Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 42. Mira lo que hice

18 de junio del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 42. Mira lo que hice

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 42.
Mira lo que hice

Mientras todo afuera era un absoluto caos, la verdadera culpable de aquel horro contemplaba su obra desde la sala de seguridad de hospital, con cierto orgullo y satisfacción. Lily Sullivan se encontraba aún sentada delante de la consola, con sus manos apoyadas en ésta. Desde su posición, miraba atentamente a todos los que aparecían y desaparecían de los monitores, aunque en realidad no necesitaba de éstos para poder ver a todas sus víctimas actuales. Pero sí eran una buena guía, como un pequeño mapa para no perderse, pues la cantidad de personas a las que debía alcanzar era mayor a cualquiera que hubiera logrado anteriormente.

Lily creaba horribles visiones en las cabezas de todos esos locos, alterándolos y dejando que sus miedos los consumieran y actuaran en base a ellos. Hacía que vieran a todas las demás personas como horribles criaturas, de piel podrida colgándoles del rostro, dientes amarillentos saltando de sus bocas, y ojos enrojecidos y llenos de pus. La reacción de todos era por supuesto de aversión, terror, y sobre todo de violencia; mucha violencia.

El espectáculo era un real deleite para ella. Tanto caos, tanta confusión, tanto miedo… Se sentía deleitada, e incluso embriagada, por todo ello. Su padre siempre pensó que el miedo era como comida para ella; que se alimentaba de él y la hacía más fuerte. Ella nunca creyó del todo esa afirmación, pero en ese momento se sentía tentada a considerarlo. La sensación que le recorría el cuerpo era exquisita.

De pronto, de entre todos los rostros asustados y confundidos que aparecían en los monitores, uno llamó su atención de manera particular; uno que logró reconocer de inmediato: el de ese odioso detective de Portland que la interrogó y se atrevió a encerrarla en aquel cuarto (con todo y guardia en la puerta). Supo de inmediato que era él, y aquello la tomó ligeramente por sorpresa. ¿Qué hacía ese sujeto ahí?, ¿acaso la estaba buscando? Daba igual, pues sin saberlo se acababa de meter a la cueva del peor lobo que hubiera conocido.

Lily sonrió complacida.

—Vaya, miren a quién tenemos aquí. Mi viejo amigo detective. Justo a tiempo para la diversión…

A su mente vinieron todas las ideas que le habían cruzado por la cabeza para hacer con ese hombre en cuanto tuviera la oportunidad, y ésta al parecer se le estaba presentando delante en bandeja de plata. De seguro su mente cuadrada y simple era incapaz de entender lo que veía, y se estaba preguntando ingenuamente por qué todos estaban actuando como… “locos”. Pues claro, él aún no era capaz de ver nada de lo que ellos veían. Sólo estaba ahí de pie, con su arma en una mano y apenas logrando sostenerla al tiempo que se movía con esas muletas. De seguro deseaba tener un objetivo claro al cual disparar, pues era para lo que mejor servía: para apuntar y luego “¡bang!”. Si eso era lo que él quería, ¿por qué no ayudarle un poco con ello? Eso de seguro lo haría sentir mejor.

—¿A qué le tiene miedo, detective? —susurró, centrando la mayor parte de su atención en ese único individuo.

— — — —

En los pasillos, Vázquez y Cole seguían intentando tranquilizar las cosas, pero parecía no haber ninguna resolución favorable. Todo era una horrible batalla campal de todos contra todos. Las caras eran arañadas, las cabezas estrelladas contra las paredes, e incluso las manos, brazos o cuellos eran mordidos como acto de desesperada defensa. Vázquez, debido a su condición, era el que más difícil la tenía, pero su obstinación era mucho más poderosa que su limitación física.

De pronto, el detective de Portland se detuvo abruptamente sin que Cole lo notara en un inicio. Miraba perplejo a la multitud de personas delante de él, pues su apariencia comenzaba a cambiar, poco a poco, con cada parpadeo que daba. Los rostros de los pacientes y enfermeros por igual se iban demacrando, hasta dejar en su lugar sólo pellejos colgantes adheridos a sus cráneos. El detective retrocedió, atónito. En un segundo, todos esos horribles rostros se viraron hacia él al mismo tiempo, y uno a uno comenzaron a acercársele.

—¡Atrás! —Les gritó con fuerza, alzando su arma hacia ellos—. ¡No se me acerquen!

Vázquez retrocedió asustado, pisando torpemente con sus muletas y cayendo al suelo; su tobillo lastimado le dolió intensamente, pero no realizó exclamación alguna. Todos sus sentidos estaban centrados en esos rostros de mejillas y ojos hundidos, pieles cenizas, y dentaduras manchadas y con faltantes. Esos rostros, todos ellos eran parecidos; todos eran el rostro de…

—Deja de llorar, Roberto —escuchó como uno de esos rostro pronunciaba con voz ronca, en un perfecto español.

