Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 08. Una locura mayor

19 de agosto del 2019

Invierno Eterno - Capítulo 08. Una locura mayor

Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 08.
Una locura mayor

La princesa Merida salió sigilosa de su cuarto, cuidando que no hubiera ningún guardia, sirvienta, hermano o madre al a vista. El moverse por esos pasillos sin ser detectada no era nada nuevo para ella; incluso ya tenía sus propios trucos para pasar desapercibida. Pero en esa ocasión la tenía un poco más fácil, pues el terreno en realidad se hallaba más despejado que de costumbre. La visita de los Lores y sus comitivas era ya demasiado, pero ahora de seguro todos en el castillo, por no decir en el pueblo entero, estaban bastante conmocionados por los otros sorprendentes e inesperados visitantes caídos del cielo; lo suficiente para no tener en la cabeza a la joven pelirroja, y para ella era mejor así.

Su objetivo era llegar hasta las caballerizas, donde estaba casi segura que habían colocado a los tres dragones que venían con los vikingos. ¿Dónde más podías meter a un dragón?; no tenían un sitio especialmente dedicado para algo así por esos lares. Y… ¿qué haría exactamente cuándo llegar hasta ellos? En realidad no tenía algo fijo en mente. No sabía siquiera si sería seguro acercarse a alguno de ellos, pero… ¿cómo no hacerlo?, ¡eran tres malditos dragones! Su madre misma lo había dicho antes de irse: era increíble el sólo hecho de que seres como esos existieran aún en ese mundo. No podía desaprovechar la oportunidad de verlos de cerca, pues realmente no sabía cuánto tiempo más estarían ahí.

Durante su trayecto, la joven princesa tuvo que esconderse en una habitación, fingir que era una estatua cuando una sirvienta pasaba por el pasillo, caminar con su espalda pegada a la pared, y ocultarse en el punto ciego de la pobre Maudie, que pasó cargando una torre de sabanas que le cubría toda la cara. Como esperaba, el tema de conversación de las pocas personas con las que se cruzaba, eran los tres vikingos. Llegó a estar a unos cuantos pasos de la cocina sin mayor contratiempo. Si salía por ahí, estaría prácticamente enfrente de las caballerizas. Sin embargo, antes de llegar a la cocina, se tuvo que ocultar detrás de un pilar y esperar a que dos guardias pasaran de largo.

—Juro que pensé que me comería vivo —comentaba uno de ellos, alarmado—. ¿Viste el tamaño de esos colmillos?

—Pero si no tenía ningún colmillo, tonto —le respondió el otro con tono burlón.

—Claro que sí.

—Qué no.

—¡Qué sí!

Ambos siguieron discutiendo y se alejaron caminando. Cuando ya sus voces no eran más que ecos lejanos, Merida salió de su escondite y caminó apresurada hacia la cocina; ya estaba muy cerca. Sin embargo, su emoción la traicionó, pues al dar vuelta rápidamente en la esquina su cuerpo se estrelló contra otro de gran tamaño, que además la hizo rebotar hacia atrás como una pelota.

—¡Ah! —Exclamó entre confundida y asustada, y un segundo después se encontraba en el suelo, golpeándose duro su trasero con éste—. ¡Auh!, ¡¿qué fue…?!

La princesa alzó molesta su rostro hacia el frente, lista para recriminarle al culpable de su obstrucción, olvidando un poco el hecho de que se suponía no quería que nadie la viera por ahí. Sin embargo, las ganas de recriminar, o siquiera hablar, se esfumaron cuando se dio cuenta de quién se encontraba delante de ella; o más bien quiénes…

Con lo que había chocado era con el enorme cuerpo de Gregor MacGuffin, que por algún motivo cargaba en sus brazos varios tubérculos; alrededor de quince, quizás. El muchacho rubio y alto la miraba con expresión algo perpleja, típica de él. Pero el joven MacGuffin no venía solo, pues a su diestra, unos pasos detrás, lo acompañaba Wee Dingwall, con su cara atolondrada y ojos perdidos que podrían estarla mirando a ella como a cualquier mosca que estuviera volando sobre su cabeza. Del lado contrario se hallaba Roderick Macintosh, quien sujetaba media papa en su mano derecha, mientras al parecer masticaba la otra mitad, y también la miraba algo extrañado.

Los hijos mayores de los tres Lores en persona; sus fieles prometidos… qué gozo era ver que de todas las personas con las que se podría haber cruzado, fueran justo ellos tres los elegidos.

—Hola chicos… —suspiró con molestia, alzando un poco el cuerpo para poder sobarse su adolorido trasero.

—¡Vaya!, pero si es la Princesa Merida —espetó el joven Macintosh con una alegría demasiado exagerada. Arrojó lo que quedaba de su papa al montón de tubérculos de Gregor, y avanzó con paso confiado hacia ella—. Al fin nos encontramos, majestad. Permítame…

El Joven Lord extendió su mano hacia ella, ofreciéndosela como apoyo para que se pusiera de pie. Merida miró aquella mano con un nada sutil desagrado, aunque su dueño no pareció darse cuenta. No era que necesitara de su ayuda para pararse, pero la voz de su madre diciéndole que fuera amigable y hospitalaria resonó en su cabeza.

