Fanfic Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 24. Carrie White

27 de septiembre del 2018

Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 24. Carrie White


Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 24.
Carrie White

Matilda no podía creer lo que acababa de ocurrir en aquella cafetería. Caminó apresurada por los pasillos silenciosos del hospital, con sus tacones resonando sobre el linóleo pues todo se encontraba bastante callado. Caminaba firme y decidida por fuera, pero por dentro… sentía como si estuviera huyendo. Había empujado a ese hombre varios metros hacia aquella mesa sin contenerse; ¿cómo es que eso ocurrió? Ya habían pasado años, muchos años, desde la última vez que perdió el control de sus poderes de esa forma. O… ¿acaso no había perdido el control en realidad? ¿Acaso lo había hecho conscientemente porque lo deseaba?

No sabía cuál de las dos posibilidades la asustaba más, y esa idea hizo que la cabeza le diera vueltas.

Estaba cansada, estresada y preocupada; era eso, de seguro. Su humor estaba por los suelos como para que viniera un completo extraño a picarle sus botones, especialmente el botón llamado Carrie White.

¿Por qué últimamente todo el mundo se la recordaba?, como si se tratase de algún tipo de complot. Primero Eleven, luego Samara, Cody, y ahora este policía salido de la nada. Todos hablándole de ella, todos recriminándole de alguna u otra forma, todos presionando y presionando con eso hasta llevarla al límite de su paciencia.

¿No había pasado ya por demasiado ese día como para que vinieran a seguir ahora con eso? ¿No tenía ya demasiado en qué preocuparse con Samara, Lily Sullivan y esa tal Leena Klammer? Pero nadie pensaría en eso para nada. Sólo sería una histérica que sobe reaccionaba a todo, y quien había dado el primer golpe sin detenerse a considerar las consecuencias. Si Eleven no había hecho todo lo que tenía en sus manos para quitarla del caso, de seguro ahora sí se las arreglaría.

Salió al patio, casi azotando las puertas. Era el mismo espacio al que había salido hace un tiempo con Samara a ver el amanecer. No se había dirigido ahí por ningún motivo en especial, salvo la necesidad de tomar algo de aire y despejarse. Ya estaba anocheciendo y los faroles de luz blanca estaban encendidos, aunque dejaban igualmente una parte considerable en relativa oscuridad. Caminó hacia una de las bancas, que le daba la espalda a la puerta, y se allanó en ella. Recargó su cabeza hacia atrás, y comenzó a respirar lentamente, intentando normalizar su estado… pero no funcionó. Inevitablemente se le vino a la mente que había sido ahí mismo en donde Samara le había hecho aquella inesperada pregunta.

“¿Quién es Carrie?”

 Se inclinó hacia al frente, sosteniendo su celular apagado entre sus manos, y pegando sus mentón contra él. No sabía ni porqué lo había tomado si de todas formas estaba averiado; un simple reflejo, suponía.

“¿Y lo lograste? ¿Pudiste ayudarla?”

“Hice mi mejor intento”

“Pero fallaste. Fallaste, ¿verdad? No pudiste ayudarla. ¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

Sus dedos se apretaron con más fuerza alrededor del teléfono. Apoyó ahora su frente contra sus manos y cerró con fuerza los ojos, intentando contener las ganas de llorar. Sí, falló, falló como nunca. Matilda Honey, la chica perfecta, la favorita de Eleven, la que lo sabía todo y lo podía hacer todo, le falló a Carrie White…

****

Un poco después de haber terminado su Doctorado en Yale (el mismo Doctorado en el que su camino se cruzó con el de Doug Ames), Matilda volvió a California con su madre por un par de años. Su residencia en dicho sitio, sin embargo, era más que nada simbólica pues fue en ese momento, con sus estudios superiores terminados, cuando comenzó a ayudar más activamente en la Fundación Eleven. Debido a ello, durante esos dos años estuvo viajando bastante a diferentes puntos del país, a veces pasando cortas temporadas en dichos lugares. Conoció a bastantes personas en ese trayecto, sobre todo niños y niñas que resplandecían. Antes de ello ya había conocido a otros como ella en la Fundación, entre ellos a Cody; pero fue hasta que comenzó a actuar ya no como una paciente o beneficiaria de las actividades de la organización, sino como una rueda activa del funcionamiento de ésta, que fue consciente de la cantidad de niños que había allá afuera, y de lo mucho que podía hacer por ellos.

Luego de esos dos años, tomó la decisión de mudarse por su cuenta a Boston y abrir su propio consultorio privado en dicha ciudad. La decisión no agradó del todo a su madre, pero al final la apoyó tal y como siempre lo había hecho. Pero, de todas las ciudades posibles, ¿por qué Boston? No había ningún motivo en especial que a ella se le ocurriese. Mientras estudiaba en Yale la visitó frecuentemente, pero también New York (y quizás más). Estaba relativamente más cerca que Indiana, y por lo tanto de Eleven, si algo se ofrecía, pero igualmente estaba a una distancia considerable de unos miles de kilómetros. El clima estaba bien, pero tampoco le parecía perfecto. Cada aspecto positivo que ella intentase atribuirle a la ciudad, estaba a su vez acompañado de un “pero”, no tan importante pero igualmente suficiente para no considerarla del todo su “ciudad perfecta”.

Tras lo ocurrido después, llegaría a preguntarse, incluso en aquella banca del patio del hospital cuatro años más tarde, si acaso esa decisión se había visto afectada por ese “algo” especial en ella que la había empujado a estar en el lugar y en el momento correcto… o incorrecto.

Unas semanas antes de mudarse, había hecho un primer viaje para elegir un departamento y un lugar para su consultorio. El primero había sido sencillo de elegir, pues realmente no era demasiado quisquillosa con dónde vivir; con que fuera limpio y seguro, y tuviera espacio para todos sus libros, lo demás vendría solo. Elegir un consultorio había sido un reto más interesante, pues realmente quería encontrar un sitio que no sólo le resultara agradable a ella, sino a sus pacientes potenciales. El quinto sitio que visitó fue el elegido al final, ubicado en el octavo piso de un edificio de oficinas. Tenía el espacio correcto, la ubicación correcta, y una hermosa vista de la ciudad. Tenía su toque de elegancia, sin ser presuntuoso. Pensó que funcionaría, y al menos hasta el momento lo había hecho.

Básicamente se componía de una sala de espera, su oficina en la que recibiría a los pacientes, y dos baños (uno en la sala y otro más en la oficina para su uso personal). Aun así, tardó dos semanas en poder amueblarlo, pintarlo y acondicionarlo a sus gustos, al mismo tiempo que hacía lo mismo con su nuevo departamento. Aún después de esas dos semanas, seguía ajustándole cosas, como la instalación de su computadora de escritorio, la conexión a internet, el teléfono fijo, etc. Era justo eso con lo que lidiaba aquella tarde.

—No se necesita contratar un técnico para todo —murmuraba la Psiquiatra con tono optimista, estando prácticamente oculta debajo de su nuevo escritorio de caoba de apariencia un poco rustica, intentando pasar los cables de conexión hacia la parte superior—. Especialmente para algo tan básico como conectar cables.



—No es vergonzoso pedirles ayuda a las personas, Matilda —le respondió casi como un regaño la voz de Jennifer Honey, que surgía desde su celular en altavoz colocado en el suelo a su lado—. Especialmente cuando se trata de algo de lo que no sabes mucho. Hasta tú tienes que tener temas que no dominas por completo.

—Lo sé, lo sé, y no se trata de eso —masculló mientras batallaba para pasar el cable de video por el agujero del escritorio, para poder conectar su computadora a una pantalla plana que iba a montar en la pared—. Es sólo que quiero que todo esté justo y como me lo imagino. Si lo hago mal, será mi culpa, ¿no?

No lo decía sólo por su consultorio, sino también por toda esa nueva vida que estaba comenzando. Aunque había pasado largo tiempo viviendo sola mientras estudiaba, eso era algo diferente. Ahora ya no era estudiante, sino toda una adulta que tenía que sostenerse con sus propios pies de ahí en adelante. Quizás exageraba, pero su forma de ser así le dictaba actuar.

—Debería de estar ahí ayudándote a instalarte —comentó Jennifer con algo de pesar en su voz—. Podría tomarme unos días libres e ir para allá.

—No te preocupes, todo está bajo control y ya casi terminó. Mejor ven cuando ya esté todo listo y así te tomas unos verdaderos días libres para variar.

—¿Fue eso un reproche? —Soltó la Señorita Honey con tono molesto, aunque irónico—. Pues tú también podrías tomarte unos de vez en cuando, ¿sabes?

Touché… parece que en algún momento de nuestras vidas ambas nos volvimos alérgicas a las vacaciones… ¡listo! —Exclamó triunfante cuando al fin logró pasar el cable. Ahora sólo faltaba conectarlo… y claro, montar la dichosa pantalla.

—¿Hola? —Escuchó en ese momento que una voz nueva murmuraba, un tanto distante, posiblemente desde la puerta misma del consultorio a la que aún no le había mandado colocar su nombre, aunque ya estaba en proceso de ello—. ¿Buenas… tardes…?

Matilda se puso en alerta ante la repentina presencia.

—¡Un minuto!, ¡enseguida voy! —Exclamó con fuerza para que la escuchara, y luego se giró un segundo a su teléfono—. Tengo que colgar, quizás me traen alguno de los muebles que ordené.

—De acuerdo, márcame si ocurre cualquier cosa. Y si no ocurre también.

—Sí, ya sabes que sí —murmuró algo divertida antes de cortar la llamada. Evidentemente tendría que pasar un buen tiempo por esta faceta de asimilación por parte de su madre adoptiva. Luego de pasar separadas tanto tiempo mientras estudiaba en Yale, hubiera esperado que esto lo tomara con mucha más naturalidad.

Se sorprendió a sí misma tan inmiscuida en dichos pensamientos que al alzarse para salir de debajo del escritorio, terminó golpeándose la frente con la orilla de éste. Fue un golpe leve, pero el suficientemente para hacer que cayera de sentón de nuevo al suelo, y soltara una sonora exclamación de dolor. Llevó su mano derecha al punto exacto del golpe. Aparentemente no sangraba ni nada así, pero había quedado adolorida.

—Disculpe… ¿Está bien? —Escuchó que la misma voz de hace unos minutos murmuraba con preocupación, ahora más cerca, posiblemente ya en la puerta en su oficina que se encontraba abierta.

—Sí, claro —murmuró jovial, quitando cualquier rastro de dolor que pudiera reducirla. Salió a gatas de debajo del escritorio, y rápidamente se incorporó derecha, y con sus manos se acomodó y sacudió como pudo su cabello y sus ropas. Se giró entonces hacia su visitante, con una sonrisa afable y amistosa, esperando que no tuviera en esos momentos algún chichón en la frente que la delatara—. Discúlpame, apenas me estoy instalando y todo es aún un desastre. Pero pasa, adelante.

Al mirar con más detenimiento a la persona parada en su puerta, descartó casi por completo que se tratase de algún tipo de entrega. Era en realidad una jovencita, de quizás dieciséis o diecisiete años, de cabellos rubios rojizos, rizados y de apariencia desalineada, incluso un poco sucia como si no se hubiera lavado en algunos días. Pese a esto, su rostro en general era de rasgos finos, muy hermosos, afilado, con unos profundos ojos verde azulado, aunque algo apagados, y unos labios bastante notables. No tenía ni un gramo de maquillaje encima, eso lo pudo notar desde su posición, pero aun así poseía una singular belleza natural, pese algunas escasas marcas de acné que se asomaban, sobre todo en su frente. Su complexión era delgada, o al menos eso le parecía. Usaba un vestido largo color verde, sin ningún tipo de estampado en él, y que le cubría desde la base del cuello hasta un poco por encima de los tobillos. Encima de sus hombros, y cubriendo sus brazos, traía un suéter grueso color azul, posiblemente de lana; le pareció demasiado, pues ya no estaban en invierno. Colgando de su hombro derecho traía una mochila verde de apariencia un poco rustica, y de su cuello se asomaba un crucifijo metálico y sencillo, que era quizás el único accesorio que traía.

Su postura era algo insegura, desde su mirada cohibida hasta como se paraba. Sus manos se aferraban al tirante de su mochila, apretando sus dedos entorno a éste de forma nerviosa. Cuando Matilda le indicó que pasara, dio un par de pasos temerosos al interior de la oficina, con su mirada agachada.

—Lo lamento… ¿Es usted la Dra. Matilda Honey? —preguntó despacio, sin mirarla directamente; parecía estar mirando más bien hacia el escritorio o algún punto entre éste y la psiquiatra.

Matilda sonrió, pero sin exagerar, y le respondió con el tono más suave que pudo; era obvio que necesitaba sentirse en confianza de alguna manera.

—La misma —murmuró mientras rodeaba el escritorio.

En ese momento, la muchacha se atrevió a mirarla directamente por unos segundos, y por ese pequeño instante su timidez fue opacada por un gran asombro.

—¡Increíble! —exclamó de golpe con un poco más de fuerza, pero de inmediato se llevó sus delgados dedos a sus labios, como si se sintiera avergonzada de su acto—. Lo siento, es que… se ve tan joven.

—Lo oigo seguido —respondió Matilda con tranquilidad, encogiéndose de hombros—. Sólo dame un segundo y estoy contigo.

Matilda se giró hacia el escritorio, intentando recolectar todo lo que no debería de estar ahí para guardarlo en los cajones. La chica la miraba aún frente a la puerta, y entonces se atrevió a dar unos pasos más.

—Yo… la puerta estaba abierta… —balbuceó despacio—, No sé si podía… entrar…

—No, no, descuida —le respondió Matilda apresurada, agitando su mano derecha en forma despreocupada mientras seguía acomodando—. Como te dije, apenas me estoy instalando, y ni siquiera he contratado todavía a una asistente para que atienda la puerta.

Tomó entonces todo lo que pudo, volvió a la parte de atrás del escritorio, y guardó todo en el primer cajón de la derecha. Ahora sí se veía todo un poco más ordenado, para variar. Apoyó sus manos sobre el escritorio y miró de nuevo a su visitante sin apagar su sonrisa.



—¿En qué puedo servirte?

La jovencita tuvo un pequeño respingo al oír esa pregunta, y le pareció notar como si la sangre se le hubiera subido de golpe a la cabeza pues su rostro se puso notablemente rojo en ese momento. Desvió su mirada hacia otro punto no específico y sus dedos se siguieron moviendo discretos por el tirante de su mochila.

—Yo… no sé… si quizás esto fue correcto. Quizás me equivoqué en… —Al desviar su mirada en alguna otra dirección posible, ésta terminó encontrándose con la enorme ventana de su derecha, que daba hacia la vista de la ciudad—. ¡Cielos! ¡Qué hermosa vista!

De nuevo sus nervios se desaparecieron, sólo por unos instantes, y sus pies se movieron por sí solos hacia la ventana. Desde ella se podían ver otros edificios y calles, así como vehículos que se apreciaban lejanos.

—¿Verdad que sí? —Exclamó Matilda con cierto orgullo—. Fue uno de los motivos por los que elegí este sitio.

La jovencita parecía ir con toda la intención de incluso pegar su rostro contra el vidrio, pero se detuvo a medio metro de distancia, como si se obligara a sí misma a detenerse, e incluso después retrocedió un paso, avergonzada. Aun así, sus ojos siguieron mirando discretamente hacia el exterior.

—Nunca había visto una ciudad con edificios tan enormes —murmuró muy despacio, como si fuera un pensamiento que fugazmente se escapó de su cabeza.

Matilda la miró con curiosidad, sentada contra la orilla de su escritorio.

—¿No eres de aquí?

—No, yo… soy de Chamberlain, en Maine.

—¿Chamberlain? —espetó Matilda, entrecerrando sus ojos en un gesto reflexivo mientras intentaba descubrir en la biblioteca de su memoria alguna referencia a una ciudad con ese nombre… pero dicha consulta no le daba ningún resultado.

—Si no lo conoce, es normal —señaló la joven, girándose de nuevo hacia ella. Cruzó sus brazos sobre su torso como gesto protector—. No hay… nada interesante allá. Creo que es un pueblo bastante aburrido.

Quizás eso pensaba ella, pero en su experiencia viajando por el país había descubierto que cada pueblo, por más aburrido que sea, tiene algo que lo hace especial. Luego de terminar esa plática, lo primeo que haría sería buscar dicho nombre en internet.

—¿Y es tu primera vez en Boston? —le preguntó con genuino interés.

La joven rubia sonrió divertida, enseñando un poco sus dientes blancos.

—Es la primera vez que dejó Chamberlain, en realidad. Nunca había hecho nada parecido a esto antes. Faltar a clases, tomar un autobús yo sola, viajar a otra ciudad… Es… emocionante… —Su rostro se iluminó ligeramente, yendo acorde con sus palabras, y esa sonrisa modesta se ensanchó como síntoma de esto. Sin embargo, esto duró muy poco, pues casi de inmediato volvió a tomar un gesto un tanto sombrío y melancólico; el abrazo que realizaba sobre sí misma, se volvió también más apremiante—. Pero también aterrador. Si mi madre se enterara, de seguro enloquecería. No sé qué le voy a decir si lo descubre… Dicen que no mentirás y honrarás a tus padres, pero a veces pareciera que no te quedara otra opción.

Matilda inclinó su cabeza hacia un lado, analizando de manera rápida todo lo que acababa de decir; en conjunto, daba bastantes piezas de información sobre la misteriosa chica que tenía ante ella, algunas bastante importantes.

—¿Eres creyente?

—Sí, supongo que sí —le respondió la chica, aunque no la notó muy segura de su respuesta.

—¿Cómo te llamas?

Se sobresaltó en ese momento, casi asustada, como si acabara de darse cuenta de un grave error.

—Sí, lo siento —suspiró apenada, y de nuevo su rostro se enrojeció—. Carrie… Carrie White.

Matilda sonrió. En aquel entonces le pareció un buen progreso. Ignoraba, sin embargo, que sería un nombre que no olvidaría fácilmente, incluso cuatro años después.

—¿Gustas tomar asiento? —le ofreció gentilmente, extendiendo su mano hacia una de las sillas delante de su escritorio. Ella asintió con su cabeza, y se dirigió con paso apresurado hacia dicha silla, sin voltearla a ver. Colocó su mochila en el suelo a un lado, y se sentó con su espalda recta, sin tocar el respaldo. Matilda tomó asiento en la otra silla, pero la giró para que quedaran ambas frente a frente—. ¿Qué puedo hacer por ti, Carrie?

La joven apretó un poco sus labios, y miró distraídamente hacia el escritorio.

—No sé… cómo explicarlo.

—No te preocupes, relájate. ¿Quieres un poco agua?

—No, estoy bien.

—¿Por qué no comenzamos con algo sencillo? ¿Cómo me encontraste?

—Yo… estuve investigando… mucho, en las computadoras de la biblioteca. —Hubo un sentimiento extraño en su voz al mencionar las computadoras. Era una expresión de extrañeza o lejanía, como si estuviera hablando de alguna comida extraña de un país que nunca había visitado, o intentara describir un animal que nunca había visto—. Y entre lo que leí, surgió su nombre y el de la Fundación a la que pertenece… Eleven, como el número, ¿verdad?

—Así es —respondió Matilda con seguridad por fuera, aunque por dentro intentaba identificar en cuales sitios podría ya estar dada de alta la dirección de ese consultorio como para ser arrojada en una búsqueda. Se preguntó también si eso había sido obra de Eleven, o de alguien más dentro de la Fundación—. ¿Qué investigabas exactamente?

Carrie se volvió a abrazar a sí misma, y se esforzó más de la cuenta para poder alzar su mirada hacia ella, aunque no directamente a su rostro.

—Desde… hace un par de semanas, me ha estado pasando algo. Leí muchos libros, e información en la computadora al respecto, y encontré que ustedes, bueno… usted… ha ayudado a otros niños con algo parecido. Y sé que no soy una niña, pero cuando leí que tenía un consultorio aquí en Boston, pensé que quizás… usted podría…

Sus palabras se cortaron; pareció incapaz de terminar dicha frase, pero no fue necesario.

—Entiendo totalmente, tranquila —musitó la psiquiatra, inclinando un poco su cuerpo hacia el frente—. Y no te preocupes. Aunque mi especialidad es la Psicología Infantil, estoy aquí para ayudar a cualquier persona que requiera mi ayuda. ¿Qué es lo que te ha estado pasando? —Se notó bastante aprensión en la mirada de la chica ante la idea de responderle—. Te aseguro que todo lo que me digas, se quedará conmigo. —Su afirmación no pareció mejorar mucho su estado—. ¿Te sería más sencillo demostrármelo?

 Carrie caviló unos momentos. Giró su mirada lentamente hacia su izquierda, en dirección al escritorio. Matilda había guardado varias de las cosas que ahí se encontraban hace un momento, pero aún había sobre éste unos papeles y un vaso ya vacío de Starbucks. Enfocó su mirada fijamente en el vaso de cartón, muy fijamente. Tras un par de segundos, dicho vaso comenzó a deslizarse por la superficie del escritorio. Como a la mitad del trayecto, se elevó unos centímetros, flotando en línea recta, directo hacia ella. Carrie extendió su mano, y el vaso se colocó por sí solo en ella.



Volteó entonces a ver a Matilda. Ésta había contemplado en silencio todo aquel acto, con suma… tranquilidad; tanta que desconcertó un poco a la joven.

—Impresionante —murmuró la psiquiatra, tranquila.

—No parece sorprendida. ¿Realmente había visto a alguien más hacer esto antes?

—Se podría decir que sí —le respondió, intentando no sonar sarcástica por accidente—. ¿Qué tanto más puedes hacer?

Un rastro más tangible de confianza se hizo presente en el rostro de Carrie. Se viró de nuevo al escritorio, pero ahora su atención se centró justo en el mueble y no en lo que había sobre él. El escritorio se tambaleó unos milímetros a un lado, luego la misma distancia hacia el otro, y entonces empezó a elevarse en línea recta, lentamente hacia el techo, hasta quedar a unos centímetros de él y ahí quedarse, quieto y estable. Carrie lo observaba desde su asiento con orgullo.

—Muy bien, ya puedes bajarlo —señaló Matilda, aún apacible. Carrie obedeció, y el escritorio volvió a bajar con cuidado hasta quedar en su posición original a lado de ambas.

—Creo que puedo hacer más —comentó la joven rubia—. Siento que puedo hacer más. Pero tengo miedo de… pasarme.

—Te entiendo totalmente —asintió Matilda. Se sentó derecha en su silla, y cruzó sus piernas—. ¿Qué edad tienes, Carrie?

—Diecisiete. Cumpliré dieciocho en septiembre.

—¿Estás por graduarte? —Carrie asintió tímidamente con su cabeza—. Bien por ti. ¿Dices qué te comenzó a pasar hace unas semanas?

—Sí.

—¿No habías visto ninguna señal o te había ocurrido algo similar anteriormente?

—No que yo recuerde. Escuché en una ocasión a alguien comentar de una lluvia de piedras que cayó sobre mi casa cuando era niña.

—¿Lluvia de piedras? —Masculló Matilda, algo intrigada.

—Yo no recuerdo nada de eso. Pensé en preguntarle a mi madre, pero… —sus labios se apretaron de nuevo un poco, y se contrajo en sí misma—. Preferí mejor no hacerlo… No sé realmente si eso tuvo algo que ver conmigo. Pero realmente antes de esto, todo en mi vida había sido bastante… normal.

Matilda meditó un poco sobre ese relato. ¿Lluvia de piedras?, no era algo de lo que hubiera oído antes. Tendría que preguntar en la Fundación para ver si alguien podía darle una razón de eso. Mientras tanto, prosiguió con sus preguntas.

—Cuando comenzó, ¿te ocurrió algo en especial? ¿Algo específico que te ocurriera justo al mismo tiempo que esto comenzó? —Carrie meditó un poco en ello, pero tras unos segundos una mezcla de diferentes sentimientos surgió de ella al mismo tiempo; los más notables eran la vergüenza… y la ira—. No debes sentirte avergonzada. Tuviste tu primer periodo, ¿cierto?

Los ojos de Carrie se abrieron con asombro, y sus mejillas volvieron a enrojecerse.

—¿Cómo lo supo? ¿Eso… tuvo que ver?

—Es probable. ¿Te alimentas bien?

—Eso creo…

—¿Estás segura?

—Sí, ¿por qué?

—Sólo intento descartar factores. Que tu primer periodo se haya atrasado tanto tiempo, puede deberse a problemas con tu dieta. Pero, en este caso particular, tras lo que me has mostrado, me inclino más a decir que puede ser síntoma de un desequilibrio hormonal.

—¿Eso es grave? —exclamó Carrie, visiblemente preocupada.

—A larga puede traerte algunos problemas, pero es totalmente tratable. Dependiendo del grado, podría solucionarse sólo modificando tu dieta o hábitos de ejercicio, o quizás requerir de medicamentos. Lo mejor sería que hablaras con tu ginecólogo al respecto. Y si aún no visitas a uno, te recomendaría que empezaras a hacerlo regularmente.

—¿Gine…? —Carrie se tensó gravemente—. No, no, mi madre nunca lo permitiría. Ella no cree mucho en los doctores. Pero… si tomo esos medicamentos, ¿esto… desaparecerá?

Matilda se dio cuenta de que esa idea le había provocado una gran preocupación a la chica, y no pudo evitar sonreír por dentro. Para algunos resultaría extraño, pero incluso en los peores momentos en los que sus habilidades se salían de control, Matilda nunca deseó de forma consciente que éstas desaparecieran. Era casi como querer sacarse un ojo…

—No, no lo hará —le respondió con tono animado—. Quizás no me expliqué bien, pero escucha. Si lo que pienso es cierto, y lo que me has dicho hasta ahora pareciera indicar que sí, la verdad es que has tenido estas habilidades todo este tiempo. Normalmente surgen a una edad temprana, pero en tu caso se han mantenido dormidas y latentes todos estos años, debido a la composición especial de la química de tu cerebro y tus niveles hormonales. Con la llegada de tu primer periodo, ahora han despertado y siempre estarán ahí, porque son parte de ti, parte de quién eres. Esto que tienes, es algo muy especial y único. Es un don, Carrie, un don hermoso.

La chica la miró maravillada por todo lo que le decía. Una sincera y amplia sonrisa de felicidad, aunque más de alivio, se dibujó en sus labios rosados.

—¿De verdad? —suspiró desahogada—. Tenía tanto miedo de que esto fuera algo maligno, pero cuando lo uso… me siento como liberada, ¿sabe?

“Más de lo que crees”, pensó Matilda para sí misma.

—No hay nada maligno en ti, Carrie. Y fue muy acertado de tu parte buscar ayuda. Puedo ayudarte a comprender mejor esta habilidad, y a controlarla. Podrás tener una vida completamente normal, y hasta podrás disfrutar y ser feliz con tu don. Si me lo permites.

—Yo… —Carrie titubeó insegura. Miró de nuevo por encima de Matilda hacia las ventanas, y luego echó un vistazo rápido a su pequeño reloj de muñeca, nada ostentoso y de hecho bastante sencillo—. Oh, Dios. Ya es muy tarde —exclamó preocupada, y rápidamente se puso de pie y se acomodó su mochila al hombro—. Tengo que tomar el autobús de regreso y llegar antes de que sea hora de salida. Si no estoy en casa a las tres, mi madre… Oh Dios.

Aparentemente sentía bastante aprensión hacia su madre. Normalmente no sería algo muy raro viniendo de una joven adolescente, per en su caso parecía algo incluso más intenso. Si tuviera que hacer un primer diagnóstico, diría que probablemente pertenece a una familia con fuertes valores religiosos, con padres estrictos y severos que no le daban mucha apertura a su expresión individual. Bajó ese escenario, descubrir de pronto que era capaz de hacer cosas muy fuera de lo que la mayoría consideraría “normal”, crearía una fuerte confusión en ella que definitivamente necesitaría de guía.

—Sí, de acuerdo —le respondió, parándose también de su silla—. Pero quisiera que nos volviéramos a ver. ¿Quieres que te programe una cita más formal?

—No… yo… —sus manos se aferraron a la correa de su mochila de forma nerviosa—. No creo poder volver aquí otra vez.

—Está bien, yo puedo ir a verte si lo prefieres.

—¿A Chamberlain?

—Sí. Podría hablar también con tus padres. Es importante que ellos comprendan lo que te pasa, y que te puedan apoyar…

—¡No! —Exclamó con fuerza de pronto, casi aterrada—. A mi madre no, no. No lo entiende, si se enterara de esto… De cualquier cosa de esto… Me tengo que ir.



Caminó rápidamente, casi corriendo, hacia la salida con su cabeza agachada. Matilda no dijo nada o intentó detenerla; luego de esa reacción, era mejor que se retirara si enserio así lo deseaba. Salió de la oficina, salió del consultorio, y luego ya no la vio.

Pero no dejaría las cosas así; no podía hacerlo. En el tiempo que llevaba en la Fundación, había conocido a varios chicos necesitados, pero esta chica, a pesar de que aún no la conocía por completo, era quizás la más necesitada de todos ellos… No sabía aún porqué, pero algo la hacía sentirse así. ¿Era su Resplandor hablándole?, ¿o quizás su sola experiencia y conocimiento que le indicaba que pusiera atención en todas las señales? No importaba realmente; igualmente le haría caso.

— — — —

Lo primero que hizo en cuanto tuvo oportunidad, fue informarle a Eleven sobre su encuentro, poniendo principal énfasis en las señales singulares que había notado. Eleven estuvo de acuerdo con ella en que era un caso en el que valía la pena involucrarse, pero le recalcó que no forzara las cosas; si la chica no quería su intervención de alguna forma, no debía colocarla en una posición que la afectara de forma negativa. Matilda era consciente de eso, y normalmente no insistiría más de la cuenta. Sin embargo, con esta chica en especial sentía que valía la pena hacer el esfuerzo adicional.

Matilda solicitó permiso de usar a los rastreadores de la Fundación para buscar más información sobre Carrie; Eleven se lo concedió. La primera información le llegó por correo apenas un par de horas después de que terminó su llamada con Eleven. No era aún mucho, y de hecho resultó ser algo para lo que no ocupaban siquiera usar sus habilidades especiales para encontrarlo. El correo venía de parte de Lucy, una de las rastreadoras con la que más contacto había tenido para ese tipo de casos, aunque nunca la había viso en persona o hablado siquiera por teléfono; ni siquiera sabía si Lucy era su verdadero nombre o dónde vivía. El asunto del correo era simplemente “Carrie Whie – 1”, haciendo alusión a que era sólo el primer informe como solía enumerarlos. El texto del coreo era mucho más simple:

“Tienes que ver esto”

Seguido de una liga hacia un video. Esto desconcertó a Matilda, y sin dudarlo entro a la liga para verlo.

No estaría segura después si hubiera preferido mejor no haberlo hecho…

Al inicio el video era confuso. Aparentemente todo ocurría en algún tipo de vestidores, de escuela o gimnasio. Se escuchaban varias voces gritando en coro: “¡que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”. Y entre todo el ajetreo de pieles y toallas, se distinguió la figura de una persona, desnuda, tirada en el suelo de azulejo de baño, encogida en sí misma en sollozos. Estaba rodeada de personas, y éstas le arrojaban objetos blancos mientras seguían repitiendo: “¡qué lo tape!, ¡qué lo tape”

—Santo cielo —exclamó horrorizada. Regresó un poco el video, y lo detuvo justo para enfocar a la persona en el suelo. Lo dudó al principio, pero luego no le cupo duda: era ella, era Carrie White. También pudo ver con más claridad lo que las otras chicas le arrojaban: tampones y toallas intimas.

Matilda sintió un revoltijo en su estómago. Se obligó a ver el video varias veces con el fin de comprender la situación. Esos debían de ser los vestidores de su escuela, y por lo tanto las chicas a su alrededor serían sus compañeras de clase. Sólo podía suponer, pero considerando lo que le gritaban y lo que le arrojaban, sumado a lo que la misma Carrie le había dicho sobre el retraso de su periodo… ¿acaso le había llegado por primera vez ahí en las regaderas? ¿Y sus amigas se habían burlado de ella, le habían gritado y tirado tampones encima mientras lloraba en el piso? Y encima de todo, ¿lo habían grabado y subido a internet?

La cólera se apoderaba poco a poco de ella, por más que quisiera evitarlo. No debía de tomar esos casos como algo personal, era casi la primera regla del manual. Pero le era difícil no hacerlo. Le era difícil ver ese video y no recordar a aquella niña de trece años, siendo molestada, acosada y maltratada por sus compañeros de escuela, sólo por ser un poco… diferente

Lucy le pasaría más información al día siguiente (“Carrie White – 2”). Le confirmaría en gran parte lo que sus suposiciones al ver el video le dijeron, pero agregaría además algo que no hubiera predicho de su entrevista con Carrie: ella no sabía nada de la regla antes de aquel incidente, o al menos eso era lo que algunas personas decían. Matilda se quedó pasmada al leer eso. ¿Cómo podría ser posible? ¿Su madre no le habló al respecto?, ¿no le habían dicho en clases? Quizás era en efecto sólo un rumor.

Adicional a ello, aparentemente su padre había muerto antes de que naciera en un trágico accidente de trabajo. Su madre, Margaret White, la había criado sola, y durante sus primeros años no la había dejado ir a la escuela y la educaba en casa, hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto. Sus calificaciones eran bastante promedio, e incluso bajas en algunas materias. No pertenecía a ningún club o actividad extracurricular, ningún trabajo de medio tiempo, ni algún novio o amigo conocido. Toda su vida pública parecía reducirse a ir a la escuela y volver a su casa. El video y el incidente detrás de él parecía ser lo más sobresaliente con respecto a la vida de Carrie; fuera de ello, no parecía haber casi nada que decir sobre ella.

Matilda sintió bastante pesar y pena. ¿Qué clase de vida llevaba esa chica en realidad?

Lo último en el correo de Lucy era la dirección actual en la que Carrie vivía con madre, en Chamberlain, Maine; no había ningún teléfono de casa o celular, ni ningún correo electrónico. Lucy Prometió informarle más si encontraba algo, pero igualmente le advirtió que no creía que hubiera mucho más que decir al respecto. Pero no importaba; de momento era suficiente para actuar.

FIN DEL CAPÍTULO 24

NOTAS DEL AUTOR:

—La representación de Carrie White mostrada en este capítulo está mayormente basada en la versión de la película de Carrie del 2013, en lo que respecta a su apariencia física y en algunos aspectos de su personalidad. Sin embargo, igualmente se tomará en cuenta algunas características del personaje, su personalidad, su apariencia y su historia que sólo se vieron en la novela original de Stephen King. Los acontecimientos ocurridos en este flashback, y en el de los capítulos siguientes, se encontrarán también muy basados en la película del 2013 (principalmente para colocar los hechos en una época más reciente), pero en general será manejado como un Universo Alterno, en dónde las cosas no ocurrirán con exactitud como en alguna de las versiones antes conocidas, similar quizás a como se ha manejado la historia de Samara o Damien. Esto quedará más claro en los próximos capítulos.

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Resplandor entre Tinieblas La Dra. Matilda Honey ha dedicado toda su vida a ayudar a los niños, especialmente a aquellos con el «Resplandor», niños con habilidades especiales como ella misma lo fue. Desde hace muchos años, ha ayudado activamente en la Fundación Eleven, una organización dedicada a apoyar a este tipo de niños. Siguiendo esta misión, es llamada al Hospital Psiquiátrico de Eola, para entrevistar a una niña de doce años llamada Samara Morgan, quien presenta enormes habilidades psíquicas, que parecen salirse de los patrones normales que hubieran visto antes. Todos los que tienen algún contacto con ella, dicen que hay algo extraño detrás de sus habilidades, algo que sólo pueden describir como «maligno».

Pero Matilda no cree en el mal, y está decida a ayudar a Samara, así como alguien la ayudó a ella en su juventud. Pero se dará cuenta más temprano que tarde que el mal es de hecho bastante real, y que se ha metido en algo que está más allá de lo que puede entender…

+ «Matilda» © Jersey Films, Danny DeVito, Roald Dahl.

+ «The Ring» © DreamWorks Pictures, Gore Verbinski, Koji Suzuki.

+ «The Shining» © Warner Bros., Stanley Kubrick, Stephen King.

+ «Stranger Things» © Netflix, Matt Duffer y Ross Duffer.

+ «Before I Wake» © Intrepid Pictures, Mike Flanagan y Jeff Howard.

+ «Orphan» © Dark Castle Entertainment, Jaume Collet-Serra, David Leslie Johnson.

+ «The Omen» © 20th Century Fox, Richard Donner, David Seltzer.

+ «The Sixth Sense» © Hollywood Pictures, Buena Vista Pictures Distribution, M. Night Shyamalan.

+ «Case 39» © Paramount Vantage, Paramount Pictures, Christian Alvart.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

4 pensamientos en “Resplandor entre Tinieblas – Capítulo 24. Carrie White

  1. Anabel Cuervo

    Ayy aquí estoy otra vez! Tuve que leerlo todo de nuevo para asegurarme de no perderme nada y sigue siendo tan rica y perfecta como siempre esta historia! Que bueno que tengo material de lectura para rato porque aquí fue donde me quedé! Gracias por escribir esta joya!

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    1. WingzemonX Autor

      Hola Anabel, qué bueno verte de nuevo, y gracias por seguir interesada en la historia. Espero te agradé como sigue todo de aquí en adelante 🙂 Muchas gracias por tus comentarios, enserio me haces sentir muy feliz. Gracias a ti por leerla.

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  2. ignacio rodriguez piceda

    Qué hay de nuevo Wing? Me gusto mucho que hayas empezado relatar como Matilda conoció a Carrie. Me acuerdo lo de la Lluvia de Piedras de la novela que solo se mostró en el remake de 2002 no? Me gusta estos flachbacks que estas haciendo, tambien me ayuda con el spin-off y en especial con el personaje de Rita desjardin antes de convertirse en la Agente Collins. También el tema del Universo Alterno crossover puede estar involucrado la Torre Oscura…
    PREGUNTAS:
    Continúa el Flchback en el siguente capitulo?
    Estará involucrado temas religiosos y buling?
    Saludos de
    Nacho

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    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola Nacho!, gracias por tu comentario como siempre 🙂 Para Carrie me estoy basando principalmente en la película del 2013, pero estoy tomando cosillas de las otras películas, y sobre todo de la novela. Espero todo esto te inspire lo suficiente. Sobre lo que preguntas, sí el Flashback durará todavía un capítulo más, y veremos un poco más de la vida de Carrie. Más adelante en capítulos posteriores veremos más información, incluido lo que pasó en este línea la Noche del Baile Negro.

      ¡Nos vemos!

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