Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 46. Ningún lugar a dónde ir

22 de julio del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 46. Ningún lugar a dónde ir

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 46.
Ningún lugar a dónde ir

La noche había estado relativamente tranquila para Owen Ringland, dueño y gerente del Ringland Motel a las afueras de Eugene, sobre la carretera que comunicaba ésta con Cottage Grove. De sus veinte habitaciones, sólo tres se encontraban ocupadas en esos momentos (dos por familias de turistas, y una más por una mujer que viajaba sola). Y de las restantes sólo cinco se encontraban ya limpias y listas para recibir a alguien. Era una temporada baja, y aun así tener tres habitaciones ocupadas en una noche así se consideraba aceptable para él.

Owen, un hombre de mediana edad con un abdomen un poco más abultado que el resto de su cuerpo y menos cabello del que debería tener para su edad, se dedicaba esa noche principalmente a quedarse en la recepción a esperar a que a alguno de sus visitantes se le ofreciera algo o llegara algún nuevo huésped repentino. Eran cerca de las once de la noche cuando ocurrió aparentemente lo segundo. Él se encontraba sentado detrás del mostrador de la recepción, con sus brazos cruzados mientras veía en la pequeña pantalla plana postrada en la pared un show nocturno local, el cual posiblemente sólo su esposa y él veían en la faz de esa Tierra. Vio entonces como alguien se acercaba a la puerta de cristal de la entrada, e ingresaba acompañado por el leve timbre electrónico que indicaba que la puerta se había abierto.

Era un hombre delgado y alto, de cabello negro frondoso y brillante (como Owen lo tuvo en alguna ocasión), cubierto con una chaqueta de piel que mantenía cerrada con su mano derecha como si intentara protegerse del frío de afuera; a Owen no le pareció que fuera para tanto. En su mano derecha sostenía una bolsa de supermercado con artículos que Owen no identificaba a simple vista, y debajo de su brazo una amplia bolsa de papel café de algún restaurante de comida rápida. Se acercó hacia Owen, y le sonrió ampliamente con naturalidad.

—Buenas noches —le saludó con tono tranquilo, permitiéndose a sí mismo colocar las bolsas que traía consigo sobre el mostrador—. ¿Tiene habitaciones disponibles?

Owen se ajustó sus anteojos, quitó el sonido al televisor unos segundos, y se giró de lleno hacia él. El olor a papas fritas que emanaba de la bolsa de papel le invadió la nariz.

—Bastantes, señor. ¿Para cuántas personas?

—Cuatro; mis tres hijas y yo.

El gerente se giró hacia su computadora, comenzando a revisar en su programa la lista de habitaciones que había disponible, y cotejándola para la cantidad de personas que la ocuparían.

—Muy bien, ¿por cuántas noches?

—Sólo una.

Comenzó a teclear con cierta destreza para realizar el registro rápido.

—Perfecto. Serían sesenta y cinco dólares. ¿Cuál sería su forma de pago?

—Efectivo —indicó el nuevo huésped sin vacilación. Metió entonces su mano al bolsillo derecho de su chaqueta, sacando de éste un fajo de billetes del que comenzó a apartar los necesarios para cubrir el monto. Colocó entonces los billetes correspondientes sobre el mostrador y se los extendió.

A Owen le inquietó por un segundo el ver todo el efectivo que traía consigo, pero al final lo dejó pasar; después de todo, no era extraño que algunos turistas prefirieran viajar con considerables sumas de billetes para cualquier imprevisto durante sus viajes; aunque aun así le resultó un poco curiosa la manera tan despreocupada en que había sacado los billetes y los había contado delante de él sin la menor preocupación. Pensó en indicarle lo peligroso que esa actitud podía resultar, pero prefirió no meterse en lo que no le importaba. Contó el dinero para verificar que estuviera completo, y entonces pasó a tomar dos de sus tarjetas electrónicas, programándolas para la habitación seleccionada y terminar con ello el registro de entrada.

—Aquí tiene —le indicó colocando las tarjetas sobre la superficie del mostrado—. Habitación 14, en la planta superior. Espero que sus hijas disfruten su estancia.

