Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 48. Tío Dan

10 de septiembre del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 48. Tío Dan

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 48.
Tío Dan

La noche en Frazier se encontraba un poco más fría que en Salem, o incluso que en Anniston a pesar de que ésta última no se encontraba tan lejos. La Residencia Rivington para Cuidados Paliativos se encontraba para esas horas sumida en el silencio, incluso más que en otras noches similares a esa. Poco a poco se acercaba el momento de apagar las luces, y los residentes se iban retirando de uno en uno hacia sus cuartos. El señor McMan había pasado casi toda la tarde—noche en la sala de recreo, sin hacer nada en especial más que ver las novelas y el noticiero local en la televisión, sentado en su siempre leal silla de ruedas. Aproximadamente a las seis, Isaac de la otra ala se había acercado y habían jugado cinco partidas de damas, quedando tres a dos a favor del señor McMan. Isaac se retiró temprano luego de ello; el tiempo que podía pasar fuera de su cama se iba reduciendo conforme pasaban los días, e igual le ocurría a él.

Cuando menos lo pensó, se quedó solo en la sala. En el último tramo, mientras miraba el noticiero, le habían traído una natilla en un pequeño vaso de plástico, misma que estuvo comiendo poco a poco mientras pasaban las noticias, hasta raspar las paredes del recipiente y asegurarse de que había consumido hasta el último centímetro. Cuando terminó del todo, ya era hora de apagar la televisión, así que uno de los cuidadores fue a buscarlo para llevarlo a su cuarto. Se le aproximó por un costado sin que él lo notara hasta que ya se encontraba lo suficientemente cerca.

—¿Listo para descansar, señor McMan? —Le preguntó jovialmente aquel hombre, agachándose a su lado para estar a su misma altura. El hombre anciano en la silla lo volteó a ver a través de sus gruesos anteojos, y una sonrisa de genuina alegría se dibujó en sus labios.

Aquel era uno de los mejores cuidadores de ese lugar, y de los más requeridos por los residentes. Un hombre ya por encima de sus cuarenta, pero bastante bien conservado cabía decir. De rostro fuerte pero apuesto, con una barba a medio crecer, cabello rubio oscuro corto y ojos azules serenos.

—Oh, Daniel —le saludó con voz carrasposa—. ¿Hoy te toca lidiarnos a esta hora?

—Nada de eso —respondió él sonriéndole, y entonces se incorporó de nuevo colocándose detrás de la silla. Era un hombre alto, de complexión mediana y hombros anchos. Tomó las manijas de la silla y comenzó a empujarla lentamente hacia el pasillo—. ¿Qué le parece dar una vuelta antes?

—Me parece bien. No tengo mucho más que hacer, después de todo.

Y así como lo sugirió, el cuidador lo llevó a dar un pequeño recorrido por los pasillos, al tiempo que conversaban lo más animadamente posible. Cada vez que cruzaban palabra, el señor McMan demostraba que aún le quedaba algo de chispa y sabiduría que compartir, mismas que el cáncer de pulmón no le había arrebatado. Pero principalmente se sentía siempre muy a gusto en presencia de aquel hombre de seguro de la mitad de su edad, pues tenía un extraño don para hacer sentir a las personas muy seguras y cómodas en su presencia; y no era, de hecho, su don más peculiar.

Daniel Anthony Torrance, o sólo Dan para los amigos, llevaba ya casi quince años trabajando en la Residencia Rivington. Después de pasar una parte importante de su vida sin un rumbo, y ahogado en problemas, peleas y alcohol, en esos momentos sentía que estaba en el mejor momento posible. De entrada tenía un trabajo que disfrutaba; pese a la constante cercanía con la muerte, sentía que era un sitio en el que podía hacer el bien, y en el que sus habilidades únicas podían serle de utilidad a personas que en realidad lo necesitaban. Tenía amigos, e incluso familia, a los que amaba con todo su ser. Llevaba ya más de quince años sobrio, y contando. Realmente, por primera vez en su mucho tiempo, sentía que podía afirmar con seguridad que era “feliz”, y esperaba poder transmitirle un poco de esa felicidad a los residentes, incluso el señor McMan. Pero claro, la experiencia le había enseñado que cuando más tranquilo y feliz se sentía, más probable era que algo inesperado ocurriera. Y ese algo ocurriría justo esa noche…

Luego de unos minutos de paseo, Dan llevó al señor McMan de regreso a su habitación y lo ayudó a recostarse en su cama. El señor mayor soltó un pequeño gemido doloroso cuando Dan lo sentó en la cama, pero se apresuró de inmediato a aclarar que no era nada; era todo un guerrero a su modo. Terminó de recostarlo y lo cubrió hasta el pecho con la sábana blanca.

—¿Todo se siente bien?

—Mejor que nunca —rio el hombre mayor con voz ronca y cansada, seguido poco después por dos pequeños tosidos.

