Fanfic Batman Family: Legacy – Capítulo 23. El lugar que te corresponde

31 de julio del 2019

Batman Family: Legacy - Capítulo 23. El lugar que te corresponde

Batman Family: Legacy

WingzemonX

Capítulo 23
El lugar que te corresponde

Lunes, 05 de agosto del 2013

Hay sitios en el mundo que a pesar de que su nombre y existencia resuena fuertemente entre las voces y oídos de la gente, siguen siendo grandes y peligrosos secretos. Sitios de los que muchos han oído hablar, y que suponen saben cómo son y cómo funcionan. Infinity Island, ubicada en el Océano Índico en algún punto sin marcar, es uno de ellos. Es uno de esos lugares de leyendas, cuyas historias iban desde las teorías de conspiración, hasta las leyendas sobrenaturales más estrafalarias. La realidad, sin embargo, se ubicaba en algún punto entre esos dos extremos, pues desde hace cuatro siglos aquel misterioso sitio había sido controlado por una organización tan letal y peligrosa como su propio nombre la describía: la Liga de la Sombras, conocida también por algunos como la letal Liga de Asesinos.

Pero actualmente ya no era sólo una más de sus tantas bases de la Liga alrededor del mundo, pues desde la casi impensable destrucción de la ciudad de Nanda Parbat hace más de año y medio, Infinity Island se había vuelto en el hogar permanente de su actual cabeza, y el centro de todas sus operaciones. Aunque, desde aquel fortuito incidente, dichas operaciones en realidad se habían mermado demasiado, hasta el punto de básicamente tener a todos sus elementos a  la espera, y en expectativa de lo que habría de ocurrir de ahí en adelante. Ya que lo más grave no había sido como tal la destrucción de aquella legendaria ciudad, sino los rumores alrededor de en qué estado su líder había salido de aquel incidente, y cuya realidad aún no era del todo expuesta incluso dentro de la propia organización. Peo tarde o temprano dichos rumores tendrían que ser acallados o confirmados, siendo lo segundo lo más probable.

La isla era fácilmente reconocible por sus volcanes gemelos activos, y su frondosa y oscura selva. A las faldas de aquellos volcanes, y oculta entre los altos árboles y casi custodiada por las fieras que entre ellos habitaban, se encontraba una enorme y vieja fortaleza, de apariencia rustica e incluso descuidada. Sin embargo, aunque por fuera se pudiera ver como un viejo monasterio abandonado y al que la propia naturaleza ha ido poco a poco consumiendo, aquel sitio era en de cierta forma el corazón de la Liga en aquel momento, y el hogar de reposo de su herido líder. Ocultos entre sus paredes y alrededores, había cientos (o quizás miles) de Sombras, guerreros entrenados para ser indetectables e invencibles, o morir en el intento de serlo. Todos se encontraban fijos en su posición, con la misión de proteger la fortaleza de cualquier ataque enemigo, especialmente de cualquier osado que quisiera aprovechar el estado actual de la Cabeza del Demonio.

En el patio central de aquella fortaleza, dos de esos guerreros se enfrentaban entre sí en un arduo y peligroso duelo. Ambos vestían atuendo totalmente negros y máscaras que cubrían sus narices y bocas y dejaban a la vista sus respectivos ojos. Además de ello, cada uno portaba una espada, bastante real y afilada. Uno de ellos era relativamente más bajo que el otro, de complexión delgada, cabello negro corto y ojos verdes; a simple vista parecía ser sólo un niño. La otra persona tenía la complexión de una joven mujer adolescente, relativamente más alta que su oponente, de cabello negro corto hasta su cuello, y ojos color ámbar serenos y fríos.

Ambas figuras oscuras se lanzaban sin el menor miramiento contra el otro, chocando las hojas de sus armas con arrojo, tanto que el sonido del metal retumbaba entre el eco del antiguo monasterio. La agilidad de ambos era excepcional. A pesar de sus diferencias de tamaño, y de seguro de edad, ambos lograban moverse al mismo son de su contrincante, esquivando y contraatacando al mismo tiempo. La cercanía de sus filos contra el cuerpo de su contrincante era tan imponente, que se sentía que al más mínimo resbalón o distracción, alguno terminaría con su cabeza separada de sus hombros. Pero aquello no parecía incomodarlos ni mermar su decisión.

Aquel enfrentamiento era vigilado de cerca por una tercera persona, que aguardaba de pie al margen de aquella explanada. Era una mujer alta y de complexión atlética, de rasgos asiáticos y de un largo y lacio cabello negro que llegaba hasta la mitad de la espalda. Usaba un largo traje rojo de piel, y en su espalda portaba un sable enfundado cuya empuñadura sobresalía por detrás de su hombro derecho. Ella estaba parada con firmeza, con sus dos manos juntas atrás de su espalda y sus ojos puestos en el movimiento de cada uno los peleadores delante de ella. Cada paso, cada salto, cada giro de sus muñecas y brazos, los analizaba y registraba con sumo detalle. Ante un ojo normal, aquel duelo definitivamente resultaría impresionante, quizás incluso difícil de creer. Pero para aquella única observadora, eso llegaba apenas a ser aceptable.

