Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 40. Usted me lo prometió

7 de abril del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 40. Usted me lo prometió

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 40.
Usted me lo prometió

El viaje de tres horas de Boston a Chamberlain le resultó eterno a Matilda. Cruzó la línea estatal de New Hampshire un poco después de las 9:00, y veinte minutos después ya estaba entrando a Maine. De ahí en adelante condujo por la carretera 95 como una desquiciada, a una velocidad que definitivamente no estaba para nada acostumbrada a utilizar. De hecho, un rápido auto diagnostico le hubiera revelado sin lugar a duda que estaba fuera de control, pero sólo se volvió ligeramente consciente de ello la segunda vez que su vehículo casi se salió del camino al tomar demasiado a rápido una curva. Sólo entonces se cuestionó a sí misma si acaso no debía mejor dar la vuelta y volver, pues en realidad no tenía nada concreto que pudiera indicarle que pasaba algo malo en aquel sitio; o al menos no algo tan malo que ameritara ese viaje tan repentino.

Sin embargo, esa visión había sido tan horrible, y la sensación que la acompañó tan agobiante, que no podía sacársela de la cabeza. Ni siquiera sabía qué significaba o si era algo que había ocurrido o estaba por ocurrir. Pero fuera lo que fuera, la empujaba a seguir conduciendo. Sentía que debía ir y asegurarse de que Carrie estuviera bien; sólo así podría estar tranquila.

En algún punto alrededor de las 11:00, el vehículo de la psiquiatra pasó volando a un lado del letrero que mostraba en letras grandes y coloridas: “Bienvenido a Chamberlain”. Poco después de aquel punto, se forzó a sí misma a reducir la velocidad pues ya se encontraba entrando a zona urbana, y lo que menos necesitaba en ese momento es que alguna patrulla la detuviera. Pero no tardaría en darse cuenta de que nadie la hubiera multado, aunque hubiera ido a cien kilómetros por hora.

Cuando ingresó a la avenida principal del pueblo, tuvo que frenar en seco al ver una estampida de gente que corría despavorida por la calle. Detrás de ellos, se distinguían un fulgor anaranjado que sobresalía sobre los edificios, además de un denso humo que comenzaba a cubrir el cielo. Los gritos y aullidos de las personas, eran acompañados por el sonar de las sirenas. Una ambulancia pasó abruptamente a un costado de su vehículo, tan cerca que casi se llevaba el espejo retrovisor. El vehículo de emergencia tuvo que reducir la velocidad un poco más adelante, y comenzó a sonar su bocina con insistencia para hacer que la gente se hiciera  un lado y la dejara pasar.

Todo fue demasiado repentino. Matilda había pasado del silencio y la quietud casi adormecedora de la carretera, a entrar de lleno en una confusión en la locura. Bajó rápidamente de su vehículo. La gente corría a su alrededor, pasándola de largo como si ni siquiera la vieran. Todos parecían asustados, o a lo menos bastante confundidos. ¿Qué era lo que estaba causando tal histeria?

Comenzó a avanzar en la dirección contraria a la que se dirigía la marea de gente. Al doblar en una esquina sobre otra de las avenidas principales, miró atónita el escenario casi irreal que se cernía ante ella: edificios de ambos lados de la calle se encontraban en llamas, posters de luz se estaban caídos, a los menos tres autos se encontraban volcados. El pavimento se había desquebrajado, creando largos surcos en él. Pedazos de piedra, vidrio y metal se encontraban esparcidos por todos lados. Y entre todos esos escombros, logró ver además a varias personas tiradas; algunos se movían y retorcían del dolor… otros no.

La policía intentaba alejar a la gente de aquel sitio, y algunos paramédicos hacían lo posible para acercarse y ayudar a los heridos. Había tres camiones de bomberos intentando apagar los incendios, pero a simple vista se veía que no se daban abasto.

Era como la escena de desastre de alguna película, pero era algo totalmente real.

Matilda se forzó a avanzar un poco más, acercándose cómo pudo a un policía que ayudaba a avanzar a una mujer; ésta tenía un tremendo golpe en la frente, y la sangre que brotaba de la herida le bañaba la cara.

—Permítame, soy doctora —le indicó con ímpetu para que la escuchara. El oficial se detuvo y entonces Matilda tomó el rostro de la mujer y revisó el golpe, así como sus pupilas para verificar su estado—. ¿Puede escucharme? Siga mi dedo… —Extendió su dedo índice y comenzó a moverlo de un lado a otro frente al rostro de la mujer; ésta lo siguió únicamente moviendo los ojos a su mismo ritmo. Estaba aturdida y el shock, pero parecía relativamente bien; aunque sólo un radiografía podría confirmarlo—. Que le vendan ese golpe y la lleven al hospital.

—Si es que aún queda un hospital al cuál llevar a toda esa gente —respondió el policía con tono de frustración, aunque aquello era quizás un comentario más para sí mismo.

Al apartar sus manos de la mujer, Matilda se dio cuenta de que éstas se habían manchado de sangre. Tuvo el impulso involuntario de limpiarlas contra su pantalón, acto del que se arrepintió un segundo después.

—Oficial, ¿qué pasó?, dígame —le preguntó al policía.

—No lo sabemos con seguridad  —le respondió éste, justo antes de volver a avanzar junto con la mujer—. Dicen que hubo una explosión en la preparatoria, y ahora todo el pueblo es un maldito infierno.

—¿En la preparatoria? —El baile de Carrie se le vino a la mente de inmediato, y a éste pensamiento le siguieron varios mucho peores—. ¿Fue un accidente? ¿Una fuga de gas?

—No, fue… fue… —Parecía por un momento que el oficial quería decir algo, pero abruptamente vaciló, como si se le dificultara darle forma a sus ideas.

—¿Qué? ¿Qué fue?

El oficial balbuceó dudoso. Se volteó hacia otro lado como si buscara la respuesta entre la multitud a su alrededor.

—Carrie White —soltó de pronto la mujer a la que llevaba, tomando desprevenida a la psiquiatra. La mujer miraba ausente hacia el suelo—. Fue ella… fue Carrie White…

Matilda sintió un nudo en su estómago al oír eso.

—¿De qué habla? ¿Está segura de eso? ¿Dónde está Carrie?

—Yo… no lo sé… —murmuró dudosa, volteándola ver lentamente—. Ni siquiera sé quién es Carrie White…

Matilda se quedó estupefacta al oír eso. Miró al oficial, y éste no dijo nada pero parecía convencido de secundar tan afirmación.

—Aléjese de aquí, señorita —le indicó el policía, comenzando a alejarse—. ¡Puede haber más explosiones!

La castaña se quedó unos segundos en su sitio, extraviada en sus propios pensamientos. Luego de unos momentos, logró moverse y comenzó a avanzar con rapidez de regreso a su auto.

