Original Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 01. Jude el Carmesí, el Último Gran Señor Pirata

15 de enero del 2019

Me he preguntado algunas veces: ¿cómo sería el mundo si todo fuera agua? Si todo lo que conociera, todo lo que me rodeara, pudiera tocar, oler, y ver, fuera sólo… agua. Es extraño, pero de vez en cuando, al cerrar mis ojos, surgen en mí estos pensamientos y esta extraña sensación de estar cayendo, lentamente, como si me estuviera hundiendo; profundo, cada vez más profundo. Pero no siento miedo ni ansiedad. De hecho, es en esos pequeños momentos de inconsciencia en los que realmente me siento bien… En los que me puedo considerar libre.

Miro al océano desde la ventana de mi habitación, y no puedo dejar de plantearme esa hipotética idea de cómo sería la vida si todos viviéramos en él. ¿Sería parecida a la vida en la tierra? ¿Las personas se tratarían igual entre ellas? ¿Yo sería la misma persona que soy ahora?, ¿o sería alguien totalmente diferente? ¿Sería acaso alguien mejor?

Me siento perdida, me siento sola, como si estuviera parada en una pequeña isla, en medio de la nada, y ante mí sólo se cerniera el inmenso mar azul. Pero no estoy sola, nunca lo estoy. Al abrir mis ojos, me encuentro siempre rodeada de gente, que viene y va ante mí sin notarme siquiera. Cada quién se encuentra sumido en su propia conversación, en su propio asunto o en su propia preocupación diaria. No me miran ni me hablan. Soy como una roca en el camino que sólo deben esquivar para continuar.

En mi mente, todos los que me rodean empiezan a desaparecer, a esfumarse en la nada como la espuma de las olas. Nadie lo nota, nadie lo ve. Y sólo queda ante mí el mar, en toda su furia, azotándose contra las piedras de la costa sin misericordia. Y escucho una voz, una voz que me llama, que me dice que vaya hacia ella. La oigo tan distante, pero a la vez tan cerca. Quiero ir hacia ahí, pero no puedo. Tengo miedo de saltar y salir de esa pequeña isla en la que estoy parada.

Al final, terminaré abriendo los ojos, terminaré despertando, y todo aquello no habrá sido más que un sueño más. Y será mejor así.

Quisiera poder ser como todos, y simplemente dejarme llevar, simplemente conformarme con quién soy ahora mismo; pero no puedo.

¿Es ésta realmente la vida para la que nací? ¿Es esto para lo que estoy en este mundo? Quizás así sea. Pero, cada vez que veo el mar a lo lejos por la ventana, no puedo evitar pensar que realmente hay alguien ahí, alguien llamándome, alguien cantando para que yo la escuche. No puedo evitar pensar que éste no es mi lugar, sino alguno más allá del horizonte. No puedo evitar pensar que debo ir hacia ahí; que debo ir hacia el mar…


Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 01. Jude el Carmesí, el Último Gran Señor Pirata

WingzemonX & Denisse-chan

CRÓNICAS del FÉNIX del MAR

CAPÍTULO 01
JUDE EL CARMESÍ, EL ÚLTIMO GRAN SEÑOR PIRATA

Pocas cosas imponían tanto respeto y admiración en este mundo, como estar ante la majestuosa bandera de fondo azul real, con el león dorado de alas emplumadas, que servía de escudo para Reino de Kalisma. En cuanto la gente lo miraba en un estandarte, en la pechera de algún uniforme, o en la bandera de un barco, sentían la necesidad de bajar la cabeza en señal de sumisión.

El barco de carga Santa Carmen, viajaba con la bandera del león dorado en alto, orgullosa y majestuosa. Era de los barcos más modernos del reino, o al menos de los más modernos que no eran sólo de uso militar. Con cascos de acero, chimeneas y ardientes calderas de vapor que ayudaban a hacer que la gran estructura se moviera a una velocidad apta y constante. Era muy temprano por la mañana; el sol apenas comenzaba a asomarse. El Santa Carmen iba ya en su quinceavo día de viaje partiendo de la Ciudad Imperial de Xing, y con destino en el puerto de Vankary, y de ahí su carga se dirigiría a diferentes puntos del Reino. Y, ¿cuál era su carga?; además de cuatro decenas de marineros somnolientos y cansados, en su interior transportaba unas cientos de cajas con diferente productos comerciales del lejano país aliado: telas, ropas, especias, artesanías, de todo un poco. La mayoría eran encargos de mercantes de Kalisma que esperaban ansiosos la llegada de su mercancía para la venta, y otros más eran objetos curiosos adquiridos por empleados de hombres y mujeres acaudaladas, en su nombre y para su deleite.

A los miembros de la tripulación del Santa Carmen, realmente les daba igual qué era lo que había en esas cajas; ninguna era para ellos, eso sí lo tenían claro. Les habían pagado por hacer ese viaje de medio mes de ida, medio mes de regreso, y lo que más querían era llegar al fin a sus casas sanos y salvos; tanto ellos como su mercancía. Aunque eso no representaba un gran problema. El sólo hecho de viajar con el león dorado escudándolos, era suficiente para que absolutamente nadie se metiera en su camino. Después de todo, nadie estaba tan loco como para intentar algo contra una nave navegando con la bandera de Kalisma y con ello hacer enfurecer a la armada naval más poderosa y temida del mundo.

Bueno, casi nadie estaba tan loco.

Desde la madrugada se había alzado una densa niebla que envolvía el barco en todas direcciones, y lo sumía en un ambiente mucho más oscuro y divagante de lo normal. Desde la perspectiva de los menos experimentados, parecía casi como si estuvieran yendo derecho y sin algún rumbo fijo; difícilmente podían ver más allá de sus narices. A esos chicos no les quedaba más que confiar en sus astutos navegantes, y creerles cuando afirmaban saber lo que hacían, y que no los estaban encaminando directo hacia las rocas o algo peor.

Dos de esos marineros jóvenes e inexperimentados, tuvieron la misión matutina de fregar la cubierta desde antes de que salieran los primeros rayos del sol. No veían cuál era el punto; en ese barco no había nadie más que ellos, y a ninguno le importaba realmente una cubierta un poco sucia. Pero evidentemente el capitán lo veía como una forma de mantener la disciplina. A ninguno de los dos le constaba, pero sospechaban que era algún ex militar, quizás incluso algún antiguo miembro de la Marina Real; todos ellos tenían fama de ser demasiado estirados, incluso luego de su retiro.

Metidos en sus uniformes azules y blancos, con pantalones ajustados, botines y gorros blancos, los dos muchachos pasaban sus mopas por el suelo de madera, hasta que éste quedara brillante; o, al menos lo más brillante que pudiera verse con toda esa neblina estorbando. Llevaban ya cerca de una hora en su labor, pero ya casi terminaban. Habían comenzado en lados contrarios, y ya estaban por encontrarse justo en el centro.