—Sí… gracias… —respondió secamente. Tomó entonces la mano de Roderick y se paró rápido de un salto.

—Todos hablan de su proeza de hace un rato —comentó el joven Macintosh, haciendo su cabello hacia atrás con su mano derecha—. Sobre cómo derribó a ese dragón usted sola con una flecha certera. ¡Eso fue increíble! Claro que yo lo hubiera hecho primero, pero… pues… Estaba… protegiendo a los más pequeños; alguien debía de hacerlo.

—¿No estabas más bien escondiéndote detrás de los pequeños? —Murmuró Wee Dingwall con su mirada perdida y sus ojos parpadeando en diferentes momentos.

—Muy asustados todos —comentó Gregor con su inusual acento—. Ganas de agachar cabeza y ocultarse. Dragón, nunca visto u oído, menos tres. Y Vikingos con nosotros.

—¡Cállense ustedes dos! —Les gritó Roderick con molestia, girándose hacia ambos—. ¡¿Quién estaba asustado?!, yo no… ¡para nada! Y menos de unos cuantos vikingos…

Intentaba decirlo con seguridad, pero era claro que su voz le temblaba un poco entre palaba y palabra.

—Ajá, claro —musitó Merida, arqueando una de sus cejas y cruzándose de brazos—. Bueno, sólo hice lo que pensé que era correcto. Digo… —A la vez que les hablaba despreocupadamente y con una falsa sonrisa, intentaba además de discretamente sacarles la vuelta y seguir con su camino—. De no haberlo hecho, todo el pueblo estaría en llamas ahora. Y no necesariamente por los dragones, sino porque todos se estaban alterando mucho. Pero bueno, no fue para tanto… así que…

—Tan modesta como siempre —exclamó Roderick, colocándose abruptamente en su camino, y evitando por consiguiente que terminara de avanzar—. Pero todos saben que, después de mí obviamente, es la arquera más hábil de DunBroch; nada mal para ser una simple Princesa.

—Sí, muchas gracias —murmuró Merida entre dientes, y entonces se deslizó sutilmente por un lado de él, casi por completo pega a la pared para así andar con paso apresurado hacia la cocina. Esperaba con ello dejar esa conversación atrás, pero para su sorpresa no sólo Roderick, sino los tres jóvenes Lores la comenzaron a seguir a unos cuántos pasos de distancia.

—Debería hacer que le dieran un título —añadió el joven Macintosh con elocuencia—, como la Asesina de Dragones… o algo así… no se me ocurre algún otro…

—Jajaja… sí… Asesina de Dragones, claro… —rio algo nerviosa la princesa, acelerando un poco su paso.

—¿A dónde vas, por cierto? —escuchó como inquiría la somnolienta voz de Wee, tomándola tan por sorpresa que sus pies se congelaron unos momentos en su lugar, y una pequeña maldición le inundó su cabeza.

—De seguro está buscando también algo qué hacer —se tomó Roderick la libertad de responder—. Los viejos no nos quisieron en su reunión, ¿puede creerlo? Y veo que a usted tampoco. Aunque para su majestad debe ser un alivio el que no se le incluya nunca en esas aburridas reuniones.

—Sí… un gran alivio… —susurró la pelirroja con un muy notorio sarcasmo, que de todas formas sus tres acompañantes parecieron no notar.

Se volvió bastante obvio para ella que no se desharía de ellos tan fácil. Se preguntó si acaso su madre les había ordenado observarla, sus padres les volvieron a insistir en acercársele por el tema del matrimonio, o genuinamente se encontraban aburridos sin nada que hacer. Las tres opciones parecían bastante posibles, y no eran excluyentes entre sí.

Lo más sensato sería quizás abortar su misión y esperar un mejor momento. Pero, ¿cuándo tendría un mejor momento? ¿Qué pasaría si mientras se distraía con esos tres tipos, los dragones escapaban o sus jinetes eran liberados? ¿Cuándo volvería literalmente a caerle del cielo tres criaturas tan magníficas? Ya había llegado hasta ahí, tendría que arriesgarse con tal de llegar a su objetivo.

Respiró hondo, se paró derecha, y entonces se giró tan firme y decidida a ellos que su mirada bastó para confundirlos, e incluso atemorizarlos un poco.

—Bien, escuchen con atención. Si están tan aburridos pueden acompañarme, pero deben prometer por su honor que no le dirán a nadie. ¿Está claro?

—¿Acompañarte a dónde? —Cuestionó Wee, confundido.

—¡Qué lo prometan! —Les gritó Merida con fuerza, aunque casi de inmediato se cubrió su propia boca, temerosa de que su grito hubiera sido oído por más personas de las deseadas.

—Claro que lo prometemos, majestad —intervino Roderick, colocándose delante de los otros dos—. Tiene nuestra palabra, por nuestro honor.

