a un lado de Armientos. Ese hombre… Si no se equivocaba, era el mismo que a su esposa le causaba tanta ansiedad.

—¡Mamá! —Se escuchó de pronto como resonaba la voz de la mayor de sus hijas, trayendo un poco de ferviente alegría en ese escenario tan lúgubre.

Isabelleta alzó de inmediato su rostro, viendo por encima del hombro de su esposo como sus dos pequeñas se abrían paso colina abajo hacia ellos, corriendo entre el mar de soldados que los rodeaban.

—¡Isabelleta!, ¡Mina! —gritó la emperatriz segunda, acompañada de gruesas lágrimas. Se apartó, casi sin pensarlo, de Frederick y fue al encuentro de ambas. Las abrazó firmemente y las pegó contra sí. Les besó repetidamente sus cabecitas, y se impregnó del olor de sus cabellos como si intentara asegurarse de que realmente eran ellas. Las niñas se aferraron también cómo pudieron, soltando pequeños sollozos contra la tela de su maltrecho vestido.

Frederick se aproximó a ellas y se agachó detrás de su esposa, rodeándolas justo después con sus brazos. Todas estaban sanas y salva; era un milagro. Aunque, en realidad, era claro que había sido más que eso.

Miró a todos esos ladrones mutilados y desangrados en el suelo, adicionalmente a aquellos que había visto por el camino cuando venían para allá. Todo ese bosque parecía una verdadera zona de guerra.

Mientras la familia se reencontraba, los soldados que habían ido en busca de las princesas se aproximaron cautelosos hacia su capitán.

—¿Y los otros hombres de la escolta? —cuestionó Armientos.

—Muertos, señor —le respondió pesadamente uno de ellos, con indignación atorada en su garganta—. Phillip, Jakall, todos muertos… los masacraron como si fueran animales.

Las miradas furiosas de casi todos los soldados se centraron en los dos asaltantes amarrados en el suelo. Toda la ira, frustración e incluso tristeza que les provocaba la horrible muerte de sus cinco compañeros, se vertió sin remedio sobre esos dos criminales que aún respiraban.

Tomaron a ambos fuertemente de sus caballos y los alzaron de un tirón para que se pusieran de rodillas, y les mostraran sus sucias caras. De entre todos los presentes, uno de los guardias se abrió paso con apuro entre los otros, y avanzó con decisión hacia ellos. Se le notaba agitado y perturbado, incluso más que el resto.

—Vamos a cortarles sus cabezas a estas basuras —propuso desenvainado su espada y aproximándose con bastante decisión al muchacho rubio. Éste permaneció desafiante, sin desviar su mirada ni decir nada.

—¡No frente a mis hijas! —Gritó con tono autoritario Isabelleta madre, haciendo que su voz retumbara con fuerza—. ¡¿No hemos visto ya demasiada masacre?!

Aquellas palabras dejaron mudos a los soldados, incluso a aquel que estaba más que dispuesto en llevar a cabo la ejecución en ese mismo momento.

—No habrá más muerte hoy —indicó Frederick, incorporándose de nuevo con postura potente—. Somos representantes del emperador; hombres de justicia y nobleza. Llevaremos a estos dos a Vistak, donde se les hará su juicio y se decidirá su destino.

Aquella orden sorprendió e indignó por igual a los soldados que lo rodeaban.

—Alteza… ¡mataron a cinco de nuestros amigos! —señaló furioso el soldado con la espada desenvainada y lista—. Intentaron lastimar a miembros de la Familia Imperial. Es traición, ¡y se castiga con la muerte!

—Y así se hará cuando la justicia correspondiente lo determine —respondió Frederick con poderío—. Ahora deben concentrarse en recoger a sus compañeros caídos. Hay que llevar sus cuerpos a Vistak y darles un funeral digno de su sacrificio. Hagan una hoguera y quemen a los otros —indicó mientras miraba de reojo a dos de los asaltantes muertos tirados no muy lejos de él—. Sus despreciables cuerpos no merecen ensuciar de esta forma las tierras sagradas del Imperio.

