Fanfic Mi Final Feliz… – Capítulo 09. Arribo a Auradon

8 de diciembre del 2018

Mi Final Feliz... - Capítulo 09. Arribo a Auradon

Once Upon a Time / Descendants

Mi Final Feliz…

Por
WingzemonX

Capítulo 09
Arribo a Auradon

Pasaron tres días desde que dejaron los terrenos de la Condesa de Feinberg (o más bien los terrenos de la villana Cruella De Vil). Poco a poco el grupo de Cora e Evie había ido en aumento. Ahora eran cinco los que viajaban en el carruaje, en ese que esperaban fuera el último viaje que tuvieran que hacer de esa forma, al menos por un rato. El carruaje que Cora había alquilado para ese último tramo, el que los llevaría a fin a las puertas de Auradon, era de hecho el más lujoso que habían tomado hasta entonces, aunque no por ello el más espacioso. Cora e Evie iban sentadas una a lado de la otra de un lado, mientras Mal, Jay y Carlos iban un poco apretados en el lado contrario; éste último, el más reciente miembro de su grupo, iba en medio de ambos, así que le tocaba la peor parte.

En vista de que llegarían esa misma tarde a su destino, al fin Cora consideró prudente y necesario que sus jóvenes acompañantes, incluyendo su propia nieta, conocieran sus intenciones; esas mismas que había compartido con Jafar y Cruella. Los cuatro chicos escucharon atentamente su explicación, que realmente no resultó ser tan larga o complicada de contar.

—A ver si entendí bien —murmuró Carlos una vez que Cora terminó su relato—. Si obtenemos la varita con la que el Hada Azul hechizó a nuestros padres hace veinte años, ¿podremos romper el hechizo y hacer que todos recuperen su magia?

Cora asintió con prudencia.

—¿Así de simple? —Cuestionó Jay, incrédulo.

—Así de simple —recalcó Cora, encogiéndose un poco de hombros.

En ese momento Mal resopló, con burla.

—¿Eso es todo? —Exclamó la hija de Maléfica con ironía—. ¿Ese es el gran plan secreto que no me quería contar? Esperaba algo más impresionante.

La imprudencia de los comentarios de Mal, una vez más le resultaba molesta a la hechicera mayor.

—Cómo se nota que te faltó una madre en tu vida que te enseñara buenos modales, pequeña Lily —masculló Cora con tono serio y cortante.

—¿Te llamas Lily? —Inquirió Jay, un poco confundido.

—Tú dime Mal —le respondió de mala gana la chica de cabellos morados.

Evie no compartía el mismo escepticismo que nuevos amigos. Aunque el plan sonara hasta cierto punto “simple”, sabía que si su abuela había invertido tanto tiempo en buscarlos a ellos tres para que las apoyaran, era porque debía haber algo más complicado de trasfondo que ninguno de ellos veía aún. De entrada, por ejemplo, Evie no entendía qué tenía que ver Auradon en todo ello.

—Pero no entiendo —intervino Evie, curiosa—. Si lo que ocupamos es la varita del Hada Azul, ¿por qué vamos a Auradon? ¿No deberíamos de ir al Reino de las Hadas…? ¿O como se llame en donde vivan?

Cora suspiró un poco. Se sentó más derecha y entrelazó sus manos sobre su regazo.

—Porque, en primera, si la varita estuviera en estos momentos en el Reino de las Hadas, nos sería prácticamente imposible entrar a ese sitio. Ya que, como pueden inferir, sólo las hadas saben en donde se encuentra, y de paso entrar en él. Pero, para nuestra suerte, la varita en estos momentos está camino a Auradon, si no es que ya está ahí.

—¿Y por qué estaría ahí? —Preguntó Mal, algo perdida.

—¿Alguno sabe en qué maldito día está parado? —Exclamó Cora, mirando con severidad a los tres chicos sentados delante de ella—. ¿Alguno sabe qué se celebrará precisamente en Auradon en tan sólo un par de días más?

Mal, Jay y Carlos se miraron entre ellos dudosos, hasta que Carlos se sobresaltó ligeramente en su asiento.

—¡Ah!, ¡el festival del aniversario número veinte del final de la Guerra! —Señaló apresuradamente el joven de cabellos albinos—. Cada año quise ir, pero mi madre nunca quería… —Una expresión un poco pensativa se adueñó de su rostro en ese momento—. Creo que ahora sé por qué…

—Así es —asintió Cora, conforme—. Los regentes de los Siete Reinos se reunirán en Auradon este año para el Festival, incluida el Hada Azul. Y al ser una ocasión tan especial, llevará la varita en cuestión para exhibirla y que la gente pueda verla y regocijarse con la historia. —Una expresión burlona iluminó su rostro—. A los héroes les encanta exhibirse de esa forma.

—¿Entonces estará ahí en exhibición para que cualquiera la pueda tomar? —Inquirió Mal, dudosa.

—En exhibición, sí. Para que cualquiera la pueda tomar, no. Supongo que ninguno de ustedes conoce o ha escuchado del Himpherion Lazul, ¿o sí?

Una vez más, los tres chicos delante de ella se miraron entre sí, pero en esa ocasión ninguno respondió nada.

—¡Oh, oh! ¡Yo sí! ¡Yo sí! —Exclamó Evie con entusiasmo, alzando su mano y agitándola en el aire como si intentara llamar la atención de algún profesor en el aula—. El Himpherion Lazul es un hechizo de protección especial que sólo las Hadas de alto rango conocen. No deja pasar nada ni a nadie, es inmune a cualquier tipo de magia, Blanca o Negra, y sólo las Hadas saben cómo conjurarlo, atravesarlo o romperlo.

