Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 07. El Capitán Demente

1 de agosto del 2019


WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 07
EL CAPITÁN DEMENTE

La tripulación no tardó mucho en reunirse en el comedor; era natural, pues todos se morían de hambre y estaban ansiosos por recibir su merecido desayuno. Sin embargo, ese desayuno tendría que esperar un poco más, pues el capitán les tenía un importante aviso. Unos minutos después de que todos los demás se reunieron, Henry y Lloyd arribaron, acompañados por la misteriosa chica de los ositos, que debía caminar detrás de ellos arrastrando su bola de acero atada a su tobillo. No era precisamente muy pesada para impedirle caminar, pero sí lo suficiente para resultarle estorbosa, y sobre todo incómoda.

—Ah, ya estás aquí —exclamó Jude sonriente al ver a su “invitada” entrar al comedor—. ¡Atención, todos!, ¡volteen a verme por un segundo, idiotas!

La atención de todos poco a poco se giró en su dirección, y por lo tanto también en la de la chica nueva. Ésta se sintió ligeramente intimidada de ver a todas esas personas reunidas en ese sitio, y ahora mirándola. La mayoría, si no era que todos, estaban presentes cuando Jude abrió ese baúl con ella adentro, pero no había tenido oportunidad ni tiempo de detenerse a ver cuántos eran o sus apariencias completas; esa era ahora una situación claramente distinta.

—Tripulación del Fénix del Mar —prosiguió el capitán Carmesí—, nuestro último golpe a la burguesía de Kalisma nos trajo una recompensa y una victoria inesperada—. Se volteó entonces hacia Day, señalándola orgulloso con su mano—. ¡Ésta de aquí es Loreili la Polizona! Es ni más ni menos que una malvada asesina entrenada por la realeza para matarme. Pero gracias a mi aguda astucia, la detuvimos antes de que lo intentara, ¡y ahora es nuestra rehén!

Los tripulantes se miraron entre ellos en silencio, sin reaccionar significativamente a sus palabras.

—Eso significa que no se llama Loreili ni es una asesina, ¿cierto? —Le susurró en voz baja el navegante Katori a la doctora Melina, que estaba parada a su lado.

—Exacto —asintió ella a su vez—. Luego tendremos que preguntarle su nombre y quién es en realidad.

—¿Qué les pasa a todos ustedes? —Les reprendió Jude con molestia—. ¡Arriba ese espíritu!, ¡les acabo de decir que hemos capturado a una feroz asesina al servicio de Kalisma! ¡Es un triunfo sin precedentes! ¡Vamos!

—Hurra… —Exclamaron algunos de los presentes con voz apagada, y unos pocos se animaron a alzar sus puños ligeramente o sus tarros de cerveza.

Day miró maravillada todo eso. ¿Ninguno de ellos creía la historia de la asesina aunque fuera su capitán el que se las contara directamente? No sabía si eso la tranquilizaba, o inquietaba un poco.

—¿Sabes qué habría sido un triunfo sin precedentes? —Masculló Shui desde una de las bancas de las mesas. Tenía los codos apoyados en la mesa, y su rostro contra sus manos—. Que para variar hubieras robado algo lleno de oro, joyas, diamantes; me hubiera conformado con algunas perlas. Pero en lugar de eso, sólo te conseguimos una nueva mascota para que la encadenes…

—¿Mascota? —Espetó Day con preocupación por esa palabra, y la forma tan despectiva en la que esa mujer lo había pronunciado. Aunque casi de inmediato su atención se desvió hacia otro pensamiento… ¿esa persona era una mujer? ¿Una mujer pirata?

—¿Ya podemos comer algo? —Cuestionó a continuación la contramaestre, hastiada.

—Todo a su tiempo, tranquilos —respondió el capitán, alzando sus manos al frente—. Aún hay algunos puntos importantes que aclarar primero —gran parte de los presentes soltaron un alarido de cansancio al oír eso—. De ahora en adelante, y mientras se encuentre en este barco, nuestra rehén trabajará para nosotros en algunas labores. Pero quiero que todos la vigilen de cerca, y cuiden de que no intente nada; recuerden que es una mortal asesina.

—Descuide, capitán —masculló Luchior, quien estaba sentado de forma cómoda con sus pies arriba de la mesa, y con una mano balanceaba un cuchillo sobre la superficie de ésta—. Nosotros le echaremos un ojo a donde quiera que vaya…

Culminó su comentario con un guiño de su ojo hacia Day, que más que coqueto parecía algo amenazante. Los hombres cerca de él comenzaron a reír al mismo tiempo con tono burlón, aunque un poco disimulado. Eso realmente hizo sentir incómoda a la sirvienta, pero supuso que esa era justo su intención.

Para cuando se dio cuenta, Jude ya se había parado detrás de ella y le había colocado sus manos en los hombros. La sorpresa tan repentina la hizo dar un pequeño salto en su lugar.

—Ahora, pasaremos a presentarte a la tripulación, para que sepas en las manos de quién estás —le explicó, y de inmediato comenzó a hacer que avanzara un poco hacia el grupo; Day no se resistía del todo, pero tampoco le agradaba mucho la idea—. A mí ya me conoces —murmuró mientras colocaba con orgullo una mano en su pecho—. ¡Yo soy Jude el Carmesí!, el último Gran Señor Pirata de Kalisma, Corsario leal al Reino de Florexian, ferviente sirviente de nuestra amada Reina Estelyse IV, ¡y el peor terror que Kalisma ha conocido!

Llevó sus manos a su cintura, alzó el pecho y comenzó a reír fuertemente. Day tuvo por un momento el instinto de taparse los oídos.

—¿Qué es Florexian? —Preguntó de pronto—. Nunca había oído hablar de un reino con ese nombre…

—Tú ni nadie —murmuró Roman despacio a sus demás compañeros, aunque Day logró captar ligeramente dicho comentario.

Jude sonrió de una forma singular, como si esa hubiera sido la inocente pregunta de una niña pequeña, y eso le provocara cierta ternura… que a Day le resultó bastante molesta de principio.

—Ja, pobre chiquilla boba. Es evidente que quienes te entrenaron te privaron de muchos conocimientos, y de seguro te lavaron el cerebro. Pero no te preocupes, aquí te curaremos y te liberaremos del yugo al que te han sometido…

Extendió entonces su mano hacia la cabeza oscura de Day, y agitó su mano sobre ella, despeinándola un poco. Ese acto molestó aún más a la joven, que se apartó un poco para escapar de su mano, y rápidamente intentó acomodarse el cabello; aunque ya desde antes sabía que era un desastre, aunque no hubiera tenido la oportunidad de verse en un espejo todavía.

