Fanfic Muñeca Maldita – Capítulo 04. Algo no está bien

24 de febrero del 2017

Muñeca Maldita - Capítulo 04. Algo no está bien


Batman Family
Muñeca Maldita

Por
WingzemonX

Capítulo 04.
Algo no está bien

Lunes, 11 de noviembre del 2013

– ¡Lo sabía!, ¡lo sabía! – Exclamó Damian, alzando sus brazos, triunfante.

La escena que se suscitaba en esos momentos en la cueva, era bastante similar a la de la noche anterior. De nuevo, Damian se encontraba ocupando la silla principal de la Computadora, mientras tenía a su público viendo con atención lo que había estado haciendo. La principal diferencia era que ahora, en dicho público, no se encontraban ni Tim ni Stephanie; sólo Dick, de pie a su derecha, y Bárbara, de pie a su izquierda. Y claro, Cassandra, aunque ella permanecía unos cuantos pasos detrás, no del todo atenta en lo mismo.

Su búsqueda de campo la noche anterior no dio tantos resultados como le hubiera gustado al joven miembro de la Liga de las Sombras. Pero tomando las pocas pistas que había obtenido por parte de Stefania, se dirigió hacia la cueva, y pasó todo su tiempo desde entonces investigando; archivo por archivo, si era necesario.

Stephanie se había quejado por el hecho de que acaparaba la computadora, aún a pesar de que Dick le había solicitado recopilar información sobre el caso de los niños perdidos; caso que originalmente, se suponía que Damian debía estar investigando. Pero el chico le restó importancia a su queja. Apeló a Dick y Bárbara para que hablarán con él, pero el chico no tenía recató en demostrar lo poco que le importaban sus palabras. La mayor complacencia que tuvieron de su parte, fue decirles que estaba a punto de descubrir algo importante sobre su caso, y que no podían cortarle su flujo ahora. Intentaron razonar con él, pero se mantuvo bastante firme en ello.

Oráculo y el nuevo Batman se encogieron de hombros; realmente aún les costaba transmitirle autoridad a ese chiquillo cabeza dura. Pidieron a Tim que acompañara a Stephanie a revisar las escenas de las desapariciones, en lo que Damian terminaba su investigación. Frustrada, Stephanie aceptó, al igual que Tim, aunque éste último hacía mucho que no se encontraba feliz por la manera tan “privilegiada”, desde su perspectiva, con la que trataban al supuesto hijo de Bruce.

Esperando a ver qué era lo que Damian obtenía al final, Dick y Bárbara se quedaron en la Cueva a esperar. Entrenaron un poco de combate uno a uno entre ellos, aunque a Bárbara le terminó molestando que Dick obviamente se contenía. Se encontraban a la mitad de una discusión al respecto, cuando Damian llamó su atención con sus gritos eufóricos, y de cierta forma salvando el pellejo de Dick; claro, sin proponérselo.

Ambos avanzaron hacia la computadora, y se colocaron a sus lados, mirando curiosos como en el monitor principal se materializaba la fotografía de un hombre, de rostro arrugado y largo, cabello corto, gris, coronando una frente prominente; nariz puntiaguda y ojos pequeños y grises. Su expresión no era nada agradable, sino más bien todo lo contrario.

– En su cara, disque detectives. – Exclamó Damian, orgulloso. – Éste es el hombre que vi en la misa. Y no sólo eso, Stefania me confirmó que estuvo en su casa unas noches antes del incendio. Así que lean y lloren, incrédulos.

El chico se paró rápidamente de la silla, y se las cedió, para que alguno pudiera sentarse y leer con más calma el contenido del archivo.

Dick y Bárbara se miraron de reojo el uno al otro, y ninguno se veía principalmente contento.

– En verdad sabes cómo ser odioso cuando te lo propones, Damian. – Señaló Bárbara, con algo de molestia, pero no quiso picar más en ello.

La pelirroja aceptó su oferta, sentándose en la silla y colocándose sus anteojos para poder leer mejor.

– Olaf Petrov. – Pronunció en voz alta el nombre que se encontraba al pie de la fotografía. Luego leyó de manera rápida gran parte del documento que la acompañaba, para hacerse una idea general. – Según esto, es un capitán de la Bratva. Mando intermedio, hombre de confianza del Ruso. Controla varios negocios en el norte.

– ¿Y estás seguro de que es el mismo hombre? – Señaló Dick, un poco escéptico.

– ¿Te parezco inseguro? – Contestó el joven Al Ghul, mirándolos con molestia. – Puedo llevarle la foto a Stefania para que lo identifique como el hombre que vio en su casa, si eso los hace sentir mejor. Pero de lo que no tengo ninguna duda, es que es quien yo vi, y su descripción concuerda con la que me dijo ella.

Tanto Dick como Bárbara miraron con detenimiento el archivo, analizándolo en silencio. Intentaban digerir en la mayor medida posible toda la información ahí listada, para asegurarse de que no se les pasaba nada. Lamentablemente, la información no era precisamente mucha. Toda ella se podía resumir básicamente en lo que Bárbara acababa de señalar, y no mucho más.

Cassandra seguía apartada, y miraba y escuchaba toda su conversación desde la distancia. Era imposible suponer siquiera qué cruzaba por su cabeza, basándose en la inexpresiva mirada que tenía en esos momentos.

