Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 41. No me detendré

23 de abril del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 41. No me detendré

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 41.
No me detendré

Samara supo con antelación que esa mañana de sábado tendría que hablar con otro de los amigos de Matilda. Ésta se lo había mencionado desde incluso antes de que ocurriera todo el incidente de su habitación. Sin embargo, lo que le fue informado de forma un poco repentina, fue el hecho de que Matilda no podría estar presente mientras se realizaba dicha plática, ya que la psiquiatra tendría que salir a encargarse de un asunto rápido con el oficial que la había acompañado el otro día. La idea no le agradó en lo más mínimo. Se puso nerviosa, e incluso se podría decir que se molestó un poco, pero no lo suficiente para exteriorizarlo demasiado.

Aceptó la petición sólo para no molestar a Matilda, especialmente tras los últimos dos malos ratos que la había hecho pasar. Lo que menos deseaba era que también ella quisiera darle la espalda; quizás no había pensado en ello explícitamente, pero algo de ello estaba presente en su decisión.

Esa mañana, faltando unos diez minutos para la hora pactada, los enfermeros fueron a buscarla a su habitación (o más bien su nueva habitación, pues la original de seguro seguía estando inutilizable para esos momentos) y la llevaron a la sala de observaciones en la que se llevaría a cabo dicha plática. El personal del hospital parecía haber superado un poco su repulsión por ella, pero aún seguían hablándole y tratándola con pinzas, temerosos de hacer cualquier cosa que la pudiera perturbar demasiado. Esto de cierta forma le causaba un poco de satisfacción a Samara, pero no por ello la culpa estaba totalmente ausente.

La sala era la misma en la que había estado anteriormente con Matilda y su amigo policía; aún incluso seguían algunas marcas visibles de lo que había ocurrido en aquel entonces. Los enfermeros no entraron, sólo la dejaron en la puerta y pasaron a retirarse lo más pronto posible en cuanto puso un pie en el interior. Sin ninguna indicación previa, supuso que debía sentarse en la silla del centro, como todas las veces anteriores, y así lo hizo.

Se dispuso entonces a esperar la llegada del misterioso invitado de Matilda. No podía siquiera suponer qué era lo que sacaría de todo ello. ¿Este otro amigo sería también alguien con habilidades como la suya?, ¿así como Matilda y el policía? La psiquiatra le había dicho que particularmente le sería de mucha utilizar hablar con este otro amigo sobre lo que podía hacer. ¿Acaso él podía hacer lo mismo que ella? Ciertamente lo dudaba; comenzaba a creer que no existía nadie ni remotamente similar a ella en ese mundo. Bueno, nadie a excepción de quizás…

Las luces del techo parpadearon de pronto. Instintivamente, Samara alzó un poco su rostro en dicha dirección, contemplando fijamente la luz fluorescente sobre su cabeza, tintineando de manera rítmica como si de algún mensaje en clave se tratase. Se sintió por unos momentos extraída en esa luz blanca, en ese prender y apagar constante, tanto que el pasar del tiempo sencillamente se le resbaló del cuerpo como simple agua…

“Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.”

Samara se sobresaltó en su silla, como si acabara de despertar de un profundo sueño; sin embargo, en realidad más bien parecía que se hubiera metido en uno. Viró su rostro temerosamente hacia el frente, hacia el espejo doble que dividía ese cuarto del adyacente. El escenario que en él se reflejaba no era el mismo en el que ella se encontraba. Era un lugar extraño, aunque de cierta forma horrendamente familiar. Las paredes  en el reflejo se habían despintado y descarapelado, corroídas por el óxido y el moho. El cuarto era apenas alumbrado por una leve luz parpadeante, pero en su mayoría se encontraba a oscuras. Y claro, el agua: todo el suelo se encontraba cubierto de agua, quizás lo suficiente para llegarle hasta los tobillos. Y aunque aquello era sólo una imagen en el espejo, aun así fue capaz de percibir otras cosas, como si ella misma estuviera en aquel lugar: el aire se había vuelto pesado y húmedo, acompañado de un hedor repugnante que hacía que le doliera la nariz. Todo eso era como una repetición de lo que había ocurrido en su cuarto, con la misma apariencia y sensación. Pero aquello no era lo mismo; esto no lo había provocado ella.

Su atención se centró, casi sin querer, en el centro de aquella escena; el sitio justo en el que debería estar su propio reflejo. Y en efecto ahí estaba, sentada en la silla, en medio de la habitación, con su bata blanca, sus manos sobre sus piernas, y sus largos cabellos negros cayendo al frente y cubriéndole por completo su rostro; sólo que ella no tenía su cabello por completo hacia el frente de esa forma, y sus manos no eran grises, arrugadas y con llagas en la piel.

Aquella figura en el espejo se puso de pie abruptamente, aunque Samara en realidad no lo había hecho. Avanzó arrastrando sus pies por el agua, acercándose al espejo lentamente, como si fuera en cualquiera momento a salir de éste como el personaje de algún programa de televisión. Samara se exaltó asustada, pero no fue capaz de moverse de su silla. Era ella de nuevo, ese otro ser… ese monstruo. Rápidamente cerró sus ojos con fuerza y se cubrió los oídos. Aun así, pudo escuchar el sonido el agua moviéndose mientras aquella cosa seguía avanzando; cada vez más y más cerca del espejo.

