Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 11. Incómoda Tensión

18 de diciembre del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 11. Incómoda Tensión

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 11
INCÓMODA TENSIÓN

Habían pasado un par de días desde que Day Barlton, ahora forzosamente conocida como Loreili la Polizona, se convirtió en el más reciente miembro de la tripulación del Fénix del Mar; una realidad que le causaba por momentos un choque de emociones. Por un lado, técnicamente había sido secuestrada y puesta en aprehensión contra su voluntad; pero, por el otro, debía admitir que la situación podría haber sido mucho peor, sobre todo si pensaba en las historias que todo el mundo contaba sobre los piratas, especialmente su madre. Y pese a todo, había conocido a gente muy amable y atenta en ese barco, como Kristy, el navegante Katori, el primer oficial Henry o la Dra. Melina, que en general se esforzaban por hacerla sentir cómoda. Y no sólo ellos cuatro, ya que era sorprendente darse cuenta de que un grupo de ladrones la trataba con más respeto y gratitud, que las personas supuestamente educadas que atendía en la casa del regente.

Pero claro, tampoco es que esos días hubieran sido sólo fiesta y diversión para la joven de Torell. Desde el fatídico momento en el que la sacaron de aquel baúl de ositos, había tenido que ir por todo ese gran barco cargando la pesada bola de acero que le habían atado al tobillo, al mismo tiempo que realizaba las diferentes tareas de limpieza y cocina que su nuevo puesto (tan forzado como su nuevo sobrenombre) requería.

Y claro, no todos eran tan amables como Kristy o los otros antes mencionados. Entre el resto de los tripulantes, habían desde los que preferían ignorarla, pasando por los que la hacían sentir incómoda con sus miradas y comentarios, y llegando a los que la trataban incluso con un poco más de desdén que la propia señora McClay; este último grupo se limitaba principalmente a la contramaestre Shui, pero parecía tratar igual o peor a todos los que ahí se encontraban, así que tampoco se lo tomaba personal. Y claro, algunos escalones más arriba de ella, se encontraba Jude el Carmesí.

Como era de esperarse, el ambiente se había vuelto aún más tenso y agresivo entre el capitán y ella tras ese desagradable encuentro en el cuarto de baño. Day prefería fingir que ni siquiera estaba presente, hasta que no le quedaba de otra. Y cuando ya no tenía más remedio que dirigirle la palabra, lo hacía de forma cortante y usando la menor cantidad de palabras y tiempo posible, y con una frialdad (y a veces fiereza) mayor que con la propia contramaestre. Tratar de esa forma al capitán pirata de ese barco, de quién se suponía ahora era su rehén, parecería a simple vista un suicidio. Sin embargo, Jude se comportaba un tanto extraño al respecto. No ocultaba en lo más mínimo su disgusto ante tal trato, pero tampoco parecía estar dispuesto a aplicar alguna reprimenda para corregirlo (como encerrarla de nuevo en el baúl). Kristy le había mencionado que quizás en el fondo se encontraba apenado por lo ocurrido, pero a Day le parecía difícil creer que un loco sin sentido como ese conociera lo que era la pena.

Por su parte, la mayoría de los tripulantes habían sido testigos de al menos uno de estos choques, pero no le daban mayor importancia. Ninguno estaba enterado del suceso del baño, pero no necesitaban estarlo. Lo atribuyeron todo a lo más lógico: la reacción natural al enfrentarse por primera vez a las locuras del capitán Carmesí. Casi todos los que habían llegado a ese barco en un inicio habían reaccionado de igual forma, o peor, al chocar con su irritante, extraña, e incoherente forma de ser. Pero con el tiempo la mayoría llegaban a acostumbrarse; ese era el proceso de adaptación natural de ese barco (excepto en el caso de la contramaestre Shui, pues en ella ocurrió al revés… pero ese es otro tema).

En el caso de Day, además había que agregarle el hecho de que la tenía en papel de supuesto rehén, atada del tobillo, el mismo día que llegó tuvieron un altercado que terminó con ella encerrada de nuevo, etc. Todo eso era suficiente para interpretar y quizás comprender el disgusto de la sirvienta, aún si desconocían el evento primordial detrás de éste. Y era mejor así, pues Day no tenía deseo alguno de compartir los detalles de dicho evento con un grupo de absolutos extraño… claro, excepto por Kristy.

Si la viera, su madre de seguro la reprendería diciéndole que era una tonta confiada. Pero como fuera, su nueva jefa había logrado ganarse su confianza bastante pronto; tenía un aire inocente y puro que simplemente la hacía sentirse bastante cómoda en su presencia, más que con sus antiguas compañeras de trabajo. Y aquello era una suerte, pues en ese sitio tan extraño le venía bien tener con quien hablar.

Aquel día comenzó muy similar a los anteriores para Kristy y Day. Ambas muchachas se levantaron temprano con la tarea de preparar el desayuno de todos. La joven de Torell solía estar de mejor humor en las mañanas, antes de que se cruzara con el capitán por primera vez en el día.

—Cincuenta mil coronas suena a… demasiado dinero… —murmuró Kristy entre sorprendida y asustada, mientras revisaba el sartén y le daba vueltas al guiso que estaba preparando—. Nunca he visto tanto dinero junto al mismo tiempo, ni siquiera en el botín más grande que me ha tocado en este barco. ¿Realmente una sola persona puede pagar tal cantidad? ¿Cómo cuantos kilos de carne puedes comprar con eso?

Volteó entonces intrigada a ver a Day sobre su hombro, que estaba en esos momentos  pelando algunas papas para acompañar el guiso y los huevos.

—No estoy segura —respondió la pelinegra, mientras continuaba concentrada en su tarea—. Suena a mucho para nosotras, pero estoy segura de que es algo que un noble de alta posición podría pagar con facilidad, sin siquiera parpadear. Si supieras los lujos que se daba el regente. Una vez mandó a comprar una vaca del condado de Saint Louis. ¿Sabes lo lejos que está eso de Torell? ¡A días de viaje! No tengo que decirte que hay vacas mucho más cerca y baratas, pero se suponía que la leche de ese tipo en especial tenía un sabor único. Y sólo lo hizo porque su asqueroso hijo quería probar una malteada exótica con esa leche. Me dio tanta rabia…

Y aquello último no eran sólo palabras, pues sus manos realmente reflejaban dicha ira por la forma en la que empezó a pelar la papa que tenía en sus manos en ese momento.