– ¿Qué conexión hay entre este hombre y la familia que murió en el incendio? – Cuestionó Oráculo.

– No lo sé; no aún. Pero Stefania me dijo que lo había visto seguido, y no sabe por qué.

Dick llevó su mano hacia su barbilla, tomando una postura reflexiva.

– Una familia de origen ruso presuntamente asesinada, y un hombre de la Bratva con un rango considerable, que parece estar de alguna forma involucrado.

– Demasiado absurdo como para ser una coincidencia. – Añadió Bárbara a su comentario. – Pero aunque tenga conexión con la familia, no necesariamente la tiene con el asesinato, si es que hay alguno.

– Tal vez no. Pero un hombre de esa posición no va simplemente a hacer visitas sociales porque sí a casa de cualquiera. Y él no estaba esa noche en la bodega entre los hombres que acompañaron al Ruso. Puede que Damian tenga razón, y la Bratva pudiera estar involucrada en este incidente.

El joven seguía demostrando marcado orgullo al escucharlos hablar, sobre todo al oír que tenía razón.

Bárbara, sin embargo, no estaba del todo convencida.

– Pero no tiene sentido. – Comentó, retirándose sus anteojos para colocarlos sobre la consola. – Cuando estos individuos quieren deshacerse de alguien, rara vez lo hacen tan silenciosamente. Igualmente, no acostumbran asesinar a toda una familia entera derivadamente sin razón.

– Por favor, cómo si realmente la basura como ésta siguiera un código. – Señaló Damian, tajantemente. – Hacen lo que quieren cuando quieren. Por eso deberían de ser eliminados de tajo, sin más.

– Bien, suponiendo que sea así, ¿cómo explicas que fuera a la misa de las víctimas él en persona? ¿Con qué motivo?

– ¿Qué importa? – Exclamó Damian, encogiéndose de hombros. – Quizás había alguien más en ese lugar que no hemos identificado, y quería mandarle un mensaje. O tal vez…

Un pensamiento le cruzó de inmediato. La escena que había visto esa tarde en la iglesia, se proyectó de nuevo en su cabeza.

– – – –

Stefania, desde su asiento en la banca delantera, pareció de alguna forma percibir la presencia de los recién llegados, ya que un par de minutos después de que entraron, Robin notó como la niña volteaba un poco sobre su hombro, y luego se subía a la banca de rodillas para poder girarse por completo y poder ver prácticamente de frente a ese hombre. Apenas asomaba sus ojos por encima del respaldo de la banca, como si temiera que la notara. Sin embargo, al final el hombre la notó, y plantó sus ojos grises como navajas en ella. Stefania rápidamente se sentó de nuevo por reflejo, aferrándose aún más a su muñeca. El hombre siguió mirando fijamente en su dirección por un rato más, antes de desistir y centrarse de nuevo en las urnas.

– – – –

Ese hombre miró a Stefania con mucho interés en aquel momento. ¿Y si era a ella a la que estaba buscando? ¿Y si era a ella a quién quería darle un mensaje? ¿Pero por qué? ¿Qué clase de interés podría tener un hombre de la Bratva con una niña de sólo diez años?

Se le ocurrió de pronto que, si estaba de alguna forma involucrado con la muerte de sus padres, podría estar tramando acabar el trabajo. ¿Temía acaso que Stefania supiera algo? Si lo sabía, a él no le había parecido así. Ella daba todos los indicios de estar completamente convencida de que todo aquello había sido un incidente, y no había visto nada extraño.

¿Aun así la querrían muerta?

– Pues sea como sea, creo que ganaste la apuesta, Damian. – Escuchó que Dick comentaba, sacándolo de sus pensamientos. – Descubriste al menos algo sospechoso que vale la pena investigar.

– ¿Te quedaba duda? – Le respondió con soberbia… aunque no tanta como la que acostumbraba.

– Éste asunto puede que escale a algo más grande. ¿Ambos pueden encargarse de esto solos?

– Por supuesto que sí. Y de nuevo, no ocupo tu permiso.

Dick soltó una pequeña risilla. En situaciones así, sólo quedaba reírse un poco.

– Sigan así entonces. E Infórmenos si descubren algo más.

– Tal vez.

Se colocó rápidamente su antifaz, lo único que le faltaba de su traje de Robin, y de inmediato se dirigió con apuro hacia el área de las motos. Cassandra lo siguió, sin necesidad de que se lo indicaran.

– ¿Estás seguro de dejárselos? – Comentó Bárbara, mirando como ambos se alejaban entre las sombras de la cueva. – Si este tal Petrov tuvo algo que ver con este incendio y podemos probarlo, sería nuestra oportunidad de vincular a un alto rango de la Bratva en Gótica con un crimen en específico. Y sabes que ese tipo de cosas son armas poderosas en manos de la fiscal.

– Por eso debemos confiarle esta misión a Damian y Cassandra. – Señaló Dick con completa tranquilidad, lo que hizo que Bárbara arquera un poco su ceja. – No te preocupes. Cómo te dije, darles este tipo de responsabilidades es bueno para que comiencen a confiar en nosotros.

– ¿Es lo que hizo Bruce contigo?

– Algo parecido.

Bárbara no pudo evitar soltar una pequeña risa divertida por la casi inocencia de su compañero.

– Espero que no te estés proyectando en él, porque te aseguro que Damian es bastante diferente a cómo eras tú a los doce.

– ¿Eso es un cumplido?