—Pues a mí me suena a que es un nombre que se acaba de inventar —le respondió con tono de acusación, pero Jude pareció hacer caso omiso de eso.

—También ya conociste al Primer Oficial Nathan —añadió acercándose a Henry, y colocando una mano sobre su hombro. El oficial se encontraba de pie, derecho, con sus brazos cruzados y su mirada tranquila—. Es el más serio y odioso de este lugar; tiende a contradecir mis órdenes todo el tiempo, así que tú no le hagas caso.

—Creo que hay más de mi persona que se podría describir además de eso, capitán —murmuró el hombre rubio en voz baja, y luego se viró hacia la nueva integrante (forzada)—. Me llamo Henry, un placer.

—Ah… —Day miró a ambos hombres, confundida—. Pero… él lo acaba de llamar Nathan…

—Y claro, también está Lloyd —Prosiguió Jude, de nuevo ignorando lo que decía, y girándose hacia el hombre mayor que había estado en la habitación con ella. Él se encontraba ya sentado en una banca, y se servía de la cerveza que bebían otros—. Es nuestro científico loco. Crea cosas, arregla cosas, y explota cosas. Dice que algún día hará que este barco vuele como un verdadero fénix. —Soltó entonces una sonora carcajada—. ¿Puedes creerlo? Los barcos no vuelan, viejo loco.

—Te tragarás tus palabras, mocoso estúpido —le respondió el anciano como amenaza, antes de dar un sorbo de su tarro.

“¿Un barco volador?”, pensó la joven para sí misma, pues esas palabras le eran tan difíciles de concebir juntas como para poder pronunciarlas. ¿Habrá sido enserio? ¿O sólo otra locura inventada de su cabeza?

—Veamos… —murmuró el pelirrojo, mientras avanzaba entre la multitud, viendo a quién presentar ahora. Su atención se puso entonces en Shui, que seguía sentada de malagana, enojada y esperando su comida—. Esta mujer machorra de aquí y con cara de enojo, es Julieta; mi contramaestre. Es gritona, molesta, enojona, negativa, y muerde como si fuera un gato montés.

—¡Cállate, idiota! —Exclamó con molestia, mirándolo sobre su hombro—. ¡No soy nada de eso!, tú eres quien no sabe tratar a una dama de mi calibre como se merece.

—No es eso lo que oí —se escuchó de pronto que Luchior pronunciaba de manera disimulada desde su mesa, mientras bebía de su tarro y miraba a otro lado. De todas formas, Shui supo de inmediato que se trataba de él, por lo que no tardó en clavarle su mirada.

Day, por su parte, debía aceptar que estaba realmente sorprendida por esa última presentación. No sólo era una mujer pirata, ¿además era el contramaestre de ese barco? No tenía idea de que existían las mujeres piratas, menos que pudieran tener puestos tan altos. ¿Había capitanas piratas también en alguna parte del mundo?

Aun estando sentada, se sentía un aire imponente surgir de ella. Una mujer fuerte, rodeada de todos esos hombres de apariencia peligrosa, y parecía ser una igual entre ellos. Y encima de todo, era bastante hermosa, con un cuerpo atlético, bien proporcionado, con curvas marcadas, un busto que resaltaba a pesar de la túnica que usaba, y unas largas piernas. No pudo evitar sentirse algo intimidada; jamás había visto una mujer como ella antes.

De pronto, Shui la volteó a ver y sólo hasta ese punto Day se volvió consciente de que se le había quedado viendo más de la cuenta.

—¿Qué me estás viendo, cara de ratón? —Le murmuró con tono agresivo—. Mientras estés aquí no te cruces en mi camino, o no descartaré la idea de venderte a ti en lugar de a los ositos; quizás por ti me den más.

—¿Disculpe? —Exclamó Day, perpleja de oír tal… ¿amenaza?—. No es necesario ser tan grosera, yo no le he hecho nada…

Day se sobresaltó un poco al darse cuenta de que ese comentario prácticamente se le había escapado de los labios por sí solo. El resto de los hombres las voltearon a ver a ambas, curiosos y asustados, como si esperaran a ver qué haría la mujer morena. Ésta se le quedó viendo fijamente con expresión dura y penetrante, como si fueran dos navajas. Luego, se paró lentamente de la banca, y pudo ver en ese momento que era un poco más de media cabeza más alta que ella, pero esa diferencia era suficiente para que la sirvienta la tuviera que ver hacia arriba, y ésta se viera aún más amenazadora de lo que se veía antes.

—¿Acaso me dijiste algo? —Le cuestionó despacio, acercándosele—. ¿Acaso me alzaste la voz…?

La pelinegra balbuceó un poco, pero luego intentó mantenerse firme. Para bien o para mal, no tuvo oportunidad de responderle algo, pues en ese momento Jude la tomó de los hombros y la alejó rápidamente de ahí, arrastrándola hacia otro lado.

—Ya, ya, no pierdas tanto el tiempo, Loreili —le murmuró mientras la llevaba hacia otra persona, bajo la mirada vigilante de la contramaestre.

—Creo que iba a golpearme… —susurró Day muy despacio, tragando saliva con nervios—. Y sólo por decirle que era grosera…

—Te lo dije; no te acerques a sus dientes o perderás un dedo.

—¡¿De verdad?!

Cuando menos se dio cuenta, Jude la colocó justo delante de un hombre delgado y de anteojos grandes y redondos, con cabello negro y largo sujeto con una cola. A diferencia de la contramaestre, él parecía ser aproximadamente de su misma estatura. En cuanto el rostro de la sirvienta estuvo delante del suyo, éste se hizo un poco hacia atrás; quizás sorprendido, o quizás algo asustado. Day parpadeó un par de veces, y no pudo evitar echar un vistazo rápido a aquel individuo. Se veía de apariencia bastante… normal. Su complexión era delgada, era más bajo que el resto, y ciertamente su rostro no se veía peligroso, ni amenazador, ni sucio; de hecho, sus facciones eran delicadas, casi como si fueran las de una mujer. Y el que hubiera reaccionado de esa forma y la mirara con un poco de miedo en los ojos, no le ayudaba mucho a cambiar ello.