La reacción de esa mujer y de ese policía no era algo normal. ¿Qué habían visto u oído para estar en esa condición?, ¿y qué tenía que ver Carrie con eso? ¿Realmente ese escenario tan horrible podría haber sido causado por ella cómo esos dos individuos parecían suponer? Comprendió al menos uno de esos puntos justo cuando se sentó de regreso en el asiento del conductor de su vehículo: estaban teniendo pensamientos implantados.

No había tratado lo suficiente a Carrie para saber si poseía o no habilidades telepáticas, pero sabía que era algo bastante posible. Y si sus habilidades se habían salido por completo de control, podría estar implantando sus pensamientos en la gente a su alrededor sin que se diera cuenta. Pero, ¿a esa magnitud? ¿A toda esa gente al mismo tiempo? ¿Qué era lo que había pasado para alterarla tanto? ¿Y toda esa destrucción?

Una parte de ella aún se rehusaba a creer que Carrie pudiera ser responsable de tal desastre. Pero… ¿acaso no lo había visto ella misma?, ¿no había sido testigo de la cantidad de violencia de la que era capaz? Si algo lo suficientemente malo había ocurrido en el baile, no podría asegurar seguridad qué podría ocurrir y qué no. Lo cierto era que si la telequinesis de Carrie era tan fuerte como ella suponía, potencialmente podría ser capaz de hacer todo eso… y más…

No, no podía dejarse llevar por ese pensamiento. Tuviera o no que ver con todo eso, debía primero encontrar a Carrie y ver que estuviera bien. Luego la ayudaría a superar todo eso.

Apretó sus manos con cuidado contra el volante, cerró los ojos y respiró hondo. Ser rastreadora no era lo suyo, pero si Carrie se encontraba transmitiendo sus emociones y pensamientos con esa intensidad, quizás incluso ella podría detectar en dónde se encontraba. Después de todo, aquella visión le había llegado por un motivo; debía haber algún canal abierto por el que pudiera dar con ella. Tardó un poco, pero al final pudo ver algo: la imagen tambaleante de una casa, que poco a poco se acercaba hacia ella.

Abrió sus ojos abruptamente, y se dio cuenta en esos momentos que un par de lágrimas se le habían escapado y resbalado por sus mejillas. Esa reacción… supuso que no era suya en realidad. Pero no tuvo tiempo de pensar en ello demasiado. Había reconocido la casa, y era el lugar obvio para comenzar a buscar.

Encendió el motor, metió reversa mirando hacia atrás para cuidar que no estuviera nadie en su camino, y entonces se metió entre las calles para dirigirse al sitio que había visto.

— — — —

Luego de conducir por unos minutos, se dio cuenta de que se había alejado casi por completo del caos que reinaba en el centro. A diferencia de la avenida principal, la calle en la que se encontraba la casa de Carrie y su madre estaba en silencio, y totalmente sola. Aun así, los destrozos no estaban del todo ausentes. Mientras avanzaba, se encontró con otros dos autos volcados y algunos posters caídos. No había luz en ninguna farola o en alguna casa, por lo que su única guía entre toda esa penumbra eran las luces frontales de su auto, y un poco de lo que lograban alumbrar las estrellas y la luna.

A lo lejos, sin embargo, logró distinguir un pequeño punto iluminado. Era luz de velas, que se filtraba a través de las ventanas de una casa en particular. Matilda se estacionó justo delante de la casa, sin preocuparse en absoluto en hacerlo de la manera correcta pues incluso terminó arriba de la acera. En cuanto apagó el motor, escuchó un fuerte alarido surgir de adentro de la casa, el cual la hizo estremecerse del asombro, seguido después por un agudo llanto.

—Carrie…

Se bajó apresurada del vehículo, sin siquiera preocuparse por cerrar la puerta detrás de ella. Corrió desde la banqueta directo hacia la puerta de la casa, que evidentemente se encontraba abierta. A medio camino se detuvo al notar algo que era visible gracias a que tampoco se había percatado de apagar las luces del auto. En el suelo de concreto que llevaba de la acerca a la casa, se habían pintado huellas de pies descalzos que apenas y se notaban; huellas rojas.

Siguió avanzando, subiendo con apuro los escalones del pórtico y luego abriendo la puerta de par en par. El aire en el interior le pareció abrumadoramente pesado. Todo el sitio estaba alumbrado por velas colocadas en diferentes puntos de la casa. Volvió a escuchar el llanto; parecía venir de la sala. Tuvo que avanzar sólo unos pasos en dicha dirección para ver la que sería hasta ese momento la imagen más horrenda que había visto esa noche… o quizás en toda su vida.

El cuerpo sde Margaret White yacía en los brazos de su hija. Su camisón blanco se encontraba totalmente impregnado de sangre, hasta volverse casi por completo rojo en el área del torso. Tenía al menos cinco objetos encajados en su pecho y abdomen, entre los que distinguió cuchillos y algunas tijeras; había más objetos similares con sus filos manchados de rojo en el suelo. Los ojos de la mujer estaban cerrados, y su rostro en general se veía tranquilo y en paz. Estaba muerta; lo supo en cuanto la vio. Los agudos y desconsolados sollozos que había escuchado brotaban de Carrie, que la abrazaba contra sí con fuerza. Simplemente supo que era ella, quizás un poco debido a los pensamientos implantados que aún le llegaban, ya que en realidad se encontraba prácticamente irreconocible en esos momentos.

Todo su cuerpo se encontraba pintado de marrón y rojo, desde su cabello hasta los pies. La sangre se había comenzado a coagular, pegándose a su piel hasta el punto de que era difícil distinguir cuando estos dos se dividían. Su vestido estaba sucio y hecho girones. Sus pies estaban descalzos; eran de seguro de ella las huellas que había visto afuera. Su cabello enmarañado y endurecido por la sangre, le caía sobre el rostro. Y en su hombro derecho, tenía incrustado por completo un grueso cuchillo de carnicero, y sangre fresca y roja surgía de ésta horrible herida, empapándole su brazo y pecho, y manchando aún más el camisón de su madre.

Era una escena totalmente vomitiva para Matilda, que la dejó prácticamente petrificada en el umbral de la sala e incapaz de pronunciar absolutamente nada. Carrie al parecer se dio cuenta al final de su presencia, y lentamente alzó su rostro demacrado hacia ella. Éste también estaba cubierto de sangre, grasa, rastros de hollín y, claro, lágrimas que habían dibujado su recorrido en las manchas marrón de su rostro. Sus ojos se encontraban irritados, pero… no lucían particularmente tristes.

—Oh Dios, Carrie… —pronunció Matilda despacio, ocupando demasiado esfuerzo para poder siquiera decir eso.

