Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 32. Mi Niño Valiente

10 de enero del 2019

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 32. Mi Niño Valiente

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 32.
Mi Niño Valiente

El pequeño departamento del joven oficial Sear se llenó rápidamente de humo, interrumpiendo de forma repentina la amena conversación que se encontraba sosteniendo. Alarmado, el policía se dirigió rápidamente al horno, giró por completo la perilla del gas para apagarlo, y luego abrió la puerta. Al hacer esto último, una nube de humo más oscuro y denso surgió del interior del horno, prácticamente golpeándolo en la cara.

Cole tosió con fuerza, sintiendo el ardor del humo penetrándole por los ojos y la nariz. Le tomó un par de segundo el lograr recuperarse.

—Oh, Cole —escuchó que pronunciaba con un tono burlón su madre desde la pequeña mesa circular en el centro de la cocina, haciendo que sus mejillas se ruborizaran.

Tomó un trapo a tientas sobre la encimera y con él logró retirar el refractario del horno. Lo que se suponía debía ser un delicioso estofado con papas y queso, ahora parecía un enorme pedazo de carbón negro. Avergonzado, colocó el refractario sobre la cocina y lo contempló en silencio. Usando el mismo trapo que había tomado antes, se comenzó a limpiar su cara y manos; incluso la camisa azul grisáceo de su uniforme había terminado sufriendo parte de dicho estrago, y eso que la acababa de recoger esa mañana de la tintorería. En su cabeza ya estaba escuchando a su teniente reprendiéndolo al día siguiente por no presentarse lo suficientemente impecable a sus labores.

Llevaba apenas un año y medio como oficial de policía, y la mitad de ese tiempo había sido trabajo de oficina y dar vueltas en su patrulla durante las noches. La otra mitad la usaba para otras actividades, relacionadas directa e indirectamente con su trabajo, pero en las que podía hacer mejor uso de sus habilidades únicas. Esperaba que ello lo ayudara a progresar rápidamente, y le diera oportunidad de hacer un mejor uso de dichas habilidades. Y, al menos de momento, todo parecía ir bien encaminado en esa dirección.

Pero esa noche, su única meta era hacer una cena lo suficientemente decente para poder jactarse de ella… pero esa meta se veía ahora bastante lejana.

—Creo que esto no debería de salir tan tostado, ¿cierto? —comentó con tono de broma, volteando a ver a su madre por encima de su hombro.

Lynn Sear se encontraba sentada en una silla, volteada hacia él con una amplia sonrisa divertida. Sus labios se encontraban brillando de un hermoso rosado, y sus mejillas rebosaban con un discreto rubor. Su rizado cabello castaño oscuro se encontraba recogido en una pequeña cola hacia atrás. Sus ojos azules lo miraban con una combinación de burla y compasión, ambos inspirados por su más que evidente fracaso. Usaba un vestido ligero color anaranjado claro sobre su esbelto cuerpo, de cuello alto pero con sus brazos descubiertos.

—¿Tanto tiempo viviendo solo y aún no has aprendido cómo usar bien un horno? —Le cuestionó la mujer de apenas treinta y seis años, esbozando una alegre sonrisa.

—Soy policía, usar un horno no es parte de mis obligaciones —se justició Cole con ironía. Se colocó entonces el trapo sobre su hombro, y pasó a tirar el estofado sin mucha más ceremonia al bote de basura.

—Por eso debes conseguirte pronto una buena esposa que cocine por ti.

—¿En qué año crees que vivimos? —Le respondió entre un par de risas.

Cole se dirigió entonces a su nevera, buscando fugazmente cualquier sobra de alguna comida pasada que pudiera verse lo suficientemente apetitosa para remplazar la imagen que ya se había hecho en su cabeza del estofado; no encontró tal cosa. Optó, al menos en un inicio, por tomar una cerveza.

—¿Qué te hace pensar que si consigo una esposa ella sabrá cocinar mejor que yo? —inquirió el oficial, justo después de destapar su botella y dar un primer trago.

—La sola compañía te vendría bien —declaró la mujer con voz apagada. Giró entonces lentamente su mirada, contemplando fugazmente el pequeño departamento de su hijo, que consistía básicamente en la cocina, la sala, la habitación (que no era de hecho más grande que esa cocina) y un baño—. Es muy triste volver a una casa sola cada noche, ¿no lo crees? El silencio puede ser enloquecedor.

Cole no respondió nada por unos segundos, y entonces volvió a abrir el refrigerador una vez más.

—No estoy solo —señaló con tranquilidad—. Te tengo a ti, mamá.

La mujer en la mesa se viró lentamente hacia él. Su mirada se notaba algo disipada.

Luego de unos segundos de deliberación, Cole sacó un recipiente desechable cuadrado de la nevera. En su interior se encontraban las sobras de un plato de comida china de hace… en realidad no recordaba de hace cuantas noches era. Era un poco de arroz, unos pedazos de carne y pollo, unos tres o cuatro arboles de brócoli, y unas cuantas verduras más. Su apariencia no era la mejor, pero al menos nada se veía ennegrecido o descompuesto. Lo olió para una segunda validación, y… tampoco olía del todo bien.

—Bueno, esto no se ve tan mal —señaló, no del todo convencido en realidad.

—No irás a comerte eso realmente, ¿o sí? —le reprendió su madre con cierta alarma.

Cole se encogió de hombros.

—Supongo que no —respondió con simpleza, y se dirigió de nuevo al bote de basura, tirando también el plato desechable con todo lo que guardaba en su interior—. Siempre se puede pedir una pizza, ¿cierto?

Se dirigió entonces a la mesa en la que estaba sentada su madre; sobre la misma, él había dejado su teléfono celular, y lo tomó para realizar dicha llamada.

—Cole… —Susurró la mujer delante de él, despacio… muy despacio—. No puedes seguir haciendo esto.

