Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 02. El Botín del Pillaje

14 de febrero del 2019

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 02. El Botín del Pillaje

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 02
EL BOTÍN DEL PILLAJE

El Fénix del Mar se encontraba alegre esa mañana tras un atraco bien realizado. Tomaron el barco, se llevaron lo que iban a buscar, y se fueron, sin rastro alguno de la Guardia Naval. Simple y sencillo; de hecho más simple y sencillo de lo que podrían esperar. Como fuera, una vez que estuvieron a una distancia segura, escondidos entre la densa neblina, pudieron al fin relajarse y la tripulación entera se reunió en el comedor del barco para disfrutar de un merecido desayuno.

El comedor era un cuarto rectangular y alargado, que conectaba hacia la cocina del lado derecho. Tenía dos mesas alargadas paralelas entre sí para el uso de los tripulantes, y una más pequeña perpendicular a las otras dos y colocada casi al fondo del cuarto, reservada para el Capitán Jude, el Primer Oficial Henry y el señor Lloyd, aunque éste último casi no usaba dicha silla. En el muro detrás de esa mesa de honor, estaban colgadas dos banderas de tamaño considerable: la primera, la de fondo negro con la luna y las alas, igual a la que ondeaba en el mástil principal. La segunda, una bandera de fondo blanco con marco dorado, una rosa roja en el centro y una espada de hoja delgada colocada en vertical, como si atravesara la rosa. El diseño de ésta última era mucho más detallado y colorido que la otra.

Se oía mucho ruido y murmullos, pues los veinticuatro miembros de la tripulación se encontraban sentados, distribuidos en las tres mesas, bebiendo de sus tarros aunque fuera tan temprano, y comiendo alegremente conforme se les entregaban sus platos; charlaban entre ellos, algunos incluso cantaban, y otros más se burlaban de sus últimas víctimas con bastante jactancia.

Bien, en realidad eran veintitrés los que estaban sentados, pues la número veinticuatro de nombre Kristy, la más joven del sitio hasta el momento, era la encargada de ir y venir del comedor a la cocina lo más pronto que sus delgadas piernas le permitían, cargando tarros y platos de cerveza de cinco en cinco, o uno más si le era posible. La pequeña jovencita era ágil para abrirse paso entre la gente, y astuta para recordar exactamente cómo cada uno de ellos quería su platillo. Hacer eso, y muchas cosas más, era parte de su trabajo como Jefa de Cocina y Limpieza del Fénix del Mar, un puesto que sonaba mucho más glamuroso de lo que realmente era, pues era la única que se encargaba de ambas cosas en ese lugar.

—Aquí tienen —murmuraba con apuro mientras les entregaba a cada uno de los  faltantes de una mesa su respectivo platillo—. Con pimienta, y sin picante. Con picante y sin pimienta. Con mucha pimienta y mucho picante. Y con un poco de ambas para el señor Luchior…

—Gracias, Kristy —agradeció Luchior, el mismo hombre de cabello verde y cicatriz de cruz en la mejilla que había sido parte del ataque más temprano, cuando la chica colocó el platillo delante de él. No la volteó a ver, sólo al platillo, pues se encontraba en esos momentos un tanto distraído, hablando con otro grupo de hombres sobre lo que habían hecho, mientras balanceaba sutilmente un afilado cuchillos sobre la mesa, apoyado en la punta de su hoja—. Se veía que eran un grupo de novatos, casi todos. ¿No vieron cómo lloriquearon con el espectáculo que les dio el capitán?, qué patéticos. Deberían contratar a hombres de verdad para proteger sus barcos.

—Eso nos haría más difícil el robarlos —comentó uno de los otros.

—O quizás nosotros podríamos ofrecernos para protegerlos —comentó con ironía otro más—. Si nosotros somos los únicos que los robamos, podrían pagarnos para que no lo hiciéramos.

—Hey, cuidado con esas ideas millonarias, amigo mío —señaló Luchior con una sonrisa burlona, señalando con su cuchillo al hombre que había hablado—. Te puedes lastimar si tienes tantas seguidas…

Todo ese pequeño grupo de seis hombres rio discretamente.

Kristy los dejó atrás y siguió andando hasta la punta de la mesa izquierda, para entregar el último platillo.

—Aquí tiene, Doctora Melina —murmuró con la última pizca de entusiasmo que le quedaba, tras colocar con cuidado el plato en la mesa—. Hice panqueques para usted de la mezcla que hice para el capitán, porque sé que son sus favoritos. Pero ya se nos acabaron las fresas, lo siento.

—Oh, descuida querida —le agradeció con una amplia sonrisa la mujer de cabello castaño y ojos verde pasto, mirándola animosamente sobre su hombro. Desde su peinado bien arreglado, recogido en una corta cola de caballo, su rostro limpio, al igual que sus ropas pulcras, definitivamente era una persona que resaltaba bastante del resto de aquellos que estaban sentados con ella. Aun así, parecía bastante cómoda—. Pero deberías ya sentarte a comer tú, anda… —Se recorrió un poco hacia un lado, y tanteo el espacio libre en la banca con una mano, invitándola a sentarse.

—Ya voy, en un segundo…

Kristy tomó con ambas manos su delantal blanco, ya en esos momentos algo manchado de polvo y aceite por igual, y lo usó para limpiarse el sudor de su frente lo más posible.