Mientras Daniel lo terminaba de arropar, colocándole también una frazada no muy gruesa para compensar un poco el frío, notó que los ojos del residente se desviaban hacia la puerta abierta cuarto. Dan se viró en dicha dirección por mero reflejo, y ahí lo vio: a Azreel, llamado de cariño simplemente como Azzie, ese gato de pelaje gris oscuro que con los años parecía haberse puesto más grande y gordo, pero que aún mantenía la gracia y vitalidad de un jovencito. Estaba sentado justo en el marco de la puerta, mirando con sus ojos brillantes y fulminantes en dirección a la cama. Los tres se quedaron callados, incluso conteniendo un poco la respiración. Azzie ladeó su cabeza hacia un lado sin apartar su mirada del punto que tanto le llamaba la atención. Hubo al menos unos diez segundos más de silencio, y entonces el gato se incorporó de nuevo y siguió avanzando por el pasillo, alejándose despreocupado de aquella puerta.

Sólo entonces Daniel y el señor McMan respiraron con alivio, aunque quizás también con una combinación de decepción.

—Parece que el doctor no lo podrá atender esta noche —comentó Dan intentando aligerar un poco el ambiente.

—Otro día será —comentó McMan con una media sonrisa.

Azzie era el doctor más sabio de todo ese lugar. Cuando a alguno de los residentes le llegaba la hora, él se los podía decir sin equivocación alguna. Pero cuando no era aún el momento, no lo era y él lo sabía bien. Y al parecer al señor McMan aún le quedaban unas cuantas noches más en ese sitio; o al menos así lo diagnosticaba el doctor.

Dan siguió arropándolo y justo ya había terminado cuando sintió la presencia de alguien más en la puerta, pero ahora considerablemente más grande que la de un gato.

—Daniel —le llamó una enfermera de uniforme blanco desde la puerta, con tono suave—. Tienes una llamada de tu hermana.

El cuidador se giró hacia ella con expresión perpleja.

—¿De mi hermana?

Dan caviló unos segundos antes de que el sentido de aquella frase tuviera forma completa en su cabeza.

¿Cuánto había pasado ya?, ¿cinco años? Y aún de vez en cuando tenía esos escasos, pero aún existentes, lapsos en los que su mente consciente no relacionaba la expresión “tu hermana” con un nombre y un rostro concreto, aunque aquello solía arreglarse rápido. Y no era que tuviera alguna aversión hacia Lucy Stone, o a la idea de descubrir a sus cuarenta que tenía una media hermana de la que nunca había sabido, o siquiera que ambos tuvieran algún tipo de mala relación. Sencillamente parecía haber un cierto acuerdo implícito entre ambos de no llevar aquel trato mutuo más allá de una educada amistad de adultos, con la cordialidad propia de una plática de día de campo con algún vecino o padre de familia conocido de la escuela; Daniel no era ninguna de las dos cosas, cabe mencionar. Esto era quizás inspirado por la desconfianza inherente en dos completos extraños, la incomodidad comprensible que provocaba la conexión poco ideal existente entre ambos, o simplemente la falta de cariño fraternal, que a diferencia de lo que las películas mostraban no surgía espontáneamente como margaritas de la tierra. Por lo tanto, además de la confusión inicial de Daniel, habría que sumarle la conclusión lógica de que Lucy no le estaría llamando a esas horas de la noche sólo para saludar y preguntarle cómo había sido su día, especialmente presentándose directamente como “su hermana”, al menos de que así lo requiriera.

—Disculpe, debo ir —murmuró, excusándose con el señor McMan.

—Adelante, ve con Dios —le respondió éste con tono divertido, a lo que Dan sólo correspondió con una pequeña sonrisa.

Se dirigió hasta la estación de enfermeras más cercana, en dónde habían pasado la llamada. Ahí la misma enfermera que le había ido a avisar se encargó de conectarlo y pasarle el comunicador.

—¿Hola? —murmuró en voz baja teniendo ya el teléfono en su oído, y la respuesta al otro lado no se hizo esperar ni un poco.

—¡Dan!, ¡¿dónde estabas?! —Escuchó con bastante fuerza la voz aguda de Lucy espetar en la línea—. ¡¿Por qué tardaste tanto?!

—Hey, tranquila, Lucy —respondió Dan, intentando permanecer calmado—. ¿Qué ocurre?

Daniel intuyó que su “hermana” debió haber intentado buscarlo en su móvil (que nunca traía consigo mientras estaba con los residentes, por respeto), y en su apuro había tenido que buscar el número de la Residencia y marcar directamente a ésta en su búsqueda. Más señales de que aquello no podía ser nada bueno.

Escuchó como Lucy respiraba lentamente intentando calmarse, y entonces le contestó con un tono más suave, pero no por ello carente de angustia.

—Es Abra… —soltó de golpe, y todas las alarmas en la cabeza de Dan se encendieron—. No sabemos qué le pasó. Estaba bien, y de pronto comenzó a gritar, se desmayó, y no podemos hacer que despierte. John la revisó y dice que no tiene nada físicamente, que quizás… —calló abruptamente, vacilante por lo que diría—. Que quizás es algo de lo otro…

Dan permaneció en silencio, más intrigado por la forma en la que había mencionado “lo otro” que la idea que dicha expresión traía consigo. Abra era la única hija de Lucy y su esposo, y por consiguiente su sobrina; igualmente introducida en su vida de forma abrupta, así como su madre. Sin embargo, a diferencia de cómo había ocurrido con Lucy, la relación entre Dan y Abra se había dado de una forma mucho más armoniosa y agradable, incluso desde antes de que supieran que eran familia. A Dan le gustaba pensar que aquello se había dado por mucho más que por ese algo especial, aquello que con cierto desdén Lucy llamaba “lo otro”, que ambos compartían, aunque era innegable que mucho había tenido que ver.

