Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 45. ¿Qué haremos ahora?

15 de julio del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 45. ¿Qué haremos ahora?

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 45.
¿Qué haremos ahora?

Hacía una noche agradable en Anniston, New Hampshire. El clima estaba templado, y no había ni una nube en el cielo. Abra Stone consideró que era un buen momento para sacar a pasear a su perrito Brownie para que éste se despejara un poco, pues había estado encerrado todo el día y encima de todo en compañía de su madre que no lo dejaba siquiera comer sin que hubiera un regaño de por medio.

Ambos anduvieron a paso tranquilo por la banqueta de aquel barrio suburbano pacífico, iluminado y callado; especialmente esto último. La calle se encontraba tan sola en esos momentos, que parecía casi como si todos se hubieran ido de vacaciones y ahora todas esas casas a su alrededor estuvieran vacías. A Abra esto no le incomodaba en lo absoluto. Tenía la correa de Brownie sujeta a su muñeca derecha, mientras éste caminaba animado delante de ella. Prácticamente permitía que el perrito la guiara en su recorrido nocturno, siempre y cuando no se saliera del camino de cemento de la banqueta. Por su parte, ella tenía media atención en sus pasos, y la otra media en su teléfono celular, en el que intercambiaba mensajes con su amiga Emma. La conversación en cuestión no era que le agradara del todo; otro chisme más del que a nadie le constaba nada, pero aun así todo el mundo estaba seguro de que era verdad. Y, sin embargo, sentía el deber casi moral de no dejar dicha discusión hasta obtener un desenlace favorable.

Estoy cansada de tener que ser yo la que dé explicaciones.
Si ella quiere disculparse, sabe dónde encontrarme

La respuesta de Emma no se hizo esperar.

No lo hará. Es demasiado orgullosa.

Pues que se le vaya quitando, que no es el centro del universo.

Tenle un poco de paciencia.
Se acaba de dar cuenta de que su promedio no le alcanzará para entrar a Yale.

Abra bufó despacio con algo de fastidio. En verdad lamentaba el asunto de Yale, pero ya estaba cansada de que sacaran ese tema como justificación para cualquier cosa. Rápidamente comenzó a mover sus dedos por la pantalla para responderle.

Aún le queda un semestre.
Podría aplicarse aún si dejara de…

Sus dedos se detuvieron antes de lograr terminar y enviar el último mensaje. Le pareció escuchar claramente una voz que la llamaba por su nombre a sus espaldas, y esa presencia tan abrupta resonando entre el silencio que la envolvía, la hizo detenerse en seco, alarmada. Se giró rápidamente sobre sus pies y miró hacia alrededor; no había nadie cerca, o si acaso lo había las luces mercuriales no lo alumbraban.

—¿Hola? —Exclamó un poco fuerte para que la escucharan—. ¿Quién anda ahí?

No hubo respuesta. Todo regresó a ser tan silencioso como hace un momento.

Aquello le resultó extraño a la joven. No había sido como una de esas veces en las que uno cree escuchar su nombre repentinamente pero sólo es algún ruido malinterpretado. Estaba segura de en verdad haberlo oído, con sus tres letras. Aunque, también su nombre tan corto podía fácilmente confundirse con otras palabras o expresiones; eso no sería tan raro… si no fuera porque no veía a nadie cerca.

Luego de meditarlo por unos segundos, se encogió de hombros y siguió con su caminata, aunque ya no tan tranquila como antes.

Unos cinco minutos después, luego de terminar de dar la vuelta a la cuadra, la chica y su perrito se encaminaron de regreso a su casa.

—Ven, Brownie —exclamó Abra en cuanto abrió la puerta principal con sus llaves, y de inmediato el pequeño animal café entró corriendo con apuro a la casa—. Eso es, chiquito. Ya volvimos —avisó con fuerza para que la escucharan.

Al encaminarse hacia la sala, logró ver a su padre, David Stone, sentado en la sala del comedor con su tableta en las manos, cuya pantalla miraba con bastante concentración y picaba cada ciertos segundos con su dedo índice.

—¿Cómo estuvo la caminata? —le preguntó su padre distraídamente, sin quitar sus ojos de la tableta.

—No hubo ninguna pelea esta vez, así que se podría decir que estuvo bien —comentó con tono burlón al tiempo que se sentaba en una de las sillas del comedor, a lado de su padre. Éste sólo asintió, posiblemente sin haberla escuchado realmente.

De seguro seguía enfocado en ese juego de cartas que se acababa de bajar hace unos días, y qué prácticamente no lo dejaba hacer ninguna otra cosa. Se preguntaba cuánto tiempo le tomaría aburrirse de él, o a su madre obligarlo a que le aburriera de una vez.

Como invocada por su pensamiento, Abra escuchó en ese momento la voz de su madre viniendo de las escaleras.

—Abra, otra vez se subió a los sillones —recriminó molesta la voz de Lucy Stone, a lo que le siguieron sus pasos apresurados al bajar los últimos escalones y después dirigiéndose a la sala—.  Abajo, vamos.

Brownie, que se había acomodado en el sillón más grande la sala, se bajó de un salto antes de que la Lucy llegara hasta él, alejándose hasta ocultarse debajo de la mesa a los pies de Abra.

—¿Qué es un poco de tierra y pelos, mamá? —comentó Abra con humor, extendiendo su mano hacia abajo para acariciar un poco la cabecita de Brownie. Su madre sólo bufó molesta, comenzando a sacudir con fuerza el sillón con sus manos—. ¿Escribiste algo mientras no estuve, papá?

