Original El Manto de Zarkon – Capítulo 01. Isabelleta Rimentos

20 de noviembre del 2019

El Manto de Zarkon - Prólogo

El Manto de Zarkon

Por
Eliacim Dávila

Capítulo 01
Isabelleta Rimentos

La princesa inspeccionó por última vez la que fue por diez años su habitación en el Palacio Imperial de Marik; suya y de su esposo, el príncipe Frederick, para ser precisos. Su excusa para permanecer un poco más era que quería revisar que no olvidaba nada, pese a que ella sabía que todo lo de valor ya estaba empacado y cargado en alguno de los carruajes de la caravana. Lo que realmente hacía, siendo en secreto una nostálgica y sentimental sin remedio, era despedirse de aquel espacio que tanto la vio reír, llorar, lamentarse y alegrarse, ser cómplice de alguno que otro secreto, sin mencionar las noches que pasó con Frederick en aquella cama y entre esas sábanas.

Recorrió aquel espacio cuadrado de un extremo a otro, pasando sus dedos y su mirada por las gruesas y suaves cortinas, por la superficie lisa del escritorio de caoba, por el tapiz corrugado de las paredes, por los estantes de los muebles para libros ahora vacíos, e incluso sobre la cama en esos momentos despojada de todos sus cobertores. Se permitió además sentarse unos momentos en el colchón desnudo, sintiendo la complexión de éste como si le resultara totalmente nuevo. Estando ahí sentada, echó un vistazo lento a su alrededor, y dejó salir un suspiro pesado, casi melancólico.

Se sentía tonta e inmadura por reaccionar de esa forma. Y la mayor ironía de todo era que, cuando llegó por primera vez a aquel sitio, ese cuarto le había parecido tan frío y gris (igual que todo ese palacio, cabía mencionar), que estaba convencida de que nunca podría siquiera conciliar el sueño en un sitio así. Diez años después, ahí estaba, lamentándose por tener que dejarlo atrás, como había dejado antes la casa de su infancia, a sus padres, a sus amigos, y a todo su país; todo eso cuando aún era llamada Isabelleta Vons Kalisma, y no Isabelleta Rimentos, princesa del Iluminado y Justo Imperio Volkinia. En aquel entonces ni siquiera tenía el título de princesa, sino el de duquesa (aunque “hija de duque” sería más exacto). Ahí en Volkinia, todo Rimentos, de nacimiento o matrimonio, recibía el título de príncipe o princesa de la mano del Emperador. Sonaba bien en un inicio, pero como todo, mientras más personas lo tenían, menos valioso se volvía.

Pero ahora, desde hace apenas tres semanas de hecho, acababa de ganarse un nuevo título que usaría adyacente al de princesa: emperatriz segunda, que de hecho sonaba también más espectacular de lo que realmente era, pero era compartido considerablemente por menos personas. El precio de éste era, sin embargo, esa nueva mudanza, y esa nueva despedida de un sitio que ya había empezado a considerar su hogar.

Pero esos pocos segundos serían los únicos en los que se permitiría dejarse llevar por esas sensiblerías. Una vez que terminara ahí, se limpiaría la cara y saldría de ese palacio con la cara en alto, dichosa y orgullosa de aceptar aquel nuevo desafío. Pues aquello era lo que siempre había querido, después de todo. Ser emperatriz segunda de un territorio conquistado, era quizás lo más cercano a ser reina que podría llegar alguien en su posición, y sabía que merecía ser más que sólo una princesa de adorno para el sobrino del emperador. Era una Vons Kalisma, después de todo; quizás no descendiente directa de la línea principal, y lo suficientemente alejada de ésta para no poseer la emblemática caballera plateada que solía acompañar a su apellido, pero aun así por sus venas corría la sangre de reyes y conquistadores… aunque tuviera que hacerla notar a través de su matrimonio.

—Alteza —escuchó que la vocecilla de una de sus doncellas le llamaba desde la puerta del cuarto, separándola de una sacudida de su cavilaciones—. Ya está todo listo para partir, y el príncipe la espera en el salón. ¿Quiere que le diga que necesita un poco más de tiempo?

