Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 06. Loreili, la Polizona

1 de julio del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 06. Loreili, la Polizona

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 06
LOREILI, LA POLIZONA

El osito café, con sombrero en su cabeza y un monóculo en su ojo, avanzó por la mesa hacia el otro pequeño osito de pelaje rosado y un vestido blanco de encaje. Se inclinó entonces al frente en una pequeña reverencia hacia la dama delante de él.

—Señorita Federica —exclamó una voz grave y dura, pero que intentaba sonar suave y dulce—. Se ve radiante esta mañana. ¿Me haría el honor de acompañarme a tomar el té…? Digo, ¿la cerveza?

Un tarro de cerveza, que le llegaba al osito café hasta el cuello, se colocó justo a su lado.

—Oh, es muy amable, caballero —respondió otra voz grave que intentaba ser lo más aguda posible para sonar femenina. El osito rosado se alzó e inclinó su cabeza sobre el tarro, simulando que bebía de él—. Está deliciosa, justo lo que un paladar delicado como yo se merece.

Ambos rieron de forma pomposa y exagerada.

Luchior miraba de reojo con cierta incomodidad a los dos miembros de la tripulación sentados a su lado en la mesa del comedor, y que se habían dado la libertad de ponerse a jugar con dos de los tantos ositos que había en el baúl que acababan de robar. Él mismo tenía su propio tarro de cerveza, sin ningún osito de por medio; sólo bebía por su cuenta, en silencio.

El baúl azul con el escudo de los Vons Kalisma se encontraba colocado en el centro del comedor entre las dos mesas para comer. Desde hace un rato, Kristy se había sentado delante de él y se había dedicado a inspeccionar y revisar cada uno de los ositos con detenimiento. Los miraba de pies a cabeza, pasaba los dedos por sus cuerpos para percibir la suavidad de sus pelajes, e incluso los olía un poco para percibir el aroma dulce que emanaban, y que tanto resaltaba en ese barco. Eran muchos; aún no terminaba de revisarlos todos, pero ya había contado sesenta y cinco. Eran de diferentes tamaños y colores, algunos con accesorios como vestidos, sombreros, zapatos, capas, lentes y más. Todos se veían finos, muy bien cuidados y hechos con sumo cuidado hasta el mínimo detalle.

Durante todo el rato que llevaba revisándolos, la sonrisa no se había desaparecido ni un segundo de los labios de la pequeña Kristy.

—Son tan bonitos —exclamó maravillada mientras sostenía en sus manos un oso de pelaje anaranjado, con un traje de granjero, e incluso con una pala pegada a su manita derecha. Dejó ese de nuevo en el baúl y tomó una más, de tonos violetas con ojos azules, sin ninguna vestimenta o accesorio, aunque su color era simplemente único—. Cuando era niña jamás hubiera siquiera soñado con tener un juguete tan hermoso cómo éste.

Tomó entonces el osito violeta entre sus brazos y lo abrazó contra su pecho. Su sonrisa se acrecentó aún más.

—Olvídate un segundo de si son bonitos o no —masculló Luchior, algo agresivo en su tono—. ¿Sabes si se pueden vender por buen dinero o no?

Kristy se sobresaltó, casi asustada por la pregunta. Sus brazos se aferraron aún más al osito violeta.

—¿Venderlos? Ah… no lo sé… —susurró un poco nerviosa—. Supongo que quizás… pero, no tendríamos que venderlos todos… ¿o sí?

—Tranquila, pequeña Kirsty —musitó la Doctora Melina con una sonrisa amable. Ella se encontraba sentada en una de las bancas, muy cerca de ella. Desde hace un par minutos se había quedado en silencio, contemplando sonriente todo lo que Kristy hacía con cada peluche—. Estoy segura de que podrás quedarte con uno si quieres, el que más te guste; es lo justo por todo el trabajo que haces aquí.

—¡¿De verdad, doctora?! —Exclamó la cocinera, sonriendo entusiasmada al escucharla—. ¡Muchas gracias!

—Oiga, esa no es decisión suya, doctora —reprendió Luchior, parándose de su asiento—. Nosotros fuimos los que arriesgamos nuestra vida allá; nosotros somos los que deberíamos de decidir qué hacer con esos… osos.

—Y yo soy quien te cura cuando te lastimas y enfermas, así que no me contradigas —le respondió Melina, cruzándose de brazos y volteándose hacia otro lado—. Además, ¿qué diferencia hará un oso de más o de menos? Osos finos o no, ¿qué comerciante del bajo mundo te comprará tantos ositos y a un precio decente? Aunque claro, siempre pueden ir al algún mercado e intentar vender uno por uno, si es que no asustan a los niños al intentar hacerlo.

—Aunque ganáramos sólo una corona por oso, eso ya sería ganancia —señaló Luchior a la defensiva, aunque luego suspiró para intentar calmarse—. Si no encontramos como vender los osos, quizás podamos vender las toallas…

—Imposible —respondió Arturo, justo cuando entraba al comedor, con el cabello húmedo, totalmente desnudo y con una de las toallas en cuestión alrededor de su cintura, y otra en sus hombros.

—¡Ah! —Exclamó Kristy asustada por tal imagen y rápidamente se cubrió el rostro con el oso de peluche.