Tras un salto que dio hacia atrás el peleador más pequeño para hacer distancia entre ambos, su pie derecho pareció pisar un poco mal y por un segundo perdió el equilibrio. La joven con la que se enfrentaba no se detuvo ante eso y lanzó un sablazo directo en su contra. El peleador pequeño se agachó hasta casi rozar el suelo para esquivar la hoja. Se apoyó en una mano en el suelo para impulsarse hacia atrás, alejándose de ella arrastrando los pies contra al piedra.

 —No bajes tu defensa —espetó la mujer rojo, casi como un regaño. Le peleador pequeño la miró de reojo un instante, aparentemente molesto por aquello.

De inmediato recuperó la compostura y se lanzó de nuevo contra su oponente con el mismo brío de antes. Lo mujer de negro lo recibió sin problema cubriendo sus ataques con suma anticipación con su arma, y esquivando el último doblando su torso al frente con una flexibilidad hacia inhumana. Apoyó una mano en el suelo y con ella se sostuvo para alzar sus piernas al aire y de una patada precisa golpear en la muñeca de su oponente cuando aún no terminaba el movimiento de su última embestida. La espada del peleador pequeño se resbaló de sus dedos, volando por el aire hasta quedar clavada en la piedra a un par de metros de él. Éste miró sorprendido aquello, pero no tuvo tiempo para quedarse pensando mucho en ello.

La chica, aún apoyada con una mano en el suelo, hizo girar por completo su cuerpo para su otra pierna se dirigiera directo a la cabeza del muchacho. Éste se hizo hacia atrás para esquivarla, e intentó entonces acercarse hacia dónde había caído su espada. Con una notable rapidez, que supondría imposible para la posición en la que se encontraba, la mujer dio una maroma para poner sus pies en el suelo y entonces lanzarse contra del muchacho, tacleándolo por un costado con su hombro y alejándolo aún más de su espada. El peleador pequeño rodó por el suelo y ella se colocó de inmediato entre él y su arma, alzando la suya al frente en posición defensiva. El chico se paró rápidamente de un salto, mirándola con frustración. La mujer de rojo, por su parte, dibujó una media sonrisa apenas apreciable en sus labios.

—Muy bien —susurró despacio para sí misma.

El duelo se mantuvo en pausa por varios segundos, estando ambos peleadores separados por una distancia considerable. El peleador pequeño evidentemente pensaba rápido en su estrategia, mientras la chica intentaba predecir cuál sería esta, y aquello él sabía muy bien que era su especialidad. Los movimientos de su cara o sus músculos, todo era una herramienta para que ella supiera qué es lo que haría, incuso antes de que él lo supiera. El peleador pequeño respiró hondo, y entonces se lanzó corriendo con una gran rapidez hacia el frente, directo hacia su oponente. Esa acción pareció tomarla por sorpresa, al igual que a su única espectadora.

La mujer de negro se lanzó también al frente, lista para su encuentro. Jaló su arma hacia atrás, y luego la impulsó al frente con una estocada recta con la punta de la hoja señalando al rostro del chico. Éste rápidamente se agachó y rodó hacia un lado, no sólo esquivando la estocada, sino también pasando por un lado de los pies de la mujer. Una vez que la pasó, dio un salto derecho hacia su arma. Sin embargo, su oponente había detectado antes de lo previsto su movimiento, y se giró rápidamente sobre su pie derecho, estirando el izquierdo lo más posible, llegando a patearlo en el abdomen con fuerza, justo cuando se encontraba a mitad de su salto. El peleador pequeño soltó un pequeño gemido de dolor, pero se contuvo para que no fuera tan notorio, y su pequeño cuerpo ahora fue lanzado hacia un lado de la explanada, cayendo de espaldas contra el duro suelo.

Por su lado, el movimiento tan repentino de su oponente tampoco la dejó bien parada. Su pie derecho no fue capaz de sostenerla, y con la misma inercia de su patada terminó también cayendo de espaldas al piso, aunque se impulsó lo suficiente para rodar y quedar de cuclillas. El peleador pequeño igualmente se levantó rápidamente, sin dejar que el dolor de su abdomen lo doblegara.

Ambos estaban dispuestos a alzarse lo más pronto posible y continuar, cuando escucharon como las palmas de la mujer de rojo chocaban con fuerza entre sí, creando un fuerte ruido en el eco.

—Basta —exclamó la mujer de rojo con fuerza. Ante aquella única palabra, o más bien ante el sonido de las palmas, la chica se puso de rodillas, volteando hacia ella y agachando su cabeza, mientras con una mano sujetaba su espada al frente.

El chico, por su parte, no se veía para nada contento. No se agachó, ni mucho menos se arrodilló. En su lugar se paró y caminó rápidamente hacia su arma, desclavándola del suelo de un jalón.

—Siéntete orgulloso, Damian —murmuró la mujer de rojo, mientras se aproximaba a ambos con paso tranquilo—. No cualquiera resiste de esa forma un duelo de frente contra Cassandra.

—No necesito que me halagues, Shiva —respondió con tono cortante el muchacho, bajándose su máscara y revelando así que, en efecto, detrás de ésta se encontraba el rostro de un niño, de quizás doce años, pero no más de trece.