Samara comenzó a cantar en voz baja, la misma canción que siempre cantaba para sentirse más segura: “Mil vueltas damos, el mundo está girando. Y al detenerse, sólo estará empezando…”

El chapoteó del agua cesó. Aun así, Samara siguió cantando sin abrir sus ojos.

“El sol saldrá. Vivimos y lloramos. El sol caerá. Y todos morimos…”

—¿Me tienes tanto miedo? —escuchó que murmuró la voz ronca, carrasposa y lenta de aquel ser. Sin embargo, no sonó amenazante en lo absoluto. De hecho, a la niña le pareció un poco triste.

Casi por mero reflejo, Samara abrió lentamente sus ojos y miró en su dirección. El reflejo fantasmal estaba justo de pie delante, quieto en la superficie como una pintura colgada en la pared. Alzó entonces su mano y la colocó contra el cristal; Samara pudo notar la piel pálida y arrugada de su mano presionándose contra éste, e incluso algo de agua escurriendo de aquel contacto.

—No te haré daño —volvió a susurrar la misma voz de antes—. Jamás te haría daño. Todo lo que he hecho ha sido para protegerte.

—¿Protegerme? —Exclamó Samara con incredulidad, e incluso con algo de enojo—. ¿Cómo puedes decir eso? Me has hecho hacerles daño a todos a mi alrededor. A mi madre, a Matilda, al Dr. Scott…

La cabeza del reflejo se movió a una velocidad anormal; en un parpadeo ésta se encontraba pegada contra el cristal como si quisiera atravesarlo. Entre todos los largos cabellos negros que caían como cascada, se asomó un único ojo nublado, que la miraba directamente. Samara se estremeció asustada en su silla, y lo que fuera a decir se quedó atorado en su garganta.

—Tú sabes que nada de eso lo hice yo —susurró el ser en el espejo con voz fría—. Tú sabes la verdad…

Samara la miró estupefacta. Sí, sabía la verdad, pero una parte de ella intentaba convencerse de que en realidad no era así. De que todo aquello había sido culpa de aquella presencia, de aquel ser que aún no podía entender del todo. Pero ella misma le estaba diciendo que aquello que tanto temía en el interior de su corazón, era la absoluta verdad.

El ser inclinó su cabeza lentamente hacia un lado, teniendo su rostro aún pegado contra la barrera invisible que le impedía invadir el espacio en el que Samara se encontraba; todo eso sin quitarle su ojo muerto de encima.

—Acércate —espetó de pronto con algo de severidad—. Debo decirte algo…

Samara se pegó aún más al respaldo de su silla, y aunque no respondió con palabras todo su lenguaje corporal indicaba que no tenía intención alguna de separarse de esa silla.

—Es importante… no te lastimaré, sino todo lo contrario.

No tenía ningún motivo para creer en esa cosa, y todo razonamiento consciente que pudiera maquinar en ese momento la llevaba a la misma conclusión. Sin embargo, aun así lo hizo: se puso de pie y comenzó a avanzar lentamente hacia el espejo, hacia el ser atrapado del otro lado; lento, muy lento. A pesar de que el agua que veía en el reflejo no estaba de su lado, aun así podía sentir como si sus pies se estuvieran arrastrando por ésta, empapando su bata. Se paró entonces justo delante de aquel ser, quedándose sin embargo a al menos un metro de distancia, teniendo la inocente idea de que eso bastaría para mantenerla a salvo. Quizás no era así, pero igual aquella criatura no hizo intento alguno de hacer algo más de lo que había prometido: hablar.

—Alguien vendrá por ti pronto. Querrá sacarte de este sitio y llevarte con ella. Debes hacerle caso; vete de aquí sin oponerte y sin mirar atrás.

—¿Por qué? —cuestionó confundida la pequeña.

Hubo un pequeño e incómodo silencio, antes de que el ser en el espejo le respondiera.

—Por qué si te quedas aquí… —La criatura alzó entonces su cabeza, dejando una vez más a la vista de Samara aquel rostro pálido, magullado y con agallas, decorado con sus dos ojos grises y muertos—. Terminarás convirtiéndote en mí…

Samara se sobresaltó un poco al ver de nuevo ese rostro, pero se quedó quieta en su sitio.

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir con eso…?

Instintivamente dio dos pasos más hacia el espejo. La criatura pegó su labios resecos y ásperos contra éste y le susurró despacio, muy despacio. Samara fue capaz de sentir su aliento frío y pútrido tocándole la cara, pero de momento no le molestó, pues las palabras que surgieron de ella la tuvieron mucho más fascinada, perdida en sus múltiples significados e implicaciones. Quizás fueron sólo unos segundos, pero a Samara le parecieron horas. No quería creer en lo absoluto en lo que escuchaba, pero al mismo tiempo le resultaba imposible simplemente hacerlo a un lado e ignorarlo. Ya que todo tenía… bastante sentido, si es que algo en toda esa locura podía tener tal cosa.

La puerta se abrió repentinamente, y en un parpadeo después todo volvió a la normalidad. El reflejo en el espejo era justo el de la habitación en la que se encontraba, con toda su casi dolorosa blancura. Y el rostro que veía ante ella era el suyo, lleno de confusión y desconsuelo. Del agua, de la corrosión, de la humedad, el frío o de la criatura que se hacía llamar también Samara Morgan, no quedó ningún rastro. Sólo en su memoria.