Y ahora, al parecer a esa niña (que ya había crecido lo suficiente para ya no encajar en dicha palabra) le acababa de pasar algo, que en primera instancia no entendía por completo de qué se trataba.

—Más despacio, Lucy —murmuró lentamente, alejándose un poco de la estación de enfermeras—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Dijo algo?, ¿vio algo?

—No lo sé —le respondió la mujer en el teléfono, algo a la defensiva—. Sólo dijo que parara, que le dolía… No sé qué pasó, enserio. Por favor, ven. Te necesitamos.

—Está bien, tranquila. Puede que no sea nada, ¿de acuerdo? Pero voy para allá si eso te hace sentir más tranquila.

—Gracias, gracias Dan. —En la voz de Lucy se sintió un poco más de alivio—. Por favor, no tardes.

Luego de unas últimas cortesías, ambos colgaron casi al mismo tiempo. Dan se quedó pensando un poco en lo que había escuchado, repasando en su cabeza cada punto sobre lo sucedido. Comenzó a gritar, decía que le dolía y que parara, se desmayó y no la pueden despertar. Inusual, ciertamente. A pesar de cómo lo apodaban por esos lares, no era un doctor real cómo para determinar si había una explicación razonable que pudiera explicar tales sucesos. John Dalton, sin embargo, sí lo era, y si él les recomendó hablarle debió ser por algo. Sí, a simple vista sonaba a algo que pudiera tener que ver con aquello que los unía a Abra y a él, pero no lo suficiente para asegurarlo con absoluta confianza. Era probable que justo cuando estuviera a mitad de camino, Abra simplemente se despertara como si nada hubiera pasado. Y en parte aquello sería un verdadero alivio, tanto para sus padres como para Dan.

Siguió meditando un poco en todo aquel asunto por un par de minutos, pero si no se movía de una vez no cumpliría la promesa a su hermana. Fuera como fuera, Abra era su sobrina, y una de esas personas especiales en su vida a las que por ningún motivo podía permitirse perder. Además, ella era especial, muy especial; nada de lo que pasara por su cabeza podía ser tomado a la ligera.

Se viró de regreso a la estación de enfermeras y les regresó el teléfono.

—Necesito retirarme —les informó con apuro a las dos mujeres de uniforme en la estación—. Tengo una emergencia familiar.

—Anda, no te apures —le respondió rápidamente una de ellas—. Nosotras te cubrimos.

—Gracias, les debo una.

—¿Sólo una?

Normalmente Dan les seguiría el juego un poco más, pero el apuro de la situación no se lo permitía. Se dirigió entonces apresurado al aparcamiento para empleados. Cruzó sin detenerse los largos pasillos de la Residencia y salió por una de las puertas traseras. Se subió al asiento del conductor de su viejo, pero aún bastante entero Mercedes Benz, y cerró la puerta. Colocó la llave en el encendido, pero no la giró. En su lugar se quedó pensativo, mirando por el parabrisas en dirección a la puerta por la que había salido. Colocó lentamente sus dos manos firmes sobre el volante y cerró los ojos. Respiró lentamente, intentando librarse de cualquier preocupación o pensamiento que pudiera distraerlo.

—¿Abra? —murmuró despacio—. ¿Me escuchas?

Guardó silencio unos segundos en espera de alguna respuesta; no recibió alguna. Todo se mantuvo en absoluto silencio, como muchos esperarían que ocurriera, pero no Dan. No esperaba oír su voz de pronto o el sonido de marcado como si fuera el teléfono. Pero esperaba al menos sentir algo; sentir la presencia de su joven sobrina, aunque fuera como una imagen difusa a lo lejos o un chillido apenas audible en su oído. Pero en su lugar, sólo obtuvo silencio, y una profunda sensación de vacío.

Quizás no era nada, justo como se lo había dicho a Lucy. O, podría ser algo muy, muy serio. Nunca se sabía cuándo se trataba del Resplandor.

Se colocó su cinturón de seguridad y dio vuelta al encendido haciendo que el motor resonara como un gatito. Salió rápidamente del estacionamiento de la Residencia Rivington, y se puso en marcha y sin espera hacia Anniston.

— — — —

Eran más de las diez de la noche cuando Dan arribó a la calle de los Stone. Nada había cambiado durante el tiempo que duró su trayecto. Abra seguía recostada en el sillón, bastante apacible y con Brownie acurrucado a su lado. David y John se encontraban sentados en la barra de cocina bebiendo silenciosamente una taza de café; sus intentos de comenzar una conversación no habían dado buenos frutos. Lucy era incapaz de tranquilizarse, mucho menos de sentarse a tomar café. En cuanto colgó con Dan, comenzó a caminar de un lado a otro por toda la sala, se sentaba de vez en cuando con Abra, y principalmente se aproximaba a la ventana para ver si acaso el vehículo de su medio hermano no se había ya aparcado delante de la casa, aunque sólo hubiera pasado unos cuantos minutos desde que hablaron. Los intentos de David o John por pedirle que se sentara con ellos a esperar tampoco funcionaron, y de hecho causaban más de una reacción aversa en la mujer.

