Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 38. Ya no puedes detenerme

13 de marzo del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 38. Ya no puedes detenerme

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 38.
Ya no puedes detenerme

El mismo día que Carrie se encontró con Matilda en aquel parque, y le diera ánimos para aceptar la invitación de Tommy Ross, precisamente éste se apareció delante de su casa. Tommy la interceptó en la acera mientras ella se dirigía para allá desde el parque, justo a la hora en la que ella sabía que su madre regresaría. Carrie se sorprendió bastante por ese encuentro tan repentino, pero también se puso bastante nerviosa por la idea de que cualquier vehículo que doblara en la esquina, fuera precisamente el de su madre.

Tommy dejó muy clara su intención rápidamente: quería volver a invitarla al baile, dejando en entredicho que su primera respuesta no le había sido favorable. Esto de cierta forma alegró a la joven White, pero su insistencia también le agregaba algo más de incomodidad a la situación. De manera normal sería ya bastante difícil convencer a su madre de aceptar toda esa idea del baile; sería sin lugar a duda imposible si de entrada tenía que verla parada a lado de un chico justo delante de la casa. Se imaginaba las mil y una cosas que le diría y haría; y el tema del baile quedaría totalmente hecho de lado para siempre. Un poco por los nervios de que eso ocurriera, pero principalmente animada por la charla que acababa de tener con Matilda, decidió aceptar rápidamente la invitación, esperando que Tommy se fuera lo más pronto posible.

El chico se veía feliz por su respuesta; más feliz de lo que ella esperaba. Quedó de pasar por ella el sábado a las 7, y entonces se retiró. Y fue entonces, justo cuando estuvo de nuevo sola, que toda la realidad de lo que estaba pasando le cayó encima. Pero… no fue algo desagradable, en realidad. De hecho, por primera vez en mucho tiempo sintió una tremenda emoción y alegría recorriéndole el cuerpo entero. Iría al baile, con un chico guapo… como una adolescente normal. Eso era real, en verdad estaba pasando.

Esa noche no tocó en lo más mínimo el tema con su madre. Tenía que ver la forma y el momento adecuado. Pero no podía dejar pasar mucho tiempo; el día del baile llegaría en un abrir y cerrar de ojos, después de todo.

Al día siguiente, luego de la escuela, no quedó de verse con Matilda, pero tampoco se dirigió caminando directo a su casa como solía hacer si no se reunía con la psiquiatra. En cambio, se dirigió a la parada de autobús y tomó el que la llevaba al centro de Westover, un pueblo aledaño a Chamberlain. Su intención era dirigirse directo a Main Street, en donde se encontraban todas las grandes tiendas; el tipo de sitios al que sabía que las chicas iban con sus amigas a comprar todo aquello que no conseguían en los comercios más modestos de Chamberlain, o a veces sólo a pasear y comer algo. Luego de haberse aventurado a tomar en esa misma parada el camión a Boston, ir sola a Westover parecía una cosa de niños. Era increíble todo lo que se estaba aventurando a hacer en tan poco tiempo; su yo de un par de meses atrás, de seguro ni siquiera la reconocería.

Caminó por un rato viendo los aparadores de las tiendas, admirando los vestidos que en ellos exhibían, delineando las delgadas figuras de los maniquís. En algunas ocasiones ya se había imaginado a sí misma usando algo así, pero la idea de realmente hacerlo se sentía bastante lejana, como una fantasía imposible. Pero ahí se encontraba ahora, a punto de hacerlo realidad. Los vestidos de los aparadores eran hermosos, pero ella tenía en su mente una idea específica de cómo debía de verse, y ninguno de ellos le satisfacía. Al final, la idea de hacerlo ella misma, justo y como se lo imaginaba, la tentó más que cualquier otra. Si existía algo bueno entre toda las cosas que su madre le había enseñado, eso era en definitiva la costura; ¿por qué no aprovecharlo?

Usó casi todo el dinero que había ahorrado de los trabajos ocasionales que hacía con su madre, en comprar un largo trozo de tela color rosa salmón; justo el tono que quería, eso tenía que ser el destino. No había forma de que lo hubiera conseguido en las tiendas de Chamberlain en donde su madre acostumbraba comprar las telas. En ninguna de ellas podía existir algo tan hermoso.