Samara se giró entonces lentamente hacia la puerta, y observó curiosa a quien acababa de entrar: un hombre rubio y de anteojos. Intuyó de inmediato que debía ser el amigo de Matilda, la persona que la vería ese día. Su mente seguía divagando en lo que acababa de oír y escuchar un instante antes, pero poco a poco se forzaba a sí misma para arrastrarse de nuevo al ahora.

El hombre recién llegado le sonrió gentilmente, aunque en su opinión se veía algo nervioso.

—Hola, Samara —le saludó con tono amistoso, avanzando un poco hacia ella—. ¿Cómo estás? —Samara sólo lo miró, sin responderle nada—. Me llamó Cody; nos conocimos la otra noche, ¿me recuerdas?

Samara lo analizó unos segundos en silencio, intentando detectar si le resultaba familiar o no. Su veredicto quedó a la mitad de esas dos opciones.

—Creo que sí. Matilda me dijo que debía hablar contigo. ¿Eres policía también?

—No, soy profesor de Biología. ¿Estudias biología en la escuela, Samara…?

— — — —

Luego de algunas rápidas presentaciones, y de que Cody le demostrara a Samara de lo que era capaz, ambos acordaron trabajar juntos por lo que restaba de esa tarde. Al inicio todo fue muy similar a lo que Samara hizo los primeros días con Matilda: plasmar imágenes en lienzos u hojas, intentando que tomaran justo la imagen que ella deseaba que tomaran, pero siempre terminando viéndose retorcidas y macabras a sus ojos. Mientras hacían eso, Cody le platicó mucho sobre él, sobre cómo fue crecer con sus habilidades, sobre sus horribles pesadillas, sobre el Canker Man y sobre aquellos que de alguna u otra forma habían terminado lastimados por esto. Le contó sobre cómo personas como su madre adoptiva o Eleven le ayudaron a descubrir la forma de manejar mejor todo aquello, a concentrarse y mejorar. Samara escuchó atentamente todo lo que Cody decía, pero no se mostraba particularmente interesada. Y si llegaba a comentar algo, estos comentarios se limitaban principalmente a respuestas cortas y un poco ausentes.

Ya casi al final de su sesión, Cody intentó ver qué podía hacer con un objeto físico. Trajo consigo un muñeco de madera articulado, usado normalmente como referencia para dibujos. Lo colocó delante de Samara y le pidió que lo modificara cómo ella quisiera. Samara tuvo un feo recuerdo de lo que había ocurrido cuando intentó hacer algo así como el rompecabezas que Matilda le había regalado, pero igual lo intentó. Logró hacer que la figura se moviera, cambiara de color, e incluso de forma a una más grande o más pequeña. Pero al final, ante los ojos de ambos, la figura comenzó a correrse como si un fuego invisible la consumiera. Manchas oscuras lo cubrieron poco a poco como un cáncer, y se retorció en sí misma hasta terminar siendo un pedazo deforme de madera opaca y vieja.

Samara miró aquella horrible imagen con cierta apatía; no se veía ni siquiera sorprendida en esa ocasión.

—Lo siento —murmuró despacio.

—Descuida, no te preocupes —le respondió Cody con normalidad, y de inmediato guardó lo que quedó de la figura—. ¿Sabes?, no soy psiquiatra como Matilda. Pero, si tengo que suponer basado en mi propia experiencia con mis habilidades, creo que esto que acabas de hacer, y en los dibujos o en tu habitación el otro día, podrían ser sólo reflejos inconscientes de tu estado mental. ¿Te sientes molesta o asustada en estos momentos?

—Siempre me siento así —respondió Samara con voz algo apagada.

—Sé lo que es eso. Cuando era niño solía sentirme así todo el tiempo, y eso se reflejaba en horribles pesadillas que no podía controlar. Creo que eso es lo que te ocurre, Samara. Todas estas cosas son como pesadillas que estás teniendo despierta. Y si es así, antes de esperar algún resultado diferente a estas pruebas, creo que debes trabajar con Matilda sobre esas emociones negativas que te agobian.

—¿Cómo puedo hacer eso? —espetó Samara de pronto, y a Cody le pareció percibir cierta agresividad en su tono que lo tomó desprevenido—. He lastimado a muchos, y lo que he hecho no desaparece cuando dejo de pensar en ello.

Eso último pareció casi una recriminación hacia Cody, pero éste no se lo tomó personal. Era evidente que se sintiera a la defensiva; él mismo lo había estado cuando comenzaron a ayudarlo con ese tipo de temas. Además, Samara aún no sabía que no todo lo que hacía desaparecía cuando dejaba de pensar en ello… muchos daños perduraban aún después.

—Lo sé —le respondió Cody con calma—. Pero lo primero que debes hacer para poder superar todo esto, es entender que nada de ello es tu culpa. Yo sé muy bien que nunca quisiste hacerle daño a alguien, así como yo…

—No es cierto —soltó Samara de pronto, interrumpiéndole de forma cortante.

Cody vaciló, confundido.

—¿Qué dices?

