Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 09. La Furia del Rey de Kalisma

1 de octubre del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 09. La Furia del Rey de Kalisma

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 09
LA FURIA DEL REY DE KALISMA

Para el momento en el que los tripulantes del Santa Carmen llegaron a Vankary, y pudieron dar su testimonio sobre el inesperado y extraño asalto que habían sufrido dos días antes, los rumores sobre este ataque, al igual que el ocurrido en Torell poco después, ya se habían esparcido por suficientes bocas y oídos; tanto fue así que apenas a la mañana siguiente, ya varios de los periódicos independientes de la región tenían en sus páginas un relato bastante superficial de lo ocurrido en ambos incidentes, y dos días después más periódicos reportaban lo mismo, o incluso más. Aun así, los testimonios del Santa Carmen ayudaron a que ambos casos fueran por completo confirmados, y los hechos se pudieran plasmar de forma más clara y detallada en un reporte que, luego de pasar por las manos de varios oficiales de cargo medio, fue enviado de emergencia hacia los altos mandos en la Ciudad Capital de Korina. El reporte llegó luego de un día de camino durante la noche, y al día siguiente quedaba hacer la parte más complicada y difícil de todo ese proceso: hacérselo llegar a su majestad, el Rey Leonardo Vons Kalisma II, pues ambos robos lo involucraban a él directa o indirectamente.

Aquella mañana, Korina despertó con un cielo despejado, un clima cálido y una brisa agradable que soplaba desde el  norte. La Ciudad Capital era la más grande e impresionante de todo el reino, con gruesas y altas murallas que habían estado ahí desde muy lejanos tiempos de guerra, pues hacía más de un siglo que ningún ejército enemigo lograba llegar hasta dichos muros, y ni se hable de atravesarlos. Conforme te ibas alejando de las murallas y te aproximabas al centro de la ciudad, se podía notar como los edificios iban mejorando poco a poco en apariencia y material, al igual que las calles y la propia vestimenta y apariencia de su gente, hasta culminar en el majestuoso Palacio Real de Korina, hogar de los Vons Kalisma y su corte, una edificación casi irreal que podía ser apreciada casi desde cualquier punto de la ciudad, y más allá.

El buen clima no era lo único con lo que despertó Korina, pues las noticias del Santa Carmen y Torell ya ocupaban las páginas de los diarios de la capital también. Y gran parte de la gente, desde los barrios bajos hasta las casas de la alta aristocracia, comentaba al respecto durante su desayuno. Pero eso sí, había ciertas palabras que cualquier periódico debía cuidar, o de plano omitir, en dicha noticia si acaso no quería una reprimenda directa de la Guardia Real; y una de ellas, y la más importante, era “pirata”. Claro, muchos la usaban en sus conversaciones casuales de comedor, muchas veces en voz baja por temor a que las paredes escucharan, pero públicamente nadie se atrevía a pronunciar dicha palabra en presencia de algún oficial o miembro de la corte, y por supuesto mucho menos en la del Rey Leonardo.

No había más piratas en Kalisma. El último de ellos, un temido y despiadado hombre apodado Jake el Demonio, había sido ejecutado hacía ya quince años, y cualquier otro idiota que osara llamarse pirata luego de ello, había corrido con la cola entre sus patas lejos de las aguas del reino. Esa era la postura oficial del gobierno regente, y nadie debía siquiera pensar lo contrario. Por lo tanto, Jude el Carmesí, o como fuera que se hiciera llamar, no era un pirata: sólo un loco ladrón cualquiera con delirios de grandeza que no merecía más interés por parte de su majestad el rey que la que merecería un ladrón de bolsos callejero. O al menos así era, hasta que ese loco ladrón cualquiera con delirios de grandeza, comenzó a meterse más y más en sus asuntos, hasta culminar en esos dos últimos golpes que, por accidente o premeditación, provocarían que el Rey ya no pudiera sencillamente hacerse de la vista gorda en ese asunto.

Leonardo Vons Kalisma II había salido a comer su desayuno a la terraza sur, que daba directo a los más hermosos jardines del palacio, esperando que al aire fresco y los rayos del sol lo tranquilizaran y despejaran de todos esos rumores que tanto le habían llegado en los últimos días. No funcionó como esperaba, pues en su mesa lo esperaba el dichoso reporte de la Guardia Naval, que no hizo más que confirmarle por completo todos y cada uno de esos rumores, e incluso más.

Varios sirvientes escucharon a lo lejos los gritos de cólera del rey desde la terraza, y se encogieron asustados en sí mismos, y agradecieron no ser los encargados de atenderlo esa mañana. Los pocos afortunados, su mayordomo personal y dos sirvientas, no podían hacer nada más que estar de pie a su lado, agachar la cabeza ante todos sus gritos y maldiciones, y traerle todo lo de comer y beber que pidiera, que cabe mencionar había sido ya demasiado.

—¡No puede ser!, ¡no pueden ser tan imbéciles e inútiles! —Gritaba totalmente exaltado el Rey, sentado en la mesa redonda de la Terraza Sur. Leonard Vons Kalisma II era un hombre grande y robusto, de brazos, piernas y abdomen anchos. Su cabello era de un hermoso color plateado distintivo de su linaje, ligeramente ondulado y largo hasta sus hombros, sujeto con una cola. Su rostro estaba adornado con una abundante barba también plateada que lo cubría casi por completo. Sus ojos, profundos y de un azul claro, radiaban una ira descomunal en esos momentos, como navajas filosas para cualquiera que los viera de frente—. ¡¿Cuánto tiempo llevan persiguiendo a este mequetrefe bueno para nada?!, ¡¿Cinco?!, ¡¿Siete años?! Y no sólo no logran atraparlo, ¡ahora permiten que se burle de mí en mi propia cara! ¡De mí!, ¡el Rey de la maldita nación más poderosa y grande de este mundo!