—¡Kristy! —Gritó con ímpetu uno de los tripulantes, desde la otra mesa, al tiempo que alzaba su tarro al aire—. ¡Más cerveza por aquí, por favor!

—¡Ya voy!, ¡ya voy! —Exclamó la jovencita con rapidez, y de inmediato giró su atención hacia la mesa principal—. ¡Oficial Henry!, enserio me vendría bien algo de ayuda. La tripulación crece, y yo sigo trabajando sola en la cocina.

En su silla, el Primer Oficial Henry bebía con cuidado de su tarro, sin derramar ni una gota de su contenido sin necesidad; a su lado, Jude el Carmesí devoraba vorazmente los panqueques que Kristy le había preparado para saciar su antojo, tras habérselo sugerido a sus rehenes. Henry bajó de nuevo el tarro hacia la mesa, y casi de inmediato pasó su servilleta por sus labios para limpiarlos de cualquier rastro de cerveza que hubiera podido quedar en ellos. El hombre rubio y de hermosos ojos azules, en efecto también resaltaba un poco de sus demás compañeros.

—Sé que es difícil para ti trabajar sin ninguna ayuda, Kristy —señaló Henry con esa tranquilidad y seriedad tan propia de él—. Sin embargo, aunque la tripulación es un poco más grande ahora, seguimos siendo pocos para realizar todas las tareas que se necesitan para mantener a flote este gran barco. Por ello cada quién tiene sus obligaciones definidas, y si movemos a alguien de su sitio podría causar problemas en otras áreas.

—Con todo respeto, oficial —Intervino Melina, con tono conciliador—. Mi opinión profesional es que Kristy definitivamente necesita ayuda, urgente. Tanto trabajo puede llegar a generar mucho estrés, que después podría explotar de la forma menos pensada. Sería una desgracia para la tripulación entera si su única cocinera se enferma.

—Bueno, no estoy en posición de debatir con usted, doctora —respondió Henry con un tono ligeramente más animoso, mientras entrelazaba sus dedos frente a él y apoyaba sus codos en la mesa—. Podrías preguntarle a Shui si tiene a alguien disponible para echarte una mano…

—Para nada, ni lo sueñes enana —respondió la mujer de piel morena y complexión atlética, estando sentada en la mesa derecha, en la punta más próxima a la mesa principal. En ese momento justo se encontraba jugando vencidas con otro de los tripulantes, más grande y fornido que ella, pero aun así se las estaba arreglando para darle pelea, e incluso tomarle ventaja—. Los tengo a todos ocupados a toda hora; ninguno tiene tiempo para ponerse a jugar en la cocina contigo…

—¿A jugar? —Exclamó Kristy, entre ofendida y sorprendida por tal comentario de parte de la contramaestre.

—Además, no quieres a ninguno de estos idiotas ayudándote. Ensuciarían más… de lo que… ¡cocinarían! —En un último empuje final, aplicó todas las fuerzas de su brazo, haciendo que el del otro se torciera y chocara contra la mesa fuertemente—. ¡En tu cara, imbécil! —Se paró orgullosa en su banco, mirando a su retador, ahora derrotado, con burla y celebración—. ¡Sigue con esas manos de niña y definitivamente te mandaré a lavar platos a la cocina de la enana!

Kristy miró con disimulada molestia la espalda de la contramaestre, que no parecía darse cuenta de lo grosera que estaba siendo con ella con esos comentarios, o quizás no le importaba.

—No le hagas caso, Kristy —comentó Henry con un tono suave—. Te prometo que el siguiente en entrar al grupo será tu ayudante, sin excepciones.

—¡¿De verdad, oficial?! —Exclamó la jovencita, evidentemente muy emocionada por la noticia—. ¡Muchas gracias!

—No festejes tan rápido, Kristy —escuchó que Luchior murmuraba con ironía desde su lugar—. El próximo en entrar podría ser un sujeto feo, tonto, tan grande que no cupiera en tu cocina, y tan torpe que rompería todos los platos queriendo lavarlos.

—Eso si es que entra alguien pronto —señaló otro de los que acompañaban al hombre de cabellos verdes—. No es como si hubiera una fila de gente interesada esperando a que se le deje subir a este barco viejo y olvidado por Dios.

Los seis volvieron a reír al unísono.

Kristy no rio, sólo suspiró entre cansada y resignada. Pensaba para sí misma que no le importaría que el nuevo integrante fuera justo como Luchior lo describía, siempre y cuando en efecto le echara una mano. Además, le entusiasmaba un poco la idea de ser la jefa de alguien más; al fin esa parte del nombre de su puesto tendría sentido.

Una vez que terminó sus panqueques y en su plato sólo quedaron escasos rastros de pan humedecido por el jarabe, el Capitán Jude estaba al fin listo para lo siguiente en la agenda de esa mañana. Pasó su servilleta por toda su cara, limpiando cualquier marca del delito que hubiera quedado en él, y entonces se paró abruptamente de su silla con su tarro en una mano y una ferviente sonrisa en los labios.

—¡Coman y beban, señores! —Declaró con ímpetu, colocando un pie sobre la mesa y adquiriendo una pose triunfante—, que hoy tuvimos una gran victoria. —Señaló entonces hacia las cinco cajas con el escudo de los Vons Kalisma, que habían sido colocadas ahí mismo en el comedor para que todos pudieran apreciarlas mientras comían—. Y, por supuesto, ¡esta victoria se la dedicamos por completo a nuestra armada nación de Florexian!