Al menos la mitad de los soldados parecían inconformes con esa instrucción, pero todos obedecieron. Incluso aquel con su espada en mano, optó por guardarla de nuevo en su lugar, aunque notablemente de mala gana.

—Ya oyeron a su alteza —pronunció Armientos con voz de mando—. Llévense a esos dos y amárrenlos bien a un árbol. No los pierdan de vista ni un segundo.

Los dos asaltantes fueron levantados del suelo con bastante brusquedad y jalados de regreso al camino. Ninguno oponía resistencia, pero igual su cortejo no dudaba en tratarlos como si así fuera.

—Lleven a mi familia de regreso a la caravana —le pidió Frederick al capitán—. Y levanten el campamento. No alcanzaremos a movernos antes del anochecer.

—Frederick, no podemos quedarnos aquí —reprochó Isabelleta, espantada—. ¿Qué pasará si esos hombres siguen por aquí? ¿Qué pasará si lo intentan de nuevo?

—Esté tranquila, alteza —señaló Armientos sereno—. Haremos doble guardia toda la noche. Además, perdieron quizás a treinta hombres en este absurdo ataque. No hay forma de que se atrevan a hacerlo de nuevo.

—¿Y si hay otros? ¿Y si hay otros asaltantes por aquí esperando…?

—Tranquila, Isabelleta —indicó Frederick, colocando firmemente sus manos sobre sus hombros—. No pierdas la compostura. Asustarás aún más a las niñas.

La emperatriz segunda se sobresaltó al oírlo, y miró hacia abajo a las dos pequeñas que seguían aferradas a sus piernas. Era verdad; debía mostrarse fuerte por ellas, aunque en realidad no se sintiera de esa forma.

—Te prometo, por mi vida, que nadie les pondrá un dedo encima otra vez —añadió Frederick vehemente—. Ahora sólo enfócate en descansar y recuperarte.

Isabelleta asintió con mirada ausente. Dirigió sus manos a las cabezas de sus hijas y las pegó aún más contra ella.

—Vamos, niñas.

Las tres empezaron a caminar acompañadas de tres soldados. Antes de irse, Isabelleta II se separó unos momentos de su madre y se viró a ver al soldado de barba.

—Muchas gracias, honorable soldado —exclamó con elocuencia, haciendo una leve reverencia de su cabeza—. Nos ha salvado la vida, a mi madre, a mi hermana y a mí. Perdone por favor mi reacción de miedo hace unos momentos. Es un valiente soldado de Dios.

La frialdad casi perpetua de aquel soldado se esfumó sólo un poco, lo suficiente para dejarse ver algo de perplejidad. Quizás por las palabras, o quizás por la persona que las decía. Como fuera, él le respondió únicamente con un ademán de asentimiento de su cabeza.

La emperatriz segunda también lo miraba. No parecía tan agradecida como su hija, aunque tampoco reflejaba la misma aversión con la que lo había visto las veces anteriores. Tomó a su hija de su brazo y la jaló suavemente hacia ella. Las tres mujeres se alejaron al fin, perdiéndose entre la multitud.

Una vez que su esposa e hijas se fueron, el príncipe se permitió volcar su atención justamente en ese mismo soldado; el único que había quedado con vida de la escolta. Ya se había puesto de pie, y se le veía bastante calmado pese a sus heridas. Se aproximó, parándose justo enfrente de él. Lo había visto anteriormente, y en efecto en aquellas ocasiones le había parecido un hombre alto. Sin embargo, al tenerlo tan cerca, le sorprendió un poco darse cuenta de que tenía que mirar un poco hacia arriba para poder verlo a los ojos. Quizás él lo notó, o quizás sólo fue coincidencia, pero en ese momento el hombre corpulento pegó su mano a su pecho y su rodilla derecha a la tierra, agachando su cabeza. Un pequeño gesto de dolor se asomó en su rostro, y entonces Frederick notó la flecha que tenía aún en su espalda.