—Muy amable —agradeció el hombre con tono jovial. Guardó las dos tarjetas en el interior de su chaqueta, tomó de nuevo sus bolsas y salió por donde había entrado.

Owen se puso cómodo de nuevo en su silla y subió el volumen del televisor.

— — — —

El nuevo huésped del Ringland Motel cruzó la carretera, y luego caminó unos metros al sur, hacia el amplio estacionamiento de un restaurante bar bastante concurrido. Desde el interior del establecimiento se percibía una estridente música, aunque se alcanzaba a oír con claridad principalmente cuando de vez en cuando se abría la puerta. Se encaminó hasta un costado del local, alejándose un poco de las farolas del estacionamiento. Ahí, recargada contra la pared de madera, se encontraba una figura pequeña, envuelta en un abrigo de piel, oculta entre las sombras, aunque su presencia era delatada por el fulgor anaranjado que emanaba de la punta de su cigarrillo. Cuando se le aproximó, aquella persona ni siquiera lo miró. Siguió concentrada en la oscuridad que se vislumbraba más allá, hacia el monte en el que ya no había más luz de luna y estrellas. Soltó una densa bocanada de humo hacia encima de su cabeza, creando una oscura neblina a su alrededor.

—Detente ahí —le indicó con severidad al recién llegado, y éste obedeció por mero reflejo.

Bajó con cuidado las bolas que traía consigo, colocándolas en el suelo, y luego sacó de su bolsillo las llaves magnéticas para colocarlas en el interior de una de las bolsas.

—Es la habitación 14, en la planta alta —le indicó el hombre al incorporarse de nuevo.

—¿Y la ropa? —inquirió con agresividad la figura delante él, y se limitó a sólo señalar con su cabeza las bolsas a su lado.

Sólo entonces la figura pequeña, que fácilmente podría ser confundida por la de una niña de nueve o diez años, se separó de la pared y se aproximó hacia él. Cuando la escasa luz de las farolas la alumbró, notó que ésta sostenía en su otra mano una pistola oscura y larga.

—Hey, aguarda —comentó el hombre, incluso con algo de humor en su tono. Alzó sus manos lentamente y retrocedió, alejándose de las bolsas. Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, aquella niña examinó el contenido. En efecto era ropa: unos pantalones, blusa y sandalias. En la otra venían tres hamburguesas, tres órdenes de papas y tres refrescos de lata—. No sé si sea la talla correcta.

La niña no le respondió. Sólo lo volteó a ver en silencio, con una intensidad bastante preocupante. Por un segundo pensó que se dividía entre dispararle ahí mismo o no, pero confiaba en que aún a su corta edad entendería lo absurdo que sería hacerlo y que todo el bar la escuchara; aunque claro, siempre podría intentar persuadirlo de caminar hacia el monte y hacerlo en la oscuridad. Pero era una mocosa de la mitad de su peso o menos; no creía que fuera difícil someterla y quitarle el arma si eso ocurría, y de seguro ella también lo sabía.

No supo cuál había sido su razonamiento con exactitud, pero al final al parecer desistió de la idea del disparo. En su lugar, guardó de nuevo la pistola en el interior de su abrigo y sacó de éste un sobre blanco, mismo que arrojó al frente justo a los pies de aquel individuo. Éste se agachó lentamente, tomando el sobre con una mano mientras continuaba con la otra alzada. Lo revisó rápidamente: el sobre estaba llenó de hermosos billetes verdes, como los del fajo al que aún le sobraban algunos cuantos. Aquello dibujó una amplia sonrisa de satisfacción.

—Y nunca me viste —espetó la niña con severidad, al tiempo que tomaba las bolsas del suelo—. ¿Está claro?

—Bastante claro —respondió el hombre tras guardar el sobre en su chaqueta—. Aunque… No es que me importe saber por qué tres niñas están huyendo y escondiéndose en un motel, pero…

—En efecto, no te importa —le interrumpió ella abruptamente, ya incorporada y sujetando la bolsa con la ropa y la comida contra su cuerpo con un brazo—. Lárgate de aquí mientras aun puedes.