Cuando al fin el sonido del vehículo se hizo presente, y fue más que obvio que en efecto éste se había detenido delante de la casa, Lucy corrió despavorida hacia la puerta, seguida varios pasos detrás por su esposo y por el Dr. Dalton.

—¡Gracias al Dios que al fin llegaste! —Espetó Lucy con alivio, aunque también con algo de recriminación, justo cuando Dan apenas se bajaba del auto. Éste se vio algo aturdido por el repentino señalamiento.

—Tranquila Lucy —murmuró Dan con seriedad, cerrando la puerta del auto con llave—. ¿Aún no despierta?

—No, sigue igual. Por favor, ven, rápido…

Lucy lo tomó apremiante de su brazo y comenzó a jalarlo hacia el interior de la casa; apenas y tuvo unos segundos para saludar con un ademán de su cabeza a David y John.

Al entrar, lo primero que lo recibió fue el propio Brownie, que le ladraba despacio con la misma alarma y premura que Lucy. Luego, al alzar su mirada un poco más adelante, el cuidador se encontró con la figura de su sobrina, recostada bocarriba sobre el sillón, con sus manos sobre su regazo. Usaba un suéter rosa terciopelado y pantalones rojos; sus zapatos tipo tenis reposaban a un lado del sillón. Dan se aproximó cauteloso al sillón, sin apartar sus ojos azules ni un segundo de la muchacha. Se permitió sentarse en la mesita de centro justo a su lado, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella, contemplando en silencio su rostro dormido.

—¿Abra? —Espetó con algo de fuerza, pero no hubo ninguna reacción en ella.

“Abra,”, soltó justo después, pero no con su boca, sino como un fuerte pensamiento que encaminó directo hacia su joven sobrina, con la intensidad suficiente para al menos hacerla sacudirse un poco. Sin embargo, tampoco resultó; era como si su pensamiento fuera una brisa chocando contra un impenetrable muro.

Dan pasó su mano por su boca y barbilla, sintiendo como estos se raspaban con su barba a medio crecer.

—¿Y bien? —Murmuró Lucy sobre su hombro con impaciencia.

—Creo que se está protegiendo —respondió tras un rato—. No puedo entrar en lo absoluto en su mente. Debió haber sufrido alguna clase de ataque externo, y su mente se blindó a sí misma para defenderse.

—¿Eso es algo bueno? —Inquirió David, con voz temblorosa.

Dan no respondió, pues en realidad no lo sabía; no estaba seguro si podía siquiera ratificar su teoría.

—¿Puedes despertarla? —Comentó ahora John con interés.

—No lo sé. Es bastante poderosa, y ustedes lo saben. No sé si sea capaz de entrar sin hacernos daño a ambos. Quizás ella misma salga de ese estado cuando esté lista.

—¿Quizás? —Murmuró Lucy, casi como si aquella palabra le ofendiera—. ¿Quizás cuándo? ¿Unas horas?, ¿unos días? ¿Años?

—No lo sé, Lucy —respondió Dan asertivamente, parándose rápidamente de la mesita—. Esto no viene precisamente con un manual para casos de emergencias, ¿sabes?

—Tranquilicémonos, por favor —intervino John rápidamente, antes de que aquello estallara en una pelea—. Es obvio que estamos muy nerviosos y confundidos, pero todos estamos de acuerdo en que Dan es el que más sabe de estas cosas, ¿no? —Lucy y David no dijeron nada; la primera sólo se limitó a mirar con un enojo frío a su medio hermano. John se viró entonces hacia Dan con postura más reconciliadora—. ¿Qué opinas tú que debamos hacer?

Dan vaciló y se viró de nuevo hacia Abra. Le daba la impresión de que nunca la había visto tan calmada antes; realmente no parecía ella, y especialmente no parecía que algo malo le estuviera pasando.

—Voy a intentarlo —respondió seriamente, sentándose de nuevo—. Sólo intentarlo. Si siento que podría provocarle algún daño, lo dejaré; es por su bien.

—Correcto. Gracias, Dan —murmuró David, colocando sus manos sobre los hombros de su esposa para intentar reconfortarla.

Dijo que lo intentaría, pero en realidad no estaba muy seguro de qué haría con exactitud; la mayoría del tiempo no lo sabía. Cómo había dicho, sus poderes no venían con un manual de instrucciones. La mayor parte del tiempo debía dejarse llevar por su mero instinto, y aplicar un poco la prueba y el error.

Dan respiró hondo. Acercó su mano izquierda hacia Abra y la colocó sobre su frente. Se concentró aún más que antes, enfocó con bastante fuerza su mente en ella. La sensación era similar a estar presionando ambas manos contra una pared, intentando atravesarla con ellas, y obteniendo el mismo resultado que si realmente hiciera ello en el mundo físico. Cerró los ojos para concentrarse mejor.

“Abra.”

“Abra.”

“¡Abra!”