El chico guardó su sable en el interior de la funda en su espalda, y entonces se giró hacia su contrincante; ésta seguía en cuclillas y agachada. Avanzó hacia ella colocándose justo delante. La chica alzó su mirada sólo lo suficiente para que los ojos de ambos se encontraran; ella tenía varios de sus mechones negros cayéndole en la cara.

—Lo hiciste bien, Cassandra; como siempre —murmuró Damian lentamente sin dejar de mirarla—. Pero algún día te superaré.

La joven no respondió nada, ni siquiera parpadeó al oírlo; pero aquello no le sorprendió. Sólo esperaba que la idea le hubiera de alguna forma quedado clara.

La mujer de rojo hizo un ademán con su mano para indicarle a la joven que se pusiera de pie. Ésta así lo hizo, parándose firme en espera de recibir su próxima instrucción. El joven de cabellos negros no parecía tener la misma actitud, y en su lugar parecía que se disponía a irse por su cuenta al interior del templo. Sin embargo, apenas dio un par de pasos a un lado cuando algo lo detuvo.

El sonido de un motor acercándose se hizo cada vez más presente. Cassandra fue la primera en detectarlo, pues su agudo oído se lo advirtió con anticipación. La joven alzó su rostro hacia el cielo, justo en la dirección en la que unos minutos después se empezó a divisar la forma de un objeto aproximándose.

—¿Un helicóptero? —Inquirió el joven de ojos verdes, intrigado. Si en efecto era eso, la única forma de que hubiera llegado hasta ese punto sin ser derribado, o haber alertado a las Sombras, es porque se le había permitido el paso. Y eso sólo era posible si se trataba de un helicóptero de la Liga.

La posibilidad de quién podría venir en ese vehículo invadió inevitablemente la mente del muchacho.

Antes de dar cualquier explicación, la mujer de rojo comenzó a caminar hacia el interior del templo con apuro en su paso.

—Vayan a meditar, ahora —les indicó de forma tajante, sin detenerse a recibir replica. Su figura se perdió entre las sombras y desapareció en un parpadeo de su vista.

El chico chisteó, aparentemente molesto.

—Meditar; sí, ¿cómo no? —murmuró con fastidio, y sin pensarlo mucho comenzó a caminar hacia la misma dirección en la que aquella mujer se había ido. Sin embargo, repentinamente la mano de Cassandra lo detuvo fuertemente del hombro.

Él la volteó a ver sorprendido, pero a la vez irritado por ese repentino agarre. Ella lo miraba fijamente con esos ojos inexpresivos y tranquilos que se asomaban por encima de su máscara.

—¿Qué? —exclamó el chico, y rápidamente se quitó su mano de encima—. Sólo quiero ver si se trata de mi madre.

La joven negó con su cabeza lentamente e intentó tomarlo de nuevo. Él, sin embargo, la esquivó rápidamente, y luego dio una maroma hacia atrás para hacer distancia entre ambos.

—Tú ve a meditar como perro obediente si quieres —le respondió de mala gana, y de inmediato comenzó a moverse rápido, pero sigiloso, hacia el templo.

Cassandra pareció un poco sorprendida al inicio, pero de inmediato intentó alcanzarlo para detenerlo, alarmada por la posibilidad de que lo sorprendieran.

— — — —

Había pocas partes en ese antiguo monasterio en los cuales un helicóptero podría aterrizar sin problema. Uno de esos sitios se encontraba en la parte más alta de éste, en dónde había una amplia explanada donde en algún tiempo hubo un jardín lleno de estatuas ceremoniales; de éstas sólo quedaban algunos vestigios. La mujer de rojo había ingresado al interior del templo para luego subir por las largas escaleras de piedra, sin mucho apuro en realidad con el fin de llegar a dicha azotea junto con el helicóptero. La precisión de sus cálculos fue bastante acertada, pues llegó con apenas unos segundo de diferencia. El vehículo totalmente oscuro comenzó a descender lentamente delante de ella. El viento de sus astas agitaba sus cabellos y su larga túnica, pero ella permaneció firme en su sitio, aguardando.

El helicóptero posicionó firmemente sus patines de aterrizaje en la vieja pero dura piedra, y poco a poco su motor se fue apagando y sus astas quedándose quietas. Sólo hasta entonces la persona que había ido a recibirlo se aproximó. Para cuando estaba a menos de un metro de él, la puerta se deslizó hacia un lado, y por ella salió una persona, dejándose caer libremente a tierra firme. Era una mujer alta, de cabellos castaños largos y lacios; de piel blanca, ojos verdes y labios rojos. Usaba un traje negro de cuero que envolvía su atlético, y algo exuberante, cuerpo. Alrededor de su cintura usaba un cinturón grueso, en el cual guardaba a cada lado de su cadera una pistola enfundada, y al igual que una espada de tamaño mediano en su parte trasera.

La mujer recién llegada se paró derecha, retirándose el cabello del rostro. Apenas y miró a la mujer de rojo por unos segundos, antes de comenzar a caminar por su cuenta.

—Señora Talia —murmuró la mujer de rojo cuando pasó a su lado.

—Lady Shiva —le respondió ella a su vez sin mirarla, y siguió de largo.