Para cuando terminó de realizar su compra y tomó el camión de regreso a Chamberlain, estaba ya anocheciendo. Su madre de seguro había llegado hacía horas a casa, y no había encontrado ni rastro de ella. En cualquier otro momento esa sola posibilidad la hubiera matado del miedo, pero no ese día. Tenía que comenzar a trabajar en el vestido lo antes posible, y no podría hacerlo a escondidas de su madre. Por ello, había tomado la resolución de decirle esa misma noche sus planes, y que pasara lo que tenía que pasar.

“Sé que de momento lo parece así. Pero tarde o temprano, tendrás que tomar tus propias decisiones, y decidir tu propio camino. Aunque para ello tengas que ir contra los deseos de tu madre.”

Aquellas palabras que Matilda le había dicho le daban fuerza para hacerlo. Sólo esperaba que fuera la suficiente.

Se bajó en la misma parada en la que se había subido, y de ahí caminó calle abajo en dirección a su casa, con el pedazo de tela oculto en su mochila. El cielo relampagueaba y una brisa húmeda soplaba y agitaba los árboles. Estaba por caer la lluvia, y definitivamente sería fuerte. Cuando estaba ya cerca de la casa, la luz centellante de un relámpago iluminó la silueta de su madre, con su largo vestido oscuro y su cabello suelto, de pie en el pórtico mientras miraba en su dirección. Aquella aterradora imagen la detuvo en seco, y por unos instantes sintió que el aire se le escapaba. La mujer no hizo ademán alguno de querer acercársele; sólo se quedó quieta observándola, sin siquiera pestañear.

Carrie suspiró, y se empujó a sí misma a seguir avanzando.

—¡¿Dónde estabas?! —Le gritó furiosa la mujer de negro, mientras Carrie subía los dos escalones que llevaban al pórtico—. ¡Me tenías tan angustiada!

—Perdón por la hora… —le respondió cabizbaja mientras pasaba a su lado.

—No hables, sólo entra.

La mujer prácticamente la empujó hacia el interior de la casa, y Carrie no opuso mucha resistencia.

Una vez que ambas entraron, la señora White cerró la puerta con brusquedad detrás de ellas, haciendo que las ventanas retumbaran un poco. Todo el interior de la casa era alumbrado sólo por velas. Su madre había ya asegurado las ventanas como preparación a la inminente lluvia. Carrie bajó su mochila y la colocó lentamente en el suelo del recibidor, como si temiera romper lo que ahí traía oculto.

—Tu cena se enfrió —le recriminó su madre mujer con algo de hastío en su tono—. Ahora voy a tener que calentarla.

La señora White caminó hacia la cocina, armada con una vela que había tomado de la encimera del comedor para ver mejor. Carrie caminó detrás de ella, con cierta sumisión en su paso. Creyó enserio estar lista, pero la sola presencia de su madre la doblegaba más de lo que esperaba

—¿Dónde te metiste? —Le cuestionó de nuevo, mientras habría el horno e introducía en este el recipiente con los restos de la cena.

—Lo siento, mamá —se disculpó la jovencita con la mirada agachada—. Tomé un autobús a Westover, y compré tela para un vestido…

—¿Westover? —Le interrumpió abruptamente con severidad, alzando sus penetrantes ojos azules directo hacia ella como dos navajas—. ¿Qué hacías allá?

—Te lo dije, compré tela…

—No tienes que ir a ningún sitio más que a la escuela y aquí, y lo sabes —sentenció tajantemente, marcando punto final a cualquier otra explicación que pensara darle. Carrie sólo logró asentir en silencio.

La mujer se giró de nuevo al horno de leña, murmurando despacio palabras que Carrie no fue capaz de entender. Comenzó a intentar encender un cerillo. Los primeros dos intentos fueron en vano, y el tercero lo rompió. Respiró hondo por su nariz intentando apaciguar su enojo, y entonces lo volvió a intentar.

—Mamá, antes de que sigas, tengo que decirte algo —murmuró Carrie con más seguridad que antes—. Alguien me invitó al baile.

La señora White se quedó paralizada, sin mirarla ni reaccionar. Tenía sus ojos fijos en el interior del horno, que asemejaba a una oscura y profunda caverna.

—Mamá, me invitaron al baile… —repitió, como si creyera que no la había oído bien.

—¿Qué baile? —masculló la mujer, girando su rostro lentamente hacia ella. Su mirada era fría y dura.

—El baile de graduación. Es el sábado, y todo el mundo irá.

—Oh, mi Dios, mi Dios… —Masculló la señora White, tomándose su cabeza con ambas manos y comenzando a temblar—. ¿Por qué?, ¿por qué…?