—Son las toallas más suaves que hemos tenido —añadió Arturo con emoción—. Hasta hace un poco menos tedioso el tener que bañarse.

Melina suspiró pesadamente al ver esto.

—¿Cuántas veces tengo que decirles que por favor se pongan ropa antes de entrar a cualquiera de las áreas comunes del barco? Recuerden que hay damas en su tripulación; al menos dos.

—¡No me quite mi libertad, doctora! —Pronunció con fuerza, alzando su puño al aire—. Pero el caso es que definitivamente ningún ser humano decente aceptará estas toallas luego de haber sido usadas por nosotros.

El resto de miembros hombres presentes rieron, a excepción de Luchior. Éste último sólo pegó su frente contra la mesa, en actitud resignada.

—A este paso nunca volveremos a tener dinero en nuestros bolsillos…

—Apuesto a que un hombre tan distinguido como tú podrá encontrar alguna mujer que acepte hacerte una rebaja —murmuró Melina con tono burlón.

—¡No sólo estoy hablando de mujeres! —Respondió Luchior, alzando su rostro un poco colorado—. Hay cosas que un hombre necesita en esta vida, y que sólo se pueden conseguir con el suficiente dinero.

—¿Qué más aparte de mujeres y alcohol? —le cuestionó la doctora con curiosidad, mirándolo de reojo.

Por un segundo pareció que iba a responderle algo, pero en lugar de eso se quedó callado un largo rato, como si repasara en su cabeza la lista de cosas que tenía como opciones… o quizás no tenía realmente ninguna lista de la cual basarse.

Como salvado por la campana, la atención de todos se viró abruptamente de él hacia la puerta, cuando la contramaestre Shui se paró justo ahí de golpe, provocando que todos se sobresaltaran asustados. El rostro de la mujer morena estaba más furioso y encendido que nunca. Sus hombros se encontraban tensos, y sus puños tan apretados que temblaban un poco. Recorrió con sus ojos verdes el comedor, viendo lo que todos ahí hacían, y ello, aparentemente, sólo la enfureció más.

Entró hecha una fiera, con pasos tan pesados que casi parecía que agujerarían el suelo. Rápidamente se dirigió a la mesa de Luchior y les arrebató a los dos hombres ahí sentados los dos osos con los que jugaban.

—¡Señor Rodrigo!, ¡señorita Federica! —Exclamó con voz dramática uno de ellos.

Shui se dirigió entonces hacia Arturo y sin decir nada le arrebató también las dos toallas, dejándolo totalmente desnudo.

—¡Ah!, ¡oiga! ¡No haga eso! —Espetó Arturo sorprendido, y rápidamente intentó cubrirse con ambas manos.

A Shui no le importó su queja y siguió hacia Kristy, quitándole el oso con el que se cubría la cara.

—¡Contramaestre!, ¡no…! —Se quejó Kristy, pero se calló al notar a Arturo ahora sí desnudo en el cuarto. Volvió a gritar y se cubrió el rostro con ambas manos.

Aún callada, y casi sacando humo por la nariz, tomó todas esas cosas, se dirigió al baúl y las tiró todas adentro, para después volver a cerrarlo azotando la tapa.

—¡No actúen como si hubiéramos ganado algo!, ¡maldita sea! —Les gritó a todo pulmón, girándose hacia ellos—. ¡Esto…! —Señaló al baúl—, ¡esto no es un botín!, ¡es otras de las crueles jugarretas del destino, patrocinada una vez más por Jude “Cabeza de Imbécil” Carmesí! De nuevo arriesgamos nuestros cuellos, ¡¿y para qué?! ¡¿Por ositos y toallas?! ¡¿Unos mugrosos ositos y unas toallas?!

—No sé qué te sorprende —señaló Luchior, encogiéndose de hombros—. En el fondo todos sabíamos que esto iba a pasar. Siempre que el capitán elige el objetivo, sobre todo guiándose por sus deseos de pegarle un golpe directo a la burguesía de Kalisma y no sé qué más, ocurre algo como esto. Agradece que al menos ayer obtuvimos vestidos y alcohol.

—A mí me gustan las cosas que trae el capitán —murmuró Kristy despacio sin quitarse las manos de la cara—. Siempre son cosas… bonitas…

Shui la volteó a ver en ese momento con mirada casi asesina. A pesar de estarse cubriendo la cara, Kristy sintió que la estaba viendo de esa forma, y un denso escalofrío le recorrió la espalda.

—¡¿Y de qué sirven que sean bonitas?! —Le gritó con fuerza—. ¡Y no es que las traiga porque sean bonitas!, ¡la mayoría del tiempo ni siquiera sabe qué está robando! ¡¿Cuándo se le va a quitar lo imbécil?!

Pateó en ese momento una de las bancas, derribándola al suelo, con todo y dos de los tripulantes que se encontraban sentados en ella.

Melina miró todo esto en silencio, sin muchos ánimos de intervenir. En el tiempo que llevaba ahí, sabía muy bien que no era buena idea entrometerse en el camino de Shui Jun cuando se encontraba en ese estado. Con un poco de tiempo y paciencia, se le pasaría; era más o menos su estado normal tras un ataque que no salía tan bien como ella esperaba. Para cuando sirvieran el desayuno, se enfocaría en eso y se olvidaría de lo demás, o eso esperaba al menos.