Avanzó entonces con paso firme hacia las escaleras por las cuales Shiva había subido, disponiéndose a bajar por ellas. La mujer de cabellos negros la siguió sin necesidad de que ella lo pidiera.

—¿Está mi padre consciente? —cuestionó Talia con tono seco.

—Me parece, aunque no se lo podría garantizar. ¿Encontró a su hermana?

Talia resopló con marcado tedio.

—El trasero traidor de Nyssa ya no es de momento mi prioridad…

Antes de comenzar a bajar por las escaleras, miró discreta y fugazmente hacia un lado, lo suficientemente disimulada para que las dos personas que las observaban desde las sombras detrás de unos pilares, no se dieran cuenta de que se había percatado de su presencia desde que bajó del helicóptero. Cassandra había fracasado en su intento de detener al joven Damian, y al parecer no le había quedado más remedio que esconderse con él; no era la primera vez que de alguna u otra forma terminaba en una situación así por su culpa.

Una media sonrisa se dibujó en los gruesos labios de Talia, y entonces se dispuso a comenzar a bajar, esperando que los dos jovencitos intentaran seguirlas.

—¿Cómo va su entrenamiento? —cuestionó abruptamente, bastante segura de que Shiva también se había dado cuenta de su presencia, quizás incluso antes que ella.

—Ha sido bastante satisfactorio —le respondió la mujer rojo con bastante tranquilidad en su voz—. A pesar de su corta edad, ya es en estos momentos el guerrero más habilidoso de Infinity Island. Salvo por…

Shiva hizo una pequeña pausa, privándose de terminar dicha frase. Sin embargo, fue bastante claro para Talia lo que estaba a punto de decir.

—Por tu hija, puedes decirlo —comentó con un tono burlón sin el menor pudor—. Debes sentirte orgullosa de tu sangre, aunque ella ignore que lo es. Aunque todos sabemos que aquello es más gracias a su padre.

Aquel comentario iba intencionalmente cargado de la suficiente provocación como para incomodar o molestar a cualquiera. Shiva no reaccionó de forma muy notable al él;  sólo su mirada se endureció ligeramente más de lo que ya estaba. Talia fue consciente de esta micro-expresión, a pesar de que iba caminando delante de ella y la daba la espalda.

—De todas formas, espero que no hayas sido en lo absoluto indulgente con mi hijo. Puede que dentro de poco se tenga que poner todo su entrenamiento a prueba, y por lo tanto también a ti.

—¿Cuestiona mi tutoría? —Replicó Shiva, algo defensiva, a lo que Talia sonrió con cierta satisfacción. Sin embargo, dicha sonrisa se desvaneció rápidamente.

—Pero dejaremos eso para después. Ahora vengo por algo mucho más importante…

— — — —

Ninguna dijo nada más en el resto de su caminata. Ambas bajaron las escaleras hacia la planta baja del templo. Luego caminaron por un largo corredor alumbrado sólo por la luz que ingresaba por los agujeros en fila colocados en lo alto de la pared a su izquierda. Llegaron a unas escaleras de caracol y subieron a la segunda planta de una de las torres. Luego recorrieron un pasillo mucho más iluminado y despajado, que culminaba en una amplia y alta puerta de madera, con la enorme cara tallada de un dragón en ella. Talia se paró firme frente a aquella puerta, mientras Shiva aguardó unos pasos detrás de ella. La recién llegada alzó sus nudillos y llamó con la suficiente fuerza como para que el eco de su golpes resonara por el pasillo.

Aguardaron algunos segundos hasta que escucharon como se retiraban uno a uno los gruesos seguros de la puerta. Ésta se abrió lentamente luego de un rato. Del otro lado se asomaron unos ojos rojizos y cansados, adornando un rostro totalmente blanco, al igual que sus largos cabellos y bigote. Aquel era un hombre algo mayor, con las marcas de la edad en su rostro lechoso. Se paraba ligeramente encorvado y vestía una larga túnica blanca y gris. En cuanto miró a la mujer de negro con más cuidado, ésta le respondió con una cándida sonrisa.

—Hermano Dusan —saludó Talia, inclinando un poco su cabeza al frente con respeto.

—Hermana Talia —respondió él a su vez con voz carrasposa, y entonces se permitió abrir por completo la pesada puerta para abrirles el paso.

Talia se tomó un momento antes de cruzar aquel umbral. Inhaló profundamente por su nariz, y entonces caminó con paso aún más firme hacia aquel aposento. Era un cuarto amplio, adornado lo mejor posible con telas y plantas, colocadas alrededor de la ancha cama de sábanas blancas y pulcras. Del lado derecho se podía ver un amplio balcón, cuyas puertas se encontraban totalmente abiertas para dejar pasar el aire fresco y la luz de la tarde. La tranquilidad y solemnidad de aquel sitio era opacada por el pitido perpetuo del aparato médico colocado a un lado de la cama, que sonaba cada cierto tiempo, y en el cuál se podían ver los débiles, pero aún presentes, latidos de un corazón. Aquel pitido era acompañado por la pesada y dolorosa respiración del hombre en la cama, cuya nariz y boca eran cubiertas con la mascarilla de oxígeno.