Carrie no le dio mayor importancia a la reacción de su madre, y siguió hablando pese a ésta.

—Se llama Tommy, y es un buen muchacho. Te lo voy a presentar, y prometió traerme a las 10:30.

—No, no, no… —repitió varias veces la mujer, como un pensamiento en voz alta que se le escapaba. Se puso de pie, alejándose de Carrie unos pasos. Agitaba su cabeza y su cuerpo entero de un lado a otro. Carrie se le aproximó para evitar que se alejara por completo de ella y dejara por lo tanto de escuchar todo lo que tenía decirle. Ya había dado el primer paso, no podía retroceder ahora o quizás ya no sería capaz de volverlo a hacer.

—Mamá, ya acepté… —en cuánto escuchó aquello, su madre la volteó a ver incrédula, con sus ojos totalmente abiertos y llenos de asombro—. Sé que esto te asusta mucho, y a mí también. Pero entiende que no soy como tú. Los demás chicos de la escuela… todos creen que soy rara. Y yo no quiero ser así, quiero ser normal. Quiero intentar llevarme mejor con la gente, antes de que sea demasiado tarde…

Su madre calló abruptamente sus palabras con tremenda bofetada perpetuada por su pesada mano. Ésta fue tan fuerte, que casi hizo que todo el cuerpo de Carrie girara sobre sí mismo y se desplomara. Sin embargo, en lugar de eso, la joven fue prácticamente lanzada contra la mesa de la cocina, y logró apoyarse firmemente a ésta para evitar caer irremediablemente al suelo. Un quejido de dolor se le escapó de los labios, acompañado de algunos sollozos. Su rostro se enrojeció rápidamente en donde la había golpeado.

—¡Zorra indecente! —le murmuró con la ira acumulada en su garganta, inclinando su cuerpo hacia ella hasta casi pegar su rostro contra su oído izquierdo—. Con todo lo que te he enseñado, con todo lo que te he cuidado, ¡¿cómo pudiste caer tan fácil en sus garras?!

—No fue así… no fue así… —gimoteó Carrie, respirando profundamente para intentar no perder el aplomo con el que había comenzado esa proeza. Se incorporó lentamente, tomándose su mejilla enrojecida con una mano—. Las cosas no son como tú dices, mamá. Hay personas malas allá afuera, pero no Tommy; él es lindo. Te agradará, es un buen muchacho…

—Muchachos, muchachos… —Murmuró Margaret White con tono irónico—. Claro que sí. Después de la sangre, vienen los muchachos, olfateando y babeando cual perros.

—Ya basta, no sigas…

Cuando comenzaba a hablar de esa forma, era imposible hacerla entrar en razón. Por mero reflejo, Carrie salió temerosa de la cocina con la cabeza agachada hacia la sala. Su madre fue ahora la que fue detrás de ella, hostigándola insensatamente, casi susurrando en su nuca sus palabras.

—Te olfateará hasta descubrir de donde viene el olor de la sangre, y cuando lo descubra te tomará, Carrie. En su auto, entre los árboles, afuera en el frío, en donde están las cantinas, los albergues de carreteras, y el whiskey.

—Detén toda esta locura —murmuró la joven, intentando sacarle la vuelta, alejarse de ella. Pero la mujer la seguía, la agobiaba con su presencia, con su sola voz…

—He visto lo que hacen con las otras chicas, y tú no serás una de ellas. Dile a ese muchacho que no irás.

—No lo haré.

—Si no lo haces nos mudaremos. ¡Nos mudaremos y no dejaremos de mudarnos nunca!

—No…

—Vas a entrar a tu closet de inmediato, vas a entrar ahí y pedirás misericordia. ¡Implorarás perdón!

—¡No lo haré!

—¡Ve a tu closet, ahora!

—¡No!, ¡nunca más haré tal cosa!

Su gritó retumbó con un fuerte estruendo, más intenso que cualquier relámpago que resonara en el exterior.  Abruptamente, y como respuesta a su propio grito, los sillones y las mesas de la sala se elevaron hasta chocar contra el techo, como si un ser invisible los hubiera tomado con sus manos y alzado sobre su cabeza. Los cuadros de las paredes también saltaron, incluyendo el enorme tapiz de la última cena, del comedor. Los pocos objetos de decoración que ahí había, e incluso las velas; todo lo que las rodeaba en ese preciso momento dio un salto en el aire por sí solo.