Carrie la miró en silencio unos segundos. No parecía ni sorprendida, ni aliviada, ni molesta de verla; era como si en realidad no la viera. Miró entonces de nuevo a su madre entre sus brazos.

—Quería su consuelo, quería que me dijera que todo estaría bien —comenzó a susurrar algo divagante—. Quería que me protegiera como una madre de verdad lo haría. Pero en su lugar… me lastimó… —La soltó abruptamente, dejando que el cuerpo se desplomara al suelo y se golpeara la cabeza contra éste. Aferró entonces su mano izquierda contra su hombro herido, apretándolo como si de esa forma pudiera aliviar un poco el tremendo dolor que le causaba—. ¡Me lastimó como siempre lo hizo! Yo no quería hacerlo… o quizás sí… pero todo fue su culpa, de ella y de todos ellos… ¡Ellos me hicieron así! ¡¿Por qué no pudieron dejarme en paz?! ¡Mire en lo que me han convertido!

Se viró de nuevo hacia Matilda, soltando más alaridos pero no de tristeza, sino más bien de desesperación, enojo y frustración que tenían que salir de alguna forma. Matilda sintió entonces como las ventanas temblaban y las paredes crujían.

—Carrie, cálmate, por favor —susurró despacio, aproximándose lentamente a ella—. Ya estoy aquí, y voy a ayudarte…

—No necesito más ayuda… —susurró tajantemente, clavando sus fríos ojos azules en ella—. ¡Y menos de usted!

El cuerpo de Matilda fue abruptamente empujado hacia atrás con fuerza. Su espalda se estrelló contra la pared, rebotando en ésta para luego caer al suelo bocabajo.

—Carrie… —Murmuró aturdida. Sintió un agudo dolor recorriéndole el cuerpo, aunque se calmó poco después.

Carrie intentó levantarse mientras aún sujetaba su horrible herida. Se tambaleó a medio proceso, volviendo a caer de rodillas.

—Usted me lo prometió —comenzó a decir de pronto—. ¡Me prometió que me ayudaría!, ¡me prometió que todo estaría bien! ¡¿Le parece que algo de esto está bien?!

Extendió su mano hacia un lado con fuerza, y parte de la sangre que se había acumulado en su palma se separó de ella, dibujando una curva en el suelo.

—Carrie, tranquilízate, por favor —susurró Matilda calmada mientras intentaba levantarse de nuevo—. No dejes que tus emociones descontrolen tus habilidades. Tú puedes controlar esto, el poder es tuyo…

Carrie respiraba con agitación. Se veía mareada y débil, posiblemente por todo el exceso que había cometido en el uso de sus habilidades y por la herida de su hombro que a simple vista podía ser potencialmente mortal. Aun así, volvió a intentar ponerse de pie y en esta ocasión lo hizo. Se paró sobre sus pies descalzos, tambaleándose un poco pero logrando permanecer de pie.

—Sí, es verdad… Yo puedo controlarme… Pero no quiero hacerlo…

La joven jaló de pronto su mano hacia un lado, y el cuerpo de Matilda se elevó y voló por lo aires, atravesando la sala hasta llegar al comedor, y entonces cayó bocarriba justo sobre la mesa. Los platos u adornos que ahí se encontraban fueron derribados. La patas de la silla crujieron, pero ésta se mantuvo erguida.

Matilda se sintió bastante aturdida por ese movimiento tan brusco. Alzó su mirada como pudo hacia la puerta del comedor. Pudo ver como la figura oscura, casi espectral, de Carrie avanzaba hacia ella con pasos lentos. Se seguía sujetando su hombro herido con fuerza.

—Usted es como todos —espetó Carrie con voz carrasposa—. Presionando y presionando hasta que todos hagan lo que usted dice… Me dijo que me impusiera a mi madre, me dijo que fuera a ese estúpido baile. ¿Y todo para qué? ¿Para esto? Quizás era lo que quería que pasara, ¿o no?

—Carrie, no sabes lo que estás diciendo —murmuró Matilda adolorida, intentando levantarse de la mesa—. No estás pensando con claridad…

Matilda volvió elevarse abruptamente, ahora en línea recta hacia arriba hasta casi tocar el techo. Luego volvió bajar con gran fuerza hasta estrellarse contra la mesa. Ahora sí las patas cedieron, y la tabla de madera y ella se desplomaron al piso. La psiquiatra soltó un agudo gemido de dolor por el golpe. Se giró, recostándose sobre su costado derecho y ahí se quedó por unos segundos en los que intentaba recuperarse. Sintió como Carrie se le aproximaba hasta pararse justo delante de ella.

—Las niñas buenas leales a Dios no piensan —declaró la joven con dureza. Los pedazos de madera sueltos de la mesa y las sillas se elevaron lentamente, colocándose por encima de Matilda y señalándola como si fueran estacas—. Hacen y dicen lo que su voluntad les dicta. Y su voluntad me dice que tengo que destruir este pueblo lleno de pecadores y paganos, de albergues de carretera y alcohol, ¡en donde ser buena y pura es maldito delito!

Las estacas se dirigieron como proyectiles directo al cuerpo de Matilda tirado en el suelo. Sin embargo, éstas se detuvieron abruptamente y quedaron suspendidas a sólo unos centímetros de su cuerpo. La castaña comenzó a alzarse lentamente, y aquellos palos lo hicieron con ella. Se giró rápidamente directo hacia Carrie, y en el mismo movimiento las estacas con las que la había amenazado volaron hacia un lado, y el cuerpo de Carrie fue empujado hacia atrás; sus pies se arrastraron por el suelo, y su espalda quedó contra la pared. Su cuerpo quedó paralizado, y miraba a la doctora con sus ojos totalmente abiertos y desorbitados; no parecían ojos de una persona consciente en realidad.

Matilda estaba desarreglado, y algo de su ropa se había rasgado además y tenía algunos raspones menores. Pero su mirada era firme y dura, y la tenía clavada justo en su repentina atacante.

—Por favor, Carrie —comenzó a susurrarle intentando sonar lo más calmada posible—. No me obligues a lastimarte… No quiero hacerlo…

Carrie la miraba en silencio. Aspiraba pesadamente por la nariz, y sus labios se apretaban con fuerza entre sí. De nuevo, las paredes y las ventanas comenzaron a temblar.

—Debió haberse apartado de mí cuando se lo pedí la primera vez, Dra. Honey…

El estruendo de todas las ventanas de la casa estallando resonó con gran intensidad. Pedazos de vidrio comenzaron a surcar el aire como langostas voraces en busca de su presa. Matilda tuvo que soltar a Carrie y agacharse para esquivar las letales dagas. Un vidrio rasgó su chaqueta en el hombro derecho y le hizo una herida superficial; casi inmediatamente uno más hizo algo similar en su pierna. Se agachó detrás de uno de los muebles del comedor en un intento de refugiarse, pero igualmente estos la alcanzaban; incluso uno pequeño se incrustó en el dorso de su mano.

