Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 10. La «Gran» Misión

5 de noviembre del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 10. La "Gran" Misión

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 10
LA “GRAN” MISIÓN

El despacho de Kreuss Lupin era amplio e impecable. Había un gran ventanal abierto por el que entraba la abrasadora luz del sol, con tal de que pudieran alimentar varias plantas naturales que decoraban el sitio. El Almirante, un hombre mayor de cabello gris corto y uniforme blanco, se encontraba en esos momentos usando una pequeña regadera para verter sólo un poco de agua en las macetas de las plantas. Clarissa y Emeth avanzaron hasta colocarse en el centro del cuarto, justo delante del amplio e imponente escritorio que coronaba la oficina. El secretario cerró la puerta detrás de ellos y aguardó a un lado de ésta. Los dos oficiales del Skyliria se pararon firmes, con sus espaldas rectas y pegando sus tobillos, para posteriormente alzar sus manos derechas hacia sus frentes en un solemne saludo militar. Emeth era más bajo que Clarissa, al menos por media cabeza.

—Capitana Clarissa Bulrskraistain Luren del navío Skyliria de la División Número 6 de la Marina Real del Glorioso Reino de Kalisma, y su primer Oficial el Teniente Emeth Drew, ¡reportándose, señor! —Exclamó Clarissa rápidamente de corrido y con voz firme, sorprendentemente sin quedarse sin aire en el proceso.

—Descansen —les indicó el oficial de más alto rango mientras seguía regando sus plantas, y ambos separaron sus pies y juntaron sus manos atrás de su espalda al mismo tiempo. Siguió en lo suyo por casi un minuto más, antes de dirigirse hacia su escritorio. Colocó la regadera sobre éste, entonces se sentó en su silla y se colocó sus pequeños anteojos redondos. Delante de él había un archivo cerrado color verde—. Tengo una mañana ocupada, así que iré directo al grano si no le molesta, capitana. Supongo que ha oído hablar del Fénix del Mar, ¿cierto?

Clarissa vaciló unos momentos sin saber exactamente cómo responderle. Se preguntaba a sí misma si en efecto debería de conocer dicho nombre de algún lado y quizás sus nervios la bloqueaban, o en realidad nunca en su vida lo había escuchado. Si era lo segundo, ¿era correcto responderle que no? Los segundos pasaban y ella era incapaz de reaccionar aún.

—¡Sí, señor! —Escuchó como Emeth respondía rápidamente, posiblemente saltando al rescate de su capitana—. Es la autoproclamada banda de piratas, liderada por el misterioso individuo apodado Jude el Carmesí, y que ha realizado varios asaltos y atentados en contra de las instituciones del reino.

—¿Piratas? —Murmuró Clarissa sorprendida—. ¿Existen aún piratas en Kalisma? Creí que todos habían sido ejecutados.

—Y así es —señaló el Almirante desde su asiento, obligando a Clarissa a recuperar la compostura—. A pesar de que ellos se hacen llamar de tal forma, oficialmente esta banda de ladrones no ha sido reconocida como una tripulación pirata bajo ninguna norma, y llamarlos como tal está estrictamente prohibido… al menos en presencia de su majestad o alguno de sus representantes —lo último lo había susurrado muy despacio, como si intentara contarles un secreto—. Aun así, la verdad es que ya han pasado muchos años desde que comenzaron a operar, y la Guardia Naval no ha sido capaz de detenerlos, lo cual es una verdadera vergüenza. Está de más decir que el Rey Leonardo ya está harto de esta situación, por lo que ha dado la orden directa de que todo este asunto caiga en jurisdicción de la Marina Real. En pocas palabras, Jude el Carmesí  y el Fénix del Mar son ahora nuestro problema.

—¿Nuestro? —Murmuró Clarissa, algo perpleja—. Pero la Marina Real no ha tenido que cazar a un pirata desde hace más de quince años… ¡Digo!, cazar a un delincuente… ladrón… ¿terrorista?

—Llámelo como sea —señaló Kreuss algo indiferente—. Y es verdad, no éramos caza ladrones, pero ahora al parecer lo somos. O, más bien, ustedes lo son.

El Almirante tomó entonces el expediente que tenía delante de él y lo lanzó hacia el frente del escritorio, justo delante de ellos. Clarissa vio aquel archivo fijamente con una combinación de sorpresa e incredulidad. Emeth a su lado no se encontraba demasiado diferente.

—¿Nosotros? —Musitó Clarissa—. Es decir, ¿el Skyliria?

Kreuss asintió levemente, notándosele algo cansado, aunque no precisamente era cansancio físico.

—Seré honesto con usted, Capitana. Somos la marina más poderosa y grande del mundo. Nuestros elementos y recursos podrían ser mucho mejor usados que en perseguir a un grupo de inadaptados que navegan en un viejo barco de madera y quieren jugar a ser piratas en esta época moderna. Pero ésta es una orden directa del rey, así que debemos darle la importancia debida. Por lo tanto, a partir de este momento, toda su tripulación deberá estar enfocada al único fin de atrapar a estos sujetos y traerlos ante la justicia. O matarlos en el proceso, lo que resulte más rápido y sencillo para quitarnos este asunto de encima.

Clarissa asintió levemente con su cabeza, aún sin poder salir del todo de su impresión.

—¡Es un honor para nosotros que nos haya elegido para esta misión, señor! —Exclamó la capitana, quizás con más fuerza de la debida—. ¡Se lo agradezco enormemente!

—No me lo agradezcas a mí, sino al General Bulrskraistain.

Aquello hizo que Clarissa se sobresaltara con asombro.

—¿Mi padre? ¿Él me la asignó?