—Descuida, no me pasaré con la comida grasosa —respondió el oficial mientras buscaba entre sus números frecuentes el de la pizzería que se ubicaba a dos calles de su apartamento—. Algún día tengo que aprender a cocinar bien, después de todo.

—No… —Musitó de nuevo Lynn Sear, igualmente con una voz apagada, pero ahora se había tornado más débil y carrasposa—. No puedes seguir trayéndome aquí, cariño…

El dedo de Cole dejó de moverse sobre la pantalla táctil de su teléfono. Su mirada se encontraba fija en el dispositivo, a pesar de que sólo mostraba una serie de contactos, y ninguno era el que buscaba. No quería apartar su mirada de él, no quería alzarla hacia el frente y mirarla de nuevo… pero al final tuvo que hacerlo.

Sus ojos claros se enfocaron en la figura de aquella mujer, sentada del otro lado de la mesa; esa persona, que se suponía en alguna ocasión había sido su madre pero que aún entonces le resultaba difícil reconocer. Su piel se había tornado pálida y enfermiza, sin nada de color en ningún tramo de ella. Su complexión, antes esbelta y hermosa, ahora era esquelética, apenas un remedo de lo que antes fue. Su pellejo se encontraba pegado casi por completo a sus huesos, enmarcando la forma de su cráneo, con sus ojos y mejillas hundidas. Su hermoso cabello castaño ya había casi desaparecido por completo, dejando sólo algunas escasas hebras grisáceas que caían alrededor de su cabeza. Y sus ojos, sus hermosos ojos, ahora se habían opacado, cubierto de una capa nebulosa, y aunque lo miraban a él parecían mirar hacia la absoluta nada.

Cole tuvo que desviar su mirada hacia otro lado casi de inmediato. Durante todos esos años había visto imágenes horribles prácticamente todos los días de su vida; mutilaciones, asesinatos, suicidios, sangre y viseras… Pero ninguna le causaba tanta ansiedad, tanta repulsión y tanto sobrecogimiento como esa: la apariencia final de su amada madre, que para bien o para mal se había quedado grabada en su mente, por más que quisiera recordarla de la otra forma con esa jovial sonrisa, esa cálida mirada, y esa belleza única que a sus ojos sólo ella podía poseer.

—Tienes que dejarme ir, Cole —escuchó de nuevo esa voz ronca y casi ausente pronunciar, y fue tan desgarrador como verla directamente—. No te estás haciendo ningún bien con esto… ni a mí tampoco…

—Lo sé… —Pronunció el policía con firmeza. Apoyó sus puños cerrados sobre la mesa, aun teniendo su mirada agachada para evitar mirarla—. Pero no puedo evitarlo… No es justo. Aún te necesito…

—Siempre estaré para ti, mi pequeño… —Una mano de dedos huesudos se extendió sobre la superficie lisa de la mesa hacia él, quedando en su rango de visión sin que él pudiera evitarlo. Su piel carente de color, dejaba a la vista las delgadas fibras de sus venas superficiales—. Pero no puedes seguir aferrándote a mí. Debes seguir adelante…

—No quiero… no… —Murmuró el muchacho, ahogando un quejido similar a dolor. Pequeños rastros de lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos, amenazando con brotar—. ¿De qué me sirve tener estos malditos poderes si no puedo usarlos para verte…?

—No menosprecies el bien que haces, ni el que harás de aquí en adelante. Tienes un futuro hermoso ante de ti, Cole… pero lo pasarás por alto si sigues mirando hacia atrás…

Cole respiró lentamente, intentando opacar los sollozos que se apoderaban de él. Usando toda su fuerza de voluntad, alzó de nuevo su mirada hacia ella; seguía viéndose igual. Se le notaba tan cansada, tan llena de sufrimiento y sin fuerza alguna. Ella lo miró también, con sus ojos llenos de tristeza.

—Por favor, Cole… —Soltó como un apenas audible suspiro—. Es muy doloroso estar aquí…

La respiración del chico se aceleró un poco más, pero intentó normalizarla lo más posible y mantenerse calmado. Acercó tímidamente su mano a la que ella le extendía y la estrechó entre sus dedos con fuerza. A pesar de su apariencia escuálida y demacrada, ella también lo apretó a él con considerable ímpetu.

Esas lágrimas y esos sollozos ya no se pudieron contener más.

—Te amo, mamá… —murmuró Cole a como el nudo en su garganta le permitió.

Lynn le sonrió, lo mejor que le fue posible con sus labios delgados y resecos.

—Y yo a ti, mi niño valiente…

Usando de nuevo todo lo que tenía de fuerza de voluntad, Cole cerró sus ojos con fuerza, y no los abrió hasta que dejó de percibir los dedos de su madre entre los suyos, hasta que la sensación fría se había desvanecido, y hasta que sintió por completo que estaba una vez más solo. Y al abrirlos de nuevo, en efecto así era: Lynn Sear se había ido, y sólo quedaba él, solo en ese pequeño departamento.

Se dejó caer de sentón en una de las sillas y pasó sus manos por su rostro. No hubo estofado, ni comida china, ni pizza esa noche; prefirió irse a la cama sin cenar.

Hizo cumplir el deseo de su madre, y no la volvió a llamar otra vez después de esa noche. Y ella no se volvió a aparecer ante él… al menos, no en un largo tiempo, y no hasta que la necesitó.

* * * *

Tras el final de su sesión, Matilda llevó a Samara a descansar a su habitación. La niña no se quedó dormida, pero cuando la dejó parecía estar más tranquila. La psiquiatra prometió ir a verla más tarde, y eso pareció alegrarle un poco. Su plan original era hablarle sobre lo ocurrido con el Dr. Scott, pero tras lo ocurrido no sabía si quizás sería correcto alterarla con ese tema; si lo hacía, tendría que hacerlo con mucho cuidado.