Se giró entonces de lleno haca la parte trasera del local, al tiempo que metía de nuevo su cigarrillo entre sus labios para dar una última bocanada.

—Está bien —escuchó que aquel individuo murmuraba a sus espaldas—. No deberías fumar a tu edad. Luego ya no vas a crecer.

Aquel estúpido comentario la hizo detenerse en seco y girarse a verlo una vez más sobre su hombro. Él ya se había dado media vuelta y caminaba hacia el estacionamiento, o quizás más bien al interior del bar. La niña introdujo entonces su mano en el interior de su abrigo y sacó de nuevo su pistola, apuntando directo hacia su gran cabeza. Aún a esa distancia podría dar un disparo certero. Vaciló unos momentos, apretando el arma con fuerza hasta que su objetivo dio vuelta en la esquina y se perdió de su vista. Sólo entonces dejó caer de lleno su brazo hacia un lado. Chisteó con frustración y siguió caminando hacia donde se dirigía hace un momento.

No valía la pena arriesgarse tanto por un imbécil como ese; además, no estaba de humor esa noche. Todo lo que quería era descansar.

Luego de salir disparadas del Hospital de Eola, Esther, Lily y Samara estuvieron en el camino durante dos horas sin parar. Lily y Samara no tardaron de hecho en quedarse dormidas en sus respectivos asientos, aunque era difícil determinar si realmente Samara estaba dormida o sólo se había recostado en el asiento, pues su largo cabello le cubría casi por completo como si fuera alguna extraña sabana negra. Mientras tanto, Esther, con los nervios acelerados y alerta, siguió conduciendo lo mejor que pudo, intentando que el cansancio no le venciera. Sólo una vez durante todo ese camino vio más adelante por la carretera las luces de una patrulla viniendo en el sentido contrario, y eso la puso aún más alterada. Sostuvo el volante con su mano derecha, mientras la izquierda la escondía hacia un lado sosteniendo su arma de repuesto ya cargada y con el seguro retirado; la otra, junto con el silenciador, se le había quedado atrás en aquel pasillo de hospital. La patrulla pasó a su lado y siguió su camino. Esther la miró por el espejo retrovisor esperando que en cualquier momento se diera vuelta y se dirigiera detrás de ellas; no fue así.

Respiró aliviada. Se las habían arreglado para tomar algunos caminos alternos que el GPS le indicaba en su largo recorrido al sur, pero aun así le sorprendía demasiado lo relativamente sencillo que había sido alejarse tanto sin encontrarse ningún retén, o al menos un par de patrullas persiguiéndola. Eso debía de ser más que suerte.

Aunque además de la policía, estaba ese hombre que había intervenido para ayudarlas a escapar. No tuvo que meditarlo mucho para llegar a la conclusión de que debió haber sido enviado por aquel chico para… ¿ayudarla?, ¿espiarla? Cómo fuera, él de seguro sí debía estarlas siguiendo, pero si era así debía mantener bien su distancia o conducía con las luces apagadas, pues durante gran parte del tramo nunca notó a ningún vehículo conduciendo detrás de ella. La incertidumbre de no saber quién era o qué intenciones en concreto tenía, la estresaba aún más que la propia policía. ¿Y si acaso pensaba deshacerse de ella y llevarse a las dos niñas él mismo, ya sea por iniciativa propia o por órdenes del mocoso Thorn? Quería ver que lo intentara.

Tras cruzar Eugene, se volvió evidente para la mujer al volante que no podría seguir conduciendo por mucho más. Estaba tensa, cansada y hambrienta. Pasaron frente aquel motel, y consideró que sería bastante apropiado parar ahí. Sin embargo, no podía simplemente entrar y pedir un cuarto; en el mejor de los casos llamarían a servicios infantiles para ponerlas en su custodia. Por ello había parado en aquel bar a pensar qué hacer. Estuvo viendo por un rato a las personas que salían y entraban hasta encontrar al indicado. Con los años había aprendido a leer a los hombres y reconocer a los diferentes tipos. Especialmente a uno: los sin escrúpulos, capaz de hacer cualquier cosa con tal de recibir dinero o placer; por suerte, tenía ambas cosas que ofrecer, aunque quien eligió prefirió lo primero: unos cuantos dólares a cambio de conseguirles un cuarto, algo de ropa y comida para cenar, y no hacer preguntas de más. Hasta ese momento, aquello había resultado bien, pero le causaba bastante preocupación el haber dejado un testigo potencial como ese suelto. Había varias formas de deshacerse de él, pero todas involucraban llamar demasiado la atención, y eso era lo que menos necesitaba en esos momentos. Tendría que arriesgarse, si acaso no se había arriesgado ya demasiado durante esa noche (por no decir durante todos estos últimos días).

Regresó a la camioneta, aparcada en el lugar más oscuro y alejado del estacionamiento, cuidando que nadie la viera. Se subió al asiento del conductor, cerrando con algo de fuerza la puerta detrás de sí. Lily se había despertado antes de que ella saliera a hacer su transacción, pero Samara seguía acurrucada dándoles la espalda cuando se fue. Ahora la niña de Moesko estaba de nuevo sentada, apoyada contra la puerta del vehículo mientras abrazaba sus piernas. Se sobresaltó un poco al escuchar la puerta de Esther azotándose, como si aquello la hubiera acabado de despertar.

—Al fin —murmuró Lily con fastidio. Esther no le hizo caso, y en su lugar se giró hacia atrás y le extendió a Samara la bolsa de supermercado con la ropa.

—Ten, es para ti —le indicó. Samara miró la bolsa con confusión—. Debes cambiarte antes de salir.

Samara echó un vistazo discreto a la bata de hospital que aún tenía puesta, la misma que se encontraba manchada de rojo con la sangre de su propia madre, y un poco de la suya. Tenía además una gaza en la mejilla cubriéndole la cortada que le había hecho con bisturí, al igual que su mano. Tomó tímidamente la bolsa entre sus manos y observó su contenido. Eran unos jeans azules, una blusa de rayas horizontales de colores pasteles, y unas sandalias para usarse sin calcetines. Entendió de inmediato lo que quería que hiciera, pero la idea de desvestirse en ese vehículo no le pareció para nada placentera.

—Descuida, los vidrios son polarizados —le indicó Esther con tono jovial, como si hubiera percibido su duda con tan solo mirarla—. Eso significa que nadie puede ver para adentro. —Sacó en ese momento de nuevo su arma y se la enseñó—. Y en todo caso, yo me encargo de que nadie se acerque, ¿de acuerdo?

Samara vaciló unos segundos más, pero al final asintió levemente y comenzó a sacar la ropa de la bolsa. Esther se giró de nuevo al frente para no incomodarla, pero siguió sujetando su arma por cualquier cosa. Miraba principalmente hacia la carretera, cuidando que ningunas luces azules y rojas la tomaran por sorpresa.

—Eres bastante amable con la nueva —masculló Lily de pronto.

Esther se encogió de hombros.

—A ella no le tuve que disparar para que viniera conmigo.

—Suertuda ella…

Al decir eso, la niña castaña acercó su mano hacia su muslo derecho, presionando un poco el vendaje que lo cubría. Al hacerlo, su boca se torció en un gesto de profundo dolor.

—¿Te está doliendo? —le preguntó Esther con cierta frialdad.

—No, se siente de maravilla; lista para correr en las Olimpiadas —le respondió Lily, irónica—. En verdad no sé cómo no te han atrapado todavía. Este escape ha sido todo un desastre, y ahora decides que nos quedemos aquí, aún bastante cerca de donde huimos, y con un testigo que lo único que tendría que hacer es llamar a la policía desde adentro de ese bar, y ahí se acabaría tu gran fuga. Debes tener un buen ángel guardián.

“O algo más”, pensó Esther para sí misma mientras seguía mirando hacia la distancia.

—Sólo será una noche —indicó la mujer en el asiento del conductor—. Estoy exhausta, y aún nos queda mucho recorrido hasta los Ángeles. Además, debes descansar esa pierna.

—Qué considerada —masculló Lily con la misma ironía de antes, o quizás más.

Esther no le respondió nada, principalmente porque ya no tenía deseos de hablarle, sino más bien de meterle el arma por la garganta y vaciarle el cartucho entero por dentro, pues ya estaba hasta la coronilla de su boca irrespetuosa y sarcástica; lamentablemente para ella, tenía demasiados motivos para no hacerlo. Sin embargo, todo tenía su límite… Además, tenía que admitir que tener sus curiosas habilidades le había sido de mucha utilidad, y no sólo esa noche.

—¿Vamos a los Ángeles? —Escucharon de pronto que la vocecilla de Samara cuestionaba desde el asiento de atrás.

—Milagro, al fin habla —murmuró Lily, de nuevo con ese molesto tono.

Esther de nuevo la ignoró, y prefirió responderle su pregunta a Samara, mientras miraba por el espejo retrovisor como se terminaba de poner por arriba la camiseta.

—Sí, la persona que me contrató para encontrarlas las está esperando ahí.

—¿Y él tendrá mejores respuestas que tú sobre de qué se trata todo esto? —intervino Lily con interés.

—Eso espero —le contestó Esther de mala gana, girándose de nuevo hacia al parabrisas.

Menos de un minuto después, volvieron a oír a Samara hablar.

—Estoy lista.

Ambas niñas de los asientos delanteros se giraron para verla. La camiseta le quedaba algo grande, pero fuera de eso se veía totalmente diferente con ese cambio de look; incluso su rostro pareció tomar algo más de color. La bata manchada de sangre se encontraba en el asiento a su lado, hecha una bola.

—Casi no pareces un cadáver ambulante —comentó Lily con indiferencia.

—Ignórala, te ves bien —añadió Esther con cierto apuro, y sin más encendió el vehículo para dirigirse hacia al motel lo antes posible.

Aparcaron un poco alejadas del resto de los vehículos y bajaron sigilosamente cuando no había nadie visible cerca. No bajaron equipaje más que la maleta de Esther con el dinero y la bolsa con la comida; la bata ensangrentada iba guardada en la maleta, y se desharían de ella en cuanto pudieran.

—Es el agujero más bonito al que me has arrastrado en estos días, aunque no es decir mucho —señaló Lily mordaz. Miró entonces hacia la piscina del sitio, para esas horas completamente sola y la puerta que llevaba a ella cerrada con candado—. Al menos tiene piscina.

—Ni siquiera lo pienses —le respondió Esther de mala gana, yendo al frente y vigilando que no hubiera ningún curioso cerca—. Aunque no estuvieras herida, no podemos dejarnos ver demasiado. Iremos directo al cuarto y saldremos a primera hora, antes de que alguien descubra que nuestro supuesto papi se fue.

 —Sólo tienes que decir que lo mataste —señaló Lily con ironía—. Apuesto que tienes práctica diciéndolo.

Esther no respondió.

Llegaron entonces al pie de las escaleras, mismas que Lily observó como si fueran una repentina aparición espeluznante. No sería nada agradable subir eso con muletas, y por supuesto ese motelucho no tenía elevador. Esther miró sobre su hombro su reacción y sonrió satisfecha; sin decir nada comenzó a subir tranquilamente mientras Lily la observaba con enojo.

—¿Te ayudo? —Escuchó que Samara le preguntaba con su pequeña vocecilla, estando de pie a su lado.

—No molestes —le respondió ella secamente, y comenzó a subir escalón a escalón a como su estado le permitía. Samara avanzaba detrás de ella, esperando que no terminara cayéndole encima.

Al llegar a la puerta de la habitación 14, Esther la abrió con una de las llaves electrónicas y de inmediato tanteó la pared para buscar el interruptor de la luz. El cuarto no estaba nada mal, aunque era bastante básico. Tenía dos camas matrimoniales de cobertores rosados y dos almohadas cada una. Frente a ellas, en la pared contraria, se encontraba una cómoda con cajones con una pequeña televisión plana sobre ésta. Al fondo del cuarto había dos puertas: una de madera que de seguro llevaba al baño, y otra de cristal que llevaba a uno pequeño balcón que daba hacia la parte trasera del motel, y hacia el monte que lo rodeaba. Fuera de eso, no había mucho más que unos burós a un lado de las camas y entre ellas, algunas lámparas y una silla de madera en una esquina. Sencillo, pero se veía limpio y cómodo.

—Pido la cama sola —masculló Lily rápidamente, dirigiéndose a una de las camas para dejarse caer de sentón en ella y poder descansar su ya bastante adolorida pierna.

—Cómo sea —le respondió Esther sin mucho interés en su queja. Se dirigió entonces al buró entre las camas y dejó sobre éste la bolsa con la comida—. Cenen rápido antes de dormirse.

Lily se estiró un poco hacia la bolsa para ver su contenido. En cuanto subió a la camioneta pudo adivinar de qué se trataba por el aroma, pero el verlo lo dejó en claro.

—¿Hamburguesas otra vez? —Masculló con cierto hastío en su voz—. No hemos comido otra cosa en todo este tedioso viaje.

—Disculpe, princesa —le respondió Esther con tono sarcástico—. ¿Quiere que le cocine un bistec? De inmediato voy a la cocina y se lo preparo…

La mujer estiró un poco sus brazos hacia arriba, dejando escapar un gemido placentero al sentir como el entumido de sus músculos se relajaba un poco. Quizás todo aquello era una mala idea, y cabía la posibilidad de que tener a la policía en su puerta dentro de poco. Pero de momento no le importaba; sólo quería tomarse unos minutos de tranquilidad y así poder pensar mejor en su próximo paso.

Samara se movió silenciosa por el cuarto, apreciando la pintura beige y rosa de las paredes, las cortinas azul oscuro de la puerta del balcón, y claro los cobertores de la cama con ese aroma tan característico de las lavanderías de hoteles, pero que para ella, una niña de doce años que sólo había dejado su isla en los últimos cuatro años para ser encerrada en ese manicomio de puras habitaciones blancas y frías, resultaba extrañamente refrescante. De hecho, aunque no estaba del todo segura en qué parte se encontraba con exactitud, sabía de antemano que era lo más lejos que había estado de Moesko en toda su vida. Y, evidentemente, iría aún más lejos.

Se sentó en la orilla de cama desocupada, y contempló la bolsa de comida. Se asomó con cuidado viendo las hamburguesas envueltas en papel amarillo, las papas en sus cajitas blancas, y algunas cuantas decorando el fondo de la bolsa, y las latas de refresco, dos rojas y una verde. No se sintió atraída por el menú de esa anoche.

—No tengo hambre —masculló despacio, aunque sí tomó uno de los refrescos, aunque no lo abrió de inmediato. Sólo lo sostuvo entre sus manos, apoyándolo sobre sus rodillas, y lo contempló en silencio. No veía como tal su reflejo sobre la superficie metálica y brillante de la lata, pero si su silueta con el foco del techo enmarcándola.

Por el rabillo del ojo notó que Lily se sentaba también en la orilla, justo delante de ella, y esto la obligó a alzar la mirada en su dirección. Lily la observaba con cierto interés, como si examinara algún bicho raro debajo de un telescopio; curiosamente, dicha mirada le resultaba menos molesta que la del Dr. Scott y los demás doctores.

—Bien… Samara, ¿no? —cuestionó la niña de Portland de manera directa; Samara sólo asintió—. Estuviste callada o llorando durante todo el camino, así que ahora cuéntame.

—¿Qué cosa? —respondió Samara, confundida.

—La anciana dice que mataste a tu madre —soltó Lily de golpe, haciendo que Samara se estremeciera en su asiento—. ¿Cómo lo hiciste con exactitud? Dime los detalles.

Esa pregunta claramente incomodó a su receptora, que no sólo no le respondió, sino que instintivamente se volteó a otro lado, en un intento de evitar aquella inquisitiva mirada.

—No la molestes —le reprendió Esther, que miraba sutilmente por una ventana a lado de la puerta para asegurarse de que no hubiera ningún movimiento sospechoso. Aun así, la conversación de las niñas no le había resultado ajena.

—¿O qué? —contestó Lily con tono retador, mirando de reojo a Esther por un segundo, pero virándose casi de inmediato de nuevo a Samara—. ¿A cuántos más has matado? ¿Cómo lo haces? ¿Qué puedes hacer exactamente? —Samara siguió sin responderle ni mirarla. Su largo cabello cayó al frente, cubriéndola casi por competo—. Vamos, no seas cobarde. Te muestro lo mío si tú me muestras lo tuyo…

—Te dije que no la molestes —espetó Esther con enojo, avanzando hasta ponerse entre ambas y encarar a Lily de frente—. Lo que menos quiero es alterarla.

Lily la miró, no enojada directamente, sino más bien curiosa. Una sonrisa astuta se dibujó en sus delgados labios, y entonces se paró lentamente, apoyándose en una de sus muletas. Ambas quedaron de pie una delante de la otra con actitud desafiante.

—¿Eso que siento en ti es miedo? —Susurró Lily, ladina—. ¿Le tienes miedo a esta lela? —Esther no le respondió, pero tenía bastante sentido; por eso era tan amable y considerada con ella. Lily rio satírica—. Tan mala e intimídate, y al final no eres más que una bola de miedos como cualquier otra persona, ¿verdad?

El rostro de Esther se endureció aún más. Aquel comentario sólo era la última gota de un vaso que se había ido llenando durante toda esa noche y que ya estaba a nada de desbordarse.

—¿Quieres que te demuestre qué tanto miedo tengo? —musitó Esther retadora, y justo entonces Lily sintió el cañón de su arma pegándose contra su abdomen. Aquello la impresionó un poco al inicio, pero mantuvo su actitud serena y superior.

—¿A quién crees que impresionas con eso? Perdiste tu arma con silenciador, estúpida. Dispara y tendrás a la mitad de la policía de Eugene acorralando este sitio. Además, si me quisieras matar ya lo habrías hecho. —Su sonrisa se ensanchó aún más, cargada de bastante confianza—. Debe ser muy importante para ti entregarme viva a quien te contrató, ¿o no? ¿También le tienes miedo a esa otra persona?

—Puedo entregarte viva aun sin tus piernitas esqueléticas, mocosa imbécil —le respondió Esther, bajando lentamente su arma hasta que el cañón apuntó ahora hacia su muslo sano. Lily, en lugar de intimidarse por esa amenaza, se le aproximó más, enfrentándola con mayor brío y manteniendo sus ojos fijos en los de ella.

—Atrévete y te envolveré en un mundo de pesadillas del que jamás podrás salir. Y entonces sí vivirás el resto de tu miserable y esquizofrénica vida en la habitación acolchonada de un manicomio, como esos que tanto odias, revolcándote en tu propia saliva y heces.

—No me digas… Léeme la mente todo lo que quieras, pequeña puta. Y dime… —Esther se le aproximó hasta el punto de que ambas casi tenían sus frentes pegadas—. ¿Acaso me estás dando miedo en este preciso momento?

Ambas se quedaron calladas justo después de ello, mirándose con tanta intensidad que casi parecían surgir chispas entre ambas. Esther sujetaba firmemente su arma apuntando a la pierna de Lily, pero ésta tenía su propio tipo de arma lista para disparar también, y eso Esther lo sabía muy bien. Ambas entraron en un punto muerto, en el que sólo esperaban a que la otra diera un paso, moviera un dedo, o incluso pestañara, para que así explotara al fin toda esa tensión que había surgido entre ambas ese día… no, más bien desde hace varios días, desde el primer momento en el que se encontraron en aquella habitación de hospital. Y todo estaba preparado para ocurrir irremediablemente de esa forma. Sin embargo, la atención de ambas se disipó un poco al escuchar en ese momento el sonido de gas liberándose, seguido de un gorgoteo burbujeante, y el gritillo de asombro de la tercera persona en esa habitación.

Esther y Lily se voltearon al mismo tiempo hacia Samara, y notaron como la soda que tenía en sus manos se había empezado a derramar en cuando la abrió, mojándole los dedos y dejándolos pegajosos, y cayendo luego a la alfombra. Rápidamente la niña colocó alarmada la soda sobre el buró, y su siguiente acción casi involuntaria fue pasar sus manos por la camiseta nueva en un intento de limpiarlas un poco de la soda, pero sólo logrando manchar también sus ropas. Al volverse consciente de que la estaban observando, alzó su mirada en dirección a sus dos acompañantes, sintiéndose avergonzada. Sus mejillas se ruborizaron, y ella intentó de nuevo ocultar su rostro detrás de su largo cabello.

—Lo siento… —susurró despacio, apenas audible.

Apropósito o no, ese pequeño acto pareció enfriar las cabezas de Lily y Esther; sólo un poco, pero lo suficiente para que la mayor aparatara su arma de la otra y luego se alejara caminando hacia la puerta del baño.

—Tomaré un baño antes de dormir. No me molesten.

Lily bufó con indiferencia, y se volvió a dejar caer en su cama con sus brazos cruzados.

—Espera a verla sin su maquillaje; es horrible —le dijo a Samara con tono juguetón. Esther la escuchó, pero no se detuvo a decirle nada ni pensar mucho en el asunto. Se metió directamente al cuarto de baño y azotó la puerta detrás de sí con algo de fuerza—. Enciende la televisión y busca algo, ¿quieres?

Samara se exaltó un poco al sentirse aludida, y entonces notó el control remoto sobre el buró cerca de ella. Lo tomó, se sentó en la cama volteada hacia el frente y encendió la pantalla plana sobre la cómoda. Comenzó entonces a navegar entre los canales, quedándose unos segundos en cada uno esperando que su compañera de cuarto le dijera que lo dejara en alguno, pero eso no sucedió.

—¿Al menos puedes decirme porque aceptaste venir con esta loca tan de buenas? —Soltó Lily de pronto, tomándola un poco por sorpresa—. No sabías que íbamos a los Ángeles, ni a quién vamos a ver allá. Yo tampoco lo sé, pero tengo mis motivos para seguirle el juego a esta mujer por un rato más. —Se giró entonces inquisitiva hacia ella—. ¿Cuáles son los tuyos? ¿O tienes tan poca fuerza de voluntad que haces lo que sea que te digan?

Samara pareció reflexiva por un rato. Bajó su mirada unos segundos, y luego se viró una vez más a la televisión, continuando por su viaje por los pocos canales que había disponibles en éste.

—Al principio sólo quería salir de ese horrible lugar —soltó de pronto con cierta apatía—. Pero ahora ya no tengo ningún lugar a dónde ir… Maté a mi mamá; soy una asesina. Matilda y mi papá nunca me lo perdonarán… Además… —Giró lentamente su cabeza hacia una de las esquinas del cuarto, centrando su mirada fijamente en ese punto—. Ella me dijo que esto era lo que debía hacer…

—¿Ella? —Murmuró Lily, confundida—. ¿Hablas de la anciana? ¿O de quién hablas?

Samara no respondió. No creía que fuera capaz de entender lo que miraba en esos momentos. No creía que fuera capaz de comprender la figura opaca, de largos y desalineados cabellos negros, vestido blanco sucio, envuelta en un aire oscuro y podrido, que yacía en aquella esquina, pero que al mismo tiempo no parecía estar ahí; como si fuera sólo un grabado borroso en la pared. Esa noche se le había presentado de frente más veces que nunca, considerando que seguía despierta. Se preguntaba si ahora cada vez que mirara hacia un lado, ahí estaría ella vigilándola a lo lejos. Quizás no, pero igual no importaba. Luego de lo ocurrido esa noche, había comenzado a perderle el miedo. Al final de cuentas, ahora era un monstruo igual de horrible que ella… o quizás peor…

FIN DEL CAPÍTULO 46

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 46. Ningún lugar a dónde ir

  1. Nacho Rodriguez Piceda

    A veces me pregunto si Samara tomó la mejor decisión en dejar a Matilda?
    Saludos de
    Nacho

    Responder

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