Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 08. Sus propios motivos

1 de septiembre del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 08. Sus propios motivos

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 08
SUS PROPIOS MOTIVOS

Bien, siendo justa, el castigo podría haber sido mayor, considerando que estaba provocando al supuesto capitán de un supuesto barco pirata. Quizás se había confiado un poco al escuchar que no tenían una plancha y que nunca habían torturado a alguien; y era quizás discutible afirmar si eso contaba cómo tortura o no. Pero fuera como fuera, no había arrepentimientos pues sólo era una persona haciendo una petición justa, en una situación injusta, que bien no merecía una consecuencia como esa. Todo eso y más fue lo que Day Barlton tuvo tiempo de meditar tras un par de horas encerrada con candado, de nuevo en el mismo baúl lleno de ositos en el que había llegado; la mayor diferencia era que ahora la acompañaba una pesada bola de acero atada a su tobillo, en lugar de unas suaves toallas.

—No me arrepiento de nada —susurró en voz baja, estando cruzada de brazos en el interior del baúl.

El comedor ya se encontraba casi vacío para ese momento, salvo por algunas pocas personas. El baúl se había colocado en el centro, no muy lejos del agujero hecho por la esfera de acero que aguardaba aún ser reparado.

—La doctora Melina dijo que el pie del capitán está bien —le informó Kristy, que estaba sentada en el suelo justo frente al baúl—. Así que descuida, no creo que te deje mucho más tiempo ahí encerrada. En cuanto se calme le diré que te necesito para terminar las labores de hoy, ¿de acuerdo?

—Gracias —murmuró la sirvienta—. Y disculpa las molestias. Quizás me excedí un poco, pero era necesario.

—No lo discuto —susurró Kristy, no del todo segura realmente con esa afirmación.

—¿Qué parte de que le siguieras el juego no entendiste, pequeña? —Comentó en ese momento Lloyd con tono de regaño. Él estaba sentado en una de las bancas de las mesas, pero volteado hacia el baúl; de hecho, tenía sus pies apoyados justo sobre la tapa de éste—. Sólo Dios sabe cuándo tocaremos puerto otra vez. Puede ser una, dos o hasta tres semanas. ¿Quieres pasar todo ese tiempo peleándote con él?

—¡¿Cómo quiere que le siga el juego?! —Exclamó Day furiosa, y el baúl se agitó un poco—. ¡¿Cómo es que ustedes se lo pueden seguir?! ¡El sujeto claramente es un demente! ¿Por qué lo obedecen?, ¿por qué dejan que les ponga nombres falsos?, ¿por qué están en un barco en donde un hombre así es el capitán? ¡No lo entiendo!

—Bueno… —Kristy titubeó un poco su respuesta—. Creo que es algo que todos los nuevos integrantes se preguntan al inicio. De hecho, no todos los que han llegado a este barco se quedan. Pero los que lo hacen como yo… supongo que tiene sus propios motivos personales para hacerlo, y son diferentes para cada quién…

—Pero tú mejor no te rompas la cabecita con eso —respondió Lloyd, chocando su talón contra la tapa un par de veces para que hiciera ruido dentro del baúl—. No estarás el tiempo suficiente para descubrir tú misma la respuesta, así que será más sencillo para ti simplemente llevarte bien con él y ya. Y si no te agrada, sólo finge; muchos aquí lo hacen sin mucho problema.

Dentro del baúl, Day se cruzaba de brazos y hacía una cara de puchero, aprovechando que nadie la veía. No creía poder fingir siquiera que ese sujeto le agradaba. ¿Cómo es que todos tenían un motivo?, ¿qué razón podrían tener para seguir a un hombre así? Era como si estuvieran hablando en otro idioma.

Lloyd retiró los pies del baúl en ese momento, se paró de su asiento, y flexionó un poco su espalda soltando un pequeño quejido, quizás de dolor o quizás de satisfacción.

—Bueno, ya perdí mucho tiempo aquí —comentó mientras comenzaba a dirigirse a la salida—. Es hora de ir a trabajar, o algo así. Tú tampoco te quedes ahí sentada perdiendo el tiempo por su culpa, ¿oíste?

—Sí, descuide —respondió Kristy rápidamente, aunque no del todo animada. En cuanto estuvieron solas, la atención de la jovencita se centró en el baúl, como si esperara de alguna forma poder ver a la chica en su interior directamente—. ¿Es verdad lo que dijo el señor Lloyd? ¿No estarás aquí mucho tiempo?

Day se sobresaltó un poco al escucharla preguntarle eso.

—Sí, así es —respondió la sirvienta, algo insegura—. En el siguiente puerto al que lleguen me dejarán ir. O eso me dijeron… Sólo no se lo digas a ya sabes quién.

—Descuida, no diré nada —aclaró Kristy con una media sonrisa, pese a que su mirada se había tornado un tanto distante—. Es una lástima, me agradaba la idea de tener una compañera de labores.

La pelinegra sintió un poco de peso sobre su cabeza al oírla decir eso; al parecer había hecho que se hiciera algunas ideas equivocadas sin proponérselo. Tenía dieciséis años, o eso decían, pero sentía una extraña necesidad de protegerla como si fuera una niña de diez años o menos; como si necesitara abrazarla.

—Lo siento, Kristy —murmuró Day, intentando sonar segura de sí misma—. No es por ti… Yo quería salir de esa mansión, pero no estaba en mis planes ser una pirata, mucho menos una rehén.

—Sí, lo entiendo; no te preocupes. —Kristy se abrazó de sus propias piernas y apoyó su barbilla contra sus rodillas—. ¿Y qué piensas hacer luego?

—¿Eh?

—Una vez que te vayas de aquí, ¿qué harás? ¿A dónde irás?