Mientras tanto, tenía que reunirse de nuevo con Cole para discutir lo acontecido y decidir qué hacer a continuación. Ella ya tenía en mente dicha decisión, pero debido a las órdenes de Eleven tenía que hablarla con ese hombre que acababa de conocer, y convencerlo de que la apoyase. El oficial de policía había salido al patio del hospital para despejarse un poco y fumar un cigarrillo. Cuando Matilda salió a su encuentro, lo vio sentado en la misma banca en la que la noche anterior Cody y ellos dos habían hablado con Eleven.

Desde que dejaron la sala, Matilda había sentido una actitud un tanto distante y pensativa en su compañero forzado. En un inicio consideró que era natural, pues la situación que acababan de experimentar no era precisamente para estar de buen humor y salir brincando; a ella misma le tomó un momento el poder reponerse del todo. Sin embargo, al verlo ahí sentado con la misma actitud, o incluso más marcada que antes, le preocupó por unos momentos la posibilidad de que Samara le hubiera hecho algo… al igual que lo había hecho con el Dr. Scott. Cole se encontraba mirando al frente, con el cuerpo ligeramente inclinado, y con su cigarrillo humeante entre los dedos. Su rostro estaba paralizado en una expresión fría, y no pareció percatarse de inmediato en su presencia hasta que Matilda carraspeó un poco. Él no se mostró sorprendido o algo así; simplemente la volteó a ver lentamente, y le sonrió de una forma amable, aunque le pareció mucho menos sincera que de costumbre.

—¿Cómo está Samara? —Le preguntó con tono neutro.

—Tranquila, o al menos lo más tranquila que puede estar en una situación así.

Matilda caminó hacia el extremo contrario de la banca, y se sentó ahí, como si quisiera mantener la mayor distancia entre ambos.

—¿Le molesta el olor a cigarro? —Le cuestionó Cole acusativo, y de inmediato apagó lo poco que le quedaba del cigarrillo contra la suela de su zapato.

—No particularmente —respondió la psiquiatra con apatía—, aunque tampoco me encanta. Pero puede seguir, si así lo desea.

—Descuide, ya había terminado. Además, hay cosas de qué hablar, ¿no le parece?

Y vaya que las había. Matilda debía aceptar que la sesión que acababan de tener había sido a lo menos, bastante extraña. Ella estaba lista para que ocurriera alguna eventualidad tratándose de las habilidades tan singulares de Samara, pero no esperaba que ocurriese algo como lo que habían visto.

Ambos comenzaron a discutir sus conclusiones sobre la experiencia, aunque la de Matilda fue bastante directa y tajante.

—¿Desorden de personalidad múltiple? —cuestionó Cole inseguro, como si temiera haberlo pronunciado mal aunque no fue así.

—Es bastante común en niños que resplandecen, en realidad —señaló Matilda, cruzándose de piernas—. No logran explicar o controlar lo que hacen, y crean otra personalidad que sí pueda; una más fuerte e inteligente, que los defienda y guíe. A veces no son conscientes del todo de su existencia, pero en otras la ven como un amigo imaginario, o un hermano mayor que los cuida.

—¿Eso cree que es con lo que hablamos?

—Es una explicación bastante razonable. Su personalidad primaria se muestra bastante pasiva, mientras que ésta otra es más dominante y asertiva; además que explícitamente estableció que desea protegerla, algo muy común en este tipo de episodios.

Cole se recargó por completo contra el respaldo de la banca y pasó sus dedos lentamente por sus cabellos cortos. Se veía bastante pensativo; se podría decir que incluso preocupado.

—Si se trata de eso —comenzó a decir sin mirarla—, ¿por qué usted no se había dado cuenta antes? ¿O algún otro de sus doctores?

El rostro de Matilda se torció un poco en un mueca reflexiva. La pregunta no le sorprendía ni molestaba; ella misma se la había estado haciendo.

—No siempre es tan sencillo de diagnosticar como la gente cree —le indicó con tono serio—, especialmente porque no había mostrado señales notorias de ello antes, ni lagunas mentales, ni amnesia. Sus padres nunca mencionaron algún incidente parecido, ni ella durante nuestras sesiones anteriores.

—¿No podría ser eso indicativo de que es otra cosa?

—No por sí solo. Puede ser simplemente que ni Samara ni sus padres eran conscientes hasta ahora de esto, o el estrés al que ha estado sometida últimamente, alimentada también por la idea que se auto implantó del monstruo, hizo que los episodios se volvieran más notorios y drásticos. Como lo de ayer, o como lo que acabamos de ver.

Cole se paró abruptamente de la banca y se alejó unos pasos. Matilda lo siguió con la mirada. Con una mano se tallaba su barbilla, en la que al parecer ya comenzaban a crecer los primeros rastros de una barba que ocuparía ser rasurada en un par de días más. Llevó luego de un rato sus manos a su cintura mientras le daba la espalda, y alzó su mirada al cielo de una forma un tanto dramática para el gusto de Matilda.

—¿Qué hay del hecho de que se llame a sí misma Samara Morgan? —Soltó de pronto, tomando a Matilda un poco mal parada.

—¿Qué con eso?

—Bueno —murmuró dudoso, mientras se giraba de nuevo hacia ella—, en todas las películas que he visto, esa otra personalidad tiene otro nombre, forma de comportarse y no miente diciendo que es la persona verdadera, ¿no? Como Charlie y Hank de Irene, Yo y mi otro Yo.

La ceja derecha de Matilda se arqueó en un gesto de incertidumbre, y también de incredulidad por lo que acababa de escuchar.

—¿Está objetando mi diagnóstico basándose en lo que vio en una película? —Le cuestionó de manera acusadora. Cole sólo sonrió un poco con gesto burlón y se encogió de hombros—. Pues bien, yo también he visto y leído historias de posesiones, y en ellas el demonio también tiene otro nombre y personalidad, ¿no? O yo no recuerdo al demonio del Exorcista diciendo que se llamaba Regan MacNeil.

Notó en ese momento como el detective la miraba fijamente con marcada sorpresa por unos instantes, y luego soltaba una leve risa, como si hubiera recordado un chiste, aunque no del todo bueno.