El Rey devoraba los platos de comida que tenía enfrente con voracidad, por enojo mucho más que por hambre. Había ya de hecho varios platos vacíos y sucios apilándose, y mucha de la comida había dejado manchas de grasa y salsa en sus túnicas azules y doradas.

—Majestad, cálmese, por favor —le susurró su mayordomo casi como súplica, mientras intentaba limpiar su boca y su barba con una servilleta cada vez que podía—. Comer tanto y así de rápido no es bueno para su salud.

—¡¡Yo como como me dé la gana!! —Respondió el furioso rey, con su cara enrojecida e incluso escupiendo algo de saliva y comida en el proceso—. ¡Limítate a servir más vino y cierra tu gran bocaza!

—Sí, majestad… —respondió sumiso el mayordomo, y de inmediato volvió a llenar su tarro.

—Debería hacerle caso, Rey Leonardo —murmuró con bastante más calma la persona sentada al otro extremo de la mesa, mientras leía el mismo reporte que le había causado tales exabruptos al rey—. Después de todo, ya no es tan joven como para comer de esa forma, y lo que menos ocupa es enfermarse en un momento así.

Mientras le decía todo aquello con notable jovialidad, aquel individuo tomó con sus dedos la taza de té humeante que se encontraba delante de él, la acercó a sus labios y dio un pequeño sorbo de ésta, sin apartar sus ojos de la hoja que leía ni tampoco derramar alguna gota.

—¡Al demonio con mi forma de comer! —Respondió el Rey Leonardo, azotando su puño contra su mesa y haciendo que algunos platos saltaran—. ¡¿Cómo quieren que esté tranquilo luego de tal ofensa y de tanta estupidez?! Guardia Naval, mis joyas; Ineptos Navales, eso es lo que son.

—Sea un poco más justo con ellos. Es obvio que este grupo de ladrones resultó ser más de lo que sus capacidades, personal y presupuesto podían lidiar. Muchas veces el General Joset se lo quiso hacer ver, pero siempre le restó importancia a sus palabras.

—Oh, ¿ahora esto es mi culpa? —Espetó ofendido el Rey Leonardo—. ¿Acaso eso insinúas, Príncipe Noah? ¡¿Qué yo soy el culpable de este desastre?!

—No, claro que no, majestad —le respondió, alzando sus ojos violetas y sagaces hacia él, y sonriéndole de forma moderada y tranquila—. Jamás me atrevería a sugerirle tan cosa, padre.

Leonardo bufó molesto y siguió comiendo igual, o incluso peor que antes.

Al igual que los tres sirvientes que los atendían en esos momentos, el Príncipe Noah Vons Kalisma III, el primogénito del Rey Leonardo y próximo heredero al trono, había tenido que lidiar también con el horrible humor de su padre esa mañana. Sin embargo, a diferencia de los sirvientes, el joven príncipe tenía mucha experiencia, paciencia y maneras de lidiar con dicho estado de ánimo. Era un hombre de veintinueve años, de hombros anchos, alto y de complexión fornida, rostro apuesto y fuerte, con ojos violetas de una mirada intensa. Su cabello era plateado, largo y ondulado como el de su padre, y caía grácilmente sobre sus hombros.

Los príncipes y princesas de Kalisma, y especialmente aquellos primeros en la línea de sucesión, siempre despertaban el interés, la fascinación y la imaginación de la gente; pero Noah Vons Kalisma III era especial. Poseedor de una inteligencia privilegiada que había sido cultivada con arduos y largos estudios, una paciencia y cabeza fría que distaban mucho de la personalidad colérica y aguerrida de su padre, y una belleza y carisma prácticamente innatos, era quizás el Vons Kalisma más fascinante de las últimas generaciones, además del centro de atención dentro y fuera del reino. Muchos se preguntaban cuál sería el momento en el que este hombre tan llamativo tomaría al fin las riendas de la maldita nación más poderosa y grande de este mundo, como bien había mencionado el propio Rey Leonardo anteriormente. Y su próximo matrimonio el siguiente otoño parecía ser el primer paso en dicha dirección, aunque era poco probable que el rey actual quisiera retirarse teniendo la pequeña mancha de Jude el Carmesí acarreada junto con su nombre, y ser recordado como el rey que eliminó a “casi” todos los piratas de Kalisma.

—Lo que sí debo señalar es que les vendría bien aprender cómo investigar y redactar un reporte de esta importancia como es debido —comentó el Príncipe Noah, cerrando el expediente y colocándolo sobre la mesa una vez que terminó de leerlo—. Hay más datos de interés en el periódico de esta mañana que en estos papeles. La información que me proporcionaron los agentes de la Inteligencia Real a mi cargo es mucho más detallada. Le haré llegar su informe en cuanto pueda, Rey Leonardo

—No gracias —espetó el rey con fastidio, mientras arrancaba con voracidad un gran pedazo de una pierna de pavo—. Ya tuve suficiente de reportes y periódicos. Lo único que me importa es cómo este estúpido aprendiz de ladrón se empeña en picarme las costillas como si fuera cualquier cosa, y eso ya me quedó del todo claro. Con más razón ratifico mi decisión de encargarle su cacería a la Marina Real.

Aquella repentina afirmación creó por primera vez en esa merienda matutina un rasgo de sorpresa en el semblante del Príncipe Noah. Detuvo uno segundos la taza de té a medio camino de sus labios, y luego la bajó de nuevo lentamente de regreso al platito pequeño de porcelana sobre la mesa.