Margaret White vio todo aquello estupefacta, y cayó al suelo de rodillas, presa del pánico. Soltó un alarido de terror, sin poder creerlo. Agachó su cabeza suplicante unos segundos, y luego alzó de nuevo su mirada lentamente, sólo para comprobar que todo aquello seguía flotando a su alrededor, como si la casa entera se hubiera volteado. Ella no entendía qué había pasado… pero Carrie sí.

La joven también estaba sorprendida. Eso no era parte de lo que tenía planeado hacer; aquello había ocurrido de la nada, sin que se lo propusiera conscientemente… pero, no tenía arrepentimiento alguno de ello. Su madre seguía de rodillas, con sus manos juntas al frente en posición de plegaria, y miraba hacia ella con sus ojos desorbitados y perdidos. Carrie sintió que se cuestionaba a sí misma si era ella quien lo estaba haciendo o no, y sintió de inmediato el deseo de aclararle su duda. Soltó todo de golpe, quizás con más brusquedad de la necesaria, teniendo sólo principal cuidado con las velas. Dejó todo de nuevo en su lugar, y su madre soltó otro alarido de terror, más discreto que el anterior, pero aun así bastante intenso. Ocultó su rostro detrás de sus manos entrelazadas, y comenzó a susurrar.

Carrie la miró con cierto asombro. Eso era algo que no había presenciado antes. Al ver a su madre ahí, sumida y temblorosa en el suelo, por primera vez le pareció tan pequeña; tan… patética e insignificante…

—Mamá, levántate —le pidió con serenidad, pero la mujer siguió en el suelo, murmurando plegarias—. Levántate por favor —le volvió a pedir de la misma forma, recibiendo el mismo resultado—. ¡Qué te levantes!

Extendió entonces su mano hacia ella y la mujer se alzó en el aire de un jalón repentino, hasta que sus pies se apartaron del suelo y quedó flotando a mitad de la habitación. Soltó un alarido más de pánico, mismo que Carrie debía aceptar que disfrutó un poco.

—Bruja… —espetó la mujer con voz seca—. Eres una impía hija del demonio…

—No me digas así —le respondió Carrie, verdaderamente dolida de escucharla llamarle de esa forma tan despectiva—. No existen las brujas.

—El diablo está en ti… el diablo está en ti…

—No es el diablo, mamá, soy yo. Hay otras personas que hacen esto mismo que yo hago, o incluso más.

—Mi pobre niña, no entiendes, no entiendes lo que sucede… No te deja ver que trabajas para Él…

—No, tú eres quien no entiende —señaló la jovencita con ferviente convicción—. La Dra. Honey me ha explicado todo…

—¿Doctora? —Interrumpió su madre cortantemente—. ¿Esa mujer? ¿Ella es la que te ha inculcado todo esto? ¿No te das cuenta que es un sirviente del Oscuro? Sólo vino a llamar a nuestra puerta para alejarte del camino verdadero…

—¡No! —Gritó Carrie, y toda la casa se agitó ligeramente como si fuera presa de un pequeño temblor. Marget White aulló asustada de nuevo—. Ella ha sido más una madre para mí en estos días de lo que tú lo has sido en toda mi vida. Ella me dijo que debo empezar a imponerme ante a ti, a tomar mis propias decisiones; que todo será mejor cuando lo haga… y tiene razón.

La soltó de golpe y la dejó caer por su propia cuenta al suelo. La mujer se desplomó de nuevo, y ahí se quedó gimiendo y orando, pidiendo perdón y fuerzas. En realidad Carrie no le entendía bien lo que decía, pero tampoco le importó.

—Voy a ir al baile, mamá —declaró tajantemente, indiferente a si la estaba escuchando o no—. Y ya no puedes detenerme…

Se aproximó a su mochila, la alzó del suelo y se encaminó a su habitación, pasando justo al lado de la mujer. Ésta siguió en lo suyo.

—Así que ya no volvamos a hablar de esto otra vez. Tengo un vestido de hacer…

Orgullosa de lo que había logrado esa noche, Carrie se dirigió a su cuarto, y comenzó esa misma noche la elaboración de su vestido soñado.

La emoción que le inundaba era tan grande, que le aceleraba el corazón como no sabía que era posible. Siempre pensó que estaba destinada a agachar la cabeza ante su madre, ante sus compañeros, sus maestros, y ante todo el mundo que la quisiera pisotear. Pero ese momento le había demostrado que no tenía que ser así, ya no más.