Terminada su explicación, la joven peliazul alzó su rostro con orgullo.

—Y el premio a la cerebrito del año es para… —Murmuró Jay con tono burlón, mismo que provocó que las mejillas de la jovencita se ruborizaran abruptamente.

—Oh, cállate —masculló molesta, y se giró entonces hacia la ventanilla, algo apenada.

Mal miró a Evie con curiosidad mientras ésta se encontraba volteada a la ventana. A pesar de la primera impresión que daba, tan superficial, distraída e incluso algo boba… poco a poco empezaba a darse cuenta de que era mucho más; de hecho, comenzaba a pensar que en realidad sí era una chica bastante lista, y sobre todo hábil. Pero, lo que hasta ese momento no le parecía, ni siquiera un poco, era una villana…

—¿La varita estará protegida con ese hechizo? —Cuestionó Carlos, y al oírlo Mal fue sacada de inmediato de sus pensamientos, y traída de vuelta a la conversación.

—Es probable —asintió Cora—. Las hadas dan la apariencia de ser muy amables y amigas de los humanos, pero la verdad es que son muy recelosas de sus cosas.

—Pues entonces sí suena un poco difícil de robar —concluyó el joven Conde, encogiéndose de hombros.

—Por experiencia te diré que no hay nada en este mundo que no se pueda robar —le comentó Jay con bastante seguridad en sí mismo.

—Me agrada tu actitud, joven Jay —señaló Cora, un poco divertida—. Pero en efecto, no será nada sencillo.

—Pero de seguro tú conoces una forma de librar el hechizo —añadió Evie, con la misma seguridad que Jay, o más—, ¿verdad, abuela?

Cora mantuvo su rostro apacible, sin reacción aparente a esa pregunta.

—Algo parecido.

—¿Y cuál es? —preguntó Mal, sinceramente curiosa.

—¿Para qué quieren que les cuente cada pequeño detalle ahora, si muy seguramente olvidaran la mitad para antes de que lleguemos?

—No es verdad —respondió Mal, casi ofendida por el comentario.

—Es probable que yo sí —Murmuró Jay, encogiéndose de hombros.

—Por ahora basta con que entiendan que nuestra misión final es obtener esa varita. Los detalles del cómo los veremos después.

Y la plática al respecto se cortó justo ahí. Si acaso alguno tenía pensado hacer alguna otra pregunta, señalar algún otro punto, o siquiera expresar alguna queja, no se les dio la oportunidad de momento. Cora había abierto la ventanilla de su lado, para asomar un poco su cabeza hacia el exterior y contemplar en la lejanía su destino.

—Ya estamos por llegar.

Estas palabras hicieron que sus jóvenes acompañantes se sobresaltaran, y rápidamente intentaran también asomarse hacia afuera. En el ajetreo de sus movimientos, hicieron que el choche de meciera un poco. Evie, Mal y Jay lograron tomar las otras ventanillas faltantes; Carlos, a pesar de intentarlo, terminó sin una, aunque intentó mirar por encima del hombro de Jay.

Más adelante en el camino, ya no se veían sólo árboles y montañas. Se apreciaba en la lejanía un enorme y azulado mar, y a la orilla de éste una enorme ciudad iluminada por los radiantes rayos del sol de mediodía. Podrían distinguir las cientos de casas poco a poco haciéndose más visibles conforme subían la colina, y más adelante la muralla que rodeaba el centro de la ciudad; y en el centro de ello, se erguían las altas torres de un hermoso castillo.

Esa era, sin lugar a duda, el Capital de Auradon.

—Ya se puede ver la entrada de la ciudad —anunció Evie, señalando al frente con ferviente entusiasmo—. ¿No es emocionante? He oído que es hermosísima.

—Sí; un poco, supongo —murmuró Mal con aparente apatía, aunque en el fondo realmente le sorprendía la apariencia de aquel sitio a la distancia; no podía ni imaginarse cómo sería ya estar en ella.

—No vinimos de turistas, recuerden —sentenció Cora, sentándose de nuevo con normalidad, justo después de cerrar de nuevo su ventanilla—. Eso me recuerda…

La mujer de rojo pasó de pronto su mano frente a ella, de abajo hacia arriba. Su cuerpo completo se cubrió de una neblina morada que la hizo no visible por unos segundos. Sin embargo, cuando dicha neblina se disipó, los cuatro chicos se quedaron casi boquiabiertos, pues la mujer sentada en el lugar en el que Cora había estado hace apenas un parpadeo, ahora era una totalmente diferente. Usaba el mismo vestido amplio y rojo, pero ahora su cabello era rubio y muy rizado, y su rostro era totalmente otro; incluso se veía algunos años más joven. Su mirada, su sonrisa, todo se veía diferente…

—¡Wow! —Exclamó Carlos totalmente atónito—. ¡Impresionante!

Cora, o la mujer que suponían era Cora, asintió complacida.

—¿Cómo luzco? —Murmuró con una voz que tampoco se parecía en nada a la anterior.

—Te ves radiante, abuela —se apresuró Evie a responder—. Pero no más que antes.

La nueva Cora sonrió, y extendió su mano hacia su nieta para darle un par de palmadas, casi cariñosas, en su cabeza.

