Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 25. Todo será diferente

5 de octubre del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 25. Todo será diferente


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 25.
Todo será diferente

Cuando Carrie le dijo que no había nada interesante en Chamberlain, al parecer no estaba exagerando del todo. Según lo poco que Matilda pudo investigar en Internet, parecía ser una ciudad pequeña bastante común, como cientos iguales que existían en el país. Su población era reducida, y el principal motor de la economía era la Fábrica de Textiles; y básicamente eso era todo. El viaje desde Boston hacia allá era de unas tres horas en vehículo, y en camión de seguro tomaría un poco más. Pensó en la experiencia que debió de ser para una chica que nunca había salido de su pueblo hacer todo ese recorrido ella sola. Ahora le tocaba a ella hacer el viaje contrario.

Dos días después de su entrevista con Carrie, un lunes de primavera, salió de Boston a media mañana con su vaso de café y su GPS marcándole la ruta hacia el noreste. En aquel entonces aún estaba en proceso de adquirir un vehículo propio en Boston para su uso personal, ayudada principalmente por su madre adoptiva pues casi todos sus ahorros se le habían ido en la mudanza y acondicionamiento de su departamento y consultorio. Mientras tanto, optó por alquilar uno, algo que en sus múltiples viajes hacía seguido. Le tocó algo de congestionamiento ya entrando en Maine debido a un accidente, y terminó llegando a Chamberlain cerca de las dos.

Lo único que Lucy le había encontrado era la dirección de la casa de Carrie y de su escuela. Su primera opción era ir a la escuela y hablar con su director sobre el tema, pero realmente no tenía aún algún tipo de derecho para hace ello, pues de manera oficial Carrie no era su paciente y era más una completa extraña de otra ciudad que venía a intervenir en un tema que no le concernía. La segunda opción era ir a su casa, pero tenía que tener cuidado con no sobrepasarse. Condujo hacia la dirección que Lucy le había proporcionado sobre la Calle Carlin, y se estacionó en la acera de enfrente. La casa era blanca, de apariencia bastante simple, incluso algo descuidado a pesar de estar en un barrio medianamente sofisticado. La hierba del jardín del frente estaba algo crecida, y en algunas zonas se había oscurecido. Aguardó en el vehículo media hora, quizás un poco más. Carrie salía de la escuela a las tres, y si lo que Lucy le había dicho era cierto, esperaba poder verla venir por la calle en cualquier momento sin atraso.

La joven rubia rojiza se apareció justo como esperaba después de las tres con veinte. Caminaba desde calle abajo por la banqueta abrazada aprensivamente de sus libros, con su mochila a la espalda y su mirada clavada en el concreto. La reconoció incluso a la distancia, no por su rostro o peinado, sino por su postura y forma de caminar; siempre temerosa y cohibida como si temiera que alguien la estuviera mirando y juzgando a cada paso. Matilda salió del vehículo discretamente, cruzó la calle, se paró en la acera frente a la casa y ahí la aguardó. Carrie iba con la mirada tan baja, o quizás estaba tan inmiscuida en sus propios pensamientos, que no notó su presencia hasta que ya estaba cerca. Se detuvo entonces a unos metros de ella y la miró, al principio un tanto confundida pero no tardó en reconocer su cara, y entonces se sobresaltó, casi asustada, tanto que se hizo un poco hacia atrás.

—¡¿Dra. Honey?! —Exclamó la chica, atónita—. ¿Qué hace aquí?

Fue evidente que no estaba precisamente “feliz” de verla. Matilda le sonrió gentil, intentando amortiguar el ambiente.

—Siento aparecerme de esta forma, pero ya no tuve más noticias de ti.

—¿Cómo supo dónde vivía?

—Tenemos nuestras fuentes —le respondió con tono neutro. Carrie, por su parte, la miró con desconfianza; sus brazos se aferraron con más fuerza a sus libros.

—¿Qué… es lo que quiere?

—Sólo seguir hablando contigo. Nuestra plática del otro día se quedó un poco inconclusa.

—Lo siento, no puedo hablar ahora —respondió apresurada, y se adelantó para sacarle la vuelta y dirigirse directo a la casa—. Mi madre está por llegar, y ella no puede verla aquí. Por favor, váyase.

—Escucha, Carrie —pronunció Matilda con tono despacio, como de un profesor dando catedra—. Sé que en estos momentos estás confundida y asustada, y lo que menos quieres es que alguien se entere de lo que te ocurre. Pero, aunque no sea con tu madre, necesitas a alguien con hablar y contar para sobrellevar lo que pueda pasar.