—Supongo —añadió Wee, indiferente.

—Seguro estoy, que nada pronunciar, y aunque no, nada se sabrá —pronunció Gregor poco después.

Merida arqueó una ceja, perpleja, pero no le quedó más que suponer que eso era una afirmación.

—Correcto… —Se les acercó entonces, sólo lo suficiente para poder susurrarles despacio a modo de secreto—. Bien, la verdad es que me encuentro camino al establo, dónde tienen a los dragones de los vikingos

—Oh, claro, el establo en dónde tienen… ¡¿A LOS DRAGONES?! —Exclamó Roderick totalmente sorprendido y a la vez asustado, e instintivamente se abrazó del voluminoso cuerpo de Gregor—. ¡¿Quiere decir que esos monstruos siguen vivos?!  Ah… ah… digo… eso es fascinante… Pero, ¿por qué quiere ir a ese sitio?

—¿Y todavía lo preguntas? Por supuesto que quiero ver frente a frente a esas criaturas tan únicas. ¿Acaso ustedes no?

Los tres jóvenes Lores se miraron entre ellos, dudosos.

—Ah… por supuesto… —musitó el joven Macintosh entre dientes—. Por supuesto, ¿quién no querría… verlos?

—Yo no lo había pensado hasta este momento —respondió indiferente en joven Dingwall justo después, mientras con su dedo meñique se limpiaba su oído derecho.

—Pensar yo, quizás, tal vez, posiblemente, ¿a lo mejor…? —añadió MacGuffin seguido, aunque en realidad no aportaba mucho.

—¡Perfecto! —Exclamó Merida con falso entusiasmo, al tiempo que les sonreía ampliamente—. Ya decía yo que los hijos de los Lores debían ser valientes, intrépidos, y muy aventureros. Llenan de orgullo a su princesa…

Se giró en ese momento dándoles la espalda y evitando que vieran su expresión de fastidio, acompañada de algo de repugnancia. No podía creer que enserio tuviera que lavarles un poco el orgullo a esos tres con tal de que no la delataran, y ahora tendría que ir a los establos con ellos. Esperaba realmente que ninguno hiciera algo estúpido y lo arruinara.

De nuevo, respiró profundo, se paró derecha, y se giró hacia ellos con otra nueva sonrisa amistosa.

—Ustedes síganme, que yo conozco un atajo. Y Gregor, deja esos tubérculos ahí; sólo nos estorbarán.

Merida comenzó a avanzar hacia la cocina, seguida por Wee, y un poco detrás por Roderick. Gregor dudó un poco sobre la instrucción que le habían dado, pero al final simplemente abrió los brazos y dejó caer todo lo que cargaba al suelo, haciendo que los tubérculos se regaran por el suelo.

—¡Pero no en el…! —Exclamó Merida girándose hacia él, pero se contuvo—. Olvídenlo. Sólo vamos, antes de alguien más venga…

La cocina se encontraba sola en estos momentos, aunque había aún brazas caliente en la hoguera. Los cuatro jóvenes se abrieron paso silenciosamente hacia la puerta que daba al patio, que afortunadamente no tenía seguro alguno por lo que pudieron salir por ella sin mayores problemas. Merida asomó su cabeza hacia afuera primero para asegurarse de que nadie los viera; todo parecía despejado, al menos en un primer vistazo. Ya afuera, el viento invernal los hizo temblar. Estaba comenzando a anochecer, así que la temperatura se volvía aún menor. El frío les calaba los huesos, aunque trajeran sus ropas abrigadoras encima.

Tuvieron que atravesar el patio a pie corriendo para llegar lo más pronto posible hasta su destino. En un par de ocasiones tuvieron que ocultarse de los guardias, aunque al ser tantos era algo complicado, especialmente porque Gregor iba con ellos. Aunque ya en el último tramo, les bastó con sólo pararse casual y disimuladamente, y los guardias que pasaron cerca ni siquiera los voltearon a ver. Continuaron tranquilos su camino luego de eso.

—Oye, si éste es tu castillo, y éstas tus caballerizas, ¿por qué parece como si fuéramos un grupo de ladronzuelos cualquiera? —Cuestionó Roderick, confundido, y también algo hastiado por tener que andar a escondidas de esa forma.

—¿No es más divertido así? —Respondió Merida con sarcasmo. Y lo era, aunque el motivo principal era que su madre desaprobaría completamente ello, pero ese dato prefirió guardárselo.

Los caballos habían sido movidos a un lugar más seguro, para así tener el establo totalmente despejado para sus tres criaturas invitadas. La entrada se encontraba cerrada con un tablón firmemente colocado, y cuatro hombres se habían postrado delante de ésta con lanzas en sus manos.

Los cuatro chicos lograron escabullirse hasta detrás de unos barriles, desde dónde la princesa de DunBroch estudió el terreno. Ella conocía el lugar como la palma de su mano. Aquel establo era uno especial, más hermético, en donde guardaban a los corceles durante el invierno. Por tal motivo, se encontraba casi completamente cerrado, sin ninguna entrada además de la puerta principal. Bueno, además de la puerta principal… y de una imperfección en la construcción, al fondo de la pared izquierda.