Cora pasó sus dedos por sus nuevos cabellos rubios, acomodando sus mechones hacia un lado. Hizo aparecer ante ella un espejo de mano, que uso para verse con más detenimiento. Intentaba cuidar que nada estuviera fuera de su sitio; ni un cabello, ni su maquillaje.

—¿Y eso para qué, exactamente? —Preguntó Mal, intentando no reflejar demasiado su asombro como los otros.

—La Reina Blanca Nieves me conoce —respondió con Cora con simpleza.

—Claro, fuiste su abuela, ¿no?

—O abuelastra —secundó Carlos.

—Eso fue hace mucho tiempo. Es poco probable que me reconozca, pero es mejor no arriesgarnos; especialmente porque todo el mundo últimamente me confunde con Regina, y a ella definitivamente no la olvidaría nunca. A ustedes, por suerte, nadie los conoce. Pero, aun así, requerirán un cambio de vestimenta.

Cora agitó su mano en el aire, y los cuatro se cubrieron de golpe de una neblina bastante parecida, por no decir igual, a la que la había cubierto a ella. Evie y Jay no tuvieron mucho tiempo de procesar lo que ocurría, pero Mal y Carlos tuvieron temor ante la idea de que estuvieran a punto de obtener nuevos rostros y cuerpos. Sin embargo, cuando la neblina se disipó sus rostros seguían siendo los mismos, aunque esto sólo lo podían verificar echándoles un vistazo a los otros. Lo que sí había cambiado eran sus ropas, la de los cuatro.

Los muchachos admiraron sus respectivos atuendos y los de los otros, con reacciones diferentes en cada uno.

—Nada mal; fino —expresó Carlos, pasando su mano por sus ropas. Usaba un traje de saco y pantalón negro, con botones dorados. Encima usaba abrigo rojo, y un pañuelo alrededor del cuello del mismo tono en nudo de corbata, con un pendiente de diamante como adorno justo en el centro.

—Es hermoso —comentó Evie después. Ella usaba ahora un vestido largo de un bellísimo azul turquesa, de falda abombada y holanes, y los hombros y brazos descubiertos. En el centro del pecho, tenía un prendedor de rubi rojo, con un contorno dorado. Pasó su mano delicadamente por la falda, explorando el detalle de ésta con su tacto—. Aunque le podría hacer un par de ajustes.

Evie y Carlos parecían más o menos felices con las opciones que Cora había elegido para ellos. Sin embargo, los otros dos miembros del grupo no parecían compartir su sentimiento.

—Disculpa —exclamó Mal con tono molesto, mirando a Cora. También usaba un vestido, pero mucho más sencillo, negro y con detalles blancos al frente y en los hombros. Era largo hasta los tobillos, y le cubría también por completo los brazos. Como adorno final, su cabeza se encontraba coronada por lo que parecía ser una cofia blanca con holanes y encaje en las orillas. No se tenía que ser muy observador para darse cuenta de lo que era en realidad—. Esto parece el traje de una sirvienta, ¿o no?

—Qué perspicaz —le respondió Cora con normalidad, ignorando por completo el ánimo de sus palabras.

—¿Porque nosotros traemos trajes de sirvientes y ellos de principitos? —Secundó Jay con un sentimiento similar. Él usaba un traje bastante más simple, de pantalones y chaleco café, y una camisa de manga larga de colores beige, que le quedaba de hecho algo chica; como último, portaba un sombrero de piel.

En efecto había bastantes diferencias entre la apariencia de ellos y los otros.

—Mientras estemos aquí —comenzó a explicar Cora—, ocuparemos identidades falsas. He arreglado todo para hacerme pasar por una acaudalada y rica Duquesa de Hendrieth, acompañada de sus dos nietos… Y sus sirvientes.

—Qué inteligente, abuela —aplaudió Evie entusiasmada.

—¿Y porque nosotros somos los sirvientes? —Cuestionó Mal.

—¿Enserio lo preguntas? —Ironizó Cora—. Pues porque Evie y Carlos fueron educados con buenos modales y la etiqueta para comportarse frente a gente de cierto nivel. Y ustedes… Bueno, ustedes no…

Mal y Jay se miraron el uno al otro con enojo en sus miradas; Carlos, que estaba sentado entre ambos, pudo sentir como parte de ese enojo se dirigía irremediablemente a él.

—Me sentiría ofendido… Si no fuera verdad… —Masculló Jay de forma seca.

Mal resopló, se cruzó de brazos y de giró hacia su ventanilla.

—Cómo sea…

— — — —

La ciudad no era nada que Mal hubiera podido imaginar. Las calles se encontraban tan limpias y llena de gentes, las casas parecían ser nuevas, e incluso sus habitantes usaban ropas limpias y pulcras. Había flores y colores decorando en todas las direcciones que veía, y el aire estaba lleno de varios aromas dulces y agradables. Lo que más le sorprendió fue la extensión; llevaban un buen rato avanzando por la avenida principal, y el castillo aún se veía lejano. Y el castillo… mientras más se acercaban, más grande e imponente se veía. Se encontraba en lo alto de una colina, si sus ojos no le engañaban, y sus muros eran blancos y brillaban con el sol.

Había escuchado algunas historias que la gente contaba sobre ese castillo, sobre cómo estuvo prácticamente abandonado por un largo tiempo, y su regente se mantuvo aislado de todos por años, hasta reaparecer y empeñarse a unificar todo su reino de nuevo bajo su voz. Algunos contaban historias más extrañas sobre que dicho regente tenía un lado oscuro, una cara que pocos conocían; la cara de una “bestia”, decían algunos. Viendo ese sitio tan hermoso y cuidado, le resultaba difícil imaginar que alguien así pudiera ser el rey, así que seguramente debían ser simples rumores.