—Vaya —murmuró Kristy, sorprendida, aunque en realidad no comprendía del todo la historia—. Pareciera que nuestra forma de ver el mundo es muy diferente a la suya, ¿no? —Una pequeña risilla inocente se escapó de sus delgados labios, tomando un poco por sorpresa a su oyente—. Pero debe sentirse lindo que haya alguien dispuesto a pagar esa cantidad de dinero para recuperarte, ¿no crees?

Day no respondió nada. ¿Qué podría responder, después de todo? No es como que ella pudiera saber qué se sentía tal cosa. La última persona que hubiera hecho algo así por ella era su madre, y murió prácticamente sin una sola corona en su bolsillo. Era descorazonador pensar que no había nadie más en ese mundo que pudiera llegar a preocuparse aunque sea un poco así por ella. De ahora en adelante tendría que cuidar y velar por sí misma, pues nadie más lo haría.

—¿Cómo cuánto nos tocaría a cada uno si nos pagaran ese rescate? —Añadió Kristy, pensativa—. Soy mala para ese tipo de operaciones, pero según entiendo el navegante Katori siempre toma una parte del botín para las reservas y provisiones; el resto se divide en veinticuatro partes iguales, una por cada miembro de la tripulación… bueno, contigo ahora seríamos veinticinco. Aunque si pagan, implicaría que te irías, ¿no? Así que supongo que no te tocaría algo, pero eso suena injusto…

Mientras meditaba en todo ello, Kristy no se dio cuenta de que había pegado el cucharón caliente contra su barbilla, provocándole una pequeña quemadura que la hizo soltar un pequeño gemido de dolor.

—¡No digas locuras, Kristy! —murmuró Day, aparentemente incómoda. Seguía en lo suyo pelando una papa tras otra con rapidez—. ¡Es más que obvio que no van a pagar nada de eso por mí! Digo, pagaron por una vaca, pero te aseguro que no darían ni la mitad, ni siquiera una décima parte de ello, por mí. Y aunque ocurriera el milagro de que estuvieran dispuestos a hacerlo, yo no quiero volver con ellos en lo absoluto. La idea de volver a esa casa, hace que ser un rehén en este barco no suene tan mal.

—Lo sé, lo sé —comentó Kristy, soltando otra pequeña risilla—. Sólo digo que sería lindo tener a alguien que te quiera tanto, ¿no?

De nuevo, Day no respondió. Aunque sí, suponía que debía ser lindo.

Una vez que el guiso estuvo listo, la Jefa de Cocina y Limpieza tomó firmemente el sartén con ambas manos y vertió el contenido de éste en un bol hondo. Pasó un poco después el dorso de su mano por su frente, secando un poco de sudor con él.

—Pero bueno, por suerte para ti, dentro de poco no tendrás que ser ni una sirvienta ni un rehén. En cuanto volvamos a tocar puerto podrás ir a donde desees. ¿Has pensado qué harás una vez que eso pase? ¿A qué te quieres dedicar?

—¿Eh? —Exclamó algo distraída, pues en medio de sus palabras pareció divagar un poco en sus propios pensamientos—. ¡Ah!, bueno… ahora que lo pienso, lo único para lo que soy buena es para limpiar y cocinar. Supongo que intentaría trabajar en alguna posada, o quizás me dedique a viajar y conocer…

Aquella última opción la susurró con cierto encogimiento, pues no pudo evitar sentir un pequeño nudo en el estómago al recordar cómo reaccionaban sus antiguas compañeras de trabajo cuando comentaba ese tipo de planes. Para su sorpresa, Kristy no reaccionó nada parecido a ello.

—Eso suena bien —comentó la jovencita, volteándola a ver por encima de su hombro—. De seguro lo harás bien en lo que decidas. Espero que en verdad consigas una vida más feliz, Day.

Adornó sus palabras con una sonrisita tan dulce y adorable que Day sintió que sus mejillas se ruborizaban de sólo verla. De nuevo se le vino a la mente la idea de que su madre la reprendería por ser tan confiada, pero en verdad empezaba a sentir rápidamente cariño por esa niña.

—¿Puedes cortar las papas en cuadros? —le indicó la joven mientras vertía ahora la cebolla sobre el sartén aún caliente.

—¡Claro!, puedo hacerlo —le indicó con entusiasmo, y de inmediato acercó el recipiente con las papa a la tabla de cortar.

—Espero que el próximo puerto al que vayamos sea Nostalkia —escuchó que Kristy comentaba como un pensamiento al aire—. Así podríamos vernos de nuevo algunas veces.

—¿Nostalkia? —Inquirió Day con curiosidad—. No me suena ese sitio, ¿en dónde queda?

—Ah, Nostalkia es… —Parecía bastante dispuesta a explicarse, pero dicha explicación se cortó abruptamente sin ningún motivo aparente. Al notar dicho silencio tan repentino, Day se viró hacia ella confundida, y la miró de pie frente a la estufa, con sus ojos espantados fijos en la pared.

—¿Kristy? ¿Todo está bien?

—¡Sí!, ¡claro! —Exclamó la jovencita rápidamente, aunque su voz casi temblaba de los nervios—. ¿Nos… talkia…? No, yo no dije Nostalkia, oíste mal —Dejó soltar justo en ese momento una aguda risa nerviosa—. Yo dije… ¡Nostalgia! Sí, un lugar que me dé nostalgia, porque ahí estarás tú… y… te extrañaré… y… eso…

Kristy volvió a reír sonora y simuladamente, sólo haciendo que sus palabras se sintieran aún más falsas. Lentamente, y sin voltearla a ver ni un segundo, comenzó a avanzar hacia la puerta que daba a la bodega.

—¿Puedes… encargarte del resto? Yo… ¡voy a buscar unos huevos!

