Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 31. El Monstruo

16 de diciembre del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 31. El Monstruo

Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 31.
El Monstruo

Aquella tarde, la Dra. Matilda Honey se sentó en una pequeña cafetería de Chamberlain, que se ubicaba sólo a un par de cuadras de la preparatoria local. Era un poco más del mediodía, pero a pesar de la cercanía a la escuela y de la hora, no le pareció ver entrar a ningún estudiante en el rato que estuvo esperando. El sitio parecía más frecuentado por personas adultas, trabajadores que iban ahí a su hora del almuerzo, y gente mayor que se reunía a tomar un café con viejos amigos. Supuso que en ese pueblo tan pequeño, los jóvenes de seguro no contaban con muchos lugares para reunirse, y evidentemente ese no era uno de ellos. Era mejor así; no era que le agradara mucho la idea de que algún conocido de Carrie White las viera juntas y le fuera a contar al respecto a su madre. Los jóvenes eran más propensos a abrir la boca sin pensarlo. En el caso de los adultos, si alguno de los ahí presentes la reconocía… esperaba que todo lo que había oído sobre la opinión que tenía la gente sobre Margaret White, fuera cierto y nadie sintiera la necesidad de ir y contarle algo al respecto.

Había muchas cosas incorrectas en lo que estaba haciendo, por no llamarlas falta de profesionalismo. Estaba por reunirse con una menor de edad sin el consentimiento de su madre, y eso por sí solo era suficiente para que no pudiera tratarla como una paciente. Pero, esperaba poder hacerlo como una amiga.

Había pasado un poco más de una semana desde su primera visita a ese pueblo. Desde entonces, sólo se había podido comunicar de vez en cuando con Carrie por medio del celular que le había dado, pero la comunicación no lograba ser tan constante; lo más seguro era que la joven sólo podía responder a escondidas de su madre y profesores. El día anterior, Matilda había sentido que en los mensajes de la chica que había algo diferente, algo que quizás la incomodaba o molestaba, pero no le decía directamente. La doctora sugirió verse en persona para platicar, y aunque Carrie pareció un poco renuente al inicio, al final aceptó. De hecho, en ese mismo momento pareció mucho más emocionada con la idea, como si todo su humor hubiera dado un giro completo.

Matilda había terminado de comer mientras aguardaba, y tras otros quince minutos más de espera, se atrevió a pedirle un postre a la mesera. Carrie entró por la puerta principal dos minutos después de eso, con sus cabellos rubios y enredados cayendo sobre su rostro, y sus libros aferrados contra su torso de manera aprensiva. Se quedó en la entrada, recorriendo el local con sus ojos tímidos. Matilda agitó una mano en el aire para que la viera, y al hacerlo sus labios rosados dibujaron una pequeña sonrisa. La joven se aproximó cautelosa a su mesa.

—Hola, lamento haberla hecho esperar —se disculpó apenada, estando ya de pie a lado de ella.

—Descuida —le respondió Matilda, y de inmediato extendió su mano hacia el asiento delante de ella para invitarla a sentarse, invitación que ella aceptó de inmediato—. ¿Cómo te fue en la escuela?

—Bien… igual que siempre, supongo —respondió encogiéndose de hombros—. Mi madre llegará un poco más tarde. Creo que tenemos un par de horas antes de que tenga que irme.

—Creo que será suficiente. ¿Gustas algo de comer? Yo invito.

—No, gracias…

Carrie hablaba bajo, como si temiera que alguien más la escuchara, y frecuentemente miraba hacia la ventana que daba a la calle como si esperara ver a alguien pasar en cualquier momento; ¿o era a ella a quien no quería ver directamente? Seguía abrazando sus libros contra ella, pero cuando se dio cuenta de esto los colocó con cuidado a un lado sobre la mesa, y luego colocó sus manos ocultas debajo de ésta, reposadas sobre sus piernas.

—No estés nerviosa, todo está bien —masculló Matilda con tono animado—. Piensa que en comparación con escaparte a Boston tú sola, esto es sólo un juego. Además, no estás haciendo nada malo.

—Lo siento…

Carrie respiró lentamente, intentando tranquilizarse. Matilda sabía muy bien que el origen de ese terror era su madre. ¿Qué cosas horribles le habría hecho esa mujer a lo largo de su vida para haberla forzado a ser de esa forma?

—¿Qué haremos exactamente? —Cuestionó Carrie, un poco más tranquila.

—Sólo hablar.

—¿Sólo hablar? —Respondió la joven, aparentemente casi decepcionada por su respuesta. Matilda se preguntó qué esperaba exactamente que hicieran, o si acaso le había dado a entender alguna otra cosa en sus mensajes sin querer.

—Sé que apenas te conozco —comentó la psiquiatra con tono suave—, pero creo que has de tener muchos temas en tu vida de los que no puedas hablar con nadie. ¿O no?

—No lo sé… no lo creo —respondió Carrie, insegura—. Creí que sólo me ayudaría a controlar mis… poderes…

Así que era eso; al parecer Carrie se había hecho la idea de que quizás irían por ahí haciendo levitar cosas juntas, o le enseñaría algunos trucos para su telequinesis. Matilda sonrió, un poco divertida por esto. En realidad no podía culparla, y de hecho la comprendía. Cuando conoció a Eleven y se enteró de que ella también podía hacer lo mismo, le entusiasmo demasiado la idea de que le enseñara a hacer cosas que ella no se había imaginado, o le explicara más sobre cómo funcionaba todo ello que podía hacer. Quería ser esa misma persona para Carrie, de eso no tenía duda. Pero no aún, o no del todo.

Aunque igual, si tenían algo de tiempo, quizás podrían hacer un poco de eso para saciar su necesidad y no decepcionarla.

—Yo prefiero llamarlas habilidades especiales —le explicó—. Y lo creas o no, el cómo te sientes en tu vida en general, influye mucho en el cómo las utilizas.

—¿Y de qué quiere hablar?

Matilda se encogió de hombros.

—¿Tú tienes algún tema del que te interesaría platicar?

—No se me ocurre algo en específico…

—Bueno, empecemos por algo sencillo. ¿Qué te gusta hacer? —Carrie la miró un poco extrañada—. Hemos hablado de vez en cuando por mensaje, pero extrañamente casi no me hablas de ti, de lo que haces o de lo que te gusta.

—Creo que no me gusta nada en especial.

—Vamos, debe haber algo que te guste hacer para divertirte o distraerte.

Carrie negó lentamente con su cabeza.

—Mi madre dice que ese tipo de cosas son distracciones del Oscuro, para tentarnos y distraernos de la contemplación a Dios.