—¡Deja de llorar como una puta! —añadió uno más de ellos, con la misma voz de antes.

Se seguían acercando, paso a paso arrastrando los pies. Uno a uno le habló con la misma voz jalada de algún rincón olvidado y frío de su memoria.

—Miren a la niña de mami.

—¿Vas a ir a llorarle a mami?

—No, no, no —musitó el policía, totalmente petrificado, aunque su brazo derecho seguía alzado y su pistola apuntando al frente. Las siguientes palabras también se le escaparon en español—. Tú estás muerto… Hijo de tu puta madre, ¡tú estás muerto!

—Soy un viejo que se caga encima, y aun así sigues temblando al verme, niñita.

—¿A quién crees que engañas con tu disfraz de policía?

—Eres un pendejo, un inútil, y un malagradecido.

—Sólo sabes responder a putazos, igual que tu madre…

Aquel que se encontraba más cerca de él alzó su brazo en el aire, y desde su perspectiva su mano se veía inmensa, como la veía cuando tenía apenas seis años, era un niñito temblando en un rincón de la sala, y el rostro que acompañaba a esa mano no era aún el demacrado por el alcohol y la coca de sus últimos años.

—¡No me toques!, ¡no me toques bastardo!

Tomó con fuerza su arma, con su dedo puesto en el gatillo.

Otra de aquellas criaturas se le lanzó encima con gran velocidad por un costado, tomándolo de su brazo y desviando el arma hacia arriba. El arma se disparó, y la bala golpeó una lámpara en el techo justo sobre ellos, creando una pequeña explosión y una lluvia de chispas.

—¡Vázquez! —Pronunciaba Cole con fuerza, mientras forcejaba en el suelo con el detective de Portland, intentando quitarle su arma—. ¡Lo que sea que estés viendo no es real! ¡Dame tu arma!

Él no lo escuchaba. Seguía pataleando y rostiéndose, escupiendo alaridos en español que Cole no alcanzaba a entender del todo. El arma disparó una vez más, dando ahora contra una pared. Los enfermeros que no eran presas de  alucinaciones iguales o peores a las de Vázquez, no tuvieron más remedio que alejarse asustados del lugar. Los pacientes afectados, algunos también corrieron despavoridos por el pasillo, pero otros más se quedaron en su sitio, gritando aterrados, golpeando las paredes y sus propias caras.

Desde la sala de control, Lily reía más que contenta. Todo aquello era mucho mejor de lo que esperaba.

Cole siguió forcejeando con Vázquez, intentando desarmarlo antes de que lastimara a alguien más. Pero la desesperación y el miedo que lo invadían le habían dado más fuerza de la esperada para defenderse. El sujeto era un testarudo molesto, pero era un policía como él, herido en cumplimiento de su deber, y además estaba alucinando por culpa de un tercero, o al menos eso le parecía a Cole que era lo más seguro. Lo que menos deseaba era lastimarlo, pero al final no tuvo mucha más opción.

A mitad de su forcejeo, le clavó con fuerza su rodilla contra su abdomen, sacándole el aire. Vázquez se dobló sobre sí mismo, exhalando un profundo gemido de dolor. De inmediato Cole le retiró su arma y la arrojó lejos de él. Seguido, le dio un fuerte puñetazo en la cara que hizo que el oficial de Portland cayera de costado al suelo, aturdido, pero aún aun con actitud retadora. Cole se colocó sobre él, y le dio un golpe más, y éste pareció afectarlo aún más que el anterior.

Vázquez permaneció en el suelo, semiconsciente y quejándose del dolor que de seguro le invadía el cuerpo. Cole se paró, agitando un poco sus manos adoloridas por los golpes. Antes de que se pudiera recuperar, arrastró a Vázquez de los pies hacia uno de los cuartos abiertos; no se resistió en lo absoluto. Lo pudo adentro y lo encerró, para su protección y de pasó la de los demás

Respiró profundamente con algo de alivio. Se tomó unos segundos para intentar digerirlo todo, tranquilizarse, y entonces pensar en su siguiente acción. Instintivamente, alzó su mirada hacia una esquina del pasillo, donde se encontraba una de las cámaras de seguridad; ésta lo miraba fijamente como un sólo ojo acusador, con la luz roja sobre éste parpadeando cada cierto tiempo. Tuvo el presentimiento de que el telépata que estuviera causando todo eso, los podría estar viendo justo por esa cámara, y por lo tanto en teoría, él lo estaba fijamente a los ojos justo ahora; a él o a ella.