Miró de reojo a Carrie. Ésta había caído al suelo una vez que la soltó y ahora la miraba desde su sitio con una ira tan incomprensible para ella. Toda esta horrible situación no era culpa de la joven, pero si no hacía algo ambas terminaría como su madre.

Matilda cerró sus ojos unos segundos, respiró lentamente y en su mente dibujó una imagen bastante similar a la que Eleven le había enseñado la primera vez que se conocieron. Vio la estufa de la cocina de su casa de la infancia y la llama azulada de la hornilla apenas un poco visible. Estiró su mano hacia la perilla y lentamente la fue girando, poco a poco mientras su respiración se iba acelerando al mismo tiempo. La siguió abriendo hasta que la llama de la hornilla se elevó con fuerza como una ardiente llamarada azul.

Abrió de nuevo sus ojos abruptamente. Sus pupilas se habían ensanchado, su mandíbula se tensó y las venas de sus sienes palpitaron. Los pedazos de vidrio se fueron deteniendo uno a uno justo en su lugar, hasta quedar suspendidos a su alrededor como copos de nieve congelados en el tiempo. Matilda se alzó lentamente de su sitio apoyándose en el mueble tras el que se escondía. Pasó su vista pasivamente por su alrededor, y uno a uno los pedazos de vidrio fueron estallando, dejando sólo pequeños rastros de polvo brillante que cayó al piso como un pequeño rocío.

Carrie miró todo aquello con cierta fascinación, pero la ira que la consumía no se apaciguó ni un poco. Se apoyó en su brazo sano lo suficiente para sentarse, y entonces la mesa salió volando estrepitosamente contra Matilda. Ésta alzó sus manos hacia ella y la mesa, no sólo se detuvo de golpearla, sino que se partió en dos, cayendo cada mitad a un lado de ella. Carrie comenzó a arrojarle con su telequinesis lo que fuera: tazas, platos, pedazos de madera, las sillas que seguían intactas, los cuchillos que le había sacado a su madre, todo lo que pudiera se lo arrojaba como un mortal proyectil. Estos, sin embargo, no tocaban a su objetivo. Matilda avanzaba lentamente hacia ella, y todo lo que le arrojaba le sacaba la vuelta y se encajaba en las paredes o en el piso sin rozarla; a excepción de unas tijeras, que si le hicieron una cortada horizontal en su mejilla izquierda, pero ni siquiera pareció sentirla.

Todo esto sólo hacía que Carrie se enfureciera más y más. Soltó un fuerte grito que exteriorizaba toda la frustración y coraje que tenía dentro. Este acto fue acompañado de una fuerza explosión de energía que empujó todo lo que tenía cerca en todas direcciones: los muebles, los cuadros, los fragmentos, todo voló, incluso Matilda no pudo evitar ser víctima de ello. Fue arrastrada hacia atrás por ese golpe, pero logró mantenerse firme y no caer. Alzó su mano hacia Carrie  en un intento de inmovilizarla con telequinesis antes de que intentara algo más. Sin embargo, la rubia logró hacer exactamente lo mismo, alzando su único brazo sano hacia ella.

Ambas se quedaron quietas, sintiendo como la energía que brotaba de la otra las envolvía, pero al mismo tiempo la propia intentaba repelerla. A su alrededor, y especialmente en el espacio entre ellas, comenzó a percibirse una pesada presión. Las paredes de la habitación comenzaron a desquebrajarse al mismo tiempo que el suelo. Los objetos pequeños y pedazos de papel comenzaron a agitarse como si un pequeño tornado se hubiera formado entorno a ellas. Ambas sentían como eran empujadas hacia atrás, pero se resistían a ceder. Matilda nunca había experimentado algo así. La energía que las envolvía era tan intensa que sentía que si daba un paso en falso, su cuerpo quedaría hecho polvo.

Las dos gritaron al mismo tiempo en el que intentaron aplicar todas las fuerzas que le quedaba, y aquel choque provocó lo similar a una explosión lo suficientemente intensa para volar en pedazos el comedor y empujar a ambas hacia atrás. Carrie voló de regresó hacia la sala, cayendo no muy lejos de su madre y soltando un agudo alarido al sentir como un dolor punzante le recorría el cuerpo entero desde su hombro. Matilda por su lado, salió despedida hacia la cocina, chocando contra la nevera y luego cayendo de boca al suelo, partiéndose su labio en el proceso; se quedó tan aturdida tras el golpe que permaneció ahí tirada por largo rato.

Carrie fue la primera en intentar levantarse, pero el estado en el que se encontraba se lo impedía. El dolor ya era demasiado intenso, y ese último golpe le había arrebatado todas las fuerzas que le quedaban. Quizás así era como todo debía de terminar; desfallecer ahí, tirada a un lado de su madre y dejar que todo simplemente desapareciera. Su única lamentación, por raro que fuera, era no poder morir mirando las estrellas… Nunca había pensado que esa sería la forma en la que le hubiera gustado hacerlo, hasta ese momento.

—¿Carrie? —escuchó que alguien pronunciaba cerca de ella, pero no era la voz de la Dra. Honey.

Carrie alzó su rostro con debilidad. Parada en el umbral de la sala se encontraba la figura borrosa de una persona. Había entrado por la puerta abierta de la casa, y ahora estaba ahí de pie, mirándola con desasosiego y espanto. La vista de la joven se fue aclarando y entonces logró distinguir el hermoso rostro de Sue Snell, con su cabello rubio brillante cayendo sobre sus hombros. La preciosa Sue, la chica de los ojos de Tommy, la amiga inseparable de Chris Hargensen; quien debía de seguro haber sido la verdadera reina de ese baile de inmundicias. Se veía tan impecable y limpia… mientras ella de seguro se veía como un absoluto desastre. Pero… ¿no había sido siempre de esa forma?

—Tú… —susurró Carrie con voz ronca, y de pronto obtuvo fuerzas de la nada, o al menos las suficientes para sentarse y mirarla con más detenimiento.

Sue soltó un pequeño alarido y se cubrió su boca con sus manos; sus ojos parecían estar al borde de las lágrimas.

—Carrie… lo siento tanto —pronunció Sue con voz entrecortada, y se atrevió entonces a acercársele con cautela—. Yo… no sé…

—¿Lo sientes? —espetó Carrie de golpe con demasiada agresividad en su voz. El cuerpo de Sue se detuvo, y de un momento a otro fue incapaz de mover siquiera un dedo—. ¿Qué sientes? ¿No haberte reído lo suficiente de mí? ¡¿No haberme arrojado tampones en el baile también?!