– Tómalo como quieras. – Le guiño entonces su ojo derecho de forma coqueta. – Ahora, estábamos hablando sobre cómo te contenías intencionalmente mientras entrenábamos…

Dick suspiró resignado; parecía que no se libraría tan fácil de ello.

– – – –

La idea de que Stefania pudiera ser el próximo blanco del supuesto asesino de su familia, no era nueva en su mente. Ya la había llegado a considerar, incluso desde el inicio. Pero en esa ocasión se volvió más tangible, y eso le causaba una gran ansiedad en el pecho.

Mientras avanzaba hacia su motocicleta, llevó su mano hacia su mejilla, la mejilla en la que Stefania le había dado ese pequeño e inofensivo beso. ¿Por qué le provocaba tanta preocupación todo eso? ¿Por qué le importaba tanto la seguridad de esa niña? No tenía sentido, o al menos para él no la tenía. ¿Sería acaso que realmente…?

Agitó su cabeza con apuro, intentando despejarla. Esos pensamientos absurdos no tenían cabida en esos momentos. Debía concentrarse en la misión.

– Iremos a hablar con este sujeto y haremos que nos diga todo lo que sabe, de alguna u otra forma. – Indicó Damian, una vez que ya estuvo al lado de su motocicleta. Estaba por subirse, cuando notó por el rabillo del ojo que Cassandra se subió mucho más rápido, y prácticamente en el mismo movimiento se había colocado su casco. – ¿Eh? Oye, Cassandra…

Ella no lo escuchó, o quizás más bien lo ignoró. El motor de su vehículo rugió con fuerza, y un instante después salió disparado por el túnel, alejándose a toda velocidad.

– ¡Espera!, ¡no te adelantes! – Le gritó, pero de nuevo no hizo caso. La moto se siguió alejando, hasta desaparecer de su vista.

Intentó entonces comunicarse con ella con el comunicador de su oído.

– Black Bat, ¿a dónde vas?

Insistió un par de veces, pero luego la comunicación se interrumpió; ella lo había apagado.

– ¿Qué demonios le pasa ahora?

Damian miró pensativo hacia el final del túnel. La mayoría de las acciones de Cassandra siempre parecían ser confusas, pero casi siempre había logrado encontrarles la lógica de fondo. Ese no era uno de esos casos.

¿A dónde se había ido? ¿Y por qué decidió ir sola?

– – – –

La mente de Cassandra Cain no era como la de las personas normales. No veía ni procesaba el mundo de la misma manera. Lo que sentía o pensaba al ver o escuchar algo, no podía ser traducido por completo a palabras. Eran más sensaciones que le recorrían todo el cuerpo, y le indicaba que debía hacer algo. Y casi todo el tiempo no procesaba del todo los cómos y los porqués, ni tampoco los necesitaba. Lo único que le importaba, era que siempre que hacía caso a esas sensaciones, las cosas salían justo como debían de salir. Eso, a la larga, había provocado que cuando uno de esos pensamientos llegaba a su cabeza, se quedara con ella casi de forma obsesiva. Y la sensación de que debía de hacer algo, le picaba y le picaba hasta que lo hiciera.

En esa ocasión en especial, la sensación que tanto le perturbaba, la que la había acompañado sin espera esos últimos días, quizás sólo pudiera ser traducida lo más cercano posible a cuatro palabras: “Algo no está bien”. No sabía qué con exactitud, pero estaba totalmente convencida de que en efecto, algo no estaba bien con todo ese asunto del incendio. Y no era el mismo pensamiento y teoría que Damian estaba siguiendo; se trataba de algo más.

La primera vez que lo percibió, fue la misma noche del incendio, luego de rescatar a la niña sobreviviente. Sin embargo, en aquel entonces no fue nada claro. Fue hasta el día anterior, cuando volvieron a la escena y estuvieron revisando la casa, que ese pensamiento se hizo más grande, y de ahí adelante fue creciendo, y creciendo, hasta ese momento justo en el que cada molécula de su cuerpo le decía a gritos: “algo no está bien”.

Fuera lo que fuera, estaba convencida de que la clave estaba en esa casa. Por ello, necesitaba volver a aquel sitio lo antes posible, para poder cerciorarse y apaciguar sus pensamientos. Podría haber intentado explicarle a Damian todo ello, pero lo más seguro era que terminaría fallando. Había aprendido con el tiempo cómo transmitirle ideas pequeñas y simples a las personas; las ideas más complicadas, era todo un frustrante suplicio. Además, Damian parecía tan convencido en el camino que estaba tomando, que aunque pudiera explicarlo lo que quería hacer, no le haría caso. Lo conocía bien; podía ser bastante terco algunas veces… por no decir la mayoría.

Estacionó su motocicleta a un par de calles de la casa, y cruzó el resto de la distancia sobre los tejados. No entendía porque lo hacían así, pero la mayor parte del tiempo si imitaba lo que otros hacían, terminaba haciendo lo correcto. Por suerte, tenía una memoria casi privilegiada para todas las cosas que sus ojos pudieran percibir.

La casa estaba exactamente igual al día anterior; cada centímetro de su fachada estaba justo y como la recordaba. No sabía qué era lo que estaba buscando, por lo que decidió repetir sus pasos exactos; cada uno de ellos. Rodeó la casa con cautela hasta llegar al patio trasero. Se paró en un punto específico del césped, y entonces avanzó hacia la puerta de la cocina. Sus pasos eran en el mismo ritmo y distancia que los del día anterior. Incluso en su cabeza, visualizaba a Damian andando a su lado. Subió las escaleras, pisando cada escalón que había pisado con anterioridad.