Antes de que Day pudiera responderle cualquier cosa, la joven corrió apresurada hacia la puerta, perdiéndose de su vista, y sólo dejando detrás el sonido de sus pasos apresurados en los tablones de las escaleras.

—Está bien… —murmuró la sirvienta, embrollada e inquisitiva.

Decidió no darle más vueltas al asunto, pues supuso que era algo que ella no debía saber. Decidió mejor encargarse de lo que le había pedido, y terminar de preparar el desayuno. Tenía la idea de ya haber oído el nombre de “Nostalkia” antes, pero ahí mismo en ese barco. ¿El demente capitán Carmesí lo había mencionado también?, no estaba segura. Igual si Kristy estaba tan asustada, de seguro era por qué temía meterse en problemas por haber dicho aquello, y lo que menos quería era meter en problemas a su nueva jefa y amiga.

Aunque una pequeña parte de ella sentía algo de curiosidad por saber qué era aquel sitio con exactitud.

— — — —

Pasado un tiempo, la comida estuvo lista y los tripulantes se fueron reuniendo uno a uno en comedor del barco. Los murmullos alegres y malhumorados de los hombres hambrientos llenaron el espacio, ansiosos de que las dos encargadas les sirvieran su respectivo plato. Esa mañana, la Jefa de Cocina y Limpieza y la Subjefa de Limpia Pisos les tenían como plato unos huevos con papa y un guisado con queso de cabra, un platillo bastante llamativo pero las chicas se las habían arreglado para mantenerlo dentro del ajustado presupuesto del Navegante Katori.

Day se paseaba entre asiento y asiento de las mesas, sirviendo un plato a cada uno, intentando recordar más o menos las especificaciones que algunos les habían dado.

—Sin crema, con mucha crema… con queso, sin queso… extra… ¿pimienta?

No esperaba que un grupo de piratas que viajaban en un viejo barco de madera fueran tan especiales con la comida. Aun así, servía con bastante rapidez y una relativa eficiencia. Quizás podría trabajar como mesera una vez que tocara tierra de nuevo.

A mitad de la faena de servir la comida y la bebida, se escuchó un agudo y satisfactorio quejido desde la entrada del comedor.

—¡Buenos días, señores! —Saludó el capitán Jude mientras estiraba sus brazos y caminaba hacia su mesa—. Espero que esta mañana estén con la mejor actitud, que nos espera un largo viaje por delante…

Mientras caminaba y hablaba con ritmo animado, ofreciéndole una mirada inquisitiva a cada uno de los presentes, su atención en el camino no fue la suficiente para evitar chocar de frente con la sirvienta polizona que servía los platos, haciendo que ambos se tambalearan, y sólo un movimiento fugaz y preciso de los brazos de Day logró evitar que los platos aún en su bandeja se cayeran.

—¡Oye!, ¡¿por qué no te fijas…?! —Exclamó el pirata pelirrojo, virándose hacia la chica. Sin embargo, en cuanto distinguió los ojos azules de la sirvienta mirándolo con desdén, sus palabras se cortaron y su tono bajó un par de niveles—. Ah… Eres tú, Loreili…

Day no le respondió nada, ni tampoco se detuvo mucho tiempo a mirarlo. Le sacó rápidamente la vuelta por un lado, y siguió entregando sus platos a los tripulantes como si nada hubiera ocurrido. Jude la siguió con la mirada, aparentemente… ¿incómodo? Como fuera, algunos de los presentes les sorprendió darse cuenta de que su capitán, para variar, se había quedado callado; quizás lo más callado que lo habían visto en mucho tiempo. El pirata se acomodó su sombrero, que se había ladeado hacia un lado tras el choque, y siguió andando hacia su mesa notablemente menos animado.

—Eso es algo que no se ve todos los días —señaló Luchior con tono elocuente, picando a su compañero de la derecha con su codo—. El capitán guardando silencio. Parece que realmente la nueva no le cae nada bien; y obviamente el sentimiento es mutuo.

—Bueno, ella tiene motivos de sobra para estar molesta —señaló Roman, encogiéndose de hombros—. Empezando porque es forzada a ser la sirvienta de un montón de sujetos extraños y feos.

—Tampoco es que ella se vea tan fina —añadió Luchior entre risas—. Muy sirvienta del regente y quién sabe qué tanto más, pero es tan muerta hambre como cualquiera en este cuarto.

Mientras ambos hablaban de ella como si no estuviera presente, la susodicha sirvienta se encontraba justo detrás de ellos, e incluso les entregó a cada uno sus platos sin decirles media palabra. Estaba acostumbrada a aguantar los comentarios de otras personas, pero aguantar no significaba que no le molestaran. Y esa molestia fue relativamente visible cuando prácticamente dejó caer el plato delante de Arturo y éste salpicó un poco.

—Oye, yo no dije nada, linda —espetó Arturo a la defensiva, pero ella no le hizo caso y continuó con el siguiente.

—Vaya, qué sensible —señaló Roman, sarcástico.

—Ya se le quitará —respondió Luchior indiferente—. No hay nada como lidiar con el capitán y la contramaestre un par de semanas para sí bajarle los humos a cualquiera.

Por su parte, Jude se fue directo a su mesa y se sentó en la silla del centro, justo a la izquierda del Oficial Henry. Éste había llegado desde hacía unos minutos antes, y desde su lugar había tenido un asiento de primera fila para el suceso de hace unos momentos, aunque aparentaba que casi toda su atención se hallaba en el libro que estaba leyendo.

—¿Qué hay para desayunar? —Le cuestionó Jude a su Primer Oficial sin siquiera saludar primero. Tomó entonces una servilleta y se la ató a su cuello.

—Huevos con papas, queso de cabra y guisado —comentó el hombre rubio, mientras hojeaba su libro—. Un platillo bastante laborioso, pero Kristy y Katori dicen que estaba previsto en el presupuesto. Katori dice que tiene todo calculado, y le creo. Pero pienso que sería sensato conseguir un par de animales más para sustentar las raciones. Después de todo, tenemos una nueva e inesperada boca.