Los labios de Matilda se arquearon en una pequeña mueca, que intentó disimular lo más posible.

—¿Y tú también lo crees?

—No siento que tenga opción de creer algo diferente.

—¿Y si la tuvieras?

De nuevo Carrie la miró confundida, como si intentara entender las palabras de algún idioma desconocido.

En ese momento la mesera se acercó a la mesa, y colocó delante de Matilda un pay de manzana con una esfera de nieve encima.

—Gracias —le murmuró Matilda a la mesera, que se retiró casi de inmediato. Lo había pedido casi por mero aburrimiento mientras esperaba, pero ahora que lo tenía enfrente realmente se veía delicioso—. ¿Quieres probar, Carrie?

La joven rubia se quedó viendo el pay unos momentos en un profundo silencio contemplativo, pero al final negó rápidamente.

—No, gracias… me provoca acné.

Matilda no respondió nada directamente. Eso podía ser una preocupación normal de cualquier adolescente, pero viniendo justamente de ella era difícil decir si no era derivado de algo más. Se permitió entonces tomar la pequeña cuchara y tomar un bocado de pay y nieve. Justo como le parecía, estaba delicioso.

—Yo… —murmuró Carrie de pronto, haciendo que la Psiquiatra rápidamente la mirara de nuevo, olvidándose un poco del pay—. A veces no entiendo si Dios es amor, o es severidad y fuego… o todo eso… o nada. Mi madre dice que Dios castiga a todos los injustos y malvados, y protege a sus fieles. Yo he intentado ser fiel a él desde siempre, pero nunca me he sentido protegida por él, ni por nadie. Y nunca he sentido tampoco que castigue a los que me hacen daño.

Las palabras de Carrie venían cargadas de un fuerte sentimiento de melancolía, pero también de algo más, algo que se ocultaba por debajo de la superficie pero cuyos ecos Matilda fue capaz de captar ligeramente: ira y resentimiento…

—¿Lo dices por el incidente de las duchas?

Carrie bufó de forma irónica.

—Eso sólo fue lo más reciente. Toda mi vida me han hecho sufrir, me han molestado, y me han hecho sentir como si fuera una basura que no merece vivir… incluso mi madre. —Se volteó entonces a mirar de nuevo hacia la ventana, hacia la calle, y hacia toda la gente que por ahí pasaba—. Y por más que le he rezado a Dios para que ejerza justicia para mí, que haga caer toda su furia sobre ellos, nada pasa… O, quizás sí. —Se volteó abruptamente hacia ella con interés—. ¿Serán estos poderes acaso la respuesta de Dios a mis plegarias? ¿Para que haga la justicia en su nombre?

Matilda permaneció estoica, escuchando todo aquello que decía, pero principalmente la forma en la que lo hacía. Había emociones bastante negativas acompañándola en cada frase, y también muy peligrosas.

La castaña respiró lentamente, inclinó su cuerpo ligeramente hacia adelante, y entonces miró fijamente a los ojos a la joven sentada delante de ella; no de una forma acusadora o amenazante, sino intentando parecer comprensiva y abierta.

—Carrie, ¿acaso has pensado en usar tus habilidades en contra de las personas que mencionas? —Le cuestionó directamente y sin rodeos.

Carrie vaciló.

—No, claro que no… —Respondió un poco apresurada, aunque luego tuvo que desviar su mirada hacia otro lado instintivamente—. Quizás… Pero, ¿qué tendría eso de malo? Me han tratado tan mal toda mi vida. ¿No sería justo por una vez regresárselos?

—Eso no es justicia, Carrie. Es sólo venganza.

—Pues no veo la diferencia.

Parecía estar casi convencida de ello. En un inicio Matilda no se había percatado de que existía tal cantidad de rencor y agresividad en su interior, pero tampoco le sorprendió. No era la primera vez que conocía a un niño que resplandecía, cargando además un peso similar a ese encima. Estaba convencida desde antes de que todo lo que había visto de Carrie White hasta ese momento, era sólo la pequeña punta del iceberg. Necesitaba mucha ayuda para poder profundizar más en ello, y enseñarle cómo lidiar con todos esos sentimientos de manera adecuada. Sin embargo, no había forma de lograr tal cosa sin la terapia correcta y las sesiones continúas, que era imposible tener por teléfono y con reuniones a escondidas. Pero no habría forma de lograr ello hasta que ella fuera mayor de edad, y estuviera lista para rebelarse contra su madre y tomar sus propias decisiones. Mientras tanto, era una bomba de tiempo, que sólo podría apaciguar lo más posible dentro de lo que sus facultades actuales le permitieran… que no era mucho.

—Carrie, quiero que me prometas una cosa —susurró despacio la psiquiatra, y extendió entonces su mano por encima de la mesa hacia ella, ofreciéndosela. Carrie la miró de reojo, extrañada—. Si en cualquier momento te sientes tan atrapada que no encuentras ninguna salida, quiero que antes de que tomes una decisión de la que te puedas arrepentir, me llames para hablar. Yo de ayudaré, e iré a dónde estés lo más pronto posible; siempre estaré ahí para ti. ¿De acuerdo?

Terminó su frase con la más cándida sonrisa que le fue posible. Carrie, sin embargo, permaneció callada, contemplando la mano de aquella mujer sobre la mesa, como si fuera algún animal extraño que le provocaba incomodidad. De pronto, alzó lentamente su mano derecha, y la acercó cautelosa a la de ella. Ese tipo de contactos definitivamente no eran algo conocido para ella, y el esfuerzo que requirió para completarlo fue mayor… Pero al final sus dedos se posaron sobre los de la psiquiatra, y ésta los tomó en un gesto gentil.

Carrie sólo fue capaz de mantenerse así unos segundos, y luego apartó su mano rápidamente, notándosele bastante nerviosa. Se abrazó a su misma, y se volteó a la ventana en silencio.

—Cocer —soltó de pronto, confundido un poco a Matilda al inicio—. Sobre qué me gusta hacer… Creo que me gusta cocer. Empecé a hacerlo por el trabajo de mi madre, pero creo que lo disfruto un poco el hacer mi propia ropa con mis propias manos. Me despeja un poco…

* * * *

El Dr. Scott apenas y había volteado a ver a Matilda desde que entró en su oficina. No era la primera vez que en las reuniones que ahí tenían, el buen doctor se enfocaba sólo en la pantalla de su computadora, como si estuviera totalmente concentrado en algo que estaba haciendo con urgencia. Sin embargo, esa vez se sentía un poco diferente. No parecía estar fingiendo; realmente parecía concentrado, contemplando lo que escribía con rapidez sobre el teclado. Fuera lo que fuera eso, la psiquiatra no era capaz de verlo desde su perspectiva, como si apropósito él hubiera movido el monitor en ese ángulo exacto.