—Algo así. Oficialmente está fuera de su jurisdicción, pero recomendó fervientemente que esto se le asignara a su nave y a usted. Y ha de saber muy bien que es difícil negarse a una de sus “recomendaciones”.

Clarissa tragó saliva con nervios. Sí, en efecto lo sabía muy bien. Después de todo, de cierta forma había terminado en la vida militar y en la Marina Real, por una de esas mismas “recomendaciones” que él daba. El hecho de que la mano de su padre estuviera metida de alguna forma en todo eso, no hizo más que preocuparla aún más de lo que ya estaba.

—Hablando ya un poco extraoficialmente —murmuró de pronto el almirante Lupin, sacando a la capitana de sus pensamientos—, me permito recordarle que cada capitán que logró capturar a alguno de los piratas más famosos durante la cacería de hace veinte años, fue condecorado, llenado de gloria, y su nombre recordado con honor. Si bien no podemos llamar a estos sujetos piratas como tal, el interés del rey mismo en este asunto puede que traiga consigo un poco de aquello. Y siendo usted una Bulrskraistain, con una historia tan rica y respetable detrás de su persona, tiene en estos momentos la oportunidad de traer ello a su familia. Pero si acaso falla… —guardó silencio abruptamente, mientras la miraba fijamente con bastante intensidad—. Bueno, no tiene caso que hablemos de eso, ¿cierto? Como dije, es una Bulrskraistain, y una capitana de la Marina Real. Atrapar a esta banda de ladrones no deber ser nada complicado, ¿verdad?

Si aquello era algún tipo de aliento, Clarissa definitivamente no lo tomó como tal; sonaba más como una muy preocupante advertencia. Pero en lugar de seguir dejando que su miedo la sucumbiera, la capitana respiró hondo, se paró con seguridad y realizó el saludo militar más firme que pudo.

—¡Sí, señor! —Exclamó con poderío en su voz—. Puede contar con nosotros. Por el honor de mi familia, la División 6, la Marina Real y su majestad del Rey Leonardo Vons Kalisma II, le prometo que el Skyliria pondrá fin de una vez por todas a las fechorías de… —la decisión que proyectaba hasta ese punto se esfumó abruptamente, y miró inconscientemente de reojo a Emeth en busca de apoyo.

—Jude el Carmesí —le susurró el primer oficial.

—¡Jude el Carmesí y su banda de ladrones, señor!

—Muy bien —asintió Kreuss despacio—. En un par de días la Guardia Naval nos traerá toda la información que ustedes necesitan; zarparán hasta entonces. Mientras tanto descansen y prepárense. Pueden retirarse.

—¡Sí, señor! —Respondieron ambos al mismo tiempo, y pasaron de inmediato a salir de la oficina.

El secretario del Almirante les abrió la puerta y les proporcionó un último respetuoso saludo antes de que se fueran. Una vez que estuvieron afuera, volvió a cerrar la puerta delicadamente.

—No es lo que me esperaba de una capitana con el apellido Bulrskraistain —señaló el secretario sin mucho miramiento—. ¿Cree que en verdad esté capacitada para cumplir la misión?

—¿Qué más da? —Respondió el Almirante, encogiéndose hombros—. Yo ya cumplí con satisfacer los caprichos del rey y de Albert Bulrskraistain. El resto depende de ella.

Sin intención de darle mayor importancia al asunto, Kreuss se paró de su silla y pasó a seguir regando sus plantas. Como bien había dicho, tenía una mañana “muy ocupada”.

— — — —

—¿Lo ve, capitana? —Murmuró con optimismo el oficial Emeth, mientras él y Clarissa caminaban por los pasillos de la base con la intención de regresar a su barco—. Todo salió mejor de lo esperado. Creyó que la iban a regañar, y salió de esa oficina con una nueva e importante misión.

—No digas locuras, Emeth —respondió Clarissa entre dientes, mirando llena de preocupación al frente—. Hubiera sido mejor que nos dieran un regaño.

—¿Qué? —exclamó el primer oficial totalmente perdido. Esperaba que se sintiera mucho más tranquila para ese punto, pero no parecía que fuera el caso—. ¿Por qué dice eso? ¿No es algo bueno? Hace poco se quejó de que siempre hacíamos lo mismo, que quería algo que le cambiara la rutina, ¿recuerda?

Clarissa se detuvo de golpe a mitad del pasillo. Volvió entonces a acercar su pulgar a su boca, y de nuevo lo comenzó a morder un poco, nerviosamente.

—¿No lo oíste?, mi padre fue quien hizo que me asignaran esto especialmente a mí. Eso debe significar que él cree que ésta es mi “gran” misión.

—¿Su gran misión? —repitió Emeth, confundido.

—Es algo que decía siempre, que todo capitán tenía esa «gran» misión, aquella que puede convertirte en héroe y asegurar tu ascenso, o rebajarte a un completo perdedor y ensuciar el resto de tu carrera. Me dijo que yo también la tendría tarde o temprano, pero no esperaba que llegara tan pronto. Y creí que sería algo más sencillo y glamuroso como escoltar a un miembro de la realeza, o una operación secreta para salvar a algún diplomático en un territorio extranjero, no cazar a un vulgar pirata que la Guardia Naval no ha podido atrapar en años. Si fallo será tan humillante que no podré mostrar mi rostro en casa otra vez…

Su respiración volvió a agitarse un poco, e instintivamente comenzó a andar de un lado otro por el estrecho pasillo. Emeth agradeció que no hubiera nadie más cerca, ya que ese comportamiento sería un poco difícil de explicar.