Jude se giró por completo hacia las banderas a sus espaldas, pero más específicamente a la de la rosa y la espada. Una gran adoración se reflejó en sus ojos dorados, mientras admiraba aquel estandarte. Sin embargo, mientras él miraba en esa dirección, casi todos los otros presentes en el comedor soltaron un silencioso murmullo de cansancio.

—Ya empezó otra vez —murmuró con un poco de fastidio Roman, un hombre bajo y de complexión robusta, de brazos y piernas anchas, y piel morena, que estaba sentado en el grupo de Luchior.

Jude prosiguió, aparentemente ignorante de la reacción de su público.

—Y principalmente, se la dedicamos a nuestra única reina, a la inigualable y hermosa Estelyse IV —proclamó con entusiasmo, alzando su mirada al techo; de nuevo, como si mirara el mismísimo cielo directamente—. Nuestra hazaña llegará pronto a los oídos de nuestra reina, sin duda alguna. Sus dulces y delicados labios sonreirán de felicidad al escuchar lo que hemos logrado este día, y su corazón se llenará de gozo por este increíble triunfo contra el malvado y perverso Imperio de Kalisma. Se escribirán canciones sobre esto, y los trovadores de Florexian contarán la historia sobre cómo los valientes Corsarios de su nación, ¡dieron un golpe contundente contra los tiranos, dando un paso más hacia su absoluta ruina! ¡Repitan conmigo! —Alzó entonces su tarro hasta lo más alto—. ¡Viva Florexian! ¡Viva su Majestad, Estelyse IV! ¡Viva el Fénix del Mar!

—Viva… —repitieron los demás hombres, ni remotamente cercanos a su entusiasmo, y más como un mero requisito.

—¿De dónde sacará todas esas cosas? —Volvió a preguntar Roman, mientras se acababa su comida sin mucho interés.

—No lo sé, supongo que las ensaya cada noche —le respondió Arturo encogiéndose de hombros; era otro más de su grupo, algo joven, alto y de cabello café largo y suelto hasta los hombros, y de nariz puntiaguda.

—Siempre me asusta un poco cuando el capitán se pone a desvariar así —murmuró Kristy despacio, estando ya sentada a lado de la doctora Melina y comenzando a comer poco a poco.

—Descuida, es inofensivo —Le respondió la doctora con tono bromista—. Yo misma lo analicé. Aunque claro, no soy una alienista profesional, así que quizás me equivoque.

Jude siguió hablando más para sí mismo, pues los demás apenas y le hacían caso. Aunque quisieran, no era tan fácil para ellos emocionarse por una nación y una reina… que no existían; al menos, nadie además de él las conocía o hablaba de ellas. Insistía desde el día uno en que eran corsarios de ese supuesto reino, y aunque a cada nuevo tripulante le era complicado al inicio entender eso, con el tiempo se iban acoplando en cuanto entendían una verdad bastante evidente sobre su capitán: estaba loco, pero era inofensivo como bien explicaba la doctora Melina.

Pasaron algunos minutos y Jude aún continuaba, y si lo dejaban era posible que se siguiera toda la mañana.

Luchior tosió con fuerza abruptamente, de manera falsa, para poder llamar la atención.

—Muy bonito discurso, capitán —dijo con disimulada ansiedad—. Pero creo que todos tenemos curiosidad de saber exactamente lo que ganamos con ésta “gran” victoria. —Señaló entonces con su pulgar hacia las misteriosas cajas.

—Concuerdo con Luchior, capitán —señaló el oficial Henry, levantándose de su silla—. Creo que es momento de que todos veamos nuestro nuevo botín. ¿No le parece?

—Si no son joyas, no me interesa —murmuró Shui con molestia, apoyando sus codos en la mesa y su rostro contra sus manos—. Y recuerda mi advertencia, rojo; si son sólo papeles aburridos para el rey, lo pagarás…

—Bien, bien —Murmuró Jude, alzando sus manos para calmar a todos—. El señor Romeo y el Oficial Nathan tienen razón…

—Sigo sin entender de dónde me ve cara de “Romeo” —murmuró Luchior despacio a sus acompañantes mientras el capitán hablaba.

—Es hora de ver con nuestros propios ojos lo que le hemos arrebatado a los Vons Kalisma bajo sus narices. Bobby, se buen chico y abre la primera de ellas para que todos puedan verla.

El hombre al que el capitán nombró como Bobby, se llamaba en realidad Connor. Era alto, muy alto; fácilmente el más alto de todo ese grupo. Era muy fornido, sobre todo de sus brazos y pecho. Tenía la piel oscura y la cabeza rapada. Al pararse, sobresalió considerablemente entre el bosque de cabezas sentadas. Avanzó en silencio hacia una de las cajas, y tomó la palanca de acero que habían colocado a un costado de ellas para ese momento. Jude, Henry, y algunos de los tripulantes se habían reunido detrás de él y entorno a la caja para poder ver. El hombre grande tomó la palanca y aplicó justo la fuerza suficiente para que la tapa superior se desprendiera, y cayera hacia atrás.

Todos, o al menos los más cercanos, se inclinaron sobre la caja para ver.