—Qué aburrido —murmuró Lily desde el otro lado, contemplando el rostro furioso de Cole en el monitor. Poco después, el detective comenzó a andar por el pasillo con prisa, no sin antes agacharse para tomar el arma de Vázquez del suelo—. ¿Vienes por mí? No me hagas reír. Podría hacer que te dispares tú mismo con esa arma en cuanto yo quiera… —su atención se desvió en ese momento hacia otro de los monitores, en donde pudo ver a Esther andando sigilosa. Y justo en el tablero de a un lado, vio a otra persona también deambulando, pero con pasos más modestos, incluso se atrevería decir temerosos—. Pero creo que no estaremos mucho más por aquí para verlo.

— — — —

Samara vagó perdida por un rato entre los pasillos del hospital, sin saber exactamente a dónde debía de ir. No se había cruzado con nadie hasta ese punto, ni había visto de primera mano los estragos que Lily Sullivan estaba provocando en la mente de los ahí presentes. Sin embargo, sí le causaba algo de confusión, y cierta angustia, la soledad que se respiraba. ¿Qué había ocurrido? Y lo que fuera, ¿estaba pasando por su culpa? Si era para que pudiera irse, era probable que en efecto fuera así… Pero, ¿quién estaba haciéndolo exactamente? Le resultaba imposible creer que era directamente a causa de la otra Samara; no tenía ese tipo de influencia, al menos que ella se lo permitiera de alguna forma.

Siguió andando sin rumbo por un rato más. Se disponía a ir hacia donde le parecía recordar que se encontraba la recepción y la puerta principal del hospital (llevaba demasiado tiempo encerrada ahí, y la puerta de salida no era precisamente un sitio al que acostumbran o quisiera siquiera llevarla).

Unos pasos a su derecha llamaron su atención. Pensó por unos momentos que sería algún enfermero que intentaría llevarla de regreso a su habitación. Pensó fugazmente en qué haría si es que se trataba de eso. ¿Le daría un “empujón” como el que le había dado al Dr. Scott? ¿Deseaba tanto poder salir como para hacer eso? Se volteó lentamente en esa dirección. La persona que vio, no era una enfermera. De hecho, era una niña, un poco más baja que ella, con una mochila en la espalda, y que la miraba con cierta ansiedad en su mirada.

—Samara —pronunció con firmeza la extraña—. Eres Samara Morgan, ¿cierto?

La miró atentamente sin responderle de inmediato. No le resultaba familiar, y no estaba vestida para que fuera una paciente de ese sitio. Y además… había algo extraño con ella. Lo percibió en cuánto la vio, pero no supo identificar qué era con exactitud. Algo en ella no concordaba, y eso le causó cierta desconfianza.

—¿Quién eres? —murmuró intranquila, retrocediendo un poco.

—Tranquila —susurró despacio la niña alanzando sus manos hacia ella. Su rostro se suavizó abruptamente y esbozó una gentil sonrisa, que le resultaría quizás adorable si no fuera porque le parecía totalmente falsa—. No tengo tiempo para explicaciones largas, ¿de acuerdo? Dejémoslo en que me llamo Esther, y vine a sacarte de aquí. Y lo voy a hacer por las buenas, o por las malas. —Aún sin dejar de sonreír, acercó sutilmente su mano izquierda hacia su mochila, mientras tenía aún la derecha arriba, quizás en un intento de distraerla—. En verdad no quiero lastimarte, soy tu amiga…

Samara entrecerró un poco sus ojos, aún desconfiada.

—¿Eres quien ella dijo que vendría por mí?

La niña se exaltó confundida, y lentamente hizo que su mano retrocediera de su intento de tomar su mochila.

—No sé a qué “ella” te refieres, pero sí, me envió alguien por ti. Un chico muy guapo, creo que te agradará conocerlo —eso último lo comentó con un muy notorio tono de cotilleo—. ¿Qué dices?, ¿vienes conmigo?

Samara la miró en silencio unos instantes, y entonces alzó sólo un poco su vista por encima de la cabeza de aquella extraña. Y ahí estaba, esa figura oscura parada a mitad de todo ese pasillo blanco y perfecto, resaltando por su estado demacrado y opaco. Ella la miró de regreso; entre todo el mar de cabellos negros que ocultaban su rostro, pudo notarlo, así como que asentía lentamente con su cabeza con señal de afirmación.

Vaciló unos momentos, pero luego asintió ella también de la misma forma. La niña de la mochila pareció sorprenderse, quizás por lo (aparentemente) sencillo que había resultado convencerla.

—Perfecto, rápido —le extendió su mano para que la tomara. Samara lo hizo, y en menos de un segundo después comenzaron a correr despavoridas. Samara casi volaba, pues aquella niña resultó ser más fuerte y rápida de lo que parecía, o quizás ella estaba bastante más delgada y ligera de lo que creía.

—¿Qué está ocurriendo? —Murmuró despacio la joven de Moesko, mirando las sirenas naranjas de la alarma conforme avanzaban—. ¿Tú hiciste esto?