—¿Ya lo decidió? —Murmuró el príncipe con curiosidad—. No había sido informado de ello.

—Ya está hecho —señaló el Rey con bastante firmeza—. La orden fue entregada hace unos días, y esta misma tarde se le asignará la misión a uno de nuestros mejores capitanes. Y luego de este circo, espero que a quien se lo asignen esté preparado para traerme la colorada cabeza de este imbécil lo antes posible.

—Esperemos que así sea —añadió Noah con elocuencia. Alzó al mismo tiempo su taza a modo de saludo, y volvió a beber de ella tranquilamente—. Si le complace, tengo en mente a un agente de la Inteligencia Real que pudiera ser de gran ayuda para esta misión. Es muy inteligente, quizás la persona más inteligente que conozco; hábil para entender la mente de los delincuentes, tanto comunes como complejos, y ha estudiado las acciones y comportamientos de Jude el Carmesí por su cuenta; por mero pasatiempo. Creo que sus investigaciones y puntos de vista pudieran serle de gran ayuda al capitán que le asignen la cacería de este malhechor.

—Cómo sea —espetó el Rey Leonardo, agitando una mano al aire con cierto desdén—, has lo que quieras siempre y cuando la siguiente noticia que tenga de este sujeto es que está esposado o muerto.

—Correcto. Haré que se lo comuniquen a mi agente y se reporte con la persona correspondiente lo antes posible.

Ambos siguieron en silencio devorando su comida y tomando su té respectivamente. El Rey dejó de gritar y maldecir por ese lapso de tiempo, lo que trajo algo de paz a la terraza. La tranquilidad absoluta fue levemente opacada por el resonar de unos tacones contra el firme piso. Una persona más ingresó en la terraza con paso recatado, siendo seguida detrás por dos sirvientas. Era una hermosa mujer alta, de cabello lila rizado, largo y suelto con broches dorados adornándolo. Las facciones de su cara eran delicadas, casi aniñadas, y contrastaban mucho con su figura voluptuosa y busto prominente que sobresalía de una manera casi provocadora de su vestido verde largo de hombros descubiertos. Caminó lentamente hacia la terraza, sujetando la parte inferior de su vestido, mientras sus labios rosados esbozaban una brillante sonrisa, especialmente al posar sus ojos esmeraldas en el príncipe heredero. Su presencia no pasó desapercibida para Noah por mucho tiempo, y en cuanto la miró de frente también sonrió y las mejillas de la dama se enrojecieron abundantemente en un segundo.

—Duquesa —le saludaron las sirvientas presentes al mismo tiempo, con una pequeña reverencia al frente, misma que la recién llegada respondió con un ademán de su cabeza.

—Buenos días a todos —saludó con una voz dulce—. Buenos días, majestades —tomó entonces su vestido, de los extremos e inclinó un poco su cuerpo en dirección a los hombres sentados en la mesa—. Rey Leonardo, Príncipe Noah.

—Olvídate de las formalidades que no estoy de humor, pequeña —le respondió el rey agitando una mano sin voltear a verla, pero indicándole que tomara asiento.

—Buenos días, Leire —respondió Noah con suavidad, y de inmediato se puso de pie y arrastró la silla justo a su lado hacia atrás para que la joven pudiera sentarse—. Te ves más hermosa que ayer.

El rostro de la mujer volvió a ponerse rojo, y sólo fue capaz de responder al comentario del príncipe con un asentimiento. Se dirigió entonces sin duda a la silla que le ofrecía y se sentó, acomodando lo mejor posible la voluminosa falda de su vestido.

—Duquesa, muy buenos días —le saludó el mayordomo del rey directamente—. Lamento lo ocurrido con sus regalos de boda…

—¡Tú cállate! —Gritó el Rey Leonardo, girándose hacia él y apuntándolo con una pata de pollo que tenía en su mano, provocando que parte de la grasa y jugo de éste terminara la cara del pobre hombre—. Hasta donde tú sabes, esas cajas solo tenían papeles sin importancia, ¿entendido? Esto ya es suficientemente humillante como para que la gente sepa que le robaron a la futura Reina de Kalisma, regalos provenientes de la propia Emperatriz de Xing.

—Mil perdones, majestad —respondió el mayordomo algo nervioso, cerrando sus ojos y agachando su cabeza.

Por su lado, ese repentino exabrupto había tomado por sorpresa a la joven Duquesa Leire Margaretta de Aguilez, haciendo que se tensara un poco. No le agradaba mucho cuando el rey se ponía a gritarle a la gente de esa forma, especialmente a sus sirvientes.

—Disculpa a mi padre, no está teniendo una mañana feliz —le comentó Noah casi leyéndole el pensamiento, mientras se sentaba a su lado. Se permitió además extender su mano hacia las suyas que se encontraban sobre la mesa, colocándola sobre ellas gentilmente—. Supongo que ya te enteraste de lo sucedido. 

—Ah, ¿sobre el pirata…?

Escucharon de pronto como el rey volvía a golpear su mano contra la mesa, haciendo que todo brincara. Ahora sus ojos azules, casi en llamas, la miraban directamente a ella.

—¿Qué dijiste? —espetó despacio, como si dicha pregunta se le atorara en la garganta.

—Dis… culpe —respondió Leire apenada; había olvidado que no debía usar esa palabra en su presencia—. Quise decir, sobre el hombre que asaltó aquel barco y una mansión el mismo día. Sí, las doncellas me lo mencionaron.

Leonardo bufó con desaire y se limitó a seguir comiendo.