—No tiene nada qué preocuparse, capitana —espetó el teniente con bastante convicción—. Tenemos uno de los navíos más rápidos de la flota, y usted es una de nuestras mejores y más inteligentes capitanas. Y ellos no son más que un grupo ladrones en un viejo barco de madera como dijo el Almirante. De seguro los capturaremos en sólo un par de semanas, y el rey en persona le dará condecoración.

—Sí, es cierto… —susurró Clarissa en voz baja para sí misma, y dejó entonces de moverse—. Sólo son unos ladrones cualquiera que juegan a ser piratas. La Marina Real ha cazado a cientos peores que ellos por años, ¿no? Y no tenían los barcos y armas que nosotros tenemos ahora, así que por consiguiente debe ser mucho más fácil.

—¡Exacto! —Espetó Emeth con fuerza, asintiendo con su cabeza—. Se lo aseguro, su “gran” misión saldrá muy bien. ¡Le doy mi palabra como su Primer Oficial!

—Gracias Emeth; espero que así sea —suspiró profundamente, intentando dejar salir todo ese peso que le presionaba los hombros—. ¡Cómo sea!, vayamos a darle la noticia al resto de la tripulación, y luego bebamos algunos tragos para celebrar.

Emeth parpadeó, sorprendido en parte por la repentina propuesta, pero también por el cambio tan drástico de humor.

—¿Realmente cree que es un motivo de suficiente peso como para celebrar? —Susurró inseguro—. ¿O sólo quiere beber por beber…?

—¡No contradigas a tu capitana! Después de todo, debo prepararme para derrotar a este formidable enemigo que será Judy el Rojo…

—Jude el Carmesí —corrigió Emeth despacio.

—¡Como se llame! Lamentará el momento en el que se atrevió a burlarse de la armada más poderosa del mundo.

Comenzaron a andar de nuevo, cada paso con un poco más de decisión y confianza, saliendo poco después de la base y dirigiéndose al puerto.

— — — —

Dos días y varios “tragos para celebrar” después, la tripulación del Skyliria estaba lista para embarcarse en su nueva misión. Muy temprano por la mañana, todos se reunieron en el puerto, todos en filas justo delante del navío acorazado, uno de los más modernos y mejor equipados. Era pequeño en comparación a otros de la flota, pero por eso mismo era considerablemente más rápido y efectivo. Muchos de los tripulantes eran relativamente jóvenes, y habían pasado toda su corta carrera en la marina a bordo de aquel barco y bajo el mando de la capitana Bulrskraistain. Atrapar a ese autoproclamado pirata Jude el Carmesí era quizás la misión más importante que les habían encargado, por lo que recibir la noticia de su asignación llenó de emoción y miedo a todos; por suerte habían tenido ya dos días enteros para digerir la idea y prepararse para esa misma mañana iniciarla con el pie derecho.

La capitana Clarissa se paró firme delante de sus hombres y mujeres, con sus manos detrás en su espalda, su frente en alto y su espada envainada en su costado izquierdo, y su revólver en el derecho. Su figura se veía tan segura e imponente, que nadie imaginaría que tenía en esos momentos una pequeña resaca de la noche anterior; nada con lo que no pudiera lidiar.

—¡Escuchen todos! —Comenzó a decirles con brío en su voz—. Llegó el día, uno de los más importantes de nuestras carreras. Hoy zarparemos en la cacería de este terrible malhechor que tanto daño ha hecho a nuestro amado reino. No volveremos ni descansaremos hasta atrapar a este malnacido que se atreve a burlarse de nuestro escudo, nuestra bandera y nuestra honorable familia real. Hoy comienza la travesía más grande que el Skyliria ha enfrentado, una que lo llenará de gloria si tenemos éxito, o de humillación si acaso se nos ocurre fallar. ¡Y yo no pienso dejar que pase lo segundo!, ¡¿y ustedes?!

—¡No, capitana! —Le gritaron todos al unísono.

—¡Ese es el espíritu! Detrás de nosotros llevamos la historia y el honor de los que nos precedieron. Las espadas que empuñamos son la justicia, y nuestras armas la virtud. ¡Por el Rey Leonardo Vons Kalisma II!, ¡por la Marina Real!, ¡y por el Glorioso Reino de Kalisma!

—¡Por el Glorioso Reino de Kalisma! —Volvieron a repetir todos al mismo tiempo, alzando sus puños con entusiasmo.

—¡Ahora muévanse!, zarpamos en menos de dos horas. Quiero que todo esté listo.

—¡Sí, capitana!

Rápidamente las filas se fueron rompiendo, y todos los marineros se encaminaron a cumplir sus respectivas tareas para tener la nave lista. Clarissa permaneció firme en su puesto hasta que la mayoría de sus hombres se fueron. En cuanto se aseguró de que todos se retiraron a sus puestos, suspiró profundamente, y llevó una mano a su frente, tallándosela un poco con sus dedos.

—Necesito un trago…

—Capitana, ya empezó la misión, no puede beber —escuchó como Emeth murmuraba despacio, apareciéndose casi de la nada delante de ella.

—Además, estos dos días bebiste lo suficiente para lo que resta del año —añadió justo detrás de él la Contramaestre Jeannette Barkins con una combinación de severidad y broma, a pesar de que su rostro delgado y refinado tenía una marcada dureza que pesaba sobre todo en sus fríos ojos verdosos. La mujer rubia de cabellos largos y muy rizados, se encontraba cruzada de brazos unos pasos detrás del Primer Oficial. Su complexión era atlética y fuerte. Era una mujer alta, incluso más que Clarissa.

—¡Déjenme en paz! —Exclamó la capitana Bulrskraistain, notándosele algo apenada ante sus comentarios. Sus dedos inconscientemente comenzaron jugar nerviosos entre ellos—. Saben que normalmente no tenemos tanto tiempo libre cuando tocamos tierra, y quién sabe cuándo podremos relajarnos así de nuevo.