—¿Un detective de homicidios? —Cuestionó el Dr. Scott, con un curioso tono animado—, eso sí es curioso.

—Sí, lo es —respondió Matilda, un poco insegura por su reacción. Apenas y había podido dormir esa noche, y no tanto por las incómodas sillas de la sala de espera (que tampoco ayudaron mucho), sino porque su mente estaba demasiado al pendiente de prácticamente todo. El día anterior había sido agotador física y mentalmente y se quedó largo rato pensando en ello durante la noche. Aun así, tuvo que ponerse de pie con sólo un par horas no consecutivas de sueño, llenarse el cuerpo lo más posible del horrible café del comedor y del no mucho mejor desayuno que ahí servían para los empleados, e intentar simular estar lo más consciente y alerta posible durante esa pequeña reunión—. Pero tiene experiencia tratando a niños que han pasado por cosas similares a las de Samara, y mi superior en la Fundación realmente cree que su perspectiva podría ser de ayuda si le permitimos hablar con ella.

—¿Tiene experiencia en su trabajo como detective tratando con niños?

Matilda vaciló un poco; no precisamente por su trabajo como detective, pero no podía permitirse entrar en muchos detalles al respecto.

—Se podría decir —respondió con simpleza.

Scott siguió tecleando y no dijo nada por un largo rato, que a Matilda desconcertó un poco.

—¿Y usted que cree? —Preguntó de golpe sin previo aviso.

—¿Disculpe?

—Dijo que su superior cree que podría ser de ayuda. ¿Usted qué cree?

Matilda se sorprendió por esa pregunta. ¿Desde cuándo le importaba lo que ella creía o no?, aunque en comparación era bastante probable que le importara un poco más de lo que le importaría lo que opinara su superior, a quien él de seguro ni siquiera conocía. Sin embargo, si tuviera que dar una respuesta honesta, tendría que decirle que le parecía una locura todo lo que Eleven y este detective de homicidios querían hacer, y si ella estuviera en su lugar lo impediría a toda costa… Pero no había forma de que esa pudiera ser una respuesta aceptable para ella, especialmente cuando ya se había comprometido a hacerlo.

Con ese pensamiento en mente, tuvo que dar la respuesta más cercana a la verdad que pudo procesar en ese momento.

—Creo que… el caso de Samara es un tanto inusual, y a veces los casos inusuales ameritan intentar algunas medidas inusuales.

Scott sólo respondió con un pequeño quejido reflexivo, y siguió mirando hacia la pantalla.

—Yo estaría con ella todo el tiempo, y si algo no me pareciera…

—De acuerdo —respondió el doctor abruptamente—. Me parece bien, adelante.

Eso dejo a Matilda tan atónita, que se le dificultó poder armar una respuesta rápida.

—¿Enserio… le parece bien?

—Claro, si usted lo cree útil, yo también.

Matilda lo miró incrédula, esperando alguna clase de sorpresa o condición escondida, pero ésta no apareció.

—Y sobre mi otro colega que vendría el sábado…

—También está bien para mí —le respondió rápidamente sin pensar—. Confío en que usará los métodos que mejor le convengan a la paciente, doctora.

No sabía qué era lo que más le sorprendía: que dijera que confiaba en ella, o que se había referido a Samara como paciente y no como “sujeto”.

—Gracias… —murmuró despacio la castaña, y se quedó entonces un rato en silencio, observándolo. Su comportamiento estaba ya lejos de ser sólo inusual, y Matilda lamentablemente tenía una idea de cuál podría ser el origen de esto—. Dr. Scott… ¿Se siente usted bien?

—Mejor que nunca —le respondió con una amplia sonrisa animosa—. ¿Por qué lo pregunta?

—Bueno, el Dr. Jonhson me contó que ayer se retiró antes y no le avisó a nadie.

—Me sentía indispuesto, pero ya estoy mejor.

Matilda bajó un poco su mirada hacia sus grandes manos sobre el teclado, especialmente la izquierda que se encontraba envuelta en una venda blanca que le abarcaba casi toda la palma.

—¿Qué le pasó en la mano? —Inquirió Matilda con seriedad.

Scott dejó en ese momento de escribir al fin, y volteó a ver su propia mano con sorpresa, como si fuera la primera vez que la viera, y se fascinara por su forma, su tamaño, y por la venda que la envolvía.

—Sólo una pequeña cortada, nada importante —le respondió con voz apagada, aunque por el vendaje era fácil intuir que no había sido sólo una “pequeña” cortada—. ¿Tiene sed? —Preguntó de pronto, y justo después tomó su taza y se dirigió a su dispensador de agua para servirse.

—No, gracias.

Matilda miró atentamente como se servía una taza entera de agua y se la bebía de una sola vez, de seguro sin siquiera respirar. Soltó un suspiro de satisfacción una vez que terminó, se quedó unos momentos mirando fijamente a la pared, y luego se sirvió más.

—El Dr. Jonhson también me contó lo que pasó con Samara…

—Un malentendido de doctor y paciente —contestó Scott rápidamente, interrumpiéndola—. Nada de qué preocuparse.

Quizás él así lo creía, pero seguramente no era así. Samara le había hecho algo, quizás a propósito o quizás no, y ello le había dejado una marca en su mente… igual que había ocurrido con su madre. La reacción de Scott, sin embargo, parecía ser bastante diferente a la de Anna Morgan, y era difícil de momento determinar si eso era buena o mala señal…

“Estas imágenes no son temporales. Perduran, se quedan en el mundo físico, aunque su usuario ya no esté siquiera presente. Y si esto ocurre con las imágenes en el acetato, debe ser igual con las mentes de las personas. En otras palabras, las imágenes que implante en sus mentes, nunca desaparecen. Si le hizo esto a su madre, el daño que le haya hecho…”

Sería permanente, o al menos esa era la conclusión a la que habían llegado Cody y ella hace semanas, aunque todo ello era sólo una hipótesis. Si el comportamiento del Dr. Scott seguía volviéndose más errático, podría ser peligroso para alguien o para sí mismo. Pero, ¿qué podía hacer? ¿Decirles que lo internaran?, aún no sabía siquiera qué era lo que Samara le había hecho con exactitud. Y si había un daño psíquico real en él de la magnitud que teorizaban, no estaba segura de que pudieran hacer algo por él si lo internaban. Pero… ¿y ella podría? Quizás no ella directamente, pero quizás sí alguien más de la Fundación.