Noah se giró entonces hacia una de las sirvientas, indicándole con sus dedos que se aproximara.

—Sírvele a la Duquesa un té, de limón y con dos cucharadas de miel. Y tráenos unos panecillos de relleno de chocolate.

—Enseguida, majestad —le respondió la jovencita inclinando su cabeza al frente, y entonces se apresuró al interior del castillo para traerle lo que le encargó.

Leire lo miró con una sonrisita difícil de disimular.

—Gracias, Príncipe Noah —le susurró despacio, halagada de que recordara precisamente como le gustaba el té, y claro, que le encantaban los panecillos de chocolate.

—No tienes que decirlo —le respondió Noah acompañado de un discreto guiño de su ojo—. Es una pena que tu visita a Korina previa a la boda se vea opacada por este vergonzoso incidente. Me declaro culpable de todo esto. —Colocó una mano sobre su pecho y agachó su cabeza con algo de pesar—. Había hecho todos los arreglos para que los regalos de la Emperatriz Lyan a tu persona fueran enviados discretamente en el barco de una empresa privada. Pensé que de esa forma no habría forma de que este… individuo, lo descubriera. Pero al parecer no fui lo suficientemente cuidadoso. Lamento decepcionarte.

—¡No!, no diga tal cosa, Príncipe Noah —exclamó la duquesa, notablemente alarmada—. No hay forma alguna en que usted pudiera decepcionarme. Además, descuide, no estoy molesta por los regalos. Me siento algo frustrada y curiosa por saber qué era lo que la Emperatriz me iba a obsequiar, pero la sola intención es lo que cuenta, ¿no?

Noah sonrió, aparentemente satisfecho de escuchar sus palabras, aunque su padre no parecía compartir el sentimiento.

—No estás entendiendo las implicaciones de todo esto, niña —le recriminó Leonardo con algo de severidad, haciendo que Leire se sentara derecha en su silla por mero instinto, como pasaba cuando su antigua institutriz le espetaba una reprimenda—. Dentro de muy poco serás una Vons Kalisma, un miembro de la Familia Real más grande que este reino y el mundo entero ha visto, por no mencionar que serás la futura reina del Glorioso Reino de Kalisma y todos sus territorios. El hecho de que un mequetrefe cualquiera te pueda robar a ti con tal impunidad, es un insulto a todo nuestro nombre.

—Lo lamento, majestad —susurró Leire dolida, agachando su cabeza por algo de vergüenza—. Usaré mis palabras con más cuidado.

—No se desquite con ella, Rey Leonardo —intervino Noah rápidamente, con cierta asertividad—. Es una víctima de este asunto tanto como todos. Además, sabemos que por encima del asunto de los regalos, le molesta más el segundo robo, ¿o no?

Aquel último comentario lo había hecho con un tono casi de burla tan notorio, e incluso una sonrisa astuta se dibujó en sus labios. El rey sólo lo vio con intensidad unos momentos, pero no le respondió nada. Leire, por su parte, miró a su prometido con cierta incertidumbre.

—¿Por lo de la mansión del regente? —Preguntó la Duquesa—. ¿Acaso se llevaron algo más valioso en ese robo?

—Oh sí —le respondió el príncipe, casi como si estuviera a punto de reírse—. Incontablemente más valioso.

Leire no supo identificar de momento si aquello lo decía enserio o no.

La sirvienta volvió en ese momento con su té y los panecillos, y colocó ambos delante de ella.

—Muchas gracias —dijo Leire, y justo después tomó la taza entre sus dedos y comenzó a soplarle para que estuviera menos caliente—. ¿Qué se llevaron en el segundo robo?

Noah sonrió, aparentemente divertido. Miró entonces a su padre al otro lado de la mesa.

—¿Me permite decírselo, majestad? Como bien dijo, ya es prácticamente de la familia, y nos puede ayudar a encubrir el hecho con la Princesa Stephani?

—¿Con Stephani? —Inquirió la mujer, aún más confundida que antes.

Leonardo sólo agitó su mano con indiferencia en el aire, y soltó un quejido difícil de interpretar, pero que Noah decidió tomar como un “adelante”. Se giró entonces hacia la Duquesa, mirándola con atención mientras comenzaba su relato.

—Recuerdas la gran colección de osos de peluche de la Princesa Stephani, ¿correcto?

—Oh, sí —asintió Leire—. Abarcan toda una habitación entera aledaña a la suya. Son realmente muy bonitos, y ella los cuida muy bien.

—Sí, en efecto lo hace; casi siempre. Pues bien, como creo que te comenté en una de nuestras cartas, hace como medio año atrás, Stephani acompañó a mi padre a un viaje al noroeste, en el que visitaron varias provincias. Y mi pequeña hermana, que como bien sabes a pesar de tener ya ocho tiene la mente de una niña de cinco o menos, quiso llevarse a todos sus osos con ella; y como mi padre no sabe decirle que no…

—Cierra la boca —masculló el rey entre mordidas, pero Noah lo ignoró.

—Así que llevó a todos sus osos guardados en un baúl custodiado, mismo al que durante todo el viaje prácticamente no le puso atención pues se entretuvo con tantas otras cosas nuevas. Sin embargo, cuando al fin terminó el viaje y estuvieron de regreso en Korina, se percataron de que habían olvidado algo en algún punto de éste.

Los ojos de Leire se abrieron de par en par por la impresión.

—¿Los ositos? Oh, cielos…

Noah soltó una discreta risilla, que intentó ocultar detrás de su propia mano.

—Parece que una de las sirvientas o alguno de los guardias olvidó contar el equipaje como es debido, y dejaron justo el baúl de Stephani atrás. Pero el Rey Leonardo, como buen estratega que es y haciendo alarde de su mente sagaz, le dijo a la princesa que sus ositos habían aprovechado que ya estaban por allá para visitar a unos parientes, y que volverían pronto. Y ella, siendo tan… poco inteligente como es, se lo creyó. Su majestad amortiguó la crisis, al menos de momento. Y no sólo eso, al final logró identificar que el baúl en cuestión se había quedado en la mansión del gobernador de Mustang Pent, y éste prometió entregarlo en persona aquí en el palacio en su próxima visita, con todos y cada uno de los ositos intactos. Eso sería de hecho en unos días más. Se le comunicó a la princesa la pronta llegada de sus amigos, y lleva días planeándoles una fiesta de bienvenida.

—Oh, eso es adorable —señaló Leire con cierta emoción—. Pero, ¿qué tiene que ver eso con el robo…? —El sólo pronunciar esa pregunta en voz alta, le sirvió para darse cuenta rápidamente de a dónde quería llegar—. Oh, Dios mío… no me diga que lo que robaron fue…

Noah asintió.

—El baúl que transportaba el gobernador, con todos los ositos dentro.

Leire se sobresaltó sorprendida en un inicio, pero casi de inmediato su semblante se fue relajando, sus labios dibujaron una sonrisa de incredulidad, y luego incluso se le escapó una pequeña carcajada, que tuvo luego que opacar cubriendo su boca con una mano.

—Lo siento… —susurró despacio, aún incapaz de opacar por completo sus ganas de reír—. Entonces, esos malvados pira… ladrones, ¿hicieron todo ese asalto sólo para robar un baúl lleno de ositos…?

Una vez más se le escapó otra carcajada, esta vez más sonora que antes, pero intentó de nuevo tranquilizarse lo mejor posible antes de perder la compostura. Pero realmente era difícil no hacerlo; la sola idea le parecía sacada de algún extraño cuento para niños.

—Me alegra que te dé gracia, ¡lo loco que me volverá esa niña cuando se enteré de esto! —gritó el Rey Leonardo con fuerza, golpeando por enésima vez la mesa.

—¡Lo siento!, ¡lo siento de verdad! —se apresuró la Duquesa a responder con apuro, sintiendo que estaba tentando peligrosamente su suerte. Volvió a tomar en silencio de su taza de té, esperando que la sensación cálida en su garganta le calmara además su risa contenida.

—Hasta los más poderosos tienen un punto débil —señaló Noah, irónico—, y para bien o para mal el de mi padre es su falta de carácter frente a las mujeres de su familia. Pararse frente a un ejército y combatirlo sin pestañear, eso lo hace cuando sea. Decirle que “no” a su madre, hermana, esposa o hija y no sucumbir a sus deseos y chantajes… ahí sí estamos perdidos.

—Cállate ya —le respondió el Rey Leonardo entre dientes—. Cómo me ves te verás mocoso impertinente.

—Ya lo veremos —señaló Noah, sin prestarle aparentemente mucha atención—. Pero eso le pasa por casarse con una mujer veinte años menor que usted y que todavía puede tener hijos. De otra forma no tendría que lidiar con estos problemas a su edad, majestad.

Tomó al mismo tiempo uno de los pastelillos de chocolate entre sus dedos y lo acercó al rostro de su prometida, sin decirle nada; aun así, Leire pareció comprender de inmediato su intención, y una vez más su rostro se tornó rojo como la sangre.

La Duquesa se aproximó tímidamente al panecillo y le dio una pequeña mordida mientras él aún lo sostenía. Sus labios inevitablemente rozaron levemente los dedos de Noah, y eso bastó para que pequeñas mariposas se agitaran en el estómago de la mujer. Noah la miró de reojo, y en sus ojos ella pudo ver que estaba complacido con ese pequeño acto; y pudo notar algo más, mucho más.

—Pero… no creerán que lo hayan hecho apropósito, ¿o sí? —susurró despacio Leire, como un pensamiento que se le escapaba por sí solo de los labios, pues sus ojos estaban fijos en su prometido. Noah lo notaba, claro que sí, pero lo disimulaba mucho mejor que ella.

—Es difícil decirlo —le respondió encogiéndose de hombros—. Me gusta pensar que nadie sería tan loco como para arriesgarse de esa forma sólo para robar juguetes. Sin embargo, viendo como algo tan aparentemente insignificante afecta al monarca más poderoso del mundo… Hay que reconocerlo, o Jude el Carmesí es un idiota con suerte, o un verdadero genio malvado.

—Oh, me alegra que admires tanto como un bueno para nada se burla de nosotros —murmuró con agresividad el Rey Leonardo—. Lo admirarás mucho mejor cuando lo tenga balanceándose de una cuerda adornando la plaza principal.

—Espero ver eso pronto —respondió Noah con elocuencia, y justo al mismo tiempo, debajo de la mesa, su mano se escabullía discretamente hacia su prometida, posándose justo sobre su muslo izquierdo, el cual tomó entre sus dedos por encima de los pliegues de su vestido. Aun así, la joven fue capaz de sentir ese contacto, y eso se tradujo en un pequeño sobresalto de sorpresa que ella intentó disimular, además de un sonrojo algo diferente a los anteriores—. Que el capitán de la Marina Real asignado tenga éxito en su misión, entonces. Mientras tanto, ¿ya ha pensado qué hacer con la Princesa Stephani?