—Éste de acá es mi navegante, Cort —explicó Jude, y entonces le dio una fuerte palmada en la espalda al hombre, que lo hizo sacudirse hacia el frente y casi caerse; lo que sí es que tuvo que reacomodarse sus anteojos, que se habían deslizado por su nariz hasta apenas quedar colgando de sus oídos—. Como puedes ver por su sola apariencia, es un cuatro ojos sabelotodo, cobarde y flacucho; pero es quizás el más inteligente de por aquí; después de mí, claro. Pero si tienes dudas sobre cualquier cosa, pregúntale a él.

—Hola —saludó el chico, con su voz apagada, pero luego respiró profundamente para intentar calmarse. Se paró más seguro, y le sonrió con gentileza—. Me llamo Katori Quing-Seng. Me alegra conocerte…

Otro nombre diferente al que ese capitán le decía, pero eso ya no la sorprendió.

Katori le extendió su mano, ofreciéndosela para un cordial saludo. Day se permitió un segundo para contemplar a aquel individuo. Pensaba que el primer oficial resaltaba de ese grupo, pero ese hombre al parecer lo hacía aún más. Y no era sólo su apariencia y actitud; por las ropas que usaba, su forma de hablar, y encima su nombre, intuyó de inmediato que debía ser extranjero.

Como fuera, Day le regresó su sonrisa.

—También es un gusto conocerte… —Extendió entonces su mano hacia la suya para tomarla, pero no alcanzó a hacerlo.

—¡Oye! —Exclamó Jude, justo al tiempo que daba una palmada en su mano a Katori, para apartarla de la de Day—. ¡No le des tu mano a la rehén! ¡Podría matarte, bobo!

—Oiga —murmuró Day, molesta de ver eso—. Deje de darles una idea tan equivocada de mí a todos…

—¡Ah!, ¡no podía faltar! —Soltó Jude de golpe, colocándose justo detrás de otra de las mujeres presentes en esa habitación, y que estaba justo a un lado de Katori. Colocó entonces sus manos sobre los hombros de aquella mujer, mientras comenzaba a hablar de ella—. Éste de acá es nuestro doctor a bordo: el ingenioso y magnífico Marco, el Hermoso. Puede curar cualquier herida, y cualquier mal; es un verdadero genio. Pero pobre de ti si te atreves a seducirlo para tus fines perversos; ¡él es demasiado listo para caer en tus juegos!

Los labios se Day se abrieron, pero de ellos no salió palabra alguna. Miró de arriba abajo a esa persona, y de regreso, y en cada vistazo sacó la misma conclusión: era una mujer, una de complexión normal, quizás apenas unos centímetros más alta que ella, pero con una figura bonita y un rostro refinado y afilado. ¿Por qué estaba hablando de ella como si fuera un hombre…?

La doctora suspiró con cierta resignación.

—Larga historia —comentó de pronto como una respuesta inmediata a la evidente pregunta que inundaba el rostro de la chica en esos momentos. Luego de ello se paró más derecha, y le sonrió con cordialidad—. Un gusto conocerte, pequeña. Me llamo Melina Strongheart. No temas enfermarte, pero tampoco lo hagas a propósito, ¿está bien?

—Sí… claro…. —le respondió Day con apuro, y casi por mero reflejo le hizo una pequeña reverencia al frente, como si se tratara de la señora Lilia; se sintió algo apenada al darse cuenta de esto.

¿Ese sujeto no sólo les cambiaba los nombres a esas personas, sino que encima les cambiaba también el sexo? ¿Y por qué todos ahí parecían aceptar ello con tanta naturalidad?

—Y bueno… —murmuró el capitán, y echó un vistazo rápido al resto de la habitación—. Bah, los demás no tienen importancia; son sólo peones en un juego de sombras y luces que está más allá de lo que sus pequeñas mentes pueden entender.

—¡Oiga! —Exclamaron varios de los aludidos por ese comentario.

—Excepto ella… —Tomó de nuevo a Day de sus hombros y la condujo directo hacia Kristy, que se sobrecogió un poco al ver que se dirigían a su lugar—. La pequeña Loretta, nuestra Jefe de Cocina y Limpieza.

Day ahora estaba frente a esa chica, que se veía casi como una niña; no podía tener más de dieciséis años. Era más pequeña que ella, de cuerpo menudo, ojos grandes y rostro inocente; ¿qué hacía una chica así en un barco pirata?

—Me llamo Kristy, mucho gusto —murmuró la joven, inclinando un poco su cabeza hacia el frente, y luego rio ligeramente—. Me llaman jefa, pero en realidad no tengo a nadie a quien mandarle; soy sólo yo, básicamente…

—Eso será diferente, Loretta —señaló Jude con firmeza, y colocó entonces una mano sobre el hombro de Day—. Te presento a tu nueva Subjefa de Limpia Pisos.

—¡¿Eh?!, ¡¿de verdad?! —Exclamó Kristy, incrédula.

—Eso creo… —respondió Day, un poco insegura, y también le hizo una pequeña reverencia, aunque ésta un poco más consciente—. Encantada de conocerte.

—Desde ahora estarás a cargo de ella —le informó el capitán—. Así que sé dura y estricta con ella; ¡no les des ninguna oportunidad! Recuerda que es una rehén, así que maltrátala hasta que se arrepienta de su fallido intento de asesinato.

—Pe… pero… ¡Yo no sé cómo hacer eso! —Respondió Kristy, casi asustada por la petición—. Digo… no puedo… ¡y no quiero!

—Era lo que deseabas, ¿o no, Kristy? —Comentó Henry desde su posición—. Al fin tienes a tu ayudante que habías pedido. Ya tiene algo de experiencia en ese tipo de labores, así que nos quedó como anillo al dedo.

—Sí quería ayuda, pero no de esta forma…

La joven se contrajo un poco en sí misma y miró a Day con los ojos asustados de un cachorro. Ésta no pudo evitar sentir una oleada de ternura al ver su expresión; incluso le dio un deseo interno de querer abrazarla, pero se contuvo; definitivamente no era el momento o lugar para eso.

—Tranquila —murmuró Day con un tono animado—. Espero podamos trabajar bien juntas, jefa…

Kristy se ruborizó un poco al escuchar cómo la llamaba de esa forma, y esto le pareció divertido a la recién llegada.

No sólo había una mujer pirata en ese barco, sino tres; eso fue totalmente inesperado para ella. Y le sorprendió aún más notar lo cómodas que las tres parecían sentirse en ese sitio con todos esos individuos. Quizás no era un sitio tan malo para estar… sólo por unos días, después de todo.