Aquella imagen resultó en un inicio impactante para Talia. A pesar de que no había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vio, le pareció por un segundo imposible de concebir que aquel individuo fuera realmente la persona que había ido a buscar. Su cuerpo delgado, casi esquelético, reposaba a un lado de la cama, con el respirador y los aparatos médicos colocado junto a él. Su rostro se veía demacrado y apagado, y sus cabellos habían tomado un tono ceniza. Un abundante vendaje le cubría aún el centro de su pecho, notándosele algunos pequeños rastros de sangre impregnado el material blanco de éste.

Estaba recargado contra varias almohadas, lo que le permitía tener el rostro hacia la puerta. Talia se paró delante de la cama, y notó como sus ojos verde esmeraldas se posaron fijamente en ella. Estos aún no habían perdido su fuego. Eran la única parte de él que ella reconocía, la única que le permitía estar segura que en alguna parte de su lamentable aspecto, aún se encontraba su orgulloso y poderoso padre.

—¿Cómo sigue? —cuestionó despacio, girándose hacia su hermano mayor.

—Su herida no sana —le explicó Dusan, aproximándose a un costado de la cama—, y los pozos de esta isla parecen ya no surtir efecto alguno en él. Pero el sólo intento de querer moverlo a otra locación en estos momentos, podría resultar fatal. Aun así, cada día está un poco más fuerte.

A Talia aquello le resultaba difícil de creer. Desde su perspectiva, se veía todo menos fuerte. Desde su perspectiva, aquel individuo parecía cualquier cosa… menos su padre, Ra’s Al Ghul, la Cabeza del Demonio y el único líder de la Liga de las Sombras.

Apenas un minuto después de que Talia y Shiva cruzaran por aquella puerta, los dos chicos que los seguían había tomado una ruta diferente para estar lo más cerca posible de aquel cuarto y escuchar. Llegaron hasta el piso superior al que se encontraba el aposento de la Cabeza del Demonio, y luego salieron por una ventana, hasta colocarse sobre la cornisa justo encima del balcón del cuarto. Y ahí se posicionaron, con sus espaldas pegadas a la pared y en silencio. Cassandra, sin embargo, no parecía nada tranquila con la situación, y no necesitaba decir ni media palabra para que Damian se diera cuenta de ello.

—Si mi madre volvió tan repentinamente y vino directo a hablar con mi abuelo, es porque algo importante pasó. ¿Lo entiendes? —Cassandra sólo lo miró sin mutarse—. Obviamente no. Sólo quédate quieta y déjame escuchar.

Quedarse quieto y no hacer ruido era pan comido para un guerrero de la Liga de las Sombras, especialmente tratándose de ellos dos.

En el interior del cuarto, Talia se aproximó más al costado de su padre hasta colocarse de rodillas a su lado; él la siguió con sus ojos en cada movimiento. La mujer tomó su mano delgada entre las suyas, sólo aplicando la fuerza suficiente para estar segura de que la sintiera ahí con él.

—Padre —susurró despacio, y escuchó como unos pesados jadeos surgieron desde el interior de la mascarilla de oxígeno.

—Nyssa… —brotó de sus delgados labios, cómo un pequeño susurro ronco.

Talia negó con la cabeza.

—Aún se sigue escondiendo, cuál rata cobarde. Pero te prometo que te traeré su cabeza más temprano que tarde. —Hizo una pequeña pausa reflexiva. Aquel hombre casi moribundo la miraba fijamente, mientras su respiración se volvía un poco más agitada a cada segundo—. Pero antes de ello, me temo que me he enterado hace semanas de una noticia que merecía la pena ser de tu conocimiento, y por eso he adelantado mi regreso a ti.

Y de nuevo calló. Pero no porqué tuviera que pensar en qué decir, o porqué dudara de ello. Era más debido al dolor punzante en el pecho que le causaba la sola idea de pronunciar aquellas palabras, a pesar de que se mantendría serena y firme al hacerlo, usando toda la fuerza de voluntad que tenía, y que era de más sabido que era bastante. Respiró profundo por la nariz, exhaló lentamente por la boca, y entonces lo soltó sin más:

—Bruce Wayne ha muerto.

Su voz resonó con fuerza en esa habitación, pese a que en realidad no había alzado demasiado la voz. La respiración entrecortada del hombre en la cama se cortó ligeramente, junto con las de Shiva y Dusan, que la miraron perplejos. A Talia no le sorprendió en lo absoluto sus reacciones. Ella misma se había quedado sin palabras en cuanto lo supo, especialmente por lo repentino que había sido el suceso, tanto así que le tomó varios días después de éste el enterarse. Pero todos en esa isla habían estado durante esos meses totalmente incomunicados, aislados del mundo, protegiendo a su señor y sobre todo evitando que el resto del mundo se enterara de su estado. Las noticias del exterior eran escasas, o incluso nulas. Pero, como bien había dicho, era algo que merecía la pena que su padre supiera de inmediato.

Pero Ra’s, Shiva y Dusan no eran los únicos que habían escuchado aquello, y mucho menos reaccionado de tal forma. Damian desde su escondite también lo había oído, y sus ojos se abrieron tanto que casi de desorbitaron del asombro. Cassandra notó aquello, y aunque quizás no comprendía del todo qué lo había causado, entendió por la expresión de su cara que algo malo acababa de ocurrir.