—¿Qué si qué…? —Balbuceó su padre algo desconcertado, alzando al fin su rostro hacia su hija—. Ah, no… Me distraje un poco, creo.

—¿Haciendo qué? —Masculló con algo de agresividad Lucy desde la sala—. ¿Perdiendo el tiempo con ese tonto juego otra vez?

—No, claro que no —respondió su padre claramente a la defensiva, apresurándose a apagar la tableta y a colocarla sobre la mesa, fingiendo que no estaba ensimismado en ella hace sólo unos segundos antes.

Y ahí estaba lo que sabía que tarde o temprano pasaría: Lucy Stone tomando las riendas de la situación.

—Bueno, esto es algo en lo que no quiero intervenir —masculló Abra evasiva, y lentamente se paró de su silla con la delicadeza propia de un desarmador de bombas—. Los dejo, tengo que hacer tarea. Vamos Brownie, subamos.

La jovencita se dirigió con paso rápido hacia las escaleras. El pequeño Brownie no dudó en acudir a su llamado, y la siguió por detrás. La intención era que ambos se encerraran en su cuarto, y se concentraran de nuevo mitad en la conversación que había dejado pendiente en su teléfono, y claro mitad en la tarea. Sin embargo, ninguno de los dos alcanzó a subir más de tres escalones.

Abra se detuvo de pronto a medio camino. Sintió que todo el cuarto a su alrededor daba vueltas, por lo que rápidamente se sostuvo del barandal para evitar caer. A su cabeza comenzaron a llegar abruptamente sonidos e imágenes que le resultaban extrañas. El escenario a su alrededor cambiaba por flashazos a otro que no le era para nada conocido, o se volvía completamente negro por unos segundos. No sabía qué estaba viendo: miraba un bosque a lo lejos, una mesa, paredes color beige, y las caras esporádicas de dos personas no lograba enfocar lo suficiente como para reconocerlas.

Escuchó entonces un fuerte grito que le taladró los oídos y la hizo doblarse de dolor.

—¡¡Ah!! —Gritó con fuerza, y quitó su mano del barandal para intentar instintivamente taparse los oídos, pero fue inútil; los sonidos y gritos siguieron. Y aún peor, perdió el equilibrio al no poder sostenerse, y cayó de rodillas en el escalón.

El grito asustó a Brownie, quien rápidamente se alejó corriendo hasta esconderse de nuevo debajo de la mesa.

—¡Abra! —Vociferó histérica Lucy Stone y de inmediato rodeó el sillón para dirigirse hacia ella. David no tardó en hacer lo mismo.

Abra se giró sobre respalda, quedando recostada en las escaleras. Apretaba con fuerza sus ojos, al igual que sus manos contra sus oídos, pero las imágenes y sonidos siguieron.

“¿Quién eres tú?”, escuchó de pronto que pronunciaba una voz chillante como vidrio siendo arañado. Dos más similares le siguieron.

“Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona…”

“Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo.”

Lucy llegó hasta su hija y la tomó en sus brazos.

—Hija, ¿qué te pasa? —Abra no respondió. Sólo se retorcía y gemía con dolor—. Mi vida, ¿qué tienes?

Lucy siguió insistiendo, pero el resultado era el mismo. Era como si no pudiera escucharla.

“No está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…”

Y en ese momento, un dolor sin parecido invadió el cuerpo entero de la joven de diecisiete años. Fue una sensación quemante y corrosiva que le recorrió desde la cabeza, bajando por su espalda y hasta sus piernas, dejándola totalmente paralizada. Comenzó a gritar con tanta fuerza, como no sabía que su garganta era capaz de lograr. Su madre y su padre la miraron totalmente aterrados, temerosos de incluso tocarla.

—¡Basta! —Gimió entre gritos—. ¡Has que paré!, ¡has que paré, mamá!

Aquel era un grito desesperado inspirado por el dolor y el miedo. Su madre poco o nada podía hacer por ella en esos momentos, pero en la posición en la que se encontraba sólo le quedaba reducirse a una pobre niña llorando por ayuda a su mamá.

“¡No!, ¡déjala!”, volvió a gritar con más intensidad la primera de esas voces chillantes. “¡¡Deja a mi mamá!!”

Ese último grito se alargó en todas direcciones como una tremenda explosión en su cabeza. Todo se cubrió de un fuerte destello luminoso, y después nada más…

Los ojos de Abra se cerraron pesadamente, y entonces su cuerpo se desplomó por completo en las escaleras sin oponer resistencia alguna. Quedó en una posición torcida, con su rostro contra la orilla de un escalón, y sus brazos y piernas doblados en una posición que parecía cercana a causarse daño. Y ahí se quedó, por completo inmóvil.

—¡Abra, cariño! —Aulló Lucy con el rostro cubierto en lágrimas. Se animó a acercársele de nuevo, pero temió moverla pues pensaba que podía lastimarla de algún modo. Sólo la sacudió un poco, intentando hacerla reaccionar, pero no había ni un rastro de consciencia en ella. Y lo peor era que se comenzaba a sentir abruptamente fría.

Lucy se giró sobresaltada hacia su marido, que veía todo desde el pie de la escalera, inmóvil y sin saber qué hacer.

—¡Llama a John! —Le gritó su mujer con voz aguerrida—. ¡Rápido!, ¡no te quedes parado ahí!