Isabelleta apenas y la miró por el rabillo del ojo sobre su hombro. La acompañaban dos más con el uniforme de diario color gris del palacio, que cargaban consigo algunas mantas blancas dobladas. Se volteó hacia las cortinas dándoles la espalda, y se talló un poco los ojos con sus dedos para intentar despejar cualquier rastro indebido que pudiera haberle quedado en ellos. Su preocupación fue exagerada, pues en realidad se encontraban bastante secos. Se paró de la cama con su postura recta, y le sacó la vuelta a ésta para aproximarse a la puerta con paso firme.

—No, ya he terminado —le respondió con voz apacible—. Llévame ante mi esposo, por favor.

Las tres sirvientas inclinaron su cuerpo al frente en una pronunciada reverencia, y se hicieron a un lado para que pudiera salir. Una vez que Isabelleta estuvo en el pasillo, las dos jovencitas con las mantas entraron al cuarto, y comenzaron diligentemente a cubrir los diferentes muebles con ellas. La tercera, que portaba el uniforme de gala azul marino y blanco que les acababan de confeccionar, comenzó a guiar a la princesa hacia el salón. Cuando iban a medio pasillo, Isaballeta escuchó como cerraban la puerta a sus espaldas, e incluso como le colocaban llave. Se cuestionó unos momentos si acaso su antiguo cuarto sería habitado por alguien más en algún momento próximo, o por el contrario permanecería cerrado por años. Como fuera, aquello ya no era su asunto.

— — — —

Tal y como su doncella le informó, Frederick la esperaba en el salón principal de la planta alta, una galería larga de sillones terciopelados, mesas para té y bocadillos, pinturas, esculturas y ventanales para recibir visitas y tener reuniones más íntimas; si entre veinte y treinta persona podía considerarse como tal. El príncipe, recientemente nombrado emperador segundo, se encontraba de pie frente a una de las ventanas, contemplando los jardines del ala sur. Cuando escuchó el sonido de los tacones de Isabelleta resonar sobre el suelo, se giró hacia su dirección con sus manos juntas detrás de su espalda, y una notable firmeza marcial en su postura.

Isabelleta lo contempló con disimulo mientras se le aproximaba, reconociendo que se veía especialmente bien esa mañana… quizás, demasiado bien. Su cuerpo alto y fornido se encontraba enfundado en el interior de su traje de gala estilo militar color rojo vino, con hombreras y botones dorados; el más fino que tenía. Su cabello y su abundante bigote anaranjado, estaban bien arreglados y brillantes, y en su costado portaba la espada ceremonial de empuñadura dorada. Pareciera que estuviera a punto de entrar a un salón en el que se ofrecía un elegante baile, y no de emprender un viaje en carruaje de varios días, seguido de otro de cuatro semanas en barco. En comparación, a la princesa le pareció que su vestido sencillo verde olivo y su abultado abrigo de zorro plateado, lucían bastante casuales, y sintió un ligero resentimiento hacia su esposo por ello.

Se dio cuenta de que él también la miraba con sus ojos verdes claro, casi grises, pero no tuvo idea de qué pensamiento le haya pasado por la mente en ese momento.

—Isabelleta —le saludó el príncipe con un ligero asentamiento de su cabeza hacia el frente, una vez que estuvo de pie delante de él.

—Frederick —le respondió ella con el mismo tono y con el mismo movimiento. Saludos bastante formales y fríos, incluso para miembros de la realeza. Pero era el tipo de etiquetas que se esperaban de aquellos en sus posiciones, al menos en público; y en ese momento se encontraban rodeados de diez sirvientes que aguardaban también el momento de irse—. ¿Y las niñas?

—Ya las he hecho traer —contestó Frederick, inmutable—. ¿Te aseguraste de no olvidar nada como deseabas?

—Todo está listo —contestó con normalidad, quizás incluso un poco impasible.

Mientras hablaba, se aproximó sutilmente a la misma ventana por la que él miraba, contemplando también los jardines. Al parecer un poco de nieve había caído durante la madrugada. «Una de esas esporádicas nieves volkineses típicas del final del otoño», pensó Isabelleta, aunque ese año parecían ser más que esporádicas. Y lo peor era que los rumores decían que el clima en los territorios conquistados, era aún más extremo e impredecible que ahí en el Imperio.