—Vengan, con cuidado —les indicó muy despacio y lentamente comenzó a avanzar hacia aquel agujero que sólo ella y sus hermanos conocían bien para poder esconderse.

Con mucho cuidado retiró un par de tablas apoyadas contra la pared que ocultaban detrás su anhelado punto de acceso. El agujero era pequeño y pegado al suelo, por lo que era necesario pasarlo gateando. Merida, sin dudarlo mucho, se introdujo por él con su pecho a tierra. Los otros la miraron dubitativos, mientras veían cómo se perdía por aquel agujero. Wee de seguro podría pasar igual o más fácil que ella, y Roderick apenas lo lograría. Por otra parte, era claro que Gregor no cabría de ninguna forma.

—Ni modo, amigo —comentó Roderick con tono algo burlón—. Te toca vigilar que nadie se acerque.

Acto seguido, el joven Macintosh se arrastró también por el suelo, seguido poco después por Wee. Gregor, con expresión melancólica, pero también preocupada, permaneció afuera y aguardó.

El interior de las caballerizas era iluminado por algunas antorchas colgadas en las paredes, y bajo su tenue luz lograron ver con facilidad la silueta de lo que venían a buscar: los tres dragones, el de color negro, el azul y el verde con rojo. Para sorpresa de los tres jóvenes, las criaturas estaban completamente libres, sin ataduras, y parecían jugar entre ellos, saltando y empujándose. Principalmente Toothless y Stormfly eran los que se entretenían, ya que Rompe Cráneos, más grande y más viejo que ellos, parecía simplemente estar ahí recostado, ignorándolos.

Los tres nobles se quedaron congelados al notar esto. Esperaban que quizás les hubieran colocado un bozal, unas cadenas, o algo… pero al parecer ninguno de los guardias se había avalentonado lo suficiente para acércales y hacer eso. ¿Cómo no habían quemado todo ese sitio y huido todavía?

—¡No puede ser! —Exclamó Roderick aterrorizado, e instintivamente se colocó detrás de Merida para protegerse—. ¡Están libres!,  ¡ni siquiera les pusieron cadenas! Salgamos de aquí antes de que nos vean y…

Pero ya era tarde para eso. Los gritos de Roderick fueron tan estridentes que las tres criaturas giraron sus cuellos hacia ellos, mirándolos con sus grandes y brillantes ojos. Esto puso nerviosa incluso a la propia Merida.

—¡Nos van a comer… a quemar… a destrozar…! —Exclamó Wee entrecortadamente, escondiéndose detrás de Roderick, y por consiguiente ambos detrás de Merida.

La princesa miraba inmóvil a los tres dragones, con sus ojos totalmente abiertos y su respiración cortada, pero intentando por ningún motivo perder la calma. No esperaba que simplemente los metieran ahí, pero suponía que los guardias tampoco supusieron que alguien sería tan loco para querer meterse a escondidas a aquel lugar… pero al parecer alguien sí lo era.

—Bien, escuchen… —susurró despacio la pelirroja, extendiendo sus brazos hacia los lados de forma protectora—. Debemos regresar lentamente por dónde vinimos. No hagan movimientos bruscos, y no corran… ¿de acuerdo?

—¡Fue una mala idea!, ¡muy mala! —Gritó Wee a todo pulmón, y sin hacer caso corrió y prácticamente se lanzó de clavado al agujero.

—¡Mala! ¡Muy mala en verdad! —Añadió Roderick en el mismo estado, corriendo detrás de Wee, e incluso intentando jalarlo de los pies para quitarlo del agujero y así poder salir él primero.

—¡Les dije que no…! —Exclamó Merida molesta, mirándolos sobre su hombro con frustración—. Pero qué… idiotas…

A ella no le quedó más remedio que también voltearse y correr detrás de ellos antes de que el peligro eminente se les lanzara encima. Sin embargo, antes de chocar con alguno en su camino, se detuvo en seco, y lentamente se giró hacia atrás. Para su asombro, los tres dragones seguían en su sitio, sentados o parados sobre sus patas, sólo mirándolos intrigados, pero sin ninguna actitud agresiva en ellos.

Merida los miró extrañada. Cuando aquel que era totalmente negro notó que lo estaba observando, su actitud cambió abruptamente. Sus ojos se afilaron, su cuerpo se tensó y enseñó sus colmillos en actitud de amenaza. Los otros dos parecieron reaccionar a su estado, pues hicieron lo mismo. Toothless la había reconocido: era la chica que le había dañado su aleta y los derribó. El dragón negro gruñó y erizó sus escamas espinales.

Una vez más la princesa se puso nerviosa, e instintivamente dio un paso hacia atrás. Sin embargo, no les quitó la mirada de encima. No parecían querer atacarla, más bien… parecían nerviosos, como cualquier otro animal. No, parecían incluso más conscientes que un animal cualquiera.