Abrió sus ojos de golpe, aunque él supo que no precisamente de forma literal. Su mente ya no se encontraba en la sala de los Stone, y quizás no estuviera realmente en ningún sitio en particular. Ante él, sólo lograba ver una negra y absoluta oscuridad, y escuchar un profundo y casi imposible silencio. A dónde quiera que volteaba era exactamente lo mismo. Dio un paso, y aquel movimiento rompió un poco la sensación de vacío pues escuchó el chapoteó de sus pies contra el agua. El suelo parecía estar cubierto de ella al menos por medio centímetro.  Al bajar su mirada, le sorprendió poder ver con claridad sus zapatos mojados, al igual que su pantalón, como si su cuerpo brillara con luz propia entre esa penumbra.

—¿Abra? —Exclamó como algo de fuerza, y realmente no estaba seguro si sonido alguno había salido de su boca. ¿En dónde se encontraba realmente?—. Abra, ¿estás aquí?

 No hubo ninguna clase de respuesta perceptible. Comenzó a avanzar cautelosamente, y en cada momento sentía sus pies empujando el agua.

¿Era ahí en dónde Abra se había ido a ocultar? Parecía inusual para ella, especialmente porque no veía a ningún dragón o algún otro de sus personajes de ficción favoritos, desenvainando su espada con la disposición de decapitar a cualquier intruso. No se percibía el fuego habitual que la caracterizaba. Aquel sitio se sentía mucho más frío, y sobre todo solitario. ¿Podría ser que ese escenario no le perteneciera a su sobrina?

Dan siguió avanzando sin ver ni escuchar nada por… ¿cuánto tiempo fue con exactitud? El correr de los segundo era confuso en aquel espacio. De seguro en el mundo real no habían pasado más que un par de minutos a lo mucho, pero se sentía tan cansado como si hubiera recorrido ya un par de kilómetros.

Aquello no parecía que lo fuera a llevar a ningún lado, pero al parecer el perseverar terminó rindiéndole frutos. Llegando a cierto punto, logró distinguir algo más entre la prácticamente infinita oscuridad; algo que al parecer también brillaba con su propia luz, y se hallaba en el suelo más adelante por su camino. No sabía qué era, en especial no sabía si era quien había ido a buscar. Aun así, aceleró el paso arrastrando sus pies por esa agua que cada vez sentía más pesada. Poco a poco aquello que veía tomó forma de una persona, tirada en el piso con su cuerpo casi sumergido por completo en el agua, siendo quizás lo único expuesto su rostro blanco. Dan llegó hasta ella, se tiró de rodillas y la alzó.

—¡Abra!, ¿me escuchas? —Espetó fuertemente mientras sujetaba el delgado cuerpo de su sobrina unos centímetros fuera del agua; ésta no le respondió. Su cabello rubio yacía suelto y empapado, soltando pequeñas gotas que caían verticalmente y creaban pequeñas ondulaciones. Su rostro se veía más pálido que de costumbre, sin el usual rubor en sus mejillas, y se sentía fría.

Dan intentó llamarla de nuevo, pero ahora haciendo llegar sus pensamientos hacia ella de forma quizás de más agresiva.

“¡Abra!, despierta de una vez. ¿No sabes lo preocupados que nos tienes a todos? Despierta, niña. ¡Ahora!”

Ese último empujón fue incluso más intenso, pero resultó. El cuerpo de la jovencita se estremeció, sus ojos se abrieron de golpe y su boca jaló una rápida bocanada de aire. Se terminó de sentar por su cuenta en el suelo y ladeó su cabeza hacia un lado, comenzando a toser y soltar algo de agua.

Dan respiró aliviado. Aún seguía ahí.

—¿Tío Dan? —Exclamó confundida la jovencita una vez que logró controlar sus arcadas—. ¿Qué haces aquí?

—¿Qué hago aquí?, ¿sabes al menos dónde es aquí? —Le respondió Daniel con una combinación de humor y reprimenda.

Abra miró entonces alrededor, sintiéndose totalmente desorientada.

—Supongo que no es mi casa.

—Eso no es del todo correcto, en realidad. ¿Recuerdas qué fue lo pasó? Tus padres dijeron que oíste varias voces, dijiste que sentías mucho dolor, y luego te desmayaste.

—¿Eso pasó? —susurró la joven como una pregunta más a sí misma. Se paró lentamente sin que Daniel la ayudara, y empezó a andar sin rumbo, como si buscara algo que le ayudara a darle claridad a su cabeza. Su tío la siguió cauteloso—. Sí, creo que… ya recuerdo un poco. Estaba subiendo las escaleras, y vinieron a mí cabeza todas esas imágenes y sonidos. Fue demasiado de golpe, no lo podía controlar.

—¿Qué imágenes? ¿Recuerdas qué eran?

—Eran… —Abra vaciló unos momentos antes de responder—. Eran en efecto, como recuerdos… Pero no eran míos.

Se detuvo un momento, dándole la espalda.

—Hace unos días, una mujer apareció en mi sala. Era una proyección, pero la pude sentir vívidamente como si estuviera ahí físicamente. Nunca la había visto. Por un momento se me vino a la mente Rose la Chistera y cómo se presentó de igual forma en mi cuarto cuando era pequeña.