Luego de andar derecho por la avenida principal por un rato, el carruaje dio un giro a la izquierda, justo antes de llegar a la muralla de la parte central.

—¿Y a dónde nos dirigimos? —Preguntó Evie, confundida—. Creí que íbamos al castillo…

—No podemos ser tan obvios, querida —le respondió Cora con tono astuto; aún les resultaba un poco raro verla con esa cara nueva—. Nos quedaremos en una casa aledaña mientras estemos aquí.

Tras unos minutos, dejaron atrás las casas convencionales, y el número de personas fue también reduciéndose. Las propiedades que se veían, sin embargo, eran mucho más extensas, con casas de dos o tres pisos, y con amplios jardines al frente. Eran evidentemente casas de gente mucho más importante, por no decir que con más dinero. El carruaje siguió avanzando por esa zona un rato más, hasta girar en la propiedad de una casa un tanto más pequeña que las otras, de dos plantas, y con un jardín frontal un tanto más modesto y pequeño. Aun así la casa se veía muy hermosa y arreglada, como si fuera recién construida. El carruaje se estacionó justo frente los escalones que llevaban a la puerta principal. Al pie de estos, aguardaba un hombre de estatura baja, y cabello totalmente canoso.

—¿Enserio nos quedaremos aquí? —Cuestionó Jay, sorprendido de ver aquel sitio, nada que ver con su hogar anterior.

—Seguro, ya la alquilé —respondió Cora con normalidad, y entonces se bajó con cuidado del carruaje, siendo ayudada por el chofer; los chicos no tardaron en seguirla—. Sirvientes, sean buenos y traigan el equipaje, ¿sí? —murmuró con tono casi burlón, volteando a ver a Mal y Jay, que se quedaron destanteados unos momentos por la repentina petición.

—Ya oyeron, sirvientes —recalcó Carlos, él sí claramente burlón, tomando con ambas manos su abrigo en pose un tanto prepotente. Cora, Evie y Carlos avanzaron hacia el hombre que los esperaba, dejando a ambos atrás apropósito.

—Me vengaré de esto —masculló Jay, al tiempo que comenzaba a descargar el dichoso equipaje del carruaje.

—Ni siquiera lo dudes —añadió Mal, no teniendo más remedio que hacer lo mismo.

El hombre en las escaleras sonrió amigablemente cuando Cora y los dos chicos se pararon ante él, y les ofreció una pequeña reverencia con su cabeza.

—Duquesa de Hearts —saludó el hombre—, bienvenida a la mansión Cliford.

—Un gusto, buen hombre —saludó Cora, haciendo su propia reverencia similar a la suya. Rodeó entonces con sus brazos a Evie y Carlos, acercándolos un poco hacia ella—. Ellos son mis nietos, Evie y Marcos.

—Carlos, Abuela —murmuró el joven Conde entre dientes.

—Sí, eso.

—Bienvenidos. Pasen, pasen por favor.

El hombre comenzó a subir las escaleras hacia la puerta, y ellos le siguieron. Detrás, venían Jay y Mal, cargando todas las maletas y los bolsos de viaje, subiendo las escaleras a marcha forzada.

El interior de la casa era similar al exterior; pequeño, pero elegante. Entrando se encontraba un recibidor pequeño, con una amplia escaleras que llevaba a la planta superior. De lado derecho había unas puertas que llevaban a una sala de estar, y del izquierdo a lo que parecía ser un comedor, que en esos momentos se veía cerrado. El techo era alto, con un candelabro de velas de gran tamaño colgando sobre sus cabezas. El suelo era lustroso y brillante, los muros blancos con detalles dorados.

—Esta casa ha sido el sitio de reposo de importantes visitas —explicó el hombre que los había recibido, mientras andaban por el recibidor—. Tienen suerte de haberla alquilado con tiempo; la ciudad está a reventar por el Festival.

—Supongo que no muchos estaban dispuestos a pagar el precio —bromeó sutilmente la supuesta Duquesa—. Pero sólo busco lo mejor para mis pequeños.

La tranquilidad del sitio se interrumpió con el estridente sonido del equipaje cayendo al suelo,  o más bien dejado caer apropósito por los dos “sirvientes”.

—Aquí está su equipaje, señora —masculló Mal con un marcado sarcasmo, haciendo una reverencia forzada mientras tomaba la falda de su vestido.

Cora la miró con dureza, pero no dijo nada.

—¿Cuándo comienza el festival? —Cuestionó elocuente, virándose de nuevo al hombre canoso.

—La inauguración oficial es mañana. Ya todos los reyes y sus procesiones arribaron, pero llegan en buen momento para ver la revelación de la varita.

Esa información hizo que todos se sobresaltaran, y si no prestaban atención antes, eso cambio en ese momento.

—¿La varita? —Preguntó Evie, intentando sonar tranquila.

—Sí, la delegación del Reino de las Hadas acaba de llegar esta mañana. Y en unas horas revelarán la varita con la que el Hada Azul le arrebató su magia a los villanos hace veinte años en el Museo del Centro Cultural.

Todos se miraron entre ellos en silencio, procurando no parecer sospechosos de más.

—Qué suerte que llegáramos justo a tiempo para eso —comentó Cora con perspicacia—. Deberíamos ir a verlo, ¿no lo creen?