—¿Qué? —le cuestionó un tanto a la defensiva.

—No, nada —le respondió el oficial con tranquilidad—. Es sólo que no creí que fuera del tipo que ve películas de terror.

Las mejillas de Matilda se ruborizaron ligeramente, e instintivamente se desvió a otro lado como si quisiera disimularlo.

—Quizás leí el libro —musitó despacio y con serenidad.

—¿Tiene libro?

Matilda suspiró, y luego inhaló lentamente, intentando recuperar la compostura y recobrar el rumbo original de la conversación.

—Escuche, no es tan extraño que la personalidad secundaria intente convencer a las personas externas que es la primaria. Internamente ambas saben diferenciarse, pero si es necesario para su fin último, que en este caso es proteger a la personalidad primaria, puede recurrir a fingir que es ella. —Hizo una pausa, en la que se acomodó un poco su cabello, agitado por la pequeña brisa que soplaba en ese patio—. Aunque acepto que en la situación en la que estábamos, fue un poco extraño que hiciera eso pues era bastante evidente que no intentaba convencernos, y además se refirió a Samara en tercera persona cuando dijo que quería protegerla. E igualmente, si es que esta otra personalidad es la culpable de los hechos ocurridos antes, con los caballos de su granja y con su madre, es también extraño que Samara sí los recuerde como hechos por ella misma y no culpe directamente a esta otra personalidad. Es un caso un poco inusual, eso se lo reconozco, pero no imposible de ocurrir; prácticamente cada caso de TID es diferente entre sí. Y sobre todo, es mucho más creíble a concluir que se trata de una posesión demoníaca, que vayamos de paso por mucho tiempo fue el primer diagnóstico que la gente le daba a este tipo de padecimientos.

Cole no decía nada, pero no era necesario que lo hiciera: era bastante evidente que no estaba para nada convencido de lo que Matilda le decía. Eso no le sorprendía; de hecho, le extrañaba que no estuviera defendido con más energía su postura original, considerando que desde el día anterior se mostraba bastante convencido de ella. ¿Habría quizás visto algo que lo hiciera dudar?

Matilda se puso de pie y se le aproximó un poco para hablarle cara a cara, aunque Cole no parecía tener interés en sostenerle su mirada ni nada similar.

—Mire —comenzó a pronunciar con un tono significativamente más calmado y abierto—, su método quizás fue poco ortodoxo, y claramente no estuve de acuerdo. Pero reconozco que funcionó, y quizás fue la única forma de realmente darnos cuenta de su verdadero problema. Si el paciente está convencido de que esta otra identidad es algo sobrenatural, a veces hay que tratarlo de esa forma en un inicio para que reaccione. Éste no es ni cerca el escenario ideal, pero lo que le ocurre se puede tratar y controlar. Requerirá tal vez de años de terapia y medicamentos, pero puede seguir adelante y tener una vida normal. Lo crea o no, hicimos un progreso importante hoy, y eso fue gracias a usted.

De pronto, extendió su mano derecha hacia él y la colocó sobe su brazo. Este gesto sorprendió bastante a Cole, pero incluso también a la propia Matilda luego de unos segundos. Lo había hecho prácticamente sin pensar, guiada por la costumbre de en situaciones similares establecer un poco de contacto físico para romper el hielo o tranquilizar a una persona. Se le olvidó por completo por un instante quién era esa persona a la que intentaba tranquilizar.

Tardó unos momentos en reaccionar, o más bien en decidirse por qué hacer. Al final retiró lentamente su mano de su brazo y la pegó contra sí. Estaba avergonzada por dentro, aunque por fuera no lo demostró. Se aclaró su garganta discretamente, y se paró derecha.

—Hay algo más que le molesta, ¿cierto? —murmuró de pronto con voz reflexiva. Cole la miró con seriedad, pero sin mutarse—. ¿Fue lo que la otra Samara le dijo? ¿Quiere hablar al respecto?

—¿Acaso quiere darme terapia? —Le cuestionó, ligeramente a la defensiva.

—No lo llamaría así. Pero si cree que lo necesita…

Matilda se quedó callada, mirándolo fijamente en espera de su respuesta.

El día anterior, durante ese exabrupto en la cafetería, Matilda se había dejado llevar por sus emociones, y además de empujarlo de manera violenta con su telequinesis le había dicho algunas cosas un tanto duras. Aunque se había disculpado, o algo parecido, la verdad era que no sentía que lo hubiera logrado del todo. No lo exteriorizaba alimentada por su propio orgullo, pero internamente se sentía un poco responsable. Dicha responsabilidad vino un poco en aumento tras estar presente y escuchar todo lo que esa otra Samara le acababa de decir…

“Tienes miedo todo el tiempo, a todo. A cualquier rincón oscuro en la habitación, a cualquier brisa helada que toca tu piel, y a cualquier sonido repentino detrás de ti. Por qué conoces los horrores que se ocultan en ellos, que te persiguen y siempre están ahí acechándote. No puedes huir de ellos, ni dejar de verlos. Eres su alimento y su diversión, como un ratón miedoso entre las garras de un gato.”

Era algo que ella misma había detectado desde el día anterior: cómo debajo de toda esa capa de aparente exceso de confianza, actitud extrovertida y bromista, se ocultaba una persona con miedos, muchos miedos, con los que lidiaba en silencio. La manera en la que había tocado dicho punto la noche anterior no había sido la correcta, y mucho menos la más profesional; incluso dentro de su aparente poco agrado que sentía por él, podía tener la cabeza lo suficientemente fría para darse cuenta de ello. Había tocado una fibra sensible al señalárselo, y eso lo había empujado a responderle de la misma forma. Por ello, temía que pudiera haber pasado lo mismo con ese último incidente.

Como fuera, tras unos segundos Cole volvió a sonreír abruptamente de manera despreocupada y tranquila. Retrocedió un paso hacia atrás y alzó sus manos al frente, como indicándole que ella se quedara justo en dónde estaba. A Matilda eso le pareció actitud defensiva, aunque intentara disimularlo.

—No, estoy bien —le respondió de inmediato el detective, encogiéndose de hombros—. Es sólo que las cosas no salieron cómo lo esperaba. Pero aun así… no lo sé. —Suspiró pesadamente, y pasó su mano entera por sus cabellos, de adelante hacia atrás—. Usted no vio o sintió lo mismo que yo.

—Eso es definitivo.

Cole se tomó un segundo y sacó de su saco su cajetilla y extrajo de ésta otro cigarrillo. Al parecer ya no le importaba si a Matilda le molestaba o no el humo, aunque ella le había concedido permiso si no mal recordaba. La castaña se sintió tentada a señalarle lo malo que era fumar tanto, pero decidió contenerse pues quizás no era ni el sitio ni el momento adecuado para eso.

El policía colocó el cigarrillo entre sus labios, lo encendió y se tomó un rato más para dar una inhalación de él y aparentemente permitirse sentir los efectos que causaba el humo al pasar por su cuerpo. Se veía bastante ansioso, y al parecer esa era su forma de intentar relajarse un poco. Para ser alguien con más “experiencia” en ese tipo de cosas, no esperaba verlo tan alterado después de todo.

—Escuche… —comenzó a decir cuando fue capaz de recuperar por completo la compostura—. Por un instante pude ver el verdadero rostro de ese ser, el que usted piensa que es sólo otra personalidad de esa niña. Pude sentirlo, tan vívidamente como he sentido a muchas otras criaturas similares a ella. Y lo que sentí, fue algo muy conocido para mí… pero también diferente.

—¿Cómo diferente? —Cuestionó Matilda, genuinamente intrigada.

—Lo que sentí, la energía que recorrió mi cuerpo cuando me tomó de esa forma, era claramente algo no humano, algo que sólo puedo nombrar como demoníaco. —Matilda bufó agotada, o al menos lo hizo en su mente. Estaba por responderle algo, aunque no tenía del todo claro qué con exactitud, cuando él de pronto prosiguió, con una emoción mucho más sombría en su voz—. Sin embargo, ese sentimiento que vi en sus ojos, ese odio y rencor… Sólo he sentido un resentimiento así en espíritus; en espíritus humanos quiero decir, especialmente en aquellos que tuvieron una horrible muerte, y dejaron este mundo con un solo pensamiento final en sus cabezas: venganza…

Matilda no sabía cómo reaccionar con exactitud a lo que escuchaba. Más allá de lo difícil de digerir el significado de sus palabras, le inquietaba más el tono con el que las había pronunciado; tan serio y preocupado; o incluso… asustado.

—Eso es un poco contradictorio —señaló Matilda, intentando no sonar asertiva—, incluso intentando ver las cosas desde su perspectiva. Usted dijo que se trataba de un demonio, ¿ahora dice que es un fantasma o algo parecido? ¿Cuál de las dos es, entonces?

Cole se viró hacia un lado, y volvió a inhalar de su cigarrillo. Soltó todo el humo lentamente por su boca, mientras miraba fijamente hacia una dirección sin motivo específico.

—Puede que haya una tercera posibilidad —musitó de pronto, justo antes de colocar una vez más su cigarrillo en su boca—. Eleven me mencionó que encontró a la madre biológica.

Matilda se sintió un poco confundida por tan repentina mención.

—Algo así.

—¿Identificó al padre?

—No realmente. Ella les dijo a las monjas que la cuidaban que éste no existía.

—¿Les dijo que no existía? —Exclamó sorprendido, virándose de nuevo hacia ella—. ¿Cómo es eso?

—No lo sé —respondió Matilda, encogiéndose de hombros—. La madre superiora no fue clara al respecto. Al parecer les contó que su padre era algo que le susurraba desde el mar, algo no huma…

La psiquiatra calló de golpe, dejando cortadas sus palabras y lo que fuera que pensara decir luego de ellas. En cuanto estaba pronunciando esa última frase, su cabeza ató algunos cabos, y la idea fugaz que se le vino a la cabeza la dejó paralizada unos momentos… por lo asombrosamente ridícula que le parecía. Y al mirar cómo su acompañante la miraba expectante, se dio cuenta de que muy posiblemente era la misma idea que le estaba cruzando a él, y que también ya se había dado cuenta de que ella le había comprendido.

—Oh no, claro que no —murmuró Matilda, algo agresiva—. ¡Por favor! eso era sólo el desvarío de una mujer de seguro traumatizada.

—¿Está segura? —Inquirió Cole, notablemente interesado—. ¿Habló con ella?

—No, sólo sé que fue internada en un centro psiquiátrico, luego de que intentó ahogar a Samara cuando era apenas una recién nacida. Ni siquiera sé si sigue ahí, o si sigue viva.

—Pero sabe cuál es ese centro, ¿no?

—Sí, pero… ¿acaso quiere que vayamos a hablar con ella? —Murmuró Matilda, escéptica.

—Podría ser la clave para resolver este misterio.

—¿Cuál misterio?, ¡no hay misterio aquí! —Espetó con algo de fuerza—. Sólo una niña que ha pasado por mucho, con habilidades que no puede entender ni controlar, y su mente se encuentra destrozada por ello. Necesita que le demos un tratamiento adecuado, no ir a cazar demonios.

—Escuche —musitó Cole despacio, acercándose más a ella y encarándola de frente; Matilda ni siquiera pestañó—, usted aceptó hacer las cosas a mi modo. Le dijo a Eleven que me ayudaría y aceptaría mi punto de vista, ¿o no?

—Acepté abrir mi mente hasta cierto punto, sí. Pero no seguiré con esto si es que considero que pone en riesgo el tratamiento y mejora de mi paciente.