David se sobresaltó al escucharla y eso lo hizo reaccionar al fin. De inmediato corrió hacia la mesa en la que había dejado su teléfono. Mientras tanto, Lucy siguió intentando despertar a su hija, y con mucho cuidado se las arregló para recostarla bocarriba.

Luego de llamar al médico, David la cargó hasta colocarla sobre uno de los sillones de la sala. Brownie se subió con ella, soltando pequeños pujidos de preocupación al tiempo que frotaba su cabecita contra su costado. Por esa ocasión, a Lucy Stone no le importó en lo más mínimo las patas sucias del perro sobre su sillón. Lo único en lo que podía pensar era en que su hija, su bebé, se veía y se sentía casi como muerta delante de ella…

— — — —

La ambulancia llegó a la residencia de los Wheeler seis minutos después de que Terry Wheeler los llamara desesperada. En todo ese tiempo, Jane siguió inconsciente. La hemorragia de su nariz era abundante, y Mike intentó pararla presionando un pañuelo contra ella. No recordaba si en alguna ocasión anterior le hubiera sangrado tanto. Para cuando los paramédicos llegaron, el sangrado parecía haberse detenido, pero sus labios y barbilla se encontraban tan manchados que por un segundo pensaron que se había golpeado.

Los paramédicos la revisaron. Tenía pulso, bajo pero estable. Sin embargo, no reaccionaba a nada de lo que le hacían. Mike no pudo explicar con claridad qué era lo que había pasado. En la cara de los paramédicos pudo notar que sospechaban que había ocurrido una pelea, debido al caos en el que se encontraba todo en el estudio. De seguro también pensaron que quizás él la había golpeado y roto la nariz, un pensamiento que le ofendió enormemente, pero que sabía que era su obligación el tenerlo.

—Él no le hizo nada —escucharon todos de pronto que Terry afirmaba tajantemente—. Fue ese chico.

—¿Qué chico? —Cuestionó uno de los paramédicos—. ¿Alguien la atacó? ¿Un intruso?

Terry y Mike se quedaron callados. Sí, había sido un intruso, pero no del tipo que ellos suponían.

—Si no nos quieren responder a nosotros, tendrán que hacerlo a la policía —señaló el otro como si intentara hacer algún tipo de amenaza.

—No me importa —respondió Mike con severidad—. Sólo ayuden a mi esposa, por favor.

Los paramédicos concluyeron que no había mucho que pudieran hacer ahí, por lo que sería mejor llevarla al hospital local. Fueron por la camilla y entre los dos subieron a El a ella, la sujetaron para que no se cayera y la sacaron de la casa para subirla a la ambulancia estacionada en la calle frente a la casa. Los vecinos miraban curiosos desde sus ventanas, pero no tenían tiempo para lidiar con ello. Mike y Terry se subieron a la ambulancia también, y emprendieron el camino.

En el trayecto, Mike aprovechó para llamar a la Dra. Maxine Mayfield, conocida simplemente como “Max” por sus amigos, entre ellos Mike y la propia Jane. No estaba de guardia esa noche en el hospital, pero al ser enterada de lo ocurrido dijo que estaría ahí de inmediato.

Al llegar al hospital, Mike y Terry tuvieron que quedarse afuera en la sala de espera de emergencias mientras revisaban a El. Max llegó poco después, pero apenas y se detuvo unos instantes para saludarlos, y luego de inmediato se fue para unirse al equipo que trataba a la paciente. Max era casi como el doctor de cabecera de su familia, y de los pocos que conocían en amplitud la singular fisionomía de Eleven. Sólo ella podría tener la imagen completa de lo sucedido, y por ello su presencia en todo ese desastre era más que necesaria.

Pasaron los minutos, quizás horas, y Mike y Terry siguieron sin noticia. La joven en un momento recostó la cabeza sobre las piernas de su padre con la intención de sólo descansar unos segundos, pero terminó quedándose dormida. Tenía ya dieciséis, pero a veces le parecía que seguía siendo tan sólo una pequeña de diez. Se parecía tanto a El a esa edad, en más de un sentido. Sus otros dos hijos mayores, Sarah y Jim, habían salido más del lado de su familia; Sarah se había convertido casi en la viva imagen de su tía Nancy, por ejemplo. Pero Terry era sin lugar a duda la hija de Eleven; con una personalidad más introvertida y risueña, pero con sus mismos rizos cafés y sonrisa coqueta. Y, claro, esas mismas habilidades. Sarah y Jim habían mostrado capacidad parecidas de chicos, pero de grandes se fueron apaciguando hasta que actualmente, hasta dónde él sabía al menos, sólo quedaban pequeños rastros que ambos no solían explotar del todo. Pero Terry era diferente: cada año que pasaba, parecía estarse volviendo más fuerte, y eso a un Mike Wheeler ya cerca de sus cincuenta, con el peso de todo lo que había visto a lo largo de sus años, lo tenía más que preocupado. Especialmente ahora que sabía de la existencia de alguien allá afuera, tan peligroso y que parecía haberse empecinado en lastimarlos.