Pero el desayuno de hecho se encontraba algo retrasado, debido al incidente completamente inesperado, y sin ningún precedente, que había sucedido tras ese último ataque. En esos momentos, precisamente el capitán, el primer oficial y el señor Lloyd se encontraban encargándose de ese incidente en privado, y todos los demás estaban a la espera de saber cómo concluiría.

—A todo esto —murmuró la doctora, con voz mucho más calmada que la de Shui—. ¿Cuánto más creen que les tome interrogar a esa pobre chica?

—Ni idea —respondió Luchior, al tiempo que se servía un poco más de cerveza—. Pero ciertamente esa fue una sorpresa más inesperada que lo ositos. Me pregunto qué pensará hacer el capitán con ella.

— — — —

La misteriosa chica del baúl de ositos había sido llevada al camarote del capitán para su interrogatorio. Dicho camarote, como era de esperarse, era el más amplio y arreglado del barco. Se encontraba en el extremo de la popa, con unas ventanas amplias por las que entraba la luz de la mañana. Al pie de esas ventanas se encontraba la cama, que era amplia para una persona, aunque quizás un poco pequeña para dos, con sábanas blancas y cortinas rojas colgando a su alrededor, aunque en ese momento se encontraban recogidas. Del lado izquierdo, toda esa pared era prácticamente abarcada por dos grandes libreros, todos ellos llenos por completo de libros de diferentes tamaños y colores; había incluso unos más apilados en el piso. Del lado derecho se encontraba un escritorio de caoba con una silla detrás y normalmente habría dos al frente para las visitas, pero una de ellas en esos momentos estaba siendo usada para otro uso. De ese lado había también una mesa rectangular, con algunos libros y mapas sobre ella. Debajo de esa mesa, había una caja fuerte moderna de color gris oscuro, de tamaño mediano pero de seguro lo suficientemente pesada para no ser cargada por una sola persona.

La chica en cuestión había sido amarrada con sogas de las muñecas, y luego además por todo el torso inmovilizándola también de los brazos. En esos momentos se encontraba sentada en el piso del camarote mientras el capitán Jude la miraba fijamente, sentado él a su vez en una de las sillas del escritorio colocada justo delante de ella. La mirada del pirata era fría, dura e incluso algo desafiante. Tenía sus brazos cruzados y la observaba en silencio e inmóvil; incluso, casi parecía que no parpadeaba. En respuesta, la actitud de la chica de cabellos negros era bastante similar. Lo observaba en silencio, con el ceño fruncido y actitud serena, aunque claramente algunas gotitas de sudor le recorrían el rostro, quizás debido a todos los nervios que sentía en ese momento. Desde su posición en el suelo, aquel extraño hombre pelirrojo y de ojos dorados se veía imponente, casi aterrador; quizás esa era la intención de ello. Su cabello oscuro se encontraba suelto y totalmente despeinado tras las vueltas que había dado dentro de ese baúl, y algunos mechones le caían sobre la cara de forma descuidada y aleatoria.

Lo más estresante del asunto era que aquel pirata no le había dirigido la palabra en absoluto desde que la descubrió. Ordenó que la amarraran, luego que la llevaran hasta ahí, y una vez que la colocaron en el suelo se sentó frente a ella y… eso había sido todo; se había quedado ahí sentado, sin decir nada por largo rato. No sabía qué planeaba lograr con ello, pero cada segundo que pasaba la ponía más y más nerviosa.

Ellos dos no eran los únicos en el sitio, pero la presencia de los otros dos no afectaba realmente el ambiente para bien o para mal. Henry se hallaba sentado atrás del escritorio, y prácticamente desde que entraron había estado ahí leyendo un libro tranquilamente, con sus pies arriba de la mesa. Lloyd, por su lado, se había sentado a un lado del escritorio, y parecía estarse entreteniendo desarmando un par de armas de fuego para limpiarlas y aceitarlas. Cada uno concentrado en sus propias cosas sin intervenir en el “interrogatorio”, pero no eran por ello ignorantes del pasar del tiempo.

 —Ya lleva casi veinte minutos sin decir nada —murmuró Lloyd, lo suficientemente despacio para que sólo Henry lo escuchara—. ¿Cuándo le hará una pregunta?

—No lo sé —respondió Henry, mientras daba vuelta a la página—. Tal vez intenta doblegarla, o cree que puede adivinar sus intenciones con sólo mirarla de esa forma. Como sea, sólo dale un poco más de tiempo.

—Si le damos más tiempo, la muchacha terminará durmiéndose ahí mismo de seguro. —Soltó entonces un agudo bostezo—. ¿Tenemos que recordarle que casi no dormimos nada por este dichoso asalto repentino que se le ocurrió? Un hombre de mi edad ya no tendría que desvelarse tanto…

—Igual te hubieras desvelado bebiendo nuestro último botín de alcohol con Luchior y los otros.

—Al menos hubiera sido por algo divertido…

—¡Ajá! —Escucharon todos de pronto que Jude pronunciaba sin aviso alguno y con fuerza. Lloyd y Henry se viraron de inmediato hacia él, y la joven en el suelo se sobresaltó ligeramente por la sorpresa. El capitán pirata se puso de pie rápidamente, parándose firme e imponente, y la señaló con su dedo índice directo a su frente—. ¡Loreili la polizona!