—¿Cómo? —Exclamó Dusan incrédulo, acercándose a su hermana por un lado—. ¿Es eso verdad?

Talia cerró sus ojos lentamente y asintió.

—Al principio pensé que se trataba de algún truco o engaño, y por eso me tardé en poder comprobarlo por completo. Pero ya he investigado el tema a detalle, y al parecer no hay ningún error… falleció semanas atrás.

Un aire pesado y frío los cubrió a todos. Si no fuera porque la noticia venía de Talia Al Ghul en persona, y por la seguridad que emanaba en sus palabras, no habría forma de que la creyeran.

—¿El Caballero Oscuro ha muerto? —Susurró Shiva, como un pequeño pensamiento escapándosele inconscientemente—. ¿Cómo es eso posible?

La respuesta tardó en llegar, pues de nuevo no le era fácil a la emisora del mensaje el poder expresarlo. Talia les informó de manera escueta, pero ilustrativa, todo lo que sabía; sobre cómo, cuándo y dónde había ocurrido, y lo que pudo investigar entorno a esos hechos. A pesar de lo claro de estos, aún se notaba el escepticismo en todos, incluso en Ra’s, que a pesar de su debilidad parecía lo suficientemente consciente para entender todo lo que le decían.

Al final, la seguridad de Talia terminó por convencerlos. Aunque las circunstancias bajo las cuales aquello había ocurrido parecían inverosímiles considerando la persona de la que hablaban, no tenían motivo alguno para ponerlas en duda.

Dusan se aproximó a Talia y colocó una mano sobre su hombro.

—Hermana, cuánto lo siento… —expresó el hombre albino con voz comprensiva, pero casi de inmediato Talia se puso de pie y se retiró su mano del hombro, aparentemente no aceptando su intento de reconfortarla.

La mujer castaña se giró hacia su hermano y lo miró con profunda dureza.

—Los lutos y los llantos no tienen cabida en la Liga de las Sombras —le respondió tajantemente, tomándolo por sorpresa.

—Talia, ¿acaso…? —susurró Dusan despacio, incapaz de terminar su frase.

Talia no respondió nada. Lo siguió mirando unos momentos, y entonces se volvió a agachar a un lado de la cama, y volvió a tomar con la mayor firmeza posible la mano de Ra’s entre las suyas.

—Padre —comenzó a decirle con voz solemne—, todos siempre supimos que Bruce era el único guerrero con vida capaz de tomar tu lugar como la Cabeza del Demonio, y eso sigue siendo la única verdad. Permíteme, con tu bendición, corregir esto. —Su mirada se volvió más tensa y firme, al igual que la presión de sus dedos entorno a la mano de su padre—. Dame tu permiso para usar las Fosas de Lázaro, y traerlo de vuelta.

El asombro en los presentes se hizo todavía más grande, si es que aquello era posible.

Las Fosas de Lázaro, la fuente de juventud, fuerza y salud de la Cabeza del Demonio, capaces de lograr cosas extraordinarias en el cuerpo de algunas personas. Dependiendo de quién se tratara, era capaz de curar heridas, recuperar energías, revertir el paso del tiempo… y, en ciertas circunstancias, dar marcha atrás a la propia muerte. Sin embargo, eso último en especial no era algo a tomar a la ligera.

—¿Piensa usar un recurso tan valioso en regresar a la vida al peor enemigo que la Liga de las Sombras ha tenido? —Cuestionó Shiva, notándosele algo desafiante, algo que a Talia no agradó en lo absoluto.

—Esto no te concierne, Shiva —espetó molesta la Al Ghul—. No te metas.

—Creo que es algo que nos concierne a todos, Talia —añadió Dusan, algo más tranquilo—. Tienes que pensar bien las cosas. Aun dejando de lado el hecho de que la Liga no le debe nada a ese hombre, sino todo lo contrario… no estamos hablando de curar o rejuvenecer a una persona. Estás hablando de un hombre que ya está muerto, y desde hace semanas. Tú más que nadie sabe que si se usa las fosas para traer de vuelta a alguien en esas circunstancias, no siempre termina bien…

Aquellas palabras hicieron enojar a Talia aún más que las de Shiva. Sabía muy bien a qué venía ese comentario, y ya estaba harta de que le recriminaran al respecto. Estaba harta de que con cualquier excusa sacarán a colación cómo había usado anteriormente las Fosas sin permiso alguno, y precisamente para lograr algo muy similar a lo que buscaba en esos momentos. Y, de cierta forma, también en aquel entonces había sido con la intención de complacer a su amado Bruce. Y claro, aquello no había salido bien, o al menos no en un inicio. Era por esa situación pasada que se encontraba ahí en esos momentos, de rodillas a un lado del lecho de su padre, pidiendo su bendición. Y por lo tanto, no toleraría más recriminaciones, y mucho menos de ellos dos.