“En verdad creo que eres una persona muy especial, Carrie… aunque tengas en estos momentos a una madre y unos compañeros que no lo sepan apreciar. Pero un día, todo será diferente…”

Se sentía tan bien y tan fuerte. La Dra. Honey tenía razón en todo lo que le había dicho. Ahora todo sería diferente…

— — — —

La semana pasó rápido, y Carrie se esforzó de sobremanera cada noche para terminar el vestido a tiempo. Mientras ella se encontraba en su cuarto con la máquina de coser andando a marcha forzada, de vez en cuando le llegaban las lejanas oraciones de su madre desde la sala. Intentó ignorarlas lo mejor posible y enfocarse en su trabajo.

Los detalles finales los terminó justo la mañana del sábado. La quietud de la casa tras la partida de su madre a trabajar, le sirvió para concentrarse en ese último tramo. Se lo había puesto repetidas veces durante el proceso para revisar que todo estuviera quedando bien, pero una vez que estuvo terminado y listo, por alguna razón le dio miedo ponérselo. O, quizás miedo no era la palabra correcta.

Se dio un baño en la tina, aseándose como nunca lo había hecho. Principalmente se lavó muy bien su cabello para que no se le notara en lo absoluto grasoso. Durante la semana se había comprado un acondicionador para rizos y algo de maquillaje. Nunca se había maquillado, y definitivamente su madre no la ayudaría con eso, pero esperaba hacerlo bien. Luego de bañarse se secó bien el cabello y se lo peinó como mejor pudo. No sabía con seguridad si lo estaba haciendo bien, pero le agradaba lo que veía en el espejo. Su cabello brillaba, y su forma era definida y hermosa.

Pasó entonces a colocarse el vestido. Respiró profundamente para armarse de valor, se retiró la bata de baño, se colocó la ropa interior y un sujetador acorde para el tipo de vestido que usaría, que igualmente había adquirido durante la semana, y justo después deslizó la suave tela del vestido por su cuerpo desde su cabeza hasta los pies. La caída era perfecta, la sensación del género contra su piel le resultaba reconfortante, pero pecaminosa a la vez. Lo último de sus pocos ahorros se había ido en un par de zapatos de tacón mediano color beige, que se colocó antes de atreverse a ver hacia el espejo.

Su propio reflejo le resultó abrumadoramente desconocido. La forma en que caía su cabello, como el vestido entornaba la figura de su torso, como dejaba al descubierto sus brazos, su cuello, y principalmente la parte superior de su busto en ese bonito escote al que tanto tiempo le había dedicado para que quedara perfecto. Sintió por un momento el instinto de alzar sus brazos y cubrirse, pero se contuvo y en su lugar bajó los brazos abruptamente hacia los lados. No tenía nada de qué avergonzarse; el vestido era hermoso, discreto y formal. Se había basado en varios de los vestidos que había visto en los aparadores de Westover, y era justo y como lo había imaginado.

Faltaba poco para las siete. Comenzó entonces a maquillarse lo mejor posible: una base para cubrir sus imperfecciones, un poco de rímel, un ligero rubor, y un discreto brillo de labios. No quería nada exagerado, pues nunca usaba ese tipo de cosas, y lo que menos quería era verse ridícula. Y viendo el resultado final, para ser su primera vez… en realidad no lo hizo tan mal. Se veía tan bonita como cualquier otra chica de la escuela, o incluso un poco más.

Estaba encantada con cómo se veía. Sintió de inmediato el deseo de que alguien la viera, ¿y quién mejor que la persona a la que debía agradecerle todo ello?

Buscó debajo del colchón de su cama el teléfono celular que Matilda le había regalado; ahí lo ocultaba de su madre, pues de seguro su primer instinto si lo veía sería tirarlo contra la pared hasta que se rompiera. Se colocó de inmediato frente al espejo y se tomó una foto con la cámara del dispositivo. Aún en ese momento le maravillaba todo lo que se podía hacer con uno de esos. Le envió entonces la fotografía a la Dra. Honey, acompañada de un texto:

Mi vestido y yo estamos listos

Colocó el teléfono sobre el buró y siguió con su arreglo. Se intentó imaginar la reacción que tendría Matilda al ver su foto. De seguro tampoco sería capaz de reconocerla. Uno o dos minutos después, escuchó que llegaba la respuesta, por lo que se apresuró a revisar. Sus labios se curvaron una pequeña sonrisa al leer su mensaje:

¡Te ves hermosa!
Diviértete mucho

Divertirse, si acaso eso era posible para variar, definitivamente lo haría.