—¡Retrocedan, bobos! —Les ordenó Jude, haciéndolos hacia atrás con sus brazos y manos—. Como capitán, tengo derecho a ver primero. Recuerden que estas cajas iban dirigidas directamente al palacio Real de Korina, de seguro para el mismísimo Rey Leonardo. ¡Veamos que tenía escondido ese viejo malnacido!

Jude se inclinó sobre la caja y echó un vistazo a su contenido. Estuvo analizándolo por un rato, pues en realidad parecían ser varias cosas, pero algunas no las identificó de inmediato. Metió su mano y tomó lo primero que alcanzó, que le pareció algún tipo de tela o seda. Se sentía suave, y definitivamente fina. La jaló y la sacó de la caja, pero sólo hasta que lo tomó con ambas manos y lo extendió delante de él, pudo ver con mayor claridad de qué se trataba.

—¿Es un vestido? —masculló confundido. Era, en efecto, un elegante vestido de estilo Xinguense color morado, largo, de cuello alto, sin mangas y adornos plateados en él.

En ese momento, Melina, Kristy y Shui, que hasta ese momento no habían tenido mucho interés en las dichosas cajas, parecieron de pronto sobresaltarse al oír eso.

—¡¿Vestido?! —Exclamó Shui con fuerza, parándose rápidamente, para luego avanzar con apuro hacia el tumulto de gente—. ¡A un lado!, ¡déjenme pasar, caras de monos! ¡A un lado!

Con quizás más violencia de la necesaria, la contramaestre se abrió paso hasta las cajas; Kristy y Melina aprovecharon el camino que ella abría para acercarse también. Al llegar a su destino, Shui incluso empujó a Jude a un lado para que no estorbara, y le arrebató el vestido que sostenía, admirándolo de arriba a abajo con expresión seria.

—Bien… si ninguno de ustedes afeminados lo quiere, yo me lo quedo —declaró con orgullo, y sostuvo entonces el vestido contra su cuerpo.

—¿Y para qué lo quieres tú, Julieta? —Cuestionó Jude, entre confundido, pero también molesto por el empujón—. Tú ni siquiera usas vestidos.

—Porque nunca tengo una ocasión decente de usar uno, idiota —le respondió Shui secamente—. Además, míralo, es precioso; ya era hora de tener algo bonito en este sitio.

—Oye, tú dijiste que si no eran joyas no te importaba lo que tuvieran las cajas —señaló uno de los tripulantes como acusación.

—¡Cambié de opinión! —Espetó ella con fuerza, girándose llena de furia hacia ellos—. ¡¿Alguien tiene algún problema con eso?!

Todos los posibles involucrados se voltearon hacia otro lado y guardaron silencio.

—¡Hay muchos más! —Exclamó Kristy con alegría, revisando el demás contenido de la caja y sacando algunos de los vestidos que ahí se hallaban guardados. Todos eran de diferentes colores y estilos, aunque eran definitivamente Xinguenses.

—No despreciemos lo que Dios nos da —murmuró la doctora Melina, tomando un vestido de la caja y colocándoselo encima para ver qué tal le quedaba—. Si ya los robamos, hay que quedárnoslo.

—¡Hey!, ¡no se pasen de listas! —Señaló Shui, y rápidamente volvió a la caja, comenzando a reclamar más parte del botín—. ¡Éste es mío!, ¡y éste también! ¡Y éste!

—Oh querida, el rosa definitivamente no es tu color —le advirtió Melina, mientras giraba en círculos, abrazada de un vestido amarillo con verde.

—¿Las mujeres nobles de Xing usan este tipo de atuendos, navegante? —Preguntó Kristy curiosa, girándose hacia uno de los pocos que quedaban sentados en las mesas.

Desde atrás de la portada roja y gastada de un libro, se asomaron entonces un par de lentes redondos y grandes, frente a un par de ojos oscuros y un tanto sobresaltados por su repentina mención.

—¿Qué?, ¿cómo dicen? —Murmuró un tanto distraído, pues en realidad se había mantenido un poco al margen de la plática. Al echar un vistazo mejor a lo que ocurría, optó por cerrar su libro y acercárseles. Era un hombre de estatura mediana, delgado, de cabello totalmente negro, largo hasta su cintura, sujeto con una cola. Su rostro era pálido, y sus ojos algo rasgados. Miró con algo de timidez los atuendos que las chicas sostenían y pegaban a sus cuerpos; sobre todo la contramaestre, que hacía que las telas coloridas se entornaran por completo a su voluptuosa figura, provocando que un notorio sonrojo se asomara en sus mejillas, por lo que optó por rápidamente virarse hacia otro lado disimular—. S… sí… me parece que sí es del estilo que está de moda últimamente en mi país. Parecen además telas muy finas…

—¿Oyeron eso? —exclamó Melina, entusiasmada—. Son telas finas, Katori lo confirma.

—Yo podría habértelo dicho con tan sólo verlas —Contestó Shui de mala gana, pero aún con casi toda su concentración puesta en las prendas.

Mientras las tres mujeres de la tripulación se entretenían con los vestidos, el resto de los presentes las miraban un poco perdidos en su plática.

—¿Por qué una caja llena sólo de vestidos? —Masculló Jude, cruzándose de brazos—. ¿Serán para la hija del Rey?

—¿La princesa Stephani? —Respondió Henry, dudoso—. Creo que tiene como ocho años.