Ninguno de los cuatro chicos le respondió directamente, pero fue más que evidente que eso era justamente lo que debían hacer.

— — — —

Las últimas dos delegaciones de los Siete Reinos que faltaban por llegar, eran la del Reino de las Hadas y la del Reino de Hendrieth; ésta última presidida por el Rey Philiph y la Reina Aurora, acompañados además por su primogénita, la Princesa Audrey. Acababan de llegar justamente esa mañana, entre el júbilo de la gente, aunque apenas significativo con comparación a cómo habían recibido a la comitiva de Florian. Igual que en aquel caso, fueron recibidos directamente por la Reina Bella, con quien los reyes de Hendrieth conversaban en esos momentos en privado; la princesa, por otro lado, tenía otros intereses tras su llegada.

Guiada por un grupo de cuatro guardias, la princesa Audrey se dirigió al encuentro de la persona que deseaba ver. Se había puesto el mejor de sus vestidos antes de llegar, aunque no fuera el más cómodo para el viaje. Les pidió a sus damas que le arreglaran lo mejor posible el cabello, y le limpiaran su cara. En cuanto estuvieron a la sombra del castillo, se colocó agua de flores para oler lo mejor posible; quizás, demasiado. Tantas atenciones en su apariencia eran con un fin muy específico: dar una excelente buena impresión al Príncipe Ben, que era en realidad el único que le importaba en ese momento.

La noticia del compromiso de Ben y Emma le había caído como un balde de agua fría a la princesa de Hendrieth. Su interés por Ben siempre había sido evidente y directo, incluso desde que eran niños; y estaba segura que el interés de Ben por ella también estaba presente… o podría estarlo. Por otra parte, a ella nunca le había agradado mucho Emma. Siempre parecía creerse mejor que ella, y sabía que la criticaba en silencio a cada rato, o a veces no precisamente en silencio. Aun así, Ben y ella se llevaban bien, por algún motivo, pero nunca hubiera supuesto que sería su rival por el corazón del chico que le gustaba. Y especialmente no podía creer que los padres de ambos, que siempre hablaban del amor verdadero y todas esas cosas, terminaran comprometiéndolos a la fuerza. ¿O no era a la fuerza?, ¿realmente ellos así lo querían? Audrey no quería creer tal cosa.

Alguien de su altura y estatus no se rebajaría a entrar en una competencia por un hombre, o deliberadamente intentar seducirlo para quitárselo a otra chica; eso era más propia que las chicas de clase baja. Pero si había aún una pequeña posibilidad de que ese compromiso se pudiera romper, si quizás uno de ellos terminaba conociendo el “amor verdadero” con alguna otra persona, ella no quitaría el dedo del renglón. Sólo tendría que hacerlo con sutileza. No podía ir directo con Ben y decirle de frente sus intenciones, pero esperaba poder dejárselas claras de alguna forma.

—Audrey —escuchó de pronto que alguien pronunciaba más adelante por el pasillo por el que iba, sacándola de sus reflexiones. Al alzar la mirada ahí lo vio: el Príncipe Benjamín, acercándose por el pasillo, tan galante y apuesto como siempre. Él se paró justo delante de ella y le sonrió ampliamente; Audrey sintió su corazón acelerarse. No estaba aún lista del todo para aplicar su “sutileza”—. Qué gusto verte, bienvenida una vez más a Auradon.

Audrey le devolvió la sonrisa, lo más radiante que podía debido a sus nervios.

—Lo mismo digo, Ben —respondió la princesa, haciendo una reverencia modesta hacia él.

Ben le hizo un ademán a los guardias con su cabeza, y tras un saludo estos se alejaron por donde vinieron para dejarlos solos. Aunque no estaban precisamente “solos”. Audrey notó en ese momento por encima del hombro del chico, que el Príncipe Chad de Austrix venía detrás de él. Audrey lo miró, pero con un entusiasmo bastante menor al que había demostrado por el Príncipe de Auradon.

—Chad —murmuró Audrey con tono seco. Chad, un tanto incómodo por ese recibimiento le respondió de la misma forma.

—Audrey, bienvenida —murmuró con tono serio—. Se les hizo un poco tarde, ¿no?

—Llegamos a tiempo —respondió Audrey rápidamente, incluso algo apresurada, sin prestarle mucha atención. Se viró de inmediato a Ben, y casi instantáneamente volvió a sonreírle como hace un momento—.Te ves radiante, Ben, sí me permites decirlo. Muy propio de un futuro rey para presentarse con todos los honores ante su pueblo en esta festividad tan importante.

—Oh, muchas gracias —respondió el muchacho castaño, un tanto extrañado por su repentino elogio—.  Tú también te ves muy bien.

—Gracias por decirlo —exclamó Audrey con un tono jovial—. Y eso que no has visto mi atuendo para el baile de mañana. Estoy segura que te dejará… —De reojo, pudo notar que alguien más se estaba acercando caminando por el pasillo— Impactado…

Con un vestido rosado y su cabello rubio suelto, Emma de Florian se aproximaba con paso lento, y el rostro con una expresión neutral, incluso se atrevería a decir aburrida. Una vez más la sonrisa de Audrey se desvaneció por unos momentos.

—Hola, Emma —saludó casi de mala gana, cuando se paró a lado de su prometido.

—Audrey —saludó ella Emma a su vez, también no del todo alegre de verla al parecer—. ¿Tuviste un buen viaje?