Ingresó inmediatamente después a la habitación principal. Ahí se encontraba el agujero en el suelo, por el cuál Robin casi caía, pero ella había logrado sujetarlo e impedirlo; la escena pasaba por su cabeza como un video en reproducción. Salió de nuevo al pasillo y fue ahora hacia la habitación contigua, la habitación de la hermana mayor. Pero se quedó en el marco de la puerta, pues ella no había entrado. Sólo Robin lo había hecho, ya que ella había ido…

Se giró lentamente sobre sí misma, viendo hacia la habitación ubicada justo al otro lado: la habitación de la niña que habían salvado.

Ahora recordaba; ella había ido a inspeccionar ese sitio por su cuenta. Avanzó entonces e ingresó en el pequeño y algo apretado cuarto. Todo estaba, al igual que el resto de la casa, completamente igual. Caminó por ese espacio, recreando cada uno de sus pasos. No tardó mucho en dar ese en específico: el paso que al presionar un punto del suelo, hacía un sonido diferente al resto. Era un tablón, un tablón que rechinaba diferente a los otros tablones.

Ayer no había podido revisarlo a detalle. ¿Era eso lo que la llamaba a ese sitio? ¿Su instinto le decía que había algo extraño con ese tablón?

Sólo había una forma de estar segura.

Se agachó, y usando un batarang, comenzó a intentar retirar el tablón. Éste al parecer ya se encontraba suelto, así que no tuvo tanto problema en quitarlo. Debajo, se encontró con un espacio hueco, de forma rectangular, y muy oscuro. No podía ver con claridad, pero en lugar de usar si linterna para alumbrar, introdujo directamente su mano. Sus dedos de inmediato se encontraron con un objeto sólido, sólo ligeramente más pequeño que el espacio en el que se encontraba.

Al sacarlo, se dio cuenta de que dicho objeto era en realidad una caja de madera rectangular. La madera estaba algo vieja y un poco roída. Tenía una apariencia bastante rustica; no tenía ningún tipo de barniz o acabado. No se sentía muy pesada, más allá del propio peso de la caja; podría quizás estar vacía.

Dudó un poco si debía abrirla, o quizás llevársela a Damian para que él lo hiciera. En su entrenamiento no venían incluidas cosas como esa. Golpear, patear, apuñalar, romper huesos… Era simple y sencillo; qué hacer cuando se encuentra una misteriosa caja en un escondite en el suelo, eso le resultaba un tanto ambiguo. Pero al final decidió abrirla por su cuenta, sólo para ver si quizás su contenido le daba más claridad para accionar.

Dentro había varios pedazos de papeles, casi todos con cosas escritas. Algunos estaban escritos a mano, otros tenían letras impresas.

Black Bat puso una mueca de molestia al verlo; cosas escritas, eso definitivamente estaba lo más lejos posible de darle algún tipo de claridad. Siguió esculcando un poco más, para ver si encontraba algo diferente, algo que pudiera tener sentido para ella. Y lo encontró… o al menos, algo parecido.

Revuelto entre todos esos papeles, se encontraba una fotografía, con su color algo degradado, y un poco arrugada de las orillas. Era algo pequeña, pero más bien parecía que originalmente había sido una fotografía más grande, cortada a la mitad. En ella aparecía una mujer joven, de veinte años o quizás un poco más, de hermosos cabellos rubios, algo rizado de las puntas, suelto hasta sus hombros. Tenía enormes y brillantes ojos azules, y una sonrisa de oreja a oreja. Sus mejillas eran sonrosadas, y algo redondas. Usaba un suéter rojo, y unos jeans azules. Al parecer, había una persona más a su lado, pero había sido cortada de la foto. Lo que se alcanzaba a ver, era un brazo ancho que rodeaba a la mujer por los hombros, y parte de su cabello azabache.



La expresión de la mujer, su postura, su sonrisa y su mirada, le indicaban a Cassandra que se encontraba feliz, muy a gusto y relajada. No traía ni una sola preocupación encima. No era mucho, pero al menos era una imagen y no letras; eso era una ventaja para ella.

¿Quién sería? ¿Y por qué estaba su foto oculta en ese cuarto?

Sonidos no muy lejanos llamaron su atención de pronto, y la pusieron alerta. Se quedó quieta, aguardando. Escuchaba tablones crujir; alguien estaba subiendo las escaleras.

Se lanzó rápidamente a una esquina del cuarto, ocultándose entre las sombras, y aguardó. Mientras escuchaba que quien fuera seguía subiendo, notándosele mucha cautela en cada paso, notó que había dejado la caja abierta a un lado del agujero en el suelo. En su mano, a su vez, aún sujetaba la fotografía. La guardó en uno de los comportamientos de su cinturón, para que no le estorbara si ocupaba pelear.

Unos segundos después, dos enormes siluetas se aparecieron en el marco de la puerta. Sólo uno entró al cuarto; el otro se quedó en el pasillo. Tuvo que agacharse para poder pasar, ya que era bastante alto. Era un hombre de piel morena, muy fornido, y de cabeza calva. Usaba una camiseta blanca que se le ajustaba demasiado al cuerpo, y unos pantalones azules, en la misma situación. Quien lo acompañaba, extrañamente, era exactamente igual a él; tanto su apariencia como sus ropas.