Sue sintió un miedo tan grande como nunca había sentido antes. Apenas y podía respirar, sentía como si se fuera a asfixiar en cualquier momento.

—No, Carrie —intentó decirle como le fue posible—. Yo no tuve nada que ver con eso. Chris, ella sola…

—Ya vi a Chris esta noche —Interrumpió Carrie abruptamente, y entonces alzó su mano hacia ella. El cuerpo de Sue comenzó a deslizarse por el suelo hacia ella sin que pudiera hacer algo para evitarlo—. Ya no se está riendo mucho… Y tú tampoco lo harás…

Sue supo de inmediato lo que esas horrendas palabras significaban.

—Por favor, Carrie… no me lastimes… —susurró suplicante entre llantos, mientras se seguía aproximando hacia esa fantasmal figura cubierta de sangre.

—¿Por qué no? Todos ustedes me lastimaron toda mi vida…

Matilda ingresó tambaleante en esos momentos a la sala, aturdida y adolorida pero aún de pie.

—Carrie, no… —murmuró alarmada en cuanto vio a Sue. Intentó reaccionar para alejarla de ella con sus poderes, pero un instante antes de que pudiera hacer algo Carrie giró su mirada directo hacia ella y el cuerpo de Matilda volvió a volar, ahora hacia las escaleras que daban al segundo piso, chocando contra el barandal con tanta fuerza que éste se rompió.

Matilda quedó contra los escalones, con su mano derecha aferrada a su brazo izquierdo. Había chocado justo con él contra el barandal, y al parecer se lo hubiera lastimado, o incluso roto.

Con Matilda inmovilizada, Carrie volvió a poner su atención en Sue. Al girarse de nuevo hacia ella, la joven se encontraba tan cerca que sus dedos tocaron ligeramente su abdomen.

Y entonces lo sintió; en cuanto sus dedos tocaron el cuerpo de Sue, logró sentirlo por todo su ser. No era un latido, no era un pensamiento, no era una voz. No podía ponerle un nombre, pero lo sintió. Miró sorprendida, e incluso un poco espantada, el vientre de su antigua compañera.

—¿Qué es esto…? —susurró despacio, sin lograr aún procesar del todo aquello. Alzó entonces levemente su rostro hacia Sue, que seguía presa del horror. No supo que fue con exactitud lo que le dio la pista que le hacía falta, pero en cuanto vio el rostro de Sue lo supo de inmediato—. ¿Es… Es de Tommy…?

—¿Qué? —Cuestionó Sue, confundida.

Carrie volvió a mirar hacia su vientre y ahora se atrevió a colocar por completo su palma contra éste. Al hacer eso, lo vio con mucha más claridad.

—Es una niña —susurró muy despacio, pero lo suficiente para que Sue la escuchara.

Aquello provocó que el cuerpo de Sue se tensara aún más, y su mente prácticamente se puso en blanco; incluso su miedo se había esfumado un poco. Bajó su mirada atónita hasta su propia barriga. Aunque ella no lo sentía como Carrie, supo a qué se refería…

—Oh, por Dios… —murmuró estupefacta ante la revelación.

Aquello tuvo un efecto en Carrie, un efecto casi destructivo. Y por primera vez fue capaz de pensar con claridad en algo esa noche: Tommy… Tommy estaba muerto. Iba a tener un bebé con la chica de sus sueños, una niña… y ahora no tendría nada; estaba muerto, al igual que todos los demás, al igual que su madre…

Dejó caer su brazo de golpe, soltando al mismo tiempo a Sue, quien al ya no ser sostenida por Carrie cayó de sentón al suelo pues sus piernas le fallaron. Carrie se giró levemente hacia un lado, contemplando el rostro dormido y apacible de su madre. Su mente se fue aclarando poco a poco, sus pupilas y los latidos de su corazón se fueron normalizando, y toda la ira que la inundaba y cegaba se fue diluyendo. Pero eso no resultó ser nada bueno, pues poco a poco la horrible realidad en la que se encontraba se volvió más y más tangible, así como el dolor de sus heridas se volvió más intenso.

—¿Qué he hecho? —Susurró despacio para sí misma—. ¿Qué he hecho…?

Sue dejó de sentir miedo hacia Carrie. Quizás la impresión tan grande que acababa de sentir lo había causado, o quizás los pensamientos volátiles de Carrie la estaban afectando también. Intentó aproximarse hacia ella, sin saber en realidad qué haría. ¿La consolaría?, ¿le diría algo para hacerla sentir “mejor”? ¿Qué podría hacer o decir en un momento así? Se detuvo sin embargo al escuchar la casa crujir. Alzó su mirada y notó que largas fisuras comenzaban a dibujarse en las paredes y el techo como venas expuestas.

Sue intentó decir algo, pero su cuerpo se elevó en ese momento unos centímetros y comenzó a flotar suavemente hacia la puerta de la entrada. Su primer pensamiento era que lo estaba haciendo Carrie, pero antes de cruzar el umbral pudo ver a aquella otra mujer de cabello castaño, cuyo brazo izquierdo colgaba sin fuerza a su costado, pero su otra mano se alzaba firme en su dirección. Sue cruzó la puerta y luego quedó sentada en el jardín frontal de la casa. Desde afuera, pudo ver que el estado de la casa era aún peor. El crujido era aún más fuerte, y todo el piso superior parecía doblarse y a punto de desmoronarse contra la planta baja.

Una vez que Sue estuvo afuera, en el interior de la casa Matilda intentó acercarse a donde yacía Carrie. Su brazo le dolía mucho, tenía varios raspones por la cara y las rodillas, además de que las heridas que los vidrios le habían hecho antes comenzaban a arderle y a sangrar más. Carrie, por su lado, se había sentado a un lado del cuerpo de su madre, y lo abrazó con debilidad contra sí misma. Pequeños sollozos de dolor y tristeza salían de su boca, acompañados del crujir de la casa. Una viga se desprendió del techo de pronto, cayendo justo delante de Matilda y cortándole el paso para llegar hasta donde Carrie se encontraba.

—Debemos salir de aquí, Carrie —le murmuró con fuerza la psiquiatra, extendiendo su mano hacia ella—. Por favor, déjame ayudarte.

—No quiero más ayuda… —susurró la joven muy despacio, girándose levemente hacia ella. Su mirada estaba apagada; ya no le quedaba casi nada de vida en su cuerpo. Lo último de sus fuerzas físicas se estaba aplicando en la destrucción inminente de esa casa—. Váyase aquí…

—No lo haré, no te voy a abandonar…

—¡Váyase!, ¡váyase y déjenos solas!