—Abramos las otras cajas para ver si tienen algo más interesante —propuso Luchior, y de inmediato él y los otros se pusieron a la tarea de inspeccionar las otras cuatro cajas.

Connor usó la palanca para abrir otra más. Luchior y algunos de sus compañeros se asomaron a su interior, y lo que vieron los alegró significativamente más que los vestidos.

—Esto está mucho mejor —señaló entusiasmado, sacando de la caja una botella redonda de vidrio, con un líquido opaco en su interior; claramente se trataba de una botella de licor, y en la caja había varias más de diferentes tamaños y tipos. Retiró con un cuchillo el corcho que la cubría y aspiró profundamente el penetrante olor de su contenido—. Y creo que es fino. ¿De la colección privada del rey, quizás?

Los hombres se apresuraron a husmear el resto de las botellas.

—Miren, yo ni siquiera había nacido este año —señaló uno de ellos, revisando la etiqueta a un costado de una de las botellas.

—¡Dame eso! —Le arrebató Lloyd rápidamente la botella que sostenía de un manotazo, y entonces la sostuvo frente a su rostro para inspeccionar la etiqueta y el líquido que tenía dentro con más detenimiento—. ¡Uff!, sus lenguas incultas no merecen probar algo como esto. ¡Ahora sí nos sacamos la lotería!, ¡hasta que robamos algo que vale la pena!

Rápidamente el hombre mayor comenzó a tomar botellas de las cajas, peleándose un poco con los demás que hacían lo mismo.

Mientras hacían eso, Connor se permitió abrir las otras tres. La tercera tenía varios objetos: más botellas, aunque éstas no parecían de licor, algunas plantas, frascos con geles, peinetas y maquillaje. La cuarta tenía varios libros, papeles y pergaminos. La quinta también tenía ropa, aunque no precisamente vestidos, sino de varios tipos: pantalones para montar, sombreros de fiesta, guantes, gargantillas, listones, e incluso algo de ropa interior de encaje y medias; todas para una mujer adulta, sin duda. A diferencia de los vestidos, estos sí tenían una apariencia más similar a la moda de Kalisma, o incluso a la más atrevida y liberal de Françoise.

—Parece mercancía variada para vender —comentó Henry, cruzándose de brazos—. Pero dudo mucho que lo sea, si venían en cajas dirigidas a la Familia Real. Deben ser regalos, y para alguna señorita, sin duda; pero definitivamente no para la princesa. —Introdujo su mano en la tercera caja, y tomó una de las botellas redondas de cristal con un líquido rosado en su interior, que parecía un poco espeso cuando meció la botella hacia un lado y hacia el otro con cuidado.

—¿Regalos?, ¿regalos para qué? —Espetó Jude, casi ofendido, mientras inspeccionaba la caja llena de libros y papeles—. ¿Quién les da regalos a esos gordos egoístas? ¿No tienen ya demasiado?

—Por lo mismo no creo que les duela mucho la pérdida de éstos objetos —añadió Henry, encogiéndose de hombros—. Siendo tan ricos, pueden conseguir más.

Jude revisó con curiosidad algunos de los libros. Eran bastante variados, desde algunas novelas hasta atlas y enciclopedias.

—Toma, Cort —exclamó con indiferencia, literalmente arrojando los libros hacia el navegante del barco, a excepción de las novelas que esas pensaba revisarlas después. El chico Xinguense atrapó a duras penas algunos de los libros en el aire, y otros más cayeron en el suelo, o incluso uno justo sobre su cabeza.

—Gracias, capitán —respondió Katori, no del todo sincero. Igual les echó un vistazo. Eran libros de ediciones recientes, aunque no muy extraños, y casi ninguno era Xinguense. Eso le resultó un poco curioso.

Jude se inclinó sobre la caja para alcanzar más de los papeles que ahí se encontraban. Tomó un manojo de ellos y los revisó un poco por encima. Parecían ser mapas de diferentes clases; algunos viejos, otros relativamente nuevos.

—¿Y este mapa de dónde demonios es, Cort? —Le cuestionó al navegante, extendiéndole un mapa de tamaño mediano, de papel café algo opaco, pero aparentemente bien conservado. Sobre éste, tenía trazada una costa, muy detallada y al parecer había sido hecho con pincel a mano. En el costado izquierdo, estaban colocados de manera vertical varios símbolos que en conjunto parecían formar oraciones, aunque se perdían en el borde inferior como si ahí faltara un pedazo más que hubiera sido arrancado.

Katori tomó el mapa entre sus dedos. Se acomodó sus anteojos, y miró el pedazo de pergamino de arriba hacia abajo, y de un lado a otro, admirando cada uno de sus trazos, e incluso las pequeñas manchas y marcas que el tiempo había dejado en él.

—No lo reconozco —concluyó tras no mucha deliberación. Lo más extraño era que no tenía nada marcado en él; ningún pueblo o punto específico, ninguna ruta o algo similar. Sólo estaba la forma de la costa, y esas letras a un costado—. Tampoco identifico el idioma.

—¿Ya se le olvidó leer Xinguense, navegante? —Murmuró Arturo con tono bromista, mirando sobre su hombro hacia el curioso mapa.

—No es Xinguense —murmuró Katori entre dientes—. Pero los trazos son hermosos, se ve que fueron hechos por una mano muy hábil. —Notó entonces que varios de los papeles que el capitán había estado inspeccionando, terminaban en el suelo, incluso los demás mapas. Casi sin pensarlo, se agachó rápidamente para recogerlos—. Si quiere puedo revisar con más cuidado estos papeles para ver si hay algo útil en ellos.