—¡¿Ya terminaron?! —Les gritó Shui desde su puesto en la mesa, que al parecer había tomado de nuevo—. Por si no lo dije antes: ¡¡Tengo hambre!! Y voy a romperle la cabeza a alguien si no me sirven mi desayuno, ¡ahora!

Los hombres que se encontraban cerca de ella lentamente se hicieron a un lado para crear más distancia de su amenaza.

—¡Ah!, ¡sí! —Respondió Kristy con apuro—. Lore… ah… Lore… Lorela… ¿me ayudas en la cocina?

—¡No se lo preguntes! —Le reprendió Jude—. Eres su jefa, ¡ordénale!

—¿Qué le ordene? Ah… —Tomó aire profundamente, y entonces señaló a Day directamente—. ¡Lorela! ¡Ayúdame… en la cocina! ¿Por favor…?

Ese intento de sonar intimidante sólo aumentó aún más la ternura que le causaba a Day; era como tener de pronto una pequeña y adorable hermana menor, o al menos así lo visualizó por un instante en su mente.

—Con mucho gusto —le contestó con energía, y entonces entrelazó su brazo con el suyo, tomando un poco por sorpresa a la cocinera. Comenzaron a avanzar—. Por favor enséñame qué puedo hacer para ayudarte. Por cierto, mi nombre es Day Barlton.

—¿Day? Es un lindo nombre.

—¿Tú crees? Mi madre me lo dio porque…

Y así ambas se retiraron hacia la cocina, mientras hablaban entre ellas de una manera bastante natural y amistosa, a pesar de haberse acabado de conocer. El resto de los presentes las siguieron con la mirada, cada uno con diferentes pensamientos rondando sus respectivas cabezas.

—No me agrada —murmuró Shui de forma seca, mientras miraba de reojo hacia la cocina.

—Pero apenas y cruzó un par de palabras con ella, contramaestre —comentó Katori, un tanto preocupado de escucharla decir eso.

—Eso me bastó. ¿Y tú por qué la defiendes, miope? —Se viró entonces hacia él, convirtiéndolo ahora en el objetivo de sus ojos de navaja, provocando que el chico se sobresaltara asustado—. ¿Acaso te gustó? Qué malos gustos tienes…

—No, no es eso… —murmuró nervioso, y luego ya no fue capaz de decir más.

—Pues a mí me agrada tener a otro espécimen femenino a bordo —añadió Luchior con tono burlón—. Especialmente uno tan agradable físicamente.

El resto de sus compañeros asintieron a su comentario, estando evidentemente de acuerdo con él.

—Nadie les preguntó, muchachos —los regañó la doctora Melina, negando con su cabeza—. Tengan la gentileza de comportarse con ella tan bien como se comportan con el resto de las mujeres de esta tripulación… —Hizo una pequeña pausa reflexiva—. Bueno, como se comportan con Kristy y conmigo, al menos.

—Hey —espetó Shui, virándose hacia ella abruptamente—. ¿Qué quiso decir con eso?

Melina dibujó una media sonrisa en sus labios y no le respondió nada más, casi como si no hubiera escuchado tal pregunta.

—No te tiene que agradar, Julieta —comentó Jude con tranquilidad—. Es una rehén, después de todo. Lo que debes hacer es estar prevenida ante cualquier movimiento sospechoso que haga; eres la contramaestre y ese es tu trabajo, ¡que no se te olvide!

—Huy, sí —respondió sarcástica la mujer morena, rodando sus ojos—. La tendré muy vigilada, para que no intente nada; debe ser un arma mortal con esos brazos flacuchos y cara de atolondrada.

—Ese es el espíritu —dijo Jude con orgullo, quizás sin darse cuenta del marcado sarcasmo de sus palabras—. Como sea, hay otro asunto que resolver antes de comer. ¡Cort!, trae papel y pluma; le enviaremos una carta de rescate a Tommy en Nostalkia, ¡para que se la haga llegar al gordo del rey Leonardo lo antes posible!

—¿Una carta de rescate? —Murmuró Katori, extrañado por esa petición, y no fue el único.

—Un segundo, Jude —intervino Henry, alzando una mano para lograr llamar su atención—. ¿De verdad piensas mandar esa carta?

—Claro que sí. ¿De qué otra manera vamos a obtener esas cincuenta mil coronas?

—¡¿Cuánto?! —Exclamó Katori atónito, y de nuevo su reacción no se limitó a él.

—Eres un idiota —murmuró Shui con desgano—. ¿Quién va a pagar tanto por una simple sirvienta?

—¡Su majestad pagará lo que sea con tal de que no me quede con los valiosos secretos que guarda en su cabecita! ¡Y no le saldrá barato! Vamos, Cort; estoy inspirado…

Jude caminó entonces hacia la salida del comedor y Katori, y poco dudoso, lo siguió por detrás.

—¿Será sensato que lo dejemos hacer eso? —Le susurró el primer oficial muy despacio a Lloyd; éste se encogió de hombros.

—Si Tommy tiene algo de sentido común, se dará cuenta de la estupidez que es y la tirará en cuanto le llegue. Si no, lo hará el primer oficial o soldado al que logre hacérsela llegar. No te preocupes.

—Espero que tengas razón —susurró el hombre rubio, aparentemente no muy convencido de ello.

— — — —

—¿Así que en verdad sí eres una sirvienta? —Murmuró Kristy un poco sorprendida, mientras revolvía lentamente el contenido de la gran olla puesta sobre la estufa de leña.

—Sí, lamento informarte que no soy nada tan interesante como una asesina o una espía —le respondió Day con sorna, mientras tallaba los platos del fregadero con una esponja y agua.

—Entonces tienes más experiencia que yo; sólo llevo un par de años haciendo esto. Quizás tú deberías ser mi jefa.

—No me pasa por la cabeza el quitarte tu puesto —rio Day, divertida—. Además, no pienses que me alegra mucho trabajar en lo mismo en lo que trabajaba antes. Pensaba renunciar hoy mismo… o algo parecido. Pero al menos la compañía ciertamente es… diferente…

A la mente de Day vinieron sus demás compañeras en la mansión, y sobre todo Elena y Valeria, que eran las más abiertas a demostrar su desagrado por ella; aún era pronto para afirmar a quiénes prefería más, a los piratas o a ellas. A quién sí extrañaría un poco sería sin duda a Anita, pero siempre le causaba tantos problemas y preocupaciones que esperaba que al menos se sintiera un poco aliviada ante la idea de ya no tener que lidiar con ella.