Tanto Emeth como Jeannette suspiraron con resignación. Ninguno diría abiertamente que su capitana tenía un problema con el alcohol, pero más de una vez habían llegado a pensar que su estricto, casi traumático, apego a las reglas era lo único que evitaba que se pasara todos sus viajes al menos un poco ebria. ¿Una manera poco sana, aunque común, de lidiar con la presión de su puesto? Era lo más probable.

—Como sea, fue un gran discurso, Capitana —se permitió mencionar Emeth, intentando desviar el tema.

—Un poco exagerado para mí —añadió Jeannette, encogiéndose de hombros—. “Detrás de nosotros llevamos la historia y el honor de los que nos precedieron”. Por favor, vamos a atrapar a un simple pirata, no a conquistar un país.

—¡Intentaba animar el corazón de la tripulación!, ¡gracias! —Le respondió Clarissa, de nuevo apenada y molesta—. Y recuerda, Jeannette, no podemos llamarlo “pirata”.

La contramaestre bufó con molestia, volteando su cara hacia otro lado.

—No me importa si lastimo el frágil ego del gordo rey. Yo lo voy a llamar por lo que es.

Aquellas palabras dejaron horrorizados a la capitana y a su primer oficial, que incluso dieron por mero reflejo un paso lejos de ella, como si temieran que en cualquier momento le cayera un rayo del cielo.

—¡Jeannette! —Reprendió Emeth con dureza—. ¡No digas esas cosas!, no sabes los problemas que podrías tener por eso…

La mujer rubia volvió a bufar con la misma molestia e indiferencia de antes.

—Como sea…

—Hazle caso a tu teniente, Jeaniss —se escuchó en ese momento una extraña voz chillona pronunciar a sus espaldas, haciendo que los tres se giraran en dicha dirección—. Que un oficial de nuestro bello ejército se refiera de esa forma no sólo al rey, sino a cualquier miembro de la familia real, es un delito grave. Si la persona incorrecta te escuchara, podrían darte unos veinte azotes y encerrarte unas semanas sin luz del sol.

Acercándose por el puerto hacia ellos, vieron a dos hombres grandes uniformados, cargando cada uno al menos tres cajas y un par de maletas. Entre ellos, contrastando demasiado con sus alturas y complexiones, se encontraba una tercera persona, de estatura pequeña de quizás no más de metro y medio, y cuerpo delgado. Su cabello era corto color anaranjado, con las puntas peinadas hacia los lados, y usaba unos grandes anteojos redondos que cubrían gran parte de su rostro redondo y pecoso. Usaba un saco blanco, similar a los de su uniforme, y una falda negra tan corta que definitivamente tenía que ir en contra del reglamento, y de la que se asomaban unas flacas y lechosas piernas. En una mano sostenía una taza blanca humeante, y en la otra un pequeño platito de porcelana para la taza. Adicional a ello, traía un bolso café de piel, cuya correa le cruzaba en diagonal su pequeño torso.

—O eso dice al menos el antiguo, muy antiguo, Código de Conducta de las Fuerzas Militares de Kalisma, y muchas de sus reglas aún siguen vigentes; incluyendo esa.

La extraña llevó la taza a sus labios y bebió un poco de su contenido tranquilamente; incluso alzaba su meñique al hacerlo de una forma bastante exagerada.

—¿Disculpa? —Musitó Clarissa, un poco perdida—. ¿Qué se te ofrece…?

—Suban todo eso al barco, ¿quieren, queridos? —Interrumpió aquella persona, indicándole con un ademán de su cabeza a los dos hombres que la acompañaban, y ambos se dispusieron a subir una de las rampas que llevaban hacia a bordo del Skyliria—. Ya veré luego dónde lo acomodo. Y cuidado con esa maleta, es frágil.

—Oigan, ese es mi barco —exclamó Clarissa con molestia, pero ambos hombres siguieron de largo sin prestarle atención—. ¡¿Por qué están subiendo todo eso a mi…?!

—Tranquila, Clariss —masculló la extraña, interrumpiendo de nuevo—. Ni notarás que están ahí.

—¿Clariss? Nadie me dice Clariss… bueno, además de mi madre.

Los tres oficiales de la Marina Real siguieron con su vista como esa persona pasaba delante de ellos, como si tuviera pensado subir al barco sin decirles nada más. Sin embargo, en lugar de hacer eso, se paró en la orilla del muelle y vertió el contenido de su taza en el agua del mar.

—Somos la armada más poderosa del mundo, y no somos capaces de preparar un té decente. ¿A quién tengo que matar por aquí para obtener un poco de crema real? Por suerte traje mis propias infusiones. —Una vez que tiró todo el té, se giró de nuevo hacia Clarissa y sus compañeros, no sin antes entregarle la taza y el platito al primer soldado que cruzó delante de ella, sin darle mayor explicación—. Lamento llegar tarde, mis nuevos amigos. Es que apenas fui informada hace un par de días de que mis servicios serían necesarios para esta misión; algo que yo podría haberles dicho desde hace mucho, mucho tiempo, pero lamentablemente la visión de nuestro rey actual no le alcanza para tanto. Ups… —llevó su mano hacia sus labios adoptando una pose algo coqueta—. Creo que acabo de romper el Código de Conducta. Al parecer me merezco unos azotes; ¿te ofreces, guapo?

Al pronunciar aquella última pregunta, se bajó ligeramente sus anteojos, sólo lo suficiente para dejar un poco visibles sus astutos ojos verdes y guiñarle uno de forma provocativa al primer oficial Drew. Ese acto pareció alterar un poco al hombre joven, que retrocedió un poco intimidado y molesto.