—Todos tuyos —le respondió sin darle mucha importancia, mientras seguía tirando papeles sobre su hombro al suelo—. Considéralos tu regalo de cumpleaños.

—Gracias… supongo… —murmuró el navegante, sonriendo de forma un tanto forzada.

—¿Qué es eso con exactitud, Nathan? —Inquirió el Capitán Carmesí, viendo la botella de líquido rosado que Henry seguía inspeccionando.

—La etiqueta dice que es Aceite de Madrola —respondió el Primer Oficial, aún algo pensativo—. No tengo idea para qué pueda servir.

—¿Aceite de Madrola? —Murmuró la doctora Melina, un poco distante de su plática pues seguía revisando los vestidos—. La Madrola es una planta originaria de Xing, aunque allá creo que la llaman Mao-Ling. Tiene diferentes usos medicinales para combatir los dolores y el estrés. —Miró entonces sobre su hombro hacia la botella—. Pero en esa presentación en particular, me parece que se usa como un potente afrodisiaco.

Esa explicación pareció atraer la atención de muchos, y crear un fuerte sonrojo en los rostros de Kristy y Katori.

—¿Afrodisiaco? —Espetó Roman, un poco sorprendido.

—¿Osea que esa cosa se usa para coger? —Añadió Luchior, entre confundido y curioso.

—Dicho de forma simple, sí —Respondió Melina con tranquilidad. Dejó sus vestidos sobre la mesa del comedor y se acercó a Henry para tomar la botella entre sus manos e inspeccionarla—. Se usa de dos formas: puedes untarlo en el área genital, y eso aumentará la estimulación; funciona para ambos sexos. O también los hombres lo pueden beber en pequeñas cantidades, y eso en teoría les dará más energía y fuego.

—Oh, cielos… —susurró Kristy, totalmente roja y apenada por lo detallada explicación, aunque también un poco fascinada.

—¿Te das cuenta de que esos ricachones realmente necesitan algo como eso para poder hacerlo? —Bufó Arturo, mientras se servía en un tarro un poco del licor que había logrado tomar de la caja—. De seguro estar sentados todo el día en sus pequeños tronos les atrofia la cabeza… ¡las dos!

Varios de sus compañeros rieron como respuesta a su chiste.

—Oh, no estoy tan segura —Murmuró Melina, al parecer bastante interesada en el aceite, y también en el resto del contenido de esa caja—. Creo que de vez en cuando, un poco de ayuda no viene a mal. —Algo más en la caja llamó su atención—. Esto sí es interesante…

La doctora le regresó la botella a Henry, y extendió entonces su mano hacia adentro, sacando un manojo de hierbas verdes. Las acercó a su rostro y respiró un poco sobre ellas para poder percibir su aroma, que era de hecho bastante penetrante.

—Si no me equivoco, esto es Hierba de los Cielos. Muy rara, pero dicen que ayuda a incrementar las posibilidades de quedar embarazada. La mujer la prepara en una infusión, y lo bebe una media hora antes del acto sexual. La gente dice que eso garantiza que su vientre se vuelva fértil y se embarace al primer intento.  Aunque, como doctora, me cuesta un poco creer que realmente sea tan fiable.

—¿Afrodisiacos y hierbas para embarazarse? —Comentó Jude, bastante incrédulo. Tomó la botella de aceite de las manos de Henry, la inspeccionó unos momentos, y entonces comenzó a lanzarla al aire unos centímetros, sólo para volverla a atrapar con la misma mano; aparentemente no tenía temor alguno de que se le fuera a caer—. ¿Está seguro de lo que dice, Doctor Marco? No cuestiono sus conocimientos, pero… ¿qué clase de regalos son estos para el rey de Kalisma? ¿Acaso le están queriendo insinuar algo?

—Creo que son regalos de boda —señaló Katori de manera pensativa, haciendo que automáticamente todos se voltearan a verlo al mismo tiempo, haciendo que se sintiera abruptamente algo nervioso por ello—. Es que… me parece que Aceite de Mao-Ling y Hierba de los Cielos son algunos regalos de boda habituales entre los aristócratas de Xing, con el fin de ayudar a la nueva pareja a concebir descendencia lo antes posible…

—¿Regalos de Boda? —Murmuró el capitán, dubitativo.

—Tal vez son regalos de compromiso para la prometida del príncipe de Kalisma —señaló Henry, colocando una mano en su barbilla—. Creo que escuché en el último puerto en el que estuvimos, que su boda con la Duquesa de Aguilez es el próximo otoño. Quizás estos son regalos de la burguesía de Xing para ella, o incluso de la propia Emperatriz Xinguense.

—¿Regalos para el príncipe… y su prometida? —Reflexionó despacio el Carmesí, mientras miraba con detenimiento todos esos objetos: las botellas, las ropas, los artículos de belleza, los libros y papeles. De pronto, una amplia, muy amplia sonrisa se dibujó en sus labios, enseñando sus dientes y sus afilados colmillos. Una de sus estridentes risas se hizo presente abruptamente, haciendo que todos se sobresaltaran asustados—. ¡Justo como lo planeé!

—¿Qué supuestamente planeaste ahora? —Inquirió Lloyd con tono de regaño, pero Jude en realidad no le hizo caso.