La cocina del Fénix del Mar era un espacio cuadrado, demasiado chico aunque al menos del tamaño suficiente para que dos personas pudieran estar ahí y trabajar sin estorbarse (mucho). Luego de entrar por la puerta, del lado derecho se encontraba la estufa y horno de leña. Derecho estaba una tarja con platos, y encima de ésta se encontraban colgadas algunas ollas y sartenes, que con el leve movimiento del barco sonaban entre sí y creaban pequeños sonidos estridentes, como una melodía desafinada. Fuera de ello no había más. Había una ventana redonda que daba hacia el exterior, y una puerta que al parecer conducía al almacén de provisiones; muy práctico, le pareció. Dicho almacén era también el hogar de Mowi, la cabra residente del barco que los abastecía de leche, y al parecer cumplía doble función como la pequeña mascota de Kristy. A Day nunca le había tocado ordeñar a un animal antes; se preguntaba si acaso le tocaría hacerlo en el tiempo que estuviera ahí.

A pesar del tamaño reducido de ese espacio, y de que el barco era evidentemente mucho más anticuado que los barcos modernos que a la sirvienta le había tocado ver en el puerto, le sorprendió ver que todo se encontraba relativamente limpio y ordenado; incluso la bodega se encontraba bien surtida y organizada de tal forma que pudieron encontrar muy fácilmente casi todo lo que necesitaban para la receta que Day le sugirió preparar a su nueva jefa.

Ese sitio no era lo que se imaginaba que sería el barco de unos piratas. El barco era viejo, y se veía claramente en sus paredes y pisos el paso del tiempo. Sin embargo, dentro de todo, se veía bien cuidado, limpio, e incluso no olía tan mal. Se preguntó si todo eso era gracias a esa jovencita que respondía al nombre de Kristy. ¿Realmente ella sola se encargaba de todo los deberes de esa nave? Aun teniendo tantos compañeros en la mansión, Day siempre terminaba agotadísima luego de un solo día de trabajo. Kristy se veía tan debilucha, pero debía estar ocultando una gran fuerza.

—Entonces, ¿llevas dos años aquí? —Le preguntó la pelinegra, curiosa.

—Sí, soy la que lleva menos tiempo, y también soy la más joven… O, ¿qué edad tienes?

—Veintidós, ¿y tú?

—Dieciséis; parece que seguiré siendo la menor —bromeó con ligera decepción. A Day no le sorprendió haber acertado en la edad aproximada de esa joven, aunque de haber dicho menos le hubiera creído—. Igual es agradable tener a alguien más cercana a mi edad.

—Yo también era la menor entre los sirvientes, así que sé cómo te sientes. Somos como niñas entre adultos, ¿no?

—Sí, supongo que sí.

Kristy rio divertida y Day no pudo evitar contagiarse de ella.

Era una jovencita tan dulce y de actitud tan inocente. No dejaba de preguntarse cómo alguien así había terminado en un sitio como ese. ¿Sería correcto preguntárselo? Quizás podía disimularlo un poco para no ser tan obvia, aunque la sutileza ciertamente no era una de sus mejores cualidades.

—Y dime… —comenzó a murmurar, mientras fingía estar enfocada en el plato que tallaba—. ¿Qué hacías antes de unirte a esta tripulación?

Kristy pareció sorprenderse de escucharla preguntarle ello. La volteó a ver sobre su hombro unos momentos, y Day pudo notar como su expresión se había tornado un poco seria; supo de inmediato que había sido una mala idea.

La chica se viró de nuevo al estofado en la olla y siguió girando lentamente el cucharón por él. Sus ojos se fijaron en dicho movimiento, como si tuviera algún tipo de efecto hipnótico en ella.

—Creo que… no me gusta mucho hablar de eso… —susurró con voz baja y apagada. Extendió su mano hacia el anaquel sobre la estufa, en donde tenían varios frascos con especias. Tomó uno y comenzó a verter un poco de su contenido en la olla. Comenzó entonces a hablar más animada, aunque no sonaba del todo sincera—. No hay nada muy interesante que contar realmente. Sólo era una huérfana que vivía en las calles, y hacía lo que podía para conseguir dinero o comida. —Day se sobresaltó, casi asustada al oír eso—. Un día unos hombres me recogieron a la fuerza de la calle, creo que eran traficantes de esclavos, y… bueno, no importa. ¿Puedes traerme los platos hondos para servir? —La volteó a ver de nuevo, a Day le preocupó aún más el ver cómo le volvía a sonreír con la misma dulzura de antes, como si lo que acabara de contarle no tuviera la menor importancia.

Al inicio no supo cómo reaccionar y sólo se quedó de pie en su sitio, hasta que se obligó a sí misma a obedecer la orden.

—¡Sí!, ¡platos! ¡Enseguida! —Le respondió apresurada, rápidamente tomó una bandeja amplia, y comenzó a colocar varios platos para sopa en ellos, enfilados uno a lado del otro—. Mi madre murió hace siete años —dijo de pronto, casi por mero reflejo—. También era sirvienta en la mansión del regente. Nunca conocí a mi padre, pero siempre he creído que fue alguien que le provocó mucho daño. —Se acercó a la estufa sosteniendo la bandeja a un lado de Kristy para que sirviera; se había olvidado por un segundo de la esfera de acero en su tobillo, hasta que tuvo que arrastrarla en ese momento con un poco de esfuerzo—. Cuando mi madre murió, podría haberme ido de ese sitio en cuanto quisiera, pero no lo hice… Sé que dije que iba a renunciar hoy mismo, pero siendo honesta no estoy muy segura de si realmente lo hubiera hecho, de no haber pasado esto…

—Supongo que no siempre es sencillo dejar lo que te resulta cómodo —le respondió la joven con voz calmada, mientras comenzaba a servir—. Lamento que hayas terminado aquí de esa forma, pero espero que el resto de tu estadía en el Fénix del Mar sea más agradable.

—Bueno, hasta el momento es mucho mejor de lo que me esperaba, excepto quizás por el demente de su capitán. —esas últimas palabras iban marcadas de un profundo repudio que le resultó imposible ocultar.

Kristy rio un poco.

—Sí, el capitán es algo extraño, ¿no? Pero también es de hecho una de las personas más maravillosas que he conocido.

Day se sorprendió tanto al escuchar tal afirmación, que casi estuvo a punto de tirar la bandeja.

—¿Estás bromeando?

—No, enserio. Se esfuerza tanto por todos, y es tan divertido; siempre está feliz y de buen humor.