—Yo no me preocuparía por esa nueva boca —murmuró el capitán con hastío, mirando de reojo a la sirvienta con el grillete en su tobillo—. No estará mucho por aquí después de todo.

Henry miró de reojo al hombre pelirrojo, e igualmente a la chica que observaba con tanta frustración. El oficial suspiró cansado y cerró el libro que tenía consigo rápidamente.

—Veo que te levantaste de malas esta mañana —marcó con seriedad, a lo que Jude se sobresaltó abruptamente, golpeando la mesa con su puño y alzando su voz sin moderación.

—¡¿Por qué dices tal cosa?! ¡Estoy de perfecto humor!, ¡¿No lo ves?! Y no pasa nada fuera de lo común, ¡nada! ¡Así que deja de interrogarme!

Como acto final, se cruzó de brazos y se recargó de forma perezosa contra el respaldo de su silla. En ese momento notó que varios de los tripulantes lo habían volteado a ver perplejos a raíz de su exabrupto.

—¡¿Ustedes qué están viendo?! —Les gritó el Capitán, molesto—. ¡Coman rápido y pónganse a trabajar!

Se oyeron algunos murmullos entre los presentes, pero poco a poco se fueron girando de regreso a sus platos.

Una persona que no había volteado a verlo, pero por supuesto que lo había escuchado, era la propia Day.

—¿Siempre tiene que ser tan escandaloso y molesto? —Le murmuró despacio al Navegante Katori al tiempo que le servía. Éste sólo le sonrió un poco incómodo y se encogió de hombros.

—Entiendo —murmuró Henry, sardónico—. Entonces, ¿niegas seguir enojado con tu nueva…? —el oficial dudó un poco antes de proseguir—. ¿Subjefa de Limpia Pisos me parece que la llamaste?

—¡No es de tu incumbencia con quien estoy enojado y con quien no! —respondió Jude molesto, girándose hacia él—. ¿Y por qué sólo hablas de esa mujer perversa? No es el centro del mundo, ¿sabes? ¡Loreili! —Gritó de pronto para llamar la atención de la sirvienta, pero casi de inmediato se arrepintió—. Ah… ¿Podrías servirme mi desayuno, ahora? Y sin veneno, ¿quieres?

Day ignoró por completo aquella petición, haciendo como si no lo escuchara y continuando con su labor. Incluso comenzó a sonreír y hasta tararear una canción alegre en el proceso.

—Doctora, tome su plato por favor —exclamó la sirvienta con la suficiente fuerza para ser oída por el Capitán Carmesí—. Estoy segura de que le va a encantar.

—Gracias, Day; qué amable eres —le respondió la Dra. Melina, mirándola con interés—. Hoy te ves un poco peculiar. ¿Te encuentras bien?

—Todo, absolutamente todo, está muy bien —respondió la joven con tono juguetón y alto—. No hay nada ni nadie lo suficientemente importante como para que me moleste ¿o sí?

Su comentario fue concluido con una sonora y nada discreta risa, que llegaba a parecer incluso algo sobreactuada.

Por su lado, el rostro del capitán se estaba poniendo casi tan colorado como su cabello. Apretaba sus puños entre sí como señal de frustración, rechinaba los dientes, y varios otros pequeños detalles que fácilmente revelaban que no se encontraba para nada feliz por la conducta de la polizona. Henry a su lado, fue el que más pudo notar esto. El oficial se aclaró un poco la garganta y entonces exclamó con algo de fuerza:

—¡Day!

—¿Sí, oficial? —exclamó Day gentilmente, volteando a verlo rápidamente con una sonrisa dulce.

—¿Podrías traernos nuestra comida por favor?

—¡Por supuesto!, con mucho gusto…

La pelinegra se aproximó a la mesa principal con paso alegre. Se paró a un lado del hombre rubio, y colocó gentilmente el plato de comida justo delante de él.

—Extra queso, cortesía de la cocina —murmuró Day con una voz muy suave y jovial.

—Gracias —respondió Henry con sencillez, asintiendo con su cabeza y sonriéndole. Muy por el contrario, Jude no sonreía en lo absoluto.

—Lo… rei… li… —murmuró el capitán entre dientes mientras tamborileaba sus dedos contra la mesa. Day al parecer ya no pudo ignorarlo más, pero se limitó a sólo mirarlo de reojo—. ¿Serías tan amable de darme mi plato, pequeña polizona?

Day bufó con molestia. Al menos eso había sonado un poco amable de su parte. Se aproximó con rapidez, dejando caer de mala gana el plato delante de él, haciendo que gran parte de su contenido saltara fuera de éste.

—Ahí tiene —farfulló mientras pasaba por detrás de su silla.

Jude se sobresaltó, sorprendido y en especial molesto por tal desplante.

—¡Óyeme, tú…! —exclamó furioso, parándose de su silla y girándose hacia ella. Day no se amedrentó por esto, y en su lugar se viró decida y firme hacia él, sosteniéndole su mirada con dureza. Esto al parecer tomó por sorpresa a Jude, y lo hizo bajar un poco su guardia. Ambos se miraron el uno al otro por unos segundos, antes de que fuera justamente el pelirrojo quien decidiera desviar su rostro hacia otro lado, tomar asiento, y dejara salir carrasposamente de su boca—: Gracias…

Sin más, comenzó a comer de su plato en silencio. Day se paró firme, se giró sobre sus pies, y se dirigió con la bandeja vacía de regreso a la cocina. Se veía bastante segura de sí misma, pero en realidad su corazón se agitaba como loco en su pecho. Realmente creyó que esa vez sí la metería de nuevo al baúl, y no había sido la única en pensarlo. De hecho, aquel pequeño momento dejó aún más confundidos a sus espectadores.

—Eso es aún más curioso —señaló Luchior aún con medio bocado en la boca—. No es raro que el capitán se lleve mal con los nuevos, y viceversa. Pero es inusual que se contenga de esa forma. Creo que se está ablandando. Eso, o Lore… lo que sea, tiene más carácter del que parece.