Matilda fue empujada abruptamente hacia atrás como si hubiera sido golpeada por un caballo. Su cuerpo se dirigió directo contra la ventana de la sala, atravesando lo que quedaba del marco de madera de ésta, y raspándose además con algunos pedazos de vidrio que habían quedado pegados a éste. Cayó de espaldas contra la tierra, resintiendo aún más el dolor de su brazo al prácticamente caer sobre él; dicho dolor la dejó inmovilizada.

—¿Se encuentra bien? —escuchó que le cuestionaba Sue mientras se le aproximaba, pero Matilda fue incapaz de responderle algo.

La casa comenzaba a derrumbarse sobre sí misma, acompañada del chirriar de la madera, el metal y la piedra rompiéndose. Y entre toda aquella sinfonía de destrucción, se escondía sutilmente la voz de Carrie susurrando dese el adentro, abrazada de su madre a como las pocas fuerzas de su cuerpo se lo permitían. Las velas se habían caído de su sitio, y parte de la planta baja ya se encontraba en llamas.

—El Señor es mi pastor, nada me faltará. En verdes pastos me hace descansar, y junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma y me guía por senderos de justicia por amor a su nombre. Aunque pase por valles de sombra y muerte, no temeré mal alguno porque tú estás conmigo…

Otra viga más se desprendió del techo, cayendo abruptamente hacia ellas. Carrie no hizo intento alguno de detenerla. Sólo cerró los ojos y dejó que todo terminara de una buena vez.

—Tu vara y tu cayado me infunden aliento… Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos…

Y entonces, su voz calló.

La casa se contrajo en sí misma. Todo el piso superior se desmoronó, causando un gran estruendo y una nube de polvo.

—¡No!, ¡Carrie! —Exclamó Matilda horrorizada. Su primer instinto fue ponerse de pie, pero el dolor y su desequilibrio casi la hicieron caer de nuevo hasta que Sue se encargó de sostenerla.

Matilda miró atónita lo poco que quedaba de las paredes de la planta baja, lo único que quedaba en pie, y como algo de fuego comenzaba a extenderse por las ruinas. Sus oídos le zumbaban, incapaz de escuchar nada con claridad; ni la voz de Sue, ni el sonido de las sirenas de policía y bomberos aproximándose por la calle, ni siquiera sus propios pensamientos. Por unos momentos, su cerebro se quedó totalmente en sonido blanco.

— — — —

Nadie durmió esa noche en Chamberlian. El incendio del centro se propagó durante toda la madrugada, alcanzando incluso a zonas residenciales. De la escuela no quedaron más que ruinas. Para cuando salió el sol, las víctimas fatales en total ya se encontraban en los cientos, y seguían subiendo; los heridos eran muchos más. Los daños materiales eran simplemente incalculables. Era como si un tremendo tornado los hubiera azotado de pronto, y nadie se hubiera preparado en lo más mínimo para ello. Y en parte, quizás era así: una fuerza incontrolable de la naturaleza los había azotado. Y mientras los incendios se apagaban, los heridos eran tratados y los muertos identificados, lo único que quedaban eran preguntas, siendo la más importante: ¿por qué?

Matilda también se lo preguntaba, y al menos en ese momento no tendría una respuesta clara. Se encontraba sentada en su vehículo, aún estacionado frente a lo que alguna vez fue la casa de Carrie y su madre. Los paramédicos la habían tratado; no tenía el brazo roto, pero sí lo suficientemente lastimado para tener que llevarlo venado y colgando de un cabestrillo. También tenía algunas gazas cubriéndole las cortadas de su cara. A excepción de su brazo y algunos otros golpes, todo lo demás era superficial.

No hacía nada en particular en esos momentos, más que mirar fijamente a la policía yendo y viniendo. La calle se había llenado de camionetas oscuras y agentes uniformados, hasta casi volverse un caos. Algunos ya habían comenzado a revisar los escombros, pero Matilda no deseaba ver lo que sacarían de ahí.

La habían dejado sentarse en su auto a descansar luego de curarle sus heridas. Sin embargo, un detective le pidió que no se fuera ya que en cuanto estuviera lista iría a tomarle su declaración. Quería saber quién era y qué hacía ahí exactamente; preguntas bastante justas. Debería de haber aprovechado ese tiempo para pensar bien en qué diría, y en armar una declaración que no la comprometiera ni a ella ni a la Fundación. Pero sencillamente no podía pensar en otra cosa que no fuera la imagen de Carrie White totalmente cubierta de sangre, mirándola llena de odio y gritándole:

Usted me lo prometió. ¡Me prometió que me ayudaría!, ¡me prometió que todo estaría bien! ¡¿Le parece que algo de esto está bien?!

Sí, ella se lo había prometido. Le dijo que aunque en esos momentos todo estuviera tan mal, tarde o temprano todo sería diferente, sería mejor. Así fue con ella, y estaba convencida de que así sería con Carrie. Pero no lo fue, y nunca lo será; Carrie White ya nunca más estará mejor ni peor.

Había fracasado estrepitosamente y cómo nunca lo había hecho. Todo ese desastre, todas esas muertes, incluyendo la de Carrie, eran debido a que era una absoluta fracasada…

—Nada de esto es tu culpa —escuchó de pronto que una voz pronunciaba justo a su lado, provocando que se sobresaltara asustada en su asiento.

Se giró atónita hacia un lado, vislumbrando de pronto la imagen de una mujer de cabello café y rizado, anteojos gruesos y un traje azul, sentada justo en el asiento del pasajero. Ésta la miraba con una casi abrumadora seriedad en los ojos.

—Eleven… —Susurró despacio una vez que pudo salir de su asombro inicial—. ¿Cómo…? —Iba a preguntarle cómo era que había llegado ahí tan pronto, pero en cuanto dicha pregunta se terminó de formular en su cabeza, la respuesta lo hizo igual—. No estás aquí realmente, ¿cierto?

Aquella mujer, o más bien la proyección de sí misma que le estaba enviando de seguro desde su casa en Indiana, asintió levemente.

—Esto no sería necesario si contestaras tu teléfono.

Una risa nerviosa se le escapó a la psiquiatra.

—Ni siquiera sé dónde quedó… —Dejó caer en ese momento su cabeza hacia delante, golpeándose la frente contra el volante—. No puedo creer que esto esté pasando…

Eleven suspiró con pesadez.

—Me hubiera gustado que nunca pasaras por una experiencia como ésta. Pero era inevitable si te ibas involucrando más en este tipo de asuntos. Y me temo que podría no ser lo peor por lo que pases.

—Gracias, eso ayuda —le respondió Matilda notablemente a la defensiva.