Day se quedó totalmente muda, incapaz de responder. ¿Qué haría una vez que dejara ese barco?, esa era de hecho… una buena pregunta. No volvería a Torell, eso lo tenía claro. Pero, ¿a dónde iría entonces? No tenía ninguna familia que ella conociera, ningún amigo, ni siquiera conocidos. ¿De qué trabajaría?; sus compañeras bien le habían dicho que no era especialmente buena en nada. ¿Qué haría entonces? ¿Volver a trabajar como sirvienta? ¿Volver a lo mismo? Quizás podría optar por algo diferente como ser mesera, niñera, o quizás intentar meterse más a la cocina; no se consideraba mala cocinando, pero nunca había tenido oportunidad de practicar mucho.

Y asumiendo que consiguiera un trabajo decente en el puerto en el que la dejaran, o en algún otro… ¿luego qué? ¿Qué sería de su vida luego de eso? ¿Sólo trabajar día a día hasta morir? ¿Esperaría acaso a que algún chico se fijara en ella y la hiciera su esposa?, claro, si no era que sólo quisiera divertirse con ella y nada más.

¿Qué era lo que deseaba realmente? ¿Qué era lo que Day Barlton quería de su vida? ¿A dónde quería ir? Mientras más lo pensaba, más venía a su mente la imagen del mar, visto desde las ventanas del camarote del capitán. Era curioso que pensara justo en esa ventana, y no la de su cuarto en la mansión del regente. ¿Era porque la otra era más reciente?, ¿Porque era navegando en el propio mar?, ¿o quizás…?

—Tu castigo terminó, Day Barlton —escuchó de pronto a alguien pronunciar, haciéndola casi saltar dentro del baúl, y provocando que su cabeza se golpeara un poco contra la tapa, aunque no lo suficiente para causarle dolor.

La voz en cuestión era la del primer oficial Henry, que se acercó cauteloso al baúl, se agachó y con una llave abrió el candado que le habían colocado.

—¿Enserio? —Exclamó Day con entusiasmo, y se sintió enormemente aliviada al empujar la tapa y ver que ésta se abría con facilidad—. ¡Al fin!

Sin espera, comenzó a salir; el paso más complicado fue sacar la esfera de acero, antes que su pie.

—Puedes agradecerle su clemencia al capitán —comentó Henry, al parecer con un poco de humor en su tono, y su sonrisa algo pícara hacía juego con ello—. Lo convencimos de que Kristy no podría trabajar en todo el día si se encontraba tan preocupada por ti.

—Ah, yo no… —comenzó la Jefa de Cocina a balbucear, nerviosa—. Bueno, quizás…

—Lo siento, Kristy —se lamentó Day al darse cuenta de que efectivamente Kristy se había quedado mucho de su tiempo de encierro ahí con ella, y de seguro ni siquiera había podido lavar los platos del desayuno todavía—. Te ayudaré a ponerte al corriente, ¿de acuerdo?

—Sólo debes reparar el agujero que hiciste primero —señaló Henry de pronto, apuntando con sus ojos directo al sitio del daño.

Day miró en esa dirección; el agujero se veía más grande de lo que recordaba.

—¿Habla enserio?

—Tú lo hiciste, después de todo; es lo justo —contestó el primer oficial, encogiéndose de hombros.

Day suspiró resignada.

—Supongo que sí…

—Descuida —intervino Kristy sin dudar—, yo te ayudaré, ¿sí?

La sirvienta la volteó a ver con una sonrisa modesta, pero agradecida.

—Gracias… —asintió con cuidado.

—Me alegra ver que se lleven bien —comentó Henry, y justo después se dispuso a retirarse a hacer sus propias labores—. Bueno, sigan así. Cualquier cosa que necesiten pueden verla conmigo o con la contramaestre Shui.

—Descuide, todo está bajo control, oficial —le respondió Kristy, agitando una mano mientras lo veía alejarse—. ¿No crees que el oficial Henry es muy apuesto? —Day sólo sonrió ante esa pregunta; ciertamente no podía decir que no lo era—. Vamos por madera y algunos clavos al almacén.

— — — —

El resto del día las dos chicas se la pasaron ocupadas, y gracias a ello las horas se pasaron casi volando. Mucho de su esfuerzo se fue justamente en reparar el agujero del suelo, colocar tablones nuevos y martillear; incluso en un momento Kristy se golpeó en uno de sus dedos con el martillo, y la doctora Melina se lo tuvo que tratar lo mejor posible.

Luego de terminar con el suelo, se dirigieron a lavar todo lo que se había usado en el desayuno, justo a tiempo para preparar la comida. A Day le sorprendió un poco ver que no tenían una hora fija para comer como tal, pues por los diferentes deberes que cada uno tenía al parecer iban al comedor en diferentes tandas, comían rápido, y luego seguían con su trabajo. De hecho, en el rato que estuvieron en el comedor, Day no vio de nuevo a algunos de los tripulantes, entre ellos el propio capitán Jude. Kristy en un momento salió del comedor cargando una charola con un plato de comida, y sólo dijo que enseguida volvía. Day pensó que quizás le llevaba su comida al capitán a su camarote, y de seguro su nueva jefa consideró que era mejor que ella no se acercara a dicho sitio considerando lo de esa mañana. Si ese había sido su razonamiento, Day no podía estar más de acuerdo con él.

Cuando la comida se terminó, siguió a continuación lavar todo de nuevo y limpiar el comedor lo mejor posible. Kristy era muy cuidadosa con los detalles, intentando limpiar hasta el mínimo rastro de comida, incluso el que hubiera quedado entre los tablones si estaba en sus posibilidades el hacerlo. Esto extrañó un poco a la sirvienta; en todos sus años realizando un trabajo similar, nunca había visto a alguna de sus compañeras, o a ella misma, esforzarse tanto. Estaba sucia, visiblemente agotada y algo sudada, pero continuaba adelante. Day esperó que realmente su ayuda le amortiguara un poco ese peso, y ello la motivaba a poner más empeño en su labor también.

Ahí mismo Day puso en uso su nuevo puesto, pues limpió y lustró lo mejor que pudo el suelo del comedor, y luego siguió también por el pasillo. Ya llevaban bastantes horas, y cada vez que se asomaba por alguna de las ventanillas el sol parecía estar más próximo a meterse.