—Es decir que es como un bufón —susurró la pelinegra en tono de malagana, virándose a otro lado. Kristy volvió a reír.

—¿Puedes llevar estos platos al comedor? Te llevo en un minuto la segunda tanda, ¿de acuerdo?

—Claro que sí, Jefa —le respondió Day con tono jocoso, e inclinando un poco su cabeza hacia adelante como si fuera una reverencia.

—¡Ah!, no me tienes que llamar así…

Ahora Day fue la que rio, y justo después se dirigió caminando a la puerta de la cocina, que daba en efecto hacia el comedor en donde todos los otros aguardaban.

“Divertido”, así es como Kristy había descrito a Jude el Carmesí, totalmente diferente a como lo habían hecho el gobernador y el regente, y definitivamente no era una palabra que esperaba estuviera asociada con un temido pirata. Además, no estaba segura si “divertido” era en efecto algo correcto en ese caso. ¿Qué tenía de divertido un sujeto que parecía hacer lo que quería con las personas de ese sitio, hasta incluso cambiarles los nombres?

Recordó en ese momento que se le había pasado preguntarle a Kristy el porqué de esos nombres falsos, y especialmente por qué se refería a aquella mujer, que al parecer era la doctora, como si fuera un hombre. Desconocía si acaso ella tendría respuestas, pero no perdería nada en preguntárselo cuando volvieran a la cocina y estuvieran a solas.

Mientras tanto, le tocaba servirles su comida a los tripulantes.

En cuanto la vieron entrar con la bandeja en las manos y pudieron percibir el aroma de los platos que traía, varios de los presentes vitorearon con entusiasmo, e incluso algunos aplaudieron y chiflaron.

—¡Ya era hora!

—¡Muero de hambre!

—¡Eso huele delicioso!

Day se quedó paralizada un segundo en su lugar al ser consciente de que ya no le estaba sirviendo su desayuno a los señores regentes de Torell, sino a uno grupo de piratas que sólo unas horas antes acababan de asaltar el lugar en el que vivía, y antes de eso un barco según había oído. Dudó unos instantes, luego se permitió respirar lento, pero profundamente, para tranquilizarse y así poder caminar con más calma entorno a una de las dos mesas largas, y entregarle a cada uno un plato. Avanzaba despacio, en parte por precaución de no tirar nada, en parte para procurar tener la mayor cantidad de manos a la vista y lejos de ella, y en parte por tener que arrastrar esa maldita bola de cero.

—Gracias, linda —le agradeció uno de los hombres cuando recibió su plato.

—De nada…

—¡Ya era hora! —Espetó Shui con enojo, prácticamente arrancándole el plato de las manos de un tirón y comenzando a comer con rapidez. Day la miró fijamente con molestia; ni siquiera le dijo “gracias”. ¿Cuál era su problema?

—Huele muy bien, ¡nunca habían cocinado esto antes! —añadió otro más de los hombres, viendo con añoranza el plato delante de él.

—Ah, sí… espero les guste, es una receta mía… bueno, más bien una receta de Torell. Aunque nos faltó apio… lleva apio…

—Igual se ve que no lo ocupa, linda —murmuró con un tono provocador uno de los hombres, que la veía con expresión traviesa, con su rostro apoyado sobre su mano—. Me llamo Arturo, hermosa, pero el capitán me llama Timmy… ¿o era Jimmy? Es igual… —Se deslizó entonces un poco hacia un lado, y luego palpó con su palma el lugar que había quedado vacío—. ¿Por qué no vienes y te sientas a mi lado? Así podrás darme de comer en la boca…

—Ah… —Day sonrió nerviosa ante tal propuesta—. Tengo que seguir trabajando… pero, gracias…

Antes de recibir alguna respuesta, se apresuró a seguir repartiendo los platos.

Algunos de los hombres cerca de aquel individuo rieron con fuerza de forma burlona.

—No te asustes, asesina —comentó Luchior, rodeando con uno de sus fuertes brazos el cuello de Arturo—. Arturo sólo quiere llamar tu atención; siempre se emociona cuando llega una nueva cara linda al barco. Estaban igual cuando Kristy llegó, y eso que ella sólo tenía 14 años…

Arturo pareció alarmarse demasiado ante tal comentario, igual que la propia Day.

—¡¿Qué?! ¡No es cierto! ¡No lo es! —Insistió volteando a ver a Day con preocupación—. ¡No soy esa clase de hombre!, ¡enserio!

Los hombres volvieron a reír con más fuerza, haciendo que Arturo se ruborizara apenado.

Day no estaba segura si podía, o debía, reír con ellos; si acaso estaban jugando con ella, o realmente eran tan despreocupados, bromistas y… ¿normales?, como parecían. Como fuera, igualmente no pudo evitar sonreír divertida por sus reacciones.

—Oigan, sean más caballerosos, por favor —intervino en ese momento Katori, que estaba sentado justo delante de ellos—. Enserio, discúlpalos; solo están jugando contigo. A todos nos alegra tener a una nueva compañera… aunque tengas que llevar eso en el pie…

Day miró curiosa a aquel hombre de anteojos; cada vez que lo veía, más resaltaba entre esa multitud. Además de su acento, su manera de hablar era tan correcta y fluida, a pesar de claramente estar hablando un idioma que no era el suyo. Casi le recordaba a los señores regentes, o algunos de sus amigos.

Day le sonrió gentilmente, y le extendió el último plato de su bandeja.

—Gracias, creo que no sé identificar bien cuando están bromeando conmigo.

—Gracias —correspondió Katori, tomando su plato—. Huele muy bien, felicidades. Por cierto, ¿cuál es tu nombre? Estoy seguro que no es Loreili.

—No, no lo es. Me llamo Day, Day Barlton.

—¿Day? —Musitó Katori, pensativo—. Oh, es un nombre curioso…

—¡Oye, miope! —Le gritó de pronto Shui, desde un extremo de la mesa—. ¡Deja de coquetear con la sirvienta y déjala que siga sirviéndole a mis hombres!, que ya perdieron mucho tiempo por su culpa esta mañana.

Day no pudo evitar mirarla de nuevo, ahora con incluso más enojo que antes. Enserio, ¿cuál era su problema?

—¡Contramaestre!, ¡yo no estaba… coque…! —El rostro del chico extranjero se ruborizó significativamente, y rápidamente se volteó a otro lado—. No… te tomes a mal lo que la contramaestre diga. Está de mal humor porque no esperaba robar un baúl lleno de osos y… una chica dentro…

—Yo no esperaba ser robada tampoco —murmuró Day entre dientes. Miró una última vez de reojo a Shui, y ella la miró del mismo modo. Entre ambas parecieron surgir algunas chispas. Al parecer el demente capitán no era lo único que le molestaba de ese sitio.