Escuchó entonces que la puerta principal se abría; su madre había vuelto. Por mero reflejo se aproximó al colchón y volvió a esconder el teléfono debajo de éste. Cuando su madre apareció en la puerta del cuarto, Carrie estaba de nuevo frente al espejo, retocándose el brillo de los labios. Fingió no notarla en el reflejo del espejo, pero era bastante difícil no hacerlo. Estaba ahí de pie, mirándola intensamente con tanta severidad, hastío y hasta horror, que casi sentía que esos profundos ojos azules le perforaban la nuca.

Intentó disimular y llevar las cosas en paz. Se giró lentamente hacia ella para encararla de frente, y le sonrió de la forma más sincera que le fue posible.

—Bienvenida, ¿cómo te fue? —le preguntó con ánimo, pero no le respondió nada; sólo la siguió mirando lentamente de arriba a abajo, de seguro escudriñando su vestido. Tomó entonces el corsage compuesto de una sola rosa rosada, y se lo extendió—. ¿Quieres ayudarme con esto, mamá?

—Rojo… —fue lo primero que surgió de sus labios, pronunciándolo como si la sola palabra le provocara asco—. Debí haberme imaginado que sería rojo.

—Es rosa, rosa salmón.

—Se notan tus sucios bultos. Todos los verán. La Biblia dice…

—Senos mamá, se llaman senos —le interrumpió molesta, y se giró entonces de regresó al espejo para ponerse ella misma el adorno del lado derecho de su vestido—. Tú también los tienes, como todas las mujeres.

Se terminó de colocar el adorno; realmente le sentaba bien.

—Quítate ese vestido, Carrie —espetó sus madre con dureza a sus espaldas.

—No voy a hacer eso.

—Quítatelo, y lo quemaremos juntas, pidiendo perdón. Aún no es tarde.

Sintió un extraño sentimiento de súplica en su voz que no recordaba haberle escuchado antes. ¿Se lo estaba pidiendo? Margaret White nunca pedía, ella exigía y su voluntad siempre había sido la ley. Cómo había caído tan rápido… le resultaba triste, aunque mayormente satisfactorio.

—Mamá, ya deja eso.

—Llama a ese muchacho y dile que no irás. No quiero que te hagan daño.

Carrie resopló despacio, ya un poco fastidiada por su actitud.

—¿Podrías al menos intentar ponerte un poco feliz por mí? —La miró fijamente en busca de alguna respuesta, pero ella sólo se quedó callada, observándola con su expresión dura y fría—. Supongo que no…

Se escuchó entonces el sonido de la bocina de un auto sonando en la calle, y esto las puso a ambas en alerta. Carrie sintió que su corazón se alteraba. En teoría ya estaba vestida, peinada y maquillada, pero abruptamente no se sintió para nada lista, como si aún se encontrara desnuda. Se acercó apresurada a la ventana y se asomó por ella, esperando ver a Tommy, estacionado en su vehículo justo delante de la casa. No era él; al parecer sólo era un vehículo que pasaba por la calle y luego se alejaba.

Carrie suspiró, un poco aliviada… pero también decepcionada.

—Quizás ni siquiera venga —masculló Margaret White—. Te habrá engañado, jugado contigo como siempre.

—Mamá, ya basta —le respondió la joven con dureza—. Estoy bastante nerviosa como para lidiar con tus palabras.

Margaret White soltó un intenso alarido similar a dolor. Repentinamente, alzó su mano derecha y comenzó a golpearse a sí misma en su cabeza con el dorso, aparentemente con bastante fuerza. Mientras lo hacía, susurraba con voz seca y severa.

—Lávense en la sangre del Cordero. Ten seguridad de que tu pecado te descubrirá, Carrie. ¡Arranca de tu cuerpo el color del demonio y quémalo!

—No te golpees así, no harás que me quede con eso —fue lo único que Carrie le respondió, mientras la miraba de reojo sobre su hombro.

Que transparentes y evidentes se volvían en ese momento sus manipulaciones y trucos. Carrie se preguntó cómo no se dio cuenta de ello antes. Sólo tuvo que imponerse ante ella una vez, sólo tuvo que colocarse por encima de ella y verla hacia abajo, para darse cuenta de la desquiciada y pobre mujer que era.