El Dr. Scott seguía llenando su taza y bebiendo de ella con insistencia.

Matilda pasó su mano por su rostro, tallándolo un poco. Se sentía tan cansada, y tenía tantas cosas en la cabeza. Sería irresponsable de su parte no hacer algo referente al buen Doctor en esos momentos, pero debía aceptar que no tenía las fuerzas suficientes para lidiar con dos problemas a la vez; no ese día. Lo platicaría con el Dr. Johnson luego de la sesión con Samara, y esperaría que él se ocupara del resto.

Se giró entonces de nuevo al frente, notando el monitor de la computadora. Algo curiosa, intentó inclinarse un poco al frente para poder ver qué era lo que estaba escribiendo con exactitud y que lo tenía tan concentrado. Sin embargo, antes de que pudiera ver cualquier cosa, sintió la pesada mano del Doctor sobre su hombro, empujándola contra la silla para que volviera a estar sentada derecha en ella. Matilda miró la mano de reojo; era la mano izquierda, la que tenía vendada. Al alzar su vista hacia su rostro, notó como la miraba desde arriba de una forma un tanto intimídate, a través de sus gruesos anteojos.

—Si no se le ofrece nada más doctora, tengo mucho trabajo —le indicó con voz monótona y tranquila, y acto seguido retiró su mano de ella, y comenzó a caminar de regreso a su silla.

—De acuerdo —respondió Matilda, intentando sonar lo más tranquila posible. Se puso de pie con cuidado, colocándose su bolso al hombro—. Le pasaré un informe de la sesión más tarde.

—Si lo considera necesario… —Le respondió él a su vez con indiferencia. Se sentó entonces en su silla y se puso a escribir de manera concentrada de nuevo, sin siquiera voltearla a ver mientras salía de su oficina.

— — — —

Una vez que salió de la oficina de Scott, Matilda se dirigió a la sala de espera, en donde, vaya la redundancia, quien sería su compañero ese día la esperaba. El detective Sear había llegado hace poco más de una hora, mucho más descansado que ella evidentemente, y fresco para comenzar lo antes posible. Matilda se tomó el tener que hablar al respecto con Scott como un motivo para poner un poco de distancia entre ambos, aunque fuera sólo por unos minutos. Sabía que su actitud era infantil, y a cualquier paciente suyo que se comportara de esa forma lo terminaría reprendiendo severamente… pero sencillamente no podía evitarlo; parecía un comportamiento primario que la dominaba por encima del raciocinio, algo que nunca le pasaba a ella, o al menos eso creía.

Al entrar a la sala de espera, lo vio sentado en una silla revisando con desinterés su teléfono. Al escucharla acercarse, alzó su mirada hacia ella y le sonrió gentilmente; algo en esa sonrisa hizo que el descontento de Matilda aumentara ligeramente más, pero lo ahogó con una inhalación lenta por su nariz.

—¿Cómo le fue? —Cuestionó el oficial, guardando su teléfono en el bolsillo de su saco—. ¿Aceptó?

—Eso creo… —Respondió Matilda, no muy segura—. Obviamente tuve que omitir la parte de intentar hablar con un demonio. Pero presiento que, aunque se lo hubiera dicho, igual no le hubiera importado.

Cole la miró intrigado por su afirmación.

—¿A qué se refiere?

Matilda miró hacia atrás, como si temiera que el Dr. Scott estuviera repentinamente parada detrás de él, pero no había nadie ahí además de ellos.

—No estoy segura. El Dr. Johnson cree que Samara le hizo algo ayer cuando intentó confrontarla. Y sea lo que sea, parece haberlo puesto algo más cooperativo, por no decir que su comportamiento es bastante extraño y ausente.

—¿Qué cree que le hizo?

Matilda negó con su cabeza, indicándole con ese acto que no lo sabía con seguridad.

—Depende de cómo se haya sentido en ese momento y de lo que deseaba, supongo. No he podido hablar con ella directamente de lo ocurrido, pero supongo que tendrá que ser luego de esto; lo que menos quiero es alterarla más de lo debido.

—Entonces —Exclamó el detective, parándose rápidamente de su silla—. Pongámonos manos a la obra, ¿le parece? Yo la sigo.

El rostro de Matilda se puso especialmente serio en ese momento, sin ningún motivo aparente; al parecer le disgustaba que tuviera tanta disposición. Sin decir nada, comenzó a caminar hacia afuera de la sala y Cole la siguió, andando a su lado.

Mientras avanzaban por los pasillos, Matilda fue la primera en romper el silencio, con una pregunta directa.

—Si quiere hablar con el demonio, ente o lo que sea que cree que está en ella, ¿por qué necesita exactamente que use la hipnosis?

Esa había sido una de las indicaciones que le había dado justo a su llegada, cuando le explicó cómo harían la sesión. Según le dijo, ocupaba que primero ella la hipnotizara, dando por hecho que sabía hacerlo; obviamente sí lo sabía, pero igualmente le molesto que lo supusiera de esa forma… realmente, todo le molestaba viniendo de él en ese momento. Una vez que lo hiciera, él tomaría las riendas e intentaría conversar con Samara, o más bien con la criatura que él estaba seguro que la estaba acosando, teniéndola a ella cerca como guía en caso de que algo saliera mal.

“Bastante simple”, había dicho al final de su descripción. Sí, bastante simple, para ser las instrucciones de cómo tener una línea directa con el infierno, según entendía.

Por su parte, Cole sonrió divertido al oír su pregunta.

—¿Y cómo pensó que lo iba a hacer? —Le regresó con ironía—. ¿Con algún baile chamán o algo así? ¿Sacrificando una gallina? ¿Una ouija, quizás?

—Usted lo dijo, no yo —murmuró Matilda, quizás más sarcástica de lo previsto—. Sólo me da curiosidad, ya que Eleven estaba tan segura de que usted podía encargarse de este caso sin mi ayuda.

Cole sonrió aún más; quizás le parecía divertida esa hostilidad que en parte intentaba disfrazarse de apatía. Como fuera, él prosiguió a responder su cuestionamiento lo mejor posible.

—No es tan importante la hipnosis, como el hecho de que sea usted quien lo haga. Ella confía en usted profundamente. Se relajará y abrirá su mente si así usted se lo pide, y de esa forma dejará una ventana abierta para que lo que sea que la esté rondando, nos oiga y nos hable con mucha más facilidad. O bueno, eso espero.

—¿Eso espera? —Espetó Matilda con incredulidad, deteniéndose en seco a medio pasillo—. ¿Cuántas veces ha hecho esto exactamente?