Kristy salió en ese momento de la cocina con una bandeja con más platos. Day se apresuró a acercarse a ella y los tomó.

—Yo me encargo —le indicó la pelinegra con tono animado.

—Gracias, sólo dos tandas más después de ésta —señaló la Jefa de Cocina.

—Descuida, me gusta poder ayudarte…

Siguió entonces sirviendo los platos al resto de los hombres, mientras Kristy volvía a la cocina.

—Ya que tocamos el tema del baúl —comentó Luchior—, chica polizona, ¿por qué exactamente el gobernador viajaba con un baúl lleno de osos de peluche?

Day lo miró un poco extrañada por que le hiciera esa pregunta. ¿Cómo ella lo sabría?

—No lo sé… quizás los coleccionaba —respondió con simpleza, mientras le daba un plato a Lloyd.

—Tal vez se trate de algún fetiche del gobernador o su esposa —ironizó divertido el hombre mayor, tomando su plato para comer de él—. Una vez conocí a una mujer que tomaba un osito de esos, y se lo ponía en…

—¡Señor Lloyd! —Le gritaron Katori y Melina al mismo tiempo, y en perfecta sincronización.

Más de la mitad de los presentes soltaron una aguda y sonora carcajada. Incluso Day, no pudo evitar reír un poco; no por el comentario de aquel hombre, sino por la forma tan amena en la que todos parecían llevarse en ese sitio. Parecían realmente un gran grupo de amigos. El ambiente, sorprendentemente, le resultó bastante agradable a pesar de la primera reacción que había tenido al entrar.

Sin embargo, ese ambiente agradable se apaciguó un poco cuando…

—¡Buena comida, damas y caballeros! —Gritó con fuerza el Capitán Jude en persona al entrar al comedor, seguido detrás por el primer oficial Henry. Day soltó un discreto suspiro de hastío al sólo oír su voz; se había olvidado por un segundo de su existencia. El capitán pirata entró orgulloso y sonriente—. Les informo con alegría que ya les hemos mandado una paloma mensajera a nuestros colegas en Nostalkia, con la carta para su majestad el rey, en la que le informo que tengo a su espía.

—¿Qué? —Exclamó Day, incrédula—. No hizo tal cosa…

—No lo dudes, Loreili —le respondió Jude como si nada, sin siquiera voltear a verla. Avanzó hacia la mesa de honor, en la que se sentó cómodamente en la silla de en medio y subió sus pies cruzados—. Y no sólo eso, también le exigí el cuantioso rescate por tu regreso sano y salvo. Esperemos a ver qué responde…

—Sólo estará haciendo el ridículo —susurró muy despacio para sí misma. Miró entonces a Henry, que le asintió discretamente y luego se sentó en la silla a lado de Jude. Recordaba lo que el señor Lloyd y él le habían dicho, que la dejarían ir en cuanto tocaran tierra. Era probable que no estaría ahí para ver qué tipo de respuesta recibía, si es que acaso realmente recibía alguna.

Se aproximó cautelosa a la mesa de honor, pero se dirigió primero a Henry, entregándole uno de los últimos platos de esa tanda.

—Gracias, Day —murmuró el hombre rubio con una cándida sonrisa que le hizo sentir pequeñas maripositas en su estómago a la sirvienta.

—Hey, Loreili —exclamó Jude de pronto, sacándola abruptamente de cualquier pensamiento que se le estuviera formulando—. ¿Qué ocurre?, ¿no le darás su plato a tu nuevo capitán? —Su rostro era adornado por una sonrisa prepotente; se veía que disfrutaba todo eso—. Sé que debes estar muy molesta de que tu plan para matarme no haya funcionado, pero acepta tu lugar y sírveme, ¿quieres?

Day frunció su ceño y lo miró fijamente con bastante enojo. Le sacó la vuelta a la mesa hasta pararse justo a un lado del hombre pelirrojo. A continuación, no colocó ante él un plato de comida, sino que dejó caer la pesada bola de acero, que casi astilló un poco la madera. El plato de Henry saltó un poco, pero nada de su contenido lo manchó, salvo unas cuantas gotas del caldo sobre su mejilla, que limpió sutilmente con una servilleta.

A su vez, todos los presentes fueron llamados por el sonido de la esfera golpeando la mesa, por lo que se giraron hacia ellos al mismo tiempo, curiosos de lo que ocurría. Jude, por su parte, miró de reojo la bola de acero, no muy interesado en ella al parecer.

—Eso no es comida —murmuró con un tono burlón.

—Quíteme esto y le daré su comida —amenazó la sirvienta, parándose firme y con decisión en su mirada. La curiosidad de todos los espectadores fue en aumento.

—¿Disculpa? —Murmuró Jude, arqueando una ceja intrigado—. ¿Qué parte de que eres mi rehén no entendiste?

—¡Escúcheme bien, usted! —Declaró la sirvienta alzando un poco la voz. Colocó con algo de fuerza la bandeja sobre la mesa, haciendo que de nuevo el plato de Henry saltara, causando un resultado similar al anterior—. No sé qué clase de juego es el que esté jugando aquí, cambiándole el nombre a la gente, hablando de reinos de no existen, e inventando historias que no tienen sentido. Si me quiere como su rehén y jugar a que atrapó a una asesina del rey, está bien. Pero no voy a estar aquí encerrada y trabajando en su barco, mientras arrastro esta cosa. Así que quítemela, y quizás podamos comenzar a hablar como dos adultos.

Todos los que miraban con atención soltaron un pequeño alarido de sorpresa al escuchar esto. Incluso Shui no pudo evitar mirar hacia tal escena, buscando ver en qué resultaba todo ello.

La propia Day se sentía impresionada por lo acababa de pasar. Tantos años queriendo gritarle mil y una cosas a la señora Lilia, al señor Joe, a la señorita McClay, al odioso de Maggot, y siempre se sintió con las manos atadas ante la posibilidad. Y ahora ahí estaba, haciéndole exigencias a un pirata en su cara. ¿De dónde había sacado tal valor? De momento no tenía idea, pero definitivamente le gustaba.

Jude, por su parte, se le quedó viendo en silencio, sin mutarse mucho por su exabrupto. Luego, cerró los ojos unos momentos, y llevó su mano a su barbilla, como si pensara profundamente en su propuesta.