“Toothless no es mi compañero animal. Cuando lo veo a los ojos, no veo un animal, o un dragón, o una criatura, o algo a lo que hay que temer; yo sólo veo a mi mejor amigo, a un compañero, al que le puedo confiar mi vida, y sé que él me la confiaría a mí.”

Eso era lo que aquel vikingo que lo cabalgaba le había dicho. No era la clase de palabras que alguien esperaría oír al referirse a un dragón. ¿Sería acaso que… en realidad no eran tan peligrosos como todo el mundo creía? En realidad, ¿qué sabían ellos de los dragones?; era probable que ninguno de los que seguían convida en ese sitio hubieran visto uno con sus propios ojos. Si esos tres vikingos se atrevían incluso a cabalgarlos por los aires con tanta confianza, debía ser por algo, ¿o no? Sentía que aquello debía de ser como la relación tan fuerte que tenían ella y su leal Angus, pero que podría incluso ser más fuerte que eso.

Merida alzó lentamente sus dos manos delante de ella, indicándole a las tres criaturas que estaba indefensa. No llevaba consigo ningún arco, espada, ni siquiera un cuchillo.

—Tranquilos, no soy peligrosa. —Les susurró despacio, mientras comenzaba a avanzar hacia ellos paso a paso, sin bajar ni un poco sus brazos—. Lamento lo que pasó antes. Como todos, me encontraba asustada. De haber sabido que venían con buenas intenciones, nunca les hubiera disparado. Sólo quiero ser su amiga, en verdad…

Les hablaba como si estuviera convencida de que le iban a entender, y es que en verdad esperaba que fuera así. Esperaba que de alguna forma sus palabras, o al menos sus sentimientos, les llegaran y sintieran que en efecto les estaba diciendo la verdad, y no era una amenaza para ellos.

Sin embargo, Toothless no le creía para nada. La última vez que un extraño se quiso acercar a él, lo obligó a hacerle un daño irreparable a una persona especial para su mejor amigo. Hiccup lo había perdonado, pero él no se había perdonado a sí mismo todavía. Y después de aquel horrible suceso, el dragón negro sólo se permitía acercarse a cualquier humano que Hiccup le indicara, pero él no estaba ahí en ese momento. No sentía amenaza en ella, pero su interior sentía confusión. Por un lado quería dejarla acercarse, y por el otro sentía que debía lanzarle una pequeña llamarada de advertencia para que se marchara corriendo al igual que sus amigos.

Ella se siguió aproximando mientras el Dragón la miraba desconfiado y con actitud agresiva. Aun así, no lanzó esa llamarada de advertencia, ni algo más para apartarla de él en ese momento. Un aire tranquilo y un silencio profundo se fueron cerniendo entorno a ambos, un aire que era incluso relajante. Merida lo sintió vívida y claramente en ese momento: aquel no era un ser normal. Era algo, o quizás más bien alguien, mucho más especial…

—¡Merida!, ¡¿qué crees que haces?! —Resonó abruptamente desde el agujero de la pared, rompiendo de golpe la tranquilidad.

El grito del otro humano no sólo alarmó a Merida, sino que asustó a Toothless, sacándolo de su estado casi de transe. La reacción inmediata del dragón fue girar sobre sí mismo, y al hacerlo golpeó a Merida con su cola, tumbándola al suelo por el impacto.

—¡Ouf! —exclamó sorprendida y adolorida la princesa de DunBroch, desplomándose a tierra sobre su costado derecho de forma pesada.

—¡Majestad! —Profirió Roderick alarmado, y rápidamente se lanzó con violencia hacia la fiera atacante—. ¡Ahora sí, maldito Dragón! ¡Prepárate a sufrir la ira de Roderick Machin…!  —Antes de que pudiera acercarse lo suficiente como para hacer cualquier tipo de acto ofensivo contra el Alfa, la enorme pata de Rompe Cráneos se presionó abruptamente contra él, sosteniéndolo contra el piso; sin lastimarlo, pero con la suficiente fuerza como para que no pudiera levantarse—. ¡Ah!, ¡suéltame!, ¡ayuda!

—¡Aaaaaaaah! —Se escuchó de golpe como Wee corría aguerridamente en contra del enorme dragón, sosteniendo un largo palo como garrote en su mano. Sin embargo, antes de que pudiera atacar, Stormfly se le acercó y tomó el palo entre sus dientes queriendo jugar con él, comenzado a agitar al joven Lord de un lado otro en el proceso.

Más que preocupante, aquello parecía una imagen bastante surrealista desde la perspectiva de Merida, aunque también algo cómica. Notó que más que defenderse o atacar, esas curiosas criaturas parecían estar jugando con ellos.

—Ustedes son unos perdedores… —susurró despacio para sí misma, como un pensamiento fugaz que se le escapaba.

Al virarse al tercero de ellos, sin embargo, notó que en éste si se notaba algo de agresividad, especialmente hacia ella. La princesa retrocedió un poco en el suelo por mero instinto, alzando su mano al frente para intentar mantener alejado al animal de piel negra.

—Tranquilo, tranquilo —susurró despacio mientras se ponía lentamente de pie—. Sé que debes estar molesto porque te derribé de esa forma. Pero te lo aseguro, no somos peligrosos para…

De pronto, un gran estruendo retumbo en todas las caballerizas, pues Gregor había atravesado la pared de una fuerte tacleada de su hombro derecho. Pedazos de madera volaron por los aires, y los tres dragones instintivamente dieron un salto y se alejaron de los humanos. Gregor, alarmado y asustado, se aproximó a Merida y la rodeó fuertemente con sus anchos brazos, alzando sus pies del suelo y alejándola de los dragones.

—¡No!, ¡¿qué haces?! —Exclamó furiosa, mientras pataleaba con fuerza, pero era incapaz de soltarse de su animoso agarre. Roderick y Wee se alzaron, colocándose delante de Gregor y ella, y con actitud de lucha hacia los dragones. Estos se habían postrado al otro lado de la edificación, con sus pies firmes en el piso y sus colas tensas—. ¡Los están alterando más!, ¡tarados!

Y cando aquello parecía que no se podría poner peor, las puertas de las caballerizas se abrieron de par en par, llamando de inmediato la atención de todos, incluida la de Toothless y sus acompañantes. Para el horror de Merida, en la puerta no sólo vio a los cuatro guardias que protegían la entrada: en medio de ellos reconoció de inmediato la figura de su madre, parada firmemente con sus ojos despavoridos puestos en la escena delante de ella.

—¡Merida! —Exclamó la reina Elinor espantada—. ¡¿Qué estás haciendo?!

Su voz resonó con impacto en el interior de aquel lugar, que poco a poco comenzaba a enfriarse debido al agujero que se había abierto en la pared. Los cuatro guardias avanzaron delante de su reina, sosteniendo sus lanzas temblorosas al frente en posición defensiva.

—¡Mamá!, ¡no! —Chilló Merida, zarandeándose aún en los brazos de Gregor. Toothless rápidamente se puso delante de los otros dos, extendiendo sus alas para protegerlos. Sus ojos afilados miraron con desconfianza a los cuatro guardias, que al notar su mirada y escuchar su gruñido, no pudieron evitar retroceder al menos un paso—. ¡No es lo que parece! Bueno, sí lo es, ¡pero no son peligrosos! ¡Bajen esas lanzas!, los están asustando.

—¡Salgan todos de aquí, ahora! —espetó Elinor con tono autoritario, señalando a la puerta.

Los tres jóvenes Lores no ocuparon mucho más para obedecer. Mientras los cuatro guardias señalaban a los dragones con sus armas, y aparentemente los mantenían alejados, los tres corrieron despavoridos a la puerta, incluso Gregor cargando a Merida aunque ésta no quisiera. Una vez que los jóvenes salieron, Elinor los siguió, y los cuatro guardias retrocedieron lentamente; los dragones se quedaron fijos en su lugar. Cuando ya todos estuvieron afuera, cerraron rápidamente las pesadas puertas, colocándoles el tablón al frente.

Sólo hasta ese momento Elinor logró respirar aliviada. Sin embargo, dicho alivio no le duró mucho, pues en cuánto se giró hacia un lado, se sobresaltó al ver la cabeza azul de Stormfly asomándose por el agujero que Gregor había abierto.

—Oh, por los… —exclamó entre sorprendida y molesta, refugiándose detrás de sus soldados—. ¡Arreglen eso!, ¡rápido!

Los cuatro hombres se miraron atónito entre sí.

—¿No… sotros?

—¡¿Y quién más?! ¡Vamos!

Sin dar más explicación, la reina volcó toda su atención y enojo en los cuatro jóvenes, incluida su primogénita.

—Ustedes, ¡¿qué estaban pensando?! ¡¿Qué pensaban hacer ahí adentro?!

Los tres chicos bajaron sus cabezas apenados.

—Majestad… —murmuró Roderick avergonzado—. Yo solo puedo decir que… que… ¡que todo fue idea de Merida! —Su dedo acusador se señaló de inmediato el rostro redondo de la princesa.

—¡Oye! —Exclamó Merida, ofendida—. ¡Qué rápidos son para apuntar con el dedo…!—En ese momento Gregor la soltó, con poca delicadeza, haciendo que cayera con su trasero a la tierra—. ¡Uuugh…!, valientes caballeros…

Estando sentada en el piso, alzó su mirada y notó como su madre la miraba desde arriba, con sus brazos cruzados y sus ojos llenos de bastante, pero bastante, rabia.

—¡Está bien! Sí, fui yo la de la idea —se defendió Merida, parándose de un salto—. ¡¿Realmente puedes culparme?! Son dragones, dragones de verdad que están en nuestro establo. ¿Cuándo tendré oportunidad de ver algo parecido otra vez? ¡Es más! ¡Deberías de haber visto venir que lo haría!

—¡¿Qué debería…?! —Espetó Elinor con rabia, dando un paso hacia ella con actitud desafiante, que logró intimidar incluso a la propia Merida. Parecía que tenía la intención de decir más, pero al final se contuvo y las palabras se atoraron en su garganta. La reina respiró lentamente intentando tranquilizarse, sin lograrlo mucho en realidad—. La situación ya es de por sí complicada, difícil, y estresante, ¡como para que tú andes aquí comportándote como una niña!

Elinor tomó a su hija abruptamente de su brazo, con un agarre tan fuerte que la lastimó un poco. Sin darle oportunidad de explicarse, comenzó a jalarla algo violenta hacia el interior del castillo. Antes de irse, sin embargo, les ofreció una última mirada a los tres jóvenes Lores.

—Ustedes tres, por favor ya no perturben más a mi hija por hoy.

—Nosotros no… —intentó defenderse Roderick, pero un fuerte zape en su cabeza propiciado por Gregor, lo hizo reconsiderar sus palabras—. No lo haremos, majestad…

Sin más, Elinor y su hija comenzaron a avanzar hacia el castillo. Merida forcejó todo el camino, pero el agarre de su madre resultaba ser más fuerte de lo que se esperaba.

—He sido bastante comprensiva con todo esto, Merida —musitaba la reina de DunBroch mientras avanzaba con su mirada fija al frente—. Pero Brujas, Reina de las Nieves, Dragones… esto me supera, ¿de acuerdo? ¿Me ves tranquila? Pues estoy así… —alzó en ese momento en su mano, colocando su dedo índice y pulgar sólo a unos pocos milímetros de separación—, de sufrir un colapso, ¡y tú no me estás ayudando a que eso no pase!

—¡Justamente así está todo el reino de terminar hecho un cubo de hielo! —le respondió Merida con energía, logrando al fin soltarse—. ¿Y tú esperas que me quede de brazos cruzados mientras eso pasa?

—¡Sí! —Soltó Elinor con gran fuerza, y su voz retumbó en el pasillo, incuso asustando a un par de doncellas que pasaban cerca, y que en lugar de acercarse decidieron dar media vuelta e irse—. Eso es lo que espero que hagas. Por una vez, sólo déjanos encargarnos a nosotros de esto. Aunque te sea muy difícil de creer, somos tus padres, tus reyes, y sabemos lo que estamos haciendo. Y tú eres aún una niña que no puede solucionar todo sola, y menos con gritos, berrinches y haciendo este tipo de cosas. No ahora Merida, ¡no ahora!

Merida se quedó quieta, sosteniéndole la mirada repleta de cólera y su rostro enrojecido. Sus labios se apretaban entre sí al igual que sus dientes, rechinando con la frustración que le causaban no sólo las palabras y actitud de su madre, sino toda esa situación en general y como todos la hacían a un lado. Se sintió de nuevo en aquellos años, cuando era sólo una princesa de adorno, un trofeo para el hombre más valiente y fuerte, que debía ser obediente y callada. Realmente pensaba que aquello había quedado atrás, pero no podía evitar pensar que mucho de aquello no se disipó del todo. Quizás los nombres y las excusas que usaban sus padres habían cambiado, pero en esencia era lo mismo.

Elinor respiró profundamente, se acomodó como pudo su abrigo y su vestido, y se viró hacia el pasillo para andar con el mayor porte posible.

—¡¿Qué hay de los vikingos?! —Le gritó Merida de pronto, logrando que se detuviera—. Llegaron aquí pidiendo ayuda, y nosotros los encerramos como si fueran criminales. Es probable que ellos sepan mucho más que nosotros sobre esto. Tienes que permitirles hablar…

—¡Basta, Merida! ¡Basta! —Le respondió Elinor girándose de nuevo hacia ella. Al principio se veía furiosa, pero su semblante se relajó un poco, tomando un aire denso que a Meida preocupó sin que ésta pudiera evitarlo—. Hice lo que pude, Merida… Sabes que mi influencia en tu padre y los Lores llega hasta cierto punto. Pero cuando hay magia, brujas y vikingos de por medio, los viejos temores salen a la luz, y es difícil hacer que un salón repleto de hombres asustados actúen y piensen con razón. Hablé con ellos, pero lo más que logré es que no se precipitaran con los vikingos y los dragones. Los dejarán encerrados hasta mañana, y decidiremos qué hacer entonces.

Hizo una pequeña pausa, durante la cual desvío su mirada hacia otro lado, como si sintiera algo de vergüenza.

—Pero sobre lo otro, sobre todo el asunto de la Reina de las Nieves y ese supuesto reino de Arendelle… —se detuvo un instante—. Hacer una expedición a tierras totalmente desconocidas para nosotros, y todo inspirado por las palabras de una bruja, talladora de madera o lo que sea, y un grupo de vikingos, y sin la seguridad de que realmente la causa de este invierno esté ahí… —señaló entonces en dirección a dónde teóricamente se encontraba el mar, aunque no pudieran verlo desde adentro de la fortaleza—. Lo siento Merida, pero hasta yo tengo que admitir que es una locura.