Ambas se viraron de nuevo hacia la ventana cuando sintieron como un vehículo se estacionaba a un lado de la acera. Carrie miró maravillada una larga limosina blanca, elegante y brillante, y casi inmediatamente después vio a Tommy Ross, bajando de la parte trasera, luciendo un fino traje de saco blanco y pantalón negro. Carrie sintió que se le escapaba todo el aire de su cuerpo, y su corazón de aceleró por la emoción.

Había llegado el momento.

—Si vas a ese sitio, sólo se reirán, se burlarán y te lastimarán —escuchó a su madre pronunciar prácticamente en su oído, sacándola abruptamente de sus pensamientos felices—. Iré a recibirlo a la puerta y le diré que estás enferma. Puedes quedarte conmigo, rezaremos juntas.

Carrie respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Buenas noches, mamá —le respondió cortante, sacándole la vuelta para dirigirse tranquilamente a la puerta del cuarto—. Vuelvo temprano.

Como bien lo predijo, la mujer no dejó las cosas así e irremediablemente salió del cuarto detrás de ella, y luego la siguió escaleras abajo.

—Arrepiéntete, aún no es tarde —le murmuraba con insistencia, pero Carie bajaba intentando no ponerle atención—. Cómo Jezabel cayó de la torre, así sucederá contigo. Y vinieron los perros y lamieron la sangre. ¡Lo dice la Biblia! No permitirás que ningún practicante de la brujería viva.

Carrie guardó silencio. Terminó de bajar las escaleras y cruzó el recibidor hacia la puerta.

—¡Si insistes en desobedecerme, tendré que decirle a ese chico sobre tus poderes del demonio! —Le gritó con fuerza de golpe, y eso sí provocó que Carrie se detuviera en seco.

La joven se giró lentamente hacia ella de nuevo, pero su expresión ya no tenía absolutamente nada de tranquila. Ésta era agresiva, llena de una ira bastante tangible y profunda.

—No te atrevas —le respondió con un tono de clara amenaza.

Ambas se quedaron de pie en sus respectivos lugares, mirando a la otra con intensidad como si estuvieran a mitad de un duelo de miradas. Sólo el sonido de los nudillos de Tommy llamando a la puerta las hizo salir de ese estado. Margaret White hizo de pronto el ademán de querer ir a la puerta. Dio dos pasos hacia un lado para sacarle la vuelta a su hija, pero todo su cuerpo se paralizó de golpe, y fue incapaz de mover ni un solo dedo. Al mirar de reojo a Carrie, vio que ésta la miraba con aún más intensidad que antes.

—Te lo advierto, mamá —le susurró con voz ronca, como si el enojo acumulado le cerrara la garganta y le dificultara hablar. Y por supuesto, tenía bastante enojo. Mucho de él acumulado por años, guardado en lo más profundo de su pecho. Pero ya no tenía por qué esconderlo más.

—El diablo te controla, el diablo está en ti… —susurró la mujer con la notable presencia de aprensión en su voz.

—Ya me tienes harta con eso…

Carrie agitó violentamente su mano derecha a un lado, y el cuerpo entero de Margaret White fue lanzado en dicha dirección, cruzando el recibidor hacia dónde se encontraban las escaleras. Sin embargo, no era a las escaleras a las que se dirigía, sino a la puerta del closet que se encontraba justo debajo de éstas: su closet de oración, en dónde su madre la encerraba a pedir misericordia cada vez que, según ella, cometía algún pecado que lo ameritaba; que de hecho era bastante seguido.

La puerta del closet se abrió de golpe, y el cuerpo de Margaret penetró en éste hasta quedar tirada en su suelo. Para cuando la mujer logró reaccionar y alzar su mirada, la puerta se volvió a cerrar ante ella, y poco después se colocaron los seguros; todo ello, sin que Carrie se moviera de su sitio.

Margaret comenzó a intentar abrir la puerta con desesperación, aferrándose al picaporte y empujándola con todo su cuerpo. Pero la puerta no cedía. Carrie miró la puerta del closet agitándose con cada golpe que ella le daba. Una parte de ella se sentía mal; era su madre, después de todo. Pero… ¿cuántas veces ella la había encerrado ahí por horas?, sin importarle si tenía que ir al baño, comer, hacer tarea o lo que fuera. En comparación, un par de horas ahí apenas y podía considerarse justo.