—Déjame pensarlo —murmuró despacio, y tras unos segundos respondió—: no…

Pateó entonces la esfera de metal, y ésta se precipitó al suelo, cayendo desde la base más alta en la que se encontraba la mesa de honor hacia el piso de madera, rebotando y aboyándolo, y arrastrando a la sirvienta consigo.

Ésta soltó un gritito de sorpresa, mientras caía al suelo luego de que su pie fuera jalado de esa forma. Su primer instinto, aún antes de poner las manos para parar su caída, fue sostener la falda de su vestido mientras caía para evitar dejar a la vista más de la cuenta. Lo siguiente que escuchó, luego de que caer de espaldas, fue la risa de los hombres, y eso no hizo más que enojarla aún más.

Jude tomó tranquilamente el plato humeante que quedaba en la bandeja y lo colocó frente a él. Dio una profunda inhalación de aire, haciendo que el delicioso aroma del estofado le inundara la nariz. Se colocó una servilleta blanca al cuello, tomó la cuchara, y se dispuso a dar el primer bocado, cuando el plato desapareció abruptamente de delante de él; Day lo había tomado y alejado de él rápidamente.

—¡Dame eso! —Le exigió Jude con disgusto—. ¡Obedéceme que soy tu capitán ahora!

—¡Lo haré luego de que se disculpe, y luego de que me quite el grillete!

—¡Nada de eso! ¡Tú me darás mi plato, y luego arreglarás el piso que dañaste!

—¡Usted lo dañó!, ¡usted arréglelo!

—Bien, tranquilos todos —Intervino Henry, parándose de su asiento lentamente—. Creo que podemos acordar que ambos se comportaron de forma indebida. Podemos llegar a un acuerdo…

A Jude no le importó lo que su primer oficial decía, pues en ese momento se paró de golpe de su silla, incluso haciendo que ésta cayera hacia atrás y provocara un sonido estruendoso. Su rostro se veía colérico.

—¿Quieres un acuerdo? —Musitó entre dientes, mirando a Day de forma retadora desde arriba, aprovechándose de su estatura superior—. Dame mi plato, arregla el piso, y taaal vez llegue a considerar la posibilidad de ponerte una esfera, medio gramo más pequeña…

Day no reaccionaba de forma muy positiva a esas amenazas. Sin decir nada, se bajó de la plataforma donde estaba la mesa principal, y caminó hacia el punto exacto en el que su esfera había golpeado el piso. Le entregó el plato a uno de los hombres en la mesa, que lo tomó dudoso. En su lugar, la pelinegra tomó la esfera de acero, y la alzó hasta ponerla casi sobre su cabeza.

—¿Quiere que arregle… esto? —Susurró despacio, y justo después dejó caer la esfera en el mismo punto anterior, haciendo que la madera se aboyara y astillara más.

Esto creó una reacción de sorpresa en casi todos, incluso en Kristy que iba entrando en ese momento con otra bandeja de comida.

—¡Day!, ¡¿qué haces?! —Le cuestionó Kristy alarmada, pero Day no la escuchó; tenía sus ojos celestes clavados como espadas en aquel hombre pelirrojo, que la miraba de regreso casi de la misma forma.

—¿Va a permitir que dañe de esa forma el barco, contramaestre? —Le susurró uno de los hombres a Shui. Ésta se encogió de hombros.

—Quiero ver hasta dónde llega; puede que me agrade un poco más dependiendo del resultado.

—¡Te lo advierto, Loreili! —Le gritó Jude totalmente furioso, apoyándose con sus manos en la mesa—. ¡Sólo estás empeorando lo que tendrás que reparar!

—¿Enserio? —Murmuró desafiante la sirvienta. Volvió a tomar la esfera de acero, a alzarla sobre su cabeza, y la volvió a dejar caer en el mismo sitio; el daño se volvió aún mayor—. ¡Dejaré de hacerlo cuando se disculpe y me quite esto!

—¡No me voy a disculpar ni te voy a quitar nada! —Advirtió el capitán, bajando apresurado desde su lugar hacia donde ella se encontraba—. ¡Es más!, ¡te pondré otra más de ser necesario!

—¡Es un terco! Es una petición bastante razonable —le gritó mientras volvía a tomar la esfera—. ¡Usted sabe que no soy ninguna asesina! ¡Este trato no es justo…!

La dejó caer una vez más.

—¡Nada de eso! —Exclamó el pelirrojo, y rápidamente extendió sus manos con la clara intención de atrapar la esfera en el aire. Sin embargo, ésta terminó pos deslizarse entre sus dedos y seguir su trayecto, aunque no sólo golpeó el suelo esta vez: parte de ella le aplastó la punta de su pie derecho.

Los ojos del pirata se abrieron por completo, y luego soltó un alarido de dolor, mientras retrocedía cojeando, hasta caer sobre algunos de los hombres que se encontraban en la mesa, incluyendo el que sostenía el plato que Day le había entregado un segundo antes; el que justamente era para el capitán. Dicho plato salió volando de las manos del tripulante, cayendo al suelo y regando su contenido por el suelo.

Todos se quedaron en silencio, atónitos al ver esto, incluida la propia Day.

—Ah… —Exclamó la pelinegra, a quién al parecer se le dificultaba hilar bien las palabras—. Lo… siento… pero eso no hubiera pasado si usted…

La madera comenzó a crujir. Antes de que Day pudiera reaccionar, el suelo dañado terminó por ceder, creando un agujero por el cual la esfera de acero se precipitó, jalándola consigo.

—¡Ah! —Exclamó la sirvienta como reacción de sorpresa y miedo cuando la esfera comenzó a jalarle su pierna por el hueco. Rápidamente sostuvo la cadena con ambas manos, y la comenzó a jalar para impedir que cayera. Retrocedió ejerciendo fuerza, hasta la esfera volvió a estar en el suelo, y por el mismo impulso que llevaba al estarla jalando, terminó cayendo de espaldas al piso y con sus ojos puestos en el techo.

Confundida, y aún algo asustada, se quedó ahí tirada, escuchando como todos comenzaban a reírse, y eso la ruborizó; quizás realmente había actuado sin pensar.

De pronto, el techo sobre ella fue bloqueado por el rostro furioso del capitán Carmesí, que se paró justo a su lado, tapándola con su sombra. Day sonrió, algo nerviosa.

—¿Le traigo otro plato…?

FIN DEL CAPÍTULO 07

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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