—Digo que no es cierto. Sí quería hacerlo…

Esa afirmación tan repentina sorprendió a Cody, y no supo interpretar si estaba hablando enserio o si acaso entendía lo que decía. Samara desvió entonces su mirada hacia un lado, algo pensativa, y siguió hablando.

—No al inicio. Cuando dormía, también mis sueños afectaban a mis padres. Intenté no dormir, pero no pude hacerlo. Entonces me mandaron a dormir al establo. Me hicieron una pequeña habitación ahí y era cómoda, supongo. Pero los caballos hacían demasiado ruido de noche y no me dejaban dormir. Sólo quería que se callaran, pero no lo hacían… y entonces yo misma hice que se callaran.

Cody permaneció en silencio. Recordó el incidente de los caballos de su granja que Matilda le había mencionado, pero no sabía que había ocurrido justo bajo esas circunstancias, y sospechaba que Matilda tampoco.

—Mi madre se enojó conmigo por eso —prosiguió, notándosele ahora más congoja en sus palabras—. Me dijo que era un monstruo y me quiso hacer daño. Yo quería que me dejara, que no me lastimara más… y le terminé yo haciéndole daño a ella… Y el Dr. Scott se estaba portando mal conmigo, y hablaba cosas malas de Matilda. Me hizo enojar demasiado, y sólo quise darle un empujón para que me dejara en paz, pero creo que también lo lastimé, demasiado. Todos terminaron lastimados por mi culpa, y porque yo quise hacerlo. Quise convencerme a mí misma de que esa otra Samara lo había hecho, pero no es así… todo lo hice yo…

Conforme fue hablando, su voz fue cambiando gradualmente de ser insensible y apagada, a llenar de angustia, e incluso soltó algunos pequeños sollozos y rastros de lágrimas se asomaron.

—Escucha —musitó Cody con firmeza, inclinándose hacia ella—, no importa si lo quisiste o no. Es normal a tu edad y con tu falta de experiencia perder el control de momentos. No es tu culpa haber lastimado a los caballos o alguna de esas personas.

—Pero lo hice, y en verdad lo siento. Pero… —Guardó silencios unos momentos y entonces lentamente volvió a alzar su mirada hacia Cody. Sus ojos ya no se veían preocupados o triste—. Sé muy bien… que no me detendré. No hasta que aprenda por qué puedo hacer lo que hago.

Había tanto desapego en esas palabras que Cody difícilmente podía creer que vinieran de una niña. De hecho, todo en torno a Samara había cambiado. No parecía ser la misma niña con la que había pasado las últimas horas. Su mirada, sus ojos, todo en ella era distinto. Y algo muy en el fondo de la cabeza de Cody le gritaba una sola cosa: algo no estaba bien, nada bien. La misma sensación de aprensión que tuvo la primera vez que entro a ese hospital volvió, aquella que le decía que no debía entrar, sino huir de ahí. Y esa misma idea comenzaba a surcar por su mente.

—Matilda y tú tienen buenas intenciones, y se los agradezco. Pero ustedes no me pueden ayudar. Necesito encontrar a alguien que sí pueda.

—¿De qué estás hablando, Samara?

En ese momento, justo antes de que pudiera responderle cualquier cosa, las alarmas de emergencia del hospital resonaron con fuerza desde el pasillo, tomando por sorpresa al profesor. Samara, sin embargo, no parecía compartir dicho sentimiento.

—Creo que tengo que irme…

— — — —

Unos minutos atrás, mientras Cody y Samara seguían con sus pruebas, un encargado de limpieza había salido por una de las puertas traseras del hospital, hacia el área en la que se encontraban los contenedores de basura. Cargaba consigo una pesada bolsa oscura de basura, misma que con un movimiento diestro logró introducir en el gran contenedor verde. Había atrancado la puerta que no se cerrera, y así poder tomarse tranquilamente un par de minutos para fumar un cigarrillo. Se recargó contra la pared mientras disfrutaba de sus minutos de descanso. Su turno estaba por terminar, y lo esperaba con ansias. Conforme el cigarrillo se consumía, también lo hacía el estrés y el cansancio de ese largo día.

—Disculpe, señor —escuchó una vocecilla que murmuraba a su lado, justo cuando se encontraba inhalando una profunda bocanada. Lentamente giró su cabeza hacia esa dirección, pero no alcanzó a ver a quién le hablaba; no antes de que el silbido bajo del silenciador cortara el aire, y la bala le atravesara directo por el centro de la nariz y la saliera por la parte trasera del cráneo. La pared detrás de él se cubrió de una densa salpicadura de sangre, y entonces se desplomó a tierra, arrastrando su espalda por el muro. Todo el humo que había inhalado se le escapó de golpe de la boca, y luego su cabeza cayó al frente, con su barbilla contra el pecho. El cigarrillo aún encendido cayó al suelo, y un segundo después un pequeño zapato negro lo aplastó con fuerza para apagarlo.

Los ojos oscuros y duros de Leena Klammer miraron con indiferencia al intendente por unos instantes, principalmente para asegurarse de que no se fuera a mover sorpresivamente; no lo hizo. Guardó de nuevo el arma, con todo y su silenciador, en la mochila que cargaba en su otra mano. Se colocó ésta en la espalda rápidamente y se acercó al cadáver, esculcándolo para buscar su gafete de acceso.