—¿Eh? —Exclamó la chica en el suelo, parpadeando un par de veces con confusión—. ¿Cómo dice?

—Creíste que no te iba a reconocer, pero nada se escapa a mi ojo observador —añadió a continuación, y señaló a su propio ojo derecho—. ¡Eres la chica sexualmente activa que se atrevió a insultarme con su limosna! Ahora sé que todo ello fue solamente un truco barato para engañarme, ¡pero no te funcionó!

La joven arqueó una ceja, intrigada y totalmente perdida por todo lo que el capitán acababa de espetar.

—¿Chica sexualmente activa? ¿Limosna…? —Entonces todo vino claramente a su mente, y la sorpresa inundó su rostro—. ¡Un segundo!, ¡¿usted es ese loco vendedor del merca…?!

—¡Yo hago las preguntas aquí! —Le interrumpió, señalándola de nuevo con su dedo.

Henry escuchó todo aquello con detenimiento, y entonces le echó un vistazo más cuidadoso a la muchacha. No le pareció familiar en un inicio, pero en ese momento, ya con algo de contexto, eso fue diferente.

—Es cierto, es la sirvienta de esta tarde —comentó despacio, más para sí mismo.

—¿La conocen? —Cuestionó Lloyd curioso, volteando a ver a Henry por encima del escritorio.

—Algo así… Jude la insultó, insinuado cosas que no le constaban.

—Eso suena creíble.

Jude continuó con lo suyo, sin prestarle mucha atención a las palabras de los otros, incluida la propia muchacha ante él.

—Ahora entiendo todo esto —comentó con un tono animado, y entonces se volteó hacia otro lado, tomando su barbilla entre sus dedos y cerrando los ojos un momento—. Sí, ya lo entendí todo; ese bobo del rey es muy astuto, más astuto de lo que pensé… Hace muchos años encontró a una pequeña niña huérfana sin familia, y la tomó y entrenó durante largo tiempo para convertirla en su espía y asesina maestra. De seguro la tuvo siguiendo el rastro del gran Jude el Carmesí por semanas, hasta dar con ese puerto. Ahí se me acercó y con sus habilidades me reconoció a pesar de mi gran disfraz. Entonces ideó todo un plan maestro, aprovechando la visita del gobernador y ese baúl. Sabía que iría por él, y de esa forma yo mismo infiltraría a su espía y asesina en mi barco. Y en la noche de seguro saldría del baúl y me mataría cuando durmiera. ¡Pero no contó con que me daría cuenta de inmediato de su malvado plan y abriría el baúl antes y frente a todos!

Se volteó de nuevo hacia ella, señalándola una vez más con su dedo acusador.

—¡Lamento informarte que tu malvado plan ha fracasado!, ¡Loreili la Polizona! —Sentenció por último seguido detrás por una intensa y estridente risa, que la chica ante él sintió que le taladraba los oídos.

Henry y Lloyd, por su parte, miraban y escuchaban todo aquello con incredulidad… aunque no tanta.

—¿Estuvimos aquí esperando veinte minutos, mientras él estaba ahí sentado construyendo toda esa historia en su cabeza? —Murmuró Lloyd en voz baja, y con marcada molestia.

—De seguro usó mucho de ese tiempo intentando encontrar un nombre que no había usado ya —añadió Henry, notoriamente más calmado.

La más confundida sin embargo, era obviamente la receptora de todas esas acusaciones sin sentido. No entendía bien si eran enserio, o acaso algún tipo de extraña broma. ¿Cómo esperaba exactamente ese hombre que debía reaccionar o responder?

—Escuche, creo que me está confundiendo con alguien más —le comentó con un tono que intentaba sonar calmado, aunque en el fondo quizás no lo era tanto. Se paró entonces como pudo sin poder usar sus manos, lo que resultó ser una maniobra complicada—. No conozco a ninguna Lore… como sea que me haya llamado. Mi nombre es Day Barlton, no soy una asesina, ni he sido entrenada por nadie. Trabajo como sirvienta en la casa del regente…

—Por favor, a otro perro con ese hueso, Loreili —le respondió el pirata antes de que pudiera terminar su explicación. Colocó entonces un dedo sobre frente y la empujó hacia atrás, haciendo que la chica perdiera el equilibrio y volviera a caer de sentón al suelo—. De seguro tenías que decir esa historia para engañarme si te sorprendía en el acto; hasta te dieron ese traje falso de sirvienta que no se ve nada creíble. Muy listos, ¡pero necesitarán más que eso para engañarme!

—¡¿De qué está hablando?! —Espetó Day, ahora con más visible enojo que antes—. ¡No es un engaño!, y este uniforme de sirvienta es muy real, para mi pesar… —susurró lo último muy despacio—. ¿Acaso están jugando conmigo?

Volteó entonces a ver a los otros dos en el cuarto, quizás en busca de algo de apoyo, pero estos parecieron quedarse concentrados en lo suyo, sin mucha intención de involucrarse directamente aún.

Jude volvió a hablar como si lo hiciera a sí mismo, caminando de un lado a otro delante de su visitante forzada.