—¿Estás emocionado? —le cuestionó de pronto a su esposo, mirándolo tenuemente de lado.

—¿Por el viaje? Yo no lo describiría de esa forma —respondió Frederick con firmeza.

—Me refería al cambio, supongo. ¿No sientes nervios?

—No… No aún, al menos. Pero tengo mucho tramo de viaje para comenzar a sentirlos. ¿Y tú?

Isabelleta se encogió de hombros.

—Sólo soy la emperatriz segunda. Si Volkinia Astonia es como aquí, no creo que mucha gente se fije en mí. Estarán muy ocupados buscando cómo criticar o desestimar al emperador segundo. Así que puedo estar tranquila y ser yo misma.

Pese a que intentaba decir aquello con voz suelta, incluso bromista, algo de animosidad se asomaba entre sus palabras. A Frederick eso no le molestó, e incluso le simpatizó lo suficiente para dibujar una modesta sonrisa debajo de aquel poblado bigote.

—Ya hablando enserio, sé que todo saldrá bien —le susurró la princesa despacio, inclinando su rostro un poco hacia él como si temiera que los sirvientes la escucharan—. Eres la mejor persona a la que el emperador pudo haber nombrado para gobernar en su nombre en Volkinia Astonia. De hecho, si no se cuida, la gente de allá te preferirá a ti como su gobernante legítimo por encima de él.

—No bromees con eso —le susurró Frederick igualmente en voz baja—. Pero, gracias. Significa mucho tenerte como mi apoyo; a ti y a las niñas…

Como invocadas por su alusión, las dos pequeñas ingresaron un segundo después por las puertas de la estancia. Eran escoltadas por detrás por sus dos damas de compañía, dos gemelas hijas de un barón de posición media, algo flacuchas y poco agraciadas, pero bastante discretas y silenciosas; dos cualidades que Isabelleta apreciaba. Las dos princesas usaban un vestido blanco de hermosos holanes, y un abrigo de zorro similar al de su madre; era lo que todas las mujeres nobles usaban en esos momentos, por algún motivo. Se aproximaron hacia sus padres, haciéndole a cada uno reverencia, cruzando sus delgadas piernas y agachando sus cuerpos lo más que éstas les permitían. La mayor lo hizo de manera excelente, pero la menor estuvo a punto de caer de sentón al suelo en su intento.

—Buenos días, papá, mamá —los saludó con elocuencia la hija mayor, la princesa Isabelleta II de nueve años, nombrada obviamente en honor a su madre, y por la insistencia del propio emperador en que lo hicieran por lo gracioso que le resultó dicho nombre desde la primera vez que escuchó a Isabelleta madre pronunciarlo con su acento kalismeño. Hasta esa fecha, desconocía si había sido en un intento de humillarla o enaltecerla, pero a modo personal la idea de que su primera hija tuviera su nombre le causaba alegría, y a veces algo de confusión. La niña lucía además unos hermosos caireles rubios, similares a los suyos, y mientras más crecía sus rostros más se asemejaban el uno al otro. Pero para bien o para mal, sus parecidos hasta el momento se limitaban sólo en lo físico.

La menor, la princesa Mina, no pronunció nada como saludo, y la mayor parte de su concentración de enfocó en no caer. De todas formas la jovencita de siete años era siempre muy callada, incluso para su edad. Sus cabellos tenían ese tono entre rojizo y anaranjado que tanto distinguía a los Rimentos; y a diferencia de su hermana, que se notaba que su dama la había peinado con detenimiento esa mañana, la cabellera de Mina se encontraba totalmente suelta y cayendo sobre sus hombros, incluso algo desarreglada. Isaballeta sintió el impulso de reprenderlas tanto a ella como a su dama, que aguardaba a unos metros de distancia con su cabeza agachada y en posición asustadiza. Pero al final desistió… Ella más que nadie sabía lo difícil que era la segunda de sus hijas, así que no envidiaba a la pobre y desdichada baronesa.

Frederick regresó el saludo de sus hijas con un modesto asentimiento de su cabeza. Isaballeta se permitió menos frialdad, aproximándose a ellas y pasando su mano enguantada por sus rostros redondos, y permitiéndose incluso tallar una pequeña mancha blanquizca de azúcar en la comisura de la boca de Mina.