—¿Vamos a limpiar todo el barco hoy? —Preguntó Day mientras ambas pulían el suelo del pasillo, intentando no sonar preocupada.

—No, sería imposible hacer eso en un sólo día, incluso entre dos personas —aclaró sonriente la Jefa de Cocina; era increíble que pudiera seguir de tan buen humor—. Normalmente limpio por zonas dependiendo del día o del estado de dicha zona. Ahora que somos dos, es probable que podamos dividirnos y abarcar dos zonas a la vez, pero como es tu primer día pensé que era mejor que estuviéramos cerca.

—Lo entiendo… Disculpa por causarte molestias. El acompañarme mientras estuve en ese baúl, o el tiempo que me estuviste ayudando a reparar el suelo, de seguro te atrasaron bastante, ¿verdad? Incluso te lastimaste por estar ayudando.

—No digas eso —le respondió la jovencita entre risillas, aunque justo en ese momento tuvo que agitar un poco su mano con el dedo golpeado; Melina se lo había vendado—. Todo esto es mi deber, y soy tu jefa después de todo. Mañana podremos hacer más; tengo que aprovechar el tiempo que estés aquí para ayudarme.

—Sí… claro…

Cada vez que hacía una mención a que estaría ahí poco tiempo, Day se sentía un poco culpable. Pero, ¿culpable de qué? ¿De querer irse de un barco al que había llegado totalmente contra su voluntad? Sonaba bobo si lo pensaba. Pero lo cierto era que mientras estuviera ahí, fuera poco o mucho tiempo, intentaría ayudarla lo mejor posible con sus labores. Sólo esperaba que no se malacostumbrara y luego resintiera su ausencia… No, eso era de nuevo la culpa que salía de nada. Tenía que sacarse esos pensamientos de la cabeza.

La pelinegra se puso de rodillas y pasó el dorso de su manga en su frente para secarla. Estaba cansada, sin duda. Las labores físicas eran su día a día en la mansión del regente, pero en ese sitio sencillamente lo había resentido más que de costumbre. Quizás era el escenario nuevo que la incomodaba y estresaba, o quizás la falta de sueño, o haber estado tanto tiempo encerrada en ese baúl… o la pesada esfera de metal que tenía que cargar de un lado a otro hasta para hacer la tarea más simple. Como fuera, el cuerpo le dolía y se sentía empapada en sudor.

Alguien se acercó con pasos ligeros por el pasillo reluciente.

—Hola chicas, buenas noches —les saludó la amigable voz del navegante Katori, que se acercó a donde estaban cargando consigo algunos libros gruesos y grandes, tinta y una pluma—. El piso se ve reluciente… descuiden, mis zapatos están limpios… —Alzó entonces su planta izquierda para mostrársela a Kristy.

—Gracias por su cuidado, navegante —le sonrió Kristy, complacida—. Ojalá todos lo demás también lo hicieran… Pero fue gracias a Day que quedara tan bien; hace honor a su puesto.

—No digas eso, Kristy —murmuró la sirvienta, algo apenada—. Supongo que sólo son varios años de práctica.

—A mí me alegra ver que Kristy al fin tiene un poco de ayuda —señaló Katori, alzando uno de sus dedos—. Siempre se esforzaba haciendo todas esas labores ella sola.

—¿Y por qué no la ayudaba ninguno de ustedes? —Le cuestionó Day, mirándolo de forma casi acusadora, y eso puso nervioso al joven extranjero.

—Ah… bueno… es que todos tenemos… nuestras… —comenzó a balbucear nervioso, colocando una mano atrás de su cabeza—. Ah, Kristy… eso me recuerda, necesito revisar contigo en la bodega cómo están las provisiones de comida y limpieza, y cuántos días crees que duren.

Kristy lo miró un poco extrañada por su petición.

—Está bien, navegante… pero, ¿acaso otra vez estamos cortos de dinero?

—No, no claro que… no… —respondió el chico de anteojos rápidamente, aunque no sonaba muy convincente—. Es más por precaución, para ver cuándo convendrá tocar puerto de nuevo.

Terminó su comentario con una pequeña risa nerviosa que no dio mucha fuerza a su explicación. A Day le pareció algo curioso escuchar que podrían estar faltos de dinero. Recordaba que en la cena habían mencionado que estos piratas acababan de asaltar un barco, después de todo. Aunque… luego se cuestionó a sí misma exactamente cómo podía un grupo de piratas hacer dinero con exactitud.

—Creo que podríamos estar bien por unos tres o cuatro días —le informó Kristy, parándose en ese momento y estirando un poco cuerpo para aliviar su dolor—. Si cocinamos con menos ingredientes, tal vez cinco. Pero sólo revisando la bodega a detalle podríamos estar seguros.

—Yo la vi bastante surtida —comentó Day, estando aún de rodillas en el suelo—. Aunque es cierto que aquí son muchos… Podría alcanzar más si damos pequeñas porciones varias veces en un día. Eso llena más, o por lo menos engaña a tu cuerpo.

—¿Enserio? —Exclamó Katori, algo sorprendido—. Se ve que eres muy lista… Ah…. Day, ¿cierto?

—Sí, Day Barlton —masculló despacio la polizona, y entonces también se puso de pie para estirarse un poco—. Yo no me llamaría lista por eso, es un truco que me enseñó mi madre. Cuando era niña y aún no podía trabajar, en la mansión sólo le daban una ración de comida a mi madre para las dos, al menos de que trabajara el doble de tiempo y de labores. Cuando no podía hacer eso, tenía que arreglárselas para que comiéramos las dos.

Esa explicación pareció tomar desprevenido a Katori, a pesar de que ella lo había dicho con total normalidad; como si fuera cualquier cosa.

—Oh, entiendo… —sonrió levemente el navegante, quizás un poco incómodo—. Bueno, quizás sea buena idea intentar implementar ese método, al menos por unos días. —Volteó entonces a ver a Kristy en busca de su opinión, y ésta sólo asintió con cuidado—. Bueno, ¿te parece bien si hacemos el inventario de la bodega ahora antes de que anochezca más?