Los puños y labios de la princesa se apretaron con fuerza, aguantándose las ganas de gritar mientras escuchaba como su madre le decía todo eso. Lo adornaba con algunas palabras, pero el significado final era bastante claro: no le creían, no le harían caso, y no harían nada. Se sentarían temblorosos en ese castillo hasta que todos se congelaran. Esperaba más de sus padres, de su pueblo de sangre guerrera, pero al parecer estaba muy equivocada en sus expectativas.

—Pues perdón por estar loca y querer el bien de todos —susurró Merida despacio con su cabeza agachada, y comenzó entones a caminar apresurada, sacándole la vuelta a su madre y siguiendo de largo sin mirarla siquiera.

—¡Yo no dije que estuvieras…! —Intentó su madre de hablarle, pero ella la ignoró—. ¡Merida! Por favor, deja las cosas como están. Ya veremos la forma de resolver esto, ¡te lo prometo!

Se lo prometía, por supuesto que lo hacía. Pero su promesa no servía de nada. Nadie en ese sitio podía hacer nada.

— — — —

Comenzó a correr velozmente por el pasillo, ya sin importarle a quién se cruzara en su camino o con quien chocara más bien. Se adentró más y más sin tener ningún punto en especial al cuál dirigirse. Sólo quería alejarse de su madre, de Roderick, Wee y Gregor, y de todo ese lugar en general. Se sorprendió al darse cuenta que en el salón principal no había nadie; al parecer su padre y los otros Lores habían dada por terminada su reunión y ahora estaban en el pueblo revisando los destrozos que causaron los dragones.

Bajó cabizbaja las escaleras y se aproximó hacia los tronos de su familia y ella. Normalmente ella debía sentarse en el de la izquierda de su padre, pero esa vez se sintió algo atrevida. Se permitió sentarse justo en el trono del centro, el que le pertenecía a su padre, y desde ahí contempló solemne el salón, apenas alumbrado por la tenue luz de las antorchas. Ese es el sitio que le correspondería, si no fuera una mujer y las estúpidas leyes de ese sitio le exigieran contraer matrimonio para llegar a al menos ser una reina como su madre. Pero, ¿reina de qué?; a ese paso lo único que reinaría sería un gran pedazo de hielo y nieve.

Apretó sus ojos con fuerza, gimoteó un poco, y entonces se cubrió su cara son sus manos. Las lágrimas salieron, pero no de tristeza, sino de desesperación y de impotencia al no poder hacer nada para convencer a sus padres, a los Lores o a quién sea que pudiera ayudarla. Muchos podrían pensar que era una persona egoísta, pero también se preocupaba de forma genuina por todos en su hogar. ¿No era el deber de una princesa o reina proteger a su gente? Pero ella sola, ¿qué podía hacer? No tenía barcos ni guerreros a su mando; nunca había salido de ese pequeño pedazo de tierra que era su hogar, mucho menos sabía qué había del otro lado del mar. ¿Qué podría hacer una simple princesa como ella…?

Y entonces sus pensamientos viajaron una vez más hacia los misteriosos jinetes de dragones. Ellos que parecían ser tan libres como el viento los dejaba; lo que ella daría por tener esa libertad. Pero ella estaba ahí, atada a ese sitio como un árbol con sus raíces enterradas. Pero ellos… vinieron hasta allí en busca de ayuda, o eso fue lo que dijeron. Ellos querían frenar tanto ese horrible invierno, que se arriesgaron a ir hasta ahí, a expensas de que serían mal recibidos. Era probable que fueran las únicas personas en todo ese sitio que pudieran… ¿ayudarla?, ¿a ella? ¿Realmente le pediría ayuda a un grupo de vikingos que ni siquiera conocía? Era una locura…

Una locura…

Merida retiró sus manos lentamente de su cara y miró hacia el salón, y a las sombras que danzaban en las paredes por el movimiento de las flamas.

Si su madre pensaba que ella estaba loca, no había visto nada aún. Con tal de salvar a su pueblo, estaba dispuesta a cometer una locura aún mayor.

FIN DEL CAPÍTULO 08

Notas del Autor:

—Sólo por si alguien no lo recordaba y le confundió los nombres que se usaron mucho en este capítulo para referirse a los tres hijos de los Lores, les comentó de nuevo que los nombres de Roderick Macintosh y Gregor MacGuffin, fueron agregados por nosotros ya que en la película no se menciona sus nombres reales, sólo sus apellidos, y en la información en internet sólo se les refiere como Joven Macintosh y Joven MacGuffin respectivamente.

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Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ «How to Train Your Dragon» © DreamWorks Animation.

+ «Brave» © Pixar Animation Studios.

+ «Rise of the Guardians» © DreamWorks Animation.

+ «Tangled» © Walt Disney Animation Studios.

+ «Frozen» © Walt Disney Animation Studios.

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