—¿Era eso necesario? —Murmuró con algo de sarcasmo la voz astuta de Lily, acercándosele por detrás apoyada en sus muletas.

—No tengo tiempo para falsas cortesías —musitó Esther, justo cuando ya tuvo el gafete entre sus dedos.

Había sido un viaje cansado desde la Isla Moesko, hasta ese punto tan oculto en Oregón. Tuvieron que tomar una ruta mucho más lenta para rodear Portland. Se detuvieron en Willamina a descansar por una noche, y usó una parte considerable del dinero que le había dado su misterioso cliente para comprar una camioneta algo vieja pero funcional a un chatarrero que estaba dispuesto a no hacer demasiadas preguntas, y a adecuarla para que alguien de la complexión de Esther pudiera conducirla; y gastó algo extra con tal de que la tuviera lista al día siguiente en la mañana. Ese sería su vehículo de escape, al menos el mejor que pudieron haber conseguido en tan poco tiempo.

Para el último tramo de ese viaje, Esther tendría que hacer algo que no le gustaba mucho: adoptar una apariencia bastante diferente a la habitual. Sin maquillaje que ocultara las imperfecciones y arrugas de su cara, sin vestidos infantiles, sin peinados elaborados, y sin gargantillas o pulseras. Tomar, en pocas palabras, la apariencia de una mujer adulta, de baja estatura, pero una mujer adulta aun así. Muchos lo resumirían a asumir la apariencia de quién realmente era, pero esa opinión ella no la compartía. Si acaso en el tramo de carretera que les tocaría conducir le tocaba que algún policía las detuviera, sería más sencillo salir del problema si se presentaba con esa apariencia, y no con la de la niña de nueve años al volante. Igual se arriesgaba a que algún policía estatal estuviera buscando justo a una mujer con su apariencia, pero tendría que arriesgarse un poco.

Igual al parecer tuvieron suerte, pues nadie las molestó en su camino a Eola. Bueno, suerte, o quizás la buena fortuna de alguien que vigilaba su viaje desde lejos.

Estacionaron la camioneta oculta detrás del hospital, y ahí aguardaron a que anocheciera. Mientras esperaban, Leena aprovechó el tiempo para volver a arreglarse y convertirse de nuevo en Esther.

—¿Enserio? —Le había cuestionado Lily desde el asiento trasero, mientras miraba como se volvía a maquillar frente a un pequeño espejo de bolso—. ¿Tanto te asusta tu propio rostro que no toleras tenerlo mucho tiempo al descubierto? Qué patética eres.

Leena la miró de reojo un instante, y luego continuó con lo suyo sin mucha espera. Ella no lo entendería; ella ni nadie. La persona que veía al espejo cuando no estaba arreglada era Leena Klammer, pero ella no era Leena, y no lo había sido por muchos años.

“Llámame Esther. Leena Klammer murió hace ya mucho, mucho tiempo.”

Eso era lo que le había dicho a aquel muchacho el día que se presentó repentinamente en su departamento de Los Ángeles. Y aquello no era un mero capricho o una petición frívola; en su mente era completamente verdad. Lo poco que su padre, las calles y aquel asilo para dementes habían dejado de Leena Klammer, había muerto aquella noche en las congeladas aguas de aquel lago. Lo que había surgido del agua en aquel momento, había sido alguien totalmente diferente… sino es que acaso lo correcto sería decir que fue un “algo”. Eso aún lo sabía. Como fuera, para ella la verdadera máscara era la de Leena, no la de Esther.

Una vez que tuvieron el gafete del intendente, entraron por la puerta que había atrancado y se movieron sigilosamente por los pasillos. Ese era un hospital psiquiátrico, así era mucho menos común ver a dos niñas caminando solas por ahí. Pero aquello no fue problema, pues Lily se encargó muy bien de solucionarlo. Usando sus habilidades, hizo que pasaran totalmente desapercibidas por las tres o cuatro personas que llegaron a cruzarse en su camino. Pasaban a su lado sin mirarlas u oírlas siquiera, y podían de hecho avanzar con moderada prisa; muy apropiado considerando que una de ellas iba en muletas.

Su destino era el cuarto de control de la seguridad del hospital. Una vez que llegaron a dicha puerta, Esther volvió a sacar su arma, e hizo uso del gafete que había tomado para abrirla. Lily en ese punto dejó de ocultarlas, por lo que justo cuando la puerta se abrió, los dos guardias que se encontraban adentro se giraron rápidamente hacia ésta y notaron a las dos niñas paradas del otro lado. Esther rápidamente penetró con pasos apresurados, dirigiéndose hacia ellos sin decir nada.

—Hey, ¿qué hacen…? —murmuró uno de los guaridas parándose de su silla. Antes de que terminara su pregunta, un disparo directo del arma de Esther le entró justo en la frente, haciendo que se desplomara hacia atrás sobre la silla y luego cayera al suelo junto con ésta.

El otro guardia miró estupefacto el arma en las manos de la niña, y luego a su compañero tirado en el suelo. Todo fue tan rápido que ni siquiera logró procesar por completo qué había pasado. No pudo tomar su radio, ni pararse siquiera de su silla, o aproximar su mano a su propia arma paralizadora. De inmediato otro silbido más del silenciador se hizo presente, y la bala le atravesó la sien derecha. Su torso se desplomó al frente sobre la consola de control, la cual comenzó a mancharse de rojo mientras los ojos desorbitados del guardia miraban hacia la pared.