—¿Qué hay de ustedes?, ¿están nerviosas? —les cuestionó Isabelleta de pronto, como si hubieran sido parte de su conversación desde el inicio.

—En lo absoluto —respondió Isabelleta II, esbozando una radiante sonrisa y logrando que en sus mejillas se formaran unos lindos hoyuelos—. En realidad, estoy emocionada de conocer un sitio totalmente nuevo, y de recorrer el mar del norte. Quizás nos crucemos incluso con algún iceberg.

—Siempre que lo rodeemos —señaló la emperatriz segunda sólo con la dosis necesaria de interés, y se viró entonces hacia su otra hija—. ¿Y tú, Mina? ¿Nerviosa? —La niña la miró con sus ojos bien abiertos por unos segundos, y luego negó lentamente con su cabeza—. ¿Y emocionada? —Su reacción fue exactamente igual a la de la pregunta anterior.

—No le emociona estar encerrada tantas horas en el interior de un coche —susurró muy despacio la hermana mayor como si la estuviera acusando. Mina frunció el ceño, al parecer inconforme por esto.

—Descuiden, haremos descansos cada cierto tramo para estirar las piernas —advirtió Frederick, uniéndose a la plática—. Y  las noches las pasaremos en pueblos elegidos en nuestra ruta. Todo está bien planificado.

—¿Lo ves? —le señaló Isabelleta II a su hermana, colocando una mano sobre su hombro. La niña siguió sin responder, pero su rostro se tornó más calmado.

Una de sus sirvientas, la mayor y de más rango entre ellas, se les aproximó con cautela por un costado una vez que los saludos parecieron haber concluido.

—Altezas, su carruaje los espera —les indicó con cortesía, extendiendo su mano hacia la puerta.

Era hora de partir. Y claro, tenían que hacer un espectáculo de aquello desde el mero inicio. Isabelleta y Frederick se adelantaron hasta colocarse delante de la puerta. La princesa se paró derecha a lado de su esposo, y rodeó el brazo de éste con es suyo. Sus dos hijas tomaron su respectivo lugar detrás de ellos, seguidas por sus damas de honor, y luego por el resto de sus sirvientes personales que los acompañarían en dicho viaje, formando de cierta forma dos filas paralelas alineadas y rectas.

La pareja comenzó a andar hacia el pasillo de la planta alta, y en dirección a las escaleras principales del palacio que daban hacia el gran vestíbulo. Al pie de las escaleras, los esperaban dos hileras más de sirvientes, luciendo también sus mejores galas, aunque no tanto como los uniformes azul marino y blanco de aquellos que acompañaban en ese curioso cortejo. Detrás de esos muros de sirvientes, se encontraban varios nobles locales, hombres y mujeres, que habían acudido para despedirlos en persona. No era muchos, pero los suficientes como para que sus modestos aplausos se hicieran sonar en el eco de aquel amplio espacio.

Cuando pasaban delante de ellos, los sirvientes que formaban el camino agachaban sus cuerpos en profundas reverencias, y los nobles aprovechaban para esbozar algunas palabras de apoyo.

—Buena suerte, alteza.

—Traiga orgullo a su apellido.

—Esperamos verlos pronto por aquí, alteza.

Frederick respondía cada saludo con una mirada, una sonrisa y un sencillo movimiento de su cabeza. Isabelleta era algo más reservada, y sólo asentía de vez en cuando. Sus hijas hacían lo propio unos pasos detrás, con sus caras en alto, exudando ferviente confianza… o, al menos Isabelleta, ya que Mina avanzaba más con el rostro agachado, y sólo de vez en cuando saludaba a algunas de las personas modestamente con una mano.

 Lo cierto era que a ninguno de esos visitantes le importaba demasiado quien gobernara con Volkinia Astonia. Mientras sus acuerdos comerciales se respetasen, los cargamentos fueran y vinieran sin problema, y los respectivos impuestos llenaran las arcas, todo funcionaba a la perfección para ellos. La mayoría sólo estaba ahí para quedar bien con el nuevo emperador segundo, por si acaso se les llegaba a ofrecer; y claro, de paso también con el emperador si les era posible. Sin embargo, en eso último quizás quedaría decepcionados, pues en todo lo que llevaba de esa mañana Isabelleta no había visto a su tío político por ningún lado, y al parecer tampoco se encontraba ahí presente.