Cole suspiró con cansancio y se alejó unos pasos de ella. Le dio la espalda y tomó un par de bocanadas más de su cigarrillo. Matilda se preguntó en qué tanto estaría pensando. Si era que su respuesta lo estresaba o enojaba, pues ni modo; no pensaba dar su brazo a torcer tan fácil. Tras unos momentos, él se viró de nuevo hacia ella, ahora con una actitud no tan desafiante, pero igual ella no bajó la guardia.

—Bien, escuche, sólo hagamos esto, esta única cosa más. Hablemos con la madre lo antes posible. Vayamos juntos, veamos qué tiene que decir, y si no sacamos nada de provecho de ello, haremos las cosas a su modo. ¿De acuerdo?

Matilda lo observó en silencio, un tanto aprensiva.

—¿Enserio?

—Totalmente.

—¿Y si ya no está ahí? ¿O si falleció?

—Ya veremos qué hacer entonces si es así. ¿Qué dice?

Le volvió a sonreír ampliamente y de manera cándida, de esa forma tan molesta como lo había hecho casi todo el día anterior. Pero fuera como fuera, Matilda sintió que de nuevo sus mejillas se calentaban, así que se volteó rápidamente hacia otro lado. ¿Qué forma de reaccionar era esa?

Respiró hondo un par de veces para tranquilizarse.

—Tendré quizás que hacer algunas llamadas —le respondió con voz baja sin mirarlo—. No sé cuándo podamos hacerlo…

—Debe ser cuánto antes —señaló Cole con determinación—. Mientras más esperemos, más riesgo corremos que algo como lo de anoche vuelva a pasar.

—Bien, entonces veré qué puedo hacer —señaló Matilda por último, y pasó de inmediato a buscar su teléfono en el interior de su bolso.

—Gracias, no se arrepentirá —comentó Cole con un extraño entusiasmo, alzando además sus dos pulgares hacia ella. Esto, por algún motivo, le resultó un poco gracioso a Matilda, y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, aunque al tener el rostro inclinado sobre su bolso esperaba poder ocultarlo.

Justo cuando logró sacar su teléfono, notó como el oficial sin decir nada se daba media vuelta y comenzaba a caminar hacia la puerta del hospital.

—¿A dónde va?

—Enfrentar a un ser cómo éste me abre el apetito —le respondió con simpleza, alzando una mano al aire mientras alejaba—. Voy a buscar algo de la máquina expendedora, ¿usted quiere algo?

—No, gracias —le respondió insegura, pero él ni siquiera parecía dispuesto a esperar que le respondiera realmente. Siguió su camino hasta ingresar el edificio y perderse de su vista.

Matilda se preguntó si acaso ese último comentario había sido enserio, o sólo estaba jugando. Hasta ayer, creía poder identificar algo como eso fácilmente cuando el tema involucraba fantasmas y demonios; ahora no estaba del todo segura.

— — — —

Cole no mintió sobre ir a la máquina expendedora, aunque lo de su apetito no era precisamente del todo correcto. Lo que menos tenía en esos momentos era hambre, pero sí una gran ansiedad que ni siquiera un cigarrillo le quitaba.

Lo cierto era que no le había dicho toda la verdad a Matilda, pues no había forma sencilla de expresar con palabras todo lo que le cruzaba en mente en esos momentos. Entendía que era su trabajo el ver todo desde su perspectiva de psiquiatra, y de la mejor forma para ayudar a su paciente. Pero Cole temía que eso, sumado a su obstinación por negarse a aceptar que pudiera haber fuerzas desconocidas para ella involucradas en todo eso, le impidiera ver el verdadero tamaño y la gravedad de a lo que se enfrentaban. Ni siquiera él estaba aún del todo seguro de ello, pero todo su interior se lo decía a gritos, y era una voz demasiado insistente que le era imposible callar.

La máquina más cercana se encontraba en el centro de un largo pasillo, que en esos momentos estaba totalmente desierto; ningún enfermero, doctor o paciente se veía o escuchaba a la redonda. Revisó sin mucho interés los productos expuestos tras el cristal protector. Nada le llamaba particularmente la atención, aunque al final se inclinó más por una bolsa de cacahuates salados colocados en el número 27. Introdujo las monedas necesarios en la máquina, y presionó la opción. El mecanismo comenzó a girar, pero a bolsa de cacahuates se quedó sujeta de apenas un esquina del paquete, y hasta ahí llegó.

Cole miró esto con decepción y algo de molestia. Quizás eso era otro indicativo más de que no era su día, y de que en efecto fuerzas más grandes que él, se encontraban jugando a los dados con su destino en esos momentos.

—El número 27 siempre se atora —escuchó que alguien pronunciaba a su diestra, tomándolo por sorpresa.

El oficial se sobresaltó asustado, y se giró rápidamente hacia dicha dirección. Una mujer castaña envuelta en una bata rosada, y debajo de ésta una bata blanca de hospital, lo miraba con una amplia sonrisa divertida que asomaba sus dientes blancos y perfectos. Era una mujer de quizás unos cuarenta años, de cabello castaño claro, rizado y algo alborotado. Sus ojos eran azules y serenos, y su rostro blanco mostraba sólo unas cuantas arrugas y marcas de la edad. No usaba nada de maquillaje, pero aun así sus labios se veían de un muy natural y atractivo rojo. Sus manos se ocultaban en el interior de las bolsas de su bata rosada, en una postura bastante relajada.

—Creo que es algún tipo de trampa para bobos —le indicó divertida, viendo hacia el paquete de cacahuates atorado—. Sólo dale un par de golpes del lado izquierdo a la máquina, y se caerá.

Cole la miró con algo de duda, y luego miró también a su añorado paquete; aunque, en realidad no era tan añorado.

—No creo que eso sea digno de un oficial de la ley.

—Yo no le diré a nadie si tú no lo haces —Le comentó la mujer, encogiéndose de hombros.

Lo dudó un poco más, pero al final le hizo caso. Hizo justo lo que le indicó, dándole un par de golpes fuertes a un costado de la máquina. El paquete de cacahuates se soltó y cayó al área de despacho de productos. Cole se agachó y lo retiró sin mayor problema.