—Odio la niebla —murmuró para sí mismo uno de los chicos, delgado, de estatura media y piel morena—. Estar en pleno mar abierto de por sí es aterrador, y ahora esto sólo hace que todo se sienta peor.

Se le veía un tanto nervioso. Uno esperaría que conforme más cerca de casa estuviera sería mejor, pero no era así. Desde que la embarcación penetró oficialmente en aguas del territorio de Kalisma, su preocupación había ido en aumento, y no era el único en ese estado.

—¿Aterrador? —Escuchó que la burlona voz de su compañero exclamaba detrás de él, mientras ambos se daban mutuamente la espalda. Éste era más corpulento, de brazos y piernas anchas, y una abundante barriga de la cual una parte considerable sobresalía de debajo de la camiseta—. No seas un niño; los verdaderos lobos de mar no se asustan con cosas tan tontas como la niebla.

—No me asusta la niebla —refutó el marinero delgado—. Me asusta lo que se puede estar escondiendo en ella.

—¿Cómo qué? ¿Una bruja del mar? ¿Algún calamar gigante? ¿Tu suegra, quizás? —El marinero gordo remató su comentario con una risa sonora, y algo nasal. A su compañero, sin embargo, no le parecía graciosa su actitud—. Relájate, un par de días más y llegaremos a casa. Podrás embriagarte todo lo que quieras y no tendrás que volver a ver este barco por el resto de tu vida. Al menos, claro, de que te gastes todo tu sueldo y tengas que volver aquí por uno o dos viajes más.

—Son estos últimos días los más peligrosos —musitó despacio el marinero delgado—. Mientras estemos en aguas de Kalisma, estamos en territorio de… —su voz se entrecortó un poco—. Bueno, ya sabes…

Su trapeador se movió más deprisa, como muestra de sus nervios. Su compañero lo miró sobre su hombro, confundido por su actitud.

—¿Del rey Leonardo? ¿De la Guardia Naval? ¿De la Marina Real? ¿De tu suegra?

—¡No!, ¡idiota! —El marinero delgado se giró molesto—. ¿No has oído a los mayores hablar? A ellos también los pone nerviosos este último tramo… Como sea, espero que lleguemos al puerto antes de ese par días.

Sin decir más, se concentró de nuevo en su labor, pasando la mopa con más rapidez por el suelo. El marinero gordo lo siguió con la mirada mientras se alejaba de él. Se encogió entonces de hombros, y decidió hacer lo mismo. Mientras más pronto terminaran ahí, más pronto podrían ir a desayunar.

Por unos minutos más, todo estuvo callado y tranquilo. Ninguno habló, no había ningún ave en el cielo graznando,  e incluso el mar pareció calmarse un poco; sólo escasamente se lograban captar las pequeñas olas rompiéndose contra el casco.

Pero entonces, entre toda esa quietud, que podía llegar a ser incluso un poco agobiante, comenzó a percibirse un sonido lejano; un sonido que no resultaba al azar ni natural. Tampoco era esporádico, ni obra del agua o de algún animal. Era un sonido constante, premeditado… y armonioso.

El marinero delgado detuvo de golpe su trapeador, y alzó su mirada pasmada hacia el frente, en dirección a estribor. Sus manos nerviosas se aferraron aún más al mango de madera.

—¿Oyes eso? —Le preguntó con la voz casi temblando a su compañero. Éste también dejó lo que hacía, y se viró en la misma dirección que él.

—¿Oír qué? Ya estás comenzando a delirar, creo que fregar los pisos es demasiado cansado para ti —murmuró con sorna, y se dispuso a volver de inmediato a realizar el delicado arte de trapear. Sin embargo, el marinero delgado no se lo permitió.

—¡No!, ¡espera! —Exclamó con fuerza mientras agitaba una mano para llamar su atención, y luego le indicó con su dedo índice en los labios que guardara silencio—. Escucha…

Ambos volvieron a guardar silencio, e intentaron enfocar lo mejor posible su atención en el aire a su alrededor. El marinero gordo tardó un rato en percibir lo mismo que su amigo, pero al final lo hizo. Sin embargo, no le fue de todo claro al inicio qué era con exactitud; ¿era acaso algún tipo de… música?

—¡E-es… un violín! —Señaló el marinero delgado, espantado y casi pálido por la impresión.

—¿Y? —Respondió el otro, sin embargo, achicando un poco sus ojos—. Alguien en algún otro barco cercano decidió levantarse temprano a tocar una melodía.  ¿Qué más da?, no me pagarán por pararme a escucharla; deja de distraerte.

—¡No!, ¡idiota! ¿No ves que ese violín podría ser el de…?

Sus palabras se cortaron abruptamente. Su mirada se había fijado en la neblina delante de ellos, o más bien en algo entre la neblina, que se acercaba… muy lentamente.

El trapeador se resbaló de sus manos y cayó al suelo de cubierta, creando un pequeño estruendo. Retrocedió un par de pasos, mientras veía como una gran figura oscura comenzaba a materializarse poco a poco entre la neblina. Se estaba acercando, cada vez más cerca…

En ese punto, el sonido del violín era mucho más claro, así como la figura que se les acercaba: era sin lugar a duda un barco. Pero no uno como el suyo, sino un anticuado galeón de velas, de esos que poco a poco estaban entrando en desuso por los ejércitos y los comerciantes. Pero éste galeón en especial era extraño, y cuando estuvo lo suficientemente cerca pudieron percatarse de ello. Su casco era de un rojo brillante, con las que parecían ser llamas pintadas en la parte inferior, ya algo desgastadas por el tiempo y el roce constante las olas. La proa, que fue lo primero que pudieron ver con claridad, estaba decorada por una enorme cabeza de madera, con forma de ave y que señalaba hacia el frente con su puntiagudo pico. Y quizás lo más llamativo, eran las velas que movían la embarcación: velas completamente negras.

Y si a alguno le quedaba duda de la procedencia de esa nave, a pesar de su tan distintiva apariencia, en el mástil mayor ondeaba una bandera también negra, con dos alas doradas extendidas, coronadas por una luna creciente también dorada. Eso no dejaba lugar a las dudas.

—¡Es un barco…! —Exclamó el marinero gordo, retrocediendo un poco—. Pero es…

El marinero delgado no se detuvo a pensarlo mucho más. Se giró sobre sus pies y comenzó a correr con todas sus fuerzas en dirección al puente de mando.

—¡Capitán! —Gritó el chico con todas sus fuerzas—. ¡Es el Fénix del Mar!, ¡El Fénix del Mar!

Su compañero lo siguió un poco después, en cuanto pudo salir de su impresión inicial.