—Un par… o algo parecido —le respondió tranquilo, sin detenerse—. Pero descuide, está a salvo mientras esté conmigo.

—Me siento aliviada —murmuró sardónica la psiquiatra, y tras un resoplido silencioso reanudó el paso.

— — — —

Debido a la naturaleza inusual de la sesión que tendrían, no sería posible realizarla en una de las salas más agradables en las que había estado hablando con Samara últimamente. Era necesario algo más de privacidad y de aislamiento, para que nadie viera lo que estaba por pasar; y, principalmente, que nadie estuviera cerca si algo salía mal. Lo último quizás no sería tanto problema, pues para esos momentos todo el hospital le tenía un terror enorme a la pequeña Samara. Sin embargo, siempre podía haber algún curioso cuyo destino pudiera terminar como el del gato del dicho.

En ese hospital, el lugar que más se ajustaba a sus requerimientos era, para bien o para mal, algunas de las salas de observación blancas, como aquella en la que Matilda se había reunido con Samara en su llegada a Eola. Tenían cerradura electrónica y estaban aisladas casi por completo; sin las cámaras o micrófonos encendidos, nadie podía oír o ver lo que pasaba ahí dentro. Por supuesto, tuvieron que asegurarse de que no hubiera nadie en la habitación contigua tras el espejo doble, y en efecto era así; incluso las computadoras se encontraban apagadas.

Samara estaba en una posición bastante similar a la que se encontraba el primer día, sentada en una silla en el centro del cuarto, con su cabeza agachada, sus largos cabellos oscuros cayendo sobre su rostro, y sus manos entrelazadas sobre sus piernas. Esto le trajo a Matilda un singular Déjà vu, y una sensación de haber vuelto al inicio de su terapia con esa pequeña. Realmente esperaba que no fuera así.

Cuando entraron, la niña alzó apenas lo necesario su rostro, asomando sus ojos cansados y ausentes entre sus cabellos para mirarlos. Al menos esos ojos no eran los mismos que aquel primer día. No se veían fríos y hasta casi agresivos como aquella ocasión, sino más bien… tristes, y cargados de angustia.

—Hola, Samara —le saludó Matilda con actitud animosa, bastante diferente a cómo se encontraba hace un minuto atrás en el pasillo, y Cole lo notó—. ¿Cómo estás?

—Bien —le respondió la pequeña con voz apagada.

Matilda se acercó hacia ella mientras Cole aguardó en la puerta. La psiquiatra se paró delante de la niña, y se puso de cuclillas para tener sus rostros a la misma altura.

—Lamento que hayamos tenido que volver a una de estas salas —le comentó, sonriéndole—. Te prometo que será sólo por esta sesión, ¿estás bien?

—Descuida, entiendo —murmuró con pesar, bajando de nuevo su mirada. Lo ocurrido la noche anterior claramente la tiene aún afectada.

Matilda se incorporó de nuevo, y se giró hacia la persona que la venía acompañando.

—Samara, él es mi colega el Detective Cole Sear. Quizás lo viste anoche, fue conmigo para ayudarte cuando estabas atrapada.

La niña se viró levemente hacia él.

—Hola Samara, ¿dormiste bien? —Le preguntó con voz amistosa, alzando su mano derecha a forma de saludo.

—Algo… ¿Es policía?

—Sí, sí lo soy. —Se acercó entonces con cuidado, mientras introducía su mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó de ahí su placa, se agachó delante de ella justo como Matilda lo estaba un momento atrás, y se la enseñó para que la pudiera ver de cerca—. ¿Ves? No le dan una de éstas cualquiera.

Samara miró la placa con expresión ausente por unos segundos, y luego se desvió lentamente hacia el rostro del detective. Cole no lo expresó directamente, pero el sentir directamente esos ojos profundos y oscuros provocó en él una pequeña punzada de dolor en su pecho, que de momento no supo explicar.

—¿Estoy en problemas por lo que hice? —Inquirió la niña de pronto, tomando por sorpresa a los dos adultos.

—No, no, claro que no —se apresuró Matilda a responder, antes de que Cole pudiera siquiera pensar en una respuesta él mismo—. Él está aquí para apoyarme. ¿Recuerdas lo que te dije en la mañana que necesitábamos hacer?

Samara guardó silencio. Miró pensativa hacia una esquina del cuarto totalmente blanco, como si ahí hubiera algo interesante, mas no había absolutamente nada digno de llamar tanto su atención.

—Quieres hablar con el monstruo —susurró despacio, como si se lo estuviera diciendo a sí misma—. Pero no debes hacerlo… Te puede hacer daño, y no quiero que eso pase…

—Hey, descuida, pequeña —intervino Cole, notándosele una actitud bastante confiada—. Para eso estoy aquí, para proteger a la buena doctora de lo que te está acosando. —Se acercó entonces un poco más a ella, como si fuera a decirle algún secreto que no quisiera que Matilda escuchara—. Verás, yo también tengo habilidades, como la doctora y como tú. Y he lidiado con monstruos como éste antes, así que sé qué hacer para mantenerlos a raya.

Samara lo miró desconfiada.

—¿De verdad?

—Claro. Yo me encargaré de que nada le pase a ella. Tienes mi promesa, ¿de acuerdo?

Le extendió entonces su mano a forma de saludo. Samara la miró con cierto recelo. Miró de reojo a Matilda, como si buscara su aprobación. Su estado mental no era precisamente el más objetivo, pero igual le asintió, indicándole que estaba bien. La niña alzó su propia mano y tomó la del detective en un amistoso saludo.

—Eso es, eres muy valiente —le indicó mientras subía y bajaba sus manos. A Matilda le preció percibir un ligero rubor asomándose en las blancas mejillas de la niña, aunque el resto de su rostro se veía apacible.

Cole se incorporó de nuevo, y se hizo a un lado con la intención de dejarle el paso libre a la psiquiatra. Cuando estuvo cerca de ella, Matilda le susurró despacio:

—Al parecer sí es bueno con los niños.

—Se lo dije, no es la primera vez que hago esto para la Fundación —le respondió él de la misma forma.

No era que lo dudara precisamente, pero el que dijera que ayudaba sólo a niños que podía ver fantasmas y que ninguno más podía ayudar, lo ponía un poco en tela de duda.

Matilda tomó una silla, quizás la misma de aquel primer día, y la colocó delante de Samara para que estuvieran frente a frente. Se sentó acomodándose su falda, y miró a la pequeña con rostro tranquilo; Samara desvió casi de inmediato su mirada con vergüenza.

—No tengas miedo, Samara —le indicó la castaña con voz suave—. Ambos estamos aquí contigo para protegerte. Ahora… —Introdujo en ese momento su mano a su bolso, buscando algo en su interior. Tras un rato, sacó de éste una brillante moneda color dorado, de tamaño relativamente más grande que una moneda normal. No parecía ser una moneda real, aunque era difícil determinar de dónde era con exactitud—. Quiero que mires atentamente esta moneda. Es bonita, ¿verdad?

Samara asintió.

—Brilla mucho.

—Sí, así es. —Matilda colocó la moneda en su mano derecha, y luego colocó entre ambas con el dorso hacia arriba, y con un movimiento de sus dedos la moneda comenzó a desplazarse entre ellos con suma fluidez. Giraba entre los dedos hacia un lado y luego hacia el otro, de una forma que parecía casi imposible que no se cayera desde la perspectiva de Samara; casi como si fuera algún truco de magia—. Quiero que la mires todo el tiempo; no la pierdas de vista.

Samara obedeció. Se quedó quieta en su silla, mientras sus ojos se movían junto con la moneda; hacia un lado, luego hacia el otro, y de regreso, de una forma constante y rítmica. Lo que más le llamaba era el brillo que brotaba de ella cada vez que las luces el techo llegaban a tocarla en cierto ángulo.

—Relájate, deja que tu cuerpo se afloje. —Le susurró Matilda con voz lenta y calmada. La niña la escuchaba, pero como un eco lejano, pues su atención estaba sólo puesta en la moneda—. No olvides respirar, así como te enseñé ayer. Estás en un sitio seguro; mientras estemos aquí contigo, nada ni nadie te puede tocar o dañar…

Samara no procesaba del todo esas palabras en su cabeza, pero igual de alguna forma creaban una sensación de alivio en su pecho. Tras unos segundos más, la moneda dejó de moverse, y Matilda a atrapó entre sus dedos, ocultándola de la vista de su paciente. Sin embargo, ésta apenas y reaccionó a ese cambio. Sus ojos siguieron mirando hacia la mano de Matilda totalmente ida, sin pronunciar ninguna palabra ni mover ni un dedo.

—Samara, ¿me escuchas? —Le susurró la psiquiatra con cautela.

La niña tardó en responder, pero luego dijo sin mucho esfuerzo:

—Sí…

Estaba hecho.

Matilda se retiró lentamente de la silla, pero Samara siguió mirando en esa misma dirección, como si su mano siguiera suspendida en el aire entre ambas.

—Bien hecho, doctora —comentó Cole con cierta admiración—. Curiosa forma de hipnotizar.

—¿Creyó que usaría un péndulo o algo así? —Le respondió de forma cortante. Cole no pudo evitar sonreír al darse cuenta de que le había regresado su chiste, aunque ambos sabían en el fondo que el suyo había sido mejor—. Escuche, tenga mucho cuidado. Hable claramente, y no la altere de más.

—Lo último no lo puedo prometer —le respondió el oficial con tono neutro, y se acercó entonces a la misma silla en la que ella se había sentado sólo un segundo atrás.

Cole se retiró su saco y lo colocó sobre el respaldo de la silla. Luego se remangó su camisa color salmón, dejando a la vista parte de sus gruesos antebrazos. Matilda se quedó de pie a un lado, observando todo en silencio. No estaba segura de qué creía que haría, pero definitivamente le resultaba exagerado.

El detective se sentó en la silla con sus piernas separadas, y apoyó sus codos sobre sus muslos para inclinar su torso hacia el frente y extender su rostro hacia el de la niña. Ella seguía mirando a la nada, como si no fuera en lo absoluto consciente de su presencia.

—Samara, ¿me escuchas? —le susurró un despacio, y al igual con Matilda, la respuesta a esa pregunta salió de los labios de la pequeña con cierta retraso.

—Sí.

Cole asintió. La miró fijamente, muy fijamente sin siquiera parpadear. Matilda pensó que debía ser parecido a cuando se sienta frente a un sospechoso para interrogarlo y sacarle toda la verdad; incluso con la camisa remangada y todo.

—¿Está el monstruo aquí contigo en este momento? —Le cuestionó con un tono serio.

—Siempre está conmigo… Yo soy el monstruo…

—¿Crees que quiera hablar con nosotros? ¿Ahora?

La niña permaneció callada.

—¿Samara?

—No… —Respondió tras un rato. Su respiración entonces comenzó a agitarse un poco—. No quieren hablar con ella… Tengo miedo…

—Recuerda lo que te dije, Samara. Nosotros podemos lidiar con ella y te protegeremos. Yo las protegeré a las dos.

Miró entonces en ese momento a Matilda y le sonrió de forma provocativa. La psiquiatra se desvió a otro lado, indiferente por su gesto.

Samara no pronunció nada más en ese momento. Sólo respiraba de manera constante y profunda, en efecto como si el miedo comenzara a apoderarse de ella.

Cole se inclinó aún más.

—Escucha, criatura —soltó de pronto con un tono más agresivo—. Sé que estás ahí y sé que me escuchas.

—Oiga, espere… —Intervino Matilda, alarmada por el tono que había comenzado a usar. Cole le indicó sin embargo, alzando una mano hacia ella y sin dejar de mirar a Samara, que aguardara.

—Si eres tan valiente, muéstrate ante mí. Te lo ordeno.

Samara respiró mucho más agitada, y sus respiraciones vinieron acompañadas de pequeños sollozos. Bajó su cabeza, y sus cabellos cayeron por completo sobe su rostro. Aun así, Matilda y Cole podían escuchar los ruidos provenientes de su garganta y nariz.

Matilda tuvo el instinto de intervenir, dar un paso al frente y despertarla. Pero, de pronto, las luces del techo comenzaron a parpadear. Esto provocó una reacción adversa en la psiquiatra, que la hizo retroceder unos pasos en alerta, y luego quedarse petrificada en su lugar. Irremediablemente relacionó esto con lo ocurrido en el hospital de Portland, y temió por un segundo que aquel individuo estuviera ahí. Por suerte, nada parecido a aquello pasó.

Las luces siguieron parpadeando un poco, y el sonido de los sollozos de Samara fue acompañado entonces por el ruido de electricidad estática proveniente de las luces fluorescentes que se prendían y apagaban. Hasta que, repentinamente, dichos sollozos se cortaron de golpe, tan abrupto que parecieron haber dejado alguno sin terminar.

Todas las luces del cuarto se apagaron al mismo tiempo, y así permanecieron por varios segundos, para luego volver a la aparente normalidad. Samara se encontraba en ese punto sentada en su silla, pero con su cabeza aún agachada y sus cabellos ocultando por completo su expresión. Se encontraba en absoluto silencio, e inmóvil como estatua.