—Imagínense el coraje que le dará a ese estúpido del rey cuando se entere de que sorprendí a su asesina y que fracasó en su plan.

—¡Qué no soy una asesina! —Le volvió a gritar con fuerza, pero él la ignoró—. ¡Todo esto es un malentendido!

—Y encima de que su plan fracasó, ahora su gran espía es mi rehén, y está totalmente a mi merced.

—¡¿Rehén…?! —Exclamó Day, ahora sí verdaderamente asustada—. No, no, espere… ¿Qué piensa hacer conmigo? —Comenzó a retroceder como podía por el suelo, apoyada de sus pies—. ¿Acaso va a torturarme? ¿O…?

El rostro de la muchacha palideció ante los cientos de pensamientos que le recorrieron la cabeza. Recordaba aquellos relatos que su madre había suavizado, pero la edad se había encargado de llenar los huecos. Y ahora todo ello se materializaba ante ella, en esa penosa y desagradable situación en la que se había metido sin querer y sobre todo sin merecerlo, al menos desde su perspectiva.

—¿Torturarte? —Escuchó que aquel hombre pelirrojo murmuraba pensativo. Luego de ello, se quedó unos segundos en silencio, como si reflexionara sobre el significado de dicha palabra. Su siguiente acción fue girarse hacia Henry y Lloyd, con expresión de incertidumbre—. ¿A los rehenes se les tortura?

Henry se encogió de hombros.

—Nunca hemos tenido que torturar a alguien antes. ¿Es lo que quieres hacer con ella?

Jude no respondió nada, pues parecía tener problemas en decidirlo.

—¿Nunca han torturado? —Susurró Day, extrañada por tal afirmación—. Entonces… ¿qué me harán? ¿Caminaré por la plancha…?

—No creo que tengamos una siquiera —respondió el capitán Jude con simpleza.

—¿Qué…? Entonces, ¿qué es lo que quiere?

El pirata se quedó un rato más en silencio reflexivo. Por un momento pensó que se quedaría otros veinte minutos callado y sin hacer nada, y la idea le pareció de momento más tortuosa que cualquier otra alternativa física que se le pudiera ocurrir.

—Bien, lo tengo —exclamó el capitán tras sólo un par de minutos—. Las cosas serán así, Loreili: tú serás nuestra rehén, y no podrás dejar este barco hasta que el rey en persona acepte pagar por tu libertad, unas… mil… no, diez miel… ¡no!, ¡cincuenta mil coronas! 

—¡¿Cincuenta mil coronas?! —Exclamó la muchacha, más asustada que asombrada por la cantidad descrita; ni siquiera podía concebir que una sola persona pudiera tener toda esa cantidad de dinero junta al mismo tiempo—. ¡¿Acaso está loco?! ¡No hay forma de que alguien en este mundo pague ese dinero por mí! No tengo familia, ni amigos, ni nadie; los señores para los que trabajaba no pagarían ni media corona.

—Ahórrate tus súplicas, sirviente de Kalisma, que aquí no tendrán efecto. Está decidido y punto final: serás nuestra rehén hasta que recibamos el pago correspondiente. Mientras tanto, trabajarás para nosotros para ganarte tu sustento; nadie viaja de holgazán en mi barco.

—¿Trabajar? ¿Trabajar en qué…? —Day miró entonces a cada uno de ellos con desconfianza—. ¿Qué quieren de mí? ¿Acaso quieren que trabaje con… mi cuerpo o algo así…?

—Oh, por supuesto que trabajarás con tu cuerpo, polizona —masculló Jude con un tono malicioso que provocó que a Day se le formara un denso nudo en el estómago que no le permitió respirar—. Trabajarás con tu cuerpo, ¡fregando los pisos, lavando los platos, sirviendo nuestra comida y limpiando nuestros camarotes! —Sacó su sable de su funda de un jalón, y lo alzó en el aire estirando su brazo—. Por el poder que reside en mí como capitán de Fénix del Mar, te nombro Subjefa de Limpia pisos. —Bajó por último la espada, y ante la mirada confundida y atónita de la chica, tocó ligeramente la corona de su cabeza con la hoja.

—¿Quiere que sea su sirvienta? —Masculló despacio, como un pensamiento que se le escapaba sin querer.

—¿Por qué subjefa si no tenemos como tal un jefe de limpia piso? —Cuestionó Henry, curioso.

—¿Y por qué limpia pisos si dijiste que se encargaría de más cosas? —Añadió Lloyd de la misma forma.

—¡Silencio!, ¡ya está decidido! —Les respondió Jude con fuerza, al tiempo que guardaba de nuevo su sable—. Así que a partir de ahora no podrás salir de este barco, y tendrás que ir a todas partes con estricta vigilancia. ¿Quién sabe?, tal vez con el tiempo podamos convertirte a nuestra causa. ¡Imagínate el coraje que le daría a ese obeso del rey al saber que su asesina maestra ahora es de los míos! —Comenzó de nuevo a reír con fuerza, y de nuevo esa ruidosa risa creó una reacción aversiva en la chica.