—¡Ja!, yo creo que más bien el capitán no puede decirle que no a una cara bonita —prorrumpió Arturo con magnificencia—. Piénsenlo, ¿hace cuánto que una nueva mujer hermosa no pisaba este barco? Es obvio que quiera estar en buenos términos con ella, por si acaso…

—Creo que estás hablando de ti mismo —profirió Luchior con tono burlón—. Además, la polizona no está mal, pero en comparación con otras que he conocido, es algo… ¿cuál es la palabra?

—¿Simple? —añadió Roman.

—Sí, simple. Nada fuera de lo ordinario.

—Bueno, ten en cuenta que Arturo se conformaría con cualquier tipo de chica, aunque sea simple.

—No lo negaré ni lo afirmaré —completó Arturo con sorna, y los tres se rieron divertidos, aunque de nuevo la persona a la que hacían alusión en sus comentarios se encontraba justo detrás de ellos, apretando sus dedos con fuerza contra la bandeja vacía.

—¡No les hagas caso, Day! —intervino Kristy apresurada. Se le había aproximado lo más rápido posible en cuanto vio lo ocurrido con el capitán, temerosa de que aquello pudiera de nuevo escalar a mayores como hace unos días—. Vamos a la cocina, ven…

Las dos chicas avanzaron hacia la cocina, dejando detrás las risas de los hombres.

—¿Estás bien? —le cuestionó Kristy, preocupada—. No puedes seguir comportándote así con el capitán y con el resto de los hombres; te meterás en problemas. No dejes que sus comentarios te molesten; sólo se están burlando de ti, así son con todos los nuevos.

—No les hago caso, para nada —le respondió Day secamente—. Además, prefiero ser simple y aburrida. ¿Quién quiere llamar la atención comoquiera? Eso sólo trae problemas…

Ese último comentario dejó algo confundida a la joven cocinera, pues no venía acompañado sólo de enojo.

—Y sobre ese sujeto… —Day se viró entonces a ver de reojo al capitán, y éste pareció sentir su mirada como una daga en la cabeza—. No me pidas que lo trate bien, por favor… no después de lo que ocurrió…

Sin dar mayor explicación, se adentró en la cocina con paso pesado, y Kristy la siguió en silencio.

Jude miró curioso cómo ambas chicas se retiraban. Sus deseos de permanecer mucho más tiempo ahí se esfumaron como polvo. Comió velozmente todo lo que quedaba en su plato, dejándolo casi limpio; pese a todo, debía aceptar que era un platillo bastante bueno. Una vez acabado, se puso de pie y se bajó de un salto de la pequeña plataforma en la que se encontraba su mesa.

—Estaré en mi camarote —informó en voz baja mientras caminaba apresurado hacia la puerta y sin dirigirle la mirada a nadie. Aunque en realidad, ninguno de los otros le prestó mucha atención, salvo Henry. Él siguió analizando cuidadosamente todo aquello, siendo quizás de los pocos que captaban vívidamente la creciente, y de cierta forma inusual tensión que se cernía sobre ellos.

El oficial dio unos últimos dos bocados de su desayuno, y luego pasó a limpiarse sus labios y barbilla con su servilleta. Se paró y pasó también a retirarse, aunque con paso más calmado, al menos hasta que llegó al pasillo. Una vez en dicho camino, se las arregló para alcanzar a su capitán.

—Jude —le llamó con algo de fuerza, obligándolo a percatarse de su presencia, aunque éste igual no se detuvo—. ¿Se supone que no debo preguntar qué fue todo eso?

—¿Qué fue qué? —Respondió Jude despectivamente sin voltear a verlo—. Si tienes alguna queja sobre el desayuno dirígete a Loretta, ¿quieres? Además de que no sé qué problema puedes tener; estaba delicioso. Si crees que se pudo haber gastado de más, arréglate con Cort. Ahora, quiero estar solo si no te molesta.

—Te dejaré totalmente solo luego de que hablemos —le respondió el rubio bastante decidido— Voy a ser franco, Jude; tu actitud es muy rara… más que de costumbre. ¿Qué pasó entre la nueva chica y tú? ¿Por qué tanta hostilidad? Digo, no es raro que te lleves mal con los nuevos, pero creo que esto escaló un poco más de lo normal.

—¡¿Por qué habría de haber pasado algo en especial?! —Le respondió casi gritando, deteniéndose al fin y girándose hacia él para encararlo—. ¡Es obvio que me porte hostil con una polizona en mi barco que además ha intentado matarme en repetidas ocasiones! ¡Debe aprender cuál es su lugar y entender que aquí yo soy el capitán!, aunque tenga que hacerlo a las malas.

Henry lo miró tranquilamente, sin mutarse por tales palabras o por su tono, que de hecho sonaban bastante menos efusivos que lo usual. Y al parecer Jude se dio cuenta de esto, pues poco a poco comenzaba a notársele algo de nervios en su rostro, y aquello no era común en él. Había algo en el fondo de todo eso que al parecer lo incomodaba lo suficiente.

—¿En repetidas ocasiones? —Inquirió Henry, tomando su propia barbilla en pose reflexiva—. ¿Hablas enserio?, ¿o te estás refiriendo a otra cosa en realidad? —Jude instintivamente se hizo hacia atrás, como si sus palabras lo asustaran un poco, y ello fue suficiente para Henry. La mirada del oficial se volvió aún más severa—. Lo sabía, ¿qué hiciste ahora?

—¡¿Yo?! ¡Yo no hice nada!, ¡Fue…! —Las palabras pelirrojo se cortaron antes de que pudiera terminar su frase.

—¿Fue… ella? ¿Qué hizo?

Jude vaciló un poco, como si tal cuestionamiento lo intimidara. Sin embargo, luego de unos segundos logró calmarse, pararse firme y despabilarse.

—¡No puedo decirte!, ¡¿bien?! —Soltó abruptamente, volteándose hacia un lado.

—¿No puedes decirme? ¿Y eso por qué? Ya deja de jugar.

—¡No es un juego! No puedo decirte por qué prometí no hacerlo, ¿de acuerdo? Y Jude el Carmesí podrá ser muchas cosas, ¡pero no rompe una promesa y tú lo sabes bien! ¡Así que ya no insistas!