—Yo y otra nueva amiga —le respondió—. También te agradará; debajo de su máscara de antipática, es algo agradable.

Samara no entendió si lo decía enserio, pero no lo pensó demasiado. No sabía a dónde la estaba llevando con exactitud, pero confiaba en qué ella lo supiera.

Mientras avanzaban, por el rabillo del ojo Samara notó una figura moviéndose por otro pasillo adyacente por el que iban. Se viró levemente hacia ella, y en cuanto la vio se detuvo en seco, al parecer aplicando la suficiente fuerza para que el agarre de Esther se zafara y ésta casi cayera de bruces al frente por el repentino cambio.

Una mujer de largos cabellos negros, traje blanco de paciente y un suéter gris sobre éste, avanzaba mirando a todos lados, desorientada. Sus dos manos se aferraban firmemente delante de ella, al parecer sujetando algo.

Samara la reconoció inmediatamente, y su corazón saltó de emoción al hacerlo.

—¿Mamá? —Exclamó con la suficiente fuerza para ser oída en el eco del pasillo. Anna Morgan dejó de avanzar y se viró rápidamente hacia ella con sus ojos abiertos en asombro y confusión. Sí, era ella—. ¡Mamá! ¡Mami!

Samara, sin pensárselo dos veces, comenzó a correr rápidamente por el pasillo hacia ella, antes de que la extraña que había ido a sacarla, según sus palabras, pudiera hacer algo para detenerla. Por primera vez en semanas, el rostro de Samara se iluminó aunque fuera un poco, dibujando lo más cercano a una sonrisa de alegría que le era posible esbozar. Incluso la forma en la que corría hacia su madre era totalmente contrastante con la actitud adormilada y ausente que casi siempre la caracterizaba. Ahora corría, casi brincando de felicidad, como una niña normal feliz de ver a su mamá. Ésta, por su lado, permaneció de pie en su sitio, mirando silenciosa como su hija se le aproximaba, teniendo sus dos manos aún firmes delante de ella.

—Qué bueno que estás bien, mami… —susurró Samara estando ya a sólo unos pasos de ella. Y fue en ese momento que al dar uno de esos últimos pasos, pudo notar de reojo a esa misma figura oscura y demacrada de hace unos momentos, parada justo a un lado del pasillo cuando ella pasó corriendo delante de ella.

—¡Detente! —Le gritó con intensidad la otra Samara, y su voz resonó como eco sólo en su cabeza—. ¡No te acerques más!

Samara la volteó a ver sólo por una fracción de segundo, confundida por tal advertencia. Al virarse de nuevo hacia su madre, sin embargo, la cruel realidad de esas palabras la golpeó de frente.

Anna sacó rápidamente el bisturí que sostenía oculto entre sus manos y lo agitó en el aire, haciéndole una larga cortada en su mejilla a Samara. Ésta retrocedió y cayó de sentón asustada, agarrándose su mejilla que comenzaba a sangrar.

—Tú hiciste esto, ¿cierto? —Inquirió Anna tajantemente, sosteniendo el bisturí delante de ella—. Tú provocaste este caos. A dónde quiera que vas, todo lo que tocas lo corrompes y destruyes. Eres el demonio, ¡el mismísimo demonio caminando en esta tierra!

Esther miró alarmada tal escena. Se aproximó apresurada, y por mero reflejo alzó su arma, apuntando a la mujer con ella. Pero en ese mismo momento Samara se puso de pie delante de ella, evitando que pudiera disparar.

—No, mami… por favor… yo no hice nada… Por favor, mamá… yo te quiero…

Samara dio un paso temeroso hacia su madre, extendiendo su mano libre hacia ella. En ese momento Anna volvió a agitar el bisturí, haciéndole ahora una profunda cortada en su palma. Samara se dobló de dolor, sujetándose su mano y retrocediéndose entre quejidos.

—¡Yo no soy tu puta mamá!, ¡engendro del demonio! ¡Quisiera nunca haberte conocido! ¡Sólo has hecho de mi vida un infierno!

La voz de Anna Morgan resonó fuertemente por el eco del pasillo, e igualmente lo hizo en la cabeza de la propia Esther, que observaba todo aquello paralizada en su lugar. Ya había vuelto a alzar su pistola hacia ella, con su el dedo en el gatillo preparado para volarle la cabeza sin la menor vacilación. Pero esas palabras la paralizaron…

“¡Yo no soy tu puta mami!”

“¡Yo no soy tu puta mami!”

“¡Yo no soy tu puta mami!”

Aquel gritó se repetía en su cabeza una y otra vez, creándole además un dolor que le recorría el cuello y la espalda. Su mano tembló y fue incapaz de disparar. Fue incapaz de matar a aquella mujer; fue incapaz de matar a su madre… otra vez.