Toda esa situación le parecía tan irreal, que por un segundo se preguntó si no estaba aún encerrada y dormida en el baúl de ositos, y quizás sólo estaba soñando. Eso explicaría cómo era que alguien tan extraño como ese individuo pudiera existir. ¿Era en verdad el temido Jude el Carmesí? Realmente se veía alto, fuerte, y su mirada parecía la de un desquiciado sin una pizca de moral en su sistema. Pero, no era ni remotamente tan aterrador como el gobernador y el regente lo estaban describiendo. Y la forma en la que hablaba y actuaba, las cosas que decía, y esa risa; parecía como si todo eso fuera algún tipo de juego para él, o una broma de mal gusto. ¿Qué era todo eso de Loreili y una asesina? ¿Y quería pedir rescate por ella?, ¿por una simple sirvienta que no podía importarle menos a la gente que conocía, mucho menos a la que no? ¿En verdad creía algo de eso o sólo la estaba molestando?

Se permitió entonces mirar un poco más allá de Jude, hacia las ventanas a sus espaldas, aquellas desde las que se apreciaba el mar azul, alumbrado por la luz de la mañana, con sus pequeñas olas bailando hacia la misma dirección. Y hacia el horizonte sólo se veía ello: más agua y agua azul, sin ningún rastro de tierra, al menos no desde esas ventanas. ¿Realmente estaba en un barco pirata? ¿Navegando en el mar?; no había tenido oportunidad de pensar al respecto hasta ese momento. ¿Qué tan lejos se encontraba de Torell en esos momentos? La distancia que fuera, era lo más lejos que hubiera estado de esa mansión en su vida, eso era seguro.

—¿Eso quiere decir…? —murmuró de pronto, casi sin proponérselo, y llamando de nuevo la atención del capitán—. ¿Eso quiere decir que tendré que viajar con ustedes… por el mar? ¿Ir a donde ustedes vayan?

—¿Eres retrasada, o qué? —Le respondió el pelirrojo, y entonces le dio varios golpecillos pequeños en su cabeza, que provocaron que lo volteara a ver de nuevo con el ceño fruncido—. Por supuesto que viajamos por el mar, ¿en dónde más podríamos estar? Así que ni siquiera pienses en escapar de aquí, que estamos rodeados de kilómetros de agua. ¡Acepta tu destino, Loreili! ¡Ahora tu vida le pertenece a Jude el Carmesí…!

Lo último ya no era realmente del interés de la sirvienta, pues sólo podía seguir pensando en lo lejos que se encontraba de casa, si es que realmente podía llamar así a aquel sitio, y qué tan más lejos terminaría yendo. Era verdad que unas horas antes se había supuestamente decidido a irse de esa casa de una vez por todas, pero realmente no podía afirmar con completa seguridad que lo hubiera hecho por sus propios pies de no haber ocurrido tal percance. Pero fuera como fuera, de alguna forma ahí estaba, fuera de esa casa… en el mundo, en el mar que tanto la estuvo llamando esos años.

¿Era eso obra del destino? Si lo era, era un destino bastante bromista. ¿Cumplirle su sueño, siendo secuestrada por un grupo de piratas? Era como dejar de estar atrapada en esa casa como sirvienta, a estar atrapada en ese barco… como sirvienta también, al parecer. Si eso no era una jugarreta de una fuerza mayor que se reía a sus expensas, no sabía qué otra cosa pudiera ser.

—Pero anímate, que no todo es tan malo, Loreili —murmuró Jude de pronto, sacándola brutamente de sus pensamientos.

—Me llamo Day Barl… —No pudo terminar sus palabras, pues aquel hombre la alzó abruptamente, haciendo que se pusiera de pie.

—Rehén o no, ahora eres un miembro de mi tripulación —le susurró mientras comenzaba a desatarla de las sogas que la oprimían—. A la fuerza y de manera temporal, pero un miembro más aún. Y como tal, te protegeré como protejo a todos mis hombres y mujeres, y ellos te protegerán a ti.

La joven volteó a verlo, totalmente sorprendida de escucharlo decir eso. Las sogas que la rodeaban cayeron al suelo por sí solas, dejándola libre. Poco después, cortó también las de sus muñecas, mismas que lo agradecieron pues de inmediato se sintieron aliviadas.

—¿Habla enserio? —Le cuestionó, dudosa.

—Claro que sí —Le respondió el pirata con una sonrisa tan honesta, que a Day sencillamente dejó más sorprendida que todo lo demás que había visto en ese cuarto hasta entonces, y eso era decir mucho. Por ese instante, le pareció que aquel hombre era mucho más de lo que ese extraño exterior revelaba, y que quizás realmente en el fondo era un hombre civilizado—. Pero sigues siendo una rehén, aun así. Por lo tanto…

Antes de que pudiera reaccionar, vio cómo se agachaba, y para cuando miró hacia abajo, sólo pudo notar como cerraba el grillete contra su tobillo derecho. Dicho grillete a su vez, estaba atado a una cadena, y esa cadena a una gran esfera oscura del tamaño de un balón.

—¡Oiga! —Exclamó atónita—. ¡¿Es esto necesario?!

—¡Claro que sí! —Le respondió, incorporándose de nuevo—. No quiero que se te ocurra la loca idea de querer saltar de la borda e intentar nadar a casa. Con esto de seguro te hundirías sin remedio.