—Vaya, ¿qué pasó con la discreción y pasar desapercibidas? —Murmuró Lily una vez adentro de la sala, y cerrando la puerta detrás de ella—. ¿O con ese silenciador nuevo cumples con ese propósito?

—Al diablo con eso —le respondió Esther mientras se acercaba a los controles del panel. Empujó bruscamente al segundo guardia de la silla en la que estaba para tumbarlo al suelo y así poder ella subirse —. Quiero salir de este agujero lo más rápido posible.

—¿Enserio te molestan tanto los manicomios? ¿Sólo porque estuviste en uno? ¿Tienes miedo acaso de quedarte aquí encerrada?

Esther no respondió, pero en efecto esa afirmación era bastante acertada. Odiaba los sitios como ese, y lo que menos quería era estar ahí más de la cuenta.

Inspeccionó de forma rápidamente el tablero delante de ella, identificando las opciones disponibles. Había un mecanismo de emergencia en caso de algún percance mayor que abría todas las cerraduras electrónicas para así evacuar a los pacientes; eso sería de gran ayuda. Miró entonces hacia los monitores, revisando los pasillos que se iban intercalando cada cierto tiempo. Sería muy oportuno encontrarse a la persona que iban a buscar en alguno de ellos, pero evidentemente su suerte no llegaba tan lejos.

Tomó su mochila y buscó en su interior los dos walki-talkies amarillos que había traído consigo, y le arrojó uno a Lily quien apenas y logró atraparlo antes de que se resbalara de sus dedos.

—Necesito que encuentres a la mocosa y me digas cómo llegar hasta ella —le indicó como una tajante orden—. También necesito una distracción para moverme con más libertad.

Accionó en ese momento la opción de emergencia, y las alarmas comenzaron a sonar con fuerza por todo el lugar, y las luces anaranjadas a parpadear intensamente. Por los monitores, se pudo ver como algunas de las puertas de los pacientes se abrían, y estos se asomaban confundidos hacia los pasillos.

—¿Liberarás a todos los locos? —Preguntó Lily, curiosa.

—Y tú les causarás unas cuantas pesadillas —añadió Esther con complicidad—. Si sabes a lo que me refiero.

Lily pareció extrañarse un poco por tal sugerencia. Miró hacia los monitores. Más pacientes, enfermeros y otros guardias comenzaban a moverse por los pasillos sin entender aún qué ocurría.

—¿A todos ellos?

—A todos. ¿Puedes hacerlo o no?

—Por supuesto —le respondió con marcado orgullo—. Pero con el caos que se cause, no te puedo garantizar que alguno de ellos no te termine atacando a ti.

—Ya me las arreglaré. —Se bajó entonces de a silla, con su mochila en la espalda, su walkie-talkie en un bolsillo y su arma firme en su mano derecha. Se dirigió entonces apresurada hacia la salida—. Avísame en cuanto la encuentres. Y no salgas de aquí hasta que yo te lo indique.

Esther salió entonces por la puerta, cerrándola detrás de sí.

—No es que pueda ir muy lejos con mi maldita pierna en este estado —masculló Lily con molestia.

La niña se sentó en la silla y se giró hacia los monitores, vendo a todas las personas que iban apareciendo. Debía causar un caos, eso lo tenía claro. Y crear caos era justo lo que mejor hacía. Aunque nunca había usado sus habilidades al mismo tiempo con tantas personas, pero siempre habría una primera vez.

Respiró profundamente, se inclinó al frente viendo fijamente a los monitores y se concentró.

Debía admitir que fuera como fuera, la idea de poder hacer tal desastre le causaba cierta emoción.

— — — —

—¿Qué está pasando? —Murmuró Cody confundido, parándose de su silla. Samara no respondió nada.

Las alarmas sonaban con mucha fuerza, y por el pasillo lograba escuchar algo de ajetreo. ¿Sería un incendio?, ¿justo en ese momento? Parecía algo bastante inconveniente… ¿o quizás todo lo contrario? Cómo fuera, ¿qué sería lo mejor?, ¿esperar ahí a que alguien los buscara?, ¿o dirigirse a alguna salida de emergencias? Como profesor, en la escuela le había tocado realizar simulacros y guiado a los niños hacia las salidas; esa era su responsabilidad. Pero, en esa ocasión por algún motivo sentía que estaban más seguros ahí dentro que aventurándose al pasillo. Pero, ¿por qué?, no tenía ningún motivo lógico para justificar ese pensamiento. Aunque… ¿tenía alguno que fuera ilógico?

Dejó su maletín y sus cosas en el suelo y comenzó a avanzar hacia la puerta.

—Quédate aquí —le indicó a Samara, dudoso de si esa sería la acción responsable de un adulto—.  Voy a averiguar qué ocurre y seguiremos hablando de esto. No tardo.

Samara sólo asintió con su cabeza, pero no dijo nada más.

Cody no se permitiría pensar en ello directamente, pero esa parte de su cabeza que le gritaba que se fuera, se sintió mucho más aliviada en cuanto cruzó la puerta y estuvo varios pasos lejos de Samara. ¿Le estaba dando miedo esa niña?, ¿él que se suponía había ido a ese sitio justo para demostrarle a ella que ese pensamiento no era correcto? Mientras se alejaba por el pasillo, se sintió asqueado por esa idea.