Una vez que todo se tranquilizó, Matilda se atrevió a acercarse cautelosa hacia ellos de nuevo.

—¿Samara? —Susurró preocupada.

A medio camino, Samara alzó de golpe su cabeza en dirección a Cole. Éste se estremeció ligeramente al notar esto, e incluso la propia Matilda sintió un sobrecogimiento en su pecho. La frialdad casi violenta que había visto en su rostro el primer día, había vuelto pero mucho más marcada. Pero lo más preocupante eran sus ojos… o más bien su ojo derecho en concreto, pues el izquierdo estaba oculto por su largo cabello, mismo que dejaba realmente muy poco de su rostro a la vista de ambos. Pero ese ojo en cuestión… ya no era el ojo de Samara. Se había nublado, como si una capa grisácea se hubiera formado sobre él, y no reflejaba luz alguna; y estaba viendo fijamente a Cole…

Matilda lo sintió de inmediato; algo había cambiado en el aire de esa habitación. Todo se comenzó a sentir pesado, un poco más frío y húmedo. Toda la vibra que brotaba de la niña en la silla también había cambiado, como si se tratara de una persona totalmente diferente.

El detective recuperó la calma de inmediato y la observó un rato en silencio, sosteniéndole la mirada. Ella igualmente lo hacía, sin mover ni un sólo músculo de su rostro o de cualquier parte de su cuerpo. Cole lo sintió desde el momento en el que vio sus ojos; todos sus instintos se habían puesto en alerta y se lo gritaban: estaba ante el ser que había ido a enfrentar.

—Dime, cuál es tu nombre —murmuró el hombre rubio con tono de exigencia.

La niña se quedó inmutable por unos segundos, antes de responder.

—Soy Samara —murmuró despacio. En parte era su misma voz, pero se escuchaba un poco diferente; más rasposa, como si estuviera agotada o enferma.

Matilda miraba todo en silencio, sin poder creer lo que veía. Estaba claramente hipnotizada, de eso se había encargado ella misma, y sabía muy bien que en ese estado la mente podía hacer muchas cosas, especialmente alguien con habilidades tan inusuales como las suyas. Pero… ¿era realmente sólo eso? Algo en su pecho la tenía intranquila… muy intranquila…

—No, dime cuál es tu verdadero nombre —volvió a repetir Cole de la misma forma que antes.

—Soy Samara Morgan… ese siempre ha sido mi único nombre.

—Si tú eres Samara Morgan, ¿quién es la niña con la que hemos estado hablando hasta ahora?

Samara, o el ser que hablaba a través de ella, no respondió nada. Se quedó totalmente quieta, mirando a Cole de forma un poco ausente. Ninguna palabra surgió de su boca.

—Respóndeme —murmuró Cole, casi agresivo.

La niña inclinó de pronto lentamente su cabeza hacia su izquierda. Su cabello se meció sutilmente a ese lado, revelando parte de su ojo izquierdo, y mostrando que se encontraba en igual condición que el derecho. El aire se estaba poniendo más frío, y las luces cada veinte o treinta segundos parpadeaban un poco.

—¿A qué le tienes miedo? —Cuestionó de pronto la niña, tomando un poco por sorpresa a Cole.

—Yo no tengo miedo…

—No es cierto —sentenció Samara tajantemente—. Tienes miedo todo el tiempo, a todo. A cualquier rincón oscuro en la habitación, a cualquier brisa helada que toca tu piel, y a cualquier sonido repentino detrás de ti. Por qué conoces los horrores que se ocultan en ellos, que te persiguen y siempre están ahí acechándote. No puedes huir de ellos, ni dejar de verlos. Eres su alimento y su diversión, como un ratón miedoso entre las garras de un gato —inclinó un poco el rostro hacia él, sin quitarle ni un instante los ojos de encima—. Eres patético…

Cole permaneció serio e inalterable en su silla. Quizás, desde la perspectiva de Matilda, demasiado inalterable.

—Samara, basta… —murmulló la Psiquiatra y dio un paso al frente.

—Espere —le indicó Cole, extendiendo una mano hacia ella de nuevo para indicarle que se detuviera—. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué quieres con esta niña?

—Quiero protegerla —respondió Samara sin pensarlo mucho.

—¿De quién?

—De ti… —murmuró despacio y lento, y luego se giró lentamente hacia Matilda; sentir esos ojos grises directamente sobre ella la puso nerviosa, y no fue capaz de ocultarlo—. De ella… De su madre… de sus doctores… y de todo este mundo, que lo único que hará es querer destruirla, sólo porque es un poco… diferente.

Matilda se sorprendió bastante al oírla decir eso. ¿Era Samara quién realmente estaba diciendo esas cosas?

—¿Cómo lo sabes? —Inquirió Cole—. ¿Cómo sabes que le harán daño si no la proteges?

De nuevo, un largo silencio antes de una respuesta.

—Por qué es lo que hicieron conmigo…

Las luces parpadearon en ese momento con más rapidez y se quedaron así por largo rato.

—¿Quién?, ¿quién te lo hizo? —Exigió el detective, pero sólo recibió una vez más sólo silencio—. ¿Quién eres en realidad? —Sólo silencio—. Dime quién eres. Te ordeno que…

—¡Tú no me das ordenes! —Gritó la niña de golpe con su voz resonando con la fuerza de un inmenso trueno. Se paró a su vez de un salto de la silla y se lanzó contra Cole antes de que éste pudiera reaccionar. Tomó el rostro del policía con fuerza entre sus manos, y lo sostuvo firmemente cerca de ella. Todo el cuerpo de Cole se congeló en ese instante. Nada le respondía, ni siquiera alguno de los dedos de su mano, o podía girar sus ojos en otra dirección; estaban fijos y perdidos en los dos lagos grises y profundos que eran los ojos de esa criatura.

La silla en la que Samara estaba sentada salió volando contra la pared detrás de ella y se hizo añicos con el golpe. Las luces parpadearon, y dos de las lámparas fluorescentes explotaron acompañadas de algunas chispas.

—¡Samara! —Espetó Matilda, y de inmediato quiso acercase. Pero antes de avanzar más de tres pasos, su cuerpo entero se separó del suelo y fue lanzada también contra la pared. Su espalda chocó contra ésta, y luego se desplomó al piso sorbe su costado, golpeándose.