—¿Y qué pasará si me caigo por accidente al agua? Además de que será el doble de complicado fregar pisos y lo demás con esto.

—¡Debiste haber pensado en eso antes de meterte con Jude el Carmesí, esbirro de Kalisma! —Y de nuevo volvió a reír de esa forma tan molesta.

La poca empatía que había sentido por ese sujeto, se esfumó en un segundo. Estaba claro que era un verdadero demente, y nada más.

—Bien, capitán —intervino Lloyd poniéndose de pie, aunque tuvo que arquear un poco su espalda luego de hacerlo, lo que le hizo soltar un ligero quejido de dolor—. En vista de que ya está decidido el destino de esta chica, ¿por qué no reúne a todos en el comedor para desayunar?, y así podrá también presentarles a su nuevo rehén.

—¡Excelente idea! —Exclamó Jude con entusiasmo, y entonces comenzó a caminar hacia la puerta, aunque se detuvo a medio camino—. Esperen, yo soy el capitán. ¿Por qué tendría que hacer eso yo y no enviar a alguien más a hacerlo?

—Bueno… —añadió Henry, bajando sus pies del escritorio y colocando el libro que leía sobre éste—. Porque como eres el capitán, te oirán y obedecerán más rápido, obviamente.

—Buen punto… ¡bien!, vigilen a Loreili mientras reúno a todos. Recuerden que es una astuta asesina, así que no se dejen engañar.

—Confía en nosotros —le respondió Henry con normalidad, estirando su mano desde su frente hacia arriba.

Jude salió entonces del camarote con actitud relajada, cerrando la puerta detrás de él.

—Bien, bien —murmuró Lloyd con tono neutro. Rodeó entonces el escritorio y se dirigió hacia la chica pelinegra con paso calmado—. Ahora que nuestro capitán se ha ido, ¿qué tal si nos cuentas quién eres en realidad, niña?

—¿Eh? —Exclamó la joven, un poco sorprendida por la pregunta; inconscientemente retrocedió un paso, intentado crear un poco de distancia de aquel hombre; la cadena atada en su tobillo resonó contra los tablones al ser arrastrada—. ¿Qué quiere decir con quién soy? Ustedes no creen también que sea una asesina o algo parecido, ¿o sí?

—Bueno, no es tanto que realmente pensemos que la locura que se acaba de inventar nuestro capitán sea cierta… —miró entonces sobre su hombro a Henry, que seguía sentado en la silla del escritorio, y la observaba con seriedad—. Pero entenderás que tenemos que estar seguros de que no haya acertado por casualidad en algo.

—Ciertamente no es muy usual encontrar sirvientas en un baúl —añadió el hombre rubio, inmutable—. Y además de todo, justo en el baúl que fuimos a robar; es una coincidencia muy grande, ¿no crees? —Apoyó ambas manos en el escritorio, y se puso entonces de pie—. ¿Por qué no empezamos por ahí? ¿Qué hacías dentro de ese baúl?

Day miró a ambos con desconfianza, y la manera en la que ambos la miraban y hablaban, reflejaba que el sentimiento era mutuo. Por un instante extrañó al otro individuo; era raro, pero al menos parecía honesto y transparente. Esos otros dos, sin embargo, le resultaban todo un enigma y un posible peligro inminente; irónicamente, ese era justo el sentimiento que esperaría que le transmitiera el ser la rehén de un grupo de piratas.

El hombre mayor se escondía tras esos grandes lentes oscuros, pero aun así podía sentir como la miraba fijamente; muy, muy fijamente. No sabía si lo hacía como a algún tipo de monstruo, o quizás como un pedazo de carne recién preparado, pero ninguna de las dos opciones la tranquilizaba más que la otra. Tuvo el presentimiento de que, a pesar de su postura encorvada y apariencia frágil, si acaso se atrevía a darle la espalda en el momento equivocado terminaría con un puñal en su espalda, o una bala en la cabeza; así de mala era la vibra que le transmitía.

Incluso aquel hombre rubio y ojos azules, de apariencia tan galante y refinada, no le inspiraba demasiada confianza, aunque tenía que admitir que era quizás el hombre más apuesto que hubiera conocido; aunque claro, no es como si hubiera conocido a tantos, trabajando todo el día en esa casa. Pero definitivamente no era como ella esperaría que se viera un pirata, ni remotamente. Su sola mirada era tan intensa y penetrante que la ponía nerviosa.

Respiró lentamente, intentando tranquilizarse. Su capitán ya le había dictado sentencia, o algo así; esos dos individuos tenían que acatarla de cualquier forma, ¿o no?

—Ya les dije antes quién soy —les respondió con la mayor firmeza que le era posible—. Me llamo Day Barlton, y trabajo como sirvienta en la casa del regente de Torell; eso es básicamente todo lo que hay que decir de quién soy. Y sobre porqué estaba en ese baúl… —Hizo una pausa. Su rostro bajó ligeramente en dirección al suelo, y sus brazos la rodearon a sí misma con aprensión—. Me estaba escondiendo del hijo de los señores…

Este comentario pasmó un poco a Lloyd y Henry, que se voltearon a ver el uno al otro en silencio.

—¿Por qué? —Le cuestionó Henry, y entonces avanzó desde atrás del escritorio hasta colocarse a lado de su compañero.

Day continuó con su mirada baja. Su mano izquierda comenzó a frotarse ligeramente sobre su brazo derecho.

—Creo que comenzó a tener… cierto interés en mí, que no era para nada correspondido. Intenté evitarlo lo mejor que pude, pero creo que no estaba dispuesto a dejar las cosas así, si entienden a lo que me refiero.

—¿Entonces te escondiste en ese baúl, para huir de él? —añadió Henry dubitativo, cruzándose de brazos.

—¡No era mi plan terminar encerrada ahí! —Les respondió rápidamente, alzando quizás de más la voz—. Sólo lo vi en el armario, y tuve que pensar rápido; no se me ocurrió nada más. Luego el gobernador le puso el candado y ya no pude salir, y luego ustedes… bueno, el resto es historia.

Los dos hombres se volvieron a ver entre sí, como si le preguntaran al otro con sus solas miradas si acaso le creían. Day tenía que admitir que realmente sonaba absurdo; no se había dado cuenta de qué tanto, hasta ese momento en el que tuvo que contarlo en voz alta. Pero, aunque sonara extraño e inverosímil, era la pura verdad; no creía tener la suficiente imaginación para inventarse un cuento así, aunque lo quisiera.

—Vaya —exclamó Lloyd con tono de gracia, tomando a Day un poco por sorpresa—. Al parecer sólo eres una chica con muy, muy mala suerte, ¿verdad? —Le preguntó casi como si bromeara, e incluso después comenzó a reír—. Mira que aquí todos tienen su historia de cómo llegaron a ese barco, pero si ésta no es la más interesante, al menos sí es la más divertida.

—¿Ustedes… me creen? —Murmuró la joven, bastante insegura.

—¿Que sólo eres una sirvienta hermosa y apetecible a la que un aristócrata mimado le quiso poner las manos encima a la fuerza? ¿Y que estabas en el peor lugar y momento posible? Yo no veo por qué no podría creer eso…

—Lloyd, por favor —murmuró Henry, casi como si lo reprendiera. Se aproximó entonces unos pasos hacia la joven, y le sonrió por primera vez, con una sonrisa que hizo lucir su rostro aún más hermoso de lo que ya era con anterioridad—. Sí, claro que te creemos, Day Barlton; nadie desea por su propia voluntad estar en un baúl por varias horas, para luego ser secuestrado por piratas; y especialmente en la forma tan poco delicada en que nuestro capitán sacó dicho baúl de ahí. Pero descuida, te aseguro que estás entre buenas personas —miró entonces de reojo a Lloyd—. Bueno, la mayoría, claro…

Lloyd, como respuesta a ese comentario, sólo se encogió de hombros con indolencia.

Day estaba más confundida que antes. Miraba a ambos, esperando que alguno terminara revelándole que todo aquello era una broma, pero ninguno lo hacía; realmente se veían y oían sinceros.

Esos hombres… ¿realmente eran piratas?

—Pero, entonces… ¿qué fue todo eso de Loreili y de que era una asesina? —Preguntó embrollada, señalando con su dedo en la dirección que Jude se había ido.

Lloyd rio ligeramente.

—Veras, cómo pudiste ya haber intuido, nuestro capitán es un poco… excéntrico… —le explicó el anciano—. Pero es inofensivo, no te preocupes.

—¿Es decir que sí está… loco? —Inquirió Day con algo de preocupación.

—Es más complicado que eso —añadió Henry justo después—. Sólo síguele la corriente por unos días, has lo que te diga, y la próxima vez que toquemos puerto te podrás ir, y nosotros le diremos que huiste. Lamentablemente tras nuestro asalto, no podremos acercarte a Torell, pero quizás podamos darte algunas coronas para que compres un pasaje de regreso para allá, o a dónde prefieras si no quieres volver. ¿Te parece bien?

—¡¿De verdad?! —Exclamó la joven, atónita—. ¿Me dejarán ir? ¿Sólo así?

—Bueno, siempre puedes quedarte —murmuró Lloyd con un tono bastante coqueto, por no decir lascivo—. Siempre nos viene bien tener un poco más de compañía femenina por aquí…

La reacción inmediata de Day a eso fue alzar sus brazos de manera defensiva, frente a su torso, y retroceder un poco más; sintió en ese momento el peso de la bola de acero al momento de querer mover el pie.

—No… gracias… —respondió nerviosa por dentro, pero con voz firme—. Aceptaré su primera propuesta…

—Bien —asintió Henry, y entonces volvió a sonreír—. Sólo resiste un par de días más, y podrás dejar toda esta mala experiencia atrás.

—Sí… se lo agradezco…

No sabía si acaso sonaba sincera o no; ni siquiera ella misma sabía si lo era. La idea de que le ofrecieran liberarla de esa situación a la primera oportunidad debería de haberla alegrado y aliviado… pero, no fue así; al menos no del todo.

Miró de nuevo hacia las ventanas, y en especial hacia el mar que ahora se veía más azul que antes. El pequeño paisaje que era capaz de ver por esos cristales, le parecía tan hermoso. La idea de tener que alejarse de él una vez más, le provocó una sensación incómoda en el estómago.

Quizás sólo era hambre…

FIN DEL CAPÍTULO 06

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Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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