—No necesito ni quiero sermones de ninguno de ustedes —espetó Talia con intensidad en su voz—. Bruce siempre tuvo del respeto y la bendición de mi padre, tanto así que lo eligió como su sucesor hace mucho tiempo. La enemistades o los miedos banales no tienen cabida ante…

Sus palabas se cortaron abruptamente cuando sintió como los delgados dedos de su padre se apretaban contra su mano; sorpresivamente, con una fuerza tal que casi le provocaba dolor. Talia se viró estupefacta hacia su, en apariencia, casi moribundo padre, y miró con asombro como lentamente se sentaba en la cama, acompañado de algunos pequeños jadeos de dolor. Las tres personas presentes lo miraron con asombro.

—Padre, no… —murmuró Dusan preocupado, acercándosele con la intención de recostarlo, pero la Cabeza del Demonio alzó su mano libre hacia él, indicándole que se detuviera justo en dónde estaba. El hombre albino obedeció, prácticamente sin proponérselo conscientemente.

Ra’s se sentó lo mejor que pudo, y entonces giró por completo su rostro hacia su hija. Sus ojos… esos ojos realmente radiaban una intensidad que casi quemaba. Dirigió su mano hacia su mascarilla, y se la bajó hasta que ésta colgó de su cuello. De sus labios surgieron algunos jadeos dolorosos mientras respiraba, pero esto no parecía mutarlo más de la cuenta.

—Muchas veces… le ofrecí el don de la inmortalidad… —comenzó a susurrar entrecortadamente, teniendo que respirar profundamente cada cierto número de palabras, pero sin desviar su mirada ni un segundo de su hija—. El don de la visión… muchas veces le ofrecí… mi vida… y siempre me rechazó… ¿por qué habría de ofrecer de nuevo un regalo tan valioso… a alguien que siempre lo despreció…? En especial a alguien… que ya no está aquí…

Talia vaciló un poco, imposibilitada de poder responderle con la misma confianza con la que había entrado. Ahora podía ver con más claridad a qué se refería su hermano mayor cuando le decía que se encontraba “más fuerte”. Su cuerpo permanecía débil, pero la fuerza de su interior se encontraba tan inquebrantable como siempre; lo suficiente para doblegarla a ella.

—Pero, padre…

—No me… malinterpretes —soltó Ra’s rápidamente, sin permitirle replicar—. No hay rencor… ni odio en mi corazón por él, sino… todo lo contrario… El detective tomó… sus decisiones… vivió siempre como quiso… e igual así murió… Por el respeto que aún le tengo… no ensuciaré… su voluntad… y tú tampoco deberás hacerlo…

—Yo no…

El apretón en su mano se volvió mucho más fuerte, y antes de que pudiera reaccionar él la jaló hacia él, para que pudieran encararse frente a frente.

—Te… lo… prohíbo…

Esas últimas palabras las pronunció con una nada sutil agresividad, como el rugido de advertencia de un animal peligroso. Talia no respondió nada en lo absoluto, pues en realidad no era que su opinión importara en algo. La decisión estaba más que tomada.

Ra’s la soltó abruptamente. Se recostó nuevamente en la cama, soltando un pequeño alarido de dolor por el movimiento tan brusco. Tomó la mascarilla de oxígeno y una vez más se cubrió la cara con ella. Talia se alejó unos pasos de la cama, un poco por miedo y otro más por enojo. Dusan se aproximó rápidamente para revisarlo, al igual que sus signos. Era claro que aunque esa maldita espada le hubiera atravesado el pecho por completo, y quizás incluso arrebatado una parte de su alma, aún había mucho del viejo Ra’s Al Ghul en ese mundo. Quizás, más de lo que ella deseaba.

La Cabeza del Demonio respiró pesadamente por su mascarilla varias veces, antes de al parecer tranquilizarse. Volvió a retirársela un poco después, y giró su cabeza en dirección al balcón.

—¡Damian…! —Exclamó con el mayor ímpetu que le era posible, dejando que su voz retumbara con fuerza por el cuarto. Desde su escondite en la cornisa, el chico que los espiaba, aparentemente no tan en secreto, se sobresaltó sorprendido—. Ven acá… Ahora…

Damian Al Ghul suspiró resignado; de nada servía fingir que no estaba ahí. En parte no le sorprendía; algunos de los mejores asesinos del mundo se encontraban en esa habitación, lo raro sería que no lo hubieran notado. No muy feliz, se dejó caer hacia el balcón y Cassandra le siguió. Ésta última rápidamente se hincó y agachó la cabeza con respeto, o más bien como si acaso temiera dirigir su mirada en dirección a la gran cama. El muchacho, por su parte, avanzó con paso decidido hasta ésta, fingiendo más tranquilidad de la que realmente sentía.

—Abuelo, madre —saludó con tono solemne, inclinando un poco su cuerpo hacia el frente. Talia lo miró meticulosamente.

—Has crecido en estos meses, hijo mío —murmuró la mujer castaña, aunque Damian fue incapaz de responderle.

—Acércate… —susurró Ra’s desde su lecho, y con su mano huesuda le indicó que avanzara más. Él aceptó, hasta colocarse justo a un lado de su cama. A él tampoco le resultaba agradable contemplar a su abuelo en ese estado, pero era consciente de que a pesar de todo seguía siendo él. Ra’s alzó abruptamente su mano hacia su nieto, colocándola pesadamente sobre su hombro. Miró entonces hacia Talia—. Bruce se ha ido, pero su legado sigue aquí… Una nueva Cabeza del Demonio habrá de… alzarse…

Una sensación de desconcierto llenó el cuarto junto con el eco de sus palabras. El hombre en la cama se viró entonces hacia el muchacho, mirándolo con la misma intensidad con la que había visto a su madre hace unos momentos.