—¡Estos objetos que iban destinados para el principito mimado, ahora son todos míos! —Rápidamente, le arrebató a Shui uno de los vestidos que tenía con ella, uno de color verde, y de un salto se subió a una de las mesas del comedor, alzando el vestido en el aire en señal de victoria—. ¡Ésta prenda es un símbolo de nuestra victoria contra la burguesía de Kalisma, que tanto ha desangrado a su propio pueblo! ¡Esperen a que ese bobo de Noah Vons Kalisma se entere de que todos estos tesoros que eran para su futura esposa, ahora están siendo usados por las vulgares mujeres de mi tripulación!

Las tres mujeres presentes en la habitación, se sobresaltaron gravemente sorprendidas, y por supuesto ofendidas.

—¿Vulgares? —Susurró Kristy muy despacio, arrugando un poco el entrecejo con enojo.

—No estoy segura si me involucró o no en esa afirmación —masculló Melina, volteándose hacia un lado—. En vista de que soy “Marco”… No sé cómo sentirme al respecto…

Quien obviamente tomó más a mal su descuidado comentario, fue la contramaestre Shui, que no se contuvo ni un poco de demostrar su doble furia: la primera por sus palabras, y la segunda por arrebatarle su vestido de esa forma.

—¡¿Vulgar?! ¡¿A quién le dices vulgar, pelirrojo de mierda?! —Se aproximó rápidamente a la mesa, lo tomó con fuerza de la cola de su abrigo rojo, y de un fuerte tirón lo tumbó al suelo de espaldas. Y antes de que el pirata pudiera reaccionar, lo tomó de nuevo en el suelo, lo giró para que estuviera boca abajo, lo agarró firmemente de su brazo, y le aplicó una fuerte llave contra su espalda. Mientras sujetaba su muñeca con su mano izquierda, rodeó con su brazo derecho el cuello del pelirrojo y lo jaló hacia atrás, haciendo que su cuerpo se doblara de una forma muy dolorosa; todo esto ante los ojos inmutables del resto de la tripulación, que tenían poco o nada de intención de intervenir en tan penosa escena.

—¡Ah!, ¡¿qué crees que haces, Julieta?! —Gimió con dolor el pelirrojo, empezando a forcejear para intentar liberarse, pero ella lo tenía realmente bien sujeto—. ¡Suéltame ahora mismo! ¡Argh!, ¡¿cómo te atreves a hacerle esto a tu capitán?! ¡Te haré caminar sobre la plancha! —Logró entonces zafarse, y rápidamente fue él quien rodeó el cuello de ella con su brazo, aplicando fuerza para intentar someterla—. ¡Serás comida de tiburones!, ¡si es que alguno realmente te ve aunque sea remotamente apetitosa!

—¡Serás el capitán pero yo estoy cansada de tu insensatez! —Tomó el brazo con el que la sujetaba firmemente con sus manos, y entonces dobló su cuerpo y jaló el de Jude hacia el frente, haciendo que éste se levantara del suelo, pasara por completo sobre ella y cayera de espaldas al suelo, quedando bastante aturdido por el golpe—. ¡Corrección!, No, no es insensatez… ¡es idiotez! —Saltó entonces en el aire, y luego se dejó caer directo hacia él con su codo de por medio, haciendo que éste se clavara justo en la boca de su estómago. El cuerpo del capitán se dobló de dolor, y soltó un quejido totalmente mudo debido a la falta de aire.

Varios de los presentes soltaron un pequeño gemido de dolor al ver esto.

—Auh… —exclamó Katori de forma nerviosa.

—Como doctora, debo decir que este tipo de actos es demasiado —murmuró la Doctora Melina, intentando sonar lo más seria posible—. Pero, como posible “mujer vulgar” aludida en su comentario, tengo que decir que él se lo buscó.

Jude se dobló sobre sí mismo mientras se agarraba su abdomen con ambas manos, y daba profundas y dolorosas inhalaciones, intentando jalar algo de aire de nuevo a su cuerpo. Shui, por su lado, se paró, se limpió sus manos, y luego las puso en su cintura con orgullo.

—¡Piensa bien a quién le dirás vulgar la próxima vez que quieras lucirte! ¡Imbécil!

Se giró hacia los demás, y se dispuso a volver a donde estaban las cajas. Sin embargo, apenas dio un par de pasos cuando el pie derecho de Jude rápidamente se estiró lo suficiente para ponerse en su camino, haciéndola tropezar de manera sorpresiva, y haciendo que cayera de narices al suelo de madera, creando un sonido pesado y estridente.

Una vez, todos soltaron un alarido de dolor.

—¡Ja…! —Exclamó el Capitán pelirrojo, seguido de algunas inhalaciones forzadas y un par de tosidos. Aun así, logró sentarse y señalarla con su dedo de forma burlona—. ¡En tu… cara…! ¡Yo le digo vulgar… a quien quiera! ¡¿Quién es el imbécil aho…?!

Los puños de Shui se apretaron con fuerza, y se pudo notar como todos sus músculos se tensaron. Lentamente se puso de pie; su respiración era agitada, y su rostro, con algunas marcas de golpe tras la caída, se llenó de una ira descomunal. En cuanto sus asesinos ojos verdes se posaron en Jude, éste fue incapaz de ocultar el profundo… terror que dicha imagen le causó.