—¿El emperador no viene a despedirnos? —le susurró despacio a Frederick cuando iban a mitad de su recorrido hacia las puertas abiertas que comunicaban con el jardín frontal.

—Se ha sentido algo indispuesto esta mañana —le respondió el príncipe Rimentos disimuladamente—. Me ha convocado a sus aposentos más temprano para charlar. Me dio su bendición y consejo.

Isabelleta asintió, conforme con su respuesta.

“Indispuesto” cuando se trataba del emperador Roderick Rimentos, podía significar muchas cosas. Pero Isabelleta supuso que quizás el frío le había causado un pequeño catarro, y tan orgulloso como era prefería encerrarse todo el día en su cuarto y atender sus asuntos desde ahí con más privacidad, antes de permitirse estornudar enfrente de los otros nobles. Era un hombre difícil, por decirlo menos, con el que Isabelleta tuvo que convivir mucho más que con su propio suegro. Le hubiera gustado decir que en esos diez años le había tomado algo de cariño como padre postizo, o al menos como tío… Pero lo cierto era que su incómodo sentido del humor, nariz fisgona que disfrutaba meterse en asuntos ajenos, y comentarios hirientes o fuera de lugar, no eran de las cosas que extrañaría de ese sitio.

Tras el amplio y alto arco de la entrada principal del palacio, los esperaba el extenso y hermoso patio frontal, y dos largas hileras más de personas. Pero esta vez se trataba de soldados, veinticinco a cada lado, vistiendo los uniformes plateados y abrigos blancos como la nieve. Eran la guardia personal que los acompañaría durante ese viaje para su protección y apoyo, cuidadosamente elegidos de la milicia volkines para servir a los nuevos emperador y emperatriz segunda de Volkinia Astonia. Muchos lo considerarían un honor, aunque quizá algunos un descenso.

Cuando los cuatro miembros de la Familia Imperial Rimentos pasaron por la puerta, los cincuenta soldados desenvainaron sus brillantes sables y los alzaron al frente, formando con ellos un vistoso túnel para cubrir su camino.

—Genial —escucharon como Mina susurraba maravillada.

La pequeña comitiva siguió su camino pasando por aquel camino mientras eran cubiertos por las armas de sus guardias. Su andar se volvió más firme y ceremonioso en ese último tramo. Aun así, Isabelleta se permitió mirar discretamente a cada uno de esos galantes y jóvenes hombres. Tenía un cierto gusto secreto por esos uniformes plateados, pulcros y brillantes, especialmente cuando entornaban figuras atléticas y fuertes, y eran coronados por rostros finos con ojos y cabellos claros; hombres fuertes y hermoso por igual, propios de la raza volkines. Si había algo que debía admitir que le gustaba de su nueva nación, era definitivamente sus hombres. Incluso su esposo era bastante apuesto y fornido; no hubo queja alguna al respecto cuando se conocieron, y hasta la fecha.

La gente en Volkinia, sobre todo la alta y media nobleza, eran de carácter conservador y muy religioso. No era bien visto que una mujer, en especial una casada, expresara tan directamente ese tipo de gustos, aunque ella sabía muy bien que no era ni de lejos la única en esa corte que sentía lo mismo, e incluso más de una habían llevado aquello a mucho más que sólo mirar o un coqueteo inocente ocasional. Pero a diferencia de ellas, Isabelleta no se regodeaba de la superioridad moral.

—¿El uniforme de tus soldados también será azul marino, papá? —Oyó que su hija mayor cuestionaba curiosa detrás de ellas—. ¿O los dejarás plateados?

—Creo que actualmente en Volkinia Astonia usan negro —le respondió Frederick tranquilamente—. Aún no lo he decidido, en realidad.

A Isabelleta le dieron la “transcendental” tarea de decidir el color y el diseño del uniforme que llevaría la nueva servidumbre, algo que de seguro le encargaban a toda emperatriz segunda como si realmente importara mucho qué usaran o no. No le dedicó demasiado tiempo a ello, y se decidió rápido por ese modelo azul y blanco; aunque debía aceptar que en realidad se les veía muy bien. Pero si acaso le consultaban sobre los uniformes de los soldados, ella preferiría que se quedaran con las elegantes casacas plateadas, aunque sabía que eso no sería posible pues ese era el color propio de los ejércitos bajo el mando directo del emperador. Bueno, al menos podría apreciarlos en con ellos hasta que llegaran a Volkinia Astonia.