Y si acaso perdía a Jane… ¿qué podía hacer él para proteger a su familia? Le pesaba admitirlo, pero era poco lo que había logrado hacer sin tener a El a su lado como apoyo y soporte. Le gustaba imaginar que el sentimiento era reciproco de parte de ella, pero sabía que si acaso era así, sería igualmente bastante disparejo. Pero no quería pensar demasiado en ello; la idea de que el amor de su vida pudiera sencillamente desvanecerse de un momento para otro, y de esa forma tan horrible… era simplemente inconcebible. Uno esperaría que la idea de la muerte, de alguno de los dos, se hubiera vuelto ya algo digerible con el pasar de los años, y especialmente por todos los peligros que habían estado enfrentando desde chicos. Pero no era así… no era para nada así…

Max ingresó de pronto en la sala de espera con paso calmado y rostro sereno; tan sereno que era imposible para Mike adivinar si acaso traía buenas o malas noticias.

Mike se levantó de su silla, retirando con cuidado la cabeza de Terry de sus piernas; ésta se despertó de inmediato en cuanto fue movida.

—Max… ¿Cómo está? —le cuestionó, acercándosele.

La Dra. Mayfield se paró firme delante de su viejo amigo. Su cabello rojizo y un poco rizado se encontraba sujeto con una cola de caballo, aunque cuando llegó lo traía suelto hasta los hombros. Era sólo unos centímetros más baja que Mike, pero de complexión atlética y fuerte. Usaba su bata blanca sobre una blusa igualmente blanca, y pantalones vaqueros azules.

—La estabilizamos lo mejor que pudimos. Pero no podemos hacerla despertar de ninguna forma.

—¿Está en coma? —Preguntó Mike, esperando que su pregunta no fuera demasiado obvia. Max sólo asintió levemente con su cabeza.

—Aún tiene actividad cerebral; escasa, pero suficiente para no perder por completo la calma. Vamos a hacerle unos exámenes para ver si podemos descubrir alguna lesión física que pudiera causar su estado.

—¿Puedo verla? —Escucharon ambos que Terry espetaba con apuro, acercándose a su padre por detrás.

—Está en cuidados intensivos… —vaciló Max al responder, pero de inmediato Terry se le aproximó y la tomó de su brazo con algo de fuerza.

—Por favor, tía Maxine. Quizás pueda escucharme.

En sus ojos se veía un marcado rastro de súplica y convicción. Max la miró unos momentos, dudosa. “Quizás pueda escucharme”, había dicho, y ella sabía de antemano que podría ser cierto. Miró entonces a Mike en busca de algún tipo de opinión y éste sólo asintió levemente con su cabeza.

—Pediré permiso y te acompañaré yo misma —le indicó Max con una media sonrisa adornando su rostro blanco y pecoso—. Sólo dame un minuto, necesito hablar con tu padre de algo más.

—Siéntate un segundo, cariño —le pidió Mike a su hija, colocando una mano reconfortantemente sobre su hombro—. En un momento voy contigo.

Terry asintió, pero se veía insegura. Aun así, volvió a su silla y se sentó en ella, dejándolos lo suficientemente solos como para que pudieran hablar de lo que querían.

—La verdad, es poco lo que podemos hacer por ella aquí —señaló Max sin rodeos—. Debería pedir su trasladado a Lexington, pero…

—Allá tampoco podrán ayudarla —concluyó Mike antes de que su amiga lo hiciera.

—¿Qué fue lo pasó con exactitud?

—No lo sé —masculló Mike, algo a la defensiva—. Alguien la atacó, a distancia… tú sabes cómo. No sé quién era. Ella me habló de un sujeto, un chico extraño que la había atacado antes.

No había podido contarle las implicaciones completas de lo sucedido por teléfono a riesgo de que los paramédicos lo escucharan. Pero no fue necesario; de inmediato Max había intuido que se trataba de uno de esos asuntos. Sin embargo, en ese momento miró a Mike con cierta severidad, juntando sus manos al frente en posición casi marcial.

—¿Le volvió a sangrar la nariz? —Inquirió de golpe, tomando por sorpresa a su viejo amigo—. La habían limpiado para cuando llegué, pero me lo informaron. Me dijeron que la hemorragia fue bastante. ¿Es cierto? —Mike no respondió, pero su cara bastó para reafirmarlo. Max comenzó entonces a hablarle mucho más despacio—. Mike, te lo advertí. Si abusó de nuevo de sus habilidades como antes…

—No te atrevas a culparla de esto —respondió Mike, tan despacio como ella pero aún tajante, molesto por la sola insinuación—. Y no tienes que recordármelo a mí; ¿enserio crees que tengo el poder de evitar que haga cualquier cosa que quiera? Y además, ¿no fuiste tú la que me dijo hace mucho que ella debía ser quien se pusiera sus propios límites y no debería controlarla tanto?

Los ojos de Maxine se abrieron en una expresión de asombro, y justo después se tornaron molestos debido al marcado sarcasmo de sus últimas palabras.

—¿Me vas a recriminar por algo que dije hace treinta años? —Murmuró despacio con severidad—. Muy maduro de tu parte, Mike. Pero sí, lo dije. Como amiga confiaba en qué sabría lo que mejor le convenía, pero como doctora no podía dejarlo a la ligera. No desde aquella vez…

El aire entre ambos se volvió bastante denso. Aquella sola mención hizo que cualquier actitud de confrontación en ambos se fuera disipando poco a poco.

Mike suspiró pesadamente.

—Ha estado bien por muchos años, incluso más fuerte que antes. Esto no tuvo nada que ver con eso. Fue obra de esa persona que te digo, le hizo algo. Estoy seguro.

