Fanfic El Tigre y el Dragón – Capítulo 26. La Profecía

6 de agosto del 2017

El Tigre y el Dragón - Capítulo 26. La Profecía


Rurouni Kenshin
El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 26
La Profecía

Kyoto, Japón
26 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

El estudio ubicado en el final de aquella gran mansión, se encontraba casi a oscuras. Las cortinas estaban cerradas, y sólo unas cuantas velas alumbraban el área alrededor del escritorio. El hombre sentado en la silla tras el escritorio, usaba un uniforme de oficial de policía color negro, con detalles en rojo y dorado; sin embargo, distaba de ser el de un oficial cualquiera. Era un hombre de cabello café oscuro, corto, con algunas canas en sus costados. Tenía ojos pequeños, nariz puntiaguda, y un bigote delgado, muy bien cuidado y arreglado. Su rostro era duro, con facciones marcadas y toscas, que en ese momento reflejaban una sombría preocupación. Sobre el escritorio, había una botella de algún licor opaco, ya a la mitad, y un vaso de vidrio a medio servir. Si se tuviera que adivinar basándose en dicha imagen y en la apariencia casi demacrada del oficial, se diría que había pasado toda la noche, o al menos toda la mañana, ahí sentado y bebiendo.

Al invitado que acababa de arribar, le habían dicho que se trataba de alguien importante, que expresamente había usado varios favores que le debían para solicitar la ayuda de alguien de la Inteligencia, a sabiendas de los rumores de que varios guerreros poderosos servían en sus fuerzas para diversas operaciones secretas. Las palabras exactas de su petición habían sido: “un hábil e invencible guerrero para protección”, una petición a la cual Cho Sawagejo, el Cazador de Espadas, antiguo miembro del Juppongatana al servicio de Makoto Shishio, estuvo más que dispuesto a responder. Esos serían de hecho sus últimos días ahí en Kyoto, antes de ser enviado a Tokio para una misión especial, por lo que no le molestaba la idea de divertirse un poco antes de partir; además, claro, de que le provocaba gran curiosidad saber de qué se trataba todo eso.

Al llegar al recinto, que se encontraba a las afueras en el sur, se encontró con que éste se encontraba lleno de policías, armados y custodiando todos los alrededores y los patios; incluso habían colocado una línea de cinco ametralladoras justo en el patio, frente al portón principal de la casa. No los vio a todos, pero logró contar al menos a veinte.

Fue un poco decepcionante para él enterarse que ese “alguien importante” a quien habían enviado a proteger, resultó ser sólo un Capitán Distrital de la Policía, de esos que fácilmente podían ser remplazados con el teniente que tuviera debajo de él. Aunque debía admitir que la casa en la que se encontraban, era muchísimo más grande y lujosa de lo que uno esperaría que tuviera un Capitán. Había dos opciones: o no era su casa, o el buen capitán recibía ciertos ingresos adicionales a su sueldo, no precisamente del todo públicos; le apostaba más a la segunda opción. Igual no debía subestimarlo. Después de todo, a pesar de su rango, era alguien con el poder suficiente para solicitar apoyo directo a la Inteligencia Militar, y tener a tantos policías resguardando su casa, sólo para protegerlo.

Además, no estaba ahí por la persona que debía de proteger, sino por la persona de quién debía protegerlo.

El hombre en cuestión no tardó mucho en colocar frente al escritorio el motivo principal de toda su alarma para que él pudiera verlo: una carta. Pero no cualquier carta, sino una carta de amenaza. Su contenido era realmente enrevesado; mucha palabrería y discurso, para sencillamente dar a entender que alguien lo quería muerto, y que haría que así fuera ese mismo día. No sería nada fuera de lo normal para Cho, sino fuera por el símbolo al pie de la carta que firmaba el documento. Por esos días en Kyoto, era difícil no escuchar a la gente hablar de dicho símbolo. Después de todo, en esa nueva era no era tan común que murieran dos personas importantes de la comunidad, un funcionario y un empresario rico y poderoso; y en ambos casos, dicho símbolo estuvo de alguna forma involucrado.

Todo se volvió bastante claro en ese momento para él.

– Ya veo… Así que recibió la tercera carta de amenaza esta mañana, Capitán. – Comentó el hombre rubio y de cabello parado, con su marcado acento de Kansai.

– Así es. – Le respondió el hombre con un tono sombrío y apagado, con su mirada puesta en la nada; en su mano, sostenía su vaso, ya servido de nuevo para una nueva tanda. – Como puede ver, he instalado a todos mis hombres disponibles aquí en mi casa para protegerme. Pero…

– Pero necesitaban de una fuerza superior que un puñado de policías, ¿cierto? – Interrumpió el espadachín con orgullo en su voz. – Es entendible.

La situación se volvió mucho más interesante para al antiguo miembro del Jupongatana, de lo que ya era con anticipación. Había escuchado que la segunda víctima había reforzado su casa con muchos más hombres de los que había ahí afuera en esos momentos, y a todos los había dejado fuera de combate en cuestión de minutos. Muchos decían que los que estuvieron presentes, ni siquiera pudieron ver con claridad quién los atacaba.

“Era como un demonio escurriéndose entre las sombras”, habían dicho algunos, y eso no hizo más que alimentar el miedo de la gente, que ya era de por sí bastante luego del primer cuerpo encontrado en el río.

– Y dígame, ¿tiene alguna idea del porqué lo busca a usted específicamente este asesino?

El oficial pareció dudar unos momentos. Seguía mirando hacia un lado, agitando un poco su vaso con su mano derecha; los hielos en él golpeaban de vez en cuando el cristal, creando un tintineo molesto.

– No lo sé… – Respondió, aparentemente indiferente. – No debe ser por ningún motivo en especial…

– ¡Déjese de tonterías! – Exclamó Cho con fuerza, chocando sus manos contra el escritorio. – ¡Le advierto que yo tengo muy poca paciencia hacia sujetos como usted! Si se tratara de atacar simplemente a funcionarios del gobierno, la policía, el ejército, o gente con dinero, hay blancos mucho más fáciles o importantes que usted. Si sabe quién es este asesino, ¡dígamelo de una vez! Yo soy invencible; sea quien sea lo derrotaré.

Entre toda la irritabilidad de sus palabras, se asomaba una gran confianza y decisión. Sin embargo, el hombre ante él ni siquiera se mutó.

Su actitud no hacía más que evidenciar aún más que él sabía algo que no estaba diciendo. Justo cuando Cho estaba a punto de perder de nuevo la compostura y volver a exigirle respuestas, posiblemente en esta ocasión de una forma mucho más agresiva, el hombre al fin reaccionó.

– No creo que puedas hacerlo. – Soltó de pronto con un tono irónico.

– ¿Qué? ¿Qué dices?

– Que no creo que puedas derrotar a este individuo… Pero igual, supongo que vale la pena intentarlo…

Cho no sabía si sentirse sorprendido o enojado por tal afirmación.

Entonces, el oficial dejó el vaso sobre el escritorio, y se paró de su silla, la cual rechinó con fuerza en cuanto el peso del hombre se retiró. Avanzó sin mucho apuro hasta un librero a un extremo del cuarto, y tomó rápidamente un libro de la repisa de arriba. Lo hizo tan rápido, y había dedicado prácticamente nada de tiempo en buscarlo, que llegó a pensar que incluso había tomado uno al azar. Pero no era así; más bien conocía con claridad su ubicación exacta y precisa.

Se aproximó de regreso al escritorio, y dejó caer el pesado libro, grueso y de gran tamaño, sobre éste. Luego, lo abrió más o menos por la mitad, lo hojeó unas tres páginas adelante, y lo dejó ahí. Cho se asomó a ver con curiosidad las páginas, inclinando su cabeza sobre éstas; todo era texto, sin ninguna imagen. Sin embargo, las letras y el formato de las líneas, le resultó totalmente desconocido.

– ¿Qué es esto? – Exclamó, molesto. – No entiendo estos garabatos…

– Este libro fue escrito por Francisco de Javier. – Explicó de pronto en Capitán, con su mirada fría puesta en el texto extranjero delante él. – Fue un Misionero Jesuita, el primero en venir a predicar el Cristianismo a tierras Japonesas hace más de trecientos años. En él, predice la llegada de un Hijo de Dios en estas tierras, destinado a liderar a todos los cristianos hacia una nueva era de paz y felicidad, en una tierra prometida.

– ¿Cristianos? – Exclamó Cho, totalmente confundido.

¿A qué venía toda esa palabrería con el tema que estaban discutiendo?

El Capitán acercó su mano derecha al texto, y colocó su dedo índice justo debajo de una línea en específico.

– Llegará el momento de la venganza. – Comenzó a recitar, leyendo el texto, al tiempo que su dedo avanzaba por él al ritmo de su voz. A Cho le sorprendió un poco ver que podía leer dicho texto sin el menor problema. – Primero, un río se teñirá de rojo con la sangre de los pecadores. Después, la luna llena iluminará su camino, y nada lo detendrá. La tercera venganza ocurrirá cuando el día muera y abra paso a una gran oscuridad. Entonces, un Hijo de Dios aparecerá ante los infieles, y purificará a todos con su espada sagrada.

– ¿Un Hijo de Dios? – Repitió el espadachín, confundido, pero intrigado por todo lo que acababa de escuchar.

Tardó un poco en relacionarlo, pero al final pudo darse cuenta de lo que trataba de decirle: ese texto estaba haciendo referencia a los asesinados. El cadáver encontrado el río, la segunda muerte ocurrida en plena luna llena… Y ahora, él era el tercero, la tercera venganza.

Pero… ¿qué significa eso realmente?

– ¿Me está diciendo que cree que el hombre que viene tras de usted… es un Hijo de Dios? – Cuestionó incrédulo. El hombre, sin embargo, permaneció sereno.

– Claro que no. – Respondió con firmeza, y entonces cerró de golpe el libro con algo de fuerza, asustando un poco al hombre rubio. – N i siquiera creo que esto haya sido realmente escrito por Francisco de Javier. Si me lo pregunta, creo que este texto es una farsa. Pero la predicción de que aparecería un Hijo de Dios en estas tierras es muy real. Fue esta misma la que inspiró a Shiro Amakusa a proclamarse como tal, hace doscientos cuarenta años. Y ahora este individuo busca lograr lo mismo que él, tomando esta profecía, y replicándola a la perfección.

– ¿Replicándola?

Cho repasó en su cabeza lo que se le había quedado pegado de su narración. El río y la luna llena eran más que evidentes. Sin embargo, la tercera parte era algo más extraña.

– Si es así, ¿entonces qué significa eso de… cuando el día muera…?

“Cuando el día muera y abra paso a una gran oscuridad”; esas eran las condiciones que el asesino debía de cumplir. Era mucho menos directo que las otras dos, pero la mayoría de las profecías eran así después de todo: abiertas a la interpretación de quien las leyera.

El Capitán se dejó caer de nuevo en su silla, reclinándose por completo en ella. Hizo su cabeza hacia atrás, centrando su atención en el techo sobre él.

– Siendo honesto, no lo sé. – Respondió con simpleza. – Pero de alguna forma cree que puede cumplirlo, y por eso me atacará en plena luz del día. Y si acaso logra hacerlo… Entonces en verdad… será imparable…

– ¿Imparable? ¿Por qué acaso tendrá el poder de hacer algo tan extraordinario como eso?

– No. – Contestó de inmediato con seriedad. – Será imparable porqué si acaso puede convencer a las demás personas de que en efecto puede hacerlo… Entonces podrá hacer que hagan lo que sea por él…

Cho no comprendía casi nada de lo que ese raro individuo le decía. Pero no necesitaba mucho para entender lo importante: alguien realmente peligroso estaba en camino para enfrentarlo… Y eso en verdad lo emocionaba.

– – – –

En un día tan caluroso como ese, lo que menos se antojaba era sentarse frente al horno de artesanías a hacer figuras y recipientes de barro. Pero la comida no era gratis, y definitivamente el sake tampoco.

Seijuro Hiko Trece había estado toda la mañana en su labor, tomándose sólo algunos pequeños descansos para beber y comer algo. El bosque se encontraba agitado; mucho viento, y mucho ruido. Era como si la naturaleza entera se encontrara inquieta por la presencia indeseable que se estaba aproximando por el camino hacia su lugar de residencia, ahí oculto entre los árboles y las montañas.

Lo había percibido desde hace un rato, pues en verdad no parecía que estuviera interesado en esconderse de él, como bien había hecho hace sólo un par de meses atrás durante su “feliz” reencuentro. Le había dicho que si lo volvía a ver, le rompería su linda cara afeminada, pero tendría que hacer una excepción a dicha promesa. Era obvio que ninguno estaba contento de estar en esa situación, pero eran las cartas que el destino les había repartido.

– Sabía que vendrías. – Comentó con un tono burlón, parándose de su banquillo cuando ya fue el momento oportuno. – ¿Por qué tardaste tanto?

Entre los árboles, su figura se fue materializando, hasta que se volvió totalmente clara para él. Su cabello rojo, sujeto con una cola que caía sobre su espalda. Sus ojos morados, su cicatriz en forma de cruz en su mejilla; el reconocido Battousai Himura. O, para él, su estúpido e ingrato discípulo.

– Maestro Seijuro. – Saludó el pelirrojo, haciendo una apenas perceptible reverencia con su cabeza.

– Siempre trayendo contigo los problemas a mi puerta, pero ningún presente para compensarlo. – Comentó el hombre de alto fornido, con el mismo tono que antes. – ¿Te mataría traer algo de sake contigo alguna vez? ¿O algunos pastelillos?

Seijuro suspiró con resignación, y entonces empezó a avanzar hacia su cabaña, esperando que su invitado lo siguiera, y así fue.

Una vez dentro, Seijuro pareció ponerse a buscar entre los recipientes que guardaba ahí adentro, posiblemente alguno aún con algo de licor en su interior. Kenshin aguardó unos momentos en la puerta.

– Un asesino usando el Estilo Hiten Mitsurugi, suelto por las calles de Kyoto – Comentó el hombre de la capa, dándole la espalda a la puerta, y al hombre de pie en ella –; era sólo cuestión de tiempo para que aparecieras intentando inmiscuirte en todo como siempre.

Kenshin se sorprendió un poco al escuchar tal comentario.

– ¿Acaso usted ya sabía lo que estaba pasando?

– Por supuesto. – Respondió de manera despreocupada, destapando su botella; la pequeña cabaña no tardó mucho en impregnarse del fuerte olor de su contenido. – ¿Acaso crees que algo como eso se me pasaría por alto?

– ¿Y por qué no ha hecho nada al respecto entonces?

– Hey, te recuerdo que yo ya cumplí mi misión en este mundo. – Contestó Seijuro de inmediato, al parecer molesto por tal reclamo. – Te alimenté, vestí y enseñé por años. Aprendiste el Amakakeru Ryu no Hirameki y venciste mi Kuzu Ryu Sen. En lo que a mí respecta, yo ya estoy muerto, y ahora todo lo que tenga que ver con el Hiten Mitsurugi Ryu es tu responsabilidad, quieras tomar el título de Seijuro Hiko Catorce o no.

– Usted es increíble. – Suspiró el pelirrojo, algo resignado.

No esperaba que su maestro ya supiera de antemano toda la situación que lo había obligado a pararse de nuevo en esa ciudad, y tan corto tiempo después de haberla dejado. Sin embargo, al menos eso facilitaba mucho las cosas, ya que no tendría que explicarlo por su cuenta.

Ingresó al reducido recinto, y se sentó a poco más de un metro de él, colocando su espalda en su suelo a su lado.

– Esto va más allá de ser alguien usando el Estilo Hiten Mitsurugi para asesinar personas. – Comenzó a relatar el antiguo Destajador. – El hombre en cuestión parece afirmar abiertamente ser algo más que un humano cualquiera.

– Algo así escuché. – Añadió Seijuro, aún volteado hacia la dirección contraria en la que se encontraba su visitante.

– Okina de los Oniwabanshu me habló de una profecía escrita hace trescientos años, sobre la llegada de un Hijo de Dios en estas tierras, a lo que parece que el asesino hace referencia con sus actos.

Hizo una pequeña pausa. Su mirada se volvió aún más seria de golpe.

Seijuro seguía más concentrado en lo suyo, como si le restara importancia a lo que escuchaba. Dio un largo sorbo de su botella, y se tomó después unos segundo para disfrutar el sabor en su boca, antes de al fin resignarse a virarse hacia él, aunque no por completo.



– Si mi teoría es cierta… La persona detrás de todo esto se hace llamar Shougo Amakusa.

– ¿Amakusa? – Cuestionó Kenshin, confundido; el apellido le resultaba más que familiar.

– Si prestas la debida atención por las calles de esta ciudad, escucharás a la gente hablar de él. Creen que es la reencarnación de Shiro Amakusa, el llamado Cuarto Hijo de Dios.

A Kenshin no le sorprendió del todo tal afirmación. Era difícil escuchar que estos incidentes de alguna forma estaban relacionados con gente cristiana, y no pensar en Shiro Amakusa. De mayor o menor medida, se había vuelto un nombre que resonaba de vez en cuando en varias conversaciones, aunque de seguro mucho menos que antes… o al menos hasta que todo esto comenzara a suceder.

Pero había una duda mucho más importante en cuestión, más que si el hombre era cristiano o quién afirmaba ser, y qué era precisamente lo que lo había llevado a recurrir de nuevo a su maestro.

– ¿Cómo es posible que este individuo conozca el Estilo Hiten Mitsurugi? – Preguntó Kenshin sin rodeos. – Maestro, ¿usted sabe quién es?

Seijuro guardó silencio. Colocó la botella de sake delante de él, y agachó un poco su mirada, centrándose en ella.

– No conozco todos los detalles, sólo lo que mi maestro me llegó a contar.

– ¿Su maestro? – Comentó Kenshin, un tanto extrañado por la mención, una mención a una persona que nunca había escuchado antes en realidad.

– Si lo que pienso es correcto, la respuesta podría remontarse a muchos años atrás, a los días de Seijuro Hiko Doce, mi antiguo maestro. Por lo que me dijo, antes de mí, tuvo otro aprendiz, un joven destinado a tomar el título de Seijuro Hiko Trece. Su nombre era Hyouei Nishida.

Se detuvo un momento para dar un sorbo de su botella, y luego proseguir.

– Según mi maestro, sus habilidades eran prometedoras. Sin embargo, no fue capaz de superar la última prueba. Como ya sabes, el Aprendiz debe de derrotar el Kuzu Ryu Sen de su maestro, descubriendo el secreto del Amakakeru Ryu no Hirameki. Si falla, sólo le espera la muerte segura.

– Pero Hyouei Nishida no fue capaz de hacerlo. – Concluyó Kenshin de inmediato.

– No, no fue. En lugar de eso, recibió de frente el Kuzu Ryu Sen de mi estúpido maestro, y cayó a la cascada. Seijuro Hiko Doce lo dio por muerto, y nunca encontró su cuerpo. Ese debería ser el final de la historia. Sin embargo, varios años después, mi maestro escuchó rumores de que Nishida había sobrevivido, y se le había visto por Kyoto y sus alrededores. Intentó dar con él, pero pareciera que se le estuviera ocultando, quizás alimentado por la propia vergüenza de haber fallado.

– Entonces, ¿cree que Hyouei Nishida sea Shougo Amakusa?

– Sería la primera opción que se me ocurriría. Pero el problema es que de seguir vivo hasta nuestros días, ya debería de ser un anciano entrado en años.

Kenshin meditó unos momentos en ese último punto.

– Entonces no podría ser él. Por la descripción que me han dado de sus habilidades, debe tratarse de alguien en la plenitud de su habilidad física.

– En efecto, es poco probable que se trate directamente de él. – Secundó el maestro Seijuro. – Pero es más que seguro que está relacionado con esto de alguna forma, ya que junto con los rumores de que estaba vivo, surgió también el de que se había convertido al Cristianismo, y que por alguna razón escapó al continente cerca del final de la Revolución.

Un antiguo aprendiz del Hiten Mitsurugi, y que además se había convertido al Cristianismo. En efecto, era demasiado para ser sólo una coincidencia.

– Si era realmente un cristiano a finales de la Era Tokugawa, debió de escapar de la persecución del gobierno que buscaba erradicar cualquier fuego de rebelión. – Comentó Kenshin con pesadez.

– Es lo más seguro. Los europeos ya controlaban en aquel entonces varios puertos en China, así que bien se pudo refugiar en alguno de ellos. Pero ahora tenemos a un asesino usando el Estilo Hiten Mitsurugi y proclamándose el Hijo de Dios, usando una antigua profecía Cristiana como base.

La cabaña se sumió en el silencio. Antes de todo esto, Kenshin nunca había pensado mucho en los otros individuos que aprendieron antes de él el Estilo Hiten Mitsurugi, más allá de su propio maestro. Desconocía por completo la existencia de un individuo que había fallado de esa forma la prueba final, como él mismo estuvo a punto hacerlo, sino fuera por aquellas memorias de su propio pasado.

¿Qué sentiría una persona en esa situación? Aunque el Hiten Mitsurugi era muy diferente a otras doctrinas de Kenjutsu, y distaba de varias creencias y normas de un samurái, el honor y el deshonor seguían siendo aspectos bastante arraigados de cualquiera nacido en la antigua era. Cualquier otro en su lugar, de seguro habría terminado él mismo con su vida para no vivir con esa carga sobre sus hombros. Pero el Hiten Mitsurugi inculcaba el aprecio por la vida de uno mismo, en pos de poder ayudar a otros con dicha vida; el deseo de vivir, la clave de la supremacía del estilo, por encima de no temerle a la muerte o estar dispuesto a recibirla en cualquier momento. Si Hyouei Nishida logró aunque sea captar un poco de ello en el último momento de su enfrentamiento final con su maestro, eso de seguro debió ser el motor que lo mantuvo convida todo ese tiempo, buscando la forma en la que su vida pudiera significar algo más.

Esa idea en mente, y a la luz de los últimos acontecimientos, sumados a todo lo que su maestro le acababa de decir, llevaba al legendario Battousai a una sola conclusión lógica.

– Si Hyouei Nishida no es Shougo Amakusa… Entonces debió de haberle enseñado el Estilo Hiten Mitsurugi a alguien más. – Mencionó el pelirrojo con solemnidad. – Y si Nishida tenía algún tipo de resentimiento contra aquellos que le hicieron daño a los creyentes como él, Shougo Amakusa sería entonces alguien a quien preparó para llevar a cabo dicha labor en su nombre.

– Asesinar personas con el Hiten Mitsurugi, para lograr un bien mayor. ¿No te suena familiar?

Kenshin no respondió ante tal comentario, que casi parecía ser una provocación por parte de su maestro. Ya había aprendido a las malas a sobrellevar su personalidad tan molesta en ocasiones.

– ¿Nishida sigue en el continente?

– Se supone que volvió hace unos cuatro años, y eso es lo último que he escuchado al respecto. Pero si quieres saber la verdad sobre Shougo Amakusa, deberías de encontrarlo y hablar con él.

– ¿En dónde está?

– ¿Y yo cómo voy a saber? – Soltó el hombre fornido con tono molesto. – Te he dicho ya demasiado, ¿o no? Deberías de estar agradecido, considerando que lo estás recibiendo de un hombre muerto.

Kenshin sólo pudo suspirar, resignado por tal postura. Aunque, en efecto, le había dicho bastante, aunque no las respuestas completas que esperaba.

Seijuro dio un largo trago de su botella, tanto que tuvo que inclinar su cabeza hacia para poder beber bien todo el licor. Luego, soltó un fuerte alarido placentero al aire.

– Te sugiero que les preguntes a tus amigos los Oniwabanshu. – Comentó el maestro, tapando de nuevo su botella con el corcho de madera. – Como te dije, él estuvo rondando por estos lares para el final de la Era Tokugawa. Si dejó alguna pista de cuál podría ser su paradero actual, ellos te lo podrán decir de seguro.

Era una posibilidad que ya estaba considerando. Ahora que tenía un nombre, y parte de su historia, Okina y los otros podrían hacer uso de su red de información y así poder obtener algo. Hyouei Nishida, él debía de ser la clave para resolver ese misterio.

Una vez que su conversación aparentemente estaba terminada, Kenshin se puso de pie, tomó su espada con su mano izquierda, y ofreció a su maestro una pequeña reverencia como gratitud por su ayuda. Inmediatamente después, y sin decir o hacer mucho más, se dio media vuelta y avanzó a la puerta.

– Pero tendrás que darte prisa. – Escuchó que Seijuro le decía, obligándolo a detenerse y virarse hacia él otra vez. – Como te dije, es un hombre anciano ya entrado en años. Y lo último que escuché, además de que había vuelto, es que se encuentra muy enfermo… y de eso ya hacen cuatro años.

Kenshin se sobresaltó un poco al escucharlo, pero recuperó la compostura rápidamente. Asintió con su cabeza, y prosiguió con su partida.

– – – –

Toda esa plática sobre profecías e Hijos de Dios, dejó bastante confundido a Cho. Nunca había sido una persona muy creyente; ni en dioses, ni en budas, ni en ninguna otra entidad similar. Lo único que él conocía y respetaba, era la fuerza, y no más; y tal parecía que este individuo, fuera quien fuera, era alguien fuerte. Pero no podía serlo más que él, de eso estaba convencido. Él, quien había cruzado sus espadas con Battousai el Destajador y sobrevivido, y quien había visto con sus propios ojos la tremenda y devastadora fuerza que se ocultaba tras la apariencia casi demacrada de Makoto Shishio. Un payaso que se creía Dios, usando trucos baratos de magia para asustar a los niños, nada podía comprársele.

No estaba seguro qué era lo que creía o no el hombre al que había sido enviado a proteger, pero definitivamente sabía más de lo que decía. Sin embargo, ya no le dio más importancia. Si sabía o no quién era exactamente el asesino que venía tras de él, poco importaba, ya que quien quiera que fuera, iba de camino a ese lugar a buscarlo, así que lo conocería pronto.

Decidió aguardar afuera de la casa justo en la puerta principal del recinto. Cualquier otro asesino escurridizo, intentaría entrar por un costado o por detrás, en donde la guardia fuera frágil y pasar desapercibido lo más posible. Pero éste no era un asesino cualquiera; era un engreído que quería demostrar a pulso su superioridad, y por ello entraría justo por la puerta de enfrente, de eso estaba seguro; es justo lo que él haría. Y ahí estaría, listo para recibirlo con gusto.

Igual no es que tuviera muchas opciones por donde escabullirse. La casa estaba a las afueras, sin ninguna otra construcción alrededor, más que puro bosque. Al mero frente, había un extenso claro, cubierto sólo por maleza. En ese paraje tan abierto, cualquiera que se fuera a acercar en cualquier dirección, sería claramente visible desde ese punto. El buen capitán no era tan tonto después de todo; había elegido un sitio ideal para prepararse para un ataque.

Se encontraba sentado, simplemente aguardando, con sus brazos cruzados, y su mirada puesta en el suelo. Por más que intentaba no pensar en todo ese ridículo asunto de la profecía, había un punto que lo dejaba principalmente intrigado en todo ello: la descripción del último acto. ¿Cuándo el día muera?, ¿cómo se supone que cumpliría con tal condición?, especialmente en pleno día. El capitán estaba convencido de que lo intentaría al menos, pero él no veía cómo…

Estaba bastante centrado en sus propios pensamientos, que no fue consciente de cuánto tiempo pasó con exactitud. ¿Horas, quizás?, era lo más probable. Pero cuando al fin se despabiló y alzó su mirada al frente… algo llamó su atención. No, más bien lo correcto sería decir que “nada” llamó su atención.

Frunció el ceño, con marcada seriedad.

– ¿Qué está pasando? – Exclamó despacio para sí mismo.

Rápidamente tomó sus armas, se puso de pie, y miró al horizonte. Luego a su derecha, y luego a la izquierda. Algo no estaba bien; no sabía con exactitud qué, pero todo su cuerpo lo sentía. El aire, el sonido, hasta el clima… algo había cambiado abruptamente.

– – – –

Al salir de la cabaña, seguía dándole mil vueltas a todo lo que su maestro le había dicho… No, en realidad no sólo pensaba en eso, sino también en lo que Aoshi y Okina le habían comentado en el Aoiya.

Otro espadachín que usaba el Hiten Mitsurugi.

Alguien que podría ser incluso más rápido que él.

Shougo Amakusa, la reencarnación de Shiro Amakusa…

Un hombre cristiano.

Un Hijo de Dios.

Kenshin era el tipo de persona que siempre parecía tener la mente bastante clara. Todos los que llegaban a conocerlo por un tiempo, de seguro llegaban rápido a la conclusión de que casi nada lo perturbaba, y que siempre tenía todos sus pasos bien calculados. En esos momentos, sin embargo, internamente distaba mucho de encontrarse aunque fuera un poco cerca de dicho estado idealizado.

Aún desde antes de que Shirojo se parara en la puerta del Dojo Kamiya buscándolo, ya su mente se encontraba concentrada en varias cosas difíciles de digerir para él. Todo el combate que había librado no mucho atrás contra Makoto Shishio y su Jupongatana, y el tiempo de recuperación que prosiguió a éste, habían sido agotadores para él; más mental que físicamente. Pero luego de eso, regresar a Tokio y a la vida “cotidiana” que había comenzado a forjar en dicho sitio, después de toda esa experiencia y encuentro con una sombra de su pasado, se volvía relativamente difícil con el pasar de los días, en lugar de ser más sencillo como se supondría que debía de ser.

Y entonces, repentinamente y de la nada, ahí se encontraba de nuevo en Kyoto, teniendo que encargarse de otro asunto, uno del que aún no comprendía la magnitud ni el alcance.

No estaba listo, ni siquiera un poco. Su cuerpo quizás había sanado, pero aún se sentía agotado. No estaba seguro de poder tener las energías y el empuje necesario para enfrentarse a lo que pudiera venir de todo ello. Sería tan sencillo simplemente decir que no era su problema; qué ya había hecho suficiente por ese país, por esa nueva Era, por esas personas, y por el propio Estilo Hiten Mitsurugi.

Pero sería engañarse a sí mismo.

Esa cicatriz seguía ahí en su mejilla, después de todo. Y mientras siguiera, sabía que no podía tomarse ni un instante descanso… Que no merecía tomarse ni un instante de descanso.

Quizás no conocía a este individuo llamado Shougo Amakusa, o a Hyouei Nishida, o a Seijuro Hiko Doce. Pero su maestro tenía razón; él había aceptado aprender y seguir la doctrina de ese estilo, y lo había usado durante años con sus propios fines y convicciones. Le debía respeto a él, a su maestro, y a todos los que los precedieron a ambos. Y si había alguien haciendo mal uso del Hiten Mitsurugi, justo como quizás él mismo lo hizo hace más de once años… Entonces era su deber averiguar qué era lo que ocurría en realidad detrás de todo ello.

Para cuando logró reaccionar y apartarse un poco de todas estas cavilaciones, se encontraba andando por el pequeño sendero del bosque, en dirección a la ciudad. Sin embargo, tuvo que detenerse unos instantes, para poder percibir por completo su entorno, y darse por completo cuenta del estado de éste. El viento, el sonido de los animales, el sonido del agua corriendo… Todo eso se había retirado. En su lugar, sólo lo rodeaba un profundo y casi lúgubre… silencio.

Miró lentamente a su lado derecho, luego al izquierdo, y por último al cielo totalmente despejado sobre él. Ni un ave volaba, ni ningún otro animal parecía estar presente en las cercanías. Era como estar completamente en la nada, solo en todo ese mundo.

Pero… eso no era normal, para nada normal. De hecho, el bosque no se encontraba así mientras iba de camino a la cabaña, y le parecía que tampoco lo había estado justo unos minutos antes de que se percatara de ello. Era como si… algo hubiera comenzado a ocurrir en un parpadeo.

– ¿Qué está pasando? – Susurró para sí mismo.

Un fuerte presentimiento le recorrió el cuerpo. Si algo no estaba pasando ya, de seguro estaba por pasar…

Inspirado quizás por su mero instinto, el antiguo destajador alzó su mirada al cielo. Sobre él, se dibujaba brillante y omnisciente el gran círculo perfecto del sol. Sin embargo, eso no fue por mucho. En un abrir y cerrar de ojos, mientras miraba en su dirección, logró notar como el sol, el siempre presente, siempre luminoso, siempre vigilante… comenzaba a desaparecer. Un orbe oscuro comenzó poco  a poco, segundo a segundo, a apocar el brillo del sol.

Kenshin se quedó pasmado ante tan impresionante imagen que se materializaba ante sus ojos. No pudo, por supuesto, evitar que su mente se remontara a la última parte de la profecía que Okina le había relatado…

– – – –

 “La tercera venganza ocurrirá cuando el día muera y abra paso a una gran oscuridad. Entonces, un Hijo de Dios aparecerá ante los infieles, y purificará a todos con su espada sagrada.” El texto exacto que el capitán le habían leído, se repetía en la cabeza de Cho de manera perfecta. Ni siquiera había sido consciente de que se le había grabado de esa forma, hasta que vio incrédulo como el sol iba desapareciendo sobre sus cabezas, como si un globo aerostático lo fuera ocultando detrás de sí. Los policías a su alrededor, soltaban exclamaciones de sorpresa y temor; él, por su parte, no hacía movimiento o sonido alguno.



Eso no podía ser cierto; tenía que ser algún tipo de truco. ¿Cómo alguien de ese mundo podría ser capaz de hacer algo como eso? No era real, se rehusaba a creerlo. Pero así ocurría, con él como uno de los tantos testigos. El sol siguió desapareciendo, hasta que esa esfera oscura lo ocultó por completo detrás de él, y quedó sólo como un aro de luz proyectado en el cielo. Por lo demás, todo a su alrededor, y posiblemente en toda la ciudad, fue cubierta por completa oscuridad… como si de la propia noche se tratase.

Cho pudo sentir el nerviosismo y el miedo traspirar de las voces temblorosas de los policías. Aunque ninguno conocía el texto de la profecía además de él, se notó que de antemano sabían los rumores de que la persona que aguardaban, era algo diferente, algo fuera de ese mundo.

“Cobardes”, pensó Cho, lleno de rabia por dentro. Era la clase de escoria patética con la que el nuevo gobierno deseaba llenar sus ejércitos y guardias, tras darle una patada en el trasero a los guerreros como él. Si pudiera, los mataría a todos en ese mismo momento.

Pero no tenía tiempo para desperdiciarlo en ellos. Ante él, algo mucho más importante comenzaba a materializarse.

Entre todo el silencio que los rodeaba, comenzó a escuchar el andar de unos pasos. Pasos lentos y calmados, que se acercaban lentamente desde el claro que se extendía justo delante de ellos. Tardo un tiempo que sus ojos lograran divisar a lo lejos, la figura de alguien, de un individuo avanzando en su dirección entre la maleza. En cuanto lo vio, lo supo.

– ¡¿Eres tú?! – Le gritó con fuerza, y su voz llamó de inmediato la atención de los policías cercanos a él, que se viraron en la misma dirección. – ¡¿Tú eres quién ha mandado esos mensajes y matando personas?! ¡¿El supuesto Hijo de Dios?!

El extraño no respondió, sólo siguió avanzando, hasta quedar a una distancia prudente de ellos. Cho no podía verlo con total claridad, pero le pareció percibir que sus ojos intensos y brillantes, lo miraban de una forma amenazadora, como si de un tigre acechando a su presa se tratase.

Cho tragó saliva. Una fuerte ráfaga de viento comenzó a soplar desde las espaldas de aquel extraño de pronto, directo en su dirección, y golpeándolos de frente.

– ¡¿Qué diablos?! – Exclamó sorprendido el ex Jupongatana, cubriendo su rostro con ambos brazos. De reojo, pudo notar el terror reflejado en el resto de los policías. – ¡¿Se supone que ese truco debe asustarme?! ¡Algo tan infantil como eso no me impresionará!

Si ese sujeto quería jugar rudo, él lo haría también; iría con todo desde un inicio. Tiró sus espadas convencionales al suelo, y rápidamente se bajó la parte superior de su atuendo rojizo, para dejar al descubierto su torso, o más específicamente su Hakujin no Tachi que tenía oculta alrededor de su cuerpo, a la altura de su abdomen.

– ¡Voy a ponerte de nuevo los pies en tierra, lunático!

De inmediato tomó el arma por su empuñadura, y la jaló al frente. La hoja extremadamente delgada se desenrolló de su cuerpo, y se lanzó al frente como si se tratara de un látigo, cortando la tierra a su paso. Aun a la distancia a la que se encontraba, podría alcanzarlo sin problema. Pero el individuo delante de él, ni se inmutó. De hecho, en lugar de hacer el ademán siquiera de querer esquivar, ante los ojos sorprendidos de Cho, se lanzó al frente con una tremenda agilidad, directo a la punta de la hoja que se dirigía hacia él. Tenía su mano ya lista en la empuñadura de su espada, la cual desenvainó de un movimiento rápido y preciso; Cho sólo pudo percibir el destello de la hoja al salir, y golpear su arma, la cual se desvió hacia un lado sin ningún problema.

Era rápido… demasiado rápido. Pero la ventaja de su arma era que podía volver a atacar de inmediato de ser necesario, y eso mismo hizo. Jaló su mano hacia un lado, y la hoja se dirigió precisamente hacia su atacante. Sin embargo, éste simplemente desapareció de su vista en un parpadeo.

– ¡¿Pero qué…?! – Exclamó sorprendido. Al alzar su mirada, pudo notar que se había elevado en el aire de un largo salto, hasta casi tener el aro de luz del sol justo detrás de él.

Cho no perdió tiempo, y rápidamente hizo que la hoja delgada de su arma se dirigiera hacia él. En el aire, de seguro lo atraparía, sin importar qué. Pero no fue así. Aquel individuo comenzó a descender rápidamente hacia él, y su hoja ni siquiera lo rozó. Era como si se tratara de alguna figura incorpórea, que la hoja no era capaz de tocar, sólo atravesar como si fuera de humo.

Todo lo que le siguió fue bastante confuso, y apenas y logró notarlo. El cuerpo de ese individuó descendió, y dejó caer su espada contra él abruptamente. Cho no recordaría haber sido golpeado por la espada, sino más bien por una fuerza, como una pesada ráfaga de aire que lo golpeó desde la cabeza hasta la boca del estómago, dejándolo sin aliento y sin poder moverse. Le siguieron después varios golpes, cientos de ellos en fracciones de segundo por todo su cuerpo. El último de ellos, tan fuerte que lo elevó en el aire como si fuera una simple hoja lanzada el viento. Por último, sólo pudo ver de reojo como aquel ser, aún envuelto en penumbras, se le lanzaba con fuerza desde tierra con un salto, y jalaba su espada hacia él para acertarle el golpe final.

“¡Este estilo…! No puede ser…” Fueron sus últimos pensamientos conscientes, antes de estrellarse en el suelo tras el último golpe. Pero sobreviviría, y no olvidaría de lo que se había dado cuenta en ese momento tras haber recibido todos esos golpes, tras haber notado esa singular forma de moverse, y tras haber percibido esa asombrosa velocidad. Ese estilo de combate lo conocía, pues ya se había enfrentado a él con anterioridad; era el estilo de Battousai, el estilo Hiten Mitsurugi.

– – – –

Sus pies tocaron el suelo tras su último salto; el combate había terminado más rápido de lo esperado. Una vez que se deshizo del guardia que a simple vista era el brazo más fuerte que resguardaba esa casa, Shougo Amakusa se paró erguido y solemne ante los otros, jóvenes en uniformes de policías, que no tardaron ni dos segundos en soltar sus armas, y correr despavoridos en todas direcciones. Una sabia decisión; cobarde, pero sabia.

Sin impedimento en la entrada principal, comenzó a caminar tranquilamente hacia el interior del patio principal. En su camino, se encontró a otros policías más. Varios de ellos, tomaron la misma decisión que aquellos de afuera. Otros más, intentaron ser más valientes, pero se deshizo de ellos tan rápido, que de seguro ni siquiera fueron capaces de alcanzar a verlo con claridad. Antes los samuráis eran leales a algo; a su señor, a su ideal, a su estilo… ahora, esta nueva generación no parecía ser leal a nada, ni a Dios, ni a nadie, ni siquiera a sí mismos. Daban pena, pero eso era lo que la nueva Era dictaba necesitar, al parecer.

No tardó mucho en dar con el cuarto que buscaba; era como si su instinto lo guiara. Avanzó con cautela por el pasillo hacia la habitación final de la casa. Para cuando se paró frente a la puerta, el eclipse estaba terminando, pero no importaba; ya se había cumplido el propósito. Por algún motivo, se incitó a aguardar un poco antes de entrar. Su rostro sereno y frío no lo revelaba, pero sentía una emoción bastante intensa en su cuerpo. Su corazón latía con fuerza, pero no por felicidad, no por nerviosismo: su corazón bombeaba inspirado en la pura y mera rabia.

Deslizó lentamente la puerta hacia un lado. Del otro lado había un cuarto prácticamente vacío. Había unas puertas abiertas, contrarias a la que en él estaba, que daban a un jardín más pequeño que el principal, donde había un estanque y algunos árboles. El hombre que buscaba, estaba sentado en el suelo, volteado hacia dicho estanque, y dándole la espalda. Frente a él, había una pequeña mesa baja, y a su lado, un apoyador para su sable de empuñadura dorada y elegante, guardada en su funda. El hombre, de cabello ahora corto con algunas canas, no se mutó ante su presencia. No lo volteó a ver, y en su lugar siguió mirando en dirección al estanque, con sus manos apoyadas en sus piernas.

Pero Shougo no necesitó verle el rostro para estar seguro de que era él. Y, de hecho, dicha situación fue recíproca.

– Desde el primer asesinato supe que eras tú – Escuchó como comentaba el hombre con uniforme de policía ante él –, y también que tarde o temprano vendrías por mí. – Hubo un segundo de cavilación, y luego prosiguió. – No, creo que lo supe desde aquel día hace catorce años, cuando me enteré de que habías escapado con vida de Shimabara.

Su voz era tal y como la recordaba, pese a las pocas veces que había cruzado camino con él en el pasado, y eso trajo a la cabeza de Shougo varios recuerdos e imágenes, que de haber podido, hubiera preferido no recordar. Caminó despacio por el tatami del suelo, acercándosele; aún sostenía en su mano derecha su espada desenvainada, señalando al suelo en posición de descanso hacia un lado.

– Ha pasado mucho tiempo ya… – Exclamó el Hijo de Dios con una densa seriedad. – Shiraishi-san… El Judas de mi padre…

Escuchar su voz, tuvo un efecto similar en Mitaki Shiraishi. Su voz no era ni cerca parecida a la de aquel niño de diez años que era la última vez que lo vio… pero se había vuelto bastante parecida a la de su padre, pero mucho, mucho más fría. La voz de Tokisada siempre estaba llena de sentimiento, de emoción, de energía. La voz de ese chico, se encontraba carente de todo eso… como si no fuera siquiera humana. Pero definitivamente había mucho de él en ella, podía percibirlo. Se tentó en voltear a verlo, pero no quería hacerlo; no quería voltear y ver el rostro de su antiguo amigo, reflejado ahora en el de su hijo, mirándolo con todo el odio con el que estaba seguro que lo miraba desde el otro mundo.

Shiraishi respiró lentamente. Lo sintió de pie justo a sus espaldas, pero se mantuvo sereno.

– ¿Comparas mis acciones con las del hombre que traicionó a nuestro señor Jesucristo? – Respondió Shiraishi con falsa tranquilidad. – ¿Así es como querrás escribirlo en tu historia cuando todo esto termine?

– ¿Se atreve aún a considerarse a sí mismo cristiano, luego de haber traicionado a su propia gente, y entregarla a los hombres de los que juramos protegernos los unos a los otros?

Shiraishi guardó silencio. El estanque ante él se encontraba tan calmado; sus aguas no se movían ni siquiera un poco.

– Hice lo que tenía que hacer. – Respondió, tomando por sorpresa a Shougo. – Tu padre y tú nos hubieran llevado a la perdición total a todos, si seguían con sus ridículas ideas.

– Y en su lugar fue usted quien la ocasionó. – Sentenció Shougo con dureza, logrando romper aunque fuera un poco esa armadura de serenidad que Shiraishi se cargaba. El capitán apretó sus puños con fuerza, como señal de frustración.

Tras la matanza de toda la gente de su aldea, de los cuales él y su familia fueron los únicos sobrevivientes, tal y como Kasai le había prometido, tuvo que esconderse con su esposa e hijos por todo Japón, hasta que la guerra terminara. Una vez que eso pasó, e incapaz de ofrecerle a su familia un lugar digno en esa nueva Era, tuvo que rebajarse a arrastrarse de nuevo a los pies de aquel hombre, venir a Kyoto, en dónde se había enterado que Kasai ahora residía, y había hecho una fortuna. Kasasi uso todas sus influencias para ponerlo en el puesto más alto posible de la policía local, a cambio de convertirse en su perro faldero para cualquier cosa que deseara.

¿Era un traidor? Sí, quizás lo era. Había vendido a su gente por unas monedas, más de una vez; la comparación con Judas quizás no estaba del todo mal.

– Lo único que los otros tenían que hacer era decir que relegaban de su religión. – Murmuró con su voz apenas logrando salir de sus labios. – Ni siquiera tenía que ser real… y así los hubieran dejado vivir.

– Usted sabía de antemano que ninguno de ellos lo haría. – Contestó Shougo, con mucha más dureza de la de antes. – Podrá excusarse en los motivos que quiera. Podrá intentar engañarme a mí, o incluso a sí mismo. Pero no puede engañar a Dios… Usted los asesinó… a mi madre, a mi padre, y a todos los otros. Usted es tan culpable como lo fue Kasai, o los hombres que empuñaban las espadas y los rifles.

Sí, era culpable, lo sabía muy bien. Todos esos años, había tenido que vivir con esa verdad, y sabiendo que todo ello lo llevaría a ese momento y lugar preciso. Había tenido catorce años para prepararse, y ahora estaba listo.

Cerró los ojos, y volvió a respirar con profundidad.

– Hice lo que tenía que hacer, y me sostengo de ello. – Señaló como declaración final. – Será mi Señor cuando esté ante él quién juzgue mis acciones, no tú.

– Qué así sea entonces.

Shougo tomó su arma desenvainada con ambas manos, y la alzó lentamente sobre su cabeza. Shiraishi, permaneció sentado, con la espalda recta, y sus ojos cerrados, aguardando lo inevitable.

– ¿Perseguirás a mi familia también? – Soltó de pronto el hombre de uniforme. Esa pregunta sorprendió un poco a Shougo, pero no dejó que lo flaqueara.

– No… Nadie más tiene porqué pagar por sus pecados… – Le respondió, y en esa ocasión Shiraishi fue capaz al fin de escuchar claramente la voz de Tokisada, con todo su sentimiento y benevolencia en ella.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

– Te lo agradezco.

Shougo se quedó callado. Para él, esto no era tan sencillo como otras veces. No se trataba de un extraño, de un nombre sin rostro ni pasado. Era una persona que provenía de aquellos días felices y tranquilos en Shimabara, a lado de sus padres y su hermana. De esos días que él pensaba nunca terminarían. En varios de aquellos momentos, podía ubicar de alguna u otra forma a ese individuo en ellos. Era quizás lo único que quedaba cercano a su padre, a su antigua villa, a aquellos días. Acabar con él, sería como eliminar para siempre todo lo que pudiera atarlo a aquel pasado, a aquel mundo feliz y blanco, antes de que las sombrar lo cubrieran.

Pero aun así, lo haría…

Jaló su arma con fuerza hacia abajo, terminando su tercera y última venganza con un corte limpio y perfecto.

Shougo Muto, aquel niño débil que no fue capaz de salvar a su familia aquel día hace catorce años, había muerto por completo. Ahora sólo quedaba él: Shougo Amakusa, el Hijo de Dios…

FIN DEL CAPITULO 26

Kenshin irá a hablar con el hombre que tiene las respuestas tras el misterio de Shougo Amakusa, pero la información que recibirá podría ser mucho más preocupante de lo que esperaba…

Capítulo 27. La Voluntad de Hyouei Nishida

Notas del Autor:

Han pasado 84 años… No me excusaré, sólo diré que he tenido muchas cosas que hacer, y también me ha faltado algo de inspiración para esta historia, principalmente porque en estos capítulos no salen ni interactúan Enishi y Magdalia… Listo, ya lo dije. Pero bueno, quizás resuma un poco los siguientes capítulos para avanzar un poco más rápido; eso digo ahora, pero yo sé que es probable que no lo haga. Pero por si acaso, no se sorprendan si de pronto ven que todo ocurre demasiado rápido o sin tanto detalle. En fin, veamos qué sigue a continuación.

  Capítulo Anterior Capítulo Siguiente  

El Tigre y el Dragón. Octubre de 1877. Han pasado diez años desde que Yukishiro Enishi llegó a Shanghái por primera vez. Ahora, es el actual cabecilla del Feng Long, el grupo criminal más poderoso del este de China. Sin embargo, ni aun así ha olvidado aquel deseo que lo llevó al continente en un inicio, esa única idea que ha rondado en su mente todo ese tiempo: la venganza, venganza en contra del asesino de su hermana, venganza que se encuentra cada vez más. Sin embargo, antes de llevar a cabo su tan añorado plan, su camino se cruza con el de Magdalia y Shougo Amakusa, dos personas muy especiales, abatidas por el mismo doloroso pasado que él, y que podrían cambiar su vida, si es que acaso él lo permite…

+ «Rurouni Kenshin: Meiji Kenkaku Romantan» © Nabuhiro Watsuki, Editorial Shueisha, Productora Aniplex.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

Deja un comentario