Carrie se detuvo a mitad del camino que llevaba a su puerta y se giró levemente hacía ella, mirándola con una expresión digna de un perrillo asustado. Ambas de miraron la una a la otra en silencio por un lapso en el que Matilda supuso que estaba intentando decidir de qué forma responderle, y ella igualmente deseaba darle el tiempo que necesitara para eso. Si era que Carrie tenía pensado responder algo, no lo sabría pues en ese momento la puerta principal de la casa se abrió de par en par, provocando que ambas se giraran al mismo tiempo hacia esa dirección con ojos asustados, como dos niñas que acababan de ser sorprendidas en una travesura.

—Carrie —espetó con intensidad la mujer en la puerta, mirando fijamente a la muchacha. Era una mujer alta, de complexión fuerte. Su cabello era de un tono bastante parecido al de Carrie, y lo traía peinado hacia atrás y trenzado. Sus ojos eran profundos, severos y de un azul cielo casi irreal. Usaba un vestido totalmente negro que la cubría por completo, desde el cuello hasta los tobillos.

Matilda se sintió ligeramente intimidada por esa presencia casi etérea al pie en la puerta, que no tardó de hecho en posar sus enigmáticos ojos en ella. Su rostro era duro y frío. Sólo recordaba haber conocido a una persona anteriormente con esa intensidad, casi agresión, en su mirada… y era una persona con la que no deseaba volver a cruzarse otra vez.

—¡Ma… ma… mamá! —Logró exclamar Carrie al fin, luego de haberse quedado unos segundos balbuceando incomprensiblemente—. ¿Qué haces aquí tan temprano…?

La mujer ignoró su pregunta por completo. Bajó entonces los escalones de la puerta y caminó con paso firme hacia ellas. Pasó a un lado a Carrie, se paró delante de ella y encaró a Matilda de frente de forma desafiante y despectiva.

—¿Quién es usted? —Le inquirió con severidad.

—Mamá, ella ya… —Carrie intentó explicarle algo, con un intenso temblor en su voz. La mujer de negro, sin embargo, alzó en ese momento su mano hacia ella sin siquiera mirarla, obligándola a guardar silencio con ese solo gesto.

Matilda se mantuvo firme ante la situación; esa mujer debía de ser Margaret White. No sabía que estaba en casa; en el rato que estuvo esperando en el auto, no la había visto entrar. No estaba precisamente en sus deseos encontrarse con ella en esos momentos, pero también era una posibilidad a la que tenía que enfrentarse.

—Mucho gusto, señora White —musitó afable, manteniéndose en su sitio sin dar un paso adelante o atrás—. Soy la Dra. Matilda Honey…

—¿Doctora? —Repitió Margaret, sonando como si dicha palaba le provocara escozor—. ¿Qué clase de… doctora? ¿Qué quiere aquí?

—Soy psiquiatra. Vine a hablar con su hija…

—¿Para qué? —Interrumpió abruptamente de nuevo.

Matilda miró a la señora White un instante, y luego volteó a ver sobre el hombro de ella al rostro lleno de miedo de Carrie, que parecía suplicarle con la mirada que no le dijera nada. A Matilda todo ello le trajo a la mente un lejano recuerdo, de aquella noche cuando la Señorita Honey acudió a su casa y sus padres no la recibieron de forma amistosa, ni le hicieron caso a lo que ella les decía. Ahora ella estaba en una situación muy parecida. Normalmente en esos dos años le había tocado ir a sitios en dónde las personas pedían su ayuda, no tanto que tuviera prácticamente que inmiscuirse de esa forma sin ser invitada.

Respiró hondo, se paró derecha, y miró a la señora White firmemente.

—De seguro ya sabe lo que ocurrió hace unas semanas en los vestidores de la escuela de Carrie, ¿cierto? —Preguntó con normalidad y ella la miró fijamente inexpresiva, pero no sorprendida o confundida por sus palabras, por lo que suponía que en efecto sí lo sabía—. Hay incluso un video en internet circulando…

—Internet —espetó Margaret White, con hastío atorado en su garganta al hablar—. Esa cosa es la ventana del Oscuro. Perversiones y pecados, todo a disposición y a la mano de cualquiera con la falta de fe, para tomarlo y alborozarse en su podredumbre. Pero el Señor es nuestra roca, y lo que ocurra fuera de nuestra casa no nos dañará, especialmente en… Internet.

Matilda se quedó helada, sin saber con seguridad qué responder a un discurso como ese. Miró de reojo a Carrie; ésta miraba hacia el suelo en absoluto silencio.

—Sí, claro —Murmuró despacio, haciendo un gran esfuerzo por no sonar sarcástica, aunque sentía que no lo había logrado. Carraspeó un poco para aclararse la garganta, antes de seguir hablando—. Aun así, creo que sería buena idea que su hija hablara con alguien. Esta situación puede ser muy difícil…

Margaret White dio de pronto un fuerte paso al frente, clavó sus ojos casi desorbitados en Matila, como si estuviera a punto de lanzársele encima para ahorcarla. Comenzó entonces a gritarle desenfrenada.