—No intento desanimarte, sino mostrarte la verdad. Todo en este mundo tiene un lado oscuro: el amor, la amistad, la familia… y el Resplandor también. No todos la pasan tan bien cuando descubren lo que pueden hacer. Muchos sufrimos como no puedes imaginarte, y necesitamos más que palabras de aliento para seguir adelante. Eso es con lo que debes quedarte de todo esto. Lo demás, déjalo ir.

—¿Qué lo deje ir…? —inquirió Matilda incrédula, separando su rostro del volante para mirarla.

—No debes de lamentarte de esto. No había nada que pudieras hacer en tan corto tiempo para prevenirlo. Nada de esto fue tu culpa, ¿me oíste? Nada.

—¿Cómo puedes decir eso? —Espetó la psiquiatra, casi como si el comentario le ofendiera—. Yo vi esa ira en ella, vi de lo que podría ser capaz. Pero no hice nada, no quise reaccionar porque… —vaciló unos segundos—. No sé por qué… Sólo fui demasiado cobarde. De haber hecho algo antes, de haberme decidido…

—Nada hubiera cambiado —le interrumpió Eleven con cierta dureza—. Esto estaba destinado a ocurrir, con o sin ti. Es obvio que la chica tenía problemas mucho más serios de los que tú creías, y el daño que había sufrido tras todos estos años era mucho más profundo. Llegamos tarde, eso es todo. Hiciste todo lo que pudiste.

Matilda respiraba con algo de agitación. Parecía usar toda su fuerza de voluntad para no soltarse llorando; lo había estado haciendo prácticamente toda la noche, pero en ese punto se volvió casi insostenible.

—No puedo decirme eso a mí misma… no puedo…

—Deberás hacerlo. Si no lo haces, esta culpa te acompañará por el resto de tu vida. Y lo único que provocarás será afectar a todos los casos que te lleguen de ahora en adelante. Déjalo ir. No ahora, no mañana, pero cuando estés lista.

—¿Eso es lo que tú haces cuando te pasa algo así? —Cuestionó con voz apagada, mirando con desasosiego a su antigua mentora—. ¿Sólo… lo dejas ir…?

Esa pregunta pareció dejar a Eleven indefensa. Desvió su mirada hacia un lado con gesto reflexivo, como si mirara por la ventanilla aunque era difícil decir si era capaz de hacer tal cosa siendo sólo una proyección.

—Yo más que nadie en este mundo sé que es más fácil decirlo que hacerlo. Pero es necesario.

Una respuesta bastante práctica, incluso algo fría, inspirada de seguro en todo lo que había vivido en sus años encargándose de ese tipo de asuntos. Y quizás si ella hubiera visto y vivido lo mismo que ella, hubiera podido hacer tal cosa. Pero no en ese momento, no después de lo había visto esa noche. No después de haberle fallado de tal forma a Carrie.

Pasó sus manos por su rostro, y principalmente por sus ojos, limpiando cualquier pequeño rastro de lágrimas que pudo haber brotado de ella.

—No puedo hacer tal cosa, no puedo ignorar lo que ocurrió —murmuró con más decisión, centrando su mirada fija al frente—. Jamás dejaré que esto le pase de nuevo a otro niño. Nunca más…

* * * *

El helicóptero oscuro sobrevolaba sobre aquel bosque del oeste de Washington, perdido entre las sombras de la noche sin luna. Su destino no era visible a simple vista, pero en el tablero GPS de la cabina el punto estaba claramente marcado al frente de su ubicación actual. Construido sobre el costado menos visible de una montaña, se ubicaba el helipuerto en el que aterrizarían. Al rodear la montaña, la pista se volvió visibles para el piloto, así como las indicaciones que el personal en ésta le transmitía con sus luces de señalamiento. El helicóptero descendió lentamente hacia la superficie, agitando el viento con sus astas rotatorias.

Una vez que la máquina estuvo estable en tierra, uno de los trabajadores de la pista se apresuró hacia la puerta de ésta para que el único pasajero que iba en ella se bajara. Un hombre afroamericano, de cabeza rapada y bata blanca, bajó del helicóptero prácticamente de un salto. Las hélices aún en movimiento agitaban su bata, pero esto se fue calmando poco a poco luego de que el piloto apagara el motor.

El recién llegado caminó tranquilamente hacia un hombre joven que lo aguardaba a un lado de la pista. Era delgado y alto, con cabello rubio oscuro rapado de los lados, y apenas apreciable su presencia en la parte superior. Vestía un traje azul oscuro de estilo militar con botas negras, y se encontraba parado firmemente en su sitio con sus manos colocadas detrás de su espalda.

—Bienvenido, doctor Shepherd —le saludó el hombre con voz firme y estoica.

—¿Cómo te va, Frankie? —Le saludó con mucho más entusiasmo el hombre de bata, aquel que horas antes se había presentado a Lisa Mathews con el nombre de “Russel”—. ¿Cómo está todo por aquí?

Ambos comenzaron a caminar uno a lado del otro hacia lo que parecía ser la puerta de un elevador, colocada prácticamente sobre la pared de la montaña como si fuera un objeto totalmente fuera del lugar; había otras cinco iguales a ella, alineadas a su lado.

Una vez cerca, el hombre rubio pasó su gafete sobe un lector electrónico ubicado a un lado de la puerta, y ésta abrió automáticamente revelando el interior de un ascensor amplio, limpio y con una casi enceguecedora luz blanca.

—Recibimos noticias de que sigue el despliegue de agentes en Portland por lo ocurrido en el hospital —le comentó Frankie como respuesta un poco tardía a su última pregunta.

—Ah, eso —murmuró Russel sin demostrar en realidad mucho interés en dicho comentario. Ambos ingresaron al elevador, y en el interior Frankie volvió a pasar su gafete por otro lector, y luego entre las opciones del tablero presionó el botón del Nivel -5, y el elevador comenzó a recorrer un largo trayecto hacia abajo—. Ese no es nuestro asunto; que nuestros guapos amigos armados se encarguen de eso. A nosotros sólo nos interesa la ciencia.

—Lo que usted diga —contestó Frankie sin mucho entusiasmo, a lo que Russel solamente resopló resignado.

No hablaron mucho hasta que el elevador llegó a su destino, principalmente porque Frankie no era en lo más mínimo un interlocutor muy adecuado. Al llegar al Nivel -5, las puertas se abrieron y ambos hombres ingresaron a un largo pasillo alumbrado con luz blanca, con puertas numeradas a cada lado, cada una con su respectivo lector electrónico a un lado. Avanzaron por el pasillo silencioso; el sonido de las pesadas botas de Frankie contra el suelo brilloso recién lustrado, resonaba con fuerza. Se detuvieron en una puerta ubicada un poco antes de la mitad del pasillo, con números grandes y negros en ella: 5016. Frankie pasó una vez más su gafete por el lector y se escuchó como el seguro de la puerta se abría.