—¿Cómo te llamas, soldado? —preguntó Frederick.

—Rubelker, majestad —respondió el hombre de barba rápidamente.

—La única majestad actual en Volkinia es el emperador Roderick, y ese no soy yo.

—Lo lamento. Temo que no estoy acostumbrado a estos protocolos.

—Descuida —le respondió Frederick tranquilo, aunque esa afirmación le pareció inusual. ¿Cómo podía un guardia imperial nos saber la forma adecuada de referirse a un príncipe? Extraño, aunque tampoco imposible—. ¿Cuál es el nombre de tu familia, Rubelker?

—No tengo apellido, si eso es lo que pregunta, alteza.

—¿Sin apellido? —musitó el príncipe con extrañeza. Miró hacia Armientos, que simplemente asintió como respuesta a la pregunta que tenía impregnada en su mirada. Una extrañeza más. Era bastante inusual encontrar a un hombre sin apellido en esa época, especialmente en un puesto como el de soldado del ejército del emperador. Incluso los bastardos o huérfanos eran bendecidos con uno.

Siendo estrictos, aquel hombre estaba mintiendo, pues en realidad sí había un apellido que le correspondería por nacimiento, pero éste nunca se le fue dado de forma oficial; y, de todas formas, él no lo quería. Además, ya había repetido tantas veces esa respuesta antes que para él ya era bastante cercano a la verdad.

—Bien, Rubelker. Dime, ¿acaso derrotaste tú a todos estos hombres por tu cuenta?

El soldado vaciló un poco.

—Sólo cumplí mi deber, alteza. Todos lo hicimos. Me hubiera gustado poder haber hecho más para salvar a mis compañeros…

—No digas más —le interrumpió Frederick, alzando una mano hacia él—. Me basta con ver este escenario que nos rodea, tus ropas y tus sables, para hacerme una idea clara del infierno que se desató aquí. Peleaste valientemente más allá de tu deber para proteger a mi esposa e hijas, y gracias a ti pude volver a abrazarlas y besarlas. —Se agachó en ese momento hasta ponerse a la misma altura que él—. Estoy en deuda contigo, Rubelker. Desde ahora te otorgo mi favor, para cualquier cosa que necesites. Y no será tu única recompensa.

—No requiero recompensa alguna, alteza —respondió el soldado secamente—. Sólo hice mi trabajo como su soldado.

Frederick asintió levemente. Un hombre orgulloso además de fuerte, al parecer. No quedaban muchos así en esa época. Se paró derecho de nuevo, pasando sus manos por su pantalón para sacudirlo un poco.

—Ahora, ve a que te curen esas heridas y a descansar. Te lo has ganado.

—Sí, alteza.

El príncipe volvió a asentir, se giró sobre sus pies y caminó hacia donde se habían retirado Isabelleta y sus niñas.

—Le dejo lo demás a usted, capitán. Ahora necesito estar con mi familia.

—Descuide, alteza —le respondió Armientos.

Una vez que el príncipe se fue, Rubelker también se puso de pie, y de nuevo esa maldita flecha volvió a molestarle.

—Ve a que te curen como ordenó el príncipe —le indicó el capitán—. Descansa un poco, y luego hablaremos de lo ocurrido. —Echó un vistazo rápido alrededor, como si buscara confirmación absoluta del pensamiento que estaba por compartir—. Éste no fue un asalto cualquiera.

—No, no lo fue —añadió Rubelker con seriedad. Comenzó a andar despacio hacia la caravana. Uno de los soldados, relativamente más joven que él y de estatura sustancialmente menor, se ofreció a ayudarlo, pero él se negó y siguió de largo.

Armientos suspiró pesadamente mientras miraba aquella ancha espalda alejándose. Una parte de lo que el príncipe había comentado se le vino fuertemente a la mente. Había mencionado: “el infierno que se desató aquí.” El viejo capitán no pudo más que murmurar en voz baja que el futuro emperador segundo en realidad no tenía ni idea de lo acertadas que habían sido sus palabras.

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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