Su rostro reflejaba tranquilidad, su voz absoluta normalidad. Y aun así, al mismo tiempo que hablaba, su fuerte mano recorría la pierna de la Duquesa, presionándola lo más posible para que ésta pudiera sentirla a pesar de su vestido, y a la vez él pudiera sentirla igual. El rostro de Leire se encontraba totalmente enrojecido, y a la vez se le notaba cierto temor. Miraba constantemente de reojo a los sirvientes, espantada ante la idea de que alguien notara lo que pasaba, o incluso el propio rey. Bajó sus manos discretamente, intentó tomar la de él para que se detuviera, pero era incapaz de ejercer la fuerza suficiente para evitarlo… y quizás, en realidad no deseaba por completo hacerlo.

El rey se recargó por completo contra el respaldo de su silla, relajando un poco su cuerpo y dejando que su abultado abdomen se alzara un poco. Tiró con molestia el último hueso de pollo contra los platos ya casi vacíos, marcando de cierta forma el final de su banquete por estrés. El mayordomo y las sirvientas comenzaron a recoger todo con apuro.

—Por lo pronto le diré que los estúpidos osos se van a tardar un poco más, en lo que pienso qué más hacer.

—Muy astuto —señaló Noah, continuando con su labor debajo de la mesa. Y entonces retiró abruptamente su mano de su sitio, lo que Leire llegó a resentir un poco sin identificar del todo por qué. Noah se paró entonces de su silla—. Si nos disculpa, llevaré a Leire a pasear un poco por los jardines. —Se giró en ese momento hacia ella y la extendió su mano—. ¿Vamos?

—¿Eh? —exclamó Leire con cierta confusión, pues se le dificultaba un poco unir de manera efectiva las ideas—. Ah… sí…

Tomó delicadamente la mano del príncipe y éste la ayudó a pararse. Los sirvientes agacharon su cabeza con respeto cuando ambos estuvieron de pie. Las dos que acompañaban a la Duquesa se disponían a seguirla, pero Noah las detuvo con un ademán de su mano.

—Está bien, déjennos solos. Hay asuntos de la boda que tenemos que discutir en privado.

Ambas sirvientas se miraron la una a otra con duda, pero Leire justo después asintió levemente con su cabeza como apoyo a las palabras de su prometido, lo que les indicó que en efecto debían obedecer.

—Anímese, majestad —señaló algo burlón el Príncipe Heredero, mientras él y la duquesa se dirigían adentro—. Si tenemos suerte, estos piratas quizás le pidan rescate por los ositos y pueda recuperarlos intactos.

—¡De ninguna manera voy a negociar ni pagar un rescate por unos estúpidos ositos!, ¡soy el Rey del Glorioso Reino de Kalisma! —Soltó el Rey Leonardo abruptamente, soltando su último desahogo de la mañana; al menos de momento—. ¡Y no los llames piratas! ¡No hay piratas en Kalisma!

Noah y Leire ingresaron con paso tranquilo al palacio y comenzaron a andar por el largo corredor de alfombra roja, estando ésta última sujeta al fuerte brazo de su prometido y procurando estar lo más cerca de él posible.

—El rey realmente está molesto… —susurró Leire despacio, al tiempo que se permitía inclinar un poco su cabeza para apoyarla sutilmente contra su hombro.

—Ya se le pasará. Además, en lo que menos quiero pensar en estos momentos es en el humor de mi padre…

Una vez que estuvieron lo suficientemente alejados de la terraza, y sin previo aviso, el Príncipe Noah tomó a su prometida y la giró en un movimiento rápido antes de que ésta se diera cuenta de ello. La espalda de la Duquesa quedó contra la pared del pasillo, mientras él se colocaba delante de ella, acorralándola como si temiera que fuera a intentar escapar. Ella lo miró con sus ojos verdes muy abiertos y llenos de asombro… pero también de una excitación difícil de esconder tras su expresión inocente y deslumbrada. Su respiración se agitó ligeramente, y su atractivo pecho subía y bajaba al pesado ritmo de ésta.

Noah la admiró por un rato, y entonces aproximó su rostro a ella, respirando sutilmente el dulce aroma que emanaba de su piel. Pegó su rostro sin vacilación alguna contra el costado de su cuello, respirando y oliéndola, pero también permitiéndose darle sutiles besos desde la base, subiendo por todo su costado hasta rozar el lóbulo de su oreja. Ella no pudo evitar soltar unos pequeños suspiros al sentir aquello, y especialmente cuando  él pegó por completo su cuerpo contra el suyo, presionándola contra su pared. La pierna izquierda del príncipe encontró su lugar entre las suyas, y una de sus manos comenzó a recorrer con bastante confianza su cadera y costado, para luego no tener pudor en subir y tocar de formas menos decentes la piel que dejaba expuesta el escote de su vestido. Leire volvió a suspirar, ahora con más fuerza, aunque quizás más por la impresión.

—Príncipe Noah, por favor… Alguien podría vernos… —le susurró muy despacio, incapaz de hablar con absoluta claridad.

—Que se vayan acostumbrando —le susurró con voz lasciva cerca de su oído; la sensación cálida de su aliento contra ese punto tan sensible la hizo estremecerse un poco—, pues cuando seas mi reina lo haremos en cada habitación de este lúgubre y viejo castillo.

—¿En cada una…? —repitió Leire despacio, aunque en realidad su mente se encontraba tan nublada que no acababa de comprender del todo lo que esas palabras significaban.

