Fanfic Invierno Eterno – Capítulo 03. Cuidar de mi Gente

14 de marzo del 2017

Invierno Eterno - Capítulo 03. Cuidar de mi Gente


Invierno Eterno

Por
WingzemonX & Denisse-chan

Capítulo 03
Cuidar de mi Gente

Todo jefe vikingo de la Isla de Berk, siempre había tenido una mano derecha; un segundo al mando, un subjefe, o simplemente alguien que siempre debía de estar ahí para él en cualquier momento, para servir de su soporte y su base para bien y para mal. No era precisamente un puesto oficial; no venía acompañado de una ceremonia, un juramento, o un caso especial. Era más algo que todos daban por sentado que debía estar ahí, y así era siempre.

En el momento en el que Hiccup Horrendous Haddock III tomó el puesto de jefe, hace apenas unos cuantos meses atrás, luego de la muerte de su padre, no existió duda alguna para nadie en la isla de quién sería el elegido para tomar dicho puesto no oficial; o más bien en ese caso, la elegida.

Astrid Hofferson, ni siquiera fue consciente de en qué momento había recaído en ella la responsabilidad de ser la mano derecha del nuevo jefe. Nadie se lo indicó, o la señaló, o le preguntó siquiera si quería hacerlo, ni siquiera Hiccup. Simplemente, cuando menos lo pensó, la gente ya la trataba y llamaba de esa forma, y acudía a ella en busca de ayuda y consejo, o para que intercediera por ellos ante Hiccup. Al inicio ni siquiera se dio cuenta de ello, ya que creyó que todo eso se debía sólo a su relación con el joven castaño. Sin embargo, al final le fue más que evidente que se trataba de algo mucho más allá de eso.

Siendo que muchos la consideraban la mejor guerrera de la nueva generación, además de una persona que había demostrado a lo largo de los años bastante inteligencia y sensatez, y en efecto, por su relación tan cercana con Hiccup, la gente sencillamente la consideró la opción perfecta y más viable para el trabajo… Y ella no tuvo siquiera la opción de negarse a ello.

Ahora era su trabajo estar ahí siempre para Hiccup, lista para apoyarlo en todo, para darle su mejor consejo y su guía, y seguirlo hasta a la más loca aventura, como recorrer el mundo congelado en busca de alguna respuesta que podría bien no existir.

Claro, suena bien dicho desde afuera. Todo el respeto y confianza que traía consigo, que la gente dependiera de ti, y poder ayudar a las personas. Pero más pronto que tarde, el glamour del liderazgo se volvía ambiguo y pesado. Y no sólo en ella, ya que si bien eso la podía llegar a afectar irremediablemente, era más que evidente el efecto que estaba teniendo en Hiccup. Todo ese viaje, no era más que una respuesta más a la gran presión que estaba significando el puesto de Jefe para el Amo de Dragones. Ya las cosas eran demasiado tensas desde antes, como para que ahora pasara que el invierno se alargara y empeorara de esa forma.

Todo eso era una bomba a punto de explotar en cualquier momento, y eso lo sabía muy bien. Y al final… explotó irremediablemente.

Pero ahí debía de seguir, cumpliendo su papel de segunda al mando, de apoyo incondicional de su jefe, le gustara o no. Era la responsabilidad que había tomado sin que nadie se lo preguntara, y sin que tuviera que aceptarla. Y no era nada, pero nada sencilla.

Luego de esa pequeña discusión con Hiccup, si es que se le podía llamar así, todos parecían dar por hecho que iría tras él para intentar hablarle, convencerlo y ayudarlo a aclarar sus pensamientos. No lo hizo; de hecho, era lo que menos deseaba hacer en esos momentos. En su lugar, se fue a caminar entre el bosque sin rumbo fijo, sencillamente para estar sola y alejarse lo más posible de los otros. Al final, su caminata la llevó a otro punto de la playa que rodeaba la isla. No creía haber caminado tanto como para que fuera el extremo contrario, pero sí debía de estar bastante alejada.

Se dejó caer de sentón en la nieve, y se abrazó de sus propias piernas mientras miraba hacia el horizonte congelado y neblinoso. En una situación así, habría muchas cosas que podría hacer para despejarse; arrojar piedras al agua sería una buena opción. Sin embargo, en el estado actual, tuvo que optar por la mejor alternativa: arrojar bolas de nieve al hielo. Agarraba nieve con ambas manos, les daba forma de bola, y luego la arrojaba con todas sus fuerzas al frente. La mayoría del tiempo la bola se deshacía en el aire, quizás a causa del viento, pero en otras lograba formar un arco perfecto y hacerse pedazos al chocar contra la superficie dura del hielo.

Estuvo entretenida en esa labor y en sus pensamientos por un largo rato, antes de que la silueta de Stormfly, volando sobre su cabeza, la hiciera distraerse. El dragón azul descendió hacia ella, notándose muy alarmado. Aterrizó con ímpetu, y comenzó a gruñir y a agitar sus alas con violencia.

– Stormfly, tranquilízate, quieta. – Le indicó la vikinga, intentando tomar su rostro entre sus manos para calmarla, pero ella no se dejaba. – ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo? ¿Dónde están los otros?

El dragón seguía igual de inquieto, y Astrid no era capaz de comprenderlo. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en ver con sus propios ojos qué era lo que la había alertado tanto.

Comenzó a escuchar muchos sonidos extraños que venían del bosque. Eran como golpes pesados contra el suelo, que hacían temblar las ramas de los árboles, y hacían que la nieve se cayera de éstas. La vikinga rápidamente tomó su hacha con ambas manos, y plantó sus pies con firmeza en la nieve. No tenía ni idea de qué estaba provocando esos sonidos, pero su experiencia le indicaba que no era buena idea quedarse sentada a esperar a que lo que fuera llegara a ti, especialmente estando desarmada.

Siguió aguardando, y los golpes se volvían más y más fuertes. Entre los árboles, comenzó a ver enormes siluetas entre los árboles. Pudo ver que derribaban troncos, y se iban aproximando en su dirección. No tenía idea de qué eran, pero… no tenía deseos de averiguarlo.

– Será mejor que nos vayamos de aquí. – Murmuró muy despacio, y lentamente comenzó a retroceder hacia Stormfly, para subirse a su lomo y salir volando. Sin embargo, una de esas criaturas pareció notar su presencia, y lo demostró soltando un intenso gruñido al aire, que hizo temblar más las copas de los árboles de lo que sus golpes y pasos lo habían hecho ya.

Las tres criaturas blancas y de gran tamaño, comenzaron a dirigirse en su dirección, derribando árboles a su paso. Stormfly saltó frente a Astrid y soltó un fuerte disparo de fuego justo cuando el primero de los monstruos salió a la playa. El impacto lo hizo retroceder y caer hacia atrás, con un gran agujero en el pecho. Otros dos más saltaron sobre su compañero hacia ellos.

Astrid gritó de forma aguerrida, y se lanzó hacia el frente, cortando el torso de uno de ellos con su hacha. El filo atravesó sin problema el blando material de la criatura, pero un poco después  la herida se cerró.

– ¿Qué? – Exclamó sorprendida.

El monstruo no tardó en lanzarle su grandes zarpas para golpearla, pero la guerrera se movió con agilidad para esquivarlo, y luego rodar por la nieve hacia la derecha para alejarse de él. Cuando se alzó, vio también que aquel al que Stormfly le había disparado, ya estaba de nuevo de pie.

¿Qué rayos eran esas criaturas?

Stormfly les lanzó a los tres, espinas de su cola, y todas ellas se clavaron en sus cuerpos, pero ninguna surtió el menor efecto. Astrid se limitó por un tiempo a sólo esquivar sus ataques, y luego contraatacar, pero el resultado era el mismo. Al final, optó por volver a su plan original e irse de ahí. Se colocó de nuevo su hacha en el la espalda, y comenzó a correr hacia Stormfly. Sin embargo, una de las criaturas, que estaba en el suelo luego de un disparo del dragón, la tomó con fuerza de su pierna, y la hizo caer de cara contra la fría nieve.

La criatura se alzó en sus pies, y le levantó también a ella, teniéndola aún sujeta de su pierna. Astrid, colgada de cabeza, de inmediato intentó alcanzar su hacha para cortar su brazo y liberarse. Pero antes de que lo hiciera, vio como una figura de gran tamaño tacleó a la criatura por detrás, quebrando su cuerpo en mil pedazos, pero a su vez haciendo que ella cayera de cabeza a la nieve.

– ¡Aaaaaah! – Gritó a todo pulmón, antes de caer y terminar con su torso casi enterrado por completo dentro de la nieve. Luego de unos angustiantes momentos, logra liberarse, y toma una fuerte bocanada de aire que tanta falta le había hecho.

– Ten más cuidado, subjefe. – Escuchó que pronunciaba la voz de Eret, no muy lejos de ella. Al alzar su mirada, lo vio a su lado, montado sobre Rompecraneos, y con sus dos espadas desenvainadas. Al parecer había sido su dragón el que había destruido al monstruo que la sujetaba.

– ¡¿Qué rayos son esas cosas?! – Exclamó Astrid con una combinación de enojo y preocupación.

– ¿Y yo qué sé? Pregúntale a tu novio, él es el experto en rarezas como éstas.

Rompecraneos tuvo que elevarse un poco para esquivar un golpe de una de las criaturas, y Astrid se agachó a su vez, casi pegando su pecho contra la nieve, para salir de su alcance.

– ¡Astrid! – Escuchó que gritaban sobre ella. Miró como pudo al cielo, y notó que Hiccup y los otros sobrevolaban sobre sus dragones.

Eso le parecía una estupenda idea en esos momentos.

Stormfly se colocó de pronto a su lado, por lo que de inmediato saltó a su lomo en cuanto le fue posible.

– ¡Tenemos que irnos de aquí!

– ¡Dinos algo que no sepamos! – Le respondió Eret, mientras Rompecraneos intentaba abrirse paso.

Los demás bajaron hacia el campo de batalla, y rápidamente lograron repeler o al menos distraer a los monstruos lo suficiente para que Eret y Astrid pudieran despegar.

– ¡Hay que elevarnos!, ¡rápido! – Les indicó Hiccup con tono de mando.

No necesitaba decirlo dos veces. De inmediato todos emprendieron el vuelo, pero uno de los monstruos logró tomar con fuerza la cola de Barf y Belch en pleno vuelo, frenándolos de golpe y haciendo que Tuffnut y Ruffnut casi se cayeran, pero ambos se aferraron con fuerza al cuello de su respectiva mitad para evitarlo.

– ¡Belch!, ¡Vamos, vamos, vamos! – Le gritaba Tuffnut a su dragón con ahínco. – ¡No dejes que éste monigote de nieve nos capture! – Se giró entonces hacia la enorme criatura, con cara que intentaba parecer intimidante. – ¡Oye tú! ¡Tienes el cerebro hecho de hielo!, ¡¿no?! ¡Hombre mono de las nieves!

Los comentarios del joven vikingo, al parecer hicieron enojar aún más al monstruo que los sujetaba. Comenzó en ese momento a agitarlos en el aire con violencia de un lado a otro, mientras el dragón de dos cabezas usaba todas sus fuerzas para intentar zafarse. Los gemelos comienzan a gritar con miedo, y a sentirse profundamente mareados por el ajetreo. Sin embargo, mientras la criatura los agita, Barf aprovecha para soltar el gas explosivo, el cual se acumula sobre la cabeza del monstruo, un poco ayudado por su propio movimiento, para que luego Belch disparara la chispa, creando una explosión tan fuerte que voló el brazo del monstruo, aunque también los mandó a volar a ellos, haciéndolos dar varias vueltas en el aire.

Los gemelos gritaban con fuerza y terror, aferrados a los cuellos de sus dragones mientras giraban.

Antes de alejarse por completo, Hiccup y Toothless regresaron una vez más, para darle unos últimos disparos a los tres monstruos, volando sus cuerpos en pedazos, para que así tardaran en recuperarse y les dieran tiempo de hacer distancia. Una vez que todos estaban libres, y todos encima de sus dragones, pudieron alejarse volando sobre el mar congelado.

– ¡¿Qué parte de insultar al monstruo gigante de nieve te pareció buena idea?!, ¡Idiota! – Le gritó Ruffnut a su hermano, lanzándole una patada en su hombro, como si quisiera tumbarlo.

– ¡Obviamente hice más que tú, tarada! – Le respondió Tuffnut, intentando regresarle la misma patada

– ¡Tranquilos todos! – Les gritó Hiccup, volteando a ver sobre su hombro. – ¿Están bien? ¿Alguno está herido?

Astrid y los otros seguían muy alterados, pero uno a uno pudo indicarle a su jefe de que todos se encontraban bien, y en una pieza.

– Hiccup, no destruimos a esas cosas, ¿cierto? – Comentó Astrid, volando a su lado. – ¿Qué eran? ¿Enserio estaban hechas de nieve?

– Eso parece. – Respondió el joven castaño con seriedad. – No sé qué eran. Los vi caminar sobre el mar congelado hacia la isla, como si fuera cualquier cosa.

– ¿Caminan sobre el mar congelado? – Había cierto nerviosismo en su voz, que intentaba sin embargo disimular lo más posible. –  ¿Y qué haremos si llegan a Berk?

Hiccup se quedó en silencio un rato, mirando pensativo al frente.

– No lo harán… Berk está rodeado por glaciares, pero aún tiene mar que lo proteja. Estará seguro.

– ¡¿Pero por cuánto tiempo?! – Exclamó Snotlout, alarmado. – Si el clima sigue cambiando así, ¿cuánto tiempo pasará antes de que el mar congelado llegue hasta Berk? No, enserio… ¿Cómo cuánto tiempo? ¿Días? ¿Semanas?

– ¿Y-y-y q-qué tal si no son los únicos? – Murmuró Fishlegs de forma temblorosa. – ¿Qué tal si hay más de dónde vinieron? ¡¿Q-Qué haremos?! ¡Apenas logramos lidiar con tres de ellos!

Hiccup seguía callado, con su atención vista al frente, aunque no tenían ninguna ruta o destino trazado.

– Hiccup, tenemos que volver a Berk. – Murmuró Astrid con seriedad. – No importa lo que esté pasando en el mundo con este frío. Nuestra prioridad debe de ser cuidar de nuestra gente.

¿Cuidar de su gente? ¿Qué significaba eso realmente? ¿Podría realmente hacer eso volviendo a Berk? ¿Qué diferencia podría hacer su sola presencia en la isla?, ninguna. Pero allá afuera, aún había algo más que podía hacer.

– ¡Tienen razón! – Les respondió con la suficiente fuerza para que todos lo oyeran. – ¡Ustedes hagan eso! ¡Yo iré al continente como habíamos dicho! ¡Toothless!

De inmediato, y sin darle a tiempo a ninguno de responder de alguna forma, hizo que su dragón se diera la vuelta y comenzara a ir en una dirección totalmente diferente al resto, ante los ojos incrédulos de sus amigos.

– ¡¿Qué?!, ¡No!, ¡Hiccup! – Le gritó Astrid con todas tus fuerzas. – ¡No puedes irte así como así! ¡Por los Dioses!, ¡eres el vikingo más terco, loco y cabeza dura que he conocido!

Sus gritos llegaron a oídos sordos, pues Hiccup y Toothless siguieron alejándose por su cuenta

– Maldición. – Soltó la segunda al mando, entre dientes. – ¡Yo lo acompañaré! ¡Ustedes vuelvan a Berk y cuéntenle a Valka todo! ¡Y que mande refuerzos si no volvemos dentro de dos semanas! ¡Vamos, Stormfly!

Hizo rápidamente que su dragón también girara, y se adelantara lo más posible para alcanzar a Hiccup.

– ¡¿Astrid?! ¡No puedes…! – Exclamó Eret, sorprendido, pero igualmente Astrid no lo escuchó y siguió de largo. – Oh, parece que sí puede… ¡Par de idiotas!, ¡Ni siquiera han estado en el continente antes! ¡Los matarán de seguro si no voy a cuidarlos!

Y entonces, Eret giró también su dragón en su dirección, y comenzó a seguirlos con apuro.

– ¡No!, ¡Eret! ¡Tú no! – Exclamó Ruffnut, extendiendo una mano hacia él. – ¡Espera! ¡Yo también voy…!

– ¡Tú no vas a ningún lado! – Comentó su gemelo, evitando que su dragón se saliera de la formación.

– ¡Yo tampoco! – Agregó Snotlout. – ¡Yo si me regreso a Berk! ¡Tuve suficiente de este hielo, nieve y monstruos!

– ¡¿Pero qué haremos si nos quedamos sin jefe?! – Exclamó Fishlegs, algo asustado al ver como los otros tres se alejaban. – ¡Esto… no me gusta para nada!

– – – –

Luego de su bastante perturbadora y confusa plática con la bruja del Bosque, Merida se dirigió como un relámpago de regreso a su castillo, cabalgando en el lomo de su leal Angus. La nieve aún seguía bastante tranquila, por lo que su trayecto no tuvo problema alguno. Sin embargo, la cabeza de la princesa estaba tan llena de ideas y preocupaciones, que cada paso de su caballo le parecía una eternidad.

¿En verdad era cierto todo lo que le había dicho? ¿Realmente todo eso era obra de una bruja?, ¿una gran y poderosa bruja que deseaba cubrir el mundo entero en hielo y nieve? Si era así, entonces no había tiempo que perder; hasta el más pequeño segundo podría ser perjudicial.

En cuando ingresó por el portón principal que conducía a los patios del castillo, se dirigió directo a los establos, en donde dejó a Angus a uno de los cuidadores, para que lo desensillara y colocará en su cajón. Normalmente ella lo hacía por su cuenta, pero esa era una ocasión muy urgente, en la que no se podía dar ese lujo. Corrió con el mismo apuro hacia el interior del castillo, abriéndose paso entre todos los sirvientes y guardias, con la única y clara misión de encontrar lo antes posible a sus padres y decirles todo lo que acababa de descubrir.

– ¡Pa!, ¡Ma! – Gritaba con fuerza, mientras corría entre los pasillos.

Al estar bajando con prisa las escaleras que llevaban al comedor, pasa fugazmente a lado de Maudie, aunque ni siquiera pareció notarla, y más bien incluso casi la hace caer de la forma tan agresiva en la que se abrió paso a su lado.

– ¡Princesa! – Exclamó la sirvienta, teniendo que pegarse rápidamente contra el muro para que ella pudiera seguir su camino. – Pero… Princesa, ¡¿está usted bien?!

Alarmada por la forma de actuar de la pelirroja, se apresuró para poder alcanzarla.

Merida llegó al comedor, el último sitio en el que había visto a su madre y a sus hermanos. Sin embargo, como era bastante obvio, su madre ya no estaba ahí; de hecho, el comedor estaba totalmente vacío.

Se apoyó en sus rodillas, respirando agitadamente. Era más la ansiedad que la invadía lo que le cortaba la respiración, más que el cansancio por haber recorrido toda esa larga distancia en tan poco tiempo.

– Princesa, ¿qué ocurre? – Escuchó que le cuestionaba la voz de Maudie a sus espaldas. – ¿Le pasó algo?

Merida se irguió de golpe y se giró rápidamente hacia ella, con una mirada fulminante en los ojos.

– ¡Maudie! ¡¿Dónde están mis papás?! – Le preguntó abruptamente, y entonces la tomó de los hombros, comenzando a sacudirla un poco sin proponérselo conscientemente. – ¡Dime!, ¡por favor! ¡Es muy urgente que hable con ellos de inmediato!

– ¿Eh?, ¿Qué?…

Maudie se puso nerviosa en cuanto ella la tomó y agitó de esa forma, pero sobre todo por la mirada que tenía en sus ojos en esos momentos.

– Ah… Ah… – Balbuceó un poco, sin poder aclarar ninguna palabra. – A su majestad el Rey no lo he visto, pero… creo que la Reina está en su cuarto de manualidades, trabajando en su tapiz.

– ¡Ese bendito tapiz! – Exclamó con fuerza, y rápidamente soltó a la sirvienta, para luego comenzar a correr escaleras arriba. Maudie, por su parte, se quedó en su sitio, algo mareada por tanto ajetreo, y bastante confundida por todo lo demás.

Merida subió hacia el pasillo superior, y luego giró en dirección hacia el cuarto de manualidades de su madre. Iban tan deprisa y tan metida en sus pensamientos, que pasó de largo la puerta unos cuantos metros, antes de poder frenarse, volver sobre sus pasos, y entonces llegar al fin ante la puerta que buscaba, la cual abrió de golpe sin molestarse siquiera en tocar.

– ¡Mamá! – Exclamó con gran ímpetu, seguida después por varios jadeos.

Elinor se encontraba sentada en un taburete frente al nuevo tapiz que estaba cociendo, el cual era otro dibujo de su familia, pero algo más actualizado. La mayor diferente que se notaba, eran las estaturas  y apariencias de los tres pequeños, en comparación al anterior. En la imagen de Merida también se notaba un ligero cambio.

En cuanto la puerta se abrió de esa forma, la reina retiró su atención unos instantes del tapiz, y se centró en su muy repentina visita.

– Oh, eres tú, Merida. – Exclamó con un tono neutro, y luego se viró de nuevo a la tela, continuando sutilmente con su labor. Al parecer, el que entrara de esa forma no causó la menor impresión en ella. – Volviste rápido; supongo que no conseguiste nada. No te sientas mal, ya le dije a Maudie que te prepare un caldo de buche para cenar.

– ¡Mamá!, ¡deja lo que estás haciendo!, ¡ya! – Le respondió la pelirroja con fuerza, azotando la puerta detrás, para luego correr hacia ella, y pararse a sus espaldas. – ¡Esto es importante! ¡Es sobre el Invierno Eterno!

– ¿De qué estás hablando? – Cuestionó la reina, bastante confundida por la actitud tan extraña de su hija. – Cálmate, por favor…

– ¡No me puedo calmar!, ¡todos estamos en peligro!

Inspirada por su desesperación, la princesa comenzó a caminar en círculos por el cuarto, mientras su enmarañada madre la seguía con la mirada.

– Hija, por favor; respira, cálmate, y entonces habla, que no te estoy entendiendo…

– ¡Pero claro que no me entiendes, mamá! ¡No te he explicado nada!

Siguiendo un poco su consejo, se tomó unos segundos para respirar profundamente, e intentar calmar un poco sus nervios, para así poder explicarse mejor.

– Está bien. La verdad es que no salí de cacería. Fui a hablar con la bruja, la que te convirtió en oso hace años…

– ¡¿La Bruja?! ¡Merida! – Pronunció Elinor con tono casi molesto, parándose abruptamente de su asiento. – Dijimos claramente que no volveríamos a…

– ¡No te preocupes por eso ahora! – Le interrumpió abruptamente. – Necesitaba hacerlo; tenía que preguntarle sobre este frío que está azotando la región, ¡y me dijo que en efecto no es algo natural!

– ¿Qué? ¿A qué te refieres con que no es algo natural?

Elinor miró a su hija con una mirada inquisitiva, y bastante escéptica, aunque no supiera qué era exactamente lo que estaba a punto de decirle.

– ¡A eso mismo! ¡Me dijo que esto no es algo normal! – Recalcó con intensidad, señalando con su dedo hacia la ventana del cuarto, por el que se veía caer la nieve. – ¡Me dijo que esto es obra de otra bruja! ¡Una bruja a la que llaman la Reina de las Nieves!

Elinor parpadeó un par de veces, y luego se quedó totalmente callada por unos segundos, como si tardara un rato en poder comprender por completo el significado de sus últimas palabras.

– ¿La Reina de las…? Ah, entiendo. – Exclamó la reina, exhalando un cansado suspiro. –Estuviste escuchando a las sirvientas hablar, ¿cierto? Hija, son sólo rumores. Sabes muy bien que la gente siempre intenta explicar con magia lo que no entiende. Pero no siempre porque algo no tenga sentido, la mejor explicación es decir que lo hizo una bruja. La primavera ya llegará…

– ¡No!, ¡no es así! – Señaló Merida con enorme firmeza, tanto en su voz como en su mirada, que a Elinor le pareció bastante especial, incluso viniendo de su primogénita, que era la representación viva de la firmeza.

Merida comenzó entonces a contarle lo más rápido, pero a la vez detallado, posible, todo lo que la bruja le había contado. Le contó sobre la historia de princesa de aquel reino al otro lado del océano, sobre el misterioso poder con el que supuestamente había nacido, de la muerte de sus padres, su coronación fallida, y como comenzó cubrió todo su reino de nieve, y poco a poco lo mismo se había estado extendiendo por el resto del mundo, todo tal y como la bruja se lo dijo.

Elinor, salvo por un par de interrupciones para intentar aclarar lo más posible sus palabras, permaneció callada, y escuchando atentamente todo lo que Merida le decía. Una vez que su hija terminó, permaneció callada, con un semblante bastante serio en su rostro. Se cruzó de brazos, y comenzó entonces a caminar hacia la ventana, asomándose hacia el exterior para contemplar los copos de nieve que seguían cayendo.

– ¿Y estás segura de que puedes confiar en la palabra de esa bruja? ¿De que no te estaba engañando o jugando o contigo?

– Yo en verdad le creo. – Recalcó Merida con seguridad. – No tenía ningún motivo para engañarme de esa forma, ¡no habría ganado nada con ello!

Elinor suspiró, y luego llevó sus dedos a sus ojos, tallándolos ligeramente con su pulgar y su índice.

– Merida, tienes que entender que lo que me estás diciendo es… – Sus palabras se cortaron, quizás al ser incapaz de terminar de estructurar por completo la frase en su cabeza. – Tú sabes que siempre he creído en la magia; y luego de lo que me ocurrió hace dos años, no es que me quede de otra. Pero, ¿decirme que una sola bruja es capaz de cubrir todo el mundo de nieve y hielo? Es… Sencillamente es…

– ¡Ya lo sé! – Exclamó la chica pelirroja con furor. – Sé que suena totalmente increíble, y ella dijo que era un rumor. ¿Pero qué tal si ese rumor termina siendo cierto? Mira allá afuera, mamá. Sabes muy bien que esto no es normal, y que está empeorando. Debemos aceptar la posibilidad de que podría haber magia involucrada en esto.

¿Realmente podría ser cierto? ¿Podría todo eso ser obra de magia? ¿Podía existir realmente una magia tan poderosa? Elinor colocó delicadamente sus dedos sobre el cristal de la ventana; éste se encontraba frío, muy frío. En verdad había algo muy extraño en ese largo invierno. Nunca había pasado antes, y ahora ocurrió de un año para otro sin ningún tipo de precedente. Pero la historia que le acababan de contar sonaba demasiado difícil de creer, y no decía nada claro o congruente sobre lo cual sostenerse… excepto una cosa.

Había un dato en todo el relato que Merida le acababa de contar, que resaltaba notablemente. El único dato específico y claro que podría considerarse una pista real.

– ¿Cuál es el nombre del reino que mencionaste? – Le cuestionó de pronto, viéndola de reojo sobre su hombro.

Merida parpadeó, algo confundida por la repentina pregunta.

– Arendelle, ese fue el nombre que me dijo. ¿Lo conoces?, porque a mí no me suena familiar.

Elinor se cruzó de brazos, y alzó su mirada hacia el techo, pensativa.

– Arendelle… Arendelle… Arendelle… – Repitió varias veces el nombre, como si esperara que en algún punto esa palabra tomara algún otro significado en su cabeza. – Me suena de algún lado. Pero si es un reino del otro lado del mar…

Guardó silencio unos segundos más, unos tortuosos segundos desde la perspectiva de Merida. De pronto, tomó su vestido con ambas manos, y lo alzó lo suficiente para poder caminar rápidamente hacia la puerta.

– Ven, sígueme. – Le indicó, justo antes de salir del cuarto.

– ¡¿Qué?! – Lanzó la joven, sin entender. – C-claro, ¡de acuerdo!

Merida salió detrás de ella, y comenzó a seguirla a paso apresurado. Elinor avanzó por el pasillo hacia las escaleras que llevaban a la parte superior de la torre norte.

– Oye, creo te lo estás tomando con demasiada calma, mamá. – Comentó la joven princesa, mientras subía los escalones detrás de ella. – Tenemos que decirle a papá todo esto cuanto antes, ¿dónde está?

– ¿Quieres ir con tu padre y empezar tu explicación con «me lo dijo una bruja»?

– ¡Pero sí me lo dijo una bruja!, ¡no estoy mintiendo para nada! – La desesperación en la voz de Merida era mucho más que evidente.

– Da igual, tu padre y los Lores no creerán nada de esto, si no se los presentas con algo más que lo respalde. Necesitamos más información.

– ¡¿Más información?! Por favor… ¡Agh!, ¿y dónde piensas que encontremos esa “más información”?

– ¿En dónde crees tú?

Elinor dejó que su destino final hablara por sí solo: la biblioteca del castillo, en dónde se encontraban almacenados todos los libros y pergaminos de la historia y cultura de los cuatro reinos que formaban DunBroch, desde al menos seis u ocho generaciones. Si había algún sitio en toda esa región en la que habría algo de información útil, sería ahí.

Luego de abrir la pesada y gruesa puerta de madera, la reina se dirigió de inmediato a los estantes, y se puso a buscar entre ellos todo aquello que pudiera tener alguna referencia de lo que buscaban: atlas geográficos, libros de tratados, diarios, relatos náuticos… Tomó alrededor de cinco de ellos, y los colocó en una pila, justo sobre una mesita de madera, ubicada en el centro del lugar.

– Tú revisa estos. – Le indicó a su hija, la cual la miraba incrédula desde la entrada. – Si tenemos suerte, habrá alguna mención o información adicional sobre ese tal reino de Arendelle en algún lado, y quizás algo que respalde tu historia.

Antes de poder darle a Merida la oportunidad de objetar, se volvió de nuevo hacia los estantes, a buscar más libros. Resignada, la princesa caminó con pasos molestos hacia la mesa. Se retiró su capa y su abrigo exterior mientras avanzaba, dejando las amadas prendas tiradas en el suelo.

– Pero si te soy sincera, es poco probable. – Escuchó que su madre comentaba desde los estantes. – Ni DunBroch, ni ningún otro reino de las Tierras Altas, tiene tratos comerciales o políticos con países del otro lado del mar; ni ahora, ni en el último siglo y medio. «No confíes en nadie que no pueda sentarse justo a tu lado a negociar», era el lema de mi abuelo.

– Gran lema. – Murmuró Merida, con un poco de sarcasmo acompañándola, al tiempo que empezaba a esculcar entre todo lo que su madre le había colocado sobre la mesa. – Yo lo cambiaría por: no confíes en nadie que no pueda sentarse justo a tu lado a negociar… ¡Porque podría congelarte hasta la muerte!

– No creo que haya sido eso a lo que se refería. – Comentó Elinor, con un toque de humor en su tono.

Ambas pasaron un poco más de una hora, revisando página tras página, palabra tras palabras. Pero al final, ninguna encontró ninguna referencia, ni directa ni indirecta, a ningún reino del otro continente que respondiera al nombre de Arendelle.

Luego de ese largo rato, Elinor al fin optó por rendirse. Suspiró con cansancio, y llevó su mano a su nuca, comenzando a tallarlo para relajar sus músculos.

– No hay nada. – Murmuró con algo de pesar. – Es frustrante, pero si se trata de un reino relativamente joven, de cuatro generaciones o menos, es probable que en efecto ninguno de nuestros antepasados haya tenido contacto con él. Será realmente difícil determinar si acaso existe, o en dónde se encuentra exactamente.

– Oh, grandioso. – Comentó Merida con una muy fingida alegría. – Me alegra ver que todo esto no fue más que una… ¡completa pérdida de tiempo!

Con un acto que rozaba casi el melodrama, la pelirroja dejó caer con fuerza su frente contra la superficie mesa, haciendo que todo en ella se agitara a causa de ello.

– No golpees la mesa, querida. – Murmuró Elinor, sin darle tanta importancia a su exabrupto. En otros tiempos, algo así quizás le hubiera costado un fuerte castigo. Sin embargo, la atención de la reina se encontraba más enfocada en otra cosa.

Sus ojos se encontraban posadas en el atlas que tenía abierto ante ella, en el que se veía un mapa de gran parte de central de su continente, en los que se veían señalados los reinos más importantes. Uno de ellos en particular, es el que la tenía tan pensativa.

– Si mal no recuerdo, el único reino cercano a nosotros que tiene tratos constantes con el otro continente, es Corona. – Colocó entonces su dedo índice, justo en ese punto, más al sur de donde se encontraba DunBroch. – De hecho, mi padre me contó que sus primeros regentes, vinieron del otro lado del mar. Es un reino relativamente joven. Sus reyes actuales son los cuartos en su linaje, y su única hija, desaparecida hace ya como veinte años, se supone que sería la quinta. Debe ser horrible perder un hijo así como así… no puedo ni imaginarmelo…



Sin proponérselo, Elinor comenzó a divagar un poco en varias ideas. Pero Merida, por su parte, pareció enormemente interesada en lo primero que había dicho. Alzó su cabeza rápidamente, e inclinó su cuerpo hacia el frente, intentando echar un vistazo al atlas.

– ¿Corona?, ¿crees que ahí pudiera haber información sobre Arendelle?

– Es probable.

– ¡Entonces deberíamos de mandar un mensaje! – Señaló con fuerza, parándose de su asiento. – O tal vez deberíamos de ir en persona. Si queremos información, debemos…

– No podemos hacer eso, no en estos momentos. – Interrumpió Elinor, cerrando el atlas con cuidado. – Los Lores llegan mañana, y vienen precisamente discutir este asunto del frío. Tenemos muchas cosas que hacer y en las cuales ocuparnos, antes de entonces.

Merida no tardó mucho en exteriorizar su enojo, por lo que Elinor de inmediato se adelantó a intentar apaciguarla lo más posible.

– Escucha, sé que esto te preocupa mucho, pero debes entender que hay temas que en ocasiones se deben de tomar con cuidado. – Mientras hablaba, se paró de su silla, y comenzó a caminar alrededor de la mesa, hasta pararse detrás de Merida, y colocar sus manos delicadamente sobre sus hombros. – Y decirle a tu padre y a los Lores que la culpable de esto puede ser una bruja, de un reino que no sabemos dónde está o si existe siquiera, y nos basamos en ello en lo que nos dijo otra bruja… Bueno, es uno de esos temas.

Merida no dijo nada. Solamente bufó molesta, mirando hacia un lado, con enfado.

– Hablaré con tu padre, y veré si puedo tocar el tema con Lores mañana; entonces podremos decidir qué hacer. Por ahora, tranquilízate y trata de no pensar en esto, ¿sí?

Elinor se inclinó entonces al frente, y le dio un pequeño beso en su cabellera rojiza. Sin embargo, Merida, aunque sus palabras parecen haberle tranquilizado un poco, seguía aún notablemente afectada.

– ¿Por qué todo tiene que ser siempre tan…? – Masculló entre dientes, intentando disfrazar un poco su frustración. – ¿Por qué las cosas tan importantes y urgentes como ésta tienen que tomarse su tiempo?, ¡no lo entiendo! Nuestra gente está sufriendo, ¿y me dices que todo lo que podemos hacer es esperar y no pensar en eso?

– ¿Y qué propones hacer, Merida? – Contestó Elinor con rotunda firmeza en su voz. – ¿Quieres tomar un bote, remar tu sola hasta el otro continente, y caminar hasta que te cruces con ese reino por accidente o casualidad? En efecto, las cosas importantes necesitan hacerse con tiempo, y ya estás en edad de entenderlo.

Apartó sus manos de ella, y comenzó entonces a caminar hacia la puerta. Merida se quedó sentada, sin voltear a verla.

– En cualquier momento te tocará hacerte cargo de todo este reino y convertirte en su reina, y tendrás que aprender a mantener la cabeza fría en las peores situaciones por el bien de tu gente.

Elinor salió de la biblioteca, dejando a su hija sola. Ésta se quedó sentada en su sitio, totalmente inmóvil por largo rato. Luego, recostó lentamente su mejilla contra la superficie plana de la mesa, mientras miraba hacia la ventana de la torre. Afuera, la nieve había aumentado.

– Pero eso es justo lo que estoy intentando hacer. – Susurró para ella misma. – Cuidar a mi gente…

– – – –

En comparación con otros reinos cercanos, Corona aún no había sido tan afectado por las gélidas temperaturas. Sin embargo, tampoco había llegado el calor que se esperaba acompañara a la primavera. El cielo permanecía nublado y oscuro casi todo el día, caían pequeñas nevadas constantemente, y el viento poco a poco se iba tornando más frío.

El pueblo de Calaris se encontraba aledaña a la Isla Real, pero su situación era bastante similar al resto. Gracias a esta temperatura tan voluble, los resfriados y otras enfermedades respiratorias, se hicieron muy comunes entre sus habitantes. Por esto, ese día la clínica se encontraba llena de personas en busca de tratamiento. El doctor de la aldea tenía una jornada bastante atareada, pero igual era el caso de sus enfermeras, cinco jóvenes ayudantes que lo apoyaban en todo lo que necesitara. Las cinco daban lo mejor de sí, pero de entre todas ellas había una que resaltaba mucho. No poseía una apariencia exuberante, ni un cabello espectacularmente hermoso. Sin embargo, era la que más se mostraba alegre y llena de energía ante aquella ardua labor.

Era una joven, de cabellos cafés, cortos, piel blanca, ojos grandes y verdes, con labios pequeños. Su cuerpo era delgado, pero grácil. Usaba un vestido rosado de mangas largas, y unas botas cafés abrigadoras. Traía además un delantal blanco con varios bolsillos, al igual que el resto de las enfermeras. Se mueve de un lado a otro por la sala de espera, apoyando a todos ahí en lo que pudiera.

– ¡Aquí tiene, señor Caldwell! – Exclamó la joven, acercándose a un hombre mayor, con una gran sonrisa, y entonces depositó una bolsita con medicinas en su mano. – El doctor dice que estas hierbas son ideales para los dolores de la espalda que tiene. ¡Ah!, y casi se me olvidaba…

Introdujo su mano derecha en uno de los bolsillos de su delantal, y sacó de éste otra bolsita más de color blanco, pero ésta contenía pequeñas galletas.

– Tome esto también. Estuve horneando ayer unas cuantas; sé que a su familia le encantarán.

– Que el Dios Sol te bendiga, pequeña. – Agradeció el anciano, tomando con cuidado ambas bolsitas.

– De nada… no se preocupe por ello. – Le respondió, sonriéndole con suavidad, y entonces echó una mirada rápida hacia toda la demás gente reunida en la sala de espera.

Aún no se encontraba del todo acostumbrada a algunas expresiones o costumbres de las personas, incluida la creencia del Dios Sol, la cual parecía ser la más grande y popular entre las personas de Corona. Hasta hace un año atrás, todo ese tipo de cosas le eran un tanto ajenas, pero poco a poco había logrado entender la mayoría de ellos. Aprendía rápido, y eso era una ventaja.

– Siempre preocupándote por todos nosotros. – Añadió el señor frente a ella. – Aunque debes estar exhausta, ¿no es cierto?

– Quizás un poco. No creo tomar un descanso pronto, ya que aún hay mucha gente que atender… ¡Pero tranquilo! Hay mucha energía de donde vinieron esas galletas.

La sonrisa en los labios de la joven se acrecentó, reflejando un gran y contagioso entusiasmo.

– ¡Rapunzel! – Escuchó que gritaba con fuerza otra de las enfermeras desde el otro lado de la sala. La mujer, algo mayor y más alta que ella, cargaba una bandeja con varias bolsitas de medicinas, iguales a las que ella le había entregado al hombre. – Ayúdame por favor a llevarle esto al doctor.

La otra enfermera se le veía algo agotada y estresada, al igual que las demás; en definitiva, ninguna tenía ese nivel de energía y frenesí como el de la chica de cabello corto.

– ¡Claro!, ¡enseguida lo hago! – La respondió de inmediato, volteándola a ver por un momento.

– Ya no te quito más el tiempo, Rapunzel. – Comentó el anciano, retirándose su pequeño sombrero a forma de respeto, y dejando al descubierto por unos momentos su calva. – Espero que no nos veamos pronto. Cuídate.

La joven rió un poco como respuesta a su jocoso comentario, y lo despidió con una mano mientras él comenzaba a caminar pausadamente a la puerta.

– ¡Espero mejore pronto, señor Caldwell!

Una vez que el hombre se fue, se acercó apresurada a la enfermera para tomar la bandeja con cuidado entre sus manos.

– Hay mucho más trabajo que ayer, ¿no es cierto? – Comentó con naturalidad.

– Y me temo que cada vez será peor. – Señaló la enfermera, suspirando con cansancio.

– Bueno, ¡no podemos dejar que eso nos agote tan fácil! – Exclamó con fuerza, haciendo que su compañera soltara un pequeño respingo.

Rapunzel se dispuso de inmediato a cumplir su encargo. Se dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección al consultorio del doctor. A medio camino, su pie se topa con una madera un poco salida del piso, haciéndola dar un pequeño tropiezo hacia el frente.

– ¡Ay!

Se tambaleó un poco, y casi se le cae un frasco de medicinas sobre la bandeja. El pequeño recipiente se ladeó hacia un lado, pero entonces se detuvo y se devolvió a su lugar, como por arte de magia.

La joven suspiró aliviada.

– Gracias, Pascal. – Susurró muy despacio, esperando que nadie más la escuchara.

Sobre la bandeja, justo a un lado del frasco, se materializó un pequeño camaleón de pie verde, y ojos grandes, redondos y amarillos. El pequeño ser hizo un pequeño sonidito con su garganta, y le extendió su pulgar de manera afirmativa a su comentario, para luego volver a camuflajearse y desaparecer de su vista.

Siguió su camino hacia el consultorio. Tuvo que balancear la bandeja con una mano para poder abrir la puerta con el otro, pero al final lo logró. Dentro, el doctor, un hombre bajito y robusto, de frente amplia y pequeños anteojos, se encontraba revisando a uno niño. El pequeño estaba sentado sobre un taburete, y el doctor le tocaba el cuello niño con sus dedos, sintiendo la inflamación de su garganta. Su madre estaba parado a su lado, notablemente consternada.

– Sí, parece que esta vez no estás fingiendo, Timmy. – Comentó el doctor con un tono carrasposo. – Realmente parece que estás mal de la garganta.

La madre soltó un suspiro pesado.

– Oh, quisiera decir que me alivia que para variar estés diciendo la verdad, pero… – Calló un par de segundos, antes de proseguir. – Con este clima tan loco, era cuestión de tiempo, supongo.

Rapunzel avanzó con cautela para no interrumpir, aunque el doctor no tardó mucho en darse cuenta de su presencia.

– Gracias, Rapunzel. – Comentó con un tono algo más alegre. – Coloca la bandeja aquí, por favor.

Le indicó entonces con la cabeza hacia una mesita que está a su lado.

– No es nada, doctor. – Sonrió con amabilidad, después de dejar la bandeja en su lugar. Entonces se volteó hacia los otros dos en el cuarto.

– Oh, hola Rapunzel; qué bonita te ves hoy. – Señaló la madre del niño, con media sonrisa.

– Hola Señora Burton, ¡muchas gracias! Hola Timmy; ¿otra vez aquí?

Caminó hacia el niño y se agachó un poco para poder verlo a los ojos.

– Te dije que de tanto mentir, te ibas a sentir mal de verdad tarde o temprano.

El pequeño sólo logró responderle con un par de tosidos secos.

– Qué bueno que tú no te has enfermado, Rapunzel. – Señaló la madre. – ¿Cuál es tu secreto?

– ¿Mi secreto para no enfermarme? – Comentó la joven castaña con un tono alegre. – Es muy simple. Primero, no decir mentiras. Y segundo, comer muchos vegetales.

El pequeño en el taburete volvió a toser.

– Prometo ya no decir más mentiras, me duele mucho la garganta. – Comentó con voz ronca, y algo de débil.

– Eso dices ahora. – Comentó la madre con ligero humor. – Pero no creo que alguno de los dos concejos pueda ser cumplido por este travieso.

– Mientras tanto, para eso está la medicina. – Añadió el doctor, y entonces tomó de la bandeja que trajo Rapunzel, una bolsita con medicina para la garganta y se la extiende a su madre. – Que la tome y descanse por el resto del día.

Rapunzel se alzó para hacerle espacio al doctor. Aprovechó también ese momento para buscar otra bolsa con galletitas en su delantal.

– Y no te sigas ventilando. – Prosiguió el doctor. – Me temo que no podrás ver las luces para la Princesa hoy. No desde afuera al menos.

Rapunzel se quedó prácticamente paralizada al escuchar tal mención. Por suerte ella les estaba dando la espalda, por lo que ninguno puede ver cómo su rostro se apagó abruptamente, y su mirada se había clavado en la pared, en ningún punto en especial.

– Ay, doctor. – Exclamó la señora Burton, tomando la bolsita con medicinas entre sus dedos. – Con este clima, dudo que las luces se vean siquiera. No creo tampoco que su majestad tenga humor de hacerlo de esta forma. Es casi triste ver el cielo de primavera así.

Se asomó en silencio hacia la ventana, contemplando el cielo nublado y oscuro.

– Pero mamá, tal vez en un día como éste, la princesa regrese y traiga consigo el calor. – Comentó Timmy, a cómo su condición se lo permitió. – ¡Yo no pierdo la esperanza!

– Oh, Timmy. Sí, es probable que así pase. – Le respondió ella, pasando sus dedos por sus cabellos.

Rapunzel seguía en silencio, contemplando la nada. Era gracioso; ese mismo día, hace un año, de lo que hablaban era de lo único que ella deseaba hablar. Y ahora, lo que antes había aparentado buen ánimo, se convirtió en tristeza… Esto no pasó desapercibido por Pascal, quien se dejó ver un instante en el hombro de la chica, y le acarició la mejilla con su patita. Rapunzel reaccionó a su tacto, y de inmediato lo volteó a ver por unos segundos, sonriéndole sin muchas ganas.

– Debemos de esperar lo mejor, ¿verdad? – Añadió la madre, y volteó a ver a la joven castaña, pero nota que está de pie, quieta, y dándoles la espalda. – Rapunzel, ¿sucede algo?

Pascal reaccionó ante sus palabras, y de inmediato se volvió invisible una vez más. Rapunzel, por su parte, se quedó quieta y callada un rato más.

– Sólo estaba… – Susurró despacio, y luego se volteó a ellos con una gran sonrisa, y con una bolsita con galletas entre sus manos. – Escogiendo la bolsita más bonita para Timmy. Estoy segura de que aquí puse unas galletas con forma especial, que sé que te encantarán. – Se acercó al niño y se agachó frente a él para entregárselo. – Pero tienes que comer tus vegetales antes, ¿está bien?

– Oh, ¿tú las hiciste, Rapunzel? – Preguntó la señora Burton, algo sorprendida. – Eres tan amable, muchas gracias… ah…

Sus palabras se cortaron de golpe. Hizo su rostro hacia un lado, y tosió un poco, tomando por sorpresa a Rapunzel y al doctor.

– Lo siento…

– ¿No quiere que la revise? – Cuestionó el doctor, algo preocupado.

– No, no… Estoy bien. – Respondió rápidamente, agitando una mano de manera despreocupada, aunque luego soltó otro suspiro pesado. – Si el clima no mejora, quizás tengamos que irnos con mi hermana al este. Dicen que allá el clima está mejor.

Rapunzel seguía sonriendo, aunque poco a poco le es más complicado mantener dicha sonrisa.

Timmy se bajó entonces del taburete, y su madre lo tomó de la mano.

– Dile gracias a Rapunzel por las galletas y al doctor por revisarte.

– Adiós Rapunzel. Gracias por…

No pudo terminar, debido a otro ataque de tos. Ambos comenzaron entonces a caminar hacia a puerta.

– ¡Cuídense mucho, por favor! – Los despidió Rapunzel, agitando su mano derecha, pero pronto la bajó seguida de un pequeño suspiro cuando ya se habían ido. – La salud de todos va empeorando. Espero pronto el clima vuelva a estar cálido.

– Todos lo esperamos, Rapunzel. – Murmuró el doctor con algo de pesar, sentándose en su escritorio para escribir sus observaciones, y toda la información necesaria de la consulta que acababa de tener. – Pero te seré sincero… esto es realmente extraño. Pareciera que el invierno más que estarse yendo, quisiera volverse aún más frío. He escuchado horribles rumores sobre las tierras más allá del mar. Dicen que el invierno se ha vuelto incluso peor por allá. Pero bueno, la gente habla mucho, y no siempre lo que dicen es cierto.

Rapunzel suspiró un poco, mientras se abrazaba a sí misma. Miraba pensativa hacia la ventana, viendo como comenzaba a caer un poco de nieve.

– Mientras sólo sean rumores, no deberíamos de preocuparnos tanto, ¿verdad? Después de todo, el sol siempre saldrá para darnos su calor. – Sonrió levemente. – Aunque a veces se tarde un poco más de lo habitual.

Se quedaron en silencio un rato; Rapunzel parecía sumida en sus propias reflexiones.

– ¿Aún hay muchos pacientes afuera? – Comentó de pronto, el doctor, haciendo que Rapuzel reaccionara.

– Si, aún hay bastantes; cerca de diez. ¡Haré que pase el siguiente!

Hizo una pequeña reverencia con la cabeza, y entonces se dirigió apresurada hacia la puerta.

El doctor suspiró con un poco de cansancio.

– Sí, por favor; sigamos que hay más gente que nos necesita. Sigue con ese gran trabajo, Rapunzel… pero no te sobrepases.

– Descuide doctor, es lo menos que puedo hacer. – Le respondió desde el marco de la puerta, volteándolo a ver con una delicada y dulce sonrisa. – Para cuidar de mi gente…

Salió del consultorio, cerrando la puerta detrás de sí, y continuar con su trabajo en la sala de estar.

FIN DEL CAPÍTULO 03

NOTAS DE LOS AUTORES:

WingzemonX:

Hola a todos, ¿cómo se encuentran? En este capítulo vimos un poco más de Hiccup y Merida, pero también al final pasamos a ver a otro de nuestros protagonistas: Rapunzel. Su situación posiblemente confunde a algunos y quizás no la hayan entendido del todo aún. Pero no se preocupen, eso será mucho más claro en siguientes capítulos. De hecho, al menos por dos capítulos más, nos enfocaremos por completo en ella, así que estén al pendiente. Si tienen alguna duda de lo que hemos visto hasta ahora, no duden en hacérnosla.

¡Nos vemos pronto!

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Invierno Eterno. Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una Bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Mérida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hiccup, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada Bruja y salvar a sus pueblos.

Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Un día conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición.

+ «How to Train Your Dragon» © DreamWorks Animation.

+ «Brave» © Pixar Animation Studios.

+ «Rise of the Guardians» © DreamWorks Animation.

+ «Tangled» © Walt Disney Animation Studios.

+ «Frozen» © Walt Disney Animation Studios.

El Rincón de Denisse-chan

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