—Estuvo bien. Pero lamentablemente yo no disfruto tanto de las actividades de campo como… —Echó una mirada nada discreta a la princesa de Florian, desde sus cabeza hasta los pies—. Bueno, tú sabes…

Emma frunció ligeramente su ceño como reacción a tal comentario. Si acaso era alguna insinuación sobre su padre y su pasado como campesino, no le parecía para nada divertida.

—Lamento escuchar eso. Quizás la siguiente vez podrían traerte plácidamente dormida, y así no tendrías que sufrir el largo viaje.

Los ojos de Audrey se abrieron con sorpresa, pero de inmediato se llenaron de enojo. Si eso era alguna insinuación hacia madre y el hechizo de sueño, a ella tampoco le parecía divertida.

Ambas princesas se miraron intensamente la una a la otra como si de sus ojos fueran a surgir llamas. Y prácticamente en medio de ambas, se encontraba Ben, que no permanecía ignorante de la fricción tan latente entre ambas.

—Bien, es genial que estemos los cuatro reunidos al mismo tiempo, ¿no? —Intervino rápidamente el príncipe de Auradon, aplaudiendo un poco para romper la tensión—. De hecho, Audrey, estábamos por ir a al Museo a ver la presentación de la varita.

—¿Ah sí? —Cuestionó Chad confundido, como si fuera la primera vez que escuchaba de ese plan, pero Ben no le hizo caso.

—¿Nos quieres acompañar?

Para bien o para mal, esa proposición hizo que Audrey se olvidara unos momentos de Emma. Sin embargo, pareció bastante dudosa de qué responderle.

—¿La varita? ¿Museo? —Masculló en voz baja, más como si fuera un pensamiento para sí misma—. Oh, no sabía que te interesaban ese tipo de cosas, Ben.

—¿Bromeas? ¿Un arma mágica que fue capaz de derrotar a cientos de villanos en un instante? ¿Cuántas veces puedes ver de cerca algo así?

—¿Cero estaría bien? —Murmuró Chad con tono perezoso desde atrás de él; de nuevo, Ben no le hizo caso.

—¿Tú sí quieres verlo, Emma? —Le propuso a continuación el príncipe de Auradon a su prometida. Ésta no parecía del todo interesada, aunque tampoco peleada con la idea.

—Seguro, ¿por qué no?

—Entonces, los acompañaré —respondió Audrey, de pronto mucho más entusiasmada con la idea tras solo escuchar que Emma iría—. Pediré que nos preparen una guardia…

—No hace falta —declaró Ben avivadamente—. No necesitamos una guardia para salir de aquí; estaremos bien solos y será más cómodo.

—¿Sin guardia? —Masculló Chad, casi asustado ante la idea—. Digo, claro, sin guardia… olvidaba lo abierta que es la realeza de Auradon… siempre tan expuestos.

Ben sólo suspiró, esperando que no decir nada mantuviera la situación estable, si es que ello se podía considerar como tal.

—Emma —murmuró con suavidad, ofreciéndole su brazo. Emma lo aceptó, tomándolo con delicadeza, y entonces ambos comenzaron a avanzar por el pasillo hacia la salida. Cuando estuvieron a una distancia prudente, Ben le susurró—. ¿Qué es lo que pasa entre Audrey y tú?

—Pregúntale a ella —le respondió la chica rubia, un poco a la defensiva—. Yo no sé qué problema tenga conmigo ahora, si es que acaso necesita uno para portarse como una pesada.

—Conmigo siempre es muy amable.

—¿Por qué será? —Murmuró sarcástica, y siguieron avanzando.

Mientras tanto, Audrey los miraba con furia en sus ojos alejándose.

—Audrey —escuchó que Chad pronunciaba a su lado, y al voltear a verlo notó que le estaba ofreciendo su brazo, justo como Ben lo había hecho con Emma.

—Cómo sea… —masculló con tono pesado y tomó su brazo, aunque de una forma más brusca de cómo lo había hecho Emma.

Como fuera, Chad comenzó a andar, y no tardaron mucho en alcanzar a sus otros dos amigos.

Los cuatro representaban el futuro de cuatro de los Siete Reinos, y sin embargo su relación parecía tener ciertos altibajos. Era uno de los deseos de Ben el cambiar eso. Cuando eran más niños, recordaba que los cuatro se llevaban muy bien; no sabía en qué momento se habían distanciado tanto, y no sólo por la distancia. Debía aprovechar ese momento especial en el que estaban los cuatro reunidos para intentar hacer algo al respecto. Sin embargo, aún no sabía qué podía ser ese algo.

— — — —

El museo, que se encontraba dentro de la muralla que separaba el centro de la ciudad del resto, estaba mucho más concurrido de lo que Cora y sus acompañantes esperaban. Eso aun así no les impidió abrirse paso hacia la sala en la que la mayoría de la gente se congregaba (y donde esperaban que se encontrara la varita), principalmente logrado por la elocuencia de Cora y su renovada belleza. Ella caminaba al frente, seguida por detrás por Carlos y Evie, y detrás de ellos Mal y Jay, en su papel de sirvientes. En la sala se encontraban varios objetos detrás de vitrinas, y la gente que entraba en ella se movía alrededor para ver cada una. Eran objetos muy variados, y algunos extraños; les pareció incluso ver una manzana mordida en una, pero no pudieron verla bien pues avanzaron algo rápido. Evie se preguntó si acaso esa sería la famosa manzana de su madre.  Ninguno de esos objetos, sin embargo, parecía una varita.

—¿Dónde está esa dichosa varita? —Cuestionó Jay con impaciencia.

Todos comenzaron a recorrer la habitación con sus miradas. De pronto, el sitio más evidente llamó la atención de Evie, y posteriormente la de los demás. Justo en el centro del cuarto se encontraba un pedestal, alumbrado por una abertura circular en el techo que hacía que un haz de luz del sol entrara directo por ella. Sin embargo, dicho pedestal estaba completamente vacío.

—Creo que la van a poner ahí —indicó la peliazul, señalando al frente.

—¿Entonces aún no llegan las hadas? —Preguntó Jay.

—Nadie aquí parece un hada… aunque nunca he visto una —comentó Carlos, inspeccionando con su mirada a las demás personas.

—Las reconocerás en cuanto las veas, te lo aseguro —le explicó Cora.

Carlos ciertamente tenía curiosidad de ver cómo eran realmente las hadas. Los sirvientes contaban muchas historias sobre su belleza y gracia, pero a él le resultaba difícil imaginárselas con las vagas descripciones que les daban; a veces presentía que realmente nunca habían visto una, y sólo intentaban impresionarlo.

Evie igualmente miraba a la multitud, buscando a alguien que pudiera parecer un hada, pero todos se veían bastante normales para ella. De pronto, al voltearse hacia tras, se dio cuenta de que Mal ya no se encontraba ahí al lado de Jay; de hecho, haciendo memoria, hacía rato que no la había escuchado pronunciar palabra. Comenzó a mirar a todos lados con alarma. Por un momento pensó que quizás algún guardia la había visto, le pareció sospechosa y la había detenido, o algo peor. Para su suerte, no tardó mucho en distinguir su cabellera morada y su cofia, de pie justo delante de una de las vitrinas. Rápidamente se abrió paso hacia ella; al notar esto, Jay y Carlos la acompañaron, creyendo que quizás había visto a alguna de las hadas; se decepcionaron un poco al ver que no era así.

—¿Qué ocurre, Mal? —Le preguntó Evie curiosa, y también algo preocupada.

Mal miraba con expresión fría la vitrina ante ella, que contenía un sólo objeto, reposado sobre una base que la hacía sostenerse de manera horizontal para que quien pasara pudiera verla con mayor claridad. Era una espada, algo vieja al parecer, con algunas marcas de uso y descaste en ella. Era totalmente negra, tanto su hoja como su empuñadura, como si hubiera sido chamuscada o bañada en tinta negra.

—Esta espada… —respondió Mal con voz apagada. Evie y los dos chicos miraron también el arma en la vitrina. Al principio no entendieron cuál era el problema con ella, hasta que notaron la pequeña placa informativa colocada al frente, que con sólo pocas palabras lo explicaba.

—Oh, oh… —murmuró Carlos, sorprendido.

—Es el arma con la que el Rey Philip de Hendrieth derrotó a Maléfica —susurró Evie despacio; las palabras prácticamente se salieron de su boca por sí sola.

—¿Es decir tu…? —Murmuró Jay, y entonces miró con atención a Mal. Ésta seguía mirando el arma, como si no fuera consciente de que ellos estuvieran ahí realmente.

Esa arma, bendecida por tres hadas madrinas, era la que el ahora Rey Philip había arrojado valientemente a Maléfica directo a su pecho, cuando se encontraba en la forma de un imponente dragón negro, derrotándola y haciéndola desaparece en una cortina de humo oscuro para siempre. La espada se había vuelto totalmente oscura tras aquel combate, como si parte de la maldad latente de aquella bruja se hubiera quedado impregnada en ella.

Eso era lo que decían las historias, y ahora un pedazo de dicha historia se materializaba justo ahí ante sus ojos. Era ciertamente algo difícil de digerir.

—¿Estás bien? —Cuestionó Evie con suavidad, colocando una mano sobre su hombro.

Mal se sobresaltó un poco al sentir ese contacto, y de inmediato intentó volver a la normalidad.

—Sí, claro —respondió vertiginosa—. No importa, tu abuela lo dijo, ¿no? A los héroes les gusta exhibirse…

Decía que no importaba, pero no podía afirmarlo con la suficiente convicción. Hasta hace unos días ni siquiera sabía que Maléfica era su madre, o supuestamente era su madre. ¿Por qué tendría que afectarle tanto ver el arma con la que la habían asesinado?; porque podían decorarlo y contarlo como quisieran, pero en el fondo eso era lo que había sido. Y además estaba esa extraña afirmación que le había hecho Cora de que sí hacía lo que decía podría verla. ¿Significaba que no estaba muerta? Eso aún lo entendía.

De pronto, se escuchó un gran ajetreo entre la gente: expresiones de sombro, de alegría y de júbilo. Cuando los cuatro descendientes se giraron en la dirección en la que venían esos ruidos, notaron como varias personas parecieron comenzar agruparse en torno a una de las entradas de la sala.

—¿Qué sucede?, ¿ya llegaron las hadas? —cuestionó Carlos.

—No lo creo —le respondió la voz de Cora, o más bien su nueva voz, que en un abrir y cerrar de ojos se había parado justo a un lado de ellos, tomándolos por sorpresa.

Los cinco se quedaron quietos en su lugar, viendo y escuchando. Poco a poco, entre todo el mar de cuerpos, pudieron distinguir qué era lo que los había emocionado. Eran cuatro personas que habían entrado, pero no eran hadas; o al menos ninguno lo parecía. Eran dos chicos y dos chicas. Uno de los chicos de estatura mediana, cabello castaño claro, casi rubio, de ojos grandes y azules. Usaba un traje largo color azul con bordes dorados, muy elegante; pantalones a juego con el traje, botas negras y una camisa blanca. En su costado portaba una espada de empuñadora dorada guardada en su funda. El otro era un poco más alto, de cabellos rubios rizados, ojos azules y rostro afilado. Usaba un traje blanco con detalles dorados, sobre todo unos relucientes botones al frente. Las dos chicas por su lado, una era rubia, de cabello largo hasta la mitad de su espalda, y lo traía suelto sin ningún adorno o arreglo específico; usaba un vestido rosado largo con un escote en forma de “V” y mangas largas. La otra tenía el cabello castaño, recogido en una cebolla de la parte trasera de su cabeza, y los ojos cafés; portaba un vestido violeta, de hombros y brazos descubiertos, aunque usaba guantes blancos largos hasta antes de su codo.

La apariencia de los cuatro era demasiado pulcra y brillante, incluso más que la de todos los demás en esa ciudad. Los cuatro eran además bien parecidos, de rostros perfectos y gran porte. Evie desde la distancia pudo distinguir que los atuendo de todos eran bastante detallados y bien hechos; llamarlos “elegantes” sería quedarse demasiado cortos. Pero lo más sorprendente era como la gente reaccionaba ante ellos con emoción, se hacían un lado para abrirles paso e inclinaban sus cabezas con respecto al verlos pasar.

Todo eso los dejó bastantes perplejos.

—¿Y esos quiénes son? —Cuestionó Jay, un tanto agresivo.

—Sus nuevos mejores amigos, me parece —respondió Cora—. La joven de cabellos rubios tiene un aire bastante familiar. Ella debe ser Emma…

Evie la volteó a ver con alarma al escucharla decir eso, y de inmediato volteó a ver de nuevo a la chica rubia y de vestido rosado.

—¿La Princesa de Florian? —Susurró la peliazul, sin salir de su asombro.

—La Hija de la Reina Blanca Nieves —Añadió Carlos, exteriorizando lo que Evie pensaba.

Evie la contempló fijamente en su andar. No parecía para nada animada, y de hecho apenas y sonreía por mero compromiso a las personas, y les asentía con su cabeza. Un sinnúmero de ideas le pasaron a la hechicera, pero todas desembocaban en una sola cosa: esa chica era la hija de la peor enemiga de su madre, la mujer que le había arruinado su vida.

No la conocía, y de hecho apenas y había oído hablar de ella. Aun así, una ferviente sensación de odio se comenzó a materializar en su pecho.

La atención de Mal, por su parte, estaba más centrada en la otra chica, la del vestido violeta. No sabía por qué, pero… algo en ella le pareció ligeramente familiar.

—El chico a su lado debe de ser el Príncipe Benjamín de Auradon, su prometido —añadió Cora a continuación.

—Ósea que son puros principitos —Concluyó Jay con desinterés.

—¿Y los otros dos? —Inquirió Mal, apenas audible sin quitarle los ojos de encima a la chica de pelo castaño y vestido violeta.

Cora movió un poco su cabeza hacia un lado para intentar verlos mejor entre la multitud.

—Por sus emblemas, ella debe de pertenecer a la realeza de Hendrieth, y él a la de Austrix.

—¿De Hendrieth? —Masculló apresurada la chica de cabellos morados—. Es el reino de… ¿es decir que ella…?

—Sí, es probable —Asintió Cora—. Puede que sea la Princesa Audrey, la Hija de la Reina Aurora y el Rey Philip.

La hija de Aurora y Philip, los dos reyes que habían derrotado… no, que habían asesinado a Maléfica, a su madre. Mal miró una vez más a aquella chica. Ella sonreía de una manera tan falsa, mirando y saludando a todos como si sintiera la más importante del lugar.

Lo mismo que le había nacido a Evie, estaba comenzando a cocinarse en el interior de Mal… o, incluso con mucha más intensidad; sintió incluso que su fuego amenazaba con hacerse presente en sus puños apretados con tanta fuerza que le dolían.

Al parecer había mentido con respecto a la espada: sí importaba, y mucho…

FIN DEL CAPÍTULO 09

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Mi Final Feliz… Han pasado 20 años desde el Fin de la Guerra, la Unión de los Siete Reinos, y el destierro de los enemigos más temibles y poderosos que hubieran existido. Emma, hija de Blanca Nieves, y Ben, hijo de Belle, se encuentran comprometidos y destinados según una antigua profecía a convertirse en los próximos reyes de Auradon, y traer décadas de Paz y Armonía a los Siete Reinos. Sin embargo, ninguno parece estar muy seguro de querer dicho destino, y tienen grandes dudas sobre qué sienten el uno por el otro, o si serán capaces de la responsabilidad que está por caer sobre ellos. Al mismo tiempo, Cora, la madre de la aún prófuga Reina Malvada, Regina, ha regresado luego de muchos años, y se encuentra reuniendo a un grupo de jóvenes, descendientes de los antiguos enemigos del reino, con la ayuda de su nieta Evie, la hija de Regina, para llevar a cabo un plan para vengarse por la derrota sufrida, y retomar los Siete Reinos como suyos. El encuentro entre ambas nuevas generaciones cambiará la vida de todos, y revelará varios secretos sepultados desde hace 20 años que jamás debieron haber salido a la luz.

+ “Once Upon a Time” © Adam Horowitz y Edward Kitsis, ABC.

+ “Descendants” © Disney Channel, The Walt Disney Company.

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