—¿Por qué habla tan extraño? —Susurró Jeannette, arqueando un poco su ceja—. ¿Esa es su verdadera voz o está actuando?

—¿Eso es lo que más te molesta? —le respondió Emeth entre dientes.

Clarissa dio un paso al frente, colocándose delante de sus subordinados, y se aclaró un poco su garganta para intentar llamar la atención de todos.

—Disculpa, pero… ¿podrías decirnos quién eres y qué asunto te trae aquí con exactitud? ¿Qué quieres decir con tus servicios serán necesarios para nuestra misión? ¿De qué unidad eres…?

—¡Respóndele a la Capitana! —Intervino Emeth de golpe, acercando su mano derecha a su espada, dispuesto a desenvainarla a la menor provocación—. Identifícate: dinos tu nombre y rango, ahora.

—Huy, qué carácter —respondió la extraña con tono totalmente tranquilo, e incluso burlón—. Según estadísticas, el 80% de los hombres rudos y enojones rompe cosas, tienen penes pequeños. Por otro lado, el 64% de los chicos lindos y tímidos lo tienen demasiado grande. ¿De cuál de los dos eres tú, pequeño Emeth?

Aquella repentina respuesta salida prácticamente de la nada, hizo que los rostros de Clarissa y Emeth se llenaran de asombro, y al mismo tiempo se sonrojaran por completo de un segundo a otro. Jeannette, por su lado, parecía más divertida por aquello que molesta.

—¿Esa es una estadística real? —cuestionó curiosa, mientras se cubría su boca con su mano enguantada para evitar que se notara que tenía deseos de reír un poco.

—Tal vez, tal vez… —se encogió de hombros la chica de anteojos, y con paso relajado se aproximó hacia ellos al tiempo que hablaba—. No tengo un rango oficial como ustedes, ni tampoco lo necesito. Y mi nombre real es uno de los secretos mejor guardados de este reino. Pero, para efectos prácticos, pueden llamarme con el nombre clave que me me he asignado para esta misión: Pan… do… ra… —Se detuvo entonces a un metro de ellos e inclinó un poco su torso al frente, volteándolos a ver desde un ángulo aún más bajo—. Ah, sí, y soy agente de la Inteligencia Real de su Majestad, al servicio directo del Príncipe Noah Vons Kalisma III, que por suerte tiene mucha mejor visión que su padre, y la prueba está en que me haya pedido asistirlos a ustedes en la espantosa travesía a la que están por embarcarse.

Aquello tuvo un fuerte efecto en los tres, aunque era difícil determinar si era para mejor. Definitivamente su actitud defensiva tuvo forzosamente que calmarse al escuchar las palabras “Inteligencia Real” y “Príncipe Noah Vons Kalisma III”.

—¿Eh?, espera un poco —espetó Clarissa, alzando una mano al frente—. ¿Eres de la Inteligencia Real? Pero… —de una forma poco disimulada, le echó un vistazo de arriba abajo—. Si pareces una niña que se robó el saco militar de su padre…

La persona que se había identificado a sí misma como Pandora, soltó una risa discreta, y se podría decir que incluso satírica.

—Tan inocente como dice tu expediente, Clariss —dijo en voz baja, y entonces volvió a bajar un poco sus anteojos para enseñarle de nuevo sus ojos verdes—. Pero la verdad, hasta donde sabes, ni siquiera puedes estar segura de que soy “niña”

Remató el comentario con otro guiño, quizás aún más provocador que el anterior.

—¡¿Eh?! —Exclamó Clarissa, retrocediendo entre asustada y sorprendida—. ¡¿Eso qué significa?!

Pandora no respondió. Sólo le sonrió de forma sagaz y se subió de nuevo sus anteojos.

—Un segundo —intervino Emeth—, el Almirante Lupin no nos mencionó nada de que nos asistiría un agente de la Inteligencia Real en esta misión. ¿Tienes alguna identificación que te respalde?

—Qué desconfiados. ¿Qué son?, ¿la Marina Real? —musitó con tono de burla, y entonces comenzó a revisar el bolso de piel que traía consigo—. El Almirante Lupin se va a venir enterando también de esto, pues como les dije, acabo de ser hasta hace poco informada yo misma. Pero, ¿cuántas personas creen que pueden entrar en esta base y decir que son de la Inteligencia Real y todos les abrirían las puertas así como así? No seríamos la armada más poderosa del mundo si cualquier niña con saco militar pudiera hacer eso, ¿no creen? Bajo ese pensamiento, mi palabra debería de bastarles, pero aquí tienen, si tanta paz mental les dará.

Sacó entonces de su bolso un pedazo de papel blanco enrollado y se lo extendió directo a la capitana Clarissa. Ésta se aproximó a ella, tomó el papel con una mano y lo desenrolló delante de ella para echarle un vistazo. Emeth y Jeannette por su lado, se acercaron y colocaron a cada uno de sus lados para mirar también el misterioso papel. Éste, sin embargo, no tenía en realidad nada de misterioso, pero sí era de todas formas bastante revelador.

Básicamente decía con muchas más palabras lo mismo que esa extraña chica les había dicho. De la voz y mano del propio Príncipe Heredero Noah Vons Kalisma III, le comunicaba al Almirante Kreuss Lupin de la División 6, que por petición de su majestad la agente que respondía solamente al nombre de Pandora de la Inteligencia Real, debía unirse como apoyo al capitán encargado de la más reciente misión de cazar y apresar al fugitivo Jude el Carmesí. Esto con el condono y permiso de su majestad, el Rey Leonardo Vons Kalisma II. Expresaba además que Pandora era una agente de su completa confianza, y conocía mejor que nadie los métodos adecuados para llevar a buen término la misión. Y al final del documento venía escrito en letras grandes el nombre y título completo del príncipe, y sobre ésta con tinta negra se encontraba trazada su firma, y a un lado en azul el sello claramente visible del León Alado y la corona, el sello de los Vons Kalisma que sellaba todo documento o decreto real. 