— — — —

El sonido del violín venía justo de la cofa, en la parte más alta del mástil mayor, y justo desde debajo de la bandera de las alas doradas. En ese sitio, una figura rojiza se encontraba sentada, con un viejo, pero aun así hermoso y brillante, violín apoyado en su hombro izquierdo, mientras movía el arco grácilmente sobre sus cuerdas con una mano derecha en guante negro sin la punta de los dedos. Portaba un largo abrigo rojo carmesí de botones dorados, y un sombrero bicornio negro con el mismo escudo de las alas y la luna bordado en él en la parte de enfrente. Su larga y brillante cabellera rojiza caía sobre sus hombros y su espalda, y algunos cabellos eran agitados por el viento matutino, que a esa altura parecía ser más significativo.

El bicornio caía sobre su rostro de manera perezosa y relajada, y sus pies enfundados en unos botines negros se apoyaban cómodamente sobre la orilla de la canastilla de madera. Siguió tocando mientras la embarcación se acercaba a su aparente destino; hasta que la figura del barco de casco de acero fue visible, así como la bandera del león dorado en su mástil.

La figura en la cofa dejó de tocar.

Usando el arco del violín en su mano derecha, se subió un poco el bicornio, acomodándolo más en su cabeza, y dejando a la vista un par de curiosos lentes de cristal totalmente oscuro que ocultaba sus ojos. Su sonrisa se ensanchó enormemente, mostrando sus dientes, y especialmente sus dos prominentes colmillos.

—Oh, ¡ya llegamos! —Exclamó con ímpetu, rápidamente bajó los pies de la orilla de la canastilla, y se paró señalando directo al barco con su arco; su cabello se agitó un poco por una brisa más que sopló repentinamente—. ¡Tiemblen ante mí, sirvientes de Kalisma! ¡El Terror Carmesí de sus aguas ha venido a reclamar su botín!

Su intensa y poderosa voz resonó con gran fuerza en la quietud de la mañana, y lo hizo aún más la aguda y estridente risa que le siguió, que pareció incluso llegar más lejos que el sonido de su violín.

En la cubierta del barco mercante, ya se veía mucho movimiento. Varios miembros de la pequeña tripulación habían salido a la alarma de sus compañeros. Había cerca de diez, quizás un poco más, con espadas, cuchillos y algunas armas de fuego.

—Justo como lo esperaba —señaló orgulloso el hombre de la cofa, y luego volvió a gritar—. ¡Empecemos, oficial Nathan!

Como respuesta a su aparente orden, la cabeza de ave en la punta de la proa comenzó a reaccionar, como si tuviera vida propia. Con un sonido mecánico y forzado, la cabeza comenzó a alzar su pico hacia apuntar directo al cielo. Éste se abrió, revelando en su interior lo que parecía ser un cañón delgado, pero éste no apuntaba al barco. Una detonación resonó, y puso en alerta a los marineros del otro barco. El proyectil que surgió del cañón no fue en su dirección, sino que se elevó en el aire varios metros, justo sobre ellos. Los marineros miraron su trayectoria recta por mero reflejo. No sabían que era, pero se veía redondo y claro. Pero antes de que pudieran entender del todo de qué se trataba, dicho objeto estalló en el aire en una intensa luz blanca que cubrió todo el cielo de lado a lado. Dicha luz fue tan fuerte e intensa que todos los marineros que se encontraban viendo en su dirección en ese momento, terminaron totalmente enceguecidos.

Se escucharon entonces varios quejidos de dolor y molestia entre ellos. Algunos terminaron soltando sus armas por el mero instinto de llevarse sus manos a sus ojos y comenzar a tallárselos.

Los hombres del otro barco no tardaron en aprovechar la confusión. Lentamente el galeón se posicionó justo a un costado de ellos, y sin espera decenas de hombres comenzaron a pasarse de su lado, ayudados de cuerdas para balancearse, y armados con espadas, cuchillos y armas; todos usaban el mismo tipo de anteojos de lentes oscuros, iguales a aquellos que usaba el hombre del violín. Sus ropas se veían algo desgastadas y sencillas, en contraposición con los uniformes algo más pulcros y todos iguales de los marineros. Aprovechando el caos, y el hecho de que muchos de los marineros seguían sin ver, comenzaron a dejarlos rápidamente fuera de combate, a desarmarlos, golpearlos, y a amarrarlos entre ellos o a los mástiles para que así no estorbaran. No les resultó nada complicado en realidad.

Otros marineros, que no habían sido afectados por el extraño brillo, se unieron rápidamente, pero los atacantes los esperaban. Comenzó una pelea por toda la cubierta entre los dos bandos, pero gracias a que habían repelido a los primeros, los misteriosos atacantes llevaban la ventaja.

La cubierta fue casi asegurada por completo en unos cuantos minutos. El barco se acercó lo más posible al estribor del Santa Carmen, lo suficiente para colocar tablones entre ambas cubiertas. De esta forma, más hombres pudieron pasarse con más facilidad hacia el otro barco, y entre ellos venía aquel de abrigo rojo y bicornio negro. Posó con firmeza sus botines negros en el entablado del otro barco, miró a su alrededor con una sonrisa de satisfacción y sus manos en su cintura, y esos lentes oscuros aun cubriéndolo.

—Perfecto, mi plan salió de maravilla —exclamó orgulloso.

—Querrás decir mi plan y el de Henry —comentó una voz gastada y rasposa a sus espaldas. Un hombre ya mayor, algo encorvado y de complexión delgada, pasaba por el mismo tablón que había usado él. La parte superior de su cabeza era calva, pero alrededor de ésta surgía una cabellera blanca y larga hasta la mitad de su cuello. Usaba también lentes oscuros, pero eran diferente a los otros, pues los suyos tenían un armazón más grueso color metálico, y eran de un tamaño considerablemente más grande.

—No me estés peleando, viejo —le respondió el hombre pelirrojo sin mirarlo—. Esto fue mi idea, después de todo. Y yo le puse el toque de elegancia que necesitaba este plan.

—Podemos concluir que todos pusimos de nuestra parte en esto —añadió una tercera voz, que también pasaba hacia el barco por el mismo tablón. Éste era un hombre considerablemente más joven que el segundo hombre, de cabellos dorados lacios y largos, aunque no tanto como el cabello del hombre pelirrojo, sujeto en una cola de caballo que caía grácilmente sobre su espalda. Una vez en la cubierta del Santa Carmen, se retiró sus respectivos anteojos oscuros, dejando al descubierto unos brillantes ojos azules, adornados por unas cejas de color rubio oscuro algo pobladas, y que miraban con seriedad la escena frente a él. El rostro de aquel hombre era lo que cualquier mujer, y algunos hombres, describirían sin duda como apuesto. Su quijada cuadrada y nariz recta, daban como resultado una apariencia bastante refinada y pulcra, sobre todo en comparación con el resto de los atacantes—. Pero sugiero, si les es conveniente, que nos demos prisa en hacer lo que vinimos hacer.