—¡Nadie aquí necesita la ayuda de charlatanes apartados de Dios!, que prometen salvar el cuerpo y la mente, a costo de sacrificar el alma inmortal. Si mi hija debe de ponerse en manos de alguien, ¡será sólo en las manos de Dios! Él es el camino verdadero, no supuestos doctores, Mensajeros del Oscuro sin siquiera saberlo.

La miró entonces de arriba abajo desdeñosamente, como si estuviera viendo algo asqueroso. Matilda no se sentía molesta precisamente, sino más bien… perpleja. ¿Lo que decía era real? ¿De que año lejano provenía esa mujer? No perdió la calma; volvió a respirar por la nariz, conteniéndose.

—Con todo respeto, señora, pero Carrie ya es casi una adulta. Ella tiene toda libertad de elegir lo que ella crea mejor.

Margaret endureció su rostro y se hizo hacia atrás como si la hubiera ofendido de la peor manera en su cara. Se volteó entonces un poco hacia su hija, dejándola en el proceso de nuevo por completo en el rango de visión de Matilda. La joven alzó tímidamente la mirada hacia su madre de forma sumisa.

—Carrie —soltó la mujer con dureza—. ¿Tienes algo que decirle a esta… Doctora?

Carrie vaciló. Miró a su madre, miró al suelo, y luego encogidamente miró a Matilda.

—No necesito ayuda, señorita —susurró despacio—. Sólo la de Dios.

Matilda se sintió decepcionada, pero no sorprendida. Esa conversación corta, y casi surreal, le dio una visión bastante más amplia de con qué se estaba enfrentando.

—Ahí lo tiene —declaró la señora White con dureza. Tomó entonces a Carrie del brazo y comenzó a jalarla hacia la casa. La chica la siguió sin mucha oposición—. Ahora váyase de mi propiedad, o llamaré a la policía.

Matilda se quedó de pie en su sitio, mirando en silencio como entraban en la casa y luego azotaban la puerta detrás de ellas con rudeza. Se quedó unos segundos más ahí, aturdida, pero luego comenzó a caminar hacia el vehículo.

La situación de Carrie White era mucho peor de lo que pensaba.

— — — —

Matilda pasó la tarde recorriendo Chamberlain e investigando un poco más sobre Carrie y su madre. Como es común en las ciudades pequeñas, la gente tiende a ser amable con los visitantes extraños, pero no muy comunicativa en lo que respecta a los temas personales de sus vecinos. Margaret White, sin embargo, parecía tener cierta fama especial entre algunos pobladores, que no tuvieron tanto reparo como otros en expresar su opinión sobre ella. Usaron diferentes palabras, algunas más amables, otras todo lo contrario, pero la media parecía estar inclinada hacia que la consideraban una mujer demasiado excéntrica, demasiado estricta con sus creencias, incluso para los estándares de una persona fuertemente religiosa, y demasiado introvertida y solitaria. No solía convivir con casi nadie del pueblo, a excepción de las personas con quien trabajaba, y en realidad tampoco lo hacía mucho con ellos. Algunos describieron despectivamente como se la pasaba diciéndoles a todo el mundo que se irían al infierno por cualquier cosa, o por ninguna, y escuchó algunos altercados que habían sucedido, algunos incluso que se podían catalogar como violentos.

Era todo un personaje, diciéndolo del modo amable. Era imposible no ver como su influencia había recaído sobre Carrie, creándole esa personalidad tan retraída e insegura. En cualquier adolescente eso sería una bomba de tiempo, pero Carrie no era cualquier adolescente… era algo más.

Pasó la noche ahí mismo en Chamberlain en una pequeña posada. Se comunicó con Eleven para informarle de todo lo que había descubierto, y ésta pareció realmente desconcertada. Sin embargo, para bien o para mal seguía siendo su madre, y Carrie aún era menor de edad, y había líneas que no podían simplemente cruzar a pesar de sus habilidades. Matilda lo sabía, pero sugirió intentar hacer un último acercamiento hacia Carrie. Aunque no pudiera tratarla de forma oficial o directa sin el permiso de su madre, en unos meses cuando cumpliera los dieciocho eso ya no sería un problema. Pero era importante que la joven supiera que cuando ese momento llegara, tenía a alguien a quien acudir. Eleven accedió, aunque no sin advertirle que tuviera cuidado con lo que haría.

En vista de que su casa era un terreno totalmente inapropiado, tuvo que optar por la segunda mejor opción: la escuela.

Durante uno de los descansos de ese día, Carrie pasó las horas en la biblioteca, leyendo más libros sobre ese tema que tanto le ocupaba, y navegando en internet con el mismo propósito. Una vez que terminó ahí, tomó tres de los libros, los pidió prestados a la bibliotecaria, y luego se dirigió hacia el salón de su próxima clase. Cortó camino por el campo de americano, que en esos momentos se encontraba totalmente solo. Caminaba un poco apresurada, con los libros abrazados contra ella con fuerza, pues se le había hecho tarde.

—¡Carrie! —Escuchó de pronto que alguien exclamaba fuerte detrás de ella, llamándola. Carrie se detuvo, y se volteó confundida. Caminando por el mismo camino por el que ella venía, se acercaba precisamente Matilda Honey.

Carrie se sobresaltó.

—¡¿Qué hace aquí?! —Exclamó casi asustada—. ¡No puede estar aquí!

—Escucha —comenzó a decirle con tranquilidad mientras se le acercaba—, lamento haber ido a tu casa de esa forma…

—¡Debe lamentarlo! —le reprochó Carrie molesta, y se giró entonces hacia otro lado rápidamente—. No sabe… los problemas que me causó…

Al girarse, sus cabellos rubios le cubrieron casi todo su rostro… pero no lo suficiente. Entre todo ese mar de rizos rubios y desalineados, logró distinguir su mejilla enrojecida, y con la marca de un golpe reciente entre ésta y su sien.

—Carrie… ¿tu madre te lastimó?

Matilda hizo el ademán de querérsele acercar, pero Carrie rápidamente reaccionó, retrocediendo para hacer más distancia entre ambas. Esa reacción le pareció bastante usual en niños abusados que había visto en su carrera… pero esa jovencita delante de ella estaba lejos de ser una niña.

Matilda decidió mantener su distancia y no traspasar de alguna forma su espacio e incomodarla más de lo que ya estaba.

—Lo siento, sé que crees que me estoy entrometiendo en dónde no me quieren, pero tienes que entender que intento ayudarte. Tu situación es difícil, y tu habilidad debe ser controlada antes de que se vuelva más fuerte y difícil. Yo puedo ayudarte a…

—No necesito su ayuda —le interrumpió tajantemente, volteándola a ver con una abrumadora agresividad en su mirada; algo que también había visto en niños abusados antes—. Sólo… déjeme en paz, por favor.

—Carrie…

—¡Váyase!

Sin intención de darle más oportunidad para responder, Carrie se dio media vuelta con rapidez y comenzó a caminar apresuradamente. Su prisa era tal que sus pies le fallaron, enredándose uno con el otro y haciendo que cayera sobre sus rodillas. Instintivamente soltó los libros que traía consigo para detenerse con las manos, y estos cayeron por la tierra debajo de ella.

Carrie no decía maldiciones en voz alta, pero en su cabeza había rebotado una con fuerza en ese momento. No sentía molestia, sino más bien vergüenza. Todo le salía mal; ahora no podía siquiera caminar sin humillarse a sí misma.

Miró sus manos cubiertas de tierra y las sacudió con fuerza, quizás más de la necesaria, entre ellas. Extendió su mano para tomar uno de los libros, pero cuando quiso hacer lo mismo con el segundo… éste se elevó del suelo en un parpadeo.

Carrie se paralizó al ver esto. ¿Qué estaba pasando?, ¿lo estaba haciendo ella misma?; mientras se lo cuestionaba, vio como el tercer libro también se elevaba del piso junto con el segundo. Llegó a pensar por un instante que había perdido el control, y ahora esos dichosos poderes se estaban comenzando a activar solos. Sin embargo, en ese momento ambos libros comenzaron a elevarse más, y luego pasaron por encima de su cabeza. Carrie los siguió atónita con la mirada, hasta ver como se acercaban suavemente hasta las manos extendidas de Matilda, colocándose en éstas uno sobre el otro.

Matilda sonrió y se le acercó con los libros en sus manos. Se paró justo delante de ella y se los extendió con la intención de dárselos. Sin embargo, Carrie era incapaz de tomarlos; sólo la miraba desde abajo, con sus ojos llenos de confusión y miedo… pero también bastante admiración.

—¿Usted… también…? —Murmuró Carrie, apenas audible.

— — — —

Ya iba relativamente tarde a su clase, así que incluso era probable que ni siquiera la dejaran pasar. Pero aunque no hubiera sido así, la pequeña pero significativa demostración de Matilda fue suficiente para que Carrie aceptara hablar con ella de nuevo, ahora sin ninguna reserva. Pasaron hacia las gradas a un lado del campo para poder sentarse, estar cómodas y hablar tranquilas. Siguieron totalmente solas durante todo ese rato, por lo que todo era más que perfecto.

Estando ahí sentadas en la sexta fila de abajo hacia arriba, Matilda comenzó a contarle más sobre quién era, y qué era en realidad la Fundación a la que representaba. Era un discurso que había compartido con varios niños antes, y que incluso se lo diría a Samara Morgan cuando se conocieran por primera vez. Carrie la escuchaba atenta, palabra por palabra.

—¿Resplandor? —exclamó la chica rubia, un tanto intrigada por el término que Matilda acababa de usar en su relato.

—Es el nombre que usamos internamente dentro de la Fundación —se explicó la Psiquiatra—. El término es propio de nuestra fundadora y maestra. En mi caso comenzó presentarse cuando tenía seis años… seis años y medio, de hecho. Mis padres… —El semblante de Matilda se tornó ligeramente serio en ese momento—. No eran perfecto… ni cerca. Aunque, quizás estoy siendo muy injusta con ellos. Después de todo, teníamos una casa bonita y limpia, y nunca me faltaba comida, ni ropa. No me gritaban o golpeaban, más de lo normal o necesario. De hecho, creo que la mayor parte del tiempo, preferían fingir que no existía. Aun así, lo que más me afectaba es que sencillamente no… me entendían… Ni un poquito. Pasé esos primeros años sintiéndome como una fenómeno, atrapada con gente con la que no tenía nada en común, y para los que era apenas un poco más que un estorbo.

Suspiró despacio, se sentó derecha e intentó despejar su mente un poco antes de continuar; Carrie seguía atenta.

—Todo mejoró cuando comencé la escuela primaria. Casi al mismo tiempo comencé a hacer esto. —Extendió en ese momento su mano hacia un lado, y de su bolso, que había colocado abajo entre sus pies, se elevó su teléfono móvil, colocándose casi por sí solo entre sus dedos. A pesar que Carrie misma había hecho cosas similares, y hasta más grandes, le parecía realmente emocionante veg a otra persona hacerlo también—. Tardé en comprenderlo, pero lo logré con un poco de práctica. No mucho después, mis padres tuvieron que huir del país por los negocios sucios de mi padre. Yo me quedé en mi ciudad natal, y fui adoptada por la que era en aquel entonces mi maestra de escuela, la mujer más dulce, encantadora y excepcional con la que haya tenido la suerte de cruzarme. Mi vida fue mucho más feliz desde entonces, y también me dio la posibilidad de desarrollar más mis habilidades. Conforme crecía, se volvieron más y más y fuertes. Yo estaba encantada con eso… —de nuevo, una marcada seriedad se asomó en su semblante—. Hasta que cumplí los trece años, me parece. Estaba en mi último año de preparatoria…

—Espere… ¿A los trece? —cuestionó Carrie, creyendo que quizás había sido algún tipo de error. Pero no había sido así. Matilda le sonrió divertida, y se acomodó su cabello, ya un poco desacomodado por el viento que soplaba ocasionalmente.

—Me salté algunos años —Le respondió con naturalidad—. El caso es que en ese momento, fue como si mis habilidades hubieran dado un salto exponencial de la noche a la mañana. Comenzaron a dispararse sin control, y mientras más asustada o preocupada me ponía, peor era. Era como una destructiva bomba de tiempo ambulante.

—¿Eso me pude pasar a mí? —inquirió Carrie con interés, aunque no sonaba precisamente muy preocupada por ello.

—Es probable, pero no te asustes. Cuando a mí me ocurrió, mi madre, es decir mi madre adoptiva, buscó a alguien que pudiera ayudarme. Y ahí fue cuando conocí a Eleven.

—¿Eleven? ¿Cómo el nombre de la fundación?

Matilda rio un poco.

—Obviamente no es su verdadero nombre, pero es como le gusta que todos le llamemos. Ella me enseñó a controlarme, a mantener mis habilidades calmadas, y despertarlas sólo cuando era necesario. A ella no le agrada que le digan así, pero fue como mi maestra en aquel entonces. Como mi Yoda o mi Obi-Wan.

Carrie la miró en ese momento fijamente, sin entender.

—¿De Star Wars? —Añadió Matilda, intentando aclarar su referencia, pero Carrie siguió mirándola de la misma forma—. No importa. Lo que trato de decir es que, quizás no pasé por una situación exactamente como la tuya, pero yo sé lo que es tener de repente estas habilidades, y sentir la emoción, la alegría, pero también el miedo y la confusión. Eleven me ayudó mucho a entender lo que me ocurría y cómo controlarlo, y yo puedo hacer lo mismo por ti, Carrie. He ayudado a otros cómo tú antes, y… siento algo especial en ti. El que tu habilidad se haya manifestado a una edad ya más adulta, podría parecer una desventaja, pero podría ser a la vez todo lo contrario con el debido encaminamiento; especialmente si tienes a alguien que pueda enseñarte y guiarte… Si así lo deseas, claro.

La chica rubia bajo su mirada, algo cohibida y pensativa. Sus cabellos rizados caían sobre su rostro, casi ocultándolo por completo en esa maleja rubia y rojiza, y sus dedos se entrelazaban y movían nerviosos sobre la falda de su vestido.

—Eso me encantaría, no sabe qué tanto —murmuró despacio, con un pequeño vestigio de sonrisa en sus labios—. Pero… No tengo mucho dinero, y mi madre tampoco. Y aunque ella lo tuviera, jamás me apoyaría en algo como esto. Ya la conoció, ella no tomaría bien esto si se enterara.

—No hago esto por Dinero, Carrie —le informó Matilda con delicadeza, pero eso no provocó que la chica alzara de su nuevo su rostro.

Matilda guardó silencio, analizando las posibilidades posibles. Contar con su madre realmente parecía ser una causa perdida. Sin embargo, dentro de poco cumpliría los dieciocho años, y en ese momento ya lo que su madre quisiera o no quisiera, sólo llegaba hasta el límite que Carrie permitiera tolerar. Pero si se atrevía, las maneras de ayudarla se ampliaban significativamente.

—Dime una cosa, ¿qué harás una vez que te gradúes? —le preguntó con curiosidad—. ¿Ya has pensado en alguna universidad?

Carrie rio un poco, irónica.

—No, realmente no —murmuró con voz apagada—. La universidad es para las personas que tienen las calificaciones, el dinero, o el apoyo suficiente de sus padres… Y yo no tengo ninguna de las tres cosas. —Se encogió entonces de hombros, y le sonrió un poco forzada—. Pensaba quedarme aquí, quizás trabajar con mi madre, o en otra cosa. No hay muchas otras opciones para mí, en realidad.

—Quizás haya más de las que crees —señaló Matilda con algo de intriga—. ¿No te gustaría trabajar conmigo en mi consultorio?

Carrie la miró fijamente, totalmente atónita.

—Como mi asistente y recepcionista —añadió la castaña—. Te pagaría por tu ayuda, obviamente; te enseñaría a usar tus habilidades, y quizás puedas estudiar algo más que te interese entre ello, y quizás a la larga aplicar para una beca de la Fundación, si te esfuerzas lo suficiente.

Carrie no podía salir de su asombro y confusión. Sus labios se separaron un poco con la intención de decir algo, pero por unos segundos ningún sonido surgió de ella. Era como si le resultara difícil procesar las palabras adecuadas.

—¿Quiere contratarme como su asistente? —Murmuró, incrédula—. Pero… ¿por qué querría hacer eso? No soy buena para casi nada, ni siquiera sé usar bien una computadora. Sería más un estorbo que una ayuda…

—Yo creo que eres mucho más inteligente y brillante de lo que crees, Carrie. Los que resplandecemos solemos serlo; y no lo digo por egocentrismo. —Se inclinó ligeramente hacia ella, sin invadir demasiado su espacio personal, sólo lo suficiente para poder verla de frente a los ojos—. Pero piensa en esto, nunca habías usado una computadora, o dejado tu ciudad. Pero cuando te lo propusiste, fuiste capaz de encontrarme y llegar hasta mí. ¿No has pensado en qué otras cosas serías capaz de hacer si igualmente te lo propusieras?

Carrie desvió su mirada, como si los ojos de Matilda la intimidaran de alguna forma. Miró entonces hacia sus pies, algo pensativa y dudosa.

—Escucha —prosiguió Matilda con tono más serio—, sé que soy una completa extraña, que quizás ya ha cruzado bastante la línea profesional con todo esto; tienes todo el derecho de desconfiar de mí. Pero, si puedo ser honesta contigo, en verdad creo que eres una persona muy especial, Carrie… aunque tengas en estos momentos a una madre y unos compañeros que no lo sepan apreciar —Carrie alzó ligeramente su rostro hacia ella en esos momentos, y Matilda aprovechó para sonreírle con toda la gentileza que era posible, así como la Jennifer Honey le sonreía a aquella pequeña de seis años hace ya mucho tiempo atrás—. Pero un día, todo será diferente…

Carrie, quizás inconscientemente, le regresó la sonrisa, así como Matilda misma de seguro lo hizo hacia su algo ingenua maestra de primaria.

—Se le agradezco, Dra. Honey —le respondió la joven, aún algo encogida—. Pero no creo poder dejar a mi madre e irme a Boston. No sería… lo correcto.

—Sé que de momento lo parece así. Pero tarde o temprano, tendrás que tomar tus propias decisiones, y decidir tu propio camino. Aunque para ello tengas que ir contra los deseos de tu madre. Dentro de algunos meses cumplirás la mayoría de edad. Cuando ese momento llegue, serás libre legalmente de tomar el camino que mejor te plazca.

Claro, lo decía fácil, pero no era tan sencillo como ello. Había adultos de mucha mayor edad que aún no podían desprenderse por completo de sus padres, son más razón los más pequeños, e incluso los chicos ya cerca de la mayoría de edad. Y especialmente si tenían una madre como Margaret White.

De cualquier forma, Matilda estaba convencida de que le había dado bastante en qué pensar por ahora, y ya no debía agobiarla más. Miró su teléfono, que en ese momento seguía en sus manos tras haberlo sacado de su bolso con sus poderes, y prendió un segundo la pantalla para poder ver la hora.

—Creo que tengo que irme —le indicó de pronto, parándose de la grada y colocándose su bolso al hombro.

Carrie le miró desde su asiento, casi preocupada.

—¿Ya?

—Sí, debo volver a Boston antes de que se haga más tarde. ¿Por qué no me das tu número celular o correo? Así podremos comunicarnos más fácil, y sin molestar a tu madre.

—Yo… no tengo teléfono celular… o correo… —le respondió tímidamente.

—Claro, me lo suponía.

Matilda revisó de nuevo en el interior de su bolso, y sacó unos instantes después otro teléfono celular, aunque éste se veía más pequeño y viejo que el que usaba regularmente, y se lo extendió a la joven delante de ella.

—Ten, es tuyo.

—¿Qué? —Exclamó Carrie casi asustada al ver el dispositivo delante de ella—. No, no, no puedo…

—Claro que puedes, es mi teléfono de emergencia. Es algo viejo, pero funciona. Ya tiene mi número guardado y todo.

Carre miró con aprensión el teléfono, y lentamente alzó sus manos hacia él, sujetándolo entre sus dedos como si fuera la pieza de artesanía más delicada del mundo. Lo sostuvo frente a su rostro, y se contempló a sí misma reflejada en la superficie oscura de la pantalla apagada, como si fuera un espejo hecho de vidrio negro.

—Si ocupas cualquier cosa, sólo envíame un mensaje —le indicó la castaña, haciéndola salir de su fascinación—. Y por cierto, puedes llamarme simplemente Matilda. ¿De acuerdo?

Antes de que Carrie respondiera, comenzó a caminar hacia las escaleras y luego a bajarlas con cuidado. Carrie la siguió con su mirada.

—Espero nos podamos ver pronto, y que no sea hasta tu próximo cumpleaños. Piensa en mi propuesta, sin presiones.

—Sí, lo haré —exclamó Carrie con ligera fuerza, esperando que la pudiera escuchar.

Siguió mirando como bajaba hasta llegar de nuevo al campo. Una vez ahí, Matilda se giró hacia ella y se despidió con un casual movimiento de manos, que Carrie respondió, aunque no tan efusivamente. Matilda inmediatamente después emprendió camino hacia el edificio principal. Cuando ya no estuvo en el rango de visión de Carrie, ésta se quedó contemplando en silencio el teléfono entre sus dedos. Se quedaría varios minutos ahí, casi media hora, pensando en todo lo que aquella plática significaba, o podría significar.

Tuvo inevitablemente que ponerse de pie y emprender la marcha para no faltar a otra clase más. Aunque, ya en esos momentos, poco le importaban realmente las clases.

****

Cuatro años más tarde, en el patio del Hospital Psiquiátrico Eola, Matilda recodaría perfectamente todas esas pocas, aunque muy significativas, conversaciones que tuvo con aquella chica. Recordaría su rostro, recordaría su voz, recordaría sus ojos temblorosos, y su sonrisa tímida. Pero sobre todo, recordaría su horrible imagen final, que se quedaría tatuada para siempre en su memoria desde aquella espantosa noche del 27 mayo…

En ese momento, el teléfono que sujetaba entre sus manos comenzó a temblar y luego a sonar con significativa fuerza, pues lo tenía sujeto muy cerca de su rostro. Esto la alarmó, al inicio por la forma tan repentina y drástica en la que había roto el absoluto silencio en el que se había cernido, y luego por el hecho de que se suponía que dicho teléfono ni siquiera debería de poderse encender. ¿No estaba tan averiado como realmente creía, acaso? Como fuera, no se lo cuestionaría mucho en ese momento.

Echó un vistazo en la pantalla, y aunque ésta parecía sí estar un poco afectada pues se veía algo difusa, sí logró ver el nombre de la persona que llamaba: Jane Wheeler, como si fuera algún tipo de broma cruel del destino… o de seguro se trataba de algo bastante diferente al destino. Debatió consigo misma unos instantes entre responder o no, pero al final la respuesta le pareció más que obvia; sin importar qué, realmente necesitaba hablar con Eleven en esos momentos, y quizás por eso mismo le estaba llamando.

Aceptó la llamada y colocó el teléfono a un lado de su oreja derecha, mientras con la mano contraria se agarraba un poco su adolorida cabeza.

—¿Ahora arreglas teléfonos a distancia? —murmuró en un tono demasiado serio para ser de broma.

—Estabas pensando en Carrie, ¿cierto? —Le cuestionó sin muchos rodeos la voz de su mentora al otro lado de la línea—. Cole no debió haberte dicho eso; entiendo lo que quería hacer, pero no debió haberlo hecho de esa forma. Lo lamento.

Matilda rio un poco por dentro. Ya a esas alturas, nadie se cuestionaba como Eleven sabía algo; siempre uno tenía que dar por hecho que ella podría estar viéndolo en ese mismo momento, lo cual podría ser un poco aterrador a veces.

—¿Estás bien? —Le preguntó Eleven con tono tranquilo. Matilda suspiró, e inclinó el cuerpo hacia adelante, casi como si quisiera ocultar su cabeza entre sus muslos.

—No… no estoy bien —le respondió con voz pesada—. Su madre y sus compañeros hicieron la vida de esa chica un infierno. Pero yo… yo le hice algo mucho peor, algo mucho más cruel…

Hubo un segundo de silencio, y luego Eleven se encargó de terminar su afirmación:

—Le diste esperanza.

Esperanza, eso que lograba mover a tantos, pero al final podía también hacer caer tan duro a otros. Matilda respiró con profundidad y se permitió cerrar ligeramente sus ojos, reflexiva.

—Y ahora lo estoy haciendo de nuevo con Samara…

FIN DEL CAPÍTULO 25

NOTAS DEL AUTOR:

—Al igual que con Carrie, la representación de Margaret White estará mayormente basada en la versión de la película de Carrie del 2013, con algunos aspectos de la novela original de Stephen King.

—De momento la historia de Carrie y Matilda se quedará hasta aquí para retomar en el siguiente capítulo la trama del presente. Pero descuiden, se irá revelando todo lo demás que ocurrió en aquel entonces conforme la historia progrese, en capítulos posteriores.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

4 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 25. Todo será diferente

  1. nacho

    Wing como estas? Muchas gracias por el capítulo, cada vez se vuelve más interesante la trama. Este flashback aprendí un poco más sobre que Matilda y Carry compartieron algo en común, ambas tuvieron padres que fueron incapaces de comprender a sus hijos.
    Con el material podré trabajar más con el spin off, te molesta si puedo escribir como Matilda conoció a Rita Desjardin o Sue Snell????

    Responder
    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola Nacho! 🙂 Como tú quieras estará bien, no tocaremos de nuevo el tema de Carrie (directamente en flashbacks) hasta algunos capítulos después, así que siéntete con libertad de manejarlo como mejor se te acomode. ¡Nos vemos!

      Responder
  2. Anabel

    Bueno, debo decirte que estoy muy apenada contigo. He tratado de comprar paypal para hacerte un aporte desde hace meses. Y nunca me alcanza lo suficiente. Cada vez es más ridículamente difícil (vivo en Venezuela) y de verdad me siento muy mal cuando leo alguna actualización y recuerdo que no te he «invitado un café». Una completa vergüenza. Me siento como si estuviera en el cine viendo mi película favorita gratis. Lo que no debe ser, además ustedes se ayudan mucho con esos ingresos y si esto no les da pues me da una pena terrible que decidas dejar el fanfic. De verdad no es algo de falta de consideración (creo que soy de las que más comenta y siempre comparto en facebook tus actualizaciones) es algo económico vivo en un país donde se ganan alrededor de 2$ al mes y aunque este no es mi caso, sí que me cuesta comprar, porque siempre debe ser en el mercafo negro (incluso el electrónico como paypal).

    De corazón muchas gracias por escribir. Ustedes quien escriben con tanto talento y dedicación prácticamente a cambio de nada se merecen mil cien premios de literatura en comparación con gente que gratis no te da ni el agua.

    Un abrazo! Y me declaro la mayor fan de esta historia 😉

    Responder
    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola Anabel!, muchas por pasarte de nuevo por mi historia, y no digas eso 🙂 No te preocupes por nada, tú sigue leyendo con confianza que tus comentarios y tu apoyo es suficiente aporte para mí. El tema de las donaciones y de la publicidad comenzó como un intento de autopagar esta página (y las otras), pero no te aflijas, nunca sería un determinante en dejar o no de escribir estas historias que tanto adoro escribir. Realmente aprecio que tengas ese tipo de consideración hacia mí considerando la situación de tu país y demás, pero no dejes que eso sea un tema que te preocupe. Mientras siga habiendo gente que me lea, seguiré escribiendo.

      ¡Un abrazo!, y qué estés muy bien.

      Responder

Deja un comentario