Clarissa vio maravillada el papel, pero contemplaba con más admiración la firma y el nombre del Príncipe Noah que el resto del contenido.

—Tiene la firma y sello del Príncipe Noah… —musitó en voz baja, sintiendo que el aliento se le escapaba del cuerpo.

—Exacto, Clariss —murmuró Pandora con tono juguetón—. Él lo escribió, firmó y selló. Lo tuvo en sus grandes y masculinas manos. Incluso si lo acercas a tu cara, puede que aún percibas un poco de su aroma.

El rostro de Clarissa se ruborizó de vergüenza, y lanzó casi de inmediato un pequeño grito de indignación.

—¡¿Por qué haría tal cosa…?! —Espetó molesta la capitana, y rápidamente le regresó el papel, casi como si temiera que éste le quemara.

Clarissa se giró hacia su lado derecho y comenzó a jugar nerviosamente con uno de sus mechones de cabello, como si fuera una simple adolescente. Emeth y Jeannette se miraron el uno al otro, preguntándose con tan sólo los ojos si acaso el otro creía que en efecto le había cruzado por la cabeza hacer tal cosa con la carta.

Emeth entonces carraspeó un poco, y dio un paso firme hacia Pandora.

—En ese caso, me disculpo por mi forma de reaccionar —expresó con seriedad, alzando su mano hacia su frente para ofrecerle un apropiado saludo militar—. Si el Príncipe Noah en persona la mandó, entonces le damos la bienvenida… —vaciló unos momentos sobre qué título o rango utilizar—, señorita Pandora… Estamos agradecidos de tenerla con nosotros. Todos los interesados en atrapar a Jude el Carmesí son bienvenidos a nuestra tripulación.

—Ay, qué amable, Emeth —respondió Pandora, aparentemente sarcástica, y repentinamente extendió su mano hacia él, pellizcándole con algo de fuerza su mejilla izquierda—. Es tan lindo, porque parece que creyeras que tienes alguna otra opción.

Emeth reaccionó de forma aversiva, apartándose de ella lo más rápido posible. Su mejilla había quedado algo enrojecida, y comenzaba a arrepentirse de haberse disculpado. Pandora sólo siguió sonriendo, como si se sintiera orgullosa del efecto que había logrado.

—Pero bueno, chicos, no quiero que se sientan amenazados por mi presencia aquí. Conozco el ego tan sensible que tienen los de la Marina Real, que creen que saben y pueden hacerlo todo, y que los de la Inteligencia Real somos un montón de engreídos afeminados que sólo sirven para malgastar el dinero de la corona. Pero lo crean o no, están por enfrentarse a un enemigo al que no podrán derrotar con puro músculo y espadas. Estamos hablando de un sujeto tan astuto que lleva siete años, o quizás más, operando con completa impunidad. Y eso sólo se logra teniendo una muy aguda y calculadora mente criminal.

—O teniendo mucha suerte —comentó Clarissa bastante segura, pero casi de inmediato una pequeña risilla burlona se escapó de los labios de Pandora, haciendo bastante ruido en realidad.

—Sí, Clariss, lo que tú digas, pequeña —le respondió como si le hablara a una niña pequeña y tonta, que obviamente no le pareció para nada gracioso—. Por comentarios como esos, es precisamente para lo que necesitan mi apoyo. Para atrapar a Jude el Carmesí necesitan pensar como él, ser tan mezquinos y ambiciosos como él, ¡ser tan locos como él!

—Con eso último de seguro no tendrás ningún problema —señaló Jeannette con tono irónico.

—Excelente observación, Jeaniss. Se ve que eres más lista de lo que pareces. Eso explicaría cómo es que una mujer, y especialmente con tu condición, pudo haber llegado tan lejos en esta carrera.

Aquellas palabras hicieron que los tres se sobresaltaran, aunque con diferentes sentimientos involucrados. Emeth con sorpresa, Clarissa con preocupación, y Jeannette… ella al inicio fue más que nada perplejidad, pero ésta se convirtió rápidamente en una ferviente ira.

—¿Qué dijiste? —espetó furiosa la mujer rubia, comenzando a avanzar hacia ella.

—Jeannette, tranquila… —quiso intervenir Emeth, colocándose delante de ella para detenerla, pero lo hizo muy fácilmente a un lado con su brazo izquierdo.

—¡¿Qué sabes tú de mi condición, enana cuatro ojos…?!

—¡Basta!, Jeannette —le gritó Clarissa con gran intensidad, la suficiente para que incluso Jeannette tuviera que detenerse y virarse hacia ella. La capitana, con paso firme y pesado, avanzó hasta colocarse entre Jeannette y Pandora, encarando a ésta última con absoluta severidad en su rostro, aunque tuviera que mirarla hacia abajo para hacerlo—. Escucha, como te llames. Si te asignó el Príncipe Noah para apoyarnos en esta misión, eres más que bienvenida en nuestra nave como bien te dijo el teniente Emeth. Pero mientras estés en el Skyliria, tendrás que obedecer mis órdenes y tratar a todos mis hombres y mujeres con el respeto que se merecen, ya que todos se han ganado el derecho de usar este uniforme; en especial Jeannette. ¿Entendido?

Pandora la observó en silencio por encima del armazón de sus grandes anteojos. No se veía preocupada ni atemorizada, ni por Jeannette ni por Clarissa. De hecho, miraba a ambas con una tranquilidad tan prepotente que no ayudaba en nada a calmar el enojo de la contramaestre.