—Voy un paso adelante, Nathan —respondió el hombre de saco carmesí, y de inmediato se dirigió con paso seguro hacia el mástil mayor, en donde tres de los atacantes se encontraban amarrando a un grupo de cinco marineros a él. Los cinco se encontraban sentados en el suelo, con sus muñecas atadas firmemente con soga al palo—. Buenos nudos, chicos; no se soltarán de ahí tan fácil, ¿o sí?

Se puso entonces de cuclillas frente a los marineros atados, y en especial frente uno de ellos, que se veía mucho más joven que los otros, y al mismo tiempo mucho más asustado. El marinero joven alzó su mirada hacia él, con sus ojos casi desorbitados y su frente cubierta de sudor nervioso; su ojo izquierdo tenía una marca morada en donde alguien lo había golpeado de seguro. El hombre de rojo le sonrió ampliamente, pero no con una sonrisa amistosa en sí, sino más bien una mueca algo espeluznante.

—¿Se encuentran cómodos, muchachos? —Les cuestionó con un tono casi burlón, y con una mano se retiró al fin sus gafas oscuras, revelando que detrás de éstas se ocultaban un par de ojos dorados y afilados. El rostro de aquel individuo era algo más tosco, sobre todo en comparación con la de su acompañante de cabellos rubios. De su párpado derecho inferior, caía un pequeño tatuaje negro en forma de espiral. Y en el lado izquierdo de su cara, tres cicatrices paralelas le recorrían su mejilla, en líneas rectas como las marcas del zarpazo de algún animal. Todo en su rostro, su mirada, su sonrisa, su tatuaje y sus cicatrices, desde la perspectiva de esos hombres atados hacían que su rostro pareciera el de alguien totalmente desequilibrado.

—¿Eres… eres…? —Tartamudeó el marinero joven, preso del miedo e incapaz de terminar su oración.

—Sí, sí, todos saben quién soy —masculló el pelirrojo, agitando una mano con indiferencia—. Vayamos al grano…

Llevó su mano derecha hacia el sable que portaba en su costado contrario. Lo sacó lentamente de su empuñadura y lo sostuvo de forma horizontal delante de él, con la punta de éste señalando al muchacho. Éste, y también los otros que estaban a su lado, palidecieron al ver la gastada hoja de aquella arma.

—¿Saben, amigos…? —comenzó a murmurar con un tono solemne, similar a como si estuviera recitando alguna extraña poesía. Al tiempo que hacía esto, comenzó a mover su arma de un lado a otro, como si se tratara del péndulo de un reloj—. La vida se basa en decisiones, ¿no están de acuerdo? Cada decisión que tomamos en esta vida tiene consecuencias, buenas o malas. —Los ojos de los marineros seguían inconscientes el vaivén de la espada—. Tienen dos futuros por delante, dependiendo de la decisión que tomen en estos momentos. Si me dicen dónde está el compartimiento de carga secreto, que ya sabemos que tienen, sólo tomaremos lo que ahí tienen guardado y nos iremos. Ustedes seguirán su viaje tranquilos, y podrán llegar al puerto de Vankary sanos y salvos a desayunar unos deliciosos panqués. —Se tomó una pequeña pausa—. Les recomiendo los de la taberna de la señora Lucía, con mucho jarabe. —Después de esa jocosa recomendación, recobró la seriedad—. Serán regañados un poco por el robo, pero el seguro que tiene su empresa pagará todo. Por otro lado, si no me lo dicen, los mataremos, cortaremos en pedacitos, sus familias recibirán una pésima pensión, y pasaré todo el resto de la mañana limpiando mis botas…

Tomó firmemente el mango de la espada de pronto y la clavó con fuerza en las tablas del suelo, justo entre las piernas del marinero joven, haciendo que éste se estremeciera y soltara un alarido de terror. La sonrisa el hombre de rojo se alargó hacia su derecha. Todo lo que había dicho, lo había hecho con una calma tal, que a los marineros simplemente les pareció irreal que alguien pudiera tener tan fría la sangre.

Crónicas del Fénix del Mar - Capítulo 01. Jude el Carmesí, el Último Gran Señor Pirata

—¿Entonces?, ¿qué eligen?

—¡Ah! —Exclamó el marinero a la derecha del más joven—. ¡No quiero morir!, ¡no quiero morir! ¡Mamá!

Su súplica fue acompañada por la de otros más ahí atados con él.

Mientras este diálogo ocurría, los tres hombres que habían atado a los marineros escuchaban y veían todo desde un costado. Ninguno de los marineros se dio cuenta, pero durante todo ese rato los tres habían hecho un esfuerzo casi sobrehumano para evitar reír, y disimulaban volteando a otro lado, o cubriendo sus bocas con sus manos.

—Ay, por favor —soltó despacio de golpe uno de ellos, prácticamente sin querer. Sin embargo, de inmediato el hombre rubio que acompañaba al pelirrojo se giró hacia ellos con expresión dura, y les indicó con su mano y mirada que pararan en ese momento; los tres se giraron hacia otro lado, fingiendo que ni siquiera escuchaban.

—¡Baje las escaleras de servicio hasta el fondo! —Exclamó de golpe el marinero joven, casi gritando—.  ¡Luego a la derecha, y después de nuevo las escaleras y derecho hasta el primer pasillo! ¡Es una puerta grande de acero!

Una vez que dijo aquello, cerró sus ojos con fuerza y sollozó, esperando que viniera lo peor a continuación.

—Bien, muchas gracias —Exclamó el hombre de rojo con un tono más relajado. Tomó de nuevo su sable, lo desclavó el suelo, y acto seguido se puso de pie. Miró entonces en dirección a los tres atacantes parados a un lado, y que de inmediato se giraron disimuladamente a otro lado antes de que se volteara por completo—. Ustedes acompáñennos que el botín está a unos pasos de nosotros.

Comenzó a caminar con apuro en la dirección que el marinero les había indicado. Detrás de él avanzaba el hombre rubio, el hombre mayor de gafas grandes y gruesas, y los otros tres iban un poco más atrás.

Para ese entonces, los combates en cubierta prácticamente se habían terminado, y el resto de los atacantes sólo vigilaban alrededor en caso de cualquier contratiempo.

—¿Qué tal sonó, Oficial Nathan? —Murmuró el hombre pelirrojo con jactancia en su voz mientras caminaba—. Lo estuve ensayando toda la noche. ¿Crees que hice que alguno se hiciera en sus pantalones?

—Fue muy convincente, capitán —murmuró el hombro rubio detrás, con un tono neutro—. Aunque te sugeriría que intentaras sonar un poco más serio la próxima ocasión; así surtirá un mayor efecto en tus receptores.

—¿Este bobo?, ¿más serio? ¡Ja! —Exclamó el hombre viejo con sarcasmo en su voz—. Agradece  que lo dijo sin ponerse a gritar como loco por toda la cubierta.

—¡Dejen de faltarme al respeto, ustedes dos! —espetó molesto el pelirrojo, mirándolos sobre su hombro—. Y mejor démonos prisa, antes de que los entrometidos de la Guardia Naval lleguen.

Todos se encogieron de hombros con indiferencia y lo siguieron.

El grupo de marineros atados al mástil mayor, los miraban desde su posición, en parte aliviados por, aparentemente, haberse salvado.

—¿Ese sujeto realmente es…? —Murmuró uno de ellos muy despacio.

—Sí —respondió otro, asintiendo; éste se veía mucho más calmado que el resto de sus compañeros—. Sin lugar a duda es Jude el Carmesí, el capitán del Fénix del Mar… el último pirata lo suficientemente loco para surcar las aguas de Kalisma…

— — — —

Los piratas siguieron la ruta marcada por el marinero joven, siendo guiados al frente por su capitán. Los pasillos del interior estaban muy silenciosos, y completamente solos. El abrirse paso por ellos resultaba bastante sencillo… quizás, demasiado. Mientras caminaban, habían pasado por un par de zonas de carga, cada una con sus respectivas cajas de transporte. Sin embargo, Jude el Carmesí ni siquiera las volteó a ver; él iba derecho hacia un objetivo claro, y no miraba hacia ninguna otra dirección.

—¿Y qué hay exactamente en ese compartimiento secreto, capitán? —cuestionó dudoso uno de los hombres que lo seguían desde atrás.

—Algo mucho más importante que cualquier cosa que hayamos robado antes, ya lo verán —les respondió con bastante confianza.

Los tres hombres se miraron entre ellos, un poco escépticos.

—¿Será eso cierto?

—Ese chico dijo que estaba tras una puerta de acero; tiene que significar que es algo muy importante, ¿no?

—Supongo que no lo pondrían en un compartimiento secreto si no fuera algo realmente valioso.

Dejaron volar un poco su imaginación sobre qué podría ser su potencial botín. ¿Joyas?, ¿doblones de oro?, ¿quizás esculturas o pinturas valiosas?, ¿armas del ejército del rey? En esos momentos, cualquier opción era posible.

Su recorrido tranquilo por los pasillos del barco se volvió mucho menos tranquilo, cuando al dar vuelta en una esquina, la última que les había indicado el marinero, Jude el Carmesí tuvo que frenar abruptamente, y por lo tanto provocando que todos los demás se detuvieran también. Al final de ese corredor se encontraba efectivamente una puerta de acero, tan grande que prácticamente abarcaba toda esa pared al fondo. Sin embargo, a unos tres metros delante de ella, se encontraba una fila de marineros, quizás unos diez, de rodillas al suelo, y apuntando todos juntos en su dirección con rifles de cañones largos y oscuros; los detonadores estaban listos, y los dedos en los gatillos.

Detrás de la línea de los marineros, se encontraba un hombre alto, de hombros anchos y prominente barba castaña. Usaba un saco azul y un gorro blanco. Se encontraba de pie, firme y con sus manos atrás de su espalda.

—Los estaba esperando —señaló el hombre de barba con severidad—. Espero hayan disfrutado de las instalaciones, pero he de pedirles que abandonen mi nave ahora… Capitán Jude.

—Vaya, vaya —murmuró el pelirrojo, un poco alterado por la repentina sorpresa—. Usted debe de ser el capitán; mucho gusto —alzó su mano con la intención de tomar su sombrero, pero los marineros parecieron ponerse más nerviosos por siquiera insinuar ese acto, así que optó por mejor bajar de nuevo su mano lentamente. Ninguno de esos hombres eran soldados; algunos de seguro nunca habían tomado un rifle antes—. Para ser un barco de transporte privado, vienen bien armados. Supongo que el cliente que les pidió transportar eso se los pidió —señaló entonces con su cabeza en dirección a la puerta detrás de ellos.

El capitán permaneció inmutable a su comentario. En lugar de responderles, lentamente sacó su propio revólver de la funda colocada en su costado derecho.

—No está en mis planes entregar la mercancía que se encuentra detrás de esta puerta —murmuró el capitán, apuntando al frente con su arma, directo hacia Jude—. Aun así, tampoco es mi deseo cometer una carnicería innecesaria. Así que lárguense ahora, o dispararemos hasta quedarnos sin municiones y les llenemos sus cuerpos de plomo.

Jude el Carmesí arqueó su boca en una mueca pensativa. Llevó su mano derecha a su barbilla, y tomó una pose reflexiva, un tanto exagerada. Sus acompañantes lo miraban, expectantes de qué era lo que diría a continuación.

—Tengo una mejor idea —exclamó de golpe con ferviente confianza—. ¿Por qué no se hacen ustedes a un lado tranquilamente, nos llevamos lo que está detrás de esa puerta, y se ahorran su presupuesto de balas para comprar algo mejor? Todos ganamos.

Los piratas que lo acompañaban, e incluso también los marineros que lo apuntaban con sus rifles, se quedaron un tanto confundidos por tal comentario.

—¿Eso es lo mejor que se le ocurre proponer? —Susurró despacio uno de los piratas que se encontraba hacia atrás.

—Por un momento realmente pensé que diría algo más inteligente —respondió otro más de la misma forma.

El capitán del Santa Carmen, sin embargo, no parecía para nada divertido por ello. En lugar de eso, lentamente hizo hacia atrás el martillo de su arma con su dedo pulgar, preparándose para disparar al igual que el resto.

—Le haría un favor al reino entero si acabo contigo aquí mismo. Los piratas ya no tienen cabida en este mundo moderno. Sujetos como ustedes sólo entorpecen el progreso de nuestro comercio.

La expresión de su mirada se volvió aún más dura.

—Él habla enserio, Jude —murmuró detrás de él hombre al que él había llamado Nathan. Su mano derecha se aproximaba también a su propio revólver en su cintura, aprovechando que la figura de su capitán lo ocultaba.

—Lo que menos quiero es entorpecer el comercio, capitán —susurró Jude, extrañamente más tranquilo de lo que se esperaría en una situación así—. Sólo queremos lo que está en esa habitación y nada más. Luego podrán seguir su camino en paz.

—No lo creo…

Un gañido agudo resonó fuertemente, interrumpiendo cualquier cosa que el capitán estuviera por decir. Le siguió entonces un fuerte aleteo, y luego algo pasó rápidamente sobre sus cabezas; era una figura pequeña, pero muy rápida, que pasó desapercibida a sus ojos. Nerviosos, algunos de los marineros alzaron sus rifles por mero instinto, pero ninguno logró disparar en ese momento. La figura que pasó sobre ellos dejó caer tres esferas pequeñas de color negro, que al chocar con el suelo parecieron abrirse, liberando de su interior un denso gas verde con gran potencia. En sólo un segundo, todo el corredor se llenó de él.

Los marineros y su capitán comenzaron a toser con fuerza, y sus ojos comenzaron a arder, volviéndose incapaces de ver con claridad cualquier cosa. En su confusión, algunos comenzaron a disparar sin rumbo definido. Jude y los otros rápidamente retrocedieron, y se ocultaron tras la esquina del corredor por el que venían, cubriendo sus narices y bocas, y también intentando protegerse de las balas perdidas.

—¡Sabía que ocuparían mi ayuda, perdedores! —Espetó una voz aguda y sonora, acercándose detrás de ellos por el pasillo. Antes de que se voltearan del todo en su dirección, una persona se les acercó a toda velocidad, entregándole a cada uno una mascarilla de cuero, que cubría los ojos, nariz y boca—. ¡Pónganse esto!, ¡rápido!

La voz de esa persona sonaba algo difusa, debido a que ella misma usaba una mascarilla igual a la que les había entregado, y sólo dejaba visible de su rostro unos grandes ojos verdes, que miraban con intensidad a través del cristal delgado de ella. Era una mujer, de figura atlética; por encima de la mascarilla, sobresalía una larga cabellera castaña oscura, recogida en una media cola de caballo. Uno de sus mechones que comenzaba del lado derecho de la base de su frente y caía hacia atrás, estaba pintado de un singular tono azul cielo.

Jude miró a su salvadora en un inicio con confusión. La misma figura pequeña que había pasado sobre sus cabezas surgió desde la neblina verdosa, aleteó sobre ellos y luego se posó justo en el hombro de la recién llegada. Era un hermoso halcón de plumaje plateado, y que usaba sobre su cabeza y pico una versión mucho más pequeña de la mascarilla que usaba la mujer castaña.

—¿Julieta? ¿Qué haces aquí? —Masculló Jude un tanto perdido—. ¿Tú causaste eso? Interrumpiste a tu capitán justo cuando estaba por dar su segundo discurso.

—¡Guarda silencio, mocoso bobo! —Lo reprendió el hombre anciano, mientras él y los otros se colocaban las mascarillas—. Ponte la tuya y muévete.

—Está bien, está bien —respondió Jude a regañadientes, y se colocó también la mascarilla, justo antes de que el gas verde llegara a ellos.

—Gracias, Shui —agradeció el hombre rubio, ya con su mascarilla puesta—. Pero tú debías de haberte quedado en cubierta dirigiendo a los hombres para que se encargaran del resto de la tripulación.

—¿Y perderme el dichoso botín por el que vinimos? —Replicó la mujer con tono molesto—. Ni de broma; reclamaré mi parte primero que nadie. Además, ya todos se rindieron allá arriba; sólo quedan estos mentecatos entre nosotros y el tesoro.

Los disparos para esos momentos ya habían parado, y sólo se escuchaban los tosidos y los quejidos de los marineros en el pasillo.

—Pues bien —señaló el hombre rubio, con su espalda pegada a la pared—. Sólo hay que desarmarlos, someterlos, y abrirnos paso hacia la puerta. Debemos ser cuidadoso y…

—¡A un lado, mariquitas!, ¡yo me encargo! —Espetó la chica castaña, y rápidamente hizo a todos contra la pared con suma facilidad para abrirse paso, y se dirigió corriendo hacia lo que quedaba del humo verdoso.

Los otros piratas sólo pudieron distinguir vagamente entre la neblina como la figura de aquella mujer se movía ágilmente entre los marineros caídos, y cómo estos soltaban alaridos de dolor y terror, mientras ella, en efecto, los desarmaba, sometía y limpiaba el terreno con gran apuro; y todo ella sola y sin dificultad.

—Creo que ya está despejado —señaló en voz baja uno de los piratas.

—Perfecto, justo como lo planee —añadió Jude con orgullo, y comenzó entonces a andar tranquilamente por el pasillo.

—Acaba de decir hace un momento que no estaba de acuerdo con que la contramaestre viniera —murmuró otro de los hombres, y los demás sencillamente se encogieron de hombros y lo siguieron.

En su camino, Jude y sus acompañantes pasaron por encima de algunos de los marineros caídos, intentando no pisar a ninguno.

—Con su permiso, lo siento —exclamaba el hombre pelirrojo mientras avanzaban—. Lo siento, no se preocupen, no es venenoso; sólo les arderá los ojos un  par de horas.

Pasaron justo a un lado de Shui, mientras ésta le hacía una llave en el suelo a uno de los marineros que se resistía a soltar su arma; éste gemía de dolor, pero la mujer no le daba ninguna consideración, y de hecho le aplicaba incluso más fuerza. Siguieron adelante hacia la puerta, dejando que ella continuara con lo suyo en paz. Un poco más adelante, se encontraron frente a la gran puerta, de un tono un tanto oxidado, con una pesada manivela, y seguros de gran tamaño a los lados. Jude le dio unos pequeños golpecillos con sus nudillos, y el sonido retumbó en el eco con fuerza.

—Parece bastante resistente —señaló el Capitán Carmesí, entre admirado y preocupado.

—No existe nada lo «bastante resistente» para mí —murmuró con cierto humor el hombre mayor que los acompañaba, y rápidamente se abrió paso entre ellos hasta colocarse justo frente a la puerta. Colocó en el suelo frente a él un maletín de piel que cargaba consigo y se agachó hacia él para rebuscar en su contenido. Sacó dos frascos con una sustancia azulada en su interior, unos guantes, dos largas mechas, un pedernal oscuro y un pedazo de hierro. Se colocó los guantes, abrió los frascos, y comenzó a esparcir la sustancia azul y viscosa por las bisagras de las puertas y en los seguros, al menos hasta donde alcanzaba. Luego, pegó las mechas a las sustancias, las extendió por el pasillo y las entrelazó en los últimos treinta centímetros, depositándolas con cuidado en el suelo—. Háganse a un lado y cúbranse los oídos. Y si pueden agarrarse de algo, háganlo ahora.

Todos reaccionaron abruptamente, retrocediendo y pegándose contra la pared. Todos menos Shui, que seguía sometiendo a los marineros en el suelo.

—¡Shui! —Le gritó el hombre rubio con fuerza—. ¡Oídos!, ¡ahora!

Al escuchar tal advertencia, la chica soltó al hombre que se doblegaba, pero de inmediato lo tomó de los brazos, lo alzó, y lo empujó violentamente contra la pared, haciendo que chocara de cara contra ésta, y luego terminara tirado en el suelo boca arriba, aparentemente inconsciente. Acto seguido, se pegó también contra la pared junto con los otros y se cubrió sus oídos.

El hombre mayor se agachó y golpeó el pedazo de hierro con el pedernal, provocando una chispa que encendió la mecha, y luego fue subiendo por ella hasta el gel azul en la puerta.

— — — —

La cubierta ya se encontraba relativamente tranquila desde hace un rato. Dicha tranquilidad, sin embargo, fue interrumpida momentáneamente cuando el sonido de una fuerte explosión se escuchó retumbar con fuerza por todos lados, y el barco se agitó como si hubiera sido golpeado por una fuerte ola. Los piratas que seguían vigilando, fueron sacudidos por esto; algunos se tambalearon, otros se lograron sostener de los mástiles o del barandal para no caer, un par de lleno sí terminó cayendo de sentón al suelo.