Russel Shepherd ingresó primero. El cuarto era amplio, cuadrado, alumbrado con más luz blanca fluorescente en el techo. En general parecía ser un simple cuarto de hospital, con su moderna camilla, su atril con sud bolsas de suero y medicamento colgando, y sus aparatos electrónicos para medir los signos vitales del  paciente que yacía en la camilla. Había algunos sillones y un par de silla, e incluso un televisor que en esos momentos transmitía un juego de béisbol.

Sin embargo, los aparatos que había alrededor de la camilla eran mucho más sofisticados que los de un cuarto de hospital convencional. En las diferentes pantallas se podía monitorear prácticamente todo: ritmo cardiaco, actividad cerebral, niveles de oxigenación, y todo parecía estar estable. Había además un espejo en la pared del lado izquierdo, claramente doble para que el cuarto pudiera ser observado desde la habitación contigua; además de cuatro cámaras, una en cada esquina del cuarto.

El juego de béisbol en la televisión no era para el paciente, pues éste yacía totalmente inconsciente y así lo había estado por un muy largo tiempo. Quien lo veía en esos momentos era un hombre de rasgos asiáticos, sentado en una de las sillas a un lado de la camilla. Usaba una bata blanca y unos anteojos de armazón negro y grueso. Sobre sus piernas sostenía una tabla de apoyó, con algunos papeles enganchados a ella. En cuanto escuchó la puerta abrirse, giró su vista levemente hacia ella, reconoció a los dos hombres que ingresaban, y casi en automático volvió a mirar hacia la televisión.

—Buenas noches, Dr. Takashiro —le saludó Russel con el mismo entusiasmo que había saludado a Frankie, pero a cambió recibió una respuesta bastante similar.

—Buenas noches, señor —murmuró el hombre en la silla con voz apagada.

Russel se aproximó a la camilla mientras Frankie se quedó de pie delante de la puerta, de nuevo parándose firme y con sus brazos atrás de su espalda.

—¿Y cómo está mi chica consentida? —Preguntó Russel, contemplando al paciente con una amplia sonrisa.

Takashiro se encogió de hombros sin dejar de ver el partido.

—Igual que siempre, sin novedad.

—Era una pregunta retórica… o eso reo —comentó Russel con ligera molestia, y entonces miró tanto a el hombre en la silla como a Frankie de manera acusadora—. ¿Ustedes dos comparten el sentido del humor o qué?

Ninguno le respondió nada.

—Cómo sea…

Se inclinó un poco hacia el frente para ver mejor a la persona que ahí descansaba, bocarriba, totalmente quieta, con sus ojos cerrados y con su respiración apenas perceptible. Usaba una bata de hospital color verdoso que cubría su delgado cuerpo. Sus labios se veían algo resecos, y su cabello rubio rojizo se veía algo enmarañado y grasoso. Sus rostro se veía pálido, pero tranquilo, como si solamente estuviera durmiendo una siesta; una larga siesta de más de cuatro años.

Russel sonrió.

—Buenas noches, Carrietta —susurró despacio, como si temiera despertarla si levantaba de más la voz—. Te tengo buenas noticias: creo que te acabo de conseguir una nueva amiga. Espero que ambas se lleven muy bien…

La chica en la camilla no reaccionó de ninguna forma. Se quedó tan inmóvil como lo había estado, desde que fue sacada de aquellos escombros de lo que alguna vez fue su casa en Chamberlain, Maine.

FIN DEL CAPÍTULO 40

Notas del Autor:

Al igual que los capítulos anteriores, éste capítulo se basó bastante en las tres versiones cinematográficas de Carrie (principalmente la del 2013), tomando también algunos aspectos de la novela original. La última escena como pueden adivinar es un agregado de mi pate, acompañada de una sorpresa que iremos desarrollando y explorando más en capítulos posteriores, incluyendo los nuevos personajes que en ésta se presentaron. Pero de momento, dejaremos a Carrie White descansar.

En el siguiente capítulo volveremos al presente (aunque la última escena ocurre ya en éste), y continuaremos con Matilda, Cole y Cody justo donde los dejamos.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen Kng.

+ «Carrie» © Stephen Kng.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

3 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 40. Usted me lo prometió

  1. Nacho Rodriguez Piceda

    CARRIEEEE ESTA VIVAAAA!!!!!????? 0…o
    Muchas gracias por este buen capitulo y ya se reveló una de las grandes incógnitas. Bueno, como estas Will?
    Con lo de Carrie ya se cerró el primer ciclo, ya estoy más tranquilo y podré continuar con el spin off, El segundo capitulo ya esta casi listo, solo necesito un poco de paciencia. Te mande hace poco una nueva parte del capitulo pero creo que no te llego. Te lo mandarle de nuevo y si quieres el primer capitulo tambien, no?

    Sobre el capítulo me gusto mucho y más la escena del bebé de Tomy y de Sue, también de todos los finales en la que Carrie sobrevive, estar en las garras de la Tienda del gobierno es lo más oscuro posible porque el mundo cree que Carrie está muerta y eso le da pase libre para que experimente sobre ella.

    Todavia no vi Pet Sematary pero la veré muy pronto. Si tuvo malas críticas como la original en su época. pero lo que más me interesa es aquel espíritu del chico muerto que aparece a Luis. No quedó claros sus intenciones pero creo que a veces no se puede fiar de los muertos y más los que amas. También no entendi si Luis y su hija tenían el Resplandor, eso explicaría muchas cosas y el despertar del Wendigo.

    Muchas gracias por tomar en cuenta mis sugerencias o ideas.
    Preguntas:
    Empieza el arco de Ojos de Fuego en tu trama?
    Es posible que Carrie la llamen Proyecto Reina Carmesí?
    Más preguntas pronto…

    Responder
    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho 🙂 lo recibí hace unos días, pero aún no he tenido oportunidad de leerlo :/ … Ya vi la película, y me agradó aunque su final no tanto. Ahora siento que debo leer el libro para poder apreciar mejor las diferencias y qué se podría haber hecho de otra forma. E igualmente si hay algo que se pudiera rescatar para esta historia.

      «Empieza el arco de Ojos de Fuego en tu trama?»

      Por la presencia de la organización, se podría decir que sí. Pero realmente la influencia de dicha novela empezará en unos cuantos capítulos más. Primero deben de pasar otras cosas.

      «Es posible que Carrie la llamen Proyecto Reina Carmesí?»

      Podía ser, me agrada el nombre 🙂

      «Russel trabajo o fue discípulo del Dr. Martin brenner, el “papa” de Eleven?»

      No sabría decirlo, ya que hay que tener en cuenta que esto ocurre 33 o 34 años después de los sucesos de la serie, así que Russel podría haber sido algo joven para ese entonces.

      Responder

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