—¿Y acaso eso sería una mejor opción? Al menos de la otra forma estaríamos lidiando con algo conocido.

Mike retrocedió, intentando evitar el contacto visual con su amiga, en un intento de calmar su enojo, por no decir su negación. Pues él lo había visto, le había vuelto a sangrar la nariz hace unos días después de tantos años. Pero ella le había restado importancia, e inconscientemente él también; no quería pensar que pudiera ser algo realmente más grave. Era más fácil culpar a aquel desconocido que a su propia inacción.

Escuchó a Max suspirar un poco y tomar una postura algo más relajada, o por lo menos no tan acusativa.

—¿Les avisaste a los otros? —Preguntó la doctora—. ¿O al menos a Jimmy y a Sarah?

—No… aún no… —respondió Mike, dudoso.

—Quizás deberías. Sólo por si acaso.

Mike la volteó a ver de reojo. Se veía tranquilo, pero en realidad seguía tan aterrado como hace unos momentos. “Por si acaso”… Qué pesadas podían ser esas palabras.

— — — —

Justo como Max había prometido, consiguió que Terry pasara a ver a su madre. Ella misma la acompañaría, pues no sería seguro que ninguna enfermera presenciara cómo exactamente pensaba intentar que la escuchara. Quizás no se viera o escuchara nada raro, pero valía la pena prevenir.

La imagen de su madre pareció perturbar un poco a la joven. Jane se encontraba recostada en la camilla, inconsciente, con su cabello hecho una maraña y su rostro se veía incluso más avejentado; hasta le pareció verla más delgada y frágil. Por un momento, realmente Terry pensó que no se trataba de ella.

Tenía un tubo adherido a su nariz para ayudarla a oxigenarse, además de varios aparatos conectados que median sus signos vitales. Estaba cubierta por una sabana azul, aunque debajo de ésta se apreciaba que aún usaba las ropas que llevaba hace unas horas; sólo habían tenido que abrirle un poco su blusa para conectarle los sensores.

Pasada la impresión inicial, Terry se aproximó cautelosa a la camilla, parándose justo a su diestra. La contempló en silencio unos instantes; poco a poco podía reconocer más a su madre en esa imagen tan pálida y lejana. Con una mano tomó firmemente la de ella que reposaba a su costado, y la otra la colocó sobre su frente; aún se sentía fría. La joven cerró los ojos y respiró lentamente, enfocándose por completo en su madre, y en nadie ni en nada más. Y así permaneció por varios segundos, quizás minutos, hasta casi comenzar a preocupar a Max.

—¿Terry? —Murmuró tras una larga espera en silencio—. ¿Está todo bien?

La jovencita siguió metida en lo suyo sin responderle por varios segundos más. Cuando al fin habló, la acompañaba una marcada sensación de angustia.

—No puedo sentirla, no puedo sentirla en lo absoluto —susurró despacio, volviendo a abrir sus ojos—. Es como si no estuviera aquí, ni en ningún lado.

Max no supo cómo interpretar esas palabras con exactitud.

—Cómo te dije aún tiene actividad cerebral, así que de alguna u otra forma sigue ahí. Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para traerla de vuelta.

Terry permaneció en silencio. Parecía, evidentemente, no muy convencida por su promesa.

Volvió a colocar una vez más su mano sobre la fría y lisa frente de su madre, y volvió a concentrarse; ésta vez sin cerrar sus ojos.

—Por favor, mamá; dime algo. Háblame, dime lo que sea —siguió sin sentir nada, como si le hablara a la pared—. ¿Por qué no puedo alcanzarte? ¿A dónde te has ido?

Max la siguió observando. A pesar del tiempo que llevaba tratando a Eleven y a sus hijos, o todo lo que había vivido y visto con ella y sus demás amigos durante todos esos años, no se consideraba en lo absoluto experta en el tema de las habilidades psíquicas, así que no entendía qué podía significar exactamente que Terry no pudiera alcanzarla. Sin embargo, presentía que no podía ser una buena señal en lo absoluto.

E inevitablemente, ella también se hizo la misma pregunta: “¿a dónde te has ido, El?”

— — — —

Matilda, Cody y Cole se habían permitido ingresar a una sala de terapia grupal para poder hablar a solas sobre la delicada llamada que Cole había recibido de Mónica, la rastreadora de la Fundación. Ya les había informado a ambos lo principal, pero sólo hasta que estuvieron ahí les dio todo el detalle que le habían proporcionado. Mónica en realidad tampoco sabía demasiado, aunque entre lo que ella y ellos sabían, podían construir una historia más completa.

Eleven había sido atacada psíquicamente en su propia casa, frente a Mike y su hija menor. El atacante la había doblegado y hecho tanto daño, que ahora la directora de la Fundación se encontraba en coma, y fuera de eso su estado de salud real aún era desconocido. Todo eso ocurrió justo en ese momento, justo mientras ellos estaban lidiando con toda esa locura. Cole había creído sentir la presencia de Eleven y escuchado su voz durante la pelea con aquel extraño, pero pensó que había sido sólo su imaginación, o quizás un efecto secundario de lo que fuera que aquel atacante hizo para inmovilizarlo. Pero ahora se daba cuenta de que no era así; había sido Eleven la que intervino para salvarlo, como lo había hecho con Matilda en Portland. El resultado en esa ocasión, sin embargo, había sido muchísimo más desastroso.

Los tres se habían sentado en una de las sillas colocadas en círculos en el centro del cuarto. Matilda no había dicho palabra alguna desde que Cole les dijo todo. Su mirada perdida y cansada sólo miraba hacia la pared opuesta. Cole y Cody, sin embargo, no se encontraban mucho mejor. Cada uno se veía alterado, serio, incómodo, y por supuesto molesto. Pero principalmente, estaban confundidos. Ninguno podía entender por completo que algo como eso estuviera pasando.

¿Eleven?, ¿la que siempre parecía invencible e intocable?, ¿la que su sola presencia imponía tanto respeto como miedo por igual, dependiendo de la situación? ¿Cómo le había pasado algo tan horrible a ella? De seguro Matilda y Cody se estaban preguntando todo eso y más, e igualmente en parte Cole también lo hacía. Sin embargo, el detective tenía presente en su memoria lo que Eleven le había dicho aquella noche.

“Realmente no es alguien ordinario, incluso para los estándares de los que son como nosotros. Te seré sincera… me aterró…”

“Me exigió cada gramo de fuerza el poder repelerlo, y no estoy segura si podré hacerlo de nuevo si la situación se repite.”

Y como siempre, tuvo razón…

—Fue el mismo sujeto de la vez pasada —afirmó Cody con seguridad, como si le leyera la mente.

—Debió ser —comentó Cole no tan convencido, aunque en el fondo no tenía duda alguna de ello—. ¿Quién es realmente? ¿Cómo es posible que haya podido hacerle esto a Eleven?

—Sabemos tanto como tú —respondió Cody secamente—. ¿Mónica no te dijo si había descubierto algo?

—Al parecer Eleven sólo le pidió buscar a la tal Abra que nos mencionó el otro día. Parecía creer que quien fuera, estaba relacionada con su atacante, pero no logró descubrir gran cosa.

Los tres se quedaron en silencio, como si intentar digerir cada pedazo de información a la vez.

—Todo es mi culpa… —masculló Matilda de pronto, rompiendo por completo el profundo silencio en el que se había sumido desde hace rato.

Cody y Cole la miraron confundidos.

—¿Qué dices? —Le preguntó el profesor de biología.

Matilda siguió hablando, sin quitar sus ojos de la pared.

—Ella me dijo que no podía encargarme de esto, y en lugar de escucharla me enojé e hice un berrinche. De haberle hecho caso, de no haber sido tan orgullosa…

—Hey, aguarda —intervino Cole rápidamente antes de que terminara—. Eso no tiene nada que ver. Aunque tú no hubieras puesto un pie aquí, me lo hubiera pedido a mí, ¿recuerdas? E igual todo esto hubiera ocurrido. Las acciones de Leena Klammer, o de estos sujetos que la cuidan, no dependieron de tus acciones o de las nuestras.

—Pero yo fui a Portland a ver a Lily Sullivan por mi propia cuenta —declaró Matilda agudamente—.  Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera…

—No es así —le tocó el turno a Cody—. Nadie podía haber predicho que esto pasaría, ni siquiera Eleven.

Las palabras de ambos parecían entrarle por un oído y salirse por el otro. En realidad, ni siquiera era seguro que los estuviera escuchando, o si acaso las palabras que surgían de su boca iban en verdad dirigida a ellos. Estaba sumida en su propia cabeza, como si discutiera consigo misma.

—Es como Chamberlain otra vez, exactamente lo mismo —soltó de pronto, confundiéndolos aún más.

—Aquello tampoco fue tu culpa —señaló Cole con cierta severidad.

—¿Y tú cómo lo sabes? —respondió la psiquiatra abiertamente a la defensiva, volteándose hacia él con actitud retadora—. No sabes lo que pasó esa noche, ni siquiera sabes lo que pasó aquí. No sabes nada.

Cole pareció desconcertado por esa respuesta tan brusca, pero también se sintió notablemente irritado. Matilda no era la única que estaba tensa y cansada; ellos igualmente no habían tenido un día precisamente tranquilo. Y, principalmente, no le agradaba la idea de que volviera a hablarle de esa forma, cuándo creía que ya habían superado esa etapa.

—No perdamos la calma… —intentó intervenir Cody, algo nervioso.

—No, está bien —señaló Cole con brusquedad, e inclinó entonces su cuerpo hacia Matilda—.  ¿Te quieres culpar por todo? Bien, entonces te lo concedo: todo esto es tu culpa, tuya y de nadie más. El mundo gira a su alrededor, Dra. Honey.

—Oye… —exclamó Cody alarmado. Matilda sólo lo miró secamente.

Cole se volvió a sentar derecho en su silla, y aparentemente más sereno tras sacarse eso del pecho.

—Pero aclarado eso, podemos pasar a lo verdaderamente importante. Tenemos que decidir qué haremos ahora, especialmente sin Eleven para guiarnos.

—¿Qué haremos? —Bufó Matilda con ironía—. ¿Qué haremos de qué? ¿Quiere que busquemos debajo de cada piedra a esta mujer que se llevó a Samara o al chico que le hizo esto a Eleven?

—Mónica o algún otro de sus rastreadores nos puede decir el paradero de Samara, Lily Sullivan o Leena Klammer; han encontrado a personas con menos que un nombre y una foto antes.

—¿Y exponer a alguno de ellos a que le pase lo mismo que le ocurrió a Eleven? No, ella no querría que hiciéramos tal cosa.

—Ella querría que nos encargáramos de esto por ella. Que no dejemos que se salgan con la suya y nos venguemos por lo que nos han hecho.