Por su parte, Samara permaneció sentada un rato, mirando en silencio la puerta cerrada. Cuando estuvo segura de que Cody ya no estaba cerca de ella, se viró de nuevo al espejo. Y ahí estaba otra vez, la otra Samara asomándose desde el reflejo distorsionado. Esta vez no le sorprendió, pues incluso deseaba que así fuera.

—Es hora —susurró despacio el ser en el espejo—. Debes salir ahora…

Samara no expresó objeción ni duda. Sólo asintió una vez, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la puerta tranquilamente.

— — — —

Sólo unos cuantos segundos después de que el cuerpo del Dr. Scott se desplomara al pavimento entre Matilda, Cole y el Detective Vázquez, las armas resonaron con fuerza, como si ambos incidentes estuvieran de alguna forma relacionados. Cuando esas alarmas suenan, el curso de acción esperado es dirigirse a la salida más cercana, pero Matilda quería hacer justo lo contrario: esa alarma era su señal para entrar lo antes posible.

—Samara, tengo que encontrarla —fue lo único que dijo, antes de avanzar apresurada hacia la puerta.

—Matilda, espera —la detuvo Cole rápidamente, tomándola del brazo con quizás algo de brusquedad—. Déjame entrar primero a ver que todo esté bien.

—No tengo tiempo —le respondió la psiquiatra tajantemente, y de un tirón se zafó de su agarre—. Algo está pasando con Samara, puedo sentirlo.

—¿De qué están hablando? —Intervino Vázquez, acercándose a ellos con sus muletas—. ¿Qué está pasando ahí adentro?

—En estos momentos sabemos tanto como usted, detective —le respondió Cole secamente. El tono de confrontación que habían mantenido antes al parecer no se había esfumado del todo.

De pronto, escucharon un sonido intenso provenir de adentro del hospital, similar a un objeto metálico chocando fuertemente contra el suelo. A ello le siguió un fuerte grito, más golpes similares al anterior, y luego más gritos.

—¿Qué fue eso? —Masculló Vázquez, quién instintivamente acercó su mano al arma que guardaba en su cintura.

Los sonidos se fueron intensificando; parecía como si adentro estuviera ocurriendo algún tipo de pelea. Eso, en lugar de asustar a Matilda, la motivó aún más a adentrarse. Y antes de que Cole pudiera detenerla otra vez, corrió hacia las puertas, atravesándolas sólo un segundo después de que éstas se abrieran lo suficiente para que pasara.

—Matilda —le llamó Cole con fuerza, pero ella no se detuvo. El detective de Filadelfia se lanzó detrás y Vázquez los siguió a ambos, algo más lento pero con su arma en mano.

Al inicio no detectaron cuál era la fuente de todo el alboroto que escuchaban. En el recibidor y en los primeros pasillos todo parecía tranquilo, salvo los gritos y sonidos a lo lejos, así como las respectivas alarmas. Sin embargo, no tardaron mucho en encontrarse con lo que buscaban. Los tres se detuvieron en seco al ver por el pasillo por el que habían girado a un grupo de enfermeros y pacientes. Estos últimos gritaban aterrados, golpeaban a los enfermeros y enfermeras que intentaban calmarlos como fuera, los tacleaban e incluso arañaban y mordían. Era como una pelea campal, justo en ese pequeño espacio.

Todo era un caos, y acompañado además con el incesante sonido de la alarma que taladraba los oídos.

—¿Qué les pasa a todos? —Exclamó Cole, y de inmediato se acercó para intentar separar a un paciente de una enfermera que forcejeaban en el suelo—. ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Qué pasa?!

—¡Monstruos!, ¡todos son monstruos! —Le gritó con desesperación y horror el paciente que estaba sujetando, y qué también intentó atacarlo repentinamente. Cole forcejeó con él, intentando ponerlo contra la pared.

—¿Qué está diciendo? ¿Cuáles monstruos?

—No lo sé —exclamó agitada la enfermera, estando sentada en el suelo pues parecía que aún le era imposible ponerse de pie—. La alarma sonó repentinamente, las puertas se abrieron y en cuanto quisimos encaminarlos a la salida simplemente enloquecieron. Pero estos no son pacientes de estado tan severo, no deberían tener este tipo de episodios. Especialmente todos al mismo tiempo.

Cole no le respondió nada, pero intuyó de inmediato que podía haber una influencia externa provocando todo eso. Tomó con fuerza al hombre que sujetaba e intentó arrastrarlo a uno de los cuartos abiertos.

—¡Policía! —Escuchó como Vázquez gritaba con fuerza, alzando su arma al aire—. ¡Todos cálmense! ¡¿Qué es lo que está pasando?! ¡¿Cuál es la situación…?!

Uno de los pacientes, una mujer de cabello rubio, se le lanzó encima de golpe, derribándolo al piso e intentando justo después arañarle la cara con sus uñas. Vázquez la tomó firmemente de las muñecas, intentando quitársela de encima. Cole de inmediato se le acercó para tomar a la mujer por la cintura y alzarla para quitársela de encima.

—¡Será mejor que se vaya se aquí, detective! —le sugirió Cole, aunque sonó más como una orden. Pero Vázquez claramente no estaba dispuesto a tomar dicho consejo de buena manera.