—Ya no digas nada hasta que me vaya —le ordenó tajantemente—. Llego a las 10:30. Espera ahí… y reza…

Avanzó con paso más firme hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo, se giró de nuevo hacia el armario y susurró muy despacio:

—Te quiero…

Salió por la puerta inmediatamente después. Esperándola de pie en el pórtico, se encontró con Tommy. Siempre había sido un chico apuesto, pero ese día le parecía casi irreal. La luz anaranjada del inminente atardecer lo alumbraba. Su cabello castaño oscuro se encontraba perfectamente peinado, y lucía espectacular en su traje de smoking blanco y negro que dibujaba su figura firme. En cuanto la vio, el chico le sonrió gentilmente, y ella no pudo evitar hacer lo mismo.

—Hola —murmuró nerviosa.

—Hola —le respondió él, aparentemente mucho más tranquilo.

—¿Te gusta cómo me veo?

Tommy le miró por unos segundos, en los cuales Carrie sintió bastantes nervios, aunque también emoción.

—Estás hermosa —le respondió de pronto, haciendo que las mejillas de la jovencita se ruborizaran aún más de lo que ya estaban. Le extendió entonces su brazo izquierdo, ofreciéndoselo—. ¿Nos vamos?

Carrie asintió tímidamente, y tomó el brazo de Tommy. Éste comenzó a guiarla para bajar las escaleras del pórtico, y luego ambos anduvieron juntos en dirección a la reluciente limosina.

FIN DEL CAPÍTULO 38

Notas del Autor:

La mayor parte de este capítulo se encuentra basado en los sucesos de la película Carrie del 2013, aunque también se tomaron en cuenta algunos aspectos mostrados en la película de 1976, y otros más narrados en la novela original. Adicional a ello, hay algunos agregados propios en lo que respecta a las personalidades y reacciones de algunos personajes. El siguiente capítulo será similar en este aspecto, recreando sólo los hechos importantes desde la perspectiva de Carrie White.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ “Doctor Sleep” © Stephen Kng.

+ “Carrie” © Stephen Kng.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

2 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 38. Ya no puedes detenerme

  1. Nacho Rodriguez Piceda

    Fue un capítulo diferente pero estuvo muy interesante, me gusto lo de la perspectiva de Carrie preparándose para baile y la inminente llegada de la Carrie Vengativa.
    Este capítulo me despertó la curiosidad en saber si vas escribir que le paso a Sue o a otros sobrevivientes y un pueblo que perdió su legado. Sin duda el acontecimiento de Carrie sería la catástrofe que la Fundación Eleven y la Tienda del gobierno no pudieron cubrir y salvar vidas. Además existe la teoría que los poderes de Carrie causaron más consecuencias imaginables.
    Se que Chambelán se convierte como una atracción turística como un pueblo fantasma o algo asi, son detalles que tendré en cuenta para spin off.
    Preguntas:
    Carrie tendrá habilidades telepáticas como en el libro?
    Matilda irá al baile?
    Carrie será recordada como la única culpable después de la tragedia?
    Escribirás sobre los interrogatorios de la policía o el juicio que se vio en las remakes de 2001 y 2013?
    Matilda visitó la tumba de Carrie, se encontró con Sue Snell?
    Que le paso al bebé de Sue y de Tommy, tendrá un destino diferente en la trama?
    Matilda leerá el libro de Sue?
    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho 🙂 Sí, en efecto este capítulo está más enfocado en recrear algo ya existente que algo nuevo, similar quizás al capítulo dedicado al final de Case 39. Pero al igual que con ese, recontar estos hechos obedecen a un propósito. Lo siguiente ya lo acabo de publicar, al menos lo referente al baile, pero aún queda un capítulo más donde veremos qué ocurre cuando Matilda llega a Chamberlain esa noche… Sobre las habilidades telepáticas, definitivamente es algo que quiero poner, aunque depende de si me alcanza el tiempo. Si no es el siguiente capítulo, quizás en algún otro flashback. No entraré mucho en detalle de narrar los interrogatorios y demás, ya que tampoco quiero rescribir demasiado lo ya existente, pero sí se mencionarán o se dará entender al respecto en los siguientes capítulos. Sobre la tumba, la idea inicial cuando recién empecé esta historia era algo similar a eso (a Matilda visitando la tumba), pero ahora es probable que sea un poco diferente. Y sí me gustaría explorar un poco sobre el bebé de Sue que te dan a entender que tuvo al final de la película del 2013, pero todo eso se verá después. Gracias por tu comentario 🙂

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