Sacó una linterna, y alumbró con ella el cuarto. Black Bat se movió sigilosamente entre los rincones para mantenerse oculta de la luz. Luego de un rato, dio con el agujero en el suelo, y con la caja abierta. Esto evidentemente lo alarmó. Se giró hacia su acompañante, y comenzaron a hablar en un idioma que Cassandra nunca había oído; y quizás, aunque lo hubiera oído antes, igual no sería capaz de identificarlo.

Fuera lo que fuera que estuvieran diciendo, rápidamente tomaron la caja y se disponían a irse. Pero Cassandra no podía dejar que se la llevaran; podría haber alguna pista en todos esos escritos. De inmediato salió de su escondite y se lanzó hacia ellos. Justo cuando el que había entrada estaba cruzando la puerta, ella saltó y le dio un rodillazo con fuera en la nuca. El hombre gigante se tambaleó al frente, cayendo contra su amigo, y ambos azotaron contra el suelo, que crujió. La caja, cerrada, rodó por el suelo unos metros delante.

Black Bat saltó a los hombres, y corrió hacia la caja, pero uno de ellos la tomó del pie con fuerza y la jaló, haciendo que cayera de cara al piso. En cuanto le fue posible, se giró y le dio una patada en la cara a quien la sujetaba, haciendo que la soltara. El otro, sin embargo, ya se había levantado y se le aproximó para darle un puñetazo directo. Black Bat se alejó de ellos con dos ágiles piruetas, quedando contra la puerta del baño, y lejos de la caja sin proponérselo.

De nuevo los dos hombres hablaron entre ellos. Uno la señaló, y luego señaló hacia al caja. Entonces, ese mismo se dirigió con tanta rapidez y fuerza que todo el suelo tembló con intensidad ante sus pesados pasos. El otro, a su vez, se dirigió a donde había caído la caja.

Se quedó quieta, viendo con atención como ese enorme monstruo se aproximaba hacia ella como un toro salvaje. En el último momento, saltó con fuerza, dando una maroma sobre su cabeza para luego caer a sus espaldas. El hombre siguió da largo por su impulso, atravesando literalmente el marco de la puerta del baño, y estrellándose con todo lo que aún quedaba ahí. Black Bat no lo volteó a ver, pero se escuchó como un verdadero desastre.

El otro hombre ya tenía la caja en sus manos, y se dirigía hacia las escaleras. Ella se apresuró hacia él, y de inmediato barrió sus piernas para que cayera al frente. Sin embargo, al chocar su pesado cuerpo contra los escalones, y quizás debido a la debilidad del suelo a causa del fuego, éste se abrió, creando un gran agujero por el que cayeron tanto él como Cassandra. Intentó sujetarse de la orilla cuando iba cayendo, pero ésta se desprendió en cuanto la tomó, por lo que terminó cayendo también.

Al parecer terminaron en lo que en algún momento fue el pequeño armario detrás de las escaleras. Black Bat estaba algo aturdida tras el golpe, y le dolía un poco su pierna derecha. No tuvo ni un segundo para intentar recuperarse, pues de inmediato el enorme hombre la tomó de su brazo, y la jaló con violencia hasta azotarla contra la pared. Luego hizo lo mismo, azotándola contra la otra. La sujetó entonces del cuello con ambas manos, mientras la miraba con los ojos acalorados y llenos de rabia.

Gemidos de dolor, y también de dificultad para respirar, escaparon de su siempre silenciosa boca. Pero no perdió la calma. Con un movimiento especificó de sus muñecas, surgieron pequeñas cuchillas punzantes en las puntas de los dedos de sus guantes, y con ellas rasgó sin miramientos la piel de los brazos de su atacante. Éste soltó un fuerte alarido de dolor, y sin querer redujo un poco el agarre que tenía sobre ella. Ese poco fue suficiente para que Black Bat pudiera lanzarle una patada a la barbilla y así hacer que la soltara.

Libre, Cassandra saltó hacia el hombro de su oponente, y de ahí saltó hacia el mismo agujero por el que habían caído, dispuesta a salir de ahí. Sin embargo, afuera, el otro de ellos ya la estaba esperando, y apenas la mitad de su cuerpo había salido, cuando recibió de frente un fuerte puñetazo directo en la cara, que la hizo caer precipitadamente de nuevo al armario, entre todos los escombros. El otro que se encontraba adentro, no esperó mucho antes de tomarla de su pierna, y entonces lanzarla con todas sus fuerzas contra la puerta, misma que se desprendió por el impacto, y el cuerpo de la asesina salió de ese reducido espacio, rodando por el suelo hasta que el impulso se acabó.

Cualquier otro en su lugar, de seguro se hubiera quedado en el suelo, incapaz de volver  levantarse. Pero Casandra no era como todas las demás personas, por lo que de inmediato hizo todo lo posible para alzarse de nuevo, y estar lista para el siguiente golpe. Sin embargo, dicho golpe jamás vino. Sólo escuchó que ambos se decían algo más en su idioma, y cuando pudo voltearlos a ver de nuevo, se dirigían a toda prisa hacia la puerta principal, llevando uno de ellos la caja de madera.

Corrió con rapidez detrás de ellos, pero su pequeña pelea quizás había afectado de más la estructura de la casa, ya que una de las vigas que sujetaba el piso superior, se desprendió y cayó abruptamente ante ella. Pudo esquivarla sin problema lanzándose a un lado, pero ese sólo acto le quitó demasiado tiempo. Para cuando salió, los dos hombres se estaban subiendo a una camioneta y alejado a toda velocidad. Lo único que logró captar de la camioneta, era un dibujo en el costado, algo gastado, que le pareció era el rostro de una persona. Pero se fueron tan rápido, que no fue capaz de captar muchos detalles.

Cassandra, como cualquiera que hubiera sido entrenado en la Liga de las Sombras, odiaba los fracasos, y ese definitivamente era uno. O quizás no tanto. Introdujo su mano en el compartimiento de su cinturón en el que había guardado la fotografía. Ésta aún seguía ahí, y totalmente intacta.

Tal vez aún podían obtener algo…

– – – –

El club Belaya Roza, ubicado al norte de la ciudad, era frecuentado por gran cantidad de personas de la comunidad rusa de Gótica. Era grande y de apariencia elegante, pero de precios accesibles para casi todos. Era un punto de encuentro importante, para hacer relaciones de trabajo y conocer personas, sobre todo para los inmigrantes recién llegados a la ciudad. Por donde se viera, era un negocio legal y con todos sus papeles en regla; y quizás en realidad sí lo era. Sin embargo, en menor o mayor medida, era bien sabido que era también un negocio bajo el control de la Bratva de Gótica, quizás un punto de lavado de dinero, aunque nunca se había comprobado. Su dueño legal y administrador, era Olaf Petrov, un inmigrante ruso que había llegado a Gótica cuando apenas tenía quince años, y se había criado en esas mismas calles.

Olaf era la imagen misma de esos empresarios supuestamente legítimos, pero que en cuanto les ves la cara, sus ropas, y la gente con la que se rodea, puedes adivinar que no lo es del todo. Era ese tipo de persona que no te inspiraba confianza con tan sólo verlo, pero que también te podía llegar a intimidar tanto que no se te ocurría ni de broma insinuar algo así en su presencia.

Pese a ello, para la comunidad rusa, era una persona de respeto, con una mejor reputación que la mayoría de los conocidos miembros de la Bratva. Creía y representaba las viejas costumbres sobre las que su organización supuestamente se había creado: ayudar a sus hermanos, y servir de brazo de apoyo y protección para su pueblo. Esos principios parecían haberse estado perdiendo en su opinión, sobre todo en los hombres de las nuevas generaciones, como Yuri Dimitrov. Constantemente intentaba sentarse a su lado y susurrarle sus mejores consejos al oído, pero poco a poco el Ruso dejaba de prestarle atención a sus mayores, y prefería hacer las cosas a cómo él le viniera en gana. Esa alianza que quería formar con los chechenos para acabar con Batman, era un ejemplo perfecto de ello.

Olaf se oponía, pero a Yuri no le importaba.

Lo cierto es que, por más que intentaran hacerlos ver como monstruos, Olaf, y otros viejos líderes de su camada, estaban convencidos de que la sociedad necesitaba de hombres como ellos; si no era la Bratva o la mafia Chechena, o los Italianos, serían otros los que ocuparían ese puesto. Y, como esa ciudad lo había demostrado, podría tratarse de psicópatas y lunáticos con las balas suficientes para matar a todo hombre, mujer  niño de la ciudad, y lo bastante trastornados como para efectivamente hacerlo. Éste era un principio tan básico y simple, que la policía, o el propio Batman, lograban entender. Por ello, mientras se encargaran de lo debían de hacer, todo estaría bien.

El problema venía cuando hombres como el Dimitrov, sentían que merecían más, mucho más de lo que su lugar en ese complicado engranaje les atribuía, y que debían llegar hasta las últimas instancias para obtenerlo. Cuando eso pasaba, ese sistema que durante años había funcionado, sencillamente ya no cumplía su función, y era cuando aparecían individuos como Batman y su sequito, para restaurar el orden como fuerzas imparables de la naturaleza.

Olaf sabía que tarde o temprano hacer tanto ruido y escándalo, haría que terminaran como el resto de los criminales de Gótica que quisieron verse las caras directamente con el murciélago: encerrados u obligados a huir de la ciudad. Sería inevitable, pero por su parte, ya se sentía demasiado viejo y cansado como para entrar en ese tipo de luchas de poder. Ya a esas alturas, prefería mejor sólo encargarse de los negocios que controlaba, y dejar que Yuri y sus hombres más cercanos se encargaran de las cosas complicadas.

Esa noche, Olaf salía del Belaya Roza por la puerta trasera que llevaba al callejón, acompañado de cinco de sus hombres de seguridad. Se encontraba muy concentrado en una llamada que estaba teniendo por su teléfono móvil, mientras caminaba hacía su vehículo color morado, algo anticuado, que estaba estacionado en el callejón a un lado de los botes de basura.

– Ya me encargué de ese asunto, pero no fue sencillo. – Pronunciaba al teléfono con seriedad. – La policía se está poniendo más molesta que de costumbre; ya ni siquiera quieren aceptar sobornos… Sí, por Batman, ¿por qué más?

Uno de sus hombres abrió la puerta de la parte trasera de su vehículo para que se pudiera subir.

– Recuerdo cuando esta ciudad era mucho más libre. Ahora parece que todos temieran que Batman los esté mirando desde las azoteas, y les vaya a saltar encima… Sí, lo sé. ¿Cuáles son las posibilidades de que…?

Antes de que pudiera poner siquiera un pie en el interior, una figura descendió desde el tejado del edificio justo detrás del club, cayendo con tanta fuerza sobre el techo del auto, que éste se abolló. Aún antes de que pudiera siquiera reconocer quién o qué había sido, Olaf recibió una patada con fuerza en la barbilla, que lo tiró al suelo e hizo que su teléfono saliera volando por los aires.

Olaf cayó, y se quedó mareado y muy confundido por el golpe. Sólo lograba escuchar los golpes, gritos, y algunos disparos, de seguro procedentes de sus hombres de seguridad. Volteó a ver cómo pudo lo que sucedía, y sólo vio una pequeña silueta moviéndose con agilidad entre las sombras, sólo de vez en cuando siendo tocado por la luz de la bombilla que estaba justo a un lado de la puerta del club. Esa pequeña sombra saltaba con increíble agilidad, y golpeaba y pateaba a sus hombres, esquivaba sus balas, y se escurría entre sus piernas. Uno a uno fueron cayendo a su alrededor.

Rápidamente, cuando pudo recuperar aunque fuera un poco la compostura, introdujo su mano en su saco, y sacó de inmediato su arma, pero ésta igualmente voló de sus manos por una patada directa. Luego, las manos de su atacante lo tomaron con fuerza de su traje, y lo atrajeron hacia él para encararlo de frente.

Entre todas las sombras de la capucha negra que cubría su cabeza, Olaf pudo distinguir el antifaz verdoso que cubría su rostro; el rostro de un chico, de seguro, ya que el resto de su complexión le indicaba ello.

– Olaf Petrov. – Murmuró con un tono bastante aterrador, viniendo de un muchacho tan joven. – Necesitamos hablar.

– – – –

La cueva se encontraba totalmente sola, a excepción de ella. Tim y Dick habían ido a patrullar las calles, en busca de más pistas de las operaciones del Ruso. Bárbara se había ido hace menos de media hora para una consulta de revisión en el Hospital General, pero dijo que volvería en una hora y media. Damian y Cassandra, por su parte, se habían ido desde antes de que Stephanie volviera, de seguro ocupados con su dichosa misión especial.

Aprovechando la soledad, así como el hecho de que la computadora se encontraba libre, Stephanie estaba pasando ese rato capturando la información de campo que había recolectado con Tim esa tarde, y comenzando a recaudar más datos del caso de los niños desaparecidos. Al inicio dudaba si realmente iba a lograr obtener algo de todo eso sin poder estar allá afuera con un traje y saltando entre los edificios como los demás. Pero sorpresivamente, había podido descubrir mucho. Bárbara le había enseñado muchas formas de recaudar información, mismas que había perfeccionado durante todos esos años en su papel de Oráculo.

Justo como Dick había dicho, el caso era mucho más extraño de lo que parecía en un inicio. No sólo por la cantidad de niños desaparecidos, sino por las circunstancias, tanto de sus desapariciones, como del estilo de vida que los niños vivían. Sin embargo, no tenía ni la más pequeña idea de a qué conjetura podía llegar con todo eso.

Escuchó a lo lejos una motocicleta que se acercaba por el túnel de salida. Esperaba que fuera Tim, y así poder compartir con él todo lo nuevo que había descubierto, y así saber su opinión. Esperaba a su vez que no fuera Damian y se le ocurriera querer quitarla de la computadora justo cuando se encontraba tan concentrada en su tarea. Si no supiera de antemano que era una pequeña máquina asesina entrenada, se las vería con ella sin dudarlo.

Quien quiera que fuera, se estacionó en el área correspondiente, y luego se aproximó con pasos cautelosos hacia el área de la computadora. Cuando Stephanie ya la sintió cerca, se viró sobre su hombro a ver de quién se trataba. Para su sorpresa, no eran ni Tim, ni Damian, sino Cassandra, y venía sola. Pero, para hacer su sorpresa aún mayor, su traje se veía manchado de hollín y tierra, y estaba algo rasgado de su brazo derecho y su pierna izquierda, y se veía que tenía algunos raspones en su cara, y en lo que su traje rasgado dejaba expuesto de su piel.

– ¡Cass! – Exclamó sorprendida, parándose de la silla de un salto. – ¿Qué te pasó? ¿Te caíste de la moto?

La chica de cabello negro ignoró la alarmada pregunta de su compañera. En lugar de responder, o al menos hacer algún ademán de “sí” o “no”, siguió avanzando hasta colocarse a unos cuantos metros de ella. Miró alrededor, como si buscara algo o alguien más. Al darse cuenta de que Stephanie era la única presente, centró su atención en ella. Le extendió entonces su mano derecha, en la que sostenía lo que Stephanie reconoció de inmediato como una fotografía.

– ¿Qué es eso?

Tomó la foto de sus dedos, y le echó un vistazo rápido.

– Qué mujer tan hermosa. ¿Quién es?

Miró de nuevo a Cassandra, cuya única respuesta a su pregunta, fue señalar con su dedo índice hacia la computadora. Stephanie, sin embargo, no entendió al inicio.

– ¿Eh? ¿La computadora? ¿Qué pasa con ella?

Black Bat la miró con más molestia, y entonces señaló a la fotografía, y luego a la computadora. Eso lo volvió un poco más claro.

– ¡Ah! ¿Quieres que investigue quién es esta persona en la computadora? Claro, claro.

Stephanie volvió sentarse en la silla. Guardó todo el trabajo que ya llevaba en los archivos, y entonces inició una nueva instancia, en la que ejecutó una aplicación especial.

– Aunque te advierto que aún no sé mucho de esto. – Le indicó, mientras la aplicación inicializaba. – Yo creí que tú sabías más, con eso de que tienes más experiencia en el espionaje y esas…

Stephanie notó que en cuanto hizo su último comentario, Cassandra la había volteado a ver de reojo unos momentos, y luego se viró hacia otro lado, como si… ¿estuviera avergonzada?

– Oye… Sabes usar la computadora, ¿verdad? – Cassandra se quedó mirando a otro lado, sin reaccionar. – ¿No? Oh, descuida, no a todos les es tan fácil. No es como no saber leer o escribir…

Cassandra se volteó de nuevo hacia ella de golpe, ya no avergonzada… sino molesta por sus palabras.

– ¿Por qué me miras así? – Murmuró Stephanie, confundida… aunque no tardó mucho en comprender. – Santo cielo…  ¡¿no sabes leer y escribir?! Oh, cuánto lo siento, no quise…

Cassandra señaló de manera tajante hacia el monitor de la computadora, notándosele algo desesperada.

– Sí, sí… Claro… Lo siento.

Cuando la aplicación inició, Stephanie tomó la fotografía y la colocó en el escáner de alta resolución ubicado a un costado de la consola.

– La foto es un poco vieja. Por el estilo del suéter y los pantalones, creo que debe de haberse tomando en los ochentas. Pero veamos qué podemos hacer.

La imagen comenzó a desplegarse poco a poco en la interfaz de la aplicación, hasta mostrarse por completo en grande, justo en el monitor principal. Luego, Stephanie recortó la fotografía a sólo el rostro de la mujer, y posteriormente comenzó a indicar algunos puntos específicos de la imagen: el centro de sus ojos, la punta de su nariz, la ubicación de cada oreja, y la punta de su barbilla. Una vez que lo hizo, la aplicación comenzó a escanear la imagen, y a crear un modelo 3D a un lado, con las facciones exactas.

– Tim hizo este programa él mismo, ¿no es genial? – Comentó la rubia con algo de entusiasmo. – Toma los rasgos faciales de una foto, y busca en la red cualquier fotografía o pintura que concuerde con los mismos. Y no sólo en la red, sino en gran cantidad de bases de datos del gobierno y la policía en todo el mundo. También tiene una opción para buscar aproximaciones de cambios de edad. Ya sabes, de como la persona se vería más joven o más vieja. El problema es la edad de la foto, pero quizás tengamos suerte.

Una vez que el modelo en 3D del rostro estuvo completo, eligió los patrones de búsqueda, indicando que se enfocara principalmente en los resultados que fueran de los setentas, ochentas y noventas. Luego, la aplicación comenzó a correr, y una larga barra de estatus comenzó a llenarse muy lentamente.

– Buen, puede que tome un poco de tiempo para arrojarnos los resultados.

Cassandra se había puesto de pie a su lado, y miraba hacia el monitor cruzada de brazos, con mucho interés.

Pasaron un par de minutos de incomodo silencio.

– ¿Quieres un café? – Murmuró la rubia luego de un rato, pero Cassandra ni la volteó a ver. – No, supongo que no. ¿Te ayudo con tus…? – Señaló a los raspones de su rostro, pero de nuevo, Cassandra la ignoró. – De acuerdo, no…

Se quedó callada un rato, pensando en algún otro tema posible.

– Oye, ¿qué signo eres?

La joven asiática la miró unos instantes con molestia, y luego se volvió de nuevo hacia el monitor. Stephanie decidió ya no insistir mucho. Quizás no estaban destinadas a ser mejores amigas.

Ambas esperaron en silencio un rato más.

FIN DEL CAPITULO 04

Notas del Autor:

Este capítulo resulto un poco más corto que los otros, pero de hecho el problema es que los otros habían quedado demasiado largos. Pero en fin, las cosas se están poniendo un poco más misteriosas, ¿no? Pero no se preocupen, porque ya más temprano que tarde se revelará qué es lo que ocurre realmente aquí. Espero que hayan disfrutado la historia hasta ahora. Creo que sólo nos quedan tres capítulos más, máximo cuatro. Así que estén al pendiente. ¡Nos vemos pronto!

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Batman Family: Muñeca Maldita. Damian y Cassandra, ahora con las identidades de Robin y Black Bat, intentan acoplarse con problemas a su nueva vida como héroes de Gótica. Una noche de noviembre, salvan a una niña de un terrible incendio, en el que fallecen sus padres y su hermana mayor. La niña es enviada a un hogar temporal, y la investigación de la policía concluye en que todo fue un accidente. Sin embargo, Damian no está convencido de ello, y desea investigar un poco más el incidente con la ayuda de Cassandra. ¿Qué es lo que descubrirán al final?

+ «Batman» © Bob Kane, DC Comics, Warners Bros. Enternaiment.

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2 pensamientos en “Muñeca Maldita – Capítulo 04. Algo no está bien

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