Mientras estaba agachado, escuchó un sonido, pero tan despacio y lejano que difícilmente podía decir si lo había escuchado en realidad.

Se incorporó de nuevo, ya con los cacahuates en su mano, y miró agradecido a la misteriosa mujer.

—Gracias —le murmuró, mientras abría la bolsa.

—Gema —comentó la mujer de pronto—. Por si te lo preguntabas, me llamo Gema.

—Bueno, gracias Gema. Yo me llamo Cole.

—Un placer —asintió la mujer—. Eres muy guapo, ¿sabes?

—En realidad no —le respondió con sorna.

Cole ladeó el paquete sobre su mano y vertió tres cacahuates sobre su palma, introduciéndolos después de una sola vez a su boca. Estaban demasiado salados, pero no podía ponerse demasiado exigente.

De nuevo percibió ese sonido lejano, como un molesto zumbido en su oído.

—Dime, Gema —comentó el hombre entre masticadas—, ¿deberías estar fuera de tu habitación en estos momentos?

Gema sonrió, y se encogió de nuevo de hombros.

—Nadie me detuvo de salir.

—Por supuesto. —Cole tomó algunos cacahuates más, sin quitarle la mirada de encima a esa mujer—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí exactamente?

El rostro apacible de Gema no se mutó, pero si tardó un rato en responderle.

—Mucho, mucho tiempo… —susurró despacio y un poco apagada—. Pero esa no es tu verdadera pregunta, ¿o sí? Lo que quieres preguntarme… es cómo morí…

Cole se mantuvo tranquilo tras esas palabras; de hecho, incluso tomó más de sus cacahuates con total tranquilidad. En cuanto la vio, se percató de que no era sólo una paciente que pasaba por ahí, sino algo mucho más complicado; llevaba demasiado tiempo haciendo lo que hacía para no notarlo.

—No es una gran historia —murmuró Gema, mientras se acomodaba su fleco—. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente… bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.

Eso le sonaba bastante conocido.

Una vez más creyó escuchar algo, pero ahora con más claridad. ¿Acaso era su nombre? ¿Alguien había dicho “Cole”?

—Las que son como tú, tan conscientes de su verdadero estado, no son usuales, ¿lo sabías?

—Si es tu manera de decirme que soy especial, te lo agradezco, guapo.

—¿Hay algo que te retenga aquí, Gema?

—No que yo sepa. Sólo me gusta pasear por aquí de vez en cuando. Me divierte ver a las personas de este sitio, cuerdos y no. Las personas… siempre han sido muy interesantes para mí…

—Me imagino que sí…

—¡Cole! —Escuchó ahora vívidamente, justo detrás de él; un grito agudo y fuerte que casi lo hizo saltar.

Se giró rápidamente, alarmado, y entonces la vio. Se encontraba a menos de un metro de él, mirándolo con sus ojos azules llenos de horror, y él la reconoció al primer segundo. Era su madre, su difunta madre, con su apariencia sana antes de que su enfermedad la acabara y la dejara en ese estado final.

Cole se paralizó por el asombro, incapaz de pronunciar palabra alguna. Pero igual, no hubiera tenido tiempo de decir cualquier cosa, pues de inmediato ella le gritó con tanta fuerza que su reconocible voz le retumbó profundamente en sus oídos.

—¡No la escuches! ¡No es lo que parece!

Cole no comprendió; su mente se sentía demasiado difusa para comprender. Se giró por instinto de nuevo hacia Gema, y sólo entonces la advertencia de su madre cobró un poco de sentido. La apariencia de aquella otra mujer había cambiado drásticamente en sólo un segundo. Sus cabellos se habían convertido en una maraña de hebras color ceniza que señalaban en todas direcciones. Su piel se había tornado pálida y grisácea, y su rostro estaba cubierto de llagas abiertas color carne viva. Sus ojos eran más grandes, parecían casi sobresalir de sus cuencas, y eran totalmente negros. Pero lo más impresionante era su boca, que se habría largado casi de oreja a oreja como si la hubieran abierto cortando las mejillas con un cuchillo, y formaba una horrorosa mueca que quizás intentaba simular ser una sonrisa; dejaba a la vista una hilera completa de afilados y delgados colmillos amarillentos y sucios, como si fueran cientos de clavos oxidados.

Antes de que Cole pudiera recuperarse de su impresión, la mujer extendió sus manos largas y viscosas hacia él, tomándolo del rostro con fuerza.

—Te metiste en el agujero equivocado —murmuró con una voz gruesa y carrasposa, y una larga lengua verdosa se asomó de su boca repleta de afilados colmillos—. Ven y dame un beso…

Lo jaló con fuerza hacia ella, pero Cole se resistió. Colocó sus manos contra su cuello, empujándose hacia atrás. Su lengua se agitaba como si fuera una serpiente al ataque, manchando su cara de una sustancia espesa que le quemaba un poco la piel. Cole alzó entonces su pierna derecha y la pateó con fuerza con el pecho, empujándola hacia atrás. El cuerpo delgado de aquella criatura se impulsó por el pasillo, cayendo al suelo apoyada en sus manos y pies, como si fuera un reptil. De la misma forma, similar a un animal al acecho, se le lanzó encima mientras emitía horribles gruñidos.

Cole no estaba en servicio por lo que no llevaba su arma encima, además de que no estaba seguro si funcionaría con esa criatura, fuera lo que fuera. Pero tenía otras formas de enfrentar a monstruos así. Se mantuvo de pie, calmado en su puesto mientras se le acercaba. Respiró hondo, se relajó, soltó sus manos, y justo cuando la criatura saltó hacia él, jaló de golpe su puño derecho hacia el frente, clavándolo en el centro de su cara. Su cabeza fue empujada por completo hacia atrás, con un sonido tajante como si algo se hubiera roto dentro de ella. La criatura cayó de espaldas al suelo, azotándose.