A Dan la sola mención de ese nombre le provocaba una punzada de ira y preocupación en el pecho. Rose la Chistera, y su dichoso Nudo Verdadero; un grupo de monstruos, si es que aquella era la palabra más adecuada para describirlos, que cazaban niños con el Resplandor como Abra, para asesinarlos y consumir aquello que los hacía especial, y todo sólo para mantener sus vidas y su juventud. Hacía ya un tiempo que él no pensaba en ellos, pero sabía muy bien debían de alguna u otra forma estar presentes en la mente de su sobrina.

Abra prosiguió con su explicación.

—Me asusté y la empujé lejos, muy lejos de mí. No sé quién era, pero creo que la volví a ver entre todos esos recuerdos.

—¿Fue ella la que te atacó? ¿Otra resplandeciente? ¿O una verdadera quizás?

—No lo sé… —Abra se sujetó su cabeza firmemente con ambas manos, como si le comenzara a doler—. Es muy confuso. Tal vez si pudiera poner en orden esas imágenes y pudiera verlas con más claridad…

—Eso es posible —señaló Dan, avanzando hasta colocarse a su lado—. Este espacio vacío es tu lienzo. Si esas imágenes siguen en tu cabeza, debes poder proyectarlas, cómo una película.

—Cómo una película —repitió Abra de forma mecánica.

Aquello tuvo bastante sentido, o al menos el suficiente. Abra respiró profundamente intentando calmarse antes de entrar de nuevo en el pantanoso terreno de aquello que quería sacar. Pretendió recordar todo lo que había visto y sentido en aquellos momentos, sin perderse ni ser sepultada por eso como la última vez. Había visto muchas voces hablando, y flashes de momentos y lugares diferentes, pero no todos se sentían tan relevantes; eran sólo sonido de fondo en la escena. Debía enfocarse en los personajes principales y aquello que se encontraba al frente del escenario, y dejar todo lo demás de lado.

Y entonces, rodeado por toda aquella oscuridad, se materializó como salido de la neblina un sillón de tapiz verde como alfombra, y sentada en el centro de éste había una mujer. Este cambio tan repentino sacó un poco de balance a Dan y Abra por igual, pero no sucumbieron a esto. Desde la distancia en la que se encontraban, ninguno lograba ver con claridad a la mujer; era como una figura borrosa que se combinaba y perdía en el tapiz del sillón. Ambos avanzaron cautelosos hacia aquella enigmática figura. A pesar de que sabían de qué se trataba únicamente de una imagen mental materializada de aquellos recuerdos ajenos que habían invadido la mente de Abra, igual sus movimientos eran cautelosos, como si temieran que alguien o algo los atacara en cualquier instante de distracción.

Conforme más se acercaron, la apariencia de aquella persona se volvió más apreciable. Era una mujer de más de cuarenta, de cabello castaño rizado que caía sobre sus hombros. Su rostro era blanco y sereno, con facciones algo duras. Anteojos cuadrados y algo grandes decoraban sus ojos cafés, que miraban concentrados al frente, como si entre toda esa negrura fuera capaz de ver algo que ellos no. Abra se colocó delante de ella, e inclinó su cuerpo al frente para revisar con más detenimiento su rostro.

—Es ella —indicó casi de inmediato—, la mujer que apareció ante mí el otro día. O al menos eso creo… no logré verla muy bien. No parece una mala persona.

—Las caras engañan —murmuró Dan con algo de dureza—. ¿Qué era lo que quería que vieras? No hay nada más aquí.

—No lo sé. Quizás…

Antes de que pudiera decir algo más, ambos escucharon un fuerte y doloroso alarido que se escapó de los labios de la extraña mujer, al tiempo que su cuerpo se torcía. Aquel grito retumbó en todo su alrededor con un tremendo eco. Abra retrocedió alarmada por reflejo, y fue justo cuando marcó esa distancia adicional que lo notó: había alguien más ahí. Justo detrás de aquella mujer se encontraba una figura humanoide, totalmente negra, que le rodeaba el cuello fuertemente con su brazo, tanto que parecía que la estuviera asfixiando. Los dedos delgados de la víctima se aferraban a aquel brazo negro como intentando apartarlo de ella, pero al parecer era incapaz de moverlo aunque fuera un poco. Ni Abra ni Dan lograban ver claramente la apariencia de esa otra persona; era simplemente una silueta negra que se confundía en veces con la oscuridad al fondo de aquella irreal escena.

—Mike, ese es su nombre, ¿eh? —Escucharon como murmuraba una voz grave e inhumana que resonaba como varias, sin siquiera poder identificarse como masculina o femenina. La oían resonar en todo su alrededor, pero estaban seguros que venía de aquel ser detrás del sillón—. Tanto que se esforzó para mantenerme lejos de aquí la primera vez, y mire ahora: me trajo justo hasta su casa, con su linda familia.

—¿Qué está pasando? —Cuestionó Dan, aturdido por el resonar de aquella voz en sus oídos, el cuál incluso le provocaba algo de dolor en su cabeza. Abra no dijo nada; su atención estaba por completo enfocada en ver lo que ocurría delante de ella, y en intentar entenderlo.