Aquello dejó perplejo al oficial. ¿Había prometido no decirlo? ¿A quién?, ¿a Day? ¿Tan serio había sido?

Jude se acomodó su saco y se viró de nuevo hacia su habitación, acelerando su paso hacia éste.

—Y ni se te ocurra irle a preguntar a Loreili, ¿oíste? —Indicó por último mientras se alejaba.

—Como digas…

Henry permaneció de pie en su sitio, sin intención de seguirlo o de hostigarlo con más preguntas. Encima de todo, lo que había mencionado era cierto: Jude el Carmesí no rompía una promesa; era demasiado honorable, o quizás terco, para hacerlo. Y lo que menos deseaba era forzar a que aquello cambiara. Pero no podía evitar pensar que fuera lo que fuera que hubiera ocurrido, era algo que definitivamente debía averiguar de alguna forma, aunque no pudiera preguntárselo directamente a los dos principales involucrados.

— — — —

Horas después de su plática, Henry seguía algo pensativo. Ciertamente el arreglar los múltiples problemas personales del capitán no era parte de sus obligaciones como primer oficial o como amigo. Aunque en efecto, de alguna u otra forma, el deber de mantener la armonía y el buen trato entre los tripulantes había recaído en él con el pasar de los años; Jude era bueno en muchas cosas, pero bastante malo en otras, y una de ellas era mantener la paz entre sus tripulantes. Pero esta nueva chica no era en sí un tripulante precisamente. El plan era, después de todo, que dejara el barco muy pronto, por lo que era poco probable que hubiera el suficiente tiempo para que esta enemistad que había surgido entre ambos escalara a algo de lo que debía realmente preocuparse. Pero entonces, ¿por qué en efecto sí le preocupaba? Quizás sólo se estaba portando demasiado sobreprotector, como si se tratara de la mamá de los pollitos. Ni Jude ni esa sirvienta eran unos niños a los que tuviera que vigilar y cuidar para no se lastimen… ¿o sí?

A media tarde, el primer oficial se retiró a su aposento para despejarse un poco. Su cuarto no era tan grande u ostentoso como el del capitán, pero era bastante amplio y cómodo. En él tenía su propia cama, su ropero, un escritorio, un pequeño librero y una ventanilla desde la cual tenía una gran vista del mar; no ocupaba realmente mucho más. El lugar era tan pulcro como su propia persona. Procuraba tenerlo siempre todo muy ordenado, y no cargarle tanto la responsabilidad de su limpieza a Kristy (y temporalmente a Day).

Se sentó por al menos una hora en su escritorio a escribir en su bitácora, en la cual se encontraba alguno días atrasado. Habían sido jornadas movidas, y debía dejar constancia de lo ocurrido en éstas, incluyendo el asalto al Santa Carmen y a la mansión del Regente de Torell. Y claro, los curiosos botines que habían obtenido en ambos atracos. Mientras escribía sobre todo aquello, pensaba que quien leyera eso no podría creer que realmente hubieran terminado robando un baúl lleno de ositos, y una chica. Dudaba que hubiera algún novelista al que se le pudiera haber ocurrido una idea tan absurda.

El enfocarse en su bitácora le distrajo un poco, pero no lo suficiente. Seguía preguntándose de vez en cuándo qué había ocurrido entre Jude y su polizona. Que el primero hiciera algo que molestara a alguien no era raro, pero que hiciera algo que le molestara a sí mismo… eso sí que era inusual. Quizás en el fondo lo que lo alimentaba era eso: una ferviente curiosidad que no se animaba a aceptar abiertamente.

De pronto, escuchó como unos pequeños nudillos llamaban a la puerta, sacándole lo poco que le quedaba de concentración.

—¿Oficial Henry? —Escuchó pronunciar al otro lado de la puerta la aguda voz de Kristy—. ¿Tiene ropa sucia que desee que lave?

Henry colocó la pluma en el tintero y alzó sus brazos por encima de su cabeza para estirarlos un poco.

—Adelante, Kristy —indicó con normalidad—. Está sobre la cama, gracias.

Y en efecto, sobre la cama había colocado dobladas un par de camisas blancas y dos pantalones.

La puerta del cuarto se abrió, y Kristy se introdujo tímidamente mientras cargaba una amplia canasta de madera, ya con varias prendas en su interior. La jovencita caminó hacia la cama con su cabeza agachada, como si evitara voltearlo a ver. Siempre se ponía así de nerviosa cuando le tocaba entrar a su habitación estando él presente. Henry era bastante consciente de ello, y normalmente procuraba no hacer nada que empeorara su estado. Sin embargo, justo cuando le echó un vistazo rápido mientras colocaba la ropa en la canasta, se le vino a la mente una idea.

Se detuvo unos momentos a analizar qué tan correcto sería hacer lo que tenía en mente. Definitivamente desde la perspectiva de algunos sería algo criticable, pero se trataba de un bien mayor: entender los problemas de dos habitantes de su barco, hallar la forma de solucionarlos… y saciar su curiosidad de paso.

Henry se paró de pronto de su silla, tomando un poco por sorpresa a la jovencita.

—Kristy, ahora que lo pienso, ¿podrías ayudarme con algo?

—¿Eh? —Exclamó la cocinera al inicio confundida, pero de inmediato despabiló—. ¡Ah!, claro, lo que sea, sí… ¿ocupa que lave algo más por usted?

—Gracias, eres muy amable. Pero no se trata de eso…

Kristy no se dio cuenta en un inicio, pero mientras le hablaba Henry se movió sutilmente hacia un lado, colocándose justo en el espacio entre ella y la puerta entreabierta… como si quisiera cortarle el paso en caso de que quisiera escapar. Aquel pensamiento le llegó fugazmente, pero intentó deshacerse de él de inmediato.