Sintió como en ese momento la pierna de Noah se presionaba más contra ella, estando aún entre las suyas. Leire pensó que si no fuera por su vestido, aquello lo sentiría mucho más, y ese pensamiento la apenó tanto que tuvo que cubrirse su rostro con ambas manos. Sintió entonces como la mano de su Príncipe bajaba, intentando ahora subirle la falda de su vestido y abrirse paso hacia lo que escondía debajo de éste. Esto la tomó por sorpresa, y así como lo había hecho en la mesa bajó sus manos para intentar detenerlo, pero de nuevo su empeño aparentemente no fue el suficiente. Cuando menos lo pensó, los gráciles y fuertes dedos de su prometido se las habían arreglado para meterse bajo su falda, y ahora la tocaba de una forma algo desconsiderada ahí debajo. Los suspiros de Leire se volvieron más que eso abruptamente, e inconsciente se abrazó de él con fuerza, teniendo incluso que morder un poco la tela que cubría el hombro de él para evitar que su voz se escuchara más fuerte de lo debido.

La Duquesa se estremecía contra el cuerpo de su prometido sin saber cómo evitarlo, mientras éste seguía moviendo sus inquietos dedos con una notable habilidad, por esa zona que él malamente ya conocía tan bien.

—Pero por lo pronto, vayamos a mi cuarto, ¿te parece? —le susurró despacio sobre su oído de nuevo. Leire logró tranquilizarse lo suficiente para poder apartar sus labios de su saco y poder hablar.

—¿No íbamos… a …caminar por los… jardines…?

—¿Realmente prefieres ir a caminar? —Le respondió él con cierta tranquilidad, aunque sus dedos no dejaban de hacer lo suyo, y el cuerpo de la mujer no dejaba de aferrarse a él con cada sutil movimiento—. Si eso deseas, eso haré…

Leire se mordió un poco su labio inferior, y dudó unos momentos antes de poder responderle. Pero no fue capaz de pronunciar palabra, sino sólo negar rotundamente con su cabeza. No, no deseaba ir a caminar; no en esos momentos, definitivamente.

Noah sonrió satisfecho, y entonces se alejó de ella, dejando que su vestido volviera a su lugar por sí solo. La tomó entonces de su mano, y juntos comenzaron a andar tranquilamente de nuevo por el pasillo. Leire tuvo que apoyarse más en él para poder caminar. En esos momentos, dejaría que él la llevara; no le importaba a dónde fuera mientras fuera con él.

— — — —

Mientras en Korina el Rey Leonardo disfrutaba (o no del todo) su desayuno, al sur de ahí, en la Base de la Marina Real en Gorian, una joven capitana pasaba por su propia pequeña crisis matutina.

La base era de las más grandes e importantes de la Marina dentro del territorio de Kalisma, centro de mando principal de la División Número 6. En su puerto había en esos momentos al menos diez de los temidos acorazados de acero que tan temida habían vuelto a su flota. Y en sus patios y cuartos, ya fuera entrenando, marchando o simplemente cumpliendo con sus diferentes tareas diarias, se encontraban al menos trescientos jóvenes y fuertes elementos de reserva, listos para embarcarse en la siguiente misión asignada, más aquellos que se encontraban siempre de planta para la propia protección de la base. Clarissa Bulrskraistain Luren no pertenecía a alguno de esos dos grupos. Su nave, el Skyliria, era una de las tantas dentro del territorio que estaba principalmente destinada a tareas de patrullaje. Por ello, su día a día era básicamente navegar recorriendo una zona específica, tocar puerto una vez por semana, y acudir a la base de Gorian una vez al mes para dar su reporte (que casi siempre era escueto y sin ninguna novedad), y un par de días después proseguir con lo mismo

Dentro del territorio, se suponía que la tarea de la Marina Real era proteger al reino de cualquier amenaza externa que quisiera pisar su suelo. Sin embargo, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que alguien fue lo suficientemente osado o estúpido para intentar atacar Kalisma de frente, tanto que quizás ninguno de los elementos activos en ese momento había tenido la dicha, o desdicha, de participar en una guerra con otro país. El momento más reciente de actividad de la Marina Real había sido veinticinco años atrás, cuando el Rey Leonardo les había encargado la cacería, aprehensión o aniquilación de todas las tripulaciones piratas que azotaban sus aguas, trabajo que había culminado con un satisfactorio éxito quince años atrás, llenando de gloria y reconocimientos a decenas de naves y capitanes. Pero luego de eso, la Marina Real había vuelto a su estado habitual de espera, sólo de vez en cuando teniendo que ocuparse de alguna pequeña revuelta o tener que encargarse de alguna amenaza un tanto más sofisticada de la habitual. La capitana Bulrskraistain, sin embargo, no había tenido la oportunidad de hacer algo de tanta importancia en su corta carrera, pero eso podría cambiar esa mañana, aunque ella de momento no lo sabía.

Tres días atrás, la capitana recibió un comunicado que le ordenaba reportarse de inmediato en Gorian, una semana antes de cuando tenía previsto ir a dar su último reporte (igual de aburrido que los anteriores, o incluso más). El Skyliria tuvo que acelerar sus calderas al máximo y dirigirse a esa inesperada e importante cita. Habían llegado al puerto esa misma mañana, y en cuanto pudo Clarissa y su primer oficial se bajaron apresurados del barco y se dirigieron directo a la oficina del Almirante a cargo, quien directamente la había hecho llamar.

El mensaje no era muy informativo; no decía mucho más aparte del hecho de que debía acudir de inmediato a la base. Durante esos tres días de viaje que le siguieron, Clarissa dedicó mucho tiempo a intentar adivinar para qué la habían hecho llamar con exactitud, y lo que menos pasaba por su cabeza era la posibilidad de que la habían hecho llamar para asignarle una nueva misión. De hecho, su principal teoría era algo muy distinto: un regaño. ¿Por qué?, no tenía ni idea, o al menos no se le venía a la mente por qué podría ser. Y estando aún ahí, sentada en una de las sillas de la pequeña sala de espera frente a la oficina del Almirante Kreuss Lupin, ese era el principal pensamiento que invadía la cabeza.