—Mike… Terry… Váyanse de aquí, corran… —susurró con debilidad la mujer castaña, apenas logrando ser oída.

—¿Y enserio cree que hay algún lugar en el que se pueden esconder de mí? —Respondió justo después la misma voz cruel de antes. Se sentía como si incluso se burlara de ella—. Debió haberse quedado al margen, señora. Yo no pierdo dos veces en el mismo juego…

Abra se estremeció, como si un fuerte e incontrolable escalofrío le recorriera todo el cuerpo, desde los pies hasta su cabeza.

—El ataque no era contra mí —señaló sorprendida—. Ella fue la atacada… por eso…

Los ojos de la joven se enfocaron en el extraño ser oscuro, intentando de alguna forma ver a través de esas penumbras que lo ocultaban. Su presencia le provocaba una sensación extraña, incómoda… pero, también muy familiar.

—Yo te conozco —espetó de golpe, sin saber con claridad por qué lo decía. Dicho pensamiento se le vino a la cabeza repentinamente, aunque era más una sensación que un razonamiento coherente—. ¿Quién…?

—¿Quién eres tú? —Oyó de golpe que una voz que no era la suya pronunciaba la misma pregunta que se comenzaba a formar en su boca.

Abra se giró hacia un lado. Una nueva figura se había materializado en el escenario. Era una joven, quizás de su misma edad, de cabello castaño rizado, muy parecido al de la mujer del sillón; de hecho, se parecía bastante, como si se tratara de una versión joven de ella.

—Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? —Cuestionó de forma juguetona el misterioso atacante—. Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona. O aún mejor, tengo un par de amigos a los que les encantaría que se las diera como regalo; le darían un buen uso…

—Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo —soltó la mujer del sillón, notándosele un ferviente enojo en su voz—. Te juro que te voy a…

—¿Qué me va a qué?, ¿eh? Por si no se ha dado cuenta, no está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…

En ese momento, los dedos negros de la mano derecha de aquel ser se presionaron contra un costado de la cabeza de la mujer, y comenzaron a introducirse lentamente en ella. Su piel comenzaba a tornarse oscura, desde el punto en el que sus dedos entraban, y se extendía como una mancha de petróleo sobre el océano. La mujer castaña gritó con una intensidad tan grande que parecía que su garganta se fuera a desgarrar. Era un grito tan doloroso y punzante, que con sólo oírlo Abra sintió una presión sofocante en el pecho. No había sangre en la unión de los dedos y la cabeza, pero de la nariz de la mujer brotaba una abundante hemorragia.

Abra tuvo el instinto de cerrar los ojos y cubrirse los oídos, pero aquello no importaba; el grito y la imagen de aquella mujer siendo consumida por esa sombra voraz no salían de su cabeza.

—Recuerda, todo esto es sólo un recuerdo —le susurró su tío Dan a sus espaldas—. Nada de esto es real, nadie puede lastimarte.

—¡Eso no lo hace menos horrible! —espetó Abra a la defensiva.

—¡No!, ¡déjala! —Oyó de pronto que aquella otra chica joven gritaba aguerridamente. Abra se permitió abrir los ojos y mirar hacia ella. Miraba intensamente al misterioso atacante, pese que le pareció percibir duda y miedo en el temblor de sus piernas y manos—. ¡¡Deja a mi mamá!!

Aquel último grito fue tan intenso, y retumbó tan fuerte como una tremenda explosión. Y en efecto, Abra y Dan sintieron como si una onda expansiva los empujara hacia atrás. Todo a su alrededor se desquebrajó como cristal, y voló en mil pedazos. Por unos instantes a ambos les pareció perder la sensación del suelo contra sus pies, o cualquier percepción clara del arriba o el abajo, como si flotaran a la deriva por el espacio. Dan extendió su mano hacia su sobrina, y sintió que tuvo que estirarlo varios metros antes de poder tomarla firmemente de su mano. Sólo hasta entonces ambos cayeron de nuevo sólidamente sobre algo que podían considerar piso, empapándose en el agua que había en éste.

—Eso fue lo que pasó —señaló Abra, sentándose. A su alrededor ya no había sillón, ni mujer sangrando, ni jovencita asustada, ni mucho menos aquella horrible criatura oscura—. El choque de estas dos… o más bien tres fuerzas. Fue lo que terminó por golpearme y dejarme incapacitada. Tanto que tuve que encerrarme aquí para protegerme.

—Pero, ¿por qué a ti? —Cuestionó Dan con confusión, parándose. La sensación de tener sus zapatos y pantalones húmedos parecía bastante real—. No conoces a ninguna de estas personas, ¿o sí?

—No… —respondió la joven, dubitativa—. Pero en realidad no estoy del todo segura de eso. Esa mujer, creo que me estaba buscando por algún motivo el otro día, y hoy quizás lo hizo también. Y quien la atacó… —calló de golpe, y se abrazó a sí misma como si intentara calmar un repentino frío—. Creo que lo conozco, pero no logro pensar con claridad en eso… hay tanto ruido todavía…

—¡Jane! —Escucharon un grito detrás de ellos. Ambos se estremecieron y se giraron al mismo tiempo en la misma dirección; aún había un recuerdo más que mirar, al parecer.