—Como el agua, capitana —le respondió la peli naranja con simpleza, acomodándose de nuevo sus lentes en su sitio—. Pero tranquila, ya se los dije, ¿no? Estoy aquí para apoyarte, Clariss. Ésta es tu misión, tu momento, y será también tu victoria; sólo estoy aquí para hacértelo un poco más sencillo. Pero tú eres la chica, ¡eres la mujer! —Extendió su puño al frente, dándole un pequeño golpecillo a Clarissa en su brazo—. Cuando esto termine, la gloria será sólo tuya, ¿de acuerdo?

Dicho eso, se giró sobre sus pies en dirección al barco y comenzó a caminar tranquilamente hacia la plancha para subir.

—¿Y a qué horas se sirve la comida? —escucharon como exclamaba con algo de fuerza mientras se alejaba—. ¡Quiero unos camarones!

Los tres oficiales observaron en silencio como subía por la plancha, se paraba en cubierta y luego desaparecía de sus vistas. Sólo hasta entonces el ambiente pareció calmarse un poco, pero no por completo.

—No necesito que me defiendas, Clarissa —espetó Jeannette, enojada—, y menos de una enana escuálida como esa.

—No te estoy defendiendo. Sólo cumplo con mi deber como capitana, y tú debes de cumplir el tuyo como contramaestre.

—Pues no te garantizo que la señorita agente especial y única, llegue viva al siguiente puerto.

—Es una agente del Príncipe Noah, recuérdalo. No tienes nada que demostrar, pero sí mucho que perder, si te metes con ella. —Suspiró agotada y pasó a frotarse de nuevo su frente; había olvidado que tenía jaqueca, y ahora era incluso un poco peor—. Sólo concentrémonos en nuestra misión e intentemos ignorarla, ¿de acuerdo?

—Como ordene, capitana —asintió Emeth, ofreciéndole un saludo.

—Si tú lo dices —respondió Jeannette después, pero ella no saludó; sólo se cruzó de brazos y se giró hacia un lado.

—Ahora muévanse. Tenemos que estar listos para partir en menos de dos horas.

Sin decir más, Emeth y Jeannette se dividieron para cada uno ir a cumplir sus respectivas tareas en preparación para zarpar. Clarissa se quedó un rato más ahí de pie, intentando calmar su dolor y sus nervios. Se tomó también un tiempo para pensar más detenidamente en lo que acababa de pasar, que entre toda la locura quizás no había logrado captarlo del todo.

El príncipe heredero en persona había mandado a un agente a su mando para apoyarlos en su misión. Sin importar cuál fuera su propósito específico al hacerlo, sólo indicaba sin lugar a duda que la Familia Real había tomado un interés grande en Jude en Carmesí y en su aprehensión; quizás, demasiado grande…

Estaba pensándolo demasiado. Sólo se trataba de un sujeto molesto cuya sola presencia ensuciaba el nombre del rey y su legendaria cruzada para acabar con la piratería. El príncipe Noah de seguro sólo quería ayudar a su padre y evitar que su legado se viera afectado. Y viendo el lado positivo, hace poco se encontraba muy preocupada por quizás fallar en esta su “gran” misión; tener un poco de ayuda adicional no sonaba tan mal si con eso podía asegurarse de que no ocurriera así. Era mejor ver el lado positivo, ¿o no?

Se acomodó con cuidado su uniforme, y con más seguridad avanzó hacia su barco. Ella también debía prepararse para irse pronto.

— — — —

Pasada una hora y media, ya casi todas las provisiones y soldados se encontraban a bordo del Skyliria. Mientras los últimos ajustes eran preparados en la borda y la sala de máquinas, en el puente la capitana Clarissa se reunió con su primer y segundo oficial, su navegante y su contramaestre para decidir el curso que tomarían. Y claro, la más reciente miembro de su tripulación prácticamente por decreto real, también se encontraba presente. Clarissa y sus cuatro oficiales se encontraban alrededor de una amplia mesa cuadrada, revisando con detenimiento un mapa que tenía trazado el extenso territorio del Reino de Kalisma, además de algunos más pequeños enfocados en ciertas áreas específicas. Pandora, por su cuenta, se mantenía un poco alejada, comiendo tranquilamente algunos camarones que le habían servido en un plato hondo, con lo más cercano a una salsa decente que encontraron.

—La Guardia Naval nos dio las últimas coordenadas en las que se divisó al Fénix del Mar, capitana —comentó el Navegante Thomas, parándose a un lado de la mesa. Revisó con cuidado el informe que le habían entregado, en el cual venía toda la información que se pudo recaudar de los últimos dos golpes conocidos del dichoso barco pirata—. Las coordenadas son…

—Ochocientos veinticuatro al Norte, mil doscientos veinticinco al Este, a unos doscientos kilómetros del puerto de Torell —musitó Pandora lo suficientemente alto para llamar la atención de todos los presentes. Cuando la voltearon a ver, contemplaba y analizaba detenidamente un camarón entre sus dedos—. Pero eso en realidad no importa; para cuando lleguemos ahí, ya no habrá rastro de ellos.

Clarissa bufó despacio de forma disimulada, y entonces se giró firme hacia ella.

—El procedimiento dictamina que debemos ir al último sitio en el que se vio al sospechoso. Y una vez ahí recaudar testimonios y toda la información…

Pandora soltó una fuerte, y casi sobreactuada, carcajada de golpe, interrumpiendo sus palabras.

—El procedimiento —repitió con ironía—. Si te dijera todas las cosas que están escritas en el “procedimiento” y tú ignoras.