De pronto, cuando les faltaban sólo un par de metros para llegar a su carruaje, los ojos de la emperatriz segunda se fijaron en uno de aquellos soldados, pero que sobresalía demasiado del resto. Se encontraba casi al final de la fila del lado derecho. Era un hombre grande… no, más bien enorme; superaba por al menos una cabeza a los dos que tenía a cada lado, que eran ya de por sí bastante altos, incluso un poco más que Frederick. Su complexión era realmente fornida y gruesa, como la de un gran oso. Su cabello era completamente oscuro, y tenía una poblada barba sin candado que cubría toda el área inferior de su rostro, mentón y mejillas. Las facciones de su cara eran toscas, y tenía varias cicatrices recorriéndola, algunas mucho más visibles que otras. Y sus ojos… fueron quizás lo que más le impresionó. Eran profundos y vacíos, como pozos negros que miraban al frente con una expresión fría y dura. Isabelleta se sintió tan impresionada y asustada por aquel rostro, que inconscientemente se apretó aún más al brazo de su esposo. Aquel individuo no parecía ser una persona; por un segundo creyó que se trataba de algún espíritu que se había aparecido y colado entre los vivos; un pensamiento bobo, pero que igual no desechó de inmediato. Aquel hombre, por su parte, en realidad no pareció reparar ni en ella, ni en su familia. Permanecía quieto, extendiendo su arma al frente con los otros, y teniendo sus aterradores ojos fijos al frente. Incluso cuando pasaron justo delante de él, no los miró. Eso, por algún motivo, no le dio ni un poco más de tranquilidad a la emperatriz segunda.

Siguieron de largo en su recorrido, hasta llegar al carruaje plateado con molduras doradas, con cuatro caballos al frente para jalarlo. Frederick ayudó a su esposa e hijas a subir, y luego las siguió. Las damas de compañía y la servidumbre que las acompañaría se dirigieron a sus respectivos transportes, coches similares estacionados a los lados, pero de apariencia menos lustrosa. Sólo hasta que la puerta del carruaje principal fue cerrada, los soldados bajaron sus armas y rompieron su formación, para luego dispersarse y tomar sus posiciones en preparación para la partida.

—Dios, casi me desmayo de la impresión al ver a aquel sujeto —musitó Isabelleta con cierto melodrama en su tono, colocando una mano sobre su agitado pecho.

—¿Quién? —Cuestionó Frederick, un tanto perdido por su repentina afirmación.

—¿Cómo que quién? ¿No lo viste? —Exclamó agraviada la princesa, señalando con su dedo hacia la ventanilla a lado de su esposo—.  A ese soldado, o lo que fuera, tan… aterrador. ¿Enserio es un soldado del imperial? Parecía más un ladrón, o un asesino. ¿Estaremos seguras con un sujeto así en nuestra escolta?

Frederick la miró perplejo. No estaba asustado en lo absoluto por lo que su esposa decía, sino más bien… confundido. Se asomó sutilmente por su ventanilla para ver si lograba identificar de quién hablaba, pero ya quedaban pocos soldados en su rango de visión, y ninguno cuadraba con esa descripción tan escandalosa.

—Mi tío me aseguró que eligió a los mejores para estar en nuestra guardia —indicó Frederick mientras seguía mirando hacia afuera—. Así que debemos tener fe en su decisión.

—Sí, mamá —musitó la pequeña Isabelleta II—, ten fe en su majestad; dudar de él, es dudar de la sabiduría de Dios.

Isabelleta miró de reojo a su hija con cierto reproche. «Siempre tan oportuna en tus comentarios», pensó. «Aludiendo a Dios en cada oportunidad posible, como una verdadera princesa volkines».