—¡¿Qué están haciendo esos tontos?! —Exclamó furioso uno de los piratas, sosteniéndose del barandal y mirando hacia abajo. Era un hombre alto, fornido, de cabello verdoso y corto, algo despeinado, con una tela de color rojo rodeando su frente y parte de su cabeza. Su rostro era adornado por un par de cicatrices, siendo la más notoria una en forma de una pequeña cruz en su mejilla derecha—. Sólo espero que no terminen hundiendo el barco antes de que nos vayamos…

— — — —

El pasillo se llenó de un denso humo. Unos segundo después de aquella explosión que los sacudió, le siguió el golpe pesado y estridente de la puerta de acero cayendo hacia adentro del cuarto que protegía y casi resquebrajando el suelo. La explosión había prácticamente derretido los extremos la puerta, que ahora se veían fundidos como si los hubieran sometido a un gran calor.

El humo hacía difícil ver, pero gracias a las mascarillas que todavía todos usaban lograron moverse con más facilidad.

—Bien hecho, Lloyd —agradeció el hombre rubio, mientras avanzaba primero con su revolver en mano.

—¿Bien hecho? —Exclamó Jude detrás de él, un tanto escéptico—. Queríamos que abrieras la puerta, no que volaras el barco.

—Y no lo hice, ¿o sí? —Se defendió el anciano con tono agresivo—. ¿Tienes idea de lo complicado que es medir la intensidad de este explosivo para que reaccione justo y como se necesita? Agradece que todos siguen en una pieza.

Todos entraron de uno a uno a la cabina secreta. Ésta era una bodega relativamente pequeña, sin ninguna ventana, y alumbrada únicamente por la luz que lograba entrar por la puerta ahora abierta. Se encontraba casi por completo vacía, a excepción de algo de gran tamaño que se ocultaba debajo de una amplia manta blanca, aunque ya en esos momentos era más gris y beige.

Jude se retiró rápidamente su mascarilla para poder ver mejor. Una amplia sonrisa de emoción se dibujó en sus labios, y sus ojos casi se desorbitaron, como si estuviera viendo el platillo más suculento del mundo, servido en una mesa justo para él. Se acercó a la manta y la retiró de un jalón, revelando lo que ocultaba debajo: cinco cajas de madera apiladas, tres abajo y dos arriba. Eran de tamaño mediano, el suficiente para que se ocupara dos personas, o quizás tres, para cargar cada una. Las cajas se veían normales, como cualquier otra que se encontraba en los demás compartimientos de carga, salvo por una cosa. Cada una en un costado de ellas, tenía pintado sobre la madera el escudo de Kalisma, el fondo azul con el león alado dorado. Pero además, tenía sobre el escudo una corona de cinco picos, y dos ramas de olivo envolvían el escudo a cada lado. Debajo, se leía una frase: “Gloria Eterna en el Cielo y en la Tierra”. No era sólo la bandera del reino, sino el escudo de armas directo de los Vons Kalisma, la familia real.

El capitán pirata comenzó a reír con gran fuerza de golpe, con una risa tan estridente que resonó con gran intensidad por todo el eco de ese cuarto.

—¡¿Qué les dije?! ¡Cinco cajas con el Emblema Real de los Vons Kalisma! ¿Saben lo que eso significa? ¡Pues yo se los diré! Son cinco cajas dirigidas directamente para el estúpido rey, su insípido hijo, o ve tú a saber para quién, ¡pero ahora son mías!, ¡MÍAS! —Alzó en ese momento sus manos y su rostro hacia el techo, como si mirara directo al cielo sobre él—. ¡Esos bobos creyeron que podrían esconderla de mi transportándolas en un barco de carga privado!, ¡pero no!, ¡no me engañaron! ¡No había forma que pudieran esconderlo del Gran Jude, el Carmesí! ¡Los descubrí y ahora su carga es mía!

Volvió entonces reír, incluso con más potencia que antes, haciendo su cuerpo un poco hacia atrás encorvando su espalda, todo en una pose y emoción demasiado… exagerada.

Sus acompañantes miraban toda esa escena desde cierta distancia y en silencio, como si esperaran deliberadamente que terminara antes de intervenir.

—Sí, sí, muy lindo; pero, ¿todo este problema sólo por cinco cajas? —masculló la chica castaña malhumorada, al tiempo que se retiraba violentamente su mascarilla y revelaba por completo su rostro. Su piel era morena, de facciones finas y delicadas a pesar de lo antes acontecido, pero con una mirada intensa y bastante agresiva—. ¿Qué es lo que contienen que las hace tan importantes?

Jude dejó de reír, pero su sonrisa no se redujo ni un poco. Caminó lo que restaba de distancia entre él y las cajas, y posó sus manos sobre una de ellas de manera delicada, casi como si temiera romperla.

—No tengo idea —respondió con sencillez, dejando a sus acompañantes boquiabiertos del asombro.

—¿No tiene idea? —Masculló uno de los piratas—. Pero si dijo que era algo mucho más importante que cualquier cosa que hayamos robado antes…

—¡¿Qué no lo ven, tontos?! —Jude se giró de inmediato hacia ellos, con sus brazos extendidos hacia los lados—. Sea lo que sean, iban directamente para los Vons Kalisma, y eran tan importantes que se esforzaron por esconderlas, transportándolas en un barco donde creyeron que no las encontraríamos…

—¿Seguro que fue para eso? —Murmuró otro de los hombres, más para sí mismo.

—No sé qué tengan adentro —prosiguió el pelirrojo—, pero imagínense el coraje que les dará cuando se enteren de que no sólo no les llegará, ¡si no saber que lo tengo yo!

Volvió a reír con fuerza de nuevo, sin el menor pudor. Sus compañeros, al menos la mayoría, sólo pudieron suspirar resignados.

—No lo puedo creer —musitó Shui despacio, conteniéndose las ganas de gritar del coraje—. Más te vale que haya oro, diamantes, rubís, perlas o cualquier cosa mínimamente valiosa ahí. Si son puros papeles aburridos, te juro que te los voy a meter por…

—Ya, ya, relájate muñeca —exclamó Lloyd, agitando una mano delante de ella para distraerla—. Mejor ve a traer a un par de hombres más para que ayuden a llevarlas al barco.

—Muñeca tu decrépita madre, anciano. ¿Para esto me levanté tan temprano…?

Shui se giró entonces hacia la puerta con la intención de salir. Sin embargo, justo al hacer esto, se encontró de frente con el largo cañón de una pistola, que se posó a unos escasos centímetros de su frente y la hizo detenerse en seco.

El capitán del Santa Carmen se hallaba de pie en el umbral de la puerta, con sus ojos enrojecidos y llorosos, un par de marcas de golpes en el rostro, y su respiración entrecortada y cansada. Aun así, lograba sostener su revolver firmemente frente al rostro de la chica morena.