Cole se puso de inmediato sobre ella y la tomó fuertemente de su cuello con ambas manos, apretándolo.

—¡¿Quién eres?! ¡¿Cuál es tu nombre?! —Le exigió con rigor, pero el monstruo sólo respondió con gruñidos, y con su escurridiza lengua agitándose hacia él. Tomó sus brazos con sus dedos, encajando sus afiladas garras en su piel. Eso le provocó un gran dolor, pero Cole se mantuvo firme—. ¡Obedéceme! ¡¿Quién eres?!, ¡¿qué es lo que quieres?!

Los gruñidos de la criatura cesaron poco a poco, y en su rostro se dibujó una amplia sonrisa en la que dejó a la vista una vez más sus colmillos con una mueca astuta.

—Nos veremos de nuevo, guapo…

Los ojos negros del monstruo se prendieron en dos intensas llamaradas, y el fuego comenzó rápidamente a extenderse al resto de su cara, y después por su cuerpo. Cole se apartó rápidamente de ella, retrocediendo. Vio desde la distancia como el cuerpo de Gema se retorcía en el suelo y gritaba de dolor, mientras las llamas la consumían hasta dejar en su lugar solo una figura oscura y carbonizada.

Cole retrocedió, respirando con agitación hasta que su espalda se pegó contra la máquina expendedora. Miró en silencio aquella figura humanoide totalmente negra, petrificada con sus brazos y piernas torcidas. Poco a poco se fue deshaciendo, quedando como cenizas en el suelo.

—Cole, Cole —escuchó murmurar la voz de su madre a su lado, y sintió como colocaba su mano gentilmente sobre su brazo para llamar su atención.

Él la miró, y aunque al inicio dudó de que realmente se tratara de ella, al final estuvo seguro. No por su apariencia, no por sus ojos azules o el sonido de su voz, sino por la sensación cálida que le provocaba su sola presencia. Luego de tantos años, se volvía a presentar ante él aunque no la hubiera llamado.

—Eso… ¿cómo logró engañarme? —Cuestionó alarmado, señalando hacia el montón de cenizas—. ¿Qué fue eso…?

—Escúchame, Cole —señaló su madre, tomándolo del rostro para obligarlo a mirarla fijamente. Su voz se sonaba aprensiva—. No tengo mucho tiempo, tengo advertirte. Corres un grave peligro.

—¿Peligro? —Murmuró despacio, aún perdido entre sus pensamientos.

—Esto en lo que te involucraste es más peligroso de lo que crees. Tienes que irte lo más pronto posible, alejarte de todo este asunto. O si no… tú morirás… y ella también…

Cole la miró confundido.

—¿Quién? —Cuestionó perdido, y entonces miró sutilmente sobre su hombro por el pasillo, hacia donde se encontraba la salida al patio—. ¿Hablas de Matilda?

—No puedo decirte más… Y no puedo quedarme más tiempo. —Volvió a tomar su rostro para poder verlo a los ojos—. Te amo, mi niño valiente… Por favor, cuídate…

—No, mamá, ¡espera!

En un parpadeo, la mujer se desvaneció por completo, dejándolo totalmente solo en ese pasillo, tal y como lo había dejado en su departamento hace seis años. Miró entonces hacia dónde Gema había perecido, pero las cenizas tampoco se encontraban ahí, ni ningún otro rastro de la extraña criatura, salvo las heridas que le había hecho en los brazos. En verdad se encontraba solo…

Recargó por completo su espalda contra la máquina, y pasó nervioso sus dedos por su cabello. Su respiración se encontraba agitada, y su corazón le latía intensamente. Ese encuentro inesperado con esa criatura, esa advertencia repentina por parte de su propia madre… todo eso no hizo más que recalcar lo que había concluido tras esa sesión con Samara, y todo lo que había visto y sentido en ella; aquello que no le había dicho a Matilda porque no había forma sencilla de explicarlo.

Lo que le ocurría a Samara Morgan era algo mucho más peligroso de lo que la psiquiatra se había dado cuenta, algo que la sobrepasaba a ella, a él, o incluso a Eleven… Algo que en efecto, podría llevarlos a todos directo hacia sus muertes…

FIN DEL CAPÍTULO 32

Notas del Autor:

—El personaje de Lynn Sear está basado en el personaje del mismo nombre de la película Sixth Sense o Sexto Sentido de 1999, respetando los acontecimientos de la película original hasta el momento final de ésta.

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 Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ «Doctor Sleep» © Stephen Kng.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

3 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 32. Mi Niño Valiente

  1. ignacio rodriguez piceda

    Si algulnos animales muestran comportamientos de inteligencia o habilidades psíquicas. No si se relacionan con lo de resplandor pero he visto en pelis como los ojos de gato, sonámbulos, cujo y milla verde. En universo de king los guardianes que protegen el nexo entre todos los universos adoptan forma de animal. Se dicen que la tortuga gigante cósmica es la que escupio el universo.

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  2. ignacio rodriguez piceda

    Whau, Lo sabía!!!, Sabía que Lynn Sear era un espíritu, el amor de una madre y un hijo nunca muere. Me gusto la parte del fantasma maligno y también que empieces a involucrar el Resplandor con lo de sobrenatural y También me gusta esos debates entre Cole y Matilda.
    Preguntas:
    Los animales tambien tienen el resplandor?
    Se empiezan a revelarse los verdaderos demonios?
    Matilda nunca fue creyente de una religión?
    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      Es un capítulo que esperaba hacer desde hace tiempo, para profundizar más en el personaje de Cody. Momentos como estos los veremos seguido de aquí en adelante. Y en efecto, habrá más demonios y espíritus involucrándose. Sobre los animales, no estoy seguro, supongo que tendríamos que preguntárselo a Stephen King, pero en Doctor Sueño aparece un gato que parece predecir cuando alguien va a morir; no recuerdo si ahí se comenta si posee o no el Resplandor. Y sobre Matilda, basándome un poco en como la he planteado, es posible que sea agnóstica supongo.

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