Se preguntó si alguno de ellos era realmente tan inocente como para creer que el emperador en persona había elegido a cada uno de esos soldados, o eran conscientes de que aquello era sólo un decir. Y aunque lo hubiera hecho de verdad, ¿por qué ello sería garantía de que no se le había escapado un elemento peligroso entre sus elecciones?, quizás por distraerse un segundo para contar alguno de sus malos chistes. Pero claro, en ese país si el emperador decía que había hecho algo, no había cómo contradecirlo o ponerlo a prueba, pues “dudar de él, es dudar de la sabiduría de Dios”, como bien su hija había señalado. Pero ella era de Kalisma, en dónde los reyes se ganaban sus lugares por fuerza, inteligencia y la necesaria dosis de dureza; no porque tuvieran la supuesta bendición de una deidad. Pero era parte de las cosas que implícitamente había aceptado acatar para ser una Rimentos, con todo lo que ello conllevaba.

Así que si el emperador decía que había elegido a los mejores soldados para ellos, como leal sierva debía sonreír, asentir, y atragantarse con sus dudas.

—Se veía grande, y muy fuerte —escuchó de pronto como añadía Mina, rompiendo por segunda vez en esa mañana su habitual silencio.

—¿Tú sí lo notaste? —le cuestionó Isabelleta con curiosidad, a lo que Mina asintió—. De seguro a ti también de asustó, ¿cierto?

—No realmente —respondió con un pequeño susurro la pequeña, agachando la mirada. No dijo nada más después de eso.

—Ya no pienses en eso —señaló Frederick, permitiéndose en ese momento estrechar entre sus dedos la delgada mano de su esposa; un acto simple, pero que era recomendable para ambientes más privados como ese—. Piensa en que todos estos hombres, sin excepción, darán su vida por ti de ahora en adelante. En unas semanas más, serás la única reina ante la que se inclinarán.

Isabelleta sólo respondió con un modesto asentimiento de su cabeza. En realidad, no estaba segura de querer que un hombre tan poco agraciado como ese se inclinara ante ella.

Se viró pensativa hacia su propia ventana, mirando como el carruaje comenzaba a andar, y por lo tanto a alejarse del palacio. Aquella sensación de nostalgia le volvió abruptamente, y la distrajo de aquella desagradable impresión. Odiaba tanto aquel palacio cuando llegó por primera vez, y sólo hasta entonces se había dado cuenta de lo mucho que se había acostumbrado a él.

¿Qué tan diferente sería el Palacio Imperial en Volkinia Astonia? ¿Qué “emocionante” elección de colores le permitirían hacer una vez que esté allá?

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El Manto de Zarkon. «Los campos de batalla de todo este podrido mundo, están llenos de los cadáveres de quienes alguna vez pensaron que el honor y la lealtad los llevarían a algún lado. Y mira a dónde te han traído a ti.»

La vida tranquila y predecible de la princesa Isabelleta está a punto de cambiar una vez más. Diez años atrás, tuvo que dejar a su familia y a su país para contraer matrimonio con el príncipe Frederick Rimentos, sobrino del emperador de Volkinia. Ahora su esposo acaba de ser nombrado emperador segundo de Volkinia Astonia, el más grande e importante de los territorios imperiales conquistados hace ya casi tres siglos. Por tal motivo, el matrimonio y sus dos hijas tendrán que emprender un largo viaje hasta aquel lugar, y adaptarse a las responsabilidades que sus nuevos estatus conllevarán.

Entre los soldados asignados a la guardia personal de los nuevos mandatarios, hay un extraño hombre alto y de apariencia aterradora, que a Isabelleta le provoca una gran desconfianza e incomodidad sin motivo alguno. Pero cuando a mitad de su viaje sus hijas y ella son víctimas de un horrible intento de secuestro, es este misterioso soldado el que sale a protegerlas, demostrando de una manera casi bestial que es mucho más de lo que aparenta a simple vista. A pesar de todas las opiniones negativas que se volcarán en este individuo tras aquel incidente, Isabelleta y Frederick tendrán que depositar su confianza en el inusual guerrero de nombre Rubelker, si desean sobrevivir a todos los enemigos que los empezarán a rodear en su nuevo hogar.

Una novela de intriga y acción, ubicada en el mismo mundo de CRÓNICAS DEL FÉNIX DEL MAR, pero en otro lugar y momento.

+ Historia y personajes © Eliacim Dávila y Denisse Pérez
+ Arte de portada por No Deadly

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