La mujer del sillón yacía ahora en el suelo. La sangre de su nariz le cubría casi toda la parte inferior de su cara y había manchado sus ropas. Sus ojos seguían abiertos, pero se veían perdidos, incluso muertos. Un hombre estaba a su lado y la alzó en sus brazos. Su cuello se ladeó sin resistencia alguna hacia un lado.

“¿Está muerta?”, pensó Abra con incredulidad.

El hombre seguía llamándola sin recibir respuesta.

—Oh, Dios, El, cariño… —Él se viró hacia un lado, hablándole por unos momentos a alguien más—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Rápido! Jane, contéstame por favor, reacciona…

—Jane… —murmuró Abra despacio, haciendo que dicho nombre se volviera algo real y tangible.

De pronto, notó como los ojos de aquella mujer se giraron directo hacia ella. Por un segundo creyó que era su imaginación, o quizás una coincidencia, pero no era así. Abra estuvo segura casi inmediatamente después de que sí la miraba justo a ella.

—Ayúdalos, por favor —escuchó como murmuraba con cierta debilidad—. Ayuda a Matilda…

¿Matilda?, ¿quién era Matilda? No estaba segura si aquella imagen pudiera o no responderle, pero ya no importaba. Un instante después comenzó a desaparecer, esfumándose en una nube de polvo arrastrada por el viento.

Y una vez más, ya no hubo nada más; sólo ellos dos y la oscuridad. Dan le dio unos momentos para que terminara de tranquilizarse y asimilarlo todo.

—Abra, es hora de volver —señaló el cuidador una vez que lo sintió prudente.

La joven asintió.

—Sí, es hora.

Aún todo era muy confuso, pero ya se sentía lista para despertar y encarar el mundo real. No sabía aún qué haría después de eso, pero sería un buen primer paso. Cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que todas esas preocupaciones se escurrieran de su cuerpo como el agua. Y permitió que todo ese escenario negro se cubriera poco a poco de color…

— — — —

El primero en abrir los ojos fue Dan. Se estremeció hacia atrás, apartando también rápidamente las manos de Abra para usarlas como apoyo contra la mesa en la que estaba sentado y así evitar caerse. Abra le siguió un instante después, aunque de una forma mucho más calmada, como si estuviera despertando tranquilamente de un sueño. Lo primero que vio fue el techo de su sala, el cual desde su perspectiva daba un poco de vueltas.

—¡Abra! —Exclamó efusivamente la voz de Lucy Stone, al tiempo que prácticamente se lanzaba contra su hija y la rodeaba con sus brazos fuertemente. La joven, aún algo aturdida, no pareció reaccionar del todo a esto, ni a los repetidos besos que su madre comenzó a darle en su frente—. Mi pequeña, ¿estás bien? No te duele nada.

Abra tardó unos segundos en responder, tiempo que al parecer necesitó para quitarse de encima los últimos rastros de inconsciencia que le quedaban.

—Estoy bien, mamá —susurró algo distante, alzando un brazo para corresponderle su abrazo—. Lamento si te preocupe.

Lucy no contestó, sólo la siguió abrazando y besando.

Dan se alzó de la pequeña mesa de centro y se apartó un poco del sillón; en parte para darle algo más de espacio a su media hermana, y también para él mismo poder tomar un poco de aire y recuperarse. No pensó que aquello hubiera sido tan extenuante físicamente, hasta que su mente volvió a su cuerpo. Estaba un poco mareado y cansado, pero poco a poco se estaba recuperando.

—Lo lograste, Dan —escuchó que David pronunciaba detrás de él, y luego sintió como colocaba su mano sobre su hombro—. Gracias.

—No fue nada —le respondió secamente sin voltear a verlo. De cierta forma, Abra lo había logrado ella misma; él sólo le había dado un pequeño empujón.

—¿Qué fue lo que pasó? —Escuchó a continuación que cuestionaba ahora John, bastante curioso por saber.

Dan se viró a mirarlo un segundo dubitativo, y entonces posó su atención en Abra. Ésta comprendió que le estaba cediendo la palabra si acaso ella quería explicarlo. Y no era que no quisiera, sino más bien no estaba muy segura de qué podría decir en realidad para que sus padres y el Dr. Dalton lo entendieran. Y en retrospectiva, posiblemente podría haber comenzado con algo más clarificador que lo que eligió decir. 

—Creo que alguien necesita de mi ayuda —pronunció solemne, alzando su mirada.

Lucy, David y John la miraron con confusión.

—¿Alguien?, ¿quién? —cuestionó Lucy apremiante.

Abra negó lentamente con su cabeza.

—Sólo sé que sus nombres son Jane… y Matilda…

FIN DEL CAPÍTULO 48

Notas del Autor:

Daniel Torrance se basa íntegramente en el respectivo personaje de las novelas El Resplandor y Doctor Sueño escritas por Stephen King. En lo respectivo a su apariencia, personalidad y trasfondo, se basará principalmente en cómo se presentó en las novelas, tomando sólo algunos detalles de las adaptaciones cinematográficas. Esta historia se ubica alrededor de dos años después del final de Doctor Sueño, por lo que tendría entre 43 y 44 años.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Un pensamiento en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 48. Tío Dan

Deja un comentario