—¡Te… voy… a MATAR! —Gritó con fuerza y rápidamente se le lanzó encima como animal contra su presa. Jude intentó hacerse hacia atrás en el suelo, más por reflejo, pero fue demasiado tarde. Ella lo alcanzó, lo tomó, y comenzó a hacerle todas las llaves que se sabía, a golpearlo, a patearlo, e incluso a morderlo; todo lo que se le ocurría. Ni siquiera lo pensaba en realidad, sólo dejaba que su ira guiara su cuerpo.

Al parecer estarían en eso un buen rato, así que el resto de la tripulación volvió al asunto de las cajas y a su contenido; luego de la vez número diez en la que la contramaestre le diera una paliza merecida al capitán, éstas comenzaban a volverse repetitivas.

—Bueno, después de todo no fue tan mal botín —señaló Lloyd, al tiempo que le pasaba su tarro a uno de los hombres para que también le sirviera algo del licor fino—. Pudo haber sido mejor, pero quizás podemos sacarle algo de dinero a esto. Quedémonos con el licor, y vendamos esos vestidos y maquillajes.

—¡No!, ¡los vestidos no! —exclamó Melina con fuerza, aferrándose a dos de los vestidos que había tomado—. Quizás nosotras dos no vayamos a asaltar barcos como la contramaestre, ¡pero hacemos bastante trabajo por todos ustedes y sin pedirles nada a cambio! ¡Merecemos una recompensa de vez en cuando!

—¡Sí! —Secundó Kristy, envalentonada por el apoyo de la doctora—. ¡Es la primera vez en mucho tiempo que podemos tener ropa bonita en este lugar!

—Oficial Henry, le advierto que si intenta quitarnos esto, no les curaré ni siquiera una astilla enterrada en el dedo —sentenció Melina tajantemente—. ¡He dicho!

Pese a su expresión tranquila y fría, el Primer Oficial de la nave pareció sentirse un poco acorralado por ambas chicas. Además, sabía muy bien que si Shui no estuviera en esos momentos presionando la cabeza de su capitán fuertemente entre sus puños mientras éste gritaba de dolor, se uniría a la protesta, y de una forma mucho más agresiva.

—Bien, supongo que podemos quedarnos con los vestidos y el resto de la ropa —concluyó Henry, colocando sus manos atrás de su espalda y poniendo su espalda recta.

—¿Y el maquillaje y el resto de los productos de tocador? —Cuestionó la doctora con tono cortante.

—Sí… eso también.

Las sonrisas de alegría iluminaron el rostro de ambas chicas.

—Por eso lo queremos, Oficial —murmuró Melina contenta, seguida de un sutil guiño de su ojo derecho.

—Pues no podemos vender los libros y mapas —Señaló Luchior, cruzándose de brazos—. ¿Quién va a comprar eso?

—Creo que nadie, no creo que haya algo particularmente valioso —comentó Katori, echando una mirada rápida a los libros y pergaminos que traía en sus brazos.

—Eso nos deja con los afrodisíacos y la Hierba de los Cielos —señaló Henry—. Si este aceite de Madrola es tan efectivo como la doctora dice, quizás podríamos venderlo en algún prostíbulo. Al menos de que se los quieran quedar, pero dudo que alguien aquí le pueda sacar verdadero provecho.

—Oh, no lo sé —murmuró Lloyd con tono juguetón, mientras seguía bebiendo alegremente de su tarro—. Si me dejas en el primer prostíbulo que encuentres, te aseguro que me acabo toda una botella en una noche. —Remató su comentario con una sonora risa.

—¡Señor Lloyd! —Exclamó Melina con indignación—. Por favor, no hable así frente a la pequeña. —Colocó entonces sus manos sobre los oídos de Kristy, intentando hacer que no oyera más. Ésta, sin embargo, no pareció nada contenta con ese acto.

Lloyd se encogió de hombros, indiferente por su enojo.

—Pero definitivamente creo que preferiría el dinero. Así que será mejor que intentes venderlos, muchacho.

Henry asintió con su cabeza, mostrando que se encontraba de acuerdo con la propuesta.

—¿Qué opinas, Katori? —Murmuró curioso, girándose entonces hacia el chico de cabellos negros y largos—. ¿Crees que sería sensato probar suerte en algún puerto cercano? ¿O mejor se los llevamos a Tommy?

—No creo que sea el tipo de producto que Tommy nos recibiría —respondió el joven Xinguense—. Es bastante exótico para lo que él acostumbra comerciar.

—Concuerdo. Entonces, traza curso hacia el puerto más cercano, y en el que tengamos un buen sitio para ocultar el barco.

—Sí, oficial. Creo que ese sería el puerto de Torell.

—Pues Torell será.

Katori asintió y se dirigió rápidamente a la salida del comedor, cargando consigo lo más que podía de sus nuevos libros y mapas.

Henry se giró de nuevo hacia las cajas unos momentos, y colocó con cuidado una de sus manos sobre la orilla de una de ellas. Pensó un poco para sí mismo, mientras tenía las risas y voces de los otros, y lo gritos de Shui y Jude por igual un poco más alejados.

—Quizás al príncipe sí le moleste un poco la pérdida de estos objetos, después de todo…

FIN DEL CAPÍTULO 02

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 Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ “Crónicas del Fénix del Mar” © WingzemonX & Denisse-chan.

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