—Es momento de que tomes el lugar que te corresponde… por derecho… Deberás ir… a Gótica… Y reclamarlo… Ésta será tu prueba final… Sabes bien qué hacer…

Damian respiró profundamente, se paró derecho y asintió. Gótica… así que al fin le tocaría visitar aquel sitio; el reino de su padre.

—Lo haré, abuelo.

Talia observó todo aquello un tanto alejada, pero incapaz de ignorarlo. Al parecer esa prueba con la que había casi amenazado a Shiva, se había presentado mucho más pronto de lo esperado.

—Si esa es tu voluntad, así se hará —señaló Talia, inclinando un poco su cuerpo hacia él—. Haré todos los preparativos.

Talia rodeó entonces los hombros de su hijo con su brazo y lo apartó sutilmente de la cama. Sin decir nada más, comenzó a caminar hacia la puerta, guiando al muchacho con ella, quien la siguió sin replicar. Cassandra se tomó la libertad de pararse de su sitio también y fue detrás de su compañero de entrenamiento. Shiva se hizo a un lado para que los tres pasaran por la puerta; Talia ni siquiera la miró al pasar.

La mujer de rojo se disponía a salir de igual forma, cuando fue detenida.

—Shiva… Espera… —Escucharon todos como Ra’s la llamaba desde la cama.

Por unos segundos todos detuvieron sus pasos y se viraron hacia el lecho. De nuevo, aquella misma mano huesuda indicó que se aproximara, aunque ahora era a una persona diferente.

—Déjenos solos —indicó a continuación, aunque aquello iba directamente hacia Dusan. El hombre albino dudó, pero aquello no sonaba a una petición o sugerencia. Dusan hizo una pequeña reverencia hacia él, y entonces salió igual del cuarto.

Talia, ya en el pasillo, miró aquello con bastante desconfianza. Sin embargo, no le dio mayor peso (al menos no de forma visible) y se dispuso a que continuaran su camino. Cassandra los siguió por detrás y después Dusan, quien cerró la puerta detrás de él

Sólo hasta que la puerta estuvo cerrada, y ambos estuvieron realmente solos, Shiva se permitió avanzar hacia la Cabeza del Demonio y pararse firmemente en el mismo sitio en el que segundos antes se habían parado su hija y su nieto.

—No confío… en Talia… —carraspeó Ra’s, retirándose de nuevo su mascarilla—. Su corazón es blando… y ha hecho que su lealtad flaquee más de una vez… Quiero que tu hija los acompañé… Dile… que si ve… que mi hija siquiera considera desobedecerme… —se detuvo unos momentos, se colocó de nuevo la mascarilla para poder respirar, y entonces poder concluir su instrucción—. Sabes muy bien lo que tiene que hacer…

Y en efecto, lo sabía.

—Cómo ordene, maestro —respondió Shiva con bastante desapego—. Puede confiar en Cassandra. Pero… ¿y si Damian se interpone?

—El chico deberá… de aprender a poner… los ideales de la Liga… así como su destino… primero que nada… Sino, entonces no sirve como mi sucesor…

Shiva no se mutó ante aquel comentario, pero entendió muy bien lo que trataba de decirle. No diría nada para contradecir tal instrucción, pero sabía muy bien que encargarse de Talia Al Ghul no sería un problema para su hija. Pero, su joven hijo… eso podría volverse mucho más complicado para la joven Cassandra; no porque no pudiera, sino más bien porque definitivamente no lo querría.

Esperaba que las cosas no tuvieran que llegar tan lejos.

FIN DEL CAPITULO 23

Notas del Autor:

Con este capítulo comenzamos el nuevo arco de esta historia, que como pueden ver tendrá a Damian Al Ghul como uno de sus principales protagonistas, acompañado de algunas caras conocidas como Talia Al Ghul y Cassandra Cain. ¿Qué clase de problemas traerán a Dick y los otros una vez que pongan pie en Gótica?, eso lo descubrirán en los siguientes capítulos.

Muchas gracias a todos los que esperaron pacientes este capítulo. Espero les haya gustado, y haya cautivado lo suficiente su curiosidad para seguir leyendo lo que sigue. ¿Qué les parece?, ¿qué esperan de Damien y Cassandra en los siguientes capítulos?

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Batman Family: Legacy. Ciudad Gótica se encuentra de luto. Bruce Wayne, una de sus figuras más emblemáticas e influyentes, ha fallecido repentinamente, dejando detrás de él un importante y secreto legado que ahora recaerá en hombros de sus jóvenes sucesores: Barbara, Tim, Jason y, especialmente, Dick, quien acaba de descubrir que su antiguo mentor le ha dejado la más inesperada de las herencias. ¿Aceptará el joven Grayson la nueva responsabilidad que se le ha encomendado? ¿Tendrá lo que necesita para mantener a la Familia unida sin Bruce, y combatir las amenazas que vengan de aquí en adelante? ¿Y cómo reaccionará el resto de Gótica a esto?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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