—Eres una persona muy atenta y siempre tienes los ojos muy abiertos, ¿no es así? —Comentó el rubio con tono jovial y una pequeña sonrisa—. Te preocupas por todos y cada uno de los integrantes de este barco sin importar cómo te traten; esa es una cualidad espléndida en un grupo como éste. Por lo mismo, estoy seguro de que te habrás dado cuenta de que la llegada de Day Barlton fue muy sorpresiva, y trajo consigo diferentes puntos de vista, e incluso algunos roces entre los tripulantes. Lo que más deseo yo, y no dudo que tú igual, es preservar la buena convivencia y la unidad de los hombres y mujeres de este barco, y limar cualquier aspereza antes de que se vuelva más grande. ¿Estás de acuerdo?

—Su… pongo que sí… —respondió algo cohibida la jovencita, sin entender muy bien realmente a dónde quería llegar con todo eso. Pero Henry no tardó mucho en dejárselo más claro.

—Muy bien. Y es por eso que te pregunto lo siguiente. —Hizo una pequeña pausa, antes de soltarlo más directamente—. ¿Sabes por qué Day y Jude están tan en malos términos?

Kristy se sobresaltó con sus ojos muy abiertos, y por un segundo pareció que soltaría la canasta que cargaba consigo.

—Obviando claro el asunto de la polizona asesina, el grillete o el baúl —prosiguió Henry para explicarse mejor—. ¿Sabes qué otra cosa en particular ocurrió entre ellos?

—¿Entre Day y el capitán…? —Balbuceó Kristy bastante, pero bastante, nerviosa—. ¿En malos términos?, ¿ellos? No sé a qué se refiere… No he notado nada fuera de lo normal… Digo, el capitán es un hombre difícil, recuerde… siempre se lleva mal con los nuevos. Bueno, digo, no me ha tocado verlo con mucha gente nueva luego de mí, pero por lo que dicen, la señorita Shui casi lo mata, e igual el señor Luchior… Creo que Day sólo necesita acostumbrarse a su forma de ser, ¿no? Así como le pasa a todos. No tiene por qué haber ocurrido algo en específico, ¿no cree?

Terminó su comentario con una sonora risilla, más nerviosa que cualquiera otra cosa; incluso a Henry le pareció ver una pequeña gota de sudor recorriéndole su frente. El oficial sólo le sonrió con paciencia. Tenía sus dudas al inicio, pero su reacción le confirmaba que en efecto ella lo sabía. Day y ella se habían vuelto cercanas rápidamente. Si había pasado algo grave, ella sería la única persona en ese sitio con quien podría hablarlo. Pero Kristy era una persona muy noble, quizás la más noble de ese lugar. De seguro la sola idea de contarlo sin permiso le carcomía por dentro.

—No es necesario que finjas más, sé que algo más ocurrió entre ambos —señaló el rubio, dando un paso hacia ella, el cual Kristy instintivamente respondió alejándose un paso atrás—. E igualmente sé que ella te lo tuvo que haber contado a ti. Eres con quien más tiene contacto de todos los tripulantes.

Kristy volvió a reír sonoramente, e intentó moverse discretamente hacia un lado para sacarle la vuelta, pero el ancho cuerpo del oficial se interponía siempre en sus rutas de escape.

—Qué… cosas dice, oficial… Yo en verdad no sé de qué habla…

—Te comprendo, enserio —señaló Henry firmemente, inclinado un poco su rostro hacia ella para poder verla a los ojos—. Sé que para ti, incluso el pensar en contar el secreto que un amigo te confió es algo terrible. Pero tú me conoces; sabes que si quiero saberlo es justamente porque deseo ayudar. Ambos sabemos que Jude… no tiene el tacto adecuado para lidiar con situaciones como ésta. Y para bien o para mal, me tiene a mí para echarle una mano en estas cuestiones en las que él no es muy habilidoso. Pero no puedo hacerlo si no sé qué fue lo que ocurrió.

Kristy lo miró en silencio, dubitativa. Bajó su mirada apenada y confundida hacia la ropa en la canasta, buscando entre ella alguna pista con respecto a lo que debía decir o hacer.

—Y… suponiendo que en verdad hubiera un problema fuera de lo habitual… ¿En verdad cree que podría solucionarlo? ¿Qué tal si es un asunto muy, muy, muy privado y vergonzoso…?

—Acepto que no soy el hombre más perfecto del mundo, ni tampoco el más adecuado para las situaciones delicadas. —Mientras hablaba cortó con pasos cuidadoso la distancia entre ambos, hasta poder colocar su mano derecha suavemente sobre el hombro de Kristy y mirarla fijamente a los ojos. Esto dejó totalmente indefensa a jovencita, cuyo rostro se volvió tan rojo como un tomate, y sus manos sudorosas y nerviosas casi dejaron caer irremediablemente la canasta de ropa—. Pero te aseguro que haré todo lo que esté en mis manos para que los dos se calmen. A ti también te preocupa Day, ¿no es cierto? De seguro no te agrada, y hasta te preocupa, cómo se comporta en estos momentos y cómo podría afectarla. Déjame ayudarte quitándote un poco de esa preocupación, ¿de acuerdo?

Kristy lo miró de reojo en silencio mientras él declaraba todo aquello de una forma bastante segura y convincente. Un pesado suspiro se escapó de sus labios, y dejó entonces la canasta en el suelo suavemente.

—Le creo —titubeó la cocinera en voz baja—. Pero si se lo digo, debe jurarme por su honor que no se lo dirá a nadie más. Day no quiere que nadie en este barco piense mal de ella por lo que pasó, en especial porque no fue su culpa. Ella… es una persona buena, y aunque no me lo ha dicho abiertamente, creo que ha pasado por ciertas cosas malas de las que no quiere hablar… y yo sé cómo se siente eso…

Aquella afirmación sorprendió a Henry, pero también le preocupó un poco.

—Te lo juro, no diré ni una palabra —le respondió con firmeza, colocando su palma derecha sobre el lado izquierdo de su pecho—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Jude le hizo algo malo a Day acaso?

—No, no… bueno, no lo creo —respondió Kristy rápidamente, agitando sus manos alarmada—. Yo sé que el capitán no es ese tipo de persona, pero para ella es difícil verlo de esa forma…

Henry arqueó una ceja intrigado. Se cruzó entonces de brazos, y se limitó a escuchar atentamente todo lo que la cocinera tenía que decirle.