Clarissa no entendió qué quería decir con eso, pero ella tampoco se vio interesada en explicárselo. En su lugar, engulló el camarón que con tanta concentración revisaba, y entonces se acercó calmadamente a la mesa.

—Jude el Carmesí no es un hombre de planes a largo plazo; la ruta que llevaba hace unos días, de seguro no es la que lleva en estos momentos. —Una vez reunida con todos, le pasó el plato a Emeth, que no tuvo más remedio que tomarlo para que éste no cayera al suelo y se rompiera—. Como te dije, Clariss, estoy aquí para apoyarte. Así que créeme cuando te digo que quiero apoyarte, diciéndote que si vas hacia Torell, estarás perdiendo tu tiempo. Por suerte para ti, yo tengo una idea mucho más aproximada de a dónde deberíamos de ir.

—¿Ah sí?, no me digas —masculló Jeannette, escéptica—. ¿Y cómo exactamente?, si acabas de decir que este sujeto no es un hombre de planes, y que de seguro ya no sigue la misma ruta que antes.

Pandora rio ligeramente.

—Por que, como les dije antes, he aprendido como éste sujeto piensa, y a predecir sus movimientos dependiendo de las circunstancias. —Caminó entonces alrededor de la mesa, haciendo a un lado al navegante Thomas de mala gana para que le diera espacio—. Y estas circunstancias me dicen que debemos ir a inspeccionar… —colocó su dedo firmemente sobre el mapa—, esta zona. Más específicamente que tomemos un atajo a toda velocidad por la Bahía de Marvet, pasemos por el Estrecho de Luzin, e intentemos interceptarlos en algún punto por aquí —con su dedo dibujó un círculo en una zona específica del mar al noreste del mapa—. Aproximadamente, claro.

—Claro que no —señaló el navegante Thomas con molestia—. Eso es demasiado alejado de donde vieron al Fénix del Mar por última vez, y totalmente fuera de ruta para llegar a Torell. —El navegante se viró entonces hacia su capitana—. Si se equivoca, eso sí sería una pérdida de tiempo.

—¿Si me equivoco? —espetó Pandora, y justo después volvió a reír… pero ahora de una forma que casi rozaba en lo aterrador—. Inocente y pequeño principiante de marinero… Yo nunca me equivoco… —volteó entonces a ver a Thomas por encima del armazón de sus anteojos, y éste sintió un pequeño escalofrío de preocupación, pues en sus ojos llegó a notar una latente amenaza. Sin embargo, ésta se disipó rápidamente, y la extraña mujer volvió a sonreír con jovialidad—. Aunque bueno, lo más correcto es decir que mi margen de error es bastante bajo, y siempre dentro de los rangos tolerables. En este caso estoy un 78% segura de que podremos encontrar la ruta del Fénix del Mar si vamos hacia esa área. Pero cada minuto que nos quedamos aquí mirándonos las caras como estúpidos, esa posibilidad se reduce gradualmente. Así que, decide rápido, Clariss.

Y la atención de todos se clavó directo en su capitana. Ésta se veía hasta cierto punto en calma, sólo algo pensativa sobre las opciones que le planteaban sobre la mesa. Esos eran los momentos en los que Clarissa Bulrskraistain debía demostrar el temple que la hiciera merecedora de ser una capitana de la Marina Real, por encima del peso que cargaba su apellido. Era en esos momentos en los que no se podía permitir sucumbir a los nervios, y mucho menos al miedo. Ya habría tiempo para eso después.

La capitana suspiró pesadamente, se paró derecha y colocó sus manos detrás de su espalda, adoptando una postura de autoridad.

—Fijen rumbo hacia la Bahía de Marvet, a toda velocidad —ordenó de pronto sin vacilación, tomando por sorpresa a todos.

—Pero, capitana… —intentó Thomas decir algo, pero Clarissa no se lo permitió.

—Ya he dado mi orden. Así que muévanse, ¡ya!

Algunos de los presentes se miraron entre ellos con duda, pero al final todos respondieron a su orden con un saludo y se dispersaron a cumplir sus respectivas encomiendas.

—Sabia decisión, Clariss —le comentó Pandora orgullosa. Se aproximó hacia Emeth entonces, le arrebató el plato de camarones, y luego se dirigió a la puerta del puente—. Te lo aseguro, tendrás a Jude el Carmesí en tus celdas más pronto de lo que crees.

Mientras salía, pudieron ver cómo se metía otro camarón entero en su boca, e incluso la escucharon masticarlo.

—¿Estás segura de esto, Clarissa? —intervino Jeannette mientras rodeaba a la mesa para aproximársele—. Ni siquiera conocemos a esta pequeña nomo, ¿y ahora dejas que decida nuestra ruta?

—No contradigas mis decisiones —le respondió la capitana con tono seco, sin perder su postura—. Sólo quiero atrapar a este sujeto lo más rápido posible.

Aunque fuera su capitana, esa forma de hablarle no le pareció nada agradable a la contramaestre. No lo expresó abiertamente con palabras, pero su rostro no lo ocultó.

—Lo que usted ordene, capitana… —musitó de mala gana la mujer rubia, y pasó de inmediato a retirarse con pasos pesados sobre los tablones.

Clarissa se mantuvo fija en su posición, mirando al frente, hacia el mar a lo lejos que se asomaba por las ventanas del puente. No sabía con exactitud qué le deparaba ese largo viaje que estaba por emprender, pero mientras más cerca se encontraban de zarpar, más estaba convencida de que todo lo que su padre le había dicho sobre la “gran” misión debía ser cierto. De ésta volvería como una heroína, o como una perdedora. Sin importar qué, debía asegurarse de que ocurriera lo primero, a cualquier costo.

FIN DEL CAPÍTULO 10

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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