Mientras Matilda estuvo en el suelo, pudo notar que éste se encontraba… húmedo. Miró como pudo en dirección a Samara, y pudo ver que desde sus pies, parecía comenzar a formarse lentamente un charco de agua estancada, y el suelo empezaba a corroerse y agrietarse un poco, empezando justo en la parte en la que la planta de sus pies lo tocaban.

Cole estaba totalmente quieto, ni siquiera parpadeaba. No podía sentir nada, salvo las manos de Samara sobre su rostro… un par de manos frías, sin ningún tipo de calor humano en ellas.

—Todos ustedes creen que el Infierno está hecho de fuego y azufre —murmuró aquella voz rasposa de niña—. Pero el verdadero infierno es un mar oscuro, frío e infinito, que penetra en tu cuerpo como miles de agujas, y consume poco a poco tu carne hasta no dejar más que un remedo de piel y huesos carcomidos. Ahí nadie escucha tus gritos, y nadie va a salvarte. Y cada uno de ustedes lo sentirá y vivirá en carne propia, porque yo los arrastraré hasta a él. Y luego de siete días, desearán una muerte que jamás llegará… sólo más sufrimiento y más dolor…

Los dedo de Samara se presionaron más contra el rostro de Cole, y éste incluso sintió que sus uñas lo herían.

—Crees que conoces la verdadera oscuridad de este mundo, pero no has visto nada… Yo te la mostraré…

De pronto, la mano derecha de Cole logró moverse, y rápidamente y sin aviso, casi como si se hubiera movido ella sola, se colocó contra la frente de Samara, y la empujó hacia atrás, pero sin soltarla.

—Déjame verte… cómo eres en realidad… —murmuró el detective entre jadeos, como se encontrara totalmente agotado tras una larga carrera.

De la boca de la niña surgieron varios gruñidos y sonidos que no parecían ser hechos por la voz de un humano, mucho menos de una niña. Sus dos manos se aferraron a la muñeca de Cole pronto, pero éste se dio cuenta de que no eran las manos de antes. Éstas eran grises, arrugadas, carcomidas, con llagas y horribles protuberancias en ellas. Rápidamente apartó su mano de ella, y dejó al descubierto una parte de su rostro, aunque la mayoría volvió a estar oculto tras su cabello oscuro. Ya no eran sólo sus ojos. Su rostro se veía demacrado, igual con piel grisácea y maltratada, contraída en una mueca de odio y enojo puro.

La podía ver, su sexto sentido se lo había mostrado. Ese era su rostro… ese era el monstruo.

Pero, algo no estaba bien. Ese rostro, aún a pesar de sus deformidades, aún a pesar de sus cambios… seguía siendo el de esa niña, de eso no le cupo la menor duda.

“Soy Samara Morgan… ese siempre ha sido mi único nombre.”

Matilda no veía lo mismo que Cole, pero no lo necesitó para reaccionar. Como pudo se levantó rápidamente. Sus ropas estaban empapadas y su costado le dolía, pero se las arregló para acercarse hacia ellos lo más pronto posible y colocarse en medio.

—¡Samara!, ¡despierta, ahora! —Le gritó con intensidad, y chasqueó en ese momento los dedos justo frente al rostro de la niña. Samara se estremeció, y retrocedió torpemente. Matilda la sostuvo rápidamente de los hombros para evitar que cayera—. Voy a contar hasta tres, y lentamente volverás a la superficie; ven hacia donde escuchas mi voz… uno… dos… tres…

En cuanto pronunció el número tres, la niña dio una fuera inhalación de aire y jaló su cabeza hacia atrás; pareció similar a como si acabara de salir del agua e intentaba recobrar rápidamente el aliento. Para cuando se viró de nuevo hacia Matilda, bastante desconcertada, sus ojos habían vuelto a la normalidad.

Las luces, o al menos las que quedaban, se calmaron. Pero el agua y las marcas en el suelo, se habían quedado. Agitada y confundida, la pequeña miró a su alrededor, alarmada principalmente al sentir el charco en sus pies.

—No… yo no… yo no quería… —comenzó a balbucear entre sollozos, y sus piernas se sintieron débiles de pronto y se dejó caer sobre sus rodillas en el suelo húmedo.

—Ya, todo está bien, pequeña —le susurró Matilda con suavidad, bajando al suelo junto con ella sin soltarla ni un segundo. Cuando ambas quedaron de rodillas en el piso, la abrazó dulcemente, y pasó su mano por su cabello de forma reconfortante—. Ya pasó, ya pasó. Hiciste todo bien, y fuiste muy valiente.

Samara alzó sus brazos y también la abrazó, aunque no con mucha fuerza. Ocultó su rostro contra el hombro de la psiquiatra, y comenzó a sollozar despacio, más no a llorar propiamente.

Cole miró todo ello en silencio desde su silla. Parecía estar calmado, aunque pensativo. Alzó su mano hacia su sien derecha; las uñas de Samara se habían quedado marcadas en donde se presionaron, dañando un poco su piel. Pero eso no le importaba mucho, pues lo que más ocupaba su mente era esa imagen que había visto hace unos instantes. Sin embargo, aún no sabía cómo debía interpretarla.

Miró disimuladamente la espalda de Matilda, y parte de la caballera de la niña que sobresalía por encima de su hombro mientras se abrazaban.

“Yo soy el monstruo… yo soy el monstruo…”, había exclamado la noche anterior luego de liberarla. Y en ese momento, Cole comenzaba a cuestionarse qué tanto de verdad había en aquella afirmación…

FIN DEL CAPÍTULO 31

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el “Resplandor”, niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como “maligno”.

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ “Matilda” © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ “The Ring” © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ “The Shining” © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ “Stranger Things” © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ “Before I Wake” © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ “Orphan” © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ “The Omen” © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ “The Sixth Sense” © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ “Case 39” © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

+ “Doctor Sleep” © Stephen Kng.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

3 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 31. El Monstruo

    1. WingzemonX Autor

      Hola Nacho, gracias por tus comentarios 🙂 Y bueno, esos Flashbacks van a continuar un poquillo en los siguientes capítulos. Los siguientes capítulos siento que serán muy muy importantes para los diferentes personajes. Sobre tu pregunta, ¿te refieres a Sadako? No estoy aún seguro de introducir la versión Japonesa; hay varias opciones que tengo en mente.

      Responder
  1. Nacho Rodriguez Piceda

    Muchas gracias Will por el capítulo 31, lo disfrute mucho. Es bueno volver a leer la historia de Matilda y Samara con Cole, me pareció interesante esa comparación flashback sobre Carrie vengativa y la Samara poseía, comparten muchas similitudes.
    Saludos de
    Nacho

    Responder

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