—Ustedes… no se… —Una fuerte tos interrumpió momentáneamente sus palabras—. ¡No se llevarán… nada…!

Este cambio repentino puso en alerta a todos. El hombre rubio rápidamente se giró con su arma en mano, apuntando al capitán, y el resto de los piratas igualmente se puso en guardia, listos para saltar al primer momento que lo vieran necesario.

—Vaya, sigue consciente —comentó Jude, algo sorprendido—. Eso es muy digno de un capitán, pero también debe de ser un buen perdedor, pues…

Antes de que Jude pudiera seguir hablando, Shui con un movimiento rápido de sus manos tomó la muñeca del capitán, y con la otra desvió el caño del arma hacia un lado, y con un giro le torció su muñeca y lo obligó a soltar el revólver; todo eso en una pequeña fracción de segundos.

—¡¿Qué clase de capitán señala de una forma tan grosera a una mujer con un arma?! —Gritó con fuerza, al parecer bastante ofendida. Lo tomó firmemente del brazo, lo alzó sobre su cuerpo y lo hizo azotar fuertemente de espaldas al suelo, haciéndolo rebotar sobre éste acompañado de un agudo quejido de dolor.

El capitán no se desmayó, pero no se movió en lo absoluto; al parecer había optado por mejor ya no volver a intentarlo por ese día.

—¡Oye! —Espetó Jude, casi tan ofendido como lo había estado ella—. ¡Es la segunda vez que me impides dar mi discurso!

—¡Al cuerno con tus discursos! —Le gritó la chica, más furiosa que antes—. ¡El próximo que me dirija la palabra será el siguiente! ¡¿Quién se atreve?!

Todos los hombres, incluido Jude, guardaron silencio y optaron por girarse sutilmente hacia otro lado. La chica morena se acomodó sus ropas, también un mechón de cabello que se había salido del lugar, y se dirigió con pasos rápidos y pesados hacia el pasillo. Al salir, el halcón plateado se posó de nuevo en su hombro y la acompañó todo el camino.

—Bien, todo salió justo como lo planeé —comentó Jude con sus manos en la cintura, y mirando conforme de nuevo a las cinco cajas—. Después de todo, siempre tengo un as bajo la manga para cualquier situación…

Nadie lo contradijo esa vez, al menos no con palabras.

— — — —

Los hombres lograron cargar en grupos de tres las cinco cajas de regreso al barco rojo de velas negras. Les tomó algo de tiempo, pero al final lograron subirlas a su cubierta sin mayor contratiempo. Aunque el capitán había dicho que sólo se llevarían esas cinco cajas, el resto de los hombres se tomó sus libertades mientras él se entretenía en las bodegas, tomando algunas cosas de los marineros, de los camarotes, y sobre todo de la cocina.

Cerca de una hora después de su llegada, todos los atacantes estaban de regreso en su barco, listos para retirarse lo antes posible, antes de que algún barco de la Guardia Naval se presentara, o algún otro barco de cualquier tipo en realidad. Retiraron los tablones que unían las dos cubiertas, alzaron las anclas, y el Primer Oficial Henry, apodado por el Capitán como Nathan, giró violentamente el timón para que el barco se encaminara hacia mar abierto y se alejara lo más pronto posible del Santa Carmen.

—¡Gracias por su hospitalidad! —Les gritaba con intensidad el capitán de largos cabellos rojos y risa estridente desde la cubierta de su barco, mientras agitaba su sombrero negro en el aire—. ¡Y no olviden decirle a su majestad que fue robado una vez más por el Gran Jude, el Carmesí!, ¡y por la temible tripulación de Fénix del Mar!

Concluyó su despedida una vez más con su muy sonora risa, una que muy seguramente muchos de los marineros de ese barco nunca olvidarían.

El capitán y el resto de los hombres que se encontraban abajo, se presentarían en cubierta unos quince minutos después, a tiempo para desatar a sus compañeros. Tras tratarse las heridas, hacer un recuento de los daños y las pérdidas, y comer ese desayuno que tenían pendiente, el barco siguió su camino, sin ningún contratiempo mayor. Llegaron a Vankary dos días después, como tenían pensado, pero con la vergüenza de tener que reportar en el puesto de la Guardia Naval el incidente, y pasar más de dos horas explicando lo sucedido lo mejor posible.

La noticia terminaría por difundirse rápidamente por todo el puerto, y luego más allá. Inevitablemente, terminaría a oídos de los Vons Kaisma, justo como Jude el Carmesí, el Último Gran Señor Pirata, quería que pasara.

Por su parte, una vez que la Guardia Naval los dejó irse, gran parte de la tripulación del Santa Carmen se dirigió a la taberna de la Señora Lucía, a comer panqueques con mucho jarabe.

FIN DEL CAPÍTULO 01

  Capítulo Siguiente  

Crónicas del Fénix del Mar. Veinte años atrás, Kalisma, el reino más poderoso y temido del mundo, ejecutó una ferviente cacería contra las tripulaciones piratas que surcaban sus aguas, acabando con todas ellas. Pero años después, surgió una nueva nave que ha sabido escabullirse de sus garras, y navega proclamando una campaña de venganza. La nave es el Fénix del Mar, y su capitán es el excéntrico y misterioso Jude el Carmesí, el autoproclamado último Gran Señor Pirata.

Day Barlton es una joven sencilla que ha trabajado toda su vida como sirvienta, pero se distingue por sus constantes sueños y deseos de emprender viajes, tener aventuras y ser libre. Su vida estaba llena de monotonía, hasta que un día el grupo de piratas liderado por Jude arriba a su puerto y asalta la mansión en la que trabaja. Ella no quería que eso pasara, pero de alguna forma terminó a bordo del Fénix del Mar, convertida en Loreili y en la sirvienta del Capitán Carmesí. Para su sorpresa, el pirata resultó ser mucho más excéntrico de lo que la gente dice… por no decir que quizás está completamente loco.

+ «Crónicas del Fénix del Mar» © WingzemonX & Denisse-chan.

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2 pensamientos en “Crónicas del Fénix del Mar – Capítulo 01. Jude el Carmesí, el Último Gran Señor Pirata

  1. JefersoonBR

    10/10.

    Vi la publicación en facebook y no pude evitarlo, entré a leer esta fabulosa novela. Manejas muy bien tu narrativa y lo describes todo de una manera un tanto… Adictiva, además de su buena historia y personajes claro. De echo, es por los personajes que seguiré leyendo de esta historia. Me gustó.

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    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola Jefessoon!, muchas gracias por tu comentario 🙂 Me alegra que te haya gustado la historia, y los personajes (a todos les tenemos un cariño especial). ¡Gracias gracias! Espero te siga gustando los demás capítulos. Publicaré uno nuevo cada día 15.

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