Las luces del techo comenzaron a parpadear de pronto, y un aire pesado cubrió por completo aquel pasillo. El suelo a los pies de Samara comenzó a corroerse y romperse, y a tomar una tonalidad ocre y sucia como si un fuerte ácido comenzara a consumirlo. Lentamente la niña alzó de nuevo su rostro hacia su madre. Sin embargo, sus ojos se habían llenado por completo de furia, totalmente ajenos a los jubilosos de hace un rato, y se clavaron justo en la mujer delante de ella.

Aterrada, Anna retrocedió sólo dos pasos, antes de quedarse completamente paralizada y perdida en la profunda oscuridad que consistía los ojos de Samara. Esos ojos… eran los mismos que tuvo aquella ocasión, aquella en la que todas esas imágenes horrorosas y desagradables le inundaron la cabeza, impidiéndole pensar en cualquier otra cosa. Pero ahora era un poco diferente. No había imágenes consumiendo lentamente su cordura. En realidad… no había nada. No sentía nada, no pensaba en nada. Sólo parecía estar flotando en un profundo y oscuro mar de tinieblas…

Sin decir nada, Anna Morgan tomó firmemente el bisturí con su mano, lo alzó hasta su cuello y entonces, ante los ojos atónitos de Esther, y los furiosos y coléricos de Samara, se lo clavó directo en el costado derecho de su cuello, hasta lo más hondo.

Matilda había llegado al pasillo justo en ese momento, quedándose atónita ante tal imagen. Anna se sacó el bisturí una vez, y se lo volvió a encajar. La sangre brotó con un chorro de su herida, cubriendo la pared y manchando su bata blanca. Lo volvió a hacer una segunda vez, y una tercera, como si no fuera capaz de sentir dolor alguno; pero sí lo sentía, vaya que lo sentía todo…

—¡Samara!, ¡no! —Gritó Matilda desde el extremo del pasillo, y rápidamente usando su telequinesis le arrebató el bisturí de la mano a Anna Morgan antes de que repitiera tan abominable acto una cuarta vez. Pero ya era bastante tarde.

La mujer cayó al suelo, primero de rodillas y luego se desplomó de costado. La sangre siguió brotando de su garganta y boca, escurriendo por su cuerpo y manchando el suelo. Sólo entonces Samara pareció reaccionar y darse cuenta de lo que había hecho. Su rostro se suavizó y miró con horror a su madre tirada delante de ella.

—No, no… ¡No! —Gritó horrorizada y se le acercó, abrazándola e intentando colocar su mano en su herida. Sus ropas se mancharon por completo de rojo, al igual que sus manos—. No, mami… lo siento, no quise hacerlo… no quise hacerlo…

Anna la miró con sus ojos vacíos mientras escupía sangre de su boca. Tosió un par de veces, su respiración se agitó un poco cerca del final, y luego… sencillamente se quedó quieta… Sus ojos siguieron apuntando hacia su hija, pero no la estaban mirando en realidad. No miraban nada en lo absoluto, y Samara lo supo.

—No, mami… ¡¡Nooo!! —Gritó Samara con fuerza, y las paredes y ventanas retumbaron. Entonces se abrazó fuertemente del cuerpo de su madre, comenzando a llorar desconsoladamente y manchándose aún más de su sangre. Sus alaridos sonaron con intensidad, opacando incluso el incesante sonido de la alarma.

Matilda se quedó estupefacta unos momentos ante la horrible escena que acababa de presenciar, pero poco a poco se obligó a reaccionar. Se acercó entonces temerosa hacia su pequeña paciente.

—Samara —susurró muy despacio—. Samara, escúchame… —La niña alzó su rostro cubierto de lágrimas y sangre (la suya y la de su madre) hacia ella—. Nada de esto es tu culpa, no…

—Me dijiste que me ayudarías, Matilda… —susurró de pronto entre gemidos—. ¡Me dijiste que me ayudarías a controlar mis poderes! ¡Me dijiste que ya no lastimaría a nadie más! ¡Y mira lo que hice! ¡Maté a mi mamá! ¡La maté!

Matilda volvió a quedarse paralizada ante la imagen delante de ella, la imagen de una niña cubierta de sangre, abrazando el cuerpo sin vida de su madre. La misma imagen que había visto cuatro años atrás, al entrar en aquella casa en Chamberlain.

Esther se encontraba en un estado bastante similar al de ella. Igualmente aquella imagen le traía una oleada de recuerdos y sentimientos que la ahogaban. Sintió de pronto algo que no sentía desde hace mucho, mucho tiempo: ganas de llorar… pero no lo haría, no en ese momento ni en ese lugar. Comenzó abruptamente y sin pensarlo mucho a dispararle a Matilda. La primera bala le dio en el hombro derecho a la doctora, sacándola de sus pensamientos, pero también tirándola al piso. Esther le volvió a disparar tres veces más, pero Matilda esta vez pudo reaccionar, concentrarse y detener las balas antes de que la tocaran. Aquello no sorprendió a su atacante, y de hecho esperaba que pasara justo así.

—¡Vámonos de aquí! —Gritó Esther con fuerza, y tomó entonces a Samara del brazo y la jaló para que se parara. Samara no tenía fuerzas para resistirse y sólo dejó que ella jalara mientras seguía soltando sollozos amargos.

Matilda se quitó las balas de encima e intentó pararse, pero al hacerlo sintió un gran dolor punzante en su hombro que la hizo caer de rodillas de nuevo. La bala había entrado y salido sin tocar hueso ni nada, pero eso no le quitaba el dolor, y mucho menos el sangrado que empezaba a empaparle su blusa. Volvió a intentar pararse otra vez, ahora con mejor suerte. Pasó a un lado del cuerpo de Anna Morgan y corrió detrás de las niñas, mientras aferraba su mano izquierda a la herida lo mejor posible.

Por su parte, mientras corrían, Esther sacó rápidamente su radio comunicador.

—¡Necesito una maldita distracción! —Gritó con ímpetu, esperando que Lily la escuchara del otro lado—. La mujer que me sigue es muy peligrosa.

No hubo como tal una respuesta por parte de Lily, pero esperó que la hubiera escuchado.

Las dos niñas giraron en una esquina, perdiéndose de la vista de Matilda el tiempo suficiente. Cuando la psiquiatra giró en la misma esquina, se detuvo un momento y miró confundida alrededor pues no había rastro de a quienes perseguía. Ante ella sólo se encontraba un largo pasillo, lo suficientemente largo para que al menos las viera a lo lejos pues no se había quedado tan atrás. Pero por la forma del pasillo, no podían haber ido a otro lado que no fuera hacia el frente, por lo que se dispuso a correr deprisa en esa dirección.

El hombro le ardía y había comenzado a sudar.

Siguió avanzando por el solitario pasillo, hasta que llegó a su final… y realmente lo era. No había ningún otro pasillo adyacente, y en su lugar terminaba en una pared con una ventana, perfectamente cerrada e imposibilitada para ser abierta. Pero no había ni seña de Samara y aquella mujer, que estaba segura era la misma que había visto en Portland.

Se giró sobre sus pies, contemplando pensativa las puertas a un lado del pasillo, sospechando que quizás se habían ocultado en alguno de esos cuartos. Un pensamiento razonable, pero equivocado. Sin que Matilda se diera cuenta, la pequeña oculta en la sala de control de seguridad se había metido en su cabeza, y para cuando terminara de revisar la mitad de dichos cuartos, y se diera cuenta que el pasillo único y largo de hecho conectaba con otros que ella no vio, o más bien no pudo ver, ya sería demasiado tarde.

— — — —

—Misión cumplida —pronunció complacida Esther desde el radio que le había dejado a Lily en la sala—. No puedo volver para allá, tendrás que dirigirte a la camioneta por tu cuenta. ¿Podrás hacerlo, mocosa?

—Con los ojos cerrados —respondió sarcástica la pequeña Lily.

Miró de nuevo hacia los monitores y poco a poco dejó que las ilusiones que había causado se fueran disipando una a una; le sería complicado mantener todo aquello funcionando al tiempo que intentaba irse de ese sitio sin ser vista (literalmente). En los monitores se iba viendo las reacciones de alivio, pero también de confusión y, claro, terror que no se desaparecían del todo; incluso algunos de los combates que habían comenzado, parecían no estar dispuestos a apagarse pronto.

A Lily le hubiera encantado quedarse el tiempo suficiente para ver qué tan lejos podía llevar todo aquello; ¿podría incluso hacer que sus pequeñas marionetas quemaran todo ese sitio por su propia cuenta como Emily lo había hecho? Eso hubiera sido divertido de ver. Pero en efecto, era hora de irse.

Colocó sus manos en la consola y se empujó un poco hacia atrás para hacer que la silla rodara lejos de ella y así pudiera bajarse con más facilidad. Sin embargo, antes de que pudiera bajar sus pies lo suficiente, algo la detuvo en seco. Al inicio no lo entendió, y después… tampoco pudo del todo. Sintió como sus muñecas eran apretadas, manteniéndolas fijas e inmóviles sobre los descansa brazos. Y al mirarlas, vio que no era sólo la sensación; sus muñecas estaban rodeadas por gruesas cadenas de grilletes que habían salido prácticamente de la nada.

—¿Qué? —Exclamó sorprendida, y un segundo después más de esas cadenas surgieron, atándole el torso entero a la silla y sus dos tobillos entre sí; esto último le provocó un calambre doloroso, pues su pierna herida se había pegado y frotado con la sana.

¿Qué estaba pasando? ¿Quién había hecho eso?

La silla se giró por sí sola ciento ochenta grados, haciendo que el rostro de Lily mirara justo a la puerta. Su captor, o quién supuso era éste, estaba de pie ahí mirándola con severidad y una profunda concentración, a través del cristal transparente de sus gruesos anteojos.

—Tú debes ser Lily —comentó Cody con algo de dureza, aproximándosele sin quitarle sus ojos de encima. Lily también lo miraba, con una combinación de confusión y principalmente enojo

—¿Tú estás haciendo esto? —Cuestionó con brusquedad—. No son una ilusión, ¿o sí?

—Lo son, pero no cómo las tuyas.

Cody se paró justo delante de la niña, analizándola cuidadosamente. Pudo notar como debajo de su pelo oscuro que le cubría parte de la cara, se asomaba algo del moretón aún presente del golpe que le habían dado, así como las muletas que había recargadas contra la consola. La falda que traía le cubría por completo el muslo y por lo tanto la venda que envolvía su nada agradable herida.

Lo siguiente que notó fue mucho más horrible, y le espantó tanto que no pudo entender cómo no lo había notado en un inicio: los dos cuerpos tirados en el suelo, cada uno con un disparo en su cabeza. Ambos con uniformes de guardias de seguridad, ambos obviamente muertos. Sintió la tentación de desviar su mirada hacia otro lado. No quería tener esas horribles imágenes en su cabeza; receta perfecta para una buena pesadilla. Pero ya era tarde, la imagen de sus rostros pegados contra el charco su propia sangre, no se borraría rápidamente de su cabeza. Decidió entonces virarse por completo hacia a Lily, e intentar no mirar o pensar en nada más.

—¿Estás aquí con Leena Klammer? ¿Por qué ayudas a la mujer que te secuestró?

Lily permaneció callada unos instantes, pero luego poco a poco su expresión agresiva se fue suavizando, hasta cambiar abruptamente a una mirada llena de angustia.

—No sabía qué más hacer —musitó de una forma casi dolorosa, como si estuviera a punto de soltarse a llorar—. No es una niña como parece. ¡Está totalmente loca!, creí que me mataría. Por favor, ayúdeme… —cortó abruptamente sus palabras, soltando un profundo resoplido de agotamiento, y quizás de frustración. Ese supuesto miedo y angustia, que por un segundo Cody estuvo muy cerca de tragarse, se esfumó en sólo un santiamén—. ¿Sabes qué, Cody? Estoy demasiado cansada, y posiblemente drogada por tantas medicinas, como para jugar a eso ahora.

Cody no tuvo mucha oportunidad de pensar en lo raro que era ese cambio tan abrupto de actitud, aún a pesar de lo que había leído en el expediente sobre ella que le había enseñado Matilda. Toda su atención se volcó abruptamente hacia una cosa: la forma en la que lo había llamado.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Murmuró, bastante confundido.

Una de sus teorías tras ver lo que supuestamente había hecho en el pasado, era que podría poseer habilidades telepáticas, así que el de que descubriera algún dato de él no sería tan extraño si podía en efecto leer su mente. Pero… no había pensado en su nombre en ese momento, o no al menos que se diera cuenta. Además, ¿no se supone que tenía una protección especialmente colocada en su mente para prevenir ese tipo de cosas?

Cody comenzó a sentirse nervioso… y quizás más que eso.

Lily, por su parte, sonrió satisfecha con su tan evidente reacción.

—¿Cómo sé el nombre del pequeño y miedoso Cody Morgan que le teme hasta a quedarse dormido? Los miedos y preocupaciones de la gente son los que más fácil puedo percibir; y tú gritas ambos con fuerza. —Su sonrisa se ensanchó aún más, dibujando una mueca bastante perversa en ese pequeño y supuesto rostro inocente—. ¿Qué pensabas hacer exactamente al venir aquí? No eres un héroe, Cody… Eres sólo una maleja de inseguridades y horrores…

¿Había dicho miedos y preocupaciones? Cody recordó de inmediato lo de hace unos momentos, su reacción al ver los cuerpos de los guardias de seguridad. ¿En qué había pensado en ese momento? ¿Qué era lo que le preocupó al pensar en sus pesadillas…?

Cody sintió en ese momento como una larga y pesada mano se colocaba sobre su hombro derecho, apretándoselo con fuerza. Lo siguiente fue el sonido de una respiración pesada y dolorosa, que venía justo de sus espaldas. Se giró rápidamente, y entonces lo vio: aquel ser alto, delgado, de piel opaca, untada sobre su esquelético rostro sin ningún rastro de cabello, con sus ojos hundidos como si fueran sólo cuencas vacías, en cuya oscuridad se asomaban dos pequeños ojos blancos carente de cualquier rastro de humanidad o emoción en ellos. Los labios arrugados de aquella criatura se curvaron en una sonrisa aún más horrenda que la de Lily Sullivan.

Cody soltó un pequeño grito de terror, y rápidamente retrocedió mirando incrédulo aquella figura delante de él. La criatura se le fue acercando con pasos lentos, encorvando su torso hacia un lado y su cabeza hacia otro, sin dejar de mirarlo. Sus largos brazos caían a los lados, retorciéndose mientras avanzaba; podía escuchar el sonido de sus huesos desquebrajándose y tronando.

—No, no puede ser —murmuró Cody, notablemente en pánico. Sin fijarse, tropezó con el cuerpo de uno de los guardias mientras retrocedía, cayendo al suelo de sentón sobre uno de los charcos rojizos—. Tú ya no existes, yo te eliminé.

La criatura soltó un fuerte alarido de golpe, y de su boca salieron decenas de polillas oscuras que comenzaron a volar contra él. Cody cerró los ojos y alzó sus brazos, intentando protegerse de los animales. Sintió como chocaban contra él, revoloteaban en su cabello, e incluso le pareció sentir que alguna de ellas le mordía la piel de las manos. El monstruo abruptamente se lanzó contra él, cruzando la distancia que los separaba en menos de un segundo. Lo tomó de los brazos y lo empujó contra al suelo. Cuando Cody abrió de nuevo los ojos, se encontró de frente con el alargado rostro de la peor de sus pesadillas, mirándolo fijamente desde arriba, aún con esa larga y grotesca sonrisa. Extendió el rostro hacia él, hasta colocarlo justo a un lado de su oído.

—Siempre… estaré… contigo… —Susurró con una voz ronca y agotada, que a Cody dejó petrificado.

Lo rodeó entonces con sus dos largos y delgados brazos y pegó su frío y áspero cuerpo contra él. Y poco a poco, Cody sintió como se hundía en esa piel grisácea, siendo envuelto por ella poco a poco como si fuera el capullo de pupa.

—¡No! —Comenzó a gritar desesperadamente, intentando quitarse aquella cosa de encima, pero le era imposible hacerlo.

Eso era una ilusión, no era real. Esa imagen la había inventado su subconsciente hace muchos años en base a la imagen de su madre biológica moribunda por el cáncer, algo que su joven mente no había podido entender. Y en esos momentos él no la había creado ni tampoco estaba dormido, así que no había forma de que estuviera ahí. Su lado lógico lo sabía, y se lo gritaba con fuerza. Pero aun así, no lograba evitarlo. No podía apartar a aquella cosa. Él, un supuesto experto en ilusiones, no era capaz de librarse de una tan fuerte como esa.

Y ahí se encontraba, retorciéndose de terror en el suelo como si fuera otra vez un niño de nueve años sin comprender lo que le ocurría. No había monstruo ni polillas acechándolo. Sólo Lily Sullivan, que ya hace un rato atrás se había logrado parar de la silla pues ante tal escena, Cody había sido imposibilitado de seguir manteniendo las cadenas que la sujetaban. La niña se paró a un lado de él apoyada en sus muletas, viendo con diversión como se retorcía, manchándose sus ropas con la sangre en el suelo.

—Quizás no pueda hacer mis ilusiones reales como tú, pero no necesito que lo sean: sólo necesito que tú creas que lo son. Aun así, me sorprende ver que lo que esa mujer me dijo era cierto; hay más como yo por estos lares. —Bufó entonces con ironía—. Aunque, difícilmente un ser tan patético como tú pudiera ser considerando mi igual…

Su radio volvió a sonar en ese momento.

—¡Ya vamos llegando a la salida! ¡¿Dónde vas?! —Escuchó la voz de Esther resonar, sacándola un poco de la deliciosa escena que estaba contemplando.

—Ya voy —respondió de mala gana presionando el botón para abrir la comunicación, y luego chisteó con molestia. Al parecer no tendría el tiempo suficiente para acabar con eso—. Quisiera quedarme a platicar, pero tengo prisa. Diviértete.

Mientras Cody sentía que era absorbido por completo por aquella criatura que tenía encima, quedando totalmente inmovilizado y con dificultad para respirar, Lily comenzó entonces a dirigirse a la salida a como el ritmo de sus muletas le permitía. Dejaría esa ilusión activa hasta que estuviera ya a una distancia segura, y tuviera que ocuparse más en no ser vista que en torturar a ese extraño.

En parte le causó algo de agrado la idea de dejar a ese individuo con vida por ahora. Quizás se volvieran a encontrar en alguna otra ocasión, y le podría demostrar de qué más era capaz; y ella igual…

FIN DEL CAPÍTULO 42

Notas del Autor:

La descripción de la criatura que Cody ve al final de este capítulo es la del monstruo llamado Canker Man, originario de la película Before I Wake del 2016.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

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