—Sí, claro. Si quiere adelántese mientras yo le enseño a Day dónde se encuentra el cuarto de baño. ¿Está bien?

Day se sobresaltó sorprendida, y se viró rápidamente hacia Kristy con sus ojos grandes como platos.

—¿Tienen cuarto de baño aquí? ¿De verdad?

—¡Sí!, y es bastante lindo y espacioso. Normalmente cada uno tiene ciertos días asignados para usarlos, pero como es tu primer día creo que es justo que te asees para que te sientas más cómoda. ¿Le parece que esté bien, navegante?

—Bueno… —susurró Katori, dubitativo—. La asignación de los días de baño le corresponde a la contramaestre; quizás deban preguntarle a ella primero…

Los tres guardaron silencio, y los tres por su cuenta hicieron memoria del “humor” especial que Shui había traído todo el día desde esa mañana.

—Sí, mejor no hagan eso —respondió Katori, rascándose un poco su mejilla con un dedo—. No creo que haya problema, adelante. También muéstrale después dónde está tu habitación. No tenemos un calabozo para rehenes o algo parecido, así que supongo que estará bien que duerma contigo.

—¿No habrá problema? —Murmuró Day, un poco preocupada—. No quiero interponerme en tu privacidad, Kristy… ¡Pero tampoco es que me queje de dormir contigo ni nada parecido!

—Descuida, es más que adecuado —le respondió la joven con ligereza—. Se supone que mi habitación es el camarote de señoritas, pero la doctora siempre duerme en la enfermería, y la contramaestre… Bueno, ella tiene su propio cuarto, del que creo que se adueñó a la fuerza según dicen algunos… Como sea, no hay mucho espacio, pero hay dos literas y yo sólo ocupo una de las camas. Creo que tú vas a caber perfecta ahí… tú y tu esfera…

El recordatorio de esa cosa atada a su tobillo no le pareció agradable a la pelinegra; por un segundo casi se había olvidado de su presencia.

—Gracias Kristy, y gracias navegante —murmuró haciéndoles una pequeña reverencia al frente—. Ambos son muy amables conmigo…

—No, no lo digas, es lo mínimo que podemos hacer dada tu situación —se apresuró Katori a explicarse, algo apenado—. Bueno, Kristy, te espero en la bodega, ¿de acuerdo?

—¡Sí!, voy en un segundo. —Katori entró entonces al comedor y luego se dirigió a la cocina, evidentemente para entrar a la bodega por la entrada que ahí se encontraba—. Vamos, Day; sígueme.

Kristy comenzó a caminar por el pasillo, pero no muy rápido para que Day pudiera seguirla, dado que tenía que cargar a su pequeña amiga redonda para poder caminar bien.

—¿El joven Cort…? ¿O era Katori…? Ah, cómo sea, ¿él es el navegante y también se encarga del inventario de los suministros?

—Se encarga de muchas cosas, en realidad —explicó Kristy, mirándola sobre su hombro—. La navegación, los suministros de toda clase, las bitácoras, el recuento de los botines, y sobre todo la administración del dinero y la repartición de sus respectivas partes a todos nosotros cuando nos corresponde. Es un hombre realmente inteligente y culto; este barco estaría totalmente patas arriba y sin ningún orden sin él.

—Vaya —exclamó Day, realmente maravillada de escuchar todo eso—. ¿Y cómo un hombre así llegó aquí?

—No conozco toda la historia. Creo que por algún motivo terminó encarcelado, y el capitán lo liberó… —Una amplia sonrisa distraída se dibujó en los labios de la jovencita, mientras veía fijamente al frente—. Es una persona muy linda y amable, como bien pudiste ver. Pero por eso varios de la tripulación abusan de él y lo molestan, sobre todo la contramaestre. No siempre parece que aprecien todo lo que hace por este barco…

Day miró fijamente a Kristy, un poco confundida por la forma en la que se había expresado del joven Katori, sobre todo casi al final. Una pequeña sonrisita traviesa se dibujó en sus propios labios cuando una pequeña idea le cruzó por la mente.

—Pero creo que tú sí aprecias lo que hace, ¿verdad? —Le murmuró con un tono de ligera complicidad, que esperaba no fuera tan evidente.

—Yo… supongo que sí… —Le respondió la jovencita en voz baja; no podía verle el rostro, pero Day estaba segura de que se había sonrojado.

¿Sería acaso que la pequeña Kristy se había fijado en el navegante Katori? Era evidente que él era algo mayor, incluso de seguro era algunos años mayor que ella misma, pero no le pareció que eso fuera un gran problema. Lo que menos esperaba encontrar en un barco pirata era ese tipo de situaciones; cada vez ese barco le daba más sorpresas, agradables y no por igual.

—No sé cómo sea el cuarto de baño en la mansión que trabajabas —comentó Kristy cuando ya estaban cerca—, pero espero que éste te parezca cómodo. No es muy grande, pero después del camarote del capitán creo que es el mejor cuarto del barco.

—El cuarto de baño de la mansión era amplio y cómodo, pero los sirvientes no podíamos usarlo. Así que descuida, de seguro estará bien.

Luego de un rato, llegaron a una puerta corrediza amplia, con un lo que parecía ser un pato de madera color anaranjado colgando de ella, con “Cuarto de Baño” escrito en él con letras azules. Day sonrió al ver esto.

—Un patito, qué tierno —señaló con un gesto de simpatía.

—No es un patito, se supone que es un fénix.

Day miró un poco sorprendida al curioso animal de madera, intentando encontrarle la forma, pero por más que lo veía a ella le parecía un pato. Quizás en realidad no sabía cómo era un Fénix después de todo.

Kristy deslizó la puerta hacia un lado para dejar el camino libre para que ella pudiera pasar. El cuarto en efecto no era tan grande, pero parecía ser suficiente para al menos dos o tres personas. El piso y las paredes en él se veían diferentes al resto del barco; se veía más brillante, y de un color claro casi dorado. Parte del piso se encontraba cubierto de algo que Day identificó en un inicio como una alfombra azul, aunque su textura parecía ser algo más rugosa. En el fondo, había una tina rectangular de madera, la misma del suelo y las paredes, algo alargada hasta casi abarcar todo el largo de la pared contraria a la puerta. Sobre la tina, pegada al techo, se encontraba una ventana alta que daba al mar. En la pared del lado derecho había dos espejos, y en la de la izquierda había algunas cubetas, y un canal expuesto que iba por el suelo y luego se perdía en éste al llegar al a pared. Por último, en una esquina había un pequeño mueble con toallas, la mayoría ya de apariencia un poco vieja, aunque había una en especial que se veía más blanca y limpia que las otras; esa debía de ser una de las que llegaron con ella.

No había mucho más que eso. Era un espacio bastante simple, pero mucho más de lo que esperaba encontrar en un barco como ese.

—Es bonito —murmuró Day, entrando cautelosa al cuarto—. Y se ve muy limpio.

—Lo limpié ayer —le informó Kristy desde detrás. Luego se dirigió a un lado del cuarto, en donde se encontraba postrada a la pared una lámpara de gas, que se encargó de encender para que el sitio estuviera más alumbrado—. Es uno de los cuartos que más requieren cuidados; quizás tengas que ayudarme a limpiarlo mañana otra vez. Hey, ven a ver esto…

Kristy se aproximó entusiasmada hacia la tina. Justo del lado derecho, unidas a la pared, había dos tubos de color robre que salían de ésta, con dos llaves en la parte superior.

—El señor Lloyd ideó esta forma de llenar la tina rápido. De estas dos llaves sale agua, casi como por arte de magia —enseguida, abrió una de ellas y luego de unos segundos un chorro de agua comenzó a salir de ella, comenzando a verterse en la tina.

Day se acercó rápidamente, y vio con maravilla el proceso.

—¿Es decir que no ocupa llenarse con cubetas? ¡No te creo!

La sirvienta pasó su mano por el chorro; el agua salía tibia.

—Yo también me sorprendí la primera vez que lo vi —añadió Kristy—. El señor Lloyd dice que sólo el Palacio Real en Korina, y algunas casas de aristócratas, tienen algo parecido. ¿Puedes creer que tengamos en este barco algo que sólo la realeza conoce? Esa es agua tibia, y la otra es agua fría; te recomiendo usar sólo la tibia.

—Es casi como magia… —murmuró Day pensativa, mientras seguía moviendo sus dedos por el chorro—. ¿De dónde sale esa agua?

—No estoy segura de cómo lo hace… creo que la extrae del mar de alguna forma, la pasa por las calderas que tiene abajo en su la… ¿labora…? Bueno, su taller, y calienta el agua lo más posible. Luego le aplica un líquido que él mismo hace y mezcla, y pasa por unos tubos muy raros que están por todo el barco; de seguro ya los viste. No es ni cerca bebible, según lo que nos dijo, pero afirma que funciona bien para bañarse y lavar. De hecho, el agua de las cubetas que estuvimos usando este día para el aseo venía de aquí.

—¡Aún no me lo creo! ¿Es decir que ese viejo extraño realmente sí es un inventor?

—Claro que sí; te sorprendería ver todas las cosas maravillosas que tiene allá abajo en su taller. Si puede hacer todo esto, de seguro hará que el barco vuele algún día como siempre ha dicho que hará.

De eso Day no estaba muy segura. Había, en su opinión, mucha diferencia entre hacer que el agua saliera de un tubo a hacer que un barco volara. Pero aun así debía aceptar que era muy impresionante; no debía subestimar tanto a las personas.

—Bueno, no quiero dejar esperando más tiempo al navegante —comentó Kristy, disponiéndose a irse—. Tomate tu tiempo para relajarte; si ocupas algo sólo grita.

—¡Sí!, ¡gracias! —Se despidió la pelinegra, aunque realmente ni siquiera la volteó a ver mientras se iba; estaba demasiado concentrada viendo como la tina se llenaba poco a poco por sí sola—. Qué loco…

Una vez que estuvo sola, Day se permitió tomarse un respiro de toda esa extraña situación y relajarse un poco. Mientras se retiraba su traje de sirvienta, meditó un poco sobre el hecho de que era la única ropa que había llevado consigo, y posiblemente sería la única que tendría a la mano por mucho tiempo. Si bien era cierto que era la ropa que usaba casi todos los días (aunque no precisamente ese que era para las ocasiones especiales), al menos contaba con un vestido más “normal” para su día de descanso cada dos semanas, que le resultaba más cómodo. De haber sabido con anticipación que sería secuestrada, hubiera elegido serlo con ese otro.

Pero no valía la pena llorar por eso ahora.

Dejó cada una de sus prendas en el suelo, y se sintió mucho más libre en ese momento; bueno, salvo por el grillete en su tobillo. El cuerpo le dolía y se encontraba considerablemente sucio, por lo que ese baño le vendría muy bien. Una vez que la tina estuvo lo suficientemente llena, cerró las llaves, y revisó el agua con su mano. Estaba tibia; no muy caliente, pero igualmente agradable y lo suficiente para una fina capa de vapor lo cubriera casi todo. Se metió en ella poco a poco, hasta quedar totalmente sentada, y se quedó quieta unos segundos, sólo dejando que su cuerpo se relajara con el agradable calor que la envolvía como un abrazo. Tuvo que dejar su pierna izquierda apoyada en el borde, para que el grillete y la cadena quedaran afuera, y la esfera en el suelo; eso iba a ser bastante incómodo a la larga.

Se permitió poco después sumergir su cabeza en el agua y con ello mojarse todo su largo cabello oscuro. Miró alrededor para ver si acaso había algún tipo de jabón o líquido para el cabello, pero no vio ninguno; quizás cada uno tenía el suyo propio, así como los sirvientes en la mansión. El suyo le había costado tanto, y todavía no se acababa ni la mitad… pero de nuevo, no valía la pena llorar por ello.

Comenzó entonces sólo a tallarse sus brazos con el agua, intentando que su piel quedara lo más limpia posible de cualquier polvo y sudor. Ese sólo acto, aunque sólo fuera con agua, parecía bastante aliviador para sus músculos cansados. Mientras hacía ello, sus uñas rozaron una zona en la parte trasera de su antebrazo izquierdo, que le resultó un tanto dolorosa. Pasó sus dedos por ese mismo sitio un par de veces más; su piel se sentía reseca y le ardía un poco, como si se hubiera raspado. Quizás había sido así; no lo recordaba, pero luego de tanto ajetreo dentro de ese baúl y de estar trabajando, no le extrañaba. Aun así, intentó ver dicha zona directamente para ver si no era algo más serio de lo que parecía. Estaba doblando su brazo en ese intento, cuando…

—¡Eleven anclas y miren al sol! —Escuchó de pronto una sonora voz espetaba desde el pasillo, haciendo que la joven se sobresaltara—. ¡Atentos percebes!, ¡fijen el timón! Que de este viaje ya no tiene retorno, ¡ahoy!

Aún antes de que la puerta se corriera hacia un lado, Day ya había reconocido la voz que cantaba. El capitán Jude se hizo presente, y entre las sombras del sitio y el vapor ella lo pudo distinguir, pero evidentemente él no a ella, pues se metió al baño como si éste se encontrara totalmente solo y cerró la puerta detrás de sí con absoluta normalidad.

—¡Ah!, alguien llenó la tina para su capitán, ¡qué apropiado! —Espetó el pelirrojo al ver el vapor que flotaba por el cuarto, y sin más espera comenzó a desvestirse: se quitó su sombrero, su abrigo y luego se retiró su camiseta negra por arriba, todo al tiempo que seguía cantando—. Con la luna como guía, va el gran Fénix del Mar. Sus velas se alzan como enormes alas, y parece volar. Valiente corsario, ¿a dónde te diriges esta vez? ¡A llenar a mi reina de gloria y de riquezas!, ¡Ahoy! ¡A destruir a los tiranos de Luxian!, ¡ahoy! ¡A reclamar en nombre de mi amada Estelyse nuevas tierras!, ¡Ahoy!

Day se encontraba totalmente incrédula. ¿En verdad no se daba cuenta de que estaba ahí? Era cierto que la luz que entraba por la ventanilla y la que daba la lámpara de gas no era mucha, pero era suficiente para que ella pudiera distinguir como poco a poco revelaba su cuerpo desnudo ante ella sin el menor pudor. Le estaba dando la espalda, con su largo cabello rojo cayendo sobre ésta, cuando comenzó a quitarse los pantalones. Day de inmediato se volteó a otro lado, mientras con ambos brazos se cubría a sí misma y ocultaba lo más que podía su cuerpo en el agua. ¿Qué debía hacer? ¿Gritar?, ¿decirle algo?, ¿llamar su atención?, ¿escabullirse a escondidas antes de que la viera?

—¡Esta es la leyenda del gran Jude el Carmesí!, quien a una reina dio su corazón; y su espada y honor a una nación. A la gran Florexian protegerá, y si su cuerpo desfallece y cae al mar, ¡como un grandioso Fénix renacerá!

Estando ya completamente desnudo, se giró de lleno a la tina, con la clara intención de meter primero su pie derecho al agua. Sin embargo, su pie se quedó apenas en la orilla de la tina, pues al girarse sus ojos al fin vislumbraron a la mujer que ahí se encontraba sentada, apenas alumbrada por la luz dorada de la lámpara. Se abrazaba a sí misma con fuerza, y tenía su rostro totalmente volteado hacia un lado para no verlo, pues… él se encontraba totalmente expuesto a ella, especialmente en esa posición específica en la que estaba… Y ella no se encontraba en una posición mejor, pues, aunque tenía su cuerpo sumergido, su pierna izquierda seguía apoyada en la orilla de la tina, dejándola también en una posición bastante vulnerable.

Por unos segundos, sólo hubo silencio… un incómodo y profundo silencio, mismo que Day interpretó de manera correcta.

—Escuche… —comenzó a murmurar muy despacio la sirvienta, sin voltearse a él y sin abrir sus ojos siquiera—. Estoy segura que esto sólo es un penoso malentendido… Supongo que si usted quisiera hacerme algo como… eso, ya lo habría hecho. Yo estaba aquí primero, así que, si toma una toalla y sale por un segundo, me secaré, me vestiré, me iré y usted puede seguir con lo que iba a hacer y ninguno hablará de esto… ¿de acuerdo?

Jude permaneció en silencio, casi como si no hubiera escuchado la propuesta de la joven en la tina. Y, quizás fue así, pues luego de un largo rato de inacción, su respuesta no fue precisamente lo que Day esperaba…

Lo primero fue un repentino grito que casi hizo que Day saltara en su sitio de la impresión.

—¡¿Qué haces aquí, Loreili?! —Le gritó, señalándola con su dedo de forma acusadora—. ¡¿Acaso intentarás matarme mientras estoy distraído tomando un baño?! ¡Eres más perversa de lo que pensé, asesina de Kalisma!

—¡Con un demonio! —Soltó Day, notablemente molesta—. ¡¿Qué no puede comportarse como una persona normal por un segundo…?!

En ese momento se giró hacia él, casi por mero reflejo y sin pensarlo. Él seguía en la misma pose, con su pie izquierdo sobre la orilla, lo que dejaba prácticamente toda su parte frontal desnuda y expuesta a ella, especialmente su…

Day soltó un pequeño quejido de sorpresa y también de enojo. Rápidamente movió su pierna izquierda hacia el interior de la tina, en un intento de sentirse lo más protegida posible. Al hacerlo, su pierna terminó barriendo el pie del capitán que tenía sobre la orilla, haciendo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo con fuerza sobre su costado, dándose un fuerte golpe.

—¡Ah!, ¡buen intento, Loreili! —Exclamó Jude desde el suelo, comenzando a intentar levantarse—. No vi tu golpe venir, ¡sí que eres rápida! ¡Pero necesitarás más que eso…!

—¡Cállese! —le gritó totalmente furiosa, mientras se tapaba los ojos con una mano, y con su otro brazo se protegía su busto—. ¡¿Cómo puede exponerse de esa forma frente a una dama?! ¡¿Qué no ve cómo me encuentro en estos momentos?! ¡Deje sus juegos y tenga algo de decencia!

—¡Buen intento!, pero no caeré en tus trucos. Necesitarás más que tus sensuales atributos femeninos para engañar al gran Jude. ¡¿Dónde está mi espada?!

El pelirrojo buscó entre las sombras del cuarto su sable enfundado, que se encontraba a menos de un metro de él entre sus ropas.

—¡Por el amor de…! ¡¿Cuáles trucos?! ¡Yo no vine a matarlo! ¡Póngase algo de ropa, por favor!

—¡Eso quisieras…!

Rápidamente intentó ponerse de pie para alcanzar su sable. Sin embargo, la esfera de acero atada al tobillo de Day seguía en el suelo, y su pie izquierdo terminó por pisarla. El pie de resbaló sobre la superficie, haciendo que el cuerpo del pirata se precipitara hacia atrás. A su vez, la esfera se resbaló por el suelo húmedo hacia el frente, jalando la pierna de Day y haciendo que su cuerpo casi quedara recostado por completo en la tina. El cuerpo de Jude se precipitó con la tina, casi aplastando a la joven, y haciendo a su vez que una cantidad considerable de agua salpicara fuera de ésta.

Ambos quedaron en el interior de la tina, y en un momento a otro estuvieron forcejando entre sí para acomodarse y poder salir.

—¡Quíteseme de encima!

—¡No!, ¡tú quítate!

—¡No me toque!

—¡Ni quién quisiera tocarte, asesina!

—¡Ni quién quisiera matarlo, remedo de pirata de quinta!

Entre sus forcejeos, Jude logró voltearse, tomar a Day de sus muñecas y someterla contra la pared de la tina, y de esa forma inmovilizarla. Lo había hecho más que nada como un reflejo, como si cuerpo simplemente reaccionara por sí solo como autodefensa.

—¡Ajá! —Exclamó triunfante al tenerla de esa forma—. ¡Te tengo!, ¡ahora suplica por tu vida, tu…!

Su voz se apagó de golpe. Alumbrada por la luz de la lámpara, pudo ver el rostro totalmente rojo de aquella chica, mirándolo fijamente con sus ojos azules totalmente abiertos, llenos de sorpresa y… miedo… Su respiración se encontraba ligeramente agitada, y se veía expectante y temerosa de lo que seguiría. Los ojos dorados del pirata descendieron ligeramente de su rostro por su cuerpo, hasta notar su torso totalmente expuesto y húmedo. Y quizás, sólo entonces, Jude se volvió consciente de cómo se veía esa situación en realidad.

Sus manos la soltaron rápidamente y se hizo hacia atrás lo más que la tina le permitía, mirándola casi horrorizado, mas no precisamente de ella. Day se quedó en la misma pose, como si se hubiera quedado congelada de la impresión.

—Yo… —balbuceó el pelirrojo, dificultándole el hablar con claridad—. Creo que mencionaste algo antes sobre un malenten…

No pudo terminar sus palabras, pues de un momento a otro Day pasó de estar totalmente paralizada, a moverse con gran velocidad. Su mano se lanzó como un disparo directo al rostro del pirata, propinándole una bofetada en su mejilla mucho más fuerte incluso que aquella que le había dado la mañana anterior en el mercado. El cuerpo de Jude fue empujado con fuerza hacia un lado, pero de inmediato la otra mano de la sirvienta hizo lo mismo con su otra mejilla, emparejándolo. Le dio un par de bofetadas más, ninguna con menos fuerza que la anterior, hasta que el cuerpo de Jude quedó recostado hacia un lado, y ya no se encontraba sobre ella.

—¡Pedazo de…! —Mascullaba la joven totalmente ofendida y furiosa, mientras se salía apresurada de la tina y se dirigía hacia sus ropas—. ¡¿Cómo se atreve?! ¡¿Cree que por su posición puede hacer lo que le plazca con todo el mundo?!

—¡Oye! —Espetó Jude, sentándose como pudo en la tina para voltear a verla—. ¡Yo no quería…!

—¡No me mire! —Le gritó ella con el mismo sentimiento de antes, y Jude de inmediato se giró hacia otro lado por reflejo, antes de mirar algo más que una ligera visión de su piel desnuda por el rabillo del ojo. Day comenzó a vestirse rápidamente, aunque tuviera que ponerse su ropa sobre su cuerpo mojado—. ¡¿Cree que no valgo nada?! ¡¿Que soy un objeto al que puede usar como le plazca sólo porque es…?! ¡¿Por qué es qué?! ¡¿Un noble y yo una simple sirvienta…?!

Jude se estremeció al escuchar tales palabras. Se giró lentamente hacia ella, con su expresión totalmente llena de confusión; para ese momento, Day ya se había colocado su vestido de sirvienta encima.

—¿De qué estás hablando? —Murmuró despacio—. ¿Me estás hablando a mí…?

—¡Cállese! —Vociferó con fuerza sin dejar de darle la espalda; tenía su cabeza agachada y sus puños se apretaban con fuerza—. Si tiene una pizca de decencia en su cuerpo, no le dirá a nadie de este vergonzoso incidente…

—No lo haré —susurró Jude con un tono inusualmente serio.

Day ya no dijo nada, y ni siquiera le permitió que le mirara el rostro de nuevo. Caminó apresurada hacia la puerta, la recorrió a un lado, y luego azotó con fuerza una vez que estuvo en el pasillo. Jude la miró en silencio mientras se iba, y aún después de que se fue se quedó contemplando la puerta. Unos segundos después, llevó su mano derecha hacia su mejilla, tocando el área enrojecida en la que la mano de aquella chica lo había golpeado al menos dos veces. Poco a poco le comenzó a arder.

— — — —

Más tarde esa noche, Day sintió la necesidad de contarle lo ocurrido a Kristy cuando ambas estuvieron en el cuarto de ésta última, y que también sería el cuarto de la polizona por los días que estuviera en ese barco. El cuarto era pequeño y cuadrado, con un tapiz algo viejo en las paredes, de color verde que ya se veía opaco. Pero igual no se veía mucho de dicho tapiz, pues una de las literas tapaba casi por completo la pared del lado izquierdo de la puerta, y otra más la pared del frente. En la pared del lado derecho se encontraba un tocador pequeño con un espejo un poco manchado, y un viejo ropero clavado al suelo, que se encontraba en realidad bastante vacío; Kristy al parecer tenía un vestuario reducido, aunque el par de vestidos que había obtenido del último botín lo había ampliado. Le prestó a Day una bata de noche larga color beige para que pudiera dormir, que Day pensó una vez que se la puso que debía quedarle bastante grande a la Jefa de Cocina.

—Lo siento, Day —se disculpó Kristy con pesar, estando sentada en su cama—. No sabía que este día le tocaba usar el baño al capitán en la noche… o que entraría sin revisar si había alguien adentro.

—Ese tipo… —murmuraba la sirvienta entre dientes mientras estaba sentada frente al espejo, y pasaba de manera un tanto brusca un cepillo de Kristy por su cabello aún húmedo—. ¿Cómo se atreve? Me pregunto si acaso realmente está tan loco como actúa…

—Estoy segura de que todo fue sólo un accidente. Yo podría hablar con él para…

—No, no hables de esto con nadie, por favor —murmuró Day con insistencia—. Lo que menos quiero es que alguno de los hombres de esta tripulación se haga una idea errónea de mí.

—No te preocupes, no le diré a nadie, y estoy segura de que el capitán tampoco lo hará. Lo creas o no, él es todo un caballero.

¿Todo un caballero?, en todo ese día no había visto ni una sola cosa que sustentara tal afirmación.

Terminó de peinarse y colocó el cepillo sobre el tocador con cuidado.

—Sigo sin entender cómo pueden seguir a un capitán como ese —murmuró en voz baja, como si no quisiera que su nueva compañera de cuarto la oyera, pero eso era difícil en un espacio tan reducido.

—Bueno, supongo que es como te dije en la tarde —suspiró Kristy, abrazándose de sus piernas—. Creo que todos tienen su propio motivo para estar aquí.

—¿Y cuál es el tuyo? —Cuestionó Day curiosa, volteándose hacia ella.

Kristy volteó a ver al techo y reflexionó un poco antes de responder.

—Yo… al inicio creo que fue porque no tenía otro sitio al cual ir, y el capitán me ofreció unirme a su tripulación. Supongo que acepté también porque estaba agradecida por haberme salvado.

—¿Salvado? —Murmuró Day un poco sorprendida. A su mente vino lo que le había comentado esa mañana, sobre haber sido capturada por traficantes de esclavos. Sintió que la sangre se le helaba un poco.

Kristy prosiguió, ahora con una sonrisa más alegre.

—Pero me quedé porque me encariñé con este sitio y con todos los que viven aquí. Nunca tuve una familia real, pero me gusta pensar que sería muy similar a esto.

Familia… esa era una palabra que no esperaba escuchar relacionada con un grupo de piratas. Pero de cierta forma, cómo los había visto comportarse e interactuar en el comedor ese día… puede que sea más o menos así. Aunque, si era sincera, ella tampoco sabía lo que era tener una familia. Fuera de su madre, que siempre estuvo más preocupada por la supervivencia de ambas que otra cosa, nunca se había sentido parte de alguna familia o de ningún grupo similar, ni siquiera de los demás sirvientes. Aun así, un barco pirata no sonaba a un sitio ideal para buscar algo como eso.

De pronto, el silencio casi sepulcral que las envolvía fue invadido por el flujo inusual de una melodía, suave y lenta que flotaba en el aire como una brisa cálida y ligera. Day alzó su rostro, como si esperara encontrar de alguna forma con sus ojos el origen de aquello, pero era evidente que fuera lo que fuera no venía de adentro de ese pequeño cuarto.

 —¿Qué es eso? —Preguntó curiosa.

—Es el violín del capitán.

—¿Toca el violín? —Exclamó con algo de asombro.

—De vez en cuando. Creo que le ayuda a pensar. No sé mucho de música, pero suena bonito. ¿Verdad?

Day no respondió, sólo se quedó escuchando aquel sonido en silencio, intentando captarlo por completo. Ella tampoco sabía mucho de música, o quizás nada. Pero sí… sonaba bien. Le transmitía de hecho un curioso sentimiento de calidez y paz, como un abrazo maternal.

—Sé que quizás éste fue un día desagradable para ti —escuchó que Kristy comentaba de pronto, sacándola de su ensimismamiento—, pero quiero que sepas que me agradó mucho tu compañía, y creo que le agradaste también a los otros. Espero que disfrutes más el resto de los días que estarás aquí.

Day le sonrió, retribuyéndole sus palabras.

—Gracias, Kristy.

Ella en realidad también lo esperaba.

— — — —

El capitán Jude se encontraba de pie en la proa del Fénix del Mar, contemplando el mar oscuro, el cielo estrellado, y la casi infinita tranquilidad que se respiraba. El arco de su violín se movía grácilmente sobre las cuerdas, entonando junto con sus ágiles dedos esa melodía que lograba escucharse a mayor o menor medida en los rincones de su barco, filtrándose como el aire en el silencio profundo.

¿Qué pensamientos intentaba aclarar mientras tocaba esa canción?, eso sólo él lo sabía. Fuera lo que fuera, era lo suficientemente serio e importante como para que ello se reflejara en su mirada casi ausente.

Sus dos mejillas se encontraban enrojecidas y aún le dolían un poco.

FIN DEL CAPÍTULO 08

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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