Clarissa Bulrskraistain Luren era una mujer joven de veintiséis años, de largo cabello morado lacio que en esos momentos traía totalmente suelto y caía sobre su espalda con una pequeña capa. Su complexión delgada y atlética era enmarcada por el uniforme azul y blanco propio de un Capitán de Navío, con botones dorados y botas altas color negro, pero ninguna condecoración especial en él. Estaba sentada con su espalda firme, sus piernas cruzadas, y sostenía su espada enfundada delante de ella, presionando la punta de la vaina contra el suelo y posando sus dos manos enguantadas sobre el pomo dorado. Intentaba reflejar serenidad absoluta, pero lo cierto era que cada quince o veinte segundos giraba con impaciencia sus grandes ojos azul cielo hacia la imponente puerta de caoba, esperando que ésta se abriera en cualquier momento. Además, el pie de la pierna que se encontraba encima de la otra, se agitaba impacientemente. Todo eso dejaba en evidencia el hecho de que estaba hecha un mar de preocupaciones y miedos.

—¿Está nerviosa, capitana? —Le preguntó de pronto Emeth Drew, su primer oficial sentado a su lado, un hombre joven de cabello negro y corto que tomaba un poco de café con notable más tranquilidad que ella. Sus ojos eran café, y su estatura y complexión eran medianas, quizás un poco más delgado de lo que se esperaría de un miembro de la Marina Real.

—¡Por supuesto que no! —Exclamó Clarissa de golpe a la defensiva—. ¡¿Porque habría yo de estar nerviosa?! Alguien de mi posición está más que acostumbrada a ser citada sin ninguna explicación a la oficina de su Almirante en Jefe —soltó de pronto una risa que más que segura, sólo alimentaba más su imagen de nerviosismo—. ¡¿Por qué pensaría que me están a punto de dar un horrible y pesado regaño?! No he hecho nada más que cumplir mi deber sin desviarme del camino ni un poco; no hay nada por lo que ameritaría una reprimenda de mi oficial al mando… ¿o sí?

Al pronunciar esa última pregunta, miró de reojo a Emeth, como si esperara que realmente le respondiera su pregunta. El chico, por su lado, se encogió de hombros.

—No creo que hayamos hecho algo incorrecto últimamente. Sólo hemos seguido nuestra ruta y presentado nuestros reportes a tiempo; no se me ocurre algo más…

—¡Exacto! —Señaló Clarissa firmemente, y entonces chocó con algo de fuerza la punta de su vaina contra el suelo—. ¡No hay ningún motivo que sepamos que pudiera ser causa de regaño alguno…! Al menos que, sea algo de lo que no sepamos…

Dirigió una mano hacia sus labios, y comenzó a morderse compulsivamente su dedo pulgar, estando éste aún cubierto con su guante.

—¿Será que pasamos algo por alto en alguno de nuestros patrullajes? Quizás algún enemigo nos burló y logró entrar al territorio y causar desastres, y nosotros no lo vimos. Y cuando llamaron para que interviniéramos no vimos la señal, y miles de personas murieron mientras nosotros tomábamos tranquilamente el té…

Su respiración comenzó a sentirse algo agitada, y su rostro a sudar un poco. Comenzó a jugar nerviosa con el cuello de su saco, intentando poder respirar mejor.

—Tranquila, Clarissa —le susurró Emeth, despacio—. Si algo así hubiera pasado, ya nos hubiéramos enterado. De seguro no fue nada de eso.

—Sí, sí, tienes razón. No debe ser nada, no debe ser nada…

Repitió lo mismo un par de veces más, pero en cada ocasión se veía menos convencida. Clarissa era un hábil espadachín, una eficiente estratega, y una militar de carrera siempre apegada a las reglas y los procedimientos, hasta el punto que muchos dirían que lo era “demasiado”. Sin embargo, en ocasiones parecía perder un poco la habilidad de sostenerse firmemente a la presión, algo que muchos considerarían indispensable para ser un miembro de la Marina Real, especialmente el capitán de un navío. Por suerte eso ocurría más frecuentemente cuando significaba presentarse ante las figuras de autoridad, y menos cuando implicaba actuar en el campo.

La puerta de caoba se abrió abruptamente, lo que provocó que Clarissa inconscientemente reaccionara sentándose derecha en su silla y mirando al frente. Por la puerta se asomó el secretario personal del Almirante, un hombre de traje militar blanco y azul como el suyo y anteojos.

—El Almirante Lupin la verá ahora, capitana Buskrastian.

—Es Bulrskraistain —pronunció Clarissa rápidamente y con absoluta facilidad, parándose de su silla casi de un salto.

—Ah, lo siento… —se disculpó el secretario y revisó rápidamente los papeles que traía consigo. Se sintió aún más avergonzado al no haber reconocido en un inicio aquel apellido tan especial. Se paró derecho de inmediato y saludó a modo militar con su mano contra su frente—. Capitana Bulrskraistain, mil perdones. Puede pasar.

Clarissa sólo asintió. Se colocó su espalda en la cintura (aunque sus dedos nerviosos no se lo pusieron fácil) y entonces se giró firme hacia la puerta.

—Andando, Emeth —indicó con firmeza (no del todo genuina) y avanzó a paso lento hacia el interior de la oficina. Su Primer Oficial lo hizo unos pasos detrás, más preocupado porque el estado de ánimo de su capitana los pusiera en más problemas que el supuesto regaño que ella creía les iban a dar.

FIN DEL CAPÍTULO 09

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

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