— — — —

Su corta plática con Kristy le había dejado mucho más claras las cosas; de hecho, ahora todo tenía mucho más sentido. Unos minutos después de que Kristy se fuera con su ropa sucia, Henry salió de su cuarto y se dirigió directo al camarote del capitán. Se tomó unos momentos para pensar en cómo abordar el tema de forma efectiva, pues él más que nadie sabía lo difícil que podía ser Jude el Carmesí.

Se paró firme justo afuera de su puerta, y la tocó con algo de fuerza con sus nudillos.

—Adelante —escuchó que pronunciaba con indiferencia la distintiva voz de su capitán.

Henry abrió la puerta sólo un poco y se asomó hacia adentro. Jude al parecer había sacado su viejo caballete y uno de los lienzos que guardaba en la bodega, y se encontraba en esos momentos sentado en un taburete delante de éste. En el lienzo se veía la silueta dibujada con carbón de un plato de frutas, y un cuarto de los colores plasmados con óleo. Y susodicho plato con frutas se encontraba colocado sobre su escritorio… el mismo plato con frutas falsas que había intentado pintar en al menos tres ocasiones anteriores, sin concluir satisfactoriamente ninguno.

—Jude, ¿estás ocupado? —cuestionó el oficial, ingresando al cuarto y cerrando la puerta detrás de sí.

—¿Tú qué crees? —le respondió el pelirrojo secamente, mientras pasaba un pequeño pincel con un poco de rojo por una opaca manzana. Se había retirado su sombrero, su abrigo y sus guantes para realizar su labor artística. Y aunque Henry no veía su rostro, podía imaginarse que éste tenía una expresión de frustración.

—¿Estás pintando de nuevo? Hacía mucho que no lo hacías.

—Ayuda a distraerme de mis problemas. Pero estos estúpidos pinceles son tan… —En su intento de que la pintura se concentrara más en un punto, terminó presionando de más, y parte de rojo saltó la base de carbón, manchando al inocente plátano de al lado—. ¡Argh!, ¡con un demonio…!

Jude se paró molesto de su taburete y por un momento pareció que iba a tirar las pinturas y el lienzo al suelo. Sin embargo, logró respirar lentamente, sentarse de nuevo y evitar un arrebato innecesario. Henry pensó que quizás no le estaba ayudando tanto a distraerse como él quería.

—Cómo sea, necesito hablar contigo sobre Day —señaló sin rodeos, acercándosele.

—¿Quién?

—Loreili.

—¡No sigas insistiendo con eso! —Profirió Jude molesto, girándose a verlo sobre su hombro—.  Ya te dije que di mi palabra de caballero, y por mi honor…

—Ya sé lo que pasó en el cuarto de baño —soltó Henry de golpe sin darle más vueltas, tomando totalmente desprevenido al Pirata Carmesí.

—¡¿Qué?! —Exclamó Jude, parándose de golpe y ahora sí dejando caer sus pinturas y su caballete, aunque no con intención—. ¡¿Cómo rayos te enteraste?! ¡Si yo hice todo lo posible por…!

—Descuida —se apresuró el oficial a señalar, alzando una mano al frente en señal de calma—. No me enteré por ti. Sorprendentemente, hiciste más o menos un buen trabajo guardando el secreto.

—Oye, ¿qué quieres decir con sorprendentemente y más o menos? —masculló Jude ofendido, pero Henry prefirió ignorar dicho reclamo.

—Y ciertamente no pienso compartir un hecho tan penoso con nadie más; por el bien de ella, por supuesto. Sin embargo, es más que comprensible que se encuentre tan molesta contigo; más de lo normal, claro.

—¡Oye!, ¡nada de eso fue mi culpa! Yo estaba muy tranquilo a punto de tomar mi baño, ¡cuando esa despiadada asesina de Kalisma se metió en mi bañera y…!

—Jude… —murmuró Henry, mirándolo con cierta severidad.

El discurso del capitán fue cortado de golpe. Suspiró pesadamente y se sentó de nuevo en su taburete, con sus piernas y brazos cruzados.

—Fue un malentendido, ¿de acuerdo? —Susurró casi entre dientes, mirando hacia un lado—. Sabes que yo nunca haría algo tan ruin como eso.

—Lo sé —le respondió Henry, y entonces se tomó la libertad de tomar una de las sillas del escritorio y colocarla justo delante de él. Tomó asiento, cruzó una pierna sobre la otra, y lo miró fijamente con expresión seria—. Pero de todas formas deberías de considerar disculparte con ella y aclarar las cosas.

—¡Por supuesto que no! —Masculló Jude alzando de más la voz—. Primero muerto que disculparme con mi rehén, ¡especialmente cuando no fue mi culpa!

“Bueno, definitivamente tampoco fue culpa de ella”, pensó Henry para sí mismo, pero fue un pensamiento que prefirió guardarse. Soltó un pequeño alarido de cansancio, y se talló un poco los ojos con sus dedos. Había pensado bastante sobre decirle o no lo que tenía en mente, principalmente porque Jude tendía a ser impredecible, y por lo tanto no sabía con exactitud cómo podría reaccionar. Pero al final había resuelto que si acaso quería convencerlo de dar el primer paso, sería arriesgarse y ver qué pasaba a continuación.

—Creo que no estás del todo consciente de lo realmente grave que pudo haber sido este incidente desde su perspectiva —musitó de golpe con cierto reclamo en su tono que a Jude confundió aún más.

—¿De qué hablas?

—Escucha… —Henry inclinó un poco su cuerpo al frente para encararlo más directamente—. El día que Day llegó, nos contó a Lloyd y a mí un poco sobre cómo era su vida en aquella mansión. Y sobre por qué realmente terminó encerrada en ese baúl.

Jude miró a su oficial con incertidumbre, y éste sin mucha espera le contó lo poco que Day les había contado aquel día, pero que consideraba más que suficiente para explicar su reacción. Y, efectivamente, todo se volvió un poco más claro para Jude en aquel momento.

FIN DEL CAPÍTULO 11

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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