—¿Y cómo haríamos eso exactamente? —sentenció Matilda con severidad, casi como si espetara un fuerte regaño—. ¿Quieres que vayamos a enfrentar a quien quiera que sea este sujeto? ¿Qué vayamos todos juntos a derrotar al villano como si fuéramos los X-Men o un equipo de Calabozos y Dragones? No… —se paró entonces de su silla, sujetándose con algo de fuerza su brazo herido—. No somos súper héroes. Sólo somos un profesor de escuela, una psiquiatra fracasada, y un policía que debería considerar mejor dónde pasar sus próximas vacaciones.

Dio entonces un par de pasos en dirección a la puerta de la sala, y Cole saltó en ese momento de si silla, poniéndose de pie también.

—¿Te darás por vencida así nomás? Dijiste repetidas veces que no abandonarías a esa niña, sin importar qué. ¿Y ahora le darás la espalda?

—¡Lo intenté! —exclamó Matilda con fuerza, girándose hacia él. Aunque en un inicio su expresión era beligerante, ésta se suavizó hasta casi reflejar tristeza—. Lo intenté… es todo lo que sé hacer… Matilda la chica perfecta, la favorita de Eleven, la cerebrito… Sólo sabe intentar cosas y fracasar en dicho intento.

Cody y Cole permanecieron en silencio, ignorantes de qué debían decir.

La psiquiatra suspiró. Sabía muy bien que se estaba auto compadeciendo, pero era algo que de momento no podía, ni quería, evitar. Se giró de nuevo a la puerta con la intención de irse definitivamente.

—¿A dónde irás? —Inquirió Cody, y Matilda se detuvo un momento para responder.

—Primero a ver a mi madre unos días para reposar esto —respondió colocando su mano izquierda sobre su hombro—. Luego iré a Indiana a ver a Eleven, y ver en qué puedo ayudar en la Fundación hasta que se recupere… —Esas últimas palabras iban cargadas de desconfianza, como si estuviera insegura de que aquello pudiera ocurrir en realidad—. Y luego volveré a Boston. Ustedes pueden hacer lo que deseen. Perdónenme por haberlos metido en todo esto.

Y siguió caminando a la salida, ahora definitivamente sin la intención de detenerse ni mirar atrás.

—Matilda, espera —espetó Cole, intentando alcanzarla, pero no logró hacerlo antes de que ella saliera por completo al pasillo.

—Hasta luego, detective.

Matilda salió de la sala de terapia, y se perdió de la vista de ambos.

Cole permaneció de pie, mirando en silencio a la puerta ahora entreabierta. Apretó de pronto sus puños, y de la nada se giró y pateó con todas sus fuerzas la silla que tenía más cerca. Ésta cayó, rodó un poco por el suelo, y luego se deslizó lejos de él, creando en el proceso un estruendoso y molesto golpeteo.

—Estoy seguro que esa silla se lo merecía —comentó Cody con ironía, viendo toda esa escena desde su asiento.

—Me hubiera servido un poco de apoyo de tu parte, amigo —acusó Cole, girándose hacia él acusativo.

—¿En verdad crees que hubiera servido de algo? Además, ella tiene razón. Tú eres policía, y has combatido con cosas como éstas antes. Pero en verdad hay algo tan oscuro en todo esto, que sencillamente no comprendo. —Cody miró pensativo al suelo mientras se cruzaba de brazos de forma defensiva—. Quisiera poder ayudar, pero… cuando pude haber hecho algo, me reduje al mismo niño llorón que siempre he sido. Y ahora ni siquiera tengo a Eleven… Lo siento…

El profesos se puso de pie con cuidado y también se dispuso a irse. Cole lo detuvo un instante con su sola voz.

—¿Crees que podrás dormir sin pesadillas mientras ese individuo esté allá afuera amenazándonos? Si le hizo esto a Eleven, ¿qué evitará que nos lo haga a todos nosotros?

Cody vaciló unos momentos, cabizbajo, pero al final salió también sin responder nada.

Solo en aquel cuarto, la rabia y frustración que Cole sentía sólo iba en aumento. Pasó sus dedos por sus cabellos cortos con cierta insistencia. Sacó casi involuntariamente su cajetilla para sacar un cigarrillo.

A su mente vino aquello que Matilda había dicho: “Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera… “

Si eso era cierto, entonces… ¿eso era su culpa? Eleven había aparecido para salvarle la vida, como otras tantas veces antes. Sólo que ahora, el precio que había pagado era mucho más alto.

En cuanto su cigarrillo tocó sus labios, sólo lo mantuvo ahí unos segundos antes de tirarlo al suelo con frustración. Se dejó caer de sentón en una silla, y escondió su rostro detrás de sus manos.

—Mierda —expresó entre dientes, aunque era la palabra más suave de las que tenía ganas de usar en esos momentos.

“Tuviste suerte esta vez.” Pensó de pronto, recordando sagazmente aquella voz susurrándole. No tenía un recuerdo claro de haberla escuchado, pero aun así estaba rondando su mente como moscas a la basura. “Pero esa puta ya no podrá protegerte más. Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir…”

Cole meditó sobre aquellas extrañas palabras. Era tarde, quizás sí era tarde.

— — — —

Casi al mismo tiempo que en Indiana la Dra. Maxine Mayfield recibía la llamada angustiosa de su amigo Mike, a varios kilómetros de ahí en New Hampshire, John Dalton, médico y amigo de la familia Stone, recibía también una llamada llena de preocupación por parte de David Stone. Éste no se supo explicar de todo claro, pero logró entender que Abra había sufrido un desmayo repentino y no la podían hacer reaccionar. Antes de que se le ocurriese sugerirles que quizás no era nada y que sólo aguardaran un poco, o incluso que sería mucho mejor que llamaran a una ambulancia, John ya se había colocado sus zapatos y saco, y tomó las llaves de su vehículo aún con el teléfono en el oído. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarle a su esposa a dónde iba, pero esperaba que tuviera claro por el contexto que debía ser una emergencia.

Los Stone, y sobre todo Abra, no eran pacientes comunes para el Dr. Dalton. Como pediatra, le había tocado conocer y ver crecer a muchos niños; pero Abra Stone era especial, en más de un sentido. Al igual que la familia Wheeler le confiaba a la Dra. Mayfield muchos asuntos privados que no podían ser compartidos con cualquier médico, los Stone hacían lo propio con el Dr. Dalton. Tanto así que su primer reflejo tras lo sucedido había sido llamarlo justo a él.

Cuando llegó la residencia Stone, sus padres habían puesto a Abra sobre uno de los sillones. Lucy y David le informaron que en el tiempo que le había tomado llegar, ella no había dado aún ninguna seña de consciencia. Habían intentado con un algodón con alcohol como John les había sugerido por teléfono, pero no había dado ningún resultado. A simplemente vista se veía muy tranquila y placida, cómo si sólo estuviera tomando una pequeña siesta. Al tocar su frente, sin embargo, John notó que se sentía algo fría, a pesar de que el clima en el interior de la casa se encontraba bastante agradable.

John la examinó lo mejor que pudo. Fuera del frío, que conforme pasaba el tiempo le resultaba menos raro, todo parecía normal. Su pulso era un poco débil, pero dentro de los rangos normales. Revisó su cabello y cuello y no sintió ni detectó ninguna herida o golpe. Consideró también que pudieran ser drogas, y aunque no era algo que pudiera descartar de momento, tampoco vio alguna señal física que se lo pudiera indicar. Las opciones por supuesto eran demasiadas: un tumor, anemia, baja azúcar, incluso un embarazo; todas ellas comprobables sólo con un examen médico más a fondo.

Pero John sospechaba que no se trataba de nada similar. Realmente se veía muy tranquila. Por un momento John se sintió tentado a simplemente sacudirla un poco para ver si acaso sólo con eso se despertaba, pero supuso que sus padres habían ya intentado eso y más.

—A simple vista, no parece tener nada fuera de lo normal —les indicó a sus padres, que observaban expectantes a un lado del sillón todo lo que hacía—. Pareciera sólo estar dormida.

—Pero no despierta, John —señaló Lucy con cierto grado de impaciencia—. Y no la escuchaste gritar, era como la estuvieran desgarrando viva. Fue horrible.

—Hay que llamar a una ambulancia —añadió David—, internarla, que le hagan exámenes… o algo, ¿no?

—En cualquier otro caso, diría que hubiera sido preferible hacer eso antes que cualquier otra cosa —mencionó John, pensando poco después si acaso no se estaba recriminando a sí mismo. Se puso de pie, colocándose su estetoscopio alrededor del cuello—. Sin embargo, antes de hacer eso, deberíamos descartar que, tratándose de Abra, esto pueda ser otro tipo de problema. Uno que necesite otra clase de ayuda, y otro tipo de experto.

Miró a ambos con seriedad, esperando que sus palabras fueran suficientes para darse entender. Y así fue; tanto David como Lucy lo entendieron. Era una posibilidad que habían considerado mientras esperaban a John, sobre todo por cómo Abra estaba actuando justo antes del desmayo. Sin embargo, esperaban que de alguna manera John llegara y descartara esa opción; en especial Lucy deseaba que fuera así. Por terrible que fuera, prefería que se tratara de alguna enfermedad, y no algo… más. Una enfermedad o lesión se podían comprender y tratar; lo otro no lo entendía, y el cómo “tratarlo” normalmente involucraba algo peligroso y horrible.

Lucy se acercó cautelosa al sillón y se sentó a un lado de su hija. Tomó sus manos gentilmente entre las suyas, y contempló en silencio su rostro dormido. Tan hermosa, tan linda… y tan grande. ¿Cuándo había crecido tanto?

Suspiró con cierta resignación, y sin soltar sus manos, se giró hacia su esposo con expresión solemne. Como bien John había indicado, eso pudiera necesitar de otro tipo de experto. Y para bien o para mal, así como tenían a un médico familiar, tenían también casi a la mano a ese otro tipo de experto.

—Hay que llamar a Danny…

FIN DEL CAPÍTULO 45

Notas del Autor:

Maxine «Max» Mayfield está basada en el respectivo personaje de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. En la serie original, en su segunda temporada que ocurre en 1984, ella tiene sólo 13 años. Para este tiempo tendrá alrededor de 46 años al igual que Eleven y Mike. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado hasta la Tercera Temporada de la serie, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta las primeras tres temporadas como referencia para esta historia de aquí en adelante, aún si en las próximas temporadas ocurriese algo que contradijera lo mostrado.

John Dalton, David y Lucy Stone son personajes pertenecientes a la novela de Doctor Sueño escrita por Stephen King y publicada en el 2013.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario