Fanfic Muñeca Maldita – Capítulo 05. Dulces sueños, Pajarito

23 de marzo del 2017

Muñeca Maldita - Capítulo 05. Dulces sueños, Pajarito


Batman Family
Muñeca Maldita

Por
WingzemonX

Capítulo 05.
Dulces sueños, Pajarito

Lunes, 11 de noviembre del 2013

Aunque no era propiamente parte de su labor, Miriam Hart, la trabajadora social a cargo del caso de Stefania Klimmer, la sobreviviente del terrible incendio de unas noches atrás, se había autoimpuesto la tarea de buscar a algún familiar de la pequeña en Rusia, para notificarle de la muerte de sus padres, y ver si estaban dispuestos a hacerse cargo de ella. La primera opción en esos casos, casi siempre suele ser los abuelos paternos o maternos. Sin embargo, su contacto que habló con las autoridades en San Petersburgo, no pudo encontrar nada sobre los padres de Víctor Klimmer, y al parecer los padres de su esposa, Anya, ya habían fallecido. Lo que sí pudieron proporciónale, fue la información de la hermana mayor de esta última, una mujer de nombre Adelia Mitrov. Entre la información, venía un número de teléfono, que al parecer era de su casa en Novosibirsk.

Era ya tarde, más de las veinte horas. La oficina se encontraba algo vacía, y no tenía a su disposición nadie que le pudiera servir de interprete si al llamar se encontraba con la mala suerte de que la persona al otro lado de la línea no hablara su idioma. Había además que considerar el hecho de que era una llamada hasta Rusia, y no tenía idea de qué hora debía de ser allá, pero calculaba que debía de ser muy temprano por la mañana. Su supervisor dijo que lo dejara para el día siguiente, pero ella no quiso hacerlo. Quería al menos intentarlo, y ver qué resultaba; en el peor escenario, tendría que volver a llamarles al día siguiente y ya.

Se encerró en una pequeña sala de juntas, para poder hacer la llamada en paz y en silencio, y para que nadie la oyera o viera hacer el ridículo, como quizás iba a pasar. Colocó el expediente del caso sobre la mesa de forma circular, y lo abrió por el centró. Se puso sus grandes anteojos redondos, y tomó el número que le habían pasado, acompañado de la lada de Rusia y de la ciudad de Novosibirsk. Le tomó tres intentos marcar el número de forma correcta, pero al final lo logró.

Sentía su corazón latir con fuerza por los nervios. Se sentía algo ridícula; después de todo era sólo una llamada, aunque era la primera que hacía a un lugar tan alejado. ¿Y si al ver el número tan extraño de otro país no atendían la llamada?; ella no lo haría.

– ¿Ya slyshu? – Escuchó de pronto, justo en cuanto atendieron.

Sintió que el corazón se le detenía por un instante. La persona al otro lado parecía ser una mujer.

– Hola… Buenas noches… ¿días?

¿Privet? ¿Kto?

– Ah… le hablo de los Estados Unidos. ¿Puede entenderme? ¿Hay alguien que hable inglés?

La mujer al otro lado de la línea pronunció algunas otras palabras, que le fueron igualmente incomprensibles. Cuando empezaba a sentirse realmente avergonzada por la situación, escuchó como alejaba el teléfono de ella, y comenzaba a hablar más despacio con otra persona. Unos segundos después, alguien más estaba en la línea.

– ¿Hola? – Escuchó de pronto que otra voz femenina, aunque algo más joven, le hablaba.

– Ah, hola, ¿habla inglés?

– Sí, ¿qué desea? – Le respondió con un tono serio; hablaba fluidamente, pero su acento era bastante marcado.

Se aclaró entonces su garganta, se sentó derecha en su silla, y comenzó.

– Disculpe las molestias. Mi nombre es Miriam Hart; trabajo en Bienestar Familiar en Ciudad Gótica, en los Estados Unidos. Estaba buscando a Adelia Mitrov.

– Es mi madre, es quien respondió. ¿Qué se le ofrece?

– Es… un asunto delicado, con respecto a su hermana, Anya.

– ¿La tía Anya? – Exclamó con un singular tono de alarma. – ¿Qué pasó? ¿Le ocurrió algo?

Miriam sintió una inmensa incomodidad ante la idea de tener que decirle a una persona que un familiar cercano había fallecido; normalmente la policía o los médicos son los que suelen tomar dicha labor. No estaba segura, además, si el hecho de que la persona en cuestión estuviera a miles de kilómetros de ella, lo hacía mejor o peor.

– Lamento tener que darles esta noticia, pero Víctor y Anya Klimmer fallecieron hace unas noches en un terrible incendio.

– ¿La tía Anya murió? – La alarma en la voz de la mujer en el teléfono, fue remplazada por asombro, combinado con horror.

– Sí, pero…

Antes de que Miriam pudiera decirle más, su interlocutora comenzó a hablar de nuevo en ruso, pero no a ella, sino a la otra mujer, aquella que había contestado en un inicio su llamada. Más allá del idioma, había algunas emociones que eran sencillamente universales, y eran bastantes comprensibles para cualquiera. Ambas mujeres sonaban realmente confundidas, asustadas, y muy alteradas.

Y no era para menos.

– ¿Qué fue lo que pasó? – Escuchó que decían de nuevo al teléfono, luego de casi un minuto de plática entre ellas.

– Los bomberos creen que se debió a un falló electico. Ocurrió mientras dormían.

– ¿Y Vita? ¿Ella está bien?

Miriam se lamentó un poco el sólo haber mencionado a los padres, olvidándose de mencionar a la hija. Era como tener que dar la horrible noticia dos veces.

– Lo siento, ella también falleció en el incendio.

¡Oh bòzhe mòi! – Soltó con un fuerte alarido.

– ¡Pero Stefania logró sobrevivir! – Se apresuró Miriam a señalar, como si esperara que eso pudiera apaciguar de alguna forma el mal trago. – Y es por eso precisamente que les estoy hablando. Estoy buscando a algún familiar cercano, y ustedes son los primeros que he logrado contactar.

Miriam esperaba una oleada de preguntas, de dudas, o incluso gritos o exigencias. Sin embargo, en su lugar… no recibió nada. El otro lado de la línea se sumió en el silencio, un profundo y casi lúgubre silencio que se extendió por varios segundos.

– ¿Aló? – Exclamó, creyendo por un momento que quizás la llamada se había cortado.

El silencio se mantuvo un rato más, antes de que al fin escuchó algo otra vez.

– Disculpe, ¿quién dijo? – Cuestionó la mujer en la línea.

– Stefania, la hija menor de su tía. – Señaló Miriam, algo dudosa.

– ¿Ste… fania…?

De nuevo, escuchó a las dos mujeres hablando entre ellas. Sus sentimientos una vez más se volvieron tangibles para Miriam; estaban confundidas, muy, muy confundidas. Entre todas sus palabras, logró escuchar que mencionaron al menos una vez el nombre de “Anya”, pero más veces el de “Stefania”.

¿Qué estaba ocurriendo?

– Disculpe, pero creo que no le comprendo bien. – Le comentó luego de un rato de discusión entre ellas. – ¿Me está diciendo que la tía Anya tuvo otra hija?

Miriam parpadeó, algo sorprendida.

¿No sabían de Stefania?, ¿hace cuánto que no tenían contacto con su familia? ¿Sería posible que en verdad no supieran de ella? Bien, daba igual; no estaba en posición de juzgar las vidas familiares de las personas… Aunque, siendo una trabajadora social, posiblemente sí.

– Sí, así es. – Le respondió, intentando ser lo más natural posible. – Se llama Stefania, y es una hermosísima niña de diez años…

– ¿Diez años? – Le interrumpió de golpe como un fuerte exabrupto. – ¿Dice que esa niña tiene diez años?

– Sí… – Le respondió Miriam con un pequeño susurro.

– No, espere. – La mujer parecía tan confundida, que se le dificultó poder poner en palabras lo que trataba de decir – Debe haber algún malentendido. La última vez que vimos a la tía Anya, fue hace tres años, y ella no tenía a ninguna hija Stefania.

Esas palabras dejaron helada a Miriam. Su respiración se cortó, y sus ojos se abrieron muy grandes. Por un momento pensó que quizás había escuchado mal, o quizás la mujer había expresado de forma incorrecta lo que quería decir. Sin embargo, ella siguió explicándose, y ello le confirmó que lo que había escuchado en un inicio, era justo lo que deseaba decirle.

– Hasta donde tenemos entendido, Víctor y ella habían intentado muchas veces embarazarse luego de Vita, y no lo habían logrado. Incluso la tía Anya había visto a algunos especialistas para eso, sin resultados. ¿Está segura que no se equivocó de persona?

Ahora era Miriam la que guardaba silencio. Por un segundo consideró esa posibilidad, de que había habido una confusión y que no le había hablado a las personas correctas. Pero ella misma había mencionado los nombres de Anya y Víctor, e incluso el de su hija Vita, pese a que éste ella no se lo había dicho. Además, cuando les mencionó que hablaba de los Estados Unidos, no pareció sorprenderse. ¿Cuántas personas de origen ruso, llamados Anya y Víctor Klimmer, que además tuvieran una hija llamada Vita, vivirían en los Estados Unidos? No tenía idea, pero le parecía que todo eso era demasiado para ser sólo una coincidencia.

¿Pero qué significaba eso entonces? ¿Cómo podrían haber tenido una hija de diez años, sin que su familia lo supiera? Había algo extraño en todo eso… bastante extraño.

– Lamento haberlas molestado. – Murmuró despacio luego de un rato. – Creo que necesito revisar de nuevo mi información. Las llamaré luego.

Sin darles tiempo de decir algo más, Miriam cortó ella misma la llamada.

Se quedó sentada, mirando los papeles del expediente abierto ante ella. No supo cuánto tiempo se quedó ahí, pero posiblemente fue demasiado. Le dio mil vueltas a todo ese asunto, sin llegar a ninguna conclusión. Su cuerpo le pedía ir a su casa a descansar, pero su cabeza le exigía llegar al fondo de eso lo antes posible. Y no lo lograría ahí sentada.

– – – –

La Liga de las Sombras le enseñó a Damian una gran cantidad de métodos muy útiles para interrogar a una persona… muy útiles. Sin embargo, la mayoría de ellos rozaban de manera bastante peligrosa la línea de la mortalidad, por no decir que de lleno la cruzaban a veces, algo que era bastante mal visto para su nuevo equipo de trabajo. Esto le resultaba bastante frustrante, pero había accedido a hacer las cosas a su forma; la forma de su padre.

Pero Batman tampoco era un pacifista absoluto, y cuando ocupaba obtener información, la obtenía como le fuera necesario. Por lo tanto, Robin también lo haría.

Luego de recoger a Olaf Petrov afuera de su bar, se lo llevó consigo para tener una conversación amistosa, en la azotea de un edificio de departamentos de dos pisos, de la cual Olaf colgaba de cabeza, atado de manos y piernas, sobre un basurero abierto en el callejón. A esa altura lo más probable que era no moriría, pero la caída sería bastante dolorosa, y definitivamente bastante incómoda si caía en ese contenedor de desperdicios.

– Te estás metiendo en un serio problema, jovencito. – Exclamó el hombre de cabello gris, con un muy presente enfado acompañando a su apenas notable acento ruso. – Soy un empresario respetado y honesto; no tienes ningún motivo para tenerme aquí colgado. Cometiste una gran equivocación.

– Cierra la boca. – Le respondió Robin con molestia; él se encontraba de cuclillas sobre la cornisa del edificio. – Sé quién eres en realidad, así que ni trates de fingir. Eres un viejo capitán de la mafia rusa, y todos tus honestos negocios les pertenecen a ellos.

– Si hubiera alguna prueba de eso, ya me hubieras arrestado, ¿o no? Pero no las hay, porque no he hecho nada, ¿me oíste?

Olaf reflejaba una seguridad bastante firme, pese la posición en la que se encontraba. Posiblemente ya estaba muy acostumbrado a ese tipo de tratos. Pero a Robin no le impresionaba. Si sabía algo del incendio o de la muerte de los padres de Stefania, se lo sacaría sin importar qué.

– ¿Prenderle fuego a una familia entera es acaso “nada” para alguien como tú? – Le cuestionó de manera acusadora, y esas palabras en efecto tuvieron una reacción en el mafioso, pues de inmediato cambió su semblante firme y duro, a verse intrigado.

– ¿Qué? ¿De qué rayos estás hablando?

– ¡No finjas!

Robin tomó la cuerda de la que Olaf colgaba, y comenzó a agitarla con violencia. El cuerpo del hombre se balanceó en todas direcciones, golpeándose un par de veces contra la pared exterior del edificio.

– ¡No hagas eso! – Le gritó mientras era zarandeado.

Luego de un rato, se detuvo.

– La familia que murió en el incendio la semana pasada. – Prosiguió el chico, oculto tras su capucha negra. – Tú estuviste en su casa unas noches antes, y luego te presentaste en su misa. ¿Acaso lo vas a negar?

Olaf volteó a ver con mucho asombro a su captor, cómo le fue posible.

– ¿Incendio? ¿Misa? ¿Esto es por Víctor?

– Así es.

– Mocoso idiota, ¡Víctor era mi sobrino! – Le gritó con mucha fuerza, sin importarle quien pudiera oírlo.

Robin se sobresaltó, incapaz de ocultar su sorpresa.

– ¿Sobrino?

– ¡Así es! Hijo de un primo segundo, pero sobrino aun así. Jamás le haría daño, ni a él, ni a su familia.

Robin se mantuvo escéptico. ¿Sería eso cierto? No le parecía que estuviera mintiendo. Además, no es el tipo de mentiras que un sujeto como ese diría en una situación así. Pero, aunque lo que dijera fuera cierto, era por sí solo una revelación bastante importante.

– ¿Entonces él también estaba involucrado con la Bratva?

– ¿Víctor? ¿Qué clase de detective eres? – Masculló Olaf, sarcástico. – Víctor era un hombre recto, demasiado recto para mi gusto. Simplemente me pidió ayuda para obtener papeles en regla, y así él y su familia pudieran ingresar al país sin problema.

– ¿Me estás diciendo la verdad?

– ¡Por supuesto que sí! ¡¿Qué crees tú ganaría inventándome algo así?!

Robin meditó unos momentos. En efecto, no se le ocurría algún motivo por el cual se inventaría un cuento como ese, aunque eso no significaba que dicho motivo no existiera. Por lo pronto, quizás era mucho más razonable de momento, intuir que lo que decía era verdad. Pero si era así, ¿qué significaba realmente? Era difícil, o incluso imposible, de creer que siendo familiar de un miembro de la Bratva como lo era es sujeto, su muerte sólo fuera una coincidencia.

– ¿Entonces qué sabes de su muerte? – Cuestionó con la misma firmeza y arrojo que un inicio. – ¿Pudo haber sido un ajuste de cuentas contra ti?

– ¿De qué hablas? ¿Que no fue un accidente?

– ¡Sólo responde!

Olaf soltó una pequeña maldición en ruso, que Robin no fue capaz de escuchar claramente.

– No, no lo creo al menos. – Murmuró. – Nadie sabía que Víctor y yo éramos familia; ni siquiera tenemos el mismo apellido. Además, si alguien lo hubiera hecho para mandarme un mensaje, no lo hubieran hecho parecer un accidente, o me hubieran notificado de alguna forma.

Era lo mismo a lo que ya habían llegado con anterioridad; esa conversación no estaba yendo a ningún lado. Debía haber algo, algo que no estaba viendo, algo que explicara todo ese embrollo.

De pronto, recordó con claridad todo lo que Stefania le había dicho, y había una cosa que aún faltaba explicar.

– Sé que estuviste en su casa unas noches antes del incendio. ¿A qué fuiste?

Olaf permaneció callado, y puso una cara de molestia, como si esa pregunta le hubiera caído mal al estómago. No parecía dispuesto a responder, pero Robin entonces tomó la cuerda con una mano, mostrando que estaba dispuesto a volver a zarandearlo.

– ¡Sí!, ¡sí estuve! – Exclamó con fuerza. – Pero fui porque Víctor me lo pidió. Él quería hablar conmigo de algo.

– ¿De qué?

– ¡Nada que te importe!

Su respuesta poco amistosa, fue más que suficiente para que Robin comenzara a balancear la cuerda, mucho más fuerte que antes.

– ¡Ah! ¡Espera, espera! – Gritaba el hombre colgado, presa del pánico. Robin se detuvo unos momentos para dejarlo hablar. – ¡No puedo decirte!, ¡le prometí a Víctor que nadie más lo sabría!

– Mal momento para querer cumplir tus promesas, escoria.

Se disponía claramente a seguir con la misma tortura, pero Olaf de inmediato lo detuvo con sus gritos.

– ¡Bien, bien!, ¡está bien! ¡Quería hablar conmigo de Stefania!

Robin se exaltó, y su mano rápidamente soltó la cuerda.

– ¿De Stefania? – Murmuró, ligeramente anonadado.

– Ocurrió algo con ella la noche anterior a la que yo fui – Prosiguió Olaf con su explicación forzada –, y por eso Víctor quería hablar conmigo, para decidir qué debía de hacer.

– ¿Qué ocurrió? – Cuestionó Robin.

De nuevo Olaf soltó otra maldición en ruso, y no parecía querer decir nada más. El apuro de Robin por saber qué era lo que ocurría, ya en ese entonces era demasiado, por lo que ya no se andaría con rodeos. Sacó un batarang, y acercó su filo hacia la cuerda que lo sujetaba, rasgándola apenas un milímetro. Olaf palideció un poco ante este acto, pero intentó disimular.

– Estás blofeando.

– Creo que me estás confundiendo con otro Robin. – Le respondió, justo antes de rasgar de nuevo la cuerda, poco, pero suficiente.

– ¡De acuerdo!, ¡espera! – Le gritó apurado; algo de sudor le recorría la frente. – Bien, si tanto quieres saberlo, te lo diré. Esa noche Anya y Vita salieron, y Víctor y Stefania se quedaron solos en casa… ¡Y Stefania intentó seducir a Víctor!

– ¡¿Qué?! – Exclamó el nuevo Chico Maravilla, entre sorprendido y horrorizado. – ¡No es cierto! ¡¿Qué asquerosa e inmunda difamación es esa?!

– ¡¿Cómo crees que podría inventarme una cosa así?! ¡Sólo te estoy diciendo justo lo que Víctor me dijo! Me contó que se puso un vestido de Vita, se maquilló cargadamente, y se metió a su cuarto. Él obviamente la rechazó, y ella se puso furiosa.

Robin enmudeció. Su mente, aunque entrenada y experimentada en lo que respectaba al combate y al asesinato, seguía siendo bastante joven en diferentes temas. Tardó un tiempo en poder comprender en su plenitud lo que acababa de escuchar, de entender qué significaba realmente tal acusación. Lo que lo hizo más difícil, fue justamente la persona hacia la que iba dirigida; le era totalmente imposible relacionar a la dulce niña que había visto esos días, con los actos tan descabellados que estaba describiendo.

Sintió que se le revolvía el estómago.

– ¿Seducir a su propio padre? ¡No te creo nada! – Le gritó molesto, con grandes deseos de cortar esa cuerda de una vez por todas, sólo lamentando que no estuvieran más alto.

Pero entonces, escuchó como Olaf soltaba una fuerte carcajada burlona.

– En verdad estás más perdido de lo que creía, mocoso. – Murmuró con un tono de superioridad. – Y yo que creía que los ayudantes de Batman eran grandes detectives.

– ¿De qué hablas?

– ¡De que Stefania no es hija de Víctor!, ¡idiota!

La quijada de Robin se abrió de par en par; justo cuando creía que ya había oído todo lo extraño de ese asunto.

– Te lo dije, mi sobrino era recto, demasiado recto. – Continuó el mafioso. – Stefania era una huérfana que vivía en las calles de San Petersburgo, siendo abusada sexualmente por enfermos a cambio de dinero. Víctor la recogió y la cuidó, y yo los ayudé a falsificar los documentos para hacerla pasar por hija suya y de Anya, y así pudieran ingresarla al país. La niña simplemente está mal, ¿de acuerdo? Y con todo lo que vivió allá, no la culpo. Yo podré traficar y matar lo que sea, pero nunca a niños. Aunque en tu caso podría hacer con gusto una excepción.

Las últimas palabras iban acompañadas de una clara amenaza, pero a Robin eso poco le importó. De hecho, posiblemente ni siquiera lo notó, ya que su mente estaba más concentrada en intentar digerirlo todo. Era demasiado, demasiado para su mente joven. Asesinatos, sangre, muerte, peleas, violencia; todo eso era capaz de verlo y asimilarlo sin siquiera pestañear. ¿Pero eso? Aún le era imposible entender que estuvieran hablando de la misma persona, de la misma Stefania.

– Anya y Vita no sabían de eso. – Escuchó que Olaf hablaba, aunque Robin apenas y captaba la mitad de ello. – Ellas sólo sabían que era una niña huérfana que vivía en la calle, pero Víctor no quiso decirles lo otro para que no pensaran mal de ella. Te lo dije, demasiado recto. Sólo yo conocía la historia completa, por eso me llamó para hablar de lo que pasó.

– ¿Entonces quién los mató? – Soltó el joven con un tono sombrío.

– ¿Te has puesto a pensar que quizás sí fue un accidente?

– No, ¡no puede ser! – Recalcó con firmeza.

No podía ser un accidente. Debía de haber algo, algo oculto detrás de todo eso. Cada vez que escarbaba más en ese asunto, más extraño y más perverso parecía. Tenía que haber algo más, algo más que no estaba viendo, o algo que no podía ver por todo lo confundido que toda esa nueva información lo tenía.

¿Pero qué era? ¿Qué era?

– Si estás tan seguro, pues bien por ti. – Le respondió Olaf, algo harto de ese juego. – Pero si alguien realmente los mató, no fue nadie que estuviera relacionado con nosotros, eso sí lo puedo asegurar…

De pronto, el semblante del mafioso se puso extraño, como si un pensamiento repentino le hubiera cruzado por la cabeza. Esto, Robin lo notó de inmediato.

– ¿Qué es? ¿Qué recordaste? – Le cuestionó con tono exigente.

– Nada. – Murmuró él, despacio. – Es sólo que… sólo Dios sabe con qué clase de locos esa niña se fue a involucrar allá en Rusia.

– ¿Qué dices? – Soltó Robin, alarmado por lo que estaba sugiriendo. – ¿Crees acaso que ella era el verdadero objetivo de todo esto realmente?

– No lo sé, tal vez. Hay gente muy poderosa en San Petersburgo, con gustos bastante repugnantes. Si el hombre equivocado se obsesionó con ella, y sabe que está aquí…

– Eso es imposible… – Susurró despacio, más como un pensamiento para sí mismo. – No, no. Yo le pregunté si había algo sospechoso en esto, si creía que alguien hubiera podido hacerles daño a sus padres, y no me dijo absolutamente nada de esto. ¡En su lugar te señaló a ti!

– Cree lo que quieras. No sé qué le pasó a Víctor y su familia. Sólo sé que si fueron asesinados, yo no tuve nada que ver. Además, ¿no fue ella la única sobreviviente? ¿No sería lo lógico pensar que tuviera más algo que ver con ella?

Robin se sentía confundido, enojado, escéptico. Tenía que haber un error; algo no estaba bien. Él estuvo con esa niña, la miró de frente, y no detectó nada ni remotamente parecido a lo que ese sujeto le había dicho. Era imposible que una niña de diez años lo hubiera engañado de esa forma, que pudiera ocultarle tal dolor y tal pasado, sin que su rostro o su mirada lo reflejaran.

Suponiendo que fuera cierto, ¿cómo debía de sentirse con eso? ¿Debía sentir compasión por ella? ¿O estar molesto por que le hubiera ocultado y quizás mentido? No lo sabía, no sabía nada. Excepto una cosa: tenía encararla de frente y aclarar todo ese asunto de una vez por todas.

Sin decir nada, saltó de pronto de la cornisa, extendió su capa para planear con ella, y se alejó hasta llegar al edificio de enfrente, y luego volver a saltar y repetir el mismo proceso.

– ¡Oye! – Exclamó Olaf al ver que se alejaba. – ¡¿A dónde vas?! ¡Bájame de aquí!

Robin hizo oídos sordos a su petición y se siguió alejando, hasta que Olaf ya no lo vio. Le siguió gritando maldiciones, algunas en inglés, otras en ruso, pero ninguna de ellas lo ayudaría a bajar de ese sitio.

– – – –

Ese día, Stefania había acompañado a Suzy y Michael a su escuela. Martha y Erik habían pensado que era algo pronto, considerando que lo de sus padres acababa de ocurrir, y aún no sabían si la señorita Miriam había encontrado ya a alguno de sus familiares o no. Sin embargo, la pequeña de cabellos rubios insistió mucho en ello. Decía que no quería atrasarse, y ya había faltado jueves y viernes. Al parecer eso le preocupaba enormemente. Les pareció realmente una petición un tanto extraña, pero decidieron apoyarla si eso era lo que quería; ¿qué había de malo con querer ir a la escuela?, después de todo. Además, quizás le ayudaría para poder despejarse un poco.

Le dijeron que podían llevarla a su antigua escuela, pero ella se negó a ello. Entre líneas, les dio a entender que temía que los niños se burlaran o le dijeran cosas por lo ocurrido. Que prefería ir a un sitio en donde nadie lo supiera. En parte, quizás era mejor así. Hablaron entonces con la directora para que le permitiera entrar en alguno de los salones de cuarto grado, sólo por unos días; como un favor especial. Se puso un poco renuente al principio, pero al final accedió.

Si no era ya de por sí extraño todo ello, insistió mucho en llevar su muñeca, Anabelle, con ella. Dijo que la tendría todo el tiempo en su mochila y no la sacaría para nada. Siempre estaba cerca de esa muñeca, a cada momento. Eso les había llegado a preocupar, pero les dijeron que su apego hacia ella podía deberse a que era lo único que había podido sacar de su casa aquella noche, y que podría ser como un recuerdo de su familia; y quizás por ello su renuencia a separarse de ella, o que alguien más la tocara. De momento al parecer no era buena idea intentar quitársela, así que decidieron dejar que la llevara, sólo por esa vez.

Al recogerlos esa tarde, todo parecía haber salido bien. Stefania se veía de mucho mejor humor.

La tarde prosiguió de manera normal; los niños encargados de sus tareas, y más que nada cada quien enfocado en lo suyo. A la hora de la cena, todos se sentaron y charlaron un poco. Stefania habló con mucho entusiasmo de todo lo que había hecho y visto en la escuela, mientras Martha y Erik la escuchaban con atención. Suzy y Michael, sin embargo, permanecían muy silenciosos.



Luego de cenar, Michael debía lavar los platos con Martha. Stefania subió rápidamente hacia su habitación, la que compartía con Suzy, y se sentó en el escritorio a seguir dibujando. Tenía su cuaderno abierto, y realizaba varios trazos de colores sobre la superficie blanca. Parecía realmente concentrada en ello; Anabelle la acompañaba, sentada en el escritorio a su lado. Estaba tan metida en eso, que no notó que Suzy entraba al cuarto, hasta que ya estaba prácticamente de pie detrás de ella.

Lo primero que escuchó fueron sus pasos, y en cuanto lo hizo, cerró abruptamente su cuaderno, y se sobresaltó como si la acabaran de asustar. Se volteó hacia ella rápidamente, y al verla se relajó un poco. Sin embargo, eso no le duró mucho, pues la pequeña de pecas la miraba fijamente con expresión de molestia.

– ¿Qué pasa, Suzy? – Le preguntó, con una pequeña sonrisita en los labios. – ¿Quieres jugar a algo?

– ¿Por qué le mentiste a Martha? – Soltó de pronto sin muchos rodeos. Stefania se extrañó por tal pregunta, que más que pregunta sonaba a acusación.

– ¿Mentir? – Le respondió ella, sin el menor rastro de evasión. – ¿De qué hablas? Yo no le mentí.

– Claro que sí. Le dijiste que te la pasaste bien en la escuela, pero te desapareciste antes del recreo, y volviste hasta antes de la salida.

– ¿Qué? Claro que no. – Stefania soltó una pequeña risilla, como si el comentario hubiera sido alguna clase de broma. – Tienes mucha imaginación, Suzy.

– No, no es cierto. Tú te fuiste de la escuela.

Stefania se quedó en silencio unos segundos. La miraba atentamente, con una expresión neutra que no reflejaba nada; ni sorpresa, ni enojo… sólo nada, en realidad.

– ¿Y cómo sabes eso?, ¿me viste? – Mencionó al fin, sin mutar mucho su semblante. Suzy, sin embargo, no respondió.

Stefania se paró de la silla, tomó a Anabelle entre sus brazos, y entonces se colocó delante de la niña. Abrazó a la muñeca contra su cuerpo, y se agachó un poco para estar a su altura, ya que era un poco más alta. Le sonrió con mucha dulzura, y la miró casi de forma maternal.

– Está bien, escucha. – Comenzó a decirle con suavidad. –  Tenía que hacer algo importante, muy importante. No es nada malo; sólo que hoy me iré a casa.

– ¿A casa? – Cuestionó Suzy, confundida. – ¿A Susia?

La joven rubia soltó una risilla como respuesta al comentario inocente de la pequeña.

– Es Rusia, y no; de hecho es un lugar mucho más cerca. Pero, ¿puedes guardarme el secreto? Si lo haces, te llevaré conmigo de visita. Es un lugar muy divertido, y hay muchos amigos que de seguro te agradarán. Sólo no le digas nada a Martha y Erik por ahora, ¿sí?

– Eso es mentir. – Respondió Suzy de manera tajante.

– No, no es mentir, porque no tienes que decirles nada. Si les dices algo, ellos no lo entenderán; los adultos no entienden estas cosas. Pensarán que es algo malo, y me meterás en problemas. No ganas nada con meterme en problemas, ¿o sí?

– Mamá dice que no debo mentir. – Dijo a continuación, con el mismo tono obstinado y firme.

La sonrisa de Stefania se fue desvaneciendo poco a poco, y todo su semblante de hecho tomó un tono mucho más serio, y mucho más duro, algo que a Suzy extrañó un poco.

– ¿Mamá? – Susurró muy despacio, sin quitarle los ojos de encima ni un segundo. – Tu mamá… es una drogadicta y una criminal, que debe de estar muy feliz en la cárcel, ya que así al menos pudo tomarse unas vacaciones de tener que verte la cara.

Suzy se sobresaltó, casi asustada de oírla decir esas cosas. Y no sólo eran las cosas que acababa de decir; su tono era bastante diferente… casi como si no fuera su propia voz.

– ¿Crees enserio que va a volver por ti? – Exclamó con algo de fuerza, y entonces la tomó abruptamente del brazo con su mano derecha, mientras seguía sujetando a Anabelle contra ella con su brazo izquierdo. La jaló hacia ella para que sus rostros se acercaran; Suzy se veía muy asustada. – Si te quisiera, no se hubiera metido en esos problemas y no se hubiera alejado de ti; no hubiera hecho que te mandaran a servicios infantiles, lejos de tus amigos y tus cosas. Es una mujer malvada que se merece todo lo malo que le hagan. Lo mejor que te puede pasar, es que alguien la maté en prisión, y te libres de tener que vivir con alguien así por el resto de tu vida.

– ¡Cállate! – Gritó la niña con fuerza, y comenzó entonces a zarandearse, intentando librarse del agarre que tenía sobre su brazo. – ¡Le diré a Martha y Erik que dijiste eso!

– ¡No!, ¡Espera! – Le respondió Stefania, ejerciendo fuerza para que no se soltara. – ¡Vamos a hablarlo, Suzy! ¡Yo soy tu amiga!

– ¡No! ¡Suéltame!

Suzy siguió ejerciendo presión, hasta que hizo que ambas cayeran al suelo. Anabelle se escapó de las manos de Stefania, y se deslizó por unos metros lejos de ella. Suzy, inspirada por el mero instinto y el miedo, extendió su mano hacia la muñeca, para tomarla y poder golpear a Stefania con ella.

 – ¡No! – Le gritó la niña rubia, presa del pánico, pero Suzy no escuchó. Extendió su mano, y jaló a Anabelle hacia ella de su brazo.

En cuánto la tomó y la jaló, moviéndola apenas un par de centímetros, Suzy se dio cuenta de algo, algo muy extraño. Había algo mal con esa muñeca… Había algo que no concordaba, y pudo darse cuenta de ello en cuanto trató de tomarla…

¿Qué era eso realmente? ¿Era acaso en verdad… una muñeca…?

Estuvo tan sumida en eso, que no se dio cuenta en que momento Stefania se había parado e ido hacia la puerta del cuarto. Lo único que escuchó, fue el sonido de la puerta cerrándose con fuerza. Cuándo alzó su mirada en dicha dirección, Stefania se encontraba de pie frente a la puerta, con sus brazos cayendo hacia los lados, y parte de su fleco desacomodado, cubriendo su ojo izquierdo. Con el derecho, por otro lado, la miraba fijamente… muy fijamente.

– Te dije que nunca tocaras a Anabelle…  – Murmuró en un tono bajo, cargado de un sentimiento extraño, un sentimiento que Suzy no comprendió, pero no necesitó hacerlo para que éste le causara un profundo… miedo.

– – – –

Stephanie y Cassandra, seguían aguardando a que el examinador de rostros, terminara de hacer su análisis completo, en base a la foto que habían escaneado. Steph había dicho que podría tardar un poco, pero no tenía idea de qué tanto. Seguía sentada en la silla, con sus codos apoyados contra la consola, y su rostro apoyado a su vez en sus manos, al tiempo que miraba con aburrimiento el monitor. Cassandra permanecía parada a su lado, con los brazos cruzados, y ni siquiera parecía estar parpadeando.

– Está tardando, ¿verdad? – Comentó la joven rubia, volteando a ver a su compañera de reojo; ésta ni siquiera se mutó, como si no la hubiera oído siquiera.

Stephanie resopló un poco, apartándose un mechón de cabello del rostro con ese acto.

– ¿Quieres ver todo lo que he recaudado del caso de los niños desaparecidos mientras tanto? – Le preguntó a continuación, obteniendo el mismo resultado. – Genial.

Hizo que la pantalla de la aplicación del escaneo facial se proyectara en otro monitor, y en el principal abrió todos los documentos con toda la información que había recolectado hasta el momento. Stephanie sabía muy bien que era probable que no le entendiera todo lo que le dijera, pero quizás decir sus pensamientos al respecto en voz alta, aunque fuera a una persona que no le respondería nada, le ayudaría a aclararlos, y tal vez darse cuenta de algo que no había visto.

– Al parecer, de los quince casos, nueve de ellos habían recibido denuncias de abuso por parte de los tutores. – Comenzó a explicar. – Marcas de golpes, gritos, e incluso sospechas de abuso sexual. De otros dos, los vecinos, amigos o maestros, afirmaron que había señas, pero nunca se hizo ninguna denuncia. Siguiendo este patrón, sería casi seguro decir que los cuatro restantes estaban en la misma situación. Fue por eso que gran parte de la gente creyó que simplemente habían escapado. ¿Crees que lo hayan hecho realmente?

Volteó a ver a Cassandra en busca de alguna reacción… Pero nada. Sólo miraba con atención al monitor, con sus brazos cruzados, y aún sin pestañear.

– Sí, yo también. – Suspiró, resignada. Cómo lo pensaba, muy seguramente ni siquiera había entendido todo lo que le había dicho.

Y en efecto, así era; no había entendido todo… Pero sí bastante. Su rostro quizás no lo había demostrado claramente, pero esas menciones de niños abusados y golpeados… Era como si viejas heridas comenzaran a arderle de nuevo, y se abrieran rasgando su piel. Podía escucharlo y sentirlo ella misma. Las palabras podrían parecerle confusas… El dolor, por otro lado, era bastante más claro…

Un pequeño pitido proveniente de la computadora, hizo que Cassandra reaccionara y se sobresaltara ligeramente.

– Oh, creo que ya está el resultado. – Señaló Stephanie, y de inmediato colocó la aplicación del escaneo fácil en el monitor principal.

Se desplegaron entonces una serie de fotografías, todas con la misma persona, o al menos bastante parecida, a la de la fotografía que Cassandra había traído. Sólo eran cinco en total: una parecía de un periódico, otra de una foto de pasaporte o credencial, y otras tres algo más casuales y espontaneas. En éstas últimas, se veía mucho más joven que en las demás.

– Aquí está, sí la encontró. – Señaló Stephanie, satisfecha. Ingresó a la primera fotografía para verla más grande, y a un lado se desplegó el texto que la acompañaba. – Su nombre al parecer es Mary Stuart, de origen británico. – Guardó silencio un rato, echando un vistazo al texto siguiente. – Oh, vaya, parece que es un poco famosa. Durante los setenta, cuando era niña, actuó en una comedia británica llamada Love this Baby durante cinco temporadas. ¿Love this Baby? Nunca había oído de ella. ¿Tendrá algún remake?

Buscó en internet el título de “Love this Baby”, y aparecieron varias imágenes de la serie, todas de apariencia antigua, de colores un poco opacos. Y en todas casi siempre aparecía una familia, dos padres, y tres hijos. Uno de los hijos, era una pequeña niña rubia de caireles, y una muy amplia sonrisa; en casi todas a su vez, aparecía usando un vestido morada o uno rosa, y moños que hacían juego con éste, un atuendo bastante anticuado desde la perspectiva de Stephanie. Era bastante similar a la mujer de la fotografía de Cassandra, por lo que era muy probable que en efecto fuera ella de niña.

– Pues no, nunca la he visto. ¿Pero qué haces con una foto de una vieja celebridad de la televisión británica? ¿Y qué tiene que ver con tu caso?

Cassandra esa vez si reaccionó a su pregunta, pero apenas. La miró de reojo unos momentos, y luego se viró de nuevo a la pantalla… y nada más.

– Lo tomaré como un “no sé”. – Añadió Steph, algo frustrada. – En fin, como es famosa, de seguro será más fácil buscar información de ella, hasta en Wikipedia.

Buscó entonces ahora directamente el nombre de “Mary Stuart”, y como pensó que sería un nombre bastante común, lo acompañó con el parámetro del título de la serie, “Love this Baby”, con el fin de encontrar los resultados de búsqueda más relevantes. No tardó mucho en encontrar lo que buscaba, y de hecho más detallado de lo que esperaba. Al parecer había un par de escándalos, o noticias de interés, que habían surgido en torno a la vida de esa actriz, y que la volvieron el centro de interés en su momento.

– A ver… Según esto, luego de terminar Love this Baby, se retiró de la actuación. Al cumplir los dieciocho se mudó a Moscú, donde estudió economía. Se casó con un tal Rupert Dahl en 1985… Oh cielos, que en aquel entonces era un agente de la KGB. Una vida aburrida no ha vivido, ¿no? ¿Crees que él sea el hombre de la foto?

Tomó en ese momento la fotografía de Cassandra. En ella se veía con claridad que Mary Stuart no era la única en ella; alguien la estaba abrazando, pero sólo se alcanzaba a ver su brazo alrededor de ella, como si intencionalmente alguien hubiera cortado la foto para quitar a quien la estuviera acompañando.

– Veamos que más.

Stephanie siguió leyendo un poco más la información. Lo siguiente no era tan interesante, hasta que llegó a un punto en específico.

– Oh, no… Al parecer está muerta. – Señaló con un tono lúgubre, cuyo sentimiento fue tangible hasta para Cassandra. – En 1989 falleció al dar a luz a su primera hija, Mary Louise… Y eso es todo, supongo.

Sin embargo, en la información que había arrojado la búsqueda, venían más reportes, artículos y enlaces, con información que contenía fechas de años posteriores a 1989. Stephanie ingresó a otro, que al parecer hablaba no directamente de Mary Stuart, sino de su esposo.

– Rupert Dahl, nacido y crecido en Moscú, antiguo agente de la KGB, como bien ya dije, hasta la separación de la Unión Soviética; trabajó como policía después de ello.

Entre la información, venía un enlace en particular que llamó la atención de Steph.

– Mira, creo es una noticia más o menos reciente que lo menciona, del 2009. – Señaló, curiosa. Ingresó al enlace, que le abrió la página de un periódico en Rusia, de Moscú para ser exactos. El artículo tenía una foto a un lado de Rupert Dahl, un hombre de cabello negro, algo escaso, y mirada malhumorada y dura, con un rostro llenó de marcas, y no todas causadas por la edad. La imagen era bastante clara, pero en texto no tanto, al menos no para ella, ya que todo el contenido del sitio estaba en ruso. – Bueno, en definitiva no se casó con él por su bello rostro. Déjame correr el programa de traducción para saber qué dice.

Al correr el programa, a un lado se desplegó una copia exacta del sitio, pero con los caracteres occidentales, y en el idioma inglés. Una vez que terminó, pasó a darle una leída rápida al contenido de la noticia. Ésta, sin embargo, no era nada agradable desde el título: Policía local es asesinado a puñaladas en su propia casa.

– Oh, cielos. – Exclamó atónita. – Fue asesinado…. en febrero del 2009, de trece puñaladas en el pecho cuando dormía en su propia cama. Y la principal sospechosa fue su propia hija, Mary Louise Dahl de diecinueve años…

Cuando bajó un poco más para ver el resto de la noticia, en el monitor se plasmó una nueva foto, centrada en el cuerpo de la nota, de tamaño y nitidez considerable. Al ver esa fotografía, o más bien al ver a la persona que en ella se encontraba, tanto Stephanie como Cassandra se quedaron anonadadas…

– Oh… Santo… Spoiler… – Exclamó Stephanie muy despacio, incapaz de poder comprender por completo qué significaba exactamente lo que estaba viendo en esos momentos.

Esa persona en el monitor, miraba fijamente a la cámara con expresión fría e insensible en sus ojos azules; unos ojos que se veían vacíos, sin vida… como si fueran los ojos de una muñeca, y no los de una persona…

– – – –

Durante todo el camino, Robin le estuvo dando vueltas y más vueltas a todo ese asunto. No estaba seguro, ni remotamente, de qué era lo que le causaba más angustia en esos momentos: ¿El hecho de que esa chica podría haber sido mucho más de lo que parecía, y ni siquiera se dio cuenta? ¿Lo perdido que podría haber estado en sus conjeturas sobre lo que se ocultaba detrás d ese misterioso caso? ¿O acaso la preocupación de que después de todo, el objetivo real podría ser de hecho la propia Stefania, y que ésta pudiera estar en peligro inminente? O, tal vez, ¿el hecho de que había confiado en ella y le hubiera mentido de esa forma?

Fuera cual fuera el motivo, ninguno le era agradable, sino todo lo contrario. Odiaba sentirse impotente, torpe, engañado, y desorientado. Él no debería de sentirse así, no podía sentirse así. Era el nieto de Ra’s Al Ghul, entrenado desde muy chico para sobrellevar y enfrentar todo lo que se le parara enfrente; desde lo más simple, hasta lo más peligroso.

¿Realmente un caso tan sencillo como ese lo había despistado tanto? ¿Realmente una niña de diez años había logrado engañarlo y ocultarle algo tan grande? Dentro de toda la lógica que intentaba aplicarle a la situación, había mucha negación de por medio, negación a creer que podría realmente haberle ocurrido algo como eso. Debía haber otra explicación, o quizás muchas explicaciones. Y Stefania tendría que dárselas, quisiera o no hacerlo.

Cuando llegó a la casa, por fuera todo se encontraba bastante tranquilo y oscuro, aunque no era tan tarde. Ingresó por la ventana el cuarto de Stefania en el segundo piso, y se asomó al interior. El cuarto estaba vacío, y las luces apagadas.

– ¿Stefania? – Murmuró muy despacio, pero no recibió respuesta.

Pensó por un momento que todos habían salido a algún lado. Comenzó a inspeccionar entonces de manera rápida a habitación. Todo se veía normal, y nada llamó su atención de forma particular. En el escritorio se encontraba un cuaderno de dibujo, con varios colores regados a lado de él. Tomó el cuaderno, y echó un vistazo; el dibujo abierto, era lo que parecía ser el retrato de una mujer adulta, rubia, con caireles, y moños rosados como adornos. Sonreía con una sonrisa tan amplia, que casi parecía una mueca de caricatura, y usaba un vestido rosado. El dibujo estaba considerablemente bien dibujado y pintado, aunque no era tampoco perfecto. Aun así, desde cierta perspectiva se podría decir que era una mujer hermosa.

Robin hojeó un poco más cuaderno. En su mayoría eran dibujos de paisajes y animales, pero esa mujer se repetía frecuentemente en varios otros dibujos, y en muchas diferentes situaciones. Esa sonrisa tan feliz, pero a la vez perturbadora, se encontraba también siempre presente. Robin percibió luego de un rato, que el dibujo tenía cierta similitud con Stefania, aunque la de la imagen tenía claramente la intención de ser una mujer ya grande.

¿Quién sería?

Escuchó de pronto un fuerte ruido proveniente de la planta inferior, como de algo cayendo y rompiéndose; esto agudizó sus sentidos al máximo. Soltó el cuaderno, y se movió con sigilo hacia la puerta del cuarto, y se asomó hacia afuera; en efecto, el resto de la casa también estaba a oscuras. Bajó rápidamente las escaleras, intentando ocultarse entre las sombras. Más sonidos extraños llamaron su atención en cuanto llegó abajo, similares a gritos o gemidos ahogados, que parecían provenir de la sala, que era también el único sitio del que provenía un pequeño rastro de luz.

Se dirigió rápidamente hasta ese sitio, y se paró en el umbral de la sala. Lo que vio, le fue bastante confuso: cuatro personas, un hombre, una mujer y dos niños, tirados con el pecho al suelo, atados de tobillos y muñecas, y amordazados con fuerza. Los cuatro eran iluminados únicamente por una lámpara ubicada en la esquina de la sala.

– ¡¿Qué sucede aquí?! ¡¿Están bien?! – Exclamó por reflejo al verlos. En cuanto el hombre notó su presencia, comenzó a retorcerse un poco, y a intentar estirar su cuello hacia él. – Todo está bien, voy a…

Sus palabras se quedaron atoradas en su garganta. De lo que Robin no se dio cuenta, fue que el nombre atado intentaba más bien de advertirle o indicarle con su mirada que viera atrás de él. De haberlo hecho, podría haber visto al enorme hombre que lo golpeó un segundo después con fuerza en la cabeza, creando un sonido metálico.

La cabeza de Damian se agitó por ese golpe, y su cuerpo se desplomó al suelo con fuerza. Su vista se nubló, y comenzó a sentir que todo le daba vueltas; el dolor por el golpe se volvió rápidamente intenso en un abrir y cerrar de ojos. Como pudo se viró en su dirección, intentando poder entender aunque fuera un poco qué había ocurrido. Entre las sombras del pasillo, dos enormes figura de gran tamaño, ambos vestidos con camisetas blancas y pantalones, lo miraban con expresiones y duras y estoicas; uno de ellos, tenía una palanca de metal en su mano.

La imagen ante él era difusa, y esos dos hombres le parecían en ocasiones que eran cuatro. Todo se volvió más confuso, sin embargo, cuando vio emerger de entre las sombras la silueta de una tercera persona, que avanzó lentamente hacia él, hasta que la escasa luz de la sala la iluminó. Era de baja estatura, vestía unas medias blancas y zapatos negros, lustrosos. Un vestido rosado, que llegaba un poco por debajo de sus rodillas, y tenía su cabello sujeto en dos colas a los lados, sujetas con dos moños, también rosados. Abrazada contra ella con su brazo izquierdo, llevaba esa muñeca, de cabellos rubios, vestido azul y ojos de botones negros.

La muñeca no fue lo único reconocible en ella para Damian; su rostro igualmente le resultó familiar, pero… a la vez, totalmente desconocido. Sí, era el rostro de la niña que había conocido, el mismo rostro que había visto en todas esas ocasiones. Pero la expresión, el sentimiento que reflejaban sus ojos, la horrenda mueca llena de malicia que dibujaban sus labios… Era su rostro, pero de ninguna manera podía tratarse la misma persona. Ya fuera por las sombras que se proyectaban sobre ella por la poca luz, o por el gran mareo y confusión que le había ocasionado el golpe, pero lo cierto es que no parecía siquiera el rostro de una persona… Sino el de un verdadero y horripilante monstruo.

– Dulces sueños, pajarito… – Susurró con una voz profunda, astuta, y frívola… que ni siquiera tenía rastro alguno de acento en ella.

No tuvo más oportunidad de intentar siquiera entender qué era lo que estaba viendo, pues en ese momento el mismo hombre de la palanca, alzó ésta sobre su cabeza, y la dejó caer con gran fuerza hacia él de un sólo tajo, dejándolo totalmente a oscuras tras esto.

– – – –

– Es ella, la niña sobreviviente del incendio. – Señaló Stephanie, mientras ambas seguían mirando atónitas la fotografía en el monitor: la fotografía de una chica, que a simple vista parecía una niña pequeña, rubia y de ojos azules, con un rostro que a ambas le resultó bastante conocido de inmediato. – Pero no se llama Stefenia, es Mary Louise Dahl. Y no es una niña; Debe de tener… ¡cómo veinticuatro años! Y mató a su propio padre…

Stephanie no tenía ninguna duda. Cuando Damian les mostró su foto el otro día, su rostro se le había quedado totalmente grabado en su memoria, pues le había parecido una niña bastante linda. Pero en esa foto no se veía nada linda; su rostro se veía algo demacrado, su boca hacía una mueca de disgusto, y sus ojos miraban al frente, carentes de vida o sentimiento alguno en ellos. Su cabello estaba suelto y desalineado… Pero era ella, estaba segura.

Cassandra también lo estaba. Jamás olvidaba un rostro, jamás olvidaba una expresión, unos ojos, unas facciones… Era la niña que habían salvado… Pero no era una niña, no era para nada lo que habían creído.

Eso era, eso era lo que estaba mal. Lo había notado desde aquella noche; los ademanes y las expresiones de esa niña no eran normales, no estaban bien. Algo en ella no le había agradado desde ese momento, pero no fue capaz de entender qué, ni fue capaz de poder expresar esa inconformidad de manera coherente.

– ¿Pero qué está pasando aquí…? – Soltó Stephanie, aún incapaz de lograr entenderlo todo.

Cassandra no sólo no hizo intento alguno de responderle algo, sino que además salió corriendo en ese momento hacia su motocicleta.

– ¡Espera! Cass, ¡espera! – Le gritó Stephanie con ahínco, pero fue inútil. Black Bat se subió a su vehículo y arrancó a toca velocidad, saliendo a toda prisa de la cueva.

Stephanie no sabía qué hacer; ni siquiera comprendía qué era lo que había descubierto, ¿cómo comprendería cuál era la acción correcta a seguir? Se volvió de inmediato de regreso a la computadora, insegura de qué presionar siquiera.

– ¿Cómo me comunicó con los otros con esto? – Pensó en voz alta para sí misma. –Computadora, comunícame con Tim… Digo, Red Robin… ¡Comunícame con quien sea!

Tardó unos minutos en poder hacerlo, pero al final lo logró. Tenía que avisarles a Tim, Dick y Bárbara lo que habían descubierto; decirles que Damian después de todo había ganado su apuesta. En efecto, había algo extraño en ese caso, pero abrumadoramente más extraño de lo que cualquiera de ellos podría haber supuesto en un inicio.

FIN DEL CAPITULO 05

Notas del Autor:

Y sorpresa, sorpresa (o quizás no tanto), se revela al fin quién es el villano principal de esta historia. Y si a alguno quizás no le son familiares los nombres mencionados, no se preocupe, que es natural. Mary Louise Dahl, alias Babydoll, no es un villano que haya aparecido en los cómics de Batman, sino que es una villana original de Batman, la Serie Animada. Aquí, sin embargo, me he tomado la libertad de cambiar algunos aspectos de su historia, y también de su personalidad, aunque esto se verá más a detalle en el siguiente capítulo. Además, en las notas del primer capítulo, mencionaba que me había inspirado en una película en especial para esta historia. La película en cuestión, si acaso no lo han adivinado ya, fue la película de suspenso Orphan o La Huérfana, cuya protagonista (si se le puede llamar así), es una asesina de más de treinta años pero con apariencia de niña, muy similar a Babydoll.

Y es que originalmente, mi intención era de hecho hacer un Crossover entre Batman y dicha película, de tal forma que Esther tomara el lugar de Babydoll. Pero al final decidí mejor dejar a Mary Louise como en la serie original. Pero me gustaron tanto algunos aspectos de la historia que ya había pensado y bocetado en mi cabeza en torno a la primera versión con Esther como villana, que decidí dejar algunos. Como por ejemplo, que Stefania/Mary fuera originaria de Rusia, como lo es Esther, o que en un inicio nadie supiera su verdadera identidad, entre muchos otros detalles que quizás varios pudieron percibir. Quizás eso cause que la historia del personaje sea bastante parecida a la del personaje de Orphan, pero intentaré que de ahí en adelante sea lo más similar al personaje que conocimos en la serie animada; aunque claro, con algunos detalles personales para adaptarla al tono y estilo de esta historia, así como algunas interpretaciones propias de su forma de ver el mundo en general.

Babydoll es de hecho de los villanos más interesante para mí, de la serie animada, y me sorprende que nunca haya sido plasmada en los cómics. Por ello, decidí yo mismo crear mi versión de como un personaje como ella pudiera encajar en otra historia de Batman, como en ésta. Pero bueno, para conocer más sobre esta versión personal de la villana, quédense al pendiente de los siguientes capítulos. Espero les sea interesante cómo la retrate.

¡Nos vemos!

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Batman Family: Muñeca Maldita. Damian y Cassandra, ahora con las identidades de Robin y Black Bat, intentan acoplarse con problemas a su nueva vida como héroes de Gótica. Una noche de noviembre, salvan a una niña de un terrible incendio, en el que fallecen sus padres y su hermana mayor. La niña es enviada a un hogar temporal, y la investigación de la policía concluye en que todo fue un accidente. Sin embargo, Damian no está convencido de ello, y desea investigar un poco más el incidente con la ayuda de Cassandra. ¿Qué es lo que descubrirán al final?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

Si te ha gustado mi trabajo y deseas ver más de él, puedes apoyarme invitándome un café. Será enormemente apreciado.

3 pensamientos en “Muñeca Maldita – Capítulo 05. Dulces sueños, Pajarito

  1. robert efren

    Hasta ahora la historia a estado bastante buena con esta buena atmósfera de suspenso, sigue así. Para cuando el siguiente capitulo? 🙂

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    1. WingzemonX Autor

      ¡Hola!, muchas gracias por tu comentario, y me alegra que te esté gustando 🙂 El siguiente capítulo ya tiene algo de progreso, espero poder publicarlo muy pronto. ¡Gracias!

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  2. Pingback: Muñeca Maldita – Capítulo 04. Algo no está bien – WingzemonX.net

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