Mientras ambos lidiaban con esa situación, Matilda se había quedado un poco al margen, analizándolo todo para intentar decidir qué hacer. Eso era bastante grave, y al igual que Cole supuso que algo, o alguien, estaba causando ese comportamiento. Sin embargo, su mente seguía enfocada en Samara. No podía ser una coincidencia que eso pasara en ese sitio y en ese momento. Debía encontrar a Samara y ponerla a salvo lo antes posible. Era una sensación que la empujaba a sólo enfocarse en eso; una sensación muy similar a la que había sentido aquella noche de mayo de hace cuatro años atrás.

Sin decir nada, retrocedió unos pasos y volvió corriendo por dónde venían, para intentar buscar otra ruta hacia donde suponía Samara y Cody debían estar.

—¡Matilda! —escuchó que le gritó Cole, pero de nuevo no lo escuchó. Se alejó corriendo, intentando dejar detrás toda aquella locura.

— — — —

Cuando todo comenzó, Anna Morgan escuchó como saltaba  el seguro mecánico de su puerta y luego la alarma comenzó a sonar, sacudiendo su cabeza de todos los pensamientos que estaba teniendo. Se encontraba unos minutos antes peinando su largo cabello negro con un cepillo, como siempre acostumbraba hacerlo cada noche desde que era niña. No tenía un espejo en ese cuarto, pues por sus aparentes tendencias suicidas temían que pudiera intentar romperlo y usar uno de los pedazos para terminar de cortarse las venas. Pensó con ironía que igual podría haberlo intentado con ese cepillo de plástico, pero definitivamente hubiera sido menos agradable. De igual forma la idea de morir no le cruzaba de momento por la cabeza; no podía permitirse morir antes que aquella cosa que se había metido en sus vidas hasta corromperlas y marchitarlas por completo. Sólo hasta que estuviera segura de que esa niña ya no respiraba, podría plantearse la mejor forma de dejar ese mundo.

Permaneció sentada en su cama, aguardando mientras miraba hacia la puerta. Nadie vino a buscarla o a decirle algo. Su única compañía era el molesto sonido de la alarma.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Espetó con fuerza, pero no escuchó nada como respuesta. Al menos, no de inmediato.

Unos minutos después, justo cuando se había decidido a pararse y avanzar a la puerta, llegaron a sus oídos los sonidos de la confrontación, la pelea y la locura que estaba ocurriendo afuera. Asustada, instintivamente se ocultó detrás de la cama, mirando apenas lo necesario por encima del borde de ésta hacia la puerta. En su mente se imaginó que en cualquier momento entraría por ahí alguna criatura oscura y horrenda, de esas con las que tantas pesadillas había tenido, desde que aquella mocosa del demonio se metió en su cabeza. La podía ver tal y como lo había hecho durante las noches: estirando los largos dedos hacia ella, mirándola fijamente con sus seis ojos dorados e inhumaos, abriendo su enorme hocico cubierto de colmillos sucios y saliva tóxica para arrancarle la cabeza de un solo jalón.

Pero no hubo monstruo ni ninguna otra cosa. Poco a poco los sonidos de pelea se fueron disipando, o más bien alejando como si la conmoción se estuviera moviendo hacia otro lado. Anna salió con cuidado de su escondite, se acercó a la puerta y la abrió sólo un poco para asomarse al pasillo. No vio nada ni nadie al principio. Abrió más y se dio valor para dar un paso hacia afuera. El resto de las habitaciones estaban abiertas. En el pasillo vio tiradas sabanas y papeles, y a su derecha lo que le pareció era un carrito de utensilios médicos, ladeado en el suelo regando por éste jeringas, algodón, bisturís y algunos pequeños frascos con medicamento.

Giró un poco más su mirada hacia el pasillo adyacente, y entonces ahí vio algo que la estremeció y la hizo retroceder. En la pared izquierda había una larga macha de sangre, que se escurría hacia abajo y terminaba en el cuerpo de un hombre de bata blanca, tirado en el linóleo sobre su costado derecho, totalmente inmóvil. A simplemente vista no podía ver de dónde le había brotado esa sangre, o si acaso estaba muerto o sólo inconsciente; y realmente, en ese momento no le importaban tales cosas.

Sintió por un momento el instinto de volver a su cuarto, pero lo contuvo. No sabía qué estaba ocurriendo exactamente, pero algo tuvo seguro: eso lo estaba causando esa… cosa. Estaba volviendo a todos locos, como lo había hecho con sus amados caballos; cómo lo había hecho con ella misma. No le bastaba con destruir su casa y su familia, debía esparcir la muerte y la locura en cualquier sitio en el que pusiera un pie. Ella sabía que eso pasaría tarde o temprano. Se lo había advertido a aquella dichosa doctora, pero evidentemente no la escuchó; nadie lo hacía.

Dependería sólo de ella corregir todo eso.

Se agachó para tomar uno de los bisturís que estaban en el suelo, lo sujetó firmemente entre sus dedos y comenzó a avanzar lentamente por el pasillo. Esa sería quizás su única oportunidad de acabar con esa maldición.

FIN DEL CAPÍTULO 